Legolas llegó al mundo luego de un parto interminable y doloroso que dejó a Liswen en cama por tres días. Dormitando la elfa por largas horas para recuperar fuerzas, Thranduil tomó parte en el cuidado de su pequeña hojita y a Liswen se le legó su alimentación y cariño en los momentos en que estaba despierta.

En una de esas horas de silencio y calma del tercer día, cuando el príncipe del bosque comprobó que ambos estaban en perfectas condiciones de salud, Thranduil acunó a su hijo junto al ventanal y observó la nieve caer sobre el bosque. Alentado por el calor de su abrigo, el pequeño despidió el perfume que lo acompañaría por el resto de su vida y Thranduil sintió que su nombre había caído en la mente de su esposa por designio de los Valar. Legolas olía a menta fresca sin siquiera haber entrado en contacto con hierbas de baño; hoja verde sin dudas. Pero lo que más le llamó la atención fue el hecho de que Legolas no pegara un ojo en todo el día desde su nacimiento. Las doncellas asignadas a Liswen tampoco salían de su asombro, pero Oropher había dejado a todo el reino tranquilo al decir que Legolas se había mostrado inquieto incluso en el vientre de su madre y que había percibido esa sensación de Thranduil, quien velaba día y noche por su esposa y su hijo, sin dormir siquiera unos minutos. El monarca del bosque había dicho, además, que la conexión entre padre e hijo era tan fuerte que Legolas no dormiría hasta que Thranduil lo hiciera. Pero el príncipe tenía otros planes, y aguardaba por Narbeth para que le informara su concreción.

El muchacho tocó suavemente la puerta y cuando Thranduil abrió, solo asintió para indicar que su pedido estaba listo. Detrás, Elena pasó sigilosa y se quedó en la habitación de Liswen en caso de esta despertara y necesitara algo mientras su esposo se encontraba fuera.

—¿Todos están allí? —preguntó el príncipe caminando apurado.

—Dijiste todos... Todos son todos. —Le recordó Narbeth haciéndole saber que había cumplido su orden al pie de la letra.

—Bien. ¿Vendrás al banquete de mañana, verdad? —consultó cuando llegaron a las puertas del salón del trono. Narbeth sonrió amigable frente a su amigo y asintió con la cabeza.

—Claro, no me perdería la celebración del nacimiento de Legolas por nada del mundo. —aseguró, aunque en el tono de su voz Thranduil percibió poco entusiasmo—. Lamento que no podamos estar todos para verlo. —agregó bajando la vista y el príncipe supo entonces que Narbeth estaba poniendo lo mejor de sí, pero en el fondo se sentía peor que él. La confirmación de la muerte de Haemir había encontrado su camino al bosque, pero de la hazaña de Elrond no había noticias, por lo que ambos comenzaban a pensar que el hijo de Eärendil estaba ya perdido descansando en las estancias de Mandos, pero no lo decían en voz alta; Morwenna insistía en que Elrond estaba vivo y eso se mantendría hasta saberse lo contrario.

—No te aflijas, Narbeth. Ellos nos estarán enviando su buena fortuna desde allá. —acotó Thranduil y suspiró nostálgico—. No sé qué pienses... Pero yo opino que Vairë teje incluso estos pequeños cambios. —afirmó haciendo alusión a la acción de la esposa de Mandos, la cual tejía los acontecimientos del mundo en grandes telares que adornaban las estancias donde los muertos de Arda moraban—. Estoy seguro que ellos saben de nosotros por esas imágenes y han visto a mi Legolas, al igual que a tu Mïrî. —Se refería a la hija que Narbeth y Elena habían tenido, la pequeña joya de la familia con ojos muy claros, resplandecientes como diamantes—. Estarán encantados de enviarles su protección en estos tiempos oscuros. —añadió. Narbeth sonrió tímido y alzó la vista hacia Thranduil. Con una pequeña reverencia se retiró y dejó que el príncipe se ocupara de sus obligaciones—. Ya es hora, Legolas. —susurró el rubio antes de ingresar en el gran salón.

Los elfos aguardaban en silencio la llegada del príncipe bajo la mirada serena de su monarca, por lo que los más cercanos a la escalinata del trono se sobresaltaron cuando vieron a Thranduil caminar muy serio con su hijo en brazos. Mientras subía la escalera para quedar a la vista de todos los presentes, los súbditos fueron presentando sus respetos con reverencias que habían estado guardando para él y para el nuevo miembro de la familia real. En ese momento solemne incluso Oropher se levantó de su trono e inclinó la cabeza hacia Legolas en señal de respeto. Luego, extendiendo su mano hacia los sindar y los silvanos, dejó que Thranduil hablara, permaneciendo de pie para recibir el discurso que su hijo tenía preparado, pues incluso él era merecedor de aquellas palabras. Por su parte, Morwenna escuchó al pie de la escalera, pero no sintió que el discurso fuera a caer sobre ella. Estaba tranquila y el apoyo a su hermano quedó demostrado en la sonrisa socarrona de lado que le regaló cuando él la miró de reojo con complicidad haciéndole saber que la acción se ejecutaría tal cual la habían planeado.

