Al cabo de una hora, Elrond se secó la última lágrima con el puño de su ropa y cerró los ojos apoyando la cabeza contra la roca de la pared detrás suyo. Se sentía liberado por fin de medio milenio de angustia que había dejado salir a cuentagotas, pero el cuerpo le dolía como si hubiera llegado recientemente de la guerra. A su vez, sintió que si no abría los ojos pronto, se quedaría dormido tal y como estaba, sentado en un pasillo del reino de Oropher; la respiración pacífica de Thranduil a su lado tampoco estaba ayudando, parecía como si hubiera sucumbido al sueño pero estaba despierto, inmóvil y callado.
—Siento mucho mi severidad y el trato distante hace un rato, pero... ¿Comprendes lo que acabas de hacer, cierto? —preguntó el hijo de Oropher en un susurro. Elrond asintió apenas—. Sé que eres sumamente listo y también sé que amas a mi hermana casi tanto como su familia lo hace, por lo que debes haber meditado demasiado este asunto antes de lanzarte al bosque. ¿Tienes una excusa convincente? ¿O le diremos la verdad? Es una confesión cruda y que paralizará su vida por completo... Si se lo decimos, vivirá con miedo, pero si no se lo decimos... Vivirá con pena. No sé qué es peor.
—Ambas cosas podrían matarla. —respondió Elrond con un hilo de voz—. Tuve miedo de salir de Lindon cuando Gil-Galad me envió a Eregion. Temí encontrarme con una noticia horrible... Y te seré sincero, hubo un tiempo en que creí que yo mismo moriría de pena. Pero aquí estoy... Sin saber exactamente qué será peor, decirle o seguir callando. Y además, ahora ni siquiera sé si quiere verme. Tal vez sería mejor que me fuera, pero ¿Sabes qué es lo más terrible? —acotó volteándose a Thranduil riendo de su desgracia—. No me puedo ir... No hasta que Lady Celebrían lo ordene. Y si a esa muchacha se le ocurre pasar meses aquí, estaré atado a este bosque y a la posibilidad de que a Morwenna le hagan daño.
—Te aseguro que mi hermana quiere verte. —Lo tranquilizó Thranduil—. Pero yo estaba fuera de la habitación cuando despertó y escuché todo... Fue bastante estúpido de tu parte que tu primera intervención luego de años la uses para decirle que habías llegado aquí por traer a la hija de Galadriel.
—Es la verdad. —soltó Elrond con desgano.
—Repítelo hasta que te lo creas. —enfatizó el rubio y se dignó a mirarlo a los ojos alzando sus pobladas cejas en expresión incrédula. Elrond se permitió sonreír por primera vez en su estadía en el bosque—. No sé cómo lo lograste, pero el cuento de que ella esté aquí porque Celeborn la envió a abrir el diálogo con mi padre... Es absolutamente increíble. Tú no estuviste en Harlindon cuando ambos casi provocan una cuarta matanza de elfos contra elfos. Se odian, lo único que podrían abrir sería una fosa por la que lanzar el cadáver del otro luego de un duelo a muerte.
—Bien, una carta de Morwenna llegó cuando estaba en Eregion, ella sabía que estaba allí... La misiva decía que estaba herida y no lo pude evitar. Me debatí por largas horas si venir sería contraproducente, pero no hacerlo me parecía aun más cruel. Se lo comenté a Lady Celebrían y ella tuvo esta idea; persuadió muy bien a su madre para obtener el permiso.
—Entonces no necesitaba venir, pero lo hizo para ayudarte... —reconoció Thranduil y Elrond asintió—. Mírate nada más, con esa postura inocente y esa expresión seria e imperturbable con mentón hundido que no dice nada más que: «Soy un elfito confiable.»
—Mentón hundido... —repitió el hijo de Eärendil con gracia—. Me has observado mucho. —evidenció con una sonrisa burlona. Thranduil no se dio por aludido, aunque se alegró al ver que al menos estaba logrando levantarle el ánimo.
—Quién hubiera dicho que un elfo que aparenta ser tan inocente, sería uno que lograra torcer la voluntad de los demás para su conveniencia. Con Lady Celebrían nada más, ni nada menos... —prosiguió ignorando el comentario de Elrond—. ¿Tendré que decirle a mi hermana que tiene competencia acaso?
El heraldo frunció el ceño ofendido.
—No seas ridículo, Morwenna es la única criatura que me importa.
