Thranduil ingresó en su habitación chocando con el mobiliario. Su sonora risa fue opacada por los chistidos de Elrond, quien reía a la par suya pero en un volumen mucho menor. Ambos elfos, como buenos Eldar, tenían excelente tolerancia al alcohol siempre y cuando no mezclaran los licores... Y eso era exactamente lo que habían hecho.
Habían comenzado con una jarra de vino que gastaron durante la primera media hora de charla, en la que Thranduil había confesado que su reticencia de ver a Elrond con Morwenna se debía a que su padre le había pedido expresamente que esa relación nunca ocurriera, ya que para Oropher sería practicamente imposible llevarse al capitán de Lindon del lado de Gil-Galad y tampoco accedería a dejar a su hija en el reino.
Luego de dos o tres damajuanas, Elrond decidió probar con un licor más fuerte, y juntos tomaron la decisión de pedir el néctar de Kheled-zâram según se anunciaba en la carta del lugar; lo que en lengua común se conocería como cerveza, pero al ser una bebida que los enanos barbiluengos se jactaban de haber inventado, llevaba aquel nombre tan extraño para los elfos, quienes al cabo de una hora más bebían extasiados y ordenaban a los gritos que se les llevara otra jarra. Para el final de la tarde, Elrond y Thranduil regresaban abrazados riendo hasta de cosas tan insignificantes como las formas retorcidas que tomaban los troncos de los árboles.
El Sindar se desplomó boca arriba sobre su cama y comprobó que no era capaz ni de quitarse las botas por su cuenta, por lo que le pidió a Elrond que lo ayudara y en cuestión de minutos, el medio elfo estaba balanceándose sobre su eje, intentando tomar los pies de Thranduil para tironear las botas hacia afuera. Luego de unos cuántos intentos fallidos, Elrond lanzó las botas de Thranduil lejos de la cama y comprobó que este se había dormido durante el proceso.
A la mañana siguiente, Morwenna se presentó a desayunar con su familia y notó que la silla de Thranduil estaba vacía. Creyendo que este había retomado sus clases matutinas con Elrond, intuyó que la conversación entre el capitán de Lindon y su padre había tenido lugar con buen resultado y eso le había permitido a su hermano retomar su instrucción.
Se permitió sonreír animada incluso cuando Oropher se sentó a la cabecera de la mesa, y luego de dar los buenos días, anunció que tenía noticias que la involucraban.
—Alguien se presentó ayer en mi escritorio y pidió formalmente mi permiso para cortejarte públicamente, aunque a juzgar por tu entusiasmo, creo que ya sabías que eso ocurriría. —comentó el elfo antes de beber un sorbo de su té. Morwenna bajó la vista intentando disimular la felicidad que le inundaba el cuerpo en aquel momento.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó coqueta jugando con las puntas de la servilleta de tela dorada que se disponía a posar sobre su falda.
—Que eso no dependía de mí únicamente, sino de que tú en primer lugar lo aceptaras. El muchacho aseguró que su cortejo había sido bien recibido, y creo que tu actitud esta mañana acaba por confirmarlo. Le di mi bendición... —informó echando una mirada tierna sobre la joven.
—¿De veras? ¡¿De verdad, padre?! ¡Oh, ada! —exclamó Morwenna invadida por la dicha y se levantó de su lugar para abrazarlo. Oropher corrió su silla de la mesa y recibió de buen talante el estrujón amoroso y enérgico de su hija.
—Es un buen muchacho... —reconoció separándose de los brazos de Morwenna—. Cuenta con grandes habilidades y con la gracia de los Valar tendrá un futuro brillante. —La elfa asintió sonriente, dándole la razón a su padre—. Además aceptó emprender el viaje fuera de Lindon, por lo que pueden unirse cuando lo deseen, aunque les sugiero esperar a que nos asentemos en nuestras tierras... Una boda en el bosque luego de la coronación suena tentadora y alegre; nuestros súbditos estarán encantados.
—Ada, no sé cómo agradecerte esto... Thranduil no parecía estar de acuerdo y cuando hablamos sobre esta posible unión, dijo que tú lo matarías al enterarte. —contó la joven retornando a su lugar.
