Elrond se sintió poco digno cuando tomó el caballo de un elfo muerto y lo calmó para luego montarse en él y cabalgar fuera de Eregion como una sombra que se pierde entre el gentío distraído. Unos kilómetros más adelante se detuvo a reflexionar su huida de la ciudad en llamas y se dijo a sí mismo inútil por no haber llegado antes y más por no haberse quedado a luchar. Cuando salió al galope no sabía si lloraba por lo que acababa de vivir, o porque a sus espaldas, los gritos de los hijos de Eru se mezclaban con el chillido de los orcos y el fuego de los proyectiles que iluminaban de tanto en tanto la masacre.

Cuando en el horizonte apenas se podían ver las bolas de fuego cruzando el cielo e impactando contra las paredes de la fortaleza de Eregion, Elrond quiso regresar, pero un sonido particular lo detuvo. Y es que tenía razones importantes no para correr, sino volar a Lindon, pero estas aun en el peso de su conciencia le parecían demasiado egoístas. El medio elfo dio un grito de fastidio en medio de la noche y Ninquë maulló en las ancas del caballo, casi ordenándole seguir.

—¿Cómo se sostiene una promesa que se erige sobre ríos de sangre? —preguntó el heraldo y bajó la cabeza hacia el bollo envuelto en su capa que reposaba en las manos—. ¿Por qué eres tú más valiosa que cualquier otro de mis hermanos? —agregó sollozando y acunó a la bebé por la que había abandonado Eregion en medio del caos sin ayudar a nadie más.

Amigo, maestro y hermano; padre. Esas palabras que resonaban en su cabeza le hicieron voltear de cara a Lindon y continuar su viaje. Y es que tenía en sus manos la vida naciente en medio de la muerte, la última pincelada de la obra maestra que Haemir había pintado en el retrato de su existencia. Su única herencia.

Elrond no volvió a mencionarlo, pero vivió hasta el último de sus días con la culpa de no haber acelerado su paso, de no haber llegado antes, de detenerse a salvar la vida a otros elfos que heridos, aun batallaban con orcos que debieron darles muerte. Todos esos segundos echados en otros, se habían escapado de sus manos y de la vida de su amigo, al que había ido a buscar.

Cuando el hijo de Eärendil finalmente llegó a la casa a la que una vez Lindir fuera desterrado por Gil-Galad, pero Haemir se hubiera interpuesto tomando su lugar en el exilio, halló en la entrada una figura que recordaba vagamente haber visto en el bosque de Oropher. Una de las doncellas de Celebrían yacía sin vida en el suelo. Piel sudada, cabello recogido a las apuradas y sangre en sus manos pintaban el cuadro grotesco de su muerte. La espada vil que le había dado muerte todavía estaba clavada en su espalda y su mirada, desesperada y cristalina, se extendía hacia el centro de la acera. Lo que fuera que hubiera estado mirando le estaba partiendo el alma cuando murió.

Cuando estaba a punto de girar, siguiendo el curso de sus ojos, un sonido de artefactos estrellados contra el suelo se oyó en el interior de la casa y Elrond se precipitó rogando encontrar una imagen menos trágica.

En el comedor de entrada, modesto y desordenado, encontró a un orco revolviendo las alacenas. Estaba buscando anillos mágicos que los habitantes de Eregion solían tener en su poder; joyas que Celebrimbor había forjado y regalado. No de gran importancia, pero muy buscados entre los orcos, pues otorgaban invisibilidad a su portador y los volvía más eficientes en la lucha y otras barbaridades que planeaban hacer con el anillo puesto. Elrond fue demasiado rápido y por demás silencioso y le cortó el cuello antes de que el orco pudiera percatarse de su presencia. Siguiendo el camino hacia el interior de la casa, el olor de la sangre lo llenó de terror, pero lo guió hacia el lugar correcto.

La habitación principal, matrimonial, era digna de un ritual impío. Las velas que aun continuaban encendidas, velaban en sus candelabros el escenario horroroso del centro de la cama. Había objetos caídos, alhajeros rotos y sangre. Mucha sangre. A los pies de la cama una cubeta con agua y paños húmedos se desperdigaban a lo largo del suelo y en la penumbra, Elrond se cubrió la boca para no dar un grito.

Caminó lento aunque tembloroso bordeando la cama y no quiso mirar, pero tuvo que hacerlo para llegar a comprender lo que había ocurrido. La elfa que Haemir había desposado se hallaba igual que su hermana en la entrada de la casa, solo que todo en ella, incluso su expresión doliente, era más acentuada. Más sudor, más desorden en su cabello... Más sangre.

El camisón blanco que la vestía estaba ligeramente levantado por encima de lo que parecían sus rodillas, y sus piernas estaban separadas. Se notaba que habían estado en flexión por un largo rato, pero ahora yacían desparramadas y ensangrentadas a ambos lados de la cama. Al subir la vista hacia el torso, Elrond no pudo evitar que los ojos se le aguaran, porque comprendió con asco e indignación que algo más le había ocurrido a la pobre hija de Eru, además de lo planeado por su familia. Sus manos estaban atadas con sogas sucias a los barrotes de la cama y el camisón rasgado debajo del cuello hasta el ombligo. Las marcas de dientes color violeta en torno a la piel que aun le quedaba prendida al cuerpo le dieron la pauta que la tortura había comenzado cuando aun estaba con vida y alzando la vista intentando que nada escapara de sus ojos, las lágrimas le brotaron contra su voluntad.

