Los alaridos de dolor de la elfa Sindar resonaron en todos los salones del bosque cuando uno de los curanderos silvanos intentó regresar la fibula del tobillo de Morwenna a su lugar.

En cuestión de minutos, Oropher ingresó en la enfermería dando un sonoro portazo y echó a todos los elfos a los gritos. En el lugar solo permanecieron los miembros de la familia real. Liswen se sentía completamente apenada y avergonzada por la situación a la que había expuesto a su cuñada, pero aunque intentó abandonar la habitación como los demás, Thranduil se lo impidió. En su lugar, el príncipe le pidió que sostuviera la cabeza de su hermana y le hiciera morder una cuchara de madera mientras él intentaba solucionar el desastre de su pie torcido.

—Morwe... No te mentiré, esto dolerá, pero será rápido. —advirtió el Sindar mientras su padre sostenía la otra pierna de la princesa para evitar que lo pateara por reflejo—. Bien... Aquí vamos.

Thranduil tomó el talón y metatarso del pie de su hermana con ambas manos y contó hasta tres. Con un enérgico movimiento seco de rotación, acomodó el hueso de su tobillo y sostuvo con fuerza el pie unos segundos después de escuchar el chasquido de su fibula y el grito furioso que su hermana propinó entre dientes mordiendo la cuchara de madera con fuerza.

—Habrá que vendarla. —aconsejó a su padre sin soltar el pie. Oropher asintió rápido y se apresuró a buscar los elementos necesarios. Mientras lo hacía, Liswen levantó la vista a su esposo y se encontró con la mirada más gélida que Thranduil le propinaría nunca—. ¿Qué hacían solas en el bosque? —indagó con un tono aplomado que no sonó convincente siquiera para él. Estaba furioso pero no discutiría frente a su padre y Morwenna; la pobre ya había tenido demasiado.

—Recolectábamos nueces cuando nos vimos sorprendidas por el mensajero, ya te lo expliqué. Morwe pisó una rama ligera, esta se partió y cayó. —mintió. Liswen no había podido resolver la situación sola, pero al menos había podido poner a resguardo a las elfas de la corte acordando con Morwenna que la versión que mantendrían sería la que solo contemplara a ellas dos en el bosque. No quería causarle problemas a las demás, ni admitir que las otras doncellas estaban tomando clases o el castigo sería severo para todas.

Oropher regresó con las vendas y Thranduil se dispuso a colocarlas alrededor del tobillo de su hermana.

En Eregion, Lindir llevaba varios días sin dormir, internado entre polvo y hojas amarillentas rastreando el paradero del libro de Elros en la biblioteca de la capital. Entre todo lo negativo del cansancio y la intriga al no encontrar ni una pista, al menos había una situación que lo reconfortaba y era que su rechoncho gato dormitaba sobre una mesa de pergaminos haciéndole compañía.

Largos días habían pasado desde que el concilio tuviera lugar, donde Celeborn había hecho firmar un consentimiento entre los representantes de Oropher en el Gran Bosque Verde y los de Gil-Galad en Lindon para mantener a Eregion como la ciudad que serviría de lazo informativo entre ambas regiones. Así además, se aseguraría de contar con el apoyo de ambos reinos en caso de un inminente ataque. En la misma reunión, Lady Galadriel había propuesto mantenerse alerta debido a los rumores que circulaban por esas tierras, los cuales advertían de un posible alzamiento de fuerzas del mal. Todos habían llegado al acuerdo de informar de cualquier movimiento sospechoso, por lo que Narbeth inició comentando el ataque de huargos que habían sufrido de camino a Eregion. Elrond, por su parte, expuso los sentimientos de Lindir sobre cómo el tiempo en Lindon parecía estar aconteciendo con lentitud... Todo a los lados del Golfo de Lhún parecía estar perdiendo velocidad... Eso no podía ser otra cosa más que un mensaje de la naturaleza incitándolos a estar expectantes ante tiempos oscuros.

Mientras había estado allí sentado escuchando a los demás elfos, la vibrante voz de la dama del concilio había inundado su cabeza y se había visto forzado a mirarla a los ojos, desviando su atención de todo lo demás.

«Las imágenes acuden a tu mente, hijo de Eärendil. Has vivido calamidades y te has anticipado al dolor en visiones que no puedes controlar; premoniciones que ponen tu cuerpo en peligro.» Había reconocido la señora de la luz. Elrond había asentido lentamente sin quitarle la vista de encima.

