Morwenna se escabulló a su habitación para tomar un baño y colocarse un vestido limpio. En su interior, luego de quitarse la capucha que le cubría la cabeza, encontró a Elena sacudiendo una de las almohadas de su cama. Ambas intercambiaron miradas de pavor por un segundo, antes de que la actual princesa del Gran Bosque Verde dejara caer el carcaj con flechas que cargaba en su espalda.

—Tú no has visto nada. —anunció la hija de Oropher.

—No le diré al rey si usted no le dice. —respondió Elena con una sonrisa cómplice mientras la princesa escondía el arco de madera dentro del antiguo cajón de vestidos que habían cargado desde Lindon quinientos años atrás—. Oh, ahora veo porqué cela tanto ese viejo baúl y no deja que ninguna persona lo toque. —agregó con una risita cálida.

Al terminar de esconder sus armas, Morwenna cerró el cajón y permaneció de rodillas frente a él, aun con sus manos sobre la tapa. Su doncella posó la almohada en la cabecera de la cama y permaneció de pie sin emitir sonido. En su mente, contaba hasta cien antes de intervenir en los pensamientos de su señora, pues conocía bien en qué los estaba ocupando cuando se quedaba en silencio por mucho tiempo.

Cuando llegó a la cifra exacta, para la cual Morwenna usualmente ya recobraba su interés por el mundo que la rodeaba, preguntó si su señora deseaba tomar un baño y no obtuvo respuesta. Era uno de esos días... Esos en que Morwenna permanecía en silencio más de cien segundos, uno de esos días... Malos, donde el recuerdo de Elrond en Lindon y su última y confusa conversación inundaban el aire.

Elena comenzó a preparar el baño, calentó el agua sobre el gran caldero que tenía sobre el fuego y con eso fue llenando la bañera. Para cuando terminó de desdoblar las toallas, Morwenna se secó las lágrimas en sus mejillas y se incorporó dispuesta a seguir su vida como si nada hubiese pasado.

—Elena, ¿Podrías prepararme el ba...? —Se detuvo antes de terminar la frase y echó una última mirada sobre el baúl, tomando conciencia de la cantidad de tiempo que había pasado en el limbo de su mente—. Por todos los alces del bosque...

—Déjeme ayudarla, milady. —Elena hizo caso omiso para no causarle más preocupaciones y acudió a ella para ayudarla a despojarse de sus ropas.

Al ingresar en la tina, Morwenna le pidió a su doncella que se retirara. La elfa asintió y recogiendo su ropa sucia, le recordó que regresaría en una hora para peinarla y alistarla para la cena.

Al salir de la habitación, se encontró con Thranduil en el camino a los aposentos reales de la fortaleza que Oropher había enviado a construir luego de establecerse como rey de los Sindar y los elfos silvanos que allí moraban cuando la comitiva de Lindon decidió hacer del Gran Bosque Verde su morada final.

Ambos elfos se miraron sin mediar palabra. Ella, aunque enamorada y felizmente unida Narbeth años atrás, aun sentía un pequeño cosquilleo en el cuerpo cuando el príncipe del bosque posaba sobre ella las gemas de circón que tenía por ojos. Vería muchos más amaneceres preguntándose si acaso un encuentro pasional y fugaz apagaría aquella sensación curiosa.

En cuanto a Thranduil, el elfo no había perdido todo rastro de curiosidad por ella, pero estaba ocupando cada sensación y sentimiento en su bellísima y reciente esposa, Liswen, de la cual se había enamorado varias lunas atrás, uniéndose en matrimonio luego de que esta ganara un torneo de arquería, y con ello, la mano del príncipe además de su corazón. No obstante, Thranduil sabía del efecto que causaba en Elena y le divertía de vez en cuando fantasear con un encuentro casual, aunque aquello no ocurriría... Thranduil amaba profundamente a Liswen y le había jurado fidelidad hasta los últimos días; siendo ambos inmortales, Thranduil estaba seguro de que pasaría una eternidad recorriendo el cuerpo de solo una elfa.

