V

LESSON TWO: WHAT HONOR IS REALLY ABOUT.

-No lo dejes fluctuar, Marah. –dijo Dohko, con voz suave para no sacarme de concentración. Estaba sentada en el Hall de Libra, con Dohko de pie frente a mí, recostado contra una columna. Fruncí el entrecejo. Mi Cosmo, una neblina entre blanca y amarilla, surcada por ramificaciones de electricidad estática, apenas si se levantaba de mi piel un par de palmos. Aún no se diferenciaba de mi aura. Y amenazaba con extinguirse de improviso, como la llama de una vela. El esfuerzo que me costaba mantenerlo encendido me ponía la carne de gallina, y tenía un dolor de cabeza tremendo. Dolor de cabeza que Dohko mitigó enviando un poco de su cosmo al punto estrellado que yo tenía en la frente. Los otros estaban situados en mis hombros, mi vientre y mis piernas, y, con los ojos cerrados, los veía brillar en mi interior.

- Imagínate que es una cascada de poder incontenible, un poder que reside en ti y que procede del Universo mismo. Lo recibes a través de cada uno de los poros de tu piel y se acumula, lo único que tienes que hacer es incrementarlo en tus puntos estrellados y luego enviarlo con tu sangre a cada lugar de tu cuerpo, debes lograr que hasta el más ínfimo vaso capilar esté lleno de Cosmo, y hazlo crecer con el ritmo de los latidos de tu corazón…Concéntrate…

Sentía algo cálido viajando entre cada diástole y sístole, primero se expandió dentro de mi corazón y mis pulmones, luego, mi estómago y mis vísceras, otro latido, y los puntos estrellados en mis hombros, piernas y vientre ardieron. Otros latidos más y sentí que las puntas de mis dedos se entumecían ligeramente, y una sensación cálida en el interior de mi cráneo. Me esforcé para concentrarme en hacer que toda esa energía saliera de mi controladamente, poco a poco, y seguirla generando. De nuevo seguí el patrón de mis latidos. Sentía cómo mi pelo, peinado en una larga y pesada trenza, comenzaba a flotar, como arrasado por una fuerte corriente de aire. Abrí los ojos. Estaba rodeada por una luz blanquecina y chisporroteante, pequeñas descargas eléctricas viajaban en el aire y chocaban unas con otras, generando un ruidito particular. Volví a cerrarlos, mientras temblaba, y encendía mi Cosmo al máximo. Logré mantenerlo al tope por unos minutos.

-Es suficiente, Marah.-dijo el Maestro de Libra, satisfecho. Mi cosmo se extinguió de repente, causándome una sensación parecida al dolor, una molestia extraña, ardorosa. Y mi pelo estaba hecho un desastre, toda yo estaba hecha un desastre. Hacía cuatro días Dohko me tenía en régimen de entrenamiento del Cosmo, sumida en largos estados contemplativos, que podían durar horas. La última vez que había comido, hacía un día y medio, no me había dejado totalmente satisfecha. Y me había bañado hacía dos días. No había dormido absolutamente nada. Y estaba totalmente agotada, puesto que en las tres semanas anteriores tuvieron lugar los entrenamientos más exigentes y duros que enfrentaba en el Santuario hasta el momento. Aparte de eso, limpiaba toda la Casa de Libra con agua y jabón. Y el tiempo que debía utilizar para dormir, lo gastaba estudiando y traduciendo gruesos volúmenes del griego al inglés y viceversa. Ya la Teogonía, la Iliada y la Odisea (todo en un mismo tomo) estaban traducidas. Me faltaban la Metamorfosis y el Arte de la Guerra.

No me había quejado ni una sola vez. Debía mantener mi orgullo y mi dignidad intactos. Dohko estaba consciente de ese reto, de quién se quebraría primero. Si el dándome una indulgencia sin que yo se la pidiera o si yo acudía corriendo a él para suplicarle que aquel castigo terminase.

-Puedes ir a asearte y comer, Marah. Luego saldrás y te tumbarás al sol por un rato. Debes reponer energías, porque seguiremos con entrenamiento del Cosmo. –ordenó. Casi lo besé. Me preguntaba por qué debía tumbarme al sol. No quería broncearme mucho, porque acabaría insolada, como la pobre de Aimeè. Aimeè. ¿Cómo estaría? ¿Aldebarán seguiría parco con ella?...Me constaba que el castigo en sí le valía madre, a mi en cambio, el encierro me estaba volviendo loca. Pero sabía que le dolía que la única persona en el Santuario con quien tenía una relación estrecha se distanciase así de ella.