—Pues no creo que a la hija de Celeborn le guste escuchar eso, se pasó toda la mañana preguntando dónde estabas.
Elrond se llevó la mano a la frente y se frotó la sien tomando una bocanada de aire. Celebrían era el menor de sus problemas, pero era uno más.
Morwenna, por su parte, continuando con el reposo en su habitación, ignoraba completamente la curiosidad creciente de la hija de Galadriel por Elrond. De momento sus preocupaciones eran mucho más grandes, un tobillo roto y un corazón destrozado... Si se le hubiera permitido curar solo uno de los dos males, fantaseó, sin dudas hubiera preferido quedar coja o inválida para toda la vida. Estaba otra vez detenida en el tiempo cuando la voz de su cuñada la quitó de sus pensamientos.
—Sí, por favor. Déjenlo ahí, yo me ocupo. —ordenó a las silvanas que habían irrumpido en el cuarto con el desayuno y las hierbas medicinales para la princesa.
Morwenna levantó la vista y observó a las elfas aun un poco lejos de su conciencia. Una de ellas hizo contacto visual con la princesa y vio sus ojos rojos e hinchados por tanto llanto.
—Le está doliendo demasiado hoy. —mintió Liswen para justificar su estado—. Así que, gracias, pero yo me encargaré de darle el té. Es todo. —aseguró. Las elfas reverenciaron a las princesas y se retiraron.
—Gracias. —dijo Morwenna con voz tan baja, que Liswen adivinó la palabra leyendo sus labios.
—No es incumbencia de ellas. —aclaró acomodando el cabello de la hija de Oropher detrás de su oreja. Cuando esta estiró el brazo para tomar su taza, Liswen la detuvo—. No bebas eso, solo te inducirá al sueño. Es un anestésico que te estuvieron dando para que no sientas dolor, pero solo te pone a dormir.
—Es lo que quiero. —confesó la Sindar. Liswen negó.
—Continuarás despertando en la misma realidad, por mucho que quieras evadirte de ella. —expuso su cuñada. Morwenna tragó saliva disgustada; mal que le pesara, la esposa de Thranduil tenía razón.
—¿Y qué sugieres? —inquirió.
—Que la enfrentes. —aconsejó—. El señor Elrond volverá esta tarde y si no lo quieres ver, estás en todo derecho de rechazarlo, pero en la mañana de mañana tendrás que verlo, quieras o no, porque él es quien te está aplicando la medicina que está funcionando. —explicó—. Llegaron a las puertas del reino cuando aun era de noche. Toda la comitiva de Lady Celebrían, incluso Narbeth y nuestros dos soldados silvanos, se retiraron a descansar. Pero Elrond no... Él solicitó el permiso de su majestad para venir a curarte. Cuando tu padre expuso que estabas descansando bajo el efecto de unas hierbas poderosas y que no despertarías hasta el alba, el pidió hacer su trabajo de todas formas. Sin vacilaciones vino aquí y comenzó a curarte en presencia de Thranduil.
—No procuró descansar primero porque está aquí de paso... Vino a escoltar a la hija de Lady Galadriel y en cuanto su reunión con mi padre tenga fin, regresará por donde vino. Él me lo dijo, —interrumpió la princesa—, se le encomendó esta tarea y recibió mi carta. Vino a curarme porque aprovechó la ocasión, no porque quisiera verme. —finalizó dando pequeños gemidos de angustia.
—Morwe... Estabas convencida de su amor, y de que te estaba ocultando información. Tú misma me confiaste esa carta que le enviamos a escondidas de mi esposo y tu padre. No puedes dudar de él...
—A las pruebas me remito. —sentenció con dolor.
—No lo dejaste terminar de hablar. Tal vez... Si viene esta tarde y los dos platican en paz, puedas comprender mejor. —sugirió Liswen—. Quizás hasta te diga la razón por la que fue tan severo en Lindon, pero si no lo dejas hablar, será más de lo mismo que has vivido tortuosamente por quinuentos años. Él se irá y tu te quedarás desolada y sin respuestas. Por favor, Morwe... Acepta verlo esta tarde.
La princesa fijó la vista en el cielo pálido de su ventanal. Llovería más tarde y cuando eso pasaba, su tobillo dolía mil veces más. Se dijo que sería mejor plan recibir a Elrond, a pesar de que tal vez su segunda visita fuera tan caótica como la primera, que continuar su suplicio angustiada, enfadada y dolorida en soledad.
