—Nuestra pequeña de plata no tarda en llegar. No pasará de hoy. —anunció Galadriel de repente. Celeborn se giró dejando de prestar atención al trabajo de los elfos en torno a un árbol antiguo y se acercó a su esposa. La mañana apenas despuntaba y aun sin sol, la dama blanca parecía brillar como una estrella suspendida sobre el césped. Como se adora a un tesoro, Celeborn besó los nudillos de su reina con admiración y alzó la mirada hacia ella, donde la Noldor percibió preocupación.
—¿A salvo? —Se apresuró a preguntar el señor de Lothlórien. En cuestión de segundos armó un plano mental del camino más rápido para cabalgar por el sendero que llevaba hasta el bosque de Oropher, de donde su hija había salido hacía días. La sonrisa noble de su esposa, sin embargo, lo tranquilizó.
—Por supuesto. —Dejó salir ella, que sintió la presencia de alguien más acompañando a su hija—. Y no está sola...
Con la vista fija en el horizonte, Elrond percibió el perfume a jazmín en el aire y no giró su cuello para hablar. En la lejanía del paisaje matinal, una luz naranja se agitaba de forma poco natural y en su corazón, el hijo de Eärendil presintió que todas las lecciones aprendidas en el pasado pronto se pondrían a prueba. Celebrían cabalgaba junto a él y tímidamente carraspeó para obtener aunque fuera un suspiro del medio elfo. Desde que despertaran para continuar su camino, solo había obtenido un leve saludo de buenos días y luego silencio sepulcral. Hubiera dado todas sus posesiones por obtener aunque fuera un solo minuto recorriendo su mente para saber lo que estaba pensando, así no le gustara la imagen que esto le devolviera; todo lo que Elrond pensaba estaba atravesado por el miedo a que aquella sombra naranja se tragara la luz de Morwenna en un solo mordisco feroz, por lo que procuraba no perder de vista sus movimientos, pero en aquel momento estaba lejos de ella y del bosque como para poder estar seguro. Y además estaba el otro asunto...
—¿En qué piensa, milord? —preguntó súbitamente la elfa, ya cansada de la ausencia de su voz. Elrond tomó un respiro lento, como si quisiera dilatar el momento de respuesta.
—Debí ir yo... —mencionó con un divague intrigante posando sus ojos en las riendas de su caballo. Con preocupación, volvió a centrar su mirada en el horizonte naranja. No le contaría del episodio con Morwenna que le estaba quitando la tranquilidad y lo mantenía permanentemente pensando en ella, pero también existía una verdad que Celebrían no ignoraba... Había otro asunto sobre el que sí podía hablarle y eso había decidido hacer.
—¿Se refiere a...? —indagó seria. Elrond giró el cuello hacia ella y asintió con la cabeza. En su iris gris pálido, Celebrían se reflejó a pesar de la tormenta de preocupación que esos ojos cargaban—. Oh, pero... No se sienta culpable. No podía en ese entonces, —Le recordó—. Estaba herido, milord. Y estaba claro que eso tenía que abandonar el bosque en el menor tiempo posible. —agregó sin atreverse a mencionar los anillos.
—Sí, pero él no tenía que hacerlo por mí. No estaré tranquilo hasta que una misiva o cualquier tipo de aviso me haga saber que está a salvo. —reconoció con un dejo de molestia.
Él. Él tenía un nombre y Elrond no se animaba a mencionarlo por miedo a que el viento escuchara y llevara su identidad a oídos enemigos para hacerle daño. Largos meses habían pasado desde que Oropher recibiera dos anillos de los tres forjados por Celebrimbor y junto a Elrond decidiera que las joyas no podían quedarse bajo su custodia. El peligro de mantenerlas en ese lugar era inminente, pero no había un solo elfo de confianza que estuviera en condiciones de emprender semejante hazaña como era cargar los anillos en secreto hasta Lindon... No hasta que Lindir, que se había quedado escuchando tras las puertas en las casas de curación, apareció para decir que se haría cargo con tal de que Elrond no tuviera que ponerse de pie y marchar herido y vulnerable hacia un destino que podría arrebatarle la vida.
Por supuesto que el hijo de Eärendil se había negado, pero entonces Lindir trajo a la conversación la ruina que traería al bosque el señor oscuro si alguien en Eregion se atrevía a traicionar a Celebrimbor y la creación de esos anillos llegaba a sus oídos, pues aquel misterioso halo negativo y pausado que envolvía el aire del mundo finalmente se había revelado como la ascensión de Mairon en Mordor al crear el anillo único, y esto despertó la alarma de Oropher para decidir por sobre la negativa de Elrond y enviarlo solo, en una misión secreta y peligrosa para entregar los anillos a Gil-Galad y mantener el hermetismo de su existencia. Desde esa noche, la sombra de Lindir se había desvanecido del bosque sin que nadie pudiera avistarlo en los caminos; lo único que acompañaba al muchacho, además del caballo más veloz del bosque, era la cuchilla que Elrond había puesto en sus manos para sumar a su defensa con su espada. Cerrando sus puños sobre la funda de la pequeña espada, le había rogado que mantuviera su cuerpo y su espíritu a salvo, a costa de perder todo, menos su vida. Lindir había renegado de llevarse un arma tan preciada para su capitán, a riesgo de perderla, pero Elrond rápidamente le aclaró que prefería no volver a ver la cuchilla forjada en Amon Ereb, que no compartir otro día con él. Era lo único que podía devolverle a los sentimientos de Lindir: Su presencia y su preocupación; el muchacho lo tomó como la muestra más grande de amor que jamás recibiría de él. Entonces, con un cálido aunque angustiante abrazo, se despidió del único al que amaba y juró que notificaría al bosque ni bien cruzara las puertas de Lindon con el tesoro de Celebrimbor intacto. Pero los días se escurrían de las manos de los elfos y la misiva se hacía esperar, cada amanecer con más temor.
Elrond suspiró recordando que no estaría en el bosque para correr hacia la nota de Lindir, y por lo tanto, sería el último en enterarse del éxito o fracaso de su empresa, siendo que era el más interesado en recibir aquella carta, porque mientras esperaba, una noticia diferente arribo al bosque; Lord Celeborn y Lady Galadriel habían logrado huir de Eregion y se habían asentado en una zona de bosques al sur de las montañas y al oeste del Anduin, lindando, río de por medio, con la entrada al bosque de Oropher. Allí la hierba crecía verde y saludable, mientras que sus árboles antiguos y sabios custodiaban el bienestar de los elfos, proveyéndolos de frutos y madera fuerte para alimentarse y construir sus hogares. Una vez fuera de peligro y seguros de que esa sería su morada, los señores de Lórien mandaron una misiva a Oropher solicitando que su hija regresara con ellos y agradeciendo por todo el tiempo que el monarca del bosque le había dado asilo.
