Agradezco a Marde State, Monii Dael, Althea de Leo, Cissy Kuran y marinxaioria por seguir/ poner como favorita esta historia. Espero que les siga gustando.

Hoy les entrego

IX

LESSON THREE: AS LONG AS YOU LIVE, SHINE.

-Por Athena, qué desastre.- se lamentó Aioria, examinándome más detenidamente en la cocina de la casa de Leo. Levantó uno de mis delgadísimos brazos, que volvió a caer, sin fuerzas-Estás hecha un palo de nuevo, Marah. No me sorprendería que estuvieras muriéndote de anemia otra vez. Y mira todos estos moretones, y estas heridas, ¿y qué me dices de los huesos rotos?, voy a tener que hablar con el Patriarca. Esto es abuso. Por cierto, ¿te tocó? ¿Te hizo algo indebido?

Agnés, la vestal de Leo, lavaba los platos con tanta energía que me sorprendía que no los hubiera roto, y de cuando en cuando me miraba con rabia intensa, lo cual era extraño porque no le había hecho nada, pero luego fijaba sus ojos en Aioria con rabia también, así que no era sólo conmigo. Creo que estaba masticándose la lengua para no aturdirnos a punta de regaños. Ella y Dora eran las dos vestales más viejas entre las que servían en las Doce Casas y su posición y edad hacía que no se cohibieran al expresar sus opiniones. Al menos en el caso de Agnés. Dora era por naturaleza tímida.

Se suponía que las vestales debían obediencia al santo en cuya casa servían. Y generalmente era así, pero en Leo mandaba Agnés. Era una cuarentona delgada y alta de cabello negro y rizado, con una espesa mata de canas en su frente, de piel aceitunada y ojos oscuros y rasgados, que la hacían parecer turca. Tenía los labios muy finos y cuando los apretaba se veía muy severa. Y cuando se enojaba le chispeaban los ojos y hasta el pelo, que casi nunca se cubría. Sabía muchísimo de medicina, de mitología, de la historia del Santuario, de rituales. Una vez Aioria consiguió su armadura dorada, ella se convirtió prácticamente en su madre y le ayudó a quedarse al margen de las atrocidades que sucedían en el Santuario y a la vez, mantener su posición como caballero dorado. Mi maestro me había contado que ella, en muchas ocasiones, lo había salvado de cometer errores que podrían haberle costado la vida. El rectísimo sentido de la justicia, el honor y el deber y el bien que tenía Aioria, tenía tres fuentes: él mismo, Aioros, y Agnés.

La vestal puso un vaso con agua fría delante de mí con tanta fuerza que derramó un poco. Luego me tomó la cara con mucha brusquedad por la barbilla para mostrársela a mi maestro, como si él no me la hubiera visto.

-¿Qué si la tocó? ¡Mira eso, Aioria, por el amor de Athena! ¡Le destrozó la cara, y las manos! ¡Le quebró dedos y costillas! Te dije que debías sacarla de allá, ¡así la muchachita ésta se hiciera la orgullosa y la dura y te dijera que no!- se dirigió a mí, sin soltarme la cara- ¿Contenta, Mara? ¿Ya aprendiste tu lección, que quien debe entrenarte es tu maestro, no cualquier loco? ¿Y que cuando tu maestro te ordena algo, obedeces?

-Si, Agnés. Aprendí mi lección.-le dije, para apaciguarla. Ella me soltó la cara durísimo y volvió a mover trastos sobre el mesón de piedra de la cocina, mascullando en griego, de lo que entendí, una retahíla de reproches dirigidos a Aioria sobre el tiempo que pasé en el desierto con Algol, que debería haber pasado en el Santuario, con él. Lo ví contenerse con todas sus fuerzas para no rodar los ojos y puso las manos en actitud de oración, con los codos sobre la mesa, pidiéndole paciencia a Athena. Apenas Agnés volteó a verlo, él cambió de expresión y de posición y me miró, ceñudo. Me reí por lo bajo. Me alegraba muchísimo que la conversación se hubiera desviado de semejante tema escabroso: los tocamientos indebidos de Kanon hacia mí. Decididamente no le contaría eso a nadie, jamás. Y evitaría al santo de la tercera casa por el resto de mi existencia. Hay retos de los cuales es mejor huír si uno quiere conservar la vida, ocasiones en las que es mejor que digan "aquí corrió", que "aquí murió", y estar a solas con él es una de esas.

-Definitivamente iremos con el Patriarca, Marah. Si bien es cierto que tú y yo hemos tenido entrenamientos intensos, parece que él lo ha hecho todo a propósito. ¿Alguna vez le contestaste mal, hiciste algo para que deseara castigarte o ponerte en tu sitio?- dijo Aioria. Alcé una ceja, despectiva, muy seria. Ahora resultaba que la culpa la tenía yo. Increíble.

-No voy a ir a ninguna parte, Maestro. Aprendí mucho. Dejémoslo así, por la paz. Y no, no hice nada malo. Es el colmo, yo no tengo la culpa de nada. ¿Mi sitio? ¿Cuál es mi sitio, entonces? El hecho de que sea una aprendiz no me hace menos que nadie.

Pasaron varias cosas muy rápido. Aioria estampó sus manos sobre la mesa y Agnés me pegó una palmada en la parte posterior del cráneo.

-¿Por qué lo defiendes? ¿Por qué te quedaste allá cuando te di la oportunidad de volver?-me dijo Aioria muy enojado, de pie, apoyándose sobre la mesa.- ¿Te tocó, se aprovechó de ti?

-¿Qué dijimos de haber aprendido a respetar las órdenes de tu maestro? Tu sitio como aprendiz es debajo de tu diosa, de tu maestro, de los santos, y de sus servidores.-me espetó Agnés al mismo tiempo que Aioria me hacía sus preguntas incómodas. Me tomé la cabeza con una mano mientras gesticulaba "¡auch!" sin hacer sonido. Miré a Aioria como si le hubiera salido otra cabeza.

-No, Megas Gáta, no me tocó, sólo me pateó, golpeó, lanzó contra las paredes, ahorcó, usó el Galaxian Explosion y el Golden Triangle conmigo. Y sigo viva. No big deal. Deja de comportarte como si fueras una leona a la que le hubieran tocado la cría. Y nada de hablar con el Patriarca. Kanon tiene razón, si me presionan, funciono. No lo defiendo, tiene serios problemas, lo mismo que su hermano, Saga. Me quedé allá porque nunca me rindo y nunca huyo y eso usted lo sabe muy bien, Maestro. Y si, Agnés, sé que debo obedecer, pero una audiencia con el Patriarca es demasiado. No hay que darle el gusto a Kanon de saber que me quejé de su entrenamiento.

Tras mi perorata indignada, Aioria se rió, entre orgulloso y exasperado. Yo tenía la cara sonrojada de rabia. Y lo que más me había enojado, para mi eterno dolor, fueron las palabras de Agnés. Yo, en el Santuario de Athena, no era nadie. La aprendiz de un Santo Dorado, sí, con ciertos beneficios, pero nadie, a fin de cuentas. Y eso me dolía. Afortunadamente seguía viva. Sí, claro que seguía viva. Grosera y viva, como siempre. Me enternecí al recordar que Saga había dicho que Aioria hablaba con orgullo de mí.

