Mientras movía su avena con desinterés, Ginny estaba muy agradecida por la lecciones de Aparición.

Por lo general, esto era verdad. Aunque ella misma no podía asistir, Dean podía y lo hacía, así que las prácticas de Aparición todos los sábados por la mañana le daban al menos una hora y media en donde no tenía que preocuparse por verlo. Intentó no pensar en las implicaciones que involucraban el hecho de que no quería ver a su novio, porque francamente ella sabía que significaban esas implicaciones y estaba tratando de no enfrentarlas todavía.

Los eventos de la noche anterior no estaban ayudando a las cosas. Así que, en esta particular mañana del primero de marzo, estaba extra agradecida por las practicas de Aparición: no sólo no podía soportar ver a Dean justo ahora, sino que estaba bastante segura de que no podría soportar ver a Harry por el momento, también.

Harry.

Harry, Harry, Harry, Harry, Harry…

Estaba intentando con toda su fuerza no pensar en el perfume y las flores y el aroma que Harry había olido en la Amortentia, según Ron. Por supuesto, Ron estaba equivocado con las cosas a menudo, y lo más seguro es que estuviera equivocado sobre esto, e incluso si no lo estaba había muchas cosas, muchas, muchas cosas que olían a flores, no sólo el perfume que le habían dado y había usado y que Harry había notado hace mucho tiempo ese día en la Madriguera antes de que salieran a jugar su primer partido de Quidditch de Dos-por-Lado y ¿por qué? ¿Oh, por qué recordaba tan claramente que él lo había olido en ese entonces?

TÚ sabes por qué, querida.

Era absurdo, se aseguró a sí misma por centésima vez. Completamente absurdo. Harry Potter no olió a Ginny Weasley en la poción de amor más poderosa del mundo. Era una cosa demencialmente lunática el sólo pensarlo, y aunque estaba bastante segura de que "demencialmente" no era una palabra real, era la única que describía acertadamente el fracturado estado de sus pensamientos en este momento.

–Entonces, ¿qué te pasa esta mañana?

Ginny levantó la vista de su avena; ni siquiera se había dado cuenta de que la había estado mirando. Del otro lado de la mesa Demelza y Natalie la miraban con presunción. –¿Qué pasa con quién esta mañana? –preguntó Ginny, luchando para controlar sus sentidos.

–Tú, –respondió Demelza. –Has estado ahí sentada mirando tu avena por diez minutos con una sonrisa estúpida en tu cara.

–¿En serio? –preguntó Ginny con inocencia mientras se maldecía a sí misma internamente. Iba a tener que ser más cuidadosa de adonde se dirigían sus pensamientos en publico.

–Sí, en serio, –dijo Natalie. –¿A qué te levantaste anoche con Dean? ¿Hicieron algo?

–Nada, –dijo Ginny honestamente.

–¿De verdad? –preguntó Demelza, sonando decepcionada.

–De verdad, –le aseguró Ginny.

–¿Entonces quién puso esa sonrisa estúpida en tu cara? –demandó Natalie.

–Nadie.

–¿Entonces para que te levantaste anoche? Dejaste la sala común temprano.

–Bueno… –Ginny lo pensó por un momento y luego decidió que nada despistaría más a esas dos que la verdad. Después de todo, ellas no eran Hermione Granger. –Sólo me senté en mi habitación por unas horas, oliendo mi perfume, –dijo Ginny, encogiéndose de hombros.

Las dos chicas la miraron por unos momentos. Le tomó a Ginny toda su fuerza de voluntad no ponerse a reír. –¡De acuerdo! –dijo Natalie en voz alta, rompiendo el silencio. –¡Se ha vuelto loca!

Natalie se levantó y caminó de regreso a su asiento más adelante en la mesa, pero Demelza se quedó donde estaba. –¿Qué se supone que significa eso? –preguntó. –No entien…

–Señorita Robins. –Ginny saltó en su asiento; no había escuchado a la profesora McGonagall acercarse. –Debo hablar con la señorita Weasley. ¿Nos disculpa?

–Sí, profesora, –dijo Demelza, poniéndose de pie a toda prisa y dirigiéndose a donde había estado sentada con Natalie. Ginny se dio la vuelta, estirando el cuello para ver a la profesora McGonagall de pie frente a ella, una mirada preocupada grabada en su rostro.

–Señorita Weasley, acompáñeme, –dijo McGonagall en voz baja. –Rápido, ahora.

La profesora se dirigió a la salida del Gran Comedor y Ginny la siguió, su mente girando. ¿Qué había hecho mal para que McGonagall la buscara durante el desayuno? ¿Qué había pasado?

Mientras salían al pasillo, Ginny tomó grandes zancadas para mantenerse a su paso. –Profesora, ¿qué pasa? –preguntó. –¿A dónde vamos?

–A la enfermería, –dijo la profesora McGonagall, los labios apretados y mirando al frente.

–¿A la enfermería? –preguntó Ginny. –¿Por qué? ¿Qué le pasó a Harry ahora?

–Entiendo su suposición, –le dijo la profesora McGonagall, todavía mirando al frente y moviéndose con rapidez. –Pero esta vez no es el señor Potter el que está en la enfermería. Es su hermano.

Ginny se detuvo en seco. –¿Ron? ¿Qué pasó?

La profesora McGonagall dudó, volviéndose para mirar a Ginny. –Tal vez sería mejor que el señor Potter le explicara… –empezó, pero Ginny no escuchó el resto. Había empezado a correr por delante de su profesora, subiendo los escalones de dos a la vez, metiéndose entre pasajes secretos, corriendo a toda velocidad hasta que llegó a la enfermería en el tercer piso.

Harry estaba sentado en un banco afuera de las puertas de la enfermería, mirando fijamente al suelo, con el ceño fruncido y perdido en sus pensamientos. –¡Potter! –demandó Ginny. –¿Qué le hiciste a mi hermano?

