—¿Por qué siempre que mis hijos hacen las cosas mal usted tiene algo que ver? —Oropher investigó si la madera de fabricación del arco de Morwenna acaso pertenecía al bosque donde se hallaban y mientras lo hacía, interrogó a Elrond, ya fuera de la habitación de la princesa, de pie en el centro del salón del trono.

—Su alteza... —Intentó explicar el heraldo, pero Oropher le devolvió otra pregunta.

—¡¿Quién le dio el arco y las flechas?!

—No lo sé, majestad. —contestó automático.

—¡¿Por qué la dejó disparar?! —inquirió Oropher.

—No la vi, majestad. —Elrond volvió a contestar robótico.

—No tiene idea de cómo sostener una espada, ¡¿Y ponen a su disposición un arco y flechas?! ¡¿Es usted consciente de que pudo matar a uno de mis guardias?! O incluso a usted. —reveló desplomándose en el trono.

—Tengo la teoría de que la princesa sabía exactamente a lo que le estaba apuntando, majestad. —Se atrevió a decir Elrond y vio como a Oropher se le transformaba la cara en expresión de sorpresa—. Su propósito fue detener a los guardias para que ni ellos, ni yo, saliéramos heridos. Y además... —añadió con una breve pausa, mientras indagaba si era prudente o no mencionarlo—. Lo hizo para que los silvanos acataran sus órdenes. Se estaba desgañitando mientras los guardias seguían atacándome. No pretendo criticar su reinado, majestad, pero al parecer los silvanos solo acatan las órdenes a la primera si la voz que manda es masculina. Morwenna es una princesa, y tiene tanto poder como su hijo, sin embargo, los guardias solo prestan debida atención a Thranduil, no por ser el sucesor al trono, sino por ser un... Elfo. —finalizó.

—Mis guardias continuaban atacando porque usted llegó a la habitación de mi hija con su espada en alto.

—También. Eso si es mi culpa, y he de pedir perdón por mi imprudencia, pero eso no quita que sus guardias ignoren la voz de mando de su alteza solo por no tener un... —Elrond se detuvo casi mordiéndose la lengua para no terminar la oración—. Usted sabe. —El monarca levantó el mentón y sus ojos se entrecerraron.

—¿Cómo sabe usted que mi hija no tiene un...? —Dejó implícito. Elrond sintió que un grito se le anudaba en el pecho.

—¿Có... Cómo sé yo que...? Que su... Que su hija no... —balbuceó nervioso. Oropher lo observó inexpresivo. Por dentro, se estaba descostillando de risa—. Bueno, pues... Eso no lo sé, pero imagino que no... Tiene. —finalizó nervioso.

—Eso me lleva a la siguiente acusación. Usted no tiene permitido estar en la habitación de Morwenna sin nadie más presente.

—Estaba... Estaba curándola, majestad.

—Recuerdo haber autorizado eso en la madrugada, pero solo sabiendo que Thranduil estaría vigilando.

«Vigilando. ¿Vigilando qué?» pensó Elrond con ofensa. Si había un elfo con el que ella estaría segura, sería él. «Bueno... Siempre y cuando no se convierta en mi esposa.» Razonó después, recordando su horrenda visión.

—No volverá a ocurrir, majestad. —aseguró con una reverencia. En realidad quería defender a la princesa, discutir sobre su falsa libertad o el excesivo cuidado que Oropher ponía en temas banales como su virginidad, la cual evidentemente protegía tanto, descuidando puntos verdaderamente importantes como su instrucción en armas, pero al mismo tiempo no quería ganarse su desprecio tan temprano, o su estadía en el bosque sería un suplicio.

—En efecto, no ocurrirá otra vez. Su arco fue confiscado y usted no se inmiscuirá de nuevo en sus asuntos, por alarmantes que parezcan. Se lo dije una vez en Lindon y lo repetiré solo una vez más bajo mis dominios, hijo de Eärendil, no lo he autorizado a defender el honor de mi hija. No tiene nada que hacer cerca de Morwenna, más que inclinarse en respeto de la princesa del Gran Bosque Verde. ¿Ha comprendido?

—Sí, majestad.