Celebrían se atrevió a extender su mano hacia el brazo de Elrond y lo acarició quitándolo de sus pensamientos.
—Todo estará bien, estoy segura. —soltó con una sonrisa que pudo haber hecho salir el sol. Elrond se sintió sorpresivamente reconfortado y sin percatarse de que la dueña de su caricias no era quien le propinaba la paz que estaba sintiendo, soltó la rienda de su caballo y posó su mano sobre la de la elfa, acariciándola con un amor que hasta el momento, solo le había dedicado a Morwenna. Celebrían se estremeció al roce, confundida por la acción del heraldo, pero no pudo indagar demasiado en ello, puesto que de golpe ambos fueron devueltos a la realidad por un maullido.
Sobre el césped, unos metros más adelante, un pequeño bollo peludo custodiaba con la cola en alto la acción de ambos elfos, y como si el mismísimo Lindir hubiera tomado posesión del cuerpo felino, Ninquë maullaba fastidiado en dirección a Elrond. El gato de Lindir había preferido, de todas las personas en el reino de Oropher, morar junto a Elrond en ausencia de su dueño y hasta incluso lo había seguido en contra de la voluntad del medio elfo cuando este se había ofrecido a escoltar a Celebrían, pero como sabía que no era demasiado afecto a su presencia, Ninquë se mantenía callado y a una distancia prudente. Solo maullaba para pedir comida y movía los ojos para seguir los pasos de Elrond o su caballo, pero no se atrevía a subírsele encima y mucho menos a invadir su espacio, por lo que solía dormir alejado y caminar unos metros adelante de los caballos de ambos elfos. Había demostrado ser un gato bastante noble y fuerte, puesto que la distancia recorrida por el heraldo y Celebrían no había sido corta, sin embargo Ninquë no había pedido ser cargado ni una sola vez y había mantenido su paso firme y atento todo el trayecto. Esta era la primera vez en todo el viaje que lo oían fuera de su horario de alimentación y Elrond pronto dio cuenta de que la mano que acariciaba no era la de Morwenna. Retiró sutilmente su brazo e irguió un poco su figura hacia adelante, fingiendo interés en el gato.
—¿Y tú qué? —Le dijo. Ninquë agitó su cola como un látigo en el aire, pero dando media vuelta, retomó su camino—. ¿Tienes algo bueno que compartir sobre el paradero de tu dueño o eres un sirviente de Tevildo como creo y estás feliz porque él ya mora en las Estancias de Mandos luego de haber sido emboscado y asesinado por el enemigo?
Ninquë continuó dándole la espalda en silencio y Elrond suspiró.
—Condenado gato. —masculló.
Celebrían, aun perturbada y sonrojada por el momento que había compartido con el heraldo, tragó saliva y acotó su opinión como si nada hubiera ocurrido.
—Yo creo que adora a Lindir tanto como usted. —juzgó basándose en la actitud del felino cuando ellos habían unido sus manos—. Tenga por seguro que si algo malo le hubiera ocurrido, cuando menos, Ninquë estaría alterado... Y yo lo veo muy normal... Lo de recién fue... Un llamado a atender el camino. —agregó incómoda—. Ahora, de lo que podemos estar casi seguros es que... Él sabe que hay tres anillos que no pudo tocar... —informó refiriéndose al regente de Mordor—. Y no creo que se quede de brazos cruzados, enviará a sus huestes a buscarlos. Espero que no llegue a sus puertas la noticia de que mi madre envió un guardia a... —añadió con un ladeo de cabeza sin mencionar al bosque.
Elrond echó una mirada inquieta sobre ella pero no dijo nada, las visiones de Morwenna regresaron a su cabeza y dándose valor, se repitió una y otra vez que la premonición solo se cumpliría si él se unía a ella en matrimonio, que ese era el mensaje que los Valar le habían enseñado y no otro, no uno en el que la masacre se cumpliera de todas formas, pero las imágenes parecían grabadas a fuego en su mente y no dejaba de caer en el vórtice de la visión de su cabello dorado cubierto de sangre y los gritos de terror que acompañaban otras visiones inundaron sus oídos aturdiéndolo.
El heraldo de Lindon respiró inquieto y estiró su palma abierta en torno a Celebrían.
—Dame tu mano. —solicitó en un tono a medio camino entre una orden y un pedido de ayuda sintiendo que estaba por perder el control de su cuerpo. Por primera vez, Celebrían oyó en él un trato informal, pero sin tiempo a detenerse a pensar en ello, enlazó servicial sus dedos con los de él.
—¿Quiere que nos detengamos, milord? Se ve... Perturbado. —anunció ella mientras el heraldo parecía absorber de su piel toda la paz que podía—. Elrond... —Lo llamó preocupada cuando sus ojos se llenaron de lágrimas.
El hijo de Eärendil parecía sumido en su dolor porque no podía abandonar aquellas imágenes terroríficas de orcos y sangre. Pronto, otras nuevas visiones aparecieron. Elrond soltó las riendas de su caballo y quedó suspendido en el tiempo con la mirada congelada por el terror; las lágrimas brotaron de él como tallos fuertes de una planta. Celebrían al no recibir respuesta dio un salto de su caballo y detuvo el paso del de Elrond en el momento en que el cuerpo del medio elfo se inclinaba pesado, cayéndose de la montura.
—¡Milord!
Celebrían corrió hacia él y el heraldo cayó sobre ella, quedando ambos desparramados en el suelo. Ninquë por primera vez en ausencia de Lindir, se acercó hacia Elrond, pero en lugar de tomar contacto con él, se sentó a vigilar el perímetro como si quisiera protegerlo de algún peligro. La elfa logró sentarse en el mismo instante en que el hijo de Eärendil retornaba a la conciencia. Este dio una bocanada de aire y respiró sonoro y sollozante mientras intentaba enfocar la vista en algo que lo hiciera regresar a la normalidad.
—Elrond... —volvió a llamarlo Celebrían intentando atraer hacia su voz aplomada toda la calma que el heraldo parecía necesitar—. Ya... Está bien. Todo está bien. —aseguró la hija de Galadriel posando sus manos sobre las mejillas húmedas de Elrond.
