Resumen: No podía darle todo lo que se merecía y más… No podía amar por entero a alguien tan bueno como él, por razones que ella ya ni siquiera comprendía. No podía darle todo de ella. Pero, por lo menos, podría darle una noche. Esa noche.
Descargo de responsabilidad: Naruto no me pertenece, solo la sarta de incoherencias que están por leer.
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Una noche
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Capítulo II: Lágrimas.
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—Si ambos saliesen heridos… ¿a quién socorrería primero?
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La oscuridad se cernía a su alrededor. Hacía apenas unos minutos que la fría noche estaba iluminada, pero pronto las copas de los árboles se arrullaban con más fuerza que de costumbre… el olor a tierra húmeda a lo lejos era tan solo un pequeño prefacio de la pequeña —o gigantesca— tormenta que se avecinaba.
Para su mala suerte, ya tenía muchas con las que lidiar en aquel momento.
Esta escena no era inusual en su vida. Desde que empuñó un kunai supo a qué era lo que se enfrentaba. A diferencia de su etapa de noble infante, la oscuridad ya no le infundía un temor irracional capaz de hacerla temblar. Para una kunoichi respetable hacía falta más cuestiones para sentirse en peligro.
Respetable…
Avanzó unos pasos más. Hacía unas cuántas horas había salido de casa a hurtadillas, sin ningún rumbo fijo. No era una acción propia de una señorita. Y aunque a veces se cuestionaba a sí misma que si sus maneras tan poco femeninas le permitían continuar considerándose una, la realidad es que tampoco era propio de sí. Pero… ahora mismo… Sakura ya no podía pensar con claridad.
Las cuatro paredes de su habitación parecían oprimir todos los pensamientos y sentimientos anhelantes por seguir… Sus pies la habían conducido al campo de entrenamiento… al primero que había pisado en su vida…
Contempló el sombrío paisaje.
Era una de las pocas que se conservaban casi intactas… Casi. Pues aún desde ahí los vestigios de la gran calamidad que azotó Konoha podían ser percibidos.
Inhaló profundamente. Reteniendo un poco más su respiración.
Una guerra estaba por comenzar.
Una vez más.
Los cursos de Historia que pasó por la Academia le brindaban el suficiente conocido como para sentirse harta de algo que ni siquiera concernía a su propia generación. Ella ni siquiera figuraba en este mundo cuando la tercera guerra ninja ocurrió. Pero… no podía evitar sentirse así.
Si bien era por un bien común. Por el bien del mundo en sí…
¿Cómo la codicia humana podía orillarlos a ello?
¿Qué sentido tenía empuñar kunais desde pequeños y entrenar toda la vida hasta el momento de tu muerte?
Pese a los incontables sacrificios que las generaciones pasadas cedieron para que hoy ellos condujeran al mundo a un nuevo mañana… En realidad, nada de ello bastó. Porque de una u otra forma, el grupo de las nubes rojas volvía a perturbar su paz. Nada había cambiado en realidad… el caos volvía a suscitarse.
Miró con atención el campo que tenía delante de sí. Podía recordar el dolor de los entrenamientos con Tsunade–sama, cuántos golpes bastaron para sacar a relucir su fuerza… cuántas veces tragó el polvo de una derrota.
Ella había sido criada por la Aldea Oculta entre las Hojas, con un solo propósito: preservar la voluntad del fuego por encima de todo y todos. Si la aldea era próspera y segura, todos lo serían…
O eso creía.
Cerró los ojos. Sentía que estaba traicionándose a sí misma por pensar en eso, pero… a veces, solía pensar que si acaso vivir así era una buena forma de vivir.
¿O realmente vivía?
Un estruendo resonó en el cielo, y después, otro. Y otro…
Pero ella se quedó ahí, en medio de la nada. Sumida en sus pensamientos y su propia miseria.
No podía culpar a nadie. Pudo haber escogido otro oficio, cogido cualquier otra profesión… Nadie te orilla en realidad a empuñar un kunai. Pero debía ser un crimen que los adultos aprobarán que la mentalidad de un niño era suficiente para permitir dar su vida en combate. No cuando aún no puede discernir la realidad de la ficción. No cuando desde su perspectiva los ninjas son héroes sin capa, que cargan sobre sus hombros toda la gloria y respeto de naciones enteras…
Suspiro.
