Thranduil corrió siguiendo el sonido del grito que había oído y algunos elfos de Lindon fueron con él, pero Glorfindel no. El que alguna vez fuera Señor de la Casa de la Flor de Oro en Gondolin, había sido enviado por Manwë a la Tierra Media para ayudar a Gil-Galad y a Elrond, por lo que les debía devoción a ambos. Pero Elrond había caído al río y aunque este ya lo hiciera muerto, seguiría luchando por el valle de Imladris y eso implicaba obedecer las órdenes de su Señor al mando, el cual supuso sería Lindir. Así que se mantuvo firme en su posición, esperando una palabra del muchacho y a su vez, compartiendo su dolor.

La noticia de la muerte de Elrond hizo que Lindir cayera desplomado en el suelo y en solo segundos, todo a su alrededor le pareció inútil, sin propósito.

Todo era igual. La hierba, los muertos, la peste, la sangre, el cielo, el viento, el sonido del agua, el llanto de Thranduil, los susurros de los elfos. Todo lo mismo, el mismo eco inútil, el mismo universo sin sentido que continuaba su existencia luego de la muerte del único al que había amado. Y eso... Le pareció impropio.

Lindir gateó torpe sobre el césped, llegando a la orilla de la tierra donde todavía se erguían los palos que habían sostenido el puente roto por su amado y echó un vistazo hacia abajo. El río corría violento, pero aun seguía su curso. No se había detenido, los minutos seguían pasando y llegaría el otro día, y otro, y otro en ausencia de Elrond, como si al mundo nada le importara. Y descubrió con pesar que había quedado solo en el mundo, pues al parecer, de los Invencibles solo quedaba uno.

Entonces su gato, que había desaparecido en medio del caos, llegó maullando alto y tendido desde el este, pero Lindir lo hizo a un lado.

—Ahora no, Ninquë. —soltó mirando las aguas con la loca idea de lanzarse a ellas, ya que sin el elfo al que amaba, nada tenía sentido. El gato lo intuyó y arañó su mano para obtener su atención, disipándolo de la tonta idea, pero Lindir lo empujó lejos de la orilla—. ¡Dije que ahora no! —chilló entre lágrimas. Pero el gato no se ofendió, pues comprendió su pena y en realidad, venía a darle una noticia que sabía opacaría su pena por un momento.

Ninquë soltó a su lado la tiara de Elrond, con la que se había lanzado al río. Pero el muchacho estaba tan acongojado que tardó unos segundos en notarlo. De hecho, fue Glorfindel, quien, llegando con él, se agachó para tomar la tiara en sus manos.

—¿Es la tiara de Elrond? —preguntó extrañado.

Entonces Lindir levantó la vista y de un salto se la arrebató de las manos. Secándose las lágrimas apurado, interrogó al gato:

—¿De dónde sacaste esto? —indagó el muchacho nervioso. Fue allí cuando dio cuenta que las patas y la panza de Ninquë estaban mojadas—. ¿Lo... Lo encontraste? —gimoteó refiriéndose a su cuerpo muerto.

—Puede que haya logrado llegar a una orilla y aun esté vivo. —razonó Glorfindel—. Debemos apresurarnos. —agregó volteando a los elfos de Lindon que se habían quedado con él—. Lleven sus arcos, no sabemos con qué nos encontraremos al llegar.

—Llévame con él. —pidió Lindir angustiado y se subió a su caballo—. Por favor, que aun esté con vida. —susurró a continuación siguiendo a Ninquë rió abajo.

Al otro lado del Bruinen, donde la hierba crecía alta y el bosque continuaba a pesar de la falla que había abierto el cauce del río, Elrond removió la cabeza muy despacio. El rostro le latía con un dolor muscular molesto y de lo poco que podía recordar luego de lanzarse al río, la imagen de Morwenna atada al huargo siendo arrastrada por la corriente le ganó la consciencia.

Escuchando voces que hablaban un idioma con el que no estaba tan familiarizado, fue abriendo los ojos intentando enfocar la vista.

—Está vivo, mi señor. —anunció una voz rasposa pero chillona delante suyo.

Cerca de allí, Elrond aun con la visión borrosa vio un bulto oscuro y olió su peste con asco. Un gran orco se acercó pisando fuerte y lo arrastró hacia un árbol, donde lo ató con fuerza.

—Les dije que aun vivía. —expresó ronco—. Eärendilbaur... (Hijo de Eärendil) —llamó tomándolo por la barbilla y obligando a mirarlo—. Es un honor. —agregó irónico y rió por lo bajo—. Si no te hubieras aventurado a ir tan lejos por tu elfita no te hubiéramos podido capturar... —anunció. Elrond se resistió del amarre y buscó a Morwenna en los alrededores con desesperación, pero sin decir una palabra—. ¿Buscabas eso? —preguntó señalando malicioso frente a él.

El orco más pequeño se movió a un costado y dejó a Elrond el panorama libre para ver a Morwenna atada y amordazada en un árbol frente a él. La elfa llevaba más tiempo que él despierta y estaba llorando mientras temblaba asustada. Al verlo moverse se alegró de que estuviera vivo, pero no pudo aliviarse, puesto que su situación actual no era buena.

Elrond se sacudió intentando zafarse de las ataduras, pero estaba muy bien amarrado al árbol y apenas si podía mover los hombros. Bufando enfurecido, alzó la vista hacia el orco y allí, la bestia se encontró con sus ojos desorbitados.

