—¿No sientes que el tiempo pasa más lento? Hay una sensación expectante en el aire... —acusó Lindir echando una mirada al cielo y observando el tenue movimiento de las hojas en las copas de los árboles. El murmullo aquietado de sus compañeros a su alrededor era sospechosamente tranquilo. Los elfos no son criaturas ruidosas ni nerviosas por naturaleza, pero esa mañana el joven se había levantado con la sensación de percibir un gran cambio de velocidad flotando en el aire.
Elrond se sentó junto a él en el pilar donde cada mañana sus amigos se reunían con Thranduil a esperar que las clases de su capitán comenzaran. Aunque oyó la pregunta de Lindir, no respondió, puesto que el asunto que danzaba en su cabeza como una canción ligera interminable no le permitía reparar en otras cosas: Había devuelto los papeles de Morwenna a su doncella días atrás, pero no se la había vuelto a cruzar ni por casualidad... Un asunto que sin dudas comenzaba a preocuparlo, puesto que creía que ella estaría evitándolo. Al indagar con Elena por la razón de su ausencia tan notoria, había obtenido como respuesta un escueto: «Mi señora se encuentra perfectamente, no se preocupe.» ¡Y claro que lo haría! Tal vez la muchacha estuviera obligada a desviar su camino cotidiano, presa de la vergüenza de volver a verlo a la cara sabiendo que las probabilidades de que él hubiera leído sus notas eran altísimas, por no decir que era apuesta segura.
Además, como si no hubiera sido esa la única conducta sospechosa, Thranduil había dejado de acudir a sus clases abruptamente. Al preguntar por él a Narbeth y Haemir, quienes se habían convertido en grandes amigos del Sindar por esos días, estos respondieron que no tenían idea de lo que estaba ocurriendo, pero habían podido observar que Oropher pasaba gran cantidad de horas en compañía de su hijo, y creían que tal vez esa fuera la razón de las faltas de Thranduil a sus clases.
—¡Morwenna! ¡Qué bueno verte por aquí! —exclamó Lindir en un tono amable y Elrond levantó la cabeza con rapidez, buscando a la rubia con la vista. Su amigo rió por lo bajo y posó su mano en el hombro de Elrond—. Es la única manera que conozco de devolverte a la realidad... ¿Qué mundos caminas cuando estás a mi lado y mi voz se convierte en un eco?
—Lo siento, Lindir. Estos días mi mente solo tiene capacidad de entender palabras en sindarin. —reconoció, disculpándose por no prestar atención.
—No me resulta extraño, con la cantidad de elfos de Doriath que han arribado al reino estas últimas semanas... —insinuó el muchacho.
—¿Qué? —indagó Elrond, enarcando las cejas con gesto sorpresivo.
—De verdad, ¿Qué mundo caminas? —insistió Lindir, ahora con preocupación por la evasión de su amigo y capitán—. Grandes grupos de elfos Sindar comenzaron a cruzar las puertas del reino hace por lo menos dos semanas. Es el pueblo que marchará con Oropher fuera de Lindon para formar un nuevo reino. Estamos prácticamente invadidos por elfos de Doriath que se preparan para partir pronto y tú ni te enteras.
—¡¿Cómo que pronto?! ¡¿Ya se van?! —inquirió casi con desesperación. Lindir asintió confuso—. ¡No! ¡No pueden irse! ¡No aun! —Elrond se paró de un respingo y comenzó a caminar hacia el interior de los salones.
—Elrond... —Llamó su amigo siguiendo sus grandes zancadas—. Elrond... Las clases. —Le recordó alzando su dedo índice sobre su hombro con algo de temor.
—¡Hoy no hay clases! —voceó el capitán, haciendo que el mensaje llegara a todos sus alumnos.
—¿Cómo que no?
—No. —aseguró deteniéndose y girando rápidamente sobre sus talones, acción que casi le provoca a Lindir la colisión con él—. Escucha, debo hacer algo. Lindir... Si algo me ocurre... —advirtió reposando sus manos sobre los hombros de su aprendiz. Este ladeó las comisuras de su boca y abrió mucho los ojos, conforme Elrond se acercaba a su rostro.
