Elrond llegó al pasillo de Morwenna, pero antes de poner un pie en él, se escondió de los guardias que halló cerca de su puerta.
—¿Pero qué es esto? —susurró para no ser oído.
Sigiloso, se escabulló de nuevo hacia su habitación y allí observó por su ventana. La lluvia aun caía torrencial sobre el bosque, pero su necesidad de acudir al llamado de su amada le dio una idea que en otro momento le hubiera parecido arriesgada y demencial.
Estaba cerca de la última habitación en su pasillo, por lo que, desde su cuarto al primero en el pasillo solo había un balcón en medio. Advirtió además que en la esquina que unía su pared con la de las habitaciones de la familia real, había una conveniente enredadera por la que podía trepar para alcanzar el siguiente balcón.
Elrond se envolvió en la túnica de su padre y se colocó la capucha sobre la cabeza.
—No estoy haciendo esto con sueño y una tormenta gigante sobre mi cabeza. —Se convenció abriendo la puerta-ventana de su cuarto.
Al trepar sobre la barandilla de piedra del balcón, intentó no mirar abajo para no sentir vértigo. Estaba a una altura considerable para convertirse en puré de medio elfo si llegaba a resbalar y caer al vacío, intentando cruzar al siguiente balcón. Afortunadamente, la distancia entre una construcción y otra era escasa y con solo estirar un pie dando un salto, llegó a la ventana de Lindir.
Para no ser descubierto, se agachó y cruzó su balcón gateando por el suelo mojado. Volvió a repetirse:
—No tengo sueño, no está lloviendo, no estoy haciendo esto solo por una nota.
Cuando llegó al final del segundo balcón, Elrond alzó la vista hasta la enredadera. La planta parecía fuerte y segura, pero al treparla y girar hacia la siguiente pares, comprobó con terror que la distancia entre la enredadera y el balcón era muy amplia.
—¡Oh, tienes que estar bromeando! —Se quejó a viva voz mientras un trueno aplacaba sus gritos.
No le quedaba más opción que dar un salto de fe. Elrond cerró los ojos un momento, mientras se aferraba como un mono a la planta de la esquina.
—Esta noche soy un Sindar. Soy un Sindar. Soy un Sindar. —Se repitió alegando que estos tenían gran habilidad para trepar y desplazarse sobre los árboles.
Cuando dio el salto, dio cuenta en milisegundos que sus pies no alcanzarían el antepecho de la construcción y estiró sus manos, casi alucinando el charco de sangre que dejaría en el suelo... Además del misterio por la razón de su supuesto suicidio.
Sus dedos se aferraron como una garra al barandal y recordando sus sesiones interminables de ejercicio con Maedhros, Elrond bufó y tomó gran cantidad de aire para darse fuerzas.
—Está bien. No soy un Sindar, —reconoció esforzándose por alzar su cuerpo en el aire solo con la fuerza de sus brazos—, pero soy hijo de Eärendil y Elwing. Fui entrenado por Maedhros e instruido por Maglor. Soy heraldo de Lindon y no moriré como un estúpido.
Dicho esto, hizo una dominada de agarre prono e impulsó su pecho por encima del barandal, cayendo dentro del balcón luego de un estrepitoso roll. La lluvia le empapó el rostro y le recordó que aun estaba vivo, por lo que continuó trepando entre balcones hasta llegar a la habitación de Morwenna.
Una vez allí, espió por el ventanal, solo para ver que la elfa intercambiaba miradas desilusionadas entre la puerta y sus manos, negándose a apagar la lámpara de ámbar a un lado de su cama. Estaba esperándolo, pero perdiendo las esperanzas con cada minuto que pasaba. Elrond entonces dio dos suaves golpes en el ventanal, sin lograr que Morwenna no se asustara. La muchacha dio un pequeño salto en su cama, aplacando un grito mientras veía a su amado intentando abrir la puerta-ventana sin hacer ruido. Una vez dentro, se desprendió de su capa empapada, por suerte, esta había impedido que también mojara sus ropas. Antes que la princesa pudiera decir algo, Elrond se llevó el dedo índice a los labios, indicándole guardar silencio.
