VI
FRAGILE
-¡NO ES JUSTO!
Me indignaba la manera en que Aioria se aprovechaba de su velocidad para hacer de mí una masita informe de carne. Y digo masita porque no quedaba mucho de mí, en efecto. Había perdido bastante peso desde que el entrenamiento real dio inicio. No porque Aioria no me diera comida; no porque no supiera cocinar (de hecho lo hace muy bien); no porque no quisiera comer, ya entrada en una fase de ascetismo sagrado. Masticar implicaba mover más de tres músculos, y eso, para mí, era demasiado esfuerzo después de los ejercicios diarios. Era demasiado. Toda mi grasa corporal se estaba diluyendo. Notaba que mis senos, mis caderas y mis mejillas desaparecían y sólo la piel se interponía entre los músculos y el exterior. Me sentía frágil, dolorida, cansada todo el tiempo.
-No piensas decirle eso a tu oponente, ¿o sí?-gruñó Aioria, o la mancha borrosa que yo creía que era Aioria, mientras golpeaba sin piedad mi abdomen. Hacía rato que yo no le respondía. Lo más probable era que ya tuviera todos los órganos internos hechos pedacitos, mientras él no tenía ni un rasguño. -¡Vamos, trata de detenerme! ¡Atácame!
-¡No puedo! ¡Ni siquiera soy capaz de moverme a la velocidad del sonido!-escupí yo, con ganas de vomitar.
-¡Pues vas a tener que aprender pronto!- gruñó la mancha- ¡Vamos! ¿Qué te pasa?
De repente los golpes cesaron. Exhausta, caí al suelo de piedra, haciéndome daño en el trasero con la gravilla y las piedras sueltas, pero estaba demasiado cansada como para quejarme. Las olas en Cabo Sounión rugían, inclementes, aumentando mi malestar. Poco a poco, la figura de Aioria se materializó frente a mí. Ni sudaba. Era del todo imposible. Me sentía tan inútil, tan mediocre… ¡Y me dolía tanto la barriguita!
-No es que te falte ambición, pais. Lo tienes todo para lograrlo, sólo tienes que encontrar la chispa que inicie el fuego de tu Cosmo, la porción de poder de la Gran Voluntad que reside en ti, y podrás hacer milagros.
Como respuesta a las inspiradoras palabras de Aioria, prácticamente vomité a sus pies. El retrocedió, sin mostrar signos de asco en su rostro, pero claramente de disgusto y preocupación ante mi estado.
-Perdóname, Aioria. No fue mi intención.-me excusé, ahora sonrojada a manchas, pues también estaba pálida.
-Lo sé, mi niña.-era la primera vez que Aioria se dirigía a mí de esa manera. Nuestra relación sin duda había cambiado y eso me alegraba enormemente. Me tomó por la cintura y me levantó del suelo, mientras yo me limpiaba la boca con el dorso de la mano. Me llevó hasta el borde de una gran roca, y allí nos sentamos, con las piernas a merced del rocío de las olas.-Por hoy, seguiremos la lección de modo teórico. La constelación de Leo viene de la leyenda del León de Nemea, una bestia con piel de metal, que nunca nadie había podido aniquilar, y a la cual Hércules asesinó con sus propias manos. Pero supongo que eso ya lo sabías, ¿No?-Asentí con la cabeza, sonriendo. Si, ya lo sabía. Mi abuelo me contaba mitos griegos para que me durmiera. Generalmente, me daban pesadillas, pero me encantaba que me los contara.- Bueno, y que el planeta regente de Leo, es el Sol mismo. Pon atención a esto. Es importante que medites y fortifiques tu Cosmo a la luz del Sol, sobre todo si aspiras a portar los ropajes de nuestra Casa, porque demandan una gran energía. Requieren un balance constante, ninguna fluctuación. Cuando te sientas cansada, siéntate en un lugar donde haya abundante luz solar, y enciende tu Cosmo, que reaccionará por sí mismo ante el estímulo. Eso fue lo que te sucedió el día que llegué al Santuario y te encontré en el frontis de Libra. No puedes permitir que se desborde, como ocurrió en esa ocasión. Más bien debes utilizar esa energía para fines más prácticos, como aligerar los átomos y moléculas de tu cuerpo. Si te llenas de Cosmo, y haces una buena repartición de él, ni la gravedad ni las leyes de la física lograrán afectarte.
Oh. Wow. Así que podía recargar mi cosmo con el Sol, como si mi cuerpo fuera alguna especie de batería. Me pareció increíble, maravilloso. No sé porque me pareció un buen momento para comentárselo. Pero creo que fue porque mencionó "Cosmo" y "Fines Prácticos".
-Aioria…yo puedo prenderle fuego a las cosas con mi Cosmo.
Por toda respuesta, mi maestro se rió.
-No, país. Puedes hacer chispas. Si tienes algo con un combustible, arderá, pero la verdadera, por así decirlo, "habilidad" de tu energía vital es la electricidad, o hasta el momento, es la que has manifestado. Me lo comentó Dohko y pude comprobarlo. Y eso me hace muy feliz, porque mi Cosmo, también tiene esa particularidad. Eso quiere decir que te pondré en el tejado de la casa de Leo un día de tormentas y dejaré que los rayos te alcancen, para que llegues al Séptimo Sentido.
Al decir eso, estaba completamente serio. Me eché a reír, pensando que era una broma, pero él seguía serio, y observándome con cara de pocos amigos. Empecé a sudar frio.
-¿Es que aún puedes ponerte más pálida?- se carcajeó Aioria tras unos muy, muy tensos segundos en los que hasta dejé de sentir las puntas de los dedos de las manos de puro terror, porque toda mi sangre se había ido a mis piernas. -¡Increíble!
Por toda respuesta le golpee el hombro con mi puño, mascullando algo así como "maldito sádico". Aioria seguía riéndose. Se me erizo el vello de todo el cuerpo cuando invocó su cosmo, que lo rodeó como un aura dorada y brillante que era tan poderosa, que incluso a pleno sol, creaba sombras y rivalizaba con su brillo, y me tomó por la muñeca izquierda. Casi vomito de nuevo de impresión cuando noté que empecé a flotar en el aire por el mero poder de su cosmoenergía.
-Aioria, ¡bájame, bájame!-grité.
-¡Las palabras mágicas primero, muchachita maleducada!-mi maestro parecía estar pasándoselo en grande mientras yo veía las afiladas puntas de las rocas marinas bailar ante mis aterrados ojos.
