Las bestias se habían vuelto tan audaces e inteligentes que ni siquiera los mejores guerreros que habían sobrevivido a la matanza en Doriath los oyeron llegar. El olfato no les fallaría, pero la celeridad de los orcos y la oscuridad de la noche nublada sin estrellas, lograron que al primer olisqueo, el guardia del acceso este del bosque acabara con una lanza atravesada en el corazón mientras un orco le tapaba la boca para que no pudiera gritar. Su compañero de ronda no pudo hacer nada más que intentar defenderse, aunque su esfuerzo fue en vano y cayó a los pocos segundos con el cuello abierto de lado a lado. Fue entonces cuando una noche de terror se apoderó de la fortaleza de Oropher.
Morwenna esperaba a Elrond en la habitación del heraldo ignorando que bajo sus pies y en la primera línea de los árboles del bosque, la sangre de los elfos regaba las cosechas. Estaba despierta, aunque en silencio y a lo oscuro para no levantar sospechas, pues nadie sabía que se había escabullido de su cuarto para pasar la noche con él, pero el hijo de Eärendil no se presentaba en sus aposentos y la princesa comenzó a inquietarse. Elrond había dicho que tenía algo importante que hacer, pero que cumpliría con su cita nocturna, por lo que la hija de Oropher se había preparado minuciosamente para la ocasión, eligiendo su mejor camisón de seda color rosa pálido con una fina puntilla en los bordes, y sobre él, cubriéndose con una bata en el mismo tono de amplio vuelo que arrastraba al caminar.
Cuando casi se decidía a regresar ofendida a su habitación, oyó ruido leve en el balcón y asomó su cabeza desde la comodidad de la cama.
Quien también se hallaba acostado, aunque no durmiendo, pero como cada noche custodiando el sueño de su esposa, era Thranduil, a quien el olor nauseabundo y agrio le llegó a la nariz un segundo antes que los orcos lograran trepar por su balcón. Nada lento pero si habilidoso, Thranduil deslizó el brazo que tenía debajo del cuello de Liswen y tomó la espada que por precaución guardaba debajo de su cama.
—Lis... —llamó en un susurro apagado.
La elfa tenía el sueño liviano por el estrés que acarreaba, que no la dejaba siquiera dormir, y además, el olor en la habitación le dio la alarma. Liswen se paró de un respingo y corrió hacia el escritorio donde descansaban sus pequeñas dagas con mango de marfil.
—¡Orcos! —gritó el Sindar lo más fuerte que pudo, con el afán de dar la primer alarma mientras veía a los primeros dos dar un salto en su balcón.
Liswen blandió las dagas en el aire y se posicionó a la par de su esposo cuando la más grande de las dos criaturas irrumpió en la habitación dando una patada a la puerta. Sin perder tiempo, ambos se abalanzaron sobre las bestias que entraron en el lugar.
Unas cuantas habitaciones a la derecha, Morwenna dio un grito ensordecedor cuando vislumbró la sombra altiva y grotesca del orco en el ventanal de Elrond. Jamás había visto un orco de cerca y todo a lo que atinó en ese momento fue gritar y correr fuera de la habitación, pero la criatura ingresó rápido y dispuesto a dar muerte a todo lo que cruzara en su camino. Dando grandes zancadas acortó pronto la distancia entre la elfa y su huída, y cuando Morwenna quisó cerrar la puerta tras de sí, la bestia negra como el alquitrán se la arrebató de las manos.
—¡Eärendilbaur! —gritó el orco como un llamado de atención al elfo que esperaban encontrar y asesinar allí dentro. A continuación dio una carcajada malévola relamiéndose a espaldas de la princesa, que intentaba huir de él.
Morwenna corrió desesperada y aterrada dando sonoros gritos agudos, pero en cada habitación con balcón, la guerra entre sus huéspedes y los orcos se estaba llevando a cabo y nadie acudió en su ayuda. En su camino hacia una salvación incierta, intentó reconocer algún objeto que arrojarle al orco que la perseguía y maldijo su suerte de encontrar los pasillos desolados.
Los ruidos de destrozos dentro de las habitaciones y los cuernos de alarma de la guardia real en los pisos inferiores solo provocaron más y más pavor en ella y el orco alcanzó a pisar la cola de su bata cuando la princesa vaciló desesperada en una encrucijada de los pasillos.
La hija de Oropher cayó al suelo y chilló enterrando las uñas en las piedras del piso, clamando encontrar una grieta de la que aferrarse para impedir ser tomada por el orco que la estaba arrastrando por el tobillo.
Entre gritos exasperados y llanto histérico, la elfa no pudo oír el silbido de una flecha que se clavó certera en el corazón de la bestia que la mantenía prisionera. El orco cayó muerto sobre ella y, entre llanto y respiración entrecortada por el susto, Morwenna comenzó a retorcerse como un gusano para quitarse el peso muerto de encima.
Un nuevo orco apareció en el pasillo y corrió a cortar el cuello de la princesa para hacerla callar. Pero Liswen, quien había lanzado la flecha previamente, tiró certera una de sus dagas, clavándosela en el ojo. El orco cayó muerto sobre el otro, provocando más peso sobre la hija de Oropher y esta emitió otro grito histérico de terror cuando el perfil con la cuchilla clavada en la bestia cayó frente a su rostro, pero Liswen esta vez no pudo ayudarla, puesto que dos orcos gigantescos la emboscaron por la izquierda obligándola a luchar por su vida.
Mientras tanto, Thranduil asistía a Celebrían en su habitación, quien clamando ayuda, lanzaba a los orcos cualquier objeto que encontrara, intentando detener su paso.
Morwenna escuchó pasos acelerados tras suyo mientras intentaba salir de debajo de ambos orcos y lloró desesperada creyendo que se acercaba su fin. Dando un gemido de asco y dolor por lo que se estaba obligando a hacer, alcanzó a estirar la mano y retiró la cuchilla del ojo del orco. En cuanto sintió el cuerpo más liviano, la princesa giró y con las fuerzas que recobraba poco a poco, dio un revés con la daga intentando hacer un corte perfecto sobre la nuez del orco que venía a matarla.
Por suerte, su supuesto atacante era de excelencia y logró quitar su rostro antes de ser parcialmente degollado, llevándose solo un corte en la barbilla que comenzó a sangrar rápido, aunque sin importarle a su dueño.
Morwenna soltó la daga de un segundo al otro y su mano tembló nerviosa mientras Elrond la tomaba por la cintura poniéndola de pie.
—¡Meleth! (Amor) ¡Ay, no! —gimió ella tomando el rostro de Elrond con preocupación, pero este se apartó y la obligó a caminar. Nada era más importante en ese momento que ponerla a salvo.
—Qué bueno que te falte práctica y que mis reflejos sigan intactos. —atinó a decir mientras prácticamente la cargaba por la cintura, pues Morwenna sentía que por momentos sus pies estaban en el aire—. Ahora sostén esto y no te separes de mí. —Le ordenó con voz muy firme cerrando la mano de Morwenna alrededor de la empuñadura de su espada.
—Elrond, te están buscando. —anunció la rubia con preocupación—. Uno de los orcos... Dio el nombre de tu padre.