—Oh, ¿Por qué haría tal cosa, Morwenna? Mi mayor deseo es que seas feliz. —Oropher se acomodó en su silla y tomó la mano de su hija entre las suyas. Besó sus nudillos con suavidad y suspiró admirando a la muchacha que tenía enfrente, quien para él siempre sería su pequeña princesa—. Sé que al informarles sobre mi coronación fui descuidado al elegir mis palabras sobre sus futuros matrimonios, pero Morwenna, jamás se me ocurriría perpetuar crueldad semejante de unirlos al primer noble que se me ocurra y no podría permitirlo puesto que estaría deshonrando la memoria de tu madre. Ella y yo eramos jóvenes e inexpertos al conocernos, pero el flechazo del amor nos atravesó el cuerpo con fiereza y nos unió en un lazo resistente que perdurará hasta mi último día en esta tierra. Tal vez ella ya no camine a mi lado, pero no la he olvidado y no lo haré... No habrá otra criatura capaz de llenar el vacío que ella dejó al ser arrancada de su vida a mi lado; tampoco habrá quien me haga sentir lo que tu madre. Y si hay algo que no pretendo hacer, es evitar que mis dos hijos puedan vivenciar ese amor que traspasa la piel y arde brillante hasta en los huesos, llenándonos cada rincón de calor y luz. Anhelo ese brillo para ti y para Thranduil, y estoy encantado de que lo hayas encontrado por fin.
La elfa asintió con lágrimas en los ojos. Todo lo que quería era la bendición de su padre para vivir una eternidad con Elrond, y al parecer lo había conseguido.
En su habitación, Thranduil descubrió a Elrond retozando a su lado y se refregó los ojos para comprobar que lo que estaba viendo era real. Sin lugar a dudas, la borrachera de la noche anterior había sido lo suficientemente fuerte como para hacerle olvidar cómo había llegado hasta su cuarto y porqué ahora el hijo de Eärendil dormía despreocupado a su lado.
El rubio se giró de lado y con el movimiento de la cama que compartían, despertó a Elrond, quien le devolvió una sonrisa simpática masajeándose la frente a la altura de su ceja izquierda. Thranduil decidió tener la primera palabra de la mañana y el susurro de su voz ronca hizo cosquillas en la mente de Elrond.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó confuso Thranduil mientras se observaba el cuerpo. Ambos estaban vestidos, pero recostados uno al lado del otro en la misma cama.
—Nada, que yo recuerde. —respondió Elrond con modorra—. Aunque no me molestaría que pase ahora... —confesó girándose a Thranduil y deslizándose sobre las sábanas para acurrucarse junto al Sindar. Con una risita leve rozó la nariz del hijo de Oropher con la suya y le posó un beso tímido sobre la punta.
—Jamás hice esto con nadie. —susurró Thranduil jugando con el cordón en el cuello de la túnica de Elrond. El de cabellos negros lo ayudó a desatarlo y le bajó la mano hacia el siguiente cordón, invitándolo a continuar su acción.
—¿Te cuento un secreto? —susurró acariciando los cabellos rubios del Sindar—. Yo tampoco. —declaró mordiéndose el labio inferior—. ¿Quieres que lo descubramos juntos? —incitó.
Thranduil tiró rápido del segundo cordón y alzó una ceja con una sonrisa seductora.
—Si me lo pides así... —dijo y se lanzó a los labios de Elrond.
Ambos elfos comenzaron a besarse apasionadamente. El Sindar rodó sobre la cama y se posicionó sobre el cuerpo del hijo de Eärendil. Ayudado por este, se desprendió de la túnica blanca que cubría su pecho y sintió los dedos de Elrond aferrándose a su espalda, atrayéndolo hacia él. En un festival de manos escurridizas fueron desprendiéndose de sus ropas hasta quedar completamente desnudos.