Thranduil estiró el cuello y con el mentón levantado, mirando con desprecio a la mayoría de los presentes en un silencio sepulcral y culposo, pronunció en voz muy alta:

—Su alteza real, hijo de Liswen y de Thranduil, hijo de Oropher, ha nacido. Hijo. —repitió severo—. Como lo oyen... ¡Y como lo ven! —exclamó. En un movimiento rápido, Thranduil despojó a Legolas de las mantas que lo cubrían y con habilidad lo sostuvo sobre la espalda y la nuca, mostrándolo a los presentes en completa desnudez.

La onomatopeya de sopresa y horror de los elfos se hizo eco en el gran salón del trono, incluso en las filas más lejanas. Oropher permaneció en silencio y no emitió juicio alguno, mientras que Morwenna se mordió los labios aguantando la risa.

—Elrond estaría orgulloso y alarmado con la misma intensidad. —susurró llevándose la mano a los labios para ocultar la sonrisa.

—Así es... —prosiguió Thranduil sosteniendo a Legolas en lo alto—. Varón... ¡Macho! —insistió con enfado y volvió a cubrir a su hijo. En el reino no se oía ni un solo suspiro-. Exactamente lo que pedían... ¡Aquí lo tienen! ¡Saluden al príncipe Legolas, alteza real del Gran Bosque Verde! —ordenó con desprecio. Los elfos agacharon la cabeza y reverenciaron abochornados al príncipe—. Ahora bien... Para honrar su nacimiento esperaremos cuatro días más, puesto que la princesa Liswen goza de buena salud, pero aun está recuperando fuerzas, por lo que disfrutarán de otras cuatro noches de reflexión y preparación para las ofrendas. —anunció—. No se desvivan para presentar regalos materiales; joyas, oro, comida. ¡No! —exclamó Thranduil negando muy serio—. En cuatro días regresarán a este salón y traerán lo que yo ordene. Escuchen con atención, pues esto será lo que harán para alabar la llegada de mi hijo al mundo. —aleccionó—: Por orden de llegada, harán una gran fila de cara al trono, un elfo detrás de otro. —ordenó. Girando hacia su padre, lo observó de pie en lo alto de las escalinatas y dijo—: Construiremos un trono para gusto de mi esposa, donde ella aguardará sentada con mi hijo en brazos. —Oropher asintió serio y Thranduil se volvió al pueblo—. Una vez allí, uno por uno se postrarán a los pies del trono y entregarán su regalo a mi esposa; su princesa: Sus disculpas por haber tenido que oír de sus bocas tantas barbaridades respecto a su persona, a su fertilidad y a sus supuestas obligaciones para con sus súbditos. Luego, harán el presente a mi hijo: ¡Cerrarán sus malditas bocas y no volverán a exigir insensatez semejante a ningún miembro de la familia real! —gritó con furia. Legolas comenzó a llorar al oír las reprimendas de su padre. Morwenna corrió hacia él y tomó al pequeño en brazos para calmarlo.

Desde su lugar, Thranduil se giró hacia su padre y lo vio con severidad. Oropher también estaba en falta con Liswen, puesto que también había insistido con la procreación de un heredero sin importarle nada más que su consecución. El monarca suspiró apenado, pero Thranduil no cambió su expresión seria y lo puso en una situación incómoda.

—Me lo debes. —acusó el príncipe mientras sentía el llanto de su hijo siendo aplacado por el movimiento de Morwenna, que lo sostenía en brazos chistando bajo y hamacándose de un lado a otro. Oropher no asintió ni negó, pero abrió sus manos en torno a sus súbditos y habló firme:

—Es mi deber como monarca y abuelo del príncipe Legolas hacer el primer regalo por su nacimiento. No lo adornaré con piedras, ni con objetos banales. —expresó y todo el reino oyó atentamente lo que vendría—. Mi obsequio es un legado para el futuro, para que Legolas y todos los elfos que acompañen su generación puedan llevar vidas sanas y felices. Así que mi regalo es un decreto: A partir de este momento, derogo la ley que impone el matrimonio obligatorio a miembros de la familia real. —anunció. Morwenna levantó la vista sorprendida e intercambió miradas entre su padre y su hermano. Thranduil comenzó a bajar las escalinatas y sonrió yendo a su encuentro—. Así mismo, libero a todas las elfas, sin importar su procedencia noble o plebeya, de la obligación de procrear. —agregó—. No exigirán la procreación de herederos a ninguna de nuestras hijas del bosque. De esta manera, todas las elfas de este reino serán libres de elegir su maternidad; ningún elfo, esposo, amigo, familiar —ejemplificó—, NINGUNO, ni ninguna elfa, —puntualizó—, podrá obligarlas a tener descendencia. De lo contrario, el hecho será denunciado y el culpable encarcelado de por vida. La orden es con efectos inmediatos. —finalizó Oropher—. Pueden retirarse.