—¿Quién es ella? ¿Tu querida? Tiene que ser alguien importante para lanzarte tan heroicamente a las aguas... —indagó irónico el orco mayor inclinándose hacia él.

—Déjala ir. —masculló Elrond muy serio—. Déjala ir y me entregaré a tu señor en bandeja de plata si así lo quiere. —ofreció.

—¡Oh! ¡En bandeja de plata! —exclamó el orco sonriendo de lado y volteó hacia la pequeña tropa que había logrado cruzar el puente antes que Elrond lo derribara y aguardaba la llegada del ejército mayor para unírseles. Los orcos rieron como hiernas y Morwenna gimoteó aterrada—. Sin duda es muy importante para él... —expresó el orco.

Mirando de reojo a Morwenna con sus ojos rojos brillantes como la sangre y su expresión perversa, se acercó lentamente hacia ella mientras la princesa se retorcía sentada frente al árbol, atada a él al igual que Elrond. Pero su amarre no duraría mucho.

—Es bonita... —reconoció volviéndose hacia él.

Elrond respiró agitado por la cercanía del orco a su amada y porque no sabía exactamente qué vendría a continuación, pero si sabía que no podría ayudarla, puesto que estaba en vano luchando por liberarse.

—¡Déjala ir! —insistió, un poco más desesperado que antes.

—Mira sus facciones finas... —explicó el orco agachándose frente a ella. Morwenna cerró los ojos con terror y continuó llorando intentando no emitir un solo sonido—. Su delicado cabello... —agregó extendiendo su mano hacia la trenza de Morwenna y acariciándola con una sonrisa macabra—. ¿No sientes deseos de...? ¡¿Tironearlo mientras la montas?! —exclamó tirando de la trenza logrando que Morwenna chillara de dolor y susto—. ¡Como a un animal salvaje! —gritó lanzando una carcajada que los demás acompañaron.

—¡Suéltala! ¡Suéltala ahora! —espetó Elrond enfurecido y la suela de sus botas se clavó en la tierra por el esfuerzo de intentar liberarse. El medio elfo se removía lastimándose las muñecas, pues las ataduras empezaban a quemar por la fricción, pero a pesar de todo, no perdía de vista la imagen de su amada que se retorcía tanto como él.

El orco dio cuenta de la angustia que Elrond intentaba esconder detrás de su enfado y decidió presionar sobre ese sentimiento para lograr que se pusiera en evidencia.

—¿Soltarla? No. Me gusta cuando huelen a miedo. —soltó el orco olisqueando muy cerca de su cara—. El sudor frío del terror... Nos excita. —añadió deslizando el dedo índice por el costado del rostro de la elfa.

Morwenna apartó su rostro y su respiración emanó entrecortada de su boca. Una lágrima rodó por su mejilla mientras Elrond observaba expectante y aterrado.

—Eso es... Vas a continuar llorando, —anunció el orco y sostuvo firme el rostro de Morwenna. Esta quiso liberarse pero el orco le estampó la cabeza contra la corteza del árbol—, las lágrimas saladas, oh... —dijo limpiándola con su lengua.

El orco lambió la mejilla de la princesa hasta su ojo y esta sintió tanto asco y pavor que estuvo a punto de vomitar. Tal vez la acción duró segundos, pero para ella se sintió como una eternidad y al finalizar, Morwenna chilló y continuó llorando a los gritos mientras oía a Elrond vociferar que la liberaran.

—Mmm... Deliciosas. —Se mofó el orco soltándola de golpe—. Aunque cuando el amo termine contigo, la sangre será la que te brote como cascada. —Le hizo saber—. También a ti... —agregó poniéndose de pie y apuntando a Elrond con una espada ancha y oxidada—. Pero primero se encargará de ella... Tú serás el plato principal. De ella beberemos, de ti... ¡Haremos un festín! —exclamó el orco acercándose y mostrándole los dientes mientras los demás reían.

Elrond aprovechó su distracción y de un puntapié golpeó duro en el tobillo del orco haciendo que este perdiera el equilibrio. Con una nueva patada logró tirarlo al suelo y humillarlo. Las bestias se callaron inmediatamente cuando su jefe cayó gruñó molesto intentando levantarse.

—¡Oh, desearías no haber hecho eso, elfo estúpido! —refunfuñó el orco.

Morwenna, aun amordazada comenzó a gimotear desesperada, intentando dar gritos que en realidad eran clamores para que el orco no le hiciera daño. Pero la bestia no se detuvo, por supuesto que no lo haría. Tomó su espada, la cual era de filo ancho y en uno de los bordes tenía un pico en punta bastante amenazante y ese triángulo oxidado bien afilado fue el que puso bajo la garganta del elfo.

Elrond lo observó con odio y sin temor. Pues era exactamente eso lo que quería que ocurriera, que la peste de Mordor volviera su atención a él y nada más que a él. Sabía que el orco no iba a matarlo, pues Sauron lo quería vivo para divertirse torturándolo, pero al menos ganaría unas horas hasta que el ejército llegara y quizás con un poco de suerte pudiera escapar cuando lo desataran para llevárselo. Aunque lo que más le importaba y lo que había estado intentando, era que nadie molestara o lastimara a Morwenna.