—Mi hermana... —susurró en tono de pregunta y no se atrevió a indagar más, puesto que la capa que había visto volando en el viento cerca de la puerta oeste del bosque ahora estaba en manos de Elena.

—En su habitación, alteza.

—Mhh... —musitó Thranduil mirando la capa con interés y a Elena le recordó la anécdota de la capa de Eärendil que Narbeth solía contarle sobre Lindir y Oropher.

—Si me permite el atrevimiento... Alteza, —alabó la elfa con una astuta reverencia—, es uno de esos días... —hizo hincapié y Thranduil asintió desviando su interés hacia la tristeza de su hermana, tal y como Elena quería—. Por lo que Morwenna no ha abandonado la habitación en toda la tarde. Estoy intentando convencerla de que se presente a cenar, pero ya sabe, es algo complicado cuando...

—Déjamelo a mí. —Ambos volvieron a asentir en su lugar.

—Bien. Si me disculpa... —mencionó Elena por lo bajo y Thranduil dio cuenta que estaba obstruyendo la salida.

—Oh, claro. —dijo poniéndose de lado, dejándola pasar por el estrecho pasillo. Cuando ambos quedaron frente a frente por una décima de segundo y el hombro de ella rozó el suyo, Thranduil se irguió incómodo y descubrió que además de amor, podía sentir otras cosas que lo llevaran a intimar sin necesitar estar enamorado de alguien y se preguntó si sería el único elfo con aquella sensación—. ¿Haaas...? —preguntó intentando convertir un extraño gemido en interrogatorio—. ¿Sabido algo de Narbeth? ¿Has sabido algo de Narbeth? —repitió aclarando la garganta. Elena sonrió y se colocó frente al marco de la puerta.

—No, aunque su misiva ya debe estar en camino. ¡Lo extraño demasiado! —Se permitió decir, rompiendo un poco la tensión entre ambos—. Pero su majestad le encomendó esta tarea a él por estar tan bien entrenado y a ambos nos pareció correcto. Ningún otro elfo, excepto usted, claro, es apto para realizar ese viaje. Recuerde que fue entrenado por... Ya sabe quién, —Se refería a Elrond, pero los elfos se habían puesto de acuerdo en no mencionar al hijo de Eärendil en cercanía de la princesa—; tal vez su majestad no haya podido llevarse al mejor guerrero de Gil-Galad, pero la ausencia de Narbeth en el ejército de los Noldor se hará sentir, trajo aquí a uno de sus mejores soldados.

—En eso estoy de acuerdo. —reconoció Thranduil con una sonrisa franca—. Bien, hazme saber cuando tengas noticias suyas. Seré un príncipe ahora, pero no olvido que tomé clases con él y una vez pertenecí a un selecto grupo de buenos amigos en Lindon...

Elena devolvió la sonrisa, y haciendo una corta reverencia, se retiró.

Thranduil no tardó en irrumpir en su habitación, para encontrar a Liswen sentada junto al ventanal, con las piernas enrolladas bajo la capa de terciopelo rojo de su reciente esposo y la cabeza casi enterrada en su lectura. A su lado, como siempre, la pequeña mesa que Thranduil había enviado a construir para ella estaba repleta de libros y un cuaderno abierto con anotaciones. A Liswen no solo le gustaba leer historias, sino que amaba estudiarlas, y por eso hacía de cada libro uno nuevo con notas, dibujos y mapas. Liswen era lo que a Thranduil le gustaba llamar una extensora de mundos.

—Algún día cruzaré esta puerta y cuando vea el rostro de mi esposa, creeré que me han cambiado de elfa. —bromeó y oyó una risita tímida detrás del libro—. Tenemos que hacer algo con esto, Lis, la otra noche tuve un sueño muy extraño en el que tenía sexo con una elfa con cabeza de libro. —comentó inclinándose sobre su esposa para besarla.

