Kari, ¡volviste! Te extrañaba! Gracias por dejarme review, linda, y volver a leer y apreciar este trabajo.
Marde State: Gracias por tu review! Esperate y verás, a storm of drama is coming!
Perséfone X: Gracias por pasarte y leer!Espero que te siga gustando!
Gracias también a quienes le dieron fav y follow. Saint Seiya no me pertenece, ojalá me pudiera echar al gaznate a Kanon de Géminis, y por favor, pásense por Crossroads, de The Ninja Sheep: son las historias de Eva y Aimeé, las amigas de Marah. Y ES MARAVILLOSA *o*.
Sin más preámbulos,
X
MINE IS YOURS TO DROWN IN (LESSONS IN LYING).
Shion me observaba de arriba abajo, con detenimiento y la barbilla apoyada en el puño, el codo reposando sobre el reposabrazos de su trono. Ya había estado en su presencia una vez sin máscara ni velo, en la ocasión en que nos había castigado a Aimeé y a mí por nuestra bromita. Sin embargo ese día estaba tan enojado que creo que ni siquiera se dio cuenta que ya no me cubría. En esta ocasión, sin embargo, parecía que quería verme las entrañas, tal era la intensidad de su mirada. Estiré un poco más la espalda.
-Como puede comprobar, Su Santidad, el entrenamiento al que la sometió Kanon de Géminis fue excesivo. Perdió mucho peso y en una ocasión yo mismo curé huesos rotos. Además la sometió a ataques que sólo guerreros experimentados deben enfrentar, sin ella poseer armadura y apenas iniciando su entrenamiento.-dijo con voz firme Aioria, delante de mí. Lo miré aterrada. No debí haberle dado esa información, de hecho no deberíamos estar aquí. Le había pedido insistentemente a Aioria que no viniéramos.
Pero, here we are. Y yo estaba en una encrucijada. Aioria tenía razón en que Kanon había sido demasiado abusivo. Y yo no quería que lo amonestaran. No quería que se enterara de alguna forma que Aioria y yo habíamos estado ante el Patriarca, no deseaba que absolutamente nada pudiera suponer un peligro para mi naciente relación con el geminiano, ni que llegara a pensar en mí como una bocazas quejetas. Estaba loca por él y me habría aguantado otros dos meses de entrenamiento en la Tercera Casa y con Kanon de mal humor sólo por poder compartir su mismo espacio. Me desconocía a mí misma. Las últimas semanas me la había pasado suspirando, enfebrecida, leyendo todo lo que tuviera que ver con cuestiones románticas que me cayera en las manos, escribiendo patéticas excusas de poemas en un griego bastante malo y luego quemándolos, canturreando por ahí, a ratos llorando, no sabía si de puro amor o de pánico, escapándome de Leo a la menor oportunidad para poder ir a Géminis o a lugares secretos de antemano acordados para ver a Kanon y hablar con él; tan distraída y nerviosa que hasta Agnés se había dado cuenta de que algo me pasaba.
-¿Qué tienes tú para decir, pequeña? ¿Sientes que el entrenamiento de Kanon fue excesivo?-me preguntó Shion, dándome la estocada final. Sudé frío. Si decía que sí, mi amado estaría en problemas y me odiaría por ello. Si decía que no, Aioria quedaría en ridículo ante el Patriarca y me odiaría por el resto de mi vida. Pensé a toda velocidad qué iba a decir, cómo iba a reaccionar. Decidí que lo mejor era decir la verdad. Parte de ella, claro. No todo. Respiré hondo.
-Su Santidad, sí, es cierto. El entrenamiento de…del Santo de Géminis fue excesivo-empecé, estuve a punto de meter la pata y llamarlo por su nombre de pila, lo cual hubiera sido altamente sospechoso. Un cruel retorcijón en mi bajo vientre hizo que palideciera y cerrara los ojos dos segundos. Al abrirlos, tanto mi maestro como el Patriarca me miraban de hito en hito, como si creyeran que mi estadía en la Tercera Casa había sido tan dura como para afectarme emocionalmente y me maldije por mi instante de debilidad. Me volví a estirar.-Fue muy duro, entrenamientos muy pesados, y lo que dice mi maestro es cierto, me hirió en varias oportunidades. Pero puedo decir que rindió frutos. Me siento más segura en cuanto al manejo de algunas de mis habilidades y ya sé qué tan terrible es el poder de los Santos de Oro de Athena.
Mi maestro me miró como si lo hubiera abofeteado. ¿Por qué todo me estaba saliendo tan mal? Me apresuré a seguir explicando.
-Rindió sus frutos, sí, pero sinceramente, me encuentro más a gusto con el método de entrenamiento que sigo con el Santo de Leo, si mi opinión sirve de algo. Es más sano y equilibrado y me siento tranquila y apoyada. Aioria es un gran maestro.