«Puedo ayudar. No se desvanecerán, puesto que esta es una virtud con la que has nacido y llevarla contigo durante la eternidad es tu deber, pero puedo enseñarte a controlarla.»

Elrond entonces aceptó. Y eso requirió más días de estancia en Eregion. Allí, bajo la mirada imperceptible de los árboles y las montañas, Lady Galadriel instruyó a Elrond en el arte de la clarividencia.

Fue uno de esos días, cuando Celebrían aun no alcanzaba los primeros mil años de edad, que la muchacha se adentró en el bosque con dos de sus doncellas para observar mejor al heraldo de Lindon. La hija de Celeborn ya lo había visto merodeando la ciudad durante los días del concilio y no había emitido opinión al respecto, pero la actitud seria y melancólica del elfo había capturado su atención, por lo que al saber que se quedaría en la ciudad por unos cuantos días, decidió seguirlo y averiguar más de él. Fue gracias a sus doncellas que pudo saber su nombre y con él, dar cuenta de su terrible pasado. Celebrían entonces creyó que su halo de tristeza se debía a toda aquella calamidad de su niñez, y lo observó en silencio, deseando que él alguna vez reparara en su presencia y quisiera compartir alguna conversación que lo aliviara de su pesar.

—Es bien parecido. —opinó una de sus doncellas en voz baja. Celebrían sonrió y se permitió sonrojarse un poco.

—Pero es muy serio. —sostuvo la segunda elfa encargada de cuidar a su señora.

—Tiene sus razones. —Lo defendió la hija de Galadriel, prendada de su sereno perfil—. El pobrecillo ha vivido situaciones horribles... Y ha sobrevivido a sus pesares. Admiro su valentía, ojalá algún día pudiera ser un atisbo de lo fuerte que él es. —deseó. Sus doncellas sonrieron cómplices, Celebrían comenzaba a interesarse demasiado por el hijo de Eärendil y las elfas oyeron baladas de boda en sus mentes.

Unos metros más adelante de los pastizales, Lady Galadriel caminaba en círculos alrededor de Elrond.

—Concéntrate. —pidió amable. El muchacho, con los ojos cerrados, ladeó su cabeza molesto.

—No puedo. No estamos solos. —admitió—. Algo aguarda en el bosque... Me siento observado. —declaró señalando en dirección a Celebrían.

Galadriel sonrió de lado y volteó hacia el pastizal donde su hija se escondía.

—Las pequeñas liebres son curiosas. —expuso—. Es esta su hora de marchar. —ordenó y las elfas supieron que si no desaparecían de allí pronto, Galadriel las expondría.

Celebrían corrió con sus doncellas entre risas y solo se detuvo cuando vio los primeros indicios de las construcciones de piedra.

—Concéntrate. —repitió Galadriel—. Tu mente es un lienzo limpio donde los sucesos de lo que vendrá pintan sus huellas. ¿Puedes verlo? —susurró la dama blanca.

Elrond arrugó el rostro aun con los párpados cerrados. El fuego de un volcán y el poder inconmensurable de una joya dorada abrasaron sus cogniciones y lo obligaron a abrir los ojos para salir de aquella visión terrorífica.

—Algo se alza expectante en el este, —anunció con temor—, y no tardará en llegar. Debemos estar alertas. —aconsejó. Galadriel asintió conforme y consideró que Elrond había tenido suficiente.

Un banquete tuvo lugar aquella noche para honrar el tratado entre el Gran Bosque Verde y Lindon con Eregion. Elrond, Lindir y los enviados por los Noldor se presentaron a cenar para gracia de Celeborn, Galadriel y su adorada hija, quien se mostró encantada de recibir al hijo de Eärendil entre los invitados. A su vez, al otro lado de la mesa, Narbeth y los silvanos de Oropher agradecieron la comida y el banquete dio inicio.

—Es una pena que Oropher no pudiera asistir a la reunión. —mencionó Celeborn para mantener las formas. No le interesaba tratar con un Sindar que había abandonado Lindon para no seguir bajo sus órdenes; mucho menos mantener una amistad con el mismo que ahora había osado coronarse rey, desconociendo el título de supremo que Gil-Galad gozaba entre los Noldor.

