—Era seguro, era seguro, era un lugar seguro, les dije que era seguro, seguro, era seguro. —repetía Elrond como un mantra mientras temblaba sentado al borde de su cama en la habitación.

Los ojos rojos ya le ardían pero no se daba cuenta, no lo haría hasta el día siguiente. El rostro con manchas negras desperdigadas y desteñidas, sus ropas ensangrentadas y húmedas, su elegante atuendo estaba arruinado y por más que las elfas del servicio se ofrecieran a lavarlo, no volvería a usarlo, de hecho lo quemaría años después, habiéndolo encontrado envuelto en el fondo de un cajón.

El cuerpo se le sacudía involuntario y el aire le empezaba a faltar. Le dolía el pecho como si fuera a darle un infarto, pero los elfos no sufrían esas condiciones, por lo que todo estaba en su mente. Estaba sufriendo de sí mismo; una crisis de pánico por lo que se había desatado bajo su mirada sin que pudiera tener control sobre ello.

—Era seguro, seguro, era seguro. —continuaba diciendo, intentando convencerse de que nada de lo que había ocurrido luego de la llegada de los elfos del bosque había ocurrido.

Lindir se sentó junto a él y pasó su brazo por sus hombros, tan conmovido como Elrond, pero más preocupado ahora por su estado ansioso que por los acontecimientos anteriores. Al igual que el hijo de Eärendil, su rostro estaba perturbado y manchado con la sangre de los orcos, pero en su obediencia, el muchacho había tomado sus precauciones y había llevado armadura, por lo que el resultado sobre su cuerpo había sido de menor impacto.

Despojado del pesado metal, ahora sostenía la cabeza de Elrond bajo su cuello, con las cuencas de los ojos irritadas pero el temblor inexistente en sus manos.

—Shh, shh, shh. —chistó antes de inspirar hondo y cubrir las vías respiratorias de su señor con su mano. Sostenía en ellas un puñado de polvo rosado y lila y se lamentó por obligarlo a hacer algo sin su consentimiento, pero necesitaba que Elrond descansara—. Losto, Eärendilion, losto hi mae. (Duerme, hijo de Eärendil, duerme bien).

La mezcla de valeriana y pasiflora surtió efecto casi inmediato y el hijo de Eärendil cayó rendido sobre el cuello de Lindir con pequeñas partículas de las flores aun pegadas bajo la nariz. Sus ojos se removían inquietos bajo sus párpados pero su cuerpo respiraba profundo disminuyendo rápidamente el temblor que le había ganado a su paz. Lindir supo que estaría unas horas inmerso en un sueño de desesperación por no poder salvar a quien había perdido ese día, pero de a poco las hierbas irían haciendo efecto, serenando su descanso.

Antes de abrir las puertas, humedeció un trapo en una fuente de porcelana con agua tibia y limpió de su rostro la sangre de las bestias de la oscuridad. Luego posó un beso tierno en su frente y acudió a la puerta, abriéndola de par en par para darle paso a los sanadores.

—Está hecho. —anunció, pues antes de eso, Elrond no había permitido que nadie más se acercara a él porque sabía que los elfos querían inducirlo al sueño. Así que Lindir tuvo que engañarlo haciéndole creer que iba a consolar su llanto y desesperación.

No tenía heridas significativas, más que algún otro raspón, pero había que quitarle la ropa empapada y lavar su cuerpo, algo que en vigilia, Elrond no hubiera permitido en largas horas. El muchacho los dejó pasar y cerró las puertas tras ellos, quedando de pie en el pasillo, mudo y angustiado.

Al levantar la vista, los ojos azules perdidos de Thranduil encontraron el camino hacia su iris castaño y se observaron con la misma desolación. Desde el suelo, Thranduil volvió a apoyar la cabeza sobre la pared y cerró los ojos, sintiendo la quemazón de las lágrimas hacer su recorrido. Una sola de ellas se escapó de su ojo izquierdo y rodó por su mejilla.

—¿Los niños? —preguntó Lindir con un hilo de voz en susurros y Thranduil volvió a abrir los ojos para encontrarse con él.

—Duermen en mi habitación. —informó.

—Elrond no despertará hasta la mañana, hay que dejarlo descansar. —acotó el castaño como informe y se deslizó hacia abajo con la espalda contra la pared contraria a la que sostenía a Thranduil.

—¿Te quedarás aquí? —Quiso saber el rubio. Lindir asintió lento pero seguro.

—No dormiré hasta que él despierte y me asegure que es el mismo Elrond de siempre y no el medio elfo perturbado que acabo de drogar en contra de su voluntad. —indicó despacio—. Se me irá la energía y la vida de ser necesario, pero no voy a dejar que caiga... —aseguró luego de unos segundos de silencio—. Tuvo que lidiar solo con la muerte de Haemir pero la responsabilidad no le dejó duelarlo como debía así que esto... Esto es un doble golpe. —añadió y se llevó al rostro el trapo que había usado anteriormente en Elrond, para limpiarse la sangre y sus lágrimas renovadas, las que al recordar a su amigo habían decidido aparecer.

—Entonces lo ama... —dijo Celebrían, que desde que regresaran del campo de batalla no había hablado ni una vez.

—Fui el primero que se enamoró de él. —reconoció para sorpresa de los presentes, pues era la primera vez que hablaba de sus sentimientos frente a los otros. No era algo que le interesara discutir con alguien más que con Elrond, pero en ese momento cualquier tema de conversación era bueno para distraerse—. O al menos el único que lo reconoció, ya que no oí en Lindon que nadie más profesara sus sentimientos, siquiera que coquetearan con él antes de... Su alteza, Morwenna. —soltó tragando saliva—. Todo era distinto antes... —añadió nostálgico y angustiado.

