Elrond tomó las riendas de su caballo y se adelantó un poco. Aun llevaba su brazo vendado por orden de los sanadores de Eregion, quienes solo le permitían ejercitarlo un par de minutos al día; la herida no era seria pero había estado a otro golpe de quebrarse y los sanadores aconsejaban precaución.
—Recuérdame algo... —pidió poniendo a su caballo a la par del de Haemir. Este apenas giró su cuello hacia el heraldo, pero le prestó suma atención—. Thranduil... Bueno, está aquí porque... es Thranduil. —mencionó como una obviedad—. Narbeth también, porque vive allí ahora. —acotó—. Lindir... porque va a donde yo vaya y Lady Celebrían por pedido de sus padres... Pero tú... ¿Por qué vienes? —indagó. Haemir abrió la boca para contestar pero Elrond alzó una ceja estudiando su reacción y le advirtió—: Y no me digas que escoltas a la hija de Lord Celeborn. —aconsejó. Haemir cerró la boca y bufó con desgano antes de revelar la verdadera razón de su presencia en el viaje.
—La doncella de la derecha es mi... Amiga. —informó en un tono que nadie, especialmente Elrond, pudiera haber creído. Se refería a una de las dos elfas que acompañaban a Celebrían, cabalgando delante de ellos. Elrond cambió su expresión inquisidora por una sonrisa burlona—. Ni se te ocurra hacer comentarios de esos, ya sabes... Esos que solemos hacer. —puntualizó sacudiendo los hombros con molestia—. Ella es tímida, la asustarás y todo mi trabajo de años se irá al cuerno. —Le advirtió muy serio.
Elrond negó con gracia y buscó algo más con lo que distraerse, pues aun tenían un tramo extenso por el bosque hasta la entrada de la fortaleza de Oropher. Admirando el paisaje a su alrededor, le llamó la atención que el camino se encontrara despoblado; recordaba un reino mucho más vivo y alegre, sin embargo el bosque que les estaba dando la bienvenida ahora se sentía frío en comparación a su última visita.
Si bien tenía presente que el pueblo de Oropher había pasado una sequía y una consecuente inundación que había destruido parte de su vegetación junto con la alegría de su gente, comenzó a creer que el mal que se gestaba sobre el cielo de Lindon estaba llegado finalmente a los límites de las tierras de los Sindar. Temió por Morwenna y por lo que encontraría al ingresar en la fortaleza, porque al llegar al primer paso custodiado, los guardias, en pleno conocimiento de su príncipe, igual apuntaron con lanzas a la comitiva y no los dejaron pasar hasta que Thranduil aclaró quiénes venían con él y porqué.
En cuanto el príncipe mencionó que habían abandonado Eregion por precaución ante la desconfianza que les suscitaba Annatar, los guardias los dejaron pasar y frente a ellos, la roca gris e imponente de la fortaleza apareció en un claro delante de un puente custodiado por dos figuras talladas en piedra que recordaban a los altivos guerreros de Doriath. Tal vez la memoria de aquella ciudad estuviera mansillada, pero su gloria continuaba viva en los rostros y la pose erguida de aquellas estatuas.
Los recién llegados fueron anunciados con celeridad y al ingresar en las instalaciones del reino, una gran cantidad de silvanos los cruzaron en la ruta hacia el salón del trono. Toda la soledad de afuera parecía concentrada en el interior de aquella fortaleza y eso les hizo desconfiar de la supuesta seguridad de la que el reino solía jactarse. Todo indicaba que Oropher había oído el consejo de Elrond de cerrar las puertas, pero se había tomado demasiado a pecho la amenaza, encerrando a todos los elfos entre las rocosas paredes como un refugio... O una próxima tumba.
La última pincelada del cuadro alarmante la dio el monarca, quien recibió a la comitiva a los pies de la escalinata del trono y no sentado en el mismo, sosteniendo su espada embadurnada con una sustancia espesa de color negro, mientras dos guardias se encargaban de transportar el cuerpo muerto de un orco. Su cabeza, desprendida de la hedionda bestia gris, aun rodaba por las escalinatas de acceso al salón.
Celebrían dio dos pasos hacia atrás dominada por el pavor que la cabeza rodante de la criatura grotesca le causó y paralizada clavó la vista en el cielo hasta que Elrond, enterado de su reacción, pateó rápidamente la cabeza lejos de ella como si de un balón se tratase. La misma rodó a los pies de otro de los guardias, que se encargó de llevarla junto al cuerpo y el orco, en partes, desapareció del rango de visión de la comitiva.
—Gracias. —atinó a decir la doncella, echando una temerosa mirada de reojo sobre Elrond. Este asintió con confianza.
—Se lo llevaron, ya puede mirar. —Le informó para tranquilizarla.
Celebrían suspiró pero el aire de ella emanó entrecortado. Intentó tranquilizarse poniendo su interés en cosas más alegres, como la decoración de guirnaldas de flores frescas que pendían a los costados del trono de Oropher en celebración por la primavera. No había nada que le importara más en ese momento que olvidar lo que había visto anteriormente, para no tener pesadillas en la noche.
Oropher entregó su espada a Varnion y se llevó la mano al pecho dándole la bienvenida a su hijo. Acercándose a Thranduil, lo abrazó y musitó a su oído:
—Como si Celeborn no supiera que tenemos suficientes problemas, nos envía más bocas que alimentar.