Si hubiese sabido que su destino sería sobrevivir por el resto de su vida, desde el día cero… Si hubiese sido consciente que ella no tendría derecho sobre su propia vida, que no era dueña de ella… Ella podría morir ahora mismo, emitiendo un último eco vacío sin que nadie lo supiese…
Un momento.
Un descuido…
Y todo se volvería un simple borrón negro.
Una joven de dieciséis años, que no había tenido la oportunidad de vivir con plenitud las experiencias que eran consideradas como normales… Más allá de sostener una shuriken, no habría más… Ella nunca podría sostener la mano de un compañero amado. Ni de los frutos de ese amor.
Era absurdo llegar a ese punto de no retorno, justo a unos días de que la guerra comenzará, para que se percatara que aún no era tiempo.
Que ella no había vivido lo suficiente.
Ni siquiera había encontrado el amor real… Aquél que traspasara las páginas de los libros y que pudiese sentirlo a plenitud. ¿Y que decir de sus amigos? Su círculo social entero estaba en un foco de peligro intermitente. A juzgar por la trayectoria de los sucesos, podía afirmar que un talento excepcional o una inteligencia inhumana no evitarían tu descenso en una batalla.
¿Y ahora qué?
¿Eso era todo? ¿Tendría que resignarse y continuar así? Una presión en su pecho se expandió. ¿Tenía que aceptarlo? ¿Tenía que aceptar que…?
¿… ella no había vivido lo suficiente y probablemente no lo hiciese nunca más?
Una lágrima escurrió por su mejilla.
Y luego otra…
Y una más…
Así continuo, hasta que la lluvia cayó sobre ella, y las lágrimas y las gotas de lluvia no se distinguían sobre su rostro.
No era capaz de distinguir cuántas horas había pasado así, hasta que sus piernas cedieron su fuerza y ella cayó al piso.
Y se perdió en la inconsciencia.
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—Sakura–chan… —un susurro se coló entre las penumbras de su mente.
Frunció el ceño. Dolía…
Y hacía calor.
—Por favor, reacciona, Sakura–chan… Aún no sé si la abuela pueda sanarte cuando recién despertó de su coma… —insistió. Pero esta vez, la voz era más nítida.
Una combinación entre una voz profunda y agradable… así como frustrante.
Naruto.
—¿N–na–ruto…? —preguntó en un hilo de voz, mientras abría lentamente los ojos, sintiendo sus parpados extremadamente pesados.
—¡Ah, Sakura–chan! ¡Despertaste! —gritó entusiasmado.
La mujer tan solo pudo gruñir en respuesta mientras se reincorporaba con cuidado.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó.
Lo último que recordaba era estar en el campo de entrenamiento… Y antes de ello, el insomnio mancillando la poca salud mental que le restaba.
—¡Te encontré en el campo de entrenamiento! ¡¿Estabas entrenando a estas horas?! ¡Sakura–chan, no debes excederte! ¡Ni siquiera ha amanecido!
—Mmm… —respondió. Llevó sus manos a su frente. Le dolía.
¿Se habría golpeado cuando cayó…?
Suspiro. Lo más probablemente es que fuese así.
—Ahora, ¿qué sucedió, Sakura–chan? —preguntó el rubio, percatándose del desconcierto total de su compañera.
Podía no darse cuenta de muchas cosas, pero era capaz de discernir cuando Sakura no se encontraba bien.
Y esta era una de esas veces.
Pero ella no cooperó con su preocupación:
— ¿Dónde estoy?
—Te traje a un refugio—dijo en un tono casual, mientras fingía concentrarse en una grieta inexistente del techo—. No sé dónde están tus padres o la abuela, la verdad. Y allá afuera hay un diluvio, de verás. Todo está hecho un caos. Lleno de lodo, de verás.
Frunció el ceño.
Recordaba el aroma de tierra húmeda… Aunque claro, si aspiraba un poco, podía revivirlo una y otra vez. El tejado estaba en un constante golpeteo por las gotas de lluvia, que parecían aumentar conforme los minutos transcurrían.
