—Admítanlo. —Haemir solicitó la atención de los presentes desde la suave hierba donde descansaba los pies—. Extrañaban esto.
—¿Qué cosa? —preguntó Lindir un poco alejado a su izquierda mientras lustraba la hoja de una de sus dagas.
—Esto. Estar los cuatro juntos. —respondió el antiguo aprendiz de Elrond, ahora ordenado escolta de Lady Celebrían en Eregion. Narbeth, Lindir y Elrond abandonaron sus actividades y se miraron entre ellos con una sonrisa. Luego asintieron.
Era una curiosa mañana soleada en la que Oropher, luego de varias semanas sin recibir reportes de disturbios en el exterior, había decidido abrir las puertas de la fortaleza para que sus súbditos conectaran con la naturaleza. Mientras algunos silvanos paseaban en pequeños grupos por el bosque, el grupo de Elrond se había acercado a una zona donde los árboles se posicionaban en círculo, dejando un espacio libre bastante amplio para que el medio elfo pudiera practicar con la espada. Sus heridas ya casi estaban sanas, pero el brazo que había tenido vendado era con el que empuñaba su espada, y debía recobrar la firmeza en sus movimientos antes de partir hacia Lindon, en caso de que fuera nuevamente emboscado por los orcos.
—Bueno, lamento comunicarte que nuestra reunión de muchachos acabará pronto. —informó Narbeth, sentado junto a él, partiendo nueces con las manos y colocando su contenido dentro de una bolsa. A su lado, apilaba cuidadosamente las cáscaras rotas.
—¡No me digas que nos abandonarás nuevamente por tu esposa! Traidor, hace años que no estamos los cuatro juntos. —Se quejó Haemir. Elrond rió por lo bajo mientras blandía su espada en el aire, pues había visto a espaldas de sus amigos a lo que Narbeth se refería realmente.
Antes de que el ahora guardia del bosque pudiera contestar, Morwenna pasó junto a ellos y Haemir inclinó la cabeza en señal de respeto. Los otros imitaron la acción. Detrás de ella, Celebrían, Elena, y las doncellas de la hija de Galadriel, se posicionaron a la par de los muchachos con cestas de frutas, pasteles, y jarras en sus manos.
—Oh, ya veo. Disculpa. —musitó Haemir a Narbeth. Se sentía un poco apenado, pero pronto se vio asaltado por otra sensación más placentera. La elfa que le agradaba estaba allí.
Morwenna dio los buenos días y le dio libre albedrío a Elena, por lo que su doncella se sentó junto a Narbeth y comenzó a comer nueces mientras Celebrían imitaba la acción de la princesa, por lo que sus doncellas no dudaron y se sentaron junto a Haermir. Este saludó cordialmente a las elfas, y quitándole la bolsa a Narbeth de las manos, les ofreció nueces que alegó él mismo había preparado, mientras el esposo de Elena bufaba y su amada intentaba disimular la risa que aquel enfado le estaba causando.
—Tengan ustedes buenos días, alteza; milady. —saludó Elrond con una reverencia hacia Morwenna y Celebrían—. ¿Qué las trae por aquí? —indagó investigando en las ropas de la princesa. Mientras que la hija de Galadriel vestía un solemne vestido verde agua de seda, la Sindar lucía una ceñida túnica verde musgo que cubría con una pechera de cuero con detalles de pequeñas hojas cosidas como escamas de un dragón.
—Oh, su alteza fue muy amable en invitarme a compartir un desayuno en el bosque junto a sus amigos. —explicó Celebrían jugando con sus nudillos por los nervios. Aunque sabía de sobra que tenía la confianza de Elrond, no podía evitar sentir que todo el cuerpo le vibrara cuando interactuaba con él. El hijo de Eärendil asintió echando una mirada de reojo sobre la princesa.
—Sí, aunque he de confesar que yo desayuné más temprano. —reconoció la hija de Oropher girándose levemente hacia Celebrían—. Pero puede usted tomar asiento y compartir una comida junto a los queridos amigos de milord. —puntualizó esa última palabra volviéndose a Elrond. Este entendió aquella referencia y bajó la vista con media sonrisa. Morwenna estaba celosa y en algún punto eso le agradaba, pero no toleraría que aquello fuera algo recurrente.
—Supuse que no vendría aquí con ese propósito cuando la encontré en el salón con esas ropas tan... Peculiares. —mencionó la doncella de Eregion haciendo hincapié en el atuendo de lucha de Morwenna—. Pero yo no he probado bocado, por lo que aceptaré gustosa esa invitación. —acotó con una sonrisa amable—. Permiso. Milord... —Saludó nuevamente y le dedicó una mirada tierna a Elrond antes de ir a sentarse con los demás. Este la observó durante todo el trayecto solo por diversión, para cabrear a Morwenna. Esta carraspeó mosqueada y Elrond fingió salir de una ensoñación sacudiendo la cabeza y levantando el mentón hacia Morwenna. Pestañeó rápido dos veces mientras se cruzaba de brazos con gesto divertido.
