Faltaban cinco años para cumplir los primeros cincuenta de la fundación del reino de Lindon cuando Lindir decidió que había tenido suficiente y marchó desde el sur hacia el norte para establecerse en Forlindon. Allí, luego de una breve presentación con Gil-Galad, la cual lo puso sumamente nervioso pues nunca había estado frente a un monarca antes, el rey le permitió quedarse cuando supo que la razón de su mudanza era por simple tranquilidad del muchacho.
Lindir tenía apenas veinte años, lo cual es sumamente joven para un elfo, cuando hizo de Forlindon su hogar. Y los primeros tres días de esa semana fueron caóticos. Conseguir una ocupación para poder rentar una habitación, encontrar un cuarto para rentar y una caballeriza donde alojar a su caballo y todo, mientras corría de una punta a la otra del reino retomando las clases que había dejado abandonadas en Harlindon.
Su instrucción había sido buena, por lo que estudiar no era un problema, pero si el adaptarse a ese gran cambio solo. Usualmente se encontró comiendo solo, alimentándose de las sobras que quedaban en la taberna en la que tocaba el laúd por una cuantas monedas que le permitían rentar el cuarto de arriba y pagar sus libros e insumos de estudio.
Pero todo eso cambió a las pocas semanas, cuando oyó a unos clientes del lugar platicando sobre las brillantes clases de geografía y otras ciencias que el nuevo profesor de Lindon estaba dictando. Lindir no pudo evitar sentir curiosidad y en un breve descanso de su concierto, se acercó y les preguntó.
Así fue que un miércoles de primavera que olía a lavanda fresca, el muchacho ingresó en la sala de clase y encontró lugar en la silla que daba contigua a la puerta, la cual nadie parecía querer tomar. Se sentó allí y no habló con nadie, pues todos los elfos parecían conocerse bien y daban risotadas comentando sus vidas entre ellos sin interactuar con otros grupos y especialmente con él. Sobretodo los del final de la mesa; un elfo rubio que sostenía un pequeño mapa apuntándolo a la ventana del salón y que con aires de sabiondo fingía leer runas ocultas mientras otro elfo, de gran porte y larga cabellera roja, reía a carcajadas por las interpretaciones absurdas del rubio.
Lindir unió sus manos sobre su regazo y aguardó en silencio de espaldas a la puerta hasta que un delicioso aroma a hierbas silvestres lo obligó a girar su cuello. Allí se encontró con dos curiosos ojos grises que lo observaron brevemente, acompañando su atención con una media sonrisa burlona que se dibujó en el rostro del dueño de aquellas estrellas oscuras. El cabello negro como una noche sin luna le caía delante de los hombros y a Lindir le llamó la atención que incluso sin adorno alguno, trenzas o ataduras, luciera sublime.
Sin embargo, toda la gentileza abandonó el rostro del recién llegado cuando desvió su mirada de Lindir hacia el fondo de la larga mesa rectangular. Los elfos aun bromeaban sin percatarse de su llegada y los dos del final del salón seguían riéndose del mapa.
—¡Qué placer descubrir que mis alumnos ponen tanto empeño en su estudio! —expresó Elrond a viva voz reclinado con las manos apoyadas en la mesa. Los elfos guardaron silencio ni bien el hijo de Eärendil comenzó a hablar—. Narbeth, —llamó y el rubio, al fondo de la mesa bajó el mapa que sostenía en sus manos observándolo con terror. Elrond sonrió y desplegó dos mapas sobre la mesa—, veo que la cartografía lo está fascinando. Por eso mismo, vendrá aquí y nos iluminará con las diferencias entre este mapa de la primera edad, —enseñó señalando uno de los que había desplegado—, y este otro que gentilmente los cartógrafos de su majestad, Gil-Galad, nos prestaron para la clase de hoy. —ilustró extendiendo su mano por el segundo—. Venga, —animó abriendo las manos en torno a Lindir—, intercambie lugares con nuestro nuevo compañero, el cual se sentó junto a la puerta por si se arrepiente de asistir a mis clases y quiere huir sin que me de cuenta. —mencionó muy serio.
Lindir sintió que súbitamente todo su cuerpo se prendía fuego, y no precisamente por una sensación placentera. En efecto, todo su rostro se estaba volviendo rojo por la vergüenza y solo se acentuó su bochorno cuando los ojos grises de Elrond se clavaron en él. Pero el muchacho no leyó severidad en ellos, más bien amabilidad, aunque el mensaje anterior hubiera sonado terrible. Ahora sabía porqué nadie había querido sentarse en ese lugar.
Narbeth se levantó de su silla y Haemir se mordió los labios aguantando la risa. Un gemido se le escapó y Elrond volvió la vista hacia él mientras Lindir y Narbeth se cruzaban en medio del salón saludándose con susto. Sería la primera interacción entre ellos y una que recordarían entre risas años más tarde como el comienzo de una amistad entrañable.
—Gracias por ofrecerse a ayudar a su buen amigo, Haemir. —acotó el medio elfo desde su lugar—. Usted nos contará qué ríos nuevos se han formado desde que el Belegaer se tragó varias de las ciudades antiguas. —ordenó—. Oh, mire... —agregó volviéndose al elfo rubio, quien se acomodaba nervioso en el lugar de Lindir—, ya revelé parte de la trama, acabo de ayudarlo Narbeth. Pero por favor no sea tímido, —añadió irónico—, prosiga usted. Haemir, —llamó caminando hacia el fondo de la clase—, no oigo sus pasos... —dijo llevándose la mano a una de sus orejas puntiagudas para fingir que estaba escuchando algo. El de cabellos rojos se levantó bufando. Tenía mal genio, pero el hijo de Eärendil había sido criado por Maedhros; nada le asustaba.
