Hola! sí, soy yo, actualizando esto después de casi cinco años :v ... lo siento, je je, estaba bloqueada ... PERO, escribiendo ideas para mi otro fic de Bob Esponja (no lo abandoné, solo estoy descubriendo cómo terminar los últimos capítulos, ya tengo el final resuelto, no se preocupen), finalmente encontré la inspiración para continuar con este. Así que, aquí está, el esperado durante años segundo capítulo, espero que lo disfruten :-)
Here We Go...
Cuando volvió en sí, lo primero que Bob hizo fue frotarse la cabeza donde había impactado contra la pared, y al retirar la mano pudo ver la hora en su reloj de pulsera.
Le pareció que estaba olvidando algo importante al ver la hora, ya se había pasado la hora de cerrar y él debería estar camino a casa...
—¿Sigues aquí chico?
Don Cangrejo apareció caminando por su lado, por lo que se podía ver listo para irse a casa. Aquello hizo a su cerebro funcionar nuevamente, haciendo que recordara que era lo que había olvidado.
—¡Percebes! —exclamó, levantándose del suelo para salir corriendo hacia la puerta — ¡Buenas noches Don Cangrejo!
El dueño del local lo vio partir a toda prisa del restaurante, saludándolo también sin darle mucha importancia, para salir tras él y cerrar por ese día su negocio y poder marchar por fin a casa a descansar.
Perlita le había dicho que saldría con unos amigos hoy así que tendría la casa para él y podría ver algo en la televisión que no se tratara de reality shows para adolescentes o el canal de musica.
Con eso en mente y bastante animado por la idea, subió a su auto y finalmente se marchó.
En ningún momento se dio cuenta que no se había cruzado con su otro empleado.
Eso tan importante que Bob había olvidado era no solo que había quedado con Perla y que estaba tarde, sino que también debía de avisarles a sus amigos... Con quienes también estaba llegando tarde.
Al acercarse a su hogar, los vio afuera de su puerta, esperando por él y se sintió terriblemente culpable de haber hecho planes aparte de los que ya tenía con ellos y tener que cancelarles.
—¡Hey, Bob! ya te estabas tardando, temíamos que te hubiera pasado algo —lo saludó Arenita al verlo llegar con una sonrisa.
Entonces notó su semblante decaído y se preocupó un poco, lo que hizo que su sonrisa desapareciera.
—¿Te pasa algo?
El chico exhaló resignado y sacó las llaves de su casa, acercándose a la puerta para abrirla.
—Entren y les diré adentro.
Patricio y Arenita intercambiaron miradas de desconcierto, pero hicieron caso a su amigo y fueron tras él.
Una vez dentro de la casa del cocinero, este no perdió tiempo y les contó a sus amigos lo que había pasado en el restaurante.
—Lo siento chicos, se que llevábamos rato esperando este día y que debí pensarlo mejor, pero no tuve corazón para decirle que no...
Bob estaba sentado en su sillón, casi hundiéndose en este, y sus dos mejores amigos se habían quedado de pie. Ambos se notaban estar decepcionados y un tanto molestos por la situación, pero no particularmente con él, lo que lo aliviaba bastante.
—Esta bien Bob, lo entendemos —comenzó Arenita— no estamos felices por el cambio de planes, pero no estamos enojados contigo —le aseguró la chica.
—Seguro Bob, además no es como que no podamos ir —agregó Patricio— podemos juntarnos otro día.
Sin embargo el cocinero no estaba tan convencido.
—Es que, yo fui el de la idea de ir los tres, y fui el primero en cancelarlo ¿qué clase de amigo hace eso?
—Eres una persona muy dulce y cariñosa, es normal que quisieras ayudar en lo que pudieras —comentó Arenita, colocando una mano en su hombro—, y en ese momento viste que era lo necesario, ella necesita tu apoyo más que nosotros.
Y la verdad era que sí, por lo que había visto esa tarde, Perla necesitaba de alguien que le levantara los ánimos y le diera apoyo moral para dejar de sentirse tan triste y abatida. Él siempre estaba disponible para sus amigos, no sería como que los estuviera abandonando, aunque era cierto que últimamente no estaban pasando mucho tiempo juntos debido al trabajo y otras obligaciones –a excepción de Patricio–, eso no sería algo permanente, Arenita iba a terminar con el prototipo en el que estaba trabajando pronto, y Pat... cualquier día le vendría bien –realmente era afortunado de que sus padres lo quisieran tanto a pesar de sus imperfecciones, como para pagar sus facturas y otras cosas–. Ellos estarían bien sin él por un día.
—Gracias chicos, pero de verdad lo siento.
—Lo sabemos.
Luego de aquella conversación, la chica y Pat se despidieron de Bob, el chico de pelo rosado con la promesa de comerse su porción de algodón de azúcar para compensar su ausencia, lo que sacó una sonrisa del rubio.
Una vez que sus amigos se hubieron marchado, Bob procedió a atender rápidamente a Gary, después a vestirse para salir rumbo al parque a encontrarse con Perla.
En el Parque...
Perla revisó su celular por enésima vez, golpeando su pie impacientemente en el suelo, empezando a pensar que tal vez Bob lo había olvidado, después de todo su petición había sido algo tan de repente que puede que simplemente se había esfumado de la cabeza del rubio. Quizás sus amigos lo habían convencido de que fuera con ellos después de todo, y aunque le doliera un poco pensar aquello, lo entendía pues eran sus amigos y habían planeado salir juntos antes que ella le pidiera acompañarla.
