A Calíope 07, por su lealtad durante todos estos años, un abrazo.

Para ustedes, queridos lectores, un capítulo inédito,

VII

SYNESTHESIA

Me arrepentí de haber pensado que Kanon de Géminis era buena persona en cuanto empezó el entrenamiento con él. Me instalé en una pequeña habitación contigua a la suya, eliminando cualquier rastro de la privacidad que tuve en Libra y Leo, en los que mi cuarto quedaba bastante lejos del de mi maestro de turno. Era sádico. Parecía tener ganas de quebrarme, de que le suplicara, le pidiera clemencia. A Aioria se la pedía, de vez en cuando, entre gatos nos entendemos, pero no bajaría la cabeza ante nadie más. Sin embargo en las noches lloraba mucho, tratando de no hacer ruido, de dolor físico, dolor mental y sobretodo, de cansancio. Kanon tenía razón en eso de que había empezado muy tarde. Rutinas de ejercicios infinitas. Peleas infinitas con él, en las que hacía gala de una velocidad impresionante: terminaba llena de morados.

Ese día había empezado con el pie izquierdo. A pesar de que había hecho de todo para probarme a mí misma, y a Kanon, que era merecedora de ser entrenada por los santos de oro. Y al parecer, para él no era suficiente. Todo era un desastre.

-Eres débil.-dijo Kanon de Géminis con algo parecido a la rabia mientras yo prácticamente sollozaba, sobre el suelo, tomándome las costillas del costado derecho con la mano y la frente posada sobre el mármol frío. Alcé la vista rechinando los dientes. El santo de Géminis avanzó hacia mí, quitándose el cabello de la cara, me tomó la muñeca izquierda, encendió su cosmo y me ví volar unos cuantos metros en el aire hasta estrellarme contra una de las columnas. Perdí la consciencia unos segundos al caer de nuevo al suelo, el dolor estaba más allá de lo que había soportado en toda mi vida. Hacía unas cuatro o cinco horas, Kanon me estaba propinando una paliza atroz y yo hacía tiempo que había dejado de responderle. Al abrir los ojos ví como él avanzaba de nuevo hacia mí, los tramos de luz y sombra iluminándolo y oscureciéndolo conforme se movía.

Me fijé en que tenía los vendajes de los nudillos ensangrentados y gotas de sangre sobre su camisa azul e incluso sobre su rostro. Era mi sangre. Era mi sangre lo que se veía embarrado en el piso, en las columnas. O bueno, la sangre que me habían puesto en el hospital Syntagmatos, de otras personas, para mejorar mi anemia, que ahora se escapaba de mis cortes, raspones, mi nariz y mi boca. A pesar del dolor, sobretodo en la parte posterior de mi cráneo, de donde sentía que emanaba un líquido caliente, me senté en el piso, con la cabeza recostada contra la columna con la que me había golpeado.

Él se puso en cuclillas ante mí. Respiré sintiéndome morir de pánico. Cada vez que él me golpeaba y yo intentaba responderle, era una situación patética. Yo parecía un animalito suave y completamente indefenso, pataleando por su vida, frenético, en las garras indolentes de su monstruoso cazador, a punto de ser devorado. Se me olvidaba todo lo que Aioria y Dohko me habían enseñado, todas las técnicas, golpes, puños, patadas, llaves, y si no gritaba de pánico era porque valoraba demasiado mi orgullo. Me limitaba a golpearlo como pudiera, como cualquier mujercita indefensa, hasta que me daba cuenta de que era inútil y desistía. Entonces él se enojaba. Muchísimo. Y la pelea se convertía en una paliza de miedo. Como la que me estaba dando. Cerré los ojos y encendí mi nimio cosmo.

-Sí, soy débil. ¿Algún problema?-murmuré, con los pulmones doloridos por el esfuerzo de hablar. Kanon me cruzó el rostro de un puñetazo a mi pómulo izquierdo que aún con los ojos cerrados me puso a ver estrellas.

-Nunca, jamás, admitas eso ante nadie de nuevo, mocosa. Los que se precian de su debilidad no producen más que asco y son fácilmente eliminados. –abrí los ojos debido al tono cáustico en la voz del geminiano. De inmediato sentí mi ojo inflamarse. Me pasé la lengua por los dientes, que sentí alarmantemente flojos, y escupí algo de sangre en la manga de mi camisa. No apagué mi cosmo. Kanon preparó de nuevo su cuerpo para asestarme otro puñetazo, que atrapé a medio camino con ambas manos. Sentí varios de mis dedos doblarse de manera dolorosa y antinatural, pues ese puñetazo venía impulsado por cosmo. Temblando, alejé su puño de mi cuerpo y lo hice tambalear, pues seguía en una posición que era mitad en cuclillas, mitad arrodillado.

–No más. No me golpeará más. ¡No…me golpeará…más!

Ardí de ira. Mi cosmo, para mi sorpresa, ganó brillo e intensidad. Y aproveché mi momento. Las venas me bombeaban ácido de lo enojada que estaba, de lo aterrada. Me lancé sobre él, tirándolo al suelo, para quedar sentada a horcajadas sobre su pecho. Antes de que pudiera hacer algo, le dí varios puñetazos en el rostro con cosmoenergía que hicieron que por primera vez en un par de semanas, Kanon perdiera sangre. Clavé las uñas en su cuello al tratar de estrangularlo con todas las fuerzas que me quedaban. El Santo de Géminis encendió su cosmoenergía y puso sus manos sobre mis costillas varias veces, juntando su cosmo en ellas y haciéndolo explotar, sacándome gritos, pero no lo solté ni me moví.

Mi cosmo se apagó y me derrumbé sobre él, ignorando por completo mi pudor y la ira que sentía. Ambos respirábamos con suma dificultad, él puso una de sus manos detrás de mi cabeza y pasó su otro brazo bajo mis nalgas, como quien carga contra su pecho a un bebé. Si hubiera tenido sangre con qué sonrojarme, lo habría hecho. Él, sorprendiéndome por su fuerza, levantó su torso y mi cuerpo completo del suelo por el puro poder de sus abdominales, y luego se puso en pie, sin soltarme. Dejé mi cabeza caer sobre su hombro y mis manos balancearse desmayadas a mis costados. El pasó el brazo que tenía sosteniendo mi cabeza bajo mis nalgas para asegurarse de que no me cayera y me llevó hasta mi cuarto.

