Thranduil sintió deseos de desenfundar su espada y blandirla en el aire para comprobar empíricamente que la tensión era una propiedad tangible cuando llegó junto al trono de su padre. Apenas si se oía la respiración inquieta de ambos señores elfos en el salón.
El mayor de los hijos de Oropher se posicionó al pie de la escalinata, recto y mudo, aunque su silencio no duró más que unos escasos segundos, cuando notó que ni su padre daría la bienvenida, ni Celeborn presentaría respetos ante él; se odiaban, se odiaban en verdad.
—Lord Celeborn. —saludó Thranduil con una corta reverencia. El esposo de Galadriel la devolvió en virtud del príncipe, pero se irguió y levantó el mentón en torno a Oropher, quien, cubriéndose la boca con la mano, congelaba la mirada dedicada a Celeborn—. Alarmante es la llegada a nuestras puertas de un ejército tan numeroso como el suyo. —expresó con parsimonia. Mentalmente se dio una palmadita en el hombro para felicitarse por el trato tan respetuoso—.¿Qué lo trae al Gran Bosque Verde, señor? —prosiguió el rubio, viendo que su padre no pensaba hablar.
—La emergencia en Eregion. —respondió Celeborn, pero alzó la vista hacia Oropher. El monarca finalmente se movió y rió por lo bajo, haciendo que el esposo de Galadriel frunciera el ceño ofendido y confuso.
—¿No se ha enterado? —preguntó Oropher con afán de esclarecer su gracia—. Eregion ardió hasta los cimientos. Los pocos moradores que lograron sobrevivir se unieron a mis súbditos o a los de Lady Galadriel, —explicó con una pausa irónica—, oh, debería usted saberlo, ya que vive en el bosque de Lórien con ella.
Celeborn suspiró con fastidio y Thranduil bajó la vista no atreviéndose a enfrentarlo. Su padre podía ser realmente desagradable cuando quería, pero definitivamente no esperaba una contestación de Celeborn como la que tuvo.
—Si fuera usted el que ocupara su mirada en algo más que su figura, hubiera sabido que me refiero a otra cosa. ¿Ha bajado de ese pedestal luego de la caída de Eregion? ¿O acaso está clavado con la fuerza de su ego a ese trono? —insultó el esposo de Galadriel.
Oropher abrió ligeramente la boca indagando en si su acción se debía a que estaba ofendido o quería comérselo de un bocado salvaje. Se levantó de un respingo con la tensión palpable en los músculos y entonces Thranduil habló:
—Hemos tenido grandes ocupaciones desde que aquello ocurrió, señor. —informó acelerado. Oropher desde su lugar, detuvo su decisión de bajar las escalinatas para quedar a su altura, y en su lugar, permaneció estático y atento a las explicaciones de Thranduil—. No somos ignorantes a lo que ocurre afuera, el número de orcos es cada vez mayor y con cada día que pasa, se acercan más a nuestros límites. Es por eso que ocupamos a nuestros súbditos en la vigilancia y fortificación de nuestros hogares y fortalezas. —agregó.
—Disculpe si no hemos tenido tiempo de husmear en los asuntos fuera de nuestro reino. —acotó Oropher irónico desde lo alto de su trono—. Y sí, he bajado de este pedestal múltiples veces desde que Eregion cayó. No sé si es usted el que bajó la vista de su altivo caballo para dar cuenta que los hogares de los silvanos que vivían más cerca de los límites, hoy se hallan deshabitados. He estado muy ocupado brindándoles nuevos espacios donde construir sus casas y construyendo una morada mucho más segura, con túneles de escape que tuve que dejar inconclusos, pues planeábamos conectarlas con las montañas que guían a Eregion... Como verá, tenemos demasiado trabajo como para cotillear sobre otras ciudades como un grupo de tejedoras chismosas. —añadió serio.
Thranduil se lamentó por el último comentario, pues estaba comenzando a apoyar a su padre.
—¿De qué asunto es el que tenemos que anoticiarnos, Lord Celeborn? —preguntó el príncipe, intentando ignorar las miradas de odio que ambos elfos se estaban propinando.
—No vine a informar nada. —aclaró Celeborn—. He venido a asegurarme que su padre cumpla con el tratado. —anunció—. Una vez se firmó un pacto entre Lindon y este bosque. Ambos prestarían ayuda en caso de que Eregion la necesitara. Sin embargo, Eregion ardió y solo Lórien respondió a su llamado... El bosque de su majestad, Oropher, lo vio quemarse frente a sus narices y no hizo nada. —acusó Celeborn.
Oropher chasqueó la lengua y volvió a sentarse en el trono.
—No pretenderá acusarme de insensible e incumplidor, Celeborn. —contestó el rey—. Sí hice algo por esa gente, los recibí en mi reino y les di abrigo, protección, puse a mis sanadores a su disposición. —añadió.
—Luego de que miles murieran en el asedio... —masculló Celeborn.
—¡Oh! —exclamó Oropher fingiendo molestia y se llevó la mano al costado de su boca con expresión exagerada de sorpresa—. Disculpe usted, ¿Pretendía que enviara a mis ejércitos a morir allí? —comentó y cambió su expresión burlona por una severa—. Cuando Mordor llegó a las puertas de la ciudad, la asedió y la derribó, sus fuerzas eran mayoritarias. ¿Qué creyó? ¿Que enviaría solo a mis ejércitos para dejar este bosque desprotegido? Hubiera regresado con un tercio de mis fuerzas con suerte y hubiéramos sido los siguientes en caer. ¡No sea insensato, Celeborn! Tal vez usted no esté al mando de un reino, pero eso no lo hace un imbécil, ¡Piense! —Su grito hizo eco en toda la habitación e incluso su hijo se permitió saltar del susto, perturbado por la violencia de su discurso.
