Morwenna se deshizo la trenza que hacía un minuto se había armado. Bufó dejándose el cabello suelto y por unos segundos se mantuvo pensativa sentada en el taburete de su cómoda. Luego probó dos o tres peinados más, pero todos acabaron de la misma forma, con el cabello suelto y su dueña bufando de frustración. En plena actividad estaba cuando Elena ingresó en el cuarto cargando una bandeja con su desayuno. Los nobles estaban apurados, por lo que no compartirían la mesa familiar ese día.
Ni bien cruzó la puerta, la elfa abrió los ojos con sorpresa y recorrió el panorama de la habitación con desilusión. Había trabajado tanto en el cuarto de Morwenna el día anterior... Todo, para que en un par de minutos, la princesa pusiera patas arriba su guardarropas. Sus vestidos estaban desperdigados sobre la cama y el modular de su ropa, hecho un desastre. Por si fuera poco, el tiempo apremiaba y Morwenna aun estaba despeinada y en ropa de cama.
La rubia se puso de pie ni bien Elena puso un pie en el interior del cuarto y corrió a sostenerle la bandeja, pidiendo disculpas por el desorden.
—Es que de verdad no sé qué usar. —Se excusó torciendo la boca y pidiéndole ayuda a la elfa.
—Ropa cómoda, mi señora. El viaje es largo y lo haremos a caballo. —anunció Elena y mientras la princesa se servía el té en su taza, ella comenzó a juntar los vestidos—. Le sugeriría su ropa de entrenamiento y una trenza, —prosiguió—, ya que mi señor Thranduil asegura que las tierras de Eregion están limpias de orcos, pero no podemos asegurar que no cruzaremos una tropa en el camino. Para defendernos, será mejor que usted pueda moverse y ver libremente. —aconsejó. Acto seguido, volteó a la princesa y abrió las manos en torno a su figura. Por pedido de su esposo ella llevaba esa clase de vestimenta, la que usualmente utilizaba en las clases de arquería de Liswen.
—Pero... —Se quejó Morwenna y se detuvo a medio camino a pensarlo mejor. Elena tenía razón, los caminos se habían vuelto peligrosos y no era tiempo de ponerse sus moños.
—Empacaré sus vestidos más bonitos para que los use allá, lo prometo. Pero para ir... Será mejor que use las ropas de lucha. —dijo la elfa conciliando con Morwenna. Esta sorbió el té de mejor humor y asintió más alegre.
—Podría... ¿Podrías ayudarme a hacer una media cola con trenzas en lugar de una trenza sola? —solicitó con ilusión, casi rogando—. Tendré el rostro despejado pero se verá más bonito. —agregó coqueta, señalando las ventajas. Elena suspiró con una sonrisa—. Eres la mejor, ¿Sabías?
Mientras la peinaba, Elena inició una plática que estaba segura, Morwenna no tendría problema en mantener:
—¿Cómo cree que sea allá? —preguntó y la rubia encendió sus ojos imaginando el paisaje.
—Luminoso, con la hierba casi tan verde como en Lindon. —describió—. ¿La recuerdas? Era bellísima. Y suave... ¡Oh! —agregó recordando las tardes en el reino de Gil-Galad—. Adoraba sentarme a dibujar en el jardín, jamás existió pasto tan mullido, lo juro. —reconoció—. Pero por sobretodas las cosas, —añadió retomando la conversación anterior—, es seguro. Los mensajeros que llegaron a solicitar la presencia de mi padre en la reunión, aseguraron que está oculto a los ojos de Mordor. Por esa razón él aceptó que fuera, bueno... Por eso y porque prácticamente lo amenacé con huir si no me dejaba ir. —confesó. Elena pestañeó dos veces intentando disimular su asombro ante tal declaración pero no dijo nada sobre eso.
—¿Atenderá la reunión, mi señora? —En su lugar, decidió hacer caso omiso al asunto.
—No sé si estoy invitada a discutir el futuro del conflicto. —reconoció la princesa—. Solo llegó una carta y venía a nombre de mi padre, pero él resolvió enviar a Thranduil, ya que lo considera apto para tratar este asunto, más que nada para hablar en su nombre en presencia de Celeborn. No quiere ir a hacer un escándalo en casa de Elrond. —declaró—. Ya sabes... No quiere causarle un disgusto porque lo tiene en alta estima y pretende que Elrond también lo considere de esa forma. —agregó—. Pero no lo sé... De hecho, ignoro qué ocurrirá en cuanto llegue allí. Tal vez él ya no quiera verme y me eche... —dudó. Elena rió por lo bajo y Morwenna la observó a través del cristal de su cómoda—. ¡Oye, no es gracioso! —acotó en tono amable.
—¿De verdad cree que Elrond fuera capaz de echarla del valle, alteza? —preguntó la elfa terminando de acomodar una discreta corona plateada adornada con hojas de filigrana y pequeñas piedras verdes.
Morwenna ladeó la cabeza a ambos lados admirando el trabajo fino que Elena había hecho con su cabello.
—Y por eso quería que me hicieras un bonito peinado... —reconoció halagando la perfección del mismo—. Para que le sea más difícil hacerlo cuando me vea. —agregó y ambas rieron.
—¿Si sabes que cabalgar en camisón es muy incómodo, no? —preguntó Liswen llegando con ellas. La rubia lucía su traje habitual de entrenamiento color verde musgo que se mezclaba con el paisaje del bosque y una tiara en un tono dorado opaco que le cruzaba la frente y le detenía el cabello a los costados del rostro. Armada y lista para irse, observó que su cuñada estaba lejos aun de estar preparada—. Elena, por favor, ayuda a empacar el desastre de mi cuñada mientras yo preparo sus ropas y armas. —solicitó cortés.
—Sí, mi señora. —acató servicial la elfa y comenzó a apurarse para recolectar todo lo necesario.
—¿Legolas? —preguntó Morwenna husmeando con el cuello por detrás de Liswen.
—Desayunado, aseado, perfumado, vestido, peinado y erguido en las caballerizas, esperando que su padre termine de colocar la montura en su caballo para subirse. —enumeró orgullosa la princesa.
—Apenas si alcanza los diez años y es más aplicado que todos nosotros juntos. —expresó Morwenna quitándose la bata mientras su cuñada preparaba su ropa.
—¿Ayuda en algo si te digo que ya había hecho todo eso cuando lo fui a despertar esa mañana? —indagó Liswen. Morwenna se giró hacia ella con la boca abierta y sintió que la mandíbula le iba a tocar el piso.
—¡¿Por qué es tan puntual?! —Se quejó la hija de Oropher en broma y Liswen acompañó la queja encogiéndose de hombros con una sonrisa cálida.
—Ya lo vaticinó tu padre en su nacimiento. Legolas está destinado a siempre estar listo. —explicó—. No hay nada que le podamos reprochar, y qué bueno que así sea... Es un buen niño.