—Puede retirarse. —finalizó.

Mientras Elrond se alejaba, Oropher volvió a sentir lo mismo que aquella vez abandonando Lindon. Se sintió un desgraciado por truncar la historia de amor entre el heraldo y su hija, pero al mismo tiempo comenzaba a notar que cada vez que él estaba cerca, todo tendía al caos y resolvió que lo mejor sería que Morwenna se mantuviera lo más lejos posible del hijo de Eärendil. Al parecer, el heraldo no era el único que presentía la desgracia y el desorden envolviendo su existencia.

Oropher volvió a echar una mirada sobre el arco de su hija recordando las palabras de Elrond... Morwenna sabía a lo que le estaba tirando... Pero, ¿Quién osaría pasar por encima de sus órdenes enseñándole arquería en secreto? Todos los elfos respondían a su monarca, si Morwenna hubiera acudido a solicitar clases, cualquiera se lo hubiera informado para pedir su permiso... Cualquiera, menos Liswen.

—¡Varnion! —llamó de golpe. El elfo corrió a las escalinatas del rey—. ¡Trae a Liswen aquí!

Los silvanos buscaban bajo el agua cualquier rastro que diera indicio del paradero del gato de Lindir. Ninquë llevaba varias horas lejos de la compañía placentera de su dueño y Lindir comenzaba a desesperarse, sobretodo por las fuertes lluvias que azotaban el atardecer del bosque; lo imaginaba refugiándose en un tronco seco, empapado y temblando de frío y miedo. Aun así mantenía su nombre en los labios, llamándolo con los chistidos que el felino siempre respondía con un maullido tierno.

—Tal vez con esto lo atraigas. —mencionó Thranduil llegando a la bodega con un plato de pescado asado en la mano.

—Oh, gracias. Creí que eran vegetarianos como nosotros. —Lindir tomó el plato y continuó buscando entre las reservas del rey.

—Veganos. —aclaró Thranduil—. Pero lo hicimos especialmente para él. Tuve que sobornar a un guardia para que quisiera pescarlo, y a otro para que lo asara... Todo un escándalo. —recordó.

—También lo era cuando le cocinaba en Lindon. Tenía que hacerlo yo porque nadie se atrevía y bastante disgusto me causaba el convertir a los inocentes peces en alimento para mi gato, por eso intentaba alimentarlo con manzana y queso, pero no había forma de hacerlo vegetariano del todo. Ha de haber sido de un hombre o un enano antes... Come variado, pero no deja la carne. —comentó. El príncipe del bosque sonrió de lado. Jamás había visto un gato vegano, pero si Lindir creía que existían, entonces estaba bien.

Elrond regresaba a su habitación con los párpados casi cayéndose. Estaba agotando lo último de las fuerzas que le quedaban; llevaba muchos días sin dormir y demasiados disgustos acumulados, por lo que necesitaba al menos unas horas de sueño para recuperarse. Mientras caminaba sintió la voz de Celebrían como un eco a sus espaldas. Por segunda vez en su vida, se preguntó si así se sentirían los hombres al marearse.

Se giró hacia ella y tuvo que parpadear varias veces para comprobar que lo que estaba viendo no era un espejismo de su cansancio. La hija de Galadriel sostenía en sus manos al gato de Lindir. Ninquë parecía tranquilo y dormitaba envuelto en su manta, con la cabeza apoyada sobre el cuello de la elfa.

—Hasta que me cruzo con usted. —saludó Celebrían yendo al encuentro del heraldo—. Es un reino vasto, pero no tanto como para no verlo en todo el día.

—¿Qué... Hace con... Eso? —Elrond señaló a Ninquë y dio dos pasos atrás con aversión cuando la doncella lo acercó a él.

—¿Este pequeño? Estuvo haciéndome compañía toda la tarde. —dijo ella con soltura—. Estaba dando un paseo cuando oí maullidos en una habitación. Entré, Lindir aun dormía y este bebé parecía querer salir de su jaula, así que lo llevé conmigo. Conocimos varias instalaciones hoy. —explicó—. Lo que más nos gustó fue el cuarto de lectura, ¿Cierto pequeño? —indicó besando la cabeza del gato.