Por mucho que intentaran cambiar de tema, lo acontecido ese día encontraría la forma de regresar a ellos. Todo había comenzado de una forma que parecía tan simple, con un aviso de una tropa de caza persiguiendo a la gente de Glorfindel...

Aunque ni bien abandonó su hogar para salir de cara al río a defender a las tropas de Gil-Galad, Elrond se arrepintió de no haber llevado su armadura consigo. En su cabeza pesaba la advertencia de Maglor de siempre protegerse y las lecciones de Maedhros; la voz del pelirrojo sonaba tan clara que sentía que lo tenía detrás de su oído regañándolo por ser imprudente.

«Orco a la derecha, ¡Eso no fue lo que te enseñé, Elrond! ¿Por qué me gasté en pedirte que cuides cada flanco si ahora sales a la contienda sin armadura? El orco de la izquierda tiene mal colocada la hombrera, dale en el espacio que le queda en cuello. ¡Cuidado atrás! Eso con una armadura no debería haberte preocupado ¿Lo ves? Maglor no habla en vano y yo tampoco. ¡Enfócate, Elrond!» oía el señor de Rivendel mientras giraba en trescientos sesenta grados, matando bestias a mansalva.

Mientras corría podía ver a sus compañeros y amigos defendiendo una tierra que no era suya, ayudando a los moradores del valle a librarse del enemigo antes del paso del ejército grande, pero la tropa de avanzada no estaba conformada por dos orcos, por lo que toda ayuda era requerida, y pronto, en un nuevo giro vio a las elfas que había transportado desde Lindon portando espadas que la mayoría no sabían usar pero utilizarían para prevenir un desastre mayor en el que sus hijos se vieran involucrados.

—Este reguero de cuerpos los guiará hasta la entrada si siguen el rastro. —anunció Thranduil acercándose a él mientras degollaba orcos.

—¿Sugieres que me detenga a limpiar? —contestó Elrond con ironía, pues cada que se sacaban un orco de encima, otros venían a atacarlos.

—Sugiere... —aclaró Liswen llegando y chocando espaldas con su esposo—. Sugiere que la matanza se haga... ¡Con mayor celeridad! —Completó con esfuerzo mientras clavaba su daga bajo la garganta de un orco que venía a atacar a Thranduil por detrás.

—Gracias. —soltó el rubio volteando hacia ella y girándola para quedar de frente.

—No hay de qué. —sonrió Lis y asaltó los labios de su esposo con un beso apasionado.

A un metro, Elrond luchaba con dos orcos a la vez.

—Oigan, ¿Podrían echarme una ma...? —No terminó de decir cuando la daga de Liswen pasó rasante por su brazo y se clavó en el antebrazo de uno de los orcos haciendo que este chillara y dejara de atacar. Con habilidad, el medio elfo se deshizo del primer orco y desclavando la daga, la deslizó por la garganta del segundo orco, degollándolo. Al girar hacia la silvana, esta apenas finalizó el beso con su esposo y extendió su mano hacia Elrond para recuperar su arma—. Impresionante. —halagó el moreno y la rubia rió.

—Gracias. —dijo con una amplia sonrisa que pronto se le borró del rostro, pues una flecha que conocía bien voló hacia ellos, incrustándose en el cráneo de un orco que venía a atacarlos.

Liswen corrió hacia él para confirmar que no estaba alucinando o confundiendo las plumas, pero el amarillo vivo de la misma no existía en otro lugar que no fuera el bosque. Así que se giró y comenzó a buscar con la vista, algún árbol, roca o estatua que desde lo alto albergara lo que estaba buscando. Y allí lo vio. Saltando entre las ramas de los árboles, la cabellera rubia de su hijo se agitaba en el viento.

Las flechas volaban desde distintas direcciones, pues el pequeño habilidoso no disparaba dos veces desde el mismo ángulo para no revelar su posición, pero su madre lo conocía bien y sabía lo que estaba haciendo, por lo que no le fue difícil vislumbrarlo entre el follaje.

—¡Legol...! —soltó en un grito desgarrador y preocupado, pero Thranduil le tapó la boca con su mano firme y la tomó de la cintura para detener su marcha. Liswen forcejeó, pero no pudo contra Thranduil, quien como elfo adulto era consciente de su fuerza, pero no la había utilizado con nadie hasta ese momento.

—Los alertarás. —advirtió el príncipe a su oído y cuando ella dejó de forcejear, la soltó—. Además puedes distraerlo y hacer que cometa un error que podría lastimarlo.

Liswen giró anonadada hacia él.

—¡Thranduil, tiene diez años! ¡Lo dejé a cuidado de Elena! ¡Ahí es donde tiene que estar, en la seguridad del refugio, no aquí en medio de una batalla! —chilló la elfa con debida angustia.

—Tal vez debía estar allá, —acordó con ella y degolló a un orco que venía a atacarlo por la izquierda—, pero algo debió salir mal y la realidad ahora es otra. Está aquí y es nuestro trabajo protegerlo, empezando por no revelar su posición.

—¿Legolas está allá? —inquirió Narbeth llegando nervioso. Thranduil asintió preocupado y el muchacho desespereró un poco—. Pero... Estaba a cuidado de Elena, con Mïrî. —reflexionó con los ojos muy abiertos por el susto, imaginando cosas que no quería traer a su mente pero llegaban de todas formas.

—Tal vez se les escapó. —opinó Thranduil intentando llevar calma a su amigo y escolta, pero este no lo escuchó.

—Voy por él. —dijo seguro.

—Narbeth, nosotros... —Quiso explicar Thranduil, pero fue interrumpido por el rubio.