–Gracias por sacarme de allí, Maestro.- le dije. Me puse en pie y le hice una reverencia con la cabeza. Él se puso en pie y me abrazó brevemente, intentando no lastimarme, pues me movía despacio para que nada doliera y él lo había notado. Kanon me había convertido en pulpa de Marah, en muchos sentidos. Aioria me soltó y yo lo solté. Me alegré. Parecía que me había perdonado. Agnés nos miraba con los brazos cruzados, visiblemente enojada.

-Yo no olvido tan fácil, pais. Y me apena mucho contigo, Aioria, pero esta chica no tendrá comida de mi mano el día de hoy. Ni esta semana. Hasta que aprenda a obedecerte y a comportarse con la humildad que implica ser una aprendiz de amazona de Athena.-me espetó, señalándome con la cuchara de palo. Hice pucheros de tristeza y pareció ablandarse dos segundos, pero luego me dio la espalda.- ¡No, ni aún haciéndome esos ojos habrá comida para ti en Leo esta semana!

-Puedes ir a almorzar al comedor. Nuestra Señora Athena estableció uno para los Santos de Plata y Bronce y sus aprendices.-me dijo Aioria tranquilizándome, y haciéndome un gesto con los ojos que quería decir "tienes el resto de la tarde libre". Él de primera mano sabía lo difícil que era de saciar mi apetito. Y lo mucho que necesitaba aire fresco, caminar, recibir sol y ver gente.- Pero primero voy a sanarte esas heridas. Me avergonzaría que salieras así como vas-bromeó el santo de Leo.

Encendió su Cosmo y fue poniendo sus manos sobre mis moretones y cortes, que poco después, desaparecían como por arte de magia. Se sentía cálido y reconfortante y el dolor se iba por completo.

-Enséñame a hacer eso, Gran Gato, por favor. ¡Es mil veces más efectivo que las aspirinas!-pedí, emocionada.

-Luego.-contestó, estirándose.-ahora ve y báñate. Agnés volvió a mirarnos con reproche.

Revisé mi cuerpo con detenimiento por primera vez en semanas ante el gran espejo del baño. La therma de Leo era amplia, hecha de mármol de color crema y enchapes dorados, dos pequeños leones flanqueaban las escaleras que llevaban al fondo de la pileta, de los hocicos abiertos caía el agua que surtía la bañera. Si uno se sentaba debajo de alguno de ellos era muy relajante para los músculos de la espalda.

Los morados de mis brazos y rostro habían desaparecido, pero tenía lugares en el abdomen y en las piernas que estaban casi negros. Conjuntamente con las antiguas y enormes cicatrices que me había dejado aquel león de montaña cuando decidió comerme, pero antes jugar conmigo, parecía que yo ya no tenía piel, sino pelaje. Esa idea me gustó. Me lavé el pelo a consciencia, varias veces con el aceite de baño que hacía las veces de shampoo, pues estaba absolutamente mugroso, y absolutamente largo. Tendría que cortarlo pronto. Si me hundía en la piscina, mi pelo flotaba sobre ella como un gran nenúfar. Me acosté en el agua caliente, boca arriba, relajándome, sintiéndome a salvo por primera vez en un mes. Lo cual me dio tiempo para pensar en cosas.

En Kanon. Tomé aire y me hundí. ¿Qué sentía Kanon hacía mí? Aioria tenía razón, el hombre estaba desequilibrado. Vivir con él había sido conocerlo, conocer su lado oscuro, su indolencia, su ira, su agresividad. Pero esos pequeños detalles, pequeñísimos, las flores, los besos, la caricias. El que se quedara a tranquilizarme cuando estaba tan frágil, tan asustada. Que siempre me tratara con respeto. Eso no cuadraba. Quizá la que no entendía era yo. Aquí, en el Santuario, el entrenamiento duro y el maltrato físico eran pan de cada día. Aioria había sido duro conmigo. Dohko también. Pero no a nivel personal. Kanon sí. Ahí radicaba la diferencia. Kanon no sólo presionó mi cuerpo. Presionó mi mente. Era evidente que quería dañarme la mente, ¿por qué si no me habría besado dos veces y me había dicho que no debió hacerlo? Quería quebrarme. Era malo. Sádico. Ahora, ¿qué sentía yo hacia Kanon? Esa era la pregunta que no quería contestarme. Sólo pensar en él hacía que me sonrojara con una mezcla de vergüenza, rabia, añoranza y atracción. Y todo eso junto me daba miedo. Parpadeé bajo el agua, mirando el techo, sintiendo cómo mis pulmones se expandían y contraían buscando aire. Mi pelo se movía bajo el agua. Sentía una dolorosa necesidad de él, de su compañía, de sus palabras, de él. Salí del agua y respiré. Decidí que tal vez, lo mejor, era alejarme.

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El sol del medio día me hacía daño en los ojos mientras bajaba por las escaleras. Al llegar al templo de Cáncer, me encontré de frente –por primera vez- con Chloe, la nueva portadora de la armadura de Cáncer. Me pareció bonita, con su piel blanca, sus pómulos altos, pelo rojo sangre e inmensos ojos verdes, pequeña, elegante. Como sacada de una pasarela de prêt-à-porter de Chanel, con su ropa toda negra, de líneas simples y largas. E indudablemente muy, muy poderosa.

-Buenas tardes, Santa de Cáncer.- le dije, en mi inglés con erres pronunciadas tras haber hablado árabe casi toda mi vida, y haciéndole una reverencia.-Solicito permiso para pasar por su casa.

-Primero, ya te había sentido por aquí, pero, ¿quién eres?-contestó ella, divertida, alzando una ceja, en inglés. Su acento también tenía erres guturales que reconocí como francesas.

-Mi nombre es Marah. Soy la aprendiz de Leo.

-Pasa, petit lionne. Puedes llamarme Chloe.- dijo, franqueándome el paso. Sonreí y volví a hacerle una reverencia.

-Muchas gracias, Mademoiselle Noire.- contesté. Pareció ligeramente sorprendida por mi atrevimiento al ponerle de buenas a primeras un sobrenombre. Sonrió. Salí de Cáncer bajo su atenta mirada.

Temí el momento de poner un pie en Géminis. Iba a volver a encontrarme con él. Pero no, allí solo estaba Saga, que me miró divertido mientras solicitaba permiso para pasar. En varias ocasiones él se había recostado contra las columnas a observar mis peleas con Kanon, sin emitir comentarios de ninguna clase. Al parecer yo para él era simplemente el punching bag de su hermano.

-Me sorprende que hayas sobrevivido, chiquilla.- me dijo, sin siquiera saludarme primero, en un tono de voz bastante burlón- No sé qué le hiciste a Kanon para que se ensañara tanto contigo, pero sin duda ya lo pagaste con creces.

-Y a mí me sorprende que si usted sabía que era demasiado, jamás haya intervenido para detenerlo, Santo Saga.-contesté yo, con un inmediato y profundo mal humor. Él me miró, divertidísimo, pues era la primera vez que le dirigía la palabra. Crucé los brazos y alcé la nariz, indignada.