—Todo este tiempo estuvo con usted... —afirmó Elrond y obtuvo la confirmación de Celebrían—. Y nadie la vio... —La elfa negó. El hijo de Eärendil se frotó la frente y masculló algo incomprensible.

—Sé que digo esto seguido, pero... ¿Se encuentra bien? —preguntó ella mirándolo con atención.

—Todo el reino está buscando a Ninquë. Lindir creyó que se había escapado y dio aviso a Thranduil. Todos están buscando a este condenado animal y resulta que usted lo tuvo todo este tiempo y nadie la vio.

—Oh... —Alcanzó a decir Celebrían. Acto seguido acotó seria—: No llame condenado al pobrecillo, él no tiene la culpa.

—Disculpe milady, es que... Todo felino es un sirviente de Tevildo para mí.

—Pero milord, es solo un gatito inocente. —expresó ella extendiendo el animal hacia él. Elrond sacudió los hombros con gesto de molestia y rechazó tomarlo en brazos—. No me diga que le teme a un gato.

—No le tengo miedo. —negó él nervioso. Celebrían rió tímida.

—Se crió secuestrado por Maedhros, pero le teme a un gatito... Quién lo diría. —susurró. Elrond la oyó y se irguió serio. Ella advirtió la tensión del heraldo y se mordió los labios—. Ay, lo siento. —agregó.

—¡Ninquë! —Se escuchó la voz de Lindir en un pasillo cercano. El gato maulló largo y sonoro y comenzaron a oírse pasos apresurados. Elrond intercambió miradas de terror entre el gato y Celebrían.

—Démelo. —ordenó por lo bajo, extendiendo sus brazos hacia Ninquë.

—Pero creí que no le agradaban los gatos. —alegó la elfa con confusión.

—Sí, pero a Lindir no le agrada usted y si la ve con su mascota pondrá grito en el cielo. Deme al gato y manténgase callada... Por su bien. —confesó tomando a Ninquë en sus brazos—. Déjemelo a mí.

—¿Que no le agrado a Lindir? —repitió Celebrían con ofensa—. ¿Por qué?

Ninquë estiró una patita y la posó sobre el mentón de Elrond mientras este planeaba contestarle a la elfa. El heraldo gimió con disgusto mientras el gato daba suaves toques sobre su piel. En ese momento, Lindir apareció corriendo junto a Thranduil y al ver a su mascota, le devolvió el plato al príncipe y se precipitó al encuentro de su gato.

—¡Ninquë! —exclamó con lágrimas en los ojos. Al llegar frente a Elrond, se detuvo con una sonrisa y abrazó a ambos.

Elrond se mantuvo tenso y cerró los ojos evadiéndose de la escena, puesto que el gato entre ambos estaba cada vez más pegado a su pecho. Finalmente, el heraldo respiró aliviado cuando Lindir tomó a Ninquë en sus brazos.

—¡Pequeño! ¡¿Dónde estabas?! —indagó dándole caricias tiernas en el cuello.

—Estab... —Celebrían quiso explicar, pero Elrond la tomó por el hombro. Ya fuera por recordar que no debía hablar, o por la emoción del toque del elfo, la doncella guardó silencio.

—Me dirigía a controlar la herida de la princesa cuando lo oí maullar en tu habitación. Estabas dormido y creí que no haría daño si lo llevaba conmigo. Siento mucho el no habértelo dicho y que creyeras que estaba perdido... Me acabo de enterar, lo lamento. —explicó el heraldo y se disculpó. Aun estaba un poco tenso y pensó que el muchacho no le creería. Para su sorpresa, Lindir sonrió comprensivo.

—Creí que algo malo le había ocurrido... ¡Qué alivio saber que estuvo contigo todo este tiempo! Pero, Elrond... Por favor, la próxima vez déjame una nota. ¡Casi me vuelvo loco! ¡Acusé a Narbeth de secuestro! Supongo que le debo una disculpa ahora... —reflexionó el muchacho y se giró hacia Thranduil—. Lamento haber causado alboroto en el reino.

