—¡Tú, maldito traidor!

Haemir ingresó al comedor diario de la guardia dando un portazo, haciendo que los postigones se sacudieran tras él. Los elfos, para nada acostumbrados a los gritos, giraron sus cabezas sobresaltados y mirándose unos a otros, buscando al dueño de su acusación.

Lo encontraron en una de las mesas centrales, donde Lindir, Elrond y Narbeth desayunaban en silencio hasta que su amigo irrumpió en el lugar.

—¿Me habla a mí? —preguntó Elrond echando una mirada de reojo a los otros dos. Lindir se encogió de hombros con expresión inocente. El muchacho había estado toda la noche durmiendo despreocupado junto a su gato, ignorando lo que ocurría tras su puerta.

—¡Todo por una tonta elfa! ¡¿Qué tienen las elfas Sindar que no tengan las demás?! —prosiguió quejándose Haemir.

—Sí, me habla a mí. —reconoció Elrond y se levantó de su silla sacudiendo las migas de la servilleta sobre su regazo—. Cálmate mellon, (amigo) ¿Por qué me acusas de traidor?

—¡No es contigo, me refiero a este estúpido! —exclamó dejándose caer sobre una silla frente a Narbeth y acercando su rostro ceñudo a él.

—¿Narbeth? —llamó Elrond abriendo las palmas hacia él, pidiendo una explicación.

—¡Dile! —exigió Haemir.

—Iba a decírselo, pero estaba esperando que llegaras. —aclaró Narbeth.

—Bien, ya estoy aquí, ¡Ahora dile! —ordenó señalando al capitán de la guardia.

—¿Decirme qué?

En una décima de segundo, Elrond imaginó mil situaciones relacionadas a la única elfa Sindar de su interés: Morwenna. Gimió comenzando a molestarse, creyendo que la causa de la acusación de Haemir se debía a una traición amorosa. Ante el silencio del muchacho, giró levemente su cabeza hacia Lindir. El resto de los elfos veía atento aquella mesa como si fuera la obra de teatro anual del Día de Lindon.

—¿Lindir? —preguntó Elrond. El más pequeño de los cuatro bebió un sorbo de té y volvió a encogerse de hombros, negando con la cabeza. Estaba igual de intrigado que los demás—. ¡¿Pueden decirme de una vez qué es lo que ocurre?! —inquirió el heraldo.

—Capitán, los Sindar se preparan para marchar y su majestad Gil-Galad requiere su presencia para despedirlos. —anunció un soldado de la escolta del rey haciendo una reverencia. Dicho esto, se marchó por la misma puerta por la que había ingresado sin que nadie lo advirtiera.

—¡¿Marchar?! ¡¿Marchar a dónde?! —Elrond entendía menos a cada minuto. Echó una mirada desconcertada sobre sus amigos.

Narbeth bufó apartando el rostro de Haemir de su cercanía y decidió hablar:

—Los Sindar se van. El rey mantuvo una conversación con Oropher durante la noche, le permitió la salida de Lindon y al parecer las razones por las que lo hizo no se dieron en buenos términos, puesto que ante su indecisión de hace unos días, de repente decidió que lo mejor sería que Oropher y su pueblo abandonaran el reino de la noche a la mañana.

Elrond, perplejo, abrió la boca pero de ella no emanó aire hasta un momento después. Intentó decir algo, pero solo pudo balbucear retazos de palabras inentendibles para sus amigos.

—Eso no explica porqué Haemir te llamó traidor. —agregó Lindir, viendo que su capitán no sabía qué decir.

—Porque... Yo también me voy. —declaró Narbeth ante la sorpresa de todos los presentes.

—¡¿Qué?! —Lindir apoyó su taza de té y un poco se derramó sobre la mesa ante el nerviosismo del elfo—. ¡¿Por qué?!

—Porque me enamoré.

Elrond, quien hasta ese instante seguía sin reaccionar, se tomó del respaldo de su silla y cerró los ojos sintiendo como el corazón se le rompía en miles de pedazos. No podía dejar de pensar en Morwenna, y no comprendía cómo Narbeth podría haberla conquistado, pero su precipitación no daba lugar a otra lógica, no era capaz de pensar que estaba intentando hacer encajar dos piezas completamente inconexas; nada propio del -probablemente- elfo más inteligente de Lindon.

—Disculpa, no comprendo. —dijo Lindir dirigiéndose a Narbeth, adivinando la razón del repentino malestar de Elrond.