—Curioso... Aun atado me apuntas con una espada. —expresó Elrond y fingió una risa irónica—. ¿Qué? ¿Me tienes miedo? —preguntó intimidándolo—. ¿Temes que mágicamente me desate y acabe contigo y tus pestilentes vasallos? Cobarde... —acotó con una sonrisa hipócrita.

El orco presionó la punta de la espada contra su piel y a pesar que se resintió por el pinchazo, Elrond prosiguió:

—Usa los puños si eres tan macho. —aconsejó serio—. Si me matas con eso ellos creerán que eres un pusilánime. —indicó señalando con la vista a los orcos que veían el espectáculo y alzó las cejas en torno a ellos—. No se vuelve de eso... ¿Eh? ¡Mírenlo! —exclamó arengando a los orcos—, ¡Miren la gallina que tienen por jefe! —añadió.

El orco lanzó la espada lejos de su cuerpo y Morwenna gritó desesperada cuando el orco lo tomó por sus ropas y mostrando los dientes gruñó enfurecido como un animal.

—¡¿A quién llamas gallina?! —inquirió la bestia.

—A ti. —masculló Elrond.

Con rapidez, el medio elfo le lanzó un escupitajo a la cara y se impulsó con su cabeza para darle tal cabezazo al orco, que hizo que este cayera de espaldas. En todo el bosque, no se oía un solo chillido de orco, pero si los gritos de Morwenna, que por más que intentara hacerse oír, permanecía amordazada, por lo cual de ella solo salían gemidos apagados y balbuceos indescifrables.

Lindir y Glorfindel, que aun estaban siendo guiados por Ninquë, escucharon los gritos como un murmullo lejano. El muchacho alzó la mano pidiendo silencio. Todos los que lo acompañaban detuvieron a escuchar y allí comenzaron a oír también los gritos del medio elfo y los gruñidos de los orcos.

—Viene... Del otro lado del río. —expresó Glorfindel aterrado, pues no había puente que cruzar.

—El bosque. —Se le ocurrió a Lindir de repente y miró a su derecha como la tierra descendía hacia la vera del río—. Solo unos metros más adelante hay un cruce. El río no es nada profundo allí, ha de ser donde Ninquë encontró su tiara. Fue por donde cruzamos cuando Elrond encontró el refugio. —recordó. Apresurándose a bajar del caballo, desenfundó su espada y los demás lo imitaron, pero tensando sus arcos—. Vengan, no hay tiempo que perder. —dijo bajando entre los árboles, de cuando en cuando tomándose con cuidado de su corteza, pues la bajada era muy empinada y peligrosa.

—¡Suficiente! ¡Sé lo que estás haciendo, vil insecto! —bramó el orco—. ¡Pero ya no más! ¡Desátala! —ordenó a otro de los orcos, uno de piel verde y sudor viscoso que corrió junto a Morwenna y cortó sus ataduras—. Ahora veremos qué tan altanero eres...

Más orcos se abalanzaron sobre Morwenna cuando la princesa, que se vio libre de sogas en sus manos, dio un puñetazo certero en el rostro de la bestia que la había desatado.

Los orcos la tomaron por los brazos y cabellos, obligándola a arrodillarse frente a su jefe. Morwenna forcejeó nuevamente, pero sin éxito.

—Ya veo porqué elegiste a esta, hijo de Eärendil. —expresó el orco y Elrond volvió a sentir terror al verlo acercarse a ella—. Desafiante; caprichosa. —declaró caminando pesado hacia ella—. Al amo le gustan las resistentes. —añadió—. Oh... Pero las quiere sumisas. —soltó relamiéndose y los demás chillaron divertidos—. Sí... Le gustan las obedientes... —agregó acercando la mano a su rostro.

—¡No la toques! —vociferó Elrond envuelto en furia. Su voz grave y potente retumbó en el bosque. El orco se giró hacia él y sonrió irónico—. ¡Como le pongas una mano encima otra vez te voy a...!

—¿A qué? ¿Qué me harás, elfito? —interrumpió el orco—. Por si no te diste cuenta estás amarrado a ese árbol. No podrás hacer mucho más que gritar un poco... —Le recordó con gracia—. ¿En qué estaba? —preguntó volteando hacia Morwenna—. Ah, sí... En que al amo le gustan las elfitas obedientes. Así que no se la podemos entregar así, ¿Verdad? —indagó tomando a la princesa por el rostro y escudriñándola macabro, haciendo que su piel se estremeciera de tan solo pensar lo que vendría a continuación.

Morwenna comenzó a temblar por los nervios y Elrond intentó negociar en vano. Pidió que lo que fuera que planearan hacer con ella, se lo hicieran a él, que soportaría lo que fuera, pero que la dejaran ir, o en su defecto, no le hicieran daño. Pero el jefe de los orcos negó todas las veces, con más éxtasis reflejándose en su rostro cada vez.

—¿Sabes? Tenemos un pequeño jueguito para las indisciplinadas como ella, hijo de Eärendil. —contó el orco—. Se llama: ¿Cuánta verga puede soportar una elfa antes de dejar de patalear y lloriquear? —mencionó sonriente—. Me gustaría jugar con tu pequeña golfa si no te opones. —solicitó el orco mientras tanto Elrond como Morwenna comenzaban a desesperar.

—No, no, no, no. ¡No! —Comenzó a repetir desesperado el medio elfo y el orco rió macabro.

—Oh, espera... No importa si te opones, estás atado, ¡No puedes hacer nada! —expresó encantado—. Prepárenla para mí, muchachos. —soltó voltéandose a ella—. Me la voy a coger como si montara un huargo salvaje. Sin piedad, sin descanso... Hasta que deje de moverse. —agregó.

Morwenna abrió la boca pero de ella al principio no salió ningún sonido. Sus manos temblaron y las piernas se le volvieron de gelatina. Los orcos la cargaron como si fuera una bolsa y llevada por el ataque de nervios, la elfa gritó y lloró, con una fuerza y un volumen que nadie jamás había oído emanar de ella.

Elrond solo pudo verla irse mientras luchaba con fuerza descomunal para librarse de las ataduras.

—¡No! ¡Morwenna, no! ¡No, no! ¡No! —gimoteó completamente atrapado por la desesperación.

Los orcos comenzaron a tironear de sus ropas, haciendo jirones el tapado y el chaleco, que cortaron con sus espadas para no perder tiempo desatando los cordones. Entre gritos y manotazos que Morwenna intentaba dar, pronto a las bestias solo los separó su fina túnica verde oscuro de su cuerpo desnudo.

—¡Alto! —exclamó el jefe de los orcos cuando estos ya comenzaban a poner sus sucias manos sobre la túnica.

Morwenna lloró impotente y Elrond contuvo la respiración, esperando que el orco expresara la razón por la que los había detenido.

—No... —prosiguió el orco y negó con la cabeza—. ¿Qué estoy haciendo? —reflexionó irónico y Elrond le prestó especial atención—. Yo no soy así... Nosotros no somos así. No hacemos esto... —dijo señalando al claro donde la elfa era sujetada de rodillas, con el trauma y el asco postrado a sus pies.

—Déjala ir... —sollozó Elrond y las lágrimas brotaron de él, mostrándose completamente derrotado y vulnerable—. Tomaré su lugar si es necesario, pero déjala ir... Por favor. —pidió gimoteando.

El orco lo observó serio y de reojo, miró a sus compañeros, con la elfa llorando aterrada.

—Nosotros no somos así... No. —repitió e hizo un breve silencio—. No. Tráiganla frente a él, quiero que tenga una vista privilegiada mientras adiestro a su elfa. —expresó dando un grito de júbilo y perversidad—. Así es como hacemos las cosas, hijo de Eärendil.

—¡No! ¡Basta, por favor! —gritó el medio elfo y deseó que el mundo se encogiera y explotara, para liberarlos del sufrimiento.

Morwenna fue arrastrada frente a Elrond y empujada al suelo, la elfa cayó apoyando las palmas de sus manos y las rodillas. Sostenida por todas partes, el jefe de los orcos tiró de su trenza hacia atrás haciéndole levantar el rostro hacia él.

—Quiero que lo veas. —susurró con su aliento podrido en su oído. Morwenna apretó los ojos deseando que su vida acabara en ese instante por designio del destino y un nuevo tirón de cabello la obligó a abrirlos—. ¡Si dejas de mirarlo le cortaré el cuello y te haré montar por todos! —amenazó.

Liberándola de su mordaza, la elfa gritó pidiendo ayuda y recibió una bofetada de uno de los orcos que la sostenía.

—Calladita... —pidió el jefe separándole las piernas de un puntapié y arrodillándose tras ella—. Todavía no es momento de gritar. —aseguró tocándose los genitales para estimularse.

—Por favor, por favor no... Por favor, no, no. No. —musitó ella entre lágrimas.

La cercanía de las bestias, el hedor que emanaba de su cuerpo, el amarre fuerte a pesar del forcejeo constante, los golpes, la violencia y la impotencia de no poder hacer nada más que sufrir la estaban volviendo loca. Elrond frente a ella se sentía un inútil y la peor calaña sobre la tierra. Había llevado a Morwenna a vivir la peor tortura que pudiera imaginar, porque matarla hubiera sido trágico aunque piadoso y aunque viviera por siempre culpándose por enamorarse de ella y haberla condenado a la maldición que parecía atacar a todo aquel que él amara, hubiera sabido que el fin, aunque doloroso, había sido rápido y menos traumático.

Y por eso mismo se ofreció a que la tortura fuera suya, pues estaba dispuesto a dañarse de por vida, si acaso sobrevivía a tal crueldad, con tal de que ella no tuviera que pasar por esa experiencia. Pero los orcos lo sabían y más que por hacerle daño a la elfa, la violarían para quebrarlo a él. Poco les importaba lo que ella sufriera, y sobretodo porque ignoraban que era una princesa, pues de haber sabido que aquella a la que intentaban abusar era la hija de Oropher, hubieran disfrutado de su carne de forma más voraz.

—Por f-favo-Por favor, por favor, pi... Piedad. —repetía la princesa sin poder voltear a ver nada más que a Elrond, pero sabiendo que lo peor comenzaría pronto.

—Morwen... Morwenna... —susurró Elrond en un lamento quebrado—. Mírame. —pidió obteniendo la atención de la elfa, que encontró su punto de escape y evasión en los ojos grises del medio elfo—. Mírame. —Volvió a decir él y ella lo oyó como un eco lejano mientras sentía que el orco le arremangaba la túnica en la cintura y se disponía a bajar y arrancar su pantalón de montura—. ¡Lo siento...! Lo siento tanto. —lloriqueó el elfo sintiéndose odiosamente culpable.

