El mundo al este de Lindon ya no era un lugar pacífico y la comitiva de Gil-Galad lo supo cuando perdió sus caballos en un ataque sorpresivo a mano de los orcos que los emboscaron luego de cruzar el Bruinen.

Uno a uno, los seis mensajeros comenzaron a ser cazados en campo abierto. Los chillidos ensordecedores de las bestias que antiguamente habían formado en las filas de Morgoth se mezclaban con los gritos de dolor de los elfos y el choque de espadas de los que aun quedaban en pie.

El bando de los orcos no llegaba a ser grande como una hueste pero si lo suficiente como para no dar respiro a los tres elfos que al final quedaban en pie.

Entre la desesperación y luego de decapitar a un orco que venía a atacarlo por la izquierda, Lindir divisó el cuerno de uno de sus compañeros ya caído en batalla y corrió hacia él entre golpes de espada y empujones que estaba improvisando para quitarse a las bestias de encima. Apenas si pudo tomar aire para hacerlo sonar cuando uno de aquellos pestilentes adversarios se abalanzó sobre él y lo derribó, haciéndole perder su espada. El elfo se las ingenió para girar en el suelo a la vez que desenfundaba su daga y forcejeó con la pequeña cuchilla que pronto pudo clavar en la yugular del orco. Sin perder tiempo, se arrastró hasta el cuerno y volvió a sonarlo, esta vez con más fuerza. Eregion no estaba lejos y no dejaría ir la mínima posibilidad de ser oído por la guardia periférica de la ciudad.

Levantándose lo más rápido que pudo, advirtió como el guardia que custodiaba la espalda de Elrond caía víctima de un mazazo en la cabeza causado por el mangual que el líder del grupo adversario blandía en el aire.

Abriéndose paso entre espadazos y cortes de su daga vio como su capitán quedaba a merced del líder de los orcos.

—¡Elrond, dirweg! (¡Cuidado!) —gritó con desesperación cuando en mangual se agitó enérgico hacia él.

El heraldo de Lindon se agachó casi al mismo instante y vio como el mazo se incrustó en el cuello del orco contra el que peleaba. La sangre brotó viva de él cuando el gran líder quitó el mangual y le salpicó a Elrond en el rostro.

Lindir corrió hacia el gigante negro mientras el hijo de Eärendil intentaba ponerse de pie sobre la punta del mazo, caído en el suelo. Sintió una de las puntas atravesar la suela de su bota y clavarse en la planta de su pie, pero no le importó y continuó empujando a pesar del dolor para hundirla en la tierra. Sabía que si el orco lograba levantar nuevamente el mangual, tendría mucho más que un agujero en su pie. Algo le impedía pararse y volteando levemente con dificultad, dio cuenta que el mismo orco le estaba pisando la capa para que este no pudiera escapar.

Con gran habilidad, mientras Elrond rasgaba su capa con la espada para liberarse, el líder de las bestias le propinó un fuerte puñetazo en el rostro y lo tomó por los cabellos, levantándolo en el aire. Con otro certero golpe en el brazo del heraldo, logró que este soltara su espada y la tomó para cortarle la cabeza mientras reía viendo al elfo balancearse en el aire, propinando patadas indoloras en el abdomen del orco. Aquel era el jefe del grupo, el más fuerte de todos ellos y Elrond sintió el llamado de la muerte desde su propia espada. A su alrededor, los pocos orcos que quedaban, se encargaban de atacar a Lindir u observar la aparente victoria de su capitán a punto de acabar con la vida del heraldo de Lindon.

—Mat Eärendilbaur; ash zil burzum-ishi.(Muere, hijo de Eärendil; una luz solitaria en la oscuridad). —recitó el orco con una risa macabra.

—Nar. (No). —gruñó Elrond con lo último de sus fuerzas.

El orco se sorprendió de que lo entendiera pero no tuvo tiempo de reaccionar. Pronto sintió un punzante dolor en su tobillo izquierdo y cayó de rodillas soltando a Elrond, quien rodó por el suelo. El elfo sintió la mano de Lindir tirando de lo que quedaba de su capa echa girones, con el afán de ponerlo de pie y sacarlo de allí mientras el gran orco se tambaleaba gritando con rabia luego de que el muchacho le propinara un corte en el tendón.

