Elena abandonó la habitación de Morwenna por expreso pedido de Thranduil, luego de que esta fuese a atender el toque de su puerta y se lo encontrara de frente muy serio. Hizo unos cuantos pasos por el corredor cuando vio a un elfo moreno caminar hacia ella, al parecer decidido a hablarle.

En la habitación de los nobles, Morwenna se paró junto a la ventana, dándole la espalda a su hermano.

—Estoy decepcionada. —espetó de prisa, sin esperar que Thranduil hablara.

—Yo también. —confesó el rubio, sentándose en el taburete que ella tenía frente a la cómoda para peinarse. Morwenna se giró perpleja.

—¡¿Tú?! —exclamó cerrando los puños al costado de su cuerpo—. ¡No tienes derecho ni razón para decepcionarte por el comentario que un elfo tan respetable como Elrond me ha hecho! —reprimió señalando la puerta—. ¡No dijo nada malo, Thranduil! Además, es mi responsabilidad ofenderme o no al respecto, y no me viste disgustada, sino todo lo contrario, por lo que no entiendo tu actitud. ¡Te comportaste como todo un bruto, ahora mismo irás con él y le pedirás disculpas!

Thranduil bufó molesto.

—¿Elfo respetable? Llevamos dos días aquí y ya está declarándote su amor. ¡Qué facilidad la suya para enamorarse! —declaró llevándose las manos a la cadera—. No es respetable, es un maldito desubicado. —escupió con rabia.

Morwenna hirvió de rabia.

—¡¿Desde cuando te importa tanto quién me corteja y en qué momento?! ¡Tú no eres así, Thranduil! ¡Eres mi hermano bromista, mi compañero, mi confidente! ¡El primero en apoyar a mis pretendientes, incluso si yo no deseo lo mismo que ellos! ¿O qué? ¿Acaso esto son celos?

—¡¿Celos?! ¿Por qué sentiría celos? —El rubio negó con rapidez y echó una mirada confusa sobre su hermana. Se echó hacia atrás, apoyando su espalda contra la cómoda en una medida desesperada por encontrar el apoyo en su cuerpo, que en verdad necesitaba para creerse lo que estaba haciendo—. ¿Acaso crees que soy un rarito de esos? Que quieren... Ya sabes... —insinuó inclinando la cabeza—. Con sus hermanas.

—¡No! —gritó Morwenna con una imagen traumática en su mente y se cubrió los ojos—. Lo que digo... —soltó con un suspiro intentando calmarse—, es que hace días bromeabas sobre Elaran, encantando de lo que ocurría, pero ahora Elrond hace un comentario inocente, y que no me ha caído mal, y reaccionas como un loco. ¿Qué ha cambiado? ¿Qué ocurre?

—Nada ha cambiado. —Se excusó el rubio, con la advertencia de su padre retumbando en sus oídos—. Pero lo que hizo estuvo fuera de lugar, tienes que reconocerlo.

—¿Y tú no? Tú no estuviste fuera de lugar... ¡Lo amenazaste frente a todo el campo de entrenamiento solo porque dijo que era bella! ¿Qué ocurriría si algún día me vieras besándome con él? —preguntó Morwenna y Thranduil antes de terminar la pregunta se paró de un salto.

—¡Le cortaré la cabeza de cuajo si se te acerca con esas intenciones! —amenazó furioso.

—¡¿Por qué?! —inquirió ella. Thranduil suspiró hartó del asunto y esquivó su mirada—. Dime, porqué. Tú no eres así, Thran... —dijo obligándolo a mirarla, tomando su rostro con ambas manos y girándolo hacia ella con suavidad.

El mayor se debatió entre decir la verdad o seguir ocultando las órdenes de su padre. Le dolía no poder alentar los sentimientos de su hermana, pero más le dolía que ella pareciera estar prendándose del único elfo al cual su padre le había prohibido acercarse. «¿Por qué siempre ocurre igual? ¿Por qué debemos enamorarnos del imposible?» Se preguntó mirando a su hermana a los ojos, en un silencio que no se dispuso a quebrar.

—Enamorarte de él implica un costo, un precio que no quiero debas pagar. —susurró apenado.

—¿Cuál es ese precio? —Quiso saber Morwenna.

—Romperte en mil pedazos. —admitió Thranduil soltándose. Morwenna entrecerró los ojos y negó incrédula.

—¿Qué sabes tú de eso? Jamás te has enamorado. —acusó.