Elrond volvió a llevarse la mano a la boca, ahogando sus gemidos desesperados y estalló en llanto cayendo de rodillas al suelo cuando vio que de entre sus piernas todavía pendía el cordón umbilical de su bebé. La habían cortado, mordido y devorado; parturienta y herida. Adolorida, asustada e inocente.

—Ay, no... —Fue lo único que pudo decir el medio elfo con el rostro entre las manos.

Pero del bebé y de Haemir no había rastro, así como tampoco de los perpetradores del ultraje a su esposa, por lo que supo que aquella acción caníbal e impía había ocurrido con él fuera del hogar. Tal vez tendría suerte, si así podía llamársele en esa noche donde estar con vida no se distinguía entre un alivio y una amenaza, y encontrara a su amigo y su bebé luchando por sobrevivir.

No tuvo que pensar demasiado para saber por dónde comenzar a buscar. Ahora la mirada hacia el centro del camino que la doncella de Celebrían sostenía incluso luego de su muerte, cobraba un sentido único. Sus manos manchadas de sangre habían cargado al recién nacido lejos del peligro.

Claro que, cuando salió de la casa, el hijo de Eärendil se entretuvo unos segundos en la puerta envuelto en furia, apuñalando una y otra vez al orco que se había encontrado, pues este se hallaba sobre el cuerpo muerto de espaldas de la doncella y como un perro rabioso y hambiento, mordía su yugular intentando hacerse con un pedazo de carne. Estaba disfrutando su bocado pero no pudo hacerlo más luego de las más de veinte puñaladas que Elrond le dio entre gritos y llanto. Cada uno más fuerte, más desquiciado.

Cuando sació su sed de odio, el heraldo respiró sonoro como un toro embravecido y no permitió que las lágrimas le nublaran la vista. Se hamacó en el aire una vez más e intentando calmarse, corrió en búsqueda de su amigo.

Había fuego en todas partes y cada tanto, el choque de espadas y las corridas tanto de elfos, como de orcos, lo alertaban y lo mareaban, haciéndolo girar sobre su eje con el afán de no albergar ningún punto ciego.

En su camino, medio perdido, se cruzó incluso con algunos enanos y les quiso preguntar por Haemir, pero tal era su desesperación y su miedo, que no podía siquiera hilar dos palabras para describirlo. Hubiera adorado poder proyectar la imagen de su mente para enseñárselos, pero también dudaba que los enanos, entre tanto caos, hubieran reparado en él.

Corriendo sin rumbo fijo entre las calles diagonales que albergaban las casas de los elfos, Elrond finalmente oyó el llanto de un bebé a sus espaldas y se volvió sobre sus pasos. A punto de llegar a una salida lateral del reino, un elfo intentaba sostenerse con sus rodillas y sus palmas abiertas sobre el suelo. Debajo de su torso, una manta se removía y chillaba. Eran Haemir y su niña recién nacida. Elrond se lanzó al suelo casi derrapando por la celeridad y deslizó a la bebé de debajo del cuerpo de su padre, antes que este cayera sobre ella. En su espalda, se alzaban siete flechas de Mordor como si el elfo emulara el lomo de un erizo. Las puntas estaban envenenadas, por lo que era seguro que Haemir moriría esa noche; lo valeroso, era todo lo que había soportado, pues desde su casa hasta ese lugar había una gran distancia.

Haemir estaba muriendo pero no perdía de vista lo más importante, ya que cuando Elrond deslizó a la niña por debajo de su torso, este, con un esfuerzo sobrehumano, sujetó tan firme su muñeca, que dos días después, los dedos seguían marcados en su piel.

—¡Ú! (¡No!). —bufó violento el elfo y forcejeó con él.

—Tranquilo. Im Elrond, Mellon. (Soy Elrond, amigo). —expresó el heraldo con voz quebrada. Haemir apenas pudo levantar la cabeza y esbozó media sonrisa con lágrimas en los ojos.

—Jodido peredhil. —Lo llamó riendo y llorando al mismo tiempo—. ¿Qué haces... Aquí?

—Vine por ti... —sollozó el hijo de Eärendil sabiendo que esas sería la última vez que platicara con su amigo—. Pero llegué tarde. —Se lamentó llorando descondolado—. Lo siento tanto, Haemir. —El heraldo sostuvo a su amigo por la nuca y pegó su frente contra la suya.

—No... No llegaste tarde, Elrond. —Le aclaró el muchacho con la voz en un susurro angustiante, sintiendo que su cuerpo se desvanecía—. Aun hay algo... Algo de mí que puedes salvar. Llévatela de aquí. —agregó deslizando a su hija hacia el heraldo.

—Haemir... —nombró el hijo de Eärendil y lloró sentido. Con un último suspiro, el elfo se irguió gimiendo de dolor, tomó a su hija y la posó sobre los brazos de Elrond, enseñándole cómo cargarla.

—Amigo, maestro y hermano; padre. —repitió dando cada vez una palmada sobre sus manos—. Eso fuiste para mí, eso serás para ella. Ahora, por favor... Vete de aquí. Salva a mi hija. —dijo y cayó al suelo.

Elrond quiso quedarse hasta el final, pero comprendió que sacar a la niña de allí apremiaba y luego de prometerle a Haemir que la cuidaría con su vida, corrió buscando un caballo para huir más rápido.

