IV
FIGHTS, PLOTS AND PRANKS.
El cosmo de Dohko me hizo pasar del total letargo alcohólico a la total alerta. Una sensación de impending doom se cernió sobre mí: estaba segura que el Viejo Maestro me volvería pedacitos con alguna de sus técnicas. Al abrir los ojos lo ví ante mí, envuelto en una luz dorada que emanaba de su cuerpo e iluminaba la habitación entera, todavía el mundo sumido en la oscuridad de la noche. El profundo gong del reloj de Meridia sonó tres veces. Las tres de la mañana.
-Arriba, muchachita. Hora de entrenar.-dijo, más serio de lo que le había visto nunca. Oh no. Sonreí, solícita.
-Claro que sí, maestro Dohko. Deme cinco minutos y me pondré la ropa adecuada.-le pedí, porque tenía puesto un camisón de algodón blanco con encajes en los puños y el cuello, que me llegaba hasta los tobillos. Mala idea entrenar sólo con eso puesto. Dohko me sonrió con maldad y aumentó el brillo de su cosmo.
-Es una orden, muchacha. Ahora. No me importa cómo estés vestida. Nos vamos ya.-dijo él.
Corrimos para calentar hasta Cabo Sounión, mis pies descalzos quejándose de dolor cada vez que pisaba una piedrita afilada, pero mi orgullo no me dejó hacer ni un solo sonido. Agradecí que aún a esta hora todo el mundo estuviera durmiendo. Todo el mundo excepto Kanon de Géminis, quien disolvió el Laberinto para que pudiéramos pasar por su casa, y quien me miró luego de un momento en que me pareció que Dohko y Kanon se comunicaron sin palabras, porque Kanon sonrió y me miró con desdén y dijo en voz alta "se lo tiene bien merecido" en griego. Una vez el santo de Libra y yo llegamos a Cabo Sounión, envolvió un peñasco en una gruesa soga y luego me ató la soga al tobillo, mientras yo lo miraba atónita. Procedió a cargarme, con peñasco y todo, mientras yo tiritaba de frío y de pánico, y desde uno de los acantilados me lanzó a las profundidades del mar embravecido. Creo que dí un alarido durante unos interminables cinco metros hasta que entré al agua sin poder tomar aire. La piedra pesaba muchísimo y me lastimaba indeciblemente la pierna. Me apresuré a tomar la soga y jalar la piedra hacia mí para tomarla entre mis brazos y nadar hacia la superficie.
Con el cerebro pidiéndome aire a gritos mi cabeza rompió la superficie del agua y logré tomar un poco de oxígeno hasta que otra ola me sepultó en la oscuridad. En el fondo lograba distinguir unas cuantas fosforescencias, poco más. No había luna y las estrellas eran la única fuente de luz. Hubo un momento en que no pude distinguir entre el cielo y el fondo del mar, lograba tomar un poco de aire durante unos segundos hasta que el agua volvía a llevarme al fondo. No podía rendirme. Si me rendía iba a morir: la marea estaba alta. Al fin el cielo se volvió malva y después gris. El Sol salió y convirtió el agua en una masa azul claro y espuma: ahora debía alejarme de las rocas pues las olas iban a estrellarme contra ellas. No paré de nadar ni un segundo, no le pedí ayuda, no iba darle esa satisfacción a Dohko, aunque estuve a punto de desmayarme muchas veces, mis pulmones repletos de agua. Hubo un momento en que al sacar mi cabeza del mar, me pareció ver a Kanon de Géminis en lo alto del acantilado del que Dohko me había tirado al agua, y junto a él, el santo de Libra. Una ola me hundió y al volver a sacar la cabeza, sólo estaba Dohko allí. Seguí en mi tarea con el cuerpo totalmente agarrotado, funcionando en automático para evitar ahogarme. Cada vez que la corriente me arrastraba al fondo, cerca de las afiladas rocas, una sensación caliente se apoderaba de mi estómago y de todo mi cuerpo, aliviándome el dolor de las piernas que eran lo único que me impulsaba, pues mis brazos cargaban el peñasco. Mi pelo complicaba todo aún más porque se me pegaba del rostro, se me enredaba alrededor del cuello y me impedía ver o respirar en ocasiones. En determinado momento una mano me tomó por el brazo y luego aupó todo mi cuerpo sobre sí y nadó hacia la orilla. Me dejé llevar como una muñeca de trapo, la piedra arrastrándose en el agua detrás de mí y de Dohko haciéndome daño en el tobillo pero estaba demasiado débil como para protestar. Al final me dejó sobre la arena y desanudó la soga. Me arrastré como pude lejos de él y tosí, olvidándome del decoro, porque moría de náuseas, con el estómago lleno aún de bilis, alcohol y agua salada. Vomité a cuatro patas con el camisón subido hasta el estómago, seguro que Dohko me estaba viendo los calzones y los ojos se me llenaron de lágrimas de vergüenza. Una vez terminé de vomitar bajé mi camisón empapado y me quité el pelo, lleno de algas, de la cara. Me limpié la boca con el dorso de la mano y luego oculté mi vómito con una capa de arena. Miré a Dohko, que sonreía, y lo odié. Me puse en pie tambaleando.
-Hora de volver a Libra, chiquilla. Esto fue sólo el comienzo.-me dijo, poniendo sobre mis hombros un manto de lana burda gris que me cubría sólo hasta los codos. Apreté la boca con ira. Eran las siete de la mañana y TODO EL SANTUARIO me vería así. Me arreglé el pelo lo mejor que pude. Y volvimos, mientras yo caminaba descalza, sucia, mojada y en un pijama ridículo, con algas enredadas en el pelo. Alcé la nariz y procuré no mirar a nadie y cantar con todas mis fuerzas en mi cabeza para no escuchar los susurros, las risas y los comentarios. Al final llegamos al inicio de la Calzada Zodiacal. Tuve que sentarme un momento sobre una columna caída porque las piernas me temblaban tanto que no era capaz de sostenerme sola. Dohko me tomo por el brazo y me obligó a levantarme y seguir, me alejé de su contacto con rabia, como si me quemara y de nuevo alcé la nariz y seguí caminando detrás de él. En Aries, Kiki se burló de mí un poco y luego me miró con compasión. En Tauro, sentí unas carcajadas femeninas ahogadas tras las columnas. Como iba con Dohko no podía darle a Aimeé su merecido por reírse tan descaradamente de mí.