El príncipe se separó de él para mirarlo a los ojos. Estaba casi tan serio como su padre y confundido por la escena que había presenciado.
—¿Qué fue eso? —indagó en susurros.
—Un interrogatorio. Aislado, no llegaron siquiera a tocar nuestro bosque. —Le aclaró su padre con celeridad desinteresada.
—¿Liswen? ¿Morwenna? —preguntó.
—Bien; sobre Liswen hablaremos más tarde. —anticipó el rey, causando preocupación en su hijo—. Ahora... ¿Qué es esto? ¿Una broma de Celeborn? Thranduil, no estamos en condiciones de recibir a nadie más. —Se quejó.
—Con lo que sea que estemos lidiando, este reino es Valinor en comparación a lo que es Eregion hoy. —Luego del comentario, deslizó un sobre hacia Oropher. No podía quitarse a su esposa de la cabeza, pero debía resolver el asunto de sus invitados primero—. Lord Celeborn se compromete a seguir enviando provisiones a cambio de que le otorgues refugio a su hija hasta que él y Lady Galadriel puedan abandonar Eregion y llevarla con ellos. Algo ocurrió... Lord Celeborn y su esposa están perdiendo poder. —anunció. El monarca del bosque, concentrado en la nota que su hijo le había entregado, levantó la vista de golpe. No supo si sentir felicidad maliciosa o pena. Observó de reojo a la hija de Celeborn y regresó su expresión intranquila a Thranduil. Iría por la pena, Celeborn le caía fatal, pero que tuviera problemas hacía que arrastrara una cadena de sufrimiento con su familia y su pueblo, ambos inocentes de sus errores.
—¿Qué está ocurriendo allá? ¿El hijo de Eärendil? —advirtió cuando Elrond se abrió paso entre los presentes—. ¿Vendado? —indagó con preocupación. Su inquietud no se debía del todo al bienestar del heraldo, pero Oropher reconocía en Elrond a un elfo sumamente avezado en la lucha y verlo allí con signos de haber sufrido un ataque era perturbador.
—Te lo explicaré en cuanto pueda. Ahora por favor... Cumple con el protocolo. —solicitó el príncipe girando con una sonrisa fingida para quedar a la par de su padre. Oropher juntó sus manos y ladeó su cabeza.
—Sea usted bienvenida, Lady Celebrían. Sé que esta fortaleza da la impresión de estar bajo asedio, pero le aseguro que su estadía aquí será completamente segura. Solo estamos siguiendo las sugerencias de su servidor, Elrond de Lindon. —anunció ladeando su cabeza al heraldo como un saludo. El hijo de Eärendil se inclinó en señal de respeto—. Lo que acaba de presenciar es una medida precautoria. Una tropa de orcos se atrevió a pasar cerca de los bordes de nuestro reino y nuestros guardias salieron a darles caza. Tomaron uno como rehén para interrogarlo... Queremos estar preparados ante cualquier amenaza, pero le aseguro que no hay nada en este territorio que pueda perturbarla. Los orcos no se aventuran a cruzar nuestros límites, saben que aquí solo encontrarán su muerte. —informó. Celebrían reverenció al rey y agradeció la buena recepción—. Enviaré un mensajero a Eregion aceptando el pedido de su padre, puede quedarse aquí cuanto desee, milady. Ahora... He de advertirle; me gustaría poder recibirla con un gran banquete en su honor, pero me temo que la situación en este reino no es propicia. No quitaré comida de la boca de mi pueblo para dar fiestas. De todas formas, está usted invitada a la humilde cena que compartimos con nuestros súbditos. —explicó. Celebrían sonrió comprensiva y asintió—. Han de estar exhaustos por el viaje, sobretodo si el abandono de aquellas tierras fue por una razón no grata. Mi hijo les mostrará el camino hacia sus aposentos para que puedan descansar y nuestras doncellas se encargarán de asistirlos. Reitero, sean ustedes bienvenidos. —finalizó. Thranduil estiró el brazo y les indicó seguirlo.
Los elfos comenzaron a caminar detrás suyo, pero pronto Oropher volvió a hablar.
—Hijo de Eärendil. —Llamó en voz alta, logrando que Elrond regresara sobre sus pasos—. Usted no. —ordenó acercándose a él. El rey observó detenidamente cada rastro de herida sobre la piel del heraldo, mientras este permanecía de pie silencioso—. ¿Qué le ocurrió? —preguntó finalmente.
Elrond decidió contar la verdad y aclaró que su atacante conocía su identidad, por lo que lo llamó un ataque preparado. Destacó la valentía de Lindir y la intervención de Thranduil para finalmente dar muerte a su adversario. Oropher, escuchándolo, se llevó una mano a la boca y la masajeó mientras se desplazaba por el salón.
—Tenía la impresión de que se habían vuelto más fuertes, pero ahora su estado lo demuestra. Un elfo tan preparado como usted debería haber podido contra ellos sin recibir ni un rasguño. —declaró—. Alarmante en verdad; lo que vieron aquí... —enseñó recordando el lugar donde el cuerpo del orco yacía antes de que los guardias se lo llevaran—. Esto fue un intento por adelantarme a lo que está ocurriendo. Pero esa inmundicia se negó a cooperar, insultó a nuestra raza y abandonó esta vida sin declarar nada significativo. Esperaba que usted pudiera iluminarme al respecto, pero...