Entonces una lluvia de flechas cayó sobre ellos y el jefe de los orcos abandonó su posición.

—¡Emboscada! —gruñó y corrió hacia el bosque a dar muerte a los invasores. Todos los orcos fueron con él.

Entonces, de entre los árboles Glorfindel salió corriendo y en dos estocadas derribó tres orcos con la fuerza de su espada. Detrás los otros elfos dispararon y Lindir se abrió paso entre cuellos degollados por su espada, para llegar con Elrond.

La cabeza de un orco rodó delante de Morwenna, que gateaba aterrada intentando llegar a Elrond. La elfa no soportó más la presión de lo que estaba viviendo y solo bastaron los arcadas para que el vómito saliera de su boca como un estallido. Posteriormente, dio bocanadas de aire intentando serenarse, pero la situación la había superado y con un mareo repentino cayó desmayada dando su cabeza contra una bota de Elrond.

—¡Morwenna! —llamó angustiado el medio elfo viendo cómo las flechas volaban hacia todas partes poniéndola en peligro.

Lindir llegó en ese momento junto al árbol y sin perder tiempo, comenzó a hachar las sogas con estocadas pesadas que dio a la corteza del tronco. A sus pies, Ninquë mordía las sogas intentando ayudar.

—¡Toma mi caballo, meleth, (amor) huyan! —exclamó Lindir luego de liberar a Elrond, ayudándole a cargarla.

Elrond trastabilló los primeros pasos cargando a Morwenna, no porque no pudiera llevarla, o porque esta fuera pesada, sino porque su estado de aturdimiento aun seguía acompañándolo. Todo estaba pasando demasiado rápido, pero en ese momento todo lo que quería hacer era poner a salvo a Morwenna.

Lindir iba un metro delante suyo derribando orcos y a pocos metros, Glorfindel se batía a duelo con el jefe de todos ellos.

El muchacho tomó las riendas de su caballo y quiso ayudar a Elrond a subirse, pero allí fue cuando volteando a ver el paisaje de lucha, el hijo de Eärendil salió de su atolondrado estado y le entregó a Morwenna en brazos pidiéndole que se fuera con ella.

—¿Qué? —dudó Lindir, preocupado por su cambio tan repentino. Elrond parecía enfocado y enfurecido—. ¿Qué harás? No...

—¡Sácala de aquí! ¡Llévala a Imladris! —ordenó el moreno y comenzó a buscar en el suelo el lugar donde habían confiscado su espada.

—¡Elrond, no hagas una tontería! ¡Por favor! —suplicó Lindir pero este se volvió hacia él envuelto en furia.

—¡Llévatela! —comandó en un grito que hizo estremecer al muchacho.

Lindir fue obediente, más por susto que por lealtad y galopó raudo hacia Rivendel, cruzando la parte del río que era más baja.

Por su parte, Ninquë se quedó con el hijo de Eärendil y lo guió hasta su espada. Allí, Elrond la desenfundó y corriendo iracundo hacia el jefe de los orcos deslizó el filo de su espada contra su costado, haciendo que este se resintiera. El orco soltó la espada y cayó y Glorfindel, que luchaba con él, se preparó para degollarlo, pero su espada chocó con la de Elrond, haciendo que el rubio se extrañara sobremanera.

—¿Qué hace, mi señor? —preguntó confundido—. Hay que eliminarlo.

—Este es mío. —masculló Elrond y se volvió hacia el orco que intentaba levantarse.

Con un patada en la cabeza, el jefe de los orcos cayó de espaldas nuevamente en la tierra y cuando los elfos de Glorfindel, que habían derribado a los demás, quisieron ayudar, el rubio alzó su mano y los detuvo, haciendo que todos atendieran la acción del medio elfo.

—Eärendilbaur... (Hijo de Eärendil) —escupió el orco riendo con sangre en los dientes, pues la patada de Elrond le había quebrado algunos—, ¿Todavía sientes ganas de pelear?

—¡Te dije que no la tocaras! —exclamó el moreno con toda la furia acumulada en su garganta y con su espada apuntó directo a los genitales del orco, presionando sobre la carne.

—¿Se la llevarás de recuerdo? —soltó la bestia con una carcajada—. Tu golfa se llevó un buen susto, no vas a poder tocarla por unos años... Si es que alguna vez se deja manosear otra vez. —agregó y las risas macabras siguieron.

—CÁLLATE. YA CÁLLATE. CÁLLATE. —gritó desaforado el hijo de Eärendil no soportando más que un ser tan vil se mofara de esa forma.

Entonces Elrond soltó todo el peso de su espada sobre el pene del orco y lo cortó de cuajo. La bestia de Mordor chilló pero el hijo de Eärendil le hachó la cabeza y la pateó lejos del cuerpo. Totalmente fuera de sí, atormentado por los recuerdos de lo que acababa de vivir, siguió lanzando estocadas sobre el cuerpo hasta cercenarlo en varios trozos.

Los elfos de Lindon se estremecieron ante su grado de violencia, pues algunos habían sido sus aprendices y jamás habían visto a Elrond perder la compostura, pero ninguno de ellos dio un paso al frente para detenerlo, porque ahora obedecían a Glorfindel y este comprendía a la perfección que el hijo de Eärendil necesitaba descargar su furia.