-¡Bájame, por favor, Maestro!-grité, ya sintiendo el pulso palpitar en mis sienes, pues el muy descarado me tenía flotando cabeza abajo.
-Te bajaré si enciendes tu cosmo.
Era el colmo. No podía concentrarme así. Me costaba muchísimo trabajo hacer salir mi cosmoenergía de mi cuerpo, y yo sabía que eso era un grave problema. Aioria también lo sabía, por supuesto. En las últimas semanas, el progreso físico era notable. Ya era más ligera, más fuerte, más flexible, pero no estaba al nivel que se esperaría de una persona de mi edad entrenada en el Santuario de Athena. Había niños pequeños, a los que había visto partir peñascos a golpes. Niñas que al emitir su cosmo, hacían que las rocas levitaran y se me erizara la piel. Aioria parecía inflexible en su entusiasmo, en su esperanza, siempre creía que podría lograrlo. Nunca se rendía conmigo, y por lo tanto, yo le debía esfuerzo y constancia. Iba a intentarlo.
Sin embargo, hacía un par de días que un pensamiento espantoso rondaba mi cabeza. Era tan horrible que no me atrevía a expresarlo en voz alta. No era probable que yo llegara a portar alguna vez una armadura. Nunca podría ser una santa de Athena. Era terrible pensar eso, porque mi vida perdería todo sentido. Ya no habría destino. Con pavor, me di cuenta de que Aioria había soltado mi mano y yo seguía flotando, y poco a poco, el viento me llevaba hacia el mar, donde las olas se estrellaban contra las rocas y los corales, infinitamente afilados, con una fuerza estremecedora.
-Voy a contar hasta cinco, Marah. Si cuando llegue a cinco no lo has encendido, te dejaré caer.
Cerré los ojos con fuerza, hiperventilando. Imaginé que de mis pies salían filamentos que me unían con el cielo, y de mi coronilla, filamentos que me unían con el centro de la tierra.
Uno.
Sentí el Sol sobre mi piel, llenándola de calor. Inspiré, llené de aire mis pulmones. Exhalé. Inspiré. Exhalé. Del Cielo y de la Tierra me llegaba energía, un zumbido, un leve temblor que pasó por mis piernas y se empezó a concentrar en lo más hondo de mí.
Dos.
El vientre. El estómago. El pecho. La garganta. La frente. La coronilla. Era como el fuego, como algo que debía salir de mi cuerpo.
Tres.
Cada vena, cada arteria, cada nervio, cada poro, lleno de esa energía.
Cuatro.
Me asusté. Era incontrolable. Iba a estallar.
Cinco.
Abrí los ojos. Unas oleadas de luz blanca que provenían de mi propia piel me rodeaban, como fuego. Pequeñas ramificaciones de otra luz, azul, salían de mí, como si yo fuera una inmensa lámpara de plasma. Noté que Aioria ya no me tenía flotando. Yo misma flotaba sobre los peñascos. Descubrir eso casi me hace caer, perder la concentración. Volví a cerrar los ojos y le ordené a mi cuerpo que se volteara, porque aún seguía patas arriba. Lentamente lo hice. Lentamente me desplacé flotando hacia la seguridad del suelo. Me caía el sudor en gruesos goterones por la frente debido al esfuerzo. La vista empezó a oscurecérseme.
-No te atrevas a desmayarte, Marah.-gruñó Aioria desde algún lugar muy lejano.-Lo estás logrando. Esfuérzate. Quémate. Déjate quemar. No tengas miedo. Tu mayor enemigo es el miedo.
Ayúdame, Athena, porfavor. Estoy asustada, rogué, espantada, con todas mis fuerzas. Súbitamente, una ola de calor invadió mi estómago, una sensación hermosa, de felicidad, alegría, bienestar, me recorrió hasta las puntas de los pies, hasta el último cabello. Ella…, ¡Ella me había contestado! Los ojos se me llenaron de lágrimas. Ya no tenía miedo. La sensación de cansancio se estabilizó, como cuando uno está corriendo a toda velocidad y luego sólo trota suavemente. Sentí el habitual escalofrío del cosmo inmenso de Aioria al aumentar su potencia. Entonces todo empezó a moverse muy lentamente. Él vino hacia mí, con los puños preparados para golpearme. Podía verlo. ¡Podía verlo! Podia esquivarlo, al menos evadir sus golpes.
-¡Vamos a ver de qué estás hecha, Marah!- gritó Aioria.- ¡Lightning plasma!
Me moví. Tal vez con demasiada lentitud. Mi cuerpo absorbió una parte del rayo de luz, otra, alcance a esquivarla. Sin embargo la fuerza del impactó me lanzó a varios metros de distancia, justo al lugar entre las rocas que había estado evitando desde hacía un rato. Temí por mi vida. Justo antes de hundirme en la espuma del mar, encendí mi Cosmo y recordando las lecciones del maestro Dohko, intenté hacerme dura, más dura que la roca, hacerme pesada y tosca. Al estrellarme contra las afiladas piedras del Cabo Sounión, estas saltaron por los aires, y yo sólo sentí el sordo estupor de haber chocado contra algo, sin dolor, sólo aturdimiento, y la humedad fría del agua. Cuando salí a la superficie del mar, un sector a tres metros a la redonda donde antes habían arrecifes se había convertido en un cráter que rápidamente se llenaba de agua. Empecé a reírme con histeria. Aioria aplaudía, contento.
-¿Si ves que sí podías?- gritó, tendiéndome la mano para ayudarme a salir del agua, pues el oleaje se había enfurecido. De pronto, se distrajo, y miró hacia el borde del acantilado. Seguí su mirada. Allí arriba, muy difusa contra el sol del atardecer, estaba la silueta de un hombre. Volví a mirar a Aioria mientras me ayudaba a salir del mar tomándome del brazo. Su rostro denotaba extrañeza. Esforzándome, pues soy algo corta de vista, logré ver de quién se trataba. Kanon de Géminis, o eso creía yo, estaba sentado sobre una roca, allá en lo alto, bajo el inclemente sol, con los hombros caídos. Al parecer nos había estado observando. Y no le importaba que nos diéramos cuenta.
- ¿Tú crees que todavía se culpe, Maestro? ¿Por las cosas que hizo y que provocó?- pregunté, escurriéndome el agua salada del pelo, haciendo que un gran chorro de agua cayera al suelo.
