Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen.
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Drabble #5
Extraño
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— ¿Te estoy aburriendo?
Apenas si levantó la vista del fondo de su vaso de whisky hacia la exuberante mujer rubia que se había sentado a su lado; y la contempló por un segundo de reojo, sin demostrar ningún interés. Pero la mujer seguía esperando por una respuesta, por lo que Robert soltó un suave suspiro y se giró hacia ella, abriendo los ojos con una fría condescendencia.
—Lo siento, pero no salgo con prostitutas— soltó sin ninguna delicadeza, alzando una mano para pedirle al cantinero que rellenaran su vaso, sin prever la copa de agua que fue directamente a su cara.
—Imbécil— la mujer se levantó, ofendida, al mismo tiempo que los tres guardaespaldas de Robert la imitaban, acariciando el arma que llevaban en la cintura, mirándola como si fuera una amenaza, pero volviendo a sus lugares ante una seña de su empleador.
—Está bien— murmuró Fischer Jr. mientras tomaba una servilleta para secarse con hastío, rechazando la ayuda de su jefe de seguridad— Llama al aeropuerto. Que preparen mi avión para regresar cuanto antes.
El enorme hombre asintió, dándose la vuelta para hablar por su teléfono a la vez que el resto de sus hombres se desplegaban por el lugar, cuidando del perímetro. Robert se levantó también, pagó su consumición con una generosa propina y se arregló la ropa antes de de caminar fuera del bar, seguido de su equipo de seguridad.
Por lo general, prefería pasar inadvertido, pero Peter Browning había insistido hasta el cansancio en contratar a esa gente para él, por lo que, para dejar tranquilo a su padrino, había aceptado, al menos mientras estuviera de viaje fuera de París.
—Señor Fischer. Tenemos un problema con su vehículo. Espere aquí mientras lo estacionamos en la puerta— le dijo su jefe de seguridad discretamente al oído, causándole un estremecimiento involuntario.
— ¿Qué pasó?
—Solo un altercado callejero, no se preocupe. Pero debemos estar seguros.
Robert asintió, colocando una mano sobre las solapas de su chaqueta. Pese a su actitud siempre soberbia e impaciente, no iba a protestar. Tenía un seguro anti secuestro, pero desde la muerte de su padre había comenzado a sentirse sumamente inquieto ante cualquier inconveniente, por mínimo que fuera, que pudiera derivar en uno.
Así que se quedó de pie en el vestíbulo del restaurante, trabajando desde su teléfono mientras esperaba. En eso estaba cuando de repente alzó la mirada, solo por un segundo, y entonces la vio. Ariadne estaba sentada al otro lado del restaurante, riendo con alguien. Robert miró la espalda del hombre que la acompañaba como si de esa forma pudiera reconocerlo, pero sus ojos volvieron rápidamente a la chica. Ariadne usaba un sencillo vestido negro con los hombros descubiertos y el cabello castaño suelto y con ondas tras las orejas; lucía linda, y no pudo evitar pensar que se veía mucho más bonita cuando estaba relajada y reía.
Nunca la había visto reír; le gustaba, y se sintió extraño pensando en ella de esa manera, tanto que incluso no pudo volver a concentrarse en el trabajo.
—Señor Fischer, disculpe los incovenientes. Su auto está listo. Si me acompaña...
—Sí— Robert guardó su teléfono en el bolsillo interno de su Armani y miró al guardia; luego volvió a mirar hacia la mesa de Ariadne, sorprendiéndose al encontrarla sola— Esperen un momento.
— ¿Señor?
—Ahora regreso.
Para cuando fue consciente de lo que hacía ya se encontraba a un lado de la mesa de la chica, carraspeando incómodamente para hacerse notar.
—Buenas noches— saludó, entrelazado las manos tras la espalda.
Ariadne alzó la vista y por poco se atragantó con su vino blanco, colocándose una servilleta oportunamente sobre la boca mientras intentaba recuperarse de la sorpresa. A Robert le causó gracia que lo mirara como si acabara de ver a un fantasma.
—Señor Fischer— tosió, abriendo los ojos con sorpresa— Buenas...noches.
Ariadne se mordió el labio inferior y desvió la mirada hacia el mantel, tamborileando los dedos nerviosamente sobre la mesa mientras él la observaba en silencio, consciente de lo incómodo de la situación, pero sin darle importancia.
— ¿Estás sola?— la pregunta era innecesaria y algo fuera de lugar, ya que sabía la respuesta, sin embargo necesitaba oír de sus labios con quién estaba. Era una sensación extraña y molesta, como cuando alguien invadía su espacio personal— Tienes una cita— resolvió tras unos segundos, alzando las cejas con escepticismo.
La joven parpadeó y bajó la mirada una vez más, cubriéndose con una cortina de cabello. Robert no podía verla con mucha claridad pero hubiera jurado que ella estaba sonrojada.
—Sí. No, yo... Estoy con un...amigo.