—¡Es un alivio que el capitán Yamato construyera una pequeña cabaña cerca de los campos de entrenamiento! De otra forma, no hubiese podido resguardarte tan pronto… —comenzó a parlotear.
Sakura, entre hastiada y cansada, pasó su voz al mismo nivel que las gotas de lluvia que se estrellaban contra el techo inclinado de la pequeña cabaña de madera.
Contempló a su alrededor.
Tan solo una chimenea proveía la luz en la habitación, lo que provocaba que la cabaña estuviese sumida en penumbras espeluznantes y con sombras alargadas inhumadas, que eran ellos. Era austera y ausenta de muebles. Si su intuición no se equivocaba —y probablemente, no fuese así—, era un estilo de un Yamato exhausto.
Suspiro.
—Pero, dime, Sakura–chan, ¿qué hacías? —sintió una cálida mano apoyarse en su hombro, tembló ligeramente. Ahora era consciente lo baja que se encontraba su temperatura corporal—. ¿Es por la guerra?
No respondió.
¿Qué podía decirle a Naruto?
Ella era una pésima mentirosa. Y pese a que lo trataba de inútil y torpe, él era sumamente perceptivo y la conocía tan bien como la palma de su mano. Crecieron juntos, y pese a que la distancia durante su pubertad fue enorme, los lazos permanecían que los unían continuaban siendo fuertes.
Y, si tan solo pudiese vivir un poco más, estaba segura de que así perdurarían por muchos años.
En ocasiones, tenía suspiros llenos de anhelo de un futuro poco probable y distante. Un futuro donde ambos compartiesen bebidas y chistes locales, una reunión al estilo de los sannin. De los únicos dos que mantuvieron una buena relación hasta que… uno faltó.
Lo miró de reojo.
Su cabello aún estaba húmedo, y algunas gotas permanecían por su mejilla hasta descender por su mandíbula y perderse en su pecho… Dejó escapar un suspiro.
«No te preocupes de nada, yo traeré a Sasuke de vuelta, te lo juro por mi vida, Sakura»
Sus pensamientos de hace tan solo unas horas la asaltaron de repente. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.
Las palabras en soledad eran neutras. Jamás serían vergonzosas. Los pensamientos perdurarían en un limbo eterno dentro de ti y el único testigo que alguna vez existieron empezaría y terminaría contigo.
Claro, las palabras con alguien a tu lado… alguien a quien involucraban… No resultaba sencillo manejarlo.
—Sakura —una voz profunda la sacó de sus ensoñaciones.
Alzó la mirada para encararle, encontrando su rostro a tan solo unos centímetros de distancia del suyo.
—No temas —dijo tomando su rostro entre sus manos, sus ojos azules resplandecían—: Yo te protegeré, incluso si es con mi vida. Te lo prometo.
Una sonrisa se curvó sobre sus labios. Sus ojos se entrecerraron.
Era ese semblante que tanto gustaba a los demás… y a ella.
El que transmitía confianza, seguridad…
Con esa expresión podía decirle que moriría mañana, y aún así ella no podría asustarse.
Entonces… en un segundo, el peso de sus palabras, cayeron con peso sobre de ella.
«… incluso si es con mi vida.»
Una presión se instaló en su pecho, y sin poder contenerse más, las lágrimas comenzaron a escurrir por sus mejillas.
Colocó sus manos por encima de las suyas en sus mejillas, y cerró los ojos, disfrutando de su contacto, de su calidez…
—¿Cómo puedes decir eso? —musitó en apenas un hilo de voz audible—. ¿Cómo puedes…? ¿Es que no piensas en mí, idiota?
Silencio.
Ella no podía verlo, pero él la miraba con desconcierto.
La niña… no, mujer que estaba delante de sí, contrario a la fuerza sobrehumana que poseía y a su carácter tan tempestuoso… lucía indefensa. Tan frágil.
Algo dolió dentro de sí.
—¿Acaso piensas dejarme sola? ¿Cómo te atreves…? —se quejó—. ¡Escúchame bien, Uzumaki Naruto! ¡Ni se te ocurra! ¿Cómo podría estar sin ti, idiota?
Sus ojos se cristalizaron.