—Su majestad tiene demasiadas ocupaciones y envía sus más sinceras disculpas; se mostró realmente apenado por no poder emprender el viaje. —mintió Narbeth para no causar un conflicto. De hecho, Oropher lo había enviado allí reconociendo que él mismo no iría ni enviaría a uno de sus hijos a «Tratar con ese mandón infeliz.»

—Es verdad. —acordó Galadriel—. Con la administración del bosque y su tratado de unión con los elfos silvanos tiene suficiente. Además, estuvo demasiado involucrado en el torneo de los arqueros para la elección correcta de la familia pretendiente —contó.

Elrond bebió de un solo sorbo el vino en su copa y prestó atención.

—Y la boda. —añadió Celebrían con entusiasmo.

—Así es. —continuó Galadriel—. No pudimos acudir, pero comentaron que la princesa se veía encantadora e incluso los silvanos vieron con buenos ojos la unión de ambos.

Elrond tragó rápidamente el vino en su afán por no escupirlo sobre Narbeth, sentado frente a él.

¿Boda? ¿Princesa? ¡¿Una boda?! ¿¡A Morwenna la habían unido en matrimonio?! «¡Oh, y seguro que con Elaran!» Pensó con rabia.

El calor de los celos comenzó a subir lentamente por la garganta de Elrond. Celebrían, atenta a cada movimiento o acción del hijo de Eärendil, dio cuenta rápidamente de su disgusto.

—¿Se encuentra usted bien? —investigó con preocupación. Elrond se levantó de un respingo y reverenció a los señores de Eregion antes de retirarse.

—Sabrán disculparme un momento. —agregó con educación y luchando por no perder los estribos—. Necesito tomar aire.

Celebrían intercambió miradas con su madre, mientras Elrond se alejaba del salón. Galadriel con una sola mirada serena le dio permiso para seguirlo y su hija no lo dudó dos veces. Aun así, el chirrido de la silla del comedor sonó doble mientras la doncella se levantaba. Pronto se vio caminando apresurada a la par de Lindir, quien también se había propuesto seguir a Elrond.

Narbeth carraspeó luego de beber un sorbo de su vino e intentó disimular la gracia que aquella carrera le había causado. Al parecer, Haemir tenía razón sobre los sentimientos del menor de Los Invencibles.

—Propongo un brindis. —manifestó desviando la atención de los presentes de la huida de los tres elfos—. Por nuestro acuerdo y por la unión de Thranduil y Liswen, quienes traerán prosperidad al bosque y eso nos favorecerá a todos. —atestiguó alzando su copa. Los demás brindaron en su honor.

Donde no había clima festivo era en los salones reales del Gran Bosque Verde, donde Oropher quería oír la versión del accidente de boca de su propia nuera.

—¿Acaso no hay elfos suficientes encargados de recolectar nueces para nosotros? —objetó intentando no alzar la voz luego de que Liswen le explicara a su suegro lo mismo que había dicho a su marido.

—Eso no es lo importante. —declaró Thranduil—. Estaban solas en el bosque. Es peligroso. —añadió sosteniéndole la mirada a Oropher. El monarca pestañeó cándido e intercambió su vista hacia Liswen.

—Como si alguna vez hubiera necesitado protección... —sostuvo ella girando levemente hacia su esposo.

—Eres una princesa ahora. —Le recordó Thranduil con rudeza.

—Ni se te ocurra pensar que por llevar una tonta tiara en la cabeza o ser tu esposa he perdido mis habilidades. Soy una princesa, sí, pero una que te pondría a barrer el suelo con los dientes si se viera en peligro. —Le respondió la rubia en tono amenazante. Oropher tuvo que aspirar profundo y darse suaves golpecitos sobre los labios mientras contenía el aire para no soltar una carcajada al ver cómo Thranduil abría más y más los ojos conforme Liswen se acercaba a él.

—No, yo... Yo... —titubeó el príncipe mientras su esposa arqueaba una ceja con desaprobación—. Yo no... No me refería a eso. Sé que puedes defenderte sola, pero... ¡Morwenna! —exclamó al encontrar una buena excusa—. Morwe no tiene idea de cómo sostener una espada siquiera y sabe perfectamente que no puede salir de aquí sin mí.

—Oh, crees que yo no la puedo defender. Además, y sin ánimos de ofender a su majestad, ambos parecen creer que está bien que una elfa que podría tener que quedar a cargo del bosque entero no sepa cómo utilizar una espada o lanzar una flecha... Se contentan con que pueda bordar, dibujar, cantar y danzar. No desafiaré a nuestro monarca, pero tú... Tú que eres mi esposo, ¿Te has puesto a pensar que si nos asedian y la encuentran sola en su habitación tendrá que defenderse con un par de agujas de tejer y una flauta? ¿Crees que eso está bien? —agregó Liswen.

