—Él, —comenzó Morwenna tomando firmemente la mano de Elrond—, es mi amado y posiblemente mi futuro esposo. —informó con seguridad a Elaran. El capitán de Lindon sintió el calor de un fuego poderoso consumiéndolo por dentro, pero no como una sensación placentera, sino como si realmente se estuviera quemando vivo. La mirada severa de Elaran había caído sobre él como el ataque de un dragón.

—No, no lo es. —refunfuñó este casi ordenándole al capitán aclarar la situación.

—Sí lo es. —contradijo Morwenna.

—No, no lo soy. —reconoció Elrond con pesar, obteniendo la atención de ambos elfos. El hijo de Eärendil soltó la mano de Morwenna y dio un paso al costado alejándose de ella.

—¿Qué? Pero... Si tú... Tú dijiste que... Y mi padre hoy confirmó que te había dado su bendición. —balbuceó la rubia sin comprender lo que estaba ocurriendo. Su corazón comenzaba a resquebrajarse, pero no lo dejaría estallar en mil pedazos hasta obtener una explicación.

—Señorita, lo lamento, hubo un horrendo malentendido. —declaró Elrond—. Fui al encuentro de su padre con el propósito de pedir su autorización para cortejarla públicamente, pero cuando llegué... Lord Oropher estaba reunido con alguien más, al parecer por la misma razón. —insinuó inclinando su cabeza hacia Elaran—. Desconozco lo que él le haya dicho, señorita, pero de algo estoy seguro: Esta mañana su padre no hablaba de mí.

—Por supuesto que no. —Elaran dio un paso al frente ignorando completamente a Elrond y posando toda su atención sobre Morwenna—. Lord Oropher se refería a mí, milady. —agregó tomando la mano de la elfa y besando sus nudillos.

Elrond tragó saliva disgustado, aunque se mantuvo firme en su posición y esperó por la actitud de aceptación o rechazo de Morwenna, para saber si tendría que defender su honor o retirarse. Esta retrajo el brazo molesta y observó de reojo como su amado juntaba sus manos en la espalda con expresión de piedra sin saber qué hacer. La elfa sintió pena por haber arruinado su primer beso, de tal forma que por siempre recordarían el altercado con Elaran, aun si las cosas salían bien para ellos.

De pronto eso le llevó a recordar las palabras de su padre durante el desayuno; estimaba a Elrond, era al único elfo al que había permitido su cortejo reconociendo que su encanto era incluso correspondido.

—Pero... —repuso Morwenna—, mi padre dijo que solo le daría su bendición a quien yo hubiera aceptado en primer lugar. También dijo que mi prometido había asegurado contar con mi aprobación.

—Y este, —señaló Elaran a su izquierda como si Elrond fuese poca cosa—, señor, —calificó entre dientes—, ¿Cuenta con tu aprobación?

—Me estaba besando. —lanzó el capitán de Lindon como una obviedad y harto de permanecer en silencio ante su claro insulto—. Lo aclaro por si acaso tiene problemas de visión, señor... —agregó apretando los puños. Elaran volvió a aferrarse al pomo de su espada y Morwenna se puso en medio de ambos olfateando el altercado.

—Lo importante aquí es que mi padre asegura que cuentas con mi aprobación para cortejarme, Elaran. Y es mi deber recordarte que eso jamás ocurrió. —acusó la muchacha de frente a él.

—Aceptaste mis joyas, ¿No? —Le recordó el Sindar.

—Fueron un regalo, Elaran. —expuso ella.

—Sabías lo que sentía por ti, Morwenna. Aceptar esas joyas no fue más que la confirmación de que sentías lo mismo y me esperarías.

La elfa abrió la boca espantada ante lo que acababa de oír.

—¿Disculpa? —preguntó con el enfado en la punta de la lengua—. Siempre he aceptado los regalos que los demás me hacen. Eso no confirma nada, solo habla de mi buena educación. ¿Acaso pensabas comprar mi amor con un puñado de apatitas?