Harry levantó la vista hacia ella, pero no parecía culpable. –Creo que tal vez le salvé la vida, –respondió Harry.

Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, se sintió como si algo la hubiera golpeado. En su preocupación por Ron, había olvidado todo sobre el alocado viaje que sus emociones (y su sentido del olfato) la habían llevado la noche anterior. Deseó fugazmente que hubiera recordado ponerse algo de perfume esta mañana, pero apartó ese pensamiento a un lado tan firmemente como pudo. Ahora no era el momento. –¿Le salvaste la vida? –repitió Ginny en voz baja. –Bueno. Eso tiene más sentido ¿no es así?

–¡Por supuesto que lo tiene! –dijo la profesora McGonagall con brusquedad detrás de ella. Ginny estaba sólo ligeramente sorprendida de que la profesora había podido seguirla tan de cerca mientras corría por los pasillos. –Pensaría que ya se habría dado cuenta a estas alturas, señorita Weasley, que cuando se trata de su familia, el señor Potter es mas seguido una ayuda que un obstáculo.

–Sí, me he dado cuenta, –murmuró Ginny, luchando contra el rubor de sus mejillas. –¿Entonces que le pasó a Ron? ¿Podemos entrar?

–Todavía no, –dijo la profesora McGonagall. –Todavía necesita descansar, y Madame Pomfrey necesita espacio para trabajar. En cuanto a lo que pasó, él fue envenenado.

–¿Envenenado? –gritó Ginny. –¿Quién envenenaría a Ron?

–El señor Potter le dará los detalles, –contestó la profesora McGonagall. –No teman. Madame Pomfrey nos aseguró que su hermano estará completamente recuperado. Tomará un poco de reposo en cama y algunas pociones de muy mal gusto, pero se recuperará. Ahora. Debo ir a hablar con el profesor Dumbledore, pero antes de hacerlo debo buscar a la señorita Granger. ¿Dónde está?

–Practicas de Aparición, –le respondió Harry. –Pero debería decirle, profesora, que ella y Ron realmente no se hablan por el momento.

–No importa, debo ir y buscarla, –dijo McGonagall, girando mientras lo hacía.

–¡Profesora! –le llamó Harry. –¡Él está saliendo con Lavender Brown! –Ginny le lanzó una mirada sucia a Harry; aun así, entendió por qué él pensó que debería mencionarlo, por mucho que detestara a la chica. –¿Tal vez debería traer a Lavender, también?

La profesora McGonagall lo estudió por un momento, y luego declaró, –Me parece, tal vez, que sólo sea la familia por el momento, señor Potter. Mandaré a la señorita Granger dentro de poco.

–Pero Hermione y yo no somos… –La profesora McGonagall giró en la esquina, sin embargo, efectivamente terminando el intercambio.

–¿Entonces que pasó? –Ginny preguntó a Harry.

–Fue una caja de chocolates, –explicó Harry. –Llenos con poción de amor.

–¿Quién le enviaría a mi hermano una caja de chocolates con poción de amor?

Harry miró al suelo y arrastró los pies. –Er… no eran para Ron. Eran para mí. Se mezclaron con sus regalos de cumpleaños.

Ginny se hundió en el banco afuera de las puertas. –Merlín, es su cumpleaños, –dijo miserablemente. –Lo olvidé completamente. –Harry se sentó en el banco opuesto a ella. Por un momento, se sentaron en silencio. Luego Ginny se dio cuenta. –Un momento, –preguntó. –¿Quién te enviaría a TI una caja de chocolates llenos con poción de amor?

Harry suspiró. –Romilda Vane, al parecer. Al menos, ella es quien Ron dijo que estaba completamente enamorado después de que los comió.

Ginny esperaba que Harry no pudiera escuchar el rechinar de sus dientes. –Romilda Vane ¿eh? –preguntó. –Creo que prefiero a Lavender. Entonces, ¿en dónde entra el veneno? ¿La poción estaba mala?

–No, aparentemente se vuelve más fuerte con el tiempo, y estos chocolates eran desde el semestre pasado.

–Ron es un suertudo.

–Lo llevé a la oficina de Slughorn por un antídoto. Tomó uno, y una vez que se dio cuenta de lo que había hecho…

–¿Qué hizo aparte de avergonzarse a sí mismo frente a ti? –se preguntó Ginny.

Harry sonrió a medias. –Empujó a Lavender a un lado mientras lo llevaba por la sala común, demandando ver a Romilda, para empezar.

Ginny resopló una carcajada. –Ahí está el lado positivo, entonces.

Harry le levantó una ceja. –¿Acabas de resoplar?

–Lo hice, –respondió con el fantasma de una sonrisa danzando en su rostro. –¿Tienes algún problema con eso?

–Para nada, –contestó Harry inocentemente.

–Bien, –dijo Ginny, perdiendo su sonrisa. –¿Entonces podrías llegar a la parte donde mi hermano fue envenenado?

Harry asintió, su propia leve sonrisa desvaneciéndose. –Entonces Ron bebió el antídoto de Slughorn, y luego para darle ánimos, Slughorn nos sirvió a todos un trago de una botella de hidromiel que había estado guardando. Ron es el único que realmente tomó un pequeño trago de eso, y…

–… eso era lo que estaba envenenado, –Ginny completó en voz baja. Harry asintió. Se sentaron en silencio por un momento. –Suerte que Slughorn tenía el antídoto para ese veneno en particular. Casi demasiada suerte, de hecho, –añadió. –Es casi sospechoso.

–No hay necesidad de sospechar, –dijo Harry. –Él no tenía el antídoto. Usé un bezoar.

–¿Un bezoar?

–Pociones de primer año, –explicó Harry. –Viene del estómago de una cabra. Actúa como antídoto para la mayoría de los venenos.

¿Pociones de primer año? ¿A quién quería engañar? –Y tú recordaste el bezoar, por supuesto, –dijo Ginny con ironía, –por el Príncipe ¿no es cierto?