—Lo que creo, —resolvió Thranduil con la esperanza de conciliar—, es que no hay que llamar a la desgracia. Mi padre lo dejó bien claro, hay elfos que pueden encargarse de esas tareas y por supuesto de la defensa del reino, no es necesario que las princesas del bosque deban exponerse. Está decidido, pues ahora tú también lo sabes, Morwenna no puede salir de los salones reales sin mi supervisión.

Liswen asintió intrigada, echó una mirada sobre Oropher y todas sus dudas se disiparon. El monarca se hallaba reclinado a un lado de su trono con gesto burlón, esperando que Thranduil le prestara atención. Cuando este lo hizo, Oropher levantó el dedo índice y se señaló la corona de hojas y bayas negras sobre la cabeza.

—Sé que parece un centro de mesa, pero es una corona. —expresó sereno—. Y eso quiere decir que las decisiones las tomo yo.

—Si, pero... —Thranduil intentó opinar y solo bastó que Oropher negara con la cabeza para hacerlo callar.

—Ambos tienen razón... Y ninguno la tiene. —declaró para confusión del matrimonio frente a él—. Que Morwenna no haya tenido ningún tipo de instrucción en armas es un asunto que me preocupa sobremanera, pero aun no he hallado al maestro adecuado para ella. Había uno, en Lindon hubo alguien capaz de prepararla para cualquier peligro pero... —Oropher giró el rostro hacia Thranduil y este asintió comprendiendo que hablaba de Elrond—. Podría pedirle a mi propio hijo que la instruyera, —agregó desviando la conversación para no tener que mencionar al hijo de Eärendil—, pero no quiero causar un conflicto en su armónica relación. De todas maneras, Morwenna no caminará por unas cuantas semanas, por lo que ese asunto dejará de atormentarme en la inmediatez y me dará tiempo para conseguir al elfo adecuado, pero sí, estoy de acuerdo en que este asunto no puede demorar más.

—Yo podría enseñarle... —Liswen se postuló pretendiendo que no había estado dictándole clases a ella, o al resto de las damas de la corte.

—Ya veremos eso, puesto que has sido tú la que la dejó caer y por esa negligencia, ella está herida ahora. —dictaminó Oropher para sorpresa de la princesa y prosiguió—: En cuanto a Thranduil... Tiene razón en que si un grupo grande ataca el bosque, dos jóvenes guerreras, por eficientes que sean, no podrán contra la fuerza de un ejército. Por lo que no deberían vagar solas por allí. Pero, Thranduil, no te haré escolta permanente de las princesas.

—Nadie mejor que yo cuidará de mi hermana. —afirmó el príncipe—. Confío en las habilidades de mi esposa, sé que a Liswen nada malo le ocurrirá, pero Morwe...

—Morwe aprenderá a defenderse. —aseveró Liswen dando un apretón a la mano de su esposo.

Thranduil guardó silencio. Había un pequeño código que ambos habían establecido para llamarse la atención en caso de estar hablando de más: Se darían las manos y uno presionaría levemente sobre el otro sin hacer contacto visual.

Oropher notó la acción, pero decidió callar. Si Thranduil no acudía a él, significaba que podía arreglárselas solo con lo que fuese que lidiara.

Antes de retirarse, le hizo jurar a Liswen que no volvería a poner en peligro a su cuñada, y que tampoco haría nada sin consultarle primero, esto último en cuanto a las clases, puesto que él decidiría qué hacer. Liswen asintió a lo primero, pero a pesar de asentir también a lo segundo, faltaría a su palabra, puesto que seguiría dictando clases a escondidas, así le valiera una estadía en los calabozos por desacato a la autoridad. No permitiría que las elfas de la corte murieran o sufrieran destinos aun peores solo por no poder defenderse.

En los jardines de Eregion, Elrond escuchó su nombre a coro. Al girarse, Lindir y Celebrían se hallaban de pie, uno junto al otro.

—¿Ocurre algo? —preguntó el heraldo a Lindir, creyendo que venían a noticiarlo. El joven negó.

