III

LION AND BULL

-Equilibrio, jovencita. La clave es el equilibrio.

Qué bonito día había sido aquel. Estaba parada en una sola pierna y con una rueda metálica de cuatro kilos en cada mano. Lo más gracioso de todo, es que parecía una imitación barata de las estatuas de la Dama de la Justicia que aparecen en los tribunales, porque tenía los ojos vendados, y sabía con exactitud que estaba de pie sobre una tabla, cuya anchura no sobrepasaba los diez centímetros extendida entre dos columnas, a unos siete u ocho metros de altura, y si me caía de ella, me mataría, sin duda.

Había pasado la prueba de subir vendada y con el peso extra. Casi me caigo cuando Dohko me gritó desde su cómoda posición en la seguridad del suelo, que tenía que permanecer allí hasta que encontrara una manera de bajar distinta a como había subido, no sin antes quedarme parada en mi pierna izquierda haciendo "equilibrio", y luego en la derecha. Y de eso habían pasado ya horas. No era que no encontrara posibilidades, claro. Era que la que me quedaba era demasiado espantosa como para contemplarla. Lanzarme desde aquella altura, vendada. El viento de la tarde mecía la tabla, haciendo aquella tarea algo aún más peligroso.

-Maestro, es inútil. No puedo lanzarme de aquí y mantener el equilibrio es muy difícil – le espeté, un poco fastidiada, mientras luchaba para no irme de lado.

-El equilibrio es el balance, pequeña. Todo en la misma proporción. El balance de los opuestos permite que llamemos a algo "equilibrado". Y este equilibrio es el que permite el buen desarrollo de todas las cosas.

-Si, si, Maestro. Ya entendí. Yin y Yang.- le respondí, mientras cambiaba de pierna e intentaba no temblar. Comprendí gracias al sermoncillo que tendría que aplicar igual fuerza en los dos brazos. Sin embargo eso no contestaba a mis preguntas, ¿cómo podría lanzarme de allí sin morir con todos los huesos quebrados contra el suelo?

-Olvidas algo, pequeña. Antes de lanzarte debes utilizar la fuerza del Universo.- me recomendó Dohko. Una lucecita se me encendió en el cerebro. Idiota de mí. El cosmo era la clave para no quebrarme las piernas. Ni la cabeza, en caso de que fallara la ley gatuna de siempre caer en pie. El problema era que mi cosmoenergía aún ni siquiera salía de mi cuerpo, no era visible, no se manifestaba. ¿Cómo podría ayudarme mi inexistente cosmoenergía en esta ocasión? Podía hacerme más rápida, en ese caso mi caída lo sería también. No, no era cierto… más rapidez me daba la ventaja de hacer alguna pirueta que contrarrestara el golpe.

Respiré hondo varias veces, vaciando mi mente de todo pensamiento, yendo hacia lo más profundo de mí, lo cual era difícil. Necesitaba estar atenta al viento y a mi cuerpo tratando de equilibrarse. Volví a forzarme a entrar en ese estado de calma supremo. Visualicé en mi mente, como me había enseñado Dohko, miles de filamentos que me unían con la tierra y el cielo y por los cuales entraba luz y energía a mi cuerpo que se repartía por todas mis venas con el latido de mi corazón. Una sensación extraña, cálida y ardiente, me tomó por sorpresa, apoderándose de mí desde mi plexo solar hasta mi cráneo y mis pies. Así que eso era el cosmo, así se sentía. Traté de recordar la altura exacta desde la que estaba en pie sobre la tabla, de determinar el recorrido del viento Era ahora o nunca.

Tiré las ruedas, que cayeron pesadamente al piso después de lo que me pareció una eternidad, con dos ruidos sordos y a la vez, retumbantes. Me dí la vuelta, parándome con ambos pies sobre la tabla. Respiré profundo, y me lancé al vacío con los brazos y las piernas abiertas. Luego me hice una bolita. Dí un par de vueltas en el aire, impulsada por el cosmo, sin ver nada. Luego di otra, y otra más, y otra más, y de pronto, caí de pie, para terminar mi aventura suicida despatarrada en el suelo. La euforia me envolvió mientras me quitaba la venda. Luego un dolor espantoso subió desde las puntas de los dedos de mis pies hasta la coronilla. No era capaz de levantarme debido al dolor.

Dohko estaba frente a mí, con una expresión entre divertida y preocupada.

-Bien hecho. La próxima vez, más cuidado.-me dijo, despeinándome.