Llegamos a Géminis. Dohko desapareció en uno de los tramos oscuros del Laberinto ante mí. Me quedé allí de pie sin saber qué hacer.
-¿Maestro Dohko?-llamé, con la voz ronca por la tos y el agua salada. Ante mí se materializó Kanon de Géminis, que al verme volvió a sonreír, ladino, claramente burlón. Crucé los brazos ante mi pecho, supremamente molesta, y alcé una ceja, plantándole cara, aunque temblaba de agotamiento de pies a cabeza. Él se hizo a un lado y me señaló el camino.
-Sigue caminando, niña. Lo encontrarás, sólo debes caminar. Sigue su cosmo.-me aconsejó sin mirarme. Lo imité y caminé a su lado y lo pasé. Luego me volteé porque recordé que debía darle las gracias. Él me estaba mirando. Lo fulminé con los ojos y él volvió a sonreír, mirándome de arriba a abajo.
Me sonrojé hasta las orejas. En ese momento fui consciente de que la tela blanca de algodón estaba transparente y pegada a mi cuerpo. Puse cara de susto. Él siguió sonriendo. Pero hubo algo en esa sonrisa que me dio escalofríos. Me dí la vuelta y me adentré en el Laberinto dejando detrás de mí un sendero de huellas arenosas y húmedas de pies descalzos y gotas de agua que caían de mi ropa y de mi pelo.
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Al fin encontré a Dohko a la salida de Géminis y seguimos caminando en silencio hasta Libra porque yo estaba demasiado indignada para hablar, temblaba de ira. Sin pedirle permiso me metí en el baño, me limpié quitándome las algas y el agua salada, dándome un baño rápido. Luego me vestí y fui a la cocina, donde ya estaba Dohko desayunando…él sólo. Así que no tendría comida hoy, al menos no proporcionada por él. Lo miré con ganas de asesinarlo.
-Maestro, ¿Es esto un castigo?-pregunté con la voz temblorosa de rabia.
-Tómalo como quieras, Marah. –respondió él, sin inmutarse. No iba a ganarme en una contienda verbal. No iba a perder el control y comportarme como una chiquilla. Hora de racionalizar.
-A ver, Maestro. Lo que he entendido de este lugar es que el modo de vida es a la antigua, ¿No es así? Alimentación sana pero poco abundante, entrenamiento, santidad. Los antiguos sólo tenían agua, vino, cerveza o melikatrôn para beber. Entonces, si se cansaban del agua, ¿qué era lo que bebían?-espeté, pensativa. ¿Acaso por tomarme unas cervezas de más me merecía un castigo así?
-De hecho, la elección es tuya.-comenzó él.-Tomar una cerveza, o un vaso de vino, o de aguamiel, no es un problema. Puedes hacerlo. Pero emborracharse sí es un problema, sobre todo si eres una aprendiz y de tu comportamiento depende la honra de tu maestro, en este caso yo, y no solamente mi honra, sino mi idoneidad como tutor: debo hacerte comprender con los medios de los que dispongo que las cosas que detienen tu avance y te perjudican físicamente, como el alcohol, son malas para ti. No le convienen a tu cuerpo ni a tu cosmo. Si ayer no hubieras bebido este entrenamiento te habría sido mucho más fácil de sobrellevar.
Bufé. Lo que más le convenía a mi cuerpo no era precisamente nadar cuatro horas seguidas y tragar agua de mar como si se me fuera la existencia en ello.
-No estás de humor, Marah. Vete al Coliseo, con las demás Amazonas.-me espetó él volviendo a sorber su tazón de té caliente.
Volví a bufar. Así que quería que desquitara mi ira con la primera pobre que se me cruzase por el frente, y mejor para mi si era Shaina. Me levanté de la mesa y dí media vuelta, para largarme de Libra. De inmediato sentí la mano de Dohko en mi hombro, aunque sabía que él no se había levantado de su silla. Cuando miré, él ya estaba de pie. Había hecho un movimiento tan rápido e imperceptible que me había asustado en serio.
-Y te prohíbo que te enfrentes a Shaina bajo cualquier motivo, ¿Entiendes? Sólo si ella te ataca y ves tu vida peligrar. Y no cruzarás palabra con ella. Es una orden.
Me recuperé rápidamente del susto. Quité mi hombro de su alcance y proseguí mi camino sin dignarme a mirarlo.
-As you command, Master.
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Bajé las escalinatas hecha una furia, imaginándome que mataba a Dohko en todas las formas posibles. Tanta era mi distracción que me vine a dar cuenta que ya había atravesado todas las casas cuando llegué a Aries mascullando infortunios y un taciturno Mu me miró con ojos de "No Molestar: Armadura en Proceso de Reconstrucción". Pidiéndole disculpas dejé la Primera Casa. La rabia me había dado combustible para seguir en pie y caminando. Proseguí hasta el Coliseo. Allí estaban gran parte de los maestros y sus aprendices. Y parecía una batalla campal organizada. Me senté en las gradas para observar mejor el ejercicio que estaban llevando a cabo. Los aprendices luchaban entre sí, mientras los maestros les corregían movimientos, velocidades y posturas. June detuvo la lucha entre sus dos aprendices mayores, quienes recientemente habían llegado de Isla Andrómeda, para corregir la patada de una. Alguien se sentó junto a mí.
-Te ví hoy en Sounión. Te lo merecías.-dijo a mi lado la voz de Kanon de Géminis. Prácticamente siseé de rabia. El sonido que hace una sartén caliente cuando le tiran agua fría.
-Como si nunca hubiera usted hecho algo malo.-le espeté, con toda la mala intención del mundo. Su risa me desconcertó.
-No tienes idea, mocosa. No tienes idea.-me dijo. Lo miré. Sus ojos estaban fijos en mí y volví a sonrojarme. Mi estómago rugió de hambre y rogué porque Kanon no lo hubiera escuchado.-Es curioso que no supiera de ti hasta ahora, que te hayan enviado con Dohko. ¿Por qué crees que…?
-Aioria no me soporta.-le contesté interrumpiéndolo.-Por eso nunca habla de mí. Su Santidad tiene la esperanza de que la amabilidad del Santo de Libra logre domeñarme un poco y evitar que me largue de este lugar y vuelva a casa.-estiré las piernas y el tobillo derecho me torturó con dolor dentro del cuero de la bota.
-Claro.-contestó Kanon con una risita sarcástica.-Comprendo a Aioria completamente, por tu culpa, Dora, nuestra vestal, estuvo unos buenos veinte minutos limpiando el piso de Géminis de tus huellas.
-Lo siento mucho.-contesté, y en realidad me sentía apenada.-No volverá a ocurrir en la medida en que me sea posible.
Me ignoró. Sacó un rollo de vendas de su bolsillo y empezó a vendarse los nudillos y las muñecas de ambas manos. Dejé de mirarlo.
-¡Ah, garotinha! Dohko me encomendó la misión de no dejarte vagabundear…
La voz de Aldebarán hizo que saltara del susto. Tras él venía Aimeé, seria, y con pinta aún de tener una resaca épica.
-¡Hola, Maestro Aldebarán!- Traté de disimular. Como un resorte me puse en pie. Kanon sin voltearse me cogió por la muñeca y me hizo sentarme de nuevo. Luego me miró, sus ojos verdes brillantes al sol y su expresión completamente seria.
-¿A dónde crees que vas? De aquí no te mueves hasta que no te termine de explicar algunas de las maniobras que se están ejecutando en la arena.
-Está bien, Santo de Géminis.- Le contesté, siguiéndole el juego. Por la Diosa, me acababa de salvar de un regaño y posterior castigo. Aldebarán se mostró conforme con esa explicación y también se puso a darle algunos consejos a Aimeé.
-Trata de ser más rápida que tu rival y anticípate a sus movimientos. Ahora ve.- me susurró con ímpetu. Me puse en pie y Kanon me dio un no muy amable empujón en la espalda, prácticamente lanzándome hacia la arena. Qué buena explicación, pensé. Muy obvio todo. Inmediatamente me puse bajo la tutela de June, quien me endilgó a sus alumnas una a una. Algunas de ellas ni se atrevían a golpearme. Dos de ellas, las más experimentadas, me dieron buena pelea, tan buena que ya estaba exhausta. Tenía moretones por todas partes. Afortunadamente, aquellos combates no eran en serio, o eso pensaba yo, hasta que June se puso en posición de combate y comenzó a atacarme sin mediar palabra: su látigo resonó con un chasquido que me recordó a un generador eléctrico de alto voltaje y temí por mi pellejo. No podía hacer coincidir esa imagen con la que tenía en mi cabeza de mi primer encuentro con June, ella amablemente y con preocupación cuidando que no me achicharrara de fiebre. Arremolinó el látigo en el aire y lo lanzó contra mí, dándome varios golpes me que ardieron horriblemente en distintas partes del cuerpo, casi tan rápido que me pareció imposible que provinieran del mismo objeto.
-¡Demasiado lenta!-me espetó June, dirigiendo una certera patada a mi rostro. Me lancé en arco hacia atrás, doblando la espalda. Apoyé las manos en el suelo y di la vuelta completa, cosa que hasta hacía tres semanas me hubiera sido totalmente imposible. La adrenalina me impidió sentir el dolor con que se quejó mi columna torturada. June lanzó otra patada al pecho, acompañando sus movimientos con azotes de su látigo, que no pude esquivar, la cual me tiró al suelo. Una nubecilla de arena se levantó cuando me puse en pie, dispuesta a atacar.
Corrí hacia ella con los puños preparados. Asesté uno en su abdomen. El otro lo atrapó ella, y en un rápido y simple movimiento, torció mi brazo sobre mi espalda de tal manera que casi grité. Me soltó. Respiré profundo. Con el dorso de mi mano limpié el sudor de mi frente y aparté unos mechones de pelo. Donde el látigo de June me había tocado, estaba sangrando. Y ella ni siquiera transpiraba. Bueno, eso podía tener una explicación más simple. Yo había estado peleando con las aprendices mientras ella se limitaba a observarme. Cuando Shaina de Ofiuco pisó la arena con intenciones asesinas, tuvo que salir pitada a retarme: lo comprendí bien y le agradecí por ello.
En ese momento, Aimeé entró a la arena con aire despistado. La sombra enorme de Aldebarán desapareció rápidamente luego de empujar a su alumna al campo de batalla.
Casi vi las pupilas de Shaina contraerse. Miré a June quien asintió quedamente con la cabeza. Respiré hondo de nuevo, caminé hasta la aprendiza y me aseguré bien la punta de la trenza. Puse cara de matona, porque la función debía comenzar.
-¡Te reto, Aimeé aprendiza de Tauro!
Aimeé se puso más pálida de lo que ya por naturaleza era. No se esperaba un reto tan pronto, y menos de mi. Pero inmediatamente recobró la compostura, y me tocó mi turno de asustarme, porque la cara que puso la finlandesa era una réplica exacta de la mía cuando estaba MUY, muy enojada. Oh, rayos. Sí que lo estaba. Elegí un mal día para evitar que Shaina le sacara las tripas. Inmediatamente se lanzó sobre mí y nos enzarzamos en una pelea rara. No era tan rápida como yo, pero se compensaba con una fuerza y una determinación sin límites. Me pateó y me golpeó sin misericordia, mientras yo trataba de esquivarla. Debía salvaguardar mi honor, así que también la golpeé varias veces sin que ella pudiera reaccionar. Cuando por fin respondió, imité la maniobra de June con mi brazo, y le susurre.
-Esto lo hago para evitar que pelees con Shaina.
Aimeé resopló, sudando. A su vez, también susurró.
-¿Y quién eres tú para evitarlo?
Aumenté la presión en su brazo. Gimió.
-Me imagino que el santo Aldebarán te dio órdenes precisas antes de entrar a la arena, ¿no es así?- le pregunté. Me miró por el rabillo del ojo, sorprendida, y asintió.- A mí también Dohko me prohibió pelear con ella.
La joven forcejeó. Me vi a gatas para sostenerla más tiempo.
-¿Por qué no podemos vengarnos ya? ¡Déjame pelear!
-No seas ridícula, Eimie, le será fácil derrotarnos.- le contesté en un cuchicheo impetuoso. Al parecer se enfureció cuando oyó su nombre. Y en un movimiento que no esperé, se deshizo de la llave que le estaba imponiendo, usó la fuerza de mi agarre y me hizo dar una vuelta de ciento ochenta grados hasta que aterricé de espaldas en la gravilla. El impacto me quitó el aire.