—¡Son mi esposa y mi hija las que estaban con él! ¡Dije que yo iré! —exclamó enérgico y corrió en dirección al follaje de árboles.

—Y es mi hijo. —masculló Liswen, pero no pudo hacer nada, porque los orcos seguían llegando a ellos en manada.

En otra zona aledaña al valle, Morwenna corría en búsqueda de los niños que se le habían perdido, seguida muy de cerca por Celebrían. Ninguna de las dos imaginó que acabaría protegiendo la espalda de la otra alguna vez, pero allí estaban, sin tiempo de discutir su posición respecto a los sentimientos hacia y de Elrond, caminando sigilosas entre los muros y los arbustos con arco y espada en mano.

—Una niña de cabello rojo, un niño de cabello rubio. No serán difíciles de identificar, —aseguró la princesa agazapada detrás de una columna—, el resto de los niños están en en valle. —añadió—. Sobre los orcos... Si no los puedo matar a distancia, entonces usted hágalo cuando los tengamos encima. —ordenó—. Y no se separe de mí, porque ninguna de las dos controla bien lo que ocurre detrás nuestro. —indicó preocupada y la hija de Galadriel asintió no del todo conforme, pero sin objetar—. Oh, y cuando sea seguro juntaremos las flechas que dispare. —acotó—. Las necesitamos. Todas las que estén sanas... Incluso si no son estas. —pidió enseñándole las plumas anaranjadas de su carcaj—. Por cierto, las de plumas amarillas son de Legolas, si las ve, es porque está cerca. Con Tauriel no será difícil, estaba sobre un caballo y su cabello rojo es distinguible entre otros.

—Por supuesto. —acordó Celebrían girando su cuello intentando ver por un costado de la columna de entrada—. ¿Cree que se aventuraran muy lejos? —preguntó.

—No sé nada de Tauriel, pero Legolas suele ser muy educado y servicial, por lo que, donde sea que estén sus padres, él estará cerca. Si no es que todavía los está buscando... Por eso tenemos que seguir el rastro de sus flechas. —indicó la princesa—. Sígame.

Cuando hubieron terminado de revisar el perímetro seguro, Morwenna comprobó con preocupación que los niños estaban en pleno campo de batalla. Armándose de valor, las elfas corrieron atravesando los arcos de piedra que conectaban con la salida de la ciudad.

Se guiaron por el reguero de muertos para llegar hacia el epicentro de la contienda y allí, Morwenna tuvo oportunidad de usar su arco por primera vez. Aunque nerviosa por inaugurarse como arquera en una contienda, Morwenna suspiró dos o tres veces y guardó sus lágrimas de espanto para más tarde. Intentó que su mente disipara las imágenes del asedio en el bosque para no cometer el mismo error, para que el susto por su exposición al peligro no la paralizara.

Sacudiendo la cabeza ordenándole a sus recuerdos esfumarse, comenzó a disparar a discreción y paulatinamente fue corrigiendo su puntería con la mayoría de sus flechas dando en puntos vitales del enemigo. Eso le dio confianza y el miedo lo fue perdiendo, aunque no del todo, procurando quedarse a una distancia mayor que cualquier otro arquero del punto de combate.

Mientras disparaba, la princesa vio a Celebrían desclavar con un poco de asco una flecha de plumas amarillas de uno de los cuerpos.

—Lego... —afirmó la princesa y corrió junto a la hija de Galadriel—. Son de Legolas.

—Allá hay más. —señaló la doncella con su dedo índice. Una línea de cuerpos se formaba con sus flechas.

—No debe estar lejos. —afirmó Morwenna y volteó su cuerpo hacia la zona de bosques—. Sígame. —solicitó dirigiéndose al bosque.

Allí, Legolas se desplazó de un árbol a otro y se ocultó entre las hojas color ocre. Entre sus ropas verdes musgo y sus cabellos dorados, la figura del pequeño príncipe se perdía detrás de las ramas mezclándose con el paisaje. Los orcos, aunque buenos rastreadores en suelo, bastante torpes en altura, olfateaban el aroma a menta natural que el niño cargaba, pero no podían saber de dónde provenía.

Legolas los observaba silencioso desde la altura, con el arco tensado cerca de su rostro, intentando no moverse y que fueran los orcos quienes se pusieran en línea de tiro para aniquilarlos. Eran dos los que se habían desviado siguiendo el rastro de las flechas, para eliminar al arquero que los estaba matando, pero si el muchachito era lo suficientemente rápido, que lo era, lograría deshacerse de ambos en pocos segundos sin sufrir daños.

Pero sus planes se vieron truncados rápidamente, pues alguien más ingresó en el bosque.

Tauriel corrió mirando a todas partes con preocupación. Su caballo había caído por los flechazos envenenados de los orcos y apenas había logrado zafarse de las garras de uno pateándole el rostro y enterrando su pequeña espada en su cuello. Ahora, con la cuchilla ensangrentada y una expresión de terror, corría al único lugar seguro que conocía, pues al igual que Legolas, sabía que ocultándose en los árboles tendría más posibilidades de supervivencia que intentando encontrar a Elrond. Valiente había sido a su salida, pero el encuentro con la contienda real la había superado y había abandonado su plan de proteger al medio elfo.

Habiendo llegado al bosque, la pequeña se encontró de cara con ambos orcos, que abandonaron la búsqueda del niño que olía a menta y corrieron a atacar a Tauriel.

La pequeña dio un grito agudo e intentó subirse a un árbol, pero el orco más alto de los dos que cazaban en el bosque, la tomó por las ropas y la tiró hacia abajo. Sujetándola bajo los brazos, el orco intentó acerca su cuchilla a la garganta de Tauriel para cortarle el cuello, pero no llegó a rebanarlo, pues una flecha voló certera y le atravesó el cráneo.

Tauriel zapateó en el suelo liberándose del amarre del orco y al hacerlo, en su desesperación, se llevó un corte bajo la barbilla que rápidamente empezó a sangrar. Llevándose una mano bajo su mentón vio la sangre manchar sus dedos y corrió para ponerse a resguardo del segundo orco que sabía, aun estaba con vida.

Pero en ese instante, Legolas, que había bajado de la seguridad de su árbol para ayudarla, disparó una segunda flecha que se incrustó en el cuello del otro orco y al caer muerto este, el príncipe corrió a arrancarla de su cuerpo. Llegando con Tauriel para revisar su herida, la niña corrió aterrada y se chocó con él, haciéndolos caer a ambos.

Tauriel pateó, golpeó con sus puños e intentó liberarse de Legolas, porque tan asustada estaba, que no había podido dar cuenta que los orcos habían muerto por sus flechas y por ende, lo creía otro agresor. Pero el niño se defendió bien entrecruzando sus brazos y se sentó de un salto, intercambiando su arco por las manos de Tauriel.

—¡Ya cálmate! —Le pidió esforzándose por detener a la elfa. Ella tomó un segundo para observar los ojos azules de Legolas, muy abiertos en torno a su forcejeo. Tauriel se levantó de un respingo, recuperando el aliento y Legolas se irguió a la par de ella. Observó el hilo de sangre correr hacia su garganta e intentó levantar el mentón de la niña pero esta se echó atrás con un chillido de dolor—. Ya, lo siento, ¡Lo siento! —repitió alzando las manos y ambos se miraron asustados—. ¿Estás bien? —preguntó, pero la niña no llegó a contestar.

Nuevos ruidos se escucharon entre el follaje y Tauriel corrió lejos de Legolas. Este la siguió y la ayudó a trepar en un árbol, permitiendo que ella subiera a su espalda y saltara hasta la rama más baja.

Tauriel agradeció el gesto y una vez arriba, extendió la mano hasta Legolas para que este pudiera subir, pero en cuanto él estiró su brazo, nuevos orcos aparecieron, aunque estos venían persiguiendo otro rastro.

—No te preocupes por mí, escóndete. —solicitó Legolas con amabilidad y se giró de cara al camino. Tauriel negó preocupada y desenfundó su espada.

—Niño... ¡Niño! —masculló entre susurros. Legolas volteó hacia ella pero con una venia de su mano le pidió que se escondiera y guardara silencio. Tauriel entonces volvió a enfundar su espada, pero desenredando las correas de cuero de la funda, la lanzó al suelo para que Legolas la tomara—. Niño... ¡La espada! —insistió.

Legolas vio a una de las Gemelas en el suelo y la tomó sin dudarlo. Sin tiempo de anudarse la funda al cuerpo, desenvainó la espada y la sostuvo con ambas manos para darle mayor seguridad a las estocadas. Allí, vio a Narbeth girar en círculos, blandiendo su espada en el aire antes de cortar la carne de los orcos con enorme agilidad.

Las manos de Legolas temblaban sobre la pequeña espada al ver la habilidad con la que el amigo de su padre se quitaba a aquellas bestias de encima. Eran muchos y el niño no sabía dónde atacar primero. Su carcaj estaba casi vacío, excepto por las dos flechas que había recuperado de los orcos que perseguían a Tauriel, así que no lo dudó. Tomó su arco nuevamente y apuntando a los dos orcos más cercanos a Narbeth nos derribó de dos certeros flechazos.

El elfo se giró hacia el arquero y al ver que era Legolas, el corazón se le aceleró; las bestias se acumulaban en el follaje como abejas en la miel. Lejos de acudir en su ayuda, estaba llevando a los orcos hacia el niño.

—¡Legolas, corra! —gritó aturdido entre los gruñidos de los orcos cuando el pequeño soltó el arco y corrió con la espada de Maedhros en la mano, aterrado mientras algunos orcos iban detrás de él.

Narbeth continuó luchando y pidió desesperado a Eru que nada le ocurriera al príncipe, y que su presencia en el bosque no fuera porque su esposa y su hija habían sido heridas o asesinadas.

Más al sur, Elrond terminó con la vida del último orco que encontró en el perímetro y volvió con Thranduil y Liswen, que peleaban lado a lado derribando a los últimos dos orcos que los acechaban.

—No quiero importunarlos, pero sería bueno que me prestaras tu caballo, Thranduil. —solicitó el medio elfo luego de que el rubio derribara a las bestias—. Son demasiados cuerpos y los ejércitos de Mordor no suelen distanciar su avanzada por más de medio día; me temo que tendremos que quebrar el puente de ingreso o seguirán el rastro y nos aniquilarán esta noche. —explicó lo más sereno que pudo, pues las malas noticias parecían ir acumulándose—. Los trasgos se animarían a cruzar el río, los vi con mis propios ojos cuando me persiguieron en Lindon, pero los orcos no cruzarán; es profundo. No partirán su ejército en dos para arriesgarse a perder un asedio si derribamos el puente. —aseguró.

—Pero... Quedaremos incomunicados. —evidenció Liswen volviéndose súbitamente hacia él. Habló rápido para poder volverse hacia el follaje donde había vislumbrado a su hijo, intentando verlo otra vez—. Ese puente es lo único que comunica a Rivendel con el exterior. Los elfos con heridos no podrán ingresar, los que estamos aquí no podremos salir. —añadió y volteó a ver a Legolas, pero ya no pudo encontrarlo.