—Sé lo que es perder a quien amas. —interrumpió serio—. Tú no recuerdas, pero yo si... Los gritos, la sangre, el caos... Madre tendida en el suelo cerca de tu cuna con otros elfos. Padre luchando a las puertas de nuestra casa, dándome tiempo para cargarte y llevarte lejos. Éramos pequeños. No tenía idea de si lo lograría, si no te perdería en el camino, si sería capaz de cargarte con solo cinco años. No sabía nada de la vida, pero ya había perdido a madre y siquiera tuve tiempo de llorarla o despedirla... Y ahora, tal vez aun no sepa lo hermoso que es, pero conozco el dolor que trae amar a alguien y no dejaré que lo sufras.

Thranduil tragó saliva angustiado. Levantó el mentón serio y le dio la espalda a su hermana, para que no viera sus lágrimas asomarse por sus ojos. Ella aguardó en silencio por un momento.

—Hablas como si supieras que fuera a perderlo. He oído que es un medio elfo, pero se le dio la oportunidad de elegir y eligió nuestra raza. Será inmortal. Y lo entiendo... Nada nos asegura que sobrevivamos a todas las edades del mundo, pero ¿Acaso no es un riesgo que vale la pena correr? —esbozó acariciando la espalda de Thranduil. Este se giró a ella, ya repuesto de su pena.

—No te enamores de él, Morwe... —aconsejó.

—¿No te lo dijeron todavía? No eliges de quien enamorarte. Solo ocurre.

Thranduil echó una mirada comprensiva sobre su hermana y la rodeó con sus brazos. La atrajo hacia él, abrazándola con fuerza y cariño.

—Entonces no te enamores de él... Tan rápido. Hazlo de a poquito, de a dos o tres siglos. —sonrió ante la risa fresca de Morwenna, mientras ella aferraba sus manos a su espalda—. Me disculparé con él por amenazarlo, pero le pediré que se lo tome con calma... Y que solo te corteje si padre no está presente.

—¿Y eso por qué? —cuestionó ella mirándolo a los ojos.

—Porque... —dudó Thranduil arrastrando la letra e, intentando buscar una excusa creíble—. Yo lo amenacé solo por decir que eras bonita, pero padre lo matará.

—Es el capitán de la guardia de Lindon, protegido de Gil-Galad, e hijo de Eärendil. Prácticamente un noble de alta alcurnia. ¿Acaso podría esperar algo mejor? O tal vez quiera que me una a Elaran... Escudero de Harlindon. —masculló comparando las virtudes de Elrond con las de su antiguo pretendiente.

—Al menos Elaran será fácil de llevar al bosque. —murmuró Thranduil entre dientes.

—¿Qué dijiste?

—Que si no me baño no me darán postre. —aclaró dando un beso en la frente de su hermana y caminando apresurado hacia la salida—. Te veo luego, hermanita. Me alegra que nuestros problemas quedaran solucionados.

—Pero Thranduil...

—¡También te amo! —exclamó el elfo cerrando la puerta tras él.

Al dirigirse a su habitación, Thranduil se topó con Elena, quien caminaba apresurada hacia el pasillo de su hermana. La detuvo con su mano extendida.

—Claro que te recuerdo. —respondió a la pregunta que Morwenna había hecho en el campo de entrenamiento, confundiendo a la elfa—. Gracias por apoyarme hoy. Prometo que la próxima vez, yo ganaré ese duelo. Espero que estés ahí para verlo. —afirmó, seductor.

Elena asintió con las mejillas encendidas en rojo y siguió su camino cabizbaja. Thranduil sabía que no la amaba, ni lo haría, pero las palabras de su hermana habían caído con peso sobre su mente. ¿Acaso enamorarse no era un riesgo que valdría la pena correr? Ella le agradaba y sabía que la elfa opinaba lo mismo sobre él, así que... ¿Por qué no intentar abrirse a nuevas sensaciones?

Nuevas sensaciones fueron las que se removieron en su vientre cuando llegó a su habitación y encontró a Elrond llamando a su puerta. El moreno se giró al oír pasos y lo vio.

—¡Ah! —emitió con una sonrisa—. Supuse que no había nadie porque estabas tardando en abrir la puerta, pero tenía que insistir. Quería devolverte esto. —dijo extendiendo la túnica que Thranduil le había prestado—. Y pedir disculpas.

—Te la regalo. —respondió Thranduil echando una mirada rápida sobre su prenda.

—Oh vamos, ya te dije que siento mucho lo que ocurrió. Y respecto de la túnica, está lavada. —afirmó Elrond adivinando la razón por la que el rubio quería obsequiar su ropa.

—Da igual. —acotó seco—. Cada vez que la use te recordaré desnudo en el parque.

—Deberías agradecerme por dejarte tan inolvidable primera impresión. —anunció arqueando una ceja.

Thranduil aguantó su cara de piedra lo más que pudo, pero acabó estallando en risas, logrando que Elrond también riera y relajando el ambiente.

—Oye, —dijo el rubio secándose las lágrimas—, yo también lamento lo que ocurrió hoy temprano.