—¿De qué... De qué hablas? —titubeó nervioso por la cercanía del moreno.
—Si algo malo me ocurre... —aclaró Elrond tragando saliva—. Quiero que se repartan todas mis pertenencias entre mis tres mejores amigos, ¿De acuerdo? Promételo, Lindir.
—Pero... —Quiso cuestionar el muchacho, pero su capitán negó severo—. ¿Por qué morirías? —susurró con duda.
—Porque iré con Oropher a pedir permiso para cortejar a su hija. —finalizó asintiendo lentamente con un suspiro. Elrond dio unas palmaditas en los brazos de su amigo y se alejó apresurado.
—Se enteró lo de los Sindar, ¿Verdad? —habló Haemir a espaldas de Lindir. Este se giró y ladeó su cabeza.
—¿Se lo dijiste? —reprendió Narbeth llegando con ellos—. ¡Lindir! Estuve distrayéndolo por semanas, llevándolo a las tabernas, tomando lecciones que no necesito, fingiendo que soy pésimo interpretando mapas para que por estar dictándome clases no tuviera tiempo de informarse sobre lo que estaba ocurriendo. ¡Dos semanas de trabajo arruinado!
—¡Iba a enterarse de todas formas! —Se defendió el muchacho.
—Agh, la partida de esa elfa lo matará... —Haemir se lamentó diciendo en voz alta lo que los otros dos elfos pensaban, pero no se atrevían a decir—. ¿Se enamoró, cierto? De todas las doncellas hermosas del reino, justo tenía que poner sus ojos en la extranjera.
—Creo que ella también se enamoró de él. —comentó Lindir por lo bajo.
—Nada bueno saldrá de eso... —finalizó Narbeth.
Dentro de los salones del reino, Elrond caminaba apresurado hacia las recámaras de los nobles cuando divisó a Morwenna bordando despreocupada junto a una ventana. Al acercarse a ella, escuchó una dulce y tenue melodía en su voz. La muchacha entonaba una canción de su pueblo, susurrando el último aliento de vida de Doriath antes de sucumbir a su total destrucción... Era el lamento de Oropher, dotado de musicalidad con el correr de los años, oración que se había vuelto canción y que había aprendido de la boca de su propio padre.
Elrond tragó saliva angustiado, confundido por aquel sentimiento, no pudiendo reconocer si su pesar se debía a la poesía en el lamento, o al hecho de que tal vez esa fuera la última vez que pudiera ver a Morwenna.
—Señorita. —saludó con un hilo de voz.
Morwenna levantó la vista despacio y vio un Elrond que no había visto antes. No era el muchacho avergonzado, pero tampoco el capitán galante y seguro de sí mismo que había visto durante los entrenamientos. Tampoco era el elfo bromista y despreocupado que practicaba arquería con su hermano. No... Vio a un Elrond casi doliente que parecía cargar el alma en sus manos y se le figuró por los segundos que se vieron a los ojos en silencio, que el tiempo pasaba más lento... Tal vez Lindir tuviera razón, todo parecía ir acompañado de una velocidad apaciguada y una espera inquietante. La muchacha quiso comentar su impresión y a la vez, preguntar por los sentimientos del elfo, que parecían estar emanando de él como un aura angustiante, pero pronto recordó el episodio del bosque con sus notas y decidió callar.
—Señor. —respondió despacio y retornó a su actividad dispuesta a no mencionar el asunto, a menos que él lo hiciera.
Elrond se debatió entre confesar su acción sobre los papeles de Morwenna o comentar a dónde se dirigía antes de encontrársela, pero al percibir el rechazo de la elfa, ensimismada en su bordado de flores silvestres, también calló ambas cosas.
—¿Su hermano... Se encuentra bien? —preguntó fingiendo desinterés por ella—. No ha asistido a varias de mis clases.