—No... —negó con la cabeza y los ojos llenos de lágrimas—. Nada lo está... Nada estará bien... Habrá una guerra. Y los Valar se han vuelto tan crueles que me dejan ser espectador de las atrocidades del mundo incluso antes de que sucedan... Para que duela dos veces, para recordar que solo somos simples hormigas en tierra árida. —dejó salir tembloroso. Su cuerpo se sacudía como una hoja llevada por la brisa y Celebrían recordó su acción el día del ataque de los orcos en el reino de Oropher. Sin miedo a acercarse, se precipitó sobre el rostro del heraldo, pero en lugar de colocar sus frentes juntas, esta vez posó sus labios sobre ella. Presionando levemente, le dio un beso que sostuvo por unos segundos en los que el hijo de Eärendil mermó su nerviosismo, dejando de temblar lentamente.
—¿Una guerra? —preguntó—. Lo has visto... —añadió sin sorprenderse, aunque compadeciéndose por lo que a Elrond le tocaba vivir sin haberlo pedido y de pronto recordó esa vez en el bosque cuando lo conoció; esa tarde en que su madre le enseñaba a controlar sus visiones, pero algunas eran tan poderosas que continuaban irrumpiendo en su vida como quien entra dando un portazo. Celebrían se acercó más y acarició gentil su rostro perturbado—. Oh, Elrond... Lo siento tanto. —añadió como si haciéndose cargo de la culpa de su naturaleza vidente. La hija de Galadriel nada tenía que ver con el don de Elrond, pero si deseó tener el poder de quitarle lo que ambos estaban percibiendo en ese momento como una maldición.
Levantando su rostro hacia ella, la miró a los ojos y cayendo a los lados de su rostro, su cabello dorado le recordó la calamidad a la que sometería a Morwenna si no la dejaba ir pronto. Pero... ¿Cómo? Elrond amaba a Morwenna con la fuerza con la que cualquier otro hijo de Ilúvatar sentía en su única elección de pareja en la vida, aunque la hija de Oropher había comenzado a ver la vacilación en los ojos del heraldo y se lo había hecho saber justo antes de que Elrond emprendiera el viaje a Lórien... Perdiéndose en ese recuerdo el heraldo viajó hasta el bosque.
—¿Por qué tienes que ir tú? —preguntó Morwenna sentada al pie de un gran árbol, aquel que era su favorito, donde solía compartir una merienda con su amado mientras este se recuperaba de la herida en su hombro.
—Porque Celebrían no conoce a nadie más y es un viaje largo y peligroso para que lo haga con elfos a los que acaba de conocer. —respondió Elrond sentándose junto a ella y colocando su cabello detrás de su oreja mientras la observaba con ternura.
—Pero no irá sola... Sus doncellas y Haemir irán con ella. Ellos deben regresar a su hogar. —anunció Morwenna con desconfianza. Elrond sonrió y besó su hombro.
—Haemir regresó a Eregion acompañando al guardia que trajo los anillos aquí... —informó—. Y con él, las doncellas de Celebrían abandonaron sus puestos por gracia de su señora. Una de ellas contraerá matrimonio con él... Y la otra es su hermana, se negaron a separarse y Celebrían lo aceptó de buen grado. —añadió para sorpresa de la princesa—. Ella está sola ahora... Narbeth ha dejado de viajar por pedido de Elena, porque ya sabes que mi consejo sobre la canela fue bien recibido por varios elfos en este reino y ahora ellos tienen una hija a la que cuidar... Lindir marchó a Lindon y Thranduil...
—Sí, ya entendí. —soltó Morwenna cruzándose de brazos con fastidio.
—¿Qué es lo que tanto te molesta de que la escolte hacia Lórien, Meleth (amor)? ¿O acaso es porque se acerca la hora de mi partida a Lindon y pasarán muchos años hasta que volvamos a vernos? Y nuestra promesa sin cumplir... —acotó con una risita tímida, dándole un beso sobre el hombro y trepando hasta su cuello.
—Quizás la puedas cumplir con alguien más. —espetó ella alejándose.
—¿De qué hablas? —Se quejó él observándola con confusión—. ¿Crees que pueda amar a alguien más de esa forma?
—A cierta elfa a la que voluntariamente te ofreciste a llevar a su hogar, sí. —respondió Morwenna entre balbuceos que el hijo de Eärendil no pudo comprender—. Hasta parecías contento de abandonar este bosque cuando prácticamente gritaste a mi padre que lo harías. —agregó—. Celebrían está casi obsesionada contigo y tú te estás sintiendo atraído por ella, no creas que no lo he notado. Ella te gusta... Tal vez no la ames aun, pero te gusta... Con el tiempo, podrías amarla.
—¿Cómo podría hacer eso? Dime... —inquirió él con un dejo de ofensa. Ahora fue su turno de cruzarse de brazos—. Porque de poder elegir... Si el amor fuera una elección por conveniencia, Morwenna, entonces elegiría que tú y yo no sintiéramos nada, y sí, de saber que amarla no representara peligro alguno, elegiría sin dudas enamorarme de Celebrían. —confesó no dando cuenta del efecto de sus palabras. La elfa abrió los ojos anonadada, pero él prosiguió levantando presión—. Dime cómo se hace si has descubierto el secreto, Morwenna, ¡Porque si esto fuera por elección, no quisiera estar enamorado de ti, no lo quiero desde el minuto en que supe que te iba a condenar si te amaba! —soltó enfadado. Morwenna bajó la vista boquiabierta y sintiendo que le faltaba el aire. Acababa de recibir una puñalada de frente y sin aviso—. Y tampoco quiero que estés enamorada de mí si esto lo único que te traerá es sufrimiento. Así que habla ahora si has descubierto la forma de que dejemos de amarnos, ¡Para poder liberarnos de este destino horrendo que nos espera si estamos juntos! —finalizó.
Morwenna se puso de pie y, dispuesta a no derramar ni una sola lágrima frente a él, lo miró con una furia que jamás quiso dedicarle.
—¡¿Cómo se te ocurre acusarme de tan vil pensamiento?! ¡Por si no lo sabes, un elfo jamás deja de sentir amor por esa criatura de la que se ha enamorado! ¡Ni puede amar a alguien más! ¡Estoy condenada a amarte quiera o no! —exclamó. Elrond también se puso de pie y caminó hasta quedar frente a ella, muy cerca de su rostro.
—¿¡Y yo no acaso?! ¡Porque eso es lo que insinúas! ¿¡Crees que podría dejar de amarte o amar a alguien más de igual manera?! ¡¿Qué hay de diferente en mí?! —inquirió con desesperación.
