No se moleste en responder si lo que pondrá en tinta serán tontas excusas. Como verá, esta carta comienza sin un saludo; no se lo merece, hijo de Eärendil, no después de lo que hizo. Aunque, si bien continúo profundamente enfadada con usted, no es novedad que aun lo amo, usted lo sabe, yo lo sé... ¿Para qué ocultarlo?

Han pasado quinientos años, pero no logro dilucidar la razón por la que se comportó de esa forma en Lindon, y seré sincera, esa situación me tiene a maltraer. Y como si fuera poco, ahora tengo el doble de tiempo para pensar en usted; he tenido un pequeño accidente por el cual no caminaré por un tiempo y todo ocurrió cuando el mensajero de Eregion mencionó que usted estaba allí.

Parece que estuviera echándole la culpa de mi torpeza, lo lamento, no es mi intención, aunque quizás si es mi tentativa de remover un poco la culpa en su corazón y tal vez así lograr que quiera sincerarse conmigo. No pretendo que venga a verme, asumo que la razón que lo llevó a Eregion es mucho más importante que mi herida o que una respuesta en persona, pero Elrond... Tenga compasión de mí. Dígnese a decirme porqué rompió mi corazón y piense bien en lo que escribirá, porque si dice que todo fue un engaño y que nunca me amó, o que ya no lo hace, no le creeré.

Por favor, rompa el silencio. Si ha de coartar lo que pudo haber sido, entonces hágalo con propiedad, de manera que los dos sepamos porqué.

Suya hasta el fin de los días, a pesar de lo imposible de este amor,

Morwenna.

Elrond dobló la carta con toda la parsimonia que pudo permitirse en el momento. Sentado en un banco del mirador sur de Eregion, guardó la misiva entre sus ropas y contempló el paisaje debatiéndose cuáles serían sus pasos siguientes. Lindon o el bosque... Gil-Galad o Morwenna.

Mientras pensaba qué hacer, advirtió la presencia de Celebrían a sus espaldas. Había logrado evadir las preguntas de la hija de Galadriel luego de que Lindir fuera a buscarlo, pero no podía seguir guardando silencio...

—¿Se encuentra bien? —preguntó la elfa con suavidad; últimamente era todo lo que se le ocurría decir, pero su preocupación era genuina.

—Agradezco su interés. —resolvió contestar Elrond y giró la cabeza hacia ella—. Me temo que me encuentro en un dilema.

Ambos se quedaron viendo por un momento en la distancia. El color del cabello de la elfa lo distrajo; tenía el rubio elegante de Morwenna y la misma amabilidad franca. Se preguntó si ella sería capaz de calmarlo con un roce como la Sindar que amaba.

Elrond recogió su espada del banco y jugó con ella haciendo girar el pomo, apoyando la punta de la funda en el suelo. Celebrían intuyó que le estaba haciendo espacio y se sentó junto a él.

—Tal vez... Pueda ayudar con ese dilema. —soltó. Un segundo después irguió su espalda nerviosa y apartó la vista de Elrond, fijando la mirada en sus zapatos—. Digo, si usted deseara compartir la problemática conmigo.

—Le agradezco nuevamente. —insistió el heraldo deteniendo el giro de la espada—. Pero no creo que usted pueda hacer algo para ayudarme. Es decir, —aclaró echando una mirada de reojo sobre ella—, me debato entre regresar a Lindon o hacer un viaje hasta los dominios de Oropher. Gil-Galad me espera; su madre fue muy amable instruyéndome, pero eso me retrasó, así que debería estar en este mismo instante cabalgando hacia el reino y no hablando con usted. Y al mismo tiempo... ¿Recuerda lo que Lindir descubrió?

—El libro. —mencionó Celebrían con contenido entusiasmo. Estaba amando el hecho de que Elrond le confiara su vida y sus problemas, pero no quería ponerse demasiado en evidencia una vez que había conseguido que él le prestara atención.

—Mi hermano escribió ese libro.

—Tar-Minyatur. —nombró la elfa. Elrond se le quedó viendo sorprendido. Era la primera vez que alguien más fuera de Númenor lo reconocía por ese nombre y no por Elros.

—Está usted bien informada.

—Espero no crea que soy una chismosa, pero he oído su historia y la de su hermano... Lamento mucho todo por lo que tuvieron que pasar, aunque eso lo ha convertido en un muchacho valiente y fuerte y no puedo lamentar eso. —anunció Celebrían con cierto sonrojo en sus mejillas. Elrond sonrió amable, había algo en ella que lo hacía sentirse bien.