Los elfos comenzaron a salir del salón susurrando entre ellos. No estaban del todo conformes, pero las elfas de la corte se veían satisfechas y aliviadas. Algunas incluso comenzaron a abrazarse entre ellas. Morwenna entregó a Legolas a los brazos de su hermano y corrió hacia su padre. En lo alto de las escalinatas, se aferró al cuerpo de Oropher y lloró de emoción dándole las gracias. Este la apartó para ver su rostro y luego de besar su frente, secó con sus pulgares las pequeñas gotas saladas que corrían por las mejillas de su hija.

—A mí no tienes nada que agradecerme. —declaró con una sonrisa tierna—. Es a tu hermano a quien le darás las gracias por enseñarnos tanto.

Morwenna regresó con Thranduil pero este negó restándole importancia al asunto.

—Era lo que debía hacerse. —informó el príncipe.

—Liswen también estará orgullosa... —aseguró Morwenna—. Excepto por la parte en que mostraste a tu hijo desnudo a todo el reino, —recordó con gracia—, pero estará muy contenta de que este decreto se haya puesto en vigencia. Gracias, Thran. Lis y tú tuvieron que vivir un infierno para llegar hasta aquí, pero...

—Pero tú no te verás perjudicada. —acotó Thranduil—. Y pequeñas como Mïrî, hija de Elena, no serán presionadas por los demás para hacer algo que tal vez no quieran hacer. Legolas crecerá en un mundo mejor... —agregó—. Solo estoy intentando crear una tierra sana para mi hijo y los elfos que vengan. Aunque... —añadió recordando la caída de Eregion—. En estos tiempos tener un mundo pacífico y sabio parece una utopía.

—Mantendremos la paz todo lo que podamos. —intervino Oropher y se acercó a sus hijos y su nieto—. Y eso empieza por casa... —dijo jugando con los pies de Legolas—. Los reinos podrán arder afuera, pero nosotros debemos permanecer firmes y armónicos hasta el final.

—¿Has recibido noticias de otros pueblos, padre? —preguntó Thranduil con preocupación. Oropher negó.

—Solo temo que Celebrimbor libere información sobre el paradero de los anillos de poder y toda la fuerza de Mordor caiga sobre Gil-Galad. Y luego vayan a por la dama Galadriel. —mencionó con pesar. Solo quedaremos nosotros para el final si algo así ocurre. —agregó conmovido por el pensamiento de lo que podría ser.

Oropher no se equivocaba respecto de los ejércitos, más si del destino de Celebrimbor, ya que este no habló jamás del paradero de los tres anillos en manos de los elfos y Mairon jamás se hizo con ellos. El final sí lo encontró luego de días y noches interminables de tortura. La sangre de Fëanor era fuerte y soportó el embate de múltiples maldades que los orcos organizaron por orden de su señor, pero para cuando ya no quedaba nada de él, excepto un pedazo de carne que respirara y gemía de dolor, los orcos lo llevaron frente a Tar-Mairon. El que alguna vez lo engañara presentándose en Eregion como el señor de los dones, se incorporó de su trono y caminó hacia la plancha donde los últimos respiros roncos de Celebrimbor yacían y ladeó su cabeza en torno a él con una sonrisa maligna.

—¿Quién hubiera dicho que al final le mostrarías lealtad a quienes tus ancestros una vez juraron destruir? Nieto de Fëanor, hijo de Curufin. —comentó Mairon socarrón. Celebrimbor no contestó; ya no tenía fuerzas más que para respirar y gemir adolorido, rogando que finalmente su alma se escapara de su cuerpo.

—¿Qué haremos con él, señor? El elfo ya casi no se mueve, pero sigue vivo. —informó un orco. Mairon entrecerró los ojos observando detenidamente al elfo—. ¿Lo lanzamos a la fosa? —propuso la bestia.

—No. ¿Sabes? La belleza de los elfos no es algo que deba desperdiciarse de esta forma. —expresó Mairon negando con malicia—. Siempre me parecieron criaturas dignas de lucirse enmarcadas... —divagó haciéndole señas a otro orco que caminó hasta los pies de Celebrimbor. Llevaba una lanza larga con punta de flecha negra y se quedó estático aguardando la orden de su señor—. Pero no hay paredes en las que pueda presumirte, Celebrimbor... —prosiguió Mairon fingiendo pena—. Porque en realidad no hay elfos aquí que puedan admirar mi obra. Por eso cuando los capturo, envío mis expresiones artísticas a sus casas... Como un regalo. —comentó riendo por lo bajo mientras pasaba un dedo por la mejilla de Celebrimbor—. ¿Recuerdas cuando dejé la cabeza de Elaran en tu taller? ¿No te pareció sublime? —inquirió con una sonrisa macabra—. No puedo esperar a que los elfitos vean mi siguiente obra maestra... —finalizó alzando la mano.

