Lindir abandonó la biblioteca de Lindon con dos libros y un mapa en sus manos. En su camino por la galería que separaba el jardín de los salones de lectura, observó el cielo con una mueca de desagrado. Llevaban alrededor de una semana sin ver la luz del sol, pero tampoco llovía; un clima por demás depresivo y quizás alarmante para los elfos de la región.
Mientras daba inicio la primavera del 1200 de la Segunda Edad del Sol, el menor de los Invencibles se perdió en el pasillo mientras Elrond guardaba la carta más reciente de Morwenna. Todo parecía marchar bien con ella, aunque había más de una preocupación instalada y latente en la cabeza de los Sindar: Liswen no había logrado embarazarse aun, pese a la continua búsqueda de un nuevo príncipe que ella y Thranduil mantenían estrictamente. Como si eso fuera poco, una repentina sequía había dañado sus campos y por ende su fuente de alimentación se había visto reducida. La situación de Liswen y Thranduil comenzaba a hacerse eco entre los silvanos mientras el manejo de las provisiones del reino se hacía menor y estos empezaban a mascullar a espaldas de Morwenna que ella debía casarse e intentar procrear para consolidar la continuidad del linaje de Oropher, además de unirse a un elfo de una casa noble que pudiera asegurarles prosperidad. Por supuesto que la princesa se negaría llegado el momento de hablarlo públicamente y esto era lo que declaraba en su última carta para Elrond, llevándole tranquilidad por si acaso una noticia tergiversada llegaba a sus oídos y le hacía creer que ella lo había olvidado o cambiado por otro elfo.
Lindir apoyó los libros y desplegó el mapa sobre la mesa. Como solo él y Elrond se encontraban en la sala de lectura, se permitió hablar en voz alta. Comentó rápidamente sus impresiones sobre el clima e hizo un monólogo ininterrumpido de teorías durante tres minutos. Cuando finalmente advirtió que no obtendría respuesta de Elrond, se giró hacia él y lo encontró con la mirada perdida en el gran ventanal. No había oído ni una sola palabra del muchacho.
—Elrond... —Lo llamó acercándose y posando tímidamente sus dedos en su hombro. El heraldo se sobresaltó—. Ay, lo siento... —comentó disgustado—. ¿Una visión? Estabas como... Perdido.
—Lo lamento, no te oí llegar. —expresó Elrond con una sonrisa leve—. Estaba... Practicando algo que la dama Galadriel me enseñó. —expresó escueto. Al levantarse de su sillón, caminó hacia el mapa de Lindir. El muchacho, aunque sumamente inteligente, pocas veces volcaba su interés en la cartografía y Elrond quiso saber qué estaba haciendo.
—Deberías tener cuidado con esas prácticas. —aconsejó Lindir poniéndose a la par. Esperó para ver si Elrond quería compartir más información con él, pero ante su silencio prosiguió—: Digo, esta vez fui yo el que entró, pero si hubiera sido un ataque... No lo hubieras visto venir y algo muy malo podría haberte ocurrido.
—Agradezco tu preocupación. —mencionó el hijo de Eärendil sin quitar la vista del mapa—. ¿Númenor? —preguntó girando su cabeza hacia el muchacho. Lindir asintió. Elrond no quería confiarle nada y además, pretendía cambiar el tema, por lo que el elfo suspiró inconforme.
—La princesa Liswen del Bosque Verde hizo un estudio muy completo del libro de Elros. —Le recordó—. Solo pude leer unas páginas, pero me interesó tanto que decidí estudiar más por mi cuenta. —explicó—. Hace una semana que salir al jardín me da mala espina... ¿Has visto las nubes? Grises, oscuras... El viento golpea pesado y árido como el aliento de un dragón. Prefiero enterrar mi nariz en los libros que salir a toparme con lo que sea que se esté gestando bajo tan tenebroso clima.
Elrond volteó a ver el cielo nublado y curiosamente desteñido. Se preguntó qué batalla estaría lidiando su padre, navegando por encima de aquella bruma gris.
—¿Todo está bien, Elrond? —Se animó a preguntar Lindir. El heraldo solía ser juicioso por naturaleza, pero ahora podía sentir su preocupación en el aire.
