Los días se escurrieron de los dedos de los elfos sin que pudieran seguir contándolos, y aunque el Valle de Imladris se caracterizaba por ser un lugar pacífico, el silencio reinaba en sus pasillos más de lo usual.

Desde lo alto de una pérgola, el señor de Rivendel supervisaba la obra que había enviado a ejecutar y dejaba nota en sus registros de la fecha de su construcción. Le hacía falta un buen arquitecto o dibujante para retratar el proceso, pero el suyo había muerto en batalla y la única persona que conocía con una capacidad de dibujar a mano alzada con la elegancia de los Valar, escapaba de él como si el medio elfo acaso le recordara al mismísimo Sauron.

No era así, pero Morwenna no quería verlo a la cara, no luego de lo ocurrido y no porque estuviera enfadada, sino porque su angustia derrumbaba la poca calma que tenía durante el día si acaso permanecía cerca de él. Pero por más que había querido huir de regreso hacia el bosque, su hermano había dado la negativa. Thranduil sabía que ella no estaría más segura que allí, en compañía de su familia y donde ningún otro incidente había acontecido desde el desastre.

Los ojos de Elrond estaban cansados, rojos y secos por la atención especial que ponía a cada rincón esos días y todos pudieron notarlo.

El hijo de Oropher se detuvo junto a él y sin mirarlo, admirando la gran obra de infraestructura que los elfos estaban socavando para mover el curso del Bruinen frente a ellos, en un cauce tan profundo que ningún orco o bestia volviera a acercarse a Rivendel, extendió una misiva hacia él.

—Creí que había quedado claro que tengo caballeros destinados exclusivamente a ese trabajo. —comentó el hijo de Eärendil echando una mirada rápida de reojo sobre Thranduil. Este portaba sus armas sucias y una carta de Gil-Galad, la cual había logrado pasar el frente de batalla y tenía que ser escoltada hacia Elrond esquivando las tropas de orcos que solían merodear el perímetro esperando interceptar cualquier mensaje de auxilio, por lo que era claro que el hijo de Oropher había salido junto a los elfos de Rivendel para ayudar a entregar la misiva—. Y por si fuera poco, también elevé una orden que impide a los miembros de la familia real abandonar la ciudad hasta que el camino nuevo esté construido.

—Si te sirve de algo, fui el único que salió. —informó el rubio con seriedad.

—NINGÚN miembro de la familia real, Thranduil. —recalcó Elrond con cierta severidad—. Es peligroso.

—Te recuerdo que ya soy un elfo adulto, me sé cuidar solo. —acotó ofendido el príncipe.

—Esta es mi casa y estás bajo mi total responsabilidad y cuidado. Adulto o no. —insistió el medio elfo.

—Esos orcos intentaron violar a mi hermana. —contestó Thranduil en un tono bajo y oscuro. Elrond cerró los ojos escociéndose como si el dolor de recordarlo pudiera sentirse en la piel como un ardor potente y lo hubiera experimentado en ese momento—. La abusaron, la lastimaron, le arruinaron la vida. Las secuelas de esa experiencia la atormentarán por siempre. —agregó hostil—. Ni pienses que detendrás mi gusto por salir a cortar cabezas de Mordor y empalarlas en el perímetro a modo de advertencia. —amenazó.

—Ya. —Elrond le quitó la carta y se propuso a abrirla—. ¿Morwenna? —preguntó serenándose.

—Mejor... Durmió toda la noche, sin ayuda de las hierbas. —informó Thranduil con el mismo aplomo—. No tuvo sueños, pero tampoco pesadillas, lo cual es alentador.

—¿Su vigilia? —consultó el medio elfo abriendo la misiva de Gil-Galad.

—Algo ocurrió esta mañana, pero está controlado. —dijo escueto. Finalmente Elrond se dignó a mirarlo, torciendo su cuerpo hacia él y observándolo con curiosidad y preocupación—. Secuelas de... —soltó sin querer terminar la frase, pues había quedado claro—. Lis le pidió a Celebrían que la ayudara a ajustar su corset, la hija de la dama Galadriel comenzó a tirar de los cordones y... Creo que el tironeo activó un recuerdo o...

—Sí. —respondió rápido Elrond de una forma tosca deteniendo su discurso, pues también estaba trayéndole recuerdos a él—. ¿Cómo está ahora?