-¿La próxima vez?-inquirí, aterrada, mientras Dohko pasaba su mano bajo mi brazo, y mi otro brazo sobre su hombro, para ayudarme a caminar. Estaba anocheciendo, y la luna ya había aparecido, iluminando las afueras de Libra, donde había estado entrenando. Entramos. Al fin Dohko me depositó sentada en el borde de mi cama.

-Según veo, no tienes nada roto. Creo que es mejor que descanses mañana, porque podrías tener una luxación y no quiero que pase a mayores. –dijo él, después de hacerme quitar las botas, toquetearme y flexionarme los tobillos (muy dolorosamente), las pantorrillas, y luego las rodillas.- Y si, habrán próximas veces. Un santo de Athena debe aprender cómo caer sin lastimarse demasiado. El truco está en hacer uso del cosmo reorganizando las moléculas de tu cuerpo para que se endurezcan más que aquello contra lo que chocarás.

Parpadee incrédula. ¿Eso podía hacerse? Durante mi breve momento de distracción, Dohko rebuscó en mi mesita de noche antes de que yo pudiera detenerlo, abrió el primer cajón, y se volteó, en la mano el cuaderno con cubierta de cuero, que contenía mis más íntimos pensamientos, garrapateados en una mezcla de inglés, griego y árabe. Me entregó la libreta sin abrirla siquiera, y le agradecí a Athena que Dohko fuera temporalmente mi maestro. Siguió buscando, hasta encontrar la cajita metálica de mi botiquín. Sacó vendas y ungüento de alcanfor. Aplicó la pomada en mis tobillos y me vendó.

-Maestro, gracias. Y a propósito ¿quién cocinará hoy?-pregunté, notando un desagradable gruñido en mi estómago. Mei, la doncella vestal de Libra, había vuelto a su hogar natal en Corea del Sur hacía un par de días debido a asuntos familiares, que Dohko y yo esperábamos que no fueran graves. Era una chica muy dulce. Y cocinaba muy bien.

- Yo lo hice anoche. Hoy te toca a ti.- respondió picarón, guardando de nuevo el botiquín en el cajón de mi mesita.

-Bueno, igual no hay mucho que cocinar.-traté de darme ánimos, casi sin éxito, levantándome de la cama un poco temblorosa. Dohko me ayudó a ir hasta la cocina. –¿Qué quiere, Maestro, pescado o res con fideos?

-Pescado.-contestó revolviéndome el pelo con ademán paternal.

Ah, lindo. Aparte de herida y hambrienta, despeinada. Me remangué la camisa, saqué un pescado del balde con agua lleno de ellos que había traído en la madrugada de aquel día desde Athene, lo extendí sobre la tabla, tomé mi adorado cuchillo, y paf, el pescado quedó decapitado. Filetes al sartén, y una olla de agua caliente destinada para hervir los tallarines.

Media hora después, el monstruo estomacal ronroneaba, satisfecho y dispuesto a dormirse.

-Gracias, Marah.-dijo Dohko después de sorber su té. Me levanté de la mesa y le hice una ligera reverencia.

-No hay de qué, Maestro. Me voy a dormir. Que descanse.

Sentí la mirada de Dohko clavada en mi espalda. Él tendría que lavar los platos.

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Al día siguiente, me levanté sin dolor. Pero igual tenía el día libre, así que le pedí permiso a Dohko para salir a caminar por el Santuario y sus alrededores. Le dije que podía ser un entrenamiento "pasivo", y me miró no muy convencido. En las semanas que llevaba en Libra, habíamos salido casi todos los días al rayar el alba, y habíamos regresado de Cabo Sounión muy entrada la noche, yo casi desfalleciendo de cansancio y de hambre. Y a veces, Dohko me dejaba sin comer (¡Oh, terrible tortura!) cuando me había ido particularmente mal en el entrenamiento. El Anciano Maestro no tuvo más remedio que dejarme ir. Así que busqué en mi armario algo decente para ponerme, porque no había ido a lavar mi ropa al gélido riachuelo no tan cercano al Santuario, donde las mujeres de Athene se reunían a chismorrear, lavar sus indumentarias también, y, por supuesto, a cantar y a hacer preguntas incómodas, como si los Santos siendo tan fuertes eran como toros en, bueno, la cama, para posteriormente reírse de mí porque tenía la cara roja hasta que me hacían enojar. Proseguí mi infructuosa búsqueda, porque todas mis camisas estaban sucias, desteñidas viejas y/o rotas. No me iba a pasear por ahí, con una camisa cuya parte superior de la espalda estaba bellamente adornada por un desgarrón del tamaño de la fosa de las Marianas. De hecho, consideré seriamente el terminar de rasgarla para utilizarla como trapito limpión o toalla de entrenamiento.

Escarbando en el rincón más profundo del armario, me topé con una lámina redondeada de metal duro y gélido. La saqué. Los ojos inexpresivos de la máscara, adornados en los bordes con arabescos azul turquesa me miraron. Jugueteé con ella, como burlándome, en muda victoria. Me sentía eufórica. Podía sentir el viento y el sol. Podía ver y ser vista, una sensación que no conocía desde que había sangrado por primera vez. Aunque en el desierto sólo la usaba mientras Algol o Aioria iban a ver si seguía viva. El pomo de la puerta se movió, y Dohko entró. Casi retrocedió por el desorden de camisetas, pantalones y botas desperdigados por el suelo. Sonriendo, muy divertido, dejó un paquete envuelto en papel marrón sobre mi cama.

-No creí que lo necesitaras tanto.- murmuró, levantando, para mi pesar, la camisa "Marianas" con las puntas de los dedos. Su ojo izquierdo y parte de su mejilla se podían ver a través del inmenso hueco. Luego la soltó, se dio la vuelta y cerró la puerta.

Cuando él salió, me abalancé como fiera sobre el encargo y lo abrí: casi lloro de emoción: varias camisetas, dos pares de leggings, una camisa de algodón blanco, de manga larga, bastante fresca, y un vestido corto con mangas, o peplo, como les llamaban en el Santuario, color granate. De inmediato me puse uno de los pantalones y la camisa blanca, las botas de cuero café y me dejé el pelo suelto, mientras se terminaba de secar.

-Gracias, Maestro. No tenía por qué molestarse, yo pensaba pasar por ellas el día de hoy.- le dije, haciéndole una reverencia, al salir al Hall del Templo de Libra, donde Dohko hacía algunos ejercicios de respiración.

-No es nada, Marah. Pasé por la sastrería de Rodorio en la mañana, cuando venía de la plaza.-me contestó Dohko abriendo solo un ojo.-Si te descuidas, un día de estos lanzaré al horno toda la ropa vieja que te encuentre. Ya no estás en el desierto. Aquí no es necesario que recicles todo trapo que te pase por el frente.

-Naaah.-le contesté yo, risueña-usted no haría eso.

Dohko abrió ambos ojos y alzó ambas cejas, como diciendo "prúebame". Abrí la boca para protestar pero se me ocurrió que era mala idea. Le dí la espalda y abandoné Libra caminando rápido. Él tenía razón, sin embargo. Ya era hora de que volviera a ser yo en el aspecto en que más había cambiado. Mi presentación personal. Me sentía muy bien con ropa nueva y bien hecha. Consideré la posibilidad de volver a Rodorio o a Kamalákion para encargar más ropa y deshacerme de todos mis trapos viejos.

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Bajaba tranquilamente las escaleras que llevan de Tauro a Aries, tarareando, totalmente abstraída en el hermoso horizonte. Había visto a lo lejos dos siluetas que venían en dirección contraria pero jamás me imaginé que llegarían hasta mí tan rápido. Sentí un golpetazo en el pecho, de pronto el mundo dio una vuelta de 180º y me encontré boca abajo en el suelo. Paladeé el sabor de la sangre en la lengua. Escupí. Levanté la mirada y me encontré con una muchacha que me observaba con rabia, también tendida boca abajo en las escaleras. Me puse en pie, sacudiéndome el polvo de la blusa con toda la elegancia que pude, aunque la rabia bullía en mi interior, dándole tiempo a que se levantara. La mujer se paró, también limpiándose.

-¡FÍJATE POR DÓNDE DIABLOS CORRES!- le espeté con ira de la mala, dejándola atónita y pálida. Luego recobré mi estado de calma al notar que la sangre de mi boca se escurría por mi barbilla y mi cuello. Y no iba a dejar que la blusa nueva se manchara. Tenía que durarme un buen rato.

La observé bien. Vestía un pantalón ajustado y una camisa de color negro. Su piel blanquísima, insolada y rosada en sus hombros y mejillas, la delataban como nórdica, o eso creí. Tenía un largo cabello rubio, como el color del pelo de las mujeres de las pinturas del Renacimiento. Era más delgada, más alta y muchísimo más pálida. Tenía los pómulos muy altos y la nariz fina, los ojos, de un sorprendente color azul índigo clarísimo y puro. Era una muchacha muy bonita, aunque con cada segundo de observación que pasaba ella se enojaba cada vez más y más, hasta que estalló.

-¡Y TÚ FÍJATE POR DÓNDE CAMINAS, PARA QUE PUEDAS ESQUIVAR A LOS QUE CORREN!- me respondió ella a su vez. Empezamos a gruñirnos mutuamente. Me limpié la sangre de la boca: tenía el labio inferior partido. Y la agarré del cuello de su camiseta, dispuesta a zarandearla aunque fuera unos quince centímetros más alta que yo, cuando llegó Aldebarán, alarmado.

-¡Aimeé! ¡Marah! ¡Compórtense!-exclamó, viendo que nos disponíamos a destrozarnos mutuamente. Las dos nos separamos (pues ya nos habíamos tomado de los respectivos cuellos de nuestras camisas) y lo miramos.

-Garotinha.-dijo, dirigiéndose a la desconocida.-Ella es Marah, aprendiz del Santo de Leo, por el momento está en Libra, con el Viejo Maestro. Marah.-al fin se dirigió a mi.-ella es Aimeé, mi discípula. Garontinhas, discúlpense.

Alcé una ceja y lo miré como si estuviera loco. Yo nunca me disculpo. Especialmente si no fui yo quien levantó por los aires a una persona que iba caminando con toda la tranquilidad del mundo, tarareando plácidamente, sin hacerle daño a una mosca, partirle un labio y quién sabe qué más, y potencialmente llenarle la camisa nueva de algodón blanco de manchones rojos.

Aimeé observó la sangre que seguía escurriéndoseme del labio, que me limpié con una esquina de la pañoleta que siempre llevaba amarrada a la cintura y que servía para ese tipo de menesteres. Se dio cuenta de que me había hecho bastante daño.

-Lo siento, Marah. No te vi.- murmuró, roja como un tomate. Así que yo no era la única propensa al sonrojo. Su voz sonaba sincera. Entonces dejé mi actitud de fastidiosa superioridad.

-No, tú discúlpame. Se supone que me están entrenando para evitar ataques cuando estoy distraída. – le dije con tranquilidad, sonriendo un poco. La muchacha también sonrió.

-Así está mejor.- felicitó Aldebarán inflando pecho con una mezcla curiosa de alivio y orgullo, como si hubiera evitado él solito la tercera guerra mundial – ¿A dónde ibas, Marah?

-A Kamalákion, a encargar ropa nueva. El Maestro Dohko me dio permiso.- le contesté yo, enroscando la punta de mi trenza en mis dedos. Empecé a sentirme algo avergonzada con Aldebarán. Él siempre era tan amable conmigo.

-Ve con ella, Aimeé. Te doy el resto de la tarde libre. Pero primero entremos a Tauro para que te puedas curar eso.- concedió Aldebarán con una expresión que no supe identificar. Luego lo comprendí. Aunque no me estaba prejuzgando, tuvo la ligera impresión de que yo daría problemas. Y no se equivocaba. Lo que pasaría dos días después, se lo confirmaría a él, y al resto del Santuario. Le obedecí. El sabor metálico y terroso de la sangre no es uno de mis preferidos.

Entramos a la enormidad del templo de Tauro y nos dirigimos a la cocina, en el área privada del templo en el segundo piso. Me senté a la mesa y Aimeé me dio un trapo mojado, con el que me limpié la cara y el cuello, y apliqué a mi labio hasta que dejó de sangrar. Lo tenía bastante hinchado. Tendría que pasar por la fuente de Athena de salida.

Después tomé un vaso de agua, y le dí las gracias al amabilísimo Santo antes de que nos convenciera de que nos quedáramos a cenar. Estaba sintiéndome asfixiada, quería dejar de ver columnas de mármol y lotes baldíos con una que otra hierba, necesitaba alejarme de las cosas que me hacían soñar casi todas las noches con la muerte de mis padres. Casi me llevé a Aimeé arreada del brazo, escalinata zodiacal abajo. Pasamos como exhalación por Aries mientras un asombrado Mu nos miraba. Cuando llegamos al arco iris que separaba el mundo de afuera y el de adentro, suspiré, aliviada. Aimeé me miraba extrañada, casi asustada, como si yo fuera una loca peligrosa.