—Morwenna... —mencionó. Lindir prestó atención en seguida y Elrond dio cuenta que su preocupación podía ser compartida—. Ella está bien pero... —decidió contarle. Al finalizar, también le dijo que lo que practicaba cuando el muchacho ingresó en la sala de lectura era poder ver el destino reciente a voluntad. Había visto las complicaciones de Liswen para concebir y no había sido revelado para él el desenlace, si ella podría o no tener un hijo. También se propuso mencionar el problema de la sequía y mientras lo hacía, un escolta de Gil-Galad irrumpió en la sala y solicitó a Elrond presentarse ante su monarca—. En definitiva, haces bien en quedarte a resguardo, Lindir... —aseguró el heraldo antes de retirarse—. No sé qué quiera Gil-Galad, pero será mejor que no salgas hasta que lo sepamos.
—¿Sabes algo más que no me has dicho? —preguntó el muchacho. Elrond negó.
—Pero tengo un presentimiento extraño. Y sé que tú también lo tienes. Además, el tablero a nuestro alrededor parece estar preparándose para acorralarnos. Solo intento cuidar de quienes amo. —finalizó. Lindir lo vio irse y volvió su mirada al mapa. Se sentó a estudiarlo confundiendo cada montaña con un corazón.
En el salón del trono, Elrond halló a Gil-Galad de pie, ajustando su espada al cinturón en su cadera.
—¿Majestad? —saludó el heraldo con dudas. Pocas veces Gil-Galad portaba su espada dentro del salón del trono.
—Necesito que vayas a las puertas del reino. —dijo luego de devolverle el saludo—. Me informan que hay alguien pidiendo una audiencia conmigo, pero no hablaré con él hasta que mi heraldo dictamine que es seguro.
Elrond asintió y se encaminó hacia la entrada. Finalmente, lo que Lindir había estado vaticinando con sus sospechas sobre el clima parecía haber llegado a sus puertas.
En el reino del Bosque, las nubes parecían acercarse desde el sur. Morwenna, que se encontraba practicando con su hermano, enfundó su espada y se quitó los cabellos que se habían liberado de su trenza, pegándosele en la frente sudada.
—Deberíamos regresar a casa. Lloverá más tarde. —anunció alzando la vista hacia el cielo.
—¿Otra vez? —Thranduil volteó a observar lo mismo que su hermana y guardó su espada—. Esto no puede ser bueno. —dijo pisando con fuerza sobre la tierra para descubrir que aun brotaba agua de las últimas lluvias.
—Este Ulmo... —Se quejó Liswen guardando en una canasta el libro que estaba leyendo apoyada sobre la rama baja de un árbol—. Si sigue vertiendo agua sobre nosotros echará a perder nuestras cosechas. —opinó con preocupación.
—Tendremos que pedir ayuda a Eregion si continuamos así. Antes fue la sequía, ahora será una inundación. —evidenció Morwenna y agregó dando cuenta de su razonamiento—: Uy, ada (papá) estará tan feliz... —comentó con ironía—. Deberle favores a Celeborn, lo que más le gusta en el mundo.
—Tal vez pueda enviar a un emisario para que ninguno deba verse las caras. —opinó Liswen bajando del árbol—. ¿Te imaginas y te envía a tratar con Celebrían? Eso sí que saldría bien, ¿Cierto? —Liswen pestañeó varias veces con una sonrisita burlona mientras su cuñada rodaba los ojos.
—Ustedes bromeen, pero es probable que debamos vernos las caras muy pronto. Tal vez hasta sobrevivamos gracias a ellos. Estaremos obligados a compartir la mesa y su comida. —comentó Thranduil con preocupación.
—Bueno, en eso tienes razón, meleth, (amor) pero por ahora relájate y piensa en esto: Algún día todos nos reuniremos por obligación y yo me sentaré a beber té mientras disfruto el espectáculo de tu padre y Celeborn arrancándose los cabellos en una punta de la mesa. —manifestó Liswen acercándose a Thranduil. Con su mano, removió barro de la punta de la nariz de su esposo y lo besó divertida, imaginando la situación—. En la otra punta por supuesto estarán Morwenna y Celebrían tironeando a Elrond por los brazos, mientras tú y Galadriel vitorean cada uno por su elfa y Lindir me hace una trenza, porque claro que él también estará ahí esperando pacientemente para juntar los pedazos de SU señor Elrond. —aseguró la rubia tomando a su cuñada por el brazo—. Al parecer tienes más competencia de la que crees, Morwe.