El príncipe negó aliviado y se limitó a decir que daría la alarma de que el gato había sido encontrado sano y salvo. Todos se tranquilizaron y estaban a punto de regresar a sus tareas, cuando Lindir volteó nuevamente a Elrond.

—Oye... Pero si a ti no te gustan los gatos... —cuestionó con sospechas.

—Eh... —soltó Elrond buscando una excusa. Celebrían estaba dispuesta a decir la verdad, pero Thranduil, que ya se iba, se volvió con la salvación en la lengua.

—Pero a Morwenna le gustan mucho. —aludió. Todos lo miraron—. Y a Elrond le gusta mucho mi hermana, ya sabes que haría cualquier cosa por ella...

Elrond tragó saliva nervioso. Era la primera vez que alguien mencionaba a viva voz los sentimientos del heraldo por la princesa del bosque, sin contar la vez que Lindir la llamó su novia frente a toda la clase en Lindon, y sabiendo que el asunto no era público por la negativa del rey a cortejar a su hija, sintió que un fuego abrasador le recorría la boca del estómago.

Pero no fue el único tomado por sorpresa. Celebrían ahogó un grito mordiéndose los labios, luchando por no morderse también la lengua. El mismo calor que a Elrond le podría haber causado acidez, trepó por las mejillas de la elfa tiñiéndolas de un rojo celoso muy potente. «¡¿Cómo es posible?! He mentido por él y he hecho el sacrificio de venir hasta aquí sin obtener siquiera un gracias; lo acompañé por días interesándome por las cosas que a él le encantan y no he conseguido siquiera que me mirara bonito, pero la princesita del bosque, inválida y aburrida en su cama, logra conmover su corazón en solo horas.» Pensó con rabia, desconociendo que la historia de ambos había iniciado mucho antes.

Por su parte, Lindir asintió pensativo. Posó su mirada serena en Ninquë y luego miró a Elrond, inexpresivo. Un segundo después, sonrió tierno.

—Puedes llevar a Ninquë con la princesa las veces que quieras. Estoy seguro que la animará bastante, tal vez incluso la ayude a curarse más rápido. He oído que los gatos son criaturas muy especiales... —contó. Elrond quiso decirle que la especialidad que tenían era servirle al macabro Tevildo, rey de los gatos, pero prefirió callar.

Liswen apareció en aquel pasillo. Acarició el brazo de su esposo como saludo y estaba dispuesta a seguir su camino hacia el salón del trono cuando Thranduil la detuvo.

—Lis, quiero que conozcas a estos finos caballeros, mis amigos de Lindon. —manifestó con una sonrisa—. Verás a uno de ellos esta noche, pues mi padre celebrará un banquete en honor a Lady Celebrían, pero será mejor que los presente ahora. —explicó acercándose a ellos de la mano de su esposa—. Princesa, él es Elrond, hijo de Eärendil, heraldo de Gil-Galad; ustedes se conocieron en la habitación de mi hermana, no en las mejores circunstancias, claro, —recordó—, y él es Lindir, su aprendiz; caballero de Lindon. Muchachos, ella es mi amada esposa.

Ambos reverenciaron a la princesa. Ella sonrió y los saludó llevándose la mano al corazón y extendiéndola a ellos.

—En cuanto a esta maravillosa dama, —aclaró acercándose a la doncella junto a Elrond—, ella es Lady Celebrían, hija de Lady Galadriel y Lord Celeborn, señores de Eregion.

—Celeborniel. —repasó Liswen rogando que la elfa fuera amable. Había escuchado historias del supuesto temperamento del señor de Eregion, pero siempre de la boca de Oropher, por lo que nada bueno podía salir de los cuentos de un elfo que lo detestaba y decidió que juzgaría bajo su propio criterio si lo conocía. Celebrían la saludó de la misma forma en que la princesa había saludado a los elfos y eso le agradó. Al menos era educada—. Espero que su estadía en este reino sea grata.

—Lo será. —aseguró Thranduil. Celebrían sonrió.

—Alteza, he oído que en su establo están criando pequeños alces. —mencionó la doncella y acaparó por completo su atención.

Antes de continuar hacia la reunión con Oropher, Liswen se detuvo ante el comentario de Elrond:

—Es un placer conocerla, princesa Elizabeth. —dijo el heraldo. Liswen se detuvo confusa frente a él.

—¿Disculpe?

—Me temo que Thranduil no la presentó más que como su esposa, pero oí que la llamó por el diminutivo de su nombre: Liz. —expuso. La princesa negó intrigada.

—Mi nombre es Liswen... —aclaró—. ¿Qué clase de nombre élfico es Elizabeth? —Elrond guardó silencio por un momento.

—Tiene usted razón, alteza. —declaró disimulando su sorpresa—. Le ruego me disculpe... He pasado meses sin dormir y mi mente comienza a decir incoherencias. Seguro leí ese nombre en otro lado. —mintió.

—Descanse antes de la cena, no querrá decir cosas como esa delante de su majestad. —sugirió ella con una sonrisa. Él asintió.

Liswen entonces se despidió y continuó su camino; no olvidó nunca aquel comentario del heraldo, pero no lo compartió con Thranduil. Elrond tampoco volvió a mencionarlo otra vez y el confuso episodio quedó sepultado en el momento que compartieron. El hijo de Eärendil entonces vio a Liswen alejarse y bajó la vista sintiendo una mezcla de preocupación y pena sin saber cuándo, dónde, ni cómo ocurriría...

En su trono de sólida madera oscura, Oropher reflexionó en silencio luego de hacerle unas preguntas a la princesa, las cuales ella respondió con sinceridad; no le veía el caso a mentirle. El monarca entonces entró en un debate silencioso consigo mismo; castigar a Liswen por mentirle y ocultarle información era lo apropiado, pero salvarle la vida a su hija por poder defenderse en un futuro inminente ataque o una guerra gracias a las clases de ella, también lo era. Incluso más apropiado que haberle mentido a su rey...

Para sorpresa de Liswen, quien ya se veía gravemente perjudicada, Oropher se puso de pie y bajó las escalinatas del trono con aplomo, al llegar a los últimos peldaños, tomó suavemente la barbilla de su nuera y acercó su rostro al de ella, observando sus ojos con una mirada amenazante y seductora, como si intentara ver en su interior.

—Eru sabe porqué hace las cosas... —mencionó—. En cuanto Morwenna se recupere, probaré sus habilidades... Si me agrada lo que veo, entonces te haré su maestra en armas. —anunció—. Es todo. Ve a prepararte para la cena.

—Majestad. —saludó ella con una reverencia y se alejó con el rostro inexpresivo. Ni bien cruzó las puertas y salió del rango de visión de Oropher, Liswen dio saltos de alegría; podía saborear ese puesto.

La noche cayó cerrada y oscura con la fuerza de la lluvia que azotaba el reino desde la tarde, la cual impidió a los hijos del bosque pudieran admirar las estrellas. Elrond, observando el diluvio desde su ventana, se ajustó el cuello de la túnica; estaba helado afuera. Había intentado dormir, pero una vez más se había visto interrumpido en su sueño; los truenos retumbaban poderosos en las paredes de su habitación y eso había hecho que no lograra pegar un ojo en el tiempo que había tenido para dormir. Un mal traía esa lluvia, ese sonido abismal no podía ser solo una expresión de la naturaleza... El bosque intentaba enviarles un mensaje a sus moradores.

En esos asuntos ocupaba sus pensamientos cuando llamaron a la puerta. Un elfo silvano lo escoltó hacia el comedor principal, finamente adornado con flores silvestres. Sin dudas, la dieta del bosque era diferente a la de Lindon, puesto que en las mesas abundaban los frutos secos y las bayas de estación. Elrond fue anunciado a la izquierda de la larga mesa rectangular, en el segundo asiento. El primero estaba reservado para Liswen.

Cuando levantó la vista, Celebrían estaba frente a él. La doncella sonrió radiante, la silla que usualmente estaba reservada para Morwenna, actualmente sería utilizada por ella, puesto que la hija de Oropher, siempre a la derecha de su hermano, se veía imposibilitada de acompañarlos a cenar... O eso creían todos. En cuanto Morwenna se enteró que Elrond acudiría al banquete real en calidad de acompañante de Celebrían y como representante de Lindon en la mesa, envió a llamar a su hermano. Cuando Thranduil llegó a su cuarto, la encontró vestida con un fino vestido celeste de seda y el cabello suelto, adornado con una tiara de perlas y brillantes.