Aioria volvió a mirarme, sorprendido.
-Dohko me lo contó todo, Maestro. Toda la historia. No hay que ser un genio para saber que los santos de Géminis cargan con un gran peso. Fueron el instrumento que desató el ciclo de Guerras Sagradas de esta era.
-Es cierto, pequeña. Pero debemos irnos. Ya es tarde y debes comer y descansar. Hemos estado entrenando desde muy temprano.-Aioria, con su inigualable habilidad, se me salió por la tangente para evitar darme respuestas. Empecé a caminar para seguirlo y volví la mirada una última vez hacia Kanon de Géminis, que nos observaba atentamente. Tuve náuseas de nuevo.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Ya llevaba tres vasos grandes de agua y la sed no se me quitaba. Me pregunté si uno se podía deshidratar nadando, probablemente sí. Aioria llevaba al menos un mes molestándome para que fuera a una revisión médica por mi pérdida de peso, mis mareos, mi palidez y los ratos en que me quedaba sin poder respirar bien, pero yo me había negado en redondo. Sabía que algo malo me estaba sucediendo, pero no quería darle gusto a Kanon de Géminis, que de algún modo también lo supo desde las primeras ocasiones en que me vió. Además me preocupaba. El cuarto vaso de agua me hacía guiños mientras cortaba pedazos de pan y tiras de carne y queso para comer. También me moría de hambre. Luego de la cena, Aioria me mandó a dormir, pero dí vueltas y vueltas en la cama y no pude. Me levanté, salí de mi habitación y abrí con mucho cuidado el inmenso portón principal del templo de Leo. El aire de la noche griega era sorprendentemente perfumado y fresco. Decidí volver a Cabo Sounión, aunque no sabía bien a qué iria allí. Le había tomado cariño al lugar, simplemente. Eso pensaba. Sabía que Cáncer seguía vacía. El problema sería Géminis, y bueno, Tauro y Aries. Normalmente los aprendices no salen solos del Santuario a las dos de la mañana. Pensé que si me movía con la suficiente rapidez y sin hacer ruido, los colosos durmientes no se molestarían, de todos modos, era un cosmo conocido. Quizá harían preguntas después. Diría que había ido por agua a la fuente de Athena. Qué buena idea. Quizá también me quitara esa horrible sed. Volví a la cocina de Leo por una cubeta vacía. Pasé por Cáncer sin problema alguno.
Al entrar en Géminis supe de inmediato que estaba en serias dificultades. El mundo se desdibujo, se desdoblo. Percibí una inmensa presión sobre todo mi cuerpo, como si estuviera a gran profundidad bajo el agua. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, vi que el Hall de la casa se extendía hasta el infinito. El Laberinto. Me adentré en él y encendí mi cosmoenergía, concentrándome. Debía pedir permiso. Demonios. Tendría que decirle a Kanon a dónde y a qué iba. Justo lo que no quería hacer.
-Solicito permiso para pasar por su templo, Santos Kanon y Saga de Géminis-dije, en voz alta. –Sé que es muy tarde, pero es urgente. Pido disculpas.
-¿Quién es?- dijo una voz, muy parecida a la de Kanon, pero más autoritaria, fuerte. La voz de Kanon tenía un sutil toque distintivo, divertido, más juvenil. Éste debía ser Saga. Casi me eché a temblar. Qué problema. No parecía ni cinco de divertido, para nada agradecido de ser molestado a semejante hora.
-Mi nombre es Marah, Santo Saga, soy la aprendiz del Santo de Leo. Discúlpeme de nuevo por molestarle a esta hora.-dije en voz alta al aire y encendí mi cosmo para darme a conocer. Sentí entonces la cosmoenergía que sabía era de Kanon y suspiré de alivio. Luego pensé que tal vez era peor.
-Páei píso ston ýpno, o adelfós. Tha frontísei gi 'aftó.-Kanon surgió de entre las sombras, vestido sólo con un pantalón de dormir. Parecía enojado. Confirmé que mi situación era peor.
-Como quieras, hermano.-dijo la voz de Saga y su cosmo bajó en intensidad.
Kanon se acercó a mí. Con un movimiento de su mano, el Laberinto se disolvió y la presión sobre mi cuerpo, también. Traté de no mirarlo mientras caminaba hacia mí, dirigí mis ojos al suelo de mármol, casta, sonrojada. Mirarlo sería mi perdición. Era el hombre más hermoso que jamás había visto. El que frisara los treinta y tantos solamente aumentaba su atractivo.
-¿A dónde ibas, niña?- preguntó, hosco. Seguí mirando el piso.
-A la fuente de Athena, Santo Kanon.-musité, con la boca absolutamente seca- Tengo mucha sed.
Le mostré la cubeta vacía que llevaba y me atreví a levantar la mirada un poco. Los músculos de su abdomen parecían tallados en piedra, tenía muchas cicatrices regadas sobre su torso y brazos disimuladas bajo su bronceado. Notó mi turbación, estaba segura de ello, y el desgraciado se acercó tanto que pude sentir su olor. Sal marina, olor a aguas profundas e insondables, almizcle, sándalo, y clavos. Un olor increíblemente sensual, para una criatura como yo que vivía para olisquear cosas. Masculino, envolvente, especiado. El olor de un djinn. De una tentación salida de pesadillas salvajes. Dí un respingo cuando extendió su mano, tomó de nuevo mi rostro con su mano callosa y acarició brevísimamente mi mejilla con su pulgar. Me alejé de su contacto y casi me dolió físicamente, alejarme de la fuente de aquel aroma delicioso e intoxicante.
-Me parece que no debes deambular sola por ahí. ¿Aioria sabe que saliste?-dijo, poniendo los brazos en jarras, obviamente divertido ante mi súbito salto de más o menos un metro para ponerme fuera de su alcance. Me contuve con todas mis fuerzas para que mis ojos no me traicionaran posándose sobre su cuerpo.
-No, Aioria no sabe. O eso creo.- le contesté tras pensar a toda prisa qué era más apropiado. Sin duda, decirle la verdad. Ellos podían comunicarse telepáticamente y en menos de dos segundos Aioria sabría que me había escapado de Leo y estaba en problemas en Géminis. Su sonrisa se pronunció y sus ojos relampaguearon. Mala señal.