—¡Desventajado o no, majestad, fue exactamente eso lo que firmó en el tratado y a la hora de responder lo incumplió! Pero ahora yo estoy aquí para asegurarme que cumpla, me lo debe. —aseguró el esposo de Galadriel. Oropher alzó una ceja despreocupado, no se dejaría amedrentar por Celeborn.
—Yo no le debo nada. —soltó conforme.
—¡Te alimenté por meses, Oropher! ¡Puse comida en tu boca, la de tu familia y la de tus súbditos! —gritó Celeborn enfurecido. Incluso había olvidado sus buenas formas y su trato formal. Thranduil cerró los ojos disgustado y apretó los puños en su lugar, sin poder hacer nada.
—Si por mí hubiera sido, —prosiguió Oropher—, no le hubiera pedido ayuda. De hecho no lo hice, fue algo que mi hijo, incumpliendo mis órdenes, ejecutó. —explicó—. Además, según recuerdo, esa deuda ya fue saldada. Le entregué a mi mejor soldado por meses para que instruyera a su hija. —afirmó extendiendo su mano hacia Thranduil.
—¡¿Crees que un solo elfo vale toda esa comida que quité de las reservas de mi reino, de la boca de mis elfos?! —inquirió Celeborn colérico.
—¡No te atrevas! —exclamó Oropher y comenzó a bajar las escalinatas del trono con celeridad y enfado—. ¡Es mi hijo de quien estás hablando! ¡Por supuesto que vale más que comida, más que el oro, más que cualquier cosa en este mundo! Prescindí de él por meses, te di uno de mis tesoros más preciados, ¡¿Y aun así consideras que esa deuda no fue saldada?! —Se quejó iracundo.
Al llegar al final de la escalinata, él y Celeborn se acercaron furiosos el uno al otro. Thranduil entonces tuvo que separarlos antes de que la discusión se convirtiera en una contienda. A los gritos, el príncipe se posicionó en medio de ambos señores y los alejó extendiendo sus brazos.
—¡Señores, por favor! ¡Parecen niños, qué vergüenza! —reprendió el rubio. Oropher dio dos pasos hacia atrás acomodándose la túnica y la corona.
—¡Estoy defendiendo el honor de mi casa! —Se excusó Oropher.
—Padre, ya basta. —aconsejó Thranduil intentando calmarlo.
—Tu casa, tu hijo, tu reino, tú, tú, tú, ¡Todo es sobre ti! —acusó Celeborn. Oropher ahogó un suspiro con expresión de odio y Thranduil giró hacia él para detenerlo.
—¿Lo ves? Se cree con el derecho de entrar a mi reino e insultarnos. —insistió Oropher.
—¡Lord Celeborn! —regañó Thranduil—. ¡Ya basta, los dos! ¡Acábenla, ya! —gritó molesto. Su expresión era seria, tanto que asustaba. Celeborn juntó las manos y dio dos pasos lejos de Oropher. Bufó intentando calmarse y pidió disculpas. Oropher, que rara vez había visto a su hijo enfadado, hizo lo mismo—. A mí no me pidan disculpas, háganlo entre ustedes. —ordenó el muchacho.
Escondida tras una columna, Liswen sonreía aliviada.
—Ese es mi elfo. —susurró orgullosa.
Luego de la acalorada discusión, Thranduil obtuvo el permiso de su padre para conciliar entre ambos.
—¿Qué ha venido a solicitar, Lord Celeborn? —indagó más tranquilo, pues todos se habían calmado.
—Su apoyo para limpiar las tierras de Eregion, alteza, majestad. —pidió serio—. Lórien se encuentra muy cerca de su paso en las montañas, todos los días vemos a grandes ejércitos de Mordor desplazarse hacia allá. La ciudad se ha convertido en un punto de operaciones del mal. Allí descansan los ejércitos que luego marchan a Lindon. Así que el mundo se ha partido en dos. No podemos comunicarnos con su majestad Gil-Galad, porque todos nuestros mensajes serían interceptados y nuestros mensajeros torturados o asesinados. —explicó. Thranduil oyó con atención pero Oropher no sonó demasiado interesado.
—Eregion está por fuera de nuestros límites. —expresó de mala gana—. Gil-Galad no quiso siquiera darnos aviso de la presencia de Annatar en esta tierra. ¿Por qué habría de preocuparme su destino? Si una sola criatura me interesa de esas tierras actualmente es la única que se dignó a notificarnos. El único hijo de Eru confiable en ese reino: Elrond, hijo de Eärendil, por si no le quedó claro. —nombró el rey.
—Disculpa la intromisión, padre, pero creo que debería preocuparnos lo que ocurre en Eregion. —opinó Thranduil—. Tú mismo lo mencionaste, tuvimos que dejar nuestros túneles de escape inconclusos porque conducían a Eregion y no teníamos otro lugar donde ir. ¿El Este? Las tierras están desoladas y las montañas de hierro tomadas por los enanos de Moria. No habrá paz entre nosotros si nos establecemos cerca. —explicó—. Y el norte... El norte no es una posibilidad bajo ningún término. —añadió con temor mirando un punto fijo mientras en su cabeza imaginaba un nido de dragones enroscados unos con otros como serpientes. Temía sobremanera por su esposa y su hijo.
—Limpiar esas tierras es beneficioso para ambos reinos, escuche a su hijo. —aconsejó Celeborn.
Oropher dudó silencioso y estaba a punto de negarse a ayudar, cuando su hijo giró hacia él y lo reverenció solemne.
—Propongo lo mismo, padre. Escúchame. —prosiguió Thranduil—. El plan de Mordor parece ser hacerse con el control del mundo. Si dejamos que tomen Eregion para ellos, no solo el mundo estará partido en dos. —reflexionó—. Tal vez no te importe lo que ocurra en Lindon, padre, pero nosotros estamos tan cerca de Eregion como Lórien, y el peso de Mordor caerá tarde o temprano sobre este bosque. Tienes un nieto y dos hijas que deben vivir. —Le recordó—. Sabes que yo me quedaré a tu lado a defender nuestras tierras, pero Legolas, Liswen y Morwenna tendrán que huir y me gustaría que tuvieran un lugar seguro por el que escapar. No podremos lograrlo si el camino secreto los conduce a una tierra infectada de orcos y bestias malignas.