—Sentada frente al jardín, callada... Buscando una paz que no logra obtener hace días, pero al menos los temblores ya pasaron. —contó aliviado y contagió de su tranquilidad a Elrond aunque el medio elfo no dejara de pensar en ella—. Está con Lindir y los niños allá... Tauriel le está enseñando a Legolas a tomar el té apropiadamente. Quién te dice y los comentarios tontos de mi hijo sobre el exceso de protocolo de la tuya la hacen al menos sonreír un poco. —agregó con esperanza.

—Dile que a pesar de todo deseo profundamente que esté bien, que recupere su calma... Y no le digas esto, pero también deseo que quiera volver a verme algún día, pues no hay ninguna deshonra suya en lo que pasó, de hecho el avergonzado debería ser yo... Y lo estoy. —reconoció apenado—. De hecho si fueras ella ahora, no sabría qué decir. Así que es mejor por un lado que no quiera volver a estar cerca de mí. Además, convenientemente eso le evita caer en desgracia como ya comprobamos que ocurre con todo lo que amo.

El modesto funeral que habían podido permitirse para con Narbeth aun les recordaba la parte más trágica del enfrentamiento. Los cuerpos y los llantos se habían acumulado esa noche en una ceremonia lúgubre sin luna y que Elrond sintió como una deshonra. De riguroso luto negro ambos, así como todos los que alguna vez habían amado a uno de los Invencibles de Lindon, Thranduil y Elrond suspiraron a la vez y se observaron con pena.

—¿Qué ocurre en el frente? —consultó el rubio cambiando drásticamente de tema, refiriéndose a la carta que el medio elfo había recibido.

—Las fuerzas de Mordor llegan cada día al campo de batalla como hiedra venenosa que se esparce por el jardín. Es como si al cortar la cabeza de un orco, tres más emanaran de su cuerpo muerto. —comparó el hijo de Eärendil leyendo las noticias. Luego de un breve silencio reflexivo, se frotó la frente obteniendo toda la atención de Thranduil.

—¿Mellon? (¿Amigo?) —preguntó este posando una mano en su hombro e inclinando su esbelta figura hacia él. Elrond levantó la mano con la que frotaba la frente en señal de alto, para enseñarle a Thranduil que todo estaba bien.

—Ese concilio debe celebrarse cuanto antes. Será hoy. —resolvió—. Tenemos nuestros problemas, pero nuestro luto y nuestras secuelas son tan solo dos hojas secas en el árbol moribundo de Lindon. —soltó poético.

Thranduil entonces respiró inquieto, no había ningún concilio que acabara en buenas noticias para el hijo de Eärendil respecto de las decisiones de Oropher que Thranduil estaba destinado a defender en su viaje. El monarca había dicho que no participaría en ninguna afrenta hasta ver erigida por completo la fortaleza segura que les estaba construyendo a sus hijos y súbditos en lo profundo de las cavernas del bosque y así sería. Las tierras impías de Mordor yacían a sus pies y el rey de los silvanos y los Sindar no dejaría que su reino quedara desprovisto de seguridad.

—Además, —prosiguió Elrond, que Thranduil notó había hablado sin parar, probablemente de cosas importantes, mientras él estaba inmerso en sus pensamientos de su hogar—, su majestad, Gil-Galad, solicita mi presencia y la de Glorfindel en el frente. Es un excelente comandante, pero no puede dirigir a todas las tropas solo.

Fue en ese momento cuando Thranduil recibió dos noticias. Una, de la que no se había percatado hasta ese mismo instante, y la cual, casi le hace soltar un grito agudo que aplacó bajo la molestia de morderse la lengua a propósito. Con la carne aun latiendo de dolor, tragó saliva y se dirigió hacia el señor de Rivendel pestañeando incrédulo.

—Glor... —dudó Thranduil, creyendo que su mente le había jugado una mala pasada, pero Elrond completó el nombre con naturalidad y lo observó extrañado.

—...Findel. Glorfindel. —aclaró. Thranduil volvió a pestañear, esta vez con los ojos abiertos a lo grande como dos lunas—. Sí, es ese Glorfindel. —confirmó el medio elfo sabiendo que la reacción de Thranduil se debía a su fanatismo por las hazañas del rubio.

Thranduil abrió la boca pero de él no salió ni un solo sonido. En su lugar, su puño se cerró y solo el dedo índice quedó extendido. El príncipe del Bosque Verde señaló entonces dos veces hacia abajo, como queriendo cerciorarse de que Glorfindel, ese Glorfindel, el heroico, honorable, apoteósico Glorfindel de su libro favorito estuviera allí.