Aunque no lo admitiera nunca, Aimeè requería cariño. Y yo requería aire libre para poder funcionar adecuadamente, ya hasta estaba viendo visiones. ¿Ese que venía desde Aries era Afrodita? Por lo que yo sabía, nunca salía de su casa, ni de su jardín. Tenía que cuidar sus preciosas plantitas. Al pasar por mi lado, volvió a mirarme de manera extraña, como evaluando qué clase de mujer era yo. Le devolví la mirada con tenacidad. Por un momento me sentí aturdida, alelada por su rara belleza. Era un tipo alto, con un cuerpo bien trabajado aunque no musculoso, más bien del porte de Mu de Aries. Efébicos, por decirlo de alguna manera. Esbeltos, gráciles.

-Niña, apenas te levanten el castigo, ven a mi casa. Me gustaría hablar contigo.-dijo, con su voz femenina y delicada. Me asombré. ¿Para qué diantre querría Afrodita de Piscis hablarme?

Miré a Dohko, quien se limitó a alzar los hombros y sonreír. Afrodita y él se hicieron una ligera reverencia y luego el pisciano prosiguió su camino.

-Siéntete halagada.-murmuró Dohko, entre risitas.-Eres lo suficientemente bonita como para que quiera tenerte de adorno en Piscis. Cuidado te echa algo en el té, quedas paralizada, te pone alguna túnica vieja y te monta en un pedestal.

-Primero muerta.-dije yo, no tenía fuerzas ni para reírme. Dohko empezó a carcajearse con ganas. Me dirigí al baño, luego de estar presentable, a la cocina, mientras me peinaba el pelo enérgicamente para poder deshacerme todos los nudos. Ya estaba muy largo, tal vez demasiado. Tenía que detener el paso de la peinilla y dividirlo en dos secciones, una por vez, porque las puntas algo rizadas de mi pelo me tocaban la parte de atrás de los muslos. Pero no pensaba cortarlo.

-Verte haciendo eso me recuerda a Shiryu, mi discípulo. Excepto que Shunrei, algo así como mi hija adoptiva, solía peinarlo. Él y tú tienen el mismo largo. Pero, claro, eso es lo único que tienen en común.

Solté el peine y tomé el cuchillo para partir una barra de pan sobre una tabla de madera. Lo hice con tanta fuerza que el filo del cuchillo quedó incrustado en la madera un par de centímetros. Ya empezaba otra vez con Shiryu. Admiraba al Dragón, muchísimo. Pero tampoco es bueno que te estén restregando por la cara todas sus virtudes como discípulo, cuando estas castigado, especialmente para fastidiarte.

-Sí, maestro, sé que he sido lo peor en su carrera.- dije con sorna.-Pero afortunadamente usted no cargará con esa responsabilidad.

El Antiguo Maestro me despeinó paternalmente. Era la primera vez que se permitía un gesto de esa clase en las últimas semanas.

-No, no eres lo peor en mi carrera, niña. Yo simplemente estoy haciendo de maestro sustituto. Tus entrenamientos conmigo no han sido ni la mitad de duros de lo que serán con Aioria.

Me estremecí. ¿Ni la mitad de duros?...Sálvame, Athena, pensé. En ese momento, Dohko interrumpió mis pensamientos casi embutiéndome un pedazo de pan a la boca.

-Recuerda que debes comer. Te vas a desmayar de hambre y no quiero tener que cargarte.-se rió él. Yo mastiqué tratando de no ahogarme. Me senté a la mesa con mi comida. Un buen trozo de pollo, algunas verduras de dudosa procedencia, y un tazón de tallarines de arroz con salsa de soya. Dohko siempre me sorprendía. ¿Cómo lograba hacer cocina tradicional china en un vetusto y apartado santuario griego?

Comer es una de mis actividades predilectas. Y mis comidas diarias son sagradas. Por eso me molestaba tanto que el Antiguo Maestro me obligara a postergarlas: ya había pasado suficiente hambre en el desierto como para toda una vida. Ingerí mis alimentos cual condenada. Él sólo me miraba con los ojos como platos, preguntándose, pensé, si él sería mi próximo bocadillo.