—Hay dos guardias apostados a sus puertas. Su padre me recordó esta tarde que no tenía permiso para estar en su habitación sin un tercero que vigilara, así que creo saber porqué está siendo custodiada ahora. Me arriesgué a trepar hasta su balcón porque recibí su nota. —susurró luego de acercarse a ella. Morwenna arrugó la frente, intrigada. Aunque su preocupación actual, recaía sobre el rostro empapado de su amado.
—¿Otra vez me tratas de usted? —respondió también en susurros, desviando la conversación y tomando un pañuelo de su cajón. Con él comenzó a secar el rostro de Elrond dando suaves toques.
—¿No escuchó lo que dije?
—Si lo hice. Pero estás aquí ahora... Has logrado burlarlos y no estás muerto. De hecho, no creo que algo así te pase, no como aprendiz de Maedhros. —comentó sonriente.
—Casi muero en el intento. ¿Sabe qué descubrí? Que la sangre Sindar de parte de mi madre no sirve. —aludió devolviéndole la sonrisa a Morwenna—. ¿Por qué me llamó? ¿Su tobillo? —La elfa negó con gracia por el comentario anterior.
—Al parecer ser Sindar por completo tampoco garantiza que seamos buenos trepadores, mi tobillo es testigo fiel de ello. Pero no te llamé por eso... Sino por algo más inocente. —anticipó dándole un beso en los labios, uno que Elrond no esperaba pero tampoco le sorprendió—. Alces y conejitos del bosque, había olvidado lo bien que se sentía hacerlo. —dijo tierna. Él la besó esta vez.
Morwenna tiró de la túnica de Elrond mientras continuaban besándose y logró que este cayera sentado sobre el borde de la cama. Continuó unida a su boca mientras intentaba pegar el cuerpo del elfo con el suyo. El hijo de Eärendil entonces cortó el beso y la observó confundido.
—¿Me ha llamado aquí solo para besuquearme o tiene otro propósito? —preguntó.
—¿Habría algún problema si solo te llamé para eso? No te he visto por quinientos años, como mínimo querré soltarte cuando sienta que mis labios se han secado. —respondió acercándose nuevamente a su boca—. Duerme conmigo. —susurró.
—¡¿Que qué?! —gritó el heraldo y Morwenna le tapó la boca con su mano mientras simulaba toser sonoramente. Luego de no oir ruido en el exterior, supo que los elfos no habían escuchado y estaban a salvo.
—Que duermas conmigo. —repitió quitando su mano. Elrond negó perplejo.
—¿Solo así? ¿Ahora? —inquirió él con susto.
—Como si no lo hubiéramos hecho antes... —Le recordó la princesa.
—¿Disculpe? —El elfo negó ceñudo—. Nunca antes yací con usted de esa forma... Yo no... No... —Creyó que sería su primera vez y no sentía que estuviera bien solo lanzarse a ella en ese momento y de esa forma.
—Oh. ¡Oh! —razonó Morwenna sabiendo a lo que Elrond se refería—. No. No estoy hablando de eso... —aclaró sonrojada—. Al menos no aun... No así. —declaró cubriéndose el cuello con su bata. Elrond sintió deseos de que la tierra lo tragara—. ¿Recuerdas esa noche cerca del mar? Tú cumplías el mandato de Gil-Galad y yo dormí apoyada en tu hombro. Hablo de eso... De ese... Dormir. Dormir como dormir. Cerrar los ojos y... Descansar. —mencionó nerviosa.
—Princesa... Soy un idiota. —declaró el heraldo completamente sonrojado—. Debería irme...
—No. ¡No, no!
Morwenna detuvo a Elrond mientras este intentaba levantarse. Tomó su rostro en sus manos y lo observó por unos segundos mientras él apartaba la vista, abochornado por haber malentendido las intenciones de ella. Su corazón latía rápido y esta vez, ni el roce de la elfa que amaba pudo calmarlo; a pesar de la negativa declarada por sus palabras y de sentir que no era el momento propicio, algo en su interior quería hacerlo. En cuanto a ella, no dudaba, su cuerpo temblaba al besarlo y tenía necesidad de entrar en contacto con él, más allá de la simpleza de la unión de sus bocas, era lo imperioso de una conexión más profunda lo que su cuerpo clamaba.