En el bosque de Oropher todo estaba más tranquilo, aunque no en el corazón de los elfos. En su cama, Liswen se removió molesta dentro de su sueño, pues Legolas estaba inquieto y no dejaba de moverse en su vientre. Advirtiendo la situación, ya que no estaba dormido, Thranduil decidió darle espacio y se levantó de la cama cuando ella se giró y lo empujó aun dormida. El Sindar se quejó del manotazo que Liswen le propinó en medio de la cara, pero no la despertó y antes de abandonar el lecho le dio dos besos, uno en la cabeza y otro en el viente. Le susurró a Legolas palabras de arrullo y el bebé pareció calmarse. Con una sonrisa tierna, Thranduil entonces se deslizó fuera de la cama y se envolvió en una túnica verde musgo muy gruesa, porque fuera de las mantas el mundo helaba.

Para no enfriar la habitación y despertar a su esposa, decidió salir del cuarto y buscar una conexión con las estrellas en un espacio que no molestara a nadie más que a él. Caminó entre los serpenteantes caminos del reino hasta llegar a una puerta que conducía a un adarve de la fortaleza y al abrirla, un viento helado y tenebroso apagó todas las antorchas del pasillo. De pronto, Thranduil se sintió acompañado por una presencia que no podía ver, ni tocar, como si el mal se hubiera hecho presente en su alma para atemorizarlo, y eso lo determinó a dar un paso al frente cerrando la puerta tras él con celeridad, como si quisiera que aquella presencia no se colara al interior. Al salir, encontró a Narbeth de cara al oeste, pasmado ante las brillantes luces que volaban a una distancia considerable.

—Ya le avisé a tu padre. —soltó advirtiendo la presencia de Thranduil a sus espaldas—. No enviará tropas, ya que la distancia es larga y hasta que lleguen, solo encontrarán muerte y cenizas. —informó. Thranduil se frotó la frente sintiéndose impotente y deseó que existieran formas más rápidas de transportarse para acudir en ayuda del pueblo atacado—. Lo que si hizo fue reforzar los accesos y doblar la guardia en el bosque. —añadió—. Hay mensajeros en los árboles listos para informar si los orcos se acercan. Esta vez no lograrán entrar sin que nadie lo advierta.

Una bola de fuego flotó en la lejanía y desapareció tras la sombra negra que representaba la ciudad de Celebrimbor. El humo causado por el incendio en varios de sus sectores se alzaba muy alto en el cielo y se confundía con el paisaje invernal de nubes en torno a la ciudad.

—Y así asistimos desesperanzados a la caída de Eregion... —mencionó Thranduil con pesar. Nada podían hacer a la distancia más que ver el desastre que las huestes de Mordor estaban dejando. Girando su cuello a la izquierda, Thranduil vio con pavor como la luz anaranjada brillante en el horizonte se extendía y brillaba con más intensidad, casi alegre de ver el fuego volando hacia Eregion. Un destello rojo se encendió en el centro de aquel paisaje y Thranduil se estremeció. Dando dos pasos hacia atrás, captó la atención de Narbeth.

—¡Thranduil!—llamó el muchacho y lo tomó por los brazos creyendo que este iba a caer. El príncipe bajó la vista hacia él y le informó lo que todos en el bosque temían por aquellos días.

—El señor oscuro finalmente ha salido de su fortaleza.

Narbeth lo soltó y volteando a ver, advirtió el rayo rojizo que se desvanecía en el cielo. Casi pudo oír el grito de las bestias que acompañaban su ataque en el silencio sepulcral del bosque.

—¿Crees que vengan por nosotros también? —preguntó el muchacho y lo único que pudo pensar fue en su familia; él y Elena habían tenido un bebé hacía poco tiempo.

—No. —Lo tranquilizó Thranduil. Aunque su comentario siguiente lo llenó de desesperación—. Pero espero que Haemir haya podido huir de Eregion...

Con el correr del tiempo, una de las tantas noches de asedio una de las rocas gigantes catapultadas dio contra el paredón frontal de la ciudad y este finalmente cedió. Los orcos vitorearon la caída y corrieron desordenados a causar destrucción y muerte de todo lo que encontraran a su paso mientras que su comandante, recién llegado con sus huestes, fue por el premio grande. Celebrimbor, quien aun soportaba el ataque desmedido de los orcos, supo cuando el gigante de hierro caminó hacia él, que aquella sería su última noche. No vería otro amanecer, al menos no en libertad.

Escasos días pasaron, Eregion desapareció en el horizonte y las primeras nevadas llegaron a tocar el césped verde cubriendo todo de blanco; Elrond aun viajaba hacia Lindon. Se había demorado mucho más días de los que tomaba llegar a las tierras de Gil-Galad, pero había hecho retireradas paradas en postas de guardianes del camino. En la casa de unos amables granjeros se encontraba esa mañana en la que helaba en el exterior. Ninquë estaba echado junto al fuego de la salamandra, escondiendo incluso sus patitas delanteras con disgusto. Elrond echó un vistazo hacia afuera y se giró al gato. Alzando una ceja, se rió de lado.

—Al menos tú no tuviste que ceder parte de tu abrigo la mitad del camino. —comentó tiritando por el frío. Sobre un camastro que la familia que lo albergaba había improvisado amablemente, la bebé de Haemir dormitaba envuelta en la capa de Elrond.