—¿Qué... Es todo esto? —indagó el príncipe sobre el atuendo de su hermana.

—Iré a cenar con ustedes. —informó Morwenna. Su hermano sonrió de lado con una mueca socarrona.

—No puedes dar un solo paso con ese pie, Morwe... —Le recordó Thranduil, pero ella asintió tranquila.

—Estoy enterada, y es por eso que tú me cargarás hasta el comedor. —anunció.

—Pero... —Quiso decir él.

—No te pedí opinión. —Le hizo notar ella y extendió sus brazos hacia él. Thranduil echó una mirada sobre Liswen y Elena, ambas de pie al final de la cama de la princesa y suspiró.

—Ya qué... —resolvió.

Oropher llegó al comedor y se sentó en la cabecera de la mesa, entonces el resto de los presentes tomó asiento. Como aquella cena en Lindon, Oropher se sintió igual que Gil-Galad llegando a su evento repleto de elfos de la corte y descubriendo que Elrond no estaba, solo que esta vez el heraldo estaba firme en su puesto... El que faltaba era Thranduil.

—¿Dónde está el príncipe? —preguntó a Liswen, quien se había adelantado a su esposo.

—Aquí. —dijo la princesa observando la puerta lateral.

Todos giraron en dirección al hijo de Oropher, quien traía en brazos a la princesa del bosque. Algunos elfos murmuraron al verlos llegar de una forma tan inusual, y a Elrond le preocupó que Morwenna pudiera dañarse por un capricho.

—La princesa insistió. —explicó Thranduil a su padre. Oropher echó una mirada sobre ambos y asintió.

—Traigan otra silla. —ordenó.

—¡Majestad! —llamó Elrond poniéndose de pie de un salto. La silla chirrió tras él y asustó un poco a los elfos más desprevenidos—. Sería prudente que fueran dos sillas. —mencionó e hizo una pausa. Oropher extendió su mano hacia él, dándole permiso para continuar opinando—. Su alteza debe mantener el tobillo en alto... Por lo cual también sería... Necesario, —añadió con cuidado y vergüenza—, que la princesa no se sentara de frente a la mesa. Cualquier golpe contra las piernas o pies de otro comensal podría causarle dolor. —finalizó mirándola con preocupación. Morwenna bajó la vista sonrojada, lo que hizo que Elrond la imitara, sonriendo con ternura.

Oropher asintió pensativo. De un momento al otro se levantó de su lugar, y el resto de los elfos también lo hizo.

—Varnion, —indicó a su escolta personal—, agregarás una silla a la derecha y otra silla a un lado de la cabecera. —ordenó—. Todos los comensales de la derecha, se moverán un lugar a su derecha. Yo me sentaré en la primera silla... Morwenna tomará mi lugar por esta noche. Gracias, Elrond. —enunció. El heraldo inclinó su cabeza en señal de respeto.

En seguida, los elfos pusieron en marcha la indicación de su monarca. Morwenna se acomodó de perfil a la mesa, con ambas piernas en alto sobre la segunda silla y el banquete dio comienzo cuando Oropher se sentó a su derecha.

—Te ves radiante esta noche. —susurró a su hija. Ella rió.

—Solo lamento darle la espalda a todos los elfos a mi izquierda. —mencionó girando el cuello hacia Liswen. La esposa de Thranduil rió tímida y posó una mano sobre el hombro de Morwenna. Esta estiró su brazo y le dio la mano.

—Mire nada más a quién me toca tener enfrente de nuevo... —comentó Thranduil con gracia al ver que al moverse todos un lugar, él había quedado frente a Elrond.

—Es un honor cenar tan cerca del príncipe del bosque verde. —respondió el heraldo con media sonrisa.

—¿Planea ahogarse también esta noche? —indagó el rubio con una mueca burlona.