—No te vayas. —susurró—. Yo también quiero hacerlo, —Se animó a decir, tan sonrojada como él—, pero... Me gustaría estar en condiciones primero. Ya sabes... Recuperar mi movilidad. —añadió haciendo referencia a su pie—. Pero quiero que sepas que es lo único que me detiene hoy, porque te quiero... En todas las formas en las que lo puedas interpretar.
Elrond abrió la boca pero en cuestión de segundos volvió a sellar sus labios, pues no sabía exactamente qué responder a esa confesión. Por un momento creyó que Morwenna se estaba precipitando por el poco tiempo que habían compartido juntos, pero también evaluó que luego de quinientos años, ambos podían saber perfectamente que lo que sentían no era un capricho simple, al contrario, la distancia solo había acrecentado sus sentimientos.
—Si decides irte luego de lo que dije, —comentó Morwenna advirtiendo las dudas de Elrond—, ten en cuenta que tendrás que hacer el mismo camino por el que viniste. ¿Lo vale? ¿Te arriesgarías a morir para alejarte de mí? Creí que la única con riesgo de muerte era yo, por eso te alejaste de mí, para darme vida. Pues aquí estoy, estoy viva y te estoy pidiendo que duermas conmigo.
—Pero alteza... —Quiso cuestionar él.
—Milord. —Lo llamó ella en tono burlón. Elrond sonrió de lado, enterándose de sus pequeños celos—. En cuanto deje de llover la llevarás al bosque, algo que me gustaría hacer contigo y no puedo en este momento. Bien, hay algo que yo puedo pedir y ella no.
—No es una competencia, princesa. —aclaró él en tono amable. Ella negó.
—Lo sé... Pero duerme conmigo para mitigar el dolor de verte haciendo con alguien más lo que desearía hacer contigo. —explicó en un exagerado tono dramático. Ambos rieron.
—Bien. Usted gana. —dijo él poniéndose de pie y rodeando la cama para llegar al otro lado.
—Deja de tratarme así, con tanta distancia. ¡Con un balrog, Elrond! Compartiremos el lecho. —Se quejó. Mientras el heraldo se quitaba las botas, Morwenna continuó hablando—. No te pido que me llames tu meleth, pero al menos háblame de tú. Como hoy temprano cuando... —Elrond giró y le estampó un beso sorpresivo para callarla.
—Buenas noches, princesa del bosque, reina de las estrellas que me nombran. Meleth nîn. —susurró besándola nuevamente.
Morwenna apagó la luz de la lámpara y se tapó sintiendo el cuerpo de Elrond acomodarse cerca suyo. Supo que por mucho que lo intentara, esa noche no dormiría pronto. Meleth nîn, le había dicho él y ella lo repetiría en su mente con alegría.
El alba traería sol y Elrond supo con la luz celeste del cielo en los ojos que debería cumplir con su promesa de llevar a Celebrían al bosque. Mientras terminaba de vestirse, volteó hacia la dueña de su corazón. Morwenna lo observaba con una sonrisa tierna mientras envolvía en su dedo un mechón de su cabello dorado.
—Creí que aun dormías.
—¿Con el espectáculo de mi amado vistiéndose bañado por la luz matinal? No lo creo... Es demasiado bonito para perdérselo.
—Y eso que no me has visto desvestirme. —comentó él con gracia. Morwenna enarcó una ceja.
—Aun...
Elena ingresó en la habitación para despertar a su señora, como cada mañana, y se llevó una sorpresa al encontrar al heraldo allí. Ambos la convencieron de guardar el secreto y mientras los elfos hacían el cambio de guardia, Elrond aprovechó la soledad del pasillo para huir a su cuarto. Acordaron que aquella no sería la única noche que lo hicieran, y en toda la estadía de los elfos de Eregion en la región, Morwenna y Elrond compartieron el cuarto al menos por tres noches más.
Cuando el tobillo de la princesa comenzó a sanar, se le permitió ponerse de pie y caminar solo unos minutos al día, por lo que esos escasos momentos, eligió pasarlos con Elrond. Morwenna daba cortos paseos por el jardín, tomada del brazo de su amado, o atendía sesiones de lectura en la biblioteca, donde encontraba a Liswen compartiendo con Elrond los estudios del libro de su hermano.