A pesar del bochornoso momento vivido, Lindir no se dejó ganar por el miedo, más si por el impulso de continuar asistiendo a las clases de Elrond; eran interesantes en verdad, pero lo que él más disfrutaba era oír la voz del heraldo dando cátedra. Esos días anotaba más que nunca y parecía sumamente atento. Además, el dueño de la voz tenía para Lindir un halo místico, algo que hacía que no pudiera dejar de mirarlo. A decir verdad, se estaba enamorando, pero no se sentía cómodo al reconocerlo, por lo cual, se limitaba a darse placer visual y auditivo en aquellas clases, intentando no pensar en él el resto del día.
Luego de la última clase del semestre, incluso para Elrond la presencia ininterrumpida de Lindir en su seminario era un misterio que lo magnetizaba en torno al muchacho. Lindir no había abierto la boca más que para dar los buenos días y luego de interminables meses, el hijo de Eärendil no sabía ni su nombre.
Decidido a que la situación terminara allí, Elrond se paró detrás de Lindir al finalizar la clase y lo observó guardar sus notas. Tenía muchos papeles repletos de información. Ninguno de sus aprendices había puesto tanto empeño antes y eso le agradó, aunque también le causó gracia, puesto que era probable que aquella acción hubiera sido alentada por su llamado de atención el primer día. Para tranquilizarlo, el heraldo se sentó junto a Lindir. El muchacho lo miró de reojo y pareció ponerse más nervioso aun. Bajó la vista automático y continuó guardando sus papeles.
—¿Su mutismo es selectivo? —preguntó Elrond alzando una ceja jocoso—. Solo habla para desearme buenos días y luego no vuelvo a escuchar un solo sonido suyo en toda la clase. —agregó. Lindir negó rápido sin mirarlo, aunque se sintió encantado de que Elrond se acercara para saber más de él.
—Considero que todo lo que tengo para decir luego de un acertado buenos días, —explicó guardando sus cosas—, propone poca o nula novedad a sus clases, maestro.
—Me temo que no puedo acordar o disentir sobre eso hasta que lo escuche emitir opinión sobre mis enseñanzas. —propuso Elrond dándole lugar a dictar veredicto sobre la información. En realidad quería obtener aunque fuera eso, pues Lindir parecía un elfo tímido y muy reservado y Elrond sintió que de saber algo más de él, tendría que sacárselo a fuerza de voluntad y quizás miedo.
—No hay nada que deba opinar sobre sus clases, señor, excepto que son profundamente educativas. —juzgó Lindir y se levantó de su silla para salir del salón. Aun desde su lugar, Elrond ladeó la cabeza y lo miró con una sonrisa amable en sus labios. Sus ojos, escurridizos, recorrieron todos los detalles de Lindir en busca de respuestas, y este, aunque intimidado por el escudriño, se quedó pensativo, aguardando la siguiente intervención.
—¿De dónde viene? —Quiso saber—. No lo había visto antes, y créame, que aunque vasto, conozco a cada elfo de este reino aunque sea solo de vista y a usted jamás lo había cruzado antes de que se inscribiera en mis clases. —informó.
—De Harlindon, maestro. —respondió escueto el muchacho.
Elrond continuó observándolo de arriba a abajo con curiosidad. Lindir aparentaba ser muy joven y los viajes entre regiones no solían darse con regularidad excepto que el monarca lo solicitara por algún asunto en particular.
—Harlindon... —repitió el hijo de Eärendil y Lindir bajó la vista hacia él antes de caminar hacia la salida. El heraldo le sostuvo la mirada en silencio por unos cuantos segundos como si intentara ver a través de sus ojos y ahí el muchacho tragó saliva más incómodo que antes, recordando súbitamente porqué había viajado hasta Forlindon—. Se ve muy joven. —Se atrevió a decir Elrond a continuación. A Lindir le dio la impresión que él también lo era, por lo cual se le hacía extraño que fuera el profesor. Aunque la expresión aplomada y sabia que el medio elfo sostenía cuando no estaba pensando en nada en particular lo hacía dudar sobre su edad. Era como un elfo joven, pero a la vez antiguo; un alma ancestral encerrada en el cuerpo de un adolescente.
—También usted. —reconoció el muchacho con un poco de vergüenza y sin saber bien qué contestar a ese comentario. El hijo de Eärendil sonrió tierno y Lindir pensó que ese comentario había salido de él como un coqueteo torpe. En efecto, así era.
—Acabo de cumplir cien. —declaró Elrond orgulloso. Entonces era joven... Cuán sabio debía ser si apenas a los cien años estaba a cargo de una clase, pensó el muchacho.
—Yo tengo veinte, soy prácticamente un niño. —informó sin saber bien porqué estaba dejando salir ese dato. Estaba coqueteando, descaradamente, pensó; lo mejor sería salir de allí y rápido, así que comenzó a caminar acelerado pero Elrond lo siguió con la curiosidad a flor de piel.
—¿Veinte? —preguntó sorprendido a espaldas de Lindir y este se estremeció un poco al oír la voz del heraldo siguiendo sus pasos, resonando en su nuca—. ¿Qué hace un elfo tan joven en Forlindon? ¿Vino con sus padres? —indagó llegando junto a él. A Lindir se le escapó una risotada por la pregunta de Elrond, como que acaso aquello hubiera sido ocurrencia del medio elfo y no algo común. El hijo de Eärendil frunció el ceño y Lindir se puso serio dando cuenta de su acción extraña.
—Lo lamento. —Se disculpó nervioso—. No... Es que...
—No, yo lo siento. —declaró el medio elfo—. No debí inmiscuirme en sus asuntos. —reconoció—. Es solo que a veces me gana la curiosidad.
—Se nota. —soltó Lindir y Elrond lo observó intrigado y levemente ofendido—. No, es decir, es que... Yo... Quise decir que... —comenzó a balbucear incómodo. El hijo de Eärendil se sonrió divertido enarcando la ceja izquierda mientras bajaba su mentón y a Lindir le pareció sumamente seductor—. Quiero decir que ha de ser muy curioso para estar al mando de una clase a tan corta edad. Ha de interesarse mucho por aprender cosas nuevas y toda esa curiosidad lo ha llevado a esta posición de sabiduría e instrucción. —explicó rápido.