—¿Sabes? —dijo el rubio entre besos—. Me hubiera gustado que mi primera vez fuese con alguien que ya tuviera experiencia suficiente. —confesó—. No creas que no confío en ti, —agregó levantando levemente la cabeza y viendo como Elrond bajaba por su vientre—, dicen que eres un erudito en todas las artes, por lo que en el amatorio también debes ser excelente, pero me gustaría que alguien más me enseñara a... ¡Oh! —gimió de placer al sentir la humedad de la lengua de su amante rodeando su pene—. Oh sí, así...
—Así que... ¿Quieren que alguien les enseñe? —preguntó una tercera voz irrumpiendo en la habitación. Era Lindir. Elrond se incorporó de golpe y ambos elfos lo miraron asombrados—. Tranquilos, novatos. No le diré a nadie que los encontré haciéndolo... —sonrió lujurioso recorriendo cada rincón del cuerpo del Sindar con la mirada—. Será nuestro pequeño secreto. —aclaró desprendiéndose de sus ropas.
Tomando a Elrond por el cuello, le estampó un beso francés, mientras con su otra mano le hizo señas a Thranduil para que este fuera a su encuentro. El rubio se incorporó rápidamente y al llegar donde Lindir, se encontró de lleno con su boca. Mientras Elrond los miraba besarse, consumido por el placer voyeurista, se recostó sobre las sábanas y comenzó a masturbarse.
Lindir y Thranduil cayeron sobre la cama a la par de Elrond y el rubio se posicionó en medio, intercambiando besos acalorados entre los tres mientras cuatro manos le recorrían el cuerpo, propinándole placer inconmensurable.
—¡Oh gloriosos Valar! —gimió sonoro el rubio en medio de sus amantes.
—Thranduil... —susurraron a su oído. El Sindar ronroneó como un gato—. Thranduil... —volvieron a llamarle—. ¡Thranduil!
El hijo de Oropher despertó de un salto y dando un grito que aplacó con su mano segundos antes de que se pudiera discriminar entre un alarido de susto y un orgasmo. Inspeccionó con terror los alrededores de su habitación y se descubrió solo bajo las sábanas de su cama. La puerta volvió a retumbar y oyó la voz de su padre al otro lado.
—¡Un momento! —clamó el joven palpándose el cuerpo. Comprobando que estaba vestido, tomó con ligereza aguda la almohada que sostenía su cabeza segundos antes y la colocó encima de sus piernas, haciendo de cuenta que buscaba un punto de apoyo, cuando en realidad lo que intentaba ocultar era la erección con la que había despertado—. ¡Puedes pasar! —dispuso abriendo sobre la almohada un libro que tenía a mano, fingiendo que leía.
—¡Casi derribo la puerta! —ingresó gritando su padre y observó extrañado la lectura de su hijo—. ¿Qué hacías que no escuchabas?
—Oh... Es que... —Thranduil rodó los ojos intentando encontrar una excusa convincente—. La historia de Glorfindel y el Balrog está tan bien escrita que logro una abstracción total del resto del mundo cuando la leo. Impresionante en verdad, yo no creo que pueda matar a un balrog... —habló rápido, inundando de información el ambiente para distraer a su padre—. En fin, padre, ¿Qué te trae a mi habitación?
—No apareciste a desayunar esta mañana y ahora estuve largos minutos esperándote en mi escritorio para proseguir con tu instrucción y no lo hiciste, así que me preocupé. ¿Qué asuntos te mantienen en la cama hasta tan tarde? Ya casi será mediodía.
—¡¿Mediodía?! —gritó el elfo y la palabra le retumbó en la cabeza—. ¡Oh, huargos y peste de orcos en el llano! ¡Ese condenado licor! —insultó tomándose la cabeza con gesto de dolor.
—¿Licor? ¿Cuál licor? —Oropher se acercó a la cama con verdadera preocupación. Se sentó al borde y extendió las manos a su hijo, masajéandole las sienes.
—Ayer acompañé a la taberna a... Haemir. —mintió apresurado para no mencionar a Elrond y desatar un mar de preguntas de su padre—. Estábamos divirtiéndonos tomando buen vino, pero leímos en la carta una especialidad que jamás habíamos probado. El néctar de... khazad... Ered Zalam... —Thranduil intentó recordar repitiendo frases sin sentido como un conjuro, pero el efecto de la bebida había sido tan potente que le había hecho olvidar hasta el nombre.