La hija de Oropher rió de camino a la fortaleza de su padre y eso le devolvió a Thranduil un poco de su humor característico.
—Yo no compito con nadie, me ama a mí. —declaró la princesa. Thranduil, caminando junto a Liswen rió por lo bajo. Le gustaba cabrear a su hermana solo por diversión.
—No lo sé, —acotó—, la última vez que lo vi cabalgaba a Lindon en compañía de Lindir, y a ti te dejó aquí. Ni siquiera Lady Celebrían en Eregion lo pudo retener. Hay algo que ese elfo tiene y ustedes dos no evidentemente. Ya nos llegará la misiva de Gil-Galad: Me complace invitarlos al enlace matrimonial de mi heraldo Elrond con su amorcito Lindir a celebrarse en Lindon. Favor de asistir desnudos, será una boda nudista sorpresa.
Liswen soltó la carcajada cuando escuchó la onomatopeya de Morwenna, boquiabierta y ofendida. Acto seguido, corrió lejos de los hermanos, ya que la princesa se agachó a recolectar barro fresco y se lo lanzó a Thranduil a la cara.
Lejos del bosque, Elrond arribó a las puertas de Lindon montado en su caballo. Iba acompañado por dos guardias y detuvo el paso del animal cuando escuchó la voz proveniente del encapuchado que había pedido ver a Gil-Galad.
—No es usted el monarca de Lindon. —resolvió con tono aplomado la figura frente a él. A pesar de que aquella voz sonó elevada y angelical, Elrond sintió incomodidad.
—En efecto, mi nombre es Elrond, hijo de Eärendil, heraldo de Lindon... Puede presentarse ante mí. —explicó el capitán.
—Hijo de Eärendil, un heraldo no es un lugarteniente. —mencionó el encapuchado con seguridad; no reconoció su nombre, pero el de su padre hizo eco rápidamente en su memoria; no era un elfo ordinario.
—Su majestad, Gil-Galad, me ha enviado. —anunció Elrond con molestia aplacada—. Sea cual fuere mi puesto, me he convertido en su emisario, así que dígame, ¿Quién es usted y qué lo trae a las puertas de Lindon? —preguntó con seriedad.
El encapuchado descubrió su rostro revelando la figura de un elfo, pero este no era uno como cualquier otro. Su figura era hermosa, aquel Eldar lucía una belleza minuciosamente medida dando una imagen de pureza y perfección que provocó sorpresa en los guardias de Lindon, quienes automáticamente se sintieron fascinados por él. Elrond, sin embargo, aunque con una sensación extraña de atracción que parecía querer atarlo a la figura del elfo, echó su cuerpo hacia atrás contrastando físicamente su sentimiento con desconfianza.
—Mi nombre es Annatar, señor de los dones. —explicó el elfo con una educada y amable reverencia. Sus movimientos eran lentos y delicados como una danza sutil y los presentes cayeron bajo su encanto—. He sido enviado por los Valar. —agregó levantando su cabeza con gracia.
Su cabello negro como la noche caía sobre sus hombros, lacio y brilloso como satén y sus ojos verdes claros como un estanque fresco se clavaron en los grises del hijo de Eärendil. Elrond sintió que lo estaba intentando, quería conquistarlo al igual que a sus guardias, prácticamente rendidos ante sus palabras educadas y su belleza inconmensurable.
Si bien aquella actitud de parsimonia y su imagen tan perfecta podía ser obra de los mismísimos Valar, elevados en sabiduría y hermosura por encima de los elfos que habitaban al este del Belegaer, Elrond continuó sintiendo que algo andaba muy mal. Aunque, comenzó lentamente a creer que el motivo de su desconfianza se debía a todos sus pesares en el pasado. Se preguntó en ese instante si acaso se estaba volviendo huraño y salvaje, no permitiendo a nadie atravesar el muro figurativo que había construido en torno a su alma para protegerse del dolor y las tragedias, y recordó a Celebrían, quien no tenía ni un solo atisbo de maldad y aun así se había permitido confiar en ella recién al último día en el Gran Bosque Verde.
—¿Con qué propósito lo han enviado? —preguntó entonces, pero esta vez su tono se suavizó. Annatar percibió la repentina docilidad del heraldo y se irguió con una sonrisa amable y seductora.