—Ah. —emitió Elrond ante la aclaración de Lindir y rió por lo bajo—. Un poco de curiosidad y otro poco de encierro involuntario en el que lo único que podía hacer era leer... —acotó pensando que Lindir ya había oído de él. El muchacho no tenía idea que aquel era el elfo que Maedhros había tomado prisionero cuando niño, pero podía identificarse con el relato del encierro.
—Ni que lo diga. —respondió y Elrond escuchó con atención de camino al parque donde los elfos entrenaban, lugar de su siguiente clase—. Como que a uno el recluirse y leer hasta que los ojos se le pongan rojos pudiera cambiarle su naturaleza. Nuestros padres no comprenden a veces... Por eso me tuve que ir. —Dejó salir por lo bajo. El hijo de Eärendil creyó que su encierro se debía a mala conducta por ser Lindir un elfo travieso; en realidad no lo supo ese día, pero lo entendería años después. A lo que el muchacho se refería, distaba mucho de un correctivo coherente.
—Así que escapó... —concluyó Elrond deteniéndose frente al campo de entrenamiento con espadas. Lindir lo observó torciendo la boca apenado y asintió inseguro. Elrond acompañó el asentir del muchacho y no siguió indagando. Le bastó con saber que su pasado había sido poco convencional, como el suyo lo era y eso a Lindir también le encantó. Por primera vez encontraba un elfo con el que si bien no se sentía cómodo aun de aclarar nada, tampoco sintió que debiera esconder su pasado ni fingir cosas que no sintiera con tal de tener aprobación—. ¿Dónde vive ahora? —preguntó con genuino interés y un poco de preocupación por su presente. Pensó que tal vez, el muchacho necesitara ayuda y Elrond no dudaría en brindársela.
—En una habitación sobre la taberna. —declaró Lindir con timidez.
—Oh, ¿Trabajo? —preguntó el hijo de Eärendil a continuación con el mismo afán de ayudar.
—Toco el laúd ahí. —contestó Lindir.
—¿En su cuarto? —dijo Elrond sonriendo divertido. Un hoyuelo se formó en su mejilla derecha y Lindir ladeó la cabeza enternecido. Ambos rieron y de repente, el muchacho tuvo una sensación familiar y hogareña invadiéndolo. No importaba quién fuera su maestro, platicar con él se sentía bien. Y estaba seguro que de seguir haciéndolo, la compañía de Elrond lo haría sentirse en casa, en su verdadera casa, no en el lugar donde había vivido por veinte años bajo la mirada estricta de su padre y el dolor de su madre por no poder ser quien ella quería que fuera.
—Sí, sí, en mi cuarto. —Se permitió decir siguiendo la broma y Elrond rió encantado por el humor de aquel muchacho.
—Tendré que asistir a alguno de sus conciertos un día. —propuso el hijo de Eärendil y Lindir desvió la vista hacia el campo para no sonrojarse y echarlo a perder. Elrond advirtió que miraba todo con interés y se sintió complacido. Ese muchacho sería su mejor alumno, estaba seguro—. ¿Alguna vez tomó una clase de defensa? —preguntó. Lindir volteó el rostro hacia él como saliendo de una ensoñación.
—¿Se refiere a si sé portar una espada? —indagó—. Sí, sé. Mi padre me enseñó... Antes de rendirse conmigo. —masculló apenado.
—¿Rendirse? —consultó Elrond creyendo que tal vez el arte de Lindir estuviera en otra cosa más que portar armas.
—Oh... No me malinterprete, sé usar una espada, pero... Se rindió conmigo en el sentido de que... —El maestro entrecerró los ojos con interés por escuchar el final del relato, pero a Lindir le daba vergüenza hablar del asunto, sobretodo en una primera conversación con su instructor—. Siempre fui más... Intelectual. —soltó y pareció aliviado de encontrar una definición que lo excusara.
—Ah. —volvió a decir Elrond. Sentía que Lindir escondía cosas, pero se decidió a resolverlo con el tiempo si acaso el muchacho le daba el espacio—. Pues yo creo que ese no es motivo para rendirse con alguien... No todas las batallas se ganan con elfos que portan armas. —expuso.
—Pues mi padre no opinaba lo mismo. —mencionó Lindir con un suspiro lastimoso. Elrond no soportó tanta injusticia que parecía emanar de aquel muchacho como un aura tímida y comenzó a buscar algo entre los libros que traía consigo y cuando lo encontró, se lo extendió al muchacho.
—Gil-Galad me ha puesto a cargo de un amplio plan de enseñanza... Contempla que los estudiantes que así lo deseen, se inscriban para tomar clases complementarias a las obligatorias. Mi seminario de geografía y cartografía solo es una de ellas, pero podría tomar de esta lista las que desee. Todas estas comienzan ahora, y duran el resto del verano. —explicó. Lindir tomó el papel entre sus manos y se maravilló de la gran cantidad de clases a cargo de Elrond. Apenas conocía a ese elfo, pero comenzaba a admirarlo como a nadie antes—. Tal vez su padre se haya rendido con usted, pero yo no. —aseveró para darle una confianza amistosa y casi paternal; esa sensación de hogar que el muchacho sentía y que Elrond se encontraba gustoso de brindar—. A juzgar por las notas que le vi tomar en mis clases, —insistió—, tiene potencial, o al menos gran voluntad... Ya encontrará algo en lo que especializarse... —dudó inclinándose levemente hacia el muchacho para obtener su nombre.
—Lindir. —Se presentó por fin. Elrond asintió gustoso.
—Lindir. —repitió. Ambos se miraron felices—. Espero verlo en mis clases, será un honor contar con su presencia. —Lo alentó.