Lindir no daba tregua y continuaba quitándose a los orcos de encima, mientras defendía a su capitán aun tirado en el suelo a sus espaldas. Mientras lo oía gemir de dolor al intentar pararse, exclamó:

—¡Resiste, Elrond! —Aun en el caos, pudo sentir la vibración del suelo—. Están llegando. —anunció.

Con terrible saña, el gigante negro corrió hacia los elfos y dirigió la espada de Elrond hacia la garganta de Lindir, pero antes de que pudiera alcanzarla, su propio mazo le destrozó el brazo.

—¡No! ¡No lo lastimarás a él! —gritó Elrond con desquicio viendo al orco rugir por el dolor.

La espada que sostenía la bestia voló en el aire y fue alcanzada por la lluvia de flechas que pronto se clavaron en los cuerpos de los orcos que quedaban en pie.

Dando un último esfuerzo, el heraldo agitó el mangual en el aire pero antes de que pudiera azotarlo contra el orco, este le propinó otro fuerte golpe en la cabeza, que lo aturdió y lo hizo sangrar. Mientras caía absolutamente mareado, vio a un altivo elfo rubio arrancarle al orco la cabeza de cuajo con su espada.

—¡Bestias inmundas! —exclamó Thranduil dando un salto de su caballo y propinando una patada furiosa sobre el cuerpo del orco negro, ya sin cabeza.

El cuerpo cayó pesado al suelo y el príncipe del Bosque Verde pasó sobre él, enfundando su espada. Sin mediar palabra se acercó a Elrond, quien se balanceaba de rodillas con la mirada perdida. El Sindar le quitó el mazo y pasó el brazo del heraldo por sus hombros. Lindir se unió a él rápidamente y ayudó a sostener al hijo de Eärendil. Juntos, los tres caminaron hasta el caballo de Thranduil mientras la guardia de Eregion acababa con los últimos orcos.

—Con un balrog, ¡Elrond! —exclamó Haemir llegando a ellos en una corta carrera viento como la sangre brotaba de la frente del heraldo y le corría por toda la cara—. ¡¿Qué hacen aquí?!

El hijo de Eärendil quiso contestar pero el cansancio lo dominó al mismo tiempo que el dolor punzante de su pie le recorrió el cuerpo como un choque eléctrico al dar un paso con su planta maltrecha; cayó desmayado sobre su amigo.

—¡Elrond, no! —Se horrorizó Lindir, pues sabía que las heridas de su capitán eran variadas.

—Toma mi caballo y llévalo con los sanadores, ¡De inmediato! —ordenó Thranduil y se volvió hacia Lindir—. ¡¿Tú estás bien?! —preguntó examinando al elfo en busca de heridas y descubrió que solo tenía unos golpes de nula gravedad. Lindir no contestó pero alzó la vista y una lágrima rodó por su mejilla. Comenzó a temblar por el pavor que le causó ver al heraldo desplomarse junto a él.

—Solo... —musitó angustiado. Thranduil advirtió la situación y lo atrajo hacia él en un movimiento rápido. Mientras lo abrazaba para calmarlo habló en un tono amable.

—Está bien, él estará bien. —dijo para tranquilizarlo—. Fuiste muy valiente, Lindir. Elrond vivirá gracias a ti.

—Sa... Sabía quién era. —balbuceó Lindir entre sollozos. Thranduil se separó de él y lo vio extrañado.

—¿Qué? ¿Quién?

—El orco... Él sabía... —explicó el muchacho—. No entendí lo que dijo, excepto una palabra... Eärendil. —mencionó tembloroso. Thranduil echó una mirada sobre la cabeza rebanada de la bestia e intentó disimular su inquietud. Tal vez no había sido un ataque azaroso de los que comenzaban a abundar en aquellas tierras—. ¿Qué... Qué hace usted aquí, alteza? —preguntó Lindir saliendo de su trance.

—Es una larga historia. Pero gracias a esto, mi pueblo puede comer. —respondió el rubio—. Y no me digas alteza ni me trates con distancia, por favor. Ya te lo dije en el Bosque, eres mi amigo.