—Y por eso mismo quiero sacarte de aquí. —Le aclaró él sin inmutarse. Al oír el primer cuerno desde la biblioteca, El hijo de Eärendil supo que las bestias habían venido a finalizar su trabajo y su primer pensamiento, lejos de ser el de escapar o luchar por su vida, fue el de buscar a Morwenna y ponerla a salvo, pues temía que por su presencia en el bosque su visión se cumpliera y su amada fuera perjudicada por su culpa. Así, juntos tomaron el camino más silencioso, intentando alejarse del asedio de los orcos.
Bajando las escaleras con rapidez, Elrond llevó a Morwenna dentro de la mapoteca y cerró las puertas tras de sí, asegurándolas atravesando su espada por las manillas verticales. Girando apresurado, volvió a ella y revisó con la vista que la princesa estuviera a salvo.
—Morwenna, —llamó alarmado, tomando la barbilla de la elfa y obligándola a hacer contacto visual con él, pues los chillidos de los orcos y los gritos de los elfos afuera la estaban distrayendo—, Morwenna, ¿Te hicieron daño? —preguntó para asegurarse. No había nada que indicara que estuviera herida, pero quería escucharlo de su boca. La princesa negó aunque el llanto regresó a sus ojos, acompañados con gemidos ahogados por el susto que se había llevado y por recordar el momento en que casi lo había degollado.
—Elrond necesitas ayuda, estás sangrando. —sollozó la princesa intentando echar un vistazo bajo la barbilla de su amado. Él sin embargo, se lo impidió.
—Ahora no, debo regresar a ayudar.
—No, no, no te vayas. ¡Por favor, no te vayas! —imploró ella tomando con fuerza las ropas de Elrond y forcejeando con él.
—Meleth (amor), tu familia y mis amigos están allá arriba. Tengo que regresar, pero tú te quedarás aquí y trabarás la puerta con esa espada ni bien salga, ¡¿Entendiste?! —inquirió acentuado para obtener la atención de la princesa—. No salgas hasta que alguien de confianza regrese por ti, promételo. No te expongas a ellos a menos que no tengas otra opción.
—Elrond, no te vayas. —clamó la hija de Oropher, llorando como una niña pequeña—. Si entran... Yo... —vaciló nerviosa—. No puedo hacer esto, no puedo...
—Por supuesto que puedes. No quiero que lo hagas porque necesito mantenerte lejos de ellos lo más que pueda, Morwenna, pero de ser necesario, lo harás bien, lo sé. —aseguró el hijo de Eärendil para darle confianza—. No tienen forma de entrar aquí, pero en caso de que ocurra por infortunio, toma esto, —agregó y puso una cuchilla fina muy similar a su espada, pero con una hoja del largo de su brazo, en su mano derecha—. Si ingresan... No dudes, no cierres los ojos y aplica toda la fuerza de tu cuerpo sobre la cuchilla, tanto para ingresarla como para quitarla del cuerpo, porque la carne ofrece resistencia, y más la de los orcos. —informó con celeridad—. Apunta al cuello como hiciste hace un rato, o debajo de los brazos, donde no llevan protección. —instruyó conduciendo la mano de la princesa con la cuchilla sobre su cuerpo en los lugares mencionados, enseñándole cómo apuñalar—. Y Morwenna... No dejes de moverte y de pelear en ningún momento. No dejes de luchar, por favor. —pidió tomando su rostro entre sus manos. De un segundo al otro se acercó a ella y le dio un beso apasionado—. Puedes hacerlo, Meleth nîn (mi amor), yo sé que sí. —afirmó—. Vuelve a trabar la puerta en cuanto salga. —Le recordó.
Al abrir los postigones, Elrond cayó de espaldas enredado con otra criatura que se chocó al intentar salir y escuchó la orden firme de Thranduil en la puerta antes de que esta se cerrara tras ellos.
—¡No salgas hasta que todo pase y vuelva por ti! —exclamó el príncipe.
Desde el suelo, Liswen empujó a Elrond para sacárselo de encima y se levantó bufando molesta quitándose los cabellos de la cara. Morwenna ayudó a su amado a levantarse, pero no emitió opinión y Liswen, en su enfado, no dio cuenta que estaba acompañada.
—¡Thranduil, déjame salir! —imploró forcejeando con los picaportes mientras su esposo sostenía la puerta al otro lado.
—¡No irás a ninguna parte en ese estado! —dijo él. Elrond y Morwenna se miraron extrañados.
—¡Abre la puerta, condenado elfo! —insultó la rubia.
—¡No seas caprichosa, estás herida! —gritó ronco él.
—Es un corte insignificante, no seas tú el quisquilloso. —Le informó.
—¡Thranduil! —llamó Elrond desde el interior y entonces Liswen giró sobresaltada con el brazo en perpendicular sosteniendo solo una de sus dagas, pues la otra la había perdido ayudando a Morwenna. En la otra mano le corría la sangre con lentitud. El corte no era severo, pero si le estaba quitando eficiencia. Al ver que eran el elfo y su cuñada quienes la acompañaban, bajó el arma. En el mismo instante, el príncipe entornó la puerta e ingresó su cabeza.
—¿Elrond? —preguntó intrigado. ¿Qué hacía el hijo de Eärendil en la mapoteca en medio de la lucha?
—Traje a Morwenna, está a salvo. Déjame ir contigo ahora. —solicitó y añadió—: Es a mí a quien buscan.
—¿De qué hablas? —indagó Thranduil, pero en un tono que le hizo saber que descreía su comentario. Un chillido de orco se escuchó muy cerca y Elrond corrió a la puerta antes que Thranduil la cerrara. Girándose por última vez, miró a Morwenna y asintió:
—Ya sabes qué hacer. —Le recordó. La princesa levantó su espada del piso y caminó hacia la puerta que se cerró tras ellos—. ¿Qué otra razón tienen para atreverse a ingresar en la fortaleza de tu padre a costa de la muerte de la mayoría? Han venido a terminar lo que dejaron a medio hacer en Eregion. Llamaron mi nombre, los oí. —confesó. El hijo de Oropher lo miró extrañado y levemente ofendido por decir que no había nada en ese bosque que los orcos desearan. Elrond además comenzó a girar alrededor suyo mirándolo de arriba a abajo y Thranduil se sintió intimidado.
—Hay muchas razones por las cuales... ¡¿Qué buscas?! —interrumpió volteando hacia él.
—¿Tienes una espada que te sobre? —Le preguntó el hijo de Eärendil—. Le dejé mis armas a tu hermana y acabo de darme cuenta que no tengo más que mis puños para defenderme, y a juzgar por la última rencilla que tuve con un orco, no será suficiente. —expuso. Thranduil hizo una mueca de lado con su boca y bajó las cejas.
—El profesor de defensa. —nombró sobrador. Un nuevo grito ensordecedor se escuchó en lo alto de las escaleras. Thranduil lanzó su espada a las manos de Elrond al escuchar ruido en los escalones.
—¡¿Qué haces?! —inquirió alarmado el de cabellos negros recibiendo la espada y dando cuenta que el príncipe no guardaba otra arma entre sus ropas. Thranduil colocó un pie medio paso atrás y levantó los puños.