—Bien. —expresó para alegría de su cuñada—. Dile que pase en la tarde.
—¿Celebramos con tarta de miel? —preguntó la elfa sosteniendo el plato del desayuno que las silvanas habían traído—. Tienes que comer para tener fuerzas en caso que quieras darle un puñetazo tal y como te enseñé... Porque solo tienes una pierna hábil para la patada en la entrepierna y no queremos arruinarla. Ya suficiente tuvimos con un tobillo. —explicó. Morwenna sonrió de lado por compromiso, no estaba de humor para bromas, pero aceptaría los comentarios de Liswen; no era malintencionada.
Mientras desayunaban, vio a su hermano caminar hacia su esposa y posarle un beso en el cabello. Podría haber envidiado a cualquier pareja en su cercanía, y de hecho lo hacía, puesto que ella ansiaba lo mismo con Elrond, pero no podía tener sentimientos negativos hacia el matrimonio de su hermano. Por primera vez desde que tuviera memoria, Thranduil se veía pleno, a pesar de solo haber dormido por dos noches en toda su estadía en el bosque, y eso la hacía feliz. Además, Liswen era adorable, era de aquellas elfas que Morwenna odiaba no poder detestar y reía ante la paradoja.
—¿Cómo se encuentran mis princesas? —preguntó sentándose detrás de Liswen y rodeando su cintura.
—Dile a Elrond que lo recibiré cuando quiera venir. —anunció Morwenna y sorbió de su té con disgusto. Esa hierba de los silvanos era amarga y asquerosa.
—¡Oh no, Morwe! ¡No bebas eso! —exclamó Liswen mientras Thranduil intentaba acotar—. Traeré más té... Del común. —resolvió y se levantó a tomar la bandeja. Thranduil la observó irse y volvió la vista a su hermano.
—Algún día entenderá que tenemos personal para esas tareas. —indicó. Morwenna negó.
—Te casaste con ella, comparten el lecho y la vida y aun no la conoces. —mencionó arqueando una ceja—. Si dice que ella lo hará, entonces ella lo hará.
—Bien... —Thranduil sonrió y se propuso retomar la conversación truncada—. Sobre Elrond...
—¡No me digas que ahora es él el que no quiere verme! —exclamó disgustada.
—¡No, no! —Se alarmó su hermano—. Es solo que... Vendrá, pero decidió descansar por un par de horas.
—Bien, ahora quiere descansar. —Se quejó Morwenna, cruzándose de brazos. Era un crisol de sensaciones ese día.
—Está destrozado, Morwe. —explicó el rubio.
—¡Oh, bien! ¡Ahora está destrozado! —comentó irónica apartando la vista—. ¿Qué hay de mí? Quinientos años destrozada y ahora debo esperar que el señor se digne a tomar una siesta antes de venir. —expresó asombrándose de que aun le quedaran lágrimas por expulsar. Thranduil se llevó la palma abierta al rostro y deslizó su mano hacia el cabello, estaba harto.
—Solo... Descansará un momento porque tuvo un llanto ininterrumpido por una hora luego de abandonar tu habitación, y tal vez porque viajó desde Eregion preocupado porque mencionaste que estabas herida en una carta de la cual no supe hasta recién. Morwenna, dale un respiro, que te haya rechazado en Lindon tiene una razón y estoy seguro que intentará aclarártelo, pero déjalo dormir por unas horas porque... —Thranduil intentó continuar con la explicación pero su hermana lo detuvo.
—Y lo que yo siento no vale, claro. —espetó.
—¡Estuvo a punto de morir! —gritó el Sindar. Morwenna sintió que el aire se le escapaba de los pulmones y balbuceó sin que palabras u oxígeno circularan por su boca. Podía quejarse por innumerables razones y continuar con su enfado y angustia hasta el último día en la tierra... Pero no podía siquiera concebir la idea de vivir en un mundo que Elrond no habitara.
—¿Có... Cómo? —Llegó a articular. Thranduil dio un respiro profundo y prosiguió.
—Él te lo dirá todo... —aseguró—. Pero estuvo a punto de morir de pena luego de echarte de Lindon; él mismo lo dijo y ambos sabemos que sé cuando alguien dice la verdad. —finalizó.
Morwenna se llevó una mano a los labios e inspiró con fuerza, procesando la información que acababa de recibir. No era ella la única que había sufrido por tanto tiempo y eso reforzaba su teoría de que Elrond le ocultaba algo grave.