—Es porque este idiota, —explicó Haemir entre dientes—, no está aclarando nada. Thranduil lo encontró esta mañana en la cama de Morwenna...

Antes de que pudiera continuar, Lindir se avalanzó sobre la mesa para tomar a Narbeth por sus ropas, tirando parte de la vajilla al suelo e insultándolo mientras Haemir intentaba separarlos. Elrond reaccionó saliendo de su trance al escuchar el estallido de las tazas y platos y ayudó como pudo.

El resto de los elfos, aun en sus lugares, bebían té y comentaban por lo bajo el espectáculo que los cuatro amigos les estaban brindando en el desayuno, algo que no olvidarían en muchos años.

—¡Lindir, suéltalo! ¡Lindir! —ordenó Elrond tomando a su amigo por debajo de los brazos y arrastrándolo lejos de la mesa. Haemir mientras tanto hacía lo mismo, pero con Narbeth.

—¡Déjame! ¡Lo voy a moler a golpes! ¡Ese malnacido se metió con tu novia, Elrond! —gritó Lindir con los puños cerrados repletos de cabellos que le había arrancado a Narbeth durante la pelea.

—¡La señorita Morwenna no es mi novia, Lindir! —respondió el capitán forcejeando con el elfo.

—¡Pero la amas! ¡Primera regla de Los Invencibles: No te metes con la elfa de tu hermano! —recordó el muchacho a viva voz.

—¡Gracias por esparcir el chisme de que a Elrond le gusta Morwenna! —gritó Haemir aun sosteniendo a Narbeth—. ¡Quizás lo quieras decir más fuerte para que todo Arda lo escuche!

—¡Y por revelar ante toda la clase que nos hacemos llamar Los Invencibles, que vergüenza! —reprochó este al escuchar las carcajadas de los demás elfos.

—¡Vergüenza debería darte quitarle la novia a tu capitán! —acusó Lindir.

—¡No me la quitó! —aclaró Elrond.

—¿Ya ves que si es tu novia? —expresó el muchacho y relajó el cuerpo. Elrond lo soltó bufando con las manos en alto.

—No, Lindir, no es mi novia. Y no se acostó con Morwenna, ella estuvo acompañándome en la guardia toda la noche.

—Pero Haemir dijo que... —indicó Lindir, siento interrumpido por su amigo.

—No me dejaste terminar de hablar. Yo dije que Thranduil lo encontró en la cama DE Morwenna, no CON Morwenna. Estaba con una de las doncellas de la hija de Oropher... El estúpido se enamoró de una elfa Sindar y se irá con ella. —finalizó Haemir. Narbeth asintió acomodándose la ropa.

—Oh... —Atinó a soltar Lindir. En seguida se volvió hacia Elrond con una sonrisa tímida—, Je, je. Ya veo, —agregó—, siendo así... Lo siento.

—Elrond yo... —Narbeth intentó explicarse, pero el capitán negó con la cabeza.

—Lo hablamos después. Tengo asuntos que resolver. —El heraldo comenzó a caminar hacia la salida.

—No habrá un después... —Le recordó Narbeth—. Me iré en cuanto suene el cuerno del ejército Sindar.

—Eso es exactamente lo que intentaré evitar. —finalizó el capitán volviéndose hacia ellos.

En otra parte del reino, Morwenna ensayaba frente a la puerta del escritorio de su padre la mejor manera de decirle que su deseo era permanecer junto a Elrond cuando los elfos Sindar partieran fuera del reino. Al pasar la noche en compañía del capitán de Lindon, la elfa ignoraba completamente lo que estaba ocurriendo a las afueras del castillo.

Thranduil caminó apresurado hacia ella.

—¡¿Dónde estabas?! Llevo toda la mañana buscándote. —anunció tomando a su hermana del brazo y llevándola lejos del pasillo.

—¿De qué hablas? Estaba en mi habitación. —mintió la elfa viendo cómo era casi arrastrada hacia un lugar que no conocía.

—No, no estabas. En tu habitación estaban... Dictando una clase de anatomía. —mencionó Thranduil intentando olvidar lo que había visto.

—¿Qué? —preguntó inocente. Él negó.

—Nada... No importa, lo verdaderamente importante es que... —Thranduil se detuvo y suspiró acariciando la mejilla de su hermana, quien aun no comprendía bien lo que estaba ocurriendo—. No quería que te enteraras de esta forma, pero aun así será mejor que la manera en que yo lo supe...