En los dominios de Oropher, Morwenna balanceaba repetidamente su pierna cruzada y por más que lo intentara, no lograba pasar de la primera oración en la página de su libro. Estaba nerviosa, disgustada y distraída. Liswen sentada frente a ella, sin embargo, traducía un libro al Sindar sin inmutarse.

—¡Ya! —dijo Morwenna soltando el libro sobre la mesa y sobresaltándola—. ¡¿También tú lo sientes?! ¡¿O solo soy yo?! —inquirió molesta. Liswen pestañeó dos veces al observarla con temor.

—¿Sentir qué? —indagó haciéndose la tonta, aunque en su interior sintió que finalmente la conversación sobre maternidad fallida tendría lugar. Morwenna bufó reclinándose sobre el respaldo de su silla.

—Bien, soy solo yo. —contestó mordiéndose los labios. Gimió con disgusto y aun no podía dejar de balancear su pierna. Liswen bajó la vista y cerró su libro, evidentemente no era buena idea continuar trabajando en ese clima.

—¿Qué sientes, Morwe? —Dilataría el momento todo lo que pudiera.

—No lo sé exactamente... —declaró la princesa cerrando los puños en torno a su pecho—. De golpe sentí... Desesperación e impotencia. Rabia... —dudó ladeando su cabeza—. Sí, rabia. Y dolor... En el alma, aunque también en el cuerpo, ¿Sabes? —Morwenna se sorprendió registrando sus sensaciones y Liswen la observó extrañada. Podía comprender todo lo anterior pero no sus sensaciones físicas—. Llámame loca, pero juraría que un momento atrás, algo me pinchó la planta del pie.

Liswen suspiró aliviada. Al parecer Morwenna hablaba de otra cosa completamente distinta.

—¿Leías sobre Morgoth? —preguntó posando su visión sobre el libro de su cuñada. Esta asintió no comprendiendo la relación de su conversación—. Tranquila, Morwe... Es solo empatía. —comentó relajándose—. Muchos sufrieron en ese tiempo, es normal que te conmueva lo que lees y eso te haga sentir así. Solo estás cansada, tomate un respiro.

—No, pero... —La princesa intentó explicar, pero su cuñada se levantó de su asiento negando. No haría lugar a la conversación del heredero que se negaba a llegar.

—¿Sabes qué? Es un gran momento para beber té. Continuemos más tarde. —propuso rodeando la mesa y llegando junto a Morwenna. La tomó del brazo y caminaron juntas.

—Lis... ¿Has tenido noticias de mi hermano? —Se atrevió a preguntar la hija de Oropher. La otra princesa caminó rígida y la Sindar lo notó.

—Está bien. Dijo que regresará pronto... En cuanto acabe de cumplir con el trato que Celeborn le propuso para enviarnos ayuda. —anunció Liswen. Morwenna asintió con pena.

—Al menos podemos alimentar al reino. —comentó. La esposa de Thranduil gimió molesta.

—Sí, necesitan estar fuertes para cuando nos quieran matar por no cumplir nuestro deber. —acotó de mala gana. Morwenna giró el cuello hacia ella horrorizada.

—¡Lis! —La reprendió, aunque posteriormente emitió una risita—. Al menos ahora tenemos una excusa convincente. No podemos darle un heredero al trono si el príncipe hacedor de niños se encuentra fuera de las tierras donde habita su esposa, la otra mitad de la receta del éxito.

Liswen ingresó en el comedor en silencio. No se molestó en responder al comentario bromista pero real de su cuñada y Morwenna sintió que había metido la pata. De todas formas, no se disculpó porque vio a Liswen sonreír a las elfas del servicio como si nada la perturbara y volver a hablarle del asunto del té como si quisiera olvidar que aquella conversación había tenido lugar. Morwenna le siguió la corriente entonces e intentó olvidar que ella también se sentía presionada al respecto. A pesar que Oropher aun no le consultaba sobre su decisión de permanecer en soltería, sabía que pronto la desagradable conversación tendría lugar. Y mientras bebía su té, descubrió que el movimiento pendular de su pierna seguía ahí, y su sensación también, aunque ahora era más compasiva que otra cosa y supo que no era producto de lo que estaba leyendo antes. Elrond cruzó su mente de un momento al otro y por primera vez en un largo tiempo sintió ganas de que él la visitara. Si bien deseaba su cercanía casi permanentemente, sabía que la distancia entre ambos era grande y los impedimentos verdaderos, por lo que no solía desesperar ante sus ansias de volver a verlo. Pero esa tarde; algo estaba pasando, lo sabía. Así que Morwenna imploró a los Valar que por las razones que fueran, el heraldo apareciera pronto en el bosque.