—¡Ah! —suspiró el hijo de Eärendil—. A veces me gustaría que mi vida fuera más simple, o menos dramática. —declaró—. Bien, el asunto es que el libro por circunstancias extrañas terminó en las manos equivocadas. Elros me lo confió especialmente en su lecho de muerte pero a mí solo me llegó su carta, por lo que he estado rastreándolo por largo tiempo hasta que... Lindir descubrió que lo tienen los Sindar.

—¿Y qué espera para ir a buscarlo entonces?

—Gil-Galad... —Intentó explicar Elrond, pero fue interrumpido por Celebrían.

—Él lo entenderá. —supuso la muchacha con seguridad.

—Dudo que lo haga. —expresó Elrond—. Es mi rey, le debo pleitesía y ya me tomé demasiado tiempo sin consultárselo... Puedo esperar una reprimenda de su parte ni bien cruce las puertas de Lindon.

Ambos guardaron silencio por unos segundos. Elrond necesitaba ir al bosque, pues su deseo por recuperar el libro de su hermano le estaba punzando casi tanto como la desesperación por volver a ver a Morwenna, y sobretodo, por ayudarla con lo que fuera que le hubiese ocurrido y ahora le impidiera caminar. La elfa no había especificado sobre su herida, por lo que eso solo le hacía acrecentar su preocupación; tal vez la había salvado de su horrible destino alejándola de él, pero quizás aquella lesión no sería nada más ni nada menos que el primer indicio del fin.

De pronto, la voz de Celebrían lo sacó de sus pensamientos:

—No podrá castigarlo si la razón de su demora se debe a que tiene que escoltar a la hija de Celeborn y Galadriel al bosque de Oropher, por exclusivo pedido de los señores de Eregion. —planteó con una sonrisa pícara. Elrond se le quedó viendo cómplice, aunque un segundo después sacudió la cabeza evaporando esa idea de su mente.

—¿Por qué haría eso? Usted no tiene razones para ir a ese bosque. —resolvió el muchacho.

—Bueno... Usted necesita ir, aunque no deba. Necesita una excusa... Y yo quiero ir, aunque no lo necesite realmente. Pero me gustaría conocer sus dominios. Además, he oído que Oropher y mi padre no se llevan nada bien... Mi visita podría servir para abrir el diálogo entre ambas familias. —explicó orgullosa—. Usted me necesita, tanto como yo lo requiero para hacer ese viaje. Podría asistir en calidad de mi escolta personal, mi protector. No hay elfo más eficiente para ese trabajo, o eso me dijeron. —reconoció coqueta.

—¿Haría eso por mí? —indagó Elrond juntando sus manos con una sonrisa tierna.

—Y... Por el bienestar de Eregion, claro. —puntualizó ella sonrojada.

—Sí. Por supuesto. ¡Por Eregion! ¡Claro! —clarificó él alzando la voz nervioso y ella rió por lo bajo.

—¿Acepta entonces? —preguntó Celebrían con entusiasmo. Elrond asintió—. ¡Ya mismo iré a discutirlo con mi madre!

La elfa se irguió alegre y se disponía a irse, cuando giró intrigada. Suspiró sabiendo que quizás no querría saber la respuesta a lo que pretendía averiguar.

—¿Puedo hacer una última pregunta? —inquirió, Elrond ladeó la cabeza dándole espacio a hacerlo—. ¿Quién es Morwenna?

Elrond tragó saliva serio y sonoro.

—Es la hija de Oropher, la princesa del Bosque Verde. Escribió para comunicarme lo mismo que Lindir, que el libro de mi hermano había llegado a sus manos. —mintió—. Además... —añadió, viendo que esa respuesta no era convincente para la rubia—. Tuvo un accidente; está herida y quiero acudir en su ayuda. Los silvanos son buenos curanderos, pero sin la medicina adecuada no sanará tan rápido. Estos son tiempos extraños, —anunció repasando su visión—, necesitamos a todos los elfos en óptimas condiciones.