-¿Qué fue eso?-preguntó, alejándose de mi contacto.

-Le tengo manía a los templos.- respondí con sencillez. Aimeé era una desconocida y sería mala idea vomitar mi corazón en sus manos y contarle que tenía ganas de alejarme del mármol porque mis padres habían muerto aplastados en un templo como esos. Aimeé seguía mirándome de una manera extraña. Hice un gesto con la mano para darle a entender que no me hiciera caso. Atravesamos la barrera y continuamos andando en silencio un buen rato. Aquella chica parecía tímida, muy tímida, o demasiado precavida. Me pregunté si en su mente yo representaba algún tipo de amenaza, pues se sentía como si se hubiera cerrado por completo a mí. Decidí que necesitaba una amiga con urgencia y aquella chica me había caído bien. En vez de arredrarse ante mí, me había desafiado y se había indignado genuinamente contra mí. Una persona sincera, a pesar de su actitud cauta actual. Debía romper el hielo. Ante nosotras, el camino hacia Athene serpenteaba entre los árboles, flanqueado de piedras. Me subí en una y empecé a saltar de piedra en piedra.

-¿De dónde vienes?-pregunté curiosa. La muchacha sonrió, pero fue una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Parecía triste, algo melancólica. Vaya. O extrañaba mucho su hogar o le dolía intensamente hablar de él.

-Finlandia.- me respondió, parca, intentando no mirarme directamente.- ¿Y tú?

-Arabia Saudita.-le contesté. La chica se paró en seco y ladeó la cabeza, confundida, mirándome de arriba a abajo. Me reí entre dientes. Entendía su confusión, yo no me veía como la mujer árabe promedio, y además, pensar en la religión del lugar era altamente problemático, teniendo en cuenta dónde nos encontrábamos.-pero nací en Londres, y viví en Arabia casi toda mi adolescencia. Tengo diecisiete años. ¿Y tú?

-Dieciocho.-contestó ella, monosílaba. Alcé una ceja mientras saltaba a la siguiente piedra. Estaba haciéndose la difícil. Habría que emplear tácticas más agresivas.

-Ya veo… ¿Es la primera vez que vienes al Santuario?- inquirí. Quería ver hasta que punto llegaba la paciencia de la Taurina. Pero al parecer no podía exasperarla lo más mínimo. Ni tampoco lograba hacerla reír.

-Si, es la primera. Me imagino que la tuya también, ¿no?-dijo ella. Habíamos llegado al sitio donde se entraba a Athene y se podía rodear también dicho pueblo para dirigirse a Rodorio o a Kamalákion. Athene era una villa de pescadores, la más cercana al Santuario y al mar. Rodorio estaba más cercana a la cordillera y tenía unos cultivos inmensos en las laderas de la montaña. Eran famosos por sus rosas. Kamalákion era el último pueblecito aledaño al Santuario antes de salir a un carretera de tierra que tras varios kilómetros salía a una vía de cemento bastante dañada que tras varias horas de camino, se conectaba con una carretera a Athenas. Era toda una travesía ir al Santuario. Como era de imaginar.

-No, es la segunda, de hecho.-respondí.- La primera fue hace casi dos años y después de ello decidieron castigarme con dos años entrenando en el desierto de Arabia. ¿Entrenaste antes de venir?

-Si.-me contestó. Seguía igual de parca y eso me desesperaba.- Entrené en Siberia varios años, con el Maestro Crystal.

La miré. No tenía idea de quién era Crystal. Ella interpretó correctamente mi inquietud no formulada.

-Crystal fue el discípulo de Camus de Acuario, y maestro de Hyoga de Cisne.

-¿O sea que tu habilidad cósmica es el dominio del frío y el hielo?- le pregunté quizá más emocionada de lo que necesitaba. El hielo me parecía precioso. Ella se rió.

-No lo sabemos bien aún. Igual soy de signo Tauro, y es un signo atado al elemento Tierra.-me contestó Aimeé.-Estoy trabajando en ello con Aldebarán y Crystal.