Tanto los Sindar como los silvanos estaban felices de ver a la hija de Oropher pasear nuevamente por los pasillos y las damas de la corte se hallaron aliviadas cuando su rey indicó que en pocas semanas evaluaría las habilidades de Morwenna para decidir si haría a Liswen su maestra en armas. Al parecer, luego de un extenso concilio al que incluso los capitanes de la guardia asistieron, Oropher dio el brazo a torcer, influenciado por los argumentos de su hijo, quien a su vez lo estaba por Liswen, y decidió que todas las elfas a partir de los doscientos años de edad y sin importar su procedencia noble o plebeya, comenzarían a instruirse como potenciales arqueras o escuderas. Pero que solo serían llamadas a las filas de su ejército luego de cumplir los mil quinientos años; de ser menores al iniciar una guerra, se quedarían junto a su hija y la esposa de Thranduil para proteger el castillo. A pesar de los esfuerzos, Oropher mostró su negativa a que las princesas del bosque se unieran a sus ejércitos, alegando que habían tenido suficientes reformas en su reinado y no dictaría leyes que pusieran en riesgo sus vidas y con eso, la continuidad de su linaje.
Por aquellos días fue cuando Lady Celebrían decidió que había tenido suficiente del bosque y decidió emprender su marcha hacia Eregion. Había logrado que Oropher reconfirmara su lealtad hacia Eregion, pero no así hacia sus padres, puesto que al comentar que Celeborn y Galadriel tenían planes de abandonar aquellas tierras, Oropher se negó a inclinarse ante los señores de cualquiera fuese la ciudad que comandaran. Resolvió enviar a Celebrían de regreso con la promesa de respetarlos como nobles, pero no así de obedecerles. Oropher era un rey ahora, monarca de los sindar en el bosque y los silvanos, no necesitaba hincar su rodilla ante Gil-Galad, ni ninguno de sus protegidos.
Morwenna recibió la noticia el mismo día en que su prueba como arquera tendría lugar. Su tobillo estaba completamente sanado gracias al trabajo y habilidad de Elrond en medicina. Tal como Celebrían había declarado, el heraldo era un erudito de todas las artes.
En su camino al improvisado circuito de entrenamiento que su padre había enviado a construir para evaluarla, Morwenna advirtió los preparativos para la partida de los elfos y se desvió hacia el establo. Allí encontró a Elrond cepillando su caballo.
—¿Cuándo? —Se limitó a decir con disgusto. Elrond giró la cabeza a ambos lados, comprobando que estuvieran solos y acto seguido se acercó hacia ella. Acarició su mejilla con ternura.
—Luego de tu prueba. Cuando tu padre finalice sus tareas.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó. Sus manos se aferraron al arco en su afán por encontrarle apoyo a su dolor. Sabía que esta partida dolería incluso más que la anterior, pues ahora estaba segura de tener el amor de Elrond, pero también sabía que no podría concretar sus ilusiones, en virtud de que la visión del elfo se hiciera realidad.
—Debo regresar a Lindon, lo sabes. —mencionó él suavizando el tono. No sabía exactamente cómo hacer para no lastimarla más—. Sospechoso es que Gil-Galad no haya enviado una comitiva en mi búsqueda aun. Me he ausentado de mi puesto por demasiado tiempo, desobedecí sus órdenes... Puedo esperar no abandonar Forlindon por largos años ahora. Y además... Morwenna... ¿Qué esperanza podríamos tener? Te he confesado mis temores y sabes mejor que nadie que no sería capaz de exponerte al peligro.
—¿Volveré a verte? Porque si no...
—El destino detesta nuestra unión, pero yo siempre querré volver a verte. Así jamás estemos libres de la desgracia para desposarnos y vivir unidos por una eternidad, yo te amo y no te dejaré nunca... Seguiré luchando por encontrar excusas para viajar al bosque. Tal vez pasen otros quinientos años, quizás debamos soportar un milenio separados, pero Morwenna... No existe extensión de tierra, montañas y monarcas poderosos que puedan hacer que olvidemos nuestro amor. Podrán distanciarnos, pero mis cartas llegarán a ti y con ellas, todo mi amor, todo lo que me importa y me preocupa, lo que me mantiene feliz a pesar de las circunstancias y mis pesares al estar lejos tuyo. Solo estoy salvándote de un destino cruel... Prefiero cuidarte a la distancia, que perderte estando al alcance de mi mano. Compréndelo.