Días más tarde, Narbeth, Lindir y Haemir discutían a orillas del Anduin cuál sería el mejor lugar para cruzar el gran río. Elrond por su parte, cortaba hierba en silencio. Habían emprendido el viaje hacia el reino de Oropher con la autorización de Galadriel, por lo que los cuatro muchachos y los silvanos de Oropher se habían visto en la obligación de incluir a Celebrían y una de sus doncellas en la travesía; ella era la excusa perfecta para el pasaje de Elrond hacia el Gran Bosque Verde.

La hija de Celeborn aprovechó la distracción de su doncella, prendada de la imagen de Haemir y se paró junto al hijo de Eärendil. Estaba cansada de permanecer sobre su caballo escuchando a los elfos darse la contra.

—¿Siempre discuten así? —preguntó arrodillándose en el césped y ayudando al heraldo a cortar las hierbas que necesitaba para Morwenna.

—Desde que los conozco. —respondió Elrond con media sonrisa.

—¿Y usted no tomará partido? —indagó.

—No. —aseguró Elrond echándole una mirada de reojo—. Porque yo sé exactamente hacia dónde ir... Pero mientras ellos dan su opinión y descargan sus frustraciones uno con el otro, me dan tiempo de recolectar medicina para la princesa del bosque. —finalizó con una risita leve que Celebrían acompañó.

—Ya veo. Me enorgullece viajar con alguien tan sabio. —alabó la doncella—. Ahora comprendo porqué mi madre aceptó de un momento al otro cuando le aclaré que Elrond Eärendilion y sus aprendices de Lindon serían mis escoltas. Bueno, la tranquilidad se la aportó saber que iría con usted. —aclaró—. Ella sabe que usted me protegerá.

—Lady Galadriel tiene razón. No dejaré que nada malo le ocurra. —aseguró Elrond guardando las hierbas en una pequeña bolsa—. Y es por eso mismo, —añadió levantándose y extendiéndole la mano a Celebrían—, que debemos continuar nuestro viaje. Estos caminos no son seguros en estos días...

Cuando las manos suaves de la doncella hicieron contacto con las del hijo de Eärendil, este percibió el temblor inquieto de ella. Era la primera vez que ambos entraban en contacto; sin dudas Celebrían, a pesar del nerviosismo, estaba volando alto junto a las nubes. Elrond, aunque cómodo con la unión de sus manos, se lamentó por no poder devolverle el gozo como ella esperaba. La elfa sonrió coqueta viéndolo a los ojos, pero pronto alguien más acaparó su atención:

—¡Elrond! —clamó Lindir acercándose a él. Estaba molesto, demasiado molesto para tratarse solo de la discusión que mantenía con sus amigos—. ¿Podrías decirle a Narbeth que ir hacia el sur es una tontería? Hasta que no tomes partido en esta discusión seguirá diciendo estupideces. —bufó cruzándose de brazos.

Elrond asintió divertido y se disculpó con la elfa, luego la soltó para acudir a sus amigos. Celebrían rodó los ojos deseando que Lindir hubiera tenido que quedarse en Eregion. Desde que hubieran emprendido el viaje, el menor de los elfos se había asegurado de presenciar todas y cada una de las conversaciones entre ella y Elrond como si deseara mantenerla lejos del capitán de Lindon.

—Descuide, —dijo Lindir—, mi señor Elrond solucionará este problema en un momento. —aseveró con orgullo tendiéndole el brazo a la hija de Galadriel—. Venga, le ayudo a subir al caballo. —Ella no tuvo más remedio que sonreír y tomarse de él.

—¡A mí no me dirás cómo ingresar a mi casa! —reprendió Narbeth a Haemir.

—¡¿Tu casa?! ¡¿Tu casa?! —repitió el muchacho riendo irónico—. ¡Mira nada más, Elrond! ¡500 años fuera de Lindon y ya tenemos un Sindar entre nosotros! —exclamó señalando a Narbeth—. No sabía que se podía cambiar de raza como de calzón. ¿Sabes qué? A partir de ahora seré un Vanyar. ¡Todos presten atención! —voceó a los elfos detrás suyo—. ¡Soy un Vanyar, vengo de Aman! Tu casa... —chistó hastiado.

—Haemir, cálmate. —pidió Elrond—. Aunque es verdad, Narbeth... No podemos ir al sur.

—¿Por qué no? —Quiso saber el rubio.

—Una manada de huargos los atacó en la ida a Eregion. Los caminos al sur del bosque se están tornando oscuros y peligrosos.