La princesa del Bosque Verde era lo primero que aparecía en el pensamiento de Elrond a cada despertar, por lo que, al abrir los ojos en la sala de curación y ver a Thranduil de pie al final de la cama, fue lo primero que dijo:

—¿Morwenna?

Thranduil sonrió burlón, aunque el peso que finalmente cayó de sus hombros se apreció en sus ojos luego de comprobar que su temor a que Elrond jamás despertara era solo eso, temor. Codeó sutil a Lindir quien se levantó de un respingo luego de oír la voz del heraldo; había estado dos días de rodillas implorándole a los valar que lo dejaran despertar.

—Te dije que estaría bien. —Le recordó el Sindar. Al no obtener respuesta, Elrond intentó incorporarse en la cama, pero todo le daba vueltas. Sus amigos acudieron a recostarlo nuevamente.

—¡Elrond, por Eru, no te muevas! —pidió Lindir acomodando una almohada bajo la cabeza del hijo de Eärendil. Este le echó una mirada de reojo y observó el tono rosado del contorno de los ojos de Lindir por el llanto ininterrumpido, así como sus varios vendajes por los cortes y golpes que había recibido en la lucha. Le agradecería más tarde, pero en primera instancia se había propuesto averiguar qué hacía el hijo de Oropher en Eregion.

—Morwenna... —Volvió a decir, esta vez haciendo contacto visual con Thranduil.

—En el bosque. A salvo. —anunció rápidamente el rubio para tranquilizarlo—. No estoy aquí por ella, mellon. (amigo). No exclusivamente, al menos. Pero ella está bien, despreocúpate. ¿Cómo te sientes? —Quiso saber.

—Mareado. —distinguió. Thranduil le explicó lo que había ocurrido y le dijo que habían detenido el sangrado, pero que no debía moverse demasiado, puesto que el golpe había sido muy fuerte—. No le digas. A Morwenna... No la preocupes. —solicitó. Thranduil negó con una sonrisa compasiva.

—Aunque le llevaré cartas tuyas si quieres escribirle. —ofreció—. Aun no me voy, pero... En cuanto lo haga, las llevaré. Ahora dime, Elrond... ¿Qué te trae a Eregion esta vez? Lo único que salió de la boca de Lindir fueron rezos.

El heraldo cerró los ojos con molestia y de pronto recordó.

—Oh, no... La carta. —dijo.

—¿Cuál carta? —preguntó Thranduil mirando a Lindir.

—La encontraron los sanadores entre tus ropas, se la llevaron a Celeborn porque les dije que era urgente... Con el retraso de los orcos, no nos han informado, pero tal vez Annatar ya esté aquí. —explicó el muchacho.

—¿Quién es Annatar? —Pidió saber el Sindar.

Elrond asintió y Lindir se dispuso a contarle lo que sabía. Luego de escucharlo, el hijo de Oropher quedó pensativo. Le había dado vueltas a lo que Lindir había comentado del orco que había atacado a Elrond dos días antes, pero no podía concebir la idea de que un orco en particular guardara tal rencor contra Eärendil como para inyectar a su descendencia con el mismo odio y promesa de matar a su hijo. Los orcos sí eran malvados, rencorosos e irracionales, pero pertenecían a un linaje de jerarquía mucho menor a otras razas, y por más que un capitán hubiese sido quien intentó darle muerte a Elrond, veía muy incoherente que algo así sucediera. Distinto fue cuando Lindir le habló de Annatar y Thranduil preguntó si Elrond se había presentado ante él como hijo de Eärendil. El heraldo asintió confundido, pero era sabio y pronto ambos elfos pensaron lo mismo, aunque no lo dijeron... No sabían quién era Annatar, pero precisamente su extrañeza y las sospechas de Elrond sobre que fuera un enviado de la oscuridad y no de los Valar, podían haberle puesto precio a la cabeza del gemelo de Elros.