—No sé cuál de los dos lo lamenta más. —suspiró Elrond.

—Seguramente yo. —Se repuso Thranduil—. No has dicho nada que no fuera verdad, además.

—No fue lo que dije, sino la forma, lo sé. —admitió el joven—. Lo dejé salir como un torrente y me alejé de pronto como si el viento me arrastrara, para no tener que encontrarme con su respuesta. Estoy apenado, lo estoy desde el mismísimo instante en que comencé a admirar su belleza. Apenas la conozco; es completamente inapropiado y no fue lo que me enseñaron, ¡Pero es que no lo pude evitar! —Se reprendió a sí mismo—. No sé lo que ocurre, y admito que eres la última persona con la que quiero discutir esto, pero...

—Ya. —Thranduil lo detuvo con su manos en alto—. Hazme un favor: Ahórrame un dolor de cabeza y no cortejes a mi hermana en mi presencia; especialmente frente a mi padre. Y llévate esa túnica. Si sigo viéndola tendré pesadillas. Mañana retomaré mis clases y de verdad no quiero tener la imagen de mi maestro sin prenda alguna en la cabeza.

—Eso no volverá a ocurrir, lo juro. Nada de lo que mencionas. —aseguró el moreno y Thranduil rió de nuevo, sin que el capitán comprendiera el motivo.

—Bien. Pero no me gustas, Elrond. ¡Acéptalo y deja de cortejarme! ¡No comprarás mi amor con esa baratija! —exclamó con gracia y cerró de un portazo.

El capitán retrocedió sorprendido sin entender lo que acababa de pasar. Detrás suyo escuchó las carcajadas de sus amigos y los silbidos de Narbeth.

—Ay, Eru, ¿Por qué? —murmuró con los ojos en blanco.

Thranduil al otro lado de la puerta se descostillaba de risa. Había visto a los elfos antes que Elrond y decidió seguir jugándole bromas.

En su habitación, Morwenna se disponía a abrir la carta que Elena le había entregado, la que había sido entregada a la doncella por Lindir, y que llevaba una misiva de puño y letra de Elrond. La primera carta que le llegaría de él y la que inauguraría el cofre de plata que la elfa compraría posteriormente para guardar sus palabras bajo llave.

Grabo en tinta lo que no me atrevo a decirle a sus ojos por miedo a naufragar en ese mar azul que tiene por mirada. No sé lo que usted ha hecho, Morwenna, pero crea en mis palabras cuando digo que estoy profundamente apenado por el arrebato de sentimientos que presenció esta mañana. Aunque también ha de saber que no me arrepiento... No puedo volver el tiempo atrás para deshacer todos nuestros encuentros, pero si pudiera, tampoco lo haría. No movería ni un solo papel de aquellas escenas, por miedo a que al regresar a mi presente, no la encuentre y deba vivir con un recuerdo que dude si fue real, o si usted acaso solo es una ninfa danzando en mi imaginación, creada para mitigar la soledad y para el propio deleite de mi alma.

No aguardaré por una respuesta suya, porque no la necesito. Lo que usted ha provocado en mí no lo borrará una misiva de rechazo, ni su silencio perpetuo. Pero no se equivoque y me vea como un muchacho cargoso que hará de su vida un infierno. Llevaré en completo secreto este sentimiento que usted despierta en mi pecho cada vez que la veo. No la molestaré con mis halagos, no perturbaré su paz con mi insistencia lastimera. Soy consciente de que amar no es una cuestión de un día o dos, pero usted ha logrado que comience a hacerme preguntas de un asunto que creía olvidado: Mi capacidad de sentir y ser removido fuertemente por otro espíritu al que no sea de mi entero agrado llamarlo amigo. No sé quién es usted, y aun no descubro quién será en mi porvenir, pero hoy puedo afirmar que usted no es alguien a quien yo quisiera llamar solo amiga.

Así que antes de despedirme, he de pedirle un favor: Ayúdeme a sobrellevar este peso sin convertirse en una eterna tortura. Si acaso usted no consiente mis sentimientos, si no me considera digno de sus palabras de amor más hermosas, entonces evite nuestros encuentros. No acuda a mis clases, ignore mi presencia en los eventos que debamos atender sin opción, y por sobre todas las cosas, no responda esta carta. Deje que esta brasa se apague, no convierta en fuego lo que luego deba dejar consumir con aflicción.

Suyo hasta el fin de los días,
Elrond.

Morwenna corrió tropezando con la tela de su vestido y se precipitó hacia la puerta. Colgada del picaporte le gritó a su doncella, que caminaba despreocupada alejándose del pasillo de los nobles:

—¡Elena! ¡Necesito papel y tinta! ¡Debo enviar una carta y es urgente!