—Desproteger nuestra fortaleza y enviar a morir a nuestra gente tampoco es buena idea. —mencionó Oropher—. Además, los silvanos verán como un castigo que les ordene marchar al frente... Ya sabes porqué, nuestra reputación pende de un hilo, Thranduil. —añadió casi en susurros recordándole a su hijo el descontento que había en el pueblo gracias a su actitud respecto del nacimiento de Legolas.
—Esto no es para beneficio de la familia real, padre. Los orcos no harán miramientos a la hora de tomar nuestro reino y nos matarán a todos por igual. —declaró apoyado por Celeborn—. Pueden elegir entre morir luchando para proteger a sus familias de un asedio, o morir luchando junto a sus familias cuando los orcos ingresen en el bosque y hasta los niños pequeños deban luchar por sus vidas. —añadió—. Así que yo iré. Yo lideraré el ejército que luche en Eregion. —aseguró. Oropher se sobresaltó ante tal decisión y negó tenso:
—No, Thranduil. —comandó y en su mirada se pudo notar su preocupación—. Tú te quedarás aquí, no me pidas que envíe a mi hijo a hacer un trabajo peligroso mientras me quedo sentado tranquilo en este trono. —agregó muy firme. Fue su hijo el que negó esta vez.
—¿Quieres que nuestra reputación mejore? —ofreció Thranduil—. Dales un príncipe al que puedan ver luchando codo a codo con ellos como un soldado más. Un aprendiz de monarca que se preocupe por algo más que la familia real. Tienen que recuperar la confianza en mí, adar (padre). Tengo que poder enmendar mis errores.
Oropher se frotó la frente molesto e inconforme y al otro lado del salón, detrás de una columna que la escondía, Liswen apoyó la cabeza en el mármol frío e intentó calmarse para idear un plan. Temía que al dejar ir a Thranduil, no volviera a verlo, pero también que al decidirse en ir con él, fuera a su pequeño a quien no volviera a ver. No sabía qué hacer, pero de algo tenía certeza: No podía quedarse en el bosque sin hacer nada, sabiendo que ante una invasión enemiga no tenían hacia donde huir.
Cinco años sin paz se instalaron en las vidas de los elfos; sin importar su procedencia, todos sintieron el embate de la maldad de un modo u otro. Los hijos del bosque verde pelearon en Eregion junto a los ejércitos liderados por Celeborn, con el afán de romper la brecha que Mordor había creado, la cual separaba los dos lados del mundo.
En Lindon, por su parte, la situación no fue diferente. Gil-Galad ordenó salir al encuentro de las bestias para que los ejércitos malignos no ingresaran a su fortaleza, pero los mensajeros que había enviado al sur llegaron con la contienda iniciada en Harlindon, y pronto, los sobrevivientes de aquella batalla cruzaron el Golfo de Lhún para reunirse a las fuerzas de su monarca.
Elrond obedeció y permaneció junto a los arqueros, viendo el horror que se desperdigaba por toda la tierra que una vez había llamado hogar y cuando la defensa fue insostenible, Gil-Galad le encomendó utilizar los túneles de escape que conducían a las cadenas montañosas del norte y allí, encontrar un refugio en el menor tiempo posible.
Pero los meses se escurrieron con rapidez de sus manos y aquel lugar que Gil-Galad había ordenado encontrar estaba demasiado lejos. Así fue que el grupo liderado por el hijo de Eärendil estableció un campamento seguro en un rincón del frondoso bosque de Eriador y se dio a la caza de cada tropa de orcos y bestias que pasara por allí.
Uno de esos días, en medio de la desesperación y el cansancio, Elrond tuvo la oportunidad de dormir unas pocas horas en una de las tantas tiendas improvisadas que los elfos de Lindon que lo acompañaban, habían construido. Al despertar, observó todo a su alrededor con incertidumbre. Decidido a que encontraría la respuesta afuera, aunque aun un poco alarmado por la ausencia, olvidó colocarse su armadura, pero no dejó su espada. Salió apurado arma en mano mirando a todos lados.
—¡Tauriel! —llamó girando entre los elfos que cruzaba en el camino, buscando la cabellera roja de la niña—. ¡Tauriel! —Volvió a nombrar, un poco más desesperado.
En su camino, se cruzó con Lindir, que venía gritando tan desesperado como él, pero otro nombre era el que sonaba en su voz.
—¡Ninquë! —llamaba el muchacho. Elrond corrió hacia él.
—¡¿Has visto a Tauriel?! —preguntó alarmado. Lindir negó con la cabeza.
—¿Y tú has visto a Ninquë? Ya lleva dos horas sin regresar... —informó preocupado. Elrond negó—. Ay, Elrond...
—¿Crees que estén juntos? —preguntó el heraldo y se contestó a sí mismo—. Eso espero, porque... ¡Tauriel! —llamó una vez más girando su cabeza a todas partes.
—¿Cómo fue que le perdiste el rastro? —indagó Lindir siguiéndolo apresurado, ya que Elrond comenzaba a caminar sin rumbo fijo buscando a la niña.
—¡Me eché a dormir! —exclamó con culpa—. ¡Decidí dormir un par de horas como un imbécil! Y cuando desperté, ella ya no estaba y yo... ¡La busqué en todas partes! Creí que estaba escondida en algún lado, o que había salido de la tienda, pero salí, la busqué en los alrededores, ¡Y no está! ¡No está! —Comenzó a repetir con desesperación en un discurso acelerado y nervioso mientras giraba sobre su eje intentando cubrir con la mirada cada punto del campamento.