—Lo ha olvidado al parecer. —expresó. Elrond frunció el ceño—. Los Valar jamás los abandonaron, aunque no pueden intervenir directamente en el destino de los hijos de Eru, por lo que resolvieron enviar seres de gran sabiduría en su ayuda. Yo soy el primero, pero vendrán otros después de mí con gran conocimiento que los instruyan con el fin de habitar una tierra aun más hermosa y próspera. Si su majestad pudiera brindarme una audiencia, podría discutir con él la tarea que se me ha encomendado.
Los guardias asintieron deseosos, pero aun recordando la autoridad de Elrond por sobre ellos, aguardaron el designio de su capitán.
—Lord Annatar, será usted escoltado por mis guardias hasta el salón del trono. Allí se reunirá con su majestad, Gil-Galad, rey supremo de los Noldor... Él juzgará su testimonio. —resolvió.
Dicho esto, Elrond salió al galope para informar a Gil-Galad antes de que Annatar llegara.
En el bosque, Thranduil abrió la puerta de su cuarto con una sonrisa amplia mientras terminaba de acordonar su túnica. Antes de tomar un baño, Liswen le había dicho que iría con los sanadores para tomar su prueba semanal de embarazo.
—¿Novedades? —dijo él. Liswen pasó apresurada en silencio y al príncipe se le borró la sonrisa—. Lis, tranquila... Ya vendrá. —acotó en tono amable—. Escucha, debo ir a hablar con mi padre, pero...
—¿A esta hora? —preguntó su esposa volteando hacia él—. Ya es hora de dormir. —evidenció.
—Sí, pero... —Thranduil notó la molestia en la voz de la princesa y no pudo hacer nada más que sentirse culpable por dejarla sola; era su padre quien llamaba, el monarca del reino—. Al parecer es urgente. —explicó—. Pero te prometo que regresaré lo más rápido que pueda.
—Está bien, de todas formas es inútil, lo único que podemos concebir en esa cama es sueño, lo que tampoco ocurre contigo; nunca duermes. —comentó cabizbaja. El Sindar la vio acercarse a su escritorio y ordenar sus libros como si nada más importara. En realidad estaba lidiando con la angustia, buscando un punto de distracción que le impidiera caer en el llanto.
—Meleth... (amor) Lo siento tanto. —Thranduil se acercó y rodeó a Liswen con sus brazos. Besó su cabeza mientras oía los primeros sollozos de su esposa en su cuello—. Estoy seguro que ese pequeño solo está demorándose en llegar; una buena razón ha de tener. Además, los dos estamos siendo presionados por este asunto desde que te convertiste en mi esposa, así no hay niño que se pueda gestar. Tenemos que dejar de oír a los demás, Lis... Y dejemos de acudir a los sanadores... Nos enteraremos cuando el pequeño o pequeña se haga notar, ¿Sí?
—Pero es que... —intentó explicar ella, pero él la detuvo chistando suave y secando sus lágrimas con sus pulgares.
—Ya lo escucharé de mi padre, Lis, no me hagas oírlo de ti también. —El elfo suspiró perdiendo su mirada azul en la de su esposa—. No quiero dejarte, no así, pero... —Liswen negó inventando una sonrisa para él y le dijo que estaría bien—. Regresaré cuanto antes. —finalizó con un beso en su frente.
Cuando estuvo sola en la habitación, un gran trueno azotó el ventanal y le hizo dar un respingo. Liswen se apresuró a cerrar la ventana y corrió hacia su cama... Odiaba las tormentas, sobretodo cuando Thranduil no estaba allí acompañándola.
Luego de que Elrond expusiera su desconfianza sobre el recién llegado, Gil-Galad decidió recibirlo para escuchar lo que Annatar tuviera que decir, aunque para él la palabra de su heraldo tenía peso, pues respetaba su sabiduría y buen juicio -y además lo quería como a un hijo-, era su deber como monarca tener la última palabra. Además sentía curiosidad; Elrond había mencionado que sus guardias se habían mostrado extrañamente atraídos hacia Annatar ni bien este se había despojado de su túnica, revelando su figura, a la cual el hijo de Eärendil había referido como: «curiosamente atractiva, con facciones finas y mirada penetrante y viva como dos aguamarinas.»
Elrond pidió retirarse luego de dar el mensaje, pero en realidad solo lo hizo para correr donde Lindir y pedirle su opinión respecto de Annatar. Tenía que confirmar sus sospechas o descartar que su desconfianza se debiera a su doloroso pasado y sabía que para ese trabajo solo podía contar con su amigo, quien siempre ponía especial atención en todo a lo que Elrond respectara.