—Alteza, —llamó Celebrían a Thranduil. Ingresó en la sala con ropas ajustadas y el cabello recogido en media trenza cocida. En su mano llevaba una espada y su expresión estaba alejada de la mirada aniñada que los elfos de Lindon le conocieron en su primera visita a Eregion—, me dijeron que podía encontrarlo aquí. Estuve esperando para retomar mis cla... —Conforme se fue acercando a él, divisó que debajo de la venda que el elfo recostado en la cama tenía en su cabeza, asomaba el rostro gentil que la hija de Celeborn tanto había soñado aquellos días. Aunque su encuentro con Elrond no fue precisamente como hubiera querido—. ¡Milord! —gritó con pavor y corrió hacia él dejando caer la espada. Se sentó en el borde de la cama y tomó la mano del heraldo entre las suyas—. Oh, milord Elrond, ¡¿Qué le han hecho?! —preguntó con angustia.

—Lady Celebrían. —saludó el hijo de Eärendil con una sonrisa leve—. No se preocupe por mí, estaré bien.

—Veré que traigan todo lo que necesite, milord, usted es quien no debe preocuparse. —anunció la doncella—. Alteza, —nombró dirigiéndose a Thranduil—, me temo que retomaré mis clases en otro momento. Mi deber ahora está junto a este gentil caballero.

Thranduil intercambió miradas con Elrond. El heraldo gimió de dolor obteniendo la atención de la elfa.

—Milady, ya ve cómo estoy. Será mejor que usted no interrumpa su instrucción si quiere poder defenderse de posibles ataques y salvar su vida también. —aconsejó—. Se ve diferente, más fuerte y sabia. Eso me agrada. —acotó y Celebrían se irguió orgullosa y sonrojada—. Pero las bestias afuera de nuestros hogares se han vuelto también poderosas y feroces... He tenido a los mejores maestros en armas que hubiera podido pedir, soy profesor ahora y aun así apenas si salgo con vida de esta emboscada; el estar hablando ahora con usted se lo debo a Lindir. Sin él, mi alma rondaría los pasillos de las Estancias de Mandos ahora. —reconoció mientras Lindir se secaba una lágrima emotiva con la manga de su túnica—. No abandone sus clases, milady.

—Oh, no las abandonaré. —aseguró la doncella—. Es solo que ahora siento que mi lugar está junto a usted. Deseo permanecer a su lado, cuidándolo. —confesó.

Lindir rodó los ojos y se levantó molesto. Thranduil se llevó la mano a los labios simulando un gesto de preocupación, cuando en realidad lo que estaba haciendo era tapar su sonrisa emergente.

—Iré a redactar la misiva para el Bosque Verde. —informó el aprendiz a viva voz—. Elrond, avísame si quieres que adjunte una carta para Morwenna también. Seguramente estará encantada de recibir noticias de un elfo tan importante para ella. Y estoy seguro que también te mueres de ganas por saber de la princesa. —recalcó con una sonrisa triunfante. Celebrían apartó la vista de él con hastío, pero no soltó la mano del heraldo, quien al fin y al cabo, era el único elfo que le importaba.

—La misiva, un asunto por demás importante. —recordó Thranduil con el episodio de Annatar en Lindon aun en su mente. Elrond asintió serio y el Sindar se retiró. Ambos suponían que el heraldo podía manejar la situación con Celebrían sin problemas, pero que lo imperioso era que el mensaje del señor de los dones llegara a los dominios de Oropher antes que él.

—Me alegra estar aquí con usted a pesar de todo. Sé que probablemente no pueda moverse, pero... Me siento más segura solo con saber que está aquí. —comentó la elfa con una mirada tierna—. Un desconocido llegó muy temprano a nuestras puertas y solicitó hablar con mis padres. —contó—. Han estado en audiencia desde entonces y eso me aterra, milord. —confesó.

—¿Lo ha visto? —preguntó Elrond con genuina preocupación. Un cosquilleo perturbador le recorrió el pecho y dio cuenta que la misiva tal vez había llegado muy tarde, o peor, había sido redactada en vano.