Elrond apretó la bolsa de cuero donde traía las gemas, las cuales llevaba ocultando a sus espaldas desde que viera a Morwenna caminar hacia él. En su mente se llamó elfo estúpido por creer que ella había empeñado las gemas como un sacrificio e intentar devolverle un regalo que la muchacha despreciaba en primer lugar.

—Una carta llegó a Harlindon días atrás, —contó Elaran—, decía que las habías llevado para la cena del rey. Creí que no había más claro mensaje que aquel. Además... Jamás correspondiste mi amor, pero tampoco me rechazaste.

—Si me permite... —propuso Elrond, pero fue interrumpido por el Sindar.

—No, no le permito nada. Esta es una conversación entre mi prometida y yo. —escupió. Elrond bufó, el elfo estaba comenzando a quebrar su esfuerzo por no sentarlo en la hierba de un puñetazo.

—Yo no soy tu prometida, Elaran. —afirmó Morwenna.

—No es lo que tu padre dice. —sonrió socarrón el muchacho. Elrond no soportó más y se adelantó lanzando la bolsa de piedras a los pies del elfo.

—¡Me importa un cuerno lo que usted me permita o no, lo diré igual! ¡Ahí tiene sus malditas gemas! ¡Ahora deje de molestar a la señorita! ¡Morwenna le dejó en claro reiteradas veces que no corresponde sus sentimientos, así que sea un elfo decente y retírese con dignidad mientras pueda! ¡Váyase! ¡Fuera! —exclamó Elrond en un tono tan alto y hostil que los elfos de las cercanías se irguieron asustados.

El Sindar, aunque disgustado y sorprendido por el repentino ataque de Elrond, no se dejó amedrentar. Con una mirada repulsiva observó la bolsa a sus pies antes de regresar la vista al hijo de Eärendil.

—¿Qué no me oyó? —insistió Elrond con voz ronca—. ¡Fuera de aquí! —volvió a gritar, esta vez desenfundando su espada.

Morwenna hasta ese momento había quedado estaqueada detrás de Elrond, un poco perturbada por la rapidez con la que el capitán de Lindon se había adelantado y por ver cómo había lanzado la bolsa con las apatitas sobre Elaran. No tuvo tiempo para preguntarse porqué él las llevaba consigo, cuando se vio sosteniendo la muñeca donde el joven sostenía su espada.

—Elrond, —mencionó la rubia—, por favor, no. —Morwenna suplicó con su mirada compasiva, llamando a la calma del hijo de Eärendil a hacerse presente en él. Había visto de lo que era capaz en la lucha y no dejaría que perdiera los estribos y su honor por algo tan insignificante. Él suspiró encabronado y bajó la espada.

—¿Elrond? —preguntó Elaran levantando la cabeza mientras se ataba el cordón de la bolsa con las apatitas a su cinturón—. ¿Elrond, hijo de Eärendil? —inquirió mirando a Morwenna con preocupación.

—El mismo. —respondió el capitán.

—¡Ay no, Morwenna! No Elrond Eärendilion. —comentó lastimero—. ¿No sabes que todo lo que toca lo destruye? Sin hogar, sin padres, hasta un gemelo que decidió ser mortal y abandonarlo; criado por dos bestias. Quedarte con él te costará la vida, Morwenna. Elrond está maldito. —agregó, y eso fue suficiente para desatar la furia.

—¡Retira tus viles palabras ahora! —ordenó la muchacha furiosa.

El Sindar atajó la primera estocada de la espada echándose hacia atrás. La segunda la rechazó con el choque de su espada y el un movimiento rápido desarmó a su oponente. La rubia le había quitado con gran habilidad la espada a su amado y había atacado en defensa de su honor, pero al ser inexperta en la lucha contra un soldado de Doriath, la contienda había finalizado casi sin comenzar.

