Marde State: Muchas gracias por tu review. Me alegra muchísimo que Marah te haya caído bien y que hasta el momento, esta historia te haya gustado. Encontrar el equilibrio es difícil, aunque a mi sinceramente no me molestan las marysues, mientras sean excelentes marysues. Vas a ver que Marah termina dándole un par de lecciones a Kanon. Un abrazo.
Perséfone X: Linda, muchas gracias por tus palabras y tu review. Saga se comporta así con ella no porque sea grosero de manera innata, sino porque ella se lo provoca. Sigue leyendo!
Este capítulo estuvo inspirado en el imaginarium de H.P Lovecraft, y en la canción de la solista Nebelhexë, Dead Waters. Por favor, disfruten:
VIII
DEAD WATERS LIE DEEP, WHERE DARK THOUGHTS SLEEP.
-¿Qué sabemos…del mundo y del universo sobre nosotros? Nuestros medios de recibir impresiones son absurdamente pocos, y nuestras nociones sobre los objetos que nos rodean, infinitamente estrechas. Sólo vemos las cosas como estamos construidos para verlas, y no podemos tener ninguna idea de su naturaleza absoluta. Con cinco frágiles sentidos pretendemos comprender la infinitud compleja del cosmos, aunque otros seres con rangos más grandes, fuertes, o diferentes de sentidos podrían no solamente ver de manera diferente lo que vemos, pero podrían ver y estudiar mundos enteros de materia, energía y vida que yacen al alcance de la mano y no pueden ser detectados nunca con los sentidos que nosotros poseemos.- H.P Lovecraft.
Desde esa noche, Kanon volvió al mutismo y la agresividad. Saga era una presencia constante en nuestros entrenamientos y yo sabía en lo más hondo de mí que aunque me consideraba poca cosa más que una cucaracha, ocupaba su valioso tiempo en vigilarnos para evitar que su hermano me descosiera a golpes y explosiones galácticas, aunque jamás intervenía de manera directa, así me viera arrastrándome por el suelo de Géminis dejando una estela de sangre y baba detrás de mí, mientras Kanon seguía pateando mi abdomen sin misericordia. Aioria me había dejado a mi suerte y mi situación era desesperada. Dora tenía que levantarme de la cama al amanecer para iniciar el entrenamiento poniendo sales que olían horrible debajo de mi nariz para despertarme del desmayo. Su mirada era de constante preocupación y la veía intentar hacerme comer casi histérica, pero todo me dolía tanto que no era capaz de retener nada sólido durante mucho rato.
Hoy era el tercer día en que despertaba con el frasco de sales de amoniaco de Dora justo debajo de mi nariz. El desvanecimiento era tal que me costaba parpadear.
-Por favor, levántate, Marah, Kanon está histérico…
Su voz sonaba muy lejos, muy muy lejos. Hice un esfuerzo deliberado y consciente por sentarme en la cama. Me apoyé en las manos, tambaleando un poco. Dora se apresuró a limpiarme la cara con un paño con agua helada y darme a beber un líquido caliente y amargo. Café. De inmediato sentí que volvía en mí y podía concentrarme, aunque todo doliera y yo temblara de pies a cabeza. Dora también temblaba, de miedo.
-Dora, no te preocupes por mí. Muchas gracias por esto. Ayúdame a levantarme, necesito bañarme con agua fría y cambiarme la ropa, por favor…-dije, arrastrando la lengua. Dora pasó mi brazo sobre su hombro y ambas nos levantamos de mi cama, mientras yo arrastraba los pies. Me llevó hasta el baño. Aún no había amanecido. Me sentó en la tina vacía y con mucho pudor me quitó la ropa. Yo me dejé hacer porque no tenía fuerzas para protestar. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sollozó mientras me derramaba encima un par de cubetas de agua fría. Más reanimada, me lavé despacio el cuerpo mientras ella me enjabonaba la espalda, sus sollozos quedos me preocupaban. ¿Así de mal me veía?, es decir, había estado en peores situaciones en el desierto, orinando marrón por la falta de agua y con el pelo cayéndoseme por la falta de comida, tiritando de fiebre por la picadura de algún escorpión o tirada en la arena ardiente y con la mitad de mis intestinos afuera. Y en esas ocasiones no había contado con ayuda, con nadie que me mimara o se preocupara por mí. Sin embargo esta vez, que tenía los cuidados de Dora, me sentía pésimo, increíblemente débil. Apreté los ojos y respiré varias veces, despacio. Salí de la tina y deje que Dora me vistiera y me vendara los nudillos. Una sensación de hormigas debajo de mi piel me tomó por asalto. El café. Perfecto, más malestar.
Abandoné el baño caminando con firmeza. En el centro del Hall me esperaba Kanon, pateando el suelo rítmicamente con el pie, impaciente.
-Enciende tu cosmoenergía al tope de tus fuerzas. Quiero ver algo.- me espetó, sin siquiera saludarme. Me reí, de rabia y de incredulidad. Odiaba los malos modales y me parecía absurdo que pretendiera que lograra la proeza de siquiera mantenerme en pie. Cerré los ojos, hice mis ejercicios de respiración, mis conexiones energéticas y tras un rato que me pareció eterno, mi cosmoenergía empezó a salir de mí, primero tímida, y después, llameante, esplendente. Mi cabello se levantó en el aire. Miré a Kanon, que caminaba alrededor mío murmurando cosas para sí mismo, con una mano en su barbilla y el otro brazo sobre su pecho, el ceño fruncido. Se paró frente a mí y me hizo señas con las manos-Más. Más.
Apreté los dientes y mi cosmo salió con más potencia de mí. Chasqueó la lengua exasperado.
-Otra vez ese maldito bloqueo, está ahí, no se ha ido.-dijo, en voz alta. El corazón me dio un vuelco. Dohko también me lo había mencionado. Con él y Aioria, había mejorado muchísimo, casi desaparecido, pero al parecer había vuelto, mucho más intenso. Y yo lo comprendía, pues volvía a sentirme emocionalmente destruída, en peligro todo el tiempo, dudando de absolutamente todo, lejos de Aimeé y de Aioria y de la luz del sol y de mis recuerdos, y de mí misma, reducida a lo que había sido en el desierto, un animal que buscaba sólo sobrevivir.
Claro que eso, Kanon no lo sabía. Y no se lo diría jamás. Mi cosmo se apagó solo, y me fui de nalgas al suelo. Por primera vez en esos días, vi un destello de compasión en los ojos de Kanon. Él se puso en cuclillas frente a mí. Vi en su rostro que había tomado una decisión que quizá no habría querido tener que tomar nunca. Y me asusté.