Pero eso no era lo único grave. En la parcela sur del bosque, Lindir caminaba apresurado y furioso hacia la entrada del reino, se topó con Narbeth y dos guardias silvanos que cambiaban de turno para custodiar la puerta del reino.
—¡¿Dónde lo tienes?! —inquirió temblando por los nervios. Narbeth entrecerró los ojos con confusión.
—¿Qué? ¿A quién?
—¡Ninquë! —exclamó el muchacho. Narbeth pestañeó incrédulo—. ¡Estaba en su transportadora cuando me eché a dormir y al despertar ya no estaba! ¡Sé que discutimos sobre el cruce del río y te llamé estúpido, pero no tenías que vengarte de esta forma!
—¡¿Crees que haría algo así?! ¡¿Que escondería a tu gato para que sufras?! ¡Lindir! —reprendió ofendido—. ¡No seas idiota, tal vez se asustó y huyó! ¡Este es un lugar nuevo para él! ¡Haemir lo dejó encerrado en su habitación por semanas hasta que se acostumbró a Eregion! —aclaró.
—¡No puede haber huido! ¡Le di de comer y luego cerré la transportadora! ¡La trabé bien, estoy seguro! ¡Además... Su manta no está! —expuso furioso—. ¡Alguien tomó a Ninquë y lo quiero de vuelta! ¡No está acostumbrado a estar solo, si se pierde en este bosque no lo veré de nuevo! Y yo... Yo... —repitió tragándose la angustia.
Uno de los silvanos se rió por lo bajo, pero Lindir advirtió su burla.
—¡¿Cuál es la gracia?!
—¿Quién querría secuestrar un tonto gato? —expuso con risa.
—¡Buscarán a ese gato y hasta que aparezca, nadie será relevado de sus tareas! Es completamente blanco y responde al nombre de Ninquë. ¡No se dignen a regresar sin él! —ordenó una voz grave y poderosa a sus espaldas. Los silvanos reverenciaron temerosos al elfo del mandato y comenzaron la búsqueda.
Thranduil posó su mano sobre el hombro de Lindir y le pidió que lo acompañara.
—Ven, les diremos a los demás guardias. ¿Ya buscaste en toda la fortaleza? —Lindir negó. No conocía el lugar por lo que solo había buscado en las instalaciones que recientemente había recorrido—. Enviaremos guardias al bosque y a las habitaciones; aparecerá, estoy seguro.
—Gracias, alteza. —El muchacho arqueó su espalda en reverencia al príncipe, pero Thranduil lo detuvo.
—Nada de alteza. Compartimos comida y vino en los bosques de Gil-Galad siendo yo un desconocido. Me hicieron sentir como en mi propia casa, no olvido ese gran gesto. —Le recordó el sindar con una sonrisa.
Elrond despertó sobresaltado. Unos minutos antes había logrado dormirse por lo que despertó del sueño más pesado y al abrir los ojos no recordaba dónde estaba. El golpe en su puerta sonó con más fuerza y el hijo de Eärendil, aun mareado por el cansancio, tomó la cuchilla con la que dormía a un lado de la cama y se puso de pie y en guardia.
—¡¿Quién?! —preguntó con voz ronca mientras recordaba que estaba en el bosque de Oropher.
—¡Tenemos órdenes de su alteza, el príncipe Thranduil, de registrar su habitación! —anunció alguien al otro lado de la puerta. Aunque Elrond no comprendió del todo lo que ocurría, los dejó pasar.
Dos silvanos ingresaron y buscaron a Ninquë debajo de su cama, en los baúles y hasta entre las ropas que se había quitado para dormir. Le explicaron que el gato de Lindir estaba perdido, y luego de no encontrar pistas de él en su cuarto, pidieron disculpas y se retiraron a la habitación siguiente.
Mientras arreglaba el desorden que habían causado, Elrond se envolvió en una túnica azul que los elfos del reino le habían prestado y pronto fue arrancado de su letargo por los gritos de Morwenna.
—¡No! ¡Deténganse! —Chilló la hija de Oropher—. ¡Basta! ¡Elena, consigue ayuda!
Elrond no lo dudó y tomando su espada, corrió hacia la habitación de Morwenna. Ingresó dando un portazo con el filo en alto. Uno de los guardias, al verlo armado y listo para la lucha, creyó que el elfo planeaba atacar a la princesa y lo enfrentó, chocando ambas espadas.