—¿Decía, alteza? —preguntó también simulando inocencia. El trato tan respetuoso aunque lejano en la voz del heraldo, quien una vez más la trataba de usted, acabó de encender la mecha de su enfado.
—Te reto a un duelo. —desafió muy seria para sorpresa del elfo y todos los presentes. Elrond vaciló en monosílabos aun con la sonrisa en sus labios, pero antes de que pudiera responder, Morwenna prosiguió—: Y no me dejarás ganar. —advirtió, leyendo las intenciones del heraldo en la expresión de su rostro.
Luego de unos segundos en completo silencio, Elrond se aferró al pomo de su espada envainada en su cadera y aclaró su garganta:
—Oh, no. —aprobó con una risa tenue—. Una vez luché contra un Sindar sin armadura... No salió bien. —recordó echando una mirada sobre sus amigos. Estos rieron rememorando sus apuestas en Lindon—. No me fío de los Sindar en sus trajes livianos, mucho menos en su terreno, así que descuide, princesa, no tendré compasión. —agregó con gracia—. Ahora, la pregunta es, —añadió acercándose a ella hasta invadir su espacio personal—, ¿Está segura que quiere retarme? —susurró muy cerca de su rostro. Morwenna le sostuvo la mirada y no se dejó distraer por su táctica seductora.
—Por supuesto. —respondió con confianza y dio dos pasos hacia atrás, alejándose de su peligrosa cercanía—. Aun estoy aprendiendo, pero medio elfo de medio elfo parece un digno oponente. —comentó filosa.
Detrás de ella, Haemir se cubrió la boca conteniendo un grito. Lindir se deslizó hacia ellos y se sentó junto a Celebrían, olvidando por un momento que esta no le agradaba, pues en el momento nada era más importante que lo que estaba presenciando.
—Ay no. No lo dijo... —susurró. Narbeth, a dos elfas de él, lo oyó.
—Sí, sí lo dijo. —reconoció igual de sorprendido.
Elrond pestañeó lentamente dos veces. Estaba pasmado y levemente ofendido, pero no lo demostró. La expresión en su rostro permaneció amable como solía estar.
—Aunque medio elfo, —habló a viva voz—, te olvidas que fui instruido por Maedhros Fëanorion y entrenado por el mismísimo rey supremo de los Noldor. Además soy maestro de armas... —El hijo de Eärendil sacó a relucir sus logros con orgullo, pero a medida que las palabras fueron saliendo de su boca, pudo percibir como Morwenna asentía irónica.
—Yo no dije eso, dije medio elfo de medio elfo. —aclaró. Elrond se apoyó en el pomo de su espada y la observó con confusión—. Te he visto entrenar estos días en el salón de armas. Tu brazo está mucho mejor, pero aun te molesta empuñar la espada... Es pesada y al girarla la muñeca te tensa los músculos del brazo provocándote dolor. —explicó—. Ademas...
Mientras los presentes observaban la discusión, Thranduil se acercó. Paseaba por el bosque con Liswen del brazo y esta parecía seria y cansada, aunque al ver a Morwenna vestida con sus ropas de entrenamiento en el centro de la escena discutiendo con Elrond, su curiosidad pareció dotarla de una repentina energía positiva.
—¿Qué ocurre? —preguntó con voz tenue. Celebrían la escuchó y se puso de pie rápidamente, recibiéndola con una reverencia.
—Su alteza real está retando a milord Elrond a un duelo. —informó en susurros.
Thranduil volteó inmediatamente hacia su esposa y la miró suplicante.
—¿Quieres quedarte? —preguntó rápido. Estaba rogando que ella dijera que sí.
Liswen giró su cabeza hacia Thranduil y asintió.
—Tal vez te haga bien distraerte un poco. —opinó él levantando su mano y besando sus nudillos.
—Venga, —Celebrían extendió su brazo hacia Liswen—, puede sentarse junto a mí si lo desea. —La princesa volvió a asentir con una sonrisa tímida y la hija de Galadriel la ayudó a acomodarse luego de pedirle a Lindir que hiciera espacio—. ¿Quiere nueces? ¿Frutas? —ofreció con una canasta en la mano.
—Tomaré pastel de manzana con canela de aquella canasta, si es tan amable de alcanzármela. —pidió. Celebrían la tomó inmediatamente y sacó otra porción para ella. Viendo comer a Liswen, se le ocurrió que la elfa podría ser muy afecta a aquella especia, pues también había podido sentir su aroma potente en sus ropas y hasta en su cabello.
—¿Aceptó el reto? —indagó Thranduil al oído de Lindir.
—¡Shh! —Se quejó el muchacho batiendo su mano en el aire para hacerlo callar. Un segundo después miró horrorizado al príncipe—. Alteza... —nombró con temor. Thranduil rió y repitió su pregunta—. Creo que sí. —comentó el muchacho completamente sonrojado.