Elrond se alejó luego de hacer un gesto con su mano, llevándola desde el pecho hacia afuera a modo de saludo. Lindir lo imitó y lo vio irse hacia el campo de entrenamiento con un suspiro. Elrond era bello, joven y sumamente inteligente a juzgar por la diversidad de clases que dictaba... Lo que Lindir hubiera definido como un elfo perfecto. No había creído en la perfección hasta ese día y solo había fantaseado con encontrar alguien así, sabiendo que encontraría el amor en otro hijo de Eru con características similares. Pero ese día lo encontró a Elrond, y todo cambió para siempre. Entusiasmado por unirse a todas sus clases, recorrió con la vista el papel y pronto su rostro se volvió pasmado.
—Elrond, ¡Hijo de Eärendil! —comentó sorprendido.
Había platicado con el mismísimo hijo de Eärendil y Elwing. Descendiente de Thingol, Beren, Luthien, Finwe, Filgolfin y Turgon. Había quizás hasta coqueteado levemente con un vástago de héroes, gemelo de un rey; se iba a enamorar del hijo de una princesa.
—Me hubiera quedado en Harlindon. —comentó abochornado. No se consideraba digno de ser amado por figura semejante como Elrond y no estaba listo para convertirse en el centro de atención de ser correspondido en su amor.
De repente recordó todo lo ocurrido en en sur de Lindon y sintió miedo de que la historia se repitiera. Gildor, compañero de cabalgatas y vecino en Harlindon lo había amado y había decidido confesárselo en su cumpleaños número dieciséis, propinándole su primer beso en el bosque, lugar donde Gildor consideraba solo los árboles sabios serían testigos de su amor. Pero otros ojos vieron la acción y la supuesta impía muestra de afecto llegó a oídos de los progenitores de ambos. Los padres de Gildor llevaban años tratando en silencio aquel asunto, por lo que solo pidieron discreción a su hijo, pero la vara más severa cayó sobre Lindir, a quien sus padres, horrorizados por un acto inocente y cotidiano como el de sentirse atraído por alguien, encerraron en su habitación hasta que comprendiera la supuesta gravedad de sus actos.
Su madre lloró abochornada la enfermedad de su hijo, su padre desconoció su parentesco desde entonces... Y a Lindir no le quedó más que desearle a Gildor buena fortuna para librarse de aquella población ignorante y cruel, y huir para vivir, para amar, para ser.
No todos los elfos son iluminados y sabios. No todos los progenitores son padres.
Lindir se descubrió enamorado de Elrond en los siguientes meses, y aunque su confianza creció y su amistad floreció al convertirse en uno de los cuatro invencibles de Lindon, el muchacho ocultó sus sentimientos, por un temor que sus padres habían inculcado injustamente en él, por un prejuicio que algunos elfos no podían parar de agitar como una bandera prohibitiva y que le había obligado a mantener la compostura creyendo que Elrond reaccionaría como los demás. Por eso había callado su amor y se había mantenido incluso avergonzado de su sentir... Hasta ese día en el bosque de Oropher. Hasta ese beso a las puertas de Forlindon...
—Li... Lindir. —llamó Elrond con tono aplomado, aunque un poco confundido por el beso y tragó saliva.
Detrás suyo, Gil-Galad giraba el rostro confundido. Elrond había amado a Morwenna en el pasado, aunque hacía minutos había llegado desde el exterior con una bebé de cabellos rojos en sus brazos, y ahora Lindir lo había besado frente a todo el reino. Además, Lindir había logrado escapar de su celda... ¿Cómo? Nada, absolutamente nada tenía sentido.
—Ay, Elrond. Ay, Elrond, no. —repitió Lindir frente al heraldo y sus ojos se llenaron de lágrimas por la desesperación.
Fue entonces que intentó huir para esconderse de la mirada extraña que no podía leer en Elrond, pues el hijo de Eärendil no parecía horrorizado, ni tampoco sorprendido, más si desconcertado por lo sorpresivo de su accionar.
Lindir no pudo soportarlo e intentó correr lejos suyo, pero Elrond lo sostuvo por el hombro y lo abrazó fuerte como si en realidad intentara aferrarlo a su cuerpo.
Aun temblando, Lindir sintió el calor de la respiración de Elrond en su oído y sintió que si el hijo de Eärendil no lo liberaba pronto con cualquier comentario, fuera bueno o malo, se moriría allí mismo en un ataque de nervios.
Pero no murió, ni se desmayó, ni nada malo ocurrió. Elrond lo sostuvo por al menos dos minutos sin pronunciar palabra alguna y sin poder verlo, lo escuchó sollozar sobre su hombro; lo destruyó por completo. Lindir cerró los ojos y apoyó su perfil sobre el hombro del heraldo dejándose mecer en las olas del momento silencioso y triste. Aunque dejó de temblar y Elrond solo lo liberó del abrazo cuando dejó de sentir la vibración de su cuerpo.
—Que... —soltó el hijo de Eärendil y dudó sobre lo que diría a continuación, pero rápidamente negó intentando acomodar las ideas en su cerebro. Lindir se secó las lágrimas con sus dedos y apartó la vista de él. No tenía valor de verlo a la cara al oír lo que Elrond tenía que decir al respecto—. Que bueno que estés bien. —Completó la frase el heraldo y de repente el rostro de Haemir en la fatídica noche de Eregion se le vino a la mente. Su mirada se tornó clara y quizás un poco más azul que gris, como si las lágrimas se le hubieran concentrado en el iris, no dignándose a salir todavía. Tenía mucho que hacer antes de duelar a Haemir... Y Lindir estaba vivo y a salvo frente a él.
—Perdón. —musitó Lindir aun sin mirarlo y retornó a su angustia.
La nieve volvió a caer sobre sus cabezas y Elrond se vio con él en un cuadro desolado y demasiado frío para su reencuentro. Más allá del beso, lo cual parecía atormentar a Lindir sobremanera, había algo detrás que los estaba doblando y rompiendo en mil pedazos. Cada uno tenía su razón para estallar. El muchacho ya no tenía manera de escapar de sus sentimientos, los llevaría como una carga no correspondida de por vida. Y Luego estaba Haemir, que parecía grabado a fuego en la retina de Elrond y le propinaba más pena de lo usual.