—¿Y crees que no podremos con un pequeño grupo de bestias? Por favor... Estamos mejor armados que a la ida y somos más. —explicó mostrando sus dagas—. El mismísimo Celebrimbor forjó estas para mí antes de partir. Los silvanos cargan las suyas y los cuatro de Lindon estamos reunidos...

—No viajamos solos, Narbeth. Lady Celebrían y su doncella vienen con nosotros. Y es mi obligación llevar a la hija de Celeborn al Bosque Verde sana y salva. No me arriesgaré a cruzarme con otra manada o un grupo de orcos que le haga daño por mi negligencia. —expuso. Celebrían, escuchando todo desde su caballo, intentó disimular su sonrojo—. Iremos al norte. —resolvió Elrond.

—Tardaremos al menos dos días más en llegar por ahí. —puntualizó Narbeth—. Y... Morwenna... —Le recordó por lo bajo. Sus tres amigos estaban al tanto del contenido en la carta de la hija de Oropher.

Elrond cerró los ojos con expresión de dolor, como si al oír su nombre hubiera recibido un flechazo envenenado.

—Morwenna está a salvo en la fortaleza de Oropher. —reconoció, aunque con disgusto por no poder acudir a ella con la celeridad que merecía—. Celebrían está aquí, en las afueras, lejos de sus padres, bajo mi cuidado. Soy absolutamente responsable de su destino y no dejaré que nada malo le ocurra. Al norte, he dicho. —sentenció.

Largos días pasaron desde que Morwenna cayera del árbol lastimando severamente su tobillo. Extensas jornadas en cama le siguieron solo pudiendo ver la luz del sol a través del paisaje cortado que el balcón de su ventana le ofrecía. Solo podía descubrir cielo azul, gris o rosado y copas de árboles, todo lo demás quedaba por fuera de su rango de visión tras la pared del balcón y eso la abrumaba. Aunque no era tampoco que la hija de Oropher sintiera demasiado deseo por abrir los ojos, puesto que despertar significaba haber perdido el efecto anestésico del té que los silvanos preparaban para que su tobillo no doliera y hasta que la siguiente infusión le quitaba la molestia punzante pasaban al menos dos horas en las que su única distracción era el dibujo, por lo que su cama se hallaba repleta de figuras oscuras en papel, reflejando el disgusto y la incomodidad que la princesa sentía respecto de su estado.

Pero aquella mañana fue diferente... Aquel alba pálido le hizo creer que se hallaba dentro de un sueño, pues al tomar conciencia de su despertar... No sintió dolor alguno.

«Tal vez ya estoy muerta.» Dudó, pero al abrir los ojos, el techo de la habitación que le habrían proporcionado en Mandos era exactamente el mismo que en el bosque, por lo que resolvió que estaba en su hogar. «Entonces es un sueño.» Se dijo convencida.

Tanteó buscando las hojas desparramadas de sus dibujos, pero a su izquierda solo encontró la fina tela de las sábanas. Había rogado, no, ordenado a Elena que no tocara sus dibujos, por lo que ese solo era otro indicio de que lo que creía estar viviendo no era real. Y la imagen final que acabó por convencerla, fue el vuelo de la capa bordó que vio en su balcón, sobre los hombros fuertes y la espalda amplia del elfo de cabellos negros que había amado en Lindon. Elrond estaba allí, de cara al bosque, con sus cálidas manos apoyadas sobre la roca del barandal del balcón, sereno como en sus dibujos, brillante como la bóveda de estrellas que sus progenitores vieron en él al nacer y Morwenna no pudo más que echar una risa de locura cubriéndose los ojos.

—¡Irmo, déjame salir de esta pesadilla! —exclamó mientras Elrond caminaba hacia ella.

—Alteza, tranquila, está despierta. —mencionó él acudiendo a un lado de la cama y posando una mano sobre su frente para comprobar que no tuviera fiebre. Estaba seguro que los elfos no contraían enfermedades de esa forma y que las hierbas que había utilizado para curar su tobillo no darían ese síntoma, pero dudó por un momento que Morwenna pudiera ser alérgica a aquella planta y tal vez en lugar de curarla, la estuviera envenenando.

Morwenna se quitó las manos del rostro con susto al momento en que los dedos de Elrond hicieron contacto con su piel. Para ser un sueño, se sentía ridículamente real.