—Las tierras cercanas a Eregion están viendo movimiento de grandes grupos cada vez más seguido. —expuso Elrond—. Hace días, Lord Celeborn solicitó a su alteza real refugiar a Lady Celebrían luego de que una tropa grande se atreviera a asaltar los hogares aledaños a la ciudad. Estas alimañas merodean y atacan descaradamente y los señores de Eregion temen por el bienestar de su hija. El nulo reporte de disturbios en este reino fue lo que les hizo tomar la decisión. —anunció confirmando el contenido de la carta de Celeborn, incluso sin haberla leído—. Le ruego acepte a Lady Celebrían en su reino por el tiempo que sea necesario. Desconozco lo que reza la misiva de Lord Celeborn, pero lo que pude ver con mis propios ojos fue un desacato a la autoridad por parte de Celebrimbor; sabrá usted, la descendencia de Fëanor ha vuelto al centro de atención. —opinó con cautela. Oropher bufó molesto, recordando las viejas disputas—. Está oyendo el consejo de Annatar, majestad. —acusó. Oropher abrió más los ojos con disgustada sorpresa y Elrond asintió preocupado—. Sí, eso ha puesto en peligro a Lord Celeborn y su familia. —atestiguó y fue lo único que pudo decir al respecto, pues los elfos de Eregion que apoyaban a Celebrimbor se habían vuelto herméticos respecto de sus noticias cuando Elrond había intentado oír más al respecto. Oropher gimió pensativo...
—Por supuesto que la recibiré y la cuidaré como si ella también fuera mi hija. —aseguró—. Quizás Lord Celeborn no sea de mis preferidos, pero no olvido que es por él que en estas tierras no estamos muertos de hambre. —emitió con un gemido lastimoso—. Dígame, Elrond, ¿Ha venido usted a informarme sobre esto? Podría haberlo puesto en una carta, ¿O acaso los caminos se han vuelto tan peligrosos que manejar ese tipo de información sería echarse una soga al cuello? —indagó con curiosidad. Elrond abrió la boca pensativo, pero ni una palabra brotó de sus labios. El monarca asintió acomodando las mangas de su túnica plateada, dándole tiempo de buscar una excusa convincente, pero al no recibir nada del heraldo, se encogió levemente de hombros y comenzó a subir las escaleras de su trono—. ¿Usted está aquí porque...? —investigó girando hacia él luego de subir unos peldaños.
—Escolto a Lady Celebrían. —anunció Elrond muy seguro. Oropher prosiguió subiendo con una sonrisa de lado en sus labios.
—Dos doncellas, tres de los mejores guardias de este reino, uno de Eregion, otro de Lindon, ambos instruidos por usted y mi propio hijo, el mejor esgrimista que he conocido. Parecen suficientes escoltas para la hija de un noble. —enumeró con astucia.
—Lady Galadriel me encomendó esta tarea especialmente. —insistió Elrond, luego de un silencio incómodo entre ambos.
—¿Sabe? Recientemente envié a construir unos finos calabozos que aun esperan por un voluntario que pruebe sus instalaciones. —comentó el monarca sentándose en su trono. Elrond frunció el ceño con confusión—. Vuelva a mentirme y tendrá el honor de inaugurarlos. —amenazó severo.
—No sería la primera vez que estrenara uno. —balbuceó el heraldo y suspiró antes de atreverse a levantar la vista hacia el rey.
—Elrond no tengo más edad que usted y una corona en la cabeza porque sea ingenuo. —evidenció Oropher—. Todo lo que ocurre en este reino pasa por mí antes de aprobarse, así que cada una de sus cartas pasa por delante de mis narices antes de entregarse y los sobres siempre van dirigidos a mi hija. Y no crea que soy grosero, por supuesto que no leo sus cartas, como tampoco las que salen de aquí a su nombre con la rúbrica de la princesa, pero la frecuencia de su correspondencia me dice que sus misivas no solo son de informes de Lindon y salutaciones. Tampoco la actitud de mi hija al recibir uno de esos sobres dice que sean asuntos políticos y su renuencia a tratar cuestiones de matrimonio, junto al episodio que presencié en mi último día en Lindon, indican que Morwenna y usted no comparten una simple amistad. Mi hija hizo su elección y no hay nada que pueda hacerla cambiar de parecer, aunque implique un problema en mi reinado... Pero usted; lo quiero oír de su boca si es tan valiente. Le daré otra oportunidad, ¿Usted está aquí por...?
—Su alteza real. —confesó el heraldo con seriedad y prosiguió, ya no había razón para ocultar nada—: Sin importar la impresión que le haya dado en Lindon, estoy enamorado de su hija, majestad. Hice lo que hice para protegerla, pero no puedo renunciar a lo que siento por ella e intento visitarla cada vez que salgo de Lindon, porque sé que ella siente lo mismo por mí. —aseguró. Oropher se inclinó sobre la izquierda del trono y gimió reflexivo.
—¿Sabe Gil-Galad que está aquí entonces? —preguntó como si todo lo anterior no hubiera tenido importancia. Elrond negó automático.—. ¿Debería reportarlo?