Cuando el cuerpo se le agotó por las estocadas constantes, Elrond se tambaleó en el aire y cayó de rodillas. Fue allí cuando Glorfindel corrió hacia él y quitándole la espada de las manos lo ayudó a ponerse de pie. El medio elfo caminó por inercia con la mirada perdida en el paisaje, pero días después no recordaría cómo había llegado de vuelta a Imladris. Pues todo lo que podía oír era su respiración y las súplicas de su amada minutos antes de que los elfos llegaran a salvarlos. En sus ojos, se repetían las imágenes horrendas de Morwenna siendo apresada y manoseada por los orcos.

—Era... Seguro. —soltó en un susurro que no fue perceptible por los demás.

En el bosque que se encontraba aledaño a Imladris, cuando Thranduil llegó encontró a su esposa abrazando a Mïrî y cubriendo su rostro a la altura de los ojos con sus manos. La pequeña lloraba asustada, pero por fortuna no había alcanzado a ver a su padre. Las acompañaban Lady Galadriel y Celeborn, con su hija Celebrían que sostenía la mano de Tauriel, aguardando todos allí en silencio sin saber muy bien qué hacer.

El grito que se había sentido como un lamento acongojado y mortal había sido el de Elena, pues cuando Liswen llegó a los aposentos de Rivendel para poner a Legolas a salvo, había oído los golpes constantes tras la puerta de la doncella y corriendo a liberarla, Legolas no supo cómo darle la noticia, pero se lo tuvo que decir de todas formas. Su esposo estaba muerto, su adorado Narbeth yacía sin vida en el bosque de Imladris.

Elena corrió y allá fue Mïrî con ella. Entonces Liswen y Legolas decidieron seguirlas, encontrándose en el camino con los elfos de Lórien, que quisieron ayudar.

Thranduil se acercó prudente luego de comprobar que su esposa estuviera a salvo, porque ella le aclaró que nadie la había podido quitar de encima de Narbeth, ni siquiera Galadriel con su presencia tan cálida y solemne lo había logrado. Ninguna palabra de aliento, siquiera un mantra de hipnosis podía removerla de allí. Elena abrazaba el cuerpo muerto de su esposo, meciéndolo llorando ya sin lágrimas; las había agotado todas.

Cuando el príncipe se agachó despacio y tocó su hombro, ella se volvió temerosa, rápida como un rayo, pero al ver que era Thranduil y no otro elfo, no se resintió ni se aferró al cuerpo de su esposo intentando que no se lo quitaran.

—¿Por qué? ¿Por qué no se mueve? ¿Por qué no despierta? —gimoteó la elfa y a Thranduil se le llenaron los ojos de lágrimas.

Elena parecía una niña pequeña, tapando la herida de la espada con sus manos y haciendo preguntas que eran obvias, pero por su pena y la repentina partida de su esposo, la elfa no podía razonar.

—Lo siento tanto, Elena. —expresó Thranduil, y en su comentario, también la imagen de su hermana llegó a su mente. Por lo que la abrazó y lloró desconsolado.

—¿Cómo voy a seguir después de esto? —preguntó retórica la elfa apoyando su cabeza bajo el mentón de Thranduil—. ¿Cómo se continúa? ¡No podre vivir sin mi Narbeth! —chilló ahogada—. ¿Qué le diré a Mïrî? —añadió.

Lentamente, Thranduil fue logrando que ella se despegara del cuerpo, para que los elfos pudieran levantarlo con un camastro y llevarlo hasta Rivendel para que el señor de la ciudad decidiera qué hacer con todos los caídos.

Legolas bajó la vista sumamente abochornado al verlo pasar y empezó a reflexionar sobre lo que había ocurrido. Por si no fuera suficiente con sentirse apesadumbrado y sumamente culpable por los hechos acontecidos, no veía a su tía por ningún lado y había encontrado en su carrera hacia el puente, a su padre envuelto en un llanto que lo hacía sentir derrotado y pequeño, por lo que solo podía esperarse lo peor.

—Es mi culpa... —susurró alzando la vista hacia su padre, quien caminaba lento con Elena hacia ellos—. Todo esto pasó por... —Quiso decir pero Lindir cabalgó hacia la entrada y la princesa del bosque pudo ver que llevaba a Morwenna desvanecida sobre su caballo.

—¡Morwenna! —Dio la voz de alarma la rubia y todos voltearon hacia la figura de Lindir que se perdía en el camino.

—Debo... Debo ir con ella. —anunció Thranduil y Elena asintió. Tomando el caballo de su esposa salió al galope a su encuentro.

Cuando llegó donde Lindir dejaba su caballo e intentaba cargar a Morwenna, el elfo se bajó de un salto y tomó a su hermana en brazos.

—¡Morwenna! —exclamó creyendo que estaba muerta, pero Lindir le aclaró en seguida que solo estaba desmayada, pero que no sabía qué esperar de su despertar—. ¡¿Está herida?! —Lindir negó triste.

—No es su cuerpo. —reconoció despacio—. Estaban... —dudó el muchacho en confesar lo que había visto, mientras Thranduil posaba su cuerpo sobre un sofá que había bajo una de las pérgolas del valle—. Cuando llegamos siguiendo la pista de Elrond ellos estaban... Intentaron... —vaciló Lindir, siendo abordado por la intriga de Thranduil.