Morwenna dejó caer el arco y se aferró al cuerpo de Elrond. Este la rodeó con sus brazos y la mantuvo muy cerca suyo mientras ambos luchaban por no derramar una sola lágrima. Tenían que mantenerse firmes en la convicción de que volverían a verse.
—Nos debemos algo, no lo olvides. —susurró ella aun unida a él. Elrond la besó y unió sus frentes.
—Guardaré ese pendiente que solo llevaré a cabo contigo, hasta que te vuelva a ver. No pido que hagas lo mismo, pues esta es mi decisión, pero quiero que lo sepas, tú serás mi primera experiencia. No es solo la unión de los cuerpos, para un elfo es un lazo místico fuerte; único en su clase y quiero anudar esa primera sensación a ti, ya que no serás mi esposa porque he visto lo que podría ser y no lo llevaré a cabo a riesgo de lastimarte, serás la primera, la más importante, la única a la que ame hasta el fin de los días.
—No puedo siquiera concebir la idea de yacer en un lecho con otro. No deseo a nadie más, cada vez que nos alejamos siento un vacío de amor que solo llena el saber de ti. Encuentro dicha en otras razones, distraigo mis pensamientos con obligaciones lejanas al amor, pero no deseo a otra criatura en mi piel que no seas tú. Esto es lo que nos debemos y es que también serás el primer recuerdo que guarde de esta experiencia. Así tarde milenios en ocurrir... Así vayamos contra las reglas morales de desposarnos antes... La próxima vez que nos veamos, tú y yo no solo nos reencontraremos en nuestro amor como hoy... Haremos más que esto. Tú y yo seremos uno.
—Lo prometo, brethil nîn. (Mi princesa).
Mientras se besaban, Elena carraspeó en la puerta del establo. Ambos se separaron con susto.
—Mi señora, —dijo la doncella—, lamento interrumpir, pero su majestad aguarda su llegada.
Morwenna y Elrond se regalaron una última mirada tierna. Ella volteó para irse, pero Elrond la tomó del brazo y la atrajo hacia él. Volvió a besarla una última vez y le deseó suerte. Luego la vio irse del brazo de su doncella y regresó con su caballo.
—Milord. —oyó a sus espaldas. Celebrían estaba allí—. Me preguntaba si querría acompañarme a la prueba de la princesa.
—No creo que pueda, milady. —respondió él volteando hacia ella. Su semblante estaba serio. Por supuesto que quería acompañar a Morwenna, pero sabía que sería imposible dejarla si acudía a ella una vez más—. Tengo muchas cosas que hacer antes de partir. —Se escudó en una mentira piadosa.
—Me temo que no iré entonces. Usted es mi protector y no puedo acudir sin un escolta. —Se lamentó.
—Le ofrezco quedarse segura dentro del reino hasta que sea la hora de partir. —sugirió—. O, —agregó sabiendo que se estaba echando la soga al cuello—, acompañarme mientras alisto todo.
—¿Podría hacer eso? Es decir, ¿No seré una molestia? —preguntó ella con ilusión. Por primera vez en meses, Elrond estaba abriendo una pequeña hendija de su coraza para dejarla entrar.
—Seré sincero, milady. Me gustaría estar acompañado en estos últimos pasos en el bosque. Usted estaba allí cuando Thranduil comentó que profeso sentimientos por la princesa, y no me gusta discutir esto con usted, porque no soy un tonto, no quiero poner palabras en su boca que no ha dicho, ni sentimientos que desconozco si profesa, pero sé que le agrado e intenta acercarse a mí la mayor parte del tiempo, obteniendo solo mi distancia, respeto o indiferencia. —declaró. Celebrían asintió sonrojada. Su actitud era obvia y ella lo sabía, pero que Elrond lo pusiera en palabras con tanta naturalidad, le dio vergüenza. Nunca antes un elfo le había hablado de sentimientos en los que ella estuviera involucrada—. No quiero hablar de lo que siento por Morwenna, —aclaró—, porque estaría faltándole el respeto sin quererlo. Usted no merece sufrir por mí, ni por nadie. Pero milady, usted lo sabe y es inútil ocultarlo... Me apena muchísimo tener que irme, por lo que en estas horas previas a la salida del bosque, me sentiré terriblemente solo. Me vendría bien un poco de su compasión. Aunque si entiende que estaré abusando de sus sentimientos, considere prudente alejarse.