—Usted puede hacer lo que le plazca, es el rey del Gran Bosque Verde, majestad. —evidenció con un dejo de temor por la actitud dubitativa de Oropher—. Yo solo soy un joven que acaba de confesar que ha venido al bosque por la princesa, una doncella de gran importancia a la que se me ha aclarado dos veces que no tengo permitido cortejar. —Puso en énfasis.
Oropher sonrió desdeñoso y se permitió establecer otro pequeño silencio incómodo entre ambos mientras decidía si diría o no lo que tramaba con sus preguntas.
—Permítame un momento de flaqueza, hijo de Eärendil. —resolvió finalmente—. Elrond, este reino se agrieta cada día que pasa sin que un heredero venga a fortificar sus muros. Mi corona rodará junto con mi cabeza si no hago algo pronto. —expuso y luego explicó las razones de su frase. Incluso se permitió hablar de los evidentes problemas de Liswen para concebir—. Y Morwenna... —añadió mencionándola como la salvación a la problemática del reino—. Mi hija se rehúsa a contraer matrimonio con cualquier elfo que se insinúe. Supongo que usted tiene algo que ver con eso...
—Majestad. —expresó Elrond como una confirmación segura—. Usted lo sabe, lo ha sabido desde nuestra conversación durante el episodio de las apatitas con su súbdito Elaran. Adoro a su hija, —Se atrevió a repetir como aquella vez en Lindon—, pero no comparto su visión. No estoy de acuerdo en que procrear sirva para que años más tarde tenga mercancía de carne y espíritu para vender a su descendencia como pilares de monarquías. Morwenna no es como una pieza de plata reluciente, y aunque para mí sea una joya brillante y estimada, es una criatura no un objeto, por lo que le aconsejaré que no insista, ni conmigo, ni con nadie. —resolvió con seriedad. Oropher asintió avergonzado; no era bueno para expresar sus sentimientos por lo que no pudo explicar que en realidad se sentía gustoso de saber que Elrond pretendía a su hija, no por ver la necesidad de procrear para su reino como algo cumplido, sino porque había visto en él un gran espíritu honesto y amable—. Por otro lado, y ahora hablando de mis deseos de unirme a la princesa, —prosiguió, pues se sentía en confianza ante el silencio atento de Oropher—, conozco bien mis limitaciones, majestad. Lo único que porto es un nombre de parentesco heroico y no guardo hazañas para mí. Y por si fuera poco... Carezco de fortuna y no es de oro y plata lo que me falta, si comprende. —enunció. Oropher negó intrigado—. Si quisiera asegurar el bienestar de Morwenna, fallaría catastróficamente. —confesó.
Elrond decidió hablar de su visión y confiarle a Oropher todo lo que alguna vez le había confiado únicamente a sus amigos, junto a la advertencia que le había hecho a Thranduil. Allí, Oropher finalmente comprendió la falta de sueño repentina de su hijo, y porqué siempre se mostraba excesivamente protector con su hermana. También le dio un nuevo sentido al episodio de Lindon, cuando Elrond, guiado por una irracional furia, había rechazado públicamente a Morwenna y le había ordenado partir con el resto de los Sindar.
Al finalizar el relato de la visión, el muchacho suspiró y declaró en tono amargo:
—Es la razón por la que no he luchado por permanecer a su lado... Si su hija se queda conmigo, sufrirá la peor de las desdichas.
Oropher se llevó la mano nuevamente a su boca y con esa acción tapó todos los insultos que en su mente estaba propinando a los Valar. Sus planes estaban coartados y su hija imposibilitada de vivir una sana historia de amor por su designio maldito de castigar a Elrond por cosas que el heraldo jamás había hecho. El monarca observó al heraldo aguardar cabizbajo y se compadeció de él. ¿Por qué el hijo de Eärendil debía sufrir tanto? ¿Por qué además su hija había sido arrastrada a ese destino cruel? Oropher hurgó en su propia historia y vio entre el jovial rostro de Elrond, las marcas de las desdichas que él mismo una vez había cargado. Ambos habían perdido seres amados, pero él parecía ser el mejor posicionado de los dos, pues a pesar de haber visto caer su ciudad y sufrir en consecuencia la muerte de su esposa, aun conservaba a sus hijos... Pero el fruto de Eärendil y Elwing... Él parecía destinado a no poder ver la dicha en su vida.
—¿Qué tan seguro está de que ocurrirá? —Quiso saber con un atisbo de esperanza.
—Todo lo que he visto se ha cumplido, majestad. Lamento no poder aportarle una ilusión a la que aferrarse. —expresó con pena.
—Bien, entonces puede retirarse. —anunció Oropher inmediatamente. Estaba rabioso y angustiado, cualquiera fuera la reacción que tuviera primero, no quería verla estallar frente al heraldo. Elrond asintió y se retiró casi sin esperar a que el rey acabara de decir la frase, pues no quería estar allí para verlo derrumbarse.
Para intentar salir de ese estado incómodo, lo primero que hizo cuando cruzó la puerta de su habitación asignada, fue echar sobre la cama la capa de su padre. Pero el esfuerzo fue en vano, pues contempló con certeza que ni el mejor zurcidor de Arda podría arreglarla sin dejar a la vista la marca del hilo. El desastre estaba hecho, la tela rasgada y la capa perdida para siempre.