Habían tenido suerte dentro de todo, pues Elrond no creyó que la pequeña sobreviviera siquiera al primer día. Estaba hambrienta, poco abrigada y recién adaptándose al medio ambiente cuando Haemir corrió lejos de su casa para salvarle la vida. Pero gracias a las bondades del caballo que había robado en Eregion, habían logrado llegar a un paso donde un guardia y su esposa le habían ofrecido leche de cabra y ropas de algunos de sus hijos. Al mismo tiempo, la mujer le había enseñado a Elrond en una serie de lecciones intensivas, cómo cuidar de una recién nacida, ya que el heraldo no tenía experiencia alguna tratando con bebés y temía de absolutamente todo lo que los rodeaba, incluso de sí mismo, creyendo que cualquier cosa que hiciera sería letal para la niña.

Elrond se sentó al borde de la cama y acarició la frente de la pequeña. Con cuidado controló que las fontanelas en su cabeza estuvieran bien; le resultaban cosa impresionante y era la parte de la bebé que más miedo le daba. Tenía terror de tocarla y lastimarla, porque podía notar que allí el cráneo aun no estaba soldado y había ignorado que en todos los bebés ocurría y era sano que así fuera, hasta que la mujer del primer paso lo tranquilizó. De todas maneras, seguía sintiendo temor de dañarla, por lo que tomaba poco contacto con su cabeza. Lo que si adoraba y no podía ocultar tras la sonrisa estúpida que asomaba en su rostro cuando debía cambiarla o asearla, eran sus pequeños pies con dedos diminutos y vivarachos.

—Necesitas una nodriza, pequeña. —susurró tomándola en sus brazos—. Si sigo dándote leche de cabra te convertirás en un cabrito. —agregó con gracia notando como la elfa movía sus cejas apenas velludas—. Y además necesitas un nombre... Tus padres... —dijo y se detuvo.

Sus ojos quisieron llenarse de lágrimas cuando recordó el horror de Eregion y la razón por la que él se había convertido súbitamente y sin esperarlo en su protector y padre, pero inspirando gran cantidad de aire y reteniéndolo unos segundos antes de liberarlo en un suspiro ahogado, no dejó que la pena se apoderara de él otra vez. Había llorado todo el camino hasta la primera posta, pero que la niña estuviera contenida y segura era prioridad y pronto la mujer que le enseñó todo lo que debía saber sobre bebés, le dijo que era primordial que él estuviera tranquilo para poder brindarle la misma paz a la pequeña, o esta continuaría chillando y removiéndose poniendo en peligro no solo su vida, sino también su constitución psíquica en el futuro. Elrond tenía que lograr generar el apego y la sensación de sostén que la pequeña necesitaba para crecer sana en todos los aspectos, por lo que debió posponer el estallido del duelo hasta encontrarle una nodriza en Lindon y llevarlo en silencio en su interior.

—Tus padres... —repitió finalmente—. No tuvieron tiempo siquiera de nombrarte, y si lo hicieron, Haemir no pudo informármelo. No puedo seguir llamándote pequeña, pequeña. —comentó tierno y se permitió reír por lo bajo con emoción en su voz—. No sé cómo ellos hubieran querido llamarte, y tampoco sé nada de su relación... He sido un pésimo amigo en ese aspecto. Ocupado en mis asuntos descuidé esas pequeñas cosas que son tan importantes. —expresó con culpa—. Pero ¿Sabes? Hay algo que sí sé de ellos. —añadió bajando la vista hacia ella—. Su amor nació en los dominios del rey Oropher, en un bosque maravilloso donde moramos un tiempo los cuatro invencibles de Lindon... Tu admirable padre y otros tres estúpidos que se creían los mejores guerreros de la tierra, entre ellos quien te habla. Un amor que haya nacido en ese lugar tan especial, te hace indudablemente una hija del bosque... —Le hizo saber. Con cuidado Elrond acarició el perfil de la bebé desde la cabeza, donde unos tímidos y finos cabellos cobrizos brotaban—. Muchos dirán que llevas en tu pelo la sangre derramada en tu nacimiento, la tragedia de la caída de Eregion, me pregunto si alguno de ellos reparará alguna vez en que en realidad llevas la herencia de tu padre en la cabellera y la de tu madre en los ojos, pequeña Tauriel.

Al oír el nombre, el gato de Lindir maulló y se acercó a los pies de Elrond.

—A Ninquë le agrada ese nombre, —informó con una sonrisa—, Tauriel será entonces. —resolvió y miró nevar a través de su ventana—. Solo espero que al llegar a Lindon pueda presentarte a Lindir... O tendrás que buscarte otro protector, pequeña, porque no podré soportar otra pérdida.

Lindir... La misiva que el bosque esperaba llegó, pero casi a la par de los sobrevivientes de Eregion, que marcharon al bosque de Oropher a pedir asilo y asistencia médica. Aunque la nota perdió importancia, porque Elrond no estaba allí para aliviarse, pero si estaba su caballo y eso le puso los pelos de punta a Morwenna cuando regresando de un paseo por el bosque, vio al animal en las caballerizas. Elrond había sido claro, iría a Lórien y luego a Lindon... ¿Qué hacía allí su caballo entonces?