—Elrond... ¡Elrond! —exclamó el muchacho para obtener su atención—. Tranquilo, la buscaremos juntos y los encontraremos a ambos, todo está bien. —dijo Lindir intentando calmarlo y puso su mano sobre su pecho para detener su marcha, pero el heraldo se echó hacia atrás y continuó su búsqueda desesperada.
—¡No, nada está bien! ¡Tauriel no está! —exclamó angustiado—. El bosque es peligroso incluso dentro de este campamento, si una tropa de orcos pasó y ella... Estaba lejos, Lindir, —habló entrecortado imaginando la situación—, y si uno de ellos estaba hambriento o... O simplemente por su naturaleza vil se la llevaron, o la lastimaron... ¡O la mataron! —gritó fuera de sí y se alejó del muchacho—. ¡Tengo que encontrarla! ¡Tauriel! —Volvió a llamar, con lágrimas en los ojos.
En el Gran Bosque Verde, Legolas corría por su vida agitando su brazo en torno a la fortaleza de Oropher. Thranduil estaba de pie junto al ventanal de su habitación, pero por alguna razón no podía moverse. Detrás, una altiva figura negra como la sombra de Morgoth que había aterrorizado a los elfos de la primera edad, lo perseguía con un ariete en la mano y en uno de sus dedos, Thranduil pudo avistar que un objeto brillante destellaba poderoso; era el anillo único. Aquella fue la vez que el hijo de Oropher le vio la cara a Sauron.
—El ojo de fuego se cernirá amenazante sobre las cabezas de los hijos de Eru y para el final, no quedará nada que contemplar. —oyó el príncipe a sus espaldas.
Un potente olor a quemado brotó en la habitación en la que estaba, y mientras veía a su hijo mover las piernas acelerado sin avanzar un solo paso cuando la sombra de Sauron se tragaba todo lo bueno en él, Thranduil siguió el instinto de su nariz y al girarse, la imagen oscurecida de su esposa estalló en cenizas frente a su rostro.
—¡No! —gritó el hijo de Oropher y de un salto, se sentó en la cama de la casa de curación del bosque.
A él corrieron Liswen, Oropher y Morwenna y mientras su esposa intentaba recostarlo de nuevo en su cama, Oropher ordenaba a los silvanos constatar la salud de su hijo.
—Todo está bien, Thran. Tranquilo. Estás en casa. —habló Liswen entre chistidos para calmarlo.
Thranduil miraba a todos lados con temor y sorpresa. Todo había sido una pesadilla, pues su esposa se encontraba en perfectas condiciones frente a él.
—Fue un sueño, Thranduil. —aseguró su padre intuyendo que el grito de su hijo se había debido a la pesadilla en la que se veía inmerso—. Tu cansancio era grande, pues diste hasta lo último de tu energía en la última contienda, pero al regresar aquí, te negabas a dormir a pesar de los mareos. Tuvimos que usar hierbas potentes para inducirte al sueño y con eso corríamos el riesgo de que tuvieras sueños perturbadores. —afirmó.
—Pero tranquilo, meleth. (amor)—agregó Liswen acariciando su rostro—. Solo fueron pesadillas...
—Legolas. —indagó Thranduil repasando que su hijo no estaba en brazos de ninguno de sus familiares. Por un momento había olvidado la cantidad de años que habían pasado desde su salida del bosque.
Morwenna señaló la cama cercana a la puerta y el príncipe avistó a un pequeño de cabellos rubios que dormía abrazado a un muñeco de tela.
—Ada (papá) no estaba, —explicó la princesa—, así que tuvimos que describírselo con historias y comentarios. Para hacerlo más real, le armé un ada con retazos de tela del taller de costura y desde entonces no se ha separado de él. —contó con una sonrisa graciosa—. Además, cuando llegaste, Lego se negó a quedarse fuera de este lugar. Ha estado durmiendo, jugando e incluso comiendo aquí, esperando que despertaras. —añadió.
Thranduil se levantó a pesar de los pedidos de su padre y su esposa de permanecer en la cama y caminó hacia Legolas. Al llegar junto a él, el pequeño dormía tranquilo, aferrado al muñeco de Thranduil como si la vida se le fuera en ello y entonces el elfo lo comprendió: La conexión que tenían era mucho mayor que la de cualquier otra relación que pudieran tener con otros. Legolas era exactamente como el príncipe del bosque lo había soñado corriendo para escapar de Sauron y aquello lo llenó de terror, aunque también de ternura, porque con mucha pena había dejado a su esposa y a su hijo en el reino cuando este apenas era un bebé y no había vuelto a verlo, todos los días pensándolo desesperado añorando regresar con él, pero al volver y verlo luciendo exactamente como en su sueño creyó que tal vez algo de Legolas lo había devuelto a la consciencia.
—Mi pequeña hojita, mírate, has crecido tanto... Pronto serás un árbol. —susurró Thranduil con gracia posando un beso tierno sobre la cabeza de su hijo—. Ya puedes dejar ese muñeco, estoy aquí para ti y no te dejaré nunca. —anunció recostándose frente a Legolas y envolviéndolo con su brazo.
El pequeño estiró los brazos hacia el pecho de su padre, y aun en sueños, se acurrucó junto a él. Oropher caminó junto a las princesas hacia el lecho de Thranduil y asintió aliviado.
—Se pondrá bien. Necesita dormir un par de horas más. —soltó tranquilo.
—¿Más? —preguntó Morwenna asustada—. Lleva tres días durmiendo, ¿cuánto más puede dormir? —añadió.
—No había dormido en meses cuando se fue de aquí y dudo que haya dormitado más de diez minutos en todo este tiempo en Eregion. —acotó Liswen y se preparó para acostarse junto a su esposo y su hijo—. Será mejor que una vez que quiera dormir, lo dejemos así pasen dos semanas. —agregó abandonando toda la preocupación que le quedaba.