—¿Qué ocurre? —Morwenna leyó las líneas de preocupación en su rostro. Thranduil siempre había sido un joven alegre y despreocupado, pero de repente llevaba días distante, serio y ahora parecía incluso haber acumulado dolor en su alma—. Thranduil... —Morwenna trepó hasta los pómulos altos de su hermano y lo obligó a hacer contacto visual luego de que este apartara la mirada de ella—. Dime...

—Nos vamos. —Soltó finalmente con pesar—. Tus doncellas acaban de cargar lo último de tus pertenencias.

—¿¡Qué?!

—Sí, así como lo escuchas. Medio Doriath nos espera en las puertas de Lindon para irnos y la otra mitad en Harlindon nos alcanzará en el camino; ya enviaron mensajeros.

—No es posible... ¡Es muy precipitado! —Se quejó la elfa y de repente todos sus planes se vinieron abajo.

—Lo sé, Morwe... Pero no hay nada que podamos hacer ahora.

—¡Ay, no! Tengo que hablar con él... —La muchacha se refería a su padre, aunque Thranduil creyó que Morwenna estaba refiriéndose a Elrond y se mostró solícito.

—Lo sé. Morwenna... Escucha, estuve evitando a ada (papá) toda la mañana esperando encontrarte antes para decírtelo, pero finalmente él me encontró primero en un descuido y me envió a buscarte... Nos vamos... Gil-Galad accedió a nuestra salida y al parecer padre no quiere permanecer ni un solo minuto más en estas tierras. Así que... Podré hacer de cuenta que aun no te encuentro por unos minutos más, para darte tiempo de despedirte de Elrond, pero luego de eso, tendrás que ir conmigo a la entrada de Lindon y nos iremos. Por eso estoy tan apurado, quiero que lo veas cuanto antes para que tengas más tiempo de explicarle.

—No. —Negó contundente la elfa y se soltó de los brazos de su hermano.

—Sí. Será lo mejor. Elrond tiene que saberlo. —La contradijo él.

—No. Debo hablar con ada, no me iré. —declaró con seguridad. Thranduil tragó salida nervioso.

—Morwe... No. No tenemos tiempo para esto. Usa los minutos que te estoy concediendo para despedirte de Elrond; sé lo que ambos sienten y si te vas sin decírselo, eso lo destrozará, así que... —intentó seguir aconsejando a su hermana, pero esta lo detuvo.

—Lo que lo destrozará es que me vaya, y a mi también. No me iré. —repitió muy segura de si misma.

—Morwe, parece que no estás comprendiendo, si no te llevo a las puertas del reino, pronto ada vendrá a buscarnos a ambos y puedes convencerme a mí de esperar un rato más, pero no razonarás con él. —explicó Thranduil, sabiendo que tenía toda la razón.

—Pues entonces que venga a buscarme. —mencionó su hermana cruzándose de brazos—. Yo no me iré de aquí y él tiene que aceptarlo.

Thranduil dio un par de vueltas por el pasillo intentando calmarse.

—No me entiendes... —declaró serio—. Esto no es algo que tú puedas decidir; nos vamos. Quieras o no. Y lo único que puedes hacer ahora es despedirte de Elrond, hazlo o vete con ese asunto pendiente y eterno... Te aconsejo que lo hagas, Morwe, para que al menos su recuerdo no sea tan penoso.

—¿Disculpa? ¿En qué momento dejé de tener poder de decisión sobre mi vida? Lo amo, Thranduil. No me despediré de él... Y no lo haré porque me quedaré aquí.

—¿Con el permiso de quién? —inquirió el Sindar con molestia. Odiaba los caprichos de su hermana.

—El único que necesito: El mío.

Thranduil gruñó rabioso.

—Morwe... No me obligues a...

—No me iré, Thranduil.

—¡No, basta! ¡Morwenna, camina a la puerta del reino, ahora! —exclamó intentando imponer autoridad. La elfa no se mosqueó.

—Llama a nuestro padre. —retrucó—. Y a Elrond, a Gil-Galad y a la mismísima guardia real si quieres, yo no me iré de aquí. —finalizó sentándose en el suelo cruzada de brazos.

—No me obligues a cargarte. —amenazó su hermano. Ella negó apartando la vista de él.

Gil-Galad sonrió al ver al hijo de Eärendil caminando apresurado.

—Ya estabas tardando, Elrond, creí que había quedado claro en aquella cena que no me gusta que me hagan esperar. —Le recordó. El heraldo de Lindon se posicionó junto al rey en el salón principal, pero no para acudir a las puertas del reino como el monarca deseaba.