-No se preocupe, Maestro. Cuando tenga ganas de comer gente, le avisaré para que se esconda.-mascullé luego de tragar un pequeño trozo de carne, el último que quedaba. Luego tomé los palillos (iba adquiriendo práctica con ellos día a día) y me acerqué el plato de los tallarines. Unos minutos después estaba vacío y yo estaba tan llena que sentí vergüenza. Dohko me hizo una seña con la cabeza que quería decir "bueno, vete", y siguiendo sus indicaciones, salí al frente del templo y me senté, recostando la espalda en una columna. El mármol estaba caliente, y el sol me iluminaba en ángulo, ya que eran las cuatro de la tarde, más o menos. El cansancio y la llenura me estaban produciendo una somnolencia irresistible. Tenía las manos heladas y sabía que estaba pálida, pues podía ver las venas de mis brazos resaltar en nada saludables tonos verdes y morados. Tal vez el sol me hiciera bien. Cerré los ojos y me desconecté por un rato del mundo, apoyando mi frente en mi antebrazo, que a su vez descansaba sobre mi rodilla flexionada.

No supe cuánto tiempo pasó hasta que desperté, a causa de un inusual chasquido. Luego comprendí, adormilada, que algo había estado chisporroteando levemente a mi alrededor. Mi cosmo se levantaba en pequeñas chispas. Me asusté al punto de sentir el corazón atorado en la garganta cuando comprendí que aquella energía emanaba de mí contra mi voluntad. El sol brillaba en tonos rojizos sobre el horizonte. Tenía el pelo completamente seco a causa de él. Me puse de pie, en pánico, sin saber cómo detener aquellas molestas chispas, que parecían luciérnagas. Volteé en varias direcciones y manoteé para alejarlas. Las chispas se hicieron más grandes.

Concentrada en mi lucha contra las luciérnagas de Cosmo, no noté que alguien se aproximaba, llevando una Caja de Pandora dorada a la espalda. Mi cerebro registró con lentitud lo que sucedió a continuación. Escuché una palmada, y una fuerza irresistible empujó mi rostro hacia un lado. Me ardió la cara en el sitio golpeado. Las chispas no pararon de surgir. Se descontrolaron, ardiéndome en la piel, en el pelo. Las que se tocaban unas con otras producían chasquidos, al observarlas parecían producir rayos en miniatura. Miré fijamente a quien me había abofeteado con tanta fuerza y rabia. Sus ojos verdes estaban furiosos, sus espesas cejas contraídas y tenía un rictus en los labios. Parecía cansado y estaba sin duda muy contrariado. Me puse una mano en la mejilla que me había golpeado, indignada y asustada. Era la primera vez que Aioria levantaba su mano contra mí sin estar entrenando, como castigo, en todo el tiempo que le conocía. Lo miré con desdén, y con aún más desdén, abrí la boca:

-Yo también me alegro mucho de verte, Aioria.

El Santo de Leo parpadeó desconcertado. Hacía al menos cuatro o cinco meses que no nos veíamos, y mi cambio de actitud de esa última vez a ésta había sido abismal, al igual que las circunstancias. En esa ocasión había sido sumamente amable, receptiva, obediente, esforzada y dulce. Por eso había decidido traerme al Santuario. Casi vi el arrepentimiento en sus ojos, los engranajes de su cerebro funcionando a toda velocidad. También vi asombro. Obviamente había notado que ya no me ponía ni el velo ni la máscara y que no sentía un ápice de vergüenza de andar descubierta. Las luciérnagas de cosmo ya eran del tamaño de pelotas de beisbol. Aioria suspiró y puso su mano sobre mi cabeza y encendió su cosmo dorado y poderoso, que inmediatamente levantó un olor a ozono, como el de las tormentas eléctricas más fuertes, para lograr apagar el mío. Tras él estaban una amazona con cabello naranja y un muchacho de pelo azul, moreno y alto, con una profunda cicatriz en el puente nasal. Los ojos turquesa de la amazona me observaban, inescrutables, y los del joven, con suma indiferencia. No me sonrojé, pero intuí que estaban esperando a que lo hiciera. Me había comportado como una muchachita malcriada y además, incapaz de controlar su propia cosmoenergía.

-Aldebarán me contó lo que hiciste, Marah.-acusó Aioria, despacio, sin duda masticando con todas sus fuerzas su infinito enojo contra mí para no darme una tunda enfrente de aquellas dos personas.-Iré con el Patriarca. Cuando vuelva quiero que estés en Leo. Empaca tus cosas y despídete del Maestro.

Me quedé allí, impávida. Los tres pasaron por mi lado, sin que yo reaccionara. Cuando por fin el sol se escondió, entré de nuevo a Libra, ignoré la mirada triste de Dohko y me dirigí a mi habitación, directa a empacar. Fué increíble lo poco que tardé en poner mi ropa en las maletas. Saqué la máscara de un cajón y la introduje en una bolsa de lona. La conservaría como un recuerdo. Luego me planteé un dilema con los libros. ¿Debía llevármelos o debía dejarlos en Libra?