—¿Kheled-zâram? —propuso Oropher y su hijo asintió sorprendido—. ¡¿Consumiste la vil bebida de los enanos?! —reprendió con tal indignación y enojo que pudiera haber hecho noche cerrada en medio de la luz del mediodía—. ¡¿Quién es el cantinero estúpido que envenena la pureza de mi hijo con ese horrendo licor en este reino?!
—¿Es veneno? —preguntó Thranduil asustado. De pronto comenzó a sentir una serie de síntomas psicosomáticos recorriéndole el cuerpo y respiró agitado.
—Cualquier cosa que esos horribles enanos creen es veneno. ¡Ellos son los venenosos! —denunció con rabia. El Sindar no podía -ni quería- ocultar su desprecio por los hijos de Aulë, no olvidando lo que los Nogrod le habían hecho a Thingol y cómo estos asesinos -a los ojos de Oropher- se habían refugiado en Khazad-dûm, donde aquel licor había nacido.
—Lo siento, adar. —Se disculpó cabizbajo el muchacho.
Oropher bufó intentando calmarse. Volteó a su hijo negando con el ceño fruncido.
—No es tu culpa, ion nin. No lo sabías... Pero no quiero que vuelvas a consumir esa bebida. Elevaré una queja con el mismísimo Gil-Galad para que retiren de la taberna ese licor del mal.
—No volverá a ocurrir padre, a partir de hoy, solo vino de buena calidad, lo prometo.
—Ve con Haemir luego para comprobar cómo se siente... —aconsejó Oropher con una mueca de preocupación—. Estoy seguro que también es un muchacho inexperto, pero tú eres más fuerte que él y como tal es tu deber cuidar de tus amigos.
Al oír la palabra inexperto, Thranduil recordó el sueño húmedo que había tenido sobre pérdida de virginidad y orgías con Elrond y se le revolvió un poco el estómago. No por el contenido del sueño en sí, sino porque en pleno uso de su consciencia, sabía que Elrond no era el tipo de criatura que despertara esa clase de sentimientos en él, y Lindir... Mucho menos. Había tenido el sueño correcto con el elfo equivocado. Aunque aun le resultaba curiosa la erección con la que había despertado, no pudo evitar molestarse con su cerebro por dejarle un sueño que no olvidaría en un tiempo, el cual haría que se sintiera molesto cerca del hijo de Eärendil sin poder confesar la razón.
Por su parte, Elrond se refugiaba del sol que encandilaba sus ojos caminando por debajo de los tejados del mercado de Lindon, donde trabajaba el mejor herrero del reino... Una de sus dagas comenzaba a perder el filo y decidió que después de sus clases, en lugar de almorzar iría a afilarlas.
El área del estómago todavía se le revolvía dejándole un gusto amargo en la boca y sentía que se mareaba un poco si giraba demasiado rápido la cabeza. Se preguntó si así se sentiría la raza de los hombres al enfermarse y se compadeció un poco de su padecer, pero continuó con sus actividades, él no era un hombre, por sus venas corría solo un soplo de la ascendencia de aquella raza y sabía que su malestar lo haría flaquear por un momento antes de recuperar sus fuerzas como si nada hubiera pasado, por lo que no se permitiría yacer lastimoso en su cama como si acaso su vida estuviera en el ocaso.
Al salir de la casa del herrero, Elrond paseó por los puestos donde los elfos exponían sus mejores productos. No se detuvo más que para saludar a los vendedores, aunque antes de salir de la zona, el brillo aguamarina de una mesa se le clavó en el rabillo del ojo y tuvo que volver sobre sus pasos. En un rincón, sobre un mantel blanco como una nube, reposaban unas joyas de apatita que el capitán de Lindon reconoció al instante: No eran otros que los adornos que Morwenna llevaba en el cabello la noche del banquete real.