—¡Morwenna! —Elrond la tomó por detrás y levantándola del suelo la movió de lugar rápidamente para ponerla a resguardo antes de tomar dos dagas y blandirlas en el aire frente a Elaran—. ¡Baje su espada ahora mismo, soldado! —ordenó—. Ni siquiera esperaré su disculpa, solo guarde su arma y retírese.

—Solo un Sindar puede darme órdenes. —espetó Elaran esperando el ataque de Elrond.

—¡Elaran! SUELTA ESA ESPADA AHORA. —el grito furioso de Oropher hizo eco en todo el jardín y retumbó en las paredes de piedra de Lindon.

El muchacho dejó caer la espada con un movimiento espontáneo. El cuerpo le vibró por un segundo y la rabia le caló hasta los huesos, pero no podía rebelarse ante su capitán, su Lord, su futuro rey. En seguida, una segunda voz provocó que el muchacho se girara y se pusiera de rodillas reverenciando a quienes tenía enfrente.

—¡¿Qué es todo este alboroto?! ¡Elrond! —reprendió Gil-Galad con el ceño fruncido y la mirada fría como el hielo. El hijo de Eärendil guardó sus dagas e inclinó la cabeza en señal de respeto.

—Este soldado le faltó el respeto a Lady Morwenna, su majestad. —aclaró Elrond mirando de reojo a la elfa y omitiendo que el ofendido había sido él.

—¿Y se batirán a duelo sin dialogar antes? ¿Sin pedir disculpas? ¡¿Qué clase de bestias salvajes son?! —espetó Gil-Galad. En todo el reino no se oía ni el vuelo de una mosca.

—Majestad yo intenté... —intentó explicar Elrond amablemente, siendo interrumpido por el rey.

—Suficiente. —dijo el monarca con la mano en alto—. Le pido disculpas, milady, en nombre de mi irreverente heraldo. —agregó con aplomo, haciendo una pequeña reverencia a Morwenna. Esta levantó el mentón y dio un paso al frente.

—Majestad, todo este altercado fue... —Quiso explicar, pero vio a Elrond negar con la cabeza mirándola directo a los ojos.

—Fue mi culpa. —reconoció el hijo de Eärendil a sus espaldas—. No me conoce, señorita, pero puedo ser impulsivo en ocasiones. Le ruego me disculpe el disgusto que este enfrentamiento le ocasionó. —añadió llevándose la mano al pecho—. Su majestad, —llamó girando levemente hacia él—, aceptaré de buen grado el castigo que me corresponda y le juro que no se volverá a repetir.

Gil-Galad lo observó pensante. Intercambió varias miradas entre la hija de Oropher y su capitán; vasta experiencia la suya, pues advirtió que los jóvenes ocultaban algo.

—Guardia nocturna en las puertas del reino. —anunció serio—. Tres lunas... Tiempo suficiente para reflexionar sobre las alternativas a la hora de resolver un altercado. Tres lunas, con efectos inmediatos, Elrond.

—Sí, su majestad. —acató Elrond y haciendo una reverencia comenzó a caminar a su nuevo puesto.

—Hijo de Eärendil... —mencionó Oropher severo e hizo que el muchacho se detuviera frente a él—. No se crea con el poder de defender el honor de mi hija. No lo he autorizado. —aclaró. Elrond asintió, más no contento con eso, se irguió frente al padre de su amada y pronunció:

—Con el mayor de los respetos, señor, no creo que requiera autorización para hacer el bien. Por lo que defenderé el honor de cualquier elfa o elfo que se vea insultado en mi presencia, así lo quiera usted o no. Pero por sobre todas las cosas, defenderé a su hija pagando con mi vida si fuera necesario. Tal vez no cuente con su aprobación para defender su honor, pero debería usted preguntarse si acaso a quien autorizó a cortejar a su hija públicamente es el elfo adecuado. Le sugiero mantener una conversación en privado con ambos, pues me temo que ha sido usted engañado y aquel al que llamará yerno con orgullo, hará de la vida de lady Morwenna un suplicio. —Al acabar el discurso, Oropher quedó boquiabierto y absorto frente a Elrond, quien le sostuvo la mirada todo el tiempo, tranquilo aunque seguro de sí mismo.