-Marah, el universo, no es tridimensional. Hay más que alto, ancho y profundo, además del tiempo, que los seres humanos normales no son capaces de percibir. –Comenzó a explicar, en voz baja, suave, aterciopelada, casi dulce, mirándome a los ojos. –Hay más, o menos, todo depende de la percepción. Y existen dos formas de alterar el Universo. Una, es alterando la percepción del mismo de alguien. La segunda, más compleja, es manipular los frágiles velos que separan una dimensión de otra. Y para ello, debes comprender primero que la materia no es estática. Todo siempre se está moviendo, interactuando, ya sabes que la roca más sólida se diferencia del aire sólo en la manera en que sus átomos están alineados y en la fuerza de los enlaces entre unos y otros. Si los átomos siempre se están moviendo, vibran. Las cosas del Universo físico siempre están vibrando. Cada una afinada a distinta frecuencia. Lo que puedes ver y tocar está afinado en la frecuencia que corresponde a las primeras cuatro dimensiones. Cuando logras alterar la frecuencia en la que los átomos de algo y lograr que vibren en una frecuencia diferente, le destruyes, o le envías a otra dimensión, así que hay que tener cuidado.
Con cada palabra, yo iba poniendo un poco más de atención. La física nunca había sido mi fuerte, así que trataba de entender todo muy bien. Recordé que el día del entrenamiento del sexto sentido, había visto las partículas fosforescentes de polvo que conformaban la casa de Géminis, las diminutas estrellas brillantes del cosmo de Kanon y cómo interactuaban con las partículas de la Casa de Géminis y éstas respondían a su voluntad inmediatamente. Cómo aparecía y desaparecía, cómo se movía a la velocidad de la luz. Yo nunca llegaría a hacer eso. Miles de preguntas me bullían en la cabeza a pesar de mi estado de confusión.
-Entonces, ¿cómo hace uno para saber cuál frecuencia es la indicada para manipular la frecuencia vibratoria de algo, lo justo para enviarlo a otra dimensión? Y, ¿cómo hace uno para manipular esa frecuencia?-pregunté, con la lengua pesada. Kanon sonrió avieso. Yo temblé, las hormigas haciendo una parranda de proporciones épicas debajo de toda mi piel.
-A eso iba. Para responder a esas preguntas, tienes que sentirlo primero. Ponte de pie.-contestó. Me paré con mucha dificultad. Él también se puso en pie, tomó posición y encendió su cosmo, llenándolo todo.- ¡Prepárate! ¡GOLDEN TRIANGLE!
Kanon dibujó un triángulo con sus manos en el aire, dejando detrás de sus palmas estelas de electricidad estática. Alcancé a gritar y poner mis brazos sobre mi rostro en actitud defensiva antes de ser arrastrada inexorablemente, como si viajara a una velocidad inmensa que me despedazaba por entre un largo túnel.
Cuando todo terminó, me encontraba sola en un lugar inmenso, oscuro y totalmente silencioso, mil veces más opresivo que el Laberinto de Géminis, como si estuviera a miles de metros bajo un mar tormentoso. Moverme me costaba horrores y la luz era casi inexistente, sólo algunas fosforescencias de color verde oscuro iluminaban tramos aquí y allá. Temblando tanto de pavor y de frío que hasta me castañeaban los dientes, encendí mi Cosmo. El aliento me salía en un vapor denso y blanco, como casi en volutas redondas, de la boca y la nariz al respirar. Definitivamente era otra dimensión. Hasta mi cosmoenergía se comportaba de manera extraña. No salía de mí en llamaradas, como en el Santuario. Aquí parecía lenta, compacta, casi como si fuera un líquido, aire solidificado. Aun así su brillo iluminaba a un metro y medio a la redonda. Tuve la extraña idea, en medio de esa oscuridad densa, de desarrollar en el futuro una técnica, que tuviera que ver con el Sol, y el plasma –energía líquida, comprimida-. Luego deseé no haber encendido mi Cosmo.
Lo que veía me aterró. Me puse a reír con histeria, a punto de desmayarme.
Barcos. Cascos y velámenes rotos, carcomidos. Tesoros en joyas herrumbrosas desparramados en todas direcciones, pues en este lugar las leyes de la física no existían. Aviones militares colgaban de la nada en ángulos imposibles. Veleros. Yates modernos con las luces aún encendidas. Con cada paso que daba, las imágenes se distorsionaban y doblaban, tuve que cerrar los ojos porque sentía náuseas y mareos, los oídos me zumbaban y la piel me hormigueaba. Empecé a sentir ruiditos. Volteé.
Un hombre con vestimentas podridas del siglo XVII venía hacia mí. Las puntas de encaje mohoso de sus mangas, el terciopelo de su casaca, que hacía siglos era azul, estaba podrido y carcomido, al igual que la piel de sus mejillas, dejando ver sus dientes y los huesos de sus pómulos. Sus ojos eran totalmente blancos, con la pupila licuada. Las rodillas comenzaban a fallarme. No podía estar vivo. No era posible. Y aun así, caminaba. Extendió hacia mí una mano huesuda, literalmente huesuda, pues la carne se le había caído en diversos sitios.
-Mademoiselle, s'il vous plaît aider moi sortir d'ici.S´il vous plait.-cayó de rodillas ante mí, sollozando con su voz de ultratumba. En mi cabeza sonó la voz de mi abuelo, leyéndome cuentos de uno de sus autores favoritos.
/That is not dead which can eternal lie/And with strange aeons even death may die/
Venían más, de todas direcciones, en diversos estados de descomposición, con vestimentas de distintas épocas de hacía siglos, hasta unos que sospeché eran militares americanos y se veían bastante "frescos", por decirlo de alguna manera. El olor era insoportable. Aterrada, hice lo único que tenía sentido hacer. Defenderme. Encendí mi Cosmo hasta su tope. Los espectros no parecieron aterrados, sino más bien interesados, curiosos por descubrir qué era la luz de mi cosmoenergía. De pronto, todos miraron hacia arriba, o lo que yo pensaba que era arriba, porque en esta dimensión no existía arriba, ni abajo, y vi con horror los ojos inmensos, casi igual de grandes que yo entera, de una criatura envuelta en sombras liquidas. Tenían pupilas alargadas, como los de los gatos y las serpientes, y alcancé a ver las escamas enormes de su piel negra y correosa, pero no lograba adivinar de qué se trataba. Escuché chasquidos, que resonaron en la vastedad de aquel mundo sumergido y olvidado, que parecían las pinzas de una langosta o un cangrejo. Los espectros gritaban aterrados.
El monstruo parpadeó. Y yo me desmayé.