—Por favor, todos estaremos muertos para medianoche si no lo hacemos. —insistió Elrond—. No es difícil, solo hay que cortar las correas y asegurarnos que caiga, porque es un puente provisorio, por suerte no erigimos aún el de piedra. —recordó—. Pero no puedo ir solo, tengo que salir a campo abierto y necesito escoltas que disparen al enemigo mientras corto las sogas.

—Iremos contigo. —resolvió Thranduil. Liswen se volvió alarmada hacia él, balbuceando con indignación.

—Pe... Pero, Thrand... Thran... ¡Thranduil! —chilló intentando poner sus palabras en orden—. ¡Legolas está allá y necesita nuestra ayuda! —indicó señalando a los árboles.

—Narbeth está con él. —aseguró el rubio y su esposa se indignó aun más.

—¡Narbeth no son sus padres! —dijo tironeando del brazo de Thranduil pero este no se movió ni un centímetro. Mientras forcejeaba, con un movimiento brusco, el elfo la tomó por la cadera y la levantó en el aire.

—Ya oíste a Elrond. —Le recordó—. Si no derribamos el puente todos estaremos muertos cuando la fuerza de Mordor golpee el refugio. Eso incluye a nuestro hijo. —aclaró—. Tenemos que ir con él y ayudarlo para evitar un desastre, para ayudar a nuestra familia. —añadió.

—¡Elrond! —exclamó Lindir llegando al galope—. ¡Morwenna! ¡Morwenna está afuera! —informó con temor—. La vi yendo hacia el oeste, a la zona forestal. —indicó.

Al escucharlo, Liswen, con más dolor que saña, tomó su cuchilla y rozó la piel de la mano de su esposo provocando un corte no muy profundo ni peligroso, pero si lo suficientemente doloroso como para hacer que este la soltara con un quejido. Por el resto de su vida, Liswen se reprochó este hecho y en más de una ocasión reconoció que probablemente a ella le doliera más que a él. Cuando se hubo liberado, de un salto se subió a su caballo y cabalgó en dirección al bosque pidiéndole disculpas a Thranduil a los gritos.

El hijo de Oropher poco pudo hacer por su mano cortada cuando entre los gritos de Lindir y la huida de su esposa, vio a Elrond trepar desesperado sobre su caballo y salir detrás de la elfa.

—No, no, no. ¡No! —gritó el medio elfo con las imágenes de su visión en la mente.

Tal vez no fuera el bosque de Oropher, tal vez siquiera tuviera que unirse en matrimonio con él. Las pistas estaban apareciendo, los orcos estaban ganando terreno bordeando Rivendel y Morwenna estaba llegando a una zona de árboles y bosque, donde casualmente él había visto su tortura.

—La visión... —susurró Thranduil y su rostro palideció como una mañana nevada.

Lindir se acercó hacia él sobre su caballo y dio un manotazo sobre su hombro, obligándolo a voltear. Mantuvo su mano extendida y el Sindar entendió rápidamente la referencia. Con apuro, trepó hasta el caballo y se aferró a la cintura del muchacho cuando este le pidió a su compañero volar hacia el bosque. El animal salió disparado como un rayo y los cabellos rubios de Thranduil se azotaron en el viento como el golpe de un látigo.

Morwenna y Celebrían no dudaron en saltar sobre el bosque en defensa de Narbeth y pronto, la hija de Galadriel se vio en una danza torpe, golpeando con lo que tuviera a mano y dando estocadas con su espada en cualquier parte del cuerpo que hiciera caer a los orcos.

Su estilo era rústico, desesperado, casi inexperto al ojo de cualquier maestro, pero estaba surtiendo efecto y eso era lo que importaba. Celebrían pegaba con sus manos, sus brazos, sus pies, daba la cabeza de los orcos contra los árboles, los aniquilaba con estocadas, cortes, golpes de empuñadura y puñaladas. La sangre brotaba como una fuente y le salpicaba el rostro y las ropas y para el último golpe que pudo dar, su rostro y sus cabellos estaban tan sucios que era difícil distinguir su identidad entre otras elfas.

Morwenna, a diferencia de ella, disparaba sus flechas a todo lo que se moviera y no tuviera aspecto de elfo desde lo alto de una roca y entre segundos que tardaba entre disparar y tensar una nueva flecha, recorría con la vista alguna parte del bosque, en búsqueda de los niños. Así vio a Legolas intentando trepar el árbol donde Tauriel estaba, mientras un orco daba saltos debajo intentando tomar uno de sus pies para hacerlo caer.

—¡Estírate más, no te alcanzo! —chilló Legolas con medio cuerpo sobre una rama, intentando tomar la mano de Tauriel que la extendía hacia él mientras se sostenía de otra rama más alta. Todo su cuerpo estaba suspendido por ese árbol y no lograba tomar la mano de Legolas, pues sus dedos apenas se rozaban.

—Ya... Casi... —lloriqueó Tauriel porque su cuerpo aunque elástico, le comenzaba a doler por el esfuerzo de estirarse tanto.

—¡Aaargh! —gritó Legolas para darse impulso y logró tomar la palma de Tauriel.

A tan solo unos metros, Morwenna comprobó que solo una flecha quedaba en su carcaj y decidió que esa sería para el orco que estaba atacando a su sobrino, así que la tensó sobre su arco, pero antes de disparar vio una figura oscura volar hacia ella que la hizo perder estabilidad y la flecha salió entonces disparada hacia arriba, clavándose en la rama que sostenía a Tauriel, la cual se quebró instantáneamente.

Ya en el suelo, al costado de la contienda y lejos de la vista de los demás por caer detrás de la roca, la princesa se vio luchando con un orco de piel gris pálida y ojos rojos. La bestia se retorcía sobre ella intentando tomar su trenza para darle la cabeza contra la roca, pero Morwenna no dejaría de pelear, incluso comprobando que el orco era más fuerte que ella. La alimaña gruñó ronca y en su rostro deforme pudo ver unos dientes filosos que amenazaron con morderla.