El orco a los pies de Celebrimbor introdujo una lanza en él, y así, el hijo de Curufin se despidió de la vida. Empalado por completo, la lanza de hierro se irguió con el cuerpo del elfo y Mairon dio la orden:

—Preparen sus ejércitos... —anunció—. Gil-Galad y toda su raza inmunda caerán bajo mi poder. —aseguró cerrando el puño de su mano, donde el oro del anillo único brillaba poderoso y cruel—. Me haré con esos anillos cueste lo que cueste.

Entrado el invierno sobre la nieve blanca inmaculada, los ejércitos impíos de Mordor dejaron su huella. Cazaron y dieron muerte a todo lo que encontraron a su paso, y de aquellos que lograron escapar, solo uno llegó a la posta de paso donde Elrond se refugiaba.

Una tarde helada, mientras el medio elfo enseñaba a los niños de los granjeros a leer y escribir, la mujer de la familia ingresó alarmada y solicitó mantener una conversación con el hijo de Eärendil:

—Los ejércitos de Mordor se dirigen a Lindon. —informó en una habitación apartada mientras preparaba un saco con lo necesario para huir—. Tiene que llevar el mensaje a su rey, señor, es urgente. -agregó y puso en manos de Elrond dos cantimploras—. Una tiene agua, la otra, leche... —Le hizo saber.

—¿Qué pasará con ustedes? —preguntó el medio elfo con preocupación, observando de reojo a los niños de la mujer. Ella, sin embargo, prosiguió:

—Es importante que su bebé se mantenga hidratada y abrigada. —expresó buscando un par de escarpines en sus cajones. Cuando los encontró, caminó hacia el comedor y se los colocó a Tauriel—. Cabalgue rápido y no se detenga por nada. —aconsejó. Elrond mientras tanto comenzó a alistar sus pertenencias.

Ninquë se acercó al hijo de Eärendil y se refregó entre sus piernas maullando una y otra vez para obtener su atención. Cuando notó que Elrond no atendía su llamado, se sentó y con su pata tocó varias veces la bota del medio elfo maullando más fuerte.

—¿¡Qué?! —inquirió Elrond. Ninquë maulló y se acercó a la puerta—. ¡Lo sé, pero tenemos que alistarnos primero! —exclamó el muchacho y señaló a Tauriel, descansando en la cuna que los granjeros le habían proporcionado—. No viajamos solos.

Ninquë rascó la puerta y volteó a mirar a Elrond. Uno de los niños se levantó y extendió papel y pluma hacia el hijo de Eärendil.

—Creo que quiere adelantarse a enviar el mensaje, señor. -opinó interpretando el maullido del gato. Ninquë fue donde el muchachito y se refregó en su pierna—. Será más rápido y sigiloso. Al mismo tiempo es menos probable que los orcos se interesen en cazar un gatito.

Elrond lo observó con atención y bajó la vista hacia Ninquë.

—Nunca has visto un orco con hambre. —mencionó. Ninquë maulló molesto y Elrond suspiró—. Ya, ya... ¿Podrías escribir un mensaje para mí? —solicitó al niño.

El pequeño elfo asintió y el peredhil comenzó a dictarle un mensaje escueto pero lo suficientemente informativo para Gil-Galad. Finalmente, cuando el niño terminó de escribir, Elrond firmó para que el monarca de los Noldor supiera que el mensaje era seguro y decidieron ponerlo en un relicario que colgaron de un collar que anudaron al cuello de Ninquë.

—Sabes qué hacer. —Le dijo el hijo de Eärendil al gato cuando este se despidió—. Busca a Lindir o a Gil-Galad y encuentra la forma de entregar el mensaje. Es muy importante, no lo pierdas... Eres nuestra única esperanza hasta que yo llegue, Ninquë.

Luego de dejar salir el gato, todos en la casa comenzaron a empacar con celeridad.

—¿Dónde llevarán a los niños? —insistió Elrond recordando que la mujer no había contestado la primera vez.

—Irán a Harlindon con su madre. —aseguró el padre de la familia, que ingresaba con el elfo que había sobrevivido a la masacre en el paso anterior.

—¿Y usted? —preguntó el peredhil.

—Somos guardianes de los caminos, señor. Es nuestro trabajo informar lo que ocurra y brindar asistencia a los heridos. —informó—. En cuanto todos abandonen la casa viajaremos a las montañas... Con suerte podremos refugiarnos antes que los ejércitos arrasen estas tierras.

Elrond se apresuró a montar su caballo y aferró a Tauriel a su cuerpo. La pequeña sintió el frío en su nariz, la cual se tornó colorada en segundos. Estaba envuelta en ropas abrigadas y la capa del hijo de Eärendil cubría sus frágiles manos del embate del invierno más crudo que Arda había visto nunca. Elrond salió al galope luego que la elfa del paso y sus dos hijos avanzaran delante y se encomendó a Eru y a su padre para que el viaje fuera seguro y exitoso para todos.