–Vamos a darle un descanso al Príncipe ¿de acuerdo? –pidió Harry rodando los ojos. –Sí, leí sobre los bezoars en la copia de "Elaboración de Pociones Avanzadas" del Príncipe. Escribió sobre ellos en el capitulo de venenos y antídotos, y suerte para Ron de que lo hizo ¿no lo crees?

–Supongo, –admitió Ginny. No le iba a decir a Harry, pero estaba empezando a encariñarse con el libro de pociones del Príncipe. Ciertamente había aclarado… ciertas cosas… sobre la Amortentia. –¿Entonces Slughorn usó un bezoar?

–No, –la corrigió Harry. –Slughorn se congeló. Ron estaba convulsionándose y ahogándose y… bueno, de cualquier manera, –continuó Harry a toda prisa mientras Ginny se ponía pálida, –Slughorn no parecía saber que hacer, y yo sabía que él tenía un bezoar en su maleta porque se lo había dado esa semana en Pociones, así que lo tomé e hice que Ron se lo tragara. Su respiración se tranquilizó, Slughorn corrió a pedir ayuda, McGonagall y Pomfrey aparecieron y trajeron a Ron aquí…

–¡HARRY!

Harry y Ginny voltearon para ver a Hermione corriendo en el pasillo. Estaba, a falta de una palabra mejor, histérica. –Harry ¿qué sucedió? –casi le gritó mientras patinaba hasta detenerse frente a Harry, agarrando sus hombros para apoyarse. –¿Qué pasó? ¿Dónde está Ron? ¿Está bien?

–Él estará bien, Hermione, –le aseguró Harry. Ayudándola a sentarse en la banca, pero Hermione se levantó de un brinco y marchó hacia la puerta de la enfermería. Ginny apenas alcanzó a agarrarla del brazo para detenerla.

–¡Hermione, no puedes entrar ahí! –dijo Ginny. –¡Madame Pomfrey está atendiendo a Ron en este momento!

–¡Suéltame Ginny, puedo ayudar! –Hermione tiró con fuerza pero Ginny se mantuvo firme.

–No en este estado, no puedes, –respondió Ginny fríamente. –¡Ahora siéntate!

–Ginny, me dejas ir en este instante o bien me ayude Merlín… –la varita de Hermione había parecido de pronto en su mano, y Ginny respondió de la misma manera.

–¡Ya basta, deténganse! –gritó Harry, saltando entre las dos y separándolas. –¿Se han vuelto locas?

–Ella sacó su varita primero, –murmuró Ginny, guardando de nuevo la varita en sus jeans.

–¡Bueno, no me soltabas! –contraatacó Hermione, su varita todavía en su mano pero ya sin apuntar a la cara de Ginny.

–¡No tendría que haberte detenido si no hubieras perdido tu maldito…!

–¡Suficiente! –bramó Harry, y eso las calló a ambas. –Hermione, Madame Pomfrey y la profesora McGonagall dijeron que Ron estuvo muy cerca, pero que va a estar bien, –le aseguró mientras la depositaba de nuevo en la banca. Luego empezó a contarle la misma historia que le había contado a Ginny sobre los eventos de la mañana, aunque Ginny si notó que en la versión que Hermione escuchó, Ron accidentalmente tomó "una poción" y no "una poción de amor".

–Oh, Harry, –dijo Hermione en voz baja luego de que él terminara. –No le he dirigido una sola palabra en semanas. Ni una palabra. Y si yo nunca… que hubiera… él… que hubiera pasado si…

Se detuvo con la mirada perdida. Se sentaron todos juntos en silencio por un momento, y luego Hermione se levantó y se dirigió a la puerta de la enfermería otra vez.

–¡Hermione, no puedes entrar! –insistió Ginny de nuevo, pero esta vez Hermione no hizo ningún movimiento para abrir la puerta. Simplemente se quedó frente a ella, brazos cruzados, mirando a través de la pequeña ventana en lo alto de la puerta, muy lejos en su propio mundo. Harry y Ginny intercambiaron una mirada. Ambos entendieron.

–Entonces, –dijo Ginny en voz alta a Harry, parcialmente en un esfuerzo para cambiar de tema y parcialmente para darle a Hermione su soledad. –¿Alguna idea sobre quién pudo haber envenenado la botella?

–Tengo unas cuantas, –dijo Harry asintiendo. –Y mi lista empieza con…

–No, espera, déjame adivinar, –interrumpió Ginny. –¿Draco Malfoy?

–¿Así de obvio soy? –se quejó Harry, lanzando una mirada en dirección a Hermione, pero si ella se oponía a su teoría estaba demasiado concentrada en sus propios pensamientos para verbalizar una protesta.

–Sí que tienes una historia con él, –dijo Ginny con gravedad. –Pero sólo para seguir con el argumento, ¿quién más pudo o podría haberlo hecho?

Y así pasaron las siguientes horas repasando una lista de posibles sospechosos, algunos realistas, algunos extravagantes, algunos inesperados, y otros francamente cómicos (tan feliz como hubiera sido verlo ser escoltado a Azkaban por intento de asesinato, dudaba que Zacharias Smith tuviera algo que ver con esto, y aunque Filch casi podría ser un posible candidato para la maldición Imperius, ambos dudaban que ese fuera el caso). Se detenían solamente para tratar de escuchar los comentarios de las pocas personas que se apresuraban por el corredor, e intentar espiar en la enfermería mientras la profesora McGonagall y Dumbledore entraban y salían por la puerta, o mientras Madame Pomfrey hacía uno de sus muchos viajes para traer suministros de otras partes del castillo. Hablaron hasta las siete en punto cuando llegaron los padres de Ginny para ver brevemente a Ron y abrazarlos a todos antes de apresurarse a la oficina de Dumbledore para discutir los alarmantes eventos del día.