—Tú solo escogiste esta vida inmortal; peredhil. —largó Morwenna como un insulto y se alejó de él dejándolo absorto, aunque pensativo.
Regresando al camino donde escoltaba a Celebrían hacia Lórien, Elrond pensó en los planes que los Valar habían tejido sobre él, poniendo a Morwenna en su camino para luego reclamarla bajo amenaza de hacerle daño si él insistía en ese amor. Peredhil lo había llamado ella, medio elfo, y Elrond observó dolido a Celebrían. De repente, muchas cosas cobraron sentido...
—¿Por qué son tan crueles? —repitió y tomó un mechón del cabello de Celebrían que deslizó sobre sus dedos con aflicción.
—Tal vez no sean crueles... —mencionó ella y secó con la manga de su vestido la última lágrima del heraldo cuando vio que su contacto no estaba siendo rechazado, al contrario, tenía un efecto positivo sobre él—. Tal vez solo están intentando salvarnos... Lo han enviado a este mundo a avisarnos de lo que vendrá... No a impedir las tragedias, pero si a menguar sus consecuencias. —evidenció mientras Elrond perdía sus pensamientos ambivalentes en el cabello de la elfa, el cual lucía curiosamente igual al de Morwenna—. No sé nada de las guerras, milord, todo lo que puedo ofrecerle sobre ello es mi apoyo y mi calma para que acuda a mí cuando necesite consuelo... Pero al llegar a mi hogar, puedo sugerirle que consulte su visión con mis padres. No detendrá lo que viene, pero hará que estemos preparados para afrontarlo. —ofreció. Elrond salió de su trance ante su sugerencia y devolviéndole su mechón rubio, le dedicó una mirada tierna.
—No perdamos tiempo, entonces. Debo ponerte a salvo. —Le dijo y sonrió con un dejo de preocupación.
—Yo estoy a salvo, Elrond. —acotó ella refiriéndose con el mismo trato informal y cercano y devolvió la sonrisa, aunque despreocupada, más bien cómplice—. Nunca me he sentido más segura que ahora. —reconoció. Sus mejillas se sonrojaron cuando acotó—: La paz que puedo transmitirte cuando estás herido o angustiado solo es la seguridad transformada que me das cuando estás cerca.
Luego de un silencio que ambos compartieron mirando el suelo sin atreverse a hacer contacto visual, el hijo de Eärendil deslizó sus dedos sobre la hierba y apenas rozó la punta de las uñas de Celebrían. Esta adelantó su mano con timidez, haciéndole saber que podía tomarla con confianza.
—¿Serás tú el único destello de luz que brille en torno a las sombras de mi desgracia? Pareces la única destinada a continuar encendida cuando todo lo que amo se desvanece y apaga o corre peligro cerca mío. —reflexionó tomando su mano.
—No soy la estrella que más te gusta mirar cuando alzas la vista al cielo... —contestó Celebrían y él la interrumpió divagando.
—No eres el mar... —dijo recordando la vez en que le había confesado a Morwenna que ella era el Belegaer yendo y viniendo sobre la costa de su mente.
—No. —acordó ella—. Lo sé, no soy el mar... Pero soy la arena donde respirarás de tu naufragio. Soy una estrella pequeña junto a la luna, pero soy la que siempre te guiará a casa entre las olas. —anunció ella y él se acercó dubitativo a su rostro. Se mantuvo vacilando en torno a su boca mientras ella continuaba susurrando—: No soy esa luz que tanto anhelas y no soy el agua en que te gusta sumergirte... Esos ojos de estanque que te esperan en el bosque, pero no hay peligro sobre mí... No soy yo la condenada a sufrir por enamorarme... —Le hizo saber como si leyera sus cogniciones—. Tal vez no me vas a amar tanto como a ese mar, pero por lo menos puedes aceptar esta isla, que será la que te de un respiro en la tormenta.
Elrond sintió el impulso inconsciente de besarla. Celebrían era hermosa y esa mañana brillaba su cabello al sol como el mismísimo Laurelin. Sus palabras eran encantadoras y reales y en las que dedicada al hijo de Eärendil ponía el sentimiento que no regalaba a otros, pues deseaba al medio elfo tanto como los vástagos de Eru anhelaban la naturaleza. Pero Celebrían no era Morwenna y Elrond aun sentía la flecha del amor de la hija de Oropher quemando viva y profunda clavada en su alma, por lo que se obligó a retroceder cuando sus labios estaban a punto de juntarse con los de Celebrían. Entonces ella ladeó la cabeza y asintió comprendiendo el pesar que el heraldo cargaba en su espíritu. Se dio impulso para caer sobre él y reposó todo su amor en el beso que le dejó sentido en su mejilla izquierda.
—Piénsalo. —Fue lo último que dijo antes de ponerse de pie y continuar el viaje.
Elrond quedó sentado en la hierba por unos segundos más y de repente dio cuenta que el gato de Lindir lo observaba curioso pero inmóvil en una cercanía repentina.
—¿Qué? —Le preguntó alzando las cejas pretendiendo juzgar él a Ninquë y no al revés—. ¿No vas a maullar ahora?
En su lugar, el gato dio un ronroneo sonoro y se refregó contra la pierna de Elrond sin que este opusiera resistencia. Como mascota y compañero de Lindir, Ninquë parecía un inocente gatito que nada entendía sobre la vida de los elfos, pero aquel no era un felino como cualquier otro y pudo ver que ese era el momento adecuado de hacérselo saber a Elrond. No estaba de acuerdo en que se acercara a Celebrían confundiéndola con Morwenna, pero el heraldo necesitaba amor y por sobre todas las cosas, necesitaba poner sus asuntos en orden, algo a lo que Ninquë no se opondría siempre que el hijo de Eärendil lo hiciera bien.
Elrond dio un bufido y sin poder creer lo que estaba haciendo, acarició la cabeza del gato.
—Dime que Lindir está bien, si lo sabes... Porque eso también es una carga pesada para mí.
El gato permaneció en silencio mientras ambos se miraban, pues él también lo ignoraba aunque podía sentir que su dueño estaba con vida y eso lo reconfortaba en la incertidumbre.
Mucho más atrás del camino que el hijo de Eärendil transitaba, Oropher pasaba día y noche en vela, ocupado en fortificar sus muros y mantener la armonía en su reino cuando la confirmación a lo que Lindir había sospechado apareció en sus manos en forma de nota que un emisario de confianza de las ciudades aledañas había enviado a escondidas de los que ya habían caído bajo el poder de Mordor. No se atrevió a contestar, pues el sobre cayó en sus manos con una pesadez inusual y el monarca sintió que esa tinta estaba manchada con la sangre del emisario como si hubieran sido sus últimas palabras.