—¡¿Qué?! ¡¿Estaban qué?! —inquirió el rubio sosteniendo la muñeca de su hermana, intentando que volviera en sí.

—Quisieron violarla. —soltó Lindir con un poco de vergüenza. No quería ser quien diera la noticia, pero tampoco quería esconder el vil hecho del príncipe—. De hecho, la abusaron... Pero no llegaron a... —comentó tragando saliva con asco e impotencia—. Ya sabes.

—¡¿Q-Qué?! —titubeó Thranduil llevándose las manos a la cabeza, observando el cuerpo inerte de su hermana.

—Si tan solo hubiera llegado antes, si hubiera corrido más rápido... —Comenzó a lamentarse el muchacho.

Thranduil posó su mano sobre la frente de Morwenna e inspirando hondo, se inundó del terror y la angustia que el espíritu de su hermana estaba despidiendo. Dio una bocanada de aire dolida y Morwenna abrió levemente los ojos pestañeando confundida.

—¿Thran? —susurró y su labio inferior comenzó a temblar.

—Está bien, está bien... Está bien. —dijo él y ella se sentó asaltando sus brazos—. Todo estará bien, estás a salvo, estás en Imladris, estoy aquí. Estás protegida, yo te... Yo te cuido. —declaró aferrándose a ella y llorando con pena justo cuando creyó que ya no tenía más lágrimas para derramar—. Nadie te hará daño, nunca más. —soltó angustiado escuchando a su hermana sollozar en su pecho.

Elrond y la comitiva de Glorfindel solo tardaron unos minutos más en llegar a la ciudad y cuando entraron, el hijo de Eärendil bajó la vista hacia el reguero de muertos y heridos que aguardaban en camastros improvisados. Entre ellos, los familiares de los elfos se congregaban acongojados y en una de aquellas interminables y terribles filas halló un rostro familiar.

El hijo de Eärendil se lanzó del caballo, cayendo al suelo y arrastrándose hacia el cuerpo muerto de Narbeth mientras Glorfindel corría a asistirlo, pensando que había caído por un desmayo o herida.

—Oh no, no, no, no. Narbeth... Narbeth... ¡Narbeth! —gritó Elrond y zamarreó su pierna, pero al ver que no se movía, el hijo de Eärendil comenzó a respirar rápido y gimotear atragantándose con su propia saliva angustiante.

—¡Lord Elrond! —exclamó Glorfindel tironeando de él para levantarlo, pero el medio elfo seguía tumbado en el piso sacudiendo el cuerpo de su amigo.

—Narbeth, no. No... —negó el hijo de Eärendil—. No... —repitió y sus ojos se aguaron—. Narbeth no... No, no... Era seguro... —dijo Elrond por primera vez y allí comenzó a temblar, repitiendo una y otra vez la misma frase—. Esto no tenía que pasar, no tenía... —repitió llorando sumergido en la oscuridad de la pena—. Era seguro, era seguro, este lugar era seguro, seguro, seguro... ¡Era seguro! —exclamó liberándose de las manos de Glorfindel—. Era seguro, seguro, era seguro... —Continuó diciendo.

—Elrond... —llamó Lindir postrándose junto a él e intentando removerlo.

—Era seguro, Lindir, era seguro. Seguro, seguro, ¡Era seguro! —llamó el medio elfo intercambiado miradas desorbitadas entre él y el cuerpo de Narbeth.

Galadriel se detuvo detrás de ellos y dijo a Glorfindel:

—Encuentren la manera de llegar a las casas de curación. O a su cuarto... Valeriana y pasiflora. —aconsejó.

Y así, el medio elfo llegó a su cuarto, negándose a ser tratado, por lo que Lindir tuvo que engañarlo.

Durante la noche, mientras los elfos montaban guardia en la puerta de su cuarto, una pequeña figura caminó por el pasillo y obtuvo la atención de Lindir. Tauriel llegó con una lámpara de ámbar, arrastrando su blanco camisón por el suelo. El muchacho se asustó, creyendo que ella estaba ahí por una emergencia o una dolencia, aunque la venda en su barbilla estaba seca y parecía que la herida de la espada había cicatrizado bien.

—¿Puedo entrar? —preguntó sobre la puerta del cuarto de Elrond y Lindir sonrió preocupado.

—Elrond está dormido. Tuvo un día muy malo, lo mejor será que lo dejemos descansar. —contestó el muchacho con amabilidad.

—No quiero despertarlo, quiero acostarme en su cama. —aclaró Tauriel—. Tuve una pesadilla. Los orcos me perseguían y yo no podía correr, mis piernas estaban cansadas y dolían... Tenía que desplazarme usando también mis manos, como un animal, y sostenerme de las ramas de las plantas para impulsarme. Pero ellos estaban cada vez más cerca... Los oía reírse y gritarme. —relató con temor.

—Oh... —dijo Lindir acariciando su mejilla—. Déjame ver si está vestido y te dejaré entrar, ¿Sí? —pidió. La pequeña elfa asintió.

Lindir ingresó despacio a la habitación, intentando no hacer ruido, para comprobar que los curanderos le hubiera quitado las ropas mojadas a Elrond, pero lo hubiesen vestido lo suficiente como para que Tauriel pudiera quedarse allí con él.

