Los pasos de Oropher resonaron en todo el salón y retumbaron en su cabeza, recordándole que aun era una una figura insignificante para muchos elfos, lo cual le hizo reflexionar sobre sus futuras acciones como monarca: «Si el respeto de tus súbditos ha de sonar a pasos huecos y oler a temor, mejor abdica.» se aconsejó callado mientras alzaba la vista hasta Gil-Galad, sentado con las manos juntas sobre su regazo. El rey de los Noldor estaba serio y firme como una estatua, altivo e imponente en su trono de ébano finamente trabajado con detalles en oro. A los pies de la escalinata que lo separaba del resto del mundo, se hallaba la guardia real, un elfo a cada lado del trono y otros tantos apostados frente a las columnas del gran salón, por lo que Oropher se hubiera sentido ingresando en la boca del lobo, de no ser porque había visto los horrores de la guerra y actualmente había pocas cosas que lo hicieran estremecer.
Al llegar a los pies de la escaleras, Gil-Galad inclinó su cabeza llevándose la mano al pecho mientras el orgullo del Sindar frente a él se hincaba en el suelo con su rodilla.
—Sé lo que te trae a esta audiencia, Oropher. —comenzó el monarca mientras el elfo regresaba a su posición. Ambos guardaron silencio haciendo contacto visual por un momento. Para Oropher, tener que alzar la barbilla para ver a alguien más arriba que él era molesto, pero no estaba en condiciones de demostrarlo.
—Entonces no echaré a perder su preciado tiempo con rodeos y adulaciones que usted ya conoce, majestad. Quiero interceder... —propuso el sindar pero fue interrumpido por el rey.
—No te llevarás a mi mejor guerrero. —aseguró con aplomo y sin pestañear. Oropher tragó saliva nervioso y estiró el cuello como si necesitara ayuda para hacer pasar el líquido por su garganta.
—¿Aun si es su voluntad abandonar el reino para seguir los pasos de mi hija? —preguntó con cierto atrevimiento. Oropher sonrió de lado.
—Elrond conoce perfectamente su posición. —aclaró Gil-Galad y el aire tomó una densidad tal que era plausible de cortar con el filo de una espada.
—Reconozco que permanecer cautivo en un reino donde tiene la libertad de deambular y hacer su supuesta voluntad no es algo nuevo para él, por lo que acatará la orden que se le de y hará creer a todos que está conforme con eso. —declaró Oropher con disgusto. Gil-Galad sonrió de lado.
—¿No es acaso una insolencia lo que acusas? —inquirió el monarca inclinándose hacia adelante y agregó—: No es tu tarea definir el destino del hijo de Eärendil.
—Usted lo oyó, majestad, —explicó Oropher ofuscado y comenzó a caminar sin rumbo por el gran salón con paso aplomado—, Elrond no pedirá cortejar públicamente a Morwenna, no porque así no lo desee, sino porque sabe que se lo negaré y que lo haré para ahorrarle el dolor a mi hija de tener que partir de Lindon sin la compañía de quien ama.
Gil-Galad se reclinó nuevamente sobre su trono y observó el vaivén de Oropher jugando a no pisar las líneas negras del suelo marmolado como una danza para relajar sus nervios.
El monarca vislumbró el aura negativa que envolvía la figura de Oropher y supo que lo que estaba por decir no sería de agrado del Sindar pero tenía que intentarlo; su deber de monarca lo ponía en posición de siempre hacerse su voluntad, pero también como noble conocía los beneficios de conciliar con sus pares, sobretodo con uno como Oropher, quien estaba por recibir una corona sobre su cabeza como pago de sus súbditos por sus servicios al lograr alejarlos de las órdenes de Celeborn en Harlindon, las cuales se negaban a acatar. Los Sindar no renegaban de su convivencia, pero si se mostraban reticentes a ser comandados por él, inseguros de que nuevamente hubieran de sufrir los embates del destino funesto de Doriath. Aquello había formado una brecha entre los Sindar mismos, decidiendo algunos permanecer al lado de su señor Celeborn y la dama Galadriel, y otros, acompañando a Oropher fuera de los límites de Lindon.
—Hay otro camino... Si lo autorizas, Morwenna será recibida entre los miembros de la corte y nada le faltará. —anunció el monarca. Oropher se giró y caminó apresurado hacia las escaleras.