Rápidamente Oropher se reunió con su hijo y al extender la misiva hacia él, ambos decidieron que harían saber de la traición a todas las ciudades donde los elfos moraran.
Rápidamente también se puso una ley en vigencia: Todo aquel que hubiera abandonado los límites del reino no podría regresar sin importar la razón de su salida. Los Sindar y los silvanos acataron la nueva orden y no hicieron objeciones, ni preguntas, pues solo uno de ellos había abandonado el reino días atrás en completo sigilo y solo uno sería quien no regresara. Su nombre quedó en desuso y solo Morwenna advirtió su ausencia, aunque para no sumar una preocupación más a su lista reciente, decidió no mencionar que lo sabía. Su nombre era Elaran y su traición, aunque profunda, no causó demasiada sorpresa... Al final, cuando la identidad del traidor fue revelada, esto solo le dio la razón a Elrond, pues él le había advertido a Oropher que el muchacho no era digno para unirse en matrimonio con su hija... La realidad había brillado ante sus ojos absortos y era que Elaran resultaba ser indigno en cada aspecto de su vida. Pero Elrond no estaba en el bosque para celebrar esa pequeña victoria por haber tenido la razón, ni Oropher quería pensar en el hijo de Eärendil con demasiado ímpetu, puesto que había visto a su hija demasiado seria por muchos días, y pudo olisquear que algo no andaba bien entre ambos, pero creyó que solo se debía a su partida hacia Lindon y no preguntó jamás si Morwenna lo extrañaba o algo peor tejía su corazón en su ausencia.
La imagen desprestigiada de Elaran, entonces, se perdió en el tiempo... Aunque en la fortaleza de aquel que los elfos habían conocido como el señor de los dones, el antiguo pretendiente de Morwenna duró lo poco que duró su informe, porque a pesar de lo valiosa de su confesión, el señor oscuro desconfió de su lealtad como los otros habían desconfiado de él antes de su llegada a Eregion, y luego de enviar a cortarlo en pedazos, envió partes de su cuerpo a las regiones que controlaba como advertencia a lo que ocurriría si se atrevían a traicionarlo. Su cabeza putrefacta e impía apareció una mañana en el taller de Celebrimbor y fue una especie de augurio y saludo de Tar-Mairon para el nuevo regente de la ciudad.
Los anillos, de todas formas, no pudieron ser encontrados; Elaran informó que el bosque los guardaba, pero Mairon supo que los Sindar no los tendrían mucho tiempo en su poder, pues juzgaba a la línea de Oropher mejor de lo que los propios elfos lo hacían, y supo que no serían tan ilusos como para esconder objetos valiosos en un reino que estaba tan vulnerable al ataque de los orcos, pero al enviar tropas a cada rincón de la tierra, no pudo encontrar rastro de ellos. Por lo que, si bien le llenó de ira oír la traición de Celebrimbor y luego saber por los sobrevivientes al asedio del bosque que el hijo de Eärendil aun respiraba, no volvió a atacar el reino de Oropher y lo echó al olvido, pues en su dedo ahora brillaba el metal dorado del anillo único y podría doblegar la voluntad de Lindon con un solo golpe de mazo, con o sin Elrond dirigiendo los ejércitos de Gil-Galad. El medio elfo antes temido y odiado por Annatar, ahora solo era una pequeña hormiguita en una colonia que destrozaría el poder del único, pero antes de hacerlo, debía recuperar los anillos mágicos que Celebrimbor había forjado bajo su supervisión y entonces preparó a cada orco que tuvo a su disposición para un propósito más oscuro...
Esos eran los días que acontecían cuando, oscureciendo temprano, Celebrían cruzó el límite de Lothlórien y su padre corrió a abrazarla con todo el amor que había estado guardando expectante desde que ella partiera de Eregion. La doncella recibió agradecida el cariño y luego fue con su madre, quien la tomó entre sus brazos y se permitió decir que la había extrañado demasiado, tanto que su llegada se sentía cálida en su corazón como un día de verano.
Celeborn tomó a su hija del brazo y la acompañó al interior del reino enseñándole su nuevo hogar a cada paso mientras que Galadriel pidió un momento de conversación con Elrond; la dama blanca había sentido la presencia del medio elfo junto a su hija en la mañana y rápidamente había adivinado la razón por la que estaba allí, aunque una vibra pesada y caótica danzaba sobre él y eso no era algo que ella hubiera vaticinado. Algo había ocurrido durante el viaje... Algo había visto Elrond que tenía que comentarle.
—¿Dónde dará el primer golpe? —preguntó Galadriel sin perder tiempo.
—En Eregion. —respondió él sin sorprenderse; la dama de Lórien era quien le había enseñado a controlar el don por lo que no podía sentirse desconcertado ante la pregunta tan directa de la elfa. Bajando la vista, intentó recuperar cada una de las imágenes que habían aparecido en su mente y habló de ellas con detalle.
—¿Cuándo? —indagó Galadriel luego de oírlo con detenimiento. Elrond sin embargo, no contestó—. Está bien. —Lo tranquilizó al vislumbrar su angustia por no poder aportar tantos datos. A pesar de estar aportando información valiosa, el hijo de Eärendil sentía que no era suficiente—. ¿Cuántas bajas?
—La ciudad va a desaparecer... —susurró. Galadriel oyó con espanto, pero en su rostro no se marcó ni una sola expresión. Con aplomo, anunció sus planes. Lo importante, más que asustarse o lamentarse, era actuar rápido.
—Enviaré tropas a vigilar los accesos... Intentaremos sorprenderlos desde afuera cuando ataquen, para que entre la menor cantidad de orcos posible... —resolvió ella con celeridad—. Y recibiremos aquí a los sobrevivientes y heridos... Sugiero que Oropher haga lo mismo. —anunció.
—Mi señora, tendrá que enviar a un mensajero; debo regresar a Lindon de inmediato. —avisó haciéndole entender que él no podría llevar el mensaje—. Su majestad, Gil-Galad, necesitará que prepare a su ejército. No será solo el ataque a Eregion, habrá guerra y no será cosa de un día. —anunció con pesar.
—¿Regresar a Lindon? —indagó la dama blanca y rodeó a Elrond observándolo de arriba a abajo—. No carga usted los anillos que envié para que custodiara. —afirmó curiosa.