Unos golpecitos en la puerta precedieron a Dohko.

-Llévate las traducciones que hiciste. Son tuyas. Déjame lo que no hayas empezado a transcribir, yo le diré a Aioria que terminaste.-dijo, con tono neutro.

-Gracias, Maestro.-intenté controlar el temblor de mi voz. Me afectaba dejar Libra. Tal vez era por que Roshi, sin tener razones, era afectuoso conmigo, y, de alguna manera, comprendía mis ganas de libertad, mis ratos juguetones y mi ánimo belicoso. Me hablaba con suavidad, nunca perdía la paciencia, y su voz me remontaba a las leyendas de la antigüedad, porque él, per se, era una de ellas. Le dí la espalda para que no viera las lágrimas que amenazaban con bajarme por las mejillas. Me estaba comportando como una tonta, era ilógico que llorara por eso.

-Sé que serás una gran guerrera de Athena.-dijo Dohko, poniéndome una mano en el hombro.-Cuando quieras visitarme un rato, podrás hacerlo.

No le respondí nada. Simplemente me volteé y lo abracé con fuerza. Él pareció desconcertado un momento. Luego me devolvió el abrazo con calidez. Me dio un par de palmaditas en la espalda para calmarme porque estaba empezando a sollozar. Me aparté de él y lo miré. El Maestro era un ser enigmático, nunca dispuesto a hablar de sí mismo, su rostro siempre adornado con aquella sonrisa aviesa que desmentía la expresión calma de sus ojos verdes, mansos de tanto mirar caer las aguas de Rozan. Siempre estaba dispuesto a escuchar, presente pero lejano y envuelto en sus propios recuerdos. Me pregunté si me causaría la misma impresión con su cuerpo de anciano. Definitivamente no. Había algo felino en sus movimientos, en la forma en como observaba las cosas. Un tigre mirando la pradera, sentado en lo alto de una roca. Agradecí que no pudiera leer mis pensamientos. Retrocedí y tomé mi equipaje. Dohko me acompañó hasta la entrada de Libra. Solté mis maletas y me incliné en una reverencia respetuosa.

-Le agradezco sus enseñanzas, sus esfuerzos y amabilidad al alojarme en su Casa.-le dije, levantándome de la reverencia. Dohko sonrió y extendió su mano hacia mí. -Un placer hacer negocios con usted, Roshi.-dije, sonriente a mi pesar, estrechando su mano, bastante más grande que la mía. Luego me fui a Leo.

La casa estaba limpia. Las doncellas hacían su trabajo aunque el caballero en cuestión no se encontrase en el lugar. Dohko le había ordenado a Mei que me dejaran limpiar –y cocinar- a mí. Obviamente en Leo también sería así. Creía que además Aioria me endilgaría otro mes de castigo, por lo furioso que estaba. Pero no me pensaba quedar indolente. Habría de pagar aquella cachetada, de una forma u otra.

Desempaqué lentamente en Leo, mi residencia definitiva, en la habitación que Aioria me había asignado la primera vez que vine al Santuario. Por lo menos ahora tenía el nivel requerido para iniciar un entrenamiento en serio. Miré por una de las dos ventanas que tenía mi habitación, fijamente a las estrellas, porque no había luna. Eran las mismas estrellas a las que les había preguntado, una noche como esta, dos años antes, qué sería de mi vida como una guerrera de Athena. Y las que habían visto mis lágrimas de miedo y de frustración por la horrible perspectiva de tener que vivir en un desierto. Abrí la otra ventana, y una brisa fresca se sumó a la que ya entraba por la primera. Una lámpara de aceite reposaba sobre el escritorio. No tenía con qué encenderla. Miré fijamente la mecha, tal vez esperando tontamente que se prendiera sólo con la fuerza de mi pensamiento. Nada ocurrió. Recordé las extrañas chispas que tenía mi cosmo. Hice un esfuerzo y logré que dos de ellas se desprendieran de mis dedos. Temiendo que volvieran a salirse de control, me apresuré a soplarlas la una contra la otra para hacer que chocasen…justo sobre la mecha de la lámpara.

Después de cuatro intentos fallidos, con los pulmones a punto del colapso, las chispas chocaron, un diminuto rayito se desprendió de ellas, tocó la mecha, empapada en aceite, y una llamita surgió. Poco a poco creció hasta iluminar la habitación en penumbra. Me tumbé en la cama, satisfecha de haber encontrado un uso poco común y bastante útil para mí cosmoenergía: prenderle fuego a las cosas. Sabía que Aioria me regañaría por ello, así que lo conservaría en secreto.