Por primera vez en muchos días, Elrond sonrió conteniendo la risa por la reacción infantil y anonadada del rubio y respondió:

—Los orcos que intentaban darle caza a la tropa de Lindon venían tras él. —comentó alegre y Thranduil se cubrió la boca para aplacar un nuevo grito—. Es más... Estaba ahí con nosotros cuando me lancé al río para... —Se detuvo. Y toda la alegría que parecía haber recobrado, se perdió tras la sombra gris de sus ojos. Elrond bajó la vista, se aferró a la carpeta de sus registros y volvió a la seriedad.

Recordar que por aquella decisión de derribar el puente su amada había sido agredida, abusada y herida quizás de por vida, lo destrozó nuevamente. Su corazón ya era como un rompecabezas con piezas partidas a la mitad desperdigadas por un trigal.

—Iré a... Preparar todo para el concilio. —aseguró. Thranduil quiso darle alguna palabra de aliento, pero no encontró ninguna que pudiera reconfortarlo, por lo que calló y asintió tan serio como él.

En el jardín, Lindir supervisaba el juego de Tauriel y Legolas, quienes sentados sobre una manta en la hierba, tomaban el té junto a todos los muñecos de trapo de la elfa y el muñeco de Thranduil que Morwenna había armado para él. Cerca, sobre una mesa de madera y dos sillas que el menor de los Invencibles había puesto a propósito para comodidad de la princesa, Morwenna observaba sin ver una hoja en blanco que tenía frente a ella, junto a una bolsa de carbonillas que Lindir había conseguido sabiendo que la rubia amaba dibujar.

Pero Morwenna no podía ver nada más que imagenes lúgubres, retazos del horror que había vivido en esos días, y para despejarse intentaba pensar en otras cosas, pero retornaba a las sensaciones de ser tomada, manoseada y sujetada por todas partes, el hedor de los orcos, la mirada destrozada de Elrond frente a ella y la creencia de la pérdida total de su dignidad, porque como si todo eso no hubiera sido suficiente, recordaba claramente haber vomitado sobre sus botas al final.

Deshonrada, desdichada, avergonzada y sucia. Así se había sentido desde ese día, sin importar cuántas veces se lavara el cuerpo, refregándose tanto que en algunas noches había acabado con la piel rojiza e irritada. Pero no había esencias o esponjas que lavaran recuerdos...

Ocultando sus lágrimas de los niños, pues de tanto en tanto, Legolas levantaba la vista hacia su tía para comprobar que estuviera bien, tal y como veía a su padre hacerlo, la princesa ladeó la cabeza y ocultó sus ojos tras su mano, que acariciaba despacio la piel encima de sus cejas.

Lindir pudo notarlo y en una maniobra rápida, se irguió de un salto y tomó su silla, comenzando a caminar rodeando la mesa, sentándose estratégicamente delante del rango de visión de Legolas.

—¡Oh, este sol cegador! —exclamó asegurándose que los niños lo oyeran—. A estas horas no puedo soportarlo de frente. —agregó sentándose frente a Morwenna. La princesa bajó la mano y lo observó dolida, con los ojos vidriosos y el muchacho le devolvió una mueca comprensiva torciendo la boca.

—Gracias... —Se limitó a decir ella y Lindir sonrió apenado—. Por los materiales también. —agregó—. Aunque... No puedo hacerlo.

—Está bien. —susurró el castaño en apoyo, ella prosiguió.

—No, es que... Si quisiera... Solo saldría de estas manos expresiones oscuras, horribles, dignos cuadros de la oscuridad. Le causaría terror a cualquiera de solo verme haciéndolos. —soltó avergonzada. Lindir sin embargo escuchó curioso y aguardó pensativo unos instantes.

—No quiero sonar entrometido... —Se animó entonces a decir—. Pero una vez leí unos estudios antiguos de un elfo llamado Buckrohir quien realizó un documento sobre el significado de las expresiones artísticas de los elfos, especialmente los dibujos. —contó un poco inseguro. Morwenna levantó la vista hacia él y asintió en silencio, esperando oír más al respecto. No es que estuviera tan interesada, pero cualquier tipo de información o relato que la alejara de sus pensamientos oscuros sería de ayuda—. ¡Oh! —soltó Lindir sorprendido por querer ser oído y continuó—: El caso es que... Este Buckrohir llegó a la conclusión de que es una forma de liberar asuntos de nuestra alma el dibujar, ya sea expresando algo muy bello que nos rebosa el corazón y queremos compartir con el mundo, como nuestros más oscuros secretos y profundos pesares. Él creía que algunos elfos podían curarse a través de la expresión artística.