La princesa corrió entonces al interior del reino y buscó a alguien que pudiera aclararle el asunto. Cuando llegó al comedor, halló a su hermano supervisando a dos pequeños elfos que comían en silencio y a su cuñada, que estaba sentada frente a los niños con los pies en alto sobre un taburete. A Legolas aun le faltaban dos meses para llegar, pero sus pies estaban hinchados como si el elfito estuviera listo para salir.

—¿Dónde está Elrond? Vi su caballo. —anunció con un dejo de preocupación y celeridad.

Liswen levantó la vista hacia Thranduil y lo miró de una forma sospechosa. Morwenna pudo intuir que esa mirada decía algo más.

—Elrond estaba en Eregion. —informó su hermano girando hacia ella. Estaba serio y parecía estar guardándose información tras su lengua—. Le cedió el caballo a estos pequeños para que pudieran huir y dar aviso del asedio en la ciudad.

—Oh. —dijo la rubia e inclinó el cuerpo hacia un costado para ver a los elfos tras Thranduil. Les dedicó una sonrisa tierna y los niños la devolvieron tímidos y asustados. En esa interacción estaba cuando dio cuenta que su hermano había hablado en tiempo pasado—. Está en Eregion entonces. —Lo corrigió.

—Estaba. —insistió Thranduil con miedo de decirlo.

—¿Cómo que estaba? ¿Dónde está ahora? —preguntó.

Thranduil miró a Liswen y esta asintió.

—Yo me quedo con los niños. —Le dijo.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —inquirió Morwenna cuando Thranduil la tomó del brazo y la llevó fuera del comedor. Caminando con ella completamente intrigada y un poco atemorizada, se alejó lo más que pudo para que los niños no tuvieran que oír lo ocurrido.

—Eregion está destruida. Su gente está atrincherada cada día más cerca del centro de la ciudad. Están siendo rodeados y masacrados por los orcos. —informó con espanto en sus ojos—. Asistimos esta mañana la llegada de los sobrevivientes del primer ataque al cuadrante este de la ciudad y no fueron demasiados, porque las bajas han sido cuantiosas. Estoy diciendo suficiente al decir que nuestras casas de curación han bastado para atender a los heridos... —declaró para que ella entendiera que solo habían sobrevivido unos pocos.

—¿Y eso qué tiene que ver con Elrond? —preguntó Morwenna. También estaba acongojada con lo que había ocurrido en la ciudad de los anillos de poder, pero su interés estaba puesto solo en una criatura en ese momento.

Thranduil se frotó la frente. No sabía cómo dejar salir la información...

—Annatar... Mairon. —Se corrigió—. Llegó con un gran ejército y se llevó a Celebrimbor. Lo necesitaba con vida para conocer el paradero de los anillos... A los demás... —añadió y negó con la cabeza ante la mirada atenta de la hermana.

—Pero... —Morwenna entonces bajó la vista y dio cuenta de lo que Thranduil intentaba decirle. Los orcos habían intentado dos veces acabar con la vida de Elrond por pedido de su señor y ahora el hijo de Eärendil había acudido a las puertas del mismísimo infierno infectado de orcos que no dudarían en rebanar su cabeza—. No... ¡No! —afirmó muy segura tensando todo su cuerpo y observó seria a Thranduil—. Elrond no está en Eregion.

Thranduil suspiró angustiado y tomó las manos de su hermana.

—Haemir estaba en el cuadrante este. No llegó. Algunos elfos que compartían rondas con él dijeron que lo vieron correr con flechas en el cuerpo... Muchos llegaron con heridas envenenadas. —soltó y tragó saliva mientras sus ojos se volvían vidriosos.

Morwenna pestañeó reiteradas veces con la boca abierta y balbuceó en el aire sin saber exactamente qué decir. Dando un salto abrazó a su hermano y este liberó el llanto envolviendo los brazos en su cintura.

—Ay, Thranduil... Lo siento tanto. —Pudo decir entonces al sentir el sollozo de su hermano.

—También yo lo siento, Morwe... —respondió él refiriéndose a Elrond. Pero Morwenna no lo creyó, y aunque se llenó de terror al solo pensar en que pudiera estar muerto, eligió no creer hasta tener una confirmación segura. Todo en ella le decía que él estaba vivo y a salvo.

—Elrond está vivo. No te preocupes por mí. —aseguró la princesa—. Yo sé que lo está. —dejó salir.

Aunque el hijo de Eärendil no aparecía en ningún lado y las misivas sobre la caída de Eregion se hicieron eco rápidamente en todos los rincones de la tierra. Con las fuertes nevadas que acompañaron los primeros días de invierno, Elrond se negó a continuar su viaje a riesgo de que su gato y Tauriel se congelaran en el camino, lo cual le llevó unos cuantos días de reclusión en la posada en que se encontraba. Allí, el heraldo pensaba en Lindir y Lindir en Lindon pensaba en él. Ambos estaban sin noticias del otro y en un estado casi de desesperación, pero conservaban las esperanzas, al menos hasta que Gil-Galad fue notificado del asedio.

Esa tarde, el monarca de Lindon bajó las escalinatas hasta lo profundo de su fortaleza y solicitó ingresar a los calabozos. Los guardias escoltaron sus pasos hasta la última celda, la más luminosa de todas, y allí haciendo una reverencia se retiraron para darle privacidad.

En el interior, Lindir caminó curioso aunque algo preocupado y se apoyó en los barrotes, de cara al rey. Si Gil-Galad lo visitaba en persona era porque había noticias de Elrond, pero su semblante no parecía muy feliz. Eso le puso la piel de gallina.