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Cuando desperté, seguía en aquel lugar. Más precisamente en un charco maloliente de algo que parecía baba de tiranosaurio color alquitrán. Maldito fuera Kanon, ¡hijo de puta!, pensé, perdiendo el control de mi muy trabajado vocabulario. El desgraciado me había enviado al Triángulo de las Bermudas. ¡Al maldito triángulo de las Bermudas! Estaba furiosa. Furiosa como nunca. Miré hacia "arriba"; la criatura o no estaba, o se había camuflado de nuevo con las sombras. O había sido una alucinación. Tenía que pensar en cómo salir de allí. Noté que me costaba respirar y me pregunté bastante preocupada, si aquello enteramente era otra dimensión, un universo paralelo, ¿cómo era posible que yo siguiera respirando? Quizá no había oxígeno. Nada de lo que existía en el lugar de donde yo venía existía aquí. ¿Cómo entonces mi cuerpo, y los cuerpos de las personas que habían estado siglos aquí no se habían desintegrado? ¿Y cómo volvería sin explotar convertida en una miríada de átomos? La clave, según las explicaciones de Kanon, estaba en hacer vibrar las partículas de todo mi cuerpo en la misma sintonía que la del lugar a donde quería volver.
No había luz del sol, no había luz en realidad, excepto la que yo podía producir. Salí del charco moviéndome con dificultad y dolor, quitándome aquella baba de encima con las manos, sacudiéndolas con desagrado. Una vez me sentí lo suficientemente limpia, volví a encender mi cosmo. Me llené de él. Pensé en la luz del sol, en el aire del Santuario. Pero estaba demasiado furiosa, tanto que lloraba de rabia, las lágrimas elevándose brillantes en el aire como si fueran una lluvia que flotaba, y sólo quería volver para patear el trasero de Kanon, halarle el pelo y ponerlo a comer polvo. Seguí y seguí aumentando la potencia de mi cosmo, a niveles a los que nunca había llegado. Mi cabello se levantó, ondulando por voluntad propia. Caminé, evitando los obstáculos del terreno, pasando de un lugar a otro sin continuidad, caminando por sitios en que mi centro de gravedad se movía y cambiaba y me encontraba andando de cabeza o de lado por paredes cuya geometría no era euclidiana, plana o siquiera comprensible. A veces pasaba varias veces por el mismo lugar sin darme cuenta, o había sitios que eran exactamente iguales. Después de lo que sentí que fueron horas, desfalleciendo, escalé un gran montículo de lo que parecían pedazos rotos de vidrio negro, baba y escombros de una antigua nave española, desde el cual se podía ver el "horizonte".
Si había guardado alguna esperanza de salir de ese lugar con mi poder, la perdí justo en ese momento. Me derrumbé, caí de rodillas sosteniendo el dorso de mis manos contra mi boca y sollocé casi a gritos. Era inmenso. Más inmenso e interminable de lo que podía imaginar. No había cielo ni tierra, arriba y abajo estaba lleno de escombros y cosas. Mi vista alcanzaba hasta un lugar en donde las ruinas de barcos y aviones se acababan, y más allá, un horizonte de luz verdosa y escasa revelaba montañas que parecían castillos, construcciones de ángulos imposibles. Pensé que no podía ser cierto. Mi cordura pendía de un hilito muy fino. Me limpié las lágrimas y saqué la lengua para saborear una de mis dedos, pensando que era la única agua en toda aquella dimensión. Recordé que de entre todos los relatos que en mi niñez había leído con mi abuelo de autoría de H.P Lovecraft, el que más me había llamado la atención y casi obsesionado, había sido La Llamada de Cthulhu. Al parecer estaba ahora en su morada eterna, muerta y profunda. Me calmé un poco y me senté en el montículo, pensando febrilmente qué iba a hacer. No sabía hablar con el cosmo, y el mío no era tan poderoso como para que mi cosmoenergía atravesara esta dimensión y llegara hasta Aioria y éste obligara a Kanon a sacarme de aquí…si es que él podía hacerlo. Y probablemente Aioria no lo haría, de lo enojado que estaba conmigo.
Volví a llorar. Pensé de nuevo en el sol, en respirar sin aquella presión, en tomar agua fresca. Encendí mi cosmo de nuevo. El Sol. El sol. Cerré los ojos y pensé que debía brillar con igual fuerza que el sol para poder salir de allí, para alejar de mí aquel lugar y volver al Santuario. Me llené de ira y de pánico, mi cosmo se descontroló un poco, llameando con la misma lentitud y liquidez de una lámpara de lava. Grité, la impotencia y la rabia que sentía llenando cada poro de mi piel de una sensación de dolor y ardor como si de agujas clavadas se tratase. Debía liberarlo, sacarlo de mí porque me dolía, pero era muy difícil porque su consistencia, si esa era la palabra, ya no era la misma, era como si me bombeara lodo por las venas y quisiera salirse por mi piel. Me puse en pie y alcé ambos brazos hasta poner ambas manos directamente sobre mi cabeza, con las palmas hacia arriba. Una bola de cosmo se concentró en ellas, tan potente, que vi aquel mundo iluminado con una luz cálida y blanca, durante un breve instante, sus criaturas monstruosas, sus recovecos de leyenda, antes de sentir el cosmo de Kanon y su mano en mi hombro, y el tirón hacia la dimensión de la que venía.
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Caí boca arriba, sudando y jadeando, al suelo de la casa de Géminis. Kanon se arrodilló a mi lado, para levantarme. Sin pensarlo siquiera, sin detenerme a mantener intacto mi orgullo, me incorporé sobre los codos y me alejé de él, con miedo, un miedo real, acurrucándome contra una columna. Temblaba de pánico y probablemente estaba increíblemente pálida, todo el terror que había acumulado dentro de mí en aquel lugar y en los últimos días con Kanon en Géminis, que no había dejado translucir, se salió de mí como si un dique se reventara. Grave error. Gravísimo. Kanon, con la cara desencajada de ira, y casi tan pálido como me imaginaba que yo tenía el rostro, se acercó a mí pisando fuerte, me levantó del piso por el cuello hasta que nuestros rostros estuvieron a la misma altura, y me estampó contra la columna. Mis pies no tocaban el suelo. Me aferré de su muñeca con ambas manos para no ahogarme. Acercó su cara a la mía, rechinando los dientes.
-Nunca, nunca jamás, vuelvas a mostrar miedo, ¿comprendes, niña? Cualquier duda será aprovechada por tu oponente, ¡cualquiera!, compasión, miedo, demasiada ira, podrían ser tu causa de muerte. ¡Podría matarte ahora mismo! Qué asco, esa actitud patética y desvalida, ¡qué asco me das!
-Bá…je…me-dije, ahogándome. Ya sentía los ojos a punto de estallar, la sangre agolpándose en mi cara.-No…soy…cobarde…ni patética… ¡bájeme!
Por toda respuesta, Kanon apretó más. Sentí algo chasquear en mi nuca. Grité.
-¿Qué es lo que tienes, niña? Vi que algo se te ocurrió allá abajo. Atácame con eso. Hiéreme. Hazme sentir el horror que sentiste.-Kanon me estaba provocando, hablándome tan cerca que podría besarme, sentía su aliento en mi cara, su voz, aterciopelada y llena de odio y sensualidad, hizo que sintiera algo extraño en mi interior, ira, ganas hacerle daño, y una voluptuosidad desenfrenada, como besarlo en los labios y mordérselos hasta hacerle sangrar. Me sorprendió pensar en eso, imaginar esa escena, esa pequeña crueldad lasciva viniendo de mí, que nunca había tenido ese tipo de pensamientos para con nadie. Pero, cómo lo atacaría, ¿con qué? Siguió apretando y mi vista se oscureció. Encendió su cosmo. Sabía lo que haría, enviarme de vuelta a ese lugar. No volvería allí nunca. Encendí el mío, tan rápido y tan fuerte que la piel me ardió, lo quemé al máximo, llevada por la rabia ciega que me inundaba. Me sorprendí maravillosamente de que aquí fuera todo rapidez, eléctrico como si de rayos se tratara. Recordé la cualidad liquida de la luz, el plasma, lo que había experimentado en la dimensión del Triángulo Dorado. Mi cosmo era eléctrico. Junté toda mi energía, todas mis partículas, me hice líquida y eléctrica, usé esa sensación de estar expulsando lodo de las venas pero con mi cosmo al máximo poder y velocidad, me convertiría en una bola incandescente de energía y Kanon se quemaría, todo lo que tocara se desintegraría, ardería. Quité mis manos del brazo de Kanon, dibujé un círculo en el aire con ellos y lo envié directo a su cara mientras gritaba desgarrándome la garganta.
-¡TORMENTA SOLAR!
Caí al suelo de nuevo, sintiendo aún el calor producido por mi ataque en el piso de mármol y escuchando en el aire los ramalazos de electricidad estática. Sentí dos golpes sordos, uno al estrellarse Kanon contra la pared opuesta, y otro, al estrellarse de cara contra el suelo. Me toqué el cuello, que seguro tendría los dedos de Kanon estampados por semanas. Kanon se levantó, casi como si nada, con la camisa chamuscada y la piel enrojecida, nada más, como si yo no lo hubiera atacado con la manifestación de cosmo más poderosa que había salido de mí en toda mi vida, con mi primer ataque personal. Vino hacia mí, su actitud totalmente cambiada. Sonreía orgulloso. Me levantó en brazos del suelo y esta vez no hui. Me depositó en mi camastro en mi habitación con delicadeza, me dio un par de palmaditas en la cabeza de aprobación y luego salió del cuarto, cerrando la puerta tras él. Me reí porque su ropa olía a quemado. Yo estaba asquerosa, sucia, llena de alquitrán, las vendas en mis brazos humeaban debido a la potencia del ataque, estaban ardiendo.
Unos segundos después entró Dora, con su botiquín y una expresión en su rostro que no supe identificar. Mis dolores aumentados por todo el tiempo que había pasado en la dimensión del Triángulo Dorado volvieron a mí en toda su intensidad.
-¿Cuánto tiempo estuve allí, Dora?- murmuré con la voz ronca y la boca totalmente seca, mientras ella se sentaba a mi lado y tomaba mi pulso de mi muñeca. Al tocar las vendas retiró las manos pues se había quemado.-Lo siento, debí avisarte.
-Estuviste fuera dos días, Marah.- murmuró Dora en tono confidencial, cortando las vendas de mis brazos con una tijera
-¿Sabes si Aioria se dio cuenta?-pregunté, un rayito de esperanza iluminando mi alma. Quizá por eso Kanon había ido a traerme de vuelta. La vestal me acercó el vaso a la boca y bebí el agua con tanto desespero como si fuera el néctar más delicioso del mundo. Una vez terminé, puso el vaso en la mesita de noche.
-No sabría decírtelo, pequeña. Kanon blindó Géminis los últimos dos días, usó el Laberinto y las ilusiones, mientras estuvo meditando.- me contestó Dora.- ¿Algo te duele, estás herida?
-No, Dora. Muchas gracias. Me gustaría poder descansar.- le dije yo con los párpados pesados. Ella me acarició el cabello, tomó su botiquín y abandonó la habitación dejando la puerta entreabierta. Hacía mucho calor. ¡Si! Aquí no temblaba y no me salía vapor al respirar. Me quité la ropa, dejándola hecha un montoncito en el suelo, probablemente habría que quemarla de lo sucia que estaba, y me puse un camisón viejo y de tela delgada para poder soportar la temperatura.
Era magnifico respirar, sentir el aire, estar allí. Estaba feliz. Había logrado encontrar mi primer arma. Una poderosa. Mi primer ataque.
Había dado un paso más para convertirme en una Santa de Athena.
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Me encontré a mí misma en un lugar completamente oscuro, y escuchaba un ruido repetitivo, algo que giraba, y chasquidos, muchísimos chasquidos, como de tijeras. Temblando de miedo y pensando que volvía a estar en la dimensión del Triángulo Dorado, me adentré más en aquella oscuridad densa y acariciante, y de repente una luz cegadora lo iluminó todo. Tres mujeres hilaban sentadas ante un telar de proporciones gigantescas, tejían un inmenso tapiz lleno de formas y colores, personas, lugares. Y la anciana, de ella venía el chasquido. Tenía en las manos unas tijeras de pinza doradas. La luz empezó a apagarse. Sentí miedo. Las tres mujeres, joven, madura y anciana, vestidas con unas túnicas grises y rotas que parecían más viejas que la tierra misma, voltearon a verme, alarmadas, como si mi presencia allí les asustara. La anciana cortó un último hilo, y el chasquido se magnificó en aquel vasto salón.
La luz se apagó completamente, y me encontré sentada a los pies de mi abuelo, él sentado en su sillón favorito de la biblioteca de nuestra casa en El Cairo. Hacía calor. Yo tenía un vestido blanco de lino, y el pelo suelto. Por las ventanas entraba el viento y se podía ver el inmenso cielo azul. El aire olía a canela, a incienso, cardamomo. La luz en todo era absolutamente brillante y bella. La alfombra se sentía mullida debajo de mi cuerpo. Mi abuelo me trenzaba el pelo. Cuando terminó, lo miré. Estaba hermoso, vestido también de blanco, con sus lentes, su pelo y su barba blancos, sus ojos azules, iguales a los míos.
-Has crecido tanto, Marah. Estás hermosa. Estoy tan orgulloso de ti.
Me arrodillé para abrazar su estómago. Mi abuelo me abrazó. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Realmente era él. Mi abuelo. Alexander Harker. Sí, era él. Lavanda francesa en la solapa de su chaqueta de lino.
-Grandpapa, ¡te extraño tanto! Si supieras todo lo que me ha pasado… ¡Estoy en el Santuario de Athena, abuelo!–sollocé, con alegría y tristeza al mismo tiempo, con el corazón a punto de reventárseme de dolor y de miles de preguntas que me estallaban dentro-¡Me están entrenando para convertirme en amazona!
-Lo sé, pequeñita. Debes convertirte en una Santa de Athena. Debes hacerlo.-dijo mi abuelo, besando mi coronilla con ternura.-Es de máxima importancia que lo hagas. Así podrás huir del mal que te acecha.
Me levanté y lo miré. En sus ojos había preocupación. Tomó mi rostro con ambas manos.
-¿Cuál mal, abuelo, dime? ¿Qué me acecha?
-Estás maldita, pequeña. –Sus manos apretaban mi cara.-Estás maldita.
El sueño cambió. La biblioteca estalló en llamas, el piso se llenó de lava volcánica y olor a azufre. Mi abuelo se quemó también sin soltar mi cara, mientras yo gritaba, cada vez con más intensidad, y él repetía, maldita, maldita, maldita. Del suelo surgió una estructura de metal que me elevó por los aires, un trípode dorado. El vestido blanco colgaba y ondulaba. Unas esposas doradas se ataron solas a mis muñecas, amarrándome a la estructura. Debajo del inmenso trípode, el vacío, el calor agobiante. Los vapores malolientes y ardientes que me quemaban los pulmones. Grité intentando despertar, pedir auxilio. Grité y grité. Me estaba quemando yo también. Mi piel burbujeaba y se caía. La visión cambió de nuevo, pero seguía sintiendo que ardía. Sura, la aprendiz de June de Camaleón, tenía los ojos abiertos y vidriosos, la piel pálida, sudorosa, y los labios entreabiertos amoratados, acostada en una cama de paja. June lloraba sin hacer ruido, sus dos alumnas mayores abrazándose entre sí. Yo seguía gritando a todo lo que me daban los pulmones.
-¡Marah, Marah! ¡Tranquila, pequeña, shhhh, shhh, todo está bien!-susurró Kanon de Géminis, sentado en el borde de mi camastro. Yo ardía en fiebre, estaba empapada en sudor y mi cosmo estaba encendido. Él tenía mis manos sujetas por las muñecas. Sentí un ardor extraño en el cuello. Al parecer me había hecho daño con las uñas estando dormida. Seguí sollozando, histérica. Otra vez las pesadillas.-Todo está bien, cálmate, por favor. Sólo era una pesadilla.
-¡Cállala, por favor, necesito dormir!-gruño Saga, de muy mal humor, parado en la puerta del cuarto. –No vuelvas a usar el Golden Triangle con ella, a los débiles mentales les afecta mucho, no quiero soportar alaridos como esos de nuevo jamás.
Al lado de Saga, estaba Dora, que se tapaba la boca con las manos, aterrada. Mi cosmo se apagó y empecé a hiperventilar.
-¡Estoy maldita!, ¡mi abuelo me dijo que estoy maldita! ¡Sura! ¡Sura va a morir! -chillé, histérica. Saga se tapó los oídos con ambas manos, mientras me observaba con una expresión extraña, como si sospechara algo de mí, y abandonó la habitación, molesto.
-Ve a preparar un té de opio fuerte para Marah, Dora. Lo necesita.-dijo Kanon sin mirarla siquiera. La vestal también se fue y me dejó a solas con él, quien me miró con auténtica preocupación grabada en el rostro. Me tomó por los hombros y me sentó en la cama, apretándome contra su pecho desnudo, balanceándose un poco, arrullándome.
-Sólo fue una pesadilla, pequeña. Sólo eso.-murmuró mientras apartaba de mi cara mi propio pelo empapado en sudor con una mano. Lo abracé instintivamente. Necesitaba algo a qué aferrarme. Mis manos se anclaron en los poderosos músculos de su espalda mojada, y mis dedos se enredaron en su cabello, que tenía recogido en una coleta baja.
-Me estaba quemando en un trípode, Kanon.-sollocé.- Mi abuelo se quemó diciéndome que estaba maldita, y ví a las Moiras, y su tejido, las ví. Escuché a Átropos cortando los hilos a toda velocidad. Y Sura va a morir.-solté susurrando frenética, histérica, de un tirón y casi sin respirar, apretando tanto los párpados que los ojos me dolían. Repetí la retahíla en árabe.
Como estaba apretada contra el pecho de Kanon, escuché cómo el latido de su corazón se aceleraba. Redoblé la angustia de mi llanto. Sus manos me acariciaron la cabeza, los hombros, la espalda, lentamente y con fuerza. Esas manos que tanto me habían golpeado y hecho daño, ahora me calmaban y me acariciaban y yo no rehuía de ese contacto. Es más, lo buscaba. Me estaba fundiendo de fiebre, de pánico y de una emoción desconocida en mi pecho, en los brazos del Dragón del Mar.
-Solo fue un mal sueño, Marah. –Kanon se separó de mí, tomándome la cara con ambas manos y me obligó a mirarlo.-Por favor cálmate. –volvió a secarme las lágrimas con sus pulgares con delicadeza. Lo miré a los ojos por entre una neblina de agua salada. Él juntó su frente con la mía y sentí su aliento sobre mi nariz. Susurró. –Estoy aquí, nada malo podrá pasarte.
Su voz estaba llena de una ternura increíble. Sus pulgares se movían sobre mis mejillas, el resto de sus dedos acunando mi nuca. Una pequeña tos anunció a Dora, que dejó la taza humeante sobre el escritorio y se fue, rauda y veloz, con la mirada gacha. Kanon se puso en pie y fue por la taza, que me entregó. Las manos me temblaban tanto que me repiqueteó la taza sobre el plato. Él me quitó ambas cosas y volvió a sentarse a mi lado.
-Tal vez no sea tan buena idea que te lo tomes tú. Puedes tirártela encima y escaldarte. Bébetelo todo. Es opio. Te ayudará a dormir bien.- dijo ya en voz normal, volviendo al tono en que siempre me hablaba, autoritario y ligeramente despectivo, pero sopló la taza para enfriarla un poco antes de ofrecérmela. Bebí el té de opio, que sabía feísimo y me entumecía la lengua, de a sorbitos, y él con infinita paciencia me lo dio hasta que me terminé toda la taza. La dejó en la mesita.
Me calmé, dejé de sollozar, aunque las lágrimas seguían saliendo incontrolablemente. Él se puso en pie.
-Trata de dormir.-dijo, con una voz casi fría que me asustó, dándose la vuelta. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, tomé su mano.
-Por favor, no te vayas. Por favor.- dije mirándome las rodillas. Me sonrojé cuando entendí qué había hecho. Lo observé con el rostro ardiéndome. Kanon sonrió y me miró con esa expresión extraña. Se sentó en el borde de la cama y con un gesto me indicó que me corriera hacia el rincón. Obedecí. Se acostó a mi lado, mirándome de frente. Aún con mi mano izquierda, sostenía la derecha suya. En ese momento noté que sólo tenía su pantalón de dormir puesto. Con su otra mano, mirándome de frente, me acarició el cabello, húmedo. Sentí vergüenza. El me observaba, mientras yo respiraba, tratando de dejar de llorar.
-Así me gusta. –susurró.-Duerme.-Me quedaré contigo hasta que vuelvas a dormir.
Cerré los ojos y el sueño se apoderó de mí.
-Gracias, Kanon. Gracias.-murmuré, atontada por su calor corporal, su olor, por el cansancio, por el opio.
Sentí brevemente sus labios sobre mis labios antes de hundirme en la inconsciencia.
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Cuando abrí los ojos de nuevo, Kanon ya no estaba allí y ya era tarde, aproximadamente las cuatro de la tarde, de hecho. Me toqué los labios, asustada, sin saber si realmente eso último había sucedido o no, o sólo me lo había imaginado. Probablemente me lo había imaginado. En ese momento comprendí que el esquizofrénico de Kanon me gustaba. Me encantaba. Anhelaba su compañía y su contacto locamente, y me asusté. Me aterroricé, de hecho. ¿Qué me estaba pasando? Eso no debía suceder, y menos de él. Ya era un problema de proporciones épicas, si en medio de mi confusión emocional total ese era un hecho claro y diáfano. Él, sin duda, tomaría ventaja de ello. Había cometido un gravísimo error al pedirle que se quedara, al abrazarlo, al aferrarme a él. No era una persona de fiar. Era un hombre cruel y malvado. Todos los sucesos que nos habían orillado a esta situación eran sospechosos y estaba absolutamente segura que buscaba algo de mí, algo que terminaría beneficiándolo, y a mí no.
Además se había pasado mucho en nuestros "entrenamientos". No había llegado a ser tan cruel como Algol, a quien no le importaba para nada mi bienestar físico y el trato que me había brindado era absolutamente degradante, para él, yo había sido poco más que un animal, y ni siquiera una mascota que acariciar sino una bestezuela despreciable que azotar, insultar, golpear y privar de alimento hasta domarla, o matarla: Kanon se preocupaba porque comiera, durmiera, curaba mis heridas después de los entrenamientos, conversaba conmigo en mis ratos libres y parecía genuinamente interesado en lo que yo tuviera que decir -al contrario de Algol, que opinaba que las mujeres por naturaleza éramos estúpidas-, así pensara que para guerrera no servía. En ese sentido no se diferenciaba mucho de Aioria, con el que también me había liado a golpes, pero mi maestro jamás me había asustado tanto como Kanon, porque con él era en serio, era personal. Como si se estuviera vengando de mí, o me tuviera rabia por alguna cosa que yo ignoraba.
Recordé con terror la pesadilla de la noche anterior. Decidí que sólo había sido eso, una pesadilla. Que todo era una pesadilla. Me moría de sed y de hambre y de fastidio, deseaba un baño caliente con urgencia. Salí de la habitación descalza y aún con mi camisón puesto. Escuché voces en el Hall. Espié desde detrás de una columna a Saga, que reía mientras tomaba de la cintura a una muchacha alta, delgada y muy hermosa, de ojos dorados y pelo castaño, y jugueteaban, al parecer de camino hacia los templos zodiacales superiores. Cuando ellos se fueron, me aventuré al Hall y fui hasta la cocina. Dora no estaba allí. Quizá ni estaba en el templo. Suspiré resignada, tendría que hacerme mi propia comida. Definitivamente Dora no estaba. Las brasas del horno estaban ya casi frías.
Como en Leo, del techo de la cocina, junto a las ventanas y al exhosto del horno, colgaban ataditos de diversas ramas de distintas plantas aromáticas y condimentos puestas a secar. Era más grande que la de Leo. Un largo mesón de piedra adosado a la pared era la superficie de trabajo, y debajo de él estaban todas las ollas y cacharros. Había también una poceta de granito con un mecanismo de bomba y grifo con el que se podían lavar los platos. Al lado opuesto, había una pequeña cava cuasi-subterránea y oscura llena de hielo con estantes para almacenar los víveres.
Abrí la puerta de la cava y a tientas, caminando por el piso lleno de aguahielo, tropezándome con lo que sospeché era la carne de casi una cabra entera colgando de un gancho, busqué una manzana, que me metí a la boca, y un cubo de agua fría. Salí de ahí. Cuando cerré la puerta de la cámara fría, ví a Kanon de pie, recostado en la mesa y con los brazos cruzados. Mirándome, mientras sonreía. Al parecer había estado entrenando, porque sudaba y no tenía camisa puesta. Respiré reponiéndome del derrame cerebral que sufrí. Me serví un vaso de agua, y otro a él, y volví a poner el cubo en la cava. Me tomé el agua casi con desesperación. Kanon no había tocado su vaso. Mordí la manzana. ¿Por qué él sonreía?
Tardé un par de segundos en notar que estábamos solos en Géminis. Y otro segundo más en notar cómo Kanon miraba mi cuerpo bajo el camisón. Jamás había sido observada así. Como si yo fuera algo a la vez muy tierno y lindo, y muy apetitoso. Casi como se mira a un plato tan bien presentado que da tristeza comérselo. Él se puso en pie. Temblé. Siempre que él se acercaba a mí, yo temblaba. Tragué el mordisco que tenía en la boca y tomé otro sorbo de agua. Me quitó la manzana y el vaso y los puso sobre el mesón de piedra. Se inclinó un poco. Volvió a tomar mi rostro entre sus manos y me miró a los ojos.
-Por si te lo estás preguntando, sí, te besé anoche.
La cara se me estalló, se me sonrojaron hasta las puntas de los dedos. Incluso se me aguaron los ojos y retrocedí. Empuñé las manos y miré al suelo, dentro de mí una mezcla de rabia y de anhelo me habían tomado por asalto.
-Lo siento. No debí hacerlo.-la voz de él había cambiado de tono. Era fría de nuevo, sin verdadero sentimiento de culpa o de vergüenza. Sólo una fórmula. Algo dentro de mí se destrozó. Di varios pasos para alejarme aún más de él. No debió hacerlo. Claro.
-No sé de qué está usted hablando, Santo Kanon de Géminis.- dije, usando el mismo tono de voz gélido.-Con permiso. Vuelvo a mi habitación. Estoy muy cansada.
Me encerré en mi cuarto hecha pedazos. Estaba tan exhausta que no era capaz de llorar siquiera. No debió hacerlo. Claro que no. Yo era una chiquilla insignificante, y había abusado al hacerlo. Por eso me pidió disculpas. Imbécil. Pero se había quedado conmigo y me había consolado. Me había tratado con ternura. No entendía a ese hombre. Simplemente no podía. Era malsano. Aquello era malsano, las palizas salvajes y la extrema delicadeza. Di vueltas hasta que volví a dormirme.
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Al día siguiente, muy temprano, Dora me levantó temblando y me hizo comerme a las malas un caldo de carne y un pan con queso, y luego me dio una bolsa de tela y una cantimplora que me pidió, por el amor de Athena y si apreciaba mi vida, que no dejara aquí, lo cual me indicó qué era lo que iba a pasar. Kanon planeaba enviarme de nuevo al Triángulo, esta vez, un largo tiempo. Me devolví a mi habitación corriendo y me vestí apropiadamente, incluso lancé dentro de la bolsa de la comida un chal de tela gruesa para envolverme y alejarme del frío seco y horrible de aquella dimensión.