Hacía un calor tremendo. El sol de casi medio día fulguraba con la suficiente potencia para achicharrarnos, y con desesperación, me apresuré caminando rápido para llegar a Kamalákion y refugiarme con Aimeé bajo algún techo. Tenía unas dracmas en el bolsillo. Con suerte algún lugareño me las recibiría, y me vendería un par de refrescos. Suspiré de alivio cuando al fin vi las primeras casitas de barro, ladrillos, paja y tejas de terracota pintadas de blanco y diversos tonos de azul. Las mujeres sentadas con los niños en los pórticos de las casas, algunos hombres llevando carretas llenas de mercancía al mercado. Las materas de las ventanas repletas de rosas de todos los colores imaginables. Las calles empedradas llevaban todas a la plaza principal bajo la sombra de la pequeña iglesia ortodoxa, cerrada a cal y canto, pues era la hora del almuerzo y posterior siesta. Al acercarnos a la plaza, vi un local abierto en el que en varias mesas departían algunos hombres y mujeres, viejos y jóvenes, escudándose bajo las inmensas sombrillas de las mesas del inclemente sol.

-Vamos a tomar unas sodas, Aimeé.- dije. La finlandesa se negó en redondo. Se sonrojó hasta el pecho y los brazos.

-¡No tienes que hacer eso!- me espetó, apenada. La tomé del brazo y la arrastré hasta una de las mesas vacías, a la cual nos sentamos. Un joven salió de la trastienda del local. El muchacho, que no tendría más de veinte años, se apresuró a tomar nuestro pedido, en un griego apresurado que me costó un poco entender. Según nos dijo, su establecimiento era uno de los pocos que contaba con luz eléctrica y refrigeradores.

-¿Son ustedes nuevas por aquí, verdad? –preguntó. El joven era un griego con todas las de la ley; rubio, perfil alto, ojos claros y piel bronceada. Aimeé y yo nos miramos, ella casi babeando. Eso era lo más duro de todo. Era muy difícil vivir en el Santuario de Athena y no babear. Nunca me había relacionado de manera tan directa con hombres que no fueran mis familiares y me costaba mucho hablarles y comportarme de manera normal alrededor de ellos, sobre todo si eran guapos. Y casi todos los Santos de Athena, al menos los dorados que yo conocía, eran hermosísimos. Sin embargo, la supervivencia venía ante todo, y nunca era buena idea dejarle saber a un hombre que te parecía atractivo. Tomaría ventaja de ello sin dudarlo un segundo.

-Se podría decir que sí. – dijo Aimeé, enigmática, en inglés con un leve acento nórdico. La miré, alzando una ceja, La muchacha fácilmente habría podido tragarse una mosca sin darse cuenta, y el joven ya estaba empezando a sospechar que el refinado gusto de mi nueva amiga estaba precisamente interesado en él. Los miraba a los dos esperando el próximo movimiento. El muchacho sonreía más y más entre más caía hacia el piso la baba de Aimeé. Me obligué a ayudarla. Justo cuando abría la boca, Aimeé también abrió la suya.

-Somos ama…-comenzó a decir Aimeé. Se me heló el alma. Esa información no debía exponerse, y menos en un lugar lleno de gente.

-Amantes de la mitología.-la interrumpí yo.- Hemos venido desde muy lejos para pasar unas vacaciones aquí, en Grecia.

-Ah, ya veo. ¿Qué les puedo servir?-respondió el joven. Tiré de los músculos de mi cara y pestañeé para dedicarle una de las mejores sonrisas de mi repertorio, para que no mirara a Aimeé, quien en ese momento gesticulaba bruscamente, con la cara roja, sin emitir sonido alguno. Debajo de la mesa, el pequeño y cuadrado tacón de mi bota se había clavado con saña en la punta de un pie calzado con botines ligeros. Cuando el joven volteó a mirarla, ella ya no mostraba signos de haber sido atacada por el zapato afilado de una inglesa loca.

-Dos sodas, por favor.- le pedí. El muchacho se fue. Aimeé se dispuso a saltarme encima para volverme trocitos, con la cara congestionada de rabia. Levanté un dedo admonitorio ante su rostro y la obligué a volver a sentarse mirándola con severidad.

-Ni se te ocurra.- advertí. –Me parece que hay cierta información sobre nosotras que no debemos divulgar si no queremos asustar a esta gente, Bully. Toda su vida y por generaciones, no han visto el rostro de una amazona. Si les decimos que somos aprendices, los hombres de este pueblo saldrán corriendo despavoridos para evitar que los asesinemos. Otros querrán que los amemos. Pues, no es que la perspectiva de amar semejantes bizcochos de dátiles en almíbar sea mala, ¿no? Pero no queremos asustarlos. Y además sospecho que vendrían los viejos y los feos.