-Tienes dos opciones, niñita.- dijo, haciendo el número dos con sus dedos.- Dejar que te acompañe hasta allá, y de vuelta,-y aquí bajó uno de sus dedos, dejando sólo uno levantado- o quedarte vagando en este Laberinto hasta que tu maestro tenga a bien sacarte. ¿Qué decides?
Tras bajar el segundo dedo que representaba un disgusto infinito para Aioria, extendió la mano haciendo un gesto que abarcaba toda Géminis, a nosotros dos, la situación entera y sus implicaciones. Alcé una ceja, y aunque indignada, sonreí. A este juego podíamos jugar dos.
-Elijo la opción uno.-le contesté. Empezamos a caminar juntos. Al parecer, la fuerza de su cosmo opacaba al mío, porque ni en Tauro ni en Aries nos molestaron. Andamos a buen paso y en silencio todo el trecho que separaba la Calzada Zodiacal hasta la fuente de Athena, más allá del Coliseo. Llené mi cubeta de agua, la puse a un lado y luego bebí directamente de la fuente, haciendo con mis manos un cuenco hasta que sentí mi sed saciarse. Me senté en el borde de la fuente. Realmente me sentía muy mal de nuevo. Encendí un poco mi cosmo, cerré los ojos y recé, con todas mis fuerzas.
"Diosa Athena, por favor ayúdame. Mírame con ojos de piedad. Estoy exhausta y molesta y no quiero estarlo. Quiero estar bien para poder entrenar. Cúrame con tu agua, te lo suplico"
Kanon había permanecido prudentemente alejado de mí mientras hacía lo mío. Abrí los ojos, con la vista nublada por el mareo. No me estaba mirando. Me estaba escrutando, como si me viera los órganos internos o los pensamientos, no lo sabía. Era francamente aterrador.
-Estás enferma, niña, y lo sabes. Vienes porque el Agua de la Diosa ayuda. Pero si es grave no te curará, sólo te mejorará momentáneamente. Tiene sus límites.- masculló, esta vez con un tono de voz bastante matter of fact, muy calmado, desprovisto de aquel raro tono persuasivo que había tenido en aquella ocasión anterior que me lo había dicho.
-Me mareo con mucha facilidad. Es todo.-le contesté con aquella misma entonación calmada y madura. Sonrió de lado. Pronostiqué una tormenta de sarcasmo viniendo en mi dirección.
-Y bajas de peso con mucha facilidad, supongo. Y se te va la sangre del cuerpo con mucha, mucha facilidad también, ¿no? ¿Es que acaso no te has visto en un espejo? Insisto, morirás pronto. -Encendió su cosmo. Un fogonazo dorado que ahuyentó las sombras a decenas de metros a la redonda, una tea brillante cuya esencia me atrajo y me atemorizó profundamente al mismo tiempo. Increíble poder, daba la sensación de asomarse, hipnotizado, a un abismo sin fondo.- Este es el poder de un Santo de Athena. ¿Qué tienes tú para ofrecerle a la Diosa que sea digno? Deberías volver, de donde sea que viniste.
Alcé la nariz y cerré los ojos. Me puse en pie y extendí mis manos con las palmas hacia el cielo. Encendí mi cosmo con todas mis ganas, mi dolor, mi malestar, mi esperanza, mi devoción. Lo apagué, mis manos cayeron huérfanas a mis costados, y ladeando la cabeza, lo miré sonriendo.
-No quiero irme. Apenas estoy empezando y quiero ver hasta dónde puedo llegar. Además no huyo de ningún reto.-le contesté. Hubo una chispa curiosa en sus ojos, un ligero tic en su expresión que me indicó que había querido sonreír pero se contuvo a último segundo. Se sentó a mi lado, aunque prudentemente alejado, en el borde de la Fuente de Athena. Miró al cielo.
-Tienes un aura muy bella, niña. Muy viva, como la de Aioria y Aioros. Tu cosmo es un cosmo feliz. Como el sol.- dijo, al aire, como si estuviera recordando algo. Tal vez su infancia, con Aioros y Aioria, imaginé. Pensé en qué debía sentir él cuando niño, viendo la relación entre los hermanos de Sagitario y Leo, teniendo en cuenta que la suya con su propio gemelo, según sabía yo, había sido más bien tormentosa durante su infancia y juventud. Cuando procesé qué era lo que había dicho, se me enrojecieron hasta las orejas. Jamás pensé que Kanon de Géminis, el hombre que engañó a un dios, pudiera decirme algo así, a mí, una simple aprendiz. Entonces recordé nuestras últimas y breves conversaciones y me enojé. Me miró.- ¿De dónde vienes, cuántos años tienes? Quiero saber más de ti.
Suspiré, cansina. Supongo que eso era lo que quería. Información. Bien, se la daría.
-Tengo diecisiete años. Nací en Londres. Mis padres murieron en una excavación arqueológica en un templo aquí, en Grecia, cuando yo tenía cuatro años. Yo estaba con ellos cuando sucedió, aunque no lo recuerdo muy bien. Me fui a vivir a Egipto con mi abuelo materno, que murió de muerte natural cuando yo tenía nueve años. Unos muy buenos amigos de mi madre y mi abuelo, prácticamente mis padrinos, me llevaron a vivir con ellos a Meddina, Arabia Saudita. Allí me encontraron Algol de Perseus y Aioria. Al parecer mi abuelo en su testamento había dejado constancia de que su última voluntad para mí era que si los Santos de Athena aparecían para llevarme, debía ir con ellos, y así lo hice. Vine al Santuario y decidieron que lo mejor para mí era enviarme al desierto. Estuve allí dos años preparándome para venir.
Su cara se mantuvo impasible durante todo mi tragicómico relato. Algo en mí me dijo que había estado esperando con ansia confirmar algo y que lo había confirmado. No me dio buena espina. Recordé su insistencia en que "volviera a casa" y que "estaba enferma". Me enojé un poco, no comprendía qué quería o qué le sucedía. O qué buscaba con ello. Y necesitaba saberlo.
-¿Por qué me ha dicho que debo volver a casa con tanta insistencia?-le inquirí, tal vez con más brusquedad en la voz de la que era necesaria. De inmediato volví a ver ese destello de culpa inmensa en su mirada durante un instante. No entendía qué pasaba.
