Cuando los númenóreanos comenzaron sus viajes y los primeros barcos se vislumbraron en el horizonte de Lindon, Gil-Galad ordenó abrir sus puertas y ofrecerles la bienvenida. Se contentó con su visita y sus noticias, y aunque el caso llevaba ya unos cuantos siglos de obviedad, se conmovió al oír de la muerte de Elros, su primer monarca.

Intentó que la situación pasara desapercibida por su aun melancólico heraldo, pero no fue posible. Nada escapaba de la mente de Elrond y por supuesto, ningún movimiento extraño por esos días.

Dejando de lado los mapas que su rey le había encomendado analizar, el hijo de Eärendil volteó a la puerta de la mapoteca con semblante serio. Estaba retornando lentamente a sus actividades habituales, pero aun seguía sin dar sus prodigiosas clases de las cuales Haemir se estaba encargando con la ayuda de Lindir, quien se encontraba de pie frente a él con el cabello revuelto y el rostro lleno de tierra y rasguños.

—Tendré que regresar, así no sea mi deseo, antes de que mis alumnos acaben contigo. —advirtió mirando a su amigo de arriba a abajo.

—Oh, no te preocupes por mí. —pidió el muchacho peinándose el cabello con vergüenza—. He venido a entregar un mensaje. —anunció y Elrond asintió casi adivinando lo que vendría a continuación. Regresó su vista a los mapas, aunque su interés había volado súbitamente de ellos—. ¿Qué haces? —preguntó Lindir acercándose a él.

—Te habrás enterado de la visita de Celeborn. —mencionó. Lindir dijo que sí y Elrond lo invitó a echar una mirada sobre los mapas, señalando la región que posteriormente sería Eregion—. Junto a Lady Galadriel y su hija planean su salida de Harlindon... Como si la partida de los Sindar hubiera abierto una puerta por la que todos los elfos escapan. —agregó con un dejo de dolor luego de una breve pausa—. Su majestad quiere que vaya...

—¿Te quiere fuera de Lindon? —inquirió Lindir despacio.

—Se le ha metido la loca idea en la cabeza de que puedo ser un buen administrador de las tierras junto a ellos. —soltó sin demasiado interés.

—¿Y... Lo harás? ¿Te irás? —Quiso saber su aprendiz. Mientras aguardaba por una respuesta, recorrió mentalmente su habitación, pensando en todas las cosas que debía empacar; si su capitán planeaba abandonar Forlindon, entonces así él lo haría.

—Eso me expondría potencialmente a la cercanía de... —Ni siquiera podía decir su nombre ahora. «Oh si, gran avance, Elrond» pensó—. Estoy dándole vueltas al asunto, buscando una excusa convincente para no hacerlo. Pero eso, —añadió escapando de sus pensamientos dolorosos sobre cierta bonita Sindar rubia—, no debe preocuparte. Solo dame la carta, Lindir.

—¿Có... Cómo sabes que tengo una carta para ti? —titubeó intentando retener el sobre bajo su manga—. ¿Lo has visto?

—No. Pero eligió una vida larga aunque mortal, y la visión de su partida vino a atormentarme una noche... Sabía que no sería su última despedida. —Elrond tomó asiento en una mesa cercana y extendió la mano a Lindir—. Solo me bastó ver los barcos para intuirlo. Dame la misiva de mi hermano, por favor. No ha viajado hasta aquí para que me rehúse a leerla.

—Elrond... Tal vez quieras...

—Estar solo. —declaró—. Por favor, cierra la puerta detrás de ti, e informa que nadie me moleste. Si necesitan los mapas, que aguarden...

—Seguro. —afirmó el aprendiz y se retiró luego de posar la carta sobre la mesa.

Una vez solo, Elrond echó una mirada de reojo sobre el sobre y un escalofrío le recorrió la espalda hasta la punta del cabello.

Estimadísimo Elrond,

Si estás leyendo esto, entonces mi espíritu abandonó la raíz que me sujetaba a la tierra.

Ambos sabíamos que esto ocurriría y sé que eres demasiado bueno como para ofenderte por haberte dejado. Incluso a la hora de eligir nuestro destino creí que te destrozaría saber que había elegido la línea de los hombres, pero allí estuviste, sosteniendo mi mano mientras la inmortalidad me abandonaba por completo.

Ahora es mi deber partir y no hay nada que pueda legarte más que esta carta y mis memorias. No te apenes, he vivido más que cualquiera de los hombres que acompañaron mis hazañas y he recolectado recuerdos que guardan gran cantidad de historias que merecen ser leídas y oídas por mentes elevadas como las de los elfos, por lo que confío en que cuidarás de este libro y transmitirás este conocimiento a las generaciones.