—Por último, —enumeró Morwenna a Elrond—, tu pie aun duele al usarlo de apoyo y eso te quita estabilidad. Ahora mismo eres medio elfo del medio elfo que eres... Un oponente al que podría vencer. —finalizó con confianza. El heraldo asintió en silencio.
—Estudias al enemigo, eso me agrada. —soltó sin mirarla—. Acepto el reto. —aclaró con una reverencia corta. Los presentes aplaudieron.
—Veinte monedas a que Elrond gana. —apostó Haemir en voz alta. Morwenna se giró hacia él sorprendida y retornó hacia el hijo de Eärendil.
—No se preocupe, siempre lo hacen. —comentó el heraldo—. Son unos inmaduros. —insultó hacia el grupo.
—Solo por decir eso, ahora le pondré treinta a su alteza. —respondió Narbeth.
—Cincuenta a Elrond. —apostó Lindir.
—¿Tan seguro estás? —dudó Thranduil—. Cien a mi hermana.
—¡Thran! —reclamó Morwenna.
—¡Cien a Morwenna! —exclamó Liswen. Su cuñada se sintió feliz de verla disfrutando la compañía de los demás.
—¿Se cierran las apuestas? —preguntó Haemir. Celebrían asintió, estaba segura que Elrond ganaría, pero no apostaría por él, lo suyo no eran esa clase se juegos.
—Bien, entonces... —Morwenna desenvainó su espada mientras Elrond la miraba de arriba a abajo-. Dime cuando quieras comenz... ¡Ay!
Con su espada, el hijo de Eärendil golpeó firme sobre la hoja de la espada de Morwenna y se la hizo soltar. En el mismo segundo se abalanzó sobre ella, la giró sobre su eje y la arrinconó contra un árbol, sujetándola por ambas muñecas.
—¡Sí! ¡Vamos Elrond! —vitoreó Haemir alzando ambos brazos.
—Y allá van nuestras doscientas monedas. —Se lamentó Thranduil. Liswen, sin embargo, negó atenta a la lucha.
—Espera. —aconsejó con una sonrisa orgullosa.
Respirando pacífico sobre su nuca, mientras Morwenna intentaba soltarse, Elrond expuso:
—¿Tu hermano te instruyó, no? Thranduil es un buen guerrero, pero sin dudas, no es tan buen maestro. Regla fundamental, Morwenna... —susurró seductor a su oído mientras la elfa forcejeaba. A pesar del trato informal y el tono bajo de su voz, que sonó placentera en el oído de la princesa, esta entendió que no debía distraerse—. El enemigo nunca avisa, solo ataca. Y tu oponente siempre intentará asegurarse la victoria desde el primer golpe, así que no te distraigas. Nunca. Tienes suerte de encontrarte en esta situación conmigo, porque si esto fuera real, estarías muerta. —instruyó dando dos palmaditas en su hombro con la hoja de su espada—. ¡Muerta! —exclamó orgulloso.
—¿Vamos al mejor de cinco, cierto? —preguntó Narbeth a sus amigos. Haemir y Lindir asintieron—. ¡Elrond uno, Morwenna cero! —gritó.
La princesa intentaba soltarse cuando de repente, recordó... El pie de Elrond.
—¿Muerta? ¡Muerta un balrog! —exclamó con un gruñido.
Morwenna entonces dio un pisotón sobre el metatarso del heraldo, provocando en este un chillido de dolor. Elrond la soltó inmediatamente y la elfa atinó a correr hacia su arma. Cuando él se giró para alcanzarla, la princesa frenó su espada a la altura de su cuello y lo observó desafiante.
—Muerto. —expresó ella.
—Y el marcador se aprieta más. —relató Narbeth.
El heraldo sonrió complacido y miró la espada de reojo.
—Usar las debilidades del oponente para compensar su falta de técnica... Debo admitir que es ingenioso... —reflexionó—. Siempre y cuando las conozca. En una guerra, Morwenna, —Le aclaró corriendo su cuello rápidamente y agachándose para pasar por debajo de la espada—, apenas si tiene tiempo, —instruyó chocando su espada con la de ella—, de ver qué partes de la armadura no cubren a su oponente. —continuó explicando mientras impedía las estocadas de la princesa—. Usualmente son el cuello y sus brazos.
Elrond vio que tenía las de ganar cuando vio que Morwenna cambió las estocadas por movimientos de defensa de las suyas. El heraldo ganó terreno y avanzó chocando su espada en el aire con la de ella, mientras Morwenna retrocedía sin mirar lo que tenía a sus espaldas.
—Lección número dos, —mencionó atacando con comodidad—, siempre alberga un punto ciego a sus espaldas, y su enemigo intentará llevarla al espacio en que esté más indefensa.
—¡Lo sé! —exclamó ella con esfuerzo, haciendo chirriar su espada contra la de Elrond.
—Si lo supiera no estaría retrocediendo. ¡Ataque, alteza! ¡Vamos, venga a por mí! —La animó.