Así, con cuidado corrió a Legolas hacia su padre y se recostó tras él. Las camas para los heridos eran amplias, pero no llegaban a tener el tamaño adecuado para albergar dos elfos, por lo que dormir los tres allí parecía un imposible. Pero Liswen se las arregló para que todos entraran medianamente cómodos, aunque sí muy juntos. Una vez que encontró la posición ideal, con la frente suya chocando con la de Thranduil, Oropher y Morwenna se miraron cómplices.
—¿Les decimos que ya pueden regresar a su habitación? —consultó la princesa.
—O podemos apostar quién se cae primero de la cama. —ofreció el monarca. Morwenna frunció el ceño confundida, aunque divertida con la opción.
—¿Por qué todos los elfos aman las apuestas? —indagó.
—Elrond no. —mencionó Oropher de repente y Morwenna se sorprendió de escuchar ese nombre primero en boca de su padre, pues usualmente era ella quien lo traía a la conversación.
—Es verdad, Elrond no. —coincidió y calló, preocupada por muchas razones. Las principales eran que no sabían nada del heraldo, y además, de saber que se encontraba bien, no estaba segura de cuál sería su reacción al reencontrarse, puesto que su última conversación había sido una discusión. No podía enviar cartas, pues todos los reinos estaban incomunicados con Lindon y de todas formas no lo encontraría allí.
—¿Crees que esté bien? —preguntó Oropher quitándola de sus pensamientos y con genuina preocupación.
—¿Podemos pensar otra cosa? —contestó su hija y Oropher la abrazó.
De regreso al campamento, Lindir no se rendía e incluso a oscuras, buscaba a Tauriel junto a su gato. Elrond sin embargo no había encontrado rastro alguno de la elfa, y a pesar de no haber encontrado signos de lucha o paso de los orcos en la zona, continuaba sumamente preocupado y angustiado. Detrás de Lindir, caminaba pesado arrastrando la punta de su espada en el suelo.
—¡Tauriel! ¡Ninquë! —llamaba con sus manos a los costados de su boca.
—¿Lindir? —Se oyó frente a ellos.
Tauriel soltó a Ninquë y entrecerró los ojos para comprobar que quienes venían caminando hacia ella fueran efectivamente el muchacho y su padre.
—¡Tauriel! —llamó sorprendido el hijo de Eärendil y luego de una carrera corta, cayó de rodillas frente a la elfa con los brazos abiertos—. ¡¿Estás bien?! ¡¿Dónde estabas?! —inquirió observándola en detalle a pesar de la oscuridad.
—Adar, Ada... (Padre, papá...)—nombró para tranquilizarlo tal y como Lindir solía hacer.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué tienes?! ¡¿Qué te hicieron?! ¡¿Qué?! —preguntaba repetidamente Elrond sin darle tiempo de hilar una sola oración.
—Ya, está bien, estoy bien.—repitió la pequeña abrazándolo y Elrond se aferró a ella suspirando para liberar toda la angustia que había acumulado en pocas horas.
—¡No vuelvas a desaparecer así! ¡¿Dónde estabas?! —insistió el heraldo.
—¿Por qué mi gato está acorazado? —preguntó Lindir, que abrazaba a Ninquë, o mejor dicho, la cantidad de metal que lo recubría. Elrond y Tauriel se volvieron hacia él y el hijo de Eärendil intercambió miradas confundidas entre el gato y la elfa.
—Lo siento, ada, estaba aburrida mientras dormías la siesta, así que salí y vi a Ninquë. —comentó la niña. Elrond suspiró apenado—. Entonces recordé que él siempre va con ustedes cuando salen a cazar orcos y tú siempre dices: Todos tienen que llevar una armadura para pelear, el que no la tenga, no viene conmigo. —explicó Tauriel casi recitando la frase imitando la voz grave de Elrond, lo cual le causó gracia a Lindir—. ¡Pero Ninquë no tiene ninguna y lo dejas ir igual! —exclamó horrorizada—. Y no es justo, si un orco lo ataca, él no estará protegido. Así que fui con los herreros y les pedí que le hicieran una armadura apropiada para pelear. —contó ocurrente—. ¡Y mira! Incluso me dieron una cadena que se ajusta a su pechera para llevarlo contigo, Lindir. —añadió alegre extendiendo la cadena al muchacho—. Perdón por preocuparte, ada, pero esto no podía seguir así. —finalizó la elfa con aires de adulta asintiendo en torno a Elrond.
El hijo de Eärendil la miró con ternura, sumamente atento a todo lo que ella decía. Tauriel en su inocencia, parecía recaer en los pequeños detalles que los demás pasaban por alto y además, era creativa, pues de todos los elfos en el campamento, solo a ella se le había ocurrido crearle una armadura a Ninquë.
—Ay, Tauriel... —suspiró Elrond y acomodó su cabello rojizo detrás de su oreja—. Por favor, la próxima vez que vayas a alguna parte, dímelo antes. Creí que te había pasado algo malo, hija... —comentó en un tono suave y la elfa asintió seria.
—Lo siento, ada. —Se disculpó disgustada.
—No te aflijas, pequeña, no estoy enfadado, pero sí me asusté mucho. —Le hizo saber.
—Te prometo que no volveré a irme sin avisar. ¡Pero es que estabas dormido! —Se excusó.
—Por más dormido que esté, me despiertas antes, ¿Sí? —pidió y ella asintió—. Ya, ya pasó el susto, —agregó con un beso en su frente—, volvamos, que si todo está bien en la mañana, podremos continuar nuestro viaje. —anunció.
Mientras caminaban hacia sus tiendas, ya con la luz de las fogatas de los elfos iluminándolos, Lindir pudo apreciar en detalle la armadura de Ninquë. Parecía armada por partes con pedazos de armaduras recicladas y materiales abandonados luego de las luchas, pero en esencia, cumplía su objetivo de proteger las partes vitales con eficiencia. La pechera, que se ajustaba con unas finas pero resistentes tiras de cuero, se unía a la coraza que le cubría el lomo hasta el rabo, dejando este y las patas deambular libremente. Sobre la cabeza, reposaba una liviana capa de metal que le cubría incluso la parte exterior de las orejas y caía alrededor de los ojos, cubriéndole incluso la nariz. Era un trabajo fino y bastante bien logrado para pocas horas, por lo que el muchacho quiso saber más sobre su construcción.
—¿Quién hizo la armadura? —preguntó caminando junto a Tauriel y Elrond, que iban de la mano. La elfa volteó su cabeza hacia él y se encogió de hombros.
—¿Qué dijeron cuando les dijiste que era para un gato? —indagó Elrond.
—Se rieron. —aseguró la niña. Elrond asintió sonriente y burlón—. Pero luego les dije que los iba a acusar con mi abuelito, su majestad, Gil-Galad, y él los iba a usar de carnada para orcos si no lo hacían... Y allí se pusieron a trabajar. —agregó.
Elrond y Lindir se miraron asustados, pero el primero en soltar la carcajada fue el más joven de los Invencibles.
—Es como criar a Haemir... —comentó Lindir secándose las lágrimas de risa—. Descuídate y en diez años más estará en Mordor exigiendo que la guerra termine si no quieren que su otro abuelito baje con su barco volador y le corte la cabeza al mismísimo Annatar. —añadió entre risas. Pero Elrond no se rió, solo hizo una mueca burlona.
—Tauriel, no puedes ir por la vida amenazando elfos. —reprendió suave el hijo de Eärendil ingresando en su tienda.
—¡Se estaban burlando, ada! —exclamó la pequeña excusándose muy segura—. Siempre se están burlando, ya estoy cansada. —acotó molesta y se desplomó sobre la pequeña manta donde había estado jugando con Elrond antes de que este se echara a dormir.
—¿Cómo es eso de que se burlan? —preguntó el heraldo, de pie frente a ella. Tauriel bajó la vista y fingió interés en una muñeca improvisada con hojas de maíz que las elfas le habían hecho.
—Te vas a enfadar si te digo... —susurró.
Elrond cerró los ojos y negó con un suspiro ahogado. Con solo oír eso, pudo intuir lo que la pequeña elfa guardaba tras su boca. Entonces Lindir, que también parecía entender a lo que ella se refería, se sentó frente a la elfa y la observó juguetón.
—¿Te cuento un secreto? —ofreció. Tauriel levantó la vista hacia él y lo observó atenta—. Lo que a Elrond verdaderamente le hace enojar, es que tú sufras. —dijo seguro—. ¿Y te cuento otro secreto? A mi también. Me pone furioso ¡Grrr! —gruñó levantando las manos como garras y Tauriel rió tímida—. Y cuando eso pasa, —agregó mientras Elrond se cruzaba de brazos observándolos con ternura—, ¡Me convierto en un balrog come elfos! ¡Grrr! ¡Aaargh! ¡Quiero devorar elfos! —exclamó tomando un brazo de Tauriel y la niña chilló entre risas mientras intentaba soltarse—. ¡Un delicioso bracito de elfa! ¡Qué rico! ¡Aargh! —añadió mientras Tauriel lograba liberarse y corría detrás de Elrond.
—¡Adar! —exclamó alarmada—, ¡Lindir me quiere comer! —anunció escondiéndose tras él.
Elrond rió encantado por el juego de ambos y tomó en brazos a Tauriel.
—Ese no es Lindir, es un balrog, ¿No ves? —expresó enseñándole al muchacho, que se acercaba lentamente a ellos con los brazos en alto, gruñendo y mostrando los dientes exageradamente—. ¿Quieres que vuelva a ser Lindir? —preguntó alejándose conforme él se acercaba a ellos. La elfa asintió con los ojos muy abiertos y Elrond sonrió antes de darle un beso en la mejilla—. Tienes que decirnos porqué los elfos se están burlando.
—Bien, ¡Ya, ya, lo diré! —gritó divertida mientras Lindir se acercaba a morderle un pie.
—Oh, —acotó el muchacho irguiéndose y acomodándose la ropa y el cabello, fingiendo regresar a la normalidad—, muy bien, muy bien. —añadió riendo.
Elrond la bajó de sus brazos y los tres se sentaron en el suelo, sobre la manta en la que Tauriel jugaba.
—Los otros elfos se burlan de mí porque dicen que no tengo una nana, (mamá) sino dos edair. (padres) —informó. Lindir tragó saliva y echó una mirada lastimosa sobre Elrond, pero este le devolvió una media sonrisa que lo hizo despreocuparse—. Dicen que no es natural, —continuó Tauriel—, que nunca seré normal porque si me crían solo tú y Lindir, creceré como una dengueje... Denege... Degene.. —titubeó intentando recordar la palabra que había oído.
—Degenerada. —Le ayudó Elrond con seriedad y ella asintió.
—Eso, no sé lo que significa, pero no es una palabra buena, porque siempre la dicen entre dientes. —aseguró la niña con gesto pensativo, picándose los labios con el dedo índice.
—¡Eso no es verdad! —exclamó Elrond con hartazgo repentino—. ¿Degenerada porque te estamos criando entre los dos? ¡Bah! ¡Ellos son los degenerados, e ignorantes! —aclaró y bufó hastiado de las habladurías de los elfos. Tauriel entonces lo señaló alarmada.
—¡Sabía que te ibas a enojar! —chilló angustiada.
—No, Tauriel, no es contigo, chiquita, no. —aseveró Lindir y se levantó a abrazarla. La tomó en sus brazos y sentándola sobre su regazo, la acurrucó sobre su pecho—. Es porque esos elfos que dicen esas cosas... ¡Son unos tontos! —afirmó.