Durante todo esto, Hermione no dijo una sola palabra. Incluso cuando finalmente les permitieron ver a Ron a las ocho en punto, y se les unieron Fred y George diez minutos después, Hermione no habló.

–¿Entonces crees que Slughorn es un mortífago? –Ginny le preguntó a Fred mientras todos se reunían alrededor de la cama de Ron. Era un terreno que ella y Harry ya habían cubierto horas antes, pero dadas las serias circunstancias el tema todavía parecía fresco y estaba agradecida de poder discutirlo con sus hermanos.

–Cualquier cosa es posible, –respondió Fred sombríamente.

–Podría ser, –añadió George, –que esté bajo la maldición Imperius.

–O podría ser inocente, –señaló Ginny, sus propias sospechas sobre Slughorn en este caso ya olvidadas después de la descripción de Harry y su desafortunada participación en todo el asunto. –El veneno pudo haber estado en la botella, en cuyo caso estaba dirigida a Slughorn en persona.

–¿Quién querría matar a Slughorn? –preguntó George.

–Dumbledore asegura que Voldemort quería a Slughorn de su lado, –contestó Harry. –Slughorn estuvo escondido por un año antes de que viniera a Hogwarts. Y… –Harry hizo una pausa. Había alguna pieza en el rompecabezas de Slughorn que no estaba compartiendo. –… y tal vez, –continuó, –Voldemort lo quiere fuera del camino, tal vez piensa que él podría ser valioso para Dumbledore.

–Pero dijiste que Slughorn había estado planeando darle esa botella a Dumbledore para Navidad, –dijo Ginny, y no por primera vez. De nuevo, ya habían estado haciendo esto por un tiempo. –Así que el envenenador bien podría haber estado tras Dumbledore.

Y luego habló una voz que no habían escuchado en un tiempo, –Entonces el envenenador no conocía muy bien a Slughorn, –dijo Hermione, sus palabras roncas por el desuso y bloqueadas por una congestión que seguramente no tenia nada que ver con un resfriado. –Cualquiera que conociese a Slughorn hubiera sabido que había una alta probabilidad de que se quedara con algo tan delicioso para él.

–Er-my-nee, –murmuró Ron, y todos se callaron. Ginny jadeó un poco, mirando de su dormido hermano a Hermione, cuyo rostro había estado escondido todo el día tras una mascara de lagrimas apenas contenidas pero que ahora se había iluminado con un brillo digno de una constelación de estrellas al sonido de un inconsciente Ron murmurando su nombre. Podría haber sido la cosa más dulce que Ginny hubiera visto. Mirando a Harry y los gemelos se dio cuenta que ella era la única que entendía que acababa de pasar, y cualquier oportunidad de que alguien lo entendiera en ese momento o después se hizo añicos cuando Hagrid entró por las puertas de la enfermería, desencadenando toda una nueva ronda de teorías de "quién-lo-haría", una cada vez más absurda que la anterior. (Ginny realmente dudaba la teoría de Hagrid de que alguien quisiera sabotear al equipo de Quidditch de Gryffindor.)

Finalmente los padres de Ginny regresaron de su reunión con Dumbledore, donde sin lugar a dudas hubieron más teorías sobre quien estaba detrás del envenenamiento de Ron. –Oh, Harry, ¿qué podemos decir? –lloró la mamá de Ginny mientras lo abrazaba con fuerza. –Salvaste a Ginny… salvaste a Arthur… ahora haz salvado a Ron…

–No lo esté… Yo no… –tartamudeó Harry, mitad avergonzado, mitad aplastado.

–La mitad de nuestra familia parece deberte sus vidas, ahora que lo pienso, –coincidió su padre con voz estrangulada. Ginny miró a los gemelos; ambos estaban asintiendo con la cabeza con una mirada solemne. –Bueno, todo lo que puedo decir es que fue un día muy afortunado para los Weasley cuando Ron decidió sentarse en tu compartimiento en el Express de Hogwarts, Harry.

Ginny pensó en esta declaración más tarde esa noche mientras yacía en la cama. Harry sí que tenía una habilidad especial para salvar a los Weasley ¿verdad? Aún así, no estaba tan segura de que era tan simple como eso. ¿Harry hubiera ido a la Cámara de los Secretos por cualquier estudiante? ¿Había sido nada más porque era la hermana pequeña de Ron que había ido tras ella? Incluso si él no pasaba tanto tiempo en la Madriguera, él ciertamente hubiera sabido sobre la serpiente de Voldemort atacando a su padre en el Departamento de Misterios. Y si no hubiera sido su padre quien había sido atacado ¿hubiera actuado mucho menos rápido para salvar la vida de otro miembro de la Orden? Es cierto que su amistad con Ron lo llevó a ser él quien guiara a su hermano con Slughorn para conseguir el antídoto a esa poción de amor. ¿Había sido sólo porque era Harry Potter que había sido capaz de pensar en el bezoar? Cualquier otro estudiante de Hogwarts que hubiera podido ser el mejor amigo de Ron en teoría tendría que saber lo que podía hacer un bezoar.

¿Era una mera coincidencia que Harry parecía intervenir en el destino de los Weasley tan a menudo o era algo más? Cualquiera fuera el caso, concluyó Ginny mientras se deslizaba a un sueño intranquilo, parecía que ella y su familia estaban inexplicablemente ligados a Harry, y cualquiera que fuera el significado de sus propios sentimientos enredados hacia él, era muy poco probable que ese hecho cambiara pronto.

Ginny se estaba arrastrando al día siguiente camino al comedor para el desayuno; seguramente esto era el resultado de haberse quedado con Ron y su familia en la enfermería hasta bien entrada la madrugada. –¿Cómo está Ron? –preguntó Dean con preocupación mientras ella se sentaba a su lado en la mesa de Gryffindor.

–Bien, –respondió Ginny. –Sólo necesita un poco de reposo en cama.

–¿Qué pasó? –preguntó Seamus, inclinándose sobre la mesa para agarrar un bizcocho. –Dicen que fue envenenado.