Sin embargo, Morwenna no hizo caso hasta que llegó al límite de los árboles. Para dar peso a su estocada, Elrond empuñó la espada con ambas manos y la obligó a bajar su espada con un movimiento circular. Cuando esta contraatacó, sus espadas se cruzaron tan cerca de ellos, que la princesa pudo tirar una patada a sus testículos. De un puntapié, logró desarmarlo con facilidad, aunque en el impulso, también perdió su espada.
—¡Lo siento! ¡Pero era necesario! —Se excusó corriendo detrás del árbol que tenía a sus espadas. Con agilidad se tomó de la rama más baja, trepando por ella mientras Elrond volvía a levantarse intentando ignorar el dolor en su entrepierna.
Elrond tomó ambas espadas y rodeó el árbol buscándola. Entonces una avellana le cayó sobre la cabeza y cuando levantó la vista vio a Morwenna reírse mientras mantenía un equilibrio perfecto sobre la rama.
—¡Lección número tres! —Le gritó haciéndole burla—. Si lo que el Sindar alberga a sus espaldas son árboles, estás en desventaja. ¡Atácame ahora! Si puedes... Claro. —desafió la princesa trepando más alto—. Eres pésimo trepando. —Le recordó.
El hijo de Eärendil rodó los ojos y desenfundó una daga que llevaba a sus espaldas. La lanzó al árbol y la cuchilla se clavó certera a milímetros del perfil de la princesa. Esta trastabilló asustada.
—¡Ay, no de nuevo! —Liswen se lanzó a correr cuando vio a Morwenna perder estabilidad. Creyó que otra vez caería y se lastimaría el tobillo. Thranduil la siguió con el mismo temor y el resto de los elfos se pusieron de pie reaccionando con onomatopeyas de sorpresa y susto.
En su caída, Morwenna alcanzó a tomarse de una rama. Se sostuvo por los brazos mientras veía a Elrond balancéandose debajo, midiendo el espacio para tomarla en caso de que cayera al suelo.
—¡¿Si sabes que pudiste matarla, cierto?! —espetó Liswen llegando junto al hijo de Eärendil.
—No, jamás le haría daño. Sabía lo que estaba haciendo. —aseguró sin dejar de mirar hacia arriba—. Aunque no creí que se asustara. —Se defendió. La esposa de Thranduil se abalanzó sobre él y el hijo de Oropher se debatió entre sostener a Liswen o cuidar que Morwenna no cayera, puesto que Elrond puso toda su atención en la rubia que lo tenía tomado por sus ropas.
—Lis, ya déjalo. Estoy bien. —declaró Morwenna asegurando sus pies sobre la rama.
Su cuñada bufó molesta y soltó la túnica de Elrond de un golpe seco.
—Si se lastima por sus niñerías, no tendré piedad. —amenazó—. ¡¿Por qué no usan armas de madera?! —Se quejó regresando a su lugar.
—Porque en una guerra las armas no son de juguete. —Le aclaró Thranduil mientras ella pasaba por su lado—. Elrond enseña con espadas reales y armaduras, y cada enfrentamiento suyo es una lección, no solo un duelo de juego. —añadió siguiéndola—. Goheno nin, mellon. (Lo siento, amigo). —dijo girando hacia el hijo de Eärendil. Este levanto la mano con amabilidad, minimizando el conflicto.
—Bien, alteza, ¿En qué estábamos? —preguntó Elrond alzando la vista hacia arriba. Morwenna simulaba poner atención a sus uñas en lugar de escucharlo.
—En que eres pésimo para trepar, pero tienes suerte de que hoy no esté lloviendo y no haya balcones cerca. —Le recordó. El heraldo rió por lo bajo.
—Ah sí... Eso. —acotó restándole importancia a su comentario—. Seré un pésimo trepador, pero tengo excelente puntería. Y usted entonces está... ¡Muerta! —gritó. La princesa entrecerró los ojos con fastidio y Elrond se dio la vuelta riendo—. Cuando bajes, por favor, trae mi daga. —solicitó.
Mientras rodeaba el árbol, Elrond alzó el dedo índice y el medio hacia Narbeth.
—Dos a uno. Una más y gano el duelo. —anunció orgulloso.
Pero mientras se vanagloriaba, la cuchilla se enterró en el pasto junto a él.
—¡Muerto! —Se escuchó en la lejanía.
—Dos a dos. —corrigió Narbeth entonces.
—Oh, sí, ya entendí. —comentó Elrond irónico desenterrando el cuchillo—. Bien, también usted tiene buena puntería... Veremos quién desempata la última rond...
Cuando Elrond alzó la vista, halló a Morwenna boca abajo, colgada de una rama por las rodillas y apuntándolo firmemente con su arco. Por precaución, la zona de impacto no estaba en ningún punto vital, y estaba usando una flecha de madera, por lo que si la soltaba accidentalmente, no le haría mucho daño, pero si le propinaría una visita con los sanadores.
—¿De dónde salió eso? —preguntó el heraldo alzando las manos, sorprendido por el arco y la flecha que parecían haber aparecido de la nada.