—Alguien a quien estimo demasiado se encargó de esa misión y aunque aun no he recibido noticias, puedo confiar en el éxito de la empresa. Al menos los anillos han de estar a salvo o ya sabríamos lo contrario... —opinó inconforme. Los anillos eran importantes, pero lo que despertaba más interés en Elrond era saber de Lindir—. Lo siento, Lady Galadriel, no pude ocuparme en su momento de necesidad, pero en retribución por mi falta, me encargué personalmente de escoltar a su hija... Le aseguro que Lady Celebrían estuvo a salvo en todo momento, incluso durante el asedio de los orcos en el reino de Oropher. Nada le ha ocurrido, ni le ocurrirá nunca bajo mi cuidado. —aseguró. Elrond irguió el cuerpo y enlazó sus manos delante; estaba nervioso y ni siquiera podía reconocer porqué.
Galadriel entonces se detuvo frente a Elrond en cuanto este terminó de hablar y lo observó detenidamente mirándolo a los ojos, quizás intentando vislumbrar lo que el heraldo intentaba esconder. El hijo de Eärendil se echó levemente hacia atrás, intimidado por los enormes y expresivos ojos azules de la dama de Lórien y esta sonrió de lado.
—No lo esperaba por aquí hasta la Tercera Edad. —soltó muy seria.
—¿Disculpe, mi señora? —preguntó confundido.
La dama entonces imitó su postura erguida y de manos juntas y alzó el cuello antes de hablar. Solo Elrond supo lo que ella le dijo, ordenándolo con una poderosa voz que solo pudo ser captada por él, ya que sonaba en su mente. El heraldo de Lindon agachó la cabeza cuando dejó de oír sus pedidos y reverenció a Galadriel.
—Usted regresará durante la Tercera Edad... —habló entonces a viva voz—. Y se llevara de aquí algo que guardo con recelo. Mi tesoro más importante... —presagió la elfa—. Tal vez el destino vuelva a cruzarnos antes de su visita, hijo de Eärendil, pero usted no hablará de lo que siente hasta que la Tercera Edad del Sol amanezca en estas tierras... Mucho menos frente a mi hija.
—Sí, mi señora. —El hijo de Eärendil acató la orden y volvió a erguirse solemne.
—Dele agua a su caballo y descanse, Elrond. Mañana partirá hacia Lindon... —informó Galadriel y el heraldo volvió a asentir.
Antes de ingresar en los establos, Elrond alzó la mirada al cielo. La luz de Eärendil brillaba intensa a pesar de las noches agitadas que Mordor estaba preparando y pidió con confianza, creyendo firmemente que su padre podía oír sus ruegos.
—Mantenla a salvo. —solicitó al cielo—. Y dile que la amo... Que sepa que si algún día renuncio a ella es para salvarla de la muerte y no porque realmente dejé de amarla... Porque ella ya no cree en mí, pero tal vez crea en ti. Así que cuídala de mí y por mí, padre. Por favor.
Al finalizar, Elrond tomó las riendas de su caballo y lo guió hacia el interior de las caballerizas, pero pronto sintió la caída de un objeto pesado. Al voltear, descubrió que su capa se había desprendido de su equipaje y yacía en la tierra. El heraldo se apresuró a tomarla y sacudió la tela para que no se ensuciara. Al hacerlo, el brillo de los broches de Eärendil se bañaron de luz de luna y le recordaron a Elrond el día en que Morwenna le había obsequiado la capa restaurada. El muchacho se abrazó a la tela queriendo realmente enlazar sus brazos alrededor de la princesa y por primera vez en mucho tiempo extrañó el perfume de la canela.
—Gracias, padre. —dijo con una sonrisa, entendiendo la misteriosa caída de la capa como una respuesta a su pedido.
En el bosque, Morwenna recibía la primera de las noches largas envuelta en una manta muy especial que no había alcanzado a terminar de bordar antes que Elrond se fuera, pero que ahora, finalizada y solitaria, se enredaba en su cuerpo en lugar de yacer junto a su destinatario original. La tela bordó finamente bordada en hilos de plata emulaba un firmamento de estrellas; había pertenecido alguna vez a Eärendil oficiando de capa, pero ahora, restaurada y convertida en una manta para dormir, cubría a la hija de Oropher de los primeros fríos invernales.
Morwenna se hallaba de pie en su balcón viendo el mismo destello naranja en el horizonte que durante la madrugada había mantenido a Elrond en vilo. La luz brillaba amenazante incluso en la noche cerrada y la princesa deseó recibir buenas noticias pronto. Alzando la vista hacia la estrella más brillante del firmamento, le habló a Eärendil al mismo tiempo que su hijo pedía por ella.
—Que donde sea que esté, sea guiado por su luz. Manténgalo a salvo. No lo abandone... —pidió abrazándose para darse calor—. Y dígale que lo amo... Que me perdone por mi arrebato, por mi desconfianza. Que sepa que me gustaría liberarlo de este amor, pero que me duele tan solo pensar que no podré ser parte de lo que lo haga feliz. —agregó y sollozó con la mirada en alto—. Que si los Valar lo arrebataron de un destino a mi lado, por lo menos tengan en consideración no hacerlo sufrir otra vez. Dígale que lo amo, Eärendil, que lo amo y lo haré toda mi vida. Y cuídelo... Por mí.
Un viento repentino y helado azotó el balcón de Morwenna abriendo los postigones de par en par y haciendo volar algunos papeles en su escritorio. Cuando ella corrió a ordenarlos, un dibujo en particular se deslizó hacia sus pies. Era el que había hecho al llegar al bosque, cuando imaginó a Elrond caminando en su jardín bajo el cielo estrellado. Morwenna lo tomó en sus manos, y a pesar de la pena, sonrió. En ese momento, aunque en otra ciudad, Elrond caminaba bajo las estrellas como en su dibujo, pidiendo por su bienestar. Volteándose hacia el balcón, la hija de Oropher susurró:
—Gracias.
—¿No hay de qué? —respondió Thranduil deteniéndose en la puerta de la habitación de su hermana con una taza de té. Estaba sorprendido y algo asustado creyendo que la princesa había adivinado su acción. Morwenna giró su cabeza con curiosidad y observando la taza en las manos de su hermano, no dijo nada. Dejó que él creyera que era una bruja y se divirtió con su rostro pasmado.
—¿Sigues despierto? Creí oír a ada (papá) aconsejarte que aprovecharas a dormir ahora. —preguntó en lugar de aclarar la situación. Thranduil posó la taza sobre el escritorio de su hermana y luego de levantar los papeles en el suelo, se acercó a ella. Le dio un beso en la cabeza y la observó de reojo con pedantería.