El hijo de Eärendil comenzó a luchar para defenderse de los ataques del silvano y pronto, el segundo guardia también fue tras él. Dando un salto hacia el costado, Elrond esquivó la primera estocada, mientras intentaba desarmar al otro guardia.
Mientras esto ocurría, Morwenna daba órdenes a los gritos, pero nadie la escuchaba. Harta de la contienda librada en su habitación, que en cuestión de segundos se había cobrado la vida útil de varios utensilios en su escritorio, la princesa se deslizó como pudo hasta los pies de su cama. A pesar de tener el tobillo vendado, bajó el pie al suelo y pisó firme. Intentando dar un paso, el dolor le hizo doblar la rodilla y cayó de bruces.
—¡Morwenna! —exclamó Elrond viendo entre el desorden de espadas y golpes cómo su amada se arrastraba hacia un baúl. Los guardias no le daban tregua y no podía socorrerla sin arriesgarse a salir lastimado.
Con dificultad, la princesa abrió el baúl y tomó el arco y las flechas que escondía allí y que habían sido la razón por la que había gritado en primer lugar. Buscando a Ninquë, los guardias habían querido abrir aquel cajón, y Morwenna supo que encontrarían las armas que se suponía ella no tuviese. Pero todo ese temor a mostrar el arco había quedado en el pasado, ahora Elrond estaba en problemas y ella podía ayudar.
Si bien tendría que dar explicaciones luego, la princesa tensó el arco desde el piso y no le importó disparar contra el primer guardia, clavando su capa contra una columna de madera y haciéndolo trastabillar. Elrond, libre de un atacante, rápidamente desarmó al otro y lo apuntó con su propia espada.
—¡He dicho...! —exclamó Morwenna respirando agitada—. ¡Que se detengan! —ordenó con un gruñido final—. ¡No ha venido a hacerme daño!
Al oir ruido en la puerta, Elrond extendió el filo de la otra espada hacia la entrada. Elena y Narbeth aparecieron allí, ya que la doncella había llamado al único que sabía sería de ayuda con los guardias, su propio esposo. Al verlos, Elrond bajó el arma y la enfundó. Morwenna respiró exhausta y dolorida.
—Váyanse de mi habitación. Déjenme sola con Elrond.
—Pero alteza... Está armado. —señaló el elfo que seguía amurado a la columna.
—¡Cállese y ayude a su alteza a levantarse! —dijo Narbeth desclavando la flecha de la madera. Ambos elfos corrieron a socorrer a Morwenna.
—La princesa estaba gritando, creí que estaba en peligro. —explicó Elrond dejando las espadas sobre una mesa.
—No hay nada que me tengas que decir a mí. —Le recordó Narbeth—. Es a su alteza real, Morwenna, hija de Oropher, a la que le debes una disculpa. —señaló.
—Déjennos solos. —pidió la rubia acomodando su cabello luego de que los elfos la sentaran en la cama y la taparan disculpándose múltiples veces.
—Pero alteza, sabe que no puede permanecer sola con un... —intentó explicar Elena, pero Morwenna levantó su mano indicándole guardar silencio. Mientras los elfos se retiraban, la princesa habló firme:
—Tú nunca abandonaste la habitación. —Le aseguró. La doncella comprendió el plan y asintió—. Narbeth... —llamó y el elfo la reverenció—. Convéncelos; nada de esto ocurrió. —finalizó.
La pareja se retiró y Morwenna echó una mirada de reojo sobre Elrond, de pie en la lejanía de la puerta con sus manos entrelazadas y expresión lastimera.
—Lo siento, alteza. —susurró él. Ella negó.
—No. Gracias por socorrerme. —Dejó salir apartando la vista de él—. Aunque lamento que todo su trabajo se haya echado a perder por un malentendido. —agregó haciendo referencia a su pie. Le dolía tanto como para ponerla a llorar pero no quería demostrarlo.
Elrond se acercó despacio.
—¿Puedo? —preguntó señalando la manta que le cubría el pie. Ella asintió observándolo en silencio, su semblante entre exhausto y preocupado le rompió un poco más el corazón. No sabía qué era peor, si haberlo creído un desalmado o comprobar que él sufría tanto como ella. Elrond destapó apenas su pie y sin tocarla le observó el tobillo—. Volvió al dolor constante, ¿Verdad? —indagó.