—¿Se encuentra usted bien? Huyó como un rayo de la cena. —Se apresuró a decir la elfa antes de que Lindir pudiera expresarse. Este giró su cuello hacia ella mirándola de arriba a abajo con desdén.

—Sí. Gracias por preocuparse, pero me encuentro perfectamente. Solo... Me sentí ligeramente mareado. —mintió. Al ver que ambos elfos se preocuparon aun más, Elrond levantó las manos pidiendo calma—. El vino... —sugirió—. El vino es... Más fuerte que en Lindon. —El heraldo fingió una sonrisa, calmando a sus acompañantes—. Pero no se preocupe, milady, —dijo tranquilizando a Celebrían, juntando toda su amabilidad y dejándola salir junto a sus palabras para que ella no insistiera—, regresaré en un momento. Lindir, por favor escolta a la dama de Eregion al salón. Gracias. —finalizó.

Su aprendiz asintió con disgusto y tendió el brazo firme a Celebrían. Creía que la hija de Galadriel era una metiche, pero cumpliría sin rezongar lo que su capitán ordenara. Mientras los veía irse, Elrond se tomó la frente y bufó cansado.

—Como si no tuviera suficientes problemas. —masculló.

Días más tarde, Liswen, caminando de la mano junto a su esposo, hizo un alto en uno de los pasillos donde estaba segura que nadie oiría. Estaba cansada de pretender serenidad, y la tensión de Thranduil crecía y crecía con el paso de los días.

—Sé que dije que no había nada que yo debiera saber, —escupió para temor de Thranduil, quien se imaginaba lo que su bella esposa diría a continuación—, pero eso no quiere decir que no sepa que me escondes algo. Te has estado guardando un secreto. Uno enorme. —acusó—. Estás muy pendiente de los paseos de tu hermana por el bosque, y para ser específicos, solo has dormido en dos ocasiones desde que me casé contigo. Dos noches, Thranduil. —enfatizó alzando dos dedos a la cara de su esposo—. Intentas esconder de mí lo que tu cuerpo me grita cada vez que te tengo cerca; vives preocupado y si no supiera que eres un elfo extremadamente valiente, diría que vives aterrado... Pero todo eso es peor cuando se trata de Morwenna. Tu cuerpo se tensa y tus músculos se retuercen como si les echaran sal. Y sospecho que el hijo de Eärendil tiene algo que ver. Solo es mencionar a ese tal Elrond y los cabellos se te erizan como a un gato. —aseguró. El ojo derecho de Thranduil comenzó a temblar y Liswen lo señaló con descaro—. ¿Lo ves? Cada vez que alguien lo menciona parece que fueras a estallar. No me interesa lo que tú y ese elfo escondan, siempre y cuando no te haga daño, pero lo que noto es que te perturba... No puedo vivir tranquila sabiendo que sufres, Thranduil... Así que te daré la opción de contarme, o al menos confirmar que mis sospechas son ciertas. Él amaba a Morwenna, sin embargo de un segundo al otro la dejó... Y según ella, tú siempre fuiste protector pero no obsesivo. Ustedes dos saben algo... —Thranduil dio pequeños brincos en el lugar como si un niño pequeño aguantara las ganas de orinar.

—Ya. —soltó harto—. Elrond... —soltó sin mirar a Liswen—. Elrond me dijo algo antes de abandonar Lindon. —confesó—. Fueron dos frases que llevaré como una cruz por el resto de mi vida... Él dijo: «Si se queda conmigo, nuestro amor la llevará a la muerte. Y aun dejándola ir, no es seguro que esté a salvo, así que no la descuides en el bosque jamás.»

—¿Qué? ¿Así nada más? ¿Y tú le creíste? —preguntó Liswen incrédula luego de un par de segundos.

—Elrond ha tenido visiones desde que tiene memoria. Todo lo que ha visto es un hecho. Sus amigos me... Ellos me lo contaron. Elrond ama a mi hermana, no existe otra razón para alejarse de ella más que el saber que si apuesta por su amor, la lastimará peor que si la deja ir. —declaró con pena. Había intentado por años que aquellas palabras no le punzaran la mente y el corazón al repetirlas, pero la advertencia se había clavado en su memoria como una certera flecha en el centro de su diana.

Liswen tardó unos segundos más en procesar la información, pero al ver que Thranduil permanecía inmóvil y perturbado por ser la primera vez que compartía con alguien más lo que Elrond le había dicho, lo atrajo hacia ella con un abrazo cálido.