Estaba cansada. Tanto uso del cosmo era agotador, incluso en pequeñas dosis. Tenía que concentrarme profundamente para que se manifestara, y eso, en sí, ya era un problema. No importaba qué estuviera haciendo. Si pasaba una mosca, me distraería inevitablemente.

Me dolía la cabeza. Si hubiera sabido cómo hacer eso, me hubiera ahorrado mucho esfuerzo en el desierto. Mucho esfuerzo y mucho miedo. No es fácil recobrarse del susto de ver a una serpiente recorriendo tu cuerpo, sin saber en qué momento vas a ser mordida, a miles de kilómetros de donde podrían salvarte, sola en la mitad de la nada. Ni del pánico que me embargó en el instante en que un león de montaña decidió hacer de mí su cena. Ya estaba divagando otra vez, maldita sea. Tendría que concentrarme en no pensar en esas cosas.

Empecé a recordar cómo había llegado al Santuario. Cómo mi vida había cambiado de la noche a la mañana, cuando yo creía que no podría cambiar más, cuando creí que por fin tenía una familia estable y que podría ser una niña normal, una niña feliz. Vivía una vida genial en Meddina. Mis padrinos, Mohammed y Samira, me trataban como a una más de sus hijos, y me mimaban como tal, incluyéndome en su vida familiar. Nunca pasábamos necesidades, porque Mohammed era muy adinerado y se mataba trabajando por su familia, a la que adoraba. Samira se esforzaba coordinando el trabajo de la casa, trayendo alegría al hogar y criando a sus hijos, entre los que ella me consideraba. Y los pequeños, ¿Qué podría decir de ellos? Eran como mis hermanos, los amaba. Amaba los bracitos regordetes de Amina alrededor de mi cuello, los juegos y bromas de Amin, su gemelo, y la mirada penetrante y negra de Beder, el más grande, quien apelaba a mi cuando necesitaba el consejo de una hermana mayor. El amor que sentían por mí era la más grande prueba del aprecio que habían sentido por mis padres y mi abuelo.

Cuando mi abuelo murió en Egipto, sentado en su sillón favorito de la biblioteca, en la casa que teníamos en El Cairo, creí que la vida terminaba para mí. Recordarlo allí, pacífico, envuelto en su bata de tweed, con la Teogonía sobre las piernas y el reloj de cuerda plateado abierto en su mano, como si hubiera estado esperando a la muerte y esta hubiera sido impuntual, me daba escalofríos y ganas de llorar. Horas después, desesperada y llorando, aferrada a la falda del ama de llaves, quien trataba de consolarme en vano, Mohammed y Samira llegaron directos de Meddina, con Beder, recién nacido, y me acogieron inmediatamente.

Una nueva etapa comenzó para mí, y al principio fue duro salir de la tristeza que marcaba todos mis días. Al final lo logré, para que, años después de empezar a ser verdaderamente feliz, llegaran Aioria y Algol y convencieran a mis padrinos de dejarme venir a Grecia. Las lágrimas de Samira me empaparon el vestido, y yo, mintiéndole, le dije que iba a estar bien. Los dos hombres que habían venido a poner mi vida patas arriba me causaban un odio terrible, y les hice la vida imposible durante el viaje al Santuario, rehusándome a comer excusando que los alimentos me disgustaban, quejándome del calor, del frío, de ellos, del medio de transporte que eligiesen, en resumen, de todo.

Traté de escapar en el área comercial de El Cairo, tan transcurrida que creía que no iban encontrarme nunca. Craso error. Me encontraron y nos vinimos directo a Grecia en barco. Nunca me había sentido tan mal en la vida. Aioria hacía lo posible por aliviar mis mareos, por ignorar mis vómitos ininterrumpidos y mi rostro verde como albahaca. Algol en cambio no hacía más que fastidiarme, amenazarme con tirarme por la borda del navío y comer enfrente de mí.

Al llegar al Santuario, me pasé primero toda la mañana en el taller de un herrero de Athene que forjó la máscara para mí y aún tibia de la forja, Aioria me la hizo poner, dándome una idea de los horrores que me esperaban y empecé a entrar en un estado de histeria. En la tarde me entrevisté con el Patriarca, y hasta blasfemé contra Athena por permitir que las mujeres fueran maltratadas en su Santuario. Dije que me parecía que las instalaciones del Santuario eran anticuadas y poco higiénicas, que no pensaba seguir órdenes y que me rehusaba a que me pusieran las manos encima. En la vida me había peleado a puños con alguien. ¿Qué pensaban de mi acaso? Yo era una dama, educada como tal durante quince años, aunque aquello fuera paja. Estaba más que dispuesta a saltar sobre ellos y partirles la cara, si tan sólo supiera cómo hacerlo bien y de la forma más dolorosa posible.

Obviamente, mi discurso los sacó de quicio totalmente, pero mantuvieron la compostura, como temía que hicieran. Esperaba que después de todo aquello, se pusieran como locos por mi irrespeto y me enviaran derechita a Meddina. Algol de Perseus convenció a Aioria de que pasando una temporada en el desierto modelaría mi carácter, y entre ambos convencieron al Patriarca, aunque mi Maestro y Algol no se llevaran muy bien que digamos, pero se aliaron porque no me soportaban.

Ya en el desierto, me instalaron en una cueva, Aioria, renuente, me enseñó durante varias semanas habilidades básicas de supervivencia, del manejo del Cosmo y de griego. Luego me dejó dos meses bajo la vigilancia constante de Argol, quien era un sádico loco con sus entrenamientos extenuantes y sus requerimientos de que cocinara para él, sus lecciones interminables de griego, su impaciencia, cuando me perseguía varios kilómetros para golpearme porque no obedecía sus órdenes, furioso y aterrador.

Y luego vino lo peor. Me dejaron totalmente sola, a mi merced, viniendo a revisar que estuviera viva cada mes. Si me picaba un escorpión, estaría muerta para cuando ellos llegaran. Casi no dormía. Tenía que cazar, hacer ejercicios, cocinar, e ir aprendiendo griego, aunque tenía la ventaja que mi abuelo me había enseñado un poco cuando estaba pequeña. Mantuve la cordura sin saber cómo, simplemente esperando el día en que Aioria considerara que podría traerme al Santuario y no lo haría quedar mal. Empecé a temer que me mandara de vuelta al desierto. Si lo hacía, al diablo con todos, Athena incluída. Me iría a mi casa.

Me quedé un rato allí, tendida en la cama, durante un tiempo que me pareció eterno, pero a pesar de que estaba cansada no podría dormirme. Estaba muy nerviosa. Al fin, Aioria entró a mi habitación sin anunciarse. Se me retorcieron las tripas de pánico. Sin embargo, seguí mirando el techo con expresión ausente. El colchón del diván se combó en una esquina debido al peso de Aioria, quien se había sentado, observándome, sin saber bien qué decir.

-¿Vas a mandarme de nuevo al desierto?-pregunté, en griego y con un terrible acento mezcla de inglés y árabe por el cual me reproché mentalmente, moderando cuidadosamente mi voz para que sonara despreocupada, sin un ápice de miedo o de tristeza. El esfuerzo de modular mi tono hizo que no tuviera en cuenta mis rasgos faciales. Una lágrima traicionera me resbaló por el rabillo del ojo, confundiéndose luego con las raíces de mi pelo en la sien.

-Siéntate y mírame, Marah. –ordenó Aioria. Me senté en la cama con las piernas cruzadas y la espalda recta. Me aparté la trenza, para dejarla sobre mi espalda, de modo que no me molestara. –No volverás al desierto. Tuve una larga conversación con Dohko. Ahora entiendo que fue un error haberme dejado llevar por la aversión que te tenía y debí haberme comportado como un verdadero maestro. Era parte de tu entrenamiento, Marah, pero debí haberte acompañado, enseñarte de verdad. El aislamiento cumplió con su cometido, no te hizo ningún bien. Y te debo una disculpa por haberte golpeado esta tarde. No intento justificarme, pero cuando me enteré de lo que habías hecho, simplemente no me pude controlar. Y me alegro de que ya no te tapes tanto, siempre me ha preocupado que te impidiera entrenar o incluso respirar adecuadamente.

-Esa me la vas a pagar, Aioria. –siseé con ira de la mala, juntando las cejas. Me pregunté si Aioria se habría lastimado la mano en el caso de que yo aún usara la máscara. Me había golpeado con la suficiente fuerza como para dejarme la mejilla marcada en rojo.-no te disculpes porque no es necesario. Algún día quedaremos a mano.

El Santo de Leo obvió mi comentario pero tuve la sensación de que se le habían erizado hasta los pelos de la nuca. Qué curioso, que un tipo tan poderoso como Aioria pudiera llegar a sentir escalofríos por mis amenazas. ¿Así de insufrible era yo?