—¿Lo recuerdas? —le dijo con una mirada de reojo—. Tú eras mejor con eso en Lindon... Y yo con esto. —aclaró enseñando los puños—. Eso sí, no los dejes llegar a mí con sus armas o estaremos en problemas.
un grupo de cuatro orcos corrió hacia ellos con espadas en alto y dando gruñidos para amedrentarlos, pero los hijos de Eru no cederían terreno y mucho menos dejarían que se acercaran a la puerta de la mapoteca. Se miraron por última vez mientras Elrond inspiraba profundo y Thranduil asentía dando la orden. El hijo de Eärendil se adelantó para detener la primera estocada de los orcos, mientras el Sindar daba un ágil salto detrás suyo para combatir a los siguientes.
En el interior de la mapoteca, Liswen oyó los gritos de los orcos y blandió su daga en el aire, con la testarudez aun recorriendo sus venas. Quería salir y no sabía cómo pasar por encima de su cuñada o convencerla. Morwenna se hallaba frente a ella, tratando la herida de la silvana con lo poco que tenían en el lugar y de cuando en cuando se giraba hacia la puerta trabada con la espada de Elrond, pero por razones distintas a las de Liswen. No dejaría que nadie saliera de la habitación y lo más importante, intentaría que nadie ingresara.
—¿Siempre eres así de obediente? —comentó la silvana con disgusto. Morwenna mantuvo su semblante serio y no se dejó conmover por el discurso de Liswen.
—No saldremos de esta habitación más que para conseguir ayuda. —sentenció viendo como por entre la tela rasgada de la bata que le había puesto como una venda, la sangre viva se colaba tiñendo el rosa pálido de rojo—. Elrond me pidió que no salga a menos que sea necesario y eso haré. —añadió. Liswen ladeó la cabeza y emitió un respiro ofuscado.
—¿Elrond te lo pidió? No, Morwenna, te lo ordenó, igual que Thranduil conmigo... ¿Qué piensan, que no podemos defendernos? —masculló molesta.
—No sé lo que piense Thranduil, pero lo que Elrond sabe es que cuanto más en contacto esté con esas bestias, más posibilidades tiene de ver cumplida su visión; no saldré, si lo hago, tengo muchas posibilidades de morir. —sentenció la rubia. Liswen entonces recordó la visión y abrazó a su cuñada. Pidió disculpas y le prometió que pasara lo que pasara, no dejaría que ningún orco volviera a acercársele nunca.
Thanduil estaba controlando bastante bien la situación a pesar de no tener armas con las que defenderse y Elrond acompañaba cada golpe del Sindar con una estocada final que le ayudaba a seguir avanzando. Así se abrieron paso en las escaleras y retornaron al pasillo de los nobles para ayudar a sus amigos. Pronto se cruzaron con Narbeth y Haemir que luchaban espalda con espalda, no dejando que los orcos se acercaran ni a ellos, ni a la habitación donde Lindir aguardaba junto a Celebrían, Elena y el resto de las doncellas. De todas ellas, solo la hija de Galadriel y la esposa de Narbeth blandían espadas, por lo que Lindir se había quedado a reforzar su defensa en caso de ataque.
La lucha entonces se concentró en aquel pasillo donde todos los orcos que habían logrado ingresar en la fortaleza acudieron en llamado de los que exclamaban que el hijo de Eärendil se había hecho presente en el lugar. Más en el exterior, Oropher y gran parte de la guardia real daban caza a la parte del ejército que aun no había podido ingresar.
En su habitación, Celebrían se quitó de la ventana y fue a informar a Lindir.
—El rey logró ahuyentar a la horda. Si salimos ahora, podremos ayudar a dar muerte a los que quedan. —sostuvo. Lindir, caminando de un lado a otro de la habitación, se detuvo frente a ella.
—Solo tres de todos los que estamos aquí portamos espadas, y de ellos, solo uno ha completado su instrucción. —advirtió hablando de sí mismo—. Una cosa es defenderse de un ataque y otra muy distinta es correr a la contienda. —enseñó—. No arriesgaré vidas inocentes. —Celebrían apretó los puños a los lados de su cuerpo y suspiró intentando mantener la paciencia. Lindir no le agradaba y en ese momento le agradaba mucho menos.
—Elrond está ahí afuera. —Le recordó para disgusto del muchacho—. Y usted oyó lo mismo que yo, están intentando darle muerte. Es la única razón por la que ingresaron en este reino. —evidenció—. ¿Se quedará aquí de brazos cruzados cuando alguien tan importante para usted lucha por su vida? —inquirió. Lindir bajó la vista y no contestó. Se moría por gritarle a la cara que el esfuerzo que estaba haciendo por no salir y abandonar a las elfas a su suerte era titánico y que cada segundo que pasaba su sentido del deber se doblegaba bajo sus sentimientos, pero no diría ni una palabra, pues guardaba todas para la única persona que le importaba en ese momento y Celebrían no era digna de oírlas—. Bien... —bufó la rubia.
De pronto, el gemido de dolor de un elfo se escuchó en las cercanías y el choque de las espadas se detuvo. Todos en aquella habitación se miraron aterrados y la hija de Celeborn corrió a la puerta junto con Lindir. Poniendo ambos las orejas contra la madera, intentaron oír lo que ocurría en el exterior.
—¡Alto! Suéltalo... No es con él, es conmigo. —Intentó razonar Elrond con un orco gigantesco al final del pasillo. Este sostenía a Thranduil por el cuello suspendiéndolo en el aire y amenazando con ahorcarlo. La bestia era de un porte mucho mayor al de los otros orcos, y sus piel bordó como la sangre profunda le dio un escalofrío a Elrond que le recorrió la espina dorsal. De no ser porque había visto a su adversario de Eregion abatido y sin cabeza a las afueras de la ciudad, hubiera creído que era el mismo orco con algún tinte en su piel. En efecto, ese que parecía un Uruk-hai en tamaño y ferocidad, era el hermano del orco muerto y el comandante del ejército que asediaba al bosque.
Intentando negociar con él, la lucha se detuvo, aunque los orcos que aun quedaban en pie mantuvieron las espadas y hachas en alto impidiendo el avance de Narbeth y Haemir. En cuanto a Elrond, hablaba desde una posición vulnerable, puesto que el orco contra el que peleaba lo había desarmado y lo estaba apuntando directo a su corazón y sin vacilar con una espada ancha y oxidada.
Thranduil, boqueó con la cabeza inclinada hacia atrás intentando dejar pasar aunque fuera un hilo de aire cuando el orco presionó sobre su traquea.
—Déjalo ir... —repitió Elrond con las manos en alto en señal de rendición—. Si lo sueltas, te dejaré llevarme con tu jefe para hacerle el honor de entregarle mi cabeza. —agregó despacio e intercambiando miradas desesperadas con Thranduil, sabiendo que el Sindar estaba a punto de perder el conocimiento y tal vez la vida.
—Sobre mi cadáver. —resolvió Celebrían harta de esperar y determinada a defender a Elrond. En un movimiento rápido desenfundó su arma.
Abriendo ambos postigones, la hija de Celeborn irrumpió de un salto en el pasillo. Espada en mano, tomó una pequeña hacha que llevaba en la cintura con la otra.