—Perdón... —repitió Elrond y Lindir se atrevió a regalarle una mirada rápida de reojo para regresar su vista abochornada al camino—. Te quiero amar... —Dejó salir el heraldo y esta vez si tuvo toda la atención de los ojos de Lindir, quien volvió su rostro hacia él con confusión y congoja—. Como te mereces, —prosiguió Elrond—, te quiero amar, Lindir, pero... —Se detuvo con un respiro ahogado que le llenó los ojos de lágrimas. Luego de minutos de incesante angustia y nervios, Lindir le obsequió una sonrisa compasiva.
—No puedes. Lo sé. —comentó suspirando mientras lo observaba con ternura—. Pero no te angusties, porque esto, Elrond, —confesó llorando, pero esta vez de alivio—, me reconforta de la manera en que lo haría un beso que quisieras darme por amor, por voluntad, por la razón que fuese. Tus palabras me besan. —reconoció y Elrond se permitió reír entre lágrimas—. Tu paciencia para conmigo me hace sentir amado, y tu ausencia de enfado y escándalo me da un buen sustituto de amor romántico. Eres el mejor elfo que he conocido en mi vida... El solo hecho de que no me apartaras o te alejaras de mí luego de esto, o que te preocupes por mí, ya es alentador. —finalizó mirándolo a los ojos y se contuvo de acariciar su rostro.
Ambos suspiraron y Elrond sintió que lo peor había pasado, que ya ninguno de los dos sentía incomodidad o tristeza por el momento compartido.
—Si te sirve de algo, —Se atrevió a decir—, no tienes idea del estado de desesperación en el que me vi inmerso todos estos días. —declaró—. Si no estuviera seguro de que estoy irremediablemente enamorado de Morwenna, estaría dudando de mis sentimientos hacia ti. Porque de verdad, Lindir, casi no podía respirar pensando que algo malo te había ocurrido y por eso tus cartas no llegaban. —confesó. El muchacho asintió sorprendido.
—Mis cartas no llegaban por lo que ocurrió en Eregion, Elrond. Sabes que todas las notas que van al bosque pasan por ahí primero. —explicó el muchacho y notó que el medio elfo se angustiaba sobremanera al oír hablar de aquella ciudad—. ¿Estuviste ahí, verdad? —preguntó casi viendo el horror del ataque en su mirada.
Elrond estaba a punto de contestar cuando Gil-Galad se acercó a ellos. Lindir reverenció al monarca y el hijo de Eärendil hizo su parte. Tras ellos, Glorfindel apareció y Elrond casi da un grito agudo de sorpresa; el rubio era una especie de celebridad entre los elfos.
—Lamento interrumpir su... Platica. —expresó el monarca de los Noldor con cierta confusión. Como todo elfo antiguo, había cosas que aun le costaba tomar con naturalidad—. Elrond, mi corazón se siente feliz y aliviado de que estés a salvo y con nosotros, pero me temo que no es tiempo de celebraciones, tú bien sabes, Mordor está llegando a nuestros límites, no podemos permitir que lleguen a Lindon. Tendremos que salir a enfrentarlos. —anunció.
—Sí, señor. —respondió el heraldo automático como un soldado respetuoso.
—Verás, en tu ausencia me he visto en la necesidad de posicionar a otro como heraldo e instructor de mis ejércitos. —Se excusó, pues creía que tarde o temprano Elrond preguntaría por él—. No he encontrado mejor elfo para ese puesto que Glorfindel. —informó a continuación. El moreno asintió gustoso y solemne. Se inclinó hacia el rubio en señal de respeto, pero este lo imitó abriendo los brazos.
—Hijo de Eärendil, es un honor servir a su lado. —dijo para su sorpresa.
—Si hay alguien honrado de servir, soy yo, señor. —respondió el hijo de Eärendil con asombro—. Es usted un verdadero héroe. Mi única hazaña es la de sobrevivir a los embates que el destino postró a mis pies.
—No seas humilde, Elrond. —ordenó Gil-Galad y se volvió a Glorfindel—. De no ser por mi heraldo mis súbditos no serían tan ilustres. Elrond es maestro de todas las artes, un erudito en cada materia que se le venga a la mente. —halagó.
El hijo de Eärendil bajó la cabeza sonrojado y Lindir acotó orgulloso junto a él:
—Majestad, a Elrond no le gusta ser el centro de atención, ni hacer alarde de sus conocimientos, los cuales son vastos, es por esto que se mantiene humilde al hablar de sí mismo. Con el máximo de los respetos, —agregó con una reverencia pomposa—, le sugiero que guarde su decisión de mantenerse reservado ante los otros.
Gil-Galad suspiró y asintió en silencio ante la intervención de Lindir. Se le figuró que si sobrevivían al ataque de Mordor, pronto se vería celebrando la primera boda entre dos elfos de Lindon y comenzó a prepararse para el escándalo que eso supondría al sur de su reino. Glorfindel, sin embargo se irguió sonriente frente a Lindir y habló:
—¿Quién es este formal caballero que da voz a las virtudes de Elrond e instiga a respetar su posición modesta? —preguntó alzando las cejas con elocuencia.
—Lindir. —nombró Gil-Galad—. En uno de mis súbditos. Aprendiz de Elrond. —prosiguió Gil-Galad.
—Mi mejor alumno. —añadió el hijo de Eärendil.
—Y su... —prosiguió Gil-Galad no sabiendo exactamente cómo llamar a lo que había visto anteriormente.
—Su amigo. Elrond es mi... Mejor amigo. —aclaró Lindir. Gil-Galad alzó una ceja no creyendo en sus palabras, pero igual calló.