—¿No lo sabe? —contestó Morwenna sin mirarlo—. Partiremos pronto, por lo que Thranduil ha tenido que duplicar sus horas de estudio, puesto que mi padre será coronado rey y nos convertiremos en príncipes. Él por ser el mayor es el siguiente en la línea de sucesión, y por ende, el que debe invertir mayor cantidad de horas en su instrucción. —explicó seria.
—Creí que parte de su instrucción consistía en tomar mis clases. —repuso el hijo de Eärendil.
—Sí, pero mi padre se batió a duelo con él hace dos días, para probar sus habilidades...
—¿Y qué ocurrió? —preguntó el muchacho con curiosidad. Morwenna volvió a mirarlo, esta vez con media sonrisa asomando en su rostro.
—Perdió.
—¿Thranduil?
—Mi padre. —rió Morwenna recordando el episodio y se llevó la mano a la boca creyendo que burlarse de su progenitor frente a Elrond sería impropio—. Ha llegado a la conclusión de que entrenar con usted es contraproducente, por lo que hizo de cuenta que Thranduil se había graduado de sus clases. —informó retornando a su bordado con una sonrisa. Estaba orgullosa de las habilidades de Elrond como guerrero y maestro, pero no se lo diría.
—¿Y usted? —indagó Elrond dando un paso al frente. Morwenna lo miró de reojo cuando notó la cercanía.
—¿Yo? ¿Insinúa que tome clases con usted?
—Puede sentirse segura entre estas paredes, pero afuera... Adónde usted debe ir... —dijo con un dejo de dolor que rápidamente intentó aplacar—. Los peligros podrían acecharla. Por más que esté rodeada por los mejores guerreros de Doriath, por su padre y su hermano, tiene que poder defenderse por sí misma. Recuerde que será una princesa.
—¿Le preocupa que no cumpla con mis deberes de noble? ¿Que sea una princesa inútil? —inquirió Morwenna.
—Me preocupa que algo malo le ocurra. Si algo le sucede, no me perdonaré el haberla tenido tan cerca de mí y no haber podido brindarle las herramientas necesarias para defenderse.
Ante ese comentario, Morwenna abandonó el bordado a un lado de la ventana y se puso de pie. Se acercó lentamente a Elrond y le sostuvo la mirada por algunos segundos sin decir absolutamente nada. Las pupilas del elfo estaban a punto de estallar cuando ella decidió hablar:
—No quiere defenderme, quiere enseñarme. —analizó ella. Elrond titubeó nervioso por la cercanía de la elfa.
—Quiero... Quiero ambas cosas. A decir verdad, quiero todo con usted. —confesó el joven y pronto sintió que su respiración se cortaba. ¿Lo había dicho o lo había pensado? Lo había dicho. En voz alta. Frente a ella. No era que Morwenna no lo supiera, puesto que había leído su carta, pero se había jurado no volver a insinuarse en presencia de la muchacha para no molestarla, incluso después de leer que ella correspondía sus sentimientos, pero claro, no lo había oído de su boca y eso era un problema—. Lo siento. ¡Lo siento! —Se excusó temblando y dando dos pasos hacia atrás—. Sé que le escribí que no volvería a molestarla con mis tontos sentimientos, pero...
Sus pedidos de disculpas se vieron interrumpidos por el calor de las manos de Morwenna sobre su rostro. Ella se había acercado nuevamente y había tomado las mejillas de Elrond en sus manos en su afán por calmarlo. En aquella primera cena que habían compartido en la que Thranduil se había mofado deliberadamente del capitán haciendo que este se ahogara con su comida y se sintiera nervioso y avergonzado, la elfa había notado que el roce de su piel podía relajarlo de un segundo al otro, y al verlo al borde del colapso nuevamente por su abrupta confesión, había decidido que no sufriría más el tormento de no poder declararle su amor.