Lo que más le molestaba de aquello era el legado que había echado a perder en cuestión de segundos. Seguramente su padre, en lo alto del firmamento estaba riendo al ver a su hijo cabreado por un simple pedazo de tela, cuando en realidad debía valorar que estaba vivo y a salvo, puesto que era eso lo más importante para Eärendil, pero Elrond no podía verlo en su culpa por haber sido él mismo quien había roto su capa. En pleno lamento estaba, cuando sintió los golpes suaves en la puerta.
—Adelante. —mencionó de espaldas a la entrada. La puerta se abrió y el aroma a canela le inundó la nariz. Al girarse, lo hizo con una sonrisa nostálgica que borró poco a poco todo pesar que tuviera minutos antes—. Morwenna. —llamó en un tono bajo y gentil, pero con un dejo de sorpresa. Allí estaba ella, la criatura que tanto amaba y a la que estaba condenado a tener a medias.
—¡Meleth! (¡amor!). —saludó ella mucho más efusiva, inocente del momento que Oropher y el heraldo habían compartido y se echó a sus brazos. Lo besó tomándolo con cuidado, pues las cicatrices de sus heridas aun eran visibles en su cuerpo—. Acabo de cruzar a mi hermano y me dijo que estabas aquí, pero también me contó lo que ocurrió. ¿Por qué no lo mencionaste en las cartas? Bueno, eso ya no importa. ¿Cómo te sientes? —preguntó acariciando el brazo que Elrond aun tenía vendado.
—Estoy bien. Los sanadores dicen que estaré como nuevo en algunas semanas más, pero en mi opinión, solo bastarán unos días. —estimó girando su brazo vendado a un lado y al otro para mostrarle a la princesa que no sentía dolor y a la vez, tratando de disipar sus preocupaciones—. Todo indica que no soy digno de los salones de Mandos todavía. —dijo sonriendo de lado.
—Cielos, estaba segura que algo malo había ocurrido, pero no sabía qué. No fue mi imaginación, ni la empatía de la que habló Liswen. —comentó Morwenna abrazándolo otra vez.
—¿De qué hablas? —Quiso saber él. Se echó un poco hacia atrás para observar la expresión en el rostro de la elfa, pero Morwenna negó con una tenue sonrisa.
—Nada, nada importante. ¡Qué bueno que estés bien! —exclamó y le estampó otro beso—. Estaba a punto de enviarte una carta a Eregion, pero eso no sería suficiente... Tenía la imperiosa necesidad de verte. No como siempre, esta vez era... Algo más... Fuerte, ¿Sabes? Tanto le pedí a Varda que te guiara hacia mí, que al parecer se apiadó... O se cansó de oír mi voz. —reconoció con una risita.
—Dudo que alguien alguna vez se canse de oírte, Morwenna. Al menos eso no me ocurrirá a mí. —aseguró echándole una mirada tierna. Se quedó allí, admirando su belleza en silencio mientras la princesa ponía su atención en la capa sobre la cama.
—¡Elrond! —susurró boquiabierta—. ¿Es tu...? —Él asintió—. Ay, no... Era de tu padre... —recordó.
—Por tanto una reliquia. —Se lamentó el heraldo observando lo mismo que ella.
—Tal vez... —expresó Morwenna luego de un breve silencio. Elrond prestó atención instantáneamente—. ¿Me dejas intentar algo? No podré dejarla como nueva, pero no podemos permitir que se pierda. Tengo una idea... —anunció haciendo contacto visual con el heraldo. Acto seguido, tomó la capa en sus manos y deslizó sus dedos por sobre la tela rasgada. Elrond sonrió y deslizándose detrás suyo, la abrazó por la espalda mientras se inclinaba a besar su mejilla—. Uy, ¿Eso fue un sí? —preguntó ella girando levemente su cuello hacia él. Elrond asintió.
—Te extrañé. —Le dijo de repente. La princesa sonrió antes de besarlo con ternura.
—También yo. Me hace tan feliz que estés aquí... —Le hizo saber apoyando su cabeza en la de su amado. En su interior, los dos comprendieron que esas visitas a cuenta gotas eran mejor que nada.
Un piso por encima de las habitaciones de los nobles, Thranduil ingresaba en cada salón sin éxito. Finalmente llegó al ala este, que a la hora de marchar hacia Eregion, aun no estaba terminada, así que se sorprendió por dos razones al ingresar en el salón circular del final del pasillo.
La primera fue el decorado del lugar. El techo estaba retratado como el mismísimo firmamento, con cada estrella de importancia para los Eldar representada en un plateado brillante de piedras preciosas incrustadas en la roca, adornando y resplandeciendo por sobre el resto de las estrellas pintadas en blanco. La sala era un área nueva dedicada al estudio de los astros y los mapas del cielo estaban siendo precisados por silvanos expertos, que dibujaban sobre pergaminos.