—Disculpe entonces, Lindir, —resolvió Glorfindel—, no es mi intención apartar al hijo de Eärendil de su lado, pero me veo en la necesidad de discutir con él su plan de ataque. Las huestes de Mordor llegarán a nuestras puertas en poco tiempo y no podemos darles el gusto de tomarnos desprevenidos. —explicó.
—Tiene razón. —acordó Elrond girando hacia Lindir y dio cuenta recién en ese momento que el muchacho no cargaba su armadura—. ¿Por qué no llevas protección? —indagó preocupado. Lindir negó un poco aturdido por el cuasi regaño.
—Creí que estabas en problemas, no iba a perder tiempo colocándome una armadura. —explicó muy seguro de su accionar. Elrond chasqueó la lengua y suspiró molesto ante tal acto de insensatez.
—¡La vida es lo que puedes perder si no la llevas, Lindir! —reprendió—. ¡Ve ahora mismo a colocártela! ¡No lucharás a mi lado ni en ningún puesto si no tienes una armadura para cuando la batalla inicie! —ordenó muy serio. De todas formas, Lindir pudo oír más desesperación que enfado en sus palabras y comprendió que su énfasis venía del afán por no perderlo; lo estaba cuidando. El muchacho asintió rápido y se volvió a montar su caballo.
Cuando quedaron los tres solos, Gil-Galad juntó a Elrond y Glorfindel para armar su defensa, pero para el hijo de Eärendil, el monarca tenía otros planes.
—Quiero que comandes a mis arqueros. —informó. Elrond no lo comprendió a la primera, puesto que era mucho mejor en tierra que ordenando ataques por aire, pero la letalidad aprendida por Maedhros no le serviría a Gil-Galad en el frente, sino en la retaguardia, para que fuera su primer heraldo quien comandara a su pueblo en la huida en caso de haber una fisura en la defensa que dejara a los ejércitos de Mordor ingresar—. Si algo sale mal, irás donde ya sabes y llevarás a mi pueblo aquí. —agregó extendiendo un pergamino a sus manos. Al abrirlo, el heraldo observó la red de pasadizos subterráneos que conectaban con el sur, saliendo al Golfo de Lhún y al norte, en un pasaje por las montañas azules.
—Pero majestad... —evidenció Elrond observando sus posibilidades—. ¿No cree que podré hacer más en el campo de batalla? Si tuviera que sugerir a un elfo para una misión como esta, pondría toda mi confianza en mi mejor alumno. Lindir podría guiar a las elfas y los niños a puerto seguro. —opinó.
—No es porque no considere a un elfo de menor rango apto para la tarea. —Dejó salir el monarca. Elrond entrecerró los ojos confundido—. Has llegado aquí con una niña; tú tuviste que vivir el horror de crecer con la pérdida de tus padres, y si en mi poder está la decisión de darle un mejor futuro a ella, que así sea. No dejaré que pierda también a su padre —explicó.
—Ya lo ha hecho. —confesó Elrond y bajó la vista—. Esa niña no es mi hija biológica. Haemir... Él... —anunció entrecortado y Gil-Galad recordó vagamente al elfo que había enviado a Eregion, el cual por pertenecer a los amigos cercanos de Elrond, era un elfo popular. Su cabello rojo le dio la pauta de la paternidad de la niña, y supuso que también su madre había caído y esa era la razón por la que Elrond la había traído.
—Lo lamento. —Dio su pésame sabiendo lo difícil que debía ser enfrentar esa situación. Gil-Galad había perdido buenos amigos antes, por lo que podía empatizar con su dolor—. Entonces con más razón, eres lo único a lo que puede aferrarse. Vi la desesperación por salvarla en tus ojos cuando ingresaste en el reino, amas a esa niña como si fuera tu propia hija.
—¿No cree que muchos niños se quedarán huérfanos en esta batalla, majestad? ¿Por qué Tauriel tendría privilegios sobre otros pequeños? ¿Por qué yo debería salvar mi vida por sobre otros elfos? —indagó Elrond inconforme. No consideraba que fuera especial ni mereciera un trato más prerrogativo.
—Porque su rey se lo ordena, señor. —interrumpió Glorfindel. Elrond intercambió miradas entre ambos y Gil-Galad suspiró profundo.
—Elrond no considera que yo sea su monarca. —reconoció. El hijo de Eärendil se sintió levemente ofendido por ese comentario, pero Gil-Galad prosiguió—: No sería la primera vez que incumpliera mis órdenes o desoyera mis consejos. —Elrond intentó excusarse pero el monarca levantó su mano y le pidió callar—. Pero Elrond es mi legado; no tengo hijos, por lo que el vástago de Eärendil ha servido en mi reino como uno propio. No tiene el título de príncipe de Lindon, pero actúa como si lo fuera y es algo que yo he permitido a propósito.
—Si me permite el atrevimiento, majestad, —solicitó Glorfindel—, Elrond es un príncipe a efectos prácticos. Es hijo de la princesa Elwing.
—Y es mi hijo. —aseguró Gil-Galad—. Tanto como Tauriel es hija suya, por lo cual, es mi deseo que mi nieta crezca con al menos un padre a su lado. —pidió, aunque por su tono de voz, aquello sonó como una orden—. Harás lo que yo diga por una vez en tu vida, Elrond, y comandarás mis arqueros. —finalizó severo.
Elrond, aunque aun apesadumbrado por una orden que no consideraba justa para con el resto de los soldados, asintió y acató su encomienda.
En el bosque, otro que asentía con pesadumbre era Thranduil y quizás por las mismas razones, pues era un príncipe que no seguía las órdenes de su monarca incluso cuando este sí tenía cierta autoridad por el lazo parental que los unía. Mirando a su hijo dormitar por fin sobre su pecho, se preguntó si acaso su accionar en el pasado repercutiría de la misma forma negativa que estaba sobre él en esos días.