Afuera, la pequeña elfa se giró y observó a Thranduil, que permanecía inmóvil entre dos elfas. Morwenna dormía en el suelo, envuelta con una manta llena de estrellas bordadas y con la cabeza reposada sobre el regazo del príncipe. La niña la recordó en seguida, esa era la elfa que su padre tan desesperado estaba por lograr que se escondiera con ella.

Era tan parecida a Thranduil que no tardó en darse cuenta que ella era su hermana, pero aun no comprendía qué hacían ellos allí y de dónde habían venido, pues no habían tenido tiempo de presentarse.

Al otro lado, sobre su hombro izquiedo, la cabeza de Elena reposaba sobre el hombro de Thranduil. La elfa también estaba dormida, ya que Lady Galadriel había compartido la idea de la Valeriana para todos aquellos que hubieran sufrido un trauma en ese día.

Thranduil había sufrido sobremanera con su hermana, primero creyéndola muerta y luego enterándose de lo que los orcos le habían hecho, pero se rehusó a tomar siquiera un té de tilo, pues quería permanecer en vigilia para cuidar a su hermana y controlar a Elena. Con Liswen, se habían dividido las tareas, ella se encargaría de los niños mientras que él se quedaría cuidando a las elfas y haciéndole compañía a Lindir.

Ahora observaba a Tauriel con curiosidad y un poco de extrañeza. ¿Quién era esa niña y por qué le permitían dormir con el señor de Rivendel como si fuera su hija?

—¿La elfa de la habitación? —preguntó el príncipe despacio, intentando no intimidar a la niña. Tauriel llevó su mirada hacia él.

—¿La mamá de Legolas? —preguntó y el príncipe asintió calmado—. Me dejó venir. —aseguró la pelirroja—. Está intentando que Legolas se duerma. Él no deja de decir que todo esto es su culpa. —reconoció y Thranduil se puso serio—. No lo es. —agregó Tauriel al ver el cambio repentino en su expresión.

—Lo sé, pequeña. —reconoció el príncipe para que ella no se preocupara—. Pero Lego es obstinado, —declaró—, tendré que hablar con él en la mañana.

—¿Usted es su adar? (Padre). —indagó la princesa. Thranduil asintió con una sonrisa y Tauriel abrió los ojos muy grandes observándolo con terror—. ¿Usted hubiera asesinado a mi ada (papá) si a Legolas le hubiera ocurrido algo malo? —preguntó ofendida. Thranduil frunció el ceño uniéndose a la ofensa de Tauriel.

—¿Qué? No... ¿Quién te dijo eso? —inquirió el rubio.

Tauriel señaló a Morwenna sin dejar de mirarlo.

—¿Por qué...? —dudó el elfo. ¿Qué tenía que ver su hermana con el padre de esa niña—. ¿Elrond es tu...? —consultó Thranduil y la niña asintió segura.

—Cuando Legolas huyó, la señorita quiso ir tras él. Intenté detenerla para escondernos, tal y como noshabían pedido, pero ella dijo que si a Legolas le pasaba algo, ella y mi ada (papá) serían elfos muertos. —explicó—. Conocí a la mamá de Legolas, no parece una elfa mala. —reflexionó torciendo la boca pensando en Liswen—. Así que usted que es su adar (padre) ha de ser quien iba a matar a mí papá si algo le ocurría a Legolas. —razonó.

De repente Thranduil comprendió porqué todos estaban afuera en la lucha. Todo había empezado por Legolas, pero no había sido su culpa, aunque su hijo creyera que sí.

—Yo no... —Quiso decir Thranduil, pero Lindir abrió la puerta y le indicó a Tauriel que ya podía pasar.

Luego de salir, el muchacho se encontró con la seriedad de Thranduil.

—¿Morwenna lo sabe? —preguntó directo pero Lindir no comprendió. Ladeó su cabeza confundido y el príncipe aclaró su pregunta—. La niña. Es hija de Elrond...

—Y también es mi hija. —reconoció el muchacho.

Celebrían y Thranduil se miraron sorprendidos, casi instantaneamente uno buscando la mirada del otro.

—¿La adoptaron? —indagó el príncipe intentando comprender la situación.

—¿Entonces usted es... La señora de Imladris? —acotó Celebrían sumamente confundida, pues esas cosas no se hablaban en Lothlórien más que como un chisme horrible.

—Sería el Señor de Imladris en todo caso, —corrigió Lindir—, pero no, no lo soy. Solo hay un señor y ese es Elrond. —declaró muy serio.

—¿Pero entonces ustedes son... Esposos? —Quiso saber Thranduil,

Lindir se permitió reír por lo bajo y volvió a sentarse.

—Elrond y yo somos amigos. Yo lo amo y él me ama... Pero no de esa forma. —aclaró—. Y la niña si es nuestra... Fue el regalo que nos hizo Haemir antes de... Irse. —soltó con un suspiro.

Pronto, tanto Thranduil como Celebrían se observaron boquiabiertos. Ahora lo entendían... El cabello rojo, el cabello de Haemir.

—Pero... —dudó Thranduil.

—Te explico... —dijo Lindir y comenzó a relatar la historia de cómo Elrond había llegado a Lindon con Tauriel, pues la noche era larga y no tenían mucho más de lo que hablar que no supusiera recordar las calamidades que habían pasado ese día.