Fischer frunció el ceño y asintió, no del todo conforme con esa respuesta evasiva.
"Pero no es de tu incumbencia, Robert" dijo una voz en su cabeza, y, contra su voluntad, decidió que eso era verdad.
Esa chica no tenía nada que ver en su vida, ni él en la suya. Era inapropiado hacer esa clase de preguntas tan entrometidas.
— ¿Y tú?
La suave voz de Ariadne le sorprendió, aunque lo que más llamó su atención fue el tono nervioso que usó. No obstante, suspiro y se recargó levemente contra el respaldo de la silla frente a ella, mirándola fijamente. No era usual que decidiera dar explicaciones sobre su vida personal, a veces ni siquiera a su padrino, pero Ariadne era diferente. A ella estaba respondiéndole incluso sin pensarlo dos veces.
—Estaba... Solo vine por una copa, y...
—Ari, ¿todo bien?
Robert parpadeó y frunció el ceño, haciéndose a un lado para observar al hombre que antes había ocupado el lugar frente a Ariadne parado junto a él, mirando la escena como un curioso espectador.
Era un hombre bien parecido, mayor que Ariadne, tal vez de su edad, pero bien parecido al fin, y vestía de forma casual, pero aun así, como Ariadne, lucía muy elegante.
—Buenas noches— saludó el desconocido, recorriendo la mesa hasta pararse tras ella y colocó una mano en su hombro, causando que Ariadne le sonriera con sobriedad.
Hacían una bonita pareja, y Robert no supo cómo sentirse al respecto.
Sin embargo, algo más llamó su atención.
—Disculpa, ¿nos conocemos?— preguntó directamente al desconocido, sin importarle sonar un tanto brusco.
—No lo creo— contestó el hombre con toda naturalidad, extendiéndole una mano— Dominic Cobb. Arquitecto.
—Robert Fischer. Jr— respondió, aceptando su gesto de forma casi robótica.
— ¿El dueño del imperio Fischer Morrow?
—Ex dueño.
—Claro.
Robert guardó silencio, perdido en sus propios pensamientos.
Ya había visto a ese hombre, pero, ¿dónde?
— ¿Está seguro de que no nos...?
—Señor Fischer, estoy seguro de que recordaría haberlo conocido— le sonrió Dominic Cobb, apretando su mano con ligereza— No siempre uno puede cruzarse con alguien tan importante y rico, ¿no cree?
Fischer soltó su mano y entrecerró los ojos con duda. Algo le decía que ese hombre mentía.
—Dom, ya se nos hizo tarde— dijo Ariadne, regresándolo a la realidad mientras se levantaba y recogía su abrigo, que Cobb se apresuró a ayudarle a ponerse.
—Oh, sí Ariadne. Lo siento— respondió Dominic, recogiendo su chaqueta también y extendiendo su mano nuevamente hacia Robert—. Señor Fischer.
—Señor Cobb— Robert aceptó su gesto de nuevo y se quedó muy quieto mientras ellos le daban la espalda, dispuestos a retirarse— A-Ariadne— la llamó antes de que se perdiera entre las mesas. La joven se detuvo y lo miró.
— ¿Sí?
Robert dio un paso hacia adelante. De pronto se sentía demasiado nervioso al enfrentar los ojos curiosos y castaños de Ariadne. Pasó saliva algo incómodo y se ajustó el nudo de la corbata con disimulo, carraspeando para aclararse la garganta.
—Tengo tu...
—Ari, es tarde.
Cobb interrumpió su breve momento con su voz tranquila y amable, haciendo que ella cortara el contacto visual para verlo.
—Sí, Dom— sonrió, y luego volvió a girarse hacia Robert— Lo siento, señor Fischer...
—Robert— le recordó, mirándola fijamente— Solo dime Robert.
—Robert— repitió Ariadne, despidiéndose con un leve movimiento de cabeza— Adiós.
—Pero, yo...— Robert se quedó con la palabra en la boca cuando Ariadne se dio la vuelta y rápidamente se alejó del brazo de Dominic Cobb—...tengo tu libro— acabó la oración, mirando, incrédulo, el lugar por el que ella se había ido, preguntándose qué demonios había sido todo eso. ¿Desde cuándo vacilaba al hablarle a una mujer, y desde cuándo permitía que lo dejaran con la palabra en la boca? ¿Qué le había hecho esa chica desde que la había conocido que lo hacía sentirse tan descolocado y temeroso?
Su padre debía estar revolcándose en su tumba al verlo actuar como un principiante por una mujer.
—Señor Fischer, ¿todo en orden?
Robert dirigió sus fríos irises azules hacia su jefe de seguridad, volviendo a esconderse tras su práctica máscara de desdén.
—Vámonos de aquí— ordenó, saliendo primero, y, de forma inconsciente, fijándose si Ariadne seguía cerca.
Pero ya se había ido.
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N del A:
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H.S.