—¡No es cierto! —exclamó Liswen bajando el libro completamente asombrada por la confesión de Thranduil, pero este asintió divertido y besó sus labios con ternura. Al separarse, la elfa soltó una carcajada imaginando la escena y su esposo rió a la par, complacido por su reacción. Amaba a esa muchacha y adoraba su risa sonora; nada de guardar las formas, Liswen reía con el alma y el cuerpo y tenía al príncipe enamorado y sonriendo sin razón aparente a diferentes horas del día.

—Por cierto... —indagó él, intentando reponerse de la gracia—. ¿Es mi capa? —Thranduil se sentó sobre el final del diván y colocó las piernas de Liswen sobre su regazo, acariciándolas a través de la tela aterciopelada.

—Hacía frío y te extrañaba. No puedes culparme. —respondió ella con expresión coqueta.

—No mientas, —negó el elfo y ella volvió a reír—, pierdes la noción del tiempo cuando entierras la nariz en esas antiguas historias. ¿Qué lees? ¿Con quién me engañas esta vez?

—Con nadie. —declaró desplazando su cuerpo hasta las piernas de su esposo. Se sentó sobre ellas y Thranduil rodeó la cadera de Liswen con sus manos. Ella dejó el libro abierto a un lado del diván y en su lugar tomó el rostro de su amado. Besó sus labios con lentitud y ternura—. Estoy leyendo poemas de Númenor. —añadió—. Tu padre fue muy amable al conseguirlos para mí; los primeros barcos trajeron muy pocos libros y la mayoría acabó en manos de otros escribas. Es muy importante continuar agrandando nuestra biblioteca con saberes de todos los rincones de la tierra, así que este libro es un tesoro en nuestras manos.

—Estoy de acuerdo con eso y nuestros escribas están encantados de contar con tus estudios y notas para escribir versiones más completas de las obras que llegan, pero estos son poemas, asuntos personales según he escuchado. —informó Thranduil completamente enamorado de la pasión de Liswen por la literatura y agregó—: Pero ilumíname, Meleth (amor), ¿Qué puede haber de interesante en la vida diaria de esos hombres?

—Pues, muchas cosas... —respondió Liswen y le alegró que Thranduil preguntara. Rápidamente su rostro se iluminó y comenzó a hablar con pasión de sus descubrimientos. Sin dudas, adoraba hablar de aquellas cosas, y más cuando Thranduil le ponía atención como un niño pequeño a sus juguetes—. Sus vidas son largas, pero son mortales. Y escriben sobre eso, graban en tinta sus hazañas y sentimientos finitos; la caducidad de su existencia me asombra. Nosotros solo podemos encontrar la muerte por la pena o por la espada, pero ellos... Viven cada día con la certeza de que no es solo un día más, también es uno menos. Thranduil, —llamó removiendo la tiara plateada que descansaba sobre la cabeza de su esposo y enterró sus dedos en su cabello, recorriendo sus hebras sedosas, encantada por lo que aquel príncipe despertaba en ella—, tú y yo nos acompañaremos siempre, y por eso ignoramos completamente la desdicha del paso del tiempo, uno que marchita los cuerpos y los convierte en polvo llevándose con él a quienes más amamos. Imagina que despiertas un día y yo no estoy aquí porque el paso de los años me arrancó de la vida solo por el hecho de envejecer, que se llevó a tu padre, a tu hermana... Y que además, solo puedes sentarte a esperar que ese tiempo reclame tu existencia también. ¿Has pensado en el dolor de amar a alguien sabiendo que tendrá un fin? ¿Que ya no volverás a verlo solo porque esa es su naturaleza? ¿Es una pesadilla, verdad? —interrogó observando como el semblante de Thranduil se opacaba al pensar en aquello—. Pues eso es lo que ellos viven todos los días. Somos extremadamente afortunados de tener esta vida inmortal.