Era una película aburrida y tonta después de todo, ella ni siquiera quería asistir ¿una comedia romántica, con lo que estaba pasando en su vida? ¡Qué tontería! Ya se había torturado lo suficiente esos pasados días. No se perdería de nada si le escribía a sus amigos diciéndoles que no iría, podía inventarse una excusa, como que se sentía mal o algo así, tal vez no le creyeran, pero no necesitaba que lo hicieran, solo quería evitarse más miradas de pena. Quería regresar a casa y encerrarse en su cuarto a escuchar musica y comer comida chatarra aunque no fuera saludable para ella, ya no tenía que impresionar ni verse bonita para nadie ¿para qué molestarse?
Sintiéndose cada vez más desanimada y resignada a que la habían dejado plantada, buscó entre sus contactos a su amiga Jenny para avisarle que no iría cuando oyó pasos apresurados acercándose.
Al alzar la mirada, su semblante decaído se transformó en una sonrisa de gratitud y alivio cuando divisó al cocinero del Crustáceo atravesando el parque trotando hacía ella.
Llevaba su típica camisa blanca y corbata roja, pero había cambiado sus pantalones por unos jeans oscuros y sus zapatos por zapatillas. Tenía el cabello revuelto y las mejillas sonrojadas, señales de que había venido corriendo.
—Perlita... –exhaló, jadeando de cansancio— lo siento... si estoy tarde... no pude salir antes y... y el autobús no pasaba... —trató de explicarse a la vez que sus pulmones trataban de inhalar oxígeno.
Colocó sus manos en sus rodillas e inclinó su cuerpo, respirando todavía agitado. El autobús lo había dejado a unas cuantas calles del parque por lo que había corrido todo el camino, temiendo haber llegado demasiado tarde y que ella ya se hubiera marchado.
Pero lo que más le preocupaba era que se hubiera ido estando enfadada y decepcionada con él.
—Esta bien, llegaste justo a tiempo —contestó la chica con una sonrisa sincera, regañandose por haber pensado que Bob sería capaz de dejarla plantada sin una buena razón y aviso.
Él alzo la mirada hacía ella, exhalando de alivio ante sus palabras, contento de no haber hecho enojar a la muchacha, enviándole una sonrisa.
Y Perla tuvo que admitir que se veía adorable con las mejillas teñidas de rosa y el cabello desordenado, mucho más joven que los veintitantos que debía tener.
Entonces se enderezó y pasó su mano por los mechones rubios para acomodarlos.
Ese solo gesto tan inocente y casual le hizo pensar que ese chico era en realidad bastante apuesto.
De inmediato, disipó esa idea de su cabeza, atribuyéndola a su estado de ánimo y la necesidad de centrar su mente en otra cosa para distraerse de sus problemas.
—Vamos, mis amigos nos están esperando —dijo, finalmente enviando un mensaje para avisar que iría.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el cine, distraída mirando la pantalla de su celular. Sintió más que ver al chico caminando para ir a su lado, y al mirar de reojo lo vio ir con las manos en los bolsillos de sus jeans con la mirada puesta al frente.
Bob iba tratando de verse tranquilo y relajado, pero la verdad era que la idea de estar entre los amigos de Perla le inquietaba un poco. En camino hacia el parque había caído en la cuenta que estaría rodeado de adolescentes, y no sabía como actuar entre ellos. La última vez había sido un desastre, y esta vez no quería dejarla en vergüenza, no con todo lo que estaba pasando en su vida. Claro, en comparación con los problemas que un adulto debía enfrentar, los de la chica no eran tan graves, pero ella aun estaba en una edad en que esa clase de cosas sentimentales la afectaban de sobremanera, todavía no había madurado lo suficiente como para que no le afectara lo que otros pensaran de ella, y él no quería causarle más malestar emocional.
Así que llegó a la conclusión de que permanecer con la boca cerrada y no hacer nada estúpido sería la mejor manera de actuar.
Finalmente llegaron al cine, y Perla lo presentó a sus amigos. A algunas de las chicas las recordaba de las veces en que Perla se había pasado con ellas por el restaurante. La verdad si alguien le preguntaba, no creía que esas chicas fueran realmente unas buenas amigas para ella, eran crueles y muy superficiales, para su gusto, además de que a veces las había visto tratar despectivamente a Perla, burlarse, juzgarla por lo que llevaba puesto o retarla a hacer algo que ella no quería pero que terminaba haciendo para agradarles. Pero nadie le había preguntado nada así que Bob simplemente se limitó a saludarlos con cortesía por respeto a Perla, después de todo él no era su padre para decirle con quien juntarse y con quien no.
—¿Tú no eres el freidor del Crustáceo? —preguntó una chica que le presentaron como Mindy después de saludarlo.
No le gustó nada el tono con el que se lo preguntó, como si fuera algo de lo que avergonzarse, pero respondió de todas formas.
—Sí, allí trabajo ¿por qué?
Mindy hizo una mueca que nadie más aparte de él pudo notar, pues el resto ya estaba hablando entre ellos mientras ingresaban al establecimiento, y solo encogió los hombros, dándose la vuelta para seguir cotilleando con el resto.
A diferencia de lo que Bob había creído, Perlita si había oído y presenciado la corta conversación entre ambos, y no pudo evitar sentirse avergonzada por el comportamiento de Mindy. Ella podía ser muy despectiva al hablar a veces y podía llegar a humillar y ofender a otras personas. Afortunadamente ese no parecía haber sido el caso con Bob, pero solo gracias a que ella ya les había advertido que él iría con ella y que por favor lo trataran bien.
Él había sido ya bastante diligente al cancelar con sus propios amigos para aceptar ir con ella, lo menos que podía hacer era asegurarse de que lo trataran con respeto.
Antes de entrar a la función, decidieron ir a comprar palomitas y gaseosas, y ahí fue que Perla aprovechó para hablar con él.
—Mindy no te dio problemas ¿verdad?
—No, solo quería saber si yo era el mismo cocinero que trabaja en el Crustáceo —respondió Bob despreocupadamente.
—Bien, si algo te molesta, solo dímelo.
—Lo haré.
En realidad no pensaba hacerlo, se suponía que esta noche debía asegurarse de que Perla se divirtiera y dejara de sentirse tan decaída, y si él iba a quejarse de sus amigos, no haría más que empeorar las cosas para ella.
Si lidiaba en ocasiones con clientes difíciles, podía lidiar con adolescentes malcriados.
Antes de que empezara la función, fueron a comprar palomitas y gaseosas, pero más para los varones, pues ninguna de las otras chicas quiso tener nada que ver con comida chatarra, aunque a Bob no le pasó desapercibido como ojeó su compañera los chocolates.
Pensó en comprarle uno como detalle, pero imaginó que no sería buena idea, así que se abstuvo.
Finalmente entraron a la sala, y el par se sentó en medio y cerca del pasillo. Al empezar la película, Bob se contentó con comer palomitas, ya había leído de que se trataba la trama y sabía que no le iba a gustar, para nada.
A mitad de la película, Perla empezó a pensar que tal vez pedirle a Bob que viniera no había sido tan buena idea después de todo.
La película, al ser una romántica, tenía escenas muy melosas y cursis, las cuales eran la excusa perfecta para que las chicas se abrazaran a sus novios o los tomaran de la mano. Y mirando a su alrededor, se dio cuenta que estaban rodeados del parejitas melosas.
Bob podía ser todo lo ingenuo que fuera, pero hasta él se había dado cuenta de la situación a su alrededor, y ella podía decir con certeza que estaba bastante incómodo con todo eso.
Se sintió un poco culpable por haberlo arrastrado aquí, cuando él tranquilamente podría estar con sus amigos, divirtiéndose en lugar de actuar de chaperón para ella.
Ella que no era tan fuerte como quería aparentar, que llevaba maquillaje y ropa de marca como máscara para ocultar como realmente se sentía, todo para ser agradable a un grupo de chicos a los que en realidad no le importaban como se sentía ella, pues si lo hicieran en lugar de presionarla para que fuera con ellos, sabiendo que esto debía de haber sido una cita, habrían sido más considerados.
Además, todas las parejas que la rodeaban le hicieron recordar su propia relación con Eric —su ex novio–, lo que hizo que su relativo buen humor se fuera por los suelos una vez más.
Se suponía que él era quien debía de estar allí a su lado, abrazándola y diciéndole lo mucho que la quería y lo especial que era, pero en lugar de eso, debía de estar por ahí en una cita con Cindy, porque ella no había sido lo suficientemente buena para él.
Sintió una fuerte opresión en el pecho, y los ojos se le aguaron.
—Voy al baño —susurró a Bob, quien luchaba por no dormirse por lo cliché y aburrida que era la trama.
Perla empujó el casi vacío tazón de palomitas a sus brazos –que habia tomado de Bob para evitar que se le cayera al irse durmiendo– y se levantó, escabulléndose de la sala tan rápido que ninguna de sus amigas lo notaron.
Eso lo espabiló, y Bob se levantó para ir tras ella, dándose cuenta de que algo no estaba bien.
También fue una buena excusa para dejar la sala, porque la verdad la película se le estaba haciendo terriblemente aburrida. No estaba acostumbrado a ese genero de cine, pues con Patricio y Arenita compartían el gusto por películas de acción, ciencia ficción y así por el estilo.
Eso y las muestras de afecto entre esos adolescentes estaban empezando a ponerlo muy incómodo.
Cuando salió de la sala, giró la cabeza para todas partes buscándola, pero no la vio por ninguna parte. Entonces se acercó a uno de los empleados y le preguntó si la había visto, describiéndola, recibiendo como respuesta que había salido corriendo hacia los baños.
Dándole las gracias, Bob se dirigió a los baños.
Estaba tomando valor para entrar al de damas y buscar a Perla cuando unos suaves y casi inaudibles sollozos lo hicieron desviarse hacia una zona poco transitada. Era un pasillo que guiaba a una puerta de salida de emergencia, estaba poco iluminado y vacío, a excepción de la chica sentada en el suelo, abrazando sus piernas y el rostro escondido entre sus rodillas.
En un primer momento, no supo como reaccionar exactamente, no era muy bueno en esas cosas, pero no podía dejarla allí llorando sola, así que hizo lo que le pareció lo mejor, acercarse con cautela pero anunciarse para no asustarla ni parecer como que la estaba espiando o algo.
—Perla... —llamó alzando la voz pero hablando con suavidad.
La vio tensarse un momento, luego se relajó, y sacó el rostro para rápidamente secarse las lágrimas.
Perla se sintió mal por haberlo abandonado allí, siendo quien lo había traído en primer lugar, pero simplemente había tenido la necesidad de escapar de allí antes de que la ola de lágrimas la invadiera.
No se había fijado adonde iba, solo había corrido hasta encontrarse sin salida, y simplemente se había dejado caer en el suelo.
Y ahora Bob la había encontrado, y seguramente pensaba que era una niña llorona y patética.
Lo oyó llamar su nombre de nuevo mientras intentaba secar sus lágrimas, había olvidado que se había maquillado, así que su rostro debía de ser un desastre, no quería que la viera así pero ya era tarde.
El chico se acercó hasta ella y se inclinó enfrente, moviéndose despacio como si de un herido animal salvaje se tratara. Por un momento vaciló, hasta que finalmente extendió sus brazos hacia ella, ofreciéndole un poco de consuelo. Ella terminó aceptando su oferta, echándose sobre él para aceptar el abrazo.