—Lecciones uno, dos y tres... El oponente no avisa que ataca, así que no te distraigas, Elrond... Pues el enemigo siempre intentará llevarte a donde estés más indefenso... Y nunca te fíes de un Sindar sin armadura y con árboles cerca. No hacemos ruido, somos buenos trepadores y nos gusta esconder armas en el bosque... Pero más que nada, somos excelentes alumnos. —declaró enseñándole una lección al maestro—. ¡Muerto! —exclamó orgullosa y destensó el arco. Con ligereza, se balanceó y se dio impulso para girar sobre la rama y sentarse sobre ella—. Bienvenido a mi árbol favorito. —Le enseñó y emitió una risita leve—. ¿Quién sospecharía que guardo un arco y un carcaj justo aquí? —preguntó retóricamente—. Pero, mejor volvamos a nuestro duelo... Oh no, espera... ¡Yo gané! —exclamó con una mezcla de vanidad y sorpresa—. ¡Thran, gané! ¡Mírame! ¡Le gané a Elrond! —gritó bajando de un salto del árbol y corriendo hacia su hermano.
—¿Qué decías de las doscientas monedas? —Le recordó Liswen a su esposo. Thranduil rió aceptando su poca fe y le dio la razón a su esposa. Inmediatamente, abrió los brazos para recibir a su hermana.
—Estoy orgulloso de ti. —Le dijo envolviéndola en un abrazo.
Mientras su familia la felicitaba, Elrond caminó hacia sus amigos con expresión complacida. Si bien había perdido el duelo y no era a lo que estaba acostumbrado, había podido medir las aptitudes de Morwenna para la lucha y había comprobado que no estaba tan indefensa como él creía en un principio. Eso le daba tranquilidad, puesto que si se veía envuelta en una situación de peligro, no sería tan fácil hacerla caer.
—Derrotado por la hermanita de Thranduil. —bromeó Haemir poniéndose de pie.
—Cuida muy bien tus palabras, —Le aconsejó el hijo de Eärendil—, porque esa hermanita con un poco más de práctica estará lista para enfrentarse a cualquier oponente.
Celebrían, quien había observado toda la afrenta en silencio, se puso de pie y caminó hacia Elrond, pero su intervención se vio interrumpida por un mensajero del reino, que traía cartas de sus padres, una para ella, y otra para el heraldo.
—Me pregunto qué necesitarán mis padres de usted ahora. —dudó viéndolo abrir el sobre de Lord Celeborn—. Espero ya no causarle problemas; cada vez que usted aparece en Eregion, mis padres le encomiendan seguirme como si fuera mi niñero. —expresó con desgano. Elrond sin embargo, se sonrió cordial sin hacer contacto visual.
—Usted no es un problema, milady. Y en este caso no me notifican nada relacionado a usted, descuide. —La tranquilizó mientras leía la carta—. Discúlpeme. —Se excusó y caminó hacia los hijos de Oropher. El halo potenciado entre los tres elfos cayó sobre Elrond como un viento acanelado y lo mareó un poco.
—¿Todo está bien? —preguntó Morwenna al verlo llegar echándose atrás casi tambaleante con una nota en la mano. Elrond sacudió la cabeza e intentó hacer caso omiso al perfume invasor en su nariz.
—Sí; no. —Se contradijo—. Me temo que deba hablar con su padre. Es Annatar... —anunció. Thranduil puso suma atención, quizás más que el resto. Desde que Elrond y Lindir le comentaran de él en Eregion, el Sindar había volcado todo su interés y desconfianza en la figura del supuesto enviado de los Valar y lo quería lo más lejos posible de su familia.
—¿Qué hay con él?
—Él y Celebrimbor están forjando anillos mágicos. Los primeros encierran un poder nimio, pero estos... Estos nuevos anillos tienen propiedades más poderosas y de importancia para los elfos. —informó.
—¿Qué hay de malo con eso? —preguntó Liswen—. Él dijo que su misión era poblar de sabiduría y belleza esta tierra.
—¿Y tú le crees? —indagó Thranduil.
—No demasiado, pero... Solo hizo anillos mágicos. ¿Qué mal habría en ellos?
—Los hizo con Celebrimbor. —explicó Elrond como si eso fuera obvio. Liswen negó ceñuda sin comprender.
—¿El nieto de Fëanor? ¿Creador de los Silmarils? —Le ayudó a comprender su esposo.
—¿Vamos a juzgarlo solo por lo que su ascendencia hizo? Fëanor estaba corrompido por Morgoth y ensució a su herencia con las mismas ideas, pero Celebrimbor no es Fëanor, solo es otro elfo soberbio. —objetó.
—¿Cómo sabemos eso? —preguntó Morwenna—. ¿Cómo sabemos que este tal Annatar no es un sirviente de Melkor y está usando a Celebrimbor para llevar a cabo planes más oscuros?