Salí al Hall de Géminis. En cuanto Kanon me vió, encendió su Cosmo. Iba a hacerlo. Suspiré resignada. Dibujó el triángulo dorado en el aire y sentí aquel terrible jalón. Al abrir los ojos, noté la inmensa presión de nuevo, vi la oscuridad. Encendí mi Cosmo. Aquella vez saldría de allí por mis propios medios así me costara la vida. No le pediría ayuda.
Vagué por aquel mundo de pesadilla durante lo que me parecieron días. Afortunadamente estaba mejor preparada y tenía cosas para comer, que racioné lo mejor que pude, y algo con qué cubrirme del frío, y botas resistentes, aunque todo me dolía. No encontraba la manera de volver al Santuario. Evitaba a los espectros todo lo que podía. Nunca quisieron hacerme daño, pero me suplicaban en distintas lenguas que los ayudara a salir de allí, y aquello era peor que si me hubieran atacado, porque no podía ayudarlos. Vi al monstruo un par de veces, sin moverse, sólo me miraba. Al final noté que aquella dimensión se movía al ritmo lentísimo y profundísimo de su respiración. No pude evitar pensar que tal vez, aquellos valles y colinas sin sentido ni orden que atravesaba, los pequeños lagos espesos y malolientes, eran parte de eso, de esa inmensa criatura que era la dimensión en la que ahora me encontraba. Tenía sentido. / En su morada de R'lyeh, el muerto Cthulhu espera soñando/.Evitaba dormir, pues no sabía si volvería a despertar.
En el momento en que me rendí, pensé de nuevo en Kanon, en su olor. En el latido de su corazón. Si no lograba volver al Santuario, ¿por qué no intentar volver a Kanon? Así podría matarlo, porque eso quería, matarlo. Encendí mi cosmo, gradualmente, la dimensión del triángulo dorado se llenó de la luz blanca y azul que componía mi cosmoenergía. El latido de su corazón. Su olor. Me convertiría en eso, en Kanon.
Estuve concentrada en el Santuario, en mis recuerdos, sentada en flor de loto, con mi cosmoenergía encendida al máximo durante horas. Pensé en Athena. Le pedí que me diera la fuerza necesaria para volver al Santuario, sin embargo, estaba en un lugar tan calmado y en un estado de concentración tan profunda, que pude darme cuenta que el dichoso bloqueo energético se encontraba en dos de mis chakras. No sentía la energía pasar adecuadamente por el plexo solar ni por el corazón. Qué adecuado. Los sitios donde según la antigua teoría, se procesaba el valor, el coraje y el miedo; y en donde nacían los sentimientos. Apreté los dientes y me abandoné al sexto sentido, sabía que debía controlarme, o me enloquecería intentando comprender la estructura de la que estaba hecha esta dimensión. Debía concentrarme en mi propio cuerpo y cambiarlo para volver al Santuario.
Mi piel se volvió solo una membrana permeable, y el universo a mi alrededor se convirtió en motas de polvo. Noté que se movían muchísimo menos y en patrones muy extraños, lo mismo que los átomos de mi cuerpo. Me concentré en mi cosmoenergía, en que se manifestara con la misma rapidez y forma en que lo hacía en el lugar del que venía, en la Tierra, que circulara por todo mi cuerpo y especialmente por esos dos puntos energéticos que no estaban funcionando bien.
Eventualmente sentí que el peso sobre mí se aligeraba, y luego, el vacío y el tirón. Cuando terminó, más asombrada de mi propio poder que satisfecha, me arrodillé medio muerta, a punto de desmayarme, sobre el piso de mármol de Géminis. Gotas de sudor caían al suelo desde mi frente y temblaba incontrolablemente. Kanon salió corriendo de su habitación.
-Pero…¿Cómo…..como lo hiciste?-tartamudeó, atónito, pálido. Me puse en pie con mucha dificultad, mientras encendía mi cosmo, viendo rojo por la ira. Iba a hacerle pagar caro haberme enviado a ese lugar de nuevo.
-Hice lo que me dijiste, Kanon. Alteré mis átomos para que recordaran la frecuencia de ésta dimensión. Me tomó un tiempo, pero lo logré.-Mi voz no fue más que un susurro áspero, hablé para distraerlo mientras reunía la energía necesaria. Hazte líquida y eléctrica. Líquida y eléctrica. –Ahora voy a alterar los tuyos, ¡para siempre! ¡SOLAR STORM!
El ataque salió de mí con una potencia inaudita, increíble. Kanon, atontado, recibió el impacto total de mi ataque, salió volando varios metros, se estrelló contra el techo y luego cayó al suelo. No se levantó inmediatamente, como en la vez anterior. Creí haberlo matado. Me dio un ataque de pánico. Cuando me moví para intentar reanimarlo, todo se puso negro y ni siquiera noté cuando caí al suelo.
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-No sé cómo sigue viva, cómo no se desintegró totalmente al intentar regresar a este plano.-dijo la voz de Saga con reproche.-Me parece que has sido muy irresponsable en el manejo de esta niña, tanto en el entrenamiento físico como el del cosmo. Es sólo una aprendiz. Y más bien frágil, poco hábil, aunque me sorprende que haya logrado regresar por sus propios medios. Después de una semana, claro. Casi se mata.
-Ay, por favor, Saga. Ni siquiera la envié a los planos más inferiores, o los más extraños. Le he dado lo que sé que puede manejar. Entrenó dos años en el desierto de Arabia Saudita. Dale un poco de crédito. De hecho le quedaba energía suficiente para hacerme daño, de hecho, tuve suerte de que estuviera debilitada o me habría carbonizado.
-Sí, sólo espera a que Aioria lo sepa. Si ella no te mató, el sí lo hará. Es como si fuera su hija. Habla de ella con tanto orgullo que no me sorprendería que la adoptara. No sabes lo que me ha costado evitar que te rompa la cara.
Kanon y Saga notaron que estaba despierta cuando intenté levantarme de mi camastro. Tenía un paño húmedo sobre la frente. Ellos dos estaban de pie junto a la puerta de la habitación y Dora estaba sentada en un banquito al lado de mi cama. Me quitó el paño de la frente sonriendo de alivio. Se puso en pie y se fue de la habitación.
-Lo hiciste bien, chiquilla.-me dijo Saga, sorprendiéndome tanto que pensé que la mandíbula se me caería al suelo.-te felicito, le diste su merecido al idiota de mi hermano. Estuvo horas quejándose del ardor. Me sorprendería mucho que no ganaras una armadura en las Pruebas.
Me palmeó el hombro un par de veces en señal de aprobación. Me miró con la misma expresión traviesa que a veces tenia Kanon, y luego lo miró a él y hubo un pequeño intercambio entre ellos de cosmo a cosmo que me perdí. Luego salió del cuarto con una sonrisa de satisfacción.