No estaba mintiendo. Todo eso era cierto. De hecho, como maestro, era mejor Aioria que Kanon. El León me volvió a mirar con los ojos un poco brillantes, el resto de su rostro, inexpresivo. Shion sonrió, desconcertándome.
-Puedes estar seguro de que tendré palabras con el Santo de Géminis, Aioria. Pueden retirarse. –nos dijo, echándonos de su presencia con amabilidad. No pude más que evitar reírme, en reconocimiento de esa suavidad y elegancia.
-Agradezco el tiempo destinado a esta audiencia, Su Santidad.-dijo mi maestro. Parecía que echaba chispas. Hicimos ambos una reverencia, dimos tres pasos hacia atrás y luego nos volteamos, caminando rápido hacia la salida. Mi maestro estaba muy enojado. No me habló hasta que llegamos a Leo. Y yo también estaba enojada. De todas maneras Shion reprendería a Kanon y Aioria estaba disgustadísimo conmigo.
-Ah, ¿así que rindió frutos?-me espetó, furioso, apenas cruzamos el umbral, quitándose la tiara-casco de su armadura. Encendió su Cosmo y el León Dorado dejó su cuerpo en medio de un remolino de chispas doradas, levitó y se ensambló sola, para luego posarse sobre un pedestal de mármol naranja que sobresalía del piso a mitad de la Casa. Crucé los brazos, enfurruñada.
-Sí, maestro. Aprendí muchas cosas, a pesar de todo.-le dije, encendiendo mi cosmoenergía súbita y agresivamente. Todavía su color no se había estabilizado y no sabía si eso era normal. Variaba del azul eléctrico de los rayos a chispas amarillas.
-Veo que el bloqueo casi ha desaparecido.-me dijo, con aprobación pero a regañadientes.- ¿Eso es todo?
-No.-sonreí.-Creé mi primer ataque.
Mi cosmo empezó a arremolinarse sobre mi cuerpo, rápidamente pero de manera que parecía un líquido, derramándose luminoso, expandiéndose luego en largos filamentos de plasma eléctrico que me rodeaban sin orden ni concierto, saliendo de mi cuerpo y volviendo a él. Aioria retrocedió mirándome boquiabierto y se me salió una carcajada. Tendría que apresurarme a lanzar mi ataque porque no podía sostener aquella emisión de energía por mucho más tiempo.
- ¿Quieres que te lo muestre, maestro?
-Lánzalo. A ver qué es lo que lograste.-me dijo él con total decisión. Lamenté que se hubiera quitado la armadura, porque no quería achicharrarlo.
Alcé ambos brazos verticalmente, con las palmas hacia el cielo. Allí concentré una bola de cosmo que luego separé al mover los brazos de tal manera que la luz en ambas manos formó un círculo en el aire: le había copiado descaradamente ese movimiento a Kanon, aunque él hacía un triángulo, y esperé que Aioria no se diera cuenta. Y luego, gritando ¡Solar Storm! le lancé el ataque con toda mi fuerza. Una inmensa bola de electricidad y plasma se dirigió hacia él a toda velocidad, ganando tamaño y fuerza con los metros, los ojos de Aioria desorbitados durante unas milésimas de segundo, el calor, el sonido ominoso de electricidad y luz líquida capaces de quemar y fundirlo todo a su paso. Sentí su cosmo encenderse, alzó su mano y contuvo mi ataque, deshaciéndolo con su brazo derecho. Me pregunté cómo lo había detenido, si había logrado impactar a Kanon con él dos veces. Luego pensé que era porque mi maestro conocía mi cosmoenergía muy bien, porque esa era su especialidad, porque yo estaba débil, asustada y distraída y además, dolorida. No eran las condiciones ideales.
Mi cosmo se apagó y suspiré de cansancio. Me agaché un poco, con las manos sobre las rodillas, sudando por el esfuerzo. Aioria me miraba con orgullo, y sonreí, feliz. Vino hacia mí y me despeinó, en ese momento noté que las vendas de mis brazos humeaban y estaban tan calientes que la piel debajo de ellas me ardía. Ya había identificado eso como un problema. Mi técnica también me hacía daño.
-Tiene una buena estructura y propósito. Tiene debilidades que hay que corregir. Te toma muchísimo tiempo prepararte para él, lo cual te pone en peligro. Y hay algo en tu pose justo antes de lanzarlo que es un punto flaco muy peligroso, pero me gusta. Es muy tuyo. No puedes quedarte toda la vida con los ataques de tus maestros. A propósito, te prohíbo que lo uses de nuevo antes de que logres perfeccionar el Lightning Bolt y el Lightning Plasma.
Tras su perorata criticona, lo miré indignada, con el entrecejo fruncido y los labios apretados, a punto de hacer una pataleta. ¿Cómo que me prohibía volver a usarlo? ¡Eso no era justo! ¿Cómo lo iba a perfeccionar entonces? El cólico volvió a atacarme y exhalé por la boca con lentitud para tratar de calmarme y de evitar el dolor. Además, tenía que quitarme las vendas, