II
LESSON ONE: HOW TO FACE YOUR MEMORIES
En medio de un estruendo que se tragaba toda la luz, el templo se venía abajo. Nubes de polvo me hacían toser. Y yo corría. Corría con todo lo que me daban mis cortas piernecitas, que más parecían pertenecer a una niña de cuatro años que a una muchacha de diecisiete. Un hombre de piel morena y ropas extrañas, metálicas, me tomaba en brazos, corría llevándome lejos del derrumbe, mientras yo gritaba por encima de su hombro, con la vista opacada por las lágrimas y el polvo, llamando al hombre y a la mujer que se habían quedado atrapados bajo la enormidad de los escombros griegos. Mi salvador tropezó, y los dos caímos al suelo, su cuerpo escudándome de las rocas que llovían. Lo último que vi, antes de que la oscuridad se cerniera en mis ojos, fue un enorme pedazo de pared que se derrumbaba sobre nosotros. Un dolor mordiente me atenazó, el brazo derecho, el abdomen, al mirar qué sucedía, un sol que abarcaba todo el cielo, como un inmenso ojo, me quemaba, mientras un animal cuyos ojos brillaban como el astro que ardía allá arriba, se llevaba entre sus fauces pedazos de mi carne.
Abrí los ojos. Un techo de mármol con columnas talladas en las paredes de piedra me causó la ligera impresión de que aún me encontraba atrapada. Me revolví, enloquecida de pánico, y caí de la cama, espantada, casi llorando, huyendo del animal en mis sueños. Era la tercera vez en una semana que me despertaba abruptamente. Dohko de Libra me miraba, desde su posición privilegiada, parado al lado de la puerta, mientras yo luchaba con las sábanas en el piso. Al fin pude deshacerme del inmovilizante contacto del algodón crudo y el lino, mientras me frotaba el doloroso chichón que me había hecho en la cabeza al caer del lecho en medio de mis pesadillas. Cuando recordé que quien me estaba viendo era un hombre, busqué desesperada mi máscara en el suelo y en la cama al lado de la almohada. Al no encontrarla, dirigí la mirada al piso y me cubrí la cara con las manos.
Sentí los pasos ligeros de Dohko resonar en el suelo, acercándose a mí. Me tomó por los antebrazos y me ayudó a ponerme en pie. Yo temblaba tanto que era incapaz de sostenerme por mí misma, así que me ayudó a sentarme en la cama. Luego puso mi máscara en mi regazo y apresuradamente me la ajusté al rostro. Lo miré. En su cara había cierto matiz de preocupación. Era la primera vez que Dohko tenía esa clase de gesto para conmigo. Era un hombre amable pero exigente en el entrenamiento.
-Marah, quiero que sepas que no deseo inmiscuirme en tus asuntos privados, pero como tu maestro a cargo, me gustaría saber qué te sucede. Estos terrores nocturnos no me gustan. No es la primera vez que te sucede. De hecho, desde que llegaste, varias veces a la semana gritas a mitad de la noche. ¿Qué es lo que ves en tus sueños?
-No es nada, Maestro.-contesté con voz temblorosa. Dohko me miró incrédulo. Bufé.-No se preocupe, en serio. No es gran cosa. Sólo pesadillas, y recuerdos. Nada de importancia.
Tenía el pelo pegado al cuerpo por el sudor, el rostro húmedo de lágrimas bajo la máscara. Temblaba, como si tuviera mucho frío, o mucha fiebre. El pelo. Dohko me estaba viendo el cabello. Ya no tenía caso intentar esconderlo, desparramado como estaba sobre mí y sobre la cama. Lo tomé y lo enrollé sobre mi pecho, del lado contrario en que Dohko estaba sentado. Él pareció comprender y se levantó, tomando un chal que colgaba de la puerta de mi armario y ofreciéndomelo. Su mirada se volvió hacia la cómoda, sobre la que seguían la niqab y la abaya que me había regalado mi madrina, Samira, antes de dejar para siempre -o eso creía yo- Arabia Saudita.
-¿Eres musulmana, verdad? -me preguntó Dohko con suavidad. Quité mis manos de mi rostro y lo miré, tomando de las suyas el chal y poniéndomelo sobre la cabeza.
-Era.- fue mi parca respuesta. Dohko asintió, comprendiendo. No es fácil seguir dos sendas que te exigen completa fidelidad, así que me decidí por una para hacer las cosas más fáciles. Muchísimo más fáciles. Pero no evitaba pensar en lo que pensaban mis padrinos de mí, ahora que yo era creyente, devota y guerrera de una deidad griega. Allah jamás me había hablado. Athena sí.
-¿Entonces por qué aún te velas?-inquirió el con genuina curiosidad. Nunca me había hecho ni un solo comentario al respecto, a pesar de que en el último mes había entrenado tanto con máscara, como con el velo, y ello había surtido el efecto contrario al que yo deseaba. Todo el mundo me miraba, era el centro de atención. Lo cual no era bueno cuando uno deseaba ser invisible. Volvió a sentarse a mi lado en la cama Intenté pensar en una razón, pero ni yo lo sabía.
-Por costumbre.-le contesté al fin. Dohko sonrió.
-Hay muchas cosas que hacemos por costumbre que terminan convirtiéndose en lastres. Es importante tener rituales, sin embargo. Como sugerencia, pienso que estarías más fresca sin él. Aquí, en el Santuario, ya no tienes necesidad de pasar desapercibida, de esconderte. Y recuerda que hasta las serpientes dejan la piel atrás para comenzar un nuevo ciclo- me dijo, de nuevo con suavidad y tacto. Tenía toda la razón del mundo. Además estaba en un entorno seguro, al menos mientras estuviera en su presencia. Dohko de Libra no era un mal hombre. No quería hacerme daño. Y estaba segura de que me respetaría, con velo o sin él. Me concedí permanecer descubierta, al menos mientras estuviera en su Casa.
Noté que aún no amanecía. La llamita que parpadeaba en la lámpara de aceite convenientemente colocada en el escritorio era la única iluminación, a parte de las estrellas que me hacían guiños por la ventana. Libra brillaba discretamente entre Escorpio y Virgo. Por la posición de la luna en el cielo, eran aproximadamente las tres de la mañana: no había dormido ni dos horas. Yo seguía temblando y sudando profusamente. Dohko se puso en pie y caminó hasta la puerta.
-Le pediré a Mei que te prepare un baño. Luego te espero en la cocina. Necesitas hablarme, Marah. Llevas aquí un mes y no sé nada de ti. Escasamente dices una o dos palabras. No consentiré que este asunto pase de esta noche, porque está afectando tu entrenamiento.
El Anciano Maestro abandonó mi habitación. Me lancé sobre la cama, molestísima. No me gustaba discutir mis problemas con nadie. Pero era siempre tan amable que sentí muy grosero de mi parte no hacerlo.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Minutos después, la doncella vestal del templo de Libra me había conducido al baño. Me disculpé profusamente por haberla molestado a tan alta hora de la noche, especialmente para servir a una aprendiz, cosa que no era su deber. Mei era la encargada de limpiar el templo, cocinar para Dohko y ejecutar los rituales que mantendrían el lugar en un estado sacro. Ella negó con la cabeza, sonriendo, y me llevó de la mano hasta el baño, lleno de vapor y olor a lavanda, para relajarme, supuse. Sentí un nudo en la garganta. Cerró la puerta detrás de mí y me dejó sola. Me quité el pijama y la máscara y me sumergí en el agua caliente.
Floté boca arriba un buen rato, con el corazón en pedacitos. El dolor de cabeza y el escalofrío remitían, pero el temor de quedarme a solas con mi monstruo interno me asaltó de nuevo. Hundí mi cuerpo en el agua, dispuesta a dejarme morir ahogada. Entonces pensé que no era buena idea. No sería un suicidio elegante. Encontrarían mi cadáver morado, hinchado y sin ropa flotando en la alberca, y la visión se me hizo francamente espantosa.
Quería sobrevivir lo más que me fuera posible, y si iba a morir, sería en un acto heroico. Me había hecho a la idea de morir con gloria.
Y esta no era mi idea de gloria, así que con desgana, saqué mi cara del agua y respiré. Recordé a mi abuelo, las charlas que manteníamos por horas frente a la chimenea, los largos paseos por entre las ruinas y las bibliotecas, aunque estaba haciendo su trabajo como arqueólogo, siempre lograba que aquello se convirtiera en expediciones maravillosas para mí. Todo lo que sabía se lo debía a él y al germen de la curiosidad intelectual que me había inoculado. Los pocos recuerdos que tenía de mis padres, él y ella, de ojos claros. El pelo castaño lo había heredado de ella, la estatura y contextura física. Mi padre era un hombre alto, barbado, de él recordaba su elegancia, la postura de su cuerpo, siempre digna. La dulzura con que me abrazaba. ¿Por qué les tenía tanta rabia? No habían buscado morir, simplemente había sucedido. Y debía reconocer que Alexander Harker, mi abuelo, podía haber sido un genio, pero también tenía los tornillos bastante flojos, y él, en vez de desgraciado como yo me sentía, se habría muerto de felicidad sólo de tener la oportunidad de visitar el Santuario de Athena. Mohammed Malouf, su esposa e hijos, mi familia adoptiva, estaban muy lejos y no podían hacer absolutamente nada por mí: quizá para ellos yo ya estaba muerta. Reconfirmé mi convicción de que lo único que me quedaba era Athena, aunque ni siquiera la conociera en persona. Y este lugar en el que imperaba la ley del más fuerte. Volver a tener contacto con la humanidad me había hecho volver a sentir el dolor que me había atenazado durante los primeros meses en el desierto, esa soledad atroz.
Después de vestirme, me resigné a lo inevitable. Tendría que darle respuestas a Dohko. Fui a la cocina, donde él ya me esperaba sentado a la mesa, con dos tazas de té rojo frente a él. Me senté y me tendió una.
-Empezaremos por partes, Marah. ¿Qué es lo que ves cuando tienes esas pesadillas? ¿Eres capaz de recordarlo?
Me sentí tentada a mentir, pero quizá esto me ayudaría.
-A veces, maestro. No en todas las ocasiones. Casi siempre son recuerdos de cosas que me sucedieron, pero muy exageradas, magnificadas. En otras, son cosas que no recuerdo de dónde ví, pero se aparecen en mis sueños. En general cosas que me producen miedo y tristeza.
Dohko frunció el ceño.
-Voy a ser honesto contigo.-empezó él.-Me preocupan tus pesadillas, porque aunque tu cosmoenergía no se ha manifestado aún visiblemente, para personas experimentadas, como yo, es posible sentirla dentro de ti. Normalmente tu cosmoenergía es alegre, vivaz y luminosa. Pero cuando estás teniendo tus terrores nocturnos, se manifiesta, se descontrola. Y se tiñe de emociones negativas, dolor, ira, odio, se vuelve pesada; los primeros días que pasaste en Libra llegué a asustarme una noche, pensé que era un intruso. Y luego está la cuestión de que no te es posible manifestar tu cosmo voluntariamente, aunque está allí. Esto evidencia un bloqueo emocional y energético en tu mente y en tu cuerpo. No lograrás ser un conducto poderoso para la energía del universo mientras no te deshagas de ese bloqueo. ¿Tienes alguna idea de porqué tienes tanto caudal negativo dentro de ti?
Agradecí que no podía verme el rostro. Estaba llorando a lágrima viva.
-Si, maestro.-empecé yo, casi sollozando. Me rompería delante de Dohko y una vocecita interior me gritaba que eso no era para nada prudente, que era simplemente mejor estar callada y aguantar, pero la silencié casi a patadas.-Quiero olvidar muchas cosas. A veces me gustaría que todo eso que tengo dentro de mi cabeza desapareciera en el fondo, se disolviera, no volviera a atormentarme. Quizá para otras personas no sería gran cosa, lo que me ha pasado. Pero a mí me duele mucho y quiero que ese dolor se vaya.
-La mejor forma de enfrentar tus recuerdos es superarlos, no reprimirlos ni olvidarlos. Es importante aprender a recordar sin dolor ni rencor.- sentenció gravemente. Asentí, sorbiendo un poco de té. Se me hizo un nudo gigante en la garganta. Empecé a relatarle mi infancia, la pérdida de mis padres, el rescate varios días después que me había sacado, ilesa pero marcada de por vida, de debajo de los escombros que los habían matado, mi infancia con mi abuelo y el amor y la adoración que sentí por él, su muerte repentina, la soledad, la llegada a Arabia Saudita, la bondad de mi familia adoptiva, la llegada de Aioria y Algol a mi vida, con pudor, le relaté mis penurias en el desierto. Dohko no dijo ni una sola palabra. Me dejó hablar y hablar y hablar. Y mientras más hablaba, y más lloraba, sentía que de mi pecho escapaba el líquido negro que no me había dejado respirar en paz desde hacía años. Siempre había sido demasiado orgullosa y jamás dejaba que nadie me viera vulnerable.
Dos horas después, evitaba mirar a mi maestro de turno. Encontré especialmente bonitas las estrellas que brillaban postreramente por la ventana. Ya enterado de todo, Dohko de Libra mantenía su rostro impasible.
-Necesitabas sacar todo eso de tí, Marah. A veces es bueno tener a alguien de confianza. El dique se revienta si no tiene un pequeño agujero por el que el exceso fluye. Te lo agradezco. Tus secretos están a salvo conmigo.
-Lo sé, Maestro Dohko. No tiene que aclarármelo. Si me aventuré a contárselo es porque confío en usted.-le dije, tal vez con un poco más de grosería de la que debía. Dohko sonrió abiertamente.
-Jajaja, chiquilla. ¡Qué espíritu! Eso me gusta. Te pareces mucho a Aioria.
Ahg. Aioria. Tenía todo un salón en mi consciencia dedicado a cosas que pensaba o sentía respecto a él. Pero no se las diría a Dohko.
-No entiendo por qué me enviaron al desierto. Aquí podrían haberme enseñado las mismas cosas y ponerme a prueba de igual manera. Me habrían evitado mucho de lo que me sucedió, no sé para que sirvió tanta soledad.
-No debes pensar ni por un momento que el entrenamiento al que te sometemos es inútil, Marah, porque todo ejercicio tiene su utilidad. El aislamiento fue parte de él.- casi me regañó Dohko.
-¿Porqué?... ¿Pretendían volverme loca?-salté, histérica. No le veía ninguna utilidad al desastre y el horror que fueron esos dos años en medio de la ardiente nada del desierto árabe, más que torturarme. La rabia barbotó de mi sin que pudiera controlar lo que estaba diciendo-Sí, eso pretendían, torturarme, volverme dócil y débil.
-No, no, pequeña-Dohko me miraba horrorizado- Pretendían dominar la característica dominante de tu personalidad: el egocentrismo. Cuando te dejaron en el desierto no te estaban abandonando, ni querían torturarte. O al menos no eran esos los propósitos de Shion y Aioria. Querían lograr que esa cabecita loca tuya dejara de pensar sólo en ti como el único ser importante del universo.-me explicó el sempiternamente paciente maestro de Libra.
-Aún no entiendo. Si querían que dejara de pensar que soy muy importante a nivel mundial (como aún creo que soy), ¿para qué me dejaron sola? Si pensaba sólo día y noche en sobrevivir…Y aún lo hago.
-A ver.-dijo él tomando aire.- Cuando uno piensa en sobrevivir, no se ocupa de nada más. Deja de pensar que es superior a otros. Eras una niña mimada, acostumbrada a lujos de toda clase, a ningún sacrificio ni dolor físico. Hacías literalmente lo que querías, lo que te venía en gana. Y cuando Aioria y el Patriarca te conocieron, inmediatamente convinieron en que era lo mejor para ti. Según palabras textuales de Perseus, eras "insoportablemente malcriada"…
-Siguen pensando que lo soy.-le interrumpí.
-Piensa, Marah, y recuerda cómo eras de niña. ¿Crees que hubieras soportado obedecer las órdenes que te he dado estos últimos días?-prosiguió él, con una sonrisa de medio lado, recostando su silla hacia atrás y con los brazos detrás de la cabeza. Puse mis manos sobre la mesa. No, la verdad era que no. Me hubiera limitado a mirarlo con desprecio y a sentarme a leer, ignorando sus pedidos, súplicas, gruñidos e incluso gritos. Y si me hubiera golpeado, haría uso de mis pulmones y todos en un radio de veinte kilómetros quedarían sordos de por vida. Definitivamente yo nunca había sido de obedecer órdenes, al menos no de personas que no respetara ni apreciara…Pero ahora…
Ahora tenía más disciplina que antes. Ahora sentía el cosmo de las personas. Podía pasar del más absoluto letargo a la total alerta en segundos. Podía pasar días sin comer, y sin tomar agua, vagando a una temperatura de 40º C a la sombra. Había sobrevivido a muchas cosas, y más importante aún, había soportado el entrenamiento físico de Dohko con éxito hasta ahora de manera satisfactoria.
-¿Quieres ir a dormir?- Dohko me trajo a la tierra de nuevo. Lo miré lánguidamente. La verdad era que después de semejante catarsis, el té y el baño, volvía a tener sueño.
-Si, Maestro Dohko.- le contesté bostezando. Me puse en pie y le hice una reverencia.-Le agradezco infinitamente que me haya proporcionado este espacio. ¿Mañana, digo, hoy me reúno con usted en el hall a la hora de siempre?
Dohko y yo siempre nos reuníamos a las seis de la mañana para iniciar el entrenamiento diario. El maestro de Libra se llevó una mano a la barbilla.
-Tómate el día libre, Marah. Quiero que estés en perfectas condiciones porque vamos a empezar a trabajar con tu cosmoenergía. Y no me agradezcas, esto es parte de tu formación también.
Volví a hacerle una reverencia a Dohko y salí de la cocina. El último vistazo que tuve de él, fue una expresión preocupada en su rostro, mientras miraba el sol iluminando el cielo, aún sin amanecer, a través de la ventana.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::.
Decidí que ése sería el día en que me liberaría del velo y de la máscara. No temería más, no me escondería más. Pero al intentar salir de Libra sin ellos no pude hacerlo, luego tuve la intención de deambular por ahí y encontrar un sitio solitario en el cual retirármelos y permanecer un rato quieta y sentada, sintiendo el sol sobre el rostro, así como lo hacía en el desierto. Y luego, tal vez, irme a andar sin rumbo sin ellos. En el Santuario poca gente me conocía y una amazona recién llegada sin máscara más no les llamaría la atención: podría pasar desapercibida, en vez de sentirme observada siempre debido a la curiosidad que despertaban los objetos con que me cubría.
Me vestí y abandoné Libra. Bajé por la Calzada Zodiacal pidiendo permiso en cada casa para pasar, con el trapo de la cabeza puesto sólo por encima, sin ajustarlo bien, de modo que era posible ver mi cuello y parte de mi cabello. No vi a Shaka en su templo, Leo estaba vacía y Cáncer también. Al llegar a Géminis sentí una presión increíble sobre mí, y la oscuridad invadió la casa. Sin embargo, al caminar, me dí cuenta de que habían grandes tramos inundados de luz, seguidos de tramos oscuros, pasillos larguísimos que al parecer eran líneas rectas, pero yo había andado demasiado en las cuevas de Ad-Dahna como para saber que en realidad estaba dando vueltas en círculo. Estaba en un Laberinto. Un cosmo poderosísimo se manifestó unos metros delante de mí, en el tramo oscuro del pasillo, como una luz dorada y brillante, pero la sensación era como si me rodeara y latiera a mi alrededor, era abisal, terrible.
-Ah. Eres tú, la niña de Leo.-dijo Kanon de Géminis, materializándose al desaparecer la luz dorada. Caminó hacia mí, saliendo de la oscuridad, la luz destellando sobre sus largas pestañas, en su cabello y en sus ojos verdes. Me rodeó, evaluándome.-Qué curioso que el Patriarca haya decidido enviarte con Dohko, estando yo disponible también.
Esa no era una pregunta, pero yo presentía la respuesta. El santo de Géminis parecía un tipo frío, cruel y hasta peligroso. No era alguien que el Patriarca dejaría a cargo de un caso difícil como el mío, cuando estaba intentando arreglar las cosas. Dohko era exigente, pero muy cálido y confiable.
-¿Me permite pasar por Géminis, Santo Kanon?-pregunté, exasperada. Era el comportamiento exacto de un depredador rodeando a su presa. Él me intimidaba demasiado. Me reñí mentalmente por olvidar que él existía y debía necesariamente pasar por Géminis para acceder al resto del Santuario.
-¿A dónde vas, niñita?-preguntó haciendo caso omiso de mi pedido. Pensé a la velocidad del rayo qué contestarle. Sería incómodo para Dohko que otros santos supieran que me había otorgado un día libre, y sumamente incómodo para mí que Dohko supiera que me había dado el día libre y yo lo había usado para deambular sin su permiso. De nuevo la mirada de Kanon se sentía como si me traspasara. Me sonrojé profusamente, de vergüenza, de rabia y de sofoco, bajo la máscara, y agradecí tenerla puesta.
No le contesté nada. Kanon cruzó los brazos y el Laberinto se disolvió.
-Fuera de mi templo, mocosa. Rápido.-me espetó de malas pulgas. Lo miré de arriba abajo con desdén y abandoné Géminis casi corriendo, en pos de Tauro. Atravesé las primeras dos Casas sin problemas y me dirigí lo más rápidamente que pude al primer lugar en que pude pensar: la Fuente de Athena. Afortunadamente estaba vacío, a pesar de ser casi mediodía. En una ocasión anterior, June me había llevado hasta allí, así que ya sabía dónde quedaba. Me quité el velo y la máscara y dejé que la luz del sol me bañara el rostro. La Fuente de Athena era una gran pileta de mármol rodeada de árboles: en la mitad, una estatua de la Diosa portando el casco y la égida, sosteniendo una gran ánfora en sus manos en actitud de vaciarla hacia delante. Del ánfora surgía el agua que llenaba la pileta, cuyo fondo estaba adornado por mosaicos multicolor que mostraban a guerreros y guerreras, carros, escenas de mujeres tejiendo y ramas de olivo.
Me senté en el borde de la pileta, con las piernas hacia afuera, y metí mis manos en ella. Luego hice un cuenco con ellas y me lavé el rostro y el cuello con el agua de la Fuente. Envolví la máscara en el velo y decidí que no volvería a usar ninguna de las dos cosas. Enfrentaría al mundo. Saboreé mi libertad, y los nervios que me producía, con una inmensa sonrisa en el rostro. Cerré los ojos y alcé la cara hacia el sol. Alrededor de la fuente, cedros, olivos y cipreses se movieron con el viento, al igual que los mechones sueltos de mi pelo alrededor de mi rostro. Ya suelta de su captividad bajo el velo, la punta de mi trenza reposaba sobre mis muslos.
-Así que aquí era que querías venir.-dijo la voz de Kanon de Géminis. Abrí los ojos en pánico y me dí la vuelta. Me había seguido, el muy desgraciado. Por dos segundos pensé febrilmente en cubrirme el rostro con las manos. Luego pensé que era absurdo, y que no lo haría nunca más. Lo observé fijamente. Tenía las manos en los bolsillos de los pantalones, el pecho cubierto por una camisa sin mangas de lino beige y el cinto ceñido de cuero, muñequeras a juego. Botas al estilo del Santuario. Sonreí cuando él apartó el rostro hacia un lado, sin cerrar los ojos.- Lo siento.-dijo con sorna.-Ahora creo que deberás matarme. Te deseo mucha suerte con eso, mocosa.
Me reí con sinceridad. Era la primera vez en muchos, muchos años, que me reía abiertamente, sin velo ni máscara, delante de un hombre que no fuera de mi familia. Estaba intoxicada por esa sensación.
-La he dejado para siempre, amparándome en la abolición de la Ley de la Máscara.- dije, haciendo un gesto con los brazos que le daría a entender que había llegado tarde. El volteó el rostro hacia mí y me observó. Parpadeó un par de veces, inexpresivo. Nos sostuvimos la mirada unos segundos con decisión. Debía pasar esa primera prueba, o si no, no podría hacerlo. Luego siguió su camino, sin decirme una palabra, a donde quiera que fuese.
Quise saltar de emoción. Volví a echarme agua de la Fuente encima. Decidí que daría un paseo por ahí, sin embargo, no quería arriesgarme a volverme a encontrar con Kanon, no quería que pensara que lo había seguido, así que tomé justo la dirección contraria, encaminándome hacia el Coliseo. Me asombraba aún más a cada paso que daba. El Santuario pululaba de actividad. Decenas de aprendices, con sus maestros o sin ellos, se entrenaban con tal disciplina que no parecía que se tratase de niños, sino de soldados. Luego recordé que eso eran. Soldados. De hecho, que eso era yo también ahora. Niñitos peleando unos contra otros a tal velocidad que me era imposible verlos, más que como manchas borrosas. Niñitos destrozando peñascos con sólo tocarlos. Con cada paso que daba, más pánico sentía. Yo jamás sería capaz de hacer todas las cosas que esos niños hacían. Y el idiota de Géminis diciéndome mocosa. Yo era una anciana al lado de esos niños, y no tenía ni el diezmilésimo porciento de la habilidad que ellos tenían ya.
Tenía dos opciones. Rendirme y esta vez exigir enérgicamente que me enviaran a casa. O entrenar muy duro y tal vez morir en el intento. Seguí caminando. Todos tenían tal dedicación que empecé a sentirme contagiada de su entusiasmo, de su fortaleza. Todos querían pertenecer a la Orden, porque deseaban proteger a Athena. Incluso los Santos que ya poseían armadura jamás descansaban. Siempre estaban buscando aspectos en los cuales mejorar, entrenando, aprendiendo cosas nuevas. El Santuario de Athena era un lugar inspirador. Y yo quería ser como esos niños, quería ser poderosa, como los santos ya portadores de armadura. Quería sentir lo que ellos sentían. Un chico y una chica, cuyos respectivos maestros los alentaban para que se golpearan sin misericordia, terminaron su pelea hechos un puré de moretones, arena y sangre. Ambos niños se ayudaron mutuamente a ponerse en pie y se dieron la mano sonriendo, bajo las miradas sonrientes de sus maestros. Me senté en una columna derruida. Un rato largo pasó, mientras los observaba. Hasta que alguien me tiró de la ropa. Volví el rostro hacia atrás. Sura. La aprendiz de June. Tenía los ojos llorosos, el derecho exhibía un gran moretón, el labio inferior reventado, y los codos y las rodillas ensangrentados. Inmediatamente me volteé para encararla.
-¿Qué te sucedió?-le pregunté con mi griego torpe. Sura no sabía mucho inglés. Sus ojos lila se encharcaron aún más. Masculló entre dientes unas palabras, de lo que pude entender, "Algol" y "discípulos". Entrecerré los ojos con odio.
-¿Quieres que te lleve con tu maestra?-le dije. Ella negó frenéticamente con la cabeza.
-Si me ven por ahí así, la avergonzaré.-sollozó.- Y tal vez se meta en problemas con Algol. Ya tuvo problemas por lo de Shaina.
Sentí una punzada de culpa en el estómago. Me incliné haciéndole señas para que se subiera a mi espalda a caballito. La llevaría a la Fuente de Athena y comprobaría si lo que June me había contado era verdad. Sura, que era muy dócil, obedeció. Y rápidamente deshice mi camino dirigiéndome a la Fuente. Al llegar, tuvimos que escondernos tras unos árboles mientras un grupo de adolescentes llenaba grandes cántaros de barro en ella. Cuando se fueron, senté a la niña en el borde de la pileta, tomé el velo que aún conservaba envolviendo la máscara, y lo rompí en tiras largas. Una de ellas la usé, empapada en agua, para limpiar el labio y la barbilla de Sura, sus codos, sus nudillos y sus rodillas ensangrentados y llenos de arena. Incluso sus párpados inflamados. Al momento dejaron de sangrar. Con las otras tiras le envolví las rodillas y los codos. Sura se quejó muy poco. Volvi a cargarla a caballito y me dirigí a la Villa de las Amazonas con ella.
-Le diremos a June que te caíste, ¿te parece?-le propuse. Sura se horrorizó.
-¡No! Nunca le mentiría a mi maestra.-me dijo, hundiendo la cara en mi hombro.-Igual se enterará. Aquí nada es secreto.
Mis cejas se juntaron. En el Santuario nada era secreto. Y esa niña acaba de darme una lección en honestidad. Suspiré un poco avergonzada de mí é. Luego de un rato encontré la cabaña de June, donde ella se encontraba descansando. June abrió la puerta sonriendo, desde dentro de la cabaña se alzaba un olor indefinible a comida quemada. Me miró extrañada un par de segundos, y luego, fijó los ojos en la cabecita de Sura, que sobresalía tras mi hombro derecho, temblando un poco mientras la niña sollozaba. Yo tenía la camisa llena de lágrimas. La chiquilla se bajó de mi espalda y contrita, tan arrepentida que partía el corazón, se hincó en una rodilla ante su maestra.
-Lo siento, Maestra.-murmuró la niña. June se acuclilló frente a ella y le revolcó el cabello, con una expresión de entre rabia y pesar en el rostro.
-La próxima vez.-le dijo.-asegúrate de golpearlos tan fuerte como ellos a ti. Ve y recuéstate.
Sura se levantó y desapareció en el interior de la cabaña. June me miró con una expresión que no supe identificar. Se acercó a mí, y miró a ambos lados antes de hablarme, en voz muy baja.
-¿Alguien más la vió así?-preguntó. Negué con la cabeza. June suspiró de alivio.-Al menor signo de debilidad, todos se aprovecharían de ella. Tenlo en cuenta tú también, Marah. Disculpa que no te haga pasar, pero debo ocuparme de Sura. Gracias por traerla y cuidarla.
June cerró la puerta. Suficiente Santuario por ese día. Decidí que era hora de volver a Libra. Ya no sabía que pensar. Era un lugar inspirador, pero atroz y despiadado. Cuando ya tenía cerca la Casa de Libra, recordé con horror todas las confidencias que le había hecho a Dohko. Me había visto totalmente débil y vulnerable. Esperé con todas mis fuerzas que no lo usara jamás en mi contra. Caminé por la Escalinata Zodiacal mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo y el mármol blanco de las escaleras y los Templos de naranja, rojo, dorado y rosa.
-¡Bienvenida de nuevo, pequeña vagabunda!-gritó Dohko en mi oído, tras acercarse tan sigilosamente a mí que no lo sentí, entre las sombras de la casa de Libra, mientras yo entraba de puntillas. Me asusté tanto que salté y me lancé hacia la primera columna que encontré, en acto reflejo. Dohko se rió a carcajadas. Sonrojada, salí de detrás de la columna con una mano en el pecho, intentando que el corazón no se me saliera.
-Qué susto, maestro.-dije yo sin aliento. Aunque no me gustaba ni cinco pedir disculpas, ese "vagabunda" me sonó a reproche.-Me fui a dar un paseo por el Santuario ¿Estuvo mal?
Dohko me observó. Sin máscara, sin velo. Puso ambas brazos detrás de su cabeza, haciendo que los músculos de su pecho se marcaran en su camisa como si la tela se fuera a estallar. Parpadeé un par de veces. Este hombre estaba en plena forma. ¿Por qué el resto del Santuario se refería a él como Viejo Maestro?
-No, Marah. Veo que me escuchaste. Entrenar te será mucho más cómodo así. Además, ¿por qué privar al mundo de esa cara bonita?-dijo él, guiñándome un ojo con total descaro. Me sonrojé tanto que pensé iba a estallar. Dohko se rió a carcajadas de nuevo. Así que eso era lo que quería. Verme sonrojada.-Ve a dormir, pequeña. Mañana te espero a la hora acostumbrada.
Prácticamente huí de su presencia, buscando desesperadamente esconderme. ¿Por qué me causaba tanta vergüenza que me vieran? Era ilógico. Luego recordé la mirada de Kanon de Géminis en la fuente de Athena, su rostro inescrutable, sereno, y sentí miedo. Seguramente esa era la última cosa que alguien vería antes de morir a manos de un santo de oro. Me pregunté si Dohko o Aioria serían capaces de verse así de atemorizantes y decidí que no. Quizá por eso Kanon no me había avergonzado, porque ante esa mirada no queda sino intentar sobrevivir.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-Estás muy tiesa, Marah. Si no bajas tú te bajaré yo.-dijo el Viejo Maestro mientras yo sudaba frío haciendo un split frontal. Estábamos en uno de los campos de entrenamiento del Santuario, el sol cayendo a pique sobre nosotros. Tenía cada pie sobre un bloquecito de mármol de veinte centímetros y las manos apoyadas en la arena caliente. Los músculos del interior de mis piernas se quejaban de dolor mientras intentaba asumir una posición en la que mi hueso púbico quedara paralelo al suelo, y no podía. Dohko chasqueó la lengua y puso sus manos sobre mis hombros, bajándome hacia el suelo. Exhalé para aliviar el dolor. Se alejó de mí cuando estuve en la posición que estaba pidiéndome desde hacía rato. –Ahora, retira la mano derecha del suelo y ponla sobre tu cadera. Apoya tu peso en la izquierda.
Exhalé de nuevo y retiré la mano derecha. El dolor se acentuó. Gotas de sudor cayeron de mi rostro al suelo. Mi brazo izquierdo temblaba.
-Ahora, escúchame bien, esto es importante. Quiero que visualices los músculos de tus piernas y de tu abdomen. Quiero que los contraigas con toda tu fuerza, pues te soportarán. Pon tu mano izquierda sobre tu cadera. –dijo Dohko. Respiré con fuerza varias veces antes de decidirme a hacerle caso. Contraje mi estómago y mis muslos con toda mi fuerza y quité mi mano izquierda. Exhalé para aliviar el dolor en la cara interna de mis muslos y mis rodillas porque ahora todo mi peso estaba sobre ellos. –Entrenar en flexibilidad es muy importante en combate. Te permite esquivar y moverte con mucha más fluidez, y también atacar con más precisión. Ahora lo harás frontal, primero con la derecha, y luego con la izquierda. Puedes usar tus manos para apoyarte mientras cambias de posición, pero una vez estés en ella, debes subirlas a tu cadera.
Le obedecí. Tras un rato largo de dolor y de otros estiramientos igual de brutales, o peores, Dohko, ante mis ojos asombrados, ejecutó una serie de saltos mortales que me dejaron con la boca abierta. Y lo peor fue que me explicó cómo hacerlos, enfatizando en que "donde iba la cabeza, iría el resto del cuerpo", y que era muy importante que los músculos del abdomen estuvieran siempre contraídos, porque así se tendría control del centro de gravedad. Parpadeé incrédula. ¿Dohko de verdad esperaba que yo hiciera eso, a mi edad, y allí, en ese descampado, sin siquiera una colchoneta para no quebrarme el cuello? El Viejo Maestro interpretó acertadamente la expresión de mi rostro.
-¿Nunca lo has hecho, verdad?-preguntó desconsolado.
Negué con la cabeza, aún con la boca abierta, sentada en el piso de gravilla con las piernas cerradas, lo cual era un alivio, porque me dolían mucho.
-Bien.-dijo él.-Vas a tener que aprender rápido. Vamos, arriba.
Lo obedecí. Varias horas después, tenía morados en los hombros, de lanzarme contra el piso apoyada en ellos. En la espalda, chichones en la cabeza, raspones en las rodillas, las palmas de las manos y los codos. Pero ya había logrado lanzarme hacia adelante en una vuelta de carro, hacia atrás, y piruetas varias. Muy despacio, claro, pero lo había logrado. Yo estaba exultante y Dohko me miraba con aprobación.
-Por ahora lo harás despacio, pero con el paso del tiempo tomarás velocidad, lo mismo que con tus patadas y con todo lo demás, es cuestión de práctica. Jamás dejes de practicar. Yo llevo casi tres siglos practicando.
Lo miré con los ojos saliéndoseme de las órbitas, y tosí. ¿Qué, tres siglos? ¿Cómo que tres siglos? Estaba exagerando. No podía ser cierto.
-Maestro, usted está exagerando.-le dije. Su rostro tomó una expresión de absoluta y total seriedad.
-No, Marah. Me acerco a los tres siglos, al igual que Shion. ¿Es que acaso nadie te ha contado nada, no sabes nada sobre nosotros?
Me puse pálida. No podía creerlo. ¿TRES SIGLOS? Con razón todo el mundo respetaba tanto a Shion y a Dohko y les llamaban Su Santidad y Viejo Maestro, respectivamente. No había otra forma de referirse a ellos. Negué con la cabeza.
-Voy a tener una conversación muy seria con Aioria cuando regrese. ¿Cómo es posible que no te haya contado nada? Quizá si lo supieras todo nos verías bajo otra luz, bajo otra perspectiva, desde el principio. No habrías tenido ese arranque que hizo que te enviaran al desierto. Vamos, pequeña. Busquemos un lugar con un poco de sombra, porque es una historia muy larga.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-A ver si lo entendí todo bien.-dije yo, limpiándome lágrimas del rostro usando la punta de la tela que tenía siempre amarrada a la cintura, con la voz quebrada.-Usted recibió de manos de Athena el misophetamenos en la última Guerra Sagrada, lo que le permitió quedarse guardando el sello que impedía a los 108 Espectros de Hades salir de su prisión. Shion tomó su lugar como el Patriarca del Santuario, y al sentir que le llegaba la hora, decidió, entre sus dos candidatos principales, Saga de Géminis y Aioros de Sagitario, para ocupar su lugar. Aioros fue el elegido y Saga, azuzado por su hermano Kanon, al que encerró en la prisión inexpugnable de los dioses en Cabo Sounión, mató al Patriarca, tomó su lugar y ¿luego intentó matar a la mismísima Athena reencarnada?
-Sí, así es.-gruñó Dohko.-En ese momento, los Santos de Oro eran en su mayoría muy jóvenes y no descubrieron el engaño. Algunos eventualmente lo descubrieron, o al menos siempre tuvieron claro que el Patriarca no era Shion, pero no les importaba. Es todo bastante confuso, acerca de esa época. Yo tenía una misión y sólo me ocupaba de ella. Los rumores que me llegaban del Santuario me preocupaban, hablaban de impureza, crueldades inenarrables y horror, de la ausencia de una Athena que supuestamente permanecía escondida en sus habitaciones privadas, atendida exclusivamente por un Patriarca despiadado, pero no podía moverme de Rozan. Un nuevo ciclo de Guerras Sagradas se acercaba, Athena misma había encarnado en mortal y las estrellas mostraban señales muy claras.
-Aioros se sacrificó por Athena.- ¿Y después de eso se le trató como a un traidor? ¡Pobre Aioria!-dije yo.-Pero después de la batalla de Hades, Athena les revivió a todos, ¿por qué no a él, si la salvó?
-Aioros no deseó volver. O al menos pidió un tiempo para pensarlo. Y de ese momento, han pasado ya cinco años. El resto de nosotros recibimos el perdón de los dioses y revivimos gracias al poder y la bondad de Nuestra Señora.
Me dolía la cabeza. Y estaba casi temblando, muy afectada, con un vacío en el estómago muy desagradable. Me tomé la cabeza con las manos. Todos ellos, sacrificándose, por Athena. Athena, sacrificándose, por el mundo entero. Luchando contra los dioses (y los humanos) que deseaban imponer el horror, el caos y la destrucción sobre la humanidad. Pensé en Saga y en Kanon. Saga, quien asesinó a Shion, había intentado matar a Athena, mató a tantos y manipuló a muchos otros con sus técnicas de control mental para conservar el poder absoluto sobre el Santuario, sobre los guerreros más poderosos del planeta. Kanon, quien logró escapar de Cabo Sounión, despertando a medias al dios Poseidón, manipulando a su avatar, Julián Solo, y a sus Generales, para crear una guerra contra la diosa Athena que llevara a ambos santuarios, Atenas y Atlantis, a la destrucción; involucrando incluso a Asgard, donde Hilda de Polaris mantenía el orden sobre los hielos del mundo con su cosmo, como Sacerdotisa de Odín, que resultó destruido, sus guerreros muertos y su sacerdotisa casi asesinada debido a que Kanon estaba manipulando a un aún medio dormido Poseidón, que a su vez, la controlaba a través del Anillo Nibelungo.
Pensé en la batalla contra Hades. Los Caballeros muertos en la batalla de las Doce Casas regresando como aliados del dios del Inframundo para asesinar a Athena. Los inmensos sacrificios de todos, Athena incluso suicidándose para lograr acceder al Octavo Sentido. Y todos convivían de nuevo bajo la égida de Athena. Todos, de nuevo, incluso Kanon, Saga y todos aquellos que habían hecho tantos males, perdonados y purificados, convivían con aquellos a quienes habían dañado. Y me sentí tan, tan, tan avergonzada, más que en toda mi vida. Yo, una niñita ignorante, una advenediza, me había atrevido a insultar y a blasfemar contra esos caballeros y esa diosa, me había atrevido a levantar mi voz contra personas que habían sufrido tanto, que lo habían entregado todo, sus vidas enteras de dolor y privaciones por protegerla a Ella, quien a su vez, se sacrificaba a sí misma por ellos, sufría terriblemente por sus caballeros caídos y por toda la humanidad. Era el amor personificado, era lo que todos los creyentes del mundo esperaban de sus dioses. Escondí el rostro entre las manos y sollocé. Dohko esperó con paciencia a que me calmara. Cuando mis sollozos se fueron espaciando y disminuyeron su fuerza, me despeinó con la mano, casi paternalmente.
-Pero…pero… ¿cómo?- exploté al fin, con un hilito de voz, quitándome las manos de la cara y volviéndome a limpiar con la pañoleta. Seguramente tenía un aspecto deplorable porque el Santo de Libra me observó, divertido. Estábamos sentados cerca a la Fuente de Athena, él en posición de flor de loto bajo un árbol y yo en seiza frente a él. -¿Cómo están aquí, de nuevo, todos juntos, el asesino junto al asesinado, Athena confiando en quienes la traicionaron, cómo?
-He ahí la importancia de recordar sin dolor ni rencor, Marah. Es parte de crecer, de hacerse adultos, de mejorar. No puedo decir que eso suceda aquí al cien por ciento, pero tener como objetivo común el perdón de Athena y su protección total, se mejoran mucho las perspectivas. Si no hubiéramos aprendido, gracias a Ella, cómo manejar nuestros recuerdos y rencillas de manera adecuada, no habríamos logrado reconstruir el Santuario. Aprendiendo a recordar sin dolor ni rabia, podrás reconstruirte. Vamos, ya se hace tarde y Mei se preguntará en dónde estamos, que no hemos ido a almorzar. Y lávate la cara en la Fuente, chiquilla. Estás hinchada.
El Maestro se puso en pie. Yo me sorbí discretamente los mocos y me limpié de nuevo la nariz y los ojos pues un par de lágrimas nuevas se habían deslizado por mis mejillas. Me paré y me lavé con el agua de la Fuente, notando de inmediato una mejoría en la sensación tirante y desagradable que se apoderaba de mi rostro cada vez que lloraba hasta inflamarme. Luego lo seguí hasta Libra perdida en mis propios pensamientos. Tras escuchar aquel relato trágico, un deseo inmenso de servir a Athena se había apoderado de mi vacío interno, de protegerla como ellos lo hacían, reparar el insulto que había lanzado contra ellos y Ella con mi total dedicación a su causa y esfuerzo por lograr convertirme en una Santa y defenderla. Pero para ello debía ser íntegra de nuevo, resanar mis grietas y restañar mis heridas.
Si ellos lo habían logrado, después de tantos horrores, ¿por qué no yo? Dohko me había dado una lección valiosísima. El primer paso para reconstruirse es encarar los recuerdos con el corazón en paz.