La segunda razón, y la más importante para él, lo sorprendió de pie delante a una pequeña estructura de metal traída por los númenóreanos. Liswen estaba allí, con esa expresión curiosa e infantil que Thranduil adoraba ver en ella cuando estudiaba algo nuevo. Aunque luego de sonreír aliviado y alegre por encontrar a quien buscaba, su rostro denotó preocupación. Liswen se hallaba notablemente más delgada, presentaba marcas oscuras bajo sus ojos y al apartar la vista del artefacto que estudiaba, su rostro regresaba a una seriedad espectral. Seguramente de aquel asunto su padre tanto quería hablar a su llegada, pensó.
Thranduil se desplazó con aplomo hacia Liswen, intentando llegar hacia ella sin perturbar su actividad, pero ella pronto advirtió su presencia en el salón repleto de silvanos. El hijo de Oropher no era un elfo que pudiera ignorarse, no se perdía rápido entre la muchedumbre puesto que su altura privilegiada sobresalía por sobre las cabezas del resto de los elfos a su alrededor. A su vez, su paso era firme pero su andar agradable y su figura parecía irradiar una luz dorada que obligaba a voltear a admirarlo a todo aquel que cruzara en su camino. Además, su perfume a canela era fácil de percibir, dejando una estela que podía incluso saborearse en el aire. El príncipe de los Sindar era exquisito en sus formas, por tanto siquiera Liswen, acostumbrada a su presencia cercana, podía ignorar todos los signos de Thranduil en la habitación.
—Lis... —nombró con desazón cuando ella caminó a su encuentro y se vio de frente con la figura raquítica de la que alguna vez había reconocido como su esposa. Liswen alzó la vista hacia él y el príncipe dio cuenta que hasta su mirada lucía sin brillo—. ¡Salgan! —ordenó a los silvanos sin dejar de mirarla—. Liswen... —Volvió a llamarla como si eso acaso la devolviera a su estado saludable.
—Bienvenido. Te ves bien. —Fue lo primero que salió de su boca, pero el comentario fue átono. Su expresión sin embargo denotaba enfado—. Te sentó bien alejarte de mí. —masculló dándole la espalda. Antes de que pudiera alejarse, Thranduil la tomó por el brazo y caminó junto a ella.
—¿Qué... Ocurrió? —preguntó obviando todo lo anterior. Cualquier comentario hiriente que Liswen hiciera, Thranduil lo dejaría pasar, comprendiendo que eran producto del estado deplorable en el que su alma se encontraba.
—Nada. Como siempre, que a mí no me ocurre nada. —aseguró entre dientes.
—Lis... No eres ni la sombra de la esposa que dejé aquí. —declaró posicionándose frente a ella—. No eres lo que pusiste en tus cartas, esto es mil veces peor; eran frías y sospeché que algo estaba pasando, pero creí que era el enfado de haberme ido de repente y no habértelo consultado, o haberte llevado conmigo. Hasta creí que era por el tiempo que estaba tardando en regresar, que no era mi culpa, pero me hacía sentir un pésimo esposo.
—¿Era lo único que te hacía sentir así? —indagó ella con un disgusto notable.
—¿Qué más? —retrucó él con duda—. ¿Qué más debió preocuparme? Dime... ¿Qué ocurrió mientras no estuve?
—Dime tú qué hiciste mientras estuviste fuera de Eregion para decir con bonitas palabras en tinta que me extrañabas y que te sentías terrible sin mí a tu lado, pero con tu cuerpo demostrar lo contrario. —acusó—. Te ves radiante, como si el alejarte de mí te hubiera vigorizado. ¡Mírate! Ni un solo grado de color perdido en tus mejillas, ni la fuerza que te caracteriza, te ves hermoso y altivo como el día en que te conocí... ¡Listo para atraer la atención de todos a tu alrededor! ¿Lo hiciste? ¿Lo lograste sin mí? —inquirió cerrando los puños. Thranduil la observó confundido y algo asustado.
—¿Qué...? No lo entiendo, Lis...
—¡Yo no lo entiendo! ¡¿Por qué esto no te está consumiendo como a mí?! —exclamó con furia—. ¡¿Hay alguien más?! ¡¿Encontraste a alguien en Eregion capaz de hacer lo que yo no?!
Thranduil retrocedió absorto y observó a Liswen desde una distancia prudente. De pronto, todos los pesares dejados en suspenso en su partida, retornaron y bajaron sobre su cabeza como el golpe de un mazo.
—Crees que fui a Eregion a tener un hijo. —objetó sin dejar lugar a dudas, pues preguntar una obviedad sería inútil.
—¡Claro que lo hiciste! ¡Este reino solo necesita un bebé que sea tuyo! ¡Sin importar con quién lo tengas; tú eres el príncipe! ¡Los he oído a mis espaldas todo este tiempo! ¡La tuya es la única sangre que importa!
Liswen estalló en llanto y sus piernas flaquearon ante el pesar contenido por meses y finalmente liberado ante el único que podía recibir ese reclamo. Se precipitó sobre el cuerpo de Thranduil y su esposo la recibió impidiendo su caída. Mientras la aferraba a él, imposibilitándola de golpearle el pecho, se arrodilló en el suelo junto con ella y besó su cabeza mientras Liswen se enrollaba entre sus brazos y lloraba desconsoladamente.
—No he dormido un solo día, apenas he probado bocado. ¡No dejaba de oírlos! ¡Lo que quería era morir porque había perdido a la única criatura a la que he amado en mi vida! ¡El único ser al que podré entregarle mi amor! —chilló tironeando de la túnica de Thranduil—. Y no paraba de escuchar... —susurró temblando como una hoja—. Que mi vientre es árido, que el príncipe escogió a la única elfa que jamás será capaz de darle un hijo. Que el único valor que poseo está en mi eficiencia como arquera y que jamás seré digna de la corona que me han puesto sobre la sien. Solo... No dejaba de oírlos y... Lo tomé. Dejé que posaran sus calumnias en mí como puñaladas. Y ya... No puedo soportarlo. Intento distraerme, pero mi mente no... No se detiene.
Liswen finalizó su confesión exhausta y apoyó la cabeza sobre el cuello cálido de su esposo. Se dejó caer allí; aun temblaba por los nervios y aunque mirara a su alrededor no veía realmente. Solo podía sentir como un roce lejano los dedos de Thranduil aferrándose a ella y el latido de su corazón la devolvió un poco a la cordura. Volvió a llorar al dar cuenta que podía percibir nuevamente la calidez del cuerpo de su esposo y se avergonzó por la falta de confianza que había depositado hacia él, permitiéndose creer en las habladurías del pueblo.
—No los nombres. —Le advirtió el príncipe luego de un rato de silencio, cuando advirtió que Liswen salía de su letargo proponiéndose alcanzar su barbilla con los dedos. Ya no sostenía una muñeca inerte, sino a su esposa destrozada por palabras ajenas—. No digas ni un solo nombre perteneciente a aquellos a los que escuchaste hablar... —insistió con hastío—. ¡Porque haré que sus cabezas rueden! —amenazó con rabia—. Fui a Eregion a buscar lo único que este reino necesitaba y necesita... ¡Comida que llevarse a esas bocas que deberían permanecer cerradas a sus calumnias! —exclamó a viva voz, para que en lo posible, todos los elfos a su alrededor escucharan.
—Tu padre dijo eso... —Le contó ella mientras trepaba hasta sus hombros para abrazarlo—. Pero no le creí. —declaró posando su cabeza sobre uno de ellos—. No creí en tus cartas, en ti... No creí en nosotros, en la honestidad de nuestra unión. —reconoció entre sollozos—. Ayúdame... Ayúdame, Thranduil, —pidió alejándose de él para hacer contacto visual—, porque no hay nada en lo que pueda confiar y eso nos destruirá. —aseguró. El elfo se aferró nuevamente a ella y suspiró con pesar.
Y si acaso Liswen sintió que era la única elfa incapaz de confiar, se equivocó. Pues en Eregion, Galadriel cerró los postigones de madera en su ahora pequeña habitación para no ver el fuego de la forja dotar de un poder impío a los artefactos que los herreros de la ciudad creaban en favor de Annatar. Confinada en la lejanía de los gloriosos salones, Lady Galadriel aguardaba a su esposo para oír las novedades de la ciudad. Tan aterrada estaba por lo que acontecía por aquellos días, que había perdido todo contacto con el exterior; el hilo transparente, cordón umbilical que la mantenía unida a la naturaleza, se estaba desintegrando y quitándole fuerza y voluntad.
La dama blanca sufría en silencio sin noticias de su pequeña flor, ahora en manos de los señores del bosque, y también penaba por el embate de la maldad que se agitaba en el exterior. Parecía que el todo lo luminoso en la tierra había quedado confinado a aquel rincón diminuto donde reposaba entre sábanas blancas y chillidos lejanos de los orcos.
La vida en Eregion ya no era fácil, ni alegre, siquiera pacífica. Celebrimbor ganaba seguidores todos los días, aumentando su poder y haciéndole perder credibilidad a las palabras de Celeborn y por tanto, a las de Galadriel, quienes ahora eran los pájaros de mal agüero al desconfiar públicamente del poder de Annatar. Pero el desastre estaba hecho, pues habían sido parte de la comitiva desdichada que había permitido el paso del supuesto enviado de los Valar y ahora provocarían el derrumbe de la ciudad.
Porque Galadriel lo sabía, conocía muy bien el designio del destino y al igual que Elrond, había visto el mundo quemarse en sus visiones del futuro, por lo que conectar la aparición de Annatar con el destino funesto que les aguardaba, ya no parecía tan incoherente.
En la forja, Celebrimbor paseó junto con Annatar y supervisó a los ojos del supuesto enviado de los Valar, la creación de los primeros anillos mágicos. Este le indicó utilizar uno para comprobar su efectividad, y al ponérselo, Celebrimbor desapeció ante la vista de los presentes. Annatar sonrió orgulloso, pues los elfos habían bebido su conocimiento infundado como si de vino vigoroso se tratara.
—He de felicitar a sus herreros, Lord Celebrimbor, pues han realizado eficientemente estas joyas de poder. Sus creaciones son bellas, la terminación es exquisita... Y su conocimiento ha sido bien aplicado. —alabó Annatar en un tono gentil pero de peso. Sus palabras tenían un efecto poderoso que llegaba a intimidar a los elfos.
Sin embargo, su creatividad no pararía allí. Annatar alzó una de las joyas y la observó con un brillo ambicioso en la mirada. A través del hueco en el anillo sostenido por sus dedos, vio el sin fin de poderes que podría inculcar en un objeto tan pequeño y tan venerado.