—Duele como el mismo día en que Thranduil devolvió el hueso a su lugar. Es decir, como si me estuvieran arrancando el pie de a poco y con saña. —reconoció. No tenía sentido mentir.
—¡Lo siento tanto, alteza! Esto es mi culpa. —Se lamentó Elrond y corrió a la cómoda de la princesa, donde aun estaban las hierbas que había usado para curarla.
—No duele tanto como su rechazo, posterior ausencia y silencio por quinientos años. —soltó ella, logrando que el hijo de Eärendil volteara con un semblante de dolor como si lo hubieran atravesado con una espada, partiéndolo a la mitad.
—De... Dejem... —habló entrecortado—. Déjeme curarla. —solicitó con pena.
—Solo si me dirá la verdad. —sentenció ella—. ¿Es cierto que estuvo a punto de morir de pena luego de echarme? —El elfo suspiró y bajó la vista pero no dijo nada. Morwenna no se quedó callada—. Elrond... ¿De qué me estás cuidando? —indagó informal sin quitarle la vista de encima. Quería leer cada expresión o movimiento que le pudiera aportar pistas y tener un trato cercano con él sería necesario para establecer confianza.
Él, que ya había comenzado a quitar la venda del tobillo de la princesa, levantó la vista y respondió escueto:
—De mí.
Morwenna aguardó un breve momento por una explicación elaborada, pero al ver que Elrond parecía muy concentrado en su tarea y no pensaba seguir la plática, resolvió que le sacaría la información así tuviera que hacerlo a cuentagotas.
—¿Por qué serías peligroso? Y no te atrevas a decir que no sientes lo mismo, ya lo dije en la carta, no te creo.
—Elaran tiene razón, alteza. Estoy maldito y solo causo desgracias en las vidas de las criaturas que amo. Usted está mejor sin mí. —expuso mientras revisaba su tobillo inflamado.
—Le diste a las palabras de Elaran la importancia que en realidad deberías darle a las mías.
—Es su esposo... No lo era en ese entonces, pero ahora lo es y todo lo que diga es importante. —evidenció. Sus palabras sonaron duras a pesar de su dolor, pero Morwenna no lo percibió, pues su confusión al oír aquellas palabras desviaron completamente su atención.
—¡¿Mi qué?! —interpeló incrédula. Se dijo que había oído mal, o quizás era el sorbo de té del desayuno que la había hecho alucinar. Elrond levantó la vista sorprendido ante el tono alarmante de la elfa.
—Su... Esposo. En Eregion, Lady Galadriel contó que no habían podido venir a la boda, pero que le habían comentado que la princesa, o sea usted, se veía preciosa. —Morwenna sonrió comprendiendo el malentendido. Quiso aclararlo, pero Elrond continuó hablando—. Está bien que se casara, digo... Permítame la opinión, alteza, no es exactamente el elfo que hubiera esperado la acompañara por toda la eternidad, pero ¿Qué podía hacer? Solo espero que esto haya sido su decisión y no que su padre la obligara, porque Elaran demostró ser quizás el peor de sus pretendientes. Espero la cuide y la respete...
—Elaran siguió cortejándome, es verdad. Algunos objetos que rompieron en la lucha fueron obsequios suyos. Pero no es mi esposo, y no fue mi boda. —mostró con una risita tímida—. Es mi hermano el que se casó, por ende ella era la princesa que se veía preciosa, no yo.
Elrond hizo un alto a sus actividades y la observó detenidamente. Morwenna leyó el alivio en su mirada y se atrevió a decir:
—¿De verdad crees que sería capaz de unirme a otro elfo?
—Sería prudente. Ya se lo dije, yo solo traigo desgracia a la vida de quien amo. —contestó el heraldo.
—Pues, prefiero una vida llena de desgracias, que enlazarme a otro o pasar un segundo más sin ti a mi lado. —declaró. Elrond bajó la vista automáticamente, siquiera podía enfrentar sus ojos sin derrumbarse.
—Con todo respeto, no sabe de lo que habla, alteza. —Decidió decir.
—Lo sé perfectamente. —atestiguó ella tensa. Elrond se irguió y bufó molesto.
—¡¿Está dispuesta a partir su cuerpo y su alma en pedazos por mí?! —propuso en un tono de voz tenebroso.
—¡¿Más?! No subestimes el poder de los Sindar, Eärendilion. Cuando parece que ya no tenemos más trazos de alma para quebrar y entregar, podemos hacer granos de arena de nuestro corazón y otorgarlos. —Ella, sin embargo, subió la apuesta.