—¡No se pueden ir! —manifestó enérgico.

—Pueden y lo harán. —respondió el rey de los Noldor.

—No, no se pueden ir. —repitió Elrond muy nervioso. Gil-Galad apenas giró su cuello para mirar al capitán.

—La última vez que me miré al espejo era yo el que llevaba la corona de Lindon y no tú, heraldo del monarca, o sea mío. Yo autoricé su salida, por ende se irán. —comunicó severo. El hijo de Eärendil suavizó su tono e intentó relajar su cuerpo.

—Lo que digo... —mencionó en un tono más aplomado—, es que no es conveniente que se vayan.

—Menos conveniente es que Oropher desafíe mis órdenes insolentemente e intente llevarse a mi mejor guerrero... —expuso el rey, pero fue interrumpido por Elrond.

—Yo no me iré de su lado, usted lo sabe bien. —reconoció el muchacho—. Le debo pleitesía, pues es usted mi monarca.

—Y aun así osas interrumpir mi discurso. —susurró el rey. Elrond quiso morderse la lengua. Bajó la cabeza apenado y permaneció en silencio—. Le sugerí que dejara a Lady Morwenna quedarse a vivir con nosotros, incluso le di garantías de que sería tratada con el mayor de los respetos, como se merece, por ser la hija de un futuro rey.

Elrond levantó la cabeza y miró a su supremo con esperanza. Antes de que pudiera dibujarse la sonrisa en su rostro, Gil-Galad le anunció el desenlace de la reunión.

—No aceptó. Así que le di mi bendición para abandonar estas tierras. Quiere ser coronado, y Lindon no verá otro rey que no sea yo, por lo que tengo que prescindir de su presencia antes de llevar estas tierras a una guerra por poder... Todo por el infortunado amor de dos elfos que no pueden estar juntos...

—Que no pueden estar juntos porque sus monarcas no lo permiten. —Se atrevió a decir Elrond con seriedad.

—¿Es insolencia lo que percibo, Elrond? ¿Quieres más lunas para reflexionar a la luz de las estrellas? Las noches cada vez serán más frías...

—No, señor. —masculló inconforme el heraldo.

—Bien, entonces prosigamos.

Gil-Galad dio la orden y su escolta comenzó a moverse hacia las puertas del reino. Al llegar al lugar, los elfos de Lindon hallaron una escena particular entre los Sindar.

Morwenna, forcejeando con su hermano, le mordió la mano como un animal salvaje y se soltó de su amarre. Corriendo hacia Elrond, se abrazó rápidamente a su amado quien la recibió con los brazos abiertos, aunque con algo de sorpresa.

—No me quiero ir, no permitas que me lleven. —susurró a su oído y rápidamente se posicionó tras de él. Morwenna sabía de sobra que no tenía experiencia en la lucha, por lo que defenderse por su cuenta saldría mal y tendría que acudir a quien sabría la podría defender mejor que nadie, por esa razón dejó todo en manos de Elrond.

Gil-Galad y Oropher cruzaron miradas muy serios. El rey de los Noldor no daría ninguna orden o contraorden hasta que Oropher demostrara que era capaz de controlar a su hija, o ceder a los deseos de la elfa.

Thranduil, por su parte, luego de observarse el mordisco en su mano, sacudió el brazo y se subió a su caballo. Desde allí, extendió la mano hacia el capitán.

—Por favor, Elrond. No queremos causar un conflicto entre ambos reinos. Hazla entrar en razón. —pidió amablemente.

—No hay ninguna cosa que yo deba razonar. —habló Morwenna a viva voz—. Me quedaré aquí, está decidido.

—No es algo que tú puedas decidir sola, Morwenna. —Le recordó su padre—. No lo consultaste conmigo y aunque lo hubieras hecho, me hubiera negado.

—No está en tu poder negarme este derecho. ¡Exijo permanecer aquí, al lado de quien amo! Su majestad, —Se giró reverenciando a Gil-Galad—, solicito su permiso para vivir aquí. Realizaré cualquier tarea que se encomiende, la que sea, —clamó—, pero es mi deseo no abandonar estas tierras.

Gil-Galad intercambió miradas entre Elrond, inmovil con la mirada perdida en el suelo y Oropher, altivo en su caballo. Juntó sus manos debajo de su túnica y reflexionó por un momento.