Pero los ejércitos de Mordor habían enviado una tropa de trasgos en avanzada y el hijo de Eärendil advirtió a los pocos días que le venían pisando los talones cuando una extraña y alargada nube gris se extendió tras él en el horizonte. La misma era un conjuro del mismísimo Mairon para que las bestias no sufrieran a la luz del día y su eficiencia en la lucha se reforzara. No pretendían darle caza al hijo de Eärendil, sino obligar a los ejércitos de Gil-Galad a salir para que a la llegada de Mordor, las fuerzas del último rey de los Noldor se viera disminuida y cayera más rápido. Pero no contaban con la presencia del heraldo que estaba comandando las tropas a las que Elrond había enseñado...

En Lindon, Lindir aun permanecía recluido en los calabozos de Gil-Galad, puesto que el monarca sabía que de liberarlo, el muchacho cometería la locura de embarcarse solo en la búsqueda de Elrond y aquello podría acabar en la perdida de no uno, sino dos elfos valiosos en sus filas.

En una de sus rondas alrededor de la celda, las que tomaba para mantenerse activo ya que en aquel lugar solo se dedicaba a leer y escribir, pudo divisar desde la pequeña ventana de su calabozo que una sombra gris se agitaba en el horizonte. Era la avanzada de trasgos que no tardaría más que unas horas en llegar y sin confirmación, el muchacho intentó dar la alarma del movimiento antinatural de aquella nube, pero no había nadie allí que pudiera oírlo, porque ese día todos los elfos estaban mirando el mismo horizonte con intriga.

La noticia no tardó en llegar a Gil-Galad y este ordenó prepararse para la lucha reconociendo la sombra que había sido mencionada en los relatos de los sobrevivientes de Eregion, quienes habían encontrado voces que reprodujeran el horror de aquella ciudad.

Grandes filas de elfos lanceros, caballería y arqueros se apostaron a las puertas del reino, ya que cada elfo en edad de portar espada y con un mínimo de preparación en defensa fue llamado a luchar junto a Gil-Galad. El monarca de los Noldor no era tonto y supo que las fuerzas de Mordor intentarían quebrar su reino, especialmente la región en la que él residía, y por eso la nube gris se agitaba solo a un lado del Golfo de Lhún. Pero no los dejaría ingresar, así que en minutos comenzó a idear un plan de ataque.

Al mismo tiempo que aquello se desenvolvía en Lindon, montado en su caballo, Elrond se apresuraba por llegar a las puertas. Estaba rogando que los elfos abrieran; a tan solo unos kilómetros detrás del río Lhún, no solo podía escuchar a los trasgos, sino que ya podía verlos corriendo hacia él. El medio elfo creyó que el río los detendría, pero aquellas criaturas estaban preparadas para todo tipo de obstáculo y cruzaron la superficie acuática sin problema. Pronto, cuando la distancia entre su caballo y ellos se achicó, una lluvia de flechas se precipitó sobre su cuerpo, pero las pequeñas bestias de Mordor eran pésimas arqueras en comparación a los fuertes orcos y ninguna logró darle cuando el caballo del medio elfo dejó de galopar en línea recta.

Los guardias en lo alto de las torres percibieron el movimiento en la polvareda que el caballo del hijo de Eärendil dejaba como una estela a su paso, pero desconfiaron de su identidad hasta que lo tuvieron a una distancia prudente, por lo que no dieron, en principio, ningún reporte a su rey.

En ese paisaje agitado, el único elfo que caminaba de un lado a otro sin dirigirse a ningún lugar era Lindir. Había gritado y sacudido las rejas de la celda para obtener la atención de cualquier elfo que pasara cerca de las celdas, pero todos estaban en el exterior y parecían haberlo olvidado. Las elfas y los niños también, pues ellos habían sido escoltados por un camino secreto que conducía a las cámaras de escape donde se refugiarían hasta que Gil-Galad considerara seguro regresar, o bien, prudente tomar el camino que llevaba a Harlindon.

Lindir chilló y gritó hasta que oyó el ruido metálico de las llaves del carcelero y guardó silencio para precisar si el sonido venía o se alejaba. En eso estaba cuando vio una ráfaga de pelo blanco desplazarse hacia él y el maullido de su gato lo obligó a mirar al suelo.

—¿Ninquë? —preguntó creyendo que estaba alucinando cuando el gato se frenó frente a su celda y soltó las llaves a sus pies—. ¡Ninquë! —gritó Lindir al comprobar que, en efecto, era su gato el que estaba allí. Entonces cayó de rodillas en el suelo con los brazos abiertos mientras Ninquë se abría paso entre los barrotes. Estaba feliz de volver a verlo, aunque la sensación que le inundó el corazón fue la de desesperación, puesto que el gato había regresado solo desde el bosque, o eso pensaba él—. ¿Qué tienes pequeño? —Ninquë no paraba de maullar y parecía querer resistirse a las caricias de Lindir. Fue en ese instante cuando el elfo advirtió que su gato además portaba un collar con un relicario.

Al quitárselo y abrirlo, encontró la pequeña y escueta nota firmada por Elrond para Gil-Galad.