La alimaña de carne roja recibió la llegada de la elfa con una mueca de satisfacción y apretó más el cuello de Thranduil, pero no pudo hacer mucho más cuando el hacha voló certera y rápida como un rayo, enterrándose en su cabeza y dándole muerte.
El hijo de Oropher alcanzó a patear al orco para que lo soltara y luego cayó desplomado al suelo mientras Celebrían se abría paso para llegar a Elrond.
Una estocada de uno de los orcos, que anteriormente apuntaba a Narbeth, se precipitó hacia ella y fue detenida por Lindir, quien salió detrás de ella en su defensa. La punta de la espada llegó a rozarle el brazo y el hizo un corte horizontal. Si bien la muchacha se resintió un momento, eso no la detuvo.
Con fuerza renovada por la aparición de la hija de Celeborn, la contienda se reanudó y mientras todos los elfos luchaban por su vida, Elrond recibió una estocada a la altura del hombro justo cuando Celebrían llegaba a él.
Llevada por la ira y la desesperación al verlo caer dolido, la doncella tomó la espada con ambas manos y dando un grito de furia arremetió contra las piernas del orco, cortando profundamente sus gemelos. Este chilló molesto y agachó su cuerpo a la altura de Lindir, quien llegando detrás de Celebrían, enterró la cuchilla en su yugular con saña varias veces. La sangre negra brotó a borbotones de la alimaña y ese fue su fin.
Celebrían cayó de rodillas junto a Elrond e intercambió sus armas por el rostro del medio elfo. Tomándolo en sus manos, se aseguró que estuviera bien. Lindir se propuso correr junto a él, pues también lo había visto ser atravesado por la espada, pero otro orco atacó por la espalda y lo obligó a voltear en dirección contraria para enfrentarlo. Entre estocada y choque de espadas, el muchacho se alejó de ellos.
Elrond, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, bufaba y gemía de dolor mientras Celebrían vacilaba intercambiando miradas entre él y la espada.
—¡Milord! —exclamó desesperada sin saber bien qué hacer.
—Estaré bien, milady. —Fue lo primero que salió de su boca. Dándose fuerzas, se llevó la mano al hombro lastimado. La espada aun persistía clavada en perpendicular y el dolor del peso de la hoja tirando hacia abajo le rasgaba la carne y lo estaba haciendo sufrir como nunca antes—. Ayúdeme a quitarla... —solicito—. De un tirón... Rápido. —Le indicó a Celebrían con la voz entrecortada por el dolor. Ella asintió obediente y tomando la empuñadura de la espada, lo ayudó a removerla. Acto seguido, presionó sobre la mano que Elrond había llevado sobre la herida para ayudar a detener el sangrado. Este entonces advirtió el corte en su brazo y la observó preocupado—. Debemos ir a las salas de curación cuanto antes. —susurró aun quejándose por el dolor e intentó levantarse pero no pudo. Estaba un poco mareado.
—¡Lo sé! Pero no puedo cargarte yo sola. —afirmó alarmada por la voz doliente del heraldo—. Resiste, Elrond, por favor. —imploró con lágrimas en los ojos, pues tanta sangre salía de él, que no podía discriminar si esa era su única herida o si la espada había llegado a su corazón—. ¡Ayuda! —clamó viendo sus manos mancharse de sangre—. Resiste, por favor. —repitió y en ese instante apoyó su frente contra la del hijo de Eärendil y se quedó allí sollozando.
Elrond cerró los ojos y no atinó a hacer nada más. Celebrían le había salvado la vida y aunque a cualquier otro le hubiera resultado extraña esa imagen de ellos dos tan juntos, Elrond sintió una leve paz que le mitigó el dolor en el momento en el que ella pegó su cabeza a su frente. No lo supo en ese entonces, pero además de lamentar su herida, Celebrían estaba rezando por él.
Casi al mismo instante, Lindir dio muerte al último orco que quedaba en pie y corrió hacia ellos.
—¡Elrond! —gritó al ver la sangre en las manos de ambos—. ¡Ayúdame a levantarlo! —exclamó a Celebrían y rápidamente tomó al hijo de Eärendil del lado que no estaba herido—. ¡¿Dónde es la sala de curación?! —inquirió.
—Thranduil... —recordó entonces Elrond intentando ver entre los elfos que estaban encargándose de él.
—Thranduil no puede ayudarnos ahora. —comentó Lindir creyendo que el heraldo quería obtener indicaciones suyas—. ¡Narbeth! —llamó girando levemente, pero sin perder atención en sostener a Elrond.
—¡En los niveles inferiores! —informó el rubio ayudando a Elena a reanimar al príncipe.
—Será mejor que vayas con él. —opinó Haemir, quien controlaba que todos los orcos estuvieran muertos y custodiaba a las doncellas de Celebrían.
—¡No puedo! ¡Thranduil no responde!
Liswen llegó al último peldaño de la escalera junto a Morwenna cuando Narbeth dio la noticia. Empujando a todos a su paso corrió hacia su esposo y se lanzó al suelo levantando su cabeza.
—¡¿Qué?! —exclamó observando el cuerpo de Thranduil—. ¡¿Qué ocurrió?! ¡Thran! ¡Thranduil! —llamó desesperada sacudiendo su rostro y zamarreando su cuerpo mientras Elena y Narbeth intentaban explicarle.
Morwenna intentó seguirla pero vio a Elrond siendo cargado por Lindir y Celebrían y se precipitó hacia él.
—¿¡Es grave?! —indagó por la sangre sobre las ropas de Elrond y las manos de los elfos. Este negó aunque su rostro comenzaba a palidecer y sus fuerzas decaían.
—No... —gimió entonces Liswen enterarse que el orco había asfixiado a su esposo—. ¡Thranduil, despierta! —chilló obteniendo la atención de todos los presentes.
—¿Thran? —llamó la princesa viendo la maraña de cabellos rubios en los brazos de Liswen. Su rostro se llenó de terror cuando advirtió la inmovilidad en el cuerpo de su hermano. —¡Thran!
Morwenna dio un grito desgarrador y corrió junto a ellos. El hijo de Eärendil, a pesar del dolor, el mareo y las súplicas de Lindir y Celebrían para continuar caminando hacia las salas de curación, se volteó y dirigió sus pasos tambaleantes hacia los Sindar. Cuando llegó junto a Morwenna, cayó de rodillas junto a ella y envolvió con su brazo sano, recargándose en su espalda. Tomando aire, inspiró profundo y logró erguirse. Sin darse cuenta del estado del heraldo, Morwenna trepó hacia su cuello llorando desconsolada dando gritos roncos al no observar ningún vestigio de vida en su hermano.
Elrond observó el cuerpo de Thranduil, inerte a pesar de los esfuerzos de Liswen por devolverlo a la vida, pero en lugar de llorar su supuesta pérdida, deslizó cuidadoso su mano hacia la muñeca del elfo.
—Aun vive. —anunció despacio, pero obteniendo el silencio y la atención de todos los presentes.