Elrond, hijo de Eärendil, yo te nombro guardián de las memorias de Númenor y te deseo la mayor de las dichas, sabiendo que tu vida ha estado repleta de pesares. Espero que los Valar te tengan preparado un destino glorioso.

Siempre te he admirado, hermano. La grandeza de nuestros antepasados sobrevivirá en tu magnificencia y eso me enorgullece hasta el último respiro y en cada fibra de mí esparciéndose en el viento después.

Te saluda por la eternidad, Tar-Minyatur, o como tú me has conocido y siempre lo harás:

Tu afectuoso gemelo, Elros.

Elrond apoyó la misiva sobre la mesa y se secó las lágrimas confundido... La carta había llegado a sus manos, pero... ¿De qué libro hablaba su hermano?

—Lo buscamos durante un mes. Elrond casi pone todo Lindon patas arriba por ese asunto. —recordó Haemir en la taberna de Eregion frente a Narbeth. Ambos elfos eran de los pocos que quedaban en el lugar, la mayoría de los presentes ya se había retirado a sus hogares, vencidos por la borrachera o el sueño—. Y esa fue la gota que derramó el vaso... Elrond se atrevió a culpar al rey por permitir que un libro escrito por su hermano se perdiera sin dejar rastro, Gil-Galad lo obligó a cumplir su compromiso de venir aquí con Celeborn y Galadriel, Elrond se negó... Eso enfadó a Gil-Galad. Lo condenó a una noche confinado en el calabozo, por insolente.

—Nadie antes había ingresado en esos calabozos. —Se sorprendió Narbeth.

—Bueno, Elrond los inauguró. —comentó Haemir con gracia—. El problema fue que Lindir se infiltró e intentó liberarlo. Lo descubrieron con las manos en la masa, y Gil-Galad resolvió desterrarlo.

—¡¿Desterrarlo?!

—Enviarlo aquí... —aclaró Haemir.

—Y tú estás aquí porque... —Intentó comprender Narbeth.

—Intercedí por él. Me ofrecí a tomar su lugar, alegando que el verdadero castigo para Lindir sería permanecer bajo su orden... Y sin su... —El elfo se detuvo a la par que su amigo abría los ojos asustado.

—¡¿Qué le hicieron a Ninquë?! —Se refería al gato de Lindir. Narbeth bien sabía que ese pequeño felino consentido era parte de su razón de ser.

—Yo me lo traje. —confesó Haemir—. Fue terrible la despedida, pero al menos él sabe que está en buenas manos conmigo. Y... Aquí entre nos... Ambos sabemos que podría vivir sin Ninquë, pero no sin Elrond. Lindir sin Ninquë es otro elfo triste, pero Lindir sin Elrond... Está perdido.

—¿Sugieres que Lindir está...?

—¿Enamorado de Elrond? —Narbeth asintió—. No lo sé, pero lo has visto... Siempre está cerca de él, se muestra solícito a cualquier cosa que Elrond requiera y ha dicho más de una vez que a donde sea que él vaya, irá también. Lo que sea que Lindir sienta por él, es mejor que no se perturbe... Así que Ninquë y yo estamos aquí, con la esperanza de que algún día todos podamos reunirnos de nuevo.

—Eres un gran amigo, Haemir. —Narbeth sonrió. Y ambos chocaron sus vasos, brindando por la buena amistad.

Kilómetros al este, el libro que había desatado los acontecimientos en Lindon descansaba en la mesa de estudio de Liswen, mientras su nueva dueña oía la historia de Morwenna y el hijo de Eärendil.

—Entonces ella se subió al caballo y nos fuimos. —finalizó Thranduil en la cama boca abajo. Sentada sobre él, Liswen le daba un masaje a su espalda.

—Pero él... La amaba, ¿Verdad? —preguntó ella deteniendo sus manos sobre los omóplatos de Thranduil. Este asintió—. Entonces... ¿Por qué ser tan rudo? ¿De qué la quería proteger?

El cuerpo del Sindar se tensó y su esposa advirtió su nerviosismo, pero él comentó que nada sabía del asunto.

—Bien... Continúa guardando tus secretitos con Elrond. —manifestó ella inclinándose a darle un beso en la mejilla y se bajó de su cadera.