-Vaya, vaya, kitty´s got claws. En los asuntos de mi hermano yo no me meto, y él no se mete en los míos, Gatáki.-me contestó Saga, con un énfasis horrible en "gatáki" que me dio a entender que le parecía ridículo que su hermano me llamara así. Me sentí muy avergonzada, era obvio que Saga sabía del interés de su hermano hacia mí.

-Para usted, es Marah, Santo Saga de Géminis, por favor. Con permiso. –le espeté furiosa. Él volvió a reírse y me hizo una reverencia exagerada y fingida. Abandoné la tercera casa caminando con la espalda envarada, despacio. Respiré cuando al fin pude ver la luz del sol.

Al adentrarme un poco en Tauro, Aimeé se me lanzó encima con la fuerza de un bólido. Si no hubiera entrenado ese mes en Géminis, me habría atropellado como un avión a un pajarraco.

-¡Kitty!-gritó ella, realmente emocionada y con cariño, con los brazos alrededor de mi cuello.

-Bully.-saludé yo entre dientes y sudando, con mis brazos sosteniendo el peso de su cuerpo. Ella se rió, muy contenta, y se bajó. Volvimos a abrazarnos y al separarnos me miró, su hermoso rostro cambiando de alegría a la preocupación al observarme detenidamente con sus ojos añil transparente.

-Eva me había dicho que la estabas pasando mal.-dijo, en voz baja, volviéndome a mirar a los ojos.-pero no me imaginé que así de mal. Perkele, Marah.

-Nada que comida, sueño y cariño no puedan arreglar.-le contesté, guiñándole un ojo. Ella se sonrojó un poco por mi tono desanimado. Se dio cuenta que su comentario me había herido, porque había tratado de disimularlo lo mejor que podía. Me había puesto una camisa blanca nueva, me había atado una pañoleta azul con estampados en negro alrededor de la cintura, unos leggings, me había dejado el pelo suelto, ondulado, e incluso me había delineado los ojos con kohl negro y puesto perfume. En mi opinión, estaba bastante bien arreglada, considerando el lugar y la ocasión.

-Estás muy bonita hoy, Kitty.-me dijo Aimeé tímidamente. Le sonreí.

-Gracias, Bully. ¿Ya almorzaste? Voy al comedor y a pasear un rato.

-Ve con ella, Mimé.-dijo la voz de Aldebarán, pegándonos a ambas un susto. Había estado por ahí desde hacía un buen rato, al parecer. Afortunadamente ninguna de las dos había metido la pata con algún comentario inadecuado. –Pero debes regresar en una hora. Ni un minuto más.

-Gracias, Santo Aldebarán.-le dije, cuadrándome en un saludo cuasi militar y haciéndole una reverencia respetuosa.

-Hola, Marah. Espero que se porten bien, meninas. Nada de palhaçadas.-me saludó y nos advirtió, severamente. Seguro se acordaba que nuestra terrible bromita había nacido de un rato libre juntas, y quería evitar que se repitiera. Afortunadamente no le había prohibido a Aimeé que fuéramos amigas y eso me enterneció.

-Gracias, Maestro.- dijo la taurina, haciéndole una reverencia. Al ella levantarse él le guiñó el ojo. Aimeé y yo nos miramos y salimos de Tauro corriendo, gritando y riéndonos de felicidad antes de que Aldebarán cambiara de opinión.

En Aries, Kiki nos dejó pasar tras advertirnos que debíamos hacer el menor ruido posible. Mu se encontraba reparando armaduras y necesitaba concentración. Supuse que serían las armaduras que serían disputadas próximamente en las Pruebas. Aimeé y yo nos miramos con ansia y algo de nervios. Pronto tendríamos que enfrentarnos a alguien por ellas. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos para que los oídos élficos de Mu de Aries no nos escucharan, empezó la fiesta.

-Kitty, ¿Kanon…qué quería?-preguntó Aimeé con una voz excesivamente cauta.

-No lo sé, Bully. Todavía no tengo idea. Lo que sí te puedo decir es que fue muy pesado. Mucho. Hubo momentos en que pensé que iba a matarme.-le confesé, con los músculos de la cara tirantes debido a la tensión. Decidí que era buena idea romperme y contarle todo a mi amiga. –No se cohibía para nada a la hora de golpear, de hecho era muy aterrador, se sentía como algo personal. Usó en una ocasión el Galaxian Explosion conmigo, mientras yo estaba dormida: así me despertó. Y me envió a la dimensión del Triángulo Dorado en dos ocasiones.

El rostro de Aimeé palideció tanto que hasta sus labios perdieron el color.

-¡Con razón Eva no pudo saber nada de ti, y no sentíamos tu cosmo, y sabíamos que Aioria estaba desesperado! ¿Cómo fue, Marah? ¿Cómo volviste?

-Te lo juro, Aimeé, creí que iba a morirme allí. Nunca había visto algo así y no quiero volver a verlo jamás. Era como estar metido en un cuento lovecraftiano. Nunca sabré si Kanon creó esa dimensión a su antojo o eso ya existe y Lovecraft no era un escritor, sino un médium, lo cual sospecho que es la verdadera respuesta.-le contesté, mientras caminábamos hacia el comedor, que quedaba en los lindes de la Villa de los Santos y el Coliseo.-La primera vez, Kanon me trajo de vuelta. La segunda, volví yo.

Aimeé se paró en seco y me tomó por los hombros.

-¿Qué? ¡No! ¿Cómo se te pudo ocurrir semejante locura, typëra kissa?-me espetó, tartamudeando de rabia.- ¡Pudiste haberte desintegrado, poof, caput!

Sonreí y me mordí los labios con algo de picardía y mala sangre, porque esperaba exactamente esa misma reacción de ella. Y de Aioria. Y de Agnés. Y de todos, fue en verdad una gran imprudencia. Pero ante mi amiga sentía la necesidad de justificarme.

-Llevaba cinco días ahí, Aimeé. Se me habían acabado las provisiones y en esa dimensión no hay agua. Y poco oxígeno. Algunas cosas que ví creo que fueron alucinaciones por falta de aire. No estoy segura. Era un sitio muy extraño.

Aimeé y yo seguimos hablando. Ella también había leído a Lovecraft y me pidió descripciones precisas de aquella dimensión. Le conté que había desarrollado un ataque y que lo había usado contra mi gemelo del mal, con consecuencias muy divertidas, ¡lo había insolado! Aimeé en vez de envidiosa o afectada por mis avances, se veía genuinamente alegre, emocionada, maravillada: me felicitaba con sinceridad, y sentí mi corazón hincharse de cariño por ella. Agradecía a Athena que me hubiera proporcionado la oportunidad de encontrar a la finlandesa, y que yo por alguna razón extraña le cayera bien, me apreciara, se preocupara por mí. Fuera mi amiga.

Algo pesado nos cayó encima a Aimeé y a mí, por la espalda, dándonos otro susto. Gracias a nuestros reflejos pudimos hacer fuerza con los músculos de las piernas y afirmarnos en el lugar donde estábamos de pie para no irnos de cara al suelo.

Ea, guapas!-exclamó Eva, en español, colgada de nuestros cuellos. Se bajó y se adelantó para saludarnos a cada una con un beso en cada mejilla. Estaba vestida con ropa de entrenamiento y la miré extrañada un par de segundos hasta que recordé también me había dicho que aparte de entrenamiento como vestal, de vez en cuando entrenaba para amazona.- ¿A dónde van con tanta prisa?

-Al comedor, Dajajah habiba-le contesté riéndome, porque le había dicho literalmente "querida gallina clueca". Si Aimeé era contenida, callada, tímida (aunque con un sentido del humor bastante negro y ya entrada en confianza, era una máquina de sarcasmos e ironías inteligentes), Eva era extrovertida, habladora, explosiva. Y muy intuitiva. Sólo habíamos hablado una vez pero me daba la impresión de que era una mina de secretos del Santuario.

Aimeé y Eva hicieron ambas cara interrogante y me reí. Luego se miraron entre ellas y alzaron los hombros.

-Aldebarán sólo me dio una hora de permiso, así que movamos los pies, por favor.-nos dijo Aimeé con voz mortificada.-me muero de hambre.

-Yo también. Y debo comer bien. Agnés no quiere darme comida.-suspiré yo dolorida, mirando al cielo.

-¿Y eso? ¿Qué le hiciste?-me preguntó Eva-Tiene tan mal genio…

-No le hice nada. Está enojada porque no me fui de Géminis cuando Aioria me dio la oportunidad.- mascullé. Las pupilas castañas de la española relampaguearon. Hice un esfuerzo por mantenerme serena. Aimeé volteó tan rápido a mirarme que pareció haberse lastimado el cuello, con los ojos añil abiertos de sorpresa.

-¿Qué Aioria qué y tú hiciste qué? ¿Por qué?-me inquirió casi indignada. Luego miró a Eva, interrogante, y la española sonrió de manera muy pícara, alzando las cejas y asintiendo con la cabeza. Aimeé me miró haciendo la palabra "no" gesticulando pero sin emitir sonido, incrédula. Me sentí perdida durante dos segundos, hasta que comprendí, y me sonrojé tanto que me ardió el pecho y los brazos, incluso me dio rabia, haber caído en esa encerrona. Aimeé y Eva dieron un par de grititos de emoción.

-¡Te gusta y no puedes negarlo!-me dijo Eva señalándome con el dedo, con expresión entre divertida y preocupada.

-No pude evitarlo.-mascullé mirando al suelo.-Créanme, estoy consciente de que es un problema.

Al levantar la cabeza, ambas estaban intercambiando miradas de pura preocupación.

-Es lógico, linda, el tipo está como quiere. Aquí todos están como quieren, para ser franca, hasta Aldebarán tiene su gracia.-me tranquilizó Eva, restándole gravedad al asunto, ganándose un golpe en el hombro de parte de Aimeé y un "¡Hey!" indignado.

-¿Cómo así que "su gracia"? ¡A mí me parece que mi maestro es muy apuesto! ¡Y además baila muy bien! ¡Pero ni se les ocurra contárselo a alguien, o las congelo!-lo defendió Aimeé con pasión infantil, como una niña defendiendo a su padre de otras niñas. Eva y yo nos sonreímos y de inmediato empezamos un cotilleo intenso acerca de las virtudes y los defectos de los santos que conocíamos, mientras andábamos bajo el intenso sol de mediodía, riéndonos.

-Chicas, no sé qué voy a hacer con mi vida. Capricornio va a entrenarme. ¡Y es una delicia!-nos contó Eva y ambas le dimos codazos, Aimeé llamándola al orden, y yo vengándome por haberse burlado de mí porque me gustaba Kanon. La felicitamos emocionadas porque ahora era también una aprendiz de dorado. Continuamos con nuestro cotilleo, en voz baja pero burlándonos a carcajadas, indolentes a las miradas reprobatorias de las personas con quienes nos cruzábamos.

-Ahora, en serio.-dijo Aimeé recuperando el aliento tras reírnos hasta las lágrimas de la voz de Misty de Lagarto, que según Eva, no tenía nada que ver con su aspecto, e hizo una imitación que casi nos tiró al suelo a las tres.-volviendo al tema, Kanon pidió entrenarte a propósito. Sabe que te gusta. Lo cual es muy mala idea, Kitty.

-Hasta Saga lo sabe.-me quejé, mortificada de verguenza. –Kanon me llamó Gatáki delante de él varias veces y lo desafió abiertamente.

-Espera un momento.-me interrumpió Eva, poniendo ambas manos en señal de "pare" delante de mí.- ¿Es bidireccional?

-¿Cómo que bidireccional?-le pregunté, totalmente perdida. Eva suspiró pidiendo paciencia a Athena.

-Cuéntanoslo todo, monada. Todo. No omitas detalles. No te preocupes, no le diremos nada a nadie.

Dudé varios segundos antes de abrir la boca y soltar el torrente de hechos que me perturbaban con respecto al geminiano menor. El corazón me latía durísimo, tenía miedo de hablar, pero ¿porqué, exactamente? ¿Por qué contárselo a otra persona lo hacía…real? Luego pensé que necesitaba consejo y auxilio, y ¿quién mejor que ellas para eso?

Después de contarles a ambas absolutamente todo, incluidos los dos amagos de besos, las flores en el hospital, su actitud cambiante, agresiva, enojada, y tremendamente delicada y dulce, incluso pedazos de nuestras conversaciones, y verlas pasar de la incredulidad, a la indignación, la vergüenza ajena y hasta la emoción, terminé aún más confundida.

-Ay Marah, no seas cabezota.- me contestó la taurina con simplicidad cuando le pregunté qué opinaba. La miré y en sus ojos azul índigo ví diversión y una pizca de conmiseración. La misma mirada que se le da a un niño que no entiende algo muy simple.- Kanon siente algo por ti, indudablemente, si no, no se habría preocupado por entrenarte tan duro para que ganes una armadura.

-No entiendo. Es que de verdad, Aimeé, casi me mata. Varias veces. En la primera semana que estuvo allí, me levantó un día a las 4am a golpes y luego me atacó con el Galaxian Explosion. Afortunadamente pude esquivarlo, no estaría contando el cuento. ¡Kanon está loco!- me quejé, con lagrimitas en los ojos y haciendo pucheros. Eva pareció ensimismarse, preocupada, y Aimeé se rió a carcajadas. Era la primera vez que la veía reír así. Estaba contenta, de buen humor. Al parecer su piel había dejado de darle problemas, o había encontrado el modo de no convertirse en camarón cada vez que saliera al sol; ya estaba bronceada. La veía saludable, con sus músculos definidos y sus mejillas llenas. Supuse que ese era el plus de entrenar con Aldebarán, cuya habilidad era más que todo física, y cuya sola presencia llenaba todo el templo de Tauro de alegría y serenidad.