—¿Annatar, un sirviente de Melkor? Morwe... —subestimó Liswen—. Ha de ser otro elfo loco como Fëanor, de eso no quepa duda, pero le estamos dando demasiado crédito. No estoy en desacuerdo que se le informe al rey de esto, —acotó—, pero tratarlo como una alarma me parece demasiado. Me preocupa más que Celebrimbor se haya alzado en el poder de Eregion, pues temo por los moradores de esa ciudad que por lo que hagan con unos anillitos mágicos.
—Lo mismo decían de los Silmarils... —musitó el heraldo, pero ella lo escuchó.
—No hay punto de comparación. —contradijo Liswen muy seria. Elrond clavó la vista en ella y sus ojos grises dejaron de expresar armonía y amabilidad. Bajó las cejas y los presentes vieron como su rostro se volvía tenso cuando su voz grave se preparaba para desembocar como un torrente de lava.
—No, claro... —comenzó en un tono seco pero lo suficientemente alto para que todos en ese rincón del bosque lo oyeran—. Porque aquí no hay ninguna princesa de Doriath lanzándose al mar con uno en sus manos y dejando a sus pequeños gemelos huérfanos a merced de los hijos de Fëanor. Cuando sea Lady Celebrían la que se lance al abismo de Eregion con esos anillos, dejando a sus hijos bajo el asedio de Celebrimbor, veremos si opina lo mismo. —reprendió severo.
—Elrond... —llamó Thranduil en un tono amenazante, pero este no se inmutó. Además, Morwenna dio un paso al frente y tomó la mano del heraldo, apoyando lo que estaba diciendo. El hijo de Eärendil entonces prosiguió:
—Cuando sea usted y no la madre de Thranduil la que muera a manos de la descendencia de Fëanor y sean sus hijos los que deban escapar hacia el bosque aterrados y desesperanzados entre gritos de dolor y sangre, rogando que nadie los cruce en su camino y les de muerte, ahí veremos si era correcto dar la alarma o no, ¿Verdad? Mientras tanto, ¡Dejemos que el hijo de Curufin destruya el mundo! —finalizó con debido enfado.
—¡Elrond! —reprendió Thranduil entonces, con un grito que hizo temblar las hojas de los árboles—. ¡Como vuelvas a abrir la boca ordenaré tu destierro!
Morwenna se mostró en desacuerdo con aquella orden, pero no dijo nada, pues comprendió que Elrond había tocado un punto muy débil en Liswen, pero ella antes había minimizado sin querer el sacrificio de Elwing. Estaban empatados en la hiriente discusión y lo consideraba innecesario, aunque justo.
La princesa permaneció de pie junto a su amado mientras que los aprendices del heraldo se irguieron de pie detrás suyo, logrando que Thranduil se tranquilizara un poco. Elena también tomó partido por el bando de Elrond, porque su esposo y su doncella estaban apoyándolo y Celebrían quiso mostrarse imparcial, aunque terminó inclinando su balanza por el hijo de Eärendil.
—Señor, —acotó Liswen, previendo que Elrond no planeaba disculparse—, ninguno de mis hijos sufrirá sus desdichas, porque no tendré ninguno, ¡Entérese! —exclamó harta y se alejó de ellos caminando envuelta en furia como un huracán.
Thranduil se dispuso seguirla, pero antes, su mirada gélida empapó al heraldo como una lluvia de granizo.
—Tienes exactamente lo que mereces, Elrond. —espetó con amargura y siguió a su esposa con paso pesado.
Cuando ambos se alejaron, el heraldo dio un suspiro que Morwenna interpretó como cansancio y disgusto por la afrenta, pero en realidad Elrond estaba inspirando y expirando aire puro apenas cargado de canela por la presencia de la princesa.
—No es cierto. —desmintió Morwenna acariciando sus nudillos.
—Tal vez lo es. —opinó él por lo bajo. Apto para reflexionar sobre sus acciones, Elrond sabía que no había podido controlar sus impulsos y eso lo había llevado a ser hiriente y cruel con Liswen, lo que probablemente lo volvía artífice de su propia desdicha, pero luego de años de escuchar a sus espaldas la historia de su madre y lo que los demás presuponían de su destino, había intercambiado el dolor de su pérdida por la ira de su ausencia y aun se lamentaba el no poder hacer otra cosa más que reaccionar violentamente cuando esa fibra sensible en su interior era masacrada con comentarios que restaban importancia a la amenaza que suponía la descendencia de Fëanor, a quien él echaba culpas, junto con Morgoth, por el desenlace de la historia de sus padres. Aun así, había entendido desde pequeño que otros males más grandes y amenazantes que los suyos azotaban la tierra que habitaba y no podía perder su causa lamentándose por su mal vivir—. Pero hay cosas más importantes que mi dolor por esta discusión y que mi desgracia, Morwenna... Tengo que hablar con el rey. Si uno de esos anillos llega a este bosque, tiene que ser rechazado y devuelto... Si es que Annatar es un aliado de la oscuridad, todo lo que su toxicidad produzca envenenará lo que toque... No dejaré que este reino caiga. —anunció.