Ginny sólo se encogió de hombros. Realmente no se sentía con ganas de hablar sobre ello, –Algo parecido, sí, –contestó.

–¿Algo parecido? –preguntó Parvati a un lado de Seamus. –¿Fue envenenado o no?

–Fue envenenado, Parvati, –respondió Ginny. –Pero sucedió en la oficina de Slughorn, y fue un accidente, así que… –Dejó de hablar y empezó a untarle mantequilla a un rollo. No quería empezar una conversación de "¿quién pudo haber sido?" con este grupo, francamente.

–Al menos alguien podría haberle dicho a Lavender, –dijo Parvati.

–McGonagall decidió que sólo la familia debería estar ahí mientras investigaban que había pasado.

–¡Harry y Hermione no son Weasleys! –exclamó Parvati.

–Dale tiempo, –murmuró Seamus, luego añadió rápidamente, –¡A Hermione! –por la mirada desagradable de Dean. Ginny lo ignoró. Parvati no.

–Muy amable, Seamus, –lo regañó. –¡Es el novio de mi mejor amiga, sabes! –A esto, Seamus de pronto recordó algo que tenía que hacer en otro lugar y se levantó a toda prisa.

–¿Lavender no sabía sobre Ron hasta esta mañana? –le preguntó Ginny a Parvati mientras Seamus huía. –¿No se dio cuenta de que él no se apareció en todo el día de ayer?

–Bueno, nos preguntamos sobre eso, pero no le prestamos mucha atención, –respondió Parvati. –Asumimos que sólo andaba por ahí, teniendo una aventura ridícula con Harry.

Ginny asintió. –Bastante justo.

–¡Weasley! ¡Thomas! –Dos grandes manos descendieron, cada una en los hombros de Dean y Ginny. Haciendo una mueca de dolor, Ginny levantó la vista a un sonriente Cormac McLaggen. –Parece que seremos compañeros de equipo ¿eh? ¡Muy emocionante! Ya era hora además, si se me permite decirlo. Oh, sin ofender a tu hermano, Weasley, –McLaggen se apresuró a añadir, retirando su mano por la repentina mirada desagradable que Ginny le estaba dirigiendo. –Pero seamos realistas aquí. Tengo algunas sugerencias para ustedes dos y esa chica Desdemona…

–Demelza, –lo corrigió Ginny. Él no escuchó.

–… debería ayudarlos a mejorar sus formaciones de Cazadores. Se supone que el Guardián debería ser el líder del equipo, saben. Y vean lo que es tener uno de verdad para variar. –Y con una palmada en sus hombros que se suponía tenía que ser amistosa pero al final fue más que desagradable, McLaggen se fue.

–¿Qué demonios fue todo eso? –Dean se preguntó en voz alta, masajeando el hombro que McLaggen había intentado aplastarle.

–Significa, –dijo Ginny con una mueca, masajeando su hombro también, –que Harry encontró un remplazo para mi hermano. –Sin otra palabra a Dean, se levantó y marchó por la mesa hasta donde Harry y Hermione estaban sentados, Hermione leyendo el Profeta y Harry estudiando con intensidad algo que parecía ser un pedazo de pergamino viejo. –¡Hey! –gritó Ginny. Hermione levantó la vista y Harry guardó el pergamino en su mochila a toda prisa; a Ginny le pareció peculiar que Harry tuviera su mochila durante todo el desayuno en domingo. Se preguntó que era ese pergamino… pero sólo por un momento, porque justo en ese momento Harry la miró con una sonrisa tímida y ella se olvidó completamente de el por qué había ido con él.

–¿Sí, Ginny? –dijo Hermione, sonriendo con inocencia. Ginny le dio a su cabeza la mas minima sacudida; había estado tan ocupada preguntándose si Harry podía oler el perfume que se había puesto esta mañana que la presencia de Hermione se había esfumado de su mente. Era claro que la chica mayor había visto su expresión boquiabierta.

–McLaggen, ¡McLaggen! –dijo Ginny, arrastrando sus pensamientos a la línea correcta. –Cormac McLaggen. ¿Le pediste que remplazara a Ron como Guardián? ¿Estás demente?

–No quería, créeme, –dijo Harry con el ceño fruncido. –Me arrinconó en la sala común anoche después de que regresara de la enfermería. Además, ¿qué otra opción tengo? No hay nadie más en Gryffindor que sea la mitad de bueno de Guardián.

Ginny suspiró, inclinando su cabeza hacia atrás mientras lo hacía. –Lo sé, lo sé, –admitió a regañadientes. –Pero es un idiota. En serio.

Harry se encogió de hombros. –¿Quién sabe? Tal vez se calme una vez que esté en el campo.

–Bueno, yo estoy en contra, –dijo Hermione, volviendo a abrir el Profeta. –Cormac es demasiado agresivo para jugar de Guardián.

–El Guardián necesita ser bastante agresivo, de hecho, –señaló Harry.

Hermione le mandó una mirada encima de su periódico. –No TAN agresivo. He tenido todo lo que puedo soportar de Cormac McLaggen.

–Apuesto a que sí, –respondió Ginny con una sonrisa, ganándose una mirada sucia de Hermione, y luego una sonrisa siniestra.

Hermione olió el aire ruidosamente. –Dime, Ginny… ¿estás usando perfume? Parece una decisión extraña para una mañana de domingo. –Era ahora el turno de Ginny de lanzarle una mirada sucia a su amiga, pero un rápido vistazo a Harry le confirmó que no había escuchado los comentarios de Hermione; estaba distraído otra vez y mirando a través del comedor. Ginny siguió su mirada hasta la mesa de Slytherin, pero ya que Draco Malfoy no estaba ahí no podía imaginarse que había en la mesa que pudiera tener su interés.

–Me voy a visitar a Ron, –dijo Hermione, levantándose y doblando el Profeta debajo de su brazo. –Querrá saber si alguien murió, estoy segura.