—¡Eso jamás! ¡Solo dejaré a mi hija en ausencia de mi cuidado si la muerte me lleva! —exclamó y su voz hizo eco en todos los rincones del salón real. Los guardias advirtieron la violencia en el tono de voz del Sindar y giraron automáticamente hacia él. Gil-Galad levantó la mano en señal de alto y los elfos regresaron a sus puestos. Ambos tenían sus razones para no prescindir de Morwenna o Elrond. Los motivos de Gil-Galad eran meramente militares, mientras que la causa de Oropher era más profunda. Había perdido a su esposa, el pilar de su familia, y el dolor se había impregnado en su espíritu con tanta fuerza, que el solo hecho de pensar en alejarse de sus hijos, así estos estuvieran bien, le estremecía hasta el espacio más recóndito de la piel como si fuera una pesadilla muy vívida y terrorífica.
Gil-Galad asintió con una mano sobre los labios.
—Entonces lo lamento, Oropher, pero la respuesta es no. No te llevarás a Elrond en tu comitiva.
—¡¿Y lo que él quiera no importa?! —inquirió Oropher. El rey bufó cansado.
—Elrond hará lo que yo diga. Suficiente, Oropher, puedes retirarte.
—Pero... —Se quejó el Sindar. El monarca evaluó la situación y decidió interrumpirlo.
—Tienes mi autorización para abandonar Lindon... Mañana mismo si así lo deseas. —puntualizó. No le convenía que aquellos elfos sifuieran merodeando por sus tierras, sobretodo una de cabellos rubios y brillantes ojos azules que estaba distrayendo al hijo de Eärendil de sus tareas.
Cerca de allí, el frío de la noche cerrada azotaba las ropas gruesas de los elfos, que de todas formas no eran de suficiente abrigo y helaban la piel de los que patrullaban en la entrada del reino y en las torres aledañas. Elrond, entre ellos, recorría los adarves de la fortaleza para combatir el frío. Debía realizar aquella tarea por tres lunas, por lo que necesitaba adaptarse rápido o aquellas noches se harían interminables.
Gil-Galad había ordenado que la guardia se hiciera a las puertas de Lindon, pero Elrond era un elfo conocido y estimado por todos los guardias, había entrenado a varios de ellos y por ende tenía muchos amigos que velaban por su seguridad, por lo que todos habían acordado guardar el secreto del capitán: Este cumpliría con su obligación de patrullar por tres lunas, pero no a las puertas del reino, sino en el punto más al oeste de Lindon... La cara de la fortaleza que daba al mar.
La vasta extensión del Belegaer estaba tranquilo esa noche, no se azotaba contra las rocas y llegaba la costa visible desde la torre de control besando la arena con suavidad.
Elrond se detuvo en medio del adarve para contemplar la extrañeza en las pequeñas olas del mar y el sonido arrullador le inundó los oídos llenándolo de paz, aunque también de dudas... Por muchas vueltas que le diera al asunto, no lograba comprender la atracción de los elfos hacia la superficie marítima, y si bien sabía que algún día llegaría su tiempo de tomar unos de los barcos y navegar hacia Valinor para ya nunca pisar el mundo que conocía, no lograba empatizar con la necesidad de sus pares. Se preguntaba cada tanto si tenía que ver con su condición de medio elfo que por mucho que invirtiera sus horas libres en mirar hacia el mar, no lograra fascinarse ni oír su llamado. Aun así allí estaba, perdido entre la superficie celeste y siendo engullido por el rugido leve del mar.
Elrond giró casi imperceptible su cuello hacia la izquierda... Algo más se movía lejos de las olas. Entre el aroma a agua salada, arena y viento rasposo y húmedo, un perfume particular y conocido se coló en su nariz.
—Si vienes a disculparte por el episodio de hoy, lo aceptaré, pero primero quiero una explicación clara. —anunció girando un poco más su cabeza para ser oído por la criatura a sus espaldas.
Morwenna calló sin saber qué decir. Creía que el altercado entre ellos y Elaran había sido lo suficiente explícito, sobretodo cuando Elrond aclaró el asunto frente a los presentes. Se posicionó a su derecha muy junto a él para recibir aunque fuera un atisbo de su calor corporal; era una noche fría y su capa, aunque abrigada, albergaba puntos débiles por donde se colaba la brisa estremeciéndole la piel.
Elrond sin mirarla y aun seguro de dirigirse al elfo correcto, volvió a hablar:
—Si no me dirás qué fue lo que ocurrió, entonces te sugiero regresar por donde viniste. Ah, —agregó—, y no te confíes de tus habilidades natas para desplazarte con sigilo, estás descuidándote; por primera vez desde que estás aquí pude oírte venir. —finalizó el capitán girando su cabeza hacia su acompañante. Fue allí cuando se detuvo en seco y la expresión de su rostro denotó profunda sorpresa. A su lado, Morwenna lo observaba de reojo con genuina confusión luego de quitarse la capucha de su capa—. Señorita... —susurró.