Los herreros recibieron de buen grado el obsequio de Annatar, pues este, como punto cúlmine de su enseñanza, decidió obsequiar todos esos anillos a los herreros, forjadores y a algunos miembros de Eregion que apoyaban la visión de Celebrimbor, pues aquellos anillos mágicos apenas contenían una chispa del poder que pondría en su siguiente proyecto.
—Podremos hacer más. —Propuso Annatar al oído de Celebrimbor—. Serán una muestra de gratitud a esta tierra y poblaremos de saberes el mundo. Tal vez podamos unir a los elfos, los enanos y los hombres bajo un manto de sabiduría compartida que ponga fin a sus diferencias. Después de todo, es lo que los Valar me han enviado a hacer. —expresó pestañeando levemente frente a Celebrimbor. Aquel movimiento lento de sus ojos, le pareció al hijo de Curufin una danza hipnótica. Sin dudas, Annatar tenía un poder de convencimiento potenciado en su figura elevada y su belleza cautivadora, lo que terminaba de convencer a los elfos de hacer su voluntad.
—Oh, gran señor dador de dones, —recitó el descendiente de Fëanor, embelesado con las formas de Annatar, quien enroscó su siniestro plan en su mente como una serpiente—, será un honor cumplir con su designio. —informó. El vigor reptiliano de Mairon entonces se sacudió como una víbora cascabel y mordió directo en la yugular de su víctima... La inocencia de Celebrimbor.
Alejándose, luego de ordenarles descansar tras una ardua jornada ininterrumpida de varios días, Annatar caminó despreocupado por los límites de la ciudad, mientras sus moradores dormían.
—Fëanor, —llamó con voz burlona—, al final no has hecho más que fundar una casa repleta de estúpidos. —susurró con una risa grave y tenebrosa. Al advertir ruido en la hierba, el Maia rodó los ojos y giró su cuerpo hacia la derecha. Cruzándose de brazos, su expresión pasó de sombría a seria—. Con razón Elrond Eärendilion aun respira, puedo oírlos a kilómetros de distancia, y su hedor... Es un gran delator. ¿No han probado con tomar un baño antes de sus misiones? —sugirió con suma molestia.
Un orco de piel rojo oscuro como la sangre de una herida profunda, salió de detrás de un árbol y se postró a los pies de Annatar. Pronto, otros cuatro lo siguieron e hicieron lo mismo. Todos ellos, excepto el primero, eran pequeños defectuosos de piel verdosa.
—Su magnificencia. —saludó el líder de los orcos desde el suelo.
—Dime que traes buenas noticias. Pues el imbécil de tu hermano tenía una tarea muy simple. Eran seis insignificantes elfos en medio del campo desnudo... ¡Contra un ejército de orcos! —refunfuñó iracundo.
—Señor, el elfo ingresó en el reino del Bosque Verde. Una de mis tropas aguardaba para emboscarlos allí, pero esas escorias de silvanos los sorprendieron y dieron muerte a todos. —informó con rabia.
—Y por eso mismo te encomendé esta tarea a ti. —Le recordó con aplomo—. Ve al bosque y acaba con la vida de ese elfo. —ordenó.
—Magnificencia, es imposible cruzar los límites de ese bosque. Los silvanos vigilan en cada rincón, mantienen sus tierras limpias de orcos. —Se excusó el orco. Annatar echó un gruñido severo sobre él.
—No me importa cuántos soldados sacrifiques para ingresar a ese bosque. ¡Entrarás allí y le darás muerte a ese elfo! —exclamó—. Quiero su cabeza en un saco como prueba. No te atrevas a volver sin ella, porque como falles, haré parecer a Melkor el más bueno de los Valar. —amenazó.
El orco mayor se postró a los pies de Annatar y presentó su espada como muestra de lealtad.
—Sí, señor. —aseguró.
—¿Por qué ese elfo es tan importante, magnificencia? —Se atrevió a preguntar uno de los orcos verdosos. Los demás aguardaron temblorosos cuando Annatar deslizó su gracia hacia él y levantó su mentón con fingida ternura.
—Deshacernos de él será como cortarle un brazo a Gil-Galad en pleno duelo a muerte. —explicó con una mirada gélida. Soltó al orco y caminó alrededor del grupo con debida paciencia—. Ese medio elfo impuro, y aparentemente insignificante, es su heraldo, instructor de sus guerreros y comandante al mando de sus ejércitos en su ausencia. Es en parte la razón por la que viajé a Eregion... ¡Fui rechazado por él y lo quiero muerto! —añadió con enfado—. Además, si cae, Lindon perderá un pilar fundamental y será mucho más fácil de corromper. —expresó con una sonrisa malévola.
—Ese elfo es muy duro, mi señor. Sabe cómo defenderse, no será fácil de matar. Ya vio lo que ocurrió a las puertas de Eregion. —aseguró el jefe de los orcos. Annatar se frenó en seco y con solo fruncir su ceño, los hizo estremecer.
—Por supuesto que lo es, es hijo de Eärendil, el asesino de Ancalagon y de Elwing. Ambos inútiles que robaron la gloria de Melkor y que tienen en su poder una de las joyas de su corona. No importa lo que hagan, ¡Quiero su cabeza! —resolvió antes de retirarse.