–Esa sí que es una conversación alegre, –observó Ginny. –Iré arriba después de que termine el desayuno.

–¿Qué me dices de ti, Harry? –preguntó Hermione, pero Harry no parecía estar escuchando; todavía estaba estudiando la mesa de Slytherin con intensidad. –¡Harry! –repitió Hermione, más insistentemente.

–Estaré por ahí después, –dijo Harry, mirándola. –Tengo unas cuantas… cosas… que hacer primero.

Ginny no sabía de lo que estaba hablando y no esperaba que alguien se lo explicara. Hermione, sin embargo, parecía saber exactamente de lo que estaba hablando, y parecía que no le gustaba. –¿Qué "cosas" estás haciendo? –demandó saber. –¿Las "cosas" que se supone que tienes que hacer, o las otras "cosas" que son una colosal perdida de tiempo?

–No lo son, –le contestó Harry.

–Lo son, –contraatacó Hermione.

–De acuerdo, que encantador, –interrumpió Ginny. –Bueno, no los detengo más de discutir sobre "cosas". Merlín no quiera que me digan que son estás "cosas" y tener mi opinión sobre qué es más importante. –Ligeramente irritada, regresó a su asiento a terminar su desayuno, sin escuchar realmente mientras Dean y Parvati discutían sobre la clase de aparición del día anterior, y mirando a Harry y Hermione discutir en voz baja por unos momentos más antes de que Hermione finalmente se enderezara, negando con la cabeza y se dirigiera a la puerta. Harry se levantó sólo un minuto después y se dirigió a la puerta también, sacando disimuladamente de su mochila ese viejo trozo de pergamino que había estado estudiando intensamente mientras caminaba.

Lo que había en el pergamino era un misterio que ella simplemente no tenía tiempo ni energía para intentar resolverlo, con todas las otras cosas revoloteando en su cabeza. La lesión de Ron, el partido de Qudditch contra Hufflepuff el siguiente fin de semana (ahora con un quince por ciento más de Cormac McLaggen), sus sueños, su perfume, Amortentia… todo parecía estar trabajando en conjunto para irritarla lo más humanamente posible.

McLaggen resultó ser el doble de desagradable de lo que cualquiera en el equipo de Quidditch hubiera pensado; en las practicas casi llegó a los golpes en varias situaciones con Peakes, Coote, Demelza, y Dean, respectivamente. Continuó exprimiendo su cerebro en cuanto a la Amortentia y lo que pudo haber sido eso que había olido, pero no estaba más cerca de lo que había estado ese primer día de clases en el aula de pociones. La revelación de que Harry podría haber detectado algo en la Amortentia que tal vez le recordara a ella también la estaba manteniendo fuera de balance y distraída, lo que condujo a que su desempeño en el campo de Quidditch sufriera ya que no podía evitar mirar a Harry, lo que le dio a McLaggen una excusa para criticarla, lo que sólo sirvió para irritarla aún más… en serio, era todo un circulo vicioso.

Lo más irritante de todo, sin embargo, podría haber sido Harry. A pesar de que no le gustara admitírselo a sí misma, se dio cuenta de que estaba buscando oportunidades para engancharlo en conversaciones de uno-a-uno sin levantar sospechas de nadie (aunque Dean parecía estar siempre alrededor, y esto era de por sí más que molesto). Harry no tenía ningún interés en esto, y siempre se escabullía para murmurar y discutir intensamente sobre una cosa u otra en alguna esquina con Hermione. Si Harry había olido su perfume en la Amortentia (y mientras pasaba la semana estaba más y más convencida de que no lo había hecho) entonces Ginny decidió que la Amortentia era más una poción de repulsión que una poción de amor. Harry no estaba mostrando ningún interés en discutir con ella la irritable naturaleza de Cormac McLaggen, o una estrategia de Quidditch, o quien pudo envenenar a Ron, o cualquier otra cosa en absoluto. Apenas podía detenerlo lo suficiente para decir media palabra antes de que él desapareciera por el hueco del retrato durante horas, buscando en su mochila por ese pergamino viejo y lo más seguro por esa capa de invisibilidad cuya existencia ella no debía saber.

La parte más frustrante de todo era que afuera de la enfermería, esperando para ver a Ron, ella había sido parte de estas conversaciones que Harry y Hermione continuaban teniendo, y ahora… ya no lo era. Y así continuó, pensó Ginny con amargura mientras observaba a los dos amontonados en una esquina en el otro lado de la sala común. –¡Nada! –explotó contra Dean sin merecérselo cuando él preguntó si algo estaba mal. Algunos días ser excluida no le molestaba. Otros días, sí. Esta semana había estado llena de lo ultimo.

Lo más increíble, era que Harry estaba tan obsesionado con lo que-sea-que-fuera que ni siquiera parecía estar interesado en el Quidditch, llegando a las practicas justo cuando estaban por iniciar y apresurándose fuera del campo tan pronto como acababan. Su comportamiento había sido así durante toda la semana que para el sábado del partido, cuando se precipitó dentro del vestidor minutos antes del silbatazo, todo el equipo ya vestido y esperándolo, Ginny había tenido suficiente. –¿Dónde has estado? –demandó.

–Me encontré con Malfoy, –murmuró Harry sólo lo suficientemente alto para que ella lo escuchara mientras se ponía sus ropas de Quidditch.

–¿Y?

–Y quería saber que hacía él dentro del castillo con un par de novias mientras todos los demás están aquí…

Malfoy. ¿Era eso lo que había estado haciendo toda la semana? Incluso si el presentimiento de Harry estaba en marcha, Ginny estaba muy agitada en ese momento para que le importase. –¿Importa justo ahora? –preguntó con un suspiro mientras el equipo se adelantaba hacia el campo.

–Bueno, no lo voy a descubrir ¿o sí? –dijo Harry con molestia, tomando su Saeta de Fuego y enderezando sus lentes. –¡Vamos, entonces!