—No siento que me esté usando, milord. Siento que usted está destrozado, aun más de lo que decide mostrar. Y yo... Yo sé bien que usted no puede poner su atención en mí, porque alguien más ha reclamado su amor, pero no puedo dejar de sentir. Usted lo ha dicho, no merezco esto, pero lo tomaré de todas formas si me lo permite. No le estoy pidiendo que finja lo que no siente, ni estoy alentándolo a cortejarnos, pero permítame acompañarlo. Piense en mí como una amiga, y no se preocupe por lo que yo sienta. Sé bien que usted nunca sentirá por mí lo que siente por la princesa, pero también sé que la forma en la que amamos es inamovible. Por lo que... Estoy irremediablemente prendada de usted. Me quiera usted de nuevo o no... Y si quiere que este momento deje de ser tenso entre nosotros, déjeme confesarle que no soy la única que... Gusta de usted. —Se atrevió a decir con una risita nerviosa—. Lindir también lo ama... Y lamentablemente ambos sabemos que usted nunca nos querrá de esa forma.
Elrond abrió mucho los ojos. De repente, todas las actitudes de Lindir para con él, cobraron un nuevo sentido. De todas formas, el elfo era su amigo y podía permitirse el dudar de las palabras de Celebrían.
—¿Se lo ha confesado? —preguntó con sorpresa.
—No, pero usted lo dijo... No le caigo bien. ¿Qué razón tendría para despreciarme? Además, haga memoria... Lindir siempre está interrumpiendo nuestras conversaciones. De hecho es sospechoso que no esté aquí ahora... Tal vez está escondido o encontró la forma de convertirse en caballo para espiarnos. ¿Está seguro que ese es su potro, milord? —inquirió la elfa riendo. Elrond se unió a la gracia.
—Pero... Solo lo hace con usted. A Morwenna le tiene cariño.
—Porque su alteza es la dueña de su corazón, milord. —explicó Celebrían con elocuencia—. Contra ella siempre perderá y ella lo quiere también, sabe que lo amará y lo cuidará tanto como él lo haría si tuviera su permiso. En cambio yo... Soy su digna oponente. Jamás se fijará en nosotros de esa forma, pero... Usted no puede casarse con la princesa, sea por la razón que sea; es bastante obvio. Eso le deja a Lindir la posibilidad de soñar con sanar su corazón. Y... Ya que usted lo confesó antes que yo, lo diré: También me da esperanzas, casi nulas de concretar, pero una ilusión a la que aferrarse en fin.
Celebrían sostuvo la mirada cuando Elrond pestañeó perplejo. Solo amaba a Morwenna, pero de golpe, tres elfos se habían revelado como sus potenciales amantes. Se permitió sonreír, ya que una vez en Lindon, antes de la llegada de Oropher al bosque, creyó que nadie sería capaz de quererlo de esa forma.
—No diré que me siento cómodo sabiendo esto... Aun tengo mis dudas sobre Lindir, solo lo creeré si él me lo dice, y a pesar de no querer lastimar a nadie generando falsas expectativas, he de reconocer que le agradezco que quiera acompañarme, incluso sabiendo que no la correspondo de la forma que espera. Es un sentimiento muy noble y puro el de entregar su amor a alguien con la certeza que no recibirá a cambio más que dolores de cabeza.
—Usted no es un dolor de cabeza, milord. —expuso ella.
—No me conoce lo suficiente, milady. —contradijo él con una sonrisa.
—Entonces prométame que me dejará conocerlo, para juzgar por mi cuenta lo que usted es o no es en mi vida. —pidió Celebrían. Él acepto.
Cuando la noche cayó sobre el bosque, Morwenna guardó su arco en el baúl, pero esta vez no le puso candado. Ya no había sentido. Al ponerse de pie, halló una carta de despedida en su escritorio, y a pesar de la pena de separarse nuevamente de Elrond, acudió al sobre con una sonrisa. Tenía su amor como una confirmación segura, y además, una promesa por cumplir los unía a la distancia. Estaba a punto de abrir el sobre cuando Liswen tocó la puerta y entró con una amplia sonrisa.