Me depositó en la cama, sentada. Tuve que estabilizarme con ambas manos para no irme de espaldas contra el colchón de paja apelmazada cubierto por una sábana vieja. Esta habitación no tenía ventanas, de hecho, era casi una buhardilla, un sotanito, separada sólo por una pared de la habitación de Kanon en su lado de Géminis, el ala izquierda. El ala derecha le pertenecía a Saga, y allí estaba la cocina y la habitación de la vestal del templo. Generalmente debía dejar siempre la puerta abierta en las noches, porque el calor se volvía insoportable, y dormir en el piso. Kanon se movió a tientas en la oscuridad y del escritorio tomó una piedrita de pedernal y la cascó con otra hasta que logró encender la mecha de la lámpara de aceite. Luego la trajo consigo hasta donde yo estaba y la puso sobre la mesita de noche, iluminándonos a ambos. Se sentó a mi lado en el borde de la cama. Pude ver las pequeñas mediaslunas de mis uñas grabadas en rojo en su cuello y las gotas de sudor en su piel. Tuve que apartar los ojos.

-Voy a revisar que no tengas nada roto, niña. Para ello debo tocarte. ¿Te molesta?- dijo, sacando del primer cajón de la mesita de noche varios rollos de vendas, alcohol y algodón. Me reí a carcajadas, luego me acometió un acceso de tos. Cuando abrí los ojos él me estaba mirando fijamente, serio. Me sonrojé intensamente y sentí la parte de atrás de mi cabeza mojarse con un líquido caliente de nuevo. -¿Qué es lo gracioso, mocosa?

-Que usted acaba de pasarse cinco o seis horas intentando matarme, pero me pide permiso para comprobar la extensión del daño.-le contesté con una nota de histerismo en la voz que a él no le pasó inadvertida, pues me miró con algo de culpa. Con sus manos grandes tocó mi cabeza, introduciendo sus dedos entre mi pelo y con suavidad, moviéndolos haciendo que me dieran escalofríos. Al final tocó la herida en mi cuero cabelludo y de inmediato retiró las manos para poder revisarla.

-Esto necesitará puntos. Le pediré a Dora que te cosa.-dijo, poniéndome un taquito de algodón sobre la herida y haciendo presión.-pon la mano ahí y no dejes de presionar.

Le obedecí. El prosiguió con su tarea. Me tocó la cara, el pómulo que me había golpeado, el arco de las cejas, ambos lados de la mandíbula, el cuello, las clavículas. Se quedó mirándome, como esperando a que hiciera algo. Alcé la ceja derecha, inquiriéndolo.

-La camisa, niña. Quítatela.- dijo, en un tono que no admitía negativas. Abrí los ojos como platos. Ah no. Eso no. Jamás. Kanon sonrió incrédulo, y prosiguió, con sarcasmo.- ¿Es eso rubor, lo que te cubre las mejillas? Qué encantador.

-No me la quitaré, lo siento.-dije, bajando los ojos al piso, doblemente avergonzada. Kanon chasqueó la lengua con impaciencia. Me recordó mucho a Dohko y a Aioria, que tuvieron la misma actitud ante mi total negativa a darles más acceso del necesario a mi cuerpo. Era curioso cómo los golpes ya no eran un insulto para mí, pero los toques suaves, consensuados y ni hablar de las caricias, eran aún un inmenso tabú. Y en el Santuario, aprendices y maestros, unos en mayor medida que otros, tenían una relación de confianza física que le permitía al maestro conocer casi completamente el cuerpo de su alumno, para identificar heridas, debilidades a mejorar, fortalezas y demás particularidades a ser explotadas. Así que comprendía que para ellos fuera molesto que yo mantuviera siempre mi cuerpo cubierto y lejos del tacto de otros.

-Como desees.-masculló, tomando un pedazo de venda para limpiarme la nariz, que me sangraba un poco. Por acto reflejo moví mi cara, él hizo un ruidito, como pidiendo silencio, para calmarme, y tomó con su otra mano mi barbilla para obligarme a mirarlo. Estaba muy concentrado, movía la venda por sobre mi labio superior y mi nariz con tanta delicadeza que ni siquiera me lastimó. Usó la misma venda para quitarme la sangre del resto de la cara, empapándola en alcohol, que me ardió en los raspones. Apreté los dientes.

Volví a mirarlo a los ojos, sin soltar el algodón con que estaba parándome la sangre de la herida en la cabeza, y como hipnotizada alcé los dedos de la otra mano hasta su rostro, que estaba muy cerca al mío. Él estaba sentado a mi lado en la cama. Con mis yemas retiré con delicadeza un par de gotas de sangre que aún estaban sobre su barbilla. El cerró los ojos y se quedó quieto, tieso. Con un trozo de venda limpia, le limpié la sangre que tenía en la cara, el sudor de la frente, el cuello. De un momento a otro, Kanon me tomó la mano con que lo estaba limpiando, la apretó y la alejó de sí. Luego se puso en pie y salió de la habitación dando un portazo. Me reí. Así que yo no era la única que tenía problemas con ser tocada. Apenas el salió me derrumbé sollozando de dolor por todas mis heridas. Unos minutos después, Dora, la tímida y callada vestal de Géminis, entró portando su propio botiquín. Seguramente le contaría a Kanon sobre todas mis heridas, o no lo permitiera Athena, a Aioria, así que sólo concedí que me revisara la herida de la cabeza. Ella determinó que no eran necesarios los puntos, que sólo era un cortecito mínimo, y me explicó que las heridas en la cabeza y el rostro siempre sangraban mucho. Luego se marchó, mascullando enojada algo como que ahora tendría que limpiar el Hall y purificarlo de nuevo con un ritual, y que me conseguiría hielo para mi pómulo morado. Me eché sobre la cama y me quedé dormida en medio de mis dolores.

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Otra vez esa sensación de desgracia inmediata y una presión abismal. Me moví por acto reflejo lo más rápido que me había movido nunca, la adrenalina bombeando caliente por mi cuerpo. Y donde antes había estado mi camastro, ahora sólo había cenizas calientes, y trocitos de tela chamuscada flotando en el aire cargado de la habitación que aún estaba a oscuras. Kanon había gritado algo que sonó así como a explosión de galaxias antes de atacarme. Me encontré a mi misma apretada contra la esquina más alejada de la puerta de mi cuarto, con las manos sobre el pecho, intentando que el corazón no se me saliera por la garganta de puro pánico.

-Cámbiate la ropa, los vendajes y lo que necesites. Debes estar lista en diez minutos.- dijo él desde el quicio de la puerta, con una voz átona que me asustó terriblemente. ¿Qué bicho le habría picado?