No fue hasta que estaba volando por el campo con la Quaffle en mano que recordó: ella misma había visto a Malfoy justo antes del primer partido de Quidditch con otra de sus pequeñas novias, merodeando por los pasillos y saltándose el partido. El repentino recuerdo la distrajo tanto que ni siquiera vio al Cazador principal de Hufflepuff, un tipo enorme llamado Cadwallader, hasta que casi estaba encima de ella, tomando la Quaffle de su agarre.

–… ese jugador grande de Hufflepuff tiene la Quaffle, no puedo recordar su nombre, es algo como Bibble…

Tratando de no reír por los comentarios de Luna (podría besar a McGonagall por permitir que eso pasara), Ginny se inclinó hacia abajo tras Cadwallader, pero él tenía mucha ventaja inicial y aunque ella estaba alcanzándolo rápidamente, ya sabía que la pelea sería entre él y McLaggen.

–¡Hey! ¡Weasley! –Ginny alzó la vista con incredulidad; McLaggen se había alejado de los aros de gol y le estaba gritando. –¡Mantén tu cabeza en el juego! –gritó mientras Cadwallader lo pasaba y anotaba en los aros. –¡No puedes dar la Quaffle así!

–¡McLaggen, podrías prestar atención a lo que se supone que tienes que hacer y dejar a los demás en paz! –Harry les gritó desde arriba.

Un McLaggen con la cara roja se volvió hacia Harry. –¡No estás poniendo un gran ejemplo! –le gritó de vuelta.

–¿Qué le pasa? –se preguntó Demelza, volando a lado de Ginny.

–¿McLaggen? –contestó. –Él siempre es así. ¿Dónde has estado?

–Él no, –dijo Demelza, negando con la cabeza. –Harry.

Pero entonces se pusieron en marcha, moviendo la Quaffle campo abajo, Ginny tratando de no distraerse por los comentarios de Luna y el comentario de Demelza. Anotó un gol, ganando aplausos de los aficionados de Gryffindor bañados en rojo y oro, y luego le dio un vistazo a Harry. Estaba claro que no estaba en el juego, acelerando de un lado a otro, buscando la Snitch frenéticamente. Podía darse cuenta por su lenguaje corporal que no estaba concentrado en el juego en absoluto, y que la mitad de su mente seguramente estaba vagando por los pasillos del castillo, tratando de averiguar lo que estaba haciendo Draco Malfoy.

Dale un descanso, pensó de mal humor, moviéndose alrededor del campo y haciendo una interferencia para Demelza. A decir verdad, tanto como lo había sido toda la semana, le alegraba que el comportamiento de Harry estuviera haciendo que su infantil enamoramiento se desvaneciera de nuevo. Se había comportado horrible con Dean últimamente, y él era completamente inocente de todo… tendría que compensárselo en la fiesta de la victoria, si tan sólo Harry pudiera dejar de concentrarse en Draco Malfoy lo suficiente para encontrar la…

–¡GINNY! ¡CUIDADO!

Se agachó justo a tiempo para evitar un barrido por un veloz Cadwallader, una vez más atravesando el campo y anotando gol. Exhaló un aliento que ni siquiera sabía que había estado reteniendo mientras Dean volaba hacia ella. –¿Estás bien? –preguntó, la preocupación evidente en su rostro.

–Estoy bien, –respondió Ginny. –Gracias por la advertencia.

Dean negó con la cabeza. –¿Por qué estás tan distraída? –preguntó. Ginny no estaba segura de si el repentino shock de irritación que sintió en ese momento estaba dirigido a Dean por preguntar, a ella misma por estar distraída, o hacia Harry por ser un distractor.

Afortunadamente, Luna cambió el tema. –¡Oh, miren! –se escuchó su voz mágicamente amplificada. –El Guardián de Gryffindor tiene uno de los bates de los Golpeadores. –Ginny y Dean giraron sus cabezas para mirar campo abajo. Efectivamente, ahí estaba McLaggen, demostrando a un aturdido Peakes la técnica apropiada con la cual golpear una Bludger como si estuvieran en medio de una practica y no en un feroz partido.

Ginny sintió más que ver a Harry volando sobre ella en dirección a McLaggen, gritando mientras lo hacía, –¡Podrías devolverle su bat y regresar a los aros de gol!

Lo siguiente pasó en cámara lenta. Harry se acercó a McLaggen justo cuando McLaggen ponía el bat hacia atrás y lo hacía girar con fuerza a una Bludger que se aproximaba. La Bludger salió volando a toda velocidad en un incómodo ángulo hacia arriba (la técnica de McLaggen era terrible)… y con un repugnante ¡THWUCK! conectó con fuerza contra el cráneo de Harry.

El sonido fue drenado del mundo. Casi con elegancia, el cuerpo inconsciente de Harry se separó de su Saeta de Fuego y cayó hacia el suelo. Una sola voz rompió el silencio con un grito violento, –¡HARRY! –Ginny ya estaba acelerando hacia su cuerpo cayendo cuando se dio cuenta que la voz había sido suya. Se inclinó lo más que pudo sobre su escoba, cayendo tanto como volaba, pero sabía, ya se podía dar cuenta, que como con Cadwallader antes, no lo alcanzaría a tiempo… se obligó a sí misma, obligó a su escoba, a ir más rápido, sólo un poco más rápido…

Pero de la nada salieron Coote y Peakes, los bateadores alcanzaron a Harry al mismo tiempo, tomándolo de los brazos y bajándolo con gentileza al suelo. Ginny jaló su escoba, derrapándose hasta detenerse, saltando tan pronto sus talones sintieron el piso, tirando su escoba y apresurándose hacia el cuerpo de Harry, empujando a los dos chicos fuera del camino. –¡Harry! –gritó, tomándolo de los hombros. –¿Estás bien? Harry, ¿puedes escucharme? ¿Harry? ¡Harry!