La cara que puso Aimeé me hizo soltar una carcajada. Obviamente no había pensado en esa parte del asunto.

-Agh. La máscara. Se me olvidaba. Crystal me dió la oportunidad de decidir qué haría con ella. Nunca la usé. Afortunadamente aquí al parecer ya no es mandatorio usarla, con este calor. Y a Aldebarán no le molesta que ande sin ella.

-Una experiencia diametralmente opuesta a la mía. Yo en ocasiones debía quitármela en el desierto, porque se calentaba tanto, que me quemaba.-le comenté.-Me costó trabajo deshacerme de ella. Pero fue para mejor. Es delicioso sentir el viento.

-¿Qué fue eso tan grave que hiciste, que decidieron enviarte al desierto?-preguntó, riéndose, irónica, pero dando en el clavo. Suspiré.

-Dije cosas terribles de Athena la primera vez que me trajeron aquí, obligada. Mi abuelo en su testamento decidió que si los Santos de Athena me encontraban antes de que yo llegara a la mayoría de edad, debía venir con ellos al Santuario y entrenar para ser una amazona. Así que básicamente hice una pataleta histérica delante del Patriarca, quien en su sapiencia decidió que enviarme al desierto de Arabia Saudita bajo la tutela de un caballero de plata entre nos bastante loco, Algol de Perseus, iba a lograr domarme lo suficiente. Y aquí estoy, dos años después, llena de cicatrices y de traumas pero dispuesta a dar pelea.

Aimeé me observó parpadeando un par de veces con sus largas y nórdicas pestañas, la expresión de su rostro me decía que aunque me encontraba un poco exasperante, le había caído bien. Sonreí. El chico nos trajo nuestras gaseosas y ataqué la mía con devoción, literalmente alzando el codo para tomármela, haciendo que la manga de la camisa en mi brazo izquierdo se retrajera, mostrando mi antebrazo involuntariamente. Al bajar la mano con que sostenía la botella para posarla en la mesa, noté los ojos de Aimeé fijos en las largas cicatrices que tenía en el brazo. Me apresuré a cubrírmelas. Bajo la tela, siempre ocultas, estarían las huellas de mi lucha por la supervivencia. En mi brazo, mi pecho, mi abdomen y mis piernas. Un león de montaña famélico pero gigante y lleno de ira me convirtió en su presa, y yo lo convertí a él en la mía, al final.

-Lo siento. No fue mi intención.-dijo ella malinterpretando mi reacción al cubrirme. Sonreí con sinceridad. No me molestó su mirada, si no el mero hecho de que le fuera posible verlas. Dohko aún me molestaba mucho porque llevaba ropa muy cubierta. A veces él andaba sin camisa por todo el Santuario, sin embargo. Lo cual me hablaba de su propensión al nudismo, y no era buen precedente.

-No te preocupes, Aimeé.- le dije, tomándole la mano. Luego la retiré, porque Aimeé me miró como si ningún otro ser humano le hubiera tocado la mano jamás. Empecé a preguntarme de dónde rayos había salido ella y qué cosas terribles le habían sucedido en el pasado. Porque al parecer todos quienes estábamos conectados con el Santuario habíamos visto un par de cosas desafortunadas con el paso de los años. Extendí mi mano de nuevo hacia ella, pero de manera formal, esperando que me la tomara para estrecharla y presentarnos "formalmente".-Mi nombre es Marah Goldsmith. También me llamaron Hafsa Bint Malouf, pero prefiero que me llamen Marah. It is a pleasure to make your acquaintance.

Aimeé casi se atraganta de risa por el tono formal en mi voz. Alcé una ceja y la nariz en el aire, casi indignada. Ella captó el cambio en mi lenguaje corporal y paró de reírse: se dio cuenta que era en serio.

-Mi nombre es Aimeé Järvinen. Encantada de conocerte, Marah Goldsmith.-me contestó en inglés tomando mi mano y estrechándola. En ese momento me sentí como si estuviera firmando una especie de pacto para toda la vida. Y me gustó. Seguimos hablando y no hubo momentos incómodos, como antes. Aimeé se abrió mucho y tan sólo media hora después, nos contábamos nuestras vidas y sucesos graciosos en ellas. Y ya el presupuesto de dos sodas había sido rebasado; entramos en materia con unas botellas de cerveza.

-¿En serio le pusiste somnífero al vino de consagrar?- me reí, incrédula. Aimeé asintió. Por algo decía yo que aquella muchachita tenía algo monástico, ese aire de reclusión que genera un claustro de monjas y del que padecen las personas educadas en esos ámbitos. De sólo imaginarme al sacerdote cayendo dormido sobre el altar, quise desternillarme de la risa. En situaciones normales aquello no me habría horrorizado, pero tampoco me habría hecho reír a mandíbula batiente. Definitivamente, las cervezas estaban haciendo efecto. Y aquel síntoma de delicioso abandono me encantaba. Era mi primera vez con el alcohol. –Creí que yo era la más grande bromista que hubiera conocido. Veo que he encontrado a una rival de mi talla.

-¿Rival? ¿Por qué no mas bien aliada?- propuso Aimeé, con una sonrisita ebria. Aquella idea resonó en mi cabeza. Una bandada de pájaros negros cruzó el cielo, cubriendo por momentos el sol que ya empezaba a declinar en el horizonte.

-¡Aimeé, Marah! -exclamó una voz femenina a mis espaldas. La taurina se puso pálida como un papel. Voltee lentamente. Era June, pillándonos.

-¡June! ¡No nos acuses, te lo suplico! - rogué a la desesperada. June sonrió.

-Yo no he visto nada.-aclaró- Eso que tienen ahí es agua de manantial si alguien llega a preguntarme. Claro que no sé cómo harán para disimularlo, chicas. Están bastante mareaditas y se les nota. Sus respectivos maestros las mandaron llamar, quieren que lleguen temprano a los templos, antes que los demás Santos no las dejen pasar. Corran.

Suspiramos de alivio, y nos levantamos de la mesa. Pagué al muchacho rápidamente, y nos encaminamos al Santuario. Los pájaros seguían rondando el cielo. Noté que no volaban en círculos, como suelen hacer las aves. Iban de un lado a otro, en formaciones perfectas. June regresó al Santuario con nosotras, luego de pasar con ella por la casa de la boticaria y comprar algunas tinturas vegetales, un par de ungüentos y vendas, seguramente para sus alumnas.

-June, ¿En el Santuario hay algún guerrero que pueda controlar a los animales a su voluntad?- le pregunté. El comportamiento de los pájaros me había inquietado mucho. Una luz se encendió en mi cerebro atontado por el alcohol. ¿Y que tal si lograra convencer a ese santo de prestarme sus animalitos y lanzarlos al ataque sobre alguien? Sería perfecto. No me echarían la culpa a mí. Y el santo en cuestión podría aducir que sus animales actuaron solos. Nadie podría probar lo contrario.

-Sólo uno. Y maneja únicamente a los cuervos. El Santo Jamián de Corvus. –respondió ella, sin sospechar lo que yo tramaba. A oír el nombre "Jamián", algo mágico se encendió en mi cerebro. Si era el mismo al que yo conocía -aunque lo dudaba infinitamente, el mundo no podía ser tan pequeño-, podría ejecutar una venganza cuya víctima nunca iba a olvidar. Andamos hasta el Santuario muy muy rápido, Aimeé y yo mirándonos y jadeando. June nos miraba sin compasión y apretaba el paso: por tramos echaba a correr. Al final llegamos cuando el sol ya se había puesto y mi nueva amiga y yo ahora sí nos echamos a correr tras June porque pronto los Santos de Oro pondrían sus protecciones especiales sobre los Templos. Y aún estábamos bastante ebrias.

June nos dejó en la entrada a las Doce Casas. Cuando ella se perdió de vista, arrinconé a Aimeé detrás de unas columnas caídas en el tramo entre Aries y Tauro y le conté mi plan. Ebrias, tambaleantes y faltas de sentido común como estábamos, no le vimos ningún defecto. A la mañana siguiente hablaríamos con Jamián para que nos prestara sus cuervos.

Riéndonos, entramos en Tauro, donde un preocupado Aldebarán cogió a Aimeé del brazo y la llevó al interior del área privada del Templo. Seguí mi camino con una sonrisa totalmente estúpida en la cara. Todos los Templos estaban silenciosos y vacíos. Llegué a Libra ligeramente mareada. Saludé al Maestro sin acercármele mucho y entré a mi habitación, donde repentinamente me atacó un atroz dolor de cabeza y un mareo de miedo, con náuseas incluídas. Desde afuera, la voz de Dohko casi me hizo morir de susto cuando aconsejó:

-"Si quemas un poco tu Cosmo, el alcohol se evaporará más rápido de tu sangre"