La lista de conocidos que eran amables con él, luego de la reprimenda durante la presentación de Legolas, se había reducido considerablemente. No era que lo trataran mal, aunque a los elfos, sobretodo a los silvanos, ganas no les faltaban, pero era el hijo del rey, por lo que habían cambiado enfado por mutismo y por esos días solo se limitaban a servirlo en silencio y seriedad.
Thranduil lo había intentado, preguntando cosas banales para obtener respuestas que pudieran establecer nuevamente un diálogo cordial con sus súbditos, pero estos respondían secos y escuetos. No querían interactuar con su príncipe más de lo necesario, a riesgo de decir o hacer algo que pudiera ofenderlo; había vastado un solo enfado para comprender que Thranduil tomaría medidas aun más descabelladas si el error cometido fuera peor que lanzar rumores y habladurías a espaldas de la princesa.
Respecto de Liswen, hasta su propia familia se había vuelto hermética en el trato. Lis tenía a aun con vida a su padre, tíos y primos, pero ya ninguno acudía a las instalaciones del reino para visitarla, preferían morar en el bosque con el resto de los silvanos. Habían volteado el rostro en favor del pueblo, pues era mejor tratar con ellos que ser maltratados por considerarse familia real. A su vez, los silvanos que habían celebrado la coronación de Liswen como princesa del Gran Bosque Verde, ahora se sentían ofendidos, pues al parecer, Lis había estado de acuerdo en la ridícula celebración en la que Thranduil había puesto a todos los elfos a sus pies como si ella fuera la mismísima deidad creadora de Arda.
En efecto, ofendidos por las habladurías de su propia gente y aun dolidos por las falsas acusaciones, ambos habían visto bien que se les pidiera disculpas. Pero no habían pensado en su hijo. Legolas crecería en ese mundo que ellos habían postrado a sus pies, pero encontraría dificultad para hacer amigos, puesto que sus súbditos no querrían que sus hijos jugaran con él y los niños son inocentes, pero obedientes a sus padres, por lo que la única amiga que podían augurarle de momento era Mïrî, hija de Narbeth.
Cuando Liswen regresó a su habitación luego de dictarle clases a Morwenna, encontró a su esposo acariciando la incipiente cabellera dorada de su hijo, con la mirada fija sobre unos papeles del escritorio que no estaba leyendo realmente. La elfa observó los párpados cerrados de Legolas y se alegró. Por fin, luego de meses, el pequeño se había rendido a la serenidad de su padre y había logrado dormir. Aunque bufó al observar a Thranduil despierto; por tranquilo que estuviera, el Sindar se negaba a pegar un ojo.
—Uno de dos... —comentó por lo bajo y se acercó a propinar un beso en el hombro de su esposo—. ¿Dónde danza tu mente, sol naciente en mi horizonte? —susurró a modo de burla tierna, pues acostumbraba a oír a los elfos antiguos referirse de esa forma a sus familiares; incluso el propio Oropher lo hacía con Morwenna. Thranduil salió de su ensoñación y se dejó encantar por el roce de las manos de su esposa sobre su espalda, mientras ella desaparecía de su rango de visión para abrazarlo por detrás.
—Soy un pésimo padre. —Dejó salir recargando su pesar sobre los besos que Liswen le propinó entre los omóplatos.
—¿De qué hablas, mi vigoroso ciruelo? —prosiguió ella.
—Ya déjalo. —ordenó él en tono bajo y serio. Realmente sentía lo que había dicho y no estaba de humor para bromas. Liswen lo soltó y se acercó a su rostro con confusión.
—Ya, está bien. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué dices semejante tontería? Thran... —llamó entre susurros al ver el movimiento de las cejas de Legolas, perturbado por la conversación de sus padres—. Lograste que nuestra hojita se durmiera, a eso yo le llamaría una exitosa paternidad. —evidenció recorriendo el contorno de la diminuta oreja puntiaguda de su hijo, que se calmó con el roce de su madre.
—Paternidad no solo es lograr que Legolas duerma. —declaró serio—. ¿Has notado lo distantes que están nuestros súbditos? El reino se mantiene silencioso, solemne, en un respeto que huele más a temor. Hasta los árboles dejan de mover las hojas en el viento cuando paso por el bosque. —exageró—. ¿Qué clase de reino estamos creando para nuestro hijo? Creo que... Me equivoqué. —reconoció. Liswen entendió a lo que se refería pero negó contradiciéndolo.
—¿Hubieras preferido que Legolas creciera oyendo que debe casarse y ser padre? ¿Presionado por elfos que se creen con derecho a exigirle una progenie a mi hijo como si él solo fuera un inservible pedazo de carne productor de elfos? No, Thranduil, algunas cosas deben hacerse así no lo queramos y si no entienden por las buenas, pues... Una reprimenda no está de más. —expuso.
Thranduil la observó de reojo pero no se convenció. Caminó lejos de ella y se asomó al ventanal de la habitación. Afuera el mundo parecía más oscuro y el elfo percibió movimiento, aunque no pudo saber exactamente quién estaba allá afuera y temió un ataque, aunque no habló, para no perturbar la paz de su hijo.
—Creo que nos pasamos un poco. ¿Quiénes somos para pedir pleitesía como dioses? Con la ley de mi padre estábamos bien, no necesitaba obligar a los elfos a arrodillarse como si yo sostuviera la mano sobre sus nucas para que nos veneren. Me equivoqué, lo reconozco... —habló aplomado—. Pero... ¿Cómo solucionarlo? ¿Cómo recuperar su confianza sin perder mi dignidad? No quiero que vean en mí una figura débil... Un príncipe que podrían quebrar con una revuelta. —divagó imaginando un futuro trágico. Liswen lo siguió y recargó su cabeza sobre el brazo de su esposo.