Celebrían negó y Elrond percibió la pena en su silencio. La doncella acarició sus nudillos y apartó su rostro, dejando que su cabello se deslizara hasta él. Por un segundo, en la caída dorada de aquella cabellera y en la caricia inocente sobre su mano, Elrond confundió a Celebrían con Morwenna. Vio a su amada en esa doncella solitaria y con su otra mano, aunque dolorido, tomó la punta de uno de sus mechones para jugar con él. Celebrían devolvió el rostro hacia Elrond, mientras este yacía perdido en el brillo dorado de su cabello y cuando sus miradas se encontraron, por primera vez la elfa vio algo más que indiferencia. El heraldo sonrió y bajó la vista liberando el cabello de Celebrían.

—Lo siento. —Se disculpó rápido y volvió a la seriedad que lo caracterizaba.

—No. —respondió ella, conteniendo tras su expresión despreocupada la alegría que le había provocado ese breve momento de confusión del hijo de Eärendil—. Está bien. Puede hacerlo si quiere, no me molesta. Al menos... No que usted lo haga.

Celebrían regresó a su expresión temerosa y Elrond la observó extrañado.

—¿Por qué la aterra la visita del desconocido, milady? —indagó. Supuso que eso era lo que la perturbaba y supuso bien.

—Temo que venga a pedir mi mano en matrimonio y mis padres lo acepten. —declaró.

—No tiene nada que temer, entonces. —aclaró Elrond. Celebrían lo observó curiosa—. Si es quien creo que es, ha venido por otro motivo más... Ambicioso.

—¿No cree que unirse a mí sea lo suficientemente ambicioso, milord? —Celebrían sonrió orgullosa de su contestación. Luego de aquel comentario, Elrond supo que se sentía más aliviada y le agradó el poder llevarle tranquilidad.

—Me temo que el fin que ese elfo persigue nada tiene que ver con el amor. Y no, no creo que casarse sea una cuestión ambiciosa. El amor nada sabe de cantidades, milady, por eso no se puede ambicionar.

Celebrían rió coqueta.

—Espero poder creer en lo que dice, milord. Mi madre no es como el rey Oropher, quien ya comienza a pensar en casar a su hija con cualquier elfo que le ofrezca estabilidad para su reino. —Elrond rió por lo bajo. Morwenna lo había anticipado, ese sería el chisme entre los elfos de Arda y llegaría a sus oídos tarde o temprano—. Pero mi padre... ¿Por qué todos los padres son así? —inquirió. Elrond no llegó a contestar cuando Celebrían se acercó a su rostro observándolo seria. El heraldo creyó que iba a besarlo y no pudo más que abrir demasiado los ojos con terror—. Prométalo.

—Eh... ¿Lo... q... Prome... Prometer qué? —titubeó nervioso.

—Prometa que cuando sea padre de una elfa no será esa clase de padre insensible. —dijo segura. Elrond suspiró. Había visto una niña en su visión, pero sabía que aquello no se cumpliría, no si quería mantener a Morwenna a salvo.

—Pues insensible o no, mis hijos, todos, estarán a salvo de mí porque no tendré ninguno con tal de salvarlos de la desgracia que me rodea. —aseguró cabizbajo—. No seré padre, milady.

—No diga eso, por supuesto que lo serem... Será. —Se corrigió sonrojada. Elrond la miró de reojo. ¿Acaso Celebrían había dicho seremos?—. Por favor, prométalo.

—Aun dudo que suceda, pero tiene mi palabra. Si tengo una hija no intentaré casarla, o mejor dicho, venderla. No soy esa clase de criatura, Lady Celebrían. —afirmó mirándola a los ojos.

—Lo sé. —sonrió ella y regresó a su posición anterior. Elrond respiró aliviado—. Por eso siento lo que siento por usted. —reconoció y el heraldo calló. Ambos sabían lo que él sentía por Morwenna, no había razón de continuar removiendo la herida—. Querrá descansar, milord.

—En realidad... Tengo que escribir una carta. —mencionó despacio. Celebrían sabía que le escribiría a la princesa del bosque y él, aunque completamente inocente de las circunstancias, sentía culpa por ventilar sus sentimientos delante de una elfa que lo amaba y a la que no podía corresponder.

—Haré que le traigan papel y tinta. —aclaró ella y Elrond le agradeció. Cuando salió de la sala, Celebrían sintió la presión en el pecho y supo que estaba a segundos de desbordar en llanto. Amaba a alguien que no la amaba de vuelta y en su naturaleza de elfa, sabía que solo amaría una vez en la vida; estaba condenada.