—Oh... —Se limitó a decir Morwenna, pero comprendió rápidamente lo que Lindir quería decir con eso.

—Tal vez, los demás podamos asustarnos al ver su arte si dibuja ahora, alteza, pero... Quizás de esa forma usted pueda... ¿Liberar su dolor? —opinó.

Morwenna bajó la vista hacia sus carbonillas y lo pensó por un momento. Valía la pena intentarlo... De todas formas, se veía sumergida en el dolor involuntariamente cada vez que los recuerdos retornaban a ellas con disparadores de lo cotidiano como unos cordones de corset, o en las pesadillas que tenía al intentar dormir unas horas. Quizás, si ingresaba por voluntad propia en ese dolor y lo dejaba salir a través de su arte, pudiera comenzar a confrontar con esa realidad que esquivaba con tanto ímpetu, pero que siempre lograba acorralarla. Lo peor ya había sucedido, y no había forma de volver a atrás para deshacerlo, ahora solo podía convivir y sobrevivir con aquello y solo lo lograría, si primero aceptaba los hechos como una verdad inamovible.

—¿Dibujarías conmigo? —pidió extendiendo una hoja hacia Lindir—. Lo de Narbeth... —comentó angustiada y no pudo seguir o un torrente de lágrimas escaparía de ella. Lindir tomó la hoja en sus manos y asintió enérgico.

—No soy ni un cuarto de lo buena que usted es, pero... La acompañaré en esto, en eso sí soy bueno. —reconoció y los dos sonrieron a través del dolor.

Tomando una carbonilla cada uno, pusieron manos a la obra.

A unos pocos metros, Tauriel trenzaba el cabello de una de sus muñecas cuando al levantar la cabeza, vio a Mïrî pasar cerca del jardín. Alzando la mano hacia ella, la llamó alegre pero la niña continuó caminando sin prestarle atención.

—No vendrá. —afirmó Legolas por lo bajo, sorbiendo su té arrugando la cara.

—Le dije que le pusiera miel, joven príncipe. —Le recordó parsimoniosa y ofreció el tarro con una cuchara.

—Me llamo Legolas, princesa. Y desearía que me trataras de tú. —respondió amable él y endulzó su té.

—No soy una princesa. —aclaró ella.

—Y yo no soy joven príncipe. Soy Legolas. Solo Legolas. —pidió intentando llegar a un acuerdo. Tauriel sonrió animada y asintió.

—Bien... Legolas. ¿Por qué estás tan seguro que Mïrî no vendrá? —indagó.

—Es mi culpa. —contestó él encogiéndose de hombros como si aquello no fuera obvio.

—¿Los niños también te evitan cuando te ven? —preguntó Tauriel abriendo mucho los ojos, sorprendida por encontrar por fin a otro niño al que le ocurría lo mismo.

—No es por eso, aunque si lo hacen. —reconoció triste—. Mïrî solía ser mi única amiga, pero... Narbeth era su ada y... —Legolas suspiró apenado y bajó la vista poniendo especial atención en las muñecas de Tauriel, para pensar en cualquier cosa que no lo hiciera llorar. De pronto, sintió la mano de la niña en su hombro y giró el rostro hacia ella.

—No fue tu culpa, Legolas. —aseguró Tauriel con una sonrisa compasiva.

—Yo me escapé... —acotó el príncipe.

—Pudo pasarle a cualquiera. —reconoció Tauriel—. Tu ada (papá), mis edair (padres), tu nana (mamá). Cualquiera... El que hubiera llegado primero. Así son las guerras... Así son los orcos. —agregó.

—Pero si yo no me hubiera escapado... —insistió el pequeño con voz quebrada.

—Tal vez le hubiera ocurrido salvando a alguien más, Legolas. Mi ada Elrond casi muere salvando a la princesa Morwenna. —Le recordó—. ¿La hubiera culpado? No...

—¡Mi tía Morwe fue tras de mí porque yo me escapé! ¡Si yo no me hubiera escapado no la habrían lastimado los orcos! ¡Narbeth no estaría muerto y Mïrî seguiría siendo mi amiga! —exclamó el niño y estalló en llanto, alarmando a todos en el jardín.

—¡Lego, no! —llamó Morwenna y corrió a abrazar a su sobrino antes de que este pudiera huir de allí.

Arrodillándose frente a él, la princesa lo envolvió en sus brazos con tal fuerza, que parecía querer pasar a su cuerpo toda la fuerza de la furia de un huracán.