—Este no es el lugar a donde usted pertenece. —resolvió el monarca.

—Con todo respeto, majestad, le aseguro que lo es. —contestó Morwenna poniéndose de pie.

—No, alteza. Usted será una princesa, y su lugar está con su gente. —informó Gil-Galad. Morwenna asintió brevemente y luego levantó su mentón muy seria.

—Entonces abdico. —testificó para sorpresa de todos los presentes—. Yo, Morwenna, hija de Oropher, doncella de la destruida Doriath, abdico a mis títulos de nobleza. Si ese es el precio a pagar para poder unirme al elfo que amo, entonces así será. Sé que él me amará así sea yo miembro de una familia real, o una plebeya con un humilde oficio.

Gil-Galad asintió, e inclinó la cabeza posando su vista en Oropher. La astucia e inteligencia de la elfa lo conmovieron.

—Me temo que no puedo aceptar eso, Morwenna. —dijo su padre—. Debes ser una princesa para abdicar y aun no lo eres. Por lo que volvemos al punto inicial. Despídete de Elrond, hija. Solo volverás a verlo si el rey de los Noldor algún día da cuenta que no puede mantener a un elfo en su reino contra su voluntad. —espetó para disgusto de Gil-Galad.

—¡¿Y tú si puedes mantenerme contra mi voluntad?! ¡¿Por qué es diferente?! —La muchacha se giró molesta y caminó dispuesta a enfrentar a su padre, quien la veía desde lo alto de su caballo.

—¡Porque eres mi hija! —reprendió haciendo caer todo el peso de su autoridad sobre ella—. ¡Así que abandona este papel lamentable, súbete al caballo y no vuelvas a enfrentarme!

—¡No! ¡No lo haré!

—¡Morwenna! —exclamó Elrond, sobresaltando a todos los elfos de la guardia. La elfa se giró entre sorprendida y asustada cuando el heraldo de Lindon la tomó por los brazos con fuerza—. Ya súbete a ese caballo y vete de aquí. —ordenó severo.

—¿Qué? Pero... Elrond...

—¡Obedece a tu padre y vete de aquí! —repitió zamarreándola un poco.

Thranduil advirtió la acción violenta y las duras palabras del hijo de Eärendil y se bajó rápidamente del caballo, espada en mano.

La elfa se soltó de Elrond y aun temblando completamente aterrorizada y confundida, caminó hacia su caballo. Ni siquiera pudo llorar hasta hacer los primeros kilómetros con la comitiva de los Sindar. Sus doncellas y un soldado de Doriath la ayudaron a montar su caballo y sostener las riendas.

Thranduil caminó furioso hacia el capitán pero este lo tomó del brazo antes que pudiera asestarle un puñetazo en el rostro.

—Quería que la hicieras entrar en razón, no que partieras su alma en mil pedazos. —espetó el Sindar entre dientes.

Entonces el hijo de Eärendil se acercó a él y susurró a su oído dos frases que lo acompañarían por el resto de su vida.

Thranduil se alejó de Elrond, quien aun permanecía con el rostro serio, prácticamente frustrado, casi destrozado. El Sindar asintió sin expresión y guardó en su interior, por incontable cantidad de años, la verdadera impresión que le causó ese susurro. Se subió a su caballo inexpresivo y cabalgó en silencio.

Oropher asintió dando las gracias, pero sintiendo en su interior que viviría eternamente pidiendo disculpas por haber coartado la historia de amor entre Elrond y Morwenna.

Cuando los caballos de la corte estuvieron lo suficientemente lejos, Gil-Galad miró al suelo, permitiendo que el sentimiento de Elrond emanando de su alma, penetrara en su campo de percepción.

—Creí que la amabas. —Se limitó a decir.

—Lo haré hasta el fin de los días. —confesó el hijo de Eärendil con la voz quebrada y alzó la vista a los guardias que aun quedaban por abandonar el reino.

Narbeth, quien pasaba por allí siguiendo la comitiva, leyó en la mirada de Elrond lo que hasta ese momento solo sus tres amigos más queridos sabían y miró el horizonte, donde las figuras de Thranduil y una destrozada Morwenna se perdían. Automáticamente se bajó del caballo y se fundió en un abrazo fraterno con quien hasta ese día sería su capitán y amigo.

—Que la gracia de los Valar te proteja. —Deseó Elrond por lo bajo, abrazado a su amigo.

—...Hasta que nos volvamos a ver. —Narbeth completó la frase y Elrond calló.