Los días pasaron apresurados. Una nota se le envió a Gil-Galad para ponerlo en aviso de la emboscada de los orcos y la razón por la que nuevamente su heraldo tardaría más de la cuenta en regresar. Elrond ya había abandonado la sala de curación y no podía esperar para retornar a su hogar, o para ir a cualquier otro lugar que no fuera Eregion, de preferencia el Bosque Verde, pues Celeborn y Galadriel habían recibido a Annatar con confianza a pesar de la advertencia de Lindon y el elfo ya andaba a sus anchas dictando clases sobre forja de joyas mágicas y paseando por la ciudad como si fuera su regente.

Por consejo del hijo de Eärendil, Lady Celebrían se mantenía lejos de la presencia de Annatar y evitaba coincidir en eventos especiales como banquetes que sus padres otorgaban en su honor bajo la excusa de que estaba cansada por el entrenamiento con Thranduil o que debía continuar con sus estudios, pero pronto las excusas le quedarían cortas, puesto que el hijo de Oropher estaba a punto de abandonar Eregion. Thranduil no solo extrañaba a su esposa y su hogar, sino que además había tomado real dimensión del peligro que aguardaba a las afueras de las grandes ciudades o reinos luego de ver el estado en que Elrond había llegado a los dominios de Celeborn, y teniendo muy presente la visión respecto de su hermana, no podía aguardar para regresar y asegurarse que nada malo le ocurriera.

En el bosque, la noche caía pacífica y despejada. Por primera vez en semanas las estrellas se hacían visibles y eso alegró a los elfos, sobretodo a los silvanos. Además, su príncipe no les había dado un heredero aun, pero había conseguido un trato exitoso con Eregion, y a cambio de enseñar a su hija a defenderse, Celeborn había aceptado enviar comida de sus reservas para el pueblo del bosque, por lo que, si bien aun estaban en emergencia y racionando las porciones, al menos realizaban la cantidad de comidas necesarias. A su vez, la tropa que Oropher había enviado al sur había regresado con gran cantidad de granos y entre ellos traían café, toda una novedad para los elfos, acostumbrados a las virtudes del té. Esta nueva bebida les aportaba mayor energía, por lo que habían comenzado a estudiarla y los sanadores ya presentaban los primeros informes para un consumo adecuado y saludable. En ese contexto, Oropher, Morwenna y Liswen cenaban en el comedor principal cuando Varnion se acercó con una nota para el rey.

—Lo siento majestad, pero tengo órdenes de entregarla con urgencia. —El muchacho extendió el sobre hacia Oropher y este vio que la rúbrica del sello pertenecía a Eregion.

—¿Noticias de Thranduil? —Extraño, pensó, pues el príncipe cargaba su propio sello.

—No, mi señor. El mensajero dijo que es una misiva urgente de Elrond, hijo de Eärendil.

Morwenna dejó de comer ni bien oyó el nombre de su amado. ¿Una carta de Elrond con el sello de Eregion? ¿Elrond había vuelto a salir de Lindon? Oropher no perdió tiempo y abrió el sobre con preocupación. Al leer la nota, ambas elfas aguardaron expectantes y analizaron cada gesto del monarca. Conforme las líneas avanzaban, el rostro de Oropher se tornaba más y más serio. Al finalizar, el rey dejó la carta sobre la mesa y se levantó de un respingo.

—¡Varnion! —llamó autoritario. El muchacho acudió a él—. Ordena cerrar todas las puertas del reino. Nadie saldrá o ingresará sin mi permiso. Incluso mi hijo cuando regrese deberá reportarse ante mí. —comandó—. Y en cuanto a ustedes... —agregó girando hacia las princesas—. No irán más lejos del jardín privado hasta que lo ordene.

—Padre, ¿Qué ocurre? —preguntó inquieta Morwenna. En varios siglos no lo había visto tan preocupado.

—Hay un intruso que dice ser enviado por los Valar. Gil-Galad desconfió de él y lo desterró, pero esperan su llegada a Eregion para estos días... O al menos la esperaban para cuando la carta fue enviada. Tal vez ya esté cruzando nuestros bordes si en Eregion tampoco lo aceptaron. —informó serio.