Con una conexión con la realidad que todos habían dejado de ver en ella desde que regresara del ataque en el río, la princesa llevó calma al pequeño príncipe y este lloró liberado de las sombras de la culpa.

—Mi amor, no. No fue tu culpa. No llores, Lego... —Los dos permanecieron un momento unidos y angustiados, mientras el pequeño sollozaba.

—Perdón... —susurró al oído de su tía y a ella se le rompió el corazón—. Si yo no hubiera...

—Lego... —llamó su tía separándose un poco de él y limpiando sus lágrimas con sus dedos, manchando de negro su piel por la carbonilla del dibujo—. Oh, lo siento, amor...

—Aquí tiene, alteza. —ofreció Lindir acercándose con Tauriel a extenderles un pañuelo para limpiar su rostro.

—Gracias, Lindir. —contestó ella amable y acarició la mejilla de Legolas con la tela—. Legolas, las suposiciones solo son eso... Suposiciones, no son una verdad. «Si yo no hubiera...» no existe, pequeño. Porque no lo sabemos...

—Tal vez algo peor hubiera ocurrido. —acotó Lindir.

—O no, pero no lo sabes. —agregó Tauriel, delante de Lindir acaciriciando su mano—. Nunca lo sabremos.

—Exacto, —prosiguió Lindir—. La princesa tiene razón, alteza. En el juego de las suposiciones y quién tiene la culpa, podríamos decir que la culpa fue de los orcos por atacarnos, de Annatar por iniciar una guerra, de Morgoth por rebelarse a Eru y hacer descender la oscuridad y los peligros sobre nuestra tierra. De Eru por crearlo y de lo que sea que creó a Eru, y lo que creó a eso que creó a Eru y... —El joven hizo una pausa al ver que Legolas lo observaba aun con lágrimas en los ojos pero con media sonrisa burlona en los labios—. Me estoy enredando... —soltó riendo por lo bajo—. Pero usted comprende, alteza.

—¿Es como lo del huevo y el dragón? —preguntó Legolas inocente.

—¿El huevo y el dragón? —dudó Tauriel volviéndose hacia Lindir confundida.

—Sí, ya sabes... ¿Qué fue primero, el huevo o el dragón? ¿Eru fue primero o hubo algo más antes que Eru? ¿Se creó a sí mismo o alguien más lo hizo? Si fue así... ¿Quién creó a eso que a su vez creó a Eru? —explicó Legolas haciendo reír a Lindir y contagiando de buen humor al resto.

—En efecto... —respondió Lindir.

—Lo importante es que tú entiendas que no es tu culpa, —explicó Morwenna—, y que nada de lo que ocurrió puede... Deshacerse. —agregó reflexionando también sobre sus actos—. Ya ocurrió, ahora solo tenemos que... Aceptarlo y seguir. —finalizó alzando la vista hacia el niño con un suspiro.

Con un dulce beso en su mejilla, Morwenna volvió a abrazar a Legolas.

—Todo estará bien, amor, lo prometo.

—Pero Mïrî... —soltó el niño de repente y se apenó. Ella era su mejor amiga, su única amiga antes de conocer a Tauriel y ahora la había perdido.

—Dijiste que Narbeth era su papá... —Le recordó Tauriel—. Tal vez solo necesita un tiempo para estar triste y enfadada. —opinó—. ¿Cómo te sentirías tú?

Legolas se quedó en silencio un momento y asintió con la vista fija en el césped.

—Bueno, mientras tanto... Podemos jugar juntos, y luego también con ella. —ofreció Tauriel. Legolas aceptó un poco más tranquilo.

—¿Dijiste que los niños te evitan cuando te ven? —preguntó Legolas caminando junto a la pelirroja, de nuevo a su lugar de juegos.

—Sí, es porque tengo dos papás en lugar de un papá y una mamá. —explicó Tauriel—. Todos aquí tienen un ada (papá) y una nana (mamá) y yo no, así que lo ven antinatural y extraño. —agregó—. ¿A ti por qué te evitan?

—Porque cuando era un bebé, ada y nana se enojaron mucho con los elfos y sus padres temen que si los niños juegan conmigo y me molestan por alguna razón, eso despierte nuevamente la ira de mi ada. —contó.

—Oh... Ya veo... —respondió Tauriel sentándose junto a sus muñecas. Luego de dar sus razones, Legolas se quedó de pie frente a los juguetes de la niña, con las manos unidas y la expresión insegura—. ¿Qué haces? —indagó ella.