—¿Crees que haya otros niños en Imladris? —indagó Morwenna con preocupación y acto seguido levantó la vista y las manos hacia Elena, que estaba escuchando la conversación en silencio—. ¡No me malinterpretes, por favor! —pidió abochornada, pero Elena negó quitándole importancia al asunto—, Mïrî es maravillosa y Legolas la adora, —reconoció sobre la hija de la elfa—, pero... Mïrî ha logrado hacer muchos amigos desde que está aquí, y Lego... Bueno, no podemos decir lo mismo.
—No es culpa suya. —acotó Liswen y giró a Morwenna para ajustar los cordones de su chaleco—. Lego tiene todas las intenciones de jugar con ellos, incluso hace unos días lo vi arrastrando su baúl de juguetes con dificultad por el pasillo... Cuando le pregunté qué hacía, me dijo que tal vez, si bajaba al jardín con sus juguetes y los compartía con los otros niños, ellos querrían jugar con él. —contó apenada—. Me rompió el corazón... Una hora después solo Mïrî estaba jugando con él, como siempre. —agregó—. Intenté explicarle que no son los niños, sino sus padres que temen que algo malo ocurra y eso despierte el enfado de Thranduil y Lego dice que lo comprende y está bien pero... Sé que en el fondo le importa demasiado. Y podemos dar gracias a Eru que tiene a Mïrî, —reconoció—, porque a veces se siente terriblemente solo.
—Por eso decidimos llevarla. —anunció Elena—. Cuando mi señora me contó que planeaban llevar al pequeño príncipe en el viaje, desistimos de nuestra idea de dejarla con mis padres.
—De verdad te lo agradecemos enormemente, Elena. —expresó Morwenna aliviada—. Y espero que haya otros niños allá, para que ambos hagan más amigos. Mïrî es muy sociable y estoy segura que ni bien lleguemos estará buscando amistades, pero Legolas lo necesita y le vendrá bien que ella lo arrastre a todas sus convenciones sociales. —agregó riendo.
Elena ajustó la mochila de Morwenna y se la cargó al hombro mientras Liswen le ayudaba a pasarse el carcaj por la espalda.
—Estás lista, princesa. —informó la esposa de Thranduil.
—Para emprender el viaje sí... —comentó Morwenna y Liswen le acarició los brazos dándole ánimos.
—Al menos ahora tenemos la certeza de que Elrond está vivo. —aseguró Liswen.
—Yo nunca lo puse en duda, Lis. —Le recordó Morwenna—. Pero el asunto ahora no es que esté vivo, sino que quiera verme.
—Pues si no te quiere ver, que aparte la vista, porque tú vendrás con nosotros. —resolvió la rubia y tomó a su cuñada de la mano para abandonar la habitación juntas.
Cinco años desde la llegada de Elrond y la gente de Lindon al refugio cercano a las montañas habían pasado, y la ciudad, que aun no estaba en su esplendor pues entre enfrentamientos constantes al oeste y heridos incontables que llegaban a curarse a la casa de Elrond, los elfos no daban a basto para acabar de erigir el valle de Imladris, se veía bella, luminosa y limpia incluso con solo la mitad construida.
Vestido de gala, pues esperaba la llegada de invitados a una importante reunión, Elrond recorría los caminos adornados con pérgolas y columnas blancas que eran bañadas por el sol mientras supervisaba la construcción de habitaciones nuevas que los elfos que aun se estaban recuperando de las batallas, pero ya podían trabajar, adornaban y pintaban atentos y alegres.
Como cada mañana en la que no estaba cazando orcos en las afueras del valle o supervisando planes de ataque con los ejércitos de Lindon, el medio elfo acudía a hacer la que se había convertido en su actividad de ocio favorita: Husmear en la relación que Lindir y Tauriel estaban construyendo desde que el elfo quedara a cargo del cuidado de la niña mientras él se ausentaba para cumplir con sus tareas como Señor de Rivendel.
Ese día, los halló en un salón circular rodeado por una pérgola interior con columnas de piedra. Un espacio sin puertas que Elrond había pedido se llenara con pequeños escritorios para que las elfas pudieran instruir a los pequeños. Frente a aquel salón sin puertas, que servía de sala común de estudio para los elfos, unas escalinatas llevaban a otra pérgola exterior que conectaba con los balcones donde los árboles se abrían camino entre la roca y la montaña, haciendo del lugar un mirador ideal de cara a las cascadas que los elfos habían respetado en la construcción de la ciudad. La luz natural entraba viva en el salón donde Lindir y Tauriel se encontraban y el cabello rojo de la niña brillaba con más intensidad de lo usual, por lo que para Elrond no fue difícil encontrarlos.
Ambos estaban sentados en una pequeña mesa circular con una cantidad de papeles amontonados en una pila, acompañada de un carretel de madera con fino hilo, que giraba sobre su eje a medida que Lindir movía sus manos y que estaba entreteniendo sumamente a Ninquë, quien estiraba sus patitas intentando tomar el hilo que subía hasta su dueño. Lindir le estaba enseñando a Tauriel a coser, y lo que estaban uniendo eran hojas de un libro.
—Están haciendo un gran trabajo. —reconoció el medio elfo llegando a sus espaldas y Tauriel giró su rostro alegre hacia él—. Pero... ¿De dónde salió el libro? —indagó, pues sabía que con el ajetreo de la huida de Lindon y el azote de la guerra con Mordor, ningún artefacto que no fuera de suma necesidad había logrado llegar desde las tierras de Gil-Galad.
—De la boca de Tauriel y la tinta de mi pluma. —mencionó Lindir y le entregó el conjunto de hojas a la niña—. ¿Quieres intentar? —Le preguntó y la elfa tomó la aguja inmediatamente con entusiasmo—. No teníamos ni un solo libro y hasta que todo mejore y podamos contratar escribas y pedir prestados libros para copiar, tendremos que ocuparnos de a poco de escribirlos nosotros mismos. Queríamos que el primero fuera especial, —declaró el muchacho—, así que Tauriel me contó que le relataste la historia de Eärendil y le ayudé a escribirla.
—Sí, el abuelito Eärendil tenía que ser el primero en aparecer en los libros de tu ciudad. —acotó la elfa.
La sonrisa de Elrond apareció gigantesca en su rostro.
—No le digan a los otros elfos, pero ustedes dos son mis favoritos en este Valle. —reconoció en susurros.
—Lord Elrond. —llamó un elfo llegando con ellos y el hijo de Eärendil le prestó atención—. Sus invitados comenzaron a llegar. —anunció y agregó—: Las elfas les están enseñando sus aposentos.
—Gracias. Iré enseguida. —informó el moreno—. Bien, —añadió dirigiéndose a Lindir y Tauriel—, ve a jugar, pequeña, tengo que llevarme a Lindir por un rato.