—Estoy alucinando. —susurró y el elfo negó—. ¡Estoy alucinando! —repitió angustiada—. No, vete, ¡Sal de mi vista! ¡Esfúmate! —ordenó dando manotazos en el aire. Algunos lograron dar en los brazos y el pecho de Elrond, pero este la contuvo rápidamente tomándola por los brazos y logrando que esta se sentara en la cama de un brinco.

—¡Basta! ¡Estoy aquí, soy real, Morwenna! ¡Recibí su carta! —enseñó él alzando la voz para que ella dejara de gritar y lo escuchara—. Recibí su misiva diciendo que estaba herida y yo... Lady Galadriel solicitó que trajera a su hija, Celebrían, al bosque, para reanudar el diálogo entre Celeborn y Oropher... Por el bienestar de Eregion. —mintió intentando mantener la verdadera razón oculta. Odiaba tener que hacerlo, pero estaba arrinconado entre esa mentira y confesar la verdad, pero, ¿Cómo? Cómo decirle que había visto el aterrador futuro que les esperaba si continuaban juntos.

—¿Q... Qué? —titubeó la princesa. ¿Lady Galadriel? ¿Celebrían? ¡¿Pero de qué hablaba ese elfo?! ¿¡Estaba allí por ella o porque el bosque le quedaba de paso?!

—Sí. Estaba en Eregion cuando se me encomendó esta tarea y luego recibí su carta. Sabiendo que usted estaba herida, no lo dudé... Acepté de inmediato. Tenía que venir. —confesó con voz quebrada.

El labio inferior de la elfa comenzó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas. Elrond contuvo el aire y su impulso por consolar su llanto inminente asegurando que en realidad estaba allí porque la amaba tanto que no había soportado oír que estaba herida, añadiendo que se sentía sumamente culpable por haber tardado tanto en arribar al bosque.

—¿Así que solo... Ha venido a curar mi tobillo? —inquirió con aflicción. Él asintió despacio tratando de convencer a ambos, incluso a él mismo—. ¿Solo eso?

—Alteza, yo... Sabía que podía ser de ayuda y no lo dudé... Quería que usted se recuperara pronto. —comentó pestañeando con simulada tranquilidad. Lo que en realidad habría querido decirle, lo guardó profundamente en su corazón y no lo dejó salir. Tampoco el hecho de que en ese momento solo quería abrazarla, pedir disculpas y jurar que nunca más se iría de su lado. Todo aquello que ambos esperaban decir u oír, se perdió tras la boca cerrada de Elrond y Morwenna no pudo soportarlo.

Quinientos años sufriendo en soledad fueron solo un rasguño en comparación a la herida abierta y profunda que Elrond había cortado en ella en un segundo con su presencia tan serena... Como si nada le importara, como si jamás se hubieran confesado su amor... Como si todo hubiera sido una fantasía psicótica de ella.

—¡Súelteme! —chilló cacheteando sus brazos para que la liberara—. ¡Salga de mi habitación! ¡Fuera!

—Alteza... —Intentó explicar Elrond inutilmente.

—¡Que salga! —ordenó Morwenna—. ¡Váyase!

—Ya oíste a la princesa, Elrond. —habló Thranduil con seriedad irrumpiendo en la habitación de su hermana—. No quiere verte.

—Yo... —vaciló el hijo de Eärendil, pero Thranduil negó dando un paso certero en el cuarto.

—Fuera. —ordenó severo.

Elrond echó una mirada penosa sobre Morwenna y al girarse a Thranduil, otra elfa rubia pasó por su lado.

—Regrese por la tarde. —susurró Liswen cerca suyo y corrió a abrazar a su cuñada—. Morwe... Tranquila pequeña. —dijo acariciando el cabello de la princesa—. Todo está bien...

Thranduil escoltó a Elrond fuera de la habitación y una vez en el pasillo, alejado del cuarto de la princesa, el heraldo se detuvo apoyando la espalda contra la pared y se dejó caer derrotado por el hartazgo.

—¡Elrond! —llamó Thranduil asustado y fue espectador del estallido en llanto del hijo de Eärendil.

—No puedo... No lo soporto. No puedo decirle porqué me alejé, pero no puedo seguir ocultándole que la amo. ¡No puedo hacerle esto, fingir que no me importa, que no me duele que sufra! Me está partiendo en mil pedazos, ¡No lo soporto más! —sollozó.

Thranduil se sentó junto a él y guardó silencio compungido. Liswen, en el cuarto de Morwenna hacía exactamente lo mismo sintiéndose igual que su esposo.