-Te juro que no volveré a corregirte de esa manera.-dijo, enfático, sus grandes ojos verdes abiertos como los de un niño, una expresión de absoluta seriedad.

-Es tarde para ir al comedor, y acabas de llegar de un viaje largo, Maestro. ¿Quieres que te prepare algo?-le dije. Sonrió algo atontado por el brusco cambio en mi actitud. Aioria definitivamente no era ningún bobo, empezaba a conocerlo de buen humor, y me costaba pensar en el tipo frío, serio, egocéntrico, callado y cero preocupado por mi bienestar emocional y físico con el que había convivido, a intervalos cada vez más largos, en el desierto durante los últimos dos años. Y la sorpresa era mutua. Jamás me había ofrecido a hacerle de comer. Debía corresponder a sus disculpas, aunque sí le cobraría esa bofetada algún día. Definitivamente, yo era un encanto, cuando me ponía en modo discípulo. Aioria asintió.

Fuimos juntos a la cocina. La doncella de Leo hacía rato estaba dormida y no quisimos despertarla, yo específicamente no quise porque me producía pavor. Era una mujer sumamente estricta, dura y seria. Su nombre era Agnés. Mientras echaba mano de lo que encontraba en la despensa y en la cámara fría para hacer una cena medio decente, el león me hablaba sobre su misión en el Japón y las Filipinas. No le había ido muy bien. Aparte del asunto político, que no me interesaba en lo absoluto, mencionó reliquias japonesas, reacciones del sexto sentido, el Santuario y Athena en un revoltijo que no logré comprender debido a su afán por comer su espartana cena. Luego me pidió que no comentara aquello con nadie. Me sorprendió muchísimo que hubiera decidido confiarme tantas cosas y decididamente no le se las contaría a nadie jamás. Seguimos conversando. Inició la faena. Me preguntó cómo había empezado todo aquel conflicto con Shaina.

-Me crucé con ella en las termas de las mujeres. Me trató de malas maneras. No tuve más opción que responder. Se enfureció y me atacó. Me noqueó y estaba intentando ahogarme. Por lo que sé, June de Camaleón llegó justo a tiempo, me la sacó de encima y se ganó unos cuantos golpes. Desperté casi tres días después, bastante malherida. June se encargó de mí durante esos días. Como podrás comprender, Shaina puso en riesgo mi vida y me hizo quedar en ridículo. No podía dejarlo así. Luego conocí a Aimeé. Ella también fue golpeada por Shaina sin motivo válido. También, por lo que sé, la dejó bastante mal. Me alié con ella, planeé lo de los cuervos, le comenté mi plan, ella estuvo de acuerdo y decidimos llevarlo a cabo.

El rostro de mi Maestro se endurecía a medida que yo iba narrando. Al final de mi cuento trágico apretó los puños sobre la mesa, al parecer indignadísimo de nuevo.

-¿Y no pensaste ni por un segundo en las consecuencias que traería eso para ti, para mí y para Dohko? Lo que tu hagas repercute directamente en la reputación de tu Maestro, y nosotros también somos amonestados por el Patriarca.- preguntó él, en un tono que se me antojó peligroso. Lo miré, airada. Era la primera vez que Aioria y yo peleábamos. Generalmente yo era la que gritaba y exigía y él se limitaba a mirarme con desdén y darme la espalda, o irse.

-No, no pensé en eso ni un momento. Se trataba de defender mi honor y eso fue lo que hice. No podía quedarme con eso. Tenía que vengarme. ¿Iba a dejar que Shaina andara pavoneándose por ahí, comentando que había apaleado a la aprendiza de Leo? No. Tenía que cerrarle el pico.-poco a poco levanté el volumen de la voz, hasta que grité las últimas sílabas. Aioria me miró, fúrico. Y luego se sentó, apoyando la cara entre las manos. Lo vi decepcionado, cansado, triste. No supe por qué su lenguaje corporal me devastó. El Aioria que yo conocía era fiero, intransigente, egocéntrico y de mal carácter. De nuevo me miró a los ojos mientras yo trataba de regular mi respiración. Su mirada verde me dejó sin aliento.

-Tendré que empezar de ceros contigo, Marah. He sido un mal maestro.- dijo con verdadera tristeza en la voz. Yo no podía desmentir aquella afirmación, y sin medir mi crueldad, alcé una ceja y dejé que el silencio hablara por mí. Asintió amargamente, cerrando los ojos un momento y llevándose los dedos a las sienes, que masajeó brevemente. Suspiró, me miró y puso las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos de ambas.