Mientras el elfo ingresaba escoltado por la guardia personal de Gil-Galad, ambos amigos se escabullían por los palcos en lo alto del salón y espiaban entre las hendijas de las columnas adornadas. Escondidos como dos niños traviesos, Elrond no tardó en advertir que las mejillas de Lindir se tornaban de un rosado vívido al posar sus ojos sobre Annatar, ingresando ceremonioso al salón del trono.
—¿Y bien? —preguntó el hijo de Eärendil en susurros.
—Es... Tiene una apariencia seductora. —expresó Lindir eligiendo cuidadosamente sus palabras—. No me extraña que los elfos se sintieran atraídos por él. —explicó y observó a Elrond de reojo, este parecía preocupado y... ¿Molesto?—. ¿Por qué de todos los elfos en Lindon me preguntas esto a mí? —indagó.
—Porque eres mi amigo, y porque fuiste el único que me contó sus impresiones sobre el clima y tengo el presentimiento de que él tiene algo que ver. Quizás el bosque todo el tiempo estuvo intentando decirnos que este elfo llegaría aquí a traer problemas. —expuso Elrond. De un momento al otro giró su rostro hacia Lindir—. ¡¿De verdad te parece atractivo?!
—Yo no dije eso. —aclaró el muchacho.
—Dijiste que era un seductor y te sonrojaste. —Le recordó el heraldo. Lindir quedó viéndolo con una sonrisa tierna.
—Eso no quiere decir que lo ame... —declaró—. Mi tipo de Eldar es diferente; inteligente, brillante pero humilde y de buen corazón. Que su mirada me prenda fuego los calzones es solo una cualidad positiva, pero definitivamente no caería a los pies de una criatura que solo provocara eso en mí. Así que tranquilo, Elrond... No seré otro de los elfos que vaya como un títere detrás suyo. Y para tu información, hice mi elección hace años, es solo que soy discreto y no ando ventilando a los demás mi vida privada. Su encanto, por más poderoso que sea, no borrará lo que siento, ergo, no logrará que haga su voluntad.
—¿Tienes pareja? —preguntó Elrond como si eso fuera lo importante. Por la expresión en su rostro, Lindir pudo ver que estaba sumamente sorprendido y siquiera sospechaba hacia quién profesaba sus sentimientos.
—Estoy enamorado de la criatura más buena en este mundo y soy muy feliz. Es todo lo que diré. —profesó. Mientras observaba a Annatar, sintió la mano de Elrond en su hombro y giró levemente a verlo.
—Me alegro mucho por ti. Me preocupaba que afrontaras todas las edades del mundo en soledad. —confesó el heraldo con una mirada empática. Lindir asintió rápido y volvió su atención al elfo que mantenía audiencia con Gil-Galad; de sostenerle la mirada, hubiera echado todo a perder.
Debajo, Gil-Galad observaba el vaivén de la túnica de Annatar mientras este se desplazaba parsimonioso y seductor, comentando lo que los Valar supuestamente le habían encomendado como tarea a cumplir con los elfos.
—Señor de los dones entonces. —habló el monarca. Aun tenía el comentario de Elrond dando vueltas en su mente, definitivamente Annatar era muy hermoso y sus palabras lo eran más aun, pero lo que su heraldo había podido vislumbrar bajo toda esa joya reluciente que Annatar era, tenía a Gil-Galad con la negativa en la punta de la lengua. De todas formas, preguntó por curiosidad en qué consistía el plan de los Valar.
—Les enseñaré a crear joyas mágicas. Forjaremos anillos con grandes poderes para mantener la belleza de esta tierra; su sabiduría ligada al poder de los anillos podría usarse para curar criaturas y naturaleza, retrasar el paso del tiempo o hacer de sus ciudades bastiones fuertes y duraderos. Haremos de esta tierra un mundo mejor. —explicó Annatar.
—¿Y qué quiere a cambio? —indagó Gil-Galad.
—Nada más que palabras de agradecimiento, majestad. Soy un fiel servidor de los Valar, un enviado de las tierras imperecederas, esta es una misión que no persigue más fin que el de proveer a los elfos de herramientas útiles, para elevar aun más su sabiduría. —respondió Annatar con una reverencia. El monarca de los Noldor entrecerró los ojos desconfiado. Tanta parsimonia actuada comenzaba a olerle mal.