—Excepto que un desgraciado te quite la vida solo por vivir en una ciudad que están asediando. —El príncipe recordó a su madre y escondió el rostro en el cuello de su esposa, intentando distraerse con su dulce perfume para no llorar—. Promete que eso no te ocurrirá a ti. —bisbiseó. Liswen rodeó los hombros de su esposo y este la abrazó con más fuerza.

—Nada nos lastimará en este bosque, Thranduil. A manos de esta eficiente familia real, no lo permitiremos. Tú y yo veremos juntos el último ocaso de esta tierra, lo prometo. No nos pasará lo que a Elros...

—¿Elros? —Thranduil se alejó de Liswen y la miró extrañado.

—Hijo de Eärendil. Es el autor de los poemas del libro. Fue una de las razones por las que comencé a leerlo. Creí que sería interesante leer lo que un peredhil que había escogido la mortalidad tenía para decir sobre eso.

Thranduil echó una mirada preocupada sobre el libro. No entendía cómo Oropher había aceptado que el mismo ingresara en el bosque, sabiendo que mantenían un acuerdo de no mencionar a Elrond, ni nada que se relacionara con él.

—Será mejor que ese libro no llegue jamás a los escribas. Mantenlo aquí y no hables de él. —aconsejó.

—¿Qué? ¿Por qué? —Liswen se sobresaltó un poco ante la reacción repentina de su esposo. Ella había llegado a la vida de los Sindar mucho tiempo después de instalarse en el bosque e ignoraba completamente la truncada historia de amor de su cuñada con Elrond.

—Porque... —El elfo suspiró y removió su cuerpo, dándole a entender a Liswen que quería ponerse de pie. Ella se corrió y lo dejó pasar—. ¿Podemos hablarlo esta noche? —pidió juntando sus manos y Liswen aceptó intrigada—. Acabo de recordar que debo ver a mi hermana por un asunto importante, pero... Te lo diré todo esta noche luego de la cena, lo prometo.

—Claro... pero, todo está bien, ¿Verdad?

—Sí, por supuesto, claro. Todo está perfectamente. —Thranduil asintió hablando rápido, a lo que Liswen asintió a la par, mordiéndose el labio inferior con curiosidad. Su esposo era pésimo para mentirle y ella era perfecta para captarlo—. Te veo... Luego. —Se despidió pronto, caminando a toda velocidad hacia la puerta.

Liswen lo oyó salir y respiró aliviada. De debajo del diván sacó el arco y las flechas que había escondido antes de sentarse a pretender que había ocupado toda la tarde leyendo el libro de Elros. Rogó que Morwenna hubiera sido lo suficientemente inteligente como para esconder sus armas ni bien llegara a la habitación, para poder continuar dictándole clases a escondidas.

Los elfos del Bosque Verde no querían que Morwenna se instruyera en la lucha y la arquería, pero las damas de la realeza habían encontrado el horario ideal para escaparse a practicar cuando Thranduil y Oropher se encargaban de la política del reino, ocupando largas horas en el salón real y dejando la vigilancia del bosque en manos de los guardias, quienes recibían un pequeño soborno por no haber visto a las princesas salir armadas con sus arcos en dirección al bosque.

Mientras tanto, cruzando el Anduin al norte de Moria, Narbeth ingresó en el taller de un herrero de la orgullosa Ost-in-Edhil, donde solicitó que se le afilara la espada y se le construyeran dos dagas para agregar a su arsenal.

En su camino hacia la nueva capital erigida por los Noldor, Narbeth había cruzado, junto a su pequeña tropa de silvanos, una manada de hambrientos lobos huargos que habían intentado atacarlos y devorarlos sin éxito. Si bien habían logrado deshacerse de las alimañas sin demasiado esfuerzo, reconocieron que los caminos estaban volviéndose peligrosos y supieron que tal vez eso tendría que ver con la reunión a la que habían sido convocados por Celeborn y Galadriel, señores de aquella distinguida ciudad leal a Gil-Galad, llamada Eregion.