-Empezaste tu entrenamiento muy tarde, niña, es eso. La mayoría de nosotros a los quince años ya éramos Santos de Athena. Te estás sobreesforzando y si sigues así probablemente morirás.-me contestó, estirando su brazo hacia mí, para poner sus dedos índice y pulgar alrededor de mi muñeca izquierda. La rodeaban sin problemas, dándome una idea de lo delgada que estaba. Me tomé la mano izquierda con la derecha y delicada pero con firmeza, quité mi mano de su alcance y crucé los brazos, enfurruñada, como una niña pequeña.
-¿Y…qué le importa a usted si muero? Me explico, no soy su alumna, ni nada que se le parezca. Supongo que muchos aprendices se enferman y les va mal aquí durante sus primeros meses. ¿Por qué está empeñado en hacer que precisamente yo me vaya? No lo veo convenciendo a otros aprendices de que necesitan ayuda médica o un tiquete de regreso a casa. –le espeté. Kanon sonrió. Luego su expresión volvió a ser la misma de siempre, arrogante, decidida. Se puso en pie y caminó unos pasos, dándome la espalda.
-Eres una mocosa grosera e insufrible. Tuvieron razones de sobra para enviarte al desierto, yo también lo habría hecho. No tienes idea de el inmenso honor que es ser entrenado por un Santo de Oro de Athena, eso me queda claro. Y con respecto a tu última pregunta, niñita, esto me gano por tratar de ser compasivo y condescendiente.- hizo una pausa en que me pareció que iba a reírse- Le contaré a Aioria que saliste sin pedir permiso y fuiste irrespetuosa conmigo al intentar pasar por mi Casa.
Aioria me matará. Pensé, entrando en pánico. Como un resorte me puse en pie, pensando a toda velocidad qué haría. Detestaba pedir disculpas pero iba a tener qué hacerlo. Caminé rápidamente para ponerme frente a él y odiándome con todas mis fuerzas, le hice una brevísima reverencia con la cabeza.
-Discúlpeme, Santo Kanon. No medí mis palabras. ¿Qué puedo hacer para resarcirme?-dije, a la desesperada. No quería dañar mi recién recuperada relación con mi maestro por nada del mundo. Así tuviera que ir a un médico a que me hicieran exámenes de todas las enfermedades conocidas o trapear Géminis por el resto de mi vida. Kanon sonrió.
-Volveremos a las Doce Casas y tú regresarás derechita a tu templo. Mañana iré con Aioria a pedirle que te deje un tiempo bajo mi tutela. Hay asuntos con la potencia de tu cosmoenergía con los que puedo ayudarte.
Puse cara de desconcierto durante unos segundos y luego tiré de los músculos de mi rostro para forzar una sonrisa casi sarcástica, pensando "¿eso es todo? ¿Nada más? ¿Dónde te firmo el pagaré por mi alma inmortal también?" Tomé la cubeta llena de agua del suelo y lo seguí, caminando en silencio. Cuando volví a Leo ya casi amanecía. Temblé un poco, de cansancio, al poner la cubeta de agua de la Fuente de Athena en la cámara fría. Luego me dirigí a mi cuarto y sentada en la cama esperé a que el Sol saliera para ponerme ropa limpia y fingir que había disfrutado de una reparadora noche de sueño.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-¡Marah! ¡Compórtate! ¡COMPÓRTATE!
-¡No, alejen esa aguja de mí!
Una enfermera gorda esperaba impaciente con una aguja enorme en una mano y tubos de ensayo en la otra. Aioria tenía sus manos puestas firmemente en mis hombros, y yo estaba acostada en una camilla. Un médico viejito y sonriente se reía de mí, mientras yo, en pánico, trataba de levantarme y huír del hospital.
-Despoinís,an den pároume deígmata tou aímatos sas, den tha gnorízoume ti symvaínei se sas.- me recordó el doctor con suavidad, aún sonriendo. Los hospitales no eran un lugar habitual para mí. Aioria y yo habíamos viajado hasta Atenas una semana después de mi encontronazo con Kanon. El médico había examinado mi peso, mi estatura, enfermedades previas, -un fallo renal, una cirugía-, enfermedades de los padres –no recuerdo-, fecha de la última menstruación –sonrojo intenso en mi cara, pues Aioria estaba en el consultorio; sorpresa gigante cuando Aioria contestó sin asomo de duda que hacía dos semanas- , algún problema con mi regla, contesté que no, que siempre era normal, (dolorosa, horrible, espantosa, pero siempre había sido así); le conté al médico que sentía mucha hambre y mucha sed y falta de aire y mareos. Le preguntó a Aioria si él era mi pareja y Aioria categóricamente y medio horrorizado, lo que me produjo gracia, contestó que no. El doctor de inmediato ordenó exámenes de sangre.
-Está bien, está bien. –dije, hiperventilando y quedándome quieta. La enfermera rauda y veloz aprovechó el momento.
-¡AUCH!
Mi problema resultó ser una anemia severa, tan severa, que el doctor le planteó a Aioria la posibilidad de dejarme hospitalizada, recibiendo líquidos intravenosos, además de una transfusión de sangre. Otra de las consecuencias de mi estadía paradisíaca en el desierto Rub al Jali, además de un fallo renal, que tuve un mes después de estar allí y que fue rápidamente solucionado; además, en el Santuario el entrenamiento era demasiado y la comida, aunque buena, supongo que no compensaba el gasto. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi a Aioria entrar al baño y encender su cosmoenergia. Sentí otra, poderosísima, encenderse y apagarse, intermitente. Cuando la de Aioria se apagaba, la cosmoenergía desconocida volvía. Sólo podía ser el cosmo de Shion. ¡Aioria estaba hablando con el sobre mi estado! ¡Qué vergüenza! La conversación fue breve y por la cara que puso Aioria al volver, supe que el Patriarca le había ordenado internarme, la enfermera y el doctor ocupados en lo suyo y ni siquiera se habían dado cuenta de que un evento sobrenatural había sucedido a escasos dos metros de ellos.
-Aioria, vas a dejarme aquí, ¿verdad?- murmuré, haciendo pucheros.
-No te preocupes, pequeña. Serán unos pocos días y luego estarás como nueva. La verdad es que sí te veo paliducha y raquítica.-se rió él, alborotándome el pelo. Yo hice aún más pucheros. Paliducha y raquítica. Horror. Luego recordé que debía preguntarle algo sumamente importante.
-Maestro…Uhmm… ¿cómo se da cuenta usted de mis…periodos?
Aioria me miró con cara de sabiondo, como si le estuviera preguntando lo más obvio del mundo.