Y luego aparecieron manos en sus hombros que la jalaron con fuerza. –¡Déjenme ir! –chilló. –¡Él necesita ayuda!

–Sí, la necesita, –dijo Madame Hooch con seriedad. –Pero no de ti.

Madame Pomfrey estaba ya encorvada sobre Harry; mientras lo examinaba la profesora McGonagall se les unió, como lo hizo Hermione también. Ginny estaba vagamente consciente del murmullo de la multitud que los rodeaba, y del resto del equipo de Gryffindor y Hufflepuff reunidos a varios metros de distancia, moviendo nerviosamente sus pies. –¿Cómo está, Poppy? –preguntó McGonagall.

–Está bien, está bien, –dijo Madame Pomfrey, enderezándose. –Sólo un cráneo fracturado. Nada serio. Ya lo he curado. –Movió su varita sobre Harry, y él se puso rígido, flotando en el aire hasta que estuviera suspendido junto a ella al nivel de la cintura. –Venir a estos partidos fue una buena idea, –dijo Madame Pomfrey casi con alegría. –Elimina los intermediarios y demás. De acuerdo, entonces. Lo llevaré arriba.

–Voy contigo, –dijo la profesora McGonagall.

–¡Esperen! –gritó Hermione, tomando algo del suelo. –¡Oculus Reparo! –murmuró, su varita apuntando a los lentes rotos de Harry, y después de que se arreglaran se los entregó a la profesora McGonagall, quien los tomó con una breve inclinación de cabeza y luego se llevó a Madame Pomfrey y al inconsciente Harry fuera del campo.

Hermione se volvió a Ginny. –¿Estás bien? –preguntó.

Ginny cerró los ojos y asintió, apartándose de Hermione. –Sólo… sólo dame un momento ¿si? –dijo en voz baja. Con sus ojos cerrados, la imagen de Harry cayendo se repetía una y otra vez en la oscuridad…

No había reaccionado de forma racional, lo sabía. Ahora que la agitación se había terminado y Harry estaba (relativamente) bien, podía ver eso. No había reaccionado como alguien podría haber reaccionado cuando un extraño o incluso un conocido estaba en problemas. Había reaccionado como si su propia sangre estuviera derramándose.

Harry estaba inexplicablemente ligado a los Weasley, a su familia, a ella, y estaba empezando a sospechar que era en maneras que ni siquiera podía concebir. Cualquier irritación que había sentido hacia él minutos antes era ya un recuerdo lejano, reemplazado por un abrumador flujo de alivio de que estuviera bien.

–¿Estás bien?

Esa era la pregunta del día ¿verdad? Ginny se obligó a abrir sus ojos, obligó a su voz para que no temblara. –Estoy bien, –le aseguró a Hermione. –En serio, lo estoy. Sólo tuve un pequeño susto.

Hermione asintió con simpatía. –Te acostumbras, –dijo.

–¿En serio?

La cabeza de Hermione cambió de dirección. –No, –dijo. –No realmente.

–¡Gryffindor! –llamó Madame Hooch. Hermione le dio un apretón al brazo de Ginny y regresó a las gradas, y Ginny se unió a sus compañeros alrededor de Madame Hooch. –Gryffindor, les falta un jugador. ¿Tienen alguna reserva?

–Todas nuestras reservas han sido maldecidas o les han abiertos las cabezas, –respondió Coote. –Sólo otro año en Hogwarts ¿eh?

–Inapropiado, Bateador, –lo regañó Madame Hooch. –Gryffindor, tienen dos opciones: jugar con pocos jugadores, o retirarse. ¿Cuál será?

McLaggen se aclaró la garganta. –Bueno, viendo como el Capitán ha sido puesto fuera de combate, supongo que eso me convierte en…

–… suciedad, –finalizó Peakes, ganándose sonrisas y miradas apreciativas de sus compañeros. McLaggen guardó silencio.

–Sabemos quién NO está a cargo, –dijo Madame Hooch, mirando a McLaggen con desagrado. –¿Así que, quién SÍ está a cargo?

Los ojos de todos se volvieron a Ginny. –¿Qué, están bromeando? –preguntó.

–Eres miembro senior, –le recordó Demelza.

–Y nuestra mejor jugadora, –añadió Cootes, para la vergüenza de Ginny.

–¿Entonces, señorita Weasley? –preguntó Madame Hooch. –¿Se retiran?

Ginny miró al equipo, sus ojos interrogantes sobre ella.

¿Retirarse?

–Hmmph, –pensó Ginny. –Por supuesto que no.

Madame Hooch asintió brevemente, una sonrisa respetuosa en sus labios. –Muy bien, entonces, –dijo. –Retomaremos en un minuto. –Sopló su silbato y exclamó, –¡Jugadores, a sus posiciones! –y voló en el aire seguida por los Hufflepuffs.

El equipo de Gryffindor se volvió a Ginny. –Simplemente fantástico, –dijo McLaggen con el ceño fruncido. –¿Qué sugieres que hagamos ahora?

–¡No podíamos simplemente renunciar! –le gritó Demelza. Él sólo se encogió de hombros y despegó del suelo. Demelza y el resto del equipo miraron a Ginny otra vez. –¿Qué VAMOS a hacer? –preguntó.

–Jugaré de Buscador y Cazador. Relájense, puedo manejarlo, –dijo Ginny, cortando sus preguntas. –Será como jugar Quidditch de Dos-por-Lado.

–¿Cómo puedes jugar Quidditch de Dos-por-Lado? –preguntó Dean.

–No puedes, –se quejó Ginny, y despegó.

Esto no iba a ser bonito.


¿Hola? ¿Me recuerdan?

Saben, podría darles miles de razones de por qué no he actualizado esta historia en meses pero... sé que de todas maneras me van a odiar jajaja. Por lo menos espero que hayan disfrutado esta actualización. Sigo viva y sigo con esta historia :D

No se olviden de que siempre pueden regañarme en los reviews! :P