Morwenna logró cruzar su arco debajo del cuello del orco, y haciendo fuerza tiró de las puntas hacia arriba para separarlo de su rostro. Dando unos cuantos rodillazos en el estómago del animal, pudo sacárselo de encima y gritó por ayuda en un chillido mezclado entre susto y angustia.

Pero el orco no la dejaría ir tan fácil, clavando sus uñas filosas en su gemelo izquierdo, tiró de su pierna y se aferró a su bota, arrastrándola nuevamente con él.

Ninguno de los que estaba en el bosque pudo acudir en su ayuda y Morwenna se vio en la tarea de defenderse sola con lo que encontrara. Logró alejar de un golpe la espada del orco para que este no pudiera matarla tan fácil y se las arregló para que las manos de la bestia no llegaran a romperle el cuello, pero el orco clavó profundo sus dientes en el hombro de la princesa y esta aulló de dolor intentando alcanzar una roca con la que darle en la cabeza.

El golpe con la piedra fue certero y el orco sangró, pero lejos de caer muerto o siquiera quejarse, la bestia mordió su brazo con más saña y con un puñetazo bajo la quijada, logró que la princesa perdiera el conocimiento.

—Resistente... —dijo el orco separándose de ella al ver que estaba desmayada—. El amo estará encantado. —aseveró y tirando de la trenza de Morwenna, comenzó a arrastrarla lejos del bosque.

Mientras tanto, Legolas era sujetado por el cuello y levantado en el aire, pues al cortarse la rama que sostenía a Tauriel, ambos niños habían caído al suelo. La pequeña escurridiza había logrado echar a correr hacia el la hierba más alta, escondiéndose aterrada entre los arbustros, pero Legolas no había tenido la misma suerte.

—Muere, pequeña rata. —escupió el orco preparando su estocada final mientras Legolas se retorcía con los ojos muy abiertos en torno a él.

Pero el orco que intentaba darle muerte no lo lograría, porque antes de poder atravesar su estómago con su espada, Narbeth se lanzó sobre él provocando que los tres rodaran por el suelo.

—Legolas, ¡Váyase de aquí! ¡Ocúltese! —Alcanzó a decir Narbeth forcejeando con el gran orco negro como la noche.

Pero el pequeño príncipe se levantó a pesar del dolor de los raspones y tomó la pequeña espada diseñada por Maedhros, dispuesto a ayudarlo.

—¡No! —gritó desesperado y en segundos, sin darle tiempo a dar un solo paso hacia el elfo, Legolas vio con terror cómo la espada del orco entraba bajo el mentón de Narbeth y salía trasversal por su mejilla izquierda.

El orco retiró la espada casi con la misma facilidad que la había atravesado en la carne de Narbeth y Legolas soltó su pequeña espada temblando y aterrado, viendo cómo la muerte lo miraba directamente a los ojos. Narbeth estaba muerto y su último cuadro visual, había sido el de Legolas, mirada que mantuvo mientras el orco se lo quitó de encima y que Legolas observó pasmado, pues los ojos del amigo de su padre y progenitor de su mejor amiga lo miraban sin verlo. Lo observaban fríos con las pupilas gigantes.

Legolas no hizo más que inspirar tembloroso. Las lágrimas aparecieron en su rostro y corrió. Corrió lejos y sin rumbo. Sin saber bien qué hacía. Estaba huyendo pero incluso quería huir de él. Solo quería que todo se detuviera, dejar de oír los chillidos, el choque de espadas y perderse en el silencio o en los brazos de alguien conocido que pudiera protegerlo.

A ese panorama llegó Liswen, que se abrió paso entre los orcos pero no se detuvo a pelear con ninguno que no se cruzara con ella, pues había visto a su hijo correr en dirección contraria y estaba dispuesta a ponerlo a salvo.

—¡Legolas! —exclamó en un grito desgarrador y con rapidez, sin detener su marcha, se aferró a su túnica y lo subió al caballo, huyendo de la escena por el norte.

Unos segundos detrás llegaron Elrond, Lindir y Thranduil. Y mientras que el príncipe y el menor de los Invencibles comenzaron a luchar sin tregua, el hijo de Eärendil dio un salto de su caballo y cayó de rodillas cerca de los primeros árboles.

—¡Morwenna! —exclamó ayudando a la elfa a levantarse, puesto que esta estaba flexionando sus brazos contra el césped, luchando por levantarse, un poco mareada por el golpe en la cabeza que acababa de recibir.

—Tras... Tras la piedra. —señaló Celebrían sostenida por Elrond en el momento en que el medio elfo recordaba que las ropas de la hija de Oropher eran más oscuras que las de Celebrían y caía en cuenta que una vez más se había confundido de elfa.

De todas formas, Elrond logró ponerla de pie y la llevó hasta su caballo. Levantando su rostro hacia él la observó con celeridad. Su mejilla derecha se tornaba oscura, al igual que el costado de su ojo, pero no parecía tener otro golpe o herida.

—Estoy bien. —confirmó ella tomándose de las riendas del caballo, intentando enfocar la vista—. Recibí un puñetazo... Y... Me mareé. Es todo. —aseguró—. Morwenna, milord... —añadió tomándolo del brazo y él puso toda su atención en ella—. La vi caer tras la piedra y la escuché gritar, pero no pude llegar a ella. —afirmó—. Lo siento.

Thranduil acabó con el último orco y se volvió hacia Elrond. Lo había oído gritar el nombre de su hermana, pero rápidamente comprobó que la que estaba allí era la hija de Celeborn.