-¡Buenos días para usted también, santo de Géminis!- exclamé cuando él se dio la vuelta. Me asusté porque se paró en seco y pensé que iba a volver a atacarme. Luego alzó los hombros y siguió su camino. Yo me apresuré a cerrar la puerta, apoyándome de espaldas contra ella. Al alzar los brazos para intentar quitarme la blusa, una sensación punzante y ardiente me invadió los brazos y las costillas, el abdomen, hasta las piernas, y me tambaleé. Sollozando, me quité la prenda y la lancé lejos, lo mismo el pantalón, los zapatos y la ropa interior. Tal como había temido, tenía morados en todas partes que no quise examinar con detenimiento.

Sentía los dedos extrañamente tirantes dentro de los vendajes de los brazos. Al quitarlos, me di cuenta de que tenía varios dedos morados, y un par de ellos, el anular y el meñique de la derecha, estaban demasiado torcidos. Me fue imposible moverlos. El tiempo corría. Tomé vendas limpias y me los vendé juntos, luego el resto de los dedos, los nudillos, el puño, las muñecas y el antebrazo. Repetí la operación, con dificultades extremas, en el otro brazo. Me puse ropa limpia, las lágrimas se salían solas de mis ojos cada vez que me movía, y no quería ni tocarme la cara para comprobar el grado de hinchazón en mi pómulo. Me calcé un par de zapatos que no tenía que anudar porque el dolor me hacía temblar los dedos.

Salí al Hall de Géminis. Si Kanon me había pedido que me cambiara, es que quizá íbamos a salir, por fin, luego de dos semanas de confinamiento en Géminis. Allí, de pie, estaba Aioria. Con cara de increíble mal humor. Y luego, de furia, cuando me vió. Dora tuvo el buen, o el mal tino, no lo sabía, de pasar por el Hall de Géminis en dirección a Aries con un cesto de mimbre lleno de ropa de Kanon y vendas, todo profusamente empapado de rojo, que iría a lavar a los riachuelos cercanos al Santuario. El santo de Géminis la miró con una fijeza que me anunció que probablemente Dora tendría que buscar refugio en Saga por las próximas semanas. Ella, para mi sorpresa, no se arredró y pasó a centímetros de Aioria, mirando a Kanon acusadoramente, casi ofreciéndole el cesto para que lo observara bien. Kanon señaló hacia el ala derecha de Géminis, lo cual quería decir que iríamos a la cocina. Aioria, caminando con tanta fuerza que sus pasos resonaban por toda la tercera casa, lo siguió. Luego, como había previsto, nos dejó a solas en la cocina, en la que ya Dora había dejado listos y tapados los desayunos de Kanon, Saga y el mío. Mi maestro me tomó por los hombros y me hizo tomar asiento.

-Aioria…, él, yo…-empecé. Él me acalló alzando un dedo admonitorio.

-Ni una sola palabra para justificarlo, o créeme que explotaré y estaremos todos en serios problemas.-masculló él tan rápido en griego que casi no le entendí. Tenía las venas de la frente brotadas de pura rabia.

-¿De cuántos kilotones es usted, Maestro?-pregunté para distraerlo, Aioria sonrió.

-Calla, muchachita. Megatones.-me espetó él entre rabioso y divertido.

Apreté los labios el uno contra el otro para no tener la tentación de hablar. Aioria arrastró otra silla frente a mí y se sentó. Estaba muy concentrado. Metódicamente me quitó las vendas de los brazos, encendió su cosmo y tocó cada uno de mis dedos, con los ojos cerrados. Chasqueó la lengua cuando vió mis dedos partidos. Se puso de pie y buscó algo en el poyo de la cocina de géminis. Al fin trajo una manzana. Lo miré extrañada. Me la ofreció.- Muérdela.

Le obedecí y me metí la manzana en la boca. El volvió a sentarse en la silla y tomó el brazo herido. Intuí qué era lo que iba a hacer. Lo miré a los ojos. Él hizo un gesto con su cara y miré a otro lado, mientras él volvía a poner mis dedos en el lugar correcto. Dí un alarido a la vez que mordía la manzana hasta el núcleo, el sonido sofocado por la fruta, el jugo derramándose por las comisuras de mi boca. Luego encendió su cosmo de nuevo y dejó sus manos posadas sobre mis manos, llenándome cada poro de ellas de una sensación tibia y maravillosa que me alivió completamente. La manzana se cayó al suelo, y tuve que sacarme de la boca un inmenso pedazo que me habría sido imposible tragar. Aioria prosiguió con su tarea, curándome con su cosmo, el rostro, el cuello, la herida en mi cráneo, mis clavículas.

A diferencia de Kanon, no me pidió permiso, y no consideré prudente protestar debido a su estado de ira. Me quitó la camisa y sólo pude atinar a taparme el pecho con los brazos, aunque tenía puesto un brasier. Mi maestro tuvo que sentarse de nuevo en la silla, tapándose la boca con una mano, en un ademán de amarga sorpresa. Él ya había visto mis cicatrices, por supuesto, había sido él mismo quien me había curado con su cosmoenergía tras el ataque del león, pero supuse que lo había golpeado emocionalmente ver cómo me habían quedado, las largas y anchas líneas pálidas, descoloridas, los pedazos de piel retorcida que me faltaban, los huecos. Frankenstein. A todo eso sumados inmensos moretones y verdugones en mis costillas y mi abdomen.

Mi maestro cerró los ojos y posó sus manos sobre esa área, moviéndolas una vez terminaba de curar. Los moretones desaparecían y el dolor se iba totalmente. Se demoró un poco más sobre mi costado derecho, supe que Kanon me había roto las costillas. Le señalé mi cabeza y me incliné para que pudiera terminar de curarme el corte que tenía en el cuero cabelludo. Luego me quitó los zapatos y me examinó los pies, los tobillos, las pantorrillas y las piernas, por encima del legging, que era de algodón negro delgado. Al menos no tenía heridas de gravedad en las piernas. Recuperé mi camisa en cuanto Aioria me soltó y me la puse apuradamente. Kanon podía entrar en cualquier momento a la cocina.

-Gracias, Maestro.-dije, tras ponerme en pie, haciéndole una reverencia. Aioria también se puso en pie y me despeinó el pelo.