—Seguiremos más tarde con esto, lo prometo. —aseguró el muchacho. La elfa asintió y subió las escaleras para ir a buscar sus muñecas de trapo.
—¡No te alejes! —advirtió Elrond desde el primer peldaño.
—¡No, haré una fiesta del té en el jardín! —anunció Tauriel para tranquilidad del medio elfo y comenzó a buscar los utensilios de madera con los que simulaba que sus juguetes compartían la bebida.
—¿Dónde tendremos el concilio? —preguntó Lindir para saber dónde llevar los mapas de la región con los que hablarían de la guerra contra Mordor.
—En el salón principal, el único que está terminado para albergar a tantos invitados. —Le recordó Elrond y Lindir se alejó hacia la mapoteca, el cuarto vacío con una estantería donde tenían recopilados los pocos mapas que los elfos habían cargado hasta allí.
Mientras Lindir preparaba el salón y avisaba a las elfas que comenzaran a preparar el banquete, Elrond decidió salir a recibir a los recién llegados y caminando por los pasillos abiertos que daban al mirador de Imladris, quedó petrificado al ver una familiar cabellera rubia de espaldas a él. La muchacha parecía admirar muy interesada las cascadas que caían a los costados del mirador, ignorando la presencia del medio elfo.
Elrond pensó en un segundo lo arriesgado que habría sido su viaje hasta el valle y no tuvo que hacer esfuerzo para que la visión fatídica de su amada le viniera a la mente. Morwenna no tenía porqué estar allí, pero ahí estaba, de espaldas frente a él, observando con detenimiento la belleza del paisaje.
No era que Elrond no añorara volver a verla. De hecho, su primera impresión, fue de sorpresa y quiso correr hacia ella envuelto en felicidad, pero al instante recordó a Tauriel y a su propia ciudad y todo lo que eso significaba en su visión, la cual le decía que se estaba cumpliendo, y el temor le ganó a cualquier deseo positivo de abrazar a su amada, pues intuyó que tal vez en su regreso a su hogar aquella tragedia tendría lugar y le desesperó que ella no lo hubiera tenido en cuenta al decidir salir del bosque.
—¡¿Qué haces aquí?! —Fue lo primero que le salió de la boca, en un tono de voz grave y alarmado y la rubia se estremeció hasta los huesos, girando asustada hacia Elrond, pidiendo disculpas como si la vida se le fuera en ello.
Allí, el hijo de Eärendil quiso tragarse la lengua o que la roca del suelo se abriera y lo hiciera caer por un agujero al mismísimo centro de la tierra.
—¡Milord! ¡Oh, lo siento tanto! No sabía que era un área prohibida, yo... —Se excusó Celebrían temblando del susto.
—Celebrían. —nombró Elrond asombrado y dando cuenta de su error, sacudió la cabeza mientras balbuceaba una disculpa—. No, yo lo siento, milady. Yo creí que... —intentó explicar mientras la elfa caminaba hacia él, dispuesta a alejarse del lugar—. La confundí con alguien más, una... Elfa del servicio, perdón. —mintió disgustado.
—Ah. —soltó la elfa y bajó la vista, le llamó la atención lo específico que Elrond había sido al reconocer que la había confundido pero no lo mencionó, quizás las elfas del servicio allí se vestían con ropas tan finas como las de los nobles de Lórien, pensó—. De todas formas, milord, fue descarado de mi parte comenzar a recorrer la ciudad sin haber recibido la bienvenida primero. Soy algo ansiosa, discúlpeme. —añadió cortés.
Elrond cerró los ojos y suspiró hondo, pues unos segundos después dio cuenta de la tontería que había dicho, sobretodo al notar cómo Celebrían disimuladamente revisaba su vestido comparándolo con los atuendos de las elfas que había cruzado de camino hacia allí, pero las palabras ya estaban dichas y nada podía hacer al respecto.
—Si le sirve de algo, compartimos esa ansiedad. —reconoció abriendo los ojos en torno a ella, quien se había acercado con las manos enlazadas y lo oía atenta y en silencio, escudriñando o tal vez admirando cada detalle en él—. Si hubiera aguardado a que volteara o me hubiera acercado, hubiera notado que era usted y no alguien más. Reitero mis disculpas, milady. —agregó parsimonioso.
Celebrían le quitó importancia al asunto cuando advirtió la incomodidad de Elrond y sonrió brillante y amable. Su rostro era bello, pero cuando la alegría se expresaba en él, su sonrisa se iluminaba atrayente y tierna. El hijo de Eärendil casi involuntariamente se vio sonriendo a la par y súbitamente, toda su molestia se desprendió y voló lejos de él. Ella inyectaba un efecto casero en los corazones de quienes amaba, algo que los hacía sentir pacíficamente a gusto y Elrond con los años dejó de cuestionárselo; necesitaba un poco de paz de donde fuera que viniera y agradecía que ella lo ofreciera sin condiciones.
—Tal vez pueda sugerirme un código de vestimenta para no volver a confundirme. —bromeó la hija de Galadriel enfocándolo en el presente y Elrond soltó una risa apagada completamente espontánea.
—Lady Celebrían, usted puede vestir lo que guste, soy yo el que debe afinar la vista. —respondió amable y le extendió el brazo—. Camine conmigo, por favor. —solicitó y ella no dudó dos veces antes de enlazar su mano al brazo de él y caminar alegre admirando todo a su alrededor, aunque sin dejar de prestar especial atención a Elrond—. Iba de camino a darle la bienvenida a mis invitados cuando la encontré.
—Oh, han hospedado a mis padres cerca de aquí. —declaró la elfa—. Será curioso que yo lo guíe a usted en su propia casa, —expresó con una risita tímida—, pero sígame, están por aquí. La vista desde la habitación también es preciosa, déjeme decirle. —acotó guiándolo al lugar.
En ese instante, cruzando el acceso del este, la comitiva de los elfos del Bosque Verde, arribaban a Rivendel. Cuando Thranduil bajó de su caballo, tuvo que dar una vuelta completa sobre su eje, admirando el paisaje con los ojos tan abiertos, que parecían querer caerse de sus cuencas.
Acostumbrados a vivir bajo el abrigo de los árboles tupidos y últimamente encerrados en las instalaciones de la caverna que Oropher había encontrado al replegar su población hacia el norte del bosque, el resto de los miembros de la comitiva imitaron fascinados la acción del príncipe. No podían creer cómo un refugio de guerra podía ser un lugar tan bello y al mismo tiempo ser seguro sobre la roca desnuda con construcciones tan expuestas, pues en la lejanía se notaba que la mayoría de las habitaciones del Valle de Imladris eran carentes de puertas y cerrojos y todas conectaban con el amplio mirador de las cascadas.