Mientras esperaba que su espada estuviera lista, Narbeth relevó a los silvanos de sus tareas y decidió tomar en solitario una cena decente en alguna taberna del lugar. Le sorprendió sobremanera la cantidad de enanos que halló bebiendo junto a los elfos al ingresar en una, y creyó que tal vez había cruzado algún portal con un hechizo que lo había transportado a otras tierras más pacíficas.

Sin ánimos de iniciar él mismo un conflicto cuando notó que algunos enanos comenzaban a extrañarse por su expresión de confusión, se desplazó hacia una de las mesas vacías que encontró junto a la chimenea y rápidamente pidió algo liviano de comer. Pan y fruta. No quería complicarse demasiado. Pagó por adelantado y aguardó por su cena, oliendo con desconfianza la pinta de cerveza que la mesera dejó antes de retirarse. Habían pasado quinientos años desde que la comitiva de Oropher se estableciera en el bosque, por lo que el hígado del elfo solo había recibido las bondades del vino desde entonces y había perdido su gusto por cualquier otra bebida.

Mientras esperaba por su comida, se sobresaltó cuando otro elfo irrumpió al otro lado de la pequeña mesa, apoyando su pinta con fuerza sobre la madera.

—Quién diría que te volverías selectivo a la hora de beber. Esos Sindar te están ablandando.

—¿Haemir? —preguntó Narbeth intentando dar crédito a lo que sus ojos veían—. ¡Haemir! —exclamó y las risas de ambos elfos se mezclaron junto con el cálido abrazo que se dieron—. ¡No sabes cuánto me alegra ver un rostro familiar luego de incontables días de césped, caballos y los mismos cuatro guardias aburridos y silenciosos de Oropher!

—¡Pues lo mismo podría decir yo, mellon (amigo)! Solo cambia a los guardias de Oropher por enanos y elfos que no conozco y aquí me tienes. —Ambos regresaron a sus lugares sonriendo por tan sorpresivo pero alegre encuentro.

—Espera... ¿Qué haces aquí? —indagó Narbeth sacudiendo la cabeza—. ¿Has venido por petición de Celeborn? Creí que los asuntos de Gil-Galad los trataba Elrond.

—No, a diferencia de ti que vienes como emisario del rey, yo... Vivo aquí ahora. —Haemir soltó el comentario con un tono que llamó la atención de Narbeth. No estaba feliz de su estadía en Eregion al parecer.

—¿Vives? ¿Solo? —investigó el rubio y su amigo asintió con una mueca de inconformidad—. Una vez prometimos permanecer unidos hasta que la muerte rompiera nuestra hermandad o la luz de los días se apagara en esta tierra. Creí que el único en abandonar a... Los Invencibles, —dijo por lo bajo para ahorrarse la vergüenza—, sería yo. Que sería el único capaz de cometer semejante ofensa, ¿Qué ocurrió?

—Lindir ocurrió. Y Gil-Galad, claro... Nada ocurre sin que Gil-Galad lo autorice u ordene. —mencionó con disgusto y bebió de su cerveza. Narbeth comió un trozo del pan que le habían traído, rumiando despacio como una vaca, intentando comprender de qué hablaba Haemir—. Han pasado muchos años sin que supieras de Lindon, pero sabrás que no es el mismo lugar que dejaste. Se acumularon varias noticias en cartas que no escribimos por la distancia entre nuestro antiguo hogar y el bosque de Oropher. Además, apenas si supe que se habían asentado allí cuando llegué a esta región. Lo demás... Es una larga historia. —agregó este y robó unas uvas del racimo en el cuenco junto al pan.

—Tengo tiempo. —aseguró Narbeth.

Ambos elfos se miraron con nostalgia antes de que Haemir comenzara a hablar.