Intrigado, vio a Elrond correr detrás de la piedra que la doncella había señalado y regresar a su caballo.

—Quédate con ellos. —Le pidió acelerado y salió al galope hacia el sur.

—¿Morwenna? ¿Lis? ¿Legolas? —preguntó Thranduil acelerado llegando con ella.

—El pequeño príncipe y su esposa están bien, alteza. —informó Celebrían—. Ella se lo llevó de aquí pero nadie los persiguió. Han de estar de regreso en las habitaciones... Pero la princesa Morwenna... La vi caer tras la roca, pero ya no está ahí. Se la llevaron. —anunció angustiada y el rubio perdió la cabeza.

—¡Lindir! —exclamó Thranduil y se apresuró para llegar con su caballo y montarlo.

Girando para anunciarle que se quedara con Celebrían, el Sindar observó al muchacho caer de rodillas y girar el cuerpo muerto de un elfo. El llanto desesperado brotó de él junto a un grito de impotencia y lo vio abrazar el cadáver de Narbeth mientras Tauriel, que había salido de su escondite luego de comprobar que todo había terminado, se sentaba junto a él y lo abrazaba asustada y acongojada.

—No... —susurró Thranduil y la pena se le hizo un nudo en el pecho, pero la imagen de su hermana siendo raptada por los orcos le reclamaba seguir y comenzó a desesperarse.

Celebrían se acercó a su caballo y posando una mano sobre su pierna, alzó la vista compasiva.

—Morwenna lo necesita, alteza. Yo me quedaré con él. —aseguró. Entonces el príncipe se alejó.

La contienda estaba siendo perdida por los orcos y el jefe de la avanzada anunció la retirada. Con ella, todas las armas que pudieron ser incautadas por los orcos al paso de los elfos muertos fueron recolectadas y algunos hijos de Eru que habían tomado de rehenes se fueron con ellos como trofeo y alimento. Los orcos estaban hambrientos y los animales escapaban de ellos para la caza, por lo que al no comer en días y los elfos de Rivendel ser vegetarianos, las bestias de Mordor no vieron más opción que llevarse algunos cuerpos cercanos a la entrada y también algunas presas vivas, que sabían, podían servir de material de tortura para su señor, que se deleitaría haciéndolos sufrir intentando averiguar la ubicación de las entradas al refugio junto a otros detalles de Rivendel.

Entre ellos, Morwenna había sido mañatada y estaba siendo llevada, entre forcejeos, por el orco que la había derribado de la roca. Montada sobre un lobo huargo, atada con sogas a su montura como un paquete de carga, la princesa del bosque había despertado hacía apenas segundos para comprobar que se la estaban llevando. Comenzó a gritar y apenas pudo observar de reojo que dos caballos galopaban hacia ella. Eran Elrond y su hermano, que les venían pisando los talones al enemigo.

Los orcos cruzaban el puente con afán de salvarse, pues creían que los elfos de Rivendel no se aventurarían a salir del reino. Pero gracias a la renuencia de Morwenna a llevar tiara o corona, las bestias no sabían que entre sus rehenes se llevaban a una princesa. Mucho menos, que aquella era la hija de Oropher, la que el medio elfo que habían jurado eliminar, amaba.

—¡Eärendilbaur! (¡Hijo de Eärendil!) —gritó uno de los comandantes, a modo de retirada cuando lo vio salir cabalgando furioso entre los arbustos.

Elrond se había ganado su fama entre los orcos, y aunque el precio aun cotizaba alto por su cabeza, ninguno de ellos quería hacer el trabajo sucio, ya que ni uno solo de los que había sido enviado a asesinarlo lo había logrado, y tampoco ninguno había regresado de su misión.

Entonces, los orcos huían despavoridos, pues también habían visto el odio en su rostro, cómo su expresión había pasado del genuino terror de ya no encontrar a Morwenna, a la furia de saber que la habían tomado como si ella fuera un objeto que pudieran robar, como un pedazo de carne.

Junto a él, Thranduil cabalgaba con su espada en alto, esperando el segundo en que alcanzara la cabeza de algún orco para cortarla de cuajo y luchar a muerte para recuperar a su hermana y detrás, Glorfindel les seguía el paso con la tropa de Lindon que aun quedaba en pie.

Todos ellos comenzaron a rebanar cabezas y atravesar la carne negra de los orcos, mientras estos no daban tregua e intentaban amedrentarlos con sus chillidos y gruñidos infernales. Mientras los elfos de Lindon se aseguraban que la menor cantidad posible de orcos cruzara el puente, Elrond se abría paso sin perder de vista el huargo que se llevaba a la rubia, que no dejaba de retorcerse como un gusano con la loca fantasía de liberarse de las amarras y caer.

Pero los nudos de los orcos son fuertes y Morwenna no logró liberarse.

Las flechas disparadas por los elfos no llegaron a hacerle daño al orco que se la llevaba, ni al huargo debajo de ellos, por lo que Elrond vio con terror como su amada se dirigía hacia el puente.

Cabalgando veloz, como si su caballo también estuviera dispuesto a dar su vida por ella, Elrond llegó a unos escasos metros del puente de madera, pero su caballo fue alcanzado por las flechas de los orcos que disparaban desde el otro lado, y el animal se desplomó en el suelo, haciéndolo rodar en el césped.

—¡Morwenna, no! —exclamó Elrond intentando ponerse de pie mientras la elfa cruzaba el puente sobre el lomo del huargo que huía como si la vida se le fuera en ello.

Entonces, tomando su espada y encomendándose a todos los Valar que quisieran oír sus rezos, pidió la piedad de Ulmo, la fuerza de Tulkas y la velocidad de Nessa para lograr salvarla.