—¡¿Secretitos?! ¡¿Cuáles secretitos?! No, ¡No! —Se alarmó Thranduil incorporándose y Liswen dio una mueca de fastidio sabiendo que todo su trabajo masajeando el cuerpo de su esposo había sido en vano, puesto que en menos de un segundo él se había vuelto a tensar—. ¡Elrond y yo no guardamos secretos! ¡No hay nada que él y yo compartamos! ¡Ni secretos, ni sueños, ni nada! ¡Nada!

—Meleth... (Amor) —rió ella por lo bajo—. Meleth nîn. (Mi amor) —Lo llamó jugando con su cabello y posando un beso sobre su cuello—. Tranquilo.

—¡Pero es que...! —Thranduil intentó explicar en vano algo que Liswen no necesitaba oír, ni le interesaba. La elfa le puso el dedo índice sobre los labios y posteriormente lo besó. El hijo de Oropher se giró hacia ella perdiéndose en el beso apasionado de su esposa y la recostó sobre las sábanas.

—No preguntaré. —susurró Liswen con una mirada tierna—. Sé que lo que guarda tu mente y tu corazón tiene su razón de ser y no soy yo quien debe recibir esa confesión.

—No hay nada que confesar. —insistió Thranduil.

—No hay nada que yo deba saber. —Le aclaró Liswen y lo atrajo con un nuevo beso.

La noche cerrada y brillantemente despejada encontró a Morwenna dibujando constelaciones en su balcón. Oyó a los guardias debajo decir que el bosque parecía una cúpula de estrellas, mientras un tercero mencionaba la palabra bóveda... Y eso fue suficiente... Elrond azotó su corazón como un sismo.

Sus besos habían sido escasos, pero todavía los sentía sobre los labios si pensaba en él. Su voz respetuosa y pacífica la envolvió como una brisa cálida y personal. Aun recordaba con claridad sus «Señorita» y sus palabras dulces equiparándola al mar. De cuando en cuando todos los recuerdos traumáticos de su accionar a las puertas de Lindon se borraban y solo permanecía el elfo noble del que se había enamorado. El que era incapaz de hacerle daño y no flaqueaba sobre su amor.

Una media hora pasó y Morwenna bajó la vista a su cuaderno para encontrar ante sus lágrimas amargas el retrato de su amado. Lo había dibujado en detalle, tal y como lo recordaba, muy vívido caminando bajo las estrellas del bosque; tal y como anhelaba verlo en ese momento.

Bajo la sombra de los árboles, aunque no los mismos que custodiaban el bienestar de la princesa, Elrond cabalgaba serio. Sus oídos estaban pendientes de cualquier sonido sospechoso a su alrededor que no perteneciese a la pequeña comitiva que llevaba consigo. No estaba de acuerdo en viajar de noche, pero Gil-Galad había sido estricto en sus órdenes: Debían acudir al encuentro y regresar en el menor tiempo posible. Pero la distancia entre Lindon y Eregion era remota, por lo que lo que el monarca de los Noldor pedía, implicaba casi no parar a descansar.

Los elfos llegaron a Eregion con el tiempo justo para atender la reunión, por lo que Elrond no pudo detenerse siquiera a vislumbrar la arquitectura del lugar. Su misión era clara: Llegar a reunirse con Celeborn y Galadriel, entregar el documento de conformidad de Gil-Galad para cualquier decisión que se tomara y prestar atención a todo lo que allí se hablase para informarle a su monarca al regresar.

No obstante, los escasos segundos que tuvo mientras bajaba del caballo, le bastaron para embarcar a Lindir en otra misión.

—Tú no. —advirtió el capitán extendiendo su brazo para cortarle el paso a Lindir—. Su majestad me encargó una tarea especial para ti. —habló a viva voz, para que el resto de sus compañeros no sospecharan. Lindir tragó saliva nervioso y vio a Elrond un poco asustado. Este se puso de espaldas al resto de la comitiva y habló por lo bajo—. Ten esto, es una orden supuestamente firmada por el rey que le mostrarás a las personas que te cruces. Necesito que vayas con los escribas y pidas todos los registros, manuscritos y libros que haya de Númenor. Si no encuentras el libro de mi hermano allí, entonces ve a la bilbioteca, y si así no hallas nada... Entonces averigua el paradero de Haemir y espérame aquí. Iremos juntos a verlo. Así también podrás ver a tu... Cosa. —mencionó con disgusto. Lo estaba intentando, pero no podía evitar denotar su desagrado por los gatos, los detestaba.