—¿Todo este encierro por solo una criatura? —indagó Liswen.

—El hijo de Eärendil también recomienda precaución. —acotó dirigiéndose a su nuera—. De camino a Eregion vieron grupos de orcos desplazándose libremente a campo abierto. No saben a dónde se dirigían, pero si esas bestias se aventuran a la luz de día, nada bueno están tramando. —evidenció. Lindir, por expreso pedido de Elrond, no había mencionado el ataque. Si bien para Oropher era importante saberlo, el heraldo no quería que la misiva cayera en las manos equivocadas y Morwenna leyera que él había resultado herido.

—Adar, (Padre) ¿Puedo retirarme? De repente ya no tengo hambre. —expresó la princesa. En realidad quería correr a su habitación a buscar la carta que seguramente Elena había dejado en su escritorio. Si Elrond estaba en Eregion y se había tomado la molestia de escribirle al rey, entonces también le había escrito a ella. Oropher asintió y la doncella salió del comedor haciendo una corta reverencia.

Oropher volvió a sentarse y percibió la incomodidad de su nuera, firme y silenciosa en su lugar.

—Mi hijo no está aquí, no te preguntaré lo que es obvio. —El monarca habló lo más amable que pudo. Oropher no era un elfo de sentimientos a flor de piel como sus hijos, y le costaba expresarse dando la imagen de padre comprensivo que le hubiera gustado ofrecerle a Liswen.

—Por más que estuviera aquí, también preguntaría una obviedad. —respondió ella sin hacer contacto visual.

—¿Por qué dices eso? Yo no lo creo así. Lo que si creo es que si este asunto continúa dilatándose, tendré que ofrecerle un buen trato a Gil-Galad a cambio de su heraldo, puesto que Morwenna no se unirá en matrimonio a otro elfo que no sea él. Tendré que postrarme a los pies de ese Noldor y asegurarle que lo reconozco como regente de todos los elfos, incluso por encima de mi reinado. Perderé mi dignidad y volveré al principio, quizás incluso tenga que hacer las pases con Celeborn... Pero habré salvado esta monarquía. —opinó con desgano.

—¡Entonces hágalo! —espetó Liswen para sorpresa de Oropher—. Porque si espera que su hijo le de un nieto pronto, será mejor que se postre a los pies de Gil-Galad o busque otra elfa, porque yo no sirvo, ¿Lo entiende? ¡No sirvo! —estalló levantándose de golpe. La silla chirrió detrás de ella y el sonido retumbó en el gran salón vacío, haciendo eco junto a su grito. Oropher intentó llevarle calma, pero Liswen no estaba en condiciones de recibir nada que él quisiera darle—. ¡Porque usted y este maldito reino lo único que necesitan es un hijo de Thranduil! —acusó—. ¡Pues bien, yo no soy necesaria para eso! —agregó con furia—. ¡Ponga a su hijo a copular con otra elfa y obtenga el bebé que tanto necesita! ¡Y más vale que sea varón! ¿Cierto? —añadió irónica—. ¡O el siguiente paso será casar a Morwenna a la fuerza y usarla como horno de forja de elfos! Pero... Oh, ¡¿Podrá doblegar al hijo de Eärendil?! ¡Ja! No lo creo... ¡Elrond de Lindon es un elfo íntegro y decente! ¡No como usted y su círculo de insensibles! ¡Machistas! ¡Malditos elfos!

Liswen se retiró del lugar enfurecida, lanzando insultos al aire dedicados al rey y toda su corte. Oropher, atónito y boquiabierto, la dejó ir sin decir una palabra. Podría haber enfurecido junto con ella y ordenado encerrarla una noche en sus recientemente construidos calabozos, pero sabía que sería en vano, ese era el carácter de Liswen y seguiría siéndolo aun después de su confinamiento. Además, sabía que ese estallido era exclusivamente su culpa y la de sus súbditos... Habían echado tanta presión sobre Thranduil y su esposa, que su reacción ya se había hecho esperar. Liswen era un recipiente profundo, pero demasiada agua había soportado antes de rebalsar como una catarata. De todas formas, Oropher rogó que su hijo regresara pronto. Él era el único capaz de llevar un poco de tranquilidad a su esposa.