-Sal de Géminis, Marah. Haz la cuenta regresiva.- me contestó él, mirando a la puerta de la cocina. La otra mano, que no tenía sobre mi cabeza, estaba empuñada y temblaba. No me hice de rogar y abandoné la cocina de la tercera casa, atravesé corriendo el Hall ante la presencia de un Kanon que, recostado contra una columna, esperaba no sabía qué, y abandoné Géminis en pos de Cáncer. Cuando estuve a una distancia prudente, me senté hiperventilando en las escalinatas y ví el sol verdadero de la mañana por primera vez en una quincena. Suspiré de alivio. Me miré las manos, ya de color normal, sin dolor, me toque el abdomen y la cara, perfectos de nuevo. Y adoré a Aioria un poquito más. Hice un gesto con las manos como si algo explotara y dije en voz queda, ¡Boom!

Una media hora después, ví a Kanon y a Aioria salir de Géminis. Aioria tenía la cara roja de ira. Caminé hacia ellos mientras aún hablaban y logré escuchar un retazo de su conversación.

-Son órdenes del Patriarca.-dijo Kanon.- ¿Te atreverás a desafiarlo, Leo? Su Santidad desea que la chica sea lo más fuerte que pueda. Él mismo me concedió el permiso cuando se lo pedí. Ya lo hablamos.

-Es mi alumna. Mi responsabilidad. Y responderás ante mí de cualquier daño que sufra. Hablaré con el Patriarca. Marah debe estar bajo mi tutela.-le espetó Aioria con decisión y furia, el León defendiendo a su cría. Sonreí tontamente con cariño. Mi maestro me miró.- ¿Quieres irte conmigo ahora, Marah? Iremos con el Patriarca ya mismo.

Los miré a los dos de hito en hito. Algo en el rostro de Kanon me dio a entender que si me iba, lo decepcionaría enormemente. Y no supe por qué deseaba no decepcionarlo. O tal vez no era eso, era que quería probarle y probarme que podría llegar a ser poderosa, que era disciplinada, que no era ninguna niñita llorona y débil. Le hice una profunda reverencia a Aioria.

-Lo siento, Maestro. Deseo quedarme un tiempo más en Géminis. Agradezco sus intenciones y su preocupación para conmigo pero estoy bien.-le contesté sin mirarlo. Escuché su profundo suspiro. Y luego se fue sin siquiera decirme adiós. Me arrepentí totalmente de no haberle hecho caso, pues Kanon me observaba con una sonrisa de oreja a oreja que me prometía semanas de horrores.

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Al parecer, mi maestro de turno había comprendido el mensaje de Aioria. Las peleas de entrenamiento, o palizas, como me gustaba a mí llamarlas, se habían reducido en número e intensidad. Kanon no quería arriesgarse a que el Patriarca lo obligara a devolverme a Leo. Lo cual no entendía. Si había alguien en el mundo convencido de que yo era una buena para nada, ese era Kanon de Géminis. Disputándose el puesto con su hermano Saga, quien parecía tener una alergia severa a mí. Nunca me hablaba, era como si yo no existiera. En ocasiones, sin embargo, se recostaba contra las columnas sólo a presenciar los entrenamientos que llevábamos a cabo Kanon y yo, sin decir nada. Al rato se cansaba y se iba, pero me daba la impresión de que lo veía todo atentamente y no sólo para evaluarme a mí, sino también a su gemelo. O para recordarle que no podía matarme a golpes o Aioria se los comería vivos a ambos.

Pasó otra semana antes de que mi maestro de turno se decidiera a entrenarme "en serio" de nuevo. En esa ocasión, me obligó a sentarme con los ojos vendados en el Hall de Géminis –tarea que ejecutó él mismo y que me hizo temblar durante unos segundos porque me rozó el cabello con suavidad- y señalar la dirección en la que él estaba con la mano, predecir sus movimientos y esquivarlo. Tras casi doce horas de aquel ejercicio, ambos nos sorprendimos mucho con los resultados. Sólo fallé en dos ocasiones, en las cuales él se había movido a la velocidad de la luz y a mí me fue imposible ubicarlo. Quizá yo no fuera una gran guerrera en lo físico, ni tuviera un gran control sobre mi cosmo, pero mi percepción estaba altamente desarrollada.

Kanon me ayudó a levantarme del suelo tomándome de la cintura. Apoyé las manos en su pecho involuntariamente, me separé de él con rapidez y el corazón latiéndome como un redoblante. Me quité la venda. Él me observaba de arriba a abajo con una sonrisita de satisfacción. Parpadeé ante el desacostumbrado flujo de luz, aunque lo único que iluminaba el Hall era la luz de algunas antorchas. Ya era de noche afuera. De verdad tenía que divertirle mucho aquel ejercicio, para pasarse un día entero, sin descansar, entrenándome.

-Parece que ves mejor con los ojos cerrados, Gatáki. Vamos a ver si puedes con esto.-dijo él. Convocó su cosmoenergía intempestivamente, y la Casa de Géminis se sumió en la total oscuridad. Incluso él desapareció. O tal vez me había dejado ciega, no lo sabía. Y no tenía ni idea de qué era lo que me causaba más desconcierto, si las tinieblas, el tacto de mis manos sobre su pecho tallado en mármol, o el hecho de que me hubiera llamado, casi cariñosamente y como si lo hiciera todo el tiempo, gatáki, gatita. Me dí cuenta de que lo había hecho a propósito para sacarme de balance. Y no le iba a dar esa oportunidad.

Respiré profundo. Me planteé encender mi cosmo, pero mi propia energía se convertiría en una distracción. Me fijé en el latido de mi corazón, en mi respiración, sintiendo cada pequeña parte de mi cuerpo, cada vena, cada poro, cada pequeño pelito, cada corriente de aire en ellos, cada sutil cambio en la atmósfera. De pronto, fue como si mi piel fuera completamente permeable, como si no existiera, y yo me disolví en las sombras. Dejé de tener límites. Y pude ver, en la completa oscuridad, las paredes y columnas de la casa de Géminis como si estuvieran hechas de partículas de luz fosforescentes contra un fondo negro, en perpetuo movimiento. Me moví hacia donde veía un rastro de partículas doradas flotando, y me encontré de pronto ante un remolino de intenso brillo dorado, emanando estelas larguísimas de polvo que flotaban en la corriente, como miles de astros danzando alrededor de un inmenso sol, atrapados en los rayos de su luz. Como una galaxia entera.