-A ver, Kitty. Si para Kanon fueras sólo una aprendiz ajena más, no se habría levantado a las 4am de ningún día a entrenarte, no le habría pedido a Aioria que te dejara bajo su tutela, no te habría presionado más allá de tus límites y expuesto a que lo mataras ni a que Aioria lo moliera a golpes cuando se enterara de lo que te hizo. No, Kitty, simplemente se habría limitado a ignorar tu existencia. Ahora, el grado de su interés en ti, es algo que hay que considerar seriamente. Podría ser desde un acostón ocasional del que está altamente necesitado, o que fueras el amor de su vida. Por eso, ojo. No te le tires encima. Espera.-me aconsejó Eva, en mi opinión, muy sabiamente.

Al final entendí. A medias. Y Eva tenía razón en eso de que su interés en mi podría ser algo que me perjudicara. Tanto una cosa como la otra era mala idea. Se suponía que ser guerrera de una diosa virgen implicaba el mismo estado de virginidad, eso entendía que era el motivo de la Ley de la Máscara. Pero ya no había ley. Y estaban Aioria y Marin, a los que veía acarameladitos cada dos por tres. Y esa joven que había visto con Saga en el Hall de Géminis, tan felices. Quizá al pertenecer a la Orden las cosas eran diferentes. No quería arruinar mi reputación, al menos en ese sentido.

Al llegar al comedor tuvimos que parar nuestra conversación debido a la presencia de santos y aprendices que pululaban entrando y saliendo del gran salón rectangular construido en madera, sin paredes y con techo triangular de hojas de palma secas, bajo el cual estaba una larga mesa de madera con banquitos adosados. El olor hizo que casi se me saliera un hilo de saliva de la boca. Hacía mucho tiempo que no comía decentemente. Y había mousaka de vegetales, pan, vino y carne de cordero asada.

Eva dio un pequeño respingo y eligió sentarse después de mí y de Aimeé y pareció hacerse pequeña, querer esconderse, fijó los ojos en su plato y no volvió a levantarlos. Noté varias miradas sobre las tres.

Jamián de Corvus nos miró desde el extremo opuesto del comedor. Tras un joven de pelo castaño muy claro y barbita de chivo, bastante apuesto, estaba sentado Algol de Perseus. Damn it. El último a quien querría encontrarme en mi actual estado de ofuscación nerviosa. Me recorrió con la mirada y supe lo que veía, a una Marah demacrada y macilenta. Algol sonrió, y cuchicheó algo con el joven de la barbita, que me miró y luego miró a Eva con una expresión francamente lasciva y burlona, como si estuviera viendo ganado a ser montado. Cerré los ojos e imploré paciencia a todos los dioses, para no saltarles encima e introducirles tenedores en los globos oculares.

Tenía tantas ganas de comer que podría haber tomado la comida con la mano y estregármela por todo el rostro, pero no iba a hacer eso. Tomé el cuchillo y el tenedor y empecé a partir pedacitos de mi porción de mousaka y de cordero muy sucintamente y a comerlos y masticarlos despacio, muy despacio. Qué delicia. Aimeé comía a mi lado con buenos modales pero sin mucha ceremonia. También estaba hambrienta. Recorrí la mesa con los ojos. June y sus alumnas me saludaron con la mano desde el extremo derecho. Las saludé también inclinando un poco la cabeza y sonriéndoles. Sura estaba entre ellas y suspiré aliviada al comprobar que mi pesadilla sólo había sido una pesadilla.

Shaina comía sola, incómoda. Supuse que comer en público, sin la máscara, no había sido algo habitual nunca para las amazonas más antiguas. No era para nada fea, la reina de las lombrices. Sin embargo su carácter y su crueldad la hacían insoportable. Había muchos niños aprendices y Santos que yo no conocía. Un muchacho de pelo castaño, piel tostada por el sol y rasgos orientales, vestido con jeans y camiseta roja sin mangas, llevando una caja de Pandora a la espalda, se sentó a mi lado, depositó la Caja en el suelo y empezó a comer como si fuera su última comida. La mesa se quedó en silencio.

-¿Qué les pasa? ¿Acaso vieron a un fantasma?-preguntó el muchacho, en griego, con la voz distorsionada por tener la boca llena de berenjena y carne. Se atragantó y comenzó a toser. Se puso morado. Nadie se movió. Hice lo que cualquier persona hubiera hecho. Le dí palmaditas en la parte superior de la espalda hasta que su respiración volvió a ser normal.-Gracias, quien quiera que seas.-me dijo, con los ojos algo aguados y con la cara aún roja, tras toser un gran pedazo de carne sobre una servilleta. Me reí, tras un primer estremecimiento de fastidio.

-Deberías intentar comer primero y hablar luego. O al revés. –le contesté volviendo a partir mi comida en pedacitos pequeños.-No ambas al mismo tiempo. Es bastante inapropiado. Soy Marah, aprendiz de Leo.

-Mucho gusto, Miss Manners.- respondió el chico, dejando sus cubiertos para estrechar mi mano.-mi nombre es Seiya.

Seiya. ¿Seiya de Pegaso? Con razón la mesa se había quedado en silencio. Este chico era ya una leyenda. Y pensar que había estado a punto de morir por un pedazo de cordero atorado en la tráquea. Definitivamente las apariencias engañaban.

-Mucho gusto, Seiya de Pegaso. Ella es Aimeé, aprendiz de Tauro.- Aimeé estaba distraída mirando hacia otro lado. La sacudí un poco para que pusiera atención y estrechara la mano extendida de Seiya. Al fin lo hizo. –Y ella es Eva, aprendiz de Capricornio.

Eva le estiró la mano y se la tomó para estrechársela, y la retiró muy rápido, volviendo a su mutismo. Me preocupé. Ese silencio era muy impropio de ella. Tras saludarnos, Seiya volvió a atacar su plato. En menos de treinta segundos ya lo había terminado, se zampó su vaso de vino tinto y abandonó la mesa.

-Adiós, Aimeé, Eva. Adiós, Miss Manners.-dijo, recogiendo su caja de Pandora. Abandonó el Comedor tal como había llegado, de improviso. Cuando estuvo fuera de la vista, Aimeé se empezó a reír.

-¿Qué tal el descaro? ¿Si oíste cómo te llamó? ¡Miss Manners!- dijo Aimeé, seca de risa. Comprendí que a la gente le parecía gracioso mi refinado sentido de existencia. Pero no lo podía evitar. Así me habían educado.

-Já. A mucha honra. –contesté, con una sonrisa torcida. Algol de Perseus me miraba con odio. Seguro no le había gustado nadita nada mi interacción con Seiya. El tipo a su lado parecía bullir de rabia.

Después de que Aimeé se fuera corriendo a Tauro porque Aldebarán sólo le había dado una hora para almorzar, me infiltré en la cocina y le pedí a las vestales que trabajaban ahí que me empacaran una segunda porción, ejerciendo todo mi encanto para sacar a relucir sus instintos maternales. La malvada vestal Agnés de Leo había decidido dejarme sin comida sin razón y yo, pobrecita, una aprendiz en formación, necesitaba comer muy bien, ¿a que sí?, estiré incluso mi cuello de forma que los huesos en mis clavículas se vieran aún más hundidos, volteando la cabeza en una pose trágica pero digna. Casi sentí a las mujeres suspirar de tristeza tras ese gesto, mientras Eva me observaba con las pupilas dilatas de impresión desde la puerta.