—¿Qué? ¿Cómo? —Quiso saber Liswen y se separó un poco del rostro de su esposo para observarlo. Thranduil tenía los ojos cerrados y nada en él indicaba que estuviera respirando. Con una mirada desesperada y suplicante, pidió a Elrond que la ayudara. Morwenna hizo lo mismo cuando se desprendió de él e intentó calmar su llanto histérico—. ¡Sálvelo, Elrond! ¡Sálvelo! —suplicó Liswen.
—Está vivo... ¡Lindir! —llamó Elrond sacudiendo la cabeza para fijar la vista—. Pónganlo en el suelo. —pidió, pues él no podía hacer fuerza. Lindir ayudó a los demás a colocarlo boca arriba, pero no dejó de observar con preocupación los tambaleos incesantes de Elrond.
—¿Estás bien? —indagó Morwenna girando hacia él—. Deberías ir con los sanadores, estás perdiendo mucha sangre. Narbeth, —pidió—, llévalo a las salas de curación.
—¡No! —Contradijo Elrond alzando una mano y en un tono severo. Narbeth se quedó estático a medio paso y asintió. Sabía que una orden del hijo de Eärendil valía más que el pedido de cualquier miembro de la casa real.
—No quiero entrometerme en sus deseos, milord, —intentó interponerse Celebrían—, pero debería ir. Temo por su vida.
—Thranduil necesita mi ayuda. No me iré de aquí hasta que lo solucionemos.
Pestañeando varias veces para no perder visión, Elrond observó el cuello de Thranduil ya morado por la presión de la mano del orco y vio una pequeña herida sobre su traquea; le quitó el cabello hacia atrás para observar el resto del cuello.
—Mhh... —gimió descubriendo lo que ocurría—. Necesito un pedazo de tela, rápido. —pidió mientras ladeaba la cabeza de Thranduil. Liswen se rasgó un retazo del camisón y se lo entregó.
Con fuerza, Elrond extrajo una a una las uñas que Thranduil tenía clavadas cerca de la nuca. Mientras las removía, todos observaban como el semblante del príncipe comenzaba a dar pequeños movimientos de reflejo. Al quitar la última, Thranduil se quejó por el dolor pero permaneció dormido.
—¡Meleth! (Amor). —exclamó Liswen con lágrimas en sus ojos pero una sonrisa de alivio. Agachándose sobre el rostro de Thranduil, lo besó repetidas veces—. Estarás bien, amor mío. Gracias, Elrond. —se giró a decir. Este asintió sintiendo que perdía el conocimiento.
—Llévenlo con los sanadores... —ordenó y llegó a olisquear una de las uñas que le había quitado del cuello—. Llévenos... A todos... Los heridos. Es veneno. —informó desmayándose. Su cabeza cayó sobre la palma abierta de Lindir, quien se lanzó al suelo para que este no se golpeara.
Morwenna se giró asustada e inmediatamente miró la herida del hijo de Eärendil. Mientras Liswen, Narbeth, Haemir y Elena ayudaban a cargar a Thranduil, ella posó su mano sobre el hombro de Elrond.
—¡¿Veneno?! —inquirió la princesa. Junto a Lindir y Celebrían lograron ponerlo de pie.
—No vinieron hasta aquí solo a jugar con sus espaditas. —comentó el muchacho corriendo lo más rápido que podía con el cuerpo del heraldo prácticamente arrastrado por los tres—. Vinieron a darle muerte... —agregó angustiado.
La herida de Elrond era mucho más profunda que la de Thranduil y si la espada también estaba envenenada, el efecto no tardaría en hacerse notar, siendo letal para él.
Al llegar a las casas de curación, se cruzaron con Oropher, quien cabalgó con celeridad hacia sus hijos cuando vio a su primogénito siendo cargado inconsciente y a Morwenna llegar detrás ayudando a cargar a Elrond.
—Que la gracia de Eru nos proteja, ¡Salven a mi hijo! —comandó severo a los sanadores que corrían a las puertas de las casas de curación. Se bajó del caballo de un salto y tomó a Morwenna en sus brazos. Ella pudo ver entonces que su padre no cargaba ni un rasguño, solo inquietud por el bienestar de su descendencia—. ¿Estás bien, mi pequeña luz? —preguntó recorriéndola con la mirada en busca de heridas. Ella asintió y juntos caminaron dentro de la sala de los sanadores—. ¿Qué le ocurrió a tu hermano? Y a... —Quiso preguntar, pero Liswen lo interrumpió llegando con ellos.
—Un orco lo ahorcó y le lastimó el cuello. —anunció la esposa de Thranduil con lágrimas en sus ojos y alzando la mirada hacia él—. Le inyectó veneno... —añadió. Oropher alzó la vista desesperado por sobre el hombro de su nuera, pero pronto vio que ella también sangraba.
—Entonces ve rápido a tratarte eso. No sabemos si todos cargaban veneno en sus armas o solo fue infortunio. —le ordenó y acarició la mejilla de Liswen con pena—. Yo me encargaré de que a Thranduil nada malo le ocurra. —Le hizo saber.
Liswen planeaba rehusarse a tratarse hasta saber que Thranduil estaba fuera de peligro, pero un sanador llegó con ella y la tomó del brazo rogándole que lo dejara curarla.
En su camino hacia su hijo, Oropher vislumbró a Elrond siendo desvestido por los sanadores. A la vista quedó la profunda herida que lo había atravesado de lado a lado. Utilizando unas hierbas bajo su nariz, los sanadores lo reanimaron, ya que lo necesitaban despierto para que el veneno, en caso de estar recorriendo su torrente sanguíneo, no tomara rápida posesión de su cuerpo. Elrond despertó y dio un grito ronco de dolor y las lágrimas estallaron de sus ojos en una expresión de aflicción que aterrorizó incluso a Oropher. El padre de Morwenna entonces tomó una botella de vino que había a su paso y la extendió hacia el hijo de Eärendil.
—Beba. —Le ordenó serio acercando el pico a la boca del medio elfo.
—No. —Alcanzó a decir Elrond ahogando un nuevo grito de dolor.
—Cuando le coloquen el antídoto, si está envenenado, dolerá como si lo estuvieran partiendo en dos. Este ardor será solo la sensación de un rasguño. Bébalo. —repitió—. Todo.
—Majestad, por favor... —intentó negarse Elrond entre gemidos de dolor, pero Oropher sacudió la botella violentamente sobre su rostro.
—Prefiero un yerno borracho que uno retorciéndose de dolor. —soltó el monarca del bosque.
Elrond alzó la vista hacia él y respiró agitado. Oropher apenas si sonrió cuando el hijo de Eärendil inclinó su cabeza y bebió obediente. Los dos sabían que no era momento para sentimentalismos, ni para discutir el nuevo título que el rey del bosque le había dado al heraldo de Lindon.
Una vez que la botella vio el fondo vacío, Oropher la posó a un costado de la cama y acudió en ayuda de su hijo, del cual los sanadores se estaban ocupando eficientemente desde el minuto en que había llegado.
—¿Cómo está Elrond? —preguntó primero Thranduil soportando el antídoto, aunque mucho menos adolorido que el heraldo, pues su herida no era tan profunda.
—Bebió una botella completa de vino. —informó Oropher sentándose al borde de la cama y giró el cuello de su hijo para inspeccionar su herida. Al ver que estaba sanando, tomó su mano y la sostuvo sobre su pecho con una sonrisa.