Liswen ingresó en su habitación dando un portazo, que su esposo cerró con amabilidad.
—¡Quiero que se disculpe! —chilló furiosa—. ¡Quiero que todos se disculpen! ¡Estoy harta! ¡Iracunda! ¡Siempre es igual! ¡No puedo siquiera salir de este mugroso palacio sin que un solo elfo me recuerde este asunto! ¡Imbéciles! —insultó caminando de un lado a otro como un león enjaulado.
Thranduil permaneció de pie en silencio, esperando a que la caminata en círculos la calmara. En aquellos días todo lo que hacía era impedir que su esposa cayera en la locura y para eso se encargaba rigurosamente de cubrir todos los flancos, pero algunas situaciones escapaban a su cúpula de protección donde mantenía a Liswen serena y Elrond era uno de esos elfos de quien no la podía cuidar. El hijo de Eärendil aunque sumamente respetuoso, tenía sus momentos de estallido y cuando eso sucedía, sus estocadas verbales estaban casi a la altura de sus hazañas como esgrimista. Elrond golpeaba certero y había, con un solo comentario, tumbado la torre de papel de Liswen que Thranduil con mucho esmero había construido días atrás. Ahora solo le quedaba juntar los pedazos, abrazarlos y volver a impregnar de amor cada movimiento para rearmar aquella torre derribada que su esposa había devenido.
—Meleth (amor), quizás Elrond no lo dijo con esa intención, quizás no sabe que nosotros... —intentó acotar, pero Liswen lo interrumpió de un grito y lo mando a callar.
—¡Lleva semanas conviviendo con silvanos, por supuesto que lo sabe! —señaló paranoica. Thranduil calló y asintió ante su gesto de locura—. ¡Quiero su disculpa! —gritó nuevamente.
Luego de dar aviso a Oropher sobre la carta que había llegado de Eregion, Elrond regresó a sus aposentos dispuesto a juntar la ropa que había utilizado durante el duelo con Morwenna. Previamente había tomado un baño y ahora se disponía a lavar sus prendas en el río, puesto que las doncellas se habían ofrecido a hacerlo, pero el heraldo se había negado alegando que el agua que utilizaban para los nobles tenía un potente perfume a canela y no lo quería en su ropa. No era que aquel perfume le disgustara, sino que era uno que atribuía a la familia de Oropher, especialmente a Morwenna y le agradaba que su memoria olfativa mantuviera la canela asociada exclusivamente a ella.
Caminando por el pasillo de los nobles, el heraldo avistó la puerta de la princesa abierta y espió en su interior. Al no ver a nadie, dio dos golpes tenues en la madera y oyó la música de la voz de su amada indicándole pasar. Al ingresar, encontró a Morwenna sentada en un sillón de hierro y almohadones bordó, bordando una tela que hacía juego con los cojines. Era la capa de su padre.
La doncella levantó la vista y al ver a Elrond allí, recogió la capa y la enrrolló para que este no la viera, pero ya era tarde. El elfo se inclinó y posó un beso suave sobre su cabeza.
—¡Ay, no, Elrond! ¡No está lista! —dijo cubriendo el bordado todo lo que pudo.
—Haré de cuenta que no la vi. —acordó con ella—. De todas formas, no podré volver a usarla. —Se lamentó—. Lo que sea que hayas hecho con ella, estará bien. —Le hizo saber y esta vez besó sus labios.
Morwenna se puso de pie y fue hacia el interior de su habitación. De un armario oscuro con tiradores de lirios plateados extrajo una capa bordó con detalles de hojas elípticas bordadas en hilo de oro rojo.
—Ven, esta si la podrás usar. No es la capa de Eärendil, —anunció—, pero en esencia lo es. —agregó y se la entregó a Elrond. Mientras el heraldo admiraba el fino detalle de las hojas, Morwenna tomó el cuello de la tela y se lo enseñó. Las dos alas doradas, soportes de la capa de Eärendil, pendían a cada lado. Allí el abrigo estaba cosido en la mítica tela bordó lisa de terciopelo que había pertenecido al padre de Elrond—. Fue lo que pude salvar... Espero que te guste. De todas formas, estoy haciendo otro trabajo con la tela rasgada, para no perderla. —avisó.
—¿Tú lo hiciste? —preguntó con una sonrisa tierna atrayéndola hacia él por la cintura.
—Quizás estuve una o dos noches sin dormir... —reconoció, pero restándole importancia.
—Morwenna... —La llamó cariñoso y besó sus labios con alegría—. Morwenna, ¡Es bellísima! Mi padre estaría encantado. —mencionó admirando cada parte de la capa. La princesa lo abrazó y besó su mejilla repetidas veces mientras él disfrutaba su regalo—. Gracias, meleth (amor), de verdad. —Mirándola con ternura, el heraldo cayó en la cuenta que debía devolver el favor—. Pero... No sé que podría darte para agradecer.