Ese no era Kanon. Era Saga. Me di la vuelta, y noté que la infinidad de motas de polvo fosforescente que conformaban la estructura de la casa de Géminis se reordenaron y se extendieron en todas direcciones. El Laberinto. Empecé a caminar, buscando el cosmo de Kanon, que no lograba encontrar, sólo una chispa, una pista…eso necesitaba, pero me eludía. Me introduje más y más en el laberinto inmenso, sabiendo por donde andar aún antes de poder percibirlo. Una chispita dorada, pero teñida de azul, flotó ante mi, y la perseguí enloquecida, pues ya llevaba mucho tiempo andando. Horas. Lo sentía con mi piel, con todo mi ser, el abismo, me acercaba a la inmensa brecha energética que era Kanon de Géminis, como si fuera un imán, pude saborear su olor incluso, a sal. Tras un muro de motas, apareció él. Una figura masculina compuesta de muchísimas motas que se arremolinaban alrededor de una única línea vertical en el centro de su pecho, un vórtice, y se extendían también, como la cosmoenergía de Saga, en todas direcciones, en larguísimas estelas que lamían las paredes de Géminis y el piso. Por alguna razón, al ver la manera en que su cosmo entraba y salía de él, pensé en los límites del océano, en las leyendas de los marineros medievales, de barcos cayendo por el borde del mundo hacia la nada.

Con un repentino estallido de ardor, encendí mis cosmo, volví a percibir mi cuerpo, mis límites, las motas blancas y amarillas que salían de mí y se encontraban con el cosmo de Kanon, danzando.

-Peekaboo- quise decir, pero mi voz no salió de mí, de mi garganta, sino que se convirtió en una onda que emanaba de mi cuerpo moviendo las partículas en el aire hasta llegar a él y desvanecerse, como en cámara lenta.

-Si.-respondieron las ondas de su voz, provenientes de él.-Me encontraste.

Con un gemido de horror y de dolor, la oscuridad desapareció de Géminis y se reconcentró alrededor del puño de Kanon, que ya era físico, corpóreo. Tuve que taparme los ojos, que me dolieron increíblemente. Mi cabeza me mataba. Al parpadear rápidamente percibía sabores en mi lengua, y los olores se tranmutaban en escalofríos en sitios extraños de mi cuerpo, como mis pantorrillas. Mi equilibrio se esfumó, el piso se sentía como si fuera lodo. Caí a cuatro patas al suelo buscando algo firme. Kanon se arrodilló a mi lado, lo sentí, y cuando puso su mano en mi cintura para ayudarme a ponerme en pie, pude jurar que algo me estallaba dentro, gemí de susto ante la intensidad de ese ligero toque. Los labios me hormigueaban, las puntas de los dedos, las raíces del pelo. No podía moverme de miedo a desencadenar otro estallido. Kanon me cargó y las corrientes de aire que me tocaban al movernos eran como cuchillos afilados y fríos horadándome. Me encogí en sus brazos, asustada, lágrimas tan ardientes como cera de vela derretida se deslizaron por mis mejillas.

-Eso que sientes se llama sinestesia.-dijo él en voz queda y pausada, las vibraciones de su voz dentro de su pecho matándome.-Es una reacción apenas natural, usaste en demasía tu sexto sentido, y todos los demás están enredados, tu cerebro percibe las señales de manera arbitraria y errónea. Ya se pasará. No es muy diferente de lo que se experimenta con una dosis muy grande de LSD.

Sus pasos resonaban y los sentía como si fueran jalones dentro de mi boca. ¿LSD? ¿Qué diantres era eso? ¿Sinestesia? ¿Algún día terminaría esa tortura? ¿Acababa Kanon de dañarme para siempre el cerebro?

Me depositó en una superficie blanda. Mi cama nueva. Sentí como si fuera agua y mi cuerpo flotara sobre ella. Abrí los ojos y le tomé las manos casi sollozando. Cuando se sentó a mi lado en el camastro y el colchón se combó un poco debido a su peso pensé que iba a caerme por un barranco sin fondo. Encendí mi cosmo aterrada por acto reflejo, él encendió el suyo.

-Escúchame. Apágalo, en este estado es probable que hagas cosas con él involuntariamente de las que después te arrepentirás-susurró, y su voz envió ondas hasta la punta de mis pies. Le hice caso, porque no había pensado en eso.-Debes concentrarte en un sentido a la vez. Sigue el sonido de mi voz y cierra los ojos. Relaja tu cuerpo, deja de luchar contra todas las sensaciones que te invaden. Sígueme. Escúchame, Marah. Siente cómo mi voz llega hasta tus oídos, y nada más. El resto es ilusión, déjala que pase, no te resistas, y se irá. Todo lo demás no es un estímulo físico verdadero, es sólo tu cerebro forjándolo. Así funcionan las ilusiones de Géminis, recuérdalo bien. Escucha mi voz, que es lo real, puedes distinguirlo.

Con las últimas palabras que dijo, sólo lo escuché, no hubo ningún otro estímulo ante el sonido. Suspiré aliviada. Luego me tocó y la tortura volvió. Tomó mi mano izquierda por la muñeca y puso la palma contra la palma de su mano, lo que causó escalofríos y punzadas en todo mi cuerpo. La acarició con las yemas de sus dedos, la apretó y la movió en círculos hasta que dejé de sentir sus roces allí en el resto de mi cuerpo. Me hizo levantarme un poco y de mi mesita de noche tomó un vaso de agua, del que tomé sorbos hasta que dejé de ver luces azules detrás de mis párpados cerrados. Rebuscó la cajita redonda del mentol en mi mesita de noche y me hizo olerlo hasta que las otras sensaciones extrañas pararon.

-Abre los ojos, Marah.-susurró muy cerca a mi rostro. Lo miré. La casi penumbra sólo estaba rota por ocasionales flashes anaranjados de las antorchas en el pasillo. La puerta estaba abierta. -¿Me ves bien?

-Si.-contesté, también en susurros. Una opresión extraña se instaló en mi pecho, nervios, angustia, mi corazón latía desbocado. Nos habíamos golpeado en muchas ocasiones pero nunca habíamos estado así de cerca, compartiendo tal intimidad. Una sensación física, aguda y dolorosa, de tocarlo, de acabar con la distancia entre él y yo, se apoderó de mí, y me pregunté si eso también era sinestesia.

-Esto fue sorprendente, gatáki. Tienes un vasto potencial, al menos en lo que se refiere a tu capacidad de percepción. Hay que trabajar los otros aspectos para convertirte en una guerrera integral. Duerme. Mañana temprano seguiremos con el entrenamiento.

Kanon alejó su torso del mío y acarició mi cara con algo que pensé que era dulzura. Se levantó, salió y cerró la puerta. Me volteé en la cama para quedar de cara a la pared y sollocé y mordí la almohada hasta que la cabeza me dolió tanto que me quedé dormida.