—Si cree que voy a dormir justo ahora está completamente loco. Es el peor momento de mi vida para dormir. —aseguró. Morwenna negó seria.
—No. Estoy con nuestro padre en esto... —contradijo—. Creo que es la última vez que dormirás en tu vida.
—¿Ah sí? ¿Tú qué sabes? —indagó alzando una ceja—. Cuando estés en mi situación, opina con conocimiento de causa. Antes no. —soltó petulante pestañeando varias veces. Morwenna se cruzó de brazos y sonrió de lado, socarrona.
—Me juzgas una chiquilla inexperta, pero sé mucho más que tú de esto. —Le informó con soberbia—. Ya verás en unos meses... Cuando estés tan cansado que entierres el rostro en el plato de la cena pero aun así no puedas dormir. —Morwenna pintó una imagen mental alarmante en Thranduil, pero este negó despreocupado no creyendo en sus palabras, así que ella prosiguió—. Y no solo eso, todas tus comidas terminarás comiéndolas frías. —agregó—. Oh y todos tus baños interminables con esencias y velas aromáticas, —describió risueña burlándose de los rituales de su hermano—, se convertirán en toallas húmedas con las que te refregarás el cuerpo, te secarás y vestirás en menos de tres minutos. —añadió. Cuanto más hablaba, Thranduil más abría los ojos y el celeste parecía querer borrarse de su iris, dejando en su lugar dos canicas blancas aterradas. Su párpado inferior comenzó a temblar por los nervios y comenzó a retroceder hacia la puerta de la habitación, como si quisiera evadirse de aquellas verdades que su hermana estaba exagerando para él, pero Morwenna lo siguió, casi acechándolo—. Ah, y esos bonitos ojos celestes que Eru te dio, se te pondrán rojos de tanto prestar atención a todo a tu alrededor. —indicó con aires de sabiduría—. Todo, absolutamente todo en este reino, es una potencial fuente de peligros, ¿Sabías? —preguntó retóricamente—. Ahora no lo sabes, pero en el futuro... Uh, verás posibles accidentes en todas partes. —informó asintiendo muchas veces con la cabeza—. ¿Los muebles de tu habitación? ¿Tus armas? ¿La cornamenta de tu alce? Todo estará revestido con bollos de tela en las puntas, porque todo es peligroso. —enseñó con una sonrisa macabra—. Y para tu información, sí, padre sabe mucho más que tú porque nuestro padre nos crió a ambos. Sobretodo a mí, pero yo era mucho menos revoltosa que tú... Recuerda que este reino está lleno de pasillos estrechos y escaleras... —finalizó sonriendo—. Ahora si me disculpas, hermanito querido, voy a dormir. A dormir mucho, ¡Mucho! —exclamó alzando los brazos con alegría—. A dormir sin que ningún llanto me despierte en medio de la noche. ¡Ah, la paz de la soltería, que le dicen! Buenas noches, Thran. Gracias por el té. —saludó y cerró la puerta en su cara.
Thranduil dio media vuelta y pestañeó reiteradas veces antes de dar cuenta que faltaba poco para que su mandíbula tocara el suelo. Mareado por la cantidad de información que había recibido en tan pocos minutos, caminó lento y distraído por el pasillo y se pasó dos veces la puerta de su habitación. Desde el interior, Liswen lo observó con ternura ambas veces y rió por lo bajo al ver el semblante pasmado de su esposo. Hacía unos meses que la situación se repetía, por lo que ver a Thranduil sumido en el terror no era algo que alarmara a Liswen, pues sabía diferenciar entre su expresión de trauma y aquella que revelaba la existencia de un peligro inminente y real. Esa noche, el elfo tenía su característica cara de traumado y al ingresar en su cuarto, en la tercera vuelta por el pasillo, cerró la puerta tras de sí, haciendo un anuncio por demás alarmante.
—¡Se cancela el nacimiento! —informó alzando las manos en el aire. Liswen se cubrió el rostro y rió con ganas.
—¿Qué te enteraste ahora? —preguntó entre risas y recibió a su esposo en la cama con las manos extendidas hacia él. Thranduil besó a Liswen y deslizó su mano derecha por debajo de las sábanas, deteniéndose a la altura del abdomen de la silvana. Acarició su barriga abultada por el embarazo y percibió el movimiento leve de su hijo, al que le faltaban poco menos de dos meses para llegar al mundo—. Creo que nuestra pequeña hojita no está de acuerdo con la cancelación del evento. —acotó al sentir las pataditas sutiles del bebé. Acariciando la mano de Thranduil por encima de las sábanas, volvió a besar a su esposo, quien súbitamente pasó del susto a la ternura. Su mirada volvió a tener el brillo característico del celeste marino y bajó la vista hacia el vientre de Liswen con un amor que no había percibido siquiera cuando la miraba a ella.
—¿Pequeña hojita? —repitió Thranduil con ternura—. ¿Es una niña, meleth nîn (mi amor)? —preguntó sonriendo y se deslizó bajo las sábanas para propinarle besos a su panza.
—No lo sé aun. —reconoció ella y levantó las sábanas para observar a su esposo—. Pero quiero que se llame Legolas.
—Legolas... —nombró Thranduil y colocó su oreja sobre el vientre de su esposa—. ¿Qué dices leggy? ¿Que estás de acuerdo con ese nombre? —bromeó—. Ajá, oh... ¡Ah! —mencionó pretendiendo escuchar la voz del bebé—. Sí, —anunció levantando la cabeza hacia Liswen—. Dice que Legolas está bien.
—¿Dijo si es niña o niño? —indagó Liswen siguiéndole el juego.
—¿Bebé, eres niñito o niñita? —preguntó Thranduil en torno al vientre y volvió a colocar su oreja—. Oh, claro... Se lo diré. —volvió a decir. La elfa estaba muerta de risa—. Dice que eso no es de tu incumbencia. Que es nuestro bebé y será excelente en todas las cosas porque saldrá a ti y a mí a partes iguales. Tú pondrás el intelecto y yo pondré la belleza, por supuesto. —agregó tomándose el cabello y peinándose con expresión pretenciosa.
—¡Oye! —Liswen soltó otra carcajada y tiró de la bata de su esposo para atraerlo a ella. Se besaron con ternura y ella volvió a cubrirse bajo las mantas. Sería una noche muy fría, la primera de muchas—. ¿Dormirás hoy? —preguntó ella pasando su índice debajo del mentón de Thranduil. Este negó gentil pero ella torció la boca preocupada.