Su corazón latía tan rápido que sentía que podía salirse de su pecho.
Sintió como ella sujetaba sus manos con más ímpetu. Como si sintiese que tenía que retenerlo…
Sakura–chan… Deseaba decirle lo que sentía.
Deseaba tener el valor de encararse con la persona por la que había sentido tanto por tantos años… Deseaba decirle todo…
Pero no podía…
Lo recordaba.
Recordaba que mientras él tenía a tantas personas en su corazón, y tantas personas le tenían a él en el suyo… Ella podía ser la única que lo tendría a él en su corazón.
No podía ser así.
No podía ser egoísta con la única persona que comprendía su dolor.
Estaba por levantarse e instarle que volviesen a la aldea. La lluvia aún caía a cantaros, pero si se quedaban ahí por mucho tiempo… y ella se veía así…
¿Podría ser capaz de detenerse a sí mismo y a esa bocaza suya?
No estaba seguro.
Pero entonces, un par de ojos verdes cristalinos por las lágrimas acumuladas lo miraron a los ojos.
—Tú no puedes morir… No puedes morir en batalla —dejó sus manos, para pasar a sostener su rostro, acercándose un poco más, a tal punto que sus narices casi se rozaban entre sí—. Debes vivir… y ser feliz… Yo confío en ti.
Naruto la miró sorprendido.
No sabía si por la cercanía de sus rostros, o por sus palabras.
—Yo… yo confío en que tú puedes traernos esa paz que tanto anhelamos. Así que… —le mostró una sonrisa triste—. Cuando seas Hokage, asegúrate que ningún joven experimente esta sensación…
» Esta sensación que la vida se te escapa de las manos por cuestiones que no entiende del todo y que no deberían ser… —acarició con delicadeza sus pómulos—. Hazlo por favor, trae esa paz. Por mí. ¿Sí? Estoy segura qué…
Su voz se quebró. Pero había un calor en su pecho que la envolvía, que quemaba si permanecía en silencio… y una voz en su cabeza que le susurraba que aquella podía ser la última vez que pudiese serle sincera.
—Estoy segura de que… serás un gran Hokage. El mejor… Así que… asegúrate que esta sea la última guerra. La voluntad del fuego permanecerá sin necesidad de que las vidas de sus jóvenes sean tomadas… Por favor…
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. En silencio.
Una guerra estaba por comenzar. Una guerra implicaba muerte y destrucción…
Entendía las palabras de la joven. Más que una petición, era como si estuviese dándole sus últimas palabras.
Dejó escapar un quejido. La impotencia se apoderó de sí.
¿Esto era todo?
No importaba cuán fuerte fuese… qué tanto hubiese entrenado… ¿era suficiente para proteger a las personas que amaba?
¿Era suficiente para protegerla…?
La joven que estaba sollozando delante de él… ¿podría volver a verla? ¿Era cien por cien seguro que volverían a estar juntos? ¿Existía la posibilidad de envejecer y compartir anécdotas más tarde…?
Mientras más lo pensaba, más lejano se veía.
Y en el mejor de los escenarios, ambos morían con la esperanza que el otro viviría por sí…
NO.
Pasó sus brazos alrededor de su estrecho cuerpo. Ella aún sostenía su rostro. Así que la distancia de sus rostros eran apenas unos minimitos.
—Tú tampoco puedes morir, Sakura —dijo con franqueza. Con una autoridad que, en algún punto cobraría sentido en sus vidas—, por que si mueres… ¿para quién construiré un lugar mejor?
Sakura lo miró. Sus grandes ojos verdes lucían rojizos e inocentes. Entreabrió sus labios, dispuesta a responderle cualquier cosa, pero las palabras no salían.
Demasiado cerca…
—Construiré un lugar mejor. Pondré todo mi empeño en ello. Me haré más fuerte si es necesario. Todo porque nuestros hijos sean capaces de vivir felices y en paz. Déjamelo a mí, de verás —su sonrisa se volvió a ensanchar.
Su corazón latió con fuerza, y le sonrío de vuelta, asintiendo.
Aunque había algo que le daba vueltas… pero no sabía qué.
Y antes que podía definirlo, sintió unos labios uniéndose los suyos.