-No me llames Eimie. Es Aimeé-masculló, fúrica. Miró a Shaina. Aimeé crispó los puños. Aún acostada en el suelo, me puse de lado, tomé impulso y lancé una patada de barrido a las rodillas de la taurina, que cayó inevitablemente al suelo, exhausta.
Oímos algunos aplausos aislados. Una pelea francamente buena para haberse tratado de dos aprendizas. Sin duda el talento de Aimeé era impresionante. El mío, lastimosamente, fue adquirido en base a dos años de huir de Algol de Perseus, quien se afectaba un poco cada vez que yo no obedecía sus órdenes.
-Muy bien, Marah. Muy bien,…-felicitó June. Pero la santa del Camaleón al parecer había olvidado el nombre de la aprendiz de Tauro.
-Aimeé.-dijo la taurina, levantándose. Hice lo mismo. Y extendí mi mano hacia ella, quien la tomó. Nos dimos un breve apretón de manos, y una breve reverencia con la cabeza. Me mareé y me empezó al faltar el aire. Pero aguanté con estoicismo y obvié el hecho de que me miraran como si me hubiera salido otra cabeza. Seguro me había puesto muy pálida.
-Marah, ¿estás bien?-murmuró Aimeé. Asentí, sonriendo. Sentía el ardor de los latigazos bajo el sol calcinante, la calima de calor ascendiendo desde la arena haciendo que me tambaleara buscando aire. Debía salir de allí antes de desmayarme, con temor recordé las palabras de June el día que los aprendices de Algol golpearon a Sura: cualquier signo evidente de debilidad sería mi perdición.
-Quizá sólo necesite descansar un poco. ¿Puedo retirarme un momento, June?-pedí, forzándome de nuevo a sonreír y a estirar la columna. Una gota que no sabía si era de sudor o de sangre me bajó por la mejilla izquierda.
Camaleón asintió a su vez. Sus ojos denotaban preocupación y algo de culpa. Miré a Aimeé, que hizo amago de ayudarme a salir de allí poniendo su brazo bajo mi axila, le sonreí negando con la cabeza pues ya no tenía fuerzas para hablar. Di media vuelta y abandoné la arena del Coliseo. Al fin me refugié en los oscuros y húmedos bajos posteriores de las gradas. Me senté en el suelo, rodeando las rodillas con mis brazos. Dejé salir un suspiro de cansancio. La vista se me desenfocó. Definitivamente esto no era para mí. Lentamente me fui yendo de lado, con la espada apoyada en la pared. Me dolían horriblemente los brazos y la espalda, pero no le presté atención a estas sensaciones. Me reproché mentalmente el ser tan floja. Estaba consciente de que debía pararme e irme rápido a Libra o a cualquier otro lugar donde pudiera esconderme antes de perder la consciencia.
-¿Niña?
Otra vez la voz de Kanon.
Alcé la mirada. Allí estaba él. Un largo mechón de cabello azulado me hizo cosquillas en la cara. Lo aparté con dedos temblorosos, la mano enguantada de cuero. Me llamó la atención un rayito de sol que se colaba por un hoyo en el mármol, iluminando mis dedos como si fueran transparentes, rojizos. Podía ver incluso mis venas dentro de ellos, enredados en el cabello sedoso de Kanon.
Se puso en cuclillas frente a mí. Su pulgar con delicadeza limpió la gota que había caído antes por mi mejilla. Sangre. Cerré los ojos a punto de dejarme ir. La mano de Kanon vagó desde mi mejilla hasta mi cuello, donde sus dedos se hundieron con suavidad cerca a la tráquea. Estaba tomándome el pulso. Su otra mano me tomó la mano izquierda un momento. ¿Qué rayos creía que estaba haciendo?
-Tu pulso está muy débil. Tus labios y dedos están morados. No está llegando suficiente oxígeno a tu cerebro. Estás enferma, mocosa. –murmuró, su voz casi invitaba. Como si estar enferma fuera lo mejor que me pudiera pasar, como invitándome a darle la razón y dejarme caer en sus brazos porque me ayudarían y me protegerían. No confíes en él, dijo una vocecita dentro de mí. Un fogonazo de ira desde lo más profundo hizo que volviera en mí. Le tomé la mano que tenía en mi cuello por la muñeca y la apreté, alejándola de mí, mientras abría los ojos, con una expresión de rabia en la cara. La rabia siempre me llenaba de adrenalina.
-No, Santo de Géminis. No estoy enferma, sólo cansada. –negué, con convicción. Y era cierto.
-No me mientas, Marah.-murmuró, casi con compasión: compasión que no soporté. Sus manos me tomaron por el cuello y acunaron mis mejillas entre ellas, esas manos enormes y doradas envueltas en vendas limpias. Sus ojos me observaban con una expresión beatífica, casi dulce. Su apuesto rostro estaba contraído de preocupación. Una mirada a todas luces fingida, un hombre como él no podía sentir cosas así. Y menos hacia mí.- No soportarás mucho tiempo este ritmo. ¿Por qué…no te vas a casa?
Me enfurecí. Me puse de pie y así mismo lo hizo él, alejándome de su contacto tanto como pude, arrinconándome contra la pared. Al pararnos, el rayo de luz dejó de iluminarnos y de Kanon sólo podía ver los labios, la expresión de sus ojos envuelta en sombras, mucho, mucho más alto que yo. Eso no me arredró. Iba a decirle cuántos pares eran tres moscas.
–No me voy a ir. No estoy enferma y no veo ninguna razón para que usted dude de mis capacidades. Y si así fuera, no es quien para decirme algo así. Déjele esa tarea a mi maestro.
Intenté abrirme paso. Kanon me lo impidió. Estaba fastidiada, cansada, enojada. Me sentía pésimo. Respiré hondo, y con deliberada grosería encendí lo que pude mi Cosmo, mirándolo de tal manera que de inmediato se hizo a un lado, mientras se reía. Obviamente mi Cosmo no era rival para el suyo, y al parecer, no lo sería nunca, pero sólo quería hacerle saber que me había ofendido. Le agradecí formalmente el darme permiso. Cuando por fin ví la luz de una de las entradas, suspiré de alivio. Y oí que Kanon refunfuñaba algo así como "No me llames Santo de Géminis. Llámame Kanon."
Casi corrí hasta Aries, donde las fuerzas me fallaron. Opté por recostarme tras una gran columna caída, fuera de la vista de quien pasara por allí, y me dormí. O caí inconsciente.
-Ah, con que aquí estás.
La voz grave de Aldebarán me sacó de mis ensoñaciones. Lo observé, lanzando una sombra inmensa sobre mí, escudándome del sol. Aimeé lo acompañaba.
-Deberías ir a que te revisen eso, Kitty.- acotó Aimeé, señalando mis brazos, mis piernas y mi cara con la vista. Tenían cortes y raspones que sangraban. Me puse en pie, no haciendo mucho caso a mis heridas.
-Yo lo haré, Marah.-propuso Aldebarán. Le hice caso, el Toro era muy amable, y no podía hacerle un desplante. Seguí a Aimeé y a Aldebarán hasta Tauro.
No me había fijado nunca en lo ENORME que era el Templo del Toro. Cada vez que pasaba por alli simplemente estaba concentrada en otras cosas y no me daba cuenta. Las antorchas que lo iluminaban, puestas a intervalos entre las columnas, no alcanzaban a irradiar suficiente luz para que no quedara a oscuras en muchos lugares. Pensé inmediatamente que le vendría de maravillas algunos reflectores estratégicamente colocados. Después pensé que tal vez los reflectores le quitarían el encanto a algo tan básico pero tan mágico como la luz de una antorcha. Perdida en mis pensamientos, entramos a la cocina, que también era bastante grande. Ya empezaba a envidiar a Aimeé. Seguro su cuarto también era grande.
-Creo que primero deben asearse. No haría nada si les curo las heridas estando tan sucias como están ahora. Marah, puedes usar el baño de Aimeé. Ya te cambiarás las ropas cuando llegues a Libra. Después de esto, cenaremos.
Había que reconocerlo: Aldebarán tenía autoridad en la voz. Mucha. Cuando lo conocí, hace dos años, pensé que era un grandulón bonachón con un aspecto un poco intimidante, pero incapaz de hacerle daño a una mosca. Que errada estaba, en la última parte. Ahora que lo conocía mejor, sabía que, cuando tenía que utilizar la fuerza, no dudaba en hacerlo, y hasta sus últimas consecuencias. Decía lo de la autoridad en la voz porque, cuando Algol de Perseo me daba órdenes, no dudaba en mandarlo a freír espárragos. En una sola ocasión hice lo mismo con Aioria. Pero con Aldebarán y con Dohko, eso ni se me pasaba por la cabeza.
Pedí permiso, me adentré en la habitación de Aimeé, que estaba pulquérrimamente organizada, mucho más que la mía. Me atrevería a decir que tenía su ropa colgada en el closet por colores. Entré en su baño, que me dio envidia porque ella tenía UNO para ella sola y con ducha, y yo compartía el de Libra con Dohko, que era una tina de llenado manual. Me dí un baño rápido, y no porque quisiera darme prisa, sino porque, simplemente, no soportaba el agua sobre las heridas. Me volví a poner mi ropa, después de sacudirla un poco para quitarle las toneladas de arena que aún tenía, y salí, donde una impaciente Aimeé esperaba su turno. Oh rayos. Aldebarán ya tenía preparado el botiquín, y me esperaban algodones empapados en alcohol. Apreté los dientes y me preparé para la tortura.
El Toro me indicó que me sentara en una silla. Lo hice. Él se puso a revisar si tenía huesos dislocados o rotos palpando despacio con sus manos gigantes, que no parecían poder ser tan sutiles. Ya que no tenía mayores heridas, sólo muchas contusiones, se dispuso a limpiarlas con el alcohol. Ja. ¿Autocontrol? Grité, pataleé y gruñí. Pero no lloré. No sabía si el Toro se reía conmigo o de mí. Luego procedió a vendar y a poner curitas adhesivas. En ese momento llegó Aimeé, quien empezó a reír a mandíbula batiente cuando vió el dibujito de la curita que Aldebarán había osado ponerme en la mejilla: un remedo de gata rechoncha y blanca con un moñito rojo puesto cerca de una de sus orejas.
-¡Ja,ja,ja. Hello, Kitty!- saludó. Alcé una ceja.
-Para ti también hay, garotinha.-amenazó Aldebarán, sonriente. La taurina se asustó ante esa posibilidad macabra. –Ya terminé contigo, Marah.
-Muchas gracias, Maestro.-dije, parándome de la silla como si me hubieran desbaratado y vuelto a armar. Básicamente, así me sentía. Ahora le tocaba el turno a Aimeé.
-Qué piel tan frágil tienes, garotinha.-comentó el Toro, observando desaprobadoramente los espantosos moretones que tenía Aimeé, producto de mis golpes. Me sentí un poco culpable. Eso debía estar doliéndole mucho. Pero era lógico. La chica era un vaso de leche andante. Eso sí, ella ni se inmutó. Admiraba su estoicismo. La muchacha estuvo lista en pocos minutos. Y Aldebarán sacó fruta, avena, olivas, pan y un poco de carne seca. Eso fue la cena, que comí agradecisíma. Dohko no había querido proporcionarme comida y me pregunté si Aldebarán lo sabía y me había alimentado a propósito, o no lo sabía y había echado por tierra el castigo de mi maestro temporal.
Después pretextamos salir a dar un paseo para estirarnos un poco, con el motivo que al día siguiente no estuviéramos molidas. Aldebarán accedió. Dijimos que íbamos a rodear la Calzada Zodiacal e ir hasta el coliseo, pero en realidad, Aimeé y yo nos dirigíamos rápidamente a la Villa de los Santos. Teníamos que encontrar a Jamián de Cuervo, antes que se dieran cuenta de nuestra pequeña "escapada". Mis piernas se quejaban de cansancio, pero era un pequeño sacrificio por el bien de una causa mayor. Nos guiábamos siguiendo la bandada de cuervos, que, suponíamos, debía dirigirse a su amo para ser alimentada. Supusimos bien. Cuando los cuervos por fin bajaron al suelo, se posaron en un frondoso y viejo roble. Su dueño les extendía carne fresca sobre una improvisada cerca de madera, y ellas, según sus órdenes, bajaban a comer.
Si, era el mismo Jamián que conocía. Grandulón, tonto y paliducho. El nieto de la antigua ama de llaves de mi casa. Cuando Silvinne, su abuela, murió, vinieron personas de la Fundación Graude para llevárselo, porque era huérfano. Mi abuelo no puedo intercerder para que él se quedara, porque la última voluntad de Silvinne había sido esa. Pobre Jamián. Su abuela, definitivamente, no le quería ningún bien. No me había percatado, hasta este momento, de lo pequeño del mundo. Venirme a encontrar en este lugar vetusto a un ser tan raro como lo era Jamián. No lo había visto hacía doce años, pero sin duda, no había cambiado nada.
A toda prisa eliminé de mi perfecto acento inglés los desastres que cinco años de hablar en árabe y dos de aprender griego pueden hacer con la pronunciación.
-¿Jamian?-pregunté con una voz almibarada tan impropia de mí que Aimeé me miró asombrada. El santo del Cuervo volteó tan rápidamente que pareció que se había lastimado el cuello. Se puso más pálido de lo que ya era. Como si hubiera visto a un fantasma.
-¿Lady Goldsmith?-preguntó el. Maldije para mis adentros. No le había contado esa parte de mi vida a Aimeé. Mi padre, Arthur Goldsmith, era parte de la familia Goldsmith, baronet de Leybourn. En la Universidad había sido alumno de mi abuelo, así había conocido a mi madre y a Mohammed Malouf, mi padrino. Mi madre era una baronetess por matrimonio, una lady. No le contaba esas cosas a nadie porque probablemente no me las creerían. Aimeé me observaba como si me viera bajo una nueva luz y lo comprendiera todo. Jamian seguía pálido y asustado, mirándome de hito en hito. No lo mostré en mi rostro, pero solamente mi abuelo me había dicho que me parecía muchísimo a mi madre. Tanto como para que Jamián me confundiera con ella. Él si la recordaba con más claridad que yo.
-Wrong answer. I`m Marah. -dije sonriendo. Extendí mi mano derecha. Jamián, tras evidenciar que el alma le había vuelto al cuerpo con un sonoro suspiro de alivio, se apresuró a tomarla para besármela. Por primera vez en siete años, me di plena cuenta que yo ahora era Lady Leybourn, la última de la familia. Incluso dudaba que aquello funcionara así, no había heredero varón al título de mi padre. Los títulos no me importaban, porque en realidad no significan nada. Me aterraba el hecho que en efecto, no tenía lazos de consanguinidad con nadie. -Ella es Aimeé Järvinen, aprendiz del Santo de Tauro.
Señalé a mi acompañante con un gesto de la mano, en cuanto Jamián la soltó. Él, tonto y caballeroso, se apresuró a besar también la mano de Aimeé. La pobre puso cara de desagrado y extrañeza.
-¿Y qué las trae por aquí? En todo caso, ¿Qué hace usted aqui, milady? -inquirió Jamián. Era claro que se sentía ufano. Nunca en su vida dos mujeres tan bonitas lo habían buscado.
-Soy la aprendiz del Santo de Leo, Jamián. Mi abuelo al parecer tomó ejemplo de las disposiciones testamentarias de tu abuela. Y heme aquí, en el Santuario. Llámame Marah, si no te molesta.
Jamián puso cara de sorpresa, y luego, de rabia.
-Supe que la aprendiza de Leo fué apaleada por Shaina de Ofiuco, pero nunca me imaginé que fuera usted.
Definitivamente, las Parcas se habían aliado conmigo. Noté un timbre de resentimiento en la voz de Jamián cuando pronunció el nombre de la lombriz asesina. Y decidí aprovechar la oportunidad.
-Noto cierto resentimiento hacia Ofiuco, Jamián.- dije con mi mejor voz.
Jamián no me respondió. Sólo apretó los dientes con el odio de quien debe obedecer pero desprecia a su superior. Y Shaina claramente tenía una alta posición entre los Caballeros de Plata.
¡Oh dulce destino!
-Mi compañera y yo…hemos sido golpeadas por ella, humilladas, vejadas, sin provocación alguna, injustamente: incluso trató de matarme. Creemos que merece un castigo. Así que hemos planeado uno muy humillante, para que pruebe una cucharada de su propia medicina. Pero para llevarlo a cabo necesitamos tu ayuda. -propuse, como si esa fuera la mejor idea que jamás se le hubiera ocurrido a alguien. A Jamián se le iluminó la mirada. Naturalmente, adoraba mi capacidad de oratoria y manipulación. Podría venderle hielo a un esquimal.
-Préstame tu cuervos. Jamián, Ordénales que me hagan caso.
Por un momento temí que no accediera a mi petición, pues su rostro se puso rígido.
Tiré de nuevo de los músculos de mi rostro para forzar una sonrisa deslumbrante y una mirada encantadora. Mi ceja izquierda empezaba a manifestar el tic nervioso de la impaciencia.
-Nunca me han castigado por mis bromas. De hecho, nunca supieron quién las hizo. ¿Recuerdas la serpiente que apareció en el abrigo de mi institutriz cuando yo tenía cuatro años? Nunca nadie supo que fui yo.
Jamián sonrió, confiado. Aimeé y yo nos miramos victoriosas.
El Santo del Cuervo expandió su Cosmoenergía, que, sinceramente, encontré muy desagradable. De inmediato todos sus pajarracos lo miraron al unísono, y cientos de ojillos brillaron en carmesí.
-Enciendan sus cosmos. Ya ordené que les obedezcan a ustedes. Cuando quieran darles alguna orden, simplemente enciendan su cosmoenergía y piensen en lo que quieren hacer. Ellos la cumplirán.
Aimeé encendió su cosmo, que era tan leve como el mío. Pero por alguna razón, los cuervos sólo obedecieron a mi orden de abrir las alas. Con ganas de reírme maniáticamente, me llevé la mano a la boca. Moderé el impulso y me despedí cortésmente de Jamián, que aún parecía estar viendo estrellitas y pajaritos, y Aimeé y yo prácticamente echamos a correr a buscar a Shaina.
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-¡A ver, mocosas insulsas!-vociferó Shaina, fuera de sí.-no llevan ni doscientas abdominales y ya quieren morir. ¡Ya les enseñaré yo qué es desear la muerte, patéticas!
Miré a Aimée. No sé como esas pobres chiquillas soportan ese maltrato todos los días. Después de ello, nos convencimos de que lo que íbamos a hacer era lo correcto.
Observábamos todo desde detrás de unas columnas semiderruidas, que permitían el paso de nuestra visión, pero no la de alguien que estuviera situado en la ubicación de Shaina, unos metros más adelante.