Al parecer, a Saga le encantaba dejarme a solas con Kanon. Parecía que lo hacía inmensamente feliz. Bufé. Kanon me observaba, contrito, desde los pies de mi cama. Lo miré con odio. Se acercó a mi lado y me ayudó a tomar agua del vaso que reposaba en la mesa de noche. Desapareció un rato y cuando volvió, traía un tazón de caldo de pollo y una manzana. Me ayudó a comer, pues yo estaba absolutamente débil y no era capaz de sostener la cuchara sin temblar. Noté que su piel estaba quemada, como si se hubiera expuesto al sol durante muchas horas. Efecto de mi ataque, supuse. Me reí, atragantándome con la sopa. ¡Mi ataque también insolaba a mis oponentes! Kanon supuso porqué me estaba riendo y aguantó la puya con estoicismo. Él había ayudado a crear ese monstruo. Debía lidiar con las consecuencias.
Luego de comer, sin decirme una sola palabra, se fue de la habitación. Yo volví a dormirme.
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Pasaron un par de días y una última pelea de entrenamiento de parte de Kanon, que debido a todos los sentimientos encontrados que tenía hacia él, y quizá los de él hacia mí, se convirtió en una trifulca de graves proporciones en la que me dio una paliza y creo que yo a él. Aunque no lo suficiente para hacerle daño, sólo para herirle el orgullo.
Aioria se presentó en la Casa de Géminis y le pidió, no, le exigió en términos bastante duros a Kanon que me dejara volver a Leo. Escuché vagamente su discusión: mi gatuno maestro estaba terriblemente preocupado porque había dejado de sentir mi cosmo durante casi una semana, el total de tiempo que estuve en la dimensión del Triángulo; y que luego me sintió estallar en rabia. Kanon, haciendo gala de un cinismo que jamás le había conocido, le dijo simplemente que había que presionarme para lograr cosas conmigo, y que no se preocupara, que yo era más dura de lo que él pensaba. Me atreví a salir de la habitación luego de ese comentario, mientras Aioria estaba callado. Cuando me vió, espiándolos tras una columna, se acercó a mí, y me tomó por los hombros para examinarme. Las cortaduras en la cara, el ojo izquierdo aún hinchado, la mejilla derecha con un enorme verdugón, el labio inferior partido. Los dedos de Kanon marcados en mi cuello. Los moretones en los hombros y las clavículas, en los brazos, los nudillos destrozados. Vi los ojos de Aioria recorrer cada herida y su rostro endurecerse más y más, sus cejas juntarse más y más.
-Nos vamos ya, Marah. Recoge tus cosas.-dijo, intentando controlarse. Dí la vuelta y corrí a empacar. Cuando salí, atravesé Géminis y me encontré a Dora saliendo del baño del lado derecho, envuelta en un albornoz y con el pelo mojado. La abracé con todas mis fuerzas.
-Aioria vino por mí, Dora. Me va a llevar a Leo. Muchas gracias por todo. Shokran, Dora. Fuiste maravillosa conmigo.-le dije, tomándole las manos. Ella sonrió sinceramente aliviada, casi como si le alegrara que me fuera de Géminis.
-Me alegra que te vayas, linda. No me malinterpretes, no eres nada difícil de servir, ayudas y tienes buenos modales, eres como una muñequita. Precisamente eso es lo que me preocupa.-Dora miró a ambos lados con sus grandes ojos aguamarina y susurró tan quedo que casi no le entendí.-El Santo de Géminis…No es buena idea, Marah, aléjate de él.
Asentí.
-Lo sé.-le dije.
Volví al Hall de Géminis y fui hasta el lado izquierdo por mis maletas. Al volver, tanto mi maestro como Kanon evitaban mirarse y pateaban rítmicamente el piso con un pie.
Kanon parecía de muy mal humor.
-Una palabra con tu discípula antes de que se vaya, Aioria. En privado.-dijo. Mi maestro me miró, yo le hice un rápido gesto con la cara para que no se preocupara, tomó mi mochila y mis libros, y salió a esperarme fuera del templo de Géminis. Yo miré de nuevo a Kanon.
-Santo de Géminis, le agradezco por todas sus enseñanzas. Espero no haber sido una carga.- dije sonriendo, divertida y aliviada a partes iguales de que mi maestro me sacara de la tercera casa. En la cara de Kanon había muchas cosas que no supe descifrar.
-Todavía estamos en deuda, pequeña. –murmuró, acercándose a mí más de lo necesario, con esa mirada en los ojos y en el mismo tono aterciopelado que usó para provocarme. Temblé. Y él lo notó. Maldita sea. -Recuerda, no debes temerme, ni a mí, ni a nadie. No tienes por qué hacerlo. Y llámame Kanon, gatáki, si no te molesta.
Tomó mi rostro con ambas manos. Sus labios rozaron mis labios y suspiró, como si así pudiera extraerme el aliento. Su boca estaba fría. En un movimiento que no me esperé ni en mis más locos sueños, ni en mis más absurdas pesadillas, Kanon me tomó por la cintura y me aupó contra su cuerpo, se movió muy rápido hacia un sitio oscuro, pero conservó algo de calma, de paciencia, aunque respiraba con dificultad, rozó su nariz sobre mis mejillas, sobre mi frente, mientras sus manos acariciaban con algo que identifiqué como anhelo sobre mis brazos y mi espalda. Yo me quedé quieta, tiesa, como un animalito espantado, con el corazón latiéndome a mil revoluciones por segundo, a punto de estallárseme.
-No fuiste una carga.-susurró contra mi cara, con la voz espesa.-De hecho, me gustó. Mucho. No huyes ni te acobardas ante ningún reto, y eso…No sabes cuánto me encanta.
Acercó de nuevo sus labios a los míos y tomó mi nuca con ambas manos. Su olor me estaba enloqueciendo, el sándalo y la sal colándose bajo mi piel, metiéndose en mi boca, casi podía saborearlo. Puse mis manos en su pecho con delicadeza.
Y lo alejé de mí.
Sus dedos recorrieron mi cuello fugazmente. Volvió a sonreír al incorporarse. Qué gesto tan sutil y tan delicado y sin embargo, tan devastador. Más aún que sus golpes. Que sus ataques.
Me di la vuelta y abandoné Géminis corriendo, hiperventilando, y casi llorando.
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Mademoiselle, s'il vous plaît aider moi sortir d'ici.S´il vous plait: (francés) Señorita, porfavor ayúdeme a salir de aquí. Por favor.
That is not dead which can eternal lie/ And in strange aeons even death may die: frase extraída del cuento de H.P Lovecraft "La llamada de Cthulhu. "Pues no está muerto aquello que puede yacer eternamente/ Y en extraños eones, hasta la muerte puede morir".
Shokran: (árabe) Gracias.
Espero que mis lectores sepan disculpar mi pequeña licencia artística al mezclar el imaginarium de Lovecraft (uno de mis autores favoritos) con Saint Seiya, pero no pude resistir la tentación.