—Majestad. —saludó el muchacho con una reverencia rápida y levantó su rostro para no perderse ningún detalle de la noticia.

—Me temo que lo que ha llegado a mis oídos es por demás alarmante para el mundo y nada fácil de oír para ambos. —anunció misterioso. Lindir removió sus ojos a un lado y otro alternando entre las manos del rey sosteniendo una carta y su rostro serio—. El vil lugarteniente de Morgoth se ha alzado en el poder y su sede en Mordor ha liberado a las huestes para la guerra. El primer golpe de su mazo, como había de esperarse, lo dio en Eregion. —informó.

Lindir bajó la vista y se apenó por todos los moradores de la ciudad. Temió a su vez por Celebrimbor y los forjadores de los anillos de poder, pero le tranquilizó el hecho de que los anillos de los elfos estuvieran a salvo en manos de Galadriel y Gil-Galad. También se mostró aliviado al saber que ninguno de sus amigos estaba allí; ignoraba que Haemir se hubiera regresado a su hogar con las dos doncellas de Celebrían y que todos habían perecido.

—Hemos de prepararnos para la guerra, majestad. —afirmó con certeza, acordando lo que Gil-Galad pensaba pero no había dicho por parecerle una obviedad—. Suerte que encontró otro heraldo en el tiempo en que no estuvimos aquí para que continuara el trabajo de Elrond con sus tropas. —agregó.

—¿No me oíste, Lindir? —indagó perplejo el monarca. De repente le pareció que la razón por la que el muchacho estaba tras las rejas había sido puro capricho suyo.

—Claramente, majestad. —respondió Lindir.

—Eregion sufrió el ataque de Mordor. Cayó bajo el peso de las huestes de orcos, Celebrimbor fue capturado. —repitió con énfasis.

—Lo oí perfectamente, majestad. —volvió a responder Lindir. Gil-Galad ya no aguantó que el muchacho no comprendiera el mensaje implícito que estaba dejando con esa información y exclamó:

—¡Elrond estaba en Eregion! ¡En las casas de curación! —agregó con pesar.

De repente, Lindir abrió mucho los ojos y recordó su mentira. Elrond no tenía permiso para ir al bosque de Oropher, por lo que su estadía allí había sido borrada de los registros y al llegar con los anillos, Lindir había informado que Elrond llevaba un tiempo considerable fuera de Lindon, porque había sido gravemente herido dos veces en Eregion y por esa misma razón no podía regresar hasta que estuviera curado. Por lo que no era sorpresa que Gil-Galad creyera que Elrond había muerto en el ataque de Mairon.

—Oh... —soltó Lindir y elaboró una actuación de escándalo—. Oh... ¡Elrond! ¡Oh, no! ¡Elrond, no! ¡No Elrond! ¡No mi Elrond! —chilló colgándose de los barrotes creyendo que su farsa era genuina y no sobreactuada—. ¡Déjenme salir! —imploró sacudiendo los barrotes—. ¡Déjenme ver a Elrond! ELROND. —gritó.

Conforme pasaban los segundos, Gil-Galad cambiaba su expresión de pena por una seria y vagamente enfadada. Ante el alboroto desmedido de Lindir, el monarca alzó la voz para que detuviera todo su teatro.

—¡Ya, ya! —exclamó por encima—. Elrond no estaba en Eregion, ¿Cierto?

—¡¿Cómo puede pensar algo así?! —insistió Lindir llevándose el revés de su palma a la frente e inclinándose levemente hacia atrás.

—Hubieras sido un pésimo actor. Qué suerte que no te contraté para la fiesta de las estrellas. —comentó Gil-Galad rodando los ojos. El muchacho detuvo súbitamente la actuación y se puso de pie sacudiendo sus ropas con una sonrisa nerviosa—. No le mientas a tu rey, Lindir... ¿Dónde está Elrond?

—Eh... —dudó. Estaba intentando inventar algo.

—Quiero la verdad. —pidió el monarca—. Es una gran noticia saber que mi heraldo no perdió la vida a manos de esas bestias, no me enfadaré si me dices que está en el bosque verde. ¿Está en el reino de Oropher, no? —inquirió.

Lindir balbuceó nervioso. Gil-Galad acercó su rostro a los barrotes y enarcó una ceja con gesto inquisidor.

—¡Ya, sí! ¡Sí! ¡Elrond está en el bosque verde! Allí ocurrió el segundo asedio... —cantó el muchacho. Gil-Galad bufó pero no pudo enfadarse, después de todo, no habían llegado noticias de calamidades en los dominios de Oropher y el haber marchado hacia su reino era lo que a Elrond le había salvado la vida.

—¿Por qué entonces si estaba a salvo y a cuidado de los Sindar estabas tan desesperado para regresar con él? ¿Por qué me obligaste a encerrarte en el lugar más custodiado y fortificado del reino para que no pudieras escapar e ir tras Elrond? —preguntó tomando uno de los barrotes de la celda de Lindir.

—Elrond estaba gravemente herido cuando lo dejé, majestad. Los caminos están plagados de peligros en estos días y... Ya quedó claro que los orcos lo quieren muerto. ¿Cree que lo dejaría cruzar la vasta extensión del mundo entre el bosque de Oropher y Lindon completamente solo y a merced de esas bestias? —preguntó con angustia.

—¿No crees que Elrond está lo suficientemente grandecito ya como para defenderse solo? —indagó Gil-Galad.

Lindir agachó la cabeza y guardó silencio. No hablaría de su amor con nadie más. No le diría a Gil-Galad que su deseo no recaía en defender a Elrond descreyendo de su capacidad, sino en defenderlo hasta la muerte porque si él moría, entonces Lindir caería con él al no poder soportar morar un mundo en el que Elrond no estuviera para compartirlo. La naturaleza y el firmamento eran grandes y plagados de belleza, pero sin el hijo de Eärendil, el mundo y todo lo hermoso se extinguiría, se sentiría vacío, árido; inhabitable. Lindir tragó saliva y pronunció palabras más suaves, menos cargadas de sentimientos, después de todo, que amara a Elrond no era asunto de nadie más que suyo... Y del hijo de Eärendil.

—¿Alguna vez ha tenido un amigo como Elrond, majestad? No hay muchos Elrond hoy en día, por más nobles que sean los elfos... —comentó—. Y cuando los diamantes en bruto brotan de la tierra siendo tan escasos, se convierten en rarezas muy buscadas y valoradas. Elrond es uno de esos diamantes. No encontrará otro en mucho tiempo y si usted supiera lo que vale, hubiera salido a buscarlo ni bien le informaron de su primer enfrentamiento con los orcos. Porque el problema de esas joyas tan originales, es que no solo los que estamos dispuestos a cuidarlas queremos poseerlas... Y Elrond está siendo cazado por sus habilidades. Quieren verlo caer, para que usted quede desprotegido. —informó—. Considere que no solo salgo en su defensa por el bien de Lindon, pues tengo mis razones para valorarlo como amigo y maestro, pero en parte, mi trabajo de defenderlo hasta la muerte también le sirve a usted. Si me pierde a mí, solo sentirá la ausencia de un súbdito leal, pero si pierde a Elrond, una columna de las dos que sostienen Lindon caerá, y con ella, lo hará usted. Tiene que dejarme ir, majestad. —insistió—. A usted le sirve mi servicio y lo mío es puro deseo.

Gil-Galad permaneció pensativo frente al calabozo.

En Mordor, aquel que se había convertido en el señor de los dones para luego revelarse como la nueva calamidad del mundo, se cruzó de piernas sentado de costado en su trono, pasando sus pies por encima del posa brazos. Ligeramente ajustó su corona de hierro sobre su cabello y se debatió en seguir conservando la imagen de Annatar, pues hasta sus creaciones en forma de burla a los elfos eran hermosas. Tomando un copón, observó su figura en el metal y torció la boca con disgusto. Odiaba a los elfos pero no podía negar que fueran hermosos. Un gemido leve se sintió a unos metros suyo y lo desconcentró. El monarca impío soltó la copa y recostando su cintura en el otro posa brazos movió su pie en el aire dando círculos juguetones. Estaba disfrutando el momento.

—Y bien... ¿Dónde están los tres restantes? —preguntó átono.

Apenas si giró su cuello para ver de reojo la figura de Celebrimbor en un charco de sangre. Torturado por días, el elfo había sido vencido por el dolor y había revelado la posición de la mayoría de los anillos de poder, pero se negaba a señalar el paradero de los tres de los elfos y mantendría su posición hasta el final.

—Gira y gira la ruedita... —canturreó Mairon ante el silencio de Celebrimbor mientras los orcos ajustaban las sogas del potro en donde lo estaban torturando. Sus extremidades se separaron un poco más del centro de su cuerpo y el elfo chilló de dolor—. ¿Dónde están los tres anillos restantes, Celebrimbor? —volvió a preguntar en un tono más oscuro.

—Puedes estirarme, —habló entonces el elfo entre gemidos y llanto—, cortarme, partirme en dos... ¡Nunca lo sabrás! ¡Nunca!

Mairon gruñó molesto y extendió su palma abierta hacia un orco, señalándole el camino hacia Celebrimbor.

—Oh no... Ya tuve suficiente de cortes y estiramientos. Me aburres, Celebrimbor. Quiero verte arder. —dijo en el momento en que un orco acercaba dos antorchas a la planta de sus pies. El elfo empezó a gritar de dolor y Mairon sonrió de lado—. ¿DÓNDE ESTÁN LOS TRES ANILLOS? —exclamó mientras Celebrimbor se retorcía de dolor.

La tortura no cesó y el tiempo fue borrando todo lo bueno en su vida...

Pero no todo fue crudo y oscuro por igual para los hijos de Eru. Con el invierno bien instalado en sus moradas, Thranduil advirtió que bajo la tímida capa de nieve al costado de la entrada principal, un tallo verde luchaba por abrirse camino en el frío. Era una mañana celeste como pocas y los guardias, abrigados por demás, estaban seguros que el sol saldría a derretir un poco el paisaje blanco y darles un poco de calor, por lo que se hallaban de muy buen humor.

Para no congelarse las manos, Thranduil removió la nieve de la superficie con su bota y el tallo con una gran hoja de un color verde esmeralda muy vivo, saltó sobre su pie.

—La semilla que crece en la adversidad, fuerte incluso en el invierno que lucha por derribarla o dejarla dormir hasta la primavera. —reflexionó observando el único vestigio de vida silvestre bajo la nieve—. Pero tú y yo sabemos lo que eso significa. —dijo a la planta y sonrió.