—Elrond... Efectos inmediatos. —Le recordó Gil-Galad. El capitán desobedeció la orden y continuó hablando. Oropher frente a él arqueó una ceja sorprendido por el desacato a la autoridad del hijo de Eärendil, pero lo escuchó atento.

—Lord Oropher, estimo a su hija más de lo que cualquier elfo en este reino podría en una eternidad y mis obligaciones permanentes a partir de esta noche no me permitirán acudir a una audiencia oficial con usted para exponer mis sentimientos y expectativas, por lo que me veo en la necesidad de confesarme frente a todos los presentes y sobretodo ser explícito y escueto: Adoro a su hija. Es la gema más brillante del tesoro que sobrevivió a la destrucción de Doriath y será la joya de la corona en su reino. No voy a pedirle que me autorice a cortejarla públicamente, puesto que no necesito reunirme con usted para conocer su reticencia a unirme a ella, pero sí solicito su permiso para proteger su honor sin más propósito que el de velar por su seguridad y he de pedirle un favor... Fíjese con sumo cuidado a quién autoriza como pretendiente. Asegúrese que ella desee ser cortejada por quien usted habilita en aquella importante tarea para ahorrarse el futuro disgusto de su hija y la furia de este humilde servidor con todo aquel que ose imponérsele.

Elrond finalizó con una corta reverencia y se retiró del lugar dejando a Oropher duro como una roca en medio del césped. Gil-Galad lo observó irse y acto seguido clavó sus ojos en Morwenna, disimulando la sonrisa de lado que la valentía de su heraldo le había proporcionado, una que no pasó desapercibida por la muchacha. Mientras tanto, Elaran permanecía de pie en completo silencio. Oropher se giró hacia él y la reprimenda cayó sobre él como un torrente agua congelada.

En su camino a su nuevo puesto, Elrond se cruzó con Thranduil, quien giró sobre sus talones dándole la espalda, simulando interés repentino en las hojas de un helecho que crecía fuerte en una maceta colgante amurada a una pared lateral. El capitán de Lindon se acercó a él de todas formas y habló rápido:

—Tu padre lo sabe. —informó.

Thranduil sintió que la piel se le erizaba al oír la voz de Elrond cerca de su oreja.

—¡¿Qué?! ¡No! —inquirió nervioso dando un pequeño salto lejos del capitán—. ¡Imposible! ¡¿Cómo lo sabría?!

—Yo se lo dije. —respondió Elrond ladeando su cabeza con gesto de confusión, intentando dilucidar porqué Thranduil se veía tan inquieto.

—¡Eso no pasó, Elrond! ¡Lo sabes! —Se escudó Thranduil clavando la vista en el helecho. Ni siquiera podía verlo a los ojos porque al hacerlo retornaban a su cabeza cada una de las imágenes de su sueño.

—Thranduil, ¿De qué hablas? Tu padre sabe lo de Morwenna, se lo dije. Le dije lo que sentía por ella.

—¡Ooooh! ¡Eso! —Thranduil pareció tranquilizarse, aunque aun exageraba su tono al hablar—. ¡Claro!

—¿Qué creíste que sabía? —Quiso saber el de cabellos oscuros. Thranduil abrió mucho los ojos y no supo qué decir. Comenzó a balbucear—. Mi amigo, ¿Estás bien? —preguntó Elrond preocupado.

Thranduil hizo silencio y un molesto tic en el ojo empezó a hacerse latir el párpado inferior. Elrond se acercó a él y rozó con sus dedos la tela de la túnica en el brazo del Sindar. Antes de que pudiera hacer nada, Thranduil lanzó un grito agudo que espantó al capitán de Lindon y huyó de allí.

—Por Eru, ¡Los elfos de Doriath se han vuelto locos! —susurró Elrond intentando recuperarse del susto.