—Veo que esperabas encontrarte con alguien más. —expuso la rubia con desgano. Elrond titubeó nervioso.
—¡No! Bueno... sí, pero... —Morwenna volteó para alejarse pero Elrond en dos zancadas se interpuso en su camino—. En realidad no, la confundí con su hermano, es todo.
—¿Qué asuntos tiene mi hermano contigo que debieran ser disculpados? —preguntó curiosa.
—Nada que le quite el sueño, señorita, no se preocupe. Por cierto, ¿Qué hace aquí? Es una noche helada para que esté a la intemperie. —declaró jugando con sus nudillos, reteniendo a sus manos de su deseo de tocar a la muchacha.
—Vine a disculparme, pero antes, reconozco que también vengo a preguntar algo. Hoy en la tarde le arrojaste una bolsa con gemas a Elaran alegando que eran las apatitas que me había regalado.
—Lo eran. —afirmó Elrond.
—¿Por qué las tenías?
—Las reconocí en segundos. Nada que haya llevado adornándola se me olvidaría, así que le pregunté al dueño del puesto en el mercado y él dijo que una fina dama las había intercambiado por un cofre para guardar una carta importante, la mía tal vez. —Morwenna asintió y eso le alegró la noche—. Bien, creí que las había empeñado al no contar con dinero, jamás pensé que lo había hecho porque no las quería. Así que las recuperé para usted. Iba a obsequiárselas cuando salió, me besó y... Bueno. Ya sabe. —finalizó sonrojado.
—Oh, Elrond... —sonrió tierna.
—Siento haberlo hecho. —declaró el capitán y le recordó a Morwenna la otra razón por la que estaba allí.
—No, yo lo siento. Ya sabes, vine a disculparme. Aunque no creo que la razón de mi pedido deba ser acompañada de una explicación. Le mentiste al rey, dijiste que todo había recaído sobre tu responsabilidad cuando la que le quitó su espada al capitán de la guardia del reino y se enfrentó a Elaran fui yo. Lo que quiere decir que estarás aquí congelándote por tres lunas por mi culpa. No tenías que hacerlo. —Morwenna se acercó y acarició la mejilla de Elrond. El elfo sonrió cerrando los ojos por un momento, disfrutando del roce de la joven, pero en cuestión de segundos se echó hacia atrás, provocando que Morwenna retirara su mano con pena.
—Su padre... Él...
—Mi padre autorizó a Elaran porque creyó que yo lo amaba. —aclaró ella.
—Su padre solucionará eso, señorita. —aseveró Elrond—. Pero no espere que desee unirla a mí.
—Bueno, eso no es decisión suya. —Morwenna se giró hacia el mar luego de soltar el comentario de forma automática. Elrond sonrió tierno y se acercó a ella.
—¿Ve ese mar? —La muchacha asintió en su lugar—. Usted en mi vida es como ese mar.
—¿Estás diciendo que soy ruidosa e impredecible? —preguntó ella con cierta ofensa. Elrond rió por lo bajo y enlazó sus dedos con los de la elfa. Girando levemente hacia ella la observó con ternura.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? —Quiso saber.
—¿Y qué tiene que ver eso con el mar?
—Tiene que ver. Se suponía que yo estuviera vigilando apostado a las puertas del reino. ¿Por qué entonces está aquí y no allí?
—Cuando fui hasta allá me crucé con Haemir. Se suponía que él tampoco estuviera allí, pero me dijo que te debía un favor . Me dijo también dónde encontrarte y aquí estoy. Ahora dime, ¿qué relación tengo con el mar?
—Gil-Galad me ordenó vigilar a las puertas del reino, sin embargo conseguí burlar su deseo y permanecer aquí, junto al mar, para reflexionar sobre mis acciones. —Elrond suspiró mientras Morwenna ponía especial atención a lo que él decía—. Mi trabajo aquí es vigilar el perímetro, controlar que nada se mueva sin que el rey lo sepa, asegurarme que no haya invasiones, intrusos o peligros... Y luego está el mar. Cada vez que intento concentrarme en mis tareas, el rugido del mar irrumpe en mis oídos, la brisa salada en mi rostro y el brillo de la luna sobre el agua llega a mis ojos. Morwenna, usted es el mar.
—¿Dices que tenías una vida tranquila hasta que yo llegué y estoy distrayéndote de tus tareas? ¿Que soy molesta? —Se quejó la rubia y se soltó de su mano con brusquedad.