—Ahora lo entiendo. No es que no creas en nosotras... Es que sabes que por más eficiente que sea en la lucha, no podremos evitar que la hieran si estamos solas... O algo peor... Oh, tranquilo, meleth, (amor), la cuidaremos entre los dos. Nada malo le ocurrirá bajo nuestro cuidado.

Thranduil se aferró a su esposa y le agradeció el compartir la carga del secreto más aterrador que había guardado.

En Eregion, Elrond alistaba su caballo para regresar a Lindon. Habían pasado más días de los que Gil-Galad había permitido, pero al menos el heraldo de los Noldor tenía una razón convincente para haberse quedado: Lady Galadriel le había adjuntado una carta explicando que había ayudado a Elrond a controlar su clarividencia, por lo que devolvía a Lindon no solo a su mejor guerrero, sino también un arma poderosa que si bien no podría cambiar el curso de los hechos, podría advertirles para estar mejor preparados en tiempos oscuros.

Mientras aseguraba sus armas, Celebrían se acercó a él.

—Es una pena que deba dejarnos tan pronto. —manifestó amable. Elrond se giró hacia ella inexpresivo.

—Créame, s... —Se detuvo antes de decir señorita; era una palabra inocente y educada, pero una que llevaría el perfume de Morwenna por siempre.

—Celebrían. —agregó ella. Creyendo que Elrond no recordaba su nombre—. Lady Celebrían. —repitió cabizbaja.

—Lady... Milady, exacto. —anunció él y ella levantó la mirada. Sonrió al saber que el hijo de Eärendil buscaba el título adecuado y no recordar su nombre, el cual evidentemente sabía—. Créame, milady, estará mucho más segura una vez que yo me vaya.

—¿Disculpe? ¿Qué quiso decir con eso? —Las mejillas de la elfa se encendieron en rojo y sus pupilas se dilataron tanto, que Elrond casi deja de ver el azul de sus ojos.

—Suelo traer desgracia a las vidas de quienes me rodean. —aclaró entrecerrando los ojos, confundido por la reacción de Celebrían. El hijo de Eärendil había notado la insistencia de la doncella sobre él, pero se negaba a creer que alguien más que Morwenna pudiera pretenderlo.

—Oh. —musitó ella—. Bueno, yo no he presenciado ninguna desgracia, a decir verdad, creo que su visita solo trajo buena fortuna. Tal vez es solo algo que usted cree... —opinó—. Ya sabe... Lo de la desgracia. —agregó rápidamente. Realmente quería retener a Elrond todo el tiempo que pudiera, pero no se le ocurría mucho más que decir y el elfo no estaba siendo de ayuda con sus respuestas escuetas.

Un mensajero cabalgó hacia ellos y Celebrían respiró aliviada, pues el muchacho parecía determinado a entregarle un mensaje al heraldo. Al menos eso le daría unos minutos más con él.

—Elrond, hijo de Eärendil. —llamó el mensajero. El aludido asintió—. Dijeron que podía hallarlo aquí. Tengo una carta para usted.

—¿Para mí? —inquirió sorprendido. Lindon estaba demasiado lejos como para que Gil-Galad se dignara a escribirle.

El muchacho entregó la misiva y se retiró. Antes de que pudiera leer el sello del sobre, Lindir apareció al galope. Se bajó de su caballo agitado.

—¡El libro! —exclamó a viva voz espantando a Celebrían—. ¡Hallé el libro!

—¿Cuál libro? —preguntó la elfa. Tal vez, pensó, eso haría que el heraldo se quedara más días.

—¡¿Dónde?! —Elrond miró instintivamente sus manos, pero su amigo no cargaba nada consigo.

—Uno de los escribas lo entregó a un mensajero hace unos años. No guardan registros de su trayecto, pero recuerda perfectamente a quién se lo dio y... No te gustará saber dónde está ahora. —expuso.

Elrond entonces conectó los eventos recientes y giró la carta que le había sido entregada. Pronto, todo su cuerpo se estremeció, a pesar de que ya se había imaginado de dónde vendría. El sello llevaba la rúbrica de los Sindar, pero la inicial de una M se distinguía claramente en el centro.

—Morwenna. —nombró Elrond.

—¿Qué? —preguntó Lindir.

—¿Quién? —Quiso saber Celebrían.

—Morwenna sabe que estoy aquí. —finalizó Elrond alzando el sobre.