El sol brillaba más intensamente que de costumbre sobre el suelo griego. La aprendiza de Tauro sudaba ligeramente bajo su camiseta de color negro. Y en las áreas de entrenamiento de los alrededores del Santuario no se oía nada más que los gemidos de dolor de las alumnas de Shaina, los gritos frenéticos de esta, y el silbido de un viento que no traía frescor. Desgraciada. Había elegido el lugar más caluroso del Santuario para hacer sufrir a sus discípulas como si de condenadas a muerte se tratase.
-¿Lista, Bully?-susurré, mirando a Shaina.
-Cuando tú quieras, Kitty.-murmuró Aimeé a su vez, con decisión. Me esforcé e hice que mi cosmo se presentara en una neblina blanca a pocos centímetros de mi piel. Llamé a los cuervos y les ordené que atacaran a Shaina de Ophiucus.
Abrí los ojos, esperanzada de ver a los pájaros, pero nada había pasado. Bully me miraba con cara de ponqué, sus ojos azul oscuro chispeando de duda.
-No pasa nada.-se atrevió a decirme después de unos minutos. Ni la miré. Cuando abrí la boca para defenderme, el cielo se oscureció momentáneamente. El corazón me saltó de alegría. Nos dispusimos para observar la función. La bandada en pleno dio vueltas en círculos, divisando a su objetivo. Cuando al fin lo alcanzaron, se abalanzaron todos a una sobre Shaina como una nube oscura y emplumada. La mujer, algo asustada, comenzó a correr para dejarlos atrás. Los animales también aumentaron la velocidad. Las alumnas de Shaina no se reían, pero estaba más claro que el agua que se estaban conteniendo para evitar un castigo posterior.
Luego gritó. Uno de ellos la había picado en la cabeza, aferrándose a su cabellera verde con las garras. Perdió toda compostura cuando otros también la picotearon. Corría en círculos, presa del pánico, agitando los brazos para quitarse a las aves de encima. Todas a una la hirieron mientras gritaba histéricamente. Las niñas se reían a carcajadas. Nosotras, no. La venganza aún no había terminado.
Las aves se elevaron, y como final, dejaron sus regalitos asquerosos y malolientes sobre la maltrechísima Shaina de Ophiuco, para luego huir rápidamente.
No podía aguantarme el estómago. Caí al piso, revolcándome de risa, con el puño casi metido en la boca para evitar que se oyeran mis carcajadas. Aimeé estaba doblada sobre sí misma, hipando. Las lágrimas se salían sin control de sus ojos mientras reía.
Fue imposible resistirlo más. Las carcajadas resonaron con estridencia. Traté de controlarme, poniéndome el indice sobre los labios en ademán de silencio para que dejáramos de reírnos y abandonáramos el lugar, pero fue inútil. Un vistazo a la pusilánime Shaina que yacía en el suelo rodeada por sus silenciosas alumnas fue suficiente para hacernos perder todo autocontrol…
Seguimos riéndonos, hasta que notamos que algo iba muy mal.
Las niñas no se reían. Si ellas no se reían, nuestras carcajadas serían perfectamente audibles. Nos incorporamos lentamente, pálidas. Y allí estaba ella, con los ojos desorbitados de furia asesina, cubierta de excrementos. Escupió un par de plumones antes de hablar.
-¡Las mataré, perras, luego de que las expulsen del Santuario!
Nos agarró de nuestros respectivos cuellecitos con ambas manos, cuyas garras se enterraron peligrosamente en mi nuca. Las niñas huyeron a una orden de su histérica maestra.
-¿Qué sucede, Shaina? ¿Porqué tanto alboroto?-dijo una voz familiar. La ira se agolpó en mi pecho. El lamesuelas de Algol de Perseus había aparecido en escena.
-Este par de rameras se han creído inteligentes y han hecho que los cuervos me ataquen.-siseó Shaina.-Las llevaré ante el Patriarca, pero primero debo asearme. Tú vigila que no se escapen.
-Con gusto, Ophiucus.- murmuró Algol. Ese día llevaba su armadura. Shaina se marchó luego de empujarnos al suelo. Miré al santo de Perseus, que inmediatamente se puso rojo de rabia.
-¿Cómo te atreves a andar sin máscara y sin cubrirte el cabello?-me reprochó en árabe, con la cara roja de ira y las venas de las sienes a punto de estallarle. En todo el tiempo que conocía a Algol de Perseus jamás lo había visto tan enojado. Temblaba y sus manos tenían tics, como si sus dedos quisieran cerrarse alrededor de mi cuello y estrangularme. Como siempre me sucedía con él cuando lo veía enojado, le planté cara. Ya no era una niñita indefensa a su merced. No, nunca más.
-Eso no es tu problema, imbécil. Y déjanos ir si sabes lo que te conviene. –amenacé, con mi nariz a unos centímetros de la suya, también en árabe.
-No me hables en ese tono. Tú no eres nadie para ordenarme nada.-gruñó el tomándome con tanta brusquedad de los brazos que supe que sus dedos me quedarían marcados en morado un par de semanas.
-¡Y tú tampoco, santo de pacotilla!-grité empujándolo.
-¿Quién te crees que eres, estúpida? ¡Me perteneces! ¡A mí y a nadie más!, ¿Lo entiendes? ¡Nadie más verá tu rostro! ¡Nadie más verá tu pelo! ¡NADIE!
Inmediatamente palidecí. Así que la fijación de Algol conmigo no era simplemente un afán sicótico y sádico de ponerme la existencia a cuadros. No, no podía ser tan simple. El maldito estaba irremediablemente, perdidamente, maniáticamente, obsesionado conmigo. Él pareció arrepentido de haber dejado salir las últimas frases, pero en la vida hay tres cosas que no vuelven: la flecha lanzada, la oportunidad perdida y las palabras mal dichas. La ira que había acumulado durante dos años contra Algol estalló con la fuerza de una bomba dentro de mí, y olvidándome de mis modales, de mi educación, y de absolutamente todo, le grité, desgarrándome la garganta.
-¡YO NO LE PERTENEZCO A NADIE, Y EN ESPECIAL A TI, MALDITO LOCO! NO TUVISTE SUFICIENTE CON HACER QUE EL PATRIARCA ME ENVIARA AL DESIERTO, DONDE ME PODÍAS TENER BAJO TU CONTROL. NO TUVISTE SUFICIENTE CON CASI VOLVERME LOCA CON TUS ENTRENAMIENTOS, QUE MAS BIEN ERAN TORTURAS, ¡Y AHORA ME RECLAMAS PORQUE NO ME PONGO LA MALDITA MÁSCARA! NO ES ASUNTO TUYO. NO SOY TUYA. NI DE NADIE. NUNCA.