—No me enfadaría si solicitaras una reunión con el visionario que eligió la decoración. —expresó Liswen llegando con Thranduil. Este sonrió, pero al encontrarse con su mirada, negó leve.
—Lanzas, flechas y orcos pasarían a través de esas aberturas como si fuera su propia casa. —reconoció—. No podemos llevar esto a nuestro bosque. —resolvió.
Mientras caminaban hacia la escalinata principal, Lindir salió a darles la bienvenida. Narbeth se adelantó y corrió a abrazar a su amigo. La partida de Haemir había vuelto a los Invencibles de Lindon algo más sentimentales que en el pasado, por lo cual, cada reencuentro era una celebración de vida. Thranduil, a pesar de saber que pasar por delante de la familia real era inapropiado, no hizo ni dijo nada, pues Narbeth además de su escolta era su amigo y aunque no perteneciera a los Invencibles, aquellos elfos eran sus únicos amigos, así que más que un concilio, atendían a una reunión fraternal.
Cuando lo liberó del abrazo, Narbeth echó una mirada curiosa sobre el atuendo de Lindir. Su túnica estaba bordada y se alejaba de las monocromáticas telas que usaba en Lindon. Además, sobre eso llevaba una capa sujetada por los hombros con broches de plata circulares y la tela tenía cortes verticales que dejaban el movimiento libre de sus brazos completando su contextura fina dándole aires de figura importante. Su atuendo era demasiado complejo para un simple súbdito y lo que terminó de sorprenderlo fue la tiara de plata que se calzaba en su frente cayendo con un pico entre sus cejas, emulando una corona de ramas.
Narbeth dio un paso atrás y la sonrisa se le fue borrando del rostro. ¿Por qué él les estaba dando la bienvenida y no Elrond?
—¿Se... Señor de Imladris? —dudó su amigo creyendo que algo malo le había ocurrido al hijo de Eärendil. A Lindir sin embargo, eso le causó gracia. Desde que Tauriel y Elrond le regalaran esa tiara en una importante celebración de la ciudad, la había llevado con orgullo, pero los elfos en la ciudad lo habían tomado como signo de la unión matrimonial con su señor y no dejaban de hablar del asunto. Llamaban a Lindir el primer damo del valle de Imladris y eso hacía llorar de risa tanto a Elrond como a él, pues ninguno había querido aclarar nada y continuarían con la farsa de que Rivendel estaba comandado por dos señores en lugar de un señor y una señora como en otros reinos.
—Lord Elrond los recibirá en un momento. —anunció parsimonioso de cara al príncipe y las princesas del bosque mientras Narbeth se llevaba una mano al pecho, reponiéndose del susto—. De momento, es mi intención y deber darles la bienvenida a nuestro humilde refugio. —anunció con una reverencia—. Por favor, acompáñenme a presentarlos con mi señor Elrond.
Morwenna pestañeó repetidas veces al oírle decir mi señor. Mi. Señor. De repente no era Celebrían solamente quien se refería a Elrond como milord, sino que Lindir los recibía en casa de Elrond con una tiara en la cabeza, coronado como la reina de Imladris y llamaba su señor a su amado.
Thranduil advirtió la actitud pasmada de su hermana y mientras los demás subían las escalinatas siguiendo a Lindir, él la esperó y le tendió la mano.
—Ya no tengo tres años, Thran, no me voy a tropezar subiendo. —aseguró la rubia con gracia, pero igualmente tomó la mano de su hermano.
—Temo que te desmayes y ruedes hasta abajo cuando lleguemos al último peldaño y Lindir salude a Elrond con un beso. —comentó el príncipe mordiéndose los labios para no soltar la carcajada frente a los demás y tener que explicar de qué se estaba riendo.
—No seas ridículo. —soltó ella con un suspiro ahogado.
—Siempre creí que Elrond era de esos elfos curiosos, —prosiguió Thranduil—, lo que no pensé fue que no regresaría luego de experimentar. —expresó y soltó una risa apagada que opacó tras su mano cuando los presentes giraron intrigados hacia ellos mientras Morwenna daba una onomatopeya de sorpresa soltando su mano.
La princesa sonrió de compromiso e incómoda llegando al final de la escalinata mientras el rostro de Thranduil tomaba un tono rosado por aguantar la carcajada. Le divertía sobremanera cabrear a su hermana y había comprobado que luego de años seguía surtiendo efecto.
En ese momento Elrond salió por uno de los pasillos que conectaban con el mirador y caminó hacia ellos sorprendido por la puntualidad de los elfos, ya que los de Lothlórien y los del bosque habían arribado prácticamente juntos. Al recorrer los rostros de los presentes, rápidamente reparó en la presencia de Morwenna y los dos sintieron que la respiración se les entrecortó cuando se vieron. El hijo de Eärendil volvió a respirar aliviado al saber que estaba bien, pero su rostro sereno se volvió duro cuando supo que a pesar de sus advertencias, ella estaba allí. Morwenna pudo notar ese cambio en su humor pero creyó que era porque él no quería verla, desencantado ya de los sentimientos que profesaba y eso la disgustó e incomodó sobremanera. Comenzó a reprocharse el haber asistido y apartó la mirada de él con la misma seriedad.
Aunque a Elrond le descolocó un poco su actitud, decidió que lo resolvería más tarde y abriendo sus brazos para darles la bienvenida a los demás, se inclinó con una sonrisa amable.
—Lamento la demora, espero no haberlos hecho esperar demasiado. —Se disculpó—. Afortunadamente, Lindir estaba atento para recibirlos, gracias Lindir. —agregó con una sonrisa que el muchacho devolvió tierno—. Bienvenidos al Valle de Imla... —Quiso decir, cuando Narbeth se abalanzó sobre él y lo abrazó sorpresivamente.
—¡Por un momento creí que estabas muerto y Lindir estaba a cargo, fue horrible! —exclamó alarmado. Los demás observaron la escena tan desconcertados como Elrond, que tardó un par de segundos en reaccionar y devolver el abrazo.
—¡Narbeth, es el Señor del Valle, compórtate! —reprendió Elena abochornada por sus modales pero Elrond rió haciendo un además con su mano quitándole importancia.
—Descuide Elena, el Señor del Valle también es su amigo y se alegra mucho de verlos. —reconoció Elrond admirando el rostro iluminado de Narbeth y se acercó a saludar a los demás—. Alteza, —llamó a Thranduil y se inclinó levemente frente a él, pero el príncipe imitó la acción de Narbeth y le dio un abrazo sentido que el hijo de Eärendil devolvió al instante.
—Mi padre se disculpa por no poder venir, pero nos ha enviado en representación suya. —informó abriendo su mano en torno a Liswen, quien atendería el concilio junto a él.
Elrond se inclinó frente a ella y Liswen devolvió la formalidad llevándose la mano al pecho con una sonrisa amable.