Desesperado, se impulsó con sus pies y de un salto con su espada en alto, dio un golpe de hachazo sobre la madera que sostenía una punta del puente. La soga se rompió y este tambaleó, pero el huargo se aferró con sus viles garras a las maderas horizontales y continuó su marcha con dificultad, sin caer.

Así que, llevado por la desesperación y la angustia que comenzaba a ganarle el pecho, Elrond se volvió a impulsar sobre sus pies y cortó la segunda soga. Entonces el puente cayó y todas las bestias que lo cruzaban lo hicieron con él. Incluido el huargo, que quiso aferrarse a la cornisa, pero sus garras resbalaron, tal vez porque Yavanna así lo quiso y cayó al río.

Morwenna gritó aterrada al caer al vacío pues largos metros separaban el puente del río profundo y salvaje, pero Elrond no dudó un solo segundo lo que haría a continuación.

El huargo impactó pesado contra el agua y golpeó su cabeza entre las rocas, muriendo instantáneamente. El orco sobre él intentó nadar pero fue rápidamente arrastrado por la corriente. Y allí fue Morwenna, atada a la bestia y tragando agua, dando manotazos para liberarse.

Detrás, algo más impactó con el agua turbulenta. Elrond se lanzó al río sin pensarlo dos veces e intentó nadar tras ella para ayudarla a quitarse las ataduras. En ese cuadro desesperante, ambos fueron arrastrados por la corriente río abajo.

Cerca de allí, cuando acabaron con los orcos que se habían quedado de aquel lado del puente, Thranduil giró y vio el caballo de Elrond muerto en la cornisa y el puente roto al otro lado. Sin rastros del medio elfo y de su hermana, el príncipe solo pudo pensar que ambos habían caído al río. De una caída como esa ninguno de los dos podría haber sobrevivido, por lo que Thranduil bajó de su caballo y se echó al suelo con un grito desgarrador.

Glorfindel fue con él creyendo que estaba mortalmente herido por una flecha envenenada, pero al ver el caballo de Elrond sin rastros de él, comprendió rápidamente la situación.

—Mellon... (Amigo).Lo siento. —llamó con genuina pena y posó su mano sobre los cabellos de Thranduil mientras este lloraba desconsolado arrodillado en el suelo.

Los minutos que le siguieron a ese momento fueron aterradores, pues Lindir luego de poner a salvo a Celebrían y dejarla a cuidado de Tauriel, siguió el rastro de los caballos de su señor y el príncipe del bosque, pero al llegar, la imagen de Thranduil llorando a los gritos, sostenido por Glorfindel y el caballo de Elrond en el suelo frente al puente roto lo aturdieron por completo.

—Elrond... —susurró girando en búsqueda del medio elfo—. ¿Dónde... está... Elrond? —preguntó mientras el rostro de Narbeth se le venía a la mente acechándolo como un fantasma terrorífico. Tenía que encontrar al hijo de Eärendil, era más que un deseo, era la necesidad imperiosa de contenerse en la muerte de su amigo, de llorar en el hombro de alguien que pudiera comprender lo que estaba pasando.

Pero Elrond no estaba allí y el cuadro de su ausencia era aterrador.

—¿Dónde está Elrond? —Volvió a preguntar, esta vez en un tono de voz más alto.

Glorfindel alzó la vista hacia él y negó despacio.

—¿Q... Qué? —Pidió saber el muchacho, no queriendo realmente oír la confirmación de lo que se temía, esa negación podía significar.

—Lord Elrond cayó... —habló Glorfindel despacio, como si intentara no clavar un puñal con aquella noticia.

Lindir cerró los ojos momentáneamente y su cuerpo se tambaleó un poco. La respiración salió de él como una bocanada que le indicaba que en sus pulmones había más aire del que debía tener y cuando inspiró nuevamente, abrió los ojos sintiendo una molestia grande que no supo si era una falla en su cuerpo o la angustia desbordándolo.

—¿Cayó? —indagó casi fuera de sí y sus manos empezaron a temblar—. ¿Do-do-do-dónde? ¿Có-cómo que cayó? —Logró formular luego de varios intentos fallidos.

Entonces Thranduil se irguió y en el celeste de su iris encontró furia. Doblando una pierna, se puso de pie mientras gruñía adolorido y acongojado.

—¡Está muerto! —exclamó de golpe sin medir sus palabras o su tono violento—. ¡Muerto! ¡Muerto como Morwenna! ¡Muerto como Narbeth! ¡Muerto como Haemir! ¡Muerto como cada maldita criatura que hemos amado! ¡Muerto! ¡Muerto! —repitió subiendo cada vez más el tono, señalando con el dedo índice el puente roto frente a ellos—. ¡Están muertos! —gritó con furia.

—No... No es cierto... —susurró Lindir y en su pecho sintió un fuerte cosquilleo que lo sacudió como un terremoto—. No puede ser... —declaró sintiendo que el aire lo abandonaba.

Como si las noticias funestas no hubieran sido suficientes, Legolas llegó corriendo donde los elfos estaban y esquivando a varios de ellos llegó con su padre tomando su mano y tironeando de él para llevarlo.

—¡Ada! (¡Papá!) ¡Ven! ¡Ven rápido! —pidió el niño. Su rostro estaba rosado por el esfuerzo de la carrera y en su voz acongojada, Thranduil supo que había llorado.

Pero el elfo no pudo reaccionar respecto del estado de su hijo, pues un grito desgarrador de mujer se oyó en la lejanía.

—¡¿Lis?! —inquirió alarmado el rubio pensando que a su esposa le había ocurrido algo—. ¡No, no, no, Lis! —gritó Thranduil y corrió tras su hijo.

Continuará...