—¿Ninquë? —preguntó Lindir con ilusión aunque intentando disimular su alegría. Elrond asintió. Lindir comenzó a pensar en imagenes horribles para obligarse a borrar la sonrisa de su rostro al saber que vería a su amada mascota.

—¿Comprendiste, Lindir? —alzó la voz su capitán pretendiendo seriedad a pesar que su amigo leyó en sus ojos la calidez de la camaradería. Por primera vez en años Elrond se permitía estar de buen humor y eso lo tranquilizó un poco.

—Sí, señor. —actuó para los demás con una reverencia bastante creíble y se retiró.

Elrond se giró a los demás y les ordenó seguirlo hacia la sala donde se celebraría la reunión.

Narbeth, quien regresaba de retirar las armas forjadas por el herrero y se disponía a enviar una misiva al Bosque Verde para su esposa, detuvo al mensajero antes de que este emprendiera su marcha luego de ver al hijo de Eärendil acudiendo al concilio.

—¡Espera! —imploró apresurado tomando al elfo por su capa—. Adjunta este mensaje cuando entregues la carta: Elrond está en Eregion. Es importante, no lo olvides. Elrond está en Eregion. —repitió lentamente. El mensajero asintió reteniendo la información en su cabeza—. Gracias, mellon, (amigo), ten buen viaje.

Pasaron muchos días hasta que el elfo encargado de las cartas llegó a cruzar los límites del Gran Bosque Verde. Narbeth estaba confiado en que las misivas eran entregadas a un emisario del rey y luego repartidas entre los destinatarios, así que estaba seguro que aquella advertencia sobre el hijo de Eärendil llegaría a oídos de Thranduil antes que nadie. Por lo que Haemir le había contado la noche anterior a ver a Elrond merodeando por Eregion, era prudente que los elfos del bosque supieran de su presencia, sobretodo para evitar que Morwenna se enterara. Pero el destino es curioso como si los Valar fuesen bromistas...

El día que el mensajero se internó en los dominios de Oropher, las elfas de la corte practicaban sus artes de defensa en el bosque y pronto advirtieron la presencia de un intruso. El bosque susurró cosas y Liswen, hábil como era para oír el canto de la naturaleza, les ordenó esconderse.

Morwenna eligió la espesa copa de un árbol y trepó con habilidad y sigilo. Sus habilidades para moverse por el bosque sin ser detectada habían mejorado notablemente, alcanzando casi la perfección de su hermano en la misma tarea. Aguardó allí con el arco a medio tensar y la mirada fría. Si ese era el momento decisivo en que pasara de la práctica a la lucha por la supervivencia, entonces pondría a prueba todos los conocimientos aprendidos de las clases de Liswen.

Al oír el galope ligero del caballo del elfo, se apresuró deslizándose por las ramas del frondoso árbol con agilidad divina y cuando lo tuvo a tiro certero se colgó de sus rodillas, sorprendiendo al mensajero apareciendo de la nada, colgando cabeza abajo con el arco tensado y listo para clavar la flecha en su sien.

Al mismo tiempo, las elfas de la corte junto a Liswen, su maestra y capitana, salieron de sus escondites rodeándolo con sus flechas y espadas. El caballo se alzó levantando las patas traseras y el mensajero por poco se cae. Logró controlar al animal y levantó los brazos en señal de rendición.

—Identifícate. —ordenó Morwenna, con expresión de piedra y sin mover un músculo, aun tensando el arco a pocos metros de él.

—Ve... Vengo a entregar cartas. —titubeó nervioso el elfo—. He venido desde Eregion.

—¡Narbeth! —dijeron ambas princesas con alegría. Morwenna supo que su doncella estaría muy feliz de recibir la carta de su esposo, sabiendo que había llegado bien a destino.

Liswen entonces dio la orden de bajar las armas y se acercó al muchacho mientras Morwenna destensaba el arco y volvía a subirse al árbol. El mensajero entregó las misivas a la esposa de Thranduil y anunció:

—Oh. También me pidieron entregar el siguiente mensaje: Elrond está en Eregion.

Las elfas se giraron alarmadas ante el grito de su princesa y lo que posteriormente ocurriría.

—¡¿Qué?! —exclamó Morwenna, para automáticamente pisar en falso y caer desde una altura de dos metros.

Liswen automáticamente corrió hacia ella y al llegar al suelo, donde la hija de Oropher se hallaba quejándose de dolor, se tomó la cabeza con pavor.

—¿Cómo le explicaremos esto al rey? ¿Y al príncipe? ¡Oh, Thranduil va a matarme! —Se lamentó desesperada viendo la pierna torcida de su cuñada.