—Molésteme. —ordenó ella en tono amable, con una sonrisa que iluminaba toda la habitación—. Molésteme, enséñeme, defiéndame... Ámeme. —pidió acercándose aun más, rozando sus frentes—. Yo lo siento, Elrond. He intentado responder a su carta desde el mismo día en que llegó a mis manos, pero no pude, no le logrado escribir una sola línea que represente lo que siento por usted sin parecer una demente impulsiva. —susurró nerviosa acercándose a sus labios. Estaba a punto de besarlo cuando se separó de él, horrorizada—. ¿Lo ve? —explicó abriendo sus manos frente al elfo—. ¡No puedo siquiera mantener las formas cuando está cerca! —exclamó avergonzada. Elrond asintió sonriente aunque nervioso. Quería volver a sus manos para tener esa calma que el contacto con su piel le daba y no había sentido nunca antes de Morwenna, pero antes debía hacer algo importante. Era menester que hablara con Oropher.
—Antes de verla aquí... —aclaró reponiéndose de su nerviosismo—. Me dirigía a los aposentos de su padre... Iba a pedir su permiso para cortejarla. Morwenna, tiene que saber esto antes, —reconoció decidiendo que confesaría algo que tal vez quebraba el bello momento que ambos habían tenido—, leí sus papeles antes de devolvérselos. Sus notas, sus supuestas cartas para mí, todo.
Ella bajó la vista sonrojada.
—¿Y no creyó que estaba completamente loca? —preguntó cubriéndose el rostro.
—¿Quién puede acusarla de cosa semejante luego de presentarse completamente desnudo frente a usted por primera vez? —Le recordó. Ambos rieron y Morwenna lo espió entre sus dedos—. Puedo llamarme un privilegiado de tener su amor y no su desprecio o su prejuicio. Soy un elfo decente, lo juro, y le prometo que no volverá a ver cosa semejante, al menos hasta nuestra boda. Ahora si me lo permite, milady, debo ir a hablar con su padre. —finalizó con una reverencia.
Morwenna lo imitó y lo vio alejarse. Regresó a su bordado con mayor entusiasmo que antes y continuó su labor... Terminar de adornar el paisaje estrellado que había diseñado.
Cuando Elrond llegó a la puerta de la recámara de Oropher, estuvo a punto de tocar cuando dio un respingo por el susto que le propinó la voz de Thranduil a sus espaldas. Entre la amplia variedad de talentos del Sindar, estaba el desplazarse por los lugares sin ser notado.
—¿Qué quieres con mi padre? —preguntó con un tono de voz aplomado aunque oscuro. No necesitaba averiguarlo, puesto que podía sentir como la punta de sus orejas vibraban como un terremoto al pensar que el heraldo de Gil-Galad estaba allí con el propósito de presentarse como futuro pretendiente de Morwenna, pero aun así necesitaba oír la confirmación de los labios de Elrond.
—Preguntar porqué dejaste de asistir a mis clases. —mintió el capitán y Thranduil enarcó una ceja haciéndole saber que no creía absolutamente nada de lo que había dicho.
—Podrías habérmelo preguntado personalmente. Además, mi padre no va a atenderte ahora, está ocupado.
—Puedo esperar. —propuso Elrond recostando su espalda contra la pared.
—Te aconsejo esperar en otro lado. —anunció Thranduil—. A mi padre no le gustará recibir dos ofertas por la mano de su amada hija en el mismo día.
Elrond tragó saliva sonoramente. El pavor por saberse descubierto en sus intenciones le recorrió el cuerpo, mientras que la duda le asaltaba el corazón robándose toda la alegría que había cosechado minutos antes durante su declaración de amor a Morwenna: «¿Quién más pretendía cortejarla?»
—¿Dos ofertas? —inquirió nervioso. Thranduil se cruzó de brazos observándolo serio.
—Ven, necesitas un trago. Ambos lo necesitaremos después de esto. Sé que te di la impresión de no aceptarte como pretendiente de mi hermana, pero tuve mis razones, y quiero que las escuches... Sobre todo considerando que si quieres que mi padre te acepte, tendremos que trabajar juntos por el bien de Morwenna. —finalizó con un ademán de cabeza, invitando al capitán de Lindon a la taberna del reino.