-¿Sabes, Marah? Por mucho tiempo defendí lo que consideré mi honor en este Santuario, el honor de mi familia, destrozado por la supuesta traición de mi hermano, Aioros. Yo también lo creí un traidor, y odié a mi propia sangre por haberme herido tan hondo, por haber mancillado el orgullo que habíamos ganado a pulso. El concepto de honor que me enseñó mi hermano perdió totalmente el valor y tomé como verdadero el que tú tienes. Tuve que forjarme una imagen, la que te he mostrado desde un principio para amedrentarte. Pero déjame decirte algo….El honor no tiene nada que ver con el orgullo. El honor es algo que cada uno construye, independientemente del entorno o de quien te rodee. El poder no da honor. La responsabilidad por tus actos y la voluntad de enmendar lo incorrecto es lo que construye, día a día, el honor de una persona. No mancilla tu honor quien te humilla. Tú misma mancillas tu honra al planear y llevar a cabo actos que desdicen de tu buena conducta.

Al terminar su discurso, Aioria se puso de pie, tomó sus platos y los puso en el fregadero. Y yo me quedé sentada, impávida, parpadeando como si me hubieran golpeado con un mazo en la cabeza.

"El poder no da honor"

De toda aquella retahíla, fue la única frase que se me quedó dentro y abrió un abismo de preguntas. ¿NO daba honor? ¿Entonces qué lo daba? ¿Cómo podría conseguir la posición alta, la estima que anhelaba? Debía reconocer que yo poseía un defecto, o más bien una suma de defectos, muy grandes. Me gustaba el reconocimiento. Me gustaba que me admiraran, que me escucharan y tomaran en cuenta mis palabras, ser importante, influyente. Poderosa. La insulsa trepadora que había en mí se estaba saliendo de su contenedor por primera vez en muchos años. Constantemente me recordaba a mí misma que debía ser humilde, que no era nadie, que no tenía inferencia ni importancia alguna en nada, que no debía buscar ser reconocida. Patrañas. Ese dolor en las tripas me decía a gritos que una de las cosas que más me importaba era ser notada, la ostentosidad, que me reverenciaran. Marah podía ser definida sin ninguna dificultad en una palabra.

E.G.Ó.L.A.T.R.A.

Cómo la amaba, para colmo. ¿Acaso era solo yo, o todos los Leo debíamos luchar contra ello? Una vocecita en mi cerebro, que se parecía aterradoramente a la de Aimeè, me dijo que no. Sólo era yo. Mientras el maremágnum de pensamientos devastaba mi mente, mi rostro no se quedó impávido.

-Pareces decepcionada, Marah.- murmuró Aioria, extrañado. Lo miré directo a los ojos, como tantas otras veces, luchando conmigo misma. Entonces me rendí. Su lógica tenía mayor peso que la mía. Debía aceptarlo. Se me salieron las lágrimas por enésima vez esa noche. Me levanté de mi silla y rodeé la mesa, y él se movió para mirarme de frente, esperando tal vez que intentara golpearlo o alguna otra reacción agresiva. Lo abracé con todas mis fuerzas, apoyando mi cara sobre su pecho murmurando "Lo siento" y "He sido una tonta" una y otra vez. Era la primera vez que abrazaba a mi maestro y que sentía su olor. Era una mezcla curiosa de olor a tierra antes de una tormenta, resina de sangre de drago, cáscara de naranja y cedro. Masculino, algo dulce, seguro y poderoso. Aspiré profundamente ese olor, como con todos (yo y mi fijación con los olores), para grabarlo en mi memoria y asociarlo por siempre a ese momento, en que él y yo ya no éramos un par de desconocidos que se odiaban, sino maestro y alumna, amigos, compañeros de armas. Al menos eso esperaba con todas mis fuerzas, con tanta intensidad como para hacerme sollozar. Anhelaba que Aioria se convirtiera para mí en un lugar seguro, y yo para él en una fuente de orgullo. El dudó un momento antes de tocarme o devolverme el abrazo, al parecer. Me dio un par de palmaditas y luego me abrazó con fuerza y sinceridad, casi como si me estuviera mimando.

-Niña llorona.- canturreó él acariciándome el cabello.- ¿Volvemos a empezar? Borrón y cuenta nueva.

Asentí con la cabeza, sonriendo, mientras me separaba de él. Luego me tallé un ojo con el dorso del puño. Me dio la impresión de tener cuatro años de nuevo. Seguro tenía la cara hinchada por el llanto.

-Así está mejor, Pais. Mañana empezarás de verdad tu entrenamiento.

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Pais: Niño, niña, en griego.