—Más. Hasta que ya no quede nada. —espetó severo.
—Me arriesgaré a consumirme en las entrañas de un volcán por este amor.
Elrond negó cansado. Se paró a un lado de la cama de Morwenna y pasó el dedo índice por un mechón de su dorado cabello.
—He visto algo mucho peor. Lanzarte a lava ardiente sería piadoso de parte del destino en comparación a mi visión... Lo que te espera conmigo no lo quieres, ni siquiera te gustaría soñarlo y es por eso que no lo diré. Pero, Morwenna, compréndeme, te estoy protegiendo de lo terrible de enlazarte conmigo. —expresó hincando la rodilla en el suelo para quedar casi a la altura de la princesa. Ella advirtió el cambio de trato y sonrió compasiva.
—Lo sabía... Estaba segura de que me ocultabas algo. Pero... ¿Arriesgaremos perder este amor por una visión? ¿Lo que has visto no puede evitarse? Podemos tomar precauciones, —evidenció tomando el rostro del elfo en sus manos—, intentar burlar el destino.
—Morwenna... No sería capaz de siquiera intentar exponerte al peligro.
—¿Y qué haremos entonces? ¿Permanecer por siempre separados? ¿Moriremos de pena? Elrond, sobreviví a estos años porque soy fuerte, pero no lo suficiente. No sé si seré capaz de verte partir esta vez y continuar viviendo. Y mírate, te ves exhausto, aturdido... Incapaz de ser feliz.
El elfo tomó la mano de la princesa y besó sus nudillos. Había fantaseado con el roce de su piel por mucho tiempo y ahora que lo tenía, quería mantenerlo todo lo que pudiera, pues sabía que debían volver a separarse.
—Estaré bien mientras sepa que estás a salvo. Tal vez nunca encuentre la felicidad total, pero estaré en paz. Morwenna, sabía que desataría este desastre si reaparecía en tu vida, pero... —aclaró poniéndose de pie—. No iba a dejarte, no sabiendo que estabas en problemas. Ahora déjame ocuparme de tu herida. Déjame seguir cuidándote.
—Entonces realmente viniste por mí. —deslizó ella con media sonrisa tierna—. No porque Lady Galadriel lo quisiera.
—Espero no te ofenda la otra razón por la que estoy aquí... —dijo él preparando las hierbas.
—¿Lady Celebrían? —preguntó.
—No. El libro de mi hermano... Al parecer está perdido en algún rincón de este bosque. —Elrond giró hacia ella mientras mezclaba la medicina en un cuenco. Comenzó a explicar lo que ocurría desde que la carta de Elros llegara, hasta que Lindir descubriera dónde estaba—. Y eso... Me ha llevado a la reciente conclusión de que le debo un favor, a pesar de que aun no he tenido tiempo de preguntar por el libro. —evidenció y se sorprendió de su descubrimiento. Ya había terminado de vendarla cuando dio cuenta del paso del tiempo—. Ninquë también está perdido... Lindir debe estar desesperado. Oh, Ninquë es su gato. —aclaró.
—Lo sé, es lo que los guardias estaban buscando cuando llegaste. —mencionó ella—. Pobrecillo, ha de estar aterrado. Ve con él, yo estaré bien. —propuso.
—¿De verdad? —Morwenna asintió amable—. Bien, pero regresaré más tarde. Por cierto... ¿Por qué estabas gritando cuando los guardias ingresaron?
—¡El arco! —recordó ella de golpe—. ¡Nadie sabe que estoy tomando clases! ¡Hay que esconder el arco y las flechas! ¡Espero que Narbeth haya logrado sobornar a los guardias! Porque si hablan... ¡Soy elfa muerta! —gritó asustada. Elrond tomó el carcaj y el arco en sus manos para esconderlo, pero...
Oropher ingresó en la habitación con un semblante tan serio que podría haber oscurecido el día por aterrorizar al sol.
—¡Morwenna! ¡¿Qué es eso de que atacaste a flechazos mis guard...?! —exclamó severo y se sobresaltó al ver al hijo de Eärendil en solitario con la princesa y las armas en las manos—. ¡¿Qué hace él aquí solo contigo?! ¡¿Dónde está Elena?!
Elrond y Morwenna se miraron con terror.
—¿Qué pregunta quieres que conteste primero? —interrogó con una sonrisa forzada.