Con los ojos muy abiertos, admirando el brillo de las gemas, levantó la vista hacia el vendedor, que le sonreía con las manos enlazadas en la espalda, balanceándose sobre sus talones como un niño pequeño.
—Son hermosas, ¿Verdad? —presentó el elfo levantando una de las gemas del mantel y ofreciéndola a Elrond.
—No las tenías hace unos días cuando pasé por aquí. —dijo el capitán de Lindon acariciando el brillo de la piedra celeste. Si bien el recuerdo de las gemas en el cabello dorado de Morwenna le acarició el corazón, tener una de ellas en su mano le producía una sensación de pesadez y molestia. Intuyó que quizás las joyas tendrían la imperiosa necesidad de regresar con su antigua dueña, y se preguntó porqué razón las habría intercambiado por algo de aquel puesto.
—Una de las elfas Sindar las trajo y a cambio se llevó un cofre de plata adornado diciendo que necesitaba un lugar donde guardar su tesoro más preciado. Cuando pregunté qué cosa podría ser tan importante como para deshacerse de esas joyas tan hermosas, respondió que lo que guardaría allí sería una carta de alguien a quien amaba, una que valía más que todas las piedras preciosas del mundo, pero que no contaba con dinero para pagarlo, por lo que me ofreció intercambiarlas y por supuesto acepté.
Elrond quedó estaqueado en medio del camino escuchando al vendedor. Supo en cuestión de segundos que aquella carta que Morwenna querría atesorar era la suya, por lo que no lo pensó dos veces y sin vacilaciones preguntó al encargado del puesto cuánto quería por las gemas...
Llegando a las puertas del reino, Elrond divisó a Morwenna corriendo animada hacia él y escondió el regalo que tenía para ella.
—Señorit... —Intentó saludar cuando casi fue derribado por la fuerza de la elfa, que se lanzó hacia él haciéndole perder un poco la estabilidad.
Elrond no tuvo tiempo de reponerse, ni de continuar hablando cuando descubrió sus labios mezclándose con los de Morwenna. Instintivamente y sin importarle quién pudiera verlos rodeó la cintura de la elfa con sus manos y la aferró a él, besándola con ganas, perdiendo su mente en el dulce momento que estaban compartiendo.
Ella se separó de él besándole toda la cara entre risas y acarició sus mejillas con ternura.
—Morwenna... —llamó Elrond con una enorme sonrisa en los labios, pero pretendiendo notificarle que aun no había hablado con Oropher, por lo que besarse en público pudiera ser problemático para ambos.
—Elrond, mi Elrond. —suspiró alegre la muchacha y luego de otro corto beso agregó—: Mi padre me lo contó todo.
—Todo... —repitió el capitán de Lindon con confusión—. Todo, ¿Qué?
—¿Morwenna? —llamó otro elfo a sus espaldas, aunque observando a la elfa con estupefacción y desprecio hacia Elrond. Esta tensó todo su cuerpo aun en brazos de su amado y se giró sin poder creer que había reconocido aquella voz.
—¿Elaran? Elaran. —aclaró con sorpresa al ver al elfo serio frente a ellos.
—¿Quién es él? —preguntó el escudero de Harlindon observando a Elrond de arriba a abajo y cerrando su puño sobre el mango de su espada, poniéndose en guardia para batirse a duelo por el honor de la rubia.
El hijo de Eärendil soltó la cintura de la joven y rápidamente dio cuenta de la confusión: Oropher le había comunicado a Morwenna su visto bueno para que fuera cortejada por el muchacho que había pedido su mano el día anterior, pero no había mencionado su nombre, por lo que ella, al saber que Elrond iba a hablar con él por el mismo asunto, había creído que Oropher lo había aceptado, ignorando completamente la llegada de Elaran a Forlindon y propinándole un beso amoroso al elfo equivocado.
Elrond cruzó con lentitud y precaución su mano libre hacia el pomo de su espada, imitando la acción de Elaran mientras adivinaba que ese elfo erguido, molesto y a punto de atacarlo, era el verdadero pretendiente de Morwenna, y por ende, un nuevo enemigo.