—¡Ya lo sé! ¡Y no me gusta que digan esas tonterías! —acordó la elfa levantando la vista hacia Lindir y este asintió sonriendo tierno—. Por eso los amenacé cuando se rieron cuando fui a pedir una armadura para Ninquë, —prosiguió mientras Elrond la observaba atento y callado, intentando calmarse—, porque dicen que nuestra familia es antinatural y extraña. —insistió—. No me importa lo que digan, ada, yo sé que no es así, que mi ada y mi nana fueron atacados por los orcos y no pudieron quedarse a cuidarme, entonces mi ada Haemir eligió que tú seas mi nuevo ada, —Le recordó a Elrond—, y soy muy afortunada de que Lindir también lo quiera ser, pero... Ellos no lo pueden ver así. —resolvió afligida—. Y eso duele, ada, porque soy la primera elfa con dos papás en este campamento, pero no seré la última. Cuando encontremos el refugio que su majestad pidió, serás señor de ese lugar y más elfos se nos unirán. Debe haber más niños como yo. —aseguró—. ¿Cómo podrán vivir con nosotros si los elfos siguen burlándose? Alguien tiene que detenerlos. —expuso seria.
Elrond y Lindir se miraron en silencio. Tauriel apenas tenía cinco años y ya estaba tomando partido en asuntos que Elrond tendría que haber puesto en orden desde el instante en que se establecieran en ese campamento, o incluso mucho antes, pero había ignorado. Los asombraba la elocuencia y el grado de empatía que esa pequeña criaturita había desarrollado en poco tiempo y el desparpajo con el que se desenvolvía entre los elfos, incluso cuando la solución elegida no era la correcta, pero sus amenazas no eran por tiranía, más bien se debían a su falta de experiencia.
—No es tu trabajo detenerlos, Tauriel, pero me alegra que nos lo hayas comentado para poder ocuparnos como es debido. —declaró Elrond con una sonrisa tierna y la niña se precipitó a sus brazos.
—Lo que sea porque Lindir no se convierta en balrog. —susurró al oído del heraldo mientras lo abrazaba y lo hizo reír.
—Lindir no se convertirá en balrog mientras no amenaces elfos. —advirtió el moreno.
—Aunque... Gracias por la armadura de Ninquë. —agradeció el muchacho y los tres sonrieron—. Si no fuera por tu hija la mafiosa, Elrond, mi hijo seguiría desprotegido. —acotó encogiéndose de hombros en torno al heraldo.
—Oh, claro, si amenaza elfos es mi hija, sino es tuya. —comentó el moreno y Lindir rió.
Lejos de allí, otra risa se oía, pero más apagada. En el bosque de Oropher, luego de la cena, Liswen fingía leer un libro con completo interés, pero en realidad aprovechaba la distracción de Thranduil y Legolas para dirigir su mirada y su atención a ellos.
—Y... —dudó Legolas sentado sobre un taburete frente a Thranduil, que aguardaba erguido de perfil en una silla del escritorio de su esposa—. ¿Cuándo dejaste de temerle a los orcos? —preguntó inclinándose de costado para verlo a través del bastidor—. Porque... Yo los he visto y... —Thranduil giró su rostro hacia él y lo observó alarmado. Acto seguido intentó voltearse hacia el balcón donde su esposa leía, pero Legolas lo interrumpió—. No, no, ¡Desde lejos! —aclaró levantando las manos con los dedos negros por la carbonilla, llevando tranquilidad a su padre—. Por las ventanas. —añadió—. Y... No sé si podría alguna vez matar uno. —confesó temeroso chocando sus dedos índices. Thranduil rió enternecido.
—Creo que nunca dejas de temerles. —declaró el príncipe y Legolas regresó a su tarea desganado, pues creyó que nunca sería un caballero—. Pero eso no significa que no los enfrentes. —agregó apoyando su codo en el escritorio y reposando su cabeza sobre su puño. Cuando Legolas asomó su rostro por el costado del lienzo que estaba pintando, Thranduil le devolvió una sonrisa levantando ambas cejas a la vez dos veces. Legolas abrió la boca con curiosidad y asintió sorprendido.
—¿Le tienes miedo a los orcos? —indagó Legolas anonadado. Thranduil asintió sin dudar.
—Y es más, cualquier elfo que te diga que no les teme... Está mintiendo. —declaró a continuación.
—¿Y cómo los enfrentas entonces? —consultó Legolas confundido—. Porque... De solo pensar tener uno cerca, solo quiero correr y esconderme bajo la cama. —reconoció el pequeño.
—Pues... Siempre pienso en lo que pasaría si lo dejo continuar su camino. —explicó—. No te mentiré, me dan mucho miedo, —confesó Thranduil y Liswen dejó su libro a un lado, para observar atentamente la escena—, pero más miedo me da que lastimen a quienes más amo. Un orco que no enfrente, es un orco que puede hacerte daño, o a tu madre.
—O a la tía Morwe. O al abuelo. —reflexionó Legolas torciendo la boca preocupado.
—Exactamente. Pienso en ustedes cuando desenfundo mi espada y los enfrento, porque el amor que siento y mi deseo de cuidarlos, es más fuerte que cualquier miedo. —Le hizo saber—. Busca tu causa, Legolas, encuentra algo o alguien por lo que luchar y verás como a pesar del miedo, te lanzas a enfrentar cualquier cosa. —aconsejó.
—Oh... —asintió Legolas y quedó pensativo un momento—. ¿También un balrog? —preguntó curioso y esta vez, Liswen rió con ganas.
—No solo tienes que aprender a enfrentar tus miedos, Lego. —acotó ingresando en la habitación y parándose detrás de Thranduil—. También tienes que aprender cuándo es mejor correr por tu vida. —declaró envuelta en risas.
—¡Pero Glorfindel mató uno, nana! (mamá) —acusó el pequeño—. La tía Morwe me leyó la historia del libro de ada. —agregó retornando a su retrato.
—Pero Glorfindel está a otro nivel, Lego. —reconoció su madre.