—Lord Elrond, déjeme presentarle al príncipe del Gran Bosque Verde, —expresó Liswen posando sus manos en los hombros de Legolas, de pie frente a ella—, nuestro más preciado tesoro, Legolas Thranduilion. —anunció.
Legolas alzó la vista silencioso aunque curioso y extendió su mano libre hacia Elrond, pues en la otra cargaba el muñeco de trapo que Morwenna había hecho para él. Elrond vislumbró en el detalle de la tela de sus ropas y el cabello, que el muñeco era muy similar a Thranduil y sonrió burlón. Así que en lugar de estrechar la mano del príncipe desde su lugar, se agachó hincando una rodilla frente a él, pero cuando tuvo su rostro aniñado enfrente, se quedó observándolo pasmado por unos segundos sin decir nada... Era el niño rubio que había visto en aquella fatídica visión. Entonces no era su hijo con Morwenna, sino el hijo de Thranduil.
Legolas se sintió un poco intimidado y su rostro se tensó atemorizado, pero Elrond dio cuenta de la situación y salió de su ensoñación rápidamente. Disimulando, posó una mano sobre su cabeza, sonrió con cortesía y ternura y acarició sus cabellos.
—Eres bienvenido, Legolas, hoja verde... Creo que Imladris se convertirá en un lugar muy especial para ti. —comentó misterioso el medio elfo y el pequeño no lo comprendió hasta muchos años después. Irguiéndose frente a la mirada intrigada de Liswen por el momento de detenimiento del heraldo, este sonrió cortés—. Mi corazón se alegra enormemente al saber que el bosque prospera y da frutos tan fuertes. —declaró echando una última mirada sobre Legolas. Liswen asintió y dio las gracias, recordando que quien había solucionado el misterio de su supuesta infertilidad había sido él, pero no se quedó conforme. Algo había visto Elrond en él, y generalmente sus visiones no eran buenas.
—Pues sí que da frutos fuertes. —habló Morwenna con el rostro apuntando a Mïrî, que estaba de pie entre la princesa y su madre, sosteniendo la mano de Elena cuando Elrond se acercó a ella. Por el ángulo de su visión, la rubia apenas pudo ver la sombra oscura del cabello del hijo de Eärendil enfrente—. Ella es Mïrî, ¿La recuerda? Era apenas un bebé cuando usted se marchó del bosque. —Le dijo seca—. Ha crecido en gracia y sabiduría; es la mejor amiga de Legolas.
Al dar cuenta que no obtendría siquiera el atisbo momentáneo del iris celeste de Morwenna o su interés por enfrentarse al rostro suplicante de amor que le estaba obsequiando, Elrond pasó de perder dignidad frente a la atención incómoda de los demás a saludar a Elena y a la pequeña niña, hija de Narbeth.
—¿Mejores amigos, eh? —preguntó y la niña sonrió para él—. Eso es importante, los amigos. Todos necesitamos al menos uno. —reconoció—. ¿A ti también te gustan las muñecas? —preguntó y Mïrî asintió tímida—. Conozco a alguien que las adora y estará encantada de compartirlas con ustedes dos. —indicó refiriéndose a Tauriel y se irguió.
—¿Entonces si hay más niños aquí? —preguntó la pequeña y Elrond se volvió encantado.
—Tenemos muchos niños en el Valle. —confesó—. ¿Verdad, Lindir? —agregó. El muchacho asintió y se acercó a ellos.
—Hemos viajado desde Lindon con la mayoría de las elfas y sus pequeños, así que tenemos más madres y niños que otra cosa. —informó a Elena y Liswen—. Si me permiten, luego de mostrarles sus aposentos, los llevaré a recorrer el valle y allí conocerán a algunas de las familias y por supuesto sus hijos e hijas.
—¿Quién es la niña de las muñecas? —Quiso saber Mïrî. Elena rió por el nada fingido interés de su hija y se disculpó.
—Oh... Ella es... Muy especial. —manifestó Lindir echando una mirada cómplice sobre Elrond que no pasó desapercibida por nadie, confundiendo a los recién llegados—. La conocerán muy pronto, pero por el momento, será mejor que los acompañe a sus aposentos, han de estar exhaustos por el viaje.
Los elfos aceptaron la oferta de Lindir y accedieron gustosos, siguiéndolo mientras prestaban atención al resto del lugar. Elrond esperó a que todos se pusieran en marcha y volvió a intentarlo.
—Morwenna... —llamó dulce mientras ella se desplazaba detrás de su hermano.
La princesa se detuvo de golpe y finalmente se atrevió a mirarlo a los ojos, pero ya no se encontró con su rostro tenso, sino con una expresión ansiosa. Elrond parecía querer saltar sobre ella, pero estar conteniéndose. Y es que realmente así era, ante la primera impresión confusa que ambos se habían dado en el reencuentro, Elrond no sabía qué creer sobre su presente con ella.
El antecedente tampoco ayudaba, puesto que el medio elfo se había ido del bosque luego de una discusión, sin tener posibilidad de enmendar las cosas después, así que no sabía qué esperar y Morwenna tampoco. Ante su actitud reticente a mostrarle una sonrisa para hacerle saber que todo estaba bien, ella comenzaba a sentir que Elrond la había superado. Y además, para agregar más dudas al combo, estaba el hecho de que Lindir había salido a recibirlos con una tiara en la cabeza y se había referido a él como su señor y había mencionado una niña especial con una mirada lo suficientemente sugestiva que a Elrond no le había incomodado en absoluto lo que le hacía prácticamente afirmar que él la había olvidado, o peor, que ya no la amaba en absoluto.
—Lord Elrond. —saludó dudosa, pero aun así se quedó atrás frente a él. Thranduil, que procuraba jamás perderla de vista, se volvió hacia ellos, pero al verla en compañía de Elrond, continuó su camino tranquilo—. Para su información y antes de que mi presencia lo disguste tanto que acabe echándome por acudir sin su llamado, he de decirle que mi padre me ha enviado y no pude ofrecer resistencia o negativa ante su orden. —mintió jugando nerviosa con sus nudillos. Elrond alzó las cejas y se mantuvo pensativo unos segundos.
—No sé porqué tu presencia podría disgustarme, porqué te echaría, o porqué tu padre te ha enviado. —mencionó torciendo la boca con una expresión vivaracha e infantil—. O... Porqué te refieres a mí tan formalmente cuando años atrás hablabas de hacer algo más que compartir el lecho para dormir. —susurró seductor acercándose a ella.
Morwenna no pudo evitar levantar el rostro hacia él y devolverle una media sonrisa coqueta mientras sentía el aliento cálido de Elrond acercarse a su boca. Quería besarlo, se estaba muriendo por hacerlo, pero... ¿Dejar la situación del bosque morir así como así? No, definitivamente ese no era su estilo.