¿Por qué me dolía en el cuerpo, en el pecho, no poder abrazarlo?

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-Ay, por favor, Dora-dijo una voz femenina dulce y alegre, con mucho acento extranjero, en la cocina. Allí me dirigía tras levantarme, casi al medio día. Me sorprendí de que Kanon me hubiera dejado descansar hasta tan tarde.-No es que yo sea chismosa, es que la aprendiz de Tauro es su amiga y lógicamente está muy preocupada…

-No puedo decirte nada más, Eva. Sólo que está bien. Por ahora. No quiero meterme en problemas con los dídyma.-contestó Dora reticente. Entré a la cocina. Ambas mujeres estaban enfrascadas pelando berenjenas y tomates, las dos vistiendo túnicas blancas de vestal, con las múltiples correas de cuero y campanitas tintineantes que les colgaban de la cintura: así los caballeros sabrían que se encontraban presentes, por los ruiditos. O eso suponía yo. Ambas se habían quitado los velos y los habían dejado sobre la mesa. Dora tenía el cabello de un impactante color rosa. La desconocida, Eva, era alta, muy blanca y de pelo castaño oscuro, muy bonita. De hecho era demasiado bonita, de formas curvilíneas y llenas. Tosí para anunciarles mi presencia. Ambas se voltearon, con cara de susto. Se suponía que, como las amazonas, las vestales debían cubrirse en presencia de los caballeros de Athena, aunque habían algunas que no lo hacían. O sólo lo hacían para salir de las Casas en las que servían permanentemente.

-Buenos días, ¿Hablaban de mí?-pregunté, directa al punto, sin ser grosera.

-Si, Marah.-me contestó la vestal recién llegada, limpiándose las manos con el delantal y caminando hacia mí. Luego me ofreció su mano derecha para que la estrechara, y me plantó dos besos sonoros, uno en cada mejilla.-Mucho gusto, mi nombre es Eva. Soy amiga de Aimeé. Ella quiere saber cómo estás, está muy preocupada.

Eva olía a incienso, duraznos en almíbar y canela. Y tenía cosmoenergía. Era casi tan alta como Aimeé, que yo suponía, llegaba al metro con ochenta centímetros. Parecía una criatura risueña y liviana, genuinamente bondadosa. Me cayó bien instantáneamente.

-Encantada de conocerte, Eva. Por favor, dile a Aimeé que me encuentro perfectamente, y que no se preocupe. ¿Cómo está ella?-le dije, acercándome al poyo de la cocina, cerca a el horno de barro donde Dora se afanaba cocinando. Allí en mi tazón propio, tapado por un pañuelo blanco, reposaba mi desayuno, como siempre. Dora se tomó dos segundos para poner el tazón ante mi. Le agradecí con un gesto de la cara. Al tenerlo cerca de las brasas, había conseguido que mis gachas de avena, leche y miel se mantuvieran tibias. Lo tomé y luego saqué una cuchara del contenedor.

-Aldebarán ha sido muy duro con ella, emocional y físicamente, pero estará bien con un poco de mimos.-me contestó Eva. Sentí mi cara ponerse roja de vergüenza y de rabia conmigo misma por haberla involucrado en esa situación y saber que le estaba pesando. Eva hizo un gesto con la cara que me indicó que sintió que había metido la pata.-Pero no te preocupes, ya pasó…Ya le levantaron el castigo. ¿Estás tú castigada? Tu maestro está también muy preocupado y ansioso y ha hecho de todo, hasta discutir con Saga, para tenerte de nuevo en Leo pero Kanon insiste en tenerte aquí… ¿Por qué crees qué?...

Sentí un ligero cambio en el ambiente. Dora también lo percibió, sus hombros se tensaron, dos segundos antes de que Kanon y Saga entraran a la cocina. La sonrisa amable en el rostro de Eva se trocó con rapidez en una mueca inexpresiva al Kanon mirarla directamente a ella, aunque serio, con fijeza. Yo me levanté con rapidez de la mesa y me llevé conmigo mi tazón y mi cuchara, y los velos de las vestales, equilibrando todo con dificultad. A diferencia de Leo y Libra, yo no tenía permitido compartir mesa con los gemelos mientras comían. Saga había sido bastante vocal al respecto: yo era una simple aprendiz que no merecía comer en el mismo lugar que dos Santos de Oro de Athena. Y si por él fuera, tampoco tendría derecho a que Dora cocinara para mí, pero ella muy amablemente lo hacía.

Kanon me ignoró olímpicamente y se sentó al comedor junto con su hermano. Yo le hice una seña con la cabeza a Eva, le entregué su velo y puse el de Dora sobre el poyo de la cocina, de donde ella lo tomó sin mirarme, ocupada en lo suyo y se lo puso sin parar de cocinar. Eva y yo abandonamos la cocina de Géminis y nos encaminamos a la salida hacia Cáncer.

-Me tiene aquí porque dice que puede ayudarme con cosas que Aioria tal vez no puede. No sé si mi maestro no pueda, Eva, pero aquí he aprendido mucho.-le contesté a su pregunta, tras la interrupción, cuando estuvimos lo suficientemente lejos para que no nos oyeran.-Kanon es un hombre bastante…exigente, si ese es el término adecuado. No es que Aioria no lo sea, claro, pero aquí es diferente.

Eva me observó de arriba abajo y parpadeó un par de veces, al parecer sorprendida. Murmuró por lo bajo algo en un idioma que supuse, era español. Luego empezó a reírse y a taparse la boca con la mano, con los ojos de un tono castaño claro chispeantes de emoción. Alcé una ceja, interrogante, y me llevé una cucharada de la avena a la boca.

-¡Te gusta! ¡Kanon de Géminis te gusta! ¡Por eso te estás quedando aquí!-susurró ella, frenética de felicidad por haber llegado a esa conclusión, que seguro era un chisme bomba. Tuve que hacer un esfuerzo consciente y grande para poder tragar el bocado que tenía en la boca, sin ahogarme ni toser, evitar sonrojarme y tirarle el resto de la avena a la cara, por metiche. Una vez me calmé lo suficiente para darle una respuesta, sonreí con algo de altivez.

-Claro que no, Eva, ¿cómo se te ocurre semejante despropósito? Es un santo de oro, mi maestro de turno, lo respeto, es todo. Of course not. –le dije, zanjando el asunto. A mi Kanon de Géminis no me gustaba. Para nada. No. Nunca. Eva seguía riéndose.