Un guardia corrió a la puerta sobresaltando a los demás.

—Alteza, —llamó intentando recuperar el aliento por haber corrido en poco tiempo una gran distancia—, ya es hora. —informó.

Thranduil echó una última mirada de reojo al tallo y volvió a sonreír.

—Tú y yo lo sabemos bien. —soltó y acompañó sonriente al hombre al interior.

En la habitación de los nobles, Morwenna caminaba de un lado a otro del pasillo, mientras Oropher con los ojos cerrados intentaba tomar el tiempo en que las cosas sucedían.

—Ni un segundo más, ni un segundo menos. —dijo a la princesa.

—¡¿Cómo mantienes la compostura en un momento así?! —Se quejó su hija. Oropher abrió los ojos y sonrió sabio.

—He pasado dos veces por esto, mi pequeña luz y debo decirte que ninguno de los niños que alumbraron en mi presencia, fue tan puntual como mi nieto. —expresó con orgullo.

—¿Qué te hace pensar que es un varón? —Le preguntó Morwenna torciendo la boca con disgusto. Creyó que oiría un discurso plagado de alabanzas hacia el género masculino, pero Oropher juntó las manos delante y ladeó la cabeza divertido.

—Legolas es un elfo travieso. —comentó con gracia—. Ha encontrado la forma de escabullirse de la protección del vientre de su madre para hablar conmigo en sueños. —explicó—. Será una criatura muy noble. Ah... Y además un excelente arquero.

Dentro, Liswen gimió de dolor por una contracción y Elena abandonó el cuarto para buscar a una sanadora.

—Los dolores se acentúan en tiempo e intensidad, majestad. —anunció la muchacha con una reverencia.

—Como dije, —Le recordó Oropher a Morwenna—, su puntualidad es digna de alabanza.

Thranduil llegó corriendo y oyó a su esposa chillar de dolor.

—¡¿Lis?! —exclamó preocupado, pero su padre lo hizo callar.

—Tiene que estar tranquila, Thranduil. —expresó en paz.

—¡¿Tranquila?! —gritó alarmado—. ¡Está gritando como si la estuvieran partiendo en dos! ¡Lis! —Volvió a llamar e intentó entrar en el cuarto pero su padre se interpuso y lo hizo dar dos pasos atrás—. ¡¿Pero, qué haces?! —espetó con rabia.

Oropher puso sus manos en el pecho de Thranduil y lo arrinconó contra la pared.

—Tu esposa está en la titánica tarea de dar a luz a tu hijo. —explicó en tono alto para que el príncipe prestara atención—. Sus gritos son de dolor porque parir un bebé no es ningún evento placentero, es como si a ti te saliera un elfo por el trasero, pero peor. —comparó.

Morwenna soltó la carcajada y eso le permitió olvidar por un momento que estaba sumamente preocupada por su cuñada.

—¡No necesita tus gritos, ni tu desesperación! —reprendió muy serio—. Vas a relajarte ahora y hasta que no estés calmado no te moverás de aquí. —ordenó. Con un giro rápido sin quitarle las manos de encima a su hijo, Oropher se dirigió a la menor—. ¿Nos haces el favor de preguntarle a Liswen si desea que Thranduil esté con ella en el alumbramiento? —solicitó.

Morwenna asintió y se internó en la habitación. Allí halló a Liswen de pie contra la cómoda, reclinada con las manos extendidas hacia el mueble y respirando dando pequeñas expiraciones seguidas, sudada y con expresión de dolor. En el resto de la habitación, las elfas corrían colocando agua en una tina gigante.

—Ay, Lis... —mencionó la princesa y se acercó a su cuñada. Con gesto empático sobó su espalda a la altura de la cadera—. ¿No deberías estar acostada? —preguntó.

—Será... Un... Un parto en el agua. —informó la rubia con dolor.

—Oh... —Atinó a decir Morwenna—. ¿Quieres que Thranduil esté aquí contigo? —preguntó. Liswen levantó la cabeza y la miró a los ojos.

—¿Está como siempre? —preguntó.

—Un poco asustado y preocupado por tus gritos. —admitió Morwenna. Liswen bajó la vista y una nueva contracción la dobló. Las elfas acudieron a guiarla hasta la tina.

—Dile que puede pasar... —anunció mientras se la llevaban—, pero... ¡Solo si mantiene la boca cerrada! —agregó gritando por el dolor.

Morwenna salió y le sonrió incómoda a su hermano.

—Dijo que... —Quiso comunicar, pero Thranduil la interrumpió.

—Sí, ya la oí. —acotó riendo por lo bajo. Temblando un poco nervioso pero feliz, acudió en asistencia de su esposa.

—¿Has visto recientemente alguna tela que te agrade? —preguntó Oropher. Morwenna arrugó la frente confundida. No entendía a qué venía el comentario de su padre cuando se quedaron solos en el pasillo.

—Hay una azul marino con diminutos cristales... —comentó al pasar—. Es bonita. —agregó pero restándole importancia.

—Bien... —dijo Oropher—. Si Thranduil dura más de cinco minutos ahí adentro, la tela es toda tuya. —anunció divertido—. Si Liswen lo echa antes de ese tiempo... Hay una aterciopelada en color verde que se vería sublime si la bordas para mí... —explicó sentando las bases de la apuesta. Morwenna se sonrió divertida y Oropher asintió.