—Podría... —expuso llevando su cuello hacia atrás, rechazando la cercanía de Elrond y se alejó dos pasos hacia el costado—. Podría disgustarle el hecho de que he venido aquí sin usted pedirlo expresamente en una carta, solo una misiva suya llegó al bosque y tenía el nombre de mi padre. Tal vez no esperaba mi visita, ni la quería porque no quería que me enterara de alguna cosa... —sugirió astuta—. No crea que no atisbé cómo se transformó su rostro cuando vio que yo estaba entre la comitiva del bosque. ¡Estaba tan feliz y de repente tan... molesto! —comentó apresurada, con los nervios creciendo conforme Elrond cruzaba sus manos en su espalda y fingía escucharla atento y nada irónico, asintiendo con las comisuras de su boca hacia abajo mientras intentaba no reírse para que ella no tuviera oportunidad de acusarlo de tomarse con nula seriedad el asunto y darle el gusto de huir sin haber siquiera hecho un intercambio de palabras.
—Molesto... —repitió asintiendo el heraldo y dio un paso hacia ella mientras la princesa seguía hablando y no notaba su cercanía.
—¡Sí, molesto! —insistió la rubia—. Parecía que usted iba a... ¡Convertirse en piedra! —soltó ocurrente.
—Está soleado... —comentó Elrond ladeando la cabeza inconforme y ella no comprendió, pero si detuvo su parloteo intenso.
—¿Disculpe? —consultó la elfa y Elrond clavó su mirada gris en ella sin expresar nada en especial con el rostro.
—Dijiste que parecía que me iba a convertir en piedra. Está soleado... Si fuera un troll, en este momento estarías hablando con una estatua. —explicó serio—. Hay sol y estoy aquí, muy vivo, por cierto. —agregó agitando los brazos mientras alzaba una ceja sarcástico—. Así que no soy un troll, lo que quiere decir que no me convertiría en piedra.
Morwenna rodó los ojos cabreada y Elrond apenas si volvió a cruzar sus manos en su espalda y sonreír levemente, pero su actitud juguetona no surtió efecto.
—El asunto es que usted parecía que iba a... No lo sé, comerme. —soltó la rubia.
—A besos, sí, probablemente. —masculló el heraldo.
—¿Qué? —preguntó Morwenna bastante segura de lo que había oído.
—¿Qué? —repitió Elrond desentendiéndose del asunto con los ojos muy abiertos.
—Usted dijo algo. —presionó ella.
—No, yo... ¡Ah, sí! —fingió recordar él—. Que no soy caníbal. —declaró y dio un paso más, quedando muy cerca de Morwenna—. Siquiera como carne. —agregó.
—No estoy bromeando, Eärendilion. —aseguró ella muy seria mientras él inclinaba disimuladamente su rostro sobre ella.
—Tampoco yo, no es mi culpa que no sepas leer los sentimientos en mi rostro. —expresó casi susurrando—. Te aseguro, Morwenna, que lo que sentí o pensé cuando te vi, distó mucho de lo que propones.
—Bueno, tal vez usted no sepa expresar bien sus sentimientos. —acusó la rubia. Elrond se alejó un poco de ella alzando las cejas sorprendido y rió nervioso.
—No, tal vez seas tú la que no sepa interpretar los pensamientos complejos como mi preocupación porque algo te ocurra por no oír mis consejos de no abandonar el bosque. —contradijo rápido.
La princesa parpadeó perpleja y de repente lo comprendió. No era disgusto, sino genuina preocupación por su bienestar, lo cual quería decir que la amaba, o al menos aun la tenía en estima. Sin saber que contestar, balbuceó en el aire sin que ninguna palabra saliera de su boca y Elrond sonrió socarrón.
—Veo que se te está dificultando el entenderlo, pero descuida, lo simplificaré, ahora mismo leerás en mi rostro lo que estaba sintiendo en ese momento. —afirmó.
En un movimiento rápido, Elrond tomó a Morwenna por la cadera y la atrajo hacia él, estampándole un beso apasionado en los labios. Apenas unos segundos pasaron hasta que ella respondió de la misma forma y trepó por sus hombros enlazando sus manos tras su cabeza.
Mientras se besaban, Morwenna tomó consciencia del lugar en el que estaban y de cuanto tiempo llevaba el heraldo siendo señor de aquel valle. Curiosa y algo molesta, se separó de él y fue directa:
—¿Aun me ama, Lord Elrond? —inquirió dramática.
—Ya... ¡¿Qué más tengo que hacer para probártelo?! —chilló él—. Y en todo caso, ¿Por qué sigues desconfiando de mí?
—¿Por qué no envió ni una carta? —indagó la rubia. Elrond frunció el ceño confundido—. Mi padre recibió una carta suya, pidiéndole que atendiera un concilio aquí. ¿Por qué no adjuntó siquiera una nota personal para mí? Una carta más o una menos no hace diferencia alguna para el mensajero, ¿Por qué no envió una? No es como que venga aquí a reclamar que me hable de amor, Eärendilion, pero... Una misiva que dijera que estaba vivo y a salvo, que aun me amaba...
—Creí que... Creí que lo sabías. —soltó él como si aquello no fuera obvio y Morwenna bufó molesta.
—¿Qué lo sabía? —repitió y rió irónica—. Elrond... ¡En nuestra última charla me gritaste cuánto te gustaría no estar enamorado de mí! —exclamó la elfa en un tono sorpresivamente informal.
—¡Exacto! —enseñó él abriendo las palmas en torno a ella, incitándola a volver sobre aquellas palabras.
—¡¿Cómo se supone que encuentre una confirmación a que aun me amas en semejante confesión?! —inquirió Morwenna.
—¡Dije que...! —gritó él, pero se detuvo, intentando serenarse. Cerrando los ojos, inspiró y expiró para calmarse y cuando los volvió a abrir, tomó a Morwenna por los hombros y habló amable—: Dije que me gustaría no amarte porque sé que hacerlo te hará mucho daño. No que no quisiera hacerlo, o que definitivamente lo dejé de hacer.
—Entonces... Por piedad, por amor, por saber que estuve todos estos años preocupada por saber dónde y cómo estabas. ¿Por qué no escribiste? —insistió ella.
—¿Qué no es obvio? Porque Ereg... —Quiso explicar pero se vio interrumpido.
En ese instante, Tauriel apareció corriendo detrás de un arbusto. Corriendo por su vida, se prendió de la pierna de Elrond para sorpresa de Morwenna. La pequeña sostenía un muñeco de trapo con el rostro repleto de cabello hecho de lana blanca que en el cuerpo tenía incrustadas dos flechas.
—¡Adaaaaaa! (¡Papá!) —gritó desaforada tirando de la túnica del hijo de Eärendil y extendió el muñeco hacia él.
—¡¿Papá?! —inquirió Morwenna de un chillido levantando la vista hacia Elrond.