-¡Aléjate de mí! ¡Vete!- me imitó, con una voz chillona y ademán de mocosa mimada y pretenciosa, poniendo dramáticamente el dorso de su mano sobre su frente y quebrándose como si fuera una galleta-¡No haré nada hoy! ¡Nada! ¡Ni muerta pondré un pie fuera de esta habitación!
Parpadeé un par de veces antes de registrar como real lo que había sucedido. Luego se me saltaron lágrimas de risa mientras me mordía el puño.
-¡Jaaaaaaaaajajaja! ¡Qué gracioso! ¡Hazlo otra vez, por favor! ¡Jajajaja!
-Qué bueno que puedes reírte de ti misma, pais. Te dejo en las manos del buen doctor, mañana volveré con tu ropa.
Mi cara cambió con la rapidez que explota una bombilla. Venía de nuevo la enfermera gorda para llevarme a una habitación. Allí ya tenía preparada una botella de suero, varias jeringas y una bata de esas absolutamente incómodas de hospital, que dejan el trasero al aire. Volví el rostro hacia Aioria, con una cara de absoluta desesperación traducida en un puchero lloroso de niña pequeña. El alzó las manos en actitud de "No me culpes, no fui yo, cosas de el Patriarca" y deseé con todas mis fuerzas que a Aioria le dieran algún día cólicos de regla.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Iba a quedarme allí una semana. Ya llevaba tres días y estaba muy cómoda, sin hacer nada, acostada en la cama, viendo televisión. Me sorprendí de lo mucho que me había perdido en dos años de estar desconectada del mundo. Era como si hubiera estado en otro planeta. Comía cuanto quería y en general, era bueno poder dormir a pierna suelta. Lo malo sin duda eran las inyecciones y las pastillas y las intravenosas. Pensé que tal vez sería buena idea dar una vuelta por ahí, llevando el travesaño que tenía colgada la botella de la intravenosa conmigo, para ahorrarme un nuevo chuzón. Afortunadamente Aioria me había traído mi ropa y no tendría que andar por el hospital mostrando la nalga. Desde mi ventana en el piso doce del Hospital Sintagmatos podía ver el Partenón, iluminado magistralmente por las luces de neón, y la luna menguante de fondo. Para mis adentros siempre me reía. Ese pequeño edificio no le llegaba a los talones a ninguna Casa de la Calzada Zodiacal, mucho menos al templo de Athena en el Santuario. Y la gente venía a verlo como si fuera la gran cosa.
Luego ví el teléfono. Sin duda Athena pagaría la cuenta, ¿no? Quizá le molestara una llamada internacional a Arabia Saudita en la factura. Pero tenía que hablar con ellos. Tenía. Respiré hondo, preguntándome si contestarían el teléfono. Probablemente allí era ya de madrugada, o muy temprano en la mañana.
-¿Marhaba?
-¿Baba?-dije, con la voz quebrada. Hacía mucho que no escuchaba la voz de mi padrino.
-¡Hafsa! ¡Samira! ¡Samira! ¡Es Hafsa!-gritó mi baba,también con la voz quebrada. Escuché otro grito, un alarido entre dolor y alegría, de esos que sólo las madres son capaces de emitir.
-¡Asif, Baba, A´atather! ¡Asif, Mama!-lloré por el teléfono. Escuchaba los sollozos de Samira por el auricular.-Disculpen por favor por haberlos llamado a ésta hora. Quiero que sepan que estoy bien, los estoy llamando desde Atenas.
-¿Pero, qué ha pasado, Hafsa? ¿Por qué no nos llamaste nunca? Nadie nos daba razón de ti. Pensamos que habías muerto. Allahu Akbar, estás viva, mi niña.
-Baba, el entrenamiento es muy fuerte. Los estoy llamando desde un hospital. Estuve en un desierto durante dos años, entrenando. En Rub al Jali. Fue horrible. Ahora estoy en Grecia, en el Santuario.-prácticamente sollocé contándole. Los extrañaba horrores.-Estoy viva y estoy bien. Probablemente en un tiempo no podré volver a llamarlos, pero les diré a quién y a dónde pueden escribir. Les responderé con seguridad. ¿Cómo están los niños?
-Ellos están bien, habebti-dijo Samira tras haberle arrebatado (seguramente) el auricular a su marido.-Beder está enorme. Amina y Amin te extrañan muchísimo. Yo también te extraño. ¿Estás comiendo adecuadamente? ¿Te tratan bien? ¿Qué va a pasar contigo?
-Si, Mama, me tratan bien. Como bien también. Aunque el entrenamiento es pesado. No sé qué pasará conmigo, estoy avanzando, dentro de unos meses serán las pruebas para obtener la armadura. Si la obtengo me quedaré a vivir aquí. Si no, volveré con ustedes por un tiempo. Debo colgar, Ummi. Pásame a Baba.
Después de preguntarme indignada porqué la Fundación Graude no les había dado a mis padrinos ninguna información sobre mí en casi tres años, darle a Mohammed la dirección de la fundación y el nombre mortal de Athena, Saori Kido, y despedirme de ellos, colgué. Lloré hasta que me quedé dormida. Ya no quise salir a ningún lado. En la madrugada, abrí los ojos con la tétrica sensación de que alguien me estaba observando. La ventana estaba abierta de par en par. Me levanté de la cama, tomando el travesaño de donde colgaba la botella de suero. Algo, un trazo de cosmo, sentía una presencia en la habitación, un olor que no era capaz de definir. Casi como si fuera un fantasma. Examiné los rincones oscuros de la habitación y el baño para asegurarme de que no hubiera nadie. Me asomé a la ventana, dejando que el aire nocturno fresco me desinflamara un poco los ojos hinchados de llorar. Pensé en mis padrinos, tan lejos de mí, pero al menos estaban seguros.
Pensé en mi abuelo, en lo muchísimo que lo extrañaba, en mis padres, el inmenso anhelo que me consumía de haber tenido la posibilidad de convivir y compartir con ellos, que no tuve. En la foto con mi abuelo tenía un lirio en el pelo. Esa tarde, con mis padres, en aquel templo, mientras ellos hacían su trabajo, yo me había dedicado a correr y jugar en un inmenso campo lleno de hierba alta y lirios, rodeado de cipreses. Mi madre había corrido, me había tomado en brazos y entrado al templo, y luego éste se había derrumbado sobre nosotros tres y otras personas que estaban allí, mis recuerdos sobre el asunto eran muy vagos y dolorosos. Mi pobre y maltratado corazón falto de glóbulos rojos se saltó varios latidos cuando noté que el retrato de mi abuelo y mío que siempre llevaba conmigo a donde fuera, estaba puesto distinto a como lo había dejado en la noche. Ya no estaba en la cama, al lado de la almohada, sino en la mesita. Salí espantada al corredor iluminado por la fría luz de neón, desierto. No había nadie, debía dejar de ser tan tonta. Era sólo mi imaginación. Me volví a dormir.