—Sabrá disculpame, Lord Annatar, pero me temo que a pesar de su expresa buena voluntad, he de declinar su oferta. —afirmó. En segundos, la mirada del elfo frente a él se volvió un tanto oscura. Annatar ladeó su cabeza con una sonrisa de lado irónica.
—Sabra disculparme usted, pues lo juzgaba más sabio, majestad. —opinó con un dejo de saña—. Lo que ofrezco solo es sabiduría y prosperidad futura.
—Lo sé, pero sabrá comprender usted que luego de las guerras desatadas por los Silmarils, muy poca confianza me queda para alabar la forja de joyas mágicas. Todo lo rebosante de belleza y poder que ha visto la historia, ha acabado en muerte de inocentes y su propia ruina. Podría traer a esta conversación la destrucción de Laurelin y Telperion como ejemplo, pero creo que mi punto de vista ha quedado claro. —atestiguó Gil-Galad—. Tenga usted buenas noches, señor.
—Es mi deber recordarle que puede que lamente esta decisión en el futuro. —dijo Annatar. Intentó proseguir para convencerlo, pero el monarca alzó su mano ordenándole hacer silencio.
—Ya tendré tiempo de lamentarme o unirme a la ejecución de su plan si decide llevarlo a cabo exitosamente en otro reino, pero hoy he de negarle la entrada a esta ciudad. Es todo.
Dicho esto, Gil-Galad dio la orden de escoltar a Annatar hacia la salida. Aquel elfo en apariencia, no olvidaría jamás el rechazo del rey de los Noldor, pero no cesaría de intentar llevar a cabo su plan... Y Gil-Galad lo sabía. Ni bien Annatar cruzó las puertas del salón del trono, mandó a llamar a Elrond para encomendarlo a una nueva misión.
—Tenías razón, hay algo extraño en él y debemos poner a nuestros aliados en aviso. Cabalgarás sin descanso hasta Eregion, tienes que llegar antes que Annatar. —ordenó—. Allí, le entregarás esta misiva a Lord Celeborn y les advertirás de su visita... Aunque lo que ellos juzguen correcto, eso harán y no daremos una contraorden. Pero necesito que les adviertas, Elrond...
—Majestad. —saludó Elrond recibiendo la misiva de Gil-Galad. Al bajar la vista hacia el sobre, se percató que este era uno solo—. Disculpe el atrevimiento, pero... ¿Solo dará aviso a Eregion?
—No te preocupes. Ya envié una tropa a Harlindon. —anunció.
—No, yo me refería al bosque... A los dominios de Oropher, majestad. —explicó el heraldo. Gil-Galad le devolvió una mirada severa.
—Recibí una carta de Lord Celeborn recientemente. Al parecer los Sindar y los silvanos se niegan a reconocer su autoridad y la de Lady Galadriel, por lo que... Si no están con nosotros, entonces están solos. —resolvió serio. Elrond no dio crédito a lo que escuchó de la boca de su monarca y replicó:
—Pero qué... ¡No puede abandonarlos a su suerte! Ha de darle aviso a Oropher. Majestad, si usted me lo permite, yo... —El hijo de Eärendil quiso ofrecerse pero calló ante la reprimenda de Gil-Galad.
—¡No se te ocurra poner un pie en el Bosque Verde! ¡La última vez desobedeciste mis órdenes pero acudiste en favor de Lady Galadriel! ¡No lo toleraré otra vez! ¡Irás a Eregion y regresarás inmediatamente! —exclamó. El heraldo bajó la vista sumamente molesto y bufó cerrando los puños con furia, aunque no pudo rebelarse ante su monarca—. ¿Has entendido?
—Sí... Majestad. —masculló. A pesar de acatar la orden frente a Gil-Galad, Elrond comenzó a planear la manera de entregar el mensaje en el Bosque Verde sin que el rey de los Noldor lo supiera.
—Ve. No hay tiempo que perder. —ordenó.
En el bosque, Thranduil ingresó en el almacén de granos, donde su padre y un grupo de elfos registraban lo que quedaba de reservas. Afuera, la tormenta asediaba los campos reduciendo las cosechas a plantas maltrechas e inundadas.