-Sólo te digo una cosa, chavala, llevo casi toda mi vida viviendo en el Santuario. He sido entrenada para amazona y también para vestal y conozco bastante a este par, como casi a todo el mundo aquí…y nunca, óyeme bien, nunca, Kanon se ha ofrecido para entrenar a absolutamente nadie…Eso ya es diciente…

-No, calla. No sabes de lo que hablas.-le espeté, repentinamente enojada, no sabía sin con ella o conmigo misma. Eva paró de reírse y me miró con una expresión preocupada porque estaba a punto de quebrarme y contarle todo lo que me había pasado en Géminis. Hasta se me habían aguado los ojos. Respiré hondo para tranquilizarme.-Me está entrenando. Eso es todo. Por favor envíale a Aimeé mis saludos y buenos deseos. Fue bueno conocerte, Eva.

La chica suspiró y entendió el mensaje.

-Fue bueno conocerte también, Marah. Espero que te vaya bien. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en buscarme. –se despidió, guiñándome un ojo con descaro, encaminándose hacia Cáncer subiéndose los bajos de la túnica, las campanitas acompasadas a sus movimientos. Sonreí. Tras ella darme la espalda, me senté tras una columna para seguir comiéndome mi desayuno. Ya las gachas estaban frías. Con un estremecimiento de desagrado, me las terminé. A mí no me gustaba Kanon de Géminis. No podía gustarme. Decidí, poniendo la cuchara en el plato y el plato en el suelo con más fuerza de la debida. Lo ví salir de la cocina acompañado de Saga. Ninguno de los dos podía verme donde yo estaba. Ambos tenían decididamente un porte elegante al caminar y hablar entre ellos, la forma en que gesticulaban, a veces parecía que fueran reflejos en un espejo el uno del otro.

-Te digo que el moly no existió, era sólo un recurso literario.-le dijo Saga a Kanon. Éste hizo cara de obstinación y cruzó los brazos.

-Debió haber existido. No es imposible, ambos sabemos que existen plantas, y otras cosas, que se pueden imbuir de cosmo.-le rebatió Kanon. Saga se llevó una mano a la barbilla en actitud pensativa.

-Si, desde ese punto de vista es plausible, pero en ese caso Circe tendría que haber tenido entrenamiento cósmico…-admitió Saga.

-¡Ese es precisamente mi punto, necio!-se exasperó Kanon.-Llevo horas tratando de que lo entiendas, Circe, Medea…Ellas eran "hechiceras", en realidad simplemente sabían manejar el cosmo, eran muy buenas en eso y por lo tanto eran percibidas como sobrenaturales…

-Bah, eres un tonto crédulo, Kanon. Por favor, ¿tomar la Odisea y las tragedias como fuentes fiables y reales? Son literatura, tradición oral, ¡nada más!

-Te recuerdo que vivimos en el Santuario de una Diosa que aparece en la Iliada, la Odisea, las tragedias y la tradición oral griega.- le espetó Kanon a Saga, molesto. Este chasqueó la lengua con impaciencia, un gesto igual al que hacía su gemelo.

-Lo cual no quiere decir que cualquier historia que cualquier golfo de la calle se invente por ahí sea real.- dijo Saga exasperado.

Me había acercado sigilosamente a ellos, esa discusión me tocaba de cerca. Sin siquiera toser para anunciarles mi presencia, me metí a mí misma en la conversación de manera muy maleducada.

-De hecho-empecé, los dos se voltearon a mirarme, sorprendidos.-mi abuelo, que era arqueólogo, trabajó durante sus años mozos en Turquía, en el emplazamiento real de la ciudad de Troya. Y tenía datos sobre el moly, la supuesta flor que Hermes le dio a Ulises para que a Circe le fuera imposible convertirlo en animal, no era en realidad una flor, sino un hongo, el amanita muscaria.

-¿El agárico común?-preguntó Kanon, incrédulo. Asentí con la cabeza.

-Si. Y es al parecer un residuo de antiguas tradiciones indoeuropeas. El moly también aparece en antiguas escrituras védicas como soma, la bebida que hacía inmortales a los dioses. A veces las cosas que se inventan los golfos de la calle tienen bases reales…

-¿Es que a ti nadie te enseñó a no inmiscuirte en las conversaciones de los adultos, mocosa?-me dijo Saga con grosería y nos dejó solos a Kanon y a mí. Sonreí tímidamente.

-Gracias, Gatáki. Eso fue muy interesante. Camus es una mala influencia para Saga.- me agradeció Kanon, tomando mi mejilla con la mano y sonriendo de la manera más hermosa que lo había visto sonreír nunca. El cerebro se me derritió. Si no suspiré de ternura fue por puro y duro autocontrol. Me alejé de él dos pasos hacia atrás. Su mano vaciló un momento en el aire.

-Es muy difícil enseñarle a ver a quien sólo tiene los ojos para hacerlo.-dije, y su sonrisa se esfumó por completo. La mía también, el corazón me latía desbocado. No, a mí no me gustaba Kanon de Géminis. Ni yo a él, decidí con firmeza en ese momento. Me esfumé de su presencia con la rapidez de un soplo de aire.

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Me había dedicado el resto de la tarde a entrenar por mi cuenta. Después de la paliza de hacía unos días, aunque Aioria me había curado gran parte del cuerpo con su cosmoenergía, igual me había quedado una sensación extraña, las articulaciones doloridas y poco flexibles, y la carnita tierna en muchos lugares. Tenía que moverme con cuidado para que nada doliera, lo cual no era bueno.

Estiré y calenté a consciencia para no romperme nada. Hice splits y luego algunas volteretas, despacio y ayudándome con las columnas. Después pasé a las series de ejercicios normales de mi rutina diaria, y al fin, mientras la luz del atardecer teñía la casa de mármol blanco de naranja y rosa, me dediqué a las patadas, puñetazos, bloqueos y movimientos para esquivar que me habían enseñado Dohko y Aioria, cada uno repetido hasta el cansancio, con paciencia y hasta que me saliera perfecto sin pensar en él, como me habían enseñado ellos también. La clave era repetir hasta que el cuerpo lo hiciera de manera automática.

Me limpié las manos, que me sudaban, en la pañoleta que me amarraba en la cintura. Exhalé por la boca, despacio. Alcé la pierna derecha hasta que la rodilla tocó mi cara y pivoteé en el pie izquierdo mientras movia la pierna derecha hacia mi derecha, con los brazos y las manos empuñadas a los costados de mi cuerpo. Bajé la pierna tras dar una patada al aire, y dí un par de puñetazos a un enemigo desconocido, uno a su hígado y el otro a su mandíbula, y luego salté para dar una patada giratoria a la cabeza de mi contrincante invisible. Paré varios ataques con mis brazos supuestos golpes, y esquivé otros agachándome y moviéndome, incluso lanzándome hacia atrás en una vuelta de carro con salto y pirueta. Al caer al suelo, arrodillada sobre una de mis rodillas, mi larguísima trenza se arrastró por el suelo y varias gotas cayeron de mi frente al piso.