—Digo, —declaró con énfasis en su voz y volvió a tomar la mano de la muchacha, atrayéndola hacia él—, que haga lo que haga, y por más énfasis que ponga en obligarme a cumplir con mis obligaciones sin pensar en nada más que en ello, usted llegará a mí y me invadirá como el sonido, la brisa y el brillo del mar. No es su presencia física, es usted. Incluso si mañana mismo partiera lejos de mí, no volvería a ser el mismo. Usted es ese mar inevitable que escucho, veo y siento aun si no es mi propósito hacerlo. Usted está ahí, va y viene con sus olas pacíficas o embravecidas, besando la costa de mí cada vez. Solo soy esa arena que no puede hacer nada más que recibirla y verla partir una y otra vez. El Belegaer no abandona Lindon, y usted tampoco lo hará conmigo. ¿Y sabe? Estoy aquí porque necesito aprender a vivir con ese constante arrullo del mar mientras ocupo mi vida en otras cosas, porque pronto usted se irá de aquí y yo no podré seguirla. Y será ese mar. Ese que está ahí y que incluso cuando estoy viéndola, tocándola, oyéndola y amándola como si nada más importara, no puedo dejar de oír y de sentir. Tengo que aprender a convivir con ello antes de volverme loco; he de aceptar la probabilidad de que pasen los años y los pequeños arbustos del jardín crezcan altivos como fuertes árboles, tanto como mis sentimientos por usted, hasta que la vuelva a ver y pueda hacer algo más con este amor que no sea callarlo. Usted es el mar, Morwenna, y por eso vine aquí, para acostumbrarme a que la veré incluso cuando usted ya no esté.
Morwenna acalló las palabras de Elrond con un beso sorpresivo en sus labios.
—No me importa, —mencionó entre besos, mientras el medio elfo se aferraba a su cintura y la atraía sobre él acariciando su espalda por debajo de la capa—, no me importa lo que mi padre, Elaran, Gil-Galad o los mismísimos Valar digan de esto, yo te amo, Elrond. Te amo y siempre lo haré. Y no voy a dejarte. Mañana mismo se lo diré a mi padre, me quedaré en Lindon. Si tú no puedes irte de aquí, entonces seré yo la que permanezca a tu lado hasta el fin de los días.
—Pero, Morwenna... —intentó advertir Elrond, siendo acallado por un nuevo beso de su amada.
—Shhh, déjamelo a mí. Ahora ven aquí, hace frío y todo está bien allá afuera, no hace falta que vigiles nada. —finalizó la muchacha.
La mañana se alzó con el sol brillando pálido sobre el cielo de Lindon. Pasadas las siete de la mañana, Thranduil se ajustó el cuero trenzado del cinturón y abandonó su habitación apresurado. Estaba inquieto, la comitiva de su padre estaba formada por lo menos desde las seis y nadie había acudido a despertarlo para comunicárselo. El resto de los elfos caminaba despreocupado con una velocidad más lenta de lo normal... Ya no era solo Lindir, ahora también Thranduil comenzaba a sentir el embotamiento del bosque... Algo se estaba deteniendo, algo se ocultaba en las esquinas más recónditas de Arda sin que los elfos pudieran advertir más que retazos de un sentimiento de espera molesto.
De todas formas, el hijo de Oropher creyó que esa inquietud se debía a su prematura salida del reino sin saber qué les aguardaba afuera. Se dirigió a la habitación de su hermana y entró sin tocar; nada había que Morwenna pudiera ocultarle a su hermano.
Thranduil caminó despacio rodeando la cama de la elfa... Ella aun dormía, lo advirtió por el bulto debajo de las sábanas que la cubrían hasta la cabeza y que se le hizo un poco grande para abrigar solo a su hermana, pero creyó que sería por las almohadas a su alrededor. El sindar se sentó al borde y juntando sus manos habló de cara a la ventana:
—No quiero ser yo el que te de esta noticia, pero prefiero eso a que te enteres por un sirviente de Gil-Galad en los pasillos, como me pasó a mí... Nos iremos hoy mismo. Los sindar ya están formados esperándonos.
El bulto debajo de las sábanas se movió casi imperceptible, pero nada se le escapaba a Thranduil, que se giró y tomó la punta de la sábana para descubrir la cabeza de su hermana.
—Lo sé, Morwe... Lo sé. —comentó con lástima hasta descubrir el cuerpo, o mejor dicho, los cuerpos debajo de las sábanas—. ¡Balrogs y dragones! —insultó asustado, dando un salto hacia atrás—. ¡¿Qué hacen?! ¡Cúbranse! —ordenó aturdido por lo que acababa de ver.