Bob le acarició la espalda, no sin sentirse nuevamente extraño estando tan cerca de ella, tanto que incluso podía decir exactamente a que olía su champú, que era muy agradable por cierto, pero hizo todo ello a un lado, dejándola que derramara unas pocas lágrimas más hasta que la sintió empezar a separarse de él y la dejó ir.
—Que vergüenza, debes pensar que soy una dramática —comentó entre hipidos la chica, sacando un pañuelo de tela y utilizándolo para secarse la cara.
Bob la ayudó a ponerse de pie, tomando dos pasos atrás para darle espacio y además ocultar lo colorado que su cercanía lo había puesto, de nuevo.
—Para nada, si te sientes mal es normal echar algunas lágrimas de vez en cuando... yo lo he hecho ¿recuerdas? —preguntó, refiriéndose a ese baile de graduación.
Eso le sacó una sonrisa a la chica, indicándole que recordaba lo ocurrido.
—Eso significa que se trata de otro desastre, solo que a diferencia de aquel, este no tuvo un momento de divertido —se lamentó, mirando con pesadez las puntas de sus botas—. Supongo que lo mejor es regresar a nuestras casas...
—¿No quieres esperar a tus amigos?
Ella negó con la cabeza, empezando a caminar alejándose del pasillo.
—Bastará con un texto, les diré que me sentí mal o algo —respondió en voz baja, dirigiéndose antes al baño de damas.
Mientras Bob esperaba por ella afuera, se dio cuenta de que aun era temprano, más temprano de lo que esperaba y que sería una lástima que la noche quedará arruinada para ella.
Así que tuvo una idea y envió un mensaje a sus amigos.
Adentro del baño, Perlita se lavó la cara pero no se molestó en volver a aplicarse el maquillaje, iba a regresar a casa y acostarse a dormir asi que no había razón para arreglarse más.
Enderezó sus ropas para lucir presentable y arregló su cabello, y una vez que estuvo lista, salió del baño para regresar junto a Bob.
El chico estaba ocupado con su teléfono enviando mensajes pero al oír la puerta del baño abrirse, se lo guardó y alzó la mirada.
Era un poco extraño verla sin maquillaje, aunque era una chica bonita con o sin el, asi que en realidad no había mucha diferencia en su opinion y ¿por qué estaba pensando en lo bonita que lucía todos los dias?
—Listo, vamos —interrumpió sus pensamientos la chica, comenzando a caminar hacia la salida.
—¡Espera! —la llamó.
Ella se detuvo y se volvió para mirarlo.
—¿Si?
Bob comenzó a moverse de manera nerviosa en su lugar, sintiéndose nervioso y tímido. Debería haber pedido su permiso antes de ir y hacer planes sin su opinión, pero realmente quería hacerla sentir mejor después de esa noche desastrosa, aunque no hubiera sido su culpa.
—Les envié un texto a mis amigos... —comenzó, uniendo sus manos y golpeando la punta de sus dedos entre ellos—. Todavía estan en el parque de diversiones y, bueno, estaba pensando que sería una buena idea ir.
Ella podía entender que él quisiera estar con sus amigos, ahora que había arruinado su viernes, dos veces, él al menos merecía divertirse después de todo.
Perla no debería sentirse tan triste y herida por que quisiera eso, después de todo no tenía obligación. Aun asi dolía un poco.
—No te preocupes, puedo regresar a casa por mi cuenta —le aseguró, intentando oírse confiada y calmada.
En eso falló un poco, porque él se dio cuenta que ella lo había malinterpretado.
—¡Oh, no! No me entendiste —saltó enseguida el chico con una sonrisa—. Quiero que vengas conmigo... Si quieres, por supuesto —aclaró rápidamente.
Eso le levantó sus ánimos un poco, se sintió aliviada de saber que no la estaba descartando para ir con sus amigos, aunque estuviera en todo su derecho.
—Eso se oye bien —respondió—. Pero ¿no se molestaran tus amigos?
—Para nada, ya les avisé que íbamos y nos están esperando —le aseguró el chico.
—Esta bien —aceptó la chica.
Después de todo, aún era relativamente temprano y no quería ir a casa y acostarse sintiéndose amargada.
—¡Perfecto! —exclamó Bob, con alegría—. Vamos.
La última vez que había estado en un parque de diversiones recordaba haber tenido entre unos doce o trece años, y haber ido con su padre luego de insistir durante días y días para que la llevara. Luego había sido otra batalla de voluntades entre ambos para conseguir que le diera algo de dinero para comprar golosinas y otro tanto para subir a los juegos. Al final, su padre había acabado cediendo, si había una persona que tenía la tozudez y fortaleza suficiente para hacer que Cangrejo se quebrara lo suficiente para dejar salir el dinero, esa era su querida hijita.
De lo que recordaba, ignorando la batalla con la tacañería de su padre, había sido un día estupendo y divertido.
Así que tenía un buen presentimiento de que esta experiencia también sería como aquella que tanto atesoraba.
—Ahí están.
La voz de Bob la hizo apartar la mirada del resto de las personas a su alrededor para fijarla en la dirección en el que él estaba mirando, encontrándose con su par de amigos.
Arenita y Patricio estaban ya caminando en dirección hacia ellos, la chica con una manzana acaramelada a medio comer y el otro devorando como un salvaje un algodón de azúcar.
—¡Hey, chicos! —Arenita les dio la bienvenida con una enorme sonrisa—. Me alegra que hayan podido llegar ¿cómo estuvo la película, entonces?
Bob se encogió de hombros, inseguro si sería cortés decir que la verdad no le había interesado mucho. Era lo más aburrido, cliché y absurdo que había visto en mucho tiempo, y demasiado cursi. Pero no quería hacer que Perla se sintiera triste por confesar que no estaba muy de acuerdo con sus gustos en géneros cinematográficos.
—Honestamente, estaba siendo bastante aburrida y con una trama muy reciclada, de hecho nos marchamos del cine antes de que terminara —respondió Perlita, despreocupada.
¿Por qué o para qué iba a mentir? La elección en la película había sido un error desde el principio, y estos chicos con los que estaba ahora no la desaprobarían por su honestidad como lo harían sus amigos.
—En ese caso, la próxima vez deberías unirtenos para una noche de película —ofreció Arenita —, pero te advierto —ella apuntó con su índice a los dos chicos—, estos dos se convierten en un par de miedosos si se trata de alguna película de terror —terminó, con una sonrisa de diversión.
Perla dio una risilla ante el color rojo rápidamente expandiéndose sobre las mejillas de Bob después de la revelación de su amiga.
—Tal vez —respondió, no descartando la posibilidad.
—Bueno, ¿qué estamos esperando? —la chica de cabello castaño dijo, decidiendo que ya había avergonzado a los chicos suficiente— ¡Vamos ya!
—¡Sí, quiero algodón de azúcar! —Patricio exclamó alegremente.
—Patricio, ya has comido como cinco de esos —le recordó la castaña—. Estás comiendo uno en este momento, llenarte de eso te dará dolor de estómago —advirtió.
El chico de cabello rosado terminó de comer los últimos restos de su dulce.
—Tienes razón —reconoció repentinamente serio, golpeándose pensativamente la barbilla con el índice—. Últimamente he estado comiendo demasiado algodón de azúcar...
Bob y Arenita intercambiaron miradas impresionadas pero aliviadas ante eso, Pat no se preocupaba por su salud a menudo.
Luego el susodicho sonrió ampliamente.
—¡Cambiaré a helado!
Con eso, corrió hacia el puesto de helados más cercano.
Ambos amigos suspiraron derrotados pero con resignación, pequeñas sonrisas adornaban sus rostros.
Entonces, Bob recordó que Perlita no había comido nada en el cine, ni siquiera una palomita de maíz. Se había imaginado que tenía algo que ver con lo que sus amigos pensarían de ella si ella lo hacía, seguramente algo con respecto a mantener su figura –cosas de adolescentes–. Sin embargo, eso había sido hace unas horas, pensó que debía estar un poco hambrienta, y sabía por su propia experiencia que nada era mejor para levantar el ánimo que el helado de chocolate, eso y... ¿una vez había oído de boca de Arenita algo sobre lo dulce aumentaba las endorfinas y eso te ponía de buen humor...? Y ella era una científica así que debía estar en lo correcto... Como fuera, Perla se había visto desanimada antes, así que, ¿qué mejor que un dulce para arreglar eso?
—Helado suena como una buena idea —comentó, comenzando a caminar al lado de Arenita en dirección hacia donde se había escapado Pat.
—¿Qué dices? —preguntó a su compañera más joven.
Honestamente, todo el lugar olía a alimentos de todos los sabores, dulces, salados, grasosos y deliciosos. Perlita se mentiría a sí misma si dijera que no le gustaría probar algo. No había tenido nada dentro de su estómago en las últimas horas, este comenzaría a quejarse de la falta de contenido más temprano que tarde. Sería vergonzoso para ella si su interior comenzara a retumbar ruidosamente frente a sus compañeros.
Además, se suponía que era una noche divertida para ella. ¿Y no había estado pensando en comer chocolate en su habitación más temprano ese día?
Ella podría aceptar la oferta y darse un permitido.
—Suena bien —fue su respuesta.
Bob le envió una sonrisa brillante que era demasiado contagiosa para que ella no la imitara. Se dirigieron a la misma tienda donde Pat estaba comprando su helado, una torre alta y diversa de sabores que hizo que sus ojos se abrieran de felicidad. Era impresionante la cantidad de comida que podía almacenar dentro de él. Arenita había elegido un helado con sabor a nuez para ella.
—¿Qué te gustaría? —Bob le preguntó una vez que llegó su turno.
Perlita examinó rápidamente la lista, pero aún no estaba segura.
—¿Qué me recomendarías? —preguntó.
Bob miró pensativamente la lista.
—El chocolate y la frutilla son una buena combinación —respondió.
La chica rubia se encogió de hombros pero una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—Eso suena sabroso.
Él sonrió y ordenó lo mismo para los dos. Estaba a punto de sacar su billetera de su bolso para ayudar a pagar cuando él la venció, pagando por completo su helado y el de ella antes de que ella pudiera detenerlo.
—Invitaste a la película, yo invito a la comida —respondió con una sonrisa fácil.
—No fue necesario —lo reprendió sin fuego en sus palabras, aceptando su helado.
Bob tomó una cucharada enorme antes de tragar y agitar una mano en el aire.
—No es nada.
Sintió que su interior se calentaba ante su actitud desinteresada, de alguna manera linda. Normalmente, sus citas gastarían su dinero solo para presumir ante ella, pero sabía que Bob solo estaba siendo normal y amable, y ese fue un cambio agradable y refrescante.
Una vez que terminaron sus dulces, decidieron probar algunas de las atracciones menos giratorias –un movimiento sabio al ver que, debido a la cantidad de comida que Pat había engullido, el pobre chico de cabello rosado terminó apareciendo con la cara verde después del quinto juego que intentaron, teniendo que hacer un viaje rápido a los baños públicos para vomitar el contenido de su interior–. Preocupado por la salud de su amigo, Bob quiso acompañarlo, pero Arenita se ofreció a llevar a cabo la tarea de cuidar al menos maduro de los dos chicos, diciendo que Perlita era su 'invitada' y que sería grosero dejarla sola.
Eso y la morena había visto cómo las sonrisas de Bob levantaban el ánimo de Perlita y lo más alegre que se veia la chica rubia desde temprano en la tarde. Además, la chica no era tan cercana de ella como lo era de Bob, aunque fuera un poco.
Habiendo quedado sólos, decidieron caminar por los alrededores un poco, pasando frente a otros juegos para ver como lo hacían otras personas o curioseando en las tiendas apostadas por ahí, para después tomar asiento en una banca cerca de donde habían ido sus amigos.
Se mantuvieron en silencio la mayor parte del tiempo, pero no era uno incómodo o desagradable como los que había tenido en algunas de sus citas, cuando no tenían de que hablar pero no se sentían cómodos en la compañía del otro. Era un silencio agradable, ambos disfrutaban del aire nocturno y el sonido de fondo que llenaba el silencio por ellos.
La chica se relajó contra el respaldo, y fue mientras su mirada curioseaba los alrededores que la vio a lo lejos.
Una máquina de peluches.
Un recuerdo surgió en su mente ante la vista, de cuando era solo una niña pequeña en una feria con su padre, corriendo felizmente hacia una de esas máquinas de animales de peluche con un montón de billetes agarrados en su pequeña mano y su padre detrás de ella, apresurándose para estar a la par con su pequeña luego de haber sido convencido por sus ojos de cachorrito para darle dinero suficiente para usarlo en la máquina.
Ella sonrió con pesar cuando recordó lo decepcionada y triste que se había vuelto cuando no pudo ganar uno solo de esos juguetes de peluche para sí misma después de haber gastado el último de sus billetes, y cómo su padre tuvo que gastar más dinero en helado para evitar que llorara como una cascada.
A su lado, Bob notó la mirada nostálgica que le estaba dando a los juguetes dentro de la máquina, y tuvo una idea.
—¿Por qué no lo intentas? —sugirió, señalando a la máquina lejana.
Ella se encogió de hombros con indiferencia mientras lo miraba.
—Lo hice cuando era una niña —hizo un mohín con los labios y volvió a mirar la máquina—, pero nunca gané nada, estoy segura de que esas cosas están arregladas —se quejó.
Ella se veía bonita mientras hacía una mueca como una niña pequeña, y él sacudió la cabeza ligeramente porque ¿de dónde había venido eso?
—Bueno, no me gusta presumir, pero soy muy bueno con esas cosas —reveló.
Ella inclinó la cabeza a un lado y volvió a mirarlo con curiosidad.
—¿Si?
Las mejillas de Bob ardieron cuando tuvo su atención deslumbrante, y él miró hacia abajo, pero asintió.
—Sí, yo ... puedo mostrarte —se ofreció.
Perlita le sonrió, una mirada traviesa en sus ojos.
—Oh, ¿ganarías algo para mí? —ella preguntó juguetonamente.
Él se encogió de hombros, pero una sonrisa apareció en su rostro.
—Claro, simplemente eliges uno y yo lo ganaré por ti —respondió, completamente seguro de sí mismo.
Perlita pensó por un momento, recordando el recuerdo de su infancia de esa noche en la feria. Realmente había querido esa ballena celeste cielo de peluche, y desde donde estaban sentados, podía ver un juguete similar enterrado dentro de los otros, su color brillante llamándola y atrayéndola para que lo tuviera.
No estaba segura de si el cocinero realmente podría ganarlo, pero él estaba ofreciéndose y, ¿por qué no?
—Es un trato —dijo ella.
Luego tomó su mano y lo arrastró junto a ella hacia la máquina. Bob la dejó llevarlo, sintiendo la mano que sostenía poniéndose húmeda bajo su toque. Estaba siendo igual que esa tarde, la extraña sensación arañando su interior, haciendo que su rostro se volviera más rojo por cada minuto.
Pero no se trataba solo de eso, también se trataba de lo ansiosa que parecía de que él le ganara un juguete, lo feliz que se había vuelto ante la perspectiva. Una gran diferencia de lo miserable que había parecido estar solo unas horas antes en el cine.
Llegaron a la máquina y no encontraron personas haciendo cola para intentarlo. Ella soltó su mano, aparentemente tan emocionada que no notó la transpiración o simplemente no se molestó por ello. Ella caminó hacia la máquina y miró dentro, viendo una aleta del juguete de su elección.
Se lamió los labios un poco avergonzada por lo que estaba a punto de preguntar, sintiéndose infantil y tonta por haber pedido un juguete cuando ya había cumplido los dieciocho años, pero él se lo ofreció y, bueno ... era agradable tener a alguien que consiguiera cosas para ella.
Y una ballena de peluche que había deseado de niña era atractiva.
—¿Podrías recoger esa?
Después de pasar su mano por su cabello para secar la humedad de su palma sutilmente, el chico caminó hacia su lado y miró el juguete que ella señalaba.
Estaba semi enterrado debajo de muchos otros juguetes de peluche y plástico, pero no estaba bromeando cuando dijo que era bueno en esos juegos. Se crujió los dedos como si se estuviera preparando para algo más serio que ganar un peluche y asintió con la cabeza a la esperanzada niña.
—Solo presta atención.
Sacó su billetera y agarró una moneda, introduciéndola dentro de la ranura. La máquina cobró vida y él tomó los controles, respirando en preparación, poniendo los ojos en su objetivo y apretando la mandíbula.
Ella lo observó mientras se preparaba para mover la garra, impresionada por lo serio que era este asunto para él, y esperanzada porque se escuchaba como una tontería en su cabeza, pero parecía que finalmente le concedería el capricho de su infancia.
Ella lo observó mientras se mordía los labios, moviendo cuidadosamente la garra, alternando entre moverla de lado a lado para colocarla justo sobre el juguete y bajarla lentamente hacia el objetivo.
Se mordió los labios y apretó las manos con nerviosismo mientras contemplaba cómo las puntas de la garra rozaban a la ballena de peluche en sus intentos de agarrarla. Ella pensó que una vez que él lo agarrara, él lo levantaría inmediatamente, pero Bob bajó la garra más profundamente, los brazos de la garra cubriendo la mayor parte del juguete, luego los hizo cerrarse alrededor y se detuvo allí, flexionando sus dedos sobre los controles, los ojos todavía enfocados en su tarea.
Ya se había decepcionado lo suficiente hoy, y él decidió hacer que esta noche fuera agradable y lo mejor para ella. Una vez que se aseguró de que la garra tenía un fuerte agarre sobre el juguete, tiró de la garra lentamente, con cuidado, con la punta de su lengua saliendo en una mueca de concentración.
Siguió la escena con impaciencia, apretándose las manos delante de ella mientras miraba entre el juguete y el chico, conteniendo la respiración.
Demasiado lento para sus gustos, vio cómo la garra se movía hacia la brecha donde el juguete tenía que caer, animando interiormente al cocinero, temerosa de romper su concentración si hacía tanto como dar un suave jadeo.
Con la respiración contenida, Bob llevó la garra a la brecha y, una vez seguro de que había hecho el trabajo, hizo que la garra soltara el juguete. Cayó perfectamente en el espacio, y la máquina comenzó a sonar, algunas bombillas de luz adornando la máquina se encendieron y comenzaron a parpadear, lo que indicaba que lo había logrado.
Le había ganado la ballena de peluche.
Soltó los controles y dio un paso atrás, resoplando cansado pero satisfecho, secándose el sudor de la frente con una mano que no se había dado cuenta de que se estaba acumulando en su piel, demasiado absorto en la tarea.
Así que el repentino y cálido abrazo en el que se encontró acompañado de un chillido de alegría lo tomó por sorpresa.
Perlita estaba fuera de sí misma en felicidad. Ella no podía creerlo, ¡él lo había hecho! ¡Había ganado uno de esos juguetes para ella!
¡Tomen eso, máquinas torpes y tontas!
Se sentía tan agradecida con él que no había pensado en ello, simplemente había actuado, lanzándose hacia él desde atrás, abrazándolo por la espalda, casi colgando de su cuerpo.
—¡Gracias, gracias, gracias, gracias! —ella repetía en su oído, haciendo pequeños saltos.
Después de la conmoción de la acción, Bob sintió que su cuerpo se paralizaba, su estómago le hacía cosquillas por el sonido de su voz en su oído y el roce de su aliento en su cuello. Tragó saliva, quitando esas sensaciones a un lado y colocó sus manos sobre sus brazos, dándole palmaditas torpes.
—De...eh...de nada.
Sin darse cuenta de la vergüenza del chico por las muchas miradas que estaban recibiendo, finalmente lo soltó y procedió a tomar su regalo, abrazándolo contra su pecho, sonriendo alegremente, con el rostro brillante como el de una niña pequeña.
Esa vista le llenó de calidez el corazón, y se sintió orgulloso de haber sido el que lo había logrado.
—¡Aquí están!
Arenita apareció entre una multitud de personas, con un Patricio de aspecto enfermo detrás de ella. Al verlo, Bob perdió la sonrisa y caminó preocupado hacia su amigo, que abrazaba su sección media con una expresión ligeramente dolorida.
—Pat, ¿estás bien? —preguntó llegando a su lado.
El muchacho eructó, cubriéndose la boca con una mano.
—No, supongo que no —respondió—. Creo que me quedaré con algodón de azúcar por el momento.
Arenita resopló ligeramente ante eso.
—Te quedarás con verduras y té, me aseguraré de eso —dijo en su lugar.
Luego miró a su otro amigo, disculpándose.
—Creo que esta es nuestra señal para volver a casa.
Bob miró su reloj de pulsera. Era bastante tarde, de hecho, y todavía tenía que ir a trabajar por la mañana.
—Tienes razón —se giró para mirar a su compañero adolescente—. ¿Estás de acuerdo con eso?
Perlita comprobó la hora. Aunque ya tenía dieciocho años, ella todavía vivía con su padre, y él esperaba que respetara la línea de tiempo que tenía para regresar a casa. Claro, a veces se pasaba la hora solo para molestarlo cuando se sentía molesta o algo así, pero ya lo había preocupado lo suficiente estos últimos días y no quería meter a Bob en problemas con su padre, no después de todo lo bueno que él había hecho para hacerla sonreír y estar feliz.
Ella asintió.
El grupo se dirigió hacia la parada del autobús, los tres mayores hablaban y bromeaban entre ellos todo el camino para que el chico de cabello rosado se sintiera mejor, mientras la chica rubia los veía interactuar entre ellos.
Tenían una amistad bonita y verdadera, y sintió una punzada de envidia al verla, deseando tener algo así con sus propios amigos.
Bob se ofreció a bajar del autobús con ella para acompañarla a su casa dada la hora tardía, Arenita le había asegurado que se haría cargo de llevar a Pat a su casa. Así que terminaron caminando juntos los bloques hacia su casa, hablando de nada importante, más que nada Perlita hablando de cosas de la escuela, pero disfrutando de la compañía hasta que llegaron al lugar.
La casa estaba a oscuras a excepción de la luz de la sala de estar, por lo que su padre todavía estaba despierto o se había quedado dormido mirando televisión.
Una vez en su puerta, se volvió para mirarlo.
—Gracias —dijo suave pero honestamente—. Pensé que esto terminaría mal pero la noche resultó ser mejor de lo que pensaba, y eso fue gracias a ti.
Sintió que sus mejillas se sonrojaban por el elogio, así que metió las manos dentro de los bolsillos y miró a un lado para esconderlo.
—No lo menciones, eso es lo que deben hacer los amigos, después de todo, ¿verdad? —él sonrió, luego se arriesgó a mirarla a los ojos—. Espero que te guste tu recuerdo —agregó, señalando a la ballena de peluche.
Su sonrisa se amplió y abrazó a su animal de peluche contra ella nuevamente.
—¡Me encanta! —exhaló—. Deseaba una como esta desde que era una niña, gracias de nuevo, ¡de veras eres bueno con esas máquinas!
Él sonrió orgulloso de sí mismo, pero aún se veía lo suficientemente humilde.
—Es solo mucha práctica —se encogió de hombros.
Permanecieron en silencio, mirándose con suaves sonrisas hasta que el sonido de los grillos resultó demasiado ruidoso para que lo pudieran manejar.
—Bueno ... mejor me voy, ya sabes —comenzó a caminar hacia atrás, señalando detrás de él—. Trabajo y todo eso...
Ella asintió.
—Oh, claro ... eh, nos vemos, entonces.
—Sí... buenas noches.
Él la saludó levemente con la mano y se dio la vuelta para comenzar a caminar hacia la parada de autobús nuevamente, pero luego la escuchó llamándolo y unos pasos.
Se detuvo y se dio la vuelta, alzando las cejas cuando la vio caminar rápidamente hacia él. Estaba a punto de preguntarle si necesitaba algo o si se había olvidado de decirle algo, pero luego se detuvo frente a él y le dio un rápido beso en la mejilla.
—Gracias de nuevo y buenas noches —dijo, luego se dio la vuelta y caminó hacia su puerta.
Ella agitó su mano hacia él antes de abrir la puerta y entrar a su casa.
Bob se quedó allí, enraizado en el mismo lugar durante unos minutos, su cerebro aún procesando lo que había sucedido, hasta que todo llegó a él de repente y su rostro se iluminó como la salida del sol avergonzado.
Finalmente, sacudió la cabeza y le ordenó que se enfriara, volviendo a caminar hacia su casa, ignorando por completo la sensación de hormigueo que le quedó en la mejilla besada.
Una vez en casa otra vez, llamó a Patrick para ver cómo estaba. Su amigo se sentía mejor, Arenita le había dado medicamentos antes de salir de su casa, por lo que estaba a punto de irse a dormir. Deseándole buenas noches, Bob colgó y fue a cambiarse de ropa. Ya estaba en la cama comenzando a quedarse dormido cuando su teléfono sonó.
Lo tomó y encontró un mensaje de un número desconocido. Le picó la curiosidad así que abrió el mensaje y lo leyó, sonriendo cuando reconoció al remitente.
'Espero que hayas llegado bien'
'Sano y salvo, gracias :)' respondió.
'Ok, buenas noches n_n'
'Buenas noches'
Siguió mirando la pantalla por unos momentos más antes apagar la pantalla y dejar el teléfono en la mesita de noche otra vez, cerrando los ojos para irse a dormir, soñando con la sensación de unos labios como plumas besando su piel.
Más tarde aquella noche...
Calamardo abrió los ojos lentamente, sintiendo un dolor agudo desgarrando su cabeza. No recordaba mucho, pero sí recordaba que algo duro golpeó su cabeza y lo dejó inconsciente. Se sentó y gruñó, luego se puso de pie y caminó entre la oscuridad que lo rodeaba hacia la puerta.
Tropezó con algunas cosas en su camino, maldiciendo por lo bajo cuando sacó su teléfono para usarlo para iluminar su camino, pero descubrió que se había quedado sin batería. Volviéndolo a meter en el bolsillo, caminó torpemente y llegó a la puerta del almacén, exhalando de alivio cuando encontró la puerta abierta.
La oscuridad fue lo único que le dio la bienvenida, y una sensación horrible se extendió por su cuerpo cuando se dio cuenta de que no había nadie allí y que ya era tarde.
Demasiado tarde.
—¡¿Hola?! —llamó, su voz resonó en el vacío.
Tragando saliva, corrió hacia las puertas principales, pero como temía, estaban cerradas. Golpeó el duro cristal con los puños.
—¡Alguien, ayuda, por favor, abran! —gritó, pero no había nadie afuera para escucharlo.
Dio unos pasos hacia atrás, tratando de mantener la calma. Era un hombre inteligente, tenía que pensar en algo, pensó mientras tiraba del cabello inexistente. Entonces, una idea surgió en su cabeza y corrió hacia la oficina de Don Cangrejo, él tenía un teléfono allí, si lo conseguía podía llamar a alguien, tal vez a emergencias, a la policía, ellos podrían... sus esperanzas se desinflaron cuando se dio cuenta de que estaba cerrada...
Si alguien hubiera estado caminando cerca del restaurante esa noche, habría escuchado los pobres lamentos del alma atrapada...
...pero no había nadie por allí a esas horas, Calamardo tuvo que pasar la noche allí.
—¡AHHHHHHHHH!
Apuesto a que no esperaban ese final, ¿verdad? je je, pobre Calamardo xD
En fin, espero que hayan disfrutado el capítulo, y no teman más porque este no es el final, tengo muchas más ideas para esta historia y espero terminarla :D... Y finalmente, he decidido que Perlita tendrá 18 años y Bob tendrá entre ventiseis y veintiocho años. Espero que esten bien con eso.
P. D .: Espero que esten donde esten, se encuentren bien y también sus familias.
See Ya!
H. C.