—Me buscabas, adar. (Padre) —afirmó Thranduil echando un vistazo a su alrededor. Los elfos estaban serios y anotaban casi en un silencio dramático los números que contabilizaban.
—Vi a Liswen de camino hacia el salón de los sanadores. Dime que tienes buenas noticias. —Oropher siquiera esperó a que llegara junto a él para hablar del tema. Estaba tan desesperado como los demás y Thranduil sintió que si su esperma estaba listo para juntarse con el óvulo de su esposa esa noche, al oír las palabras de su padre, sus espermatozoides habían decidido trepar lo más lejos posible de la salida.
—Entonces no diré nada. —comentó serio. Oropher suspiró con disgusto y Thranduil decidió cambiar de tema—. ¿Esto es lo que creo que es? Porque de ser así, la imposibilidad de embarazo de mi esposa es el menor de nuestros problemas.
Oropher llevó la mano a su corona y la acomodó a pesar de que esta calzaba perfecto en su cabeza. Comenzaba a sentir que en poco tiempo seguiría pegada a su sien, pero no así su cabeza a su cuerpo, pues los silvanos iniciarían la cuarta matanza de elfos contra elfos si pasaban hambre y sus hijos no eran capaces de darles un heredero.
—No puedo seguir ocultándolo... —confesó tras un suspiro angustiante—. Estamos en emergencia, Thranduil. —anunció con pesar—. Me temo que esto es todo lo que queda para comer... —enseñó recorriendo la despensa con su hijo—. Me han informado que racionando la comida, solo tenemos para menos de una luna antes de que se acabe. —acotó con preocupación—. Y esto es solo para los que habitamos la fortaleza. Afuera, los silvanos están desesperados, pues todas nuestras cosechas están perdidas y los pocos granos que recolectaron comienzan a escasear. Por Eru, ¿Cómo llegamos a esto? —dijo el monarca frotándose la frente con desesperación—. Debemos... Necesitamos ayuda, Thranduil. Envié una tropa al sur con un cofre de oro, los reinos de los hombres en Khand pueden vendernos algo. Podríamos llegar a un trato, pero... Mientras tanto... Sobreviviremos con esto. —dijo mostrándole cuatro platos con escasa comida en su interior—. Es lo esencial para mantenernos.
El príncipe echó un vistazo y rápidamente cayó en la cuenta que tanto ellos, como sus súbditos, pasarían hambre. Si bien los elfos no necesitaban comer tan seguido como otras razas, requerían un mínimo que ante la emergencia alimentaria del reino sería difícil de cumplir. Los elfos pronto pasarían hambre y se debilitarían, poniendo en riesgo las vidas de cientos de inocentes y la estabilidad de la alianza con los silvanos.
—Iré a Eregion. —Se atrevió a decir. Oropher negó inmediatamente.
—No harás tal cosa. No me postraré a los pies de Celeborn. —declaró. Thranduil negó harto de la testarudez de su padre.
—Adar... (Padre) No tenemos opción. —enseñó con sus manos mostrando las mínimas reservas que tenían—. No seas orgulloso, no es el momento de ordenar desde una posición de arrogancia. Necesitamos ayuda. —afirmó inclemente—. Es eso o la muerte... —agregó con crudeza. Los elfos a su alrededor quedaron mudos y detuvieron su actividad. La confrontación con la posibilidad real de la muerte fue repentina y traumática, pero era necesario que Thranduil lo mencionara para detener la negativa firme de su padre—. Iré a Eregion, lo quieras así o no. No me quedaré de brazos cruzados viendo a mi pueblo morir de inanición. —espetó.
—Thranduil... —llamó Oropher con severidad—. No te atrevas. —expresó en un tono oscuro. Su hijo, sin embargo, no se inmutó.
—No es atrevimiento, es mi deber como príncipe. —enunció con seriedad y se dirigió hacia la puerta; no quería perder un solo minuto—. Oh, y mientras no esté, quiero que mi ración se divida a partes iguales entre mi hermana y mi esposa. Liswen necesita mantenerse fuerte, necesitamos concebir un heredero y no podrá retener el embarazo si está mal alimentada.
Thranduil abandonó la despensa entre gritos de su padre. No le importaba, iría a conseguir ayuda, así eso le valiera el destierro al regresar.
Eregion mientras tanto, dormía despreocupada bajo el abrigo de sus señores, quienes no imaginaban que pronto se volverían el centro de atención de Arda.