-Kaliméra, señorita Goldsmith.-Era la voz del doctor Panegyotis. Estaban, él y la enfermera Toula, al lado de mi cama. Casi amanecía. –Sus exámenes de anoche no resultaron como esperábamos. Vamos a tener que practicarle una transfusión.
Los miré a ambos aburridísima y asentí. Volteé mi rostro hacia la pared para evitar ver la inmensa aguja que Toula iba a meterme en el brazo, aparte de la que ya tenía para el suero. En una bandejita traía dos bolsas de sangre. Inspiré hondo y exhalé, como me habían enseñado en el Santuario, para controlar el dolor. La sangre estaba bastante fría y se me regó por todo el cuerpo como una antítesis a la sensación que me producía el encender mi cosmo. Me dieron escalofríos. El doctor Panegyotis se fue de la habitación tras asegurarme que ese tratamiento iba a mejorarme. La enfermera me puso una manta encima, y volví a dormir.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Abrí los ojos. Un intenso olor a lirios me había despertado. ¿Lirios?
En la mesa de noche, cuatro lirios en un jarrón despedían su aroma blanco y ceroso. No había tarjeta, ni nada que indicara quién los había traído. Estaba demasiado atontada, como si me hubieran drogado. La luz del medio día entraba por la ventana. Entró la enfermera gordita, que resultó ser maternal y amable, llevando la bandeja del almuerzo.
-Señora Toula, ¿usted vio a quien me trajo estas flores?
-Sí, Marah. Era un hombre alto, muy alto, muy guapo, pero no el hombre con el que vino a la consulta el primer día. Tenía el cabello muy largo y azul, y ojos verdes. Tenía una chaqueta de cuero negro. Aproximadamente de unos treinta años. Estuvo aquí casi toda la mañana. Se fué hace unos veinte minutos. Me acuerdo bien de él porque, te lo digo niña, pocas veces las enfermeras tenemos la oportunidad de ver semejante bizcocho de almendras de tipo visitando a una paciente. Parecía un modelo, o actor de televisión, pero no recuerdo haberlo visto en otro lado. No te quitaba los ojos de encima y no quiso despertarte. ¿Es tu novio?
Quise esconderme bajo las sábanas, explotar de lo sonrojada que estaba, ¿Sería posible que fuera…? No, era imposible, no podía ser. Pero yo no conocía a ningún otro peliazul ojiverde de más o menos treinta años terriblemente apuesto. Kanon de Géminis había venido a visitarme y me había dejado flores, ¿cómo se habría enterado que los lirios son mis favoritos? ¿Por qué había venido? ¿Qué quería de mí? Yo no podía…gustarle… ¿cómo iba a gustarle? Soy una niña, no soy poderosa ni hermosa ni inteligente, sólo soy yo…No, no era porque le gustaba. Se sentía culpable por algo, pero, ¿por qué? Sólo se había comportado como un idiota, pero no era algo que mereciera traerme flores. Eso era. Había sido él, se había colado en mi cuarto la noche anterior y había visto la foto, el retrato de mi abuelo y mío. Un sentimiento de frío pánico se apoderó de mí. Tremendo stalker. Era aún peor que Algol. Peligroso. Debía alejarme de él. Alejarlo de mí. Aún así… ¿Y si había roncado? ¿O babeado? Enterré la cara entre las manos, negando frenéticamente, pidiéndoles a los dioses que Kanon de Géminis no me hubiera visto roncando y llenando la almohada de babas, extendida en la cama como verdolaga en playa.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Pasaron cuatro días y otras dos transfusiones más, así de enferma estaba, de frágil. Curiosamente, mi estado de ánimo había mejorado enormemente con el descanso, la comida, e incluso, el tratamiento. Ya no me mareaba ni sudaba frío. No tuve más flores ni más visitas inesperadas. Repuesta, descansada, con el rostro con mucho mejor color, las mejillas, y en general el cuerpo con más carnita, y los brazos llenos de hematomas, me despedí de Toula y del doctor Panegyotis y volví con Aioria al Santuario. Al pasar por el arcoíris que separaba el mundo de afuera y el de adentro, noté algo que nunca antes había sentido. El tiempo en el Santuario era más lento. El aire más espeso, más aromático. El sol era más intenso. Los colores eran más brillantes. Mi maestro me observó, mientras yo, pasmada, miraba todo con los ojos desorbitados.
-Es el Cosmo de la Diosa.-me dijo.- La tierra que pisas es verdaderamente tierra sagrada.
Seguimos caminando. Nos encontramos con Aimeé y Aldebarán, que hacían entrenamiento de fuerza. Ví cómo la delgada Aimeé, convocando su cosmoenergía –azul, con algo frío, muy calma-, levantaba del suelo peñascos que bien podrían pesar una tonelada, los cargaba unos diez metros y volvía a ponerlos en el piso. Sonreí, absolutamente contenta por ella. Ella me vió y salió corriendo a mi encuentro.
-¿Cómo estás, Kitty? ¿Mejor?- preguntó, respirando hondo.
-Como nueva, Bully. Lo que necesitaba era comer y dormir, ya que el maestro aquí presente no deja.- dije, recibiendo un sopapo de Aioria inmediatamente en la parte posterior de la cabeza. Aimeé paseó la vista durante unos segundos por mis brazos, vió los moretones y ladeó la cabeza, la expresión en su rostro de preocupación y pesar.
-¡Hola, Aioria! ¡Bienvenida, Garotinha! –gritó Aldebarán, sin dejar su posición, a unos diez metros de distancia.-Espero que no vuelvas a enfermarte. Vuelve aquí, Aimeé, hay piedras que cargar.
-Gracias, Maestro Aldebarán.-grité yo también, dedicándole una pequeña reverencia al Gran Toro. Aimeé puso cara de cansancio por dos segundos y la cambió cuando recordó que Aioria nos estaba viendo, y volvió a su entrenamiento.
Aioria y yo seguimos caminando. Pasamos por la primera casa y la segunda. Por la Diosa. Esas escaleras eran suficientes para volver anémico a cualquiera. Cuando llegamos a la tercera casa, Kanon de Géminis salió a recibirnos. Creí que me daba un derrame cerebral debido a la violencia del sonrojo que me atacó. Hasta mi pecho y mis hombros se sonrojaron.
-Ya la señorita se dignó volver.-dijo con sorna.- ¿Qué dices, Aioria, me dejarás vapulearla un poco ahora que está fresca y repuesta? No me negarás que necesita toda la ayuda que podamos brindarle, con ese cosmo que tiene, tan débil.
Aioria me observó calculadoramente, luego a Kanon, luego a mí de nuevo. Casi vi los engranajes en su cerebro haciendo click. Alzó una ceja, inquisitivo. Le hice cara de yonofuí con todas mis fuerzas.
-Lo consultaré con Su Santidad.-contestó mi maestro, reticente. Una parte de mí se sintió aliviada. La otra, tenía mucha curiosidad por saber qué quería Kanon de mí. El geminiano sonrió.
-Ya lo consulté con él y me otorgó su permiso, si accedías, Aioria.-le dijo, con una vocecita socarrona. Eso ponía a mi maestro en una situación tremendamente incómoda. Si se negaba a dejar que Kanon me entrenara, se haría patente que desconfiaba de él y/o no lo consideraba digno. El aire entre nosotros se llenó de tensión. Al final hizo un gesto con la cara, un tic, que me anunció que ya había tomado una decisión.
-Está bien, Kanon. Pero al menos déjala llegar, lavar su ropa e instalarse de nuevo. Mañana te la enviaré.-se rindió mi maestro, con cara de "lo que tenga que pasar, que pase". Yo seguía hecha un tomate. No me atrevía ni a hablar. Kanon sonreía como si fuera un niño a punto de obtener un juguete nuevo. Lo cual no me daba buena espina.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Después de ir a Kamalákion a lavar la ropa –la mía y la de Aioria, por supuesto, Aioria le había pedido a Agnés que me dejara a hacer todas las labores "domésticas" del Templo de Leo- en mi recodo del riachuelo favorito, sin mujeres chismosas y sin agua helada, en la madrugada, volví con un cesto gigante de ropa húmeda y pesada precariamente apoyado en la cadera. Suspiré en el inicio de la Calzada Zodiacal. Kiki, que barría la entrada del Templo de Aries, se rió. Claro, él debía tenerla muy fácil. No tenía que subir absolutamente nada. Estaba demasiado ocupada como para reñirlo, además de nerviosa. No sabía qué iba a pasarme en la Casa de Géminis.
En la casa de Cáncer, su nueva defensora, Chloe, ni se inmutó cuando yo pasé por allí. La sentí, pero no salió, ni preguntó quién era ni qué quería. Al fin llegué a Leo, colgué la ropa húmeda en el pequeño patio del área privada del templo, empaqué unas cuantas cosas y me senté en la mesa de la cocina, mientras un Aioria despeinado y recién levantado servía dos tazas de té.
-Ten mucho cuidado, Marah.-suspiró con aire paternal poniendo mi taza delante de mí. La tomé agradecida y la bebí muy rápido, quemándome la lengua.- Kanon y Saga siempre han sido difíciles de tratar. Mantente lo más alejada que puedas de Saga. No le busques problemas, porque te lo hará pagar caro. Lo mismo con Kanon. Bien puede estar un poco…perturbado. Así que trata de no provocarlo. No seas grosera y obedece. Puedes aprender mucho de él. Y por el amor de Athena, muérdete esa lengua antes de hablar.
-¿No te molesta, maestro? Yo no le pedí en ningún momento ir con él. La idea fue enteramente suya.-pregunté, sacándome a mí misma en limpio. Quería que quedara claro que no sabía cuál era el interés del Santo de Géminis en tenerme allí. Aioria lo comprendió al vuelo. Dudé un momento, abrí la boca, para contarle a Aioria el episodio de los lirios y que creía que se había introducido en mi habitación en la madrugada. Decidí no contárselo porque si se lo decía, definitivamente no me dejaría ir. Y yo me moría de curiosidad por saber en definitiva qué era lo que Kanon de Géminis quería de mí.
-Lo sé.-contestó alzando una ceja y soplando sabiamente su té antes de sorberlo.-y eso es lo que me preocupa. Ahora vé.
-Bueno, maestro. Sáqueme de allí en cuanto pueda, por favor.-pedí, levantándome. Rodeé la mesa y le di un corto abrazo que lo tomó por sorpresa.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
En cuanto llegué a Géminis, el Laberinto se cerró sobre mí. Esa odiosa presión. Mis tripas se revolvieron de pánico.
-Espero que te hayan gustado las flores–la voz de Kanon de Géminis llegó de todas, y a la vez, de ninguna parte.
-Sí, muchas gracias, son mis favoritas.-dije. Quise ser directa y salir de dudas, preguntarle para qué me quería allí. -Santo Kanon, ¿por qué me trajo aquí? ¿Qué quiere de mí?
-Primero, porque de mí puedes aprender a manejar el tiempo y el espacio a tu antojo, a explotar al máximo tu cosmoenergía, y a soportar ataques que desintegran estrellas. Y porque quiero que me enseñes a sonreír de nuevo, como tú lo haces. Es un intercambio justo, ¿no te parece?
Una enorme sonrisa se instaló en mi cara. Kanon de Géminis era mejor persona de lo que yo jamás había imaginado. El correspondió a mi sonrisa con una suya que sentí increíblemente sincera y hermosa.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Páei píso ston ýpno, o adelfós. Tha frontísei gi 'aftó: (griego)"vuelve a dormir, hermano. Yo me encargo de ésto."
-Despoinís,an den pároume deígmata tou aímatos sas, den tha gnorízoume ti symvaínei se sas: (Griego)"Señorita, si no podemos obtener muestras de su sangre, no sabremos qué es lo que le sucede".
-Marhaba: (Árabe) Hola, Aló.
-¡Asif, Baba, A´atather! ¡Asif, Mama!: (Árabe) Perdóname, Papá, porfavor, Perdóname, Mamá.
-Allahu Akbar:(Árabe) Dios es Grande.
-Habebti: (Árabe)querida.
Kaliméra: (Griego) Buenos días.
El Hospital Syntagmatos queda muy cerca al Partenón en Athenas, Grecia.