—Un balrog no es una criatura que cualquiera pueda combatir, Legolas. —afirmó Thranduil—. Si un día ves uno y yo no estoy ahí... Recuerda esto: Pon a salvo a la mayor cantidad de criaturas que puedas y huye con ellos, ponte a resguardo, ion. (hijo) Prométeme que no lo enfrentarás. —solicitó el príncipe con preocupación. Legolas estiró el cuello hacia él y asintió seguro varias veces.
—Lo prometo, ada. —dijo y soltó su trozo fino de carbonilla, limpiándose las manos con un trapo amarillento que había sobre el escritorio—. ¡Listo! —anunció alegre—. Espero que te guste. —Le dijo a su padre.
Liswen y Thranduil se apresuraron a ir con él para admirar el retrato del príncipe que el pequeño había dibujado. Grande fue su sorpresa cuando comprobaron que, a pesar de algunos detalles que le faltaban pulir con técnica y estudio, Legolas poseía un gran talento para el arte.
—Oh, Legolas, ¡Es hermoso! —halagó Liswen abrazando a su hijo por detrás.
—Sacaste el talento de Morwe, sin dudas. —reconoció su padre recordando que su hermana era una excelente dibujante—. ¡Es maravilloso, hijo! Enviaré a enmarcarlo para colgarlo en el pasillo junto a los cuadros de tu tía. —anunció acariciando el hombro de Legolas.
—El próximo será un retrato de ustedes dos. —dijo el pequeño volteando a sus padres. Liswen asintió gustosa.
Aun no clareaba la luz del alba sobre el bosque. Morwenna, sin más compañía que la de sus pensamientos recurrentes, las que la quitaban del sueño más de una vez por noche, salió al balcón y miró hacia el cielo.
—¡Si tan solo en el brillo de la joya en su frente pudiera verlo reflejado! —exclamó en torno a la estrella de Eärendil—. ¿Qué caminos recorre Elrond, lejos de mí? ¿Está a salvo? ¿Está bien? —preguntó angustiada sabiendo que nadie le respondería—. Guíelo a puerto seguro, Eärendil, que todo mal que pese sobre él, recaiga en mí. —pidió sabiendo que tal vez, estaría echándose una maldición encima. Pero haría cualquier cosa por saberlo a salvo y por eso no titubeó en desearse el mal, con tal de librarlo de su pesar.
Esa tarde, Elrond y su gente encontró un tramo del río Mitheithel de poca profundidad por el que cruzar al otro lado sin problemas, pues no podían utilizar el paso que llevaba a Eregion porque estaba fuertemente custodiado por los orcos, o eso era lo que ellos creían, ignorando que los elfos de Lórien y el Gran Bosque Verde se habían encargado de liberar la zona.
El corazón de los elfos se sintió pesado y acongojado al llegar al otro lado. La pena de los caídos de Eregion flotaba en el aire a pesar de la soledad de sus escombros y algunos hijos de Eru, más sensibles que otros, temieron que el hijo de Eärendil los guiara hacia las montañas.
Mientras intentaban cruzar el segundo cauce, que más tarde sería bautizado como Bruinen, Elrond se quedó estático al borde del río, con la mirada perdida en el horizonte.
—¿Ada? —llamó Tauriel con Ninquë en sus brazos, girando para comprobar que su padre no iba con ellos—. Ada... —Volvió a decir chapoteando con las botas empapadas, regresando con él.
Lindir al escuchar la voz de la pequeña, volteó hacia ella y vio a Elrond petrificado mientras los elfos pasaban a su alrededor.
—Tranquila, está bien. —dijo llegando con Tauriel.
—¿Qué le pasa? —preguntó ella con un dejo de preocupación.
—Nada malo, está... —dudó el muchacho—. Está viendo el futuro. —soltó y caminó con ella hacia Elrond.
—¿El futuro? —repitió Tauriel confundida—. Ada... —llamó tomándolo de la mano y de repente, el hijo de Eärendil bajó la vista hacia ella—. ¿Estabas viendo el futuro, ada? —consultó. Elrond sonrió cálido y acarició su cabeza.
—Es allá. —informó a Lindir mirando al norte, cruzando el río.
—¿Qué cosa? —preguntó el muchacho con preocupación.
—La ciudad que aun no se erige... De la cual seré señor. —contestó serio—. Continuemos. —ordenó bajando la vista a Tauriel—. ¿Te llevo? —consultó.
Tauriel sacudió una de sus botas con una sonrisa.
—Ya están mojadas. —comunicó y se encogió de hombros—. El río no es profundo. —añadió y se lanzó a cruzarlo.
Elrond se quedó contemplándola unos segundos antes de cruzar.
—Parpadeas una vez y ya crecieron. —expresó el heraldo llevándose las manos a la cadera.
—Elrond... —nombró Lindir con voz apagada—. La ciudad que aun no se erige, de la que serás señor... La niña del cabello rojo. —enumeró, obteniendo la atención del hijo de Eärendil.
—Lo sé... Se está cumpliendo. —afirmó el heraldo.
—Oh, Elrond... —mencionó Lindir con lástima—. Pero Morwenna no está contigo... ¿Por qué se está cumpliendo? —preguntó y ambos elfos sintieron temor.
Aun sin poner la primera roca sobre el césped, Elrond había visto una ciudad luminosa y hermosa que serviría de refugio para todos los elfos durante la guerra contra Mordor, una maravilla excavada en la piedra con cascadas naturales y jardines repletos de verde que nunca marchitarían. Una ciudad que nunca sería atacada, que permanecería en su gloria con el paso del tiempo hasta el último día de los elfos en la tierra. Elrond había visto Rivendel.
Pero con su alzamiento, también se asentaban las bases de la visión que más le aterraba, pues a pesar de intentar evitar su destino, este estaba encontrando el camino para cumplirse lo quisiera él o no y así... Tal vez Morwenna moriría pronto.
—¿Por qué? Porque estoy maldito, Lindir, y todo lo que amo ha de perecer. —respondió Elrond con disgusto.