Sonreí con tanta dulzura que creí que esas mujeres morirían de un coma diabético cuando me dieron una bolsa de tela con porciones de comida, un trozo de pan, frutas, queso envuelto en hojas de parra, incluso un poco de dulce de almendras y una jarrita de barro con tapón de corcho que contenía vino. Les agradecí sinceramente y me sentí un poco arrepentida de haber sido tan manipuladora. Apunté como nota mental hacer algo por cada una de ellas en cuanto pudiera, recordar sus nombres y sus caras.

Al salir de la cocina, Eva me seguía mirando con cara de que jamás se habría imaginado que yo fuera capaz de comportarme así.

-¿Qué?- le dije, sacando de la bolsa un par de caramelos de nuez confitada, dándole uno. Ella me miraba boquiabierta.

-Las vestales de la cocina de los santos son las mujeres más agrias que conozco. Bueno, tal vez Agnés es LA más. Pero ellas… Me das miedo, Marah.

-Las personas que me criaron fueron siempre muy estrictas y aprendí que era la única manera de hacer siempre lo que quería sin recibir castigo. Bajar la cabeza y obedecer no ha sido nunca lo mío.-le contesté sonriéndole. Ella seguía teniendo cara de querer salir corriendo y jamás volver a hablarme.-No te preocupes, Eva. No soy una arpía manipuladora, o bueno, sí lo soy, pero tengo mis límites.

-Borrosos.-me dijo ella, mirando al frente casi disgustada, no sabía por qué estaba tan enojada conmigo. La miré, y ella me devolvió la mirada, en sus ojos había un dejo de tristeza. Le sonreí.

-Si, borrosos.-admití. Quizá era la primera persona ante la que admitía que mi sentido de la ética era más bien difuso.-pero sería incapaz de hacerle daño a mis seres amados para beneficiarme a mí misma. Y estoy aprendiendo a obedecer y ser humilde, si así le puedo servir a Athena.

Eva suspiró de alivio muy visiblemente. Luego la duda volvió a su rostro.

-¿Cómo es que no fuiste capaz de percibir que Kanon está interesado en ti, entonces?

-Porque yo siempre tengo muy claras mis intenciones con los demás. Pero nunca las que otras personas tienen conmigo.

Eva se llevó el caramelo a la boca y lo masticó, pensativa, mientras andábamos sin rumbo para bajar el almuerzo. Después de eso estuvimos en silencio un tiempo muy largo. Definitivamente a la española le sucedía algo. En la distancia, vi a Kanon de Géminis tomando el sendero que llevaba a Cabo Sounión y llegué a una decisión con firmeza.

-Gracias por tu compañía, Eva. Voy a zanjar una cuestión ahora mismo.-la tomé de la mano y le di un beso en la mejilla. Ella pareció salir de su ensimismamiento y siguió la dirección de mis ojos. Lo comprendió al vuelo.

-A ti, linda. Nos vemos luego y nos cuentas todo, ¿vale?- me contestó, tratando de que su voz sonara animada, pero no me engañó. Preguntándome qué bicho le había picado, la dejé allí y seguí al geminiano menor pisando con decisión para evitar que mi corazón se estallara.

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Llevaba al menos cinco minutos espiándolo desde detrás de un peñasco. Kanon estaba sin camisa, como casi siempre que entrenaba, y sentía mi alma atorada en mi garganta, no me decidía a acercarme mucho más. Parecía sumamente concentrado, casi preocupado. Me asombró que sólo con tocar con su dedo las piedras, éstas se convirtieran en polvo tan fino que flotaba con el viento. Se sentó en una de ellas, casi al borde del acantilado, mirando al horizonte. Decidí que esa era mi oportunidad. Caminé con mucho sigilo hasta situarme a unos dos metros de donde él estaba. Era imposible que no supiera que yo estaba allí, sólo pensé que en su grosería, no quería voltearse ni hablarme.

-Hola.- saludé. Volteó tan rápido que me dio la impresión de que se había lastimado el cuello. Con una sonrisita interna comprobé que no me había sentido llegar.

-Niña.-me saludó, en inglés, con algo de frialdad. Mi alma, que antes había revoloteado por mi laringe, se fue a mis pies.

-¿Tiene sed?-le pregunté, sacando de la bolsa de tela la jarrita de barro con vino. Lo ví tragar saliva, la manzana de adán moviéndose en su cuello de manera muy sugestiva. Se volteó totalmente y se bajó de la roca, eliminando la distancia entre nosotros. Me quitó la jarrita, la abrió y dio un largo trago, limpiándose la boca con el dorso de la mano y haciendo un ruidito de satisfacción. Luego me la devolvió tras ponerle el tapón.

-Busquemos algo de sombra. Con esa piel te vas a insolar si nos quedamos aquí.

Yo lo seguí. Noté que no estábamos yendo precisamente hacia el Santuario, sino hacia las villas, hacia donde había árboles y plantas. Después de diez minutos, encontramos un árbol perfecto, grande, cuya sombra era fresca, rodeado de arbolitos de olivos. Allí se sentó Kanon, y yo también, ambos con la espalda contra el inmenso tronco. Estábamos tan adentro del bosquecillo de olivos que ya no se escuchaba el rugido del mar, sólo el ulular del viento entre las hojas y el sol brillando a intervalos sobre el suelo y la hierba, aunque escasa, fuerte. Puse la bolsa de tela entre Kanon y yo y la abrí, ofreciéndola. Él entendió mi proposición y con rapidez tomó un mendrugo de pan y un trozo de carne y comió. Yo imaginé que estaba hambriento.

-¿Por qué andas con toda esa comida? ¿De dónde la sacaste?-preguntó, una vez terminó su frugal almuerzo.

-La vestal de Leo está furiosa conmigo. Y las vestales del comedor de los santos me dieron un poco de esto.

-Tú y tu vicio de estarte metiendo con la gente incorrecta, Marah.-me dijo Kanon, burlón. Vi la oportunidad perfecta.

-¿Cómo usted, por ejemplo?-le devolví la burla, remojada en ají habanero.- ¿Qué fue lo que le hice? Hasta su hermano me comentó que había notado animadversión de usted hacia mí.

Kanon pareció sorprendido, enojado, confundido y avergonzado, todo al mismo tiempo, por un par de segundos. Luego forzó los músculos de su rostro para que su expresión permaneciera serena y limpia, en blanco.

-Sólo me comporté como tenía que hacerlo para lograr que reaccionaras y explotaras todo tu potencial.- se justificó sin un ápice de vergüenza, con cinismo. No tenía que tocarme ni besarme para lograr eso. Pensé varios segundos cómo preguntárselo. Cómo saber si estaba interesado en mí o sólo estaba jugando conmigo. Si esos besos y caricias habían sido simples deslices o muestras de cariño y atracción real. Una pequeña llamita se encendió en mi pecho y luego estalló por todo mi cuerpo, mariposas, colores. Todos esos clichés que siempre había escuchado y leído pero que nunca había experimentado. Luego me obligué a extinguir ese fuego y me invadió el desconsuelo. Hasta mis hombros, que generalmente siempre estaban rectos y en alto, se cayeron, me doblé toda hacia adelante como una flor mustia. Debía alejarme, tragarme mi dolor y mi ilusión y seguir la vida.-Marah, ¿qué te pasa?