—¡Saluda a la nueva maestra de arquería! —anunció abriendo los brazos. Morwenna posó el sobre sobre el escritorio y corrió a abrazar a su cuñada.
—¡Felicidades! ¡Pero por todos los alces de Arda, Liswen, deja de ganar puestos en el reino! —exclamó entre risas—. Princesa del bosque, maestra de escribas, maestra de arquería... ¿Qué sigue? ¿Derrocar a mi padre? ¿Reina de los silvanos?
—Si tu padre sigue impidiéndole cosas a las elfas, seré reina de todas ustedes, pierde cuidado. —comentó Liswen con seriedad. De un momento al otro, ambas estallaron en risas—. Oye... —dijo reponiéndose—. Pareces... Feliz a pesar de... Ya sabes. —señaló ladeando la cabeza.
—Estoy curada, mi padre elogió mis habilidades para la lucha y, lo más importante... Tengo su amor. —declaró refiriéndose a Elrond—. Soy afortunada, Lis. No puedo vivir con él porque... Los Valar al parecer no lo quieren, pero prometimos seguir viéndonos y... Algo más. —añadió con sonrojo.
Liswen se llevó las manos a la boca y saltó en el lugar conteniendo los chillidos de felicidad.
—¡¿Lo... Lo hicieron?! —preguntó por lo bajo tomando a Morwenna por el brazo y llevándola hacia el centro de la habitación, donde tendrían más privacidad—. ¡Cuéntamelo todo!
—¡No! —negó su cuñada.
—¡Ay, vamos! Yo no puedo contarte cosas porque... Thranduil es tu hermano y sería extraño, pero puedo decirte que... Oh, es un gran, graaan amante. —comentó dándose aire en el rostro agitando si mano.
—¡Liswen! —reprochó Morwenna cubriéndose la cara—. No, no lo hemos hecho.
—Oh... ¡¿De verdad?! —inquirió desilusionada—. ¿Así que solo dormían?
—¡¿Qué?! ¡¿Sabes eso?! —gritó la princesa. Liswen rió ante su expresión de terror.
—¿Lo de tu novio, el campeón de salto de balcones? —comentó muerta de risa. Morwenna sintió un fuego recorriendo su rostro. Estaba completamente roja de vergüenza y lo sabía sin mirarse al espejo—. Lo vi la primera noche... No te diré lo que estaba haciendo tu hermano para no verlo, o lo que tuve que hacer para que no volteara al balcón... Pero lo vi caer. Todo un atleta. Pero bien, si era capaz de hacer eso solo para dormir... No imagino lo que haría si lo invitas a... —Liswen hizo una pausa y tomó a Morwenna de las manos—. Darte clases de esgrima en la mañana. Thranduil, ¿Lo harías? —dijo girando a su esposo, quien acababa de entrar en la habitación.
—Por supuesto que le daría clases a mi hermana. —comentó con una sonrisa. Ambas elfas respiraron aliviadas—. Y por supuesto que también comenzaré a dictarles clases de disimulo. A ambas... Porque si le mentirán a mi padre sobre que Morwenna estuvo durmiendo con Elrond de la misma manera que intentaron ocultármelo a mí... Somos, los tres, elfos muertos.
Las princesas se miraron aterradas.
—Prométeme que guardarás el secreto. —pidió Liswen. Thranduil asintió.
—¿Como lo he hecho hasta ahora? Yo también oí el ruido de Elrond cayendo en el balcón, pero como no te vi preocupada al respecto, supuse que era él y no un orco. Las otras tres veces lo comprobé, pero no dije nada. ¿Recuerdan que no duermo? Ténganlo en cuenta la próxima vez que quieran que las visitas nocturnas del novio de mi hermana pasen inadvertidas por mí. O bien... Morwe, soy tu hermano, te amo, lo sabes... Pídeme ayuda. Puedo distraer a los guardias. —finalizó. Morwenna estiró los brazos y se abrazaron entre los tres.
—Eres el mejor hermano del mundo, ¿Sabías? —Le dijo al oído.