—¿Todavía quieres que juegue contigo? —preguntó temeroso.

—¿No te molesta que tenga dos papás? —respondió Tauriel con otra pregunta.

—No.

—¿Quieres más té? —ofreció Tauriel con una sonrisa y Legolas se sentó gustoso frente a ella, aceptando acompañarla.

—Oye... ¿Quién de tus edair (padres) te llevó en su vientre? —preguntó el rubio con inocencia y Tauriel rió—. ¿Qué? ¿Qué dije? —La pelirroja negó divertida y se propuso explicarle su historia.

Mientras los niños retornaban a su juego, Celebrían se acercó al jardín mientras Lindir y Morwenna dibujaban sobre la mesa. Al ver a la rubia, Morwenna tomó su hoja y la escondió entre las otras. No quería que viera lo que había hecho, pues era una expresión de dolor muy gráfica según interpretaba ella y era algo que solamente estaba dispuesta a compartir con Lindir en ese momento.

El muchacho notó el repentino movimiento de la elfa, pero no tuvo tiempo de hacer nada antes de que Celebrían posara sus ojos sobre su dibujo.

—¿Qué es eso, señor? —preguntó curiosa, aunque un poco asustada por lo que acababa de ver.

El dibujo era bastante gráfico y alarmante. Constaba del rostro de dos elfos fusionados en uno. La mitad derecha del rostro tenía la mejilla cortada desde el labio superior casi hasta la altura del ojo y la otra mitad estaba sana, pero por detrás de los hombros, varias fechas de orco salían de él. Ambos tenían los ojos cerrados y parecían estar en paz a pesar de sus heridas mortales. Eran Haemir y Narbeth fusionados en un solo cuerpo.

—La guerra. —respondió Lindir con molestia—. Es el rostro de la guerra. —añadió con pesar.

—¿Gusta de dibujar estas cosas, señor? —indagó la rubia confundida y el elfo se sintió cohibido por el tono de su comentario. Parecía estar desaprobando su arte, convencida de la perturbación de la mente de Lindir como algo malo, en lugar de entender su dolor.

Entonces Morwenna tomó el dibujo en sus manos, quitándolo de la vista de Celebrían y lo observó a detalle.

—Dijiste que no eras tan bueno... —soltó con media sonrisa cálida—. Yo creo que es hermoso. —halagó—. Son... Diferentes, pero son uno. —describió sobre las dos partes que conformaban el rostro, tapando una y otra mitad con su mano para diferenciarlos—. Están heridos, pero... En paz... —soltó intentando comprender.

—Están muertos. —aclaró Lindir aplomado y triste.

—¡Oh! —emitió la princesa alzando la vista por sobre el papel y entendiendo quiénes eran los protagonistas del dibujo.

—¿Muertos? —inquirió la hija de Galadriel, con más énfasis que antes en su alarma.

—¿Viene de paseo, milady? —consultó Morwenna, cambiando de tema en un tono seco para hacerle entender que sus preguntas estaban fuera de lugar.

—Oh, no exactamente, alteza. Mis padres asistirán al concilio de Lord Elrond, me han solicitado que informe su inicio. —contestó la rubia, en el mismo tono, pero entendiendo que había sido inapropiado de su parte inmiscuirse en los asuntos de Lindir.

—Debo irme entonces. —soltó Lindir apresurado y sonrió a Morwenna haciendo una corta reverencia—. Le sugiero, alteza, que me acompañe o regrese a los salones. Lo mismo solicito a usted, milady. —dijo volteando a Celebrían muy serio—. Por órdenes de Lord Elrond ningún miembro de la familia real puede permanecer en el exterior sin escolta. Tauriel... —llamó a la niña—. Lleven los muñecos a la sala de estudio, pueden continuar su juego allí, pero tenemos que irnos.

—Por supuesto. —respondió Celebrían—. Yo solo vine a informar, ahora mismo me dirijo hacia el concilio.

—¿Alteza? —consultó Lindir para saber la decisión de Morwenna, pero está se mostró reticente. Juntando los papeles de la mesa con celeridad, habló con el mismo nerviosismo repentino:

—Yo... Iré con Elena. —Se excusó rápido—. Liswen... —dudó por un momento, pero su vacilación le dio tiempo de recordar la excusa perfecta—. Sí, Liswen atenderá el concilio junto con Thranduil y la pobrecilla se quedará sola, tengo que acompañarla, porque... Ya sabes... Con todo este asunto, nos hemos estado cuidando unos a otros como si todos fuésemos familia. Los veo más tarde. —saludó la princesa con una corta reverencia y caminó a paso acelerado detrás de Tauriel y Legolas.

Lindir suspiró apenado, pues sabía que lo de Elena era solo una excusa y lo que en verdad quería la princesa era seguir evitando cruzarse con Elrond.

Ya en el concilio, Liswen llegó y decidió apartar un lugar para Thranduil, pues eran varios elfos los que atenderían la reunión, donde se discutiría, además de la adhesión al ejército de Lindon, el plan de ataque desde Rivendel y para cuando la princesa arribó, ya había varios elfos ocupando asientos.

Pronto vio a Elrond y se extrañó de que Thranduil no lo acompañara, pero decidió no alarmarse tan pronto, pues el medio elfo sostenía en su mano la misiva de Gil-Galad que ella sabía su esposo había ido a buscar, lo cual quería decir que Thranduil había regresado, y supuso, que ordenado y elegante como era, el elfo estaba acicalándose.

Pero el hijo de Oropher no estaba en su habitación, tampoco en ninguna instalación interna del Valle, pues, yendo a atender la reunión, se había topado con Mïrî, y al preguntar porqué estaba ella sola en el jardín, la pequeña elfa había dicho que estaba buscando a su madre, la cual había desaparecido en un descuido de la niña mientras ambas tomaban un paseo, propuesto por la misma Elena.

Morwenna apareció de repente con los niños, y su hermano le pidió que se quedara con ella mientras la buscaba, por lo que se internó en el bosque, siguiendo su instinto, porque sabía exactamente dónde podía estar, pero no tendría la certeza hasta encontrarla.

Desde que Narbeth muriera, Elena no había encontrado consuelo y había quedado prendida a la vida solo por el hecho de que ambos habían procreado una hija y Mïrî necesitaba de su madre a tiempo completo ahora que su padre se había ido. Pero la elfa no lograba encontrar la fuerza para continuar su vida y aquella melancolía suprema no había escapado a los ojos de Thranduil, quien se encargó de vigilar cada uno de sus pasos en silencio y disimulo, tal y como solía con su familia.

Al pie de la roca desnuda, en el río que caía potente por el borde en una cascada de varios metros de altura hacia el vacío repleto de rocas, Elena yacía sentada con los pies colgando por la cornisa y la cabeza inclinada hacia abajo.

Sigiloso como había aprendido, Thranduil se desplazó hacia ella y para cuando la elfa percibió su aroma, el príncipe de hallaba sentado junto a ella, de la misma forma, con los pies colgando y observándola con seriedad y preocupación.

Sin dejar de mirarla a los ojos, tomó su mano y entrelazó los dedos en los suyos.

—Ni lo sueñes. —ordenó.

Elena alzó la vista hacia él. Su rostro y cabello estaban húmedos por el agua de la cascada que el viento alzaba hacia ellos. Cualquiera hubiera esperado lágrimas, pero sus ojos estaban secos y vacíos, exentos de todo brillo. Tan alejada de la realidad estaba, que el estar tomada de la mano con el príncipe del bosque parecía completamente apropiado y normal.

—¿Qué cosa? —preguntó intentando disimular que Thranduil había adivinado sus intenciones.

—No creas que acabo de darme cuenta lo que tramas. —aseguró él—. Dejaste a tu hija con mi esposa todos estos días... Pudo ser cualquier otra elfa, pero tú quisiste que fuera ella. No porque Liswen pueda cuidar bien a los niños, que lo hace, sino porque quieres que Mïrî se acostumbre a su presencia. —evidenció Thranduil en un tono suave—. Quieres que se habitúe a Lis para que crezca bajo su abrigo cuando ya no estés.

—Tonterías... —Se defendió Elena de sus acusaciones, pero casi sin ganas, siquiera estaba en condiciones de hacer el esfuerzo de hacerle creer que quería seguir viviendo.

—Te he observado, te he seguido desde lejos... Estás buscando tu última morada. —soltó apretando su pequeña mano blanca entre las suyas—. No pasará bajo mi vigilancia. No dejaré que lo hagas.

—No sé de qué habla, alteza. —insistió ella, regresando su consciencia lentamente al lugar donde su cuerpo se hallaba pendiendo de un hilo.

—Si no será por la fuerza del agua que te arrastre a las rocas, será tu sueño profundo en este claro... Quieres irte de aquí, Elena. Estás intentando irte con él... Buscas la muerte. —declaró Thranduil con dolor.

—Vino por él tan repentina y segura. Certera... —comenzó a decir la elfa y ahora sí las lágrimas amanecieron en sus ojos—. ¿Por qué no reclamarme a mí también? ¿Por qué estoy destinada a atarme a esta tierra por la eternidad? —chilló cuando las lágrimas le brotaron mezclando la humedad del río con la sal de sus penas.

—Tienes una hija. —Le recordó él—. ¿Acaso no te quedarás a verla florecer?

—No lo hará si me quedo, todo lo que tengo para ofrecerle es un corazón destrozado. —reconoció Elena.

—¿Y crees que ella no está dolida ahora? ¡Perdió a su padre, tanto como tú perdiste a tu esposo! —reclamó severo, no por dañarla, sino para hacerla reaccionar.

—¡No puedo seguir! ¡No sé cómo hacerlo! —exclamó ella, harta del dolor que le causaba saberse despojada de su amado.

Thranduil entonces alzó la mano que sostenía unida a la de ella y se la enseñó.

—Éramos jóvenes... —relató—. Estábamos en Lindon. Mi hermana preguntó si te recordaba... Por supuesto que lo hacía, siempre te he tenido en cuenta. Asististe a mi primer duelo, te agradecí por tu apoyo... Porque estuviste ahí para mí a pesar de mi estrepitosa derrota. —recordó con una sonrisa fugaz—. Hubo un tiempo en que creí que te amaría, y sé que también lo sentiste, he notado esa extraña sensación de comodidad en presencia del otro por años... Pero Liswen y Narbeth aparecieron en nuestras vidas, esfumando todas aquellas dudas y convirtiéndonos en esto. Es todo lo que queda, pero aun se puede hacer algo con ello...

Thranduil besó los nudillos de Elena y se irguió, ayudándole a levantarse. La elfa alzó el rostro hacia él y se encogió de hombros, rendida.

—¿No sabes cómo seguir? Lo haremos juntos. —aseguró el príncipe y la atrajo hacia él. Elena aceptó la ayuda y se dejó consolar por su abrazo.

En el concilio, todos se miraban las caras en silencio. Solo había una silla vacía y esa era la de Thranduil, pero a pesar de su impuntualidad, Elrond se negaba a iniciar la reunión. Y aunque los asistentes comenzaban a murmurar dónde podía hallarse el rubio, el rostro sereno del Señor de Rivendel les llevaba tranquilidad, como si acaso él supiera la razón de la demora del príncipe y fuese parte de la causa.

Por otro lado, Liswen se hallaba completamente impaciente y preocupada, mirando a todos lados cada vez que una hoja se movía. No podía percibir el aroma de su esposo, ni su presencia y eso la estaba inquietando sobremanera. Thranduil no solía ser impuntual, o descortés si era invitado a un concilio o reunión, pero estaba dejando una pésima impresión en el resto de los presentes, sobretodo en Celeborn, a quien había oído cuchichear más de una vez diciéndole a su esposa y a su hija que Thranduil era igual de irrespetuoso que su padre.

—Elrond, —dijo Lindir entre dientes inclinándose hacia él—, tenemos que comenzar...

—Le dije que el concilio se celebraría ahora, no sé dónde está, pero no puedo iniciar sin él. —respondió el medio elfo en un susurro que fue alcanzado por los oídos de Liswen.

La rubia clavó su mirada atenta en el hijo de Eärendil y este se sintió levemente intimidado por su seriedad.

—Disculpen la demora. —anunció la voz grave y parsimoniosa de Thranduil, quien caminó elegante cruzando toda la circunferencia de la pérgola y tomando su lugar junto a su esposa.

Todos observaron extrañados la humedad leve en su cabeza, que no se debía, era obvio, a que había lavado su cabello, sino a que había estado merodeando en algún otro lugar cerca de las cascadas, pero lejos de los ojos de los elfos. Sus manos estaban frías como el hielo, percibió Liswen cuando al apoyarlas sobre el posa brazos, rozó sus dedos. Y además, sus ropas despedían un curioso perfume que Liswen había olido en otra parte, con la nariz ya acostumbrada a ese aroma luego de tantos días de cuidar de Elena y Mïrî.

Cuando Elrond comenzó a hablar, extrañado por la misma razón que la princesa, pero intentando hacer caso omiso para poder tratar temas más importantes, Liswen se inclinó hacia Thranduil y con su expresión de enfado parecía llevar el fuego del mismísimo Orodruin en los ojos.

—¿Dónde estabas? —inquirió. Thranduil suspiró y tragó saliva incómodo.