Lo empujé de nuevo. Algol de Perseus cayó al suelo, indefenso ante mis rugidos. Aimeé se había apretado contra una columna, aparentemente espantada y confusa. La pobre no había entendido nada de lo que Algol y yo nos habíamos gritado.
Entonces él reaccionó. Con un par de certeros golpes nos dejó fuera de combate por un momento. Cuando despertamos, teníamos las manos atadas. Un dolor de miedo me atenazaba el abdomen y la cara, estaba segura de que Algol la había emprendido a patadas conmigo, pero se había contenido porque debía llevarme ante el Patriarca y lo amonestarían si me hacía daño. Y Shaina de Ofiuco estaba arreglada y lista para emprender el camino hacia el Templo del Patriarca.
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Mala cosa.
Aldebarán estaba serio. Dohko estaba serio. El Patriarca estaba serio. Y Shaina de Ofiuco sonreía de oreja a oreja. Algol de Perseus permanecía en un rincón, mirándome, esperando mi reacción, que le dijera al Patriarca que me había golpeado, tal vez, no lo sabía.
-No me esperaba semejante desatino de ninguna de ustedes dos.
La voz fuerte de Shion no me desconcentró de las uñas de mis manos, que en ese momento preciso, eran la cosa más interesante sobre el planeta tierra. Aimeé estaba peligrosamente sonrojada. Bufé.
-¿De quién fue la idea?-inquirió el Patriarca, masajeándose las sienes con los dedos. Lo miré.
-Mía, Señor.-admití.-Se la comenté a Aimeé y ella estuvo dispuesta a compartir el momento conmigo, pero no tiene nada que ver con todo esto.
Puse mi mirada más enfática. Aimeé no debía salir perjudicada. Jamián…me importaba un comino. Recordaba con demasiada claridad cómo me espantaba al meterse en las armaduras de la casa, y gritarme cosas desde dentro de ellas para que yo saliera despavorida, especialmente cuando imitaba la voz de mi padre. Pero igual no debíamos decir que él nos había facilitado los cuervos, pues saldríamos más perjudicadas. ¿Qué pensaría alguien que no hubiera visto lo que realmente pasó al saber que Jamián prestó sus amadísimos cuervos a dos niñas locas para una misión casi suicida?
-¿Cómo lograste controlar a los cuervos?-inquirió Shion. Lo miré. Le respondí aparentando total indiferencia y presuntuosidad.
-Llevo días convocándolos con mi Cosmo. Al fin lo logré. ¿Muy impresionante, no es cierto?
Los ojos del Patriarca estaban aterradoramente fijos en los míos. Era claro que estaba furioso, furiosísimo. Pero eso, por alguna razón extraña, no me asustaba. Estaba lista para empacar e irme. Aimeé pasaba rápidamente del ciruela al blanco perla; parecía a punto de desmayarse. Por lo que yo sabía, si a ella la expulsaban del Santuario, no tendría dónde ir. Yo, en cambio, tenía los brazos y las puertas abiertas en Medina. Y mi casa en Londres.
-¡No llevan ni siquiera seis meses en este lugar y ya han estado involucradas en actos tan innobles! ¡Merecen un castigo severo! Propongo, y creo que ustedes dos, Aldebarán y Dohko, estarán de acuerdo conmigo, que se merecen, ambas, un tiempo no menor a un mes de confinamiento en sus respectivas casas.
Aldebarán y Dohko se miraron, inexpresivos. Adiviné al momento que ambos pensaban que un mes no era suficiente. Pero acataron la sugerencia del Patriarca y asintieron con la cabeza.
-Deben comprender-prosiguió Shion,-que su comportamiento será reflejo directo del comportamiento y enseñanzas de sus Maestros. Marah, a ti, especialmente, se te impondrá un régimen severo, como comprenderás, porque en ti recaen la honra de Aioria y la de Dohko. Pueden retirarse.
Aimee y yo nos pusimos de pie. Salimos, seguidas de Dohko y Aldebarán. Shaina de Ofiuco nos dedicó una sonrisa ponzoñosa a la que respondí con una mirada asesina. Algol de Perseus ya iba Colina abajo y su melena ondeaba con el viento. Andaba a paso rápido, estaba fúrico, y nervioso. La culebra se dispuso a seguir tras nosotros, pero una voz perentoria y amenazadora ordenó:
-También tengo unas cuantas palabras para contigo, Shaina.
Volví la mirada disimuladamente. Impagable la cara de pánico de la lombriz asesina cuando tuvo que acudir de nuevo ante Shion y la puerta del Salón Patriarcal se cerró a sus espaldas.
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Casi enloquezco cuando vi los pesados volúmenes que tendría que traducir al griego del inglés. Y tendría que hacerlo en un periodo de tiempo MUY corto, días, sin descuidar mi ahora intolerable rutina de entrenamiento. Y la sonrisa de Dohko. Y sus comentarios acerca de cómo se pondría Aioria cuando se enterara, cosa que sería muy pronto. Y que me dejaran sin cenar. Andaba de un lado a otro en mi habitación, cual león enjaulado. Volví a observar aquellos cuatro libritos. Tomando aire me senté al escritorio, tomé la pluma, la mojé en el tintero, pensando que escribir de esa manera no podría ser tan difícil. Craso error. Al primer trazo en el límpido pergamino, un manchón de tinta apareció, echando por tierra mi ilusión de escribir, con buena caligrafía y en caracteres griegos, el título del primer libro que escogí por su delgadez. Sin embargo, dos años de aprendizaje del idioma no me bastarían. Tendría que buscarme un diccionario lo más pronto posible. ¿Y cómo, si estaba encerrada?
Era la primera vez que pensaba que el Santuario de Athena podría ser una prisión inexpugnable, y la idea me aterró.
No llevaba ni dos horas castigada y quería salir de ahí cuanto antes. Antes de estrellar el tintero contra la pared, pensé en Aimée, y en lo doloroso que sería para ella estar confinada en Tauro con un Aldebarán frío y parco. Pero recordé a Shaina, cuando, entre toses, escupía plumas de cuervo, y me reí a carcajadas.
Había valido la pena.