-¿Por qué no haces eso cuando estamos entrenando tú y yo? Veo que sí sabes, pero por alguna razón, se te olvida. –preguntó la voz de Kanon entre las columnas. Me puse bien en pie de un brinco y miré en todas direcciones. El geminiano se materializó justo donde había percibido su presencia, detrás de mí y a la izquierda. Había estado allí, invisible, desde hacía un largo rato. Y yo no lo había sentido. Todavía había cosas que se me escapaban. Como el enorme cosmo de Kanon de Géminis, por ejemplo. Sentí desconsuelo, yo jamás llegaría a ser así de hábil.-Ve y báñate, Dora pronto servirá la cena.

-Porque usted me desconcentra.- le contesté, sin ninguna clase de doble sentido, con rotundidad y sinceridad. La actitud de Kanon cuando peleábamos me asustaba y enojaba tanto que perdía todo control sobre mí misma. Su rostro pareció el de alguien al que le hubieran dado un mazazo en la cabeza, desconcertado y confuso. Le hice una ligera reverencia a Kanon y salí caminando rápido hacia el baño del ala izquierda de Géminis, que tenía ventanas inmensas de arco que me hacían sentir un poco insegura y por ello no me tomaba más tiempo del estrictamente necesario para lavarme el cuerpo allí, pero decidí que esa noche lo haría. Puse a llenar la piscina de mármol de agua con un mecanismo de palanca que dejaba salir el agua de la terma subterránea, mientras me quitaba la ropa sudada y me deshacía la trenza, peinándome el pelo con los dedos. Me bañé un largo rato para relajar mis músculos en el agua caliente, incluso me lavé el cabello, y al salir me di cuenta de que no había traído ropa para cambiarme dentro del baño. Tendría que caminar envuelta en la toalla hasta mi habitación para ponerme ropa limpia. Torcí la boca con desagrado, me sequé, exprimí mi cabello para que no goteara, y tras envolverme en toallas, salí a mi habitación, sin moros en la costa. Me vestí y me dirigí a la cocina tras peinarme.

Saga y Kanon ya estaban a la mesa. Como todas las noches, Dora me entregó mi plato, mis cubiertos y una servilleta. Olía delicioso. Saga atacaba su plato con devoción pero Kanon aún no había tocado el suyo. Dora miró a los gemelos con reproche y nos sirvió a los tres sendos vasitos de barro con vino tinto.

-Muchas gracias, Dora.-le dije sonriendo-Esto se vé delicioso.

-De nada, pequeña. Cómetelo todo. Necesitas alimentarte bien.-contestó la vestal haciéndome un guiño, sus grandes ojos verdes orlados por algunas arrugas. Yo suponía que llegaba a la treintena, más o menos. Ese guiño quería decir que si quería repetir o comer más, lo podía hacer, una vez los gemelos abandonaran la cocina. Le guiñé el ojo también y me fui con mi comida. Detestaba no poder comer en la mesa y usar los cubiertos adecuadamente. Me fui a las escaleras que llevaban a Tauro, puse la servilleta sobre mis piernas, el plato sobre ellas y dejé otra para poder limpiarme. Cuando empezaba a comer, Kanon de Géminis se sentó a mi lado, con su plato y su bebida. Lo miré, con la mandíbula en el piso de la impresión.

-¿Qué? ¡ Saga está insoportable!-me espetó Kanon, empezando a comer por fin. Claro. Venía a comer conmigo porque no se aguantaba a su gemelo. Luego recordé que no había tocado su plato antes de que yo llegara a la cocina, y con un pequeño escalofrío de duda, volví a lo mío, mirando las estrellas empezando a brillar en el horizonte, toda la Vía Láctea a instantes de aparecer en el cielo. Me limpié la boca con la servilleta antes de hablar.

-¿No se enojará más porque su hermano se degradó al comer con una aprendiz?-pregunté sin mirarlo. Él se rió con sinceridad.

-Si. De hecho, sí. Pero le dije que yo en realidad no era tampoco un santo de oro, sólo tomé prestada a Géminis en alguna ocasión.-lo miré. Me sorprendió la forma desenfadada pero elegante en que comía. En mi cabeza, esa imagen era irreal. Kanon de Géminis comiendo a mi lado, sentado en unas escaleras. Terminamos de cenar en silencio, observando las estrellas y la distante y enorme casa de Tauro iluminada por las antorchas de manera mágica, y pusimos los platos a un lado. Yo estaba llenísima. Su mano izquierda estaba a unos centímetros de mi mano derecha.

Lo miré. Él me miró a los ojos y movió su mano para tomar la mía. Sus dedos rozaron los míos y sentí ese roce hasta en mi alma, todo dentro de mí se contrajo, se volvió agua, electricidad, luces, temblores.

Por acto reflejo retiré mi mano, me levanté, tomé mis platos y los suyos para llevarlos a la cocina y lo dejé solo, allí sentado, observándome como si le hubiera insultado hondamente y tuve tanto miedo que se me llenaron los ojos de lágrimas. Miedo de él, y de mí, y de las cosas que me hacía sentir.

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Dýdima: (Griego) Literalmente, "los gemelos".

LSD: Ácido lisérgico dietilamida. Droga sicodélica que es conocida por producir sinestesia.

Moly: flor, regalo de Hermes, que el héroe Jasón consumió antes de entrar en la casa de Circe. Así, cuando la hechicera le dio bebidas embrujadas, no se convirtió en cerdo como los compañeros de su nave, el Argos. La teoría de que en realidad se trataba de el hongo venenoso/psicodélico amanita muscaria, o agárico común, y que se trataba también del soma de los textos védicos, existe y fue formulada por Robert Gordon Wasson, etnomicólogo, etnobotánico y antropólogo a lo largo de su obra y especialmente en su libro Persephone's Quest: Entheogens and the Origins of Religion(1986) Ojo, queridos lectores, no corran a buscar agáricos para consumir, puesto que SON VENENOSOS y sólo tras un largo proceso es posible consumirlos para experimentar sus efectos alucinógenos.

¿Alguna vez han sentido su Cosmo?