—No lo hice con ese afán. —destacó ella, pero Elrond negó acariciando su mejilla.
—Lo sé, pero quiero darte algo a cambio. ¿Qué te gustaría? Una bolsa de apatitas, tal vez... —bromeó. Morwenna rió recordando el episodio de Lindon y negó.
—Ya me diste algo. —dijo muy natural.
—¿Qué cosa? —Quiso saber él. No recordaba haberle regalado nada anteriormente.
—La victoria. —Le recordó ella—. Te pedí que no me dejaras ganar...
—No hice nada. —Se defendió.
—Exacto. No hiciste nada... Ni la mitad de las cosas que te he visto hacerle a mi hermano. -mencionó. Elrond se mordió los labios y alzó una ceja con picardía.
—¿Y qué me viste hacerle a Thranduil? —preguntó travieso. Morwenna intentó explicar sus acciones en la lucha, pero pronto dio cuenta del doble sentido del heraldo y se imaginó situaciones íntimas entre su hermano y él.
—¡Ay, por favor! —gritó alejándose de él. Se cubrió los ojos y rió de los nervios—. ¡Creí que querías que yo fuera la primera! —Se quejó. Elrond rió y la abrazó por detrás.
—No lo puedo evitar. Ya sabes... —enunció con un beso en su hombro—. Los dos son rubios, bonitos, amables... Ambos huelen a canela. —detalló y quedó pensativo.
—¡Elrond! —exclamó ella envuelta en risas. Giró su cuello hacia él y susurró—. Tienes que cumplir tu promesa, luego puedes ir y curiosear todo lo que quieras. —El heraldo rió apagado y posó otro beso sobre su hombro.
—Es broma, no siento curiosidad por nadie más que por ti. —alegó.
—Yo solo digo... Aunque si te surgen dudas, me gustaría que investigues con Lindir... —sugirió indiscreta.
—Creo que a Lindir también le gustaría... Pero que lo investigue a él. Bien investigado. —agregó con gracia—. ¿Puedo pedirte algo? —Le preguntó de repente acercándose a sus labios. El aroma a canela se potenció en su respiración cálida y Morwenna apenas rozó su boca en un beso leve que le dio cosquillas en su interior—. ¿Podrías escabullirte esta noche de tu habitación? —susurró deslizando el cabello de la elfa hacia atrás. El roce de los dedos en su cuerpo erizó la piel de la princesa.
—¿Quieres que... Duerma contigo? —consultó entrecortado cuando sintió los labios de su amado sobre su cuello. Elrond asintió con la cabeza—. ¿Solo vamos a dormir? —indagó girando hacia él. Ladeó su cabeza mordiéndose los labios con picardía.
—Eso depende de ti... —respondió el elfo presionando suave sobre la cadera de Morwenna para atraerla hacia él.
—No depende solo de mí. ¿Crees que... Estés en condiciones? —indagó bajando la mirada a su brazo. Aunque en realidad se refería a todo el conjunto de heridas que el heraldo traía de Eregion.
—No es como que sea una guerra, ¿O sí? No implica tanta fuerza. —dudó él. Morwenna rió sonrojada.
—Creo que no. Al menos no en la primera vez, ¿No? —Ella también dudó y ambos se miraron confundidos.
—¿No lo hablaste con nadie? —Ella negó—. Yo tampoco.
—¿De verdad? —preguntó. Elrond lo pensó un momento, pero también negó—. Tampoco ha de ser una hazaña, como que necesitáramos clases. —opinó. Ambos se miraron a los ojos y estallaron en risas.
—¿Te imaginas? —comentó tentado—. Aunque... Quizás no tengamos que hacerlo de una vez... Podríamos... ¿Experimentar? —propuso con sonrojo.
—¿Esta noche? —planteó Morwenna.
—¿Y... Dormir? —ofreció él. La princesa asintió cubriéndose los ojos con vergüenza—. Bien... Esta noche entonces. —resolvió.
La princesa pasó sus brazos por detrás de sus hombros y se acercó a besarlo lentamente. Mientras compartían ese momento de cercanía, el potente aroma a canela que emanaba del cuerpo de Morwenna, desconcentró a Elrond del beso, pero le dio una idea... Se separó de ella, clavando la vista en un punto fijo aleatorio de la habitación. Reflexionó mientras Morwenna lo observaba confundida.
—¿Todo está bien? —preguntó ella comenzando a alarmarse creyendo que algo había hecho mal.
—Canela... —murmuró él.
—¿Qué? —Morwenna no comprendió la mención del heraldo y este la observó con una expresión ingeniosa como si hubiera hecho un importante descubrimiento.
—Es por la canela. —repitió Elrond y le dio otro beso rápido antes de caminar hacia la habitación—. Tengo que hacer algo muy importante, pero te veo esta noche, ¿Sí?
—Sss... Sí. —balbuceó la princesa. Cuando el hijo de Eärendil abandonó la habitación, Morwena se cruzó de brazos confusa—. ¿Canela? —Se preguntó.