—Si algo como lo que ocurrió con los orcos vuelve a pasar... —advirtió pero Liswen posó su mano sobre los labios del príncipe para callarlo.
—No volverán, Thran... Solo vinieron hasta aquí a cazar a Elrond. —Le recordó—. Él no está ahora y los anillos abandonaron el bosque hace tiempo... No hay razón para que nos ataquen.
—Ay, Lis... —llamó él besando los nudillos de su esposa y acomodándose junto a ella—. Me gustaría que tuvieras razón y nada nos afectara... Pero hay una luz en el horizonte que brilla amenazante día y noche... El aire se ha vuelto pesado, ¿No lo has sentido? Una sombra se cierne sobre el mundo. Temo que nuestro tiempo de paz esté terminando. Descansa tú, princesa. —susurró a su oído—. Yo me quedaré velando tu sueño y el de nuestra hojita. Nada malo ocurrirá si al menos uno de nosotros se mantiene alerta. —manifestó para tranquilizarla.
Liswen se durmió en sus brazos a los pocos minutos y él permaneció el resto de la noche acariciando sus cabellos y vigilando todo a su alrededor. Morwenna tenía razón en muchas cosas, pero se equivocaba en una... El considerar peligroso todo el entorno, no empezaba con el nacimiento de un bebé, sino antes... Mucho antes. Thranduil miró por la ventana y juzgó que el mundo al que su pequeño o pequeña vendría, sería mucho más peligroso que al que otros elfos arribaran antes y se preocupó.
Los días pasaron rápidos aunque la pesadumbre, tal como Thranduil había dicho, se sentía en el aire y los corazones de los elfos comenzaron a sentir el temor a todas horas y sin razón aparente. Había algo en el mundo que flotaba invisible sobre sus cabezas, pero que podía sumirlos en la desconfianza de un momento a otro. Por esas noches, Elrond ya había emprendido el viaje hacia Lindon, pero recordando que Haemir y las doncellas de Celebrían se habían instalado en Eregion permanentemente, el heraldo sintió que la ciudad de los anillos era paso obligado para advertir a su amigo del inminente ataque y lograr que al menos él, su esposa y su cuñada lograran salir de la ciudad para pedirle asilo a Oropher. Pero la hierba de los caminos había sido arrasada y en donde una vez había crecido verde y vigoroso el pasto, ahora la tierra revuelta abundaba. Elrond entonces supo que una gran masa se había desplazado por allí y temió por el destino de los lugareños.
—Los elfos no hacen esto. —Le dijo a Ninquë, que era el único que viajaba con él.
El gato maulló inquieto unos metros más adelante como si quisiera llamarlo y Elrond bajó de su montura para acudir al sector que el felino estaba indicando. En el suelo, la osamenta de lo que alguna vez había sido un ciervo pequeño, descansaba desparramada y caótica en medio del campo.
—¿Temes que te pase a ti? —preguntó el heraldo agachándose frente a los huesos. Ninquë se pegó a su pierna y refregó su cuello contra ella. Elrond, que ya no temía al gato y había dejado de llamarlo sirviente de Tevildo, acarició su cabeza—. Debemos llegar a Eregion cuanto antes, esta masacre solo ocurrió hace unos días. —informó viendo el estado de los huesos—. Siento que te toparas con el ejército equivocado, mellon. (amigo). —Le dijo al cadáver—. Vamos, Ninquë, no hay tiempo que perder.
Pero el tiempo ya estaba perdido para poner en aviso a cualquiera de los moradores de Eregion. El hijo de Eärendil se salió del sendero y cabalgó veloz por el camino bajo las montañas, por un paso que sabía, los orcos no tomarían por los riesgos del camino. Las bestias de Mairon eran toscas, grandes y torpes, y los caminos que ladeaban las montañas serpenteantes y angostos, tanto, que por momentos Elrond bajó de su caballo y lo guió tirándolo de las riendas para que ninguno cayera al vacío. Sobre su hombro, Ninquë se balanceaba atento y vigilaba todos los puntos que Elrond debía descuidar para no dar un paso en falso. Así, entre ambos se formó un buen equipo de trabajo y el heraldo llegó a la ciudad ingresando por una puerta lateral que los orcos ignoraban existía.
Lo que llamó poderosamente su atención una vez que cruzó el portal, fue el silencio que reinaba en esa entrada, aunque no pasaron muchos minutos hasta que pudo oír el murmullo en la lejanía. Subiendo nuevamente a su caballo, le ordenó a Ninquë mantenerse cerca.
—Tenemos que encontrar a Haemir antes que cualquier otro lo haga. —mencionó con inquietud. Algo en su corazón se agitó de golpe cuando pensó en su amigo, y decidió cabalgar hacia el ruido.
Dos elfos pequeños corrieron a ambos lados de su caballo. No tendrían más de diez años y portaban espadas demasiado grandes para sus cuerpos. Elrond bajó de su caballo dando un salto cuando los vio venir hacia él y los niños, aunque aterrados, se detuvieron en torno a él al ver que tenía el porte de un hijo de Eru.
—¡Ayuda! ¡Señor, por favor! —gritó uno de ellos, que venía a la retaguardia. Arrastraba una cuchilla fina aunque muy pesada para su edad.
Elrond entonces escuchó el chillido de los orcos y el humo de las antorchas comenzó a emerger detrás de los muros. La ciudad estaba siendo asediada y el hijo de Eärendil había llegado en el momento más oportuno para unirse a la lucha.
—Ninquë, guíalos a la puerta. —ordenó Elrond al mismo tiempo en que subía a los elfos a su caballo—. Mi gato les enseñará la salida, de allí tomarán el camino que lleva al bosque del rey Oropher y le dirán lo que sucedió. Cabalguen rápido y no se detengan por nada. No pierdan sus armas y no se rindan. Lo que sea que los amenace en el camino... No tengan piedad, mátenlo. —Le indicó al más alto de los niños y desenfundó su espada—. Vayan. Yo me encargo de esto...
Delante de ellos, una figura negra como la noche y de un porte mucho mayor al de los pequeños apareció con un hacha deforme dispuesto a matarlos. El caballo de Elrond salió disparado hacia la puerta lateral luego de que este hablara a su oído ordenándole seguir el camino que llevaba al bosque.
—¡Eärendilbaur! (Hijo de Eärendil). —gritó la bestia.
—Vaya que me he vuelto popular... —comentó socarrón el medio elfo blandiendo su espada en el aire.