—O sea que además de herido y envenenado, está borracho. Lo está pasando mejor que yo. —comentó riendo. Un segundo después se quejó del dolor que la contracción de sus músculos le había causado al reír.
—Toda una aventura. Tendrá sueños extraños... —Le contó Oropher, que ya había pasado por esa situación en el pasado.
Thranduil volvió a reír y atrajo la atención de Liswen, sentada en una cama cercana, siendo curada por los sanadores. La princesa se deshizo pronto de todos los elfos desfilando a su alrededor y corrió con su esposo, incluso cuando los silvanos le pidieron que no hiciera esfuerzos. Oropher la vio deslizarse sobre el pecho de Thranduil y abrazarlo con fuerza. De pronto recordó el tiempo con su esposa y tuvo que alejarse de allí para que no lo vieran llorar. No era el momento de mostrarse vulnerable y preocupar más a su hijo.
El monarca entonces se acercó a Morwenna y la abrazó cuando esta yacía de pie al final de la cama de Elrond, junto a los amigos del heraldo y la hija de Celeborn. Elrond dormía pacífico y así lo hizo por unas cuantas horas.
Cuando Oropher regresó a visitarlo aun era de noche y el heraldo tenía la vista fija en la imagen de Thranduil, pero lejos de expresar preocupación, el hijo de Eärendil se veía perturbado.
—¿Todo está bien? —preguntó Oropher sacándolo de sus pensamientos. Elrond lo miró con terror, sorprendido por haber sido descubierto observando al príncipe y carrapeó nervioso.
—Sí, señor... Mi herida ha evolucionado bien, no hay signos del veneno en mi cuerpo y no siento dolor. —respondió automático.
—Muy bien. —Se alegró el rey—. Olvidé mencionar que la bebida combinada con el antídoto le daría sueños extraños... Espero que no lo hayan perturbado...
—¡No! —exclamó Elrond casi traumado y dio cuenta que estaba siendo demasiado dramático, por lo que era obvio que sí había soñado algo extraño—. No. —Se corrigió mucho más tranquilo. Para cambiar de tema, cuando Oropher asentía divertido, el heraldo se puso serio y dijo—: Lamento haber provocado esto, majestad. He traído la muerte a sus puertas... ¿Ve? Eso es lo que le ocurre a quienes permanecen cerca mío. —expuso como ejemplo de la conversación que habían tenido sobre las razones por las que él no había pedido cortejar a Morwenna.
El monarca dio un paso hacia él y observó rápidamente el panorama a su alrededor. Muchos elfos habían caído ese día, y otros tantos estaban heridos de gravedad. Sus familiares lloraban sus pérdidas así como sostenían las manos de los que intentaban sobrevivir. Algunos incluso velaban el sueño tranquilo de sus heridos y otros acompañaban en presencia, como todos los amigos de Elrond, que estaban sentados en el suelo y negándose a retirarse para descansar aunque fuera por unos minutos.
Como todos los demás, Oropher había escuchado los gritos de los orcos llamando al hijo de Eärendil, y en un primer momento pensó en culparlo, pero al final del día no podía echarle la culpa de ese desastre. El monarca suspiró y juntó sus manos sobre su cuerpo.
—No, Elrond... Esto es lo que le ocurre a un rey que cree que su fortaleza es lo suficientemente segura como para no continuar fortificándola. —evidenció para sorpresa del muchacho. Observando a su hija a la distancia platicando con Liswen y Thranduil, el monarca contuvo sus repentinas ganas de abrazar al hijo de Eärendil como si este fuera otro de sus vástagos—. Si usted no hubiera estado aquí, —dijo en su lugar—, los orcos no hubieran ingresado, es verdad... —Elrond bajó la vista apenado, pensando en volver a pedir disculpas, pero Oropher prosiguió—. Aunque no hubieran podido ingresar si mi hogar fuera seguro. Nos he puesto en un grave peligro, Elrond... Gracias por traer una horda de orcos a mis puertas para hacerme saber que no son seguras. —finalizó con una pequeña reverencia.
Elrond lo observó ir con su hijo y sonrió a sus espaldas. Nada había resultado como esperaba, pero la forma en la que Oropher se había referido hacia él y lo que había dicho posteriormente, se había sentido como una caricia suave sobre su pedido de disculpas.
Las horas pasaron sin que nadie dentro de las salas de curación diera cuenta de la claridad del sol brillando sobre el bosque. Entre quejidos leves y cubetas de agua y sangre que iban y venían en las manos de los elfos que aun quedaban en pie, Liswen acariciaba las mejillas del elfo que amaba mientras él pestañeaba lento haciendo contacto visual con la angustia de su esposa.
—Ya estoy bien, princesa. No llores. —La tranquilizó Thranduil con voz ronca y baja, alzando una mano y removiendo una lágrima de su rostro. Liswen se abrazó a él y lloró con más intensidad, pero también alivio.
—Lloraré todo lo que quiera. ¡Casi te pierdo y todo por tu caprichito de encerrarme! ¡No vuelvas a alejarme de ti! ¡Me necesitas! —chilló enterrando su rostro en el cuello de su esposo y lo hizo reír.
En una cama cercana, Morwenna sostenía la mano de Elrond mirando a la pareja darse arrumacos a pesar del dolor de sus heridas. El hijo de Eärendil, sin embargo, contemplaba divertido otra escena en el suelo al costado de su cama.
—No puedo esperar a que despierten. —susurró atrayendo la atención de Morwenna. Esta siguió la vista de Elrond y se sonrió al ver a Lindir dormido con la espalda apoyada contra el costado de una cama. Sobre su hombro, la cabeza de Celebrían reposaba su sueño tranquilo, siendo coronada por la cabeza del muchacho. Una mano de la doncella se posaba despreocupada sobre el regazo de Lindir mientras, sobre la otra pierna, el gato del muchacho ronroneaba custodiando el sueño de ambos elfos.
—¿Cómo llegaron a esa posición? —preguntó la princesa ladeando su cabeza.
—Tienen el sueño pesado y Haemir estaba de buen humor. —explicó Elrond. Morwenna se llevó una mano a los labios conteniendo la risa y luego acarició la barbilla vendada de su amado.
—¿Crees que los Valar nos odian? —preguntó de repente. Elrond arrugó la frente sin comprender de dónde nacía esa pregunta.
—Creo que los Valar tienen cosas más importantes que hacer que estar husmeando en nuestras vidas para decidir si nos aman o nos odian. —contestó—. ¿Por qué la curiosidad? —indagó.
—Hemos vuelto al principio... Y ni siquiera pudimos comenzar. —divagó ella. Elrond cada vez entendía menos. Morwenna suspiró profundo y enlazó sus manos en la del heraldo—. ¿Dónde estabas anoche? Dijiste que estarías en tu habitación antes de la medianoche, pero ya llevaba horas a oscuras cuando los orcos irrumpieron... —Le hizo saber muy seria. Elrond comprendió de un segundo al otro a dónde quería ir Morwenna con todas esas teorías. Ladeó la cabeza hacia Thranduil y Liswen y sonrió despreocupado.
—Estaba en la biblioteca. Estudiando... Perdí la noción del tiempo. —confesó. Morwenna lo observó de reojo con cierto enfado y un poco descreída, más aun cuando vio que la mirada del medio elfo se posaba sobre su hermano.
—Interesante lectura la tuya para olvidar un asunto como el que teníamos pendiente. ¿Era el protagonista del libro más bello que yo? —comentó con ironía.
—Pues... —dudó Elrond y ella lo fulminó con el mar bravo que tenía por mirada—. Es irónico que lo olvidara, ya que me pasé la noche oliéndote. —explicó—. Tal vez por eso me dejé llevar... Creí que estabas ahí. Tu perfume estaba ahí... Justo delante de mi nariz.
—No comprendo. —dijo ella y soltando su mano se cruzó de brazos ofuscada. Si tan solo se enteraba que había estado con Thranduil...
—La canela, Morwenna. Estuve estudiando los efectos de la canela en el cuerpo. Me pasé toda la noche oliendo esa especia. —confesó advirtiendo su desagrado. Morwenna volteó hacia él, que también comenzaba a molestarse ante los celos cada vez más notorios de ella.
—¿Qué tienes con la canela? No dejabas de repetirlo ayer en la tarde. —indagó la princesa y ambos percibieron su repentina calma.
—En ciertas cantidades es abortiva. —declaró—. Y no solo eso, también es anticonceptiva... En definitiva, descubrí porqué tu hermano y la princesa Liswen no logran concebir. Es la cantidad de canela que él ha consumido. Ustedes los Sindar, mejor dicho, tu familia, le agrega canela a absolutamente todo lo que comen y esto lo han estado haciendo desde hace mucho tiempo al parecer... Tanto tiempo, que el esperma de Thranduil ha de ser inexistente. —comunicó. Morwenna asintió boquiabierta intentando recordar algún alimento al que no le echaran canela y se sorprendió de no encontrar ni un solo ejemplo reciente.
—¿Y eso es reversible? Porque en cuanto Thranduil se entere que la culpa es de una especia, pondrá grito en el cielo por ser el único culpable de su esterilidad. —confesó llevándose las manos al rostro para ocultar lo pasmada que estaba quedando cuanto más vueltas le daba al asunto, comprobando la veracidad de los hechos.
—Hay que desintoxicarlo con una dieta que no incluya nada de canela, hasta que su cuerpo regrese a la normalidad. Creo que eso, y comer alimentos que fortalezcan su vigor ayudará mucho. Pero también Liswen debe evitar la canela, porque por si fuera poco, tu hermano arrastró a esa pobre muchacha a sus costumbres... Si ella se embaraza y continúa consumiendo la cantidad de canela que consume hoy, no podrá retener ningún... Bebé. Tal vez incluso haya pasado antes sin que lo supieran. —aclaró.
—Ay, no... No podemos decirle eso a Liswen. La mataría saber algo así... —opinó la princesa. Elrond asintió y juntos acordaron qué decir sobre los estudios del heraldo y qué omitir para no traumatizar a la pareja.
—Y... No solo es eso... Habrá que hacer cambios drásticos en todo el reino. —sentenció—. Morwenna... Se la agregan al agua. —añadió susurrante como si aquello fuera una aberración—. Se bañan en canela, queman canela en la leña para tener un perfume agradable en el ambiente... ¡Y beben té de canela! ¡Todo lo hacen con canela! —exclamó alarmado.
Celebrían despertó por el alto tono de voz de Elrond y al verse en la posición en la que dormía con Lindir, se separó inmediatamente con expresión de terror. El gato de Lindir maulló y atrajo la atención de Morwenna y Elrond.
—Buenos días. —dijo la princesa con una mueca de risa.
—Buenos días, alteza... —saludó Celebrían desentendiéndose rápido de la situación anterior y se puso de pie acomodándose los cabellos—. Buenos días, milord. ¿Cómo amaneció? —preguntó pasando por entre las piernas de Lindir para acercarse a Elrond. Este echó una mirada curiosa sobre Morwenna antes de contestar y se permitió sonreírle a Celebrian cuando la princesa bajó la vista y volteó su rostro al otro lado, no queriendo presenciar el intercambio de palabras entre él y la hija de Celeborn.
—Afortunadamente no siento dolor, pero no me he movido. No sé qué ocurriría si lo hago.
—¡Oh, no, no se mueva! —solicitó la doncella y se estrujó las manos a la altura de la cintura, luchando por no tocarlo.
—Descuide, milady, no lo haré. ¿Cómo amaneció usted? —preguntó Elrond mordiéndose el labio inferior con gesto divertido.
La doncella tragó saliva sonora y nerviosa. Un color rosado comenzó a subir por sus mejillas.
—Sedienta. —Se limitó a decir—. Iré por té. —anunció.
—¿Cómo está su herida? —indagó entonces Elrond enmendando el error de hacerla sentir avergonzada. Morwenna se puso de pie y caminó hacia el exterior. El heraldo la siguió con la vista pero no le dio demasiada importancia.
—Oh... Gracias por preguntar. —La doncella sonrió tierna y se miró la venda en su brazo—. No todas las espadas tenían veneno, por lo que es solo un corte. Estaré bien.
—Me alegra mucho oírlo, milady. —acotó Elrond con una sonrisa.
—¿De verdad? —preguntó ella rebosante de ilusión. El hijo de Eärendil asintió y la elfa se humedeció los labios—. A mí me alegra y me alivia que usted esté mejor. —Dejó salir. Se quedó viéndolo con ternura por unos segundos, hasta que Elrond bajó la vista algo intimidado y entonces Celebrían sacudió su cuerpo levemente, dando cuenta que la situación se había vuelto incómoda para él—. Si me disculpa, —añadió—, iré por algo para desayunar.
Las doncellas de Celebrían la vieron alejarse de la cama de Elrond y acudieron a su llamado. A su paso la hija de Celeborn pateó disimuladamente la pierna de Lindir y fingió haber tropezado cuando él despertó. Lejos de darle importancia, el muchacho alzó a su gato y viendo al hijo de Eärendil despierto, no pudo hacer más que prestarle atención a él.
—Oh, Elrond. Lo siento... Me quedé dormido. ¿Cómo te sientes? —inquirió con curiosidad y preocupación. Inclinándose levemente sobre él, se tranquilizó al ver que la venda que cubría su hombro estaba seca. La herida estaba curándose eficientemente gracias a los silvanos.
—Como que quiero que quites a ese sirviente de Tevildo de mi cara. —anunció el heraldo y Lindir se echó atrás pidiendo disculpas completamente abochornado.
—¡Elrond! —reprendió Morwenna llegando con ellos ni bien Celebrían se alejó de la cama de su amado y estiró los brazos para tomar al gato de Lindir—. Dámelo. Lo llevaré a dar una vuelta para que platiquen tranquilos. —ofreció con una sonrisa franca. De las dos criaturas que amaban al hijo de Eärendil además de ella, Lindir era quien mejor le caía, por lo que le brindaría todas las facilidades para que este tuviera una relación armónica con Elrond.
—¡Ay, míralo! Sigue detestando a tu gato. Alégrate, Lindir, eso quiere decir que está bien. —dijo Narbeth llegando junto a Elena.