Lo miré con los ojos algo aguados. Su rostro se inclinó un poco hacia un lado, sus ojos verdes analizándome. No le respondí.

-Ya me había acostumbrado a tu presencia en Géminis, Marah. Tenerte allí hacía mis días menos tediosos. Al menos podía divertirme intentando quebrarte. Y ver cómo Saga se ponía un poco más energúmeno cada día.

-¿Lo divertía intentar quebrarme?-le pregunté indignada. Kanon se rió. Con razón. O sea que sus caricias eran sólo parte de su diversión. Mi sangre bulló dentro de mi cuerpo. -¿Le es divertido hacerle daño a las personas?

El tono con que lo dije, sobre todo la inflexión que puse en la palabra "daño" hizo que todo su cuerpo se tensara. Durante un segundo me arrepentí, pensé que quizá pensaría que me refería al entrenamiento físico y que quedaría con una imagen de mí como una niñita quejona y llorona, cosa que odiaba.

-Hubo una época de mi vida en que no me importaba quién pudiera resultar herido o muerto para que mis planes fructificaran. A quién tuviera que torturar para conseguir información, a quién tuviera que usar. No tienes idea de qué clase de hombre fui. –masculló él, mirando al infinito y con el ceño fruncido.

-Sí, si sé, más o menos.-lo contravine, interrumpiéndolo. Él me miró y me tomó tan fuerte por el antebrazo que supe que sus dedos me quedarían marcados en morado unos cuantos días.

-No, no lo sabes. No tienes idea, y deberías alejarte de mí, si temes por tu integridad física.-me espetó, apretando los dientes conforme apretaba sus dedos sobre mi brazo. Le sonreí sin mostrar en absoluto mi dolor, al parecer quería partírmelo.

-No es mi integridad física por lo que temo, Kanon.-le dije. Me soltó y se pasó una mano por el pelo. Me puse de pie y con un ágil salto, me agarré de la rama más bajita que tenía sobre mi cabeza, y con una pequeña pirueta, me subí a ella de forma que quedé sentada. Crucé las piernas de manera elegante. Él también se puso en pie, mirándome desde un metro más abajo con expresión algo desvalida.-Si decidí al fin agachar la cabeza y pedir que me trajeran al Santuario, fue con pleno conocimiento de causa. Aquí me entrenarían en serio. Y eso hiciste tú, y eso ha hecho Aioria, y Dohko.

El geminiano se quedó al menos dos minutos en silencio absoluto, mirándome, con una expresión sumamente culpable y casi devastada que se tradujo en su lenguaje corporal, sus hombros, como los míos, también decayeron, su habitual pose orgullosa deshecha. Estábamos los dos hechos polvo, pero en su caso, no sabía la razón.

-No quiero que me temas. Quiero que confíes en mi- dijo sin mirarme, con una voz que supe que le salía del corazón, palabras desde lo más hondo. Se había abierto conmigo, por una vez. Me miró, sus ojos tristes y dulces.

Me bajé de la rama sin casi hacer ruido al caer de pie. Me enderecé y me quité algunas hormigas y pedacitos de corteza del árbol de la ropa con la mano.

-Me contaron muchas cosas de ti, Kanon de Géminis.- dije, tuteándolo. Él pareció aceptar ese cambio en nuestro trato de buena gana.-Muchas, buenas, y malas. Muy malas. Sea lo que sea lo que te atormente, hay una palabra que existe en el lugar de donde vengo que define tu situación. Maktub. Ya estaba predestinado. Tu hermano y tú tenían ya sus caminos escritos.

-Pudimos haberlo evitado, pude haberme comportado de manera diferente…Pude…Hice tantas cosas que afectaron a tantas personas, Marah. Lo terrible de mi situación es saber que sigo siendo el mismo, el mismo Kanon. Con propósitos distintos pero los mismos deseos. –me contó, recostándose en el tronco del árbol, cerrando los ojos y alzando el rostro hacia el cielo.

-Pudiste haber hecho muchas cosas distintas. Si, lo mismo Saga. Pero si se hubiera alterado una sola cosa, tal vez Athena no habría podido ganar la batalla contra Hades, ni contra los otros dioses. Y no estaríamos aquí. Y en el momento adecuado, ustedes dos tomaron decisiones que la salvaron a Ella y la humanidad.

Kanon me miró, y vió a través de mí, como si estuviera observando su pasado bajo una nueva luz. Su expresión se volvió menos pesarosa, menos dura. Tras un rato, las comisuras de su boca se levantaron en una sonrisa tímida.

-Si, tal vez tienes razón, Marah. Plutarco decía que quien se rinde a su Destino es guiado por él, y quien lo rehúsa, es arrastrado a él de todas maneras.

Me fijé en una curiosa cicatriz en el centro de su pecho. Una línea larga vertical, rodeada de otras dos líneas cortas, en línea recta. Parecía una herida hecha por una lanza con varias puntas. Un tridente, concluí, asombrada. Tenía muchas otras de forma curiosa, redondas, como quemaduras de cigarrillo o hechas por la punta de algo afilado. Y otras, muchas, más. Durante mi momento de distracción, para mi eterna desgracia, él me pilló observándole el pecho con total descaro. Aparté el rostro. Él vino hacia mí, me tomó el rostro con ambas manos y me obligó a mirarlo.

-Mírame. Míralas. Estas cicatrices fueron el castigo de Poseidón y de Milo de Escorpio. El símbolo de mi redención. Lo que me recuerda lo bueno que hay dentro de mí. No me avergüenzan. –me dijo, con una voz espesa y un tono casi susurrante que hicieron cosas estallarme dentro. Estaba sonriendo de medio lado.

-Lo siento, yo…-comencé, aturullada. Me llevé las manos al rostro, y las puse sobre las suyas con la intención de quitarlas de allí. En vez de eso, y como si mis manos no me pertenecieran en lo absoluto, las dejé sobre las suyas e incluso entrelacé sus dedos con los míos. Las palabras se salieron de mi boca sin que pudiera controlarlas.-Sí recuerdo ese beso, Kanon. Sí lo recuerdo. Necesito alejarme de ti porque tengo miedo, siento cosas que no puedo controlar y me espanta su intensidad.

- ¿Me creerías si te dijera que también las siento?-se apresuró a decirme, mirándome a los ojos, la expresión afiebrada en su rostro poniéndome aún más nerviosa.-¿Me creerías si te dijera que haría lo que fuera por tenerte en Géminis de nuevo, así fuera sólo para molestarte, para tenerte cerca, para hablar contigo? ¿Para sentirme tranquilo?¿Me creerías si te dijera que me dolió hacerte daño, y que lo único que deseo es que seas lo más poderosa que puedas ser para que ganes un lugar en la Orden y así sea a distancia, pueda verte y saber que estás viva y a salvo?