—Solo si usted grita como esa vez en el jardín de Lindon. Han pasado años y aun no me explico qué le ocurrió esa tarde.

Thranduil recordó aquel momento y con él, el sueño que había tenido. Tomó rápidamente su copa de vino y bebió con cuidado apartando la vista del hijo de Eärendil. Este rió orgulloso. Desconocía el porqué, pero sabía que mencionando ese episodio, lograría que Thranduil no lo molestara.

Un gran trueno retumbó en el comedor y algunos elfos se sobresaltaron, entre ellos, Liswen se sacudió del susto. Sentada entre Elrond y Morwenna, este giró preocupado hacia ella.

—¿Se encuentra bien? —preguntó por cortesía. Liswen asintió.

—No me gustan las tormentas, nunca me han gustado. —contó ella. Elrond la observó comprensivo.

—A mi me encantan. —acotó Celebrían, quien por primera vez en la noche se atrevía a hablar.

—De todas formas, lamento que el bosque la reciba con esta lluvia, Lady Celebrían. —comentó Oropher, inclinando su cabeza para verla al lado de Thranduil—. Quisiera que pudiera apreciarlo en todo su esplendor.

—Gracias, majestad. Me temo que lo único que he visto del bosque desde nuestra llegada es el sendero por el que cruzamos hasta la entrada.

—Con suerte, pronto dejará de llover y podrá disfrutar de sus bondades. —acotó Oropher. Celebrían asintió.

—En cuanto esta lluvia cese me gustaría dar un paseo. —comentó.

—Oh, es el momento ideal para hacerlo. —reconoció Morwenna con una sonrisa franca—. Encontrará un bosque diferente, más... Mágico. Las primeras luciérnagas salen a danzar con su brillo dorado como si fueran vestigios de Laurelin y el verde de las hojas húmedas toma una tonalidad que solo verá luego del diluvio. Y luego... El particular aroma a tierra mojada la envolverá. —añadió cerrando los ojos e inspirando como si pudiera olerlo desde allí—. Ah, —suspiró encantada—, lo adorará, estoy segura.

—Es un paisaje maravilloso, sin dudas. —comentó Elrond, poniendo especial atención en Morwenna. No supo si el comentario fue por lo que ella dijo, o por lo que él estaba viendo.

—Mi momento favorito para pasear en el bosque. —confesó Thranduil sonriéndole a Liswen—. Ideal para ir acompañado, es muy romántico.

—Qué bueno que estaré acompañada entonces. —señaló Celebrían con una risita tímida, mirando a Elrond. El heraldo tragó su vino sonoro y nervioso e intercambió miradas entre ella y Morwenna. La princesa sonrió de lado, parecía divertirse con la situación.

—¿Acompañada dice? —indagó. Celebrían giró hacia ella.

—Lord Elrond ha viajado en calidad de mi protector, donde yo vaya, él irá. ¿Verdad, milord? —La doncella buscó aprobación del heraldo. Este asintió sin dejar de ver a Morwenna.

—Tengo entendido que también Haemir de Eregion y Lindir de Lindon viajaron por la misma razón. —enseñó Morwenna—. Será un paseo por demás seguro con tan galantes caballeros custodiándola.

—Oh claro, pero si incluso solo milord Elrond hubiera venido, igual me sentiría segura. —respondió la muchacha mordiéndose el labio inferior.

—En eso tiene razón, Lady Celebrían. Me alegro mucho que lo haya traído. De hecho, le agradezco por eso... —La princesa sonó amable, pero detrás del mantel, estaba retorciendo su vestido por la bronca naciente en su pecho—. Si no hubiera sido así, yo no estaría siendo tratada tan eficientemente.

—Descuide, milord es un avezado en todas las artes. No existe nadie mejor. —alabó orgullosa.

—Ya lo sé, yo lo vi primero. —masculló Morwenna por lo bajo.

—Y... ¿Cuánto tiempo planea quedarse, Lady Celebrían? —preguntó Liswen, advirtiendo la tensión creciente de su cuñada.

—Eso dependerá del tiempo que su majestad nos quiera recibir. —aclaró Celebrían. Oropher se limpió los labios con su servilleta antes de contestar.

—Las puertas de mi reino están abiertas para la hija de Galadriel, todo el tiempo que Lady Celebrían desee quedarse. —informó Oropher.

—Si usted lo permite... —interrumpió Elrond—. Me gustaría quedarme hasta que su alteza real pueda ponerse de pie y caminar por su cuenta. Claro... Si milady, —declaró refiriéndose a Celebrían—, está dispuesta a permanecer aquí tanto tiempo, ya que estoy a su entera disposición. —finalizó astuto.

—Solo si usted me acompaña a dar un paseo por el bosque en cuanto deje de llover... Los dos... Solos. —pidió. Elrond asintió. Por Morwenna, haría lo que fuese necesario—. Y claro, luego está el otro asunto... No nos iremos hasta que milord recupere su libro.

—¿Libro? —preguntó Oropher. Elrond carraspeó nervioso. No quería tratar ese asunto con el rey, solo planeaba pedirle ayuda a Thranduil, pero ahora ya no podía evitarlo.

—Mi viaje a Eregion tuvo una doble razón. No solo llegué hasta allí como representante de Gil-Galad, sino que viajé siguiendo la pista de un libro importante... Mi hermano murió, majestad, Elros, primer rey de Númenor. —informó. Oropher asintió y echó una mirada sobre Liswen.

—Está buscando el libro de su hermano. —dijo Liswen y Elrond asintió sorprendido—. Yo lo tengo. —confesó.

—¿Cómo llegó a sus manos, alteza? —Quiso saber el heraldo.

—Liswen es maestra de escribas. —declaró Oropher—. Teníamos una vasta biblioteca al llegar al bosque, pero desde que ella se convirtió en miembro de la familia real, nuestros registros no han parado de crecer y me vi en la obligación de ponerla al frente de esa tarea tan importante. Liswen es una erudita y realiza estudios de cada obra que lee. Cuando los númenóreanos llegaron en los primeros barcos, ese libro llegó a mis manos y no dudé en dárselo a mi nuera para que lo estudiara. Está realizando un ensayo.

—Oh. —alcanzó a decir Elrond.

—Le aseguro que lo tendré listo para cuando se vaya, pero por favor, no me lo quite ahora. Es un gran libro, es todo un ensayo sobre la mortalidad en relatos personales de las vivencias de Elros y quienes lo rodearon en su vida. —explicó.

—Me nombró guardián de las memorias de Númenor. —manifestó el heraldo—. Pero por supuesto que no lo sustraeré de una persona con un puesto tan importante. Maestra de escribas, es un honor. —halagó inclinándose en señal de respeto—. Pero me gustaría ver el libro.

—Muchas gracias, y por supuesto. Puede pasar por mi escritorio cuando guste. —finalizó ella con una sonrisa amplia.

—¡Qué bueno que milord haya hallado su libro! —interrumpió Celebrían—. Ahora siento que este viaje es todo un éxito.

Luego de la cena, Morwenna viajó hasta su habitación en brazos de su hermano.

—milord, milord. —Iba repitiendo haciéndole burla a Celebrían—. ¡Su Lord! —Se quejó gritando en el oído de Thranduil, quien apartó su cabeza con disgusto—. Ay, milord es un avezado de las artes, ay, ay. —Continuó con las burlas. Detrás, Liswen contenía la risa.

—Morwe... Tienes un poquito de comentario en tus celos. —opinó su hermano con gracia.

—¡Es que es tan...! —gruñó—. ¡Desesperante! ¿Le diste mi nota, cierto? —preguntó a Liswen. Esta asintió. Mientras cenaban, Morwenna le había pasado un pequeño papel con el nombre de Elrond para que su cuñada, al lado suyo, se lo entregara.

En su habitación, Elrond se desplomó vestido sobre su cama. Estaba deliberadamente exhausto pero antes de sucumbir al sueño, tomó la nota que Liswen le había entregado. La misiva era escueta y directa:

Ven a verme antes de dormir.
Morwenna.

Elrond entonces se sentó en su cama y bostezó sobándose la frente. Así se quedara dormido llamando a su puerta, no se acostaría sin ver a su Morwenna.