La doncella advirtió que la princesa estaba abandonando las casas de curación y la acompañó. Después de todo debía tomar un baño y cambiarse el camisón por ropa limpia, así como también prepararse para desayunar y Elena era la encargada de todas esas cosas. Antes de salir, Morwenna pasó por la cama de su hermano y habló con ambos. Les dijo que Elrond tenía buenas noticias para ellos y preguntó si Liswen la acompañaría, pero la rubia se negó a abandonar las casas de curación hasta que supiera que Thranduil estaba en condiciones. El príncipe se encontraba mejor pero aun sentía un terrible dolor de cabeza y no podía hablar. La presión sobre la traquea le había afectado las cuerdas vocales al punto de dejarle una tenue voz susurrante y aflautada con la que apenas podía comunicarse.
Al salir, Morwenna se topó con Haemir quien llegaba con un ramo de flores en las manos. Junto a Elena, la princesa posteriormente comentó risueña que seguramente sería para la doncella de Celebrían que tanto le gustaba al guardia de Eregion, pero no se quedó a ver al destinatario real de las flores. Haemir llegó junto a Narbeth y posó el ramo a los pies de Elrond con una mueca de disgusto.
—¿Qué? ¿No se murió? —preguntó mirando a sus amigos—. Elrond, estuve toda la mañana recolectando flores para tu funeral ¡¿Y así me pagas?! —inquirió. El hijo de Eärendil rió y al intentar encogerse de hombros se resintió por el dolor.
—Prometo morirme la próxima vez. —Le respondió quejoso y ambos rieron.
—¡No digas eso ni en broma! —ordenó Lindir sobresaltado y casi atrapado por una angustia repentina al imaginar aquella promesa cumplida.
—Estoy de acuerdo con él. —acotó Narbeth—. Aunque no tan efusivamente. —agregó burlándose del menor de los cuatro.
—Bien... ¿Quién se apunta a un nutritivo desayuno? —preguntó Haemir. Narbeth levantó la mano, pero le dijo que primero iría a ver a Thranduil—. Oh, cierto que el pequeño príncipe también estuvo en peligro. —recordó.
—Deberías llevarle las flores, se las merece más que yo. —opinó Elrond con una sonrisa.
—Sí, él estaba más muerto que tú anoche, es verdad. —reconoció Haemir y tomó el ramo de flores riendo—. ¿Vienes Lindir?
—Eh... No. —negó el muchacho sentándose al borde de la cama de Elrond—. No tengo hambre...
Haemir miró a Elrond y este asintió pidiéndole que se retirara. Cuando el muchacho lo hizo detrás de Narbeth, en lugar de esperar que Lindir comenzara a dar vueltas en un discurso por un asunto al que jamás arribaría por no atreverse, el hijo de Eärendil lo confrontó de improviso.
—Sé que te hubiera gustado estar ahí desde un principio. —Le dijo. Lindir frunció el ceño fingiendo inocencia, pero sabía perfectamente de lo que hablaba—. Hubieras querido estar en ese pasillo conmigo y no en la habitación con las doncellas. Sé que te hubiera encantado degollar al orco tú mismo sin intervención de Lady Celebrían, y sé que antes de salir tras ella te estabas muriendo, obligándote a defender a esas elfas cuanto en realidad la única criatura a la que querías proteger era a quien los orcos habían entrado a atacar.
—Elrond, yo... —intentó explicar el muchacho, pero el hijo de Eärendil estaba harto de pretender que ignoraba asuntos que conocía a la perfección. Había estado al borde de la muerte dos veces, las suficientes como para reflexionar sobre las consecuencias de la pérdida de tiempo.
—No le des más vueltas, —pidió—, y no te avergüences de reconocerlo. No sería una molestia para mí. No es, no lo fue nunca... Y de hecho me siento algo halagado. —reconoció. Lindir abrió mucho los ojos y el pavor de ser descubierto por Elrond antes de siquiera confesar lo que sentía se apoderó de él—. Sé que me amas. —soltó de golpe. Instintivamente Lindir se llevó una mano a la boca conteniendo un grito o tal vez la confirmación a la confesión del heraldo—. Tenemos que hablar de esto... Casi muero dos veces en poco tiempo y no quiero que nada malo me pase y no puedas decírmelo.
—¿Quién... Quién te lo dijo? —balbuceó lleno de terror.
—Lo sé porque... —dudó en decirle que Celebrían había sido la primera en abrirle los ojos sobre ese asunto, ya que sería darle más razones para detestarla y la pobre no tenía la culpa de nada. Resolvió entonces echarse la culpa a sí mismo—. Nadie me lo dijo, Lindir. Lo he sabido desde hace un tiempo... Me di cuenta. —expuso—. Pero quiero que puedas sincerarte conmigo a pesar de que ambos sabemos que esto no ira a ninguna parte. No quiero seguir perdiendo el tiempo y que lo lamentemos después. Hablémoslo.
Con lágrimas en los ojos y temblando por los nervios, Lindir titubeó, pero Elrond presionó su mano dándole fuerzas. Desde la cama de Thranduil sus amigos comenzaron a verlo llorar, aunque no se metieron, pues vieron en el rostro de Elrond que aquella era una conversación que solo ellos dos debían tener. Dieron la espalda a la situación y continuaron platicando con Thranduil.
—Temía que me odiaras por esto... Que nuestra amistad se rompiera. —confesó sollozando—. No quería que esto pasara... —agregó secándose las lágrimas.
—Yo no quería que te enamoraras de alguien que no podía amarte como te mereces... Y aquí estamos. —acotó el heraldo con una sonrisa compasiva—. Pero no es motivo para no decirlo... Tenemos que hab...
De pronto, un guardia con las ropas de Eregion ingresó en la sala de curaciones acompañado por Oropher. Ambos se apostaron a los pies de la cama del heraldo y Lindir bajó la vista ocultando su rostro tras su cabello. A Oropher le causó vergüenza el interrumpir una conversación que se notaba a la lejanía que era algo muy íntimo, pero no tenía opción. El muchacho caminó lejos de ellos pero se quedó al otro lado de la puerta escuchando todo. Estaba demasiado avergonzado y vulnerable como para soportar la mirada curiosa y acusadora del monarca, pero no lo suficientemente destrozado como para dejar a Elrond solo.
—Elrond, tenemos un problema. —anunció Oropher a viva voz. En ese mismo instante, todos en el reino sintieron algo curioso en el aire. Una gran fuerza se apoderó de sus almas, al mismo tiempo que sus heridas se sintieron sanar más rápido mitigando el dolor en todos ellos.
—¿Majestad? —preguntó intrigado por la inminente llegada del guardia de Eregion y se sentó en su cama.
El elfo, enviado por Lady Galadriel, sacó de entre sus ropas una bolsa azul de terciopelo y al abrirla, tomó dos retazos de tela más pequeños. Sosteniéndolos en la palma de su mano descubrió las envolturas y enseñó a Elrond dos anillos dorados brillantes. Uno con una piedra roja, y otro con una piedra azul marino.
—La dama blanca solicita que sean escondidos con urgencia. —informó el guardia—. Ella porta el tercer anillo...