En medio del escándalo, Elrond envolvió a Tauriel en sus brazos y la niña se aferró a su cuello hablando tan rápido de lo que ocurría, que tropezaba con sus propias frases volviendo su discurso inentendible mientras Morwenna se hallaba intercambiando miradas entre la niña y el moreno, intentando encontrar similitudes físicas entre ellos.
De todas formas, a pesar de lo desconcertante del episodio, ambos elfos observaron alarmados las fechas salientes del muñeco. Elrond quitó una con fuerza y observó la punta con preocupación.
—Son de... Elfos... —comentó el hijo de Eärendil confundido.
Fue entonces cuando un cuerno de Lindon sonó en la cercanía de la entrada a Rivendel y Elrond vio a los elfos que ya estaban recuperados, tomar sus armas y correr a las caballerizas. Lindir salió entre ellos calzándose un carcaj en la espalda y corrió hacia Elrond.
—La comitiva de Gil-Galad cruzó un grupo grande de cazadores de Mordor viniendo hacia acá, están en problemas, la tropa los está acorralando y algunos elfos corrieron hacia los jardines exteriores seguidos por un pequeño grupo que fue combatido por los elf... —anunció vislumbrando las flechas en el muñeco de Tauriel y precipitándose hacia ella para comprobar que estuviera bien.
—¡¿Lograron entrar?! —Se alarmó el heraldo.
—No, pero... A los que quedan los están guiando hacia acá. —informó con temor—. ¿Estás bien, pequeña? ¿Te hirieron? —indagó girándola hacia él, Tauriel negó tranquilizándolo.
Elrond se arrodilló frente a ella y besó su frente. Acto seguido, le habló rápido:
—Todo estará bien, mi amor, pero quiero que vayas con la princesa Morwenna y aguardes con ella a que yo vuelva por ti, ¿Si? —solicitó. Tauriel, aun un poco conmovida por el ataque sorpresivo, asintió preocupada y sostuvo la mano de Elrond cuando este se acercó a la hija de Oropher que permanecía de pie nerviosa y mirando todo sin saber bien qué hacer.
—Escucha. —solicitó el hijo de Eärendil acercándose a ella y intentando posar su mano sobre una de sus mejillas, siendo rechazado por Morwenna.
—Oigo sin necesidad de que me toques. —afirmó ella con dureza. Elrond suspiró cansado pero supo que no era momento de pelear por tonterías.
—Bien. Ella es Tauriel, —enseñó bajando la vista hacia la niña—, te lo explicaré todo luego, pero ahora necesito que prestes atención. —pidió. Morwenna observó que era una niña de no más de diez años y aunque al segundo de vislumbrarlo, las cuentas sobre su edad complicaron más las cosas, volvió su rostro a Elrond intentando calmarse para no olvidar nada de lo que él dijera. Aunque confundida y enfadada por lo que acababa de enterarse, no dejaría de proteger a una niña indefensa.
—¿Dónde la llevo? —preguntó segura, haciéndole saber a Elrond que podía dejar a su hija en buenas manos.
—Sube esa escalera, —señaló girando su rostro hacia ella—, llegarás a una pérgola con escritorios y encontrarás otra escalera. Vas a subir por ahí y girarás hacia la izquierda siguiendo las pinturas de la primera edad. Vas a cruzar tres puertas en tu camino, en la cuarta, ingresas y verás un librero. —explicó rápido mientras Morwenna asentía intentando retener la información—. Enciérrate con ella en esa habitación, la llave está puesta en el cerrojo tras la puerta. Si escuchas que entran, empuja el librero y verás que hay una habitación detrás, escóndanse ahí y no se muevan hasta que yo vuelva. —ordenó—. ¿Comprendiste?
—Escalera, pérgola, escalera, izquierda, cuarta puerta, cerrojo, librero. —repasó Morwenna. Elrond asintió más tranquilo.
—No salgan, pase lo que pase, no abandonen la habitación. —advirtió—. Algunas cosas de mi visión están ocurriendo, desordenadas, pero están pasando. —informó y sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, la abrazó—. Por favor, no salgas. —repitió a su oído.
—Cuídate. —Le pidió ella en tono seco y liberándose del abrazo, tomó la mano de Tauriel para huir. Elrond intentó besarla, pero ella giró el rostro rechazándolo nuevamente. Justo se proponía entender porqué él no le había escrito cuando Tauriel había irrumpido en escena llamándolo padre y dándole motivos suficientes para creer que aquella era la razón de su silencio. Elrond entonces era un infiel seductor, pero uno que ella amaba, así que si bien no dejaría que él la convenciera con arrumacos, no dejaría de preocuparle su bienestar—. ¡Cuídate! —repitió severa—. Lindir... —llamó refiriéndose al muchacho, que aguardaba Elrond.
—Lo protegeré con mi vida, te lo juro. —aseguró el castaño, un poco incómodo por lo que estaba presenciando.
Morwenna tomó la mano de Tauriel y ambas se miraron con temor mientras los elfos se marchaban a combatir a los orcos que perseguían a los de Lindon. No hubo tiempo de presentarse formalmente, ni de que ninguna explicara el tipo de relación que tenía con Elrond, por lo que la princesa corrió con la niña creyendo todo el tiempo que estaba poniéndose a resguardo con una hija biológica de Elrond.
Una vez en el pasillo de las habitaciones, Morwenna ingresó en la habitación pero Tauriel se quedó de pie en el corredor, mirando extrañada hacia el final del pasillo.
—¿Tauriel? —llamó dudosa la princesa, pues no recordaba si ese era su nombre realmente.
—¿Quién es él? —preguntó la niña alzando su dedo índice hacia la derecha.
Morwenna asomó la cabeza hacia afuera mientras tomaba a la niña para ponerla a resguardo dentro de la habitación y observó cómo Legolas luego de cerrar la puerta de su habitación con llave, se colgaba su pequeño carcaj en la espalda. Arco en mano, el niño parecía decidido a seguir a sus padres, quienes hacía minutos habían bajado a ayudar a Elrond. Dentro de la habitación, las súplicas de Elena se escuchaban desesperadas.
—¡Legolas, alteza, abra la puerta! ¡Vuelva aquí! —clamaba la doncella.
—¿Lego? —llamó la princesa saliendo al pasillo y encontrándoselo de frente, para sorpresa del pequeño—, Lego, ¿Qué haces? ¿Dónde crees que vas? —solicitó pero el niño le dio la espalda y continuó su tarea de amarrarse bien las correas—. ¡Legolas! —insistió Morwenna.
—Ada y nana (papá y mamá) están combatiendo a los orcos. —anunció enérgico acercándose a ella—. Ada dijo una vez que por más miedo que les tengas, tienes que enfrentarlos para cuidar a quienes amas y yo los amo, así que iré a matar orcos. —aseguró y caminó lejos de ella.
Morwenna quiso tomarlo del brazo para entrarlo en la habitación, pero Legolas empezó a forcejear con ella y eso alarmó a Tauriel, que cuando salió a ver lo que ocurría, tomó parte por Morwenna y la ayudó a tirar de Legolas.
—¡No, déjenme! —chilló Legolas intentando zafarse—. ¡Cada orco que quede vivo, es un orco que puede lastimarlos! —explicó entre gritos—. ¡Tengo que ir a proteger a ada y nana! —añadió.
Al ver que no podría zafarse, Legolas tuvo que recurrir a una técnica que no le gustaba aplicar, pero que era necesaria: La violencia. Volviéndose hacia Tauriel, le mordió la mano, haciendo que la niña chillara de dolor y lo soltara sacudiendo su mano en el aire, mientras que a Morwenna le propinó varios pisotones hasta que logró liberarse y huir.
—¡Legolas! ¡Legolas! —llamó Morwenna en vano y gruñó de la indignación.
—¡Ese niño está loco! —exclamó Tauriel mirándose las marcas de los dientes en su piel.
—Tengo que ir por él. —resolvió la rubia.
Tauriel levantó la cabeza hacia ella con expresión de terror.
—Pero mi ada dijo que... —Intentó decir, pero Morwenna la interrumpió.
—Tu ada será elfo muerto si a ese niño le pasa algo. Y yo también. —advirtió guiando a Tauriel a la habitación—. Enciérrate, yo iré por él. —pidió.
Tauriel aceptó de mala gana y acató la orden de todas formas, para convencer a Morwenna de que era una niña obediente y evitarle otro dolor de cabeza, ya que al parecer, el pequeño impulsivo tenía algún grado de parentesco con ella y era de suma importancia que lo encontrara para no meterse en problemas.
Una vez que sintió el cerrojo de la puerta trabarse, Morwenna respiró tranquila.
—¿Alteza? —oyó la voz apagada de Elena tras la puerta y se acercó.
—¿Elena, están bien? —preguntó la princesa intentando girar el pomo de la puerta, pero estaba cerrada con llave y la misma la tenía Legolas en su poder.
—Nosotras estamos bien, —dijo refiriéndose a ella y Mïrî—, ¡Pero el pequeño príncipe nos encerró y huyó! —contestó desesperada.
—Descuida, Elena, iré por él. —aseguró la princesa.
—¡No! ¡Alteza, Morwenna, recuerde las advertencias de Lord Elrond! ¡Recuerde la visión! —pidió Elena, que estaba al tanto de lo que ocurriría, pues formaba parte del cortejo que estaba encargado de protegerla en el bosque.
Dudando entre encerrarse para proteger su vida como Elrond había pedido o salir a buscar a su sobrino a pesar de la trágica visión por cumplirse, la princesa resolvió luego de unos segundos que iría tras Legolas, después de todo, no se perdonaría jamás si algo malo le ocurría; no podría vivir con esa carga y acabaría muriendo, no por la mano de los orcos, sino por su propia pena y culpa.
—Lo siento, Elena, debo ir. —afirmó.
Aferrándose a la correa del carcaj, la rubia suspiró dándose valor y se perdió en el pasillo mientras Elena se desgañitaba gritándole para que se pusiera a resguardo.
Cuando salió al jardín, los elfos corrían de un lado a otro cargando armas y preparando a sus caballos. No era una tropa de cazadores, sino la avanzada de un ejército de Mordor que se dirigía al campo de batalla del rey de Lindon cuando se encontraron con la comitiva enviada por Gil-Galad y se propusieron seguirla para averiguar dónde se asentaba la nueva ciudad de los elfos. Desafortunadamente y a pesar de las órdenes de Glorfindel de permanecer lejos del camino que los guiaba hacia allí, la tropa los había acorralado y habían logrado replegarse hacia Rivendel.
Entonces algunos elfos que moraban en el Valle de Imladris tuvieron que salir a defender su hogar mientras borraban los rastros de la lucha para que el camino hacia el refugio oculto no fuera encontrado y la ciudad asediada bajo el poder del ejército mayor de Mordor. Doble tarea y doble complicación para los moradores de Rivendel, que eran mucho menos en número que cualquier ejército vecino, teniendo que unirse también las elfas a la lucha.
Ese fue el escenario en el que Morwenna se vio inmersa buscando a Legolas cuando advirtió que el choque de los metales y los gritos de los orcos cada vez se oía más cerca y con terror, vio una larga cabellera roja agitarse en el viento y pasar a su lado como una ráfaga violenta.
—¡Mi ada Elrond no va a morir por culpa de un niño tonto! —exclamó Tauriel perdiéndose entre los elfos, con una corta espada en mano.
La pelirroja cargaba a una de las gemelas, las espadas que Maedhros había enviado a forjar para Elrond y Elros cuando estos eran aun unos niños. La había visto sobre un modular en la habitación de Elrond y, preocupada por el bienestar de su padre por lo que Morwenna había dicho, había decidido salir en su defensa sin pensar en las consecuencias.
Tal vez la fuerza de Maedhros se había prendido de su cabellera para darle impulso, pues Tauriel corrió con agilidad y rapidez entre los elfos, sin que ninguno pudiera tomarla luego de oír los gritos de Morwenna, o quizás había sido la explicación de Legolas, que aunque loco y todo, la había puesto a reflexionar sobre el temor a los enfrentamientos y a los orcos. Tauriel había perdido a ambos padres por culpa de esas alimañas y ahora que la vida le había ofrecido otro padre lo suficientemente eficiente y cariñoso para que la guiara, podía perderlo por la desobediencia de aquel niño, o bien, por el enfrentamiento con las bestias de Mordor. Así que como fuera, por la razón que fuera, si así podía impedirlo, entonces lo haría. Amaba a Elrond como hubiera amado a Haemir y encontró en eso razón suficiente para unirse a la lucha en defensa de lo que quería perdurara.
Con destreza descomunal, se subió a su caballo y salió galopando en pelo, con la idea en mente de encontrar a Legolas y regresarlo a Rivendel, o defender a su padre, lo que ocurriera primero.
—¿Dijo ada Elrond? —La princesa oyó una voz a sus espaldas y antes de que pudiera voltearse, Celebrían, con un atuendo muy similar al de Morwenna y el mismo peinado, se detuvo a su lado.
—Únase a las despechadas. —soltó la princesa para sorpresa de Celebrían. Ambas notaron la similitud de la otra, pero no tuvieron tiempo de discutir sobre eso—. ¿Viene? —preguntó. La hija de Galadriel desenfundó su espada y asintió seria.
Quitando una flecha del carcaj y medio tensándola en su arco, Morwenna supo entonces que no había vuelta atrás, pues dos niños se le habían escapado y no podía permitir que por su imprudencia, alguno resultara herido o perdiera la vida. Así que corrió en su defensa y se unió a la contienda.