—¡Lo sabía! Esa sombra en el horizonte tenía que ser obra de Mordor. ¡Hay que decirle al rey! —exclamó y en ese momento ambos miraron el dirección a las llaves que lo liberarían de la prisión—. Solo las tomaré porque es una emergencia, —aclaró el elfo estirando la mano hasta el llavero—, pero quiero que sepas que esto es una mala acción. No debiste robarlas... —reprendió al gato en un tono poco hostil, más bien amable. Al mismo instante, Lindir ladeó la cabeza y entrecerró los ojos—. Un momento, yo no te enseñé esto. De hecho siempre te inculqué buenos valores, todo lo contrario. —reflexionó el muchacho. Ninquë lo observó atento pero en silencio—. ¿Elrond te enseñó esto? —El gato no contestó—. Oh, Elrond... —recordó Lindir de repente y se giró de cara al gato—. Hagamos esto, te haré preguntas... Un miau es sí, dos miau es no. —explicó—. ¿Comprendiste? —Ninquë maulló una vez y Lindir asintió con la cabeza—. Espero no estar volviéndome loco.

Ninquë estiró su pata hacia la rodilla de Lindir y lo tocó tres veces obteniendo su atención. Luego maulló dos veces y Lindir levantó ambas cejas sorprendido.

—Oh bien... Entonces, ¿Elrond está bien? —Ninquë maulló—. Qué alivio... ¿Pero te envió solo? —preguntó. Ninquë maulló dos veces—. Tú te adelantaste, él viene hacia acá. —comentó y el gato maulló—. Así que... Ahora se llevan bien. —agregó y el gato se refregó contra su pierna—. Qué bueno. Sabía que era cuestión de tiempo hasta que comprendiera que eres un buen chico...

Lindir asintió aliviado y liberó un suspiro. Entonces se apresuró a buscar la llave que abriría su celda y mientras lo hacía, se volvió alarmado.

—¿Fue Elrond? ¿Él te enseñó a robar? —indagó con los ojos muy abiertos. Ninquë maulló dos veces y Lindir sonrió—. Por supuesto que no lo haría, es muy noble para algo así. Es una de sus mejores características, lo correcto que es... Creo que eso fue lo que me cautivó la primera vez que lo vi. —soltó recordando días en los que lo más importante para él era asistir a las clases del heraldo. Cuando su mayor preocupación era ser el mejor estudiante para obtener los halagos del medio elfo que amaba. Entonces rememoró las enseñanzas junto a sus amigos y se volvió serio a Ninquë—. ¡Fue Haemir! —exclamó ofendido. El gato maulló restándole importancia, pero Lindir abrió la boca como si la mandíbula se le fuera a caer—. ¡Ese hijo de orco! ¡Lo mataré cuando lo vea! —amenazó. Ninquë sin embargo tiró las orejas hacia atrás disgustado—. ¡Ya sé! Si no fuera por él no podría salir... —añadió el muchacho abriendo la celda e ignorando completamente el final de su amigo—. Ven, tienes que enviarle este mensaje al rey, y yo tengo que buscar a Elrond. —acotó abandonando las celdas con su gato en brazos.

Gil-Galad se presentó en el exterior, lanza en mano y planes de ataque ya discutidos con su nuevo heraldo. Todos los guardias reverenciaron a ambos al pasar, pues quien lo acompañaría a combatir los ejércitos de Mordor era un elfo de renombre y grandes hazañas. Pero no hubo mucho tiempo para formarse cuando un guardia de las torres de vigilancia bajó atropellado intentando dar el mensaje lo más rápido posible.

—¡Majestad! —alertó acercándose a él—. Un grupo de trasgos se acerca a nuestras puertas. Delante viene un elfo agitando su brazo pidiendo que lo dejemos pasar. Trae algo consigo, pero no podemos reconocerlo a esa distancia y velocidad. —agregó—. Podría ser Annatar intentando engañarnos. —opinó.

Gil-Galad no llegó a dar la orden cuando Ninquë corrió hacia la entrada y dando un maullido largo y fuerte soltó el mensaje a sus pies. El monarca de los Noldor lo observó intrigado, el gato era el mismo que había visto morando por sus pasillos años antes. Su heraldo, sin embargo, lo apuntó con su espada y se puso en guardia mientras el gato daba un maullido de susto y se alejaba de él.

—¡Un sirviente de Tevildo, majestad! ¡Ha de traer un mensaje de Mordor! —exclamó severo. A Gil-Galad le causó gracia que sus dos heraldos insistieran con Tevildo, pero al menos reconoció que este tenía más razones para desconfiar que el propio Elrond.

—No, Glorfindel, —Lo calmó el monarca apartando la espada del rostro del gato—, este felino... Es de uno de mis súbditos. ¿Lindir? —preguntó el rey. El gato maulló incómodo—. Lindir. —repitió levantando el mensaje y al desenrollarlo, leyó el contenido. Al ver la firma de Elrond sobre final del papel, Gil-Galad levantó la vista apresurado y ordenó—: Lo que me temía, ¡Abran las puertas!