Mis ojos se llenaron de lágrimas. ¡No! Esta no era la respuesta que esperaba. Yo quería un no, un no rotundo y cruel que me obligara a alejarme completamente. Debía evitar la tentación inmensa de amarlo. Y al ese pensamiento materializarse en mi cerebro atontado por el pánico, supe que ya era un hecho, y que al darme esa respuesta, automática y profundamente, lo amaba.

-No.-le dije con la voz quebrada-No te creo. ¿Por qué habría de creerte? Me engañas y vas a utilizarme. Tú no podrías sentir nada hacia mí. ¿Por qué habrías de hacerlo?

Kanon soltó una de sus manos y la puso en mi cintura, arrastrándome con él hacia el tronco del árbol, arrinconándome. Puso su frente sobre la mía, apretándome contra su cuerpo, contra su pecho en el que su corazón retumbaba con tanta fuerza que lo sentía desde fuera. Su olor me intoxicó.

-Déjame mostrarte que sólo quiero que sonrías. Que sólo deseo tu bienestar, que deseo con todas mis ansias compartir contigo lo que tú a bien desees darme. Una mirada, una palabra, bastan. Confía en mí. Parakalo, Marah. No sabes cuánto anhelo tu presencia en mi vida.

Sollocé, me estaba partiendo en pedazos, lágrimas de dolor y de un amor devastador por aquel hombre me escocían en las mejillas. Rodeé su cuello con mis brazos. Su respiración acelerada estaba tan cerca de mi nariz, que podía olerla. Tomó mi nuca con su mano y rozó sus labios secos y fríos con los míos, y tras un instante que pareció eterno, me besó.

Esta vez, respondí. Abrí mi boca y dejé que su lengua explorara la mía. Sabía a vino y a especias. Mis manos divagaron un poco antes de decidirme a posarlas en su rostro, a tocarlo como él me tocaba por primera vez. Mi primer beso. Mi primer acercamiento romántico a un hombre. Me corría fuego líquido por las venas. Empecé a explorar tímida y torpemente con mi lengua el interior de su boca. Mordió suavemente mi labio inferior y lo estiró un poco, y lamió mis labios cerrados con la punta de su lengua. Me besó varias veces, besitos castos en que nuestros labios se rozaban con dulzura. Suspiró antes de alejar su cara de la mía, para apretarme contra su pecho. Nos quedamos abrazados, en silencio, un largo rato, sintiendo el corazón del otro volver a su ritmo normal. Kanon se separó de mí y tomó mi mano, entrelazando mis dedos con los suyos. Un gesto parco pero absolutamente diciente.

Me quería. El hombre que engañó a un Dios y dio su vida por una Diosa me quería. No sabía por qué ni qué había hecho para merecerlo, y me parecía que no era prudente preguntárselo, sino simplemente dejarlo ser. Yo tampoco sabía por qué lo quería, pero lo hacía, rabiosamente y con desesperación. Recogí del suelo la bolsa de la comida y caminé con él, a su lado, en silencio, un largo rato. No sabía a dónde me llevaba, pero al parecer íbamos hacia alguno de los poblados cercanos al Santuario.

Subimos una colina llena de olivos. Al llegar a la cima, al otro lado de la misma, vimos un inmenso campo repleto de árboles florecidos en blanco. Azahares que al ser azotados por el viento, expelían un olor tan increíble que durante un par de segundos pensé estar flotando en el paraíso. Cerré los ojos. Una mujer, al parecer una anciana, cantaba con voz ronca pero bella en la distancia, mientras trabajaba. Ella cantó la primera frase, y luego un coro de hombres y mujeres le respondieron la segunda, alternándose en las siguientes.

-Hoson zes, phainou.

Meden holos sy lypou;

Pros oligon esti to zen

To telos ho Chronos apaitei.

Yo sabía cuál era esa canción. Mi abuelo también me la había cantado alguna vez. "Mientras vivas, brilla.No te duelas de nada. Pues la existencia sólo es un periodo corto, y el tiempo reclama lo suyo". La canción de Seikilos, grabada en su epitafio. Qué oportuno. Los campesinos empezaron a cantar otra canción que yo no conocía. Si bien no sabíamos lo que el Destino tenía preparado para nosotros, podíamos aprovechar el presente. Sí. Me decidí a hacerlo. Kanon me abrazó por la espalda, poniendo sus manos sobre mi abdomen. Me removí algo incómoda, pero no dejé que las quitara.

-Voy a tener que enseñarte otra cosa, Marah.- dijo, riéndose, mientras el suave sol de media tarde caía sobre nosotros.

-¿Qué?- pregunté, distraída por su calor, el olor de los árboles de naranjas, los cantos de los campesinos, el cielo azul prístino sobre nuestras cabezas, el mar de flores blancas ante nosotros.

-A besar, Gatáki. Soy el primero, ¿no es así?

Me sonrojé intensamente. Muy intensamente. Me separé de él y me dí la vuelta para encararlo. No contesté, sólo miré al suelo, con la cara hecha un tomate.

-Sí, soy el primero. Ven. Tienes mucho que aprender.-murmuró, tomándome en sus brazos, alzándome del suelo y acercando sus labios a los míos, con una expresión de orgullo y triunfo. Ego de macho, pensé. Se rió, feliz, y dio varias vueltas conmigo en sus brazos. Me reí a carcajadas, con verdadera alegría. Deseaba con todas mis fuerzas que ese momento durara para siempre.

No sabía qué diablos estaba haciendo, tal vez estaba tirándolo todo por la borda, pero qué importaba. Mientras vivas, brilla.

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Pais: (griego) niño, niña.

Mégas Gáta: (griego) Gran Gato.

No big deal: (Inglés) No fue gran cosa.

Palhaçadas: (Portugués) Payasadas.

Perkele: (Finés) ¡Maldita sea! (literalmente ¡el diablo! ¡demonios!)

Typëra kissa: (Finés) Tonta gata.

Therma: baño popular en la antigua Grecia y Roma, de pileta y con agua caliente, la mayoría de veces, de origen subterráneo y termal. De ahí su nombre.

Kitty´s got claws: (Inglés) La gatita tiene garras.

Dajajah habiba: (Árabe) Gallina querida. Decirle a alguien "Dajajah" significa que cloquea, que habla mucho y con mucho ruido.

Petit lionne: (Francés) Pequeña leona.

Mademoiselle Noire: (Francés) Señorita Oscura.

-Mousaka: receta tradicional griega, parecida a la lasagna italiana, excepto que entre capa y capa de carne, se ponen rodajas de berenjena. También se puede hacer sólo de vegetales.

-Miss manners: es el sobrenombre de una periodista, Judith Martin, que desde 1978 escribe columnas sobre etiqueta y cortesía que se publican en más de doscientos periódicos alrededor del mundo.

-Parakálo: (Griego) Por favor.

-La canción de Seikilos es el ejemplo más antiguo de composición musical existente, datando del siglo II A.C. Encontrada en una estela funeraria.

Agradeciéndoles por su paciencia tras la lectura de este muy muy largo capítulo, se despide su servidora,

Lara Harker.