—Tú no caerás ante un desacuerdo del reino. Esta familia no caerá si no es por la mano negra de Mordor, y eso tampoco ocurrirá. —aseguró seria—. Así que ya no pienses en eso, mi sol, —solicitó retornando a los apodos de cursilería mientras enlazaba sus manos—, y no vuelvas a decir que eres mal padre. He visto progenitores salvajes a lo largo de mi existencia... Estás a un mundo de distancia de ellos, Thran. Algunos incluso tardan años en demostrar su vil faceta, pero tú no eres así, ni lo serás nunca. Tú no me defraudarás. —agregó pensando en su padre y el abandono que había sufrido de su parte luego del nacimiento de Legolas.
Thranduil giró su rostro hacia ella y la observó con pena. Con un impulso repentino, se acercó a Liswen y besó sus labios. Luego subió por el puente de su nariz hasta su frente y cabeza, donde prosiguió besándola con ternura.
—En eso no te equivocas, meleth. (amor). —afirmó envolviendo su cuerpo con su brazo libre—. Jamás te defraudaré, ni te dejaré sola.
—Tampoco yo, Thranduil. Siempre estaré contigo. —declaró ella aferrándose a su pecho—. Y con nuestra hojita. —agregó acariciando la nariz de Legolas. Este dio un casi imperceptible gemido agudo y su madre besó su mejilla.
El sonido de un cuerno resonó en la lejanía. Legolas abrió los ojos automáticamente y comenzó a llorar, aturdido por el sonido. Liswen se separó de Thranduil y estiró los brazos hacia él para tomarlo.
—Ay no, bebé. —habló tierna intentando tranquilizarlo mientras chistaba—. Ven con tu nana (mamá). —dijo mientras Thranduil se lo entregaba.
—¿Quién es el imbécil que interrumpe el sueño de mi hijo? —espetó con fastidio. Por la ventana, vio un gran ejército de elfos cruzar las puertas del reino. Sus ropas eran claras y sus armaduras tenían un tono verde azulino muy particular—. ¡Maldito Celeborn! —insultó adivinando de dónde venían aquellos elfos.
Entre los chillidos de Legolas y sus improperios, alguien tocó la puerta. Era Narbeth. El muchacho ingresó haciendo una reverencia temerosa al ver la expresión iracunda de Thranduil.
—Tu padre ordena tu presencia inmediata en el salón del trono. —informó. El rubio asintió e intentó calmarse, pues su amigo no tenía la culpa de su molestia.
—¿Qué hace Celeborn aquí? —preguntó intentando conseguir cualquier tipo de dato que le sirviera.
—Nada bueno si movilizó los ejércitos de la dama Galadriel hasta aquí y no se aventuró con solo una tropa sigilosa. —asestó el muchacho con elocuencia.
—¿La dama blanca también vino? —Alcanzó a preguntar Liswen entre gritos y tironeos de cabello que Legolas en sus brazos estaba propinándole.
—La dama Galadriel y Lady Celebrían permanecen en Lórien al parecer. —informó Narbeth—. Solo Celeborn ha venido de la familia real. —añadió.
Thranduil se giró hacia Liswen y pestañeó incrédulo.
—Ha de ser algo importante. Que Celeborn se digne a cruzar palabra con mi padre es todo un evento. Quizás más importante que el alzamiento de Mordor. —opinó.
—Y ha de tener relación con eso. —acotó Liswen.
Thranduil volvió a la ventana y observó que el ejército aun cruzaba las puertas. Celeborn había salido con la mayoría de sus elfos...
Se giró preocupado y antes de abandonar la habitación posó un beso en la mejilla de su hijo y en la frente de su esposa.
—Prepara todo para un posible escape. —advirtió—. Si Mordor viene hacia el bosque, partirás hoy mismo para Lindon. —ordenó. Liswern negó seria.
—¿Estás demente? No me iré de aquí sin ti. —aseguró.
—Te irás de aquí y te llevarás a mi hijo contigo. —insistió—. Sin importar lo que me pase, Lis, Legolas debe conservar por lo menos a uno de nosotros. —declaró—. Y si será así, serás tú.
—Pero... —intentó protestar Liswen, pero Thranduil se volvió y la asaltó con un beso desesperado en los labios para hacerla callar.
—Y te irás con mi hermana también. —acotó—. Elrond no quiere que cruce el bosque sola, pero tendrá que hacerlo si no hay otra alternativa. —advirtió preocupado—. Te amo, Lis. —soltó luego de unos segundos de mirarla en silencio como si quisiera grabar su imagen en sus recuerdos—. Por favor, obedece esta vez. —pidió y se retiró.
Una vez que estuvo sola y logró calmar a Legolas, Liswen se precipitó a la habitación de Morwenna. Cuando esta abrió la puerta, Elena apareció tras la princesa y las tres se miraron cómplices.
—¿Te dijo que te fueras, cierto? —preguntó Morwenna a su cuñada. La otra princesa asintió—. Narbeth le dijo lo mismo a Elena. —informó.
—Thranduil me pidió que te lleve conmigo. —contestó Liswen.
—¿Y lo haremos? ¿Nos iremos? ¿Solo así? —preguntó la princesa arqueando una ceja. Liswen ladeó la cabeza pestañeando petulante.
—¿Desde cuando le hago caso a Thranduil sin investigar el asunto por mi cuenta? —preguntó retórica y acompañó la pregunta con una sonrisa socarrona—. Cuiden a Lego hasta que vuelva, —pidió poniendo al pequeño en brazos de su tía, intercambiando al bebé por la capa que Elena sostenía en sus manos—, yo voy a averiguar qué sucede.
Legolas se aferró rápidamente al borde del escote del vestido de Morwenna, cerrando su mano en torno a él y observando a su tía con los ojos bien abiertos y expresivos.
—Todo estará bien, mi amor. —susurró Morwenna y tomando su manito, besó sus dedos con ternura—. Todo estará bien. —repitió viendo a Liswen colocarse la capucha de la capa sobre su cabeza, para ocultar su identidad. Con preocupación, volvió a su habitación junto a Elena—. Eso espero. —agregó posando su vista sobre el arco y el carcaj que descansaban en su escritorio.