—¿Majestad? —consultó Glorfindel confundido.

—¡Es Elrond, hijo de Eärendil, majestad! —gritó un elfo apostado en la torre de vigilancia mientras los demás intentaban abrir las puertas—. ¡Una tropa gigantesca de trasgos lo persigue! —añadió.

—Y detrás vienen todas las huestes de Mordor. —acotó el monarca—. ¡Abran las puertas! ¡Elrond, su capitán, está ahí afuera a merced de las bestias!

—Oh... —musitó Glorfindel y montó su caballo—. Pues no dejaremos que le hagan daño... —resolvió.

Los gritos de los trasgos se escuchaban cada vez más cerca y Elrond comenzó a aminorar la marcha de su caballo para no chocar contra la entrada. Bufó para darse fuerzas y cuando estaba a punto de desenfundar su espada de cara a los trasgos, el brillo dorado del cabello del nuevo heraldo de Gil-Galad cruzó su rostro casi omnubilándolo. Detrás suyo, toda la caballería de Lindon emergió por las puertas abiertas acompañando a su rey y el hijo de Eärendil ingresó en el reino para poner a la hija de Haemir a salvo.

De salida, Gil-Galad cruzó caballos con él y al observar a la niña en sus brazos, luego de comprobar que su antiguo heraldo estuviera a salvo, posó una mano sobre su hombro.

—Majestad... —Intentó disculparse, pero el monarca lo detuvo.

—Ya veo que tenías razones para permanecer fuera del reino por un tiempo. —mencionó haciendo alusión a Tauriel, creyendo que la pequeña era su hija.

—No, yo no... —insistió en explicarse el hijo de Eärendil, pero nuevamente, Gil-Galad no lo dejó hablar.

—Llévala a los túneles, las elfas y sus hijos están allá. Ponla a salvo. —ordenó—. Es un alivio que estés vivo, Elrond. —agregó luego y se alejó a combatir a los trasgos.

Ninquë dio un sonoro maullido al divisar al capitán de la guardia saltando de su caballo.

—Gracias, mellon. (amigo). —expresó rápidamente el medio elfo—. Ahora debo llevar a Tauriel con las elfas. —anunció y corrió seguido por el gato hacia el interior de la fortaleza entre medio de la confusión de caballos y lanceros.

En ese instante, Lindir subió a su caballo y se precipitó a la salida. Al ver a los elfos luchando enérgicamente matando a los trasgos, el corazón se le encogió. Elrond venía delante de esas bestias y a simple vista, no podía ver su distinguida cabellera negra agitándose entre los soldados.

—¡Elrond! —llamó en la lejanía con un grito ansioso, mientras cabalgaba hacia el desorden buscándolo entre el gentío.

Pero el hijo de Eärendil no estaba allí.

Elrond llegó al pasillo y descendió por el camino secreto hasta las cámaras donde las elfas aguardaban. Al arribar al lugar, las elfas se sobresaltaron pero pronto entendieron porqué el medio elfo estaba allí. En seguida, Elrond preguntó si había una nodriza en el grupo y una elfa que llevaba poco de haber parido aceptó quedarse con Tauriel.

La separación no fue fácil, puesto que la pequeña comenzó a chillar ni bien Elrond se separó de ella. Habían pasado dos meses desde su nacimiento y estaba acostumbrada al aroma a hierbas del medio elfo que inundaba el aire de la habitación que compartían siempre. A pesar de no ser su padre biológico, el hijo de Eärendil había sido su sostén desde las primeras horas de su nacimiento y había sido quien la había manipulado más tiempo para alimentarla, bañarla, cambiarla y cuidarla. Elrond se había convertido en su madre y padre y naturalmente, la pequeña resintió su sostén cálido y seguro.

—Tranquila, está bien. —expresó el medio elfo hincando una rodilla en el suelo y tomando una manito de Tauriel mientras la nodriza la mecía en sus brazos—. Volveré pronto.

Tauriel pareció calmarse al entrar en contacto con Elrond, pero volvió a llorar con fuerza cuando este se alejó unos metros. La elfa inspeccionó las ropas que la cubrían mientras el heraldo volvía sus pasos a ellas.

—¿Es su capa? —preguntó la muchacha. Elrond asintió, pero recordó que todos esos días, la capa había estado cubriéndola a ella, por lo que al no haber sido usada por él, no conservaba su aroma.

De un momento al otro, el hijo de Eärendil comenzó a inspeccionar sus ropas, pero no podía prescindir de nada de lo que tuviera encima para dejarle a la bebé. Por lo que, con una idea en mente, suspiró y rió por lo bajo brevemente.

—¿Alguien tiene una daga? —preguntó volteando a los presentes.

—Tengo esto. —anunció una elfa en la cercanía. Le brindó una daga pequeña parecida a un abrecartas. Elrond agradeció y la tomó llevándosela al cabello.

—Volverá a crecer. —dijo para convencerse y cortó un pequeño mechón. Atándolo con su propio cabello, hizo un nudo y lo puso en la mano de Tauriel. Esta se calmó lentamente y le permitió volver a la contienda.

Antes de abandonar el refugio, la nodriza de Tauriel les deseó suerte al heraldo y mencionó:

—No se preocupe. Cuidaré bien de su hija.

Elrond volteó a mirar a Tauriel y sonrió nostálgico. No se atrevió a decirle que la niña no era su hija biológica, por lo que solo asintió.

—Le agradezco infinitamente que cuide de mi pequeña. —expresó y con una breve reverencia se retiró.

Afuera, la cantidad de soldados en las filas de Gil-Galad superaban en número a los trasgos, por lo que fue bastante fácil deshacerse de ellos. Apenas si sufrieron heridos, pero ninguna baja, aunque el plan de Mairon había funcionado a la perfección, obligando a los elfos a salir antes de lo esperado de Forlindon para sorprender a los moradores al sur de la región, en Harlindon y poder atacar desde allá a los desprevenidos elfos en el retorno a su hogar.

El ejército de orcos estaba al caer, pero no contaban con el aviso de Elrond, que había llegado justo a tiempo para darle ventaja de planificación a Gil-Galad. El rey de los Noldor, mientras combatía a los trasgos, se había encargado de enviar una tropa a Harlindon para dar aviso del inminente ataque, por lo que, si bien la fuerza de Mordor golpearía salvaje y cruel sobre el sur de Lindon, la ciudad no caería tan fácil.

Elrond quiso participar de la contienda, pero al llegar a las puertas, solo halló trasgos muertos y elfos sucios. Los soldados retrocedían a su hogar, y entre los rostros manchados de sangre, pero a salvo, el hijo de Eärendil solo tenía en mente encontrar uno. Uno que también esperaba encontrarlo a él.

El cabello castaño de Lindir se agitaba en el viento mientras el muchacho giraba en círculos con su caballo, buscando en los soldados el rostro gentil de Elrond. No lo había encontrado en todo el ataque y comenzaba a desesperarse, decidiendo lentamente que iría hacia el campo abierto fuera del reino para buscar aunque fueran sus restos. Sabía por la cantidad de trasgos que Elrond no podría haber sobrevivido a tal ataque solo.

—¡Lindir! —exclamó el hijo de Eärendil con un dejo de desesperación viendo la actitud aturdida del muchacho sobre su caballo—. ¡Lindir! —volvió a llamarlo, creyendo que algo andaba mal con él. En su mente, los últimos segundos de vida de Haemir le reclamaban correr hacia Lindir para salvarlo del mismo funesto fin. Había perdido a un gran amigo, no perdería otro.

Al oír la voz de Elrond llamando su nombre, el muchacho giró su cuello con rapidez y lo vio corriendo hacia él. Con agilidad y energía renovada dio un salto para bajar de su caballo.

—¡Elrond! —soltó su nombre entre alivio y angustia el menor de los invencibles de Lindon y dejó caer su espada al costado del camino antes de empezar a correr—. ¡Elrond, estás vivo! —gritó Lindir llegando con él y fundiéndose en un abrazo que los dos disfrutaron aliviados mientras presionaban sus cuerpos con fuerza como aferrándose al bienestar del otro—. ¡Estás bien! —exclamó Lindir separándose de su cuerpo y observando que no estuviera herido.

Elrond asintió con una mirada afectuosa luego de hacer lo mismo que Lindir y comprobar que el muchacho estaba a salvo.

—¡Tú también! —Se alegró y suspiró intentando recuperar el aliento luego de la carrera. Lindir también respiró agitado y Elrond sonrió tierno mirándolo a los ojos.

Y entonces... Allí ocurrió...

—Oh, Lindir, no tienes idea del alivio que sient... —Llegó a decir Elrond antes de abrir los ojos completamente pasmado por lo que estaba ocurriendo frente a él.

Lindir se impulsó sobre él y asaltó sus labios con un beso torpe pero sentido que dio en reacción repentina e involuntaria como forma de representar toda su desesperación al no saber nada de él por meses. En los escasos segundos que duró el encuentro de sus bocas, el hijo de Eärendil permaneció estático y duro en su posición, mirando levemente hacia abajo, viendo el perfil de Lindir con ojos cerrados, que lo sostenía por la nuca.

En ese mismo instante, Lindir dio cuenta de lo que estaba haciendo y se echó atrás de un salto automático y tembló por los nervios con la boca abierta, intentando respirar y emitir un comentario a la vez mientras observaba al hijo de Eärendil con terror.

Lo había besado. Había besado a Elrond... Por impulso, por idiota, se culpó. Había besado a Elrond en los labios y todo lo que podía hacer en ese instante era intentar articular una disculpa y temblar completamente abochornado.

—Ah... Eh... Ay... —balbuceó el menor de los invencibles de Lindon con bocanadas de aire sonoras.

—Li... Lindir. —llamó Elrond con tono aplomado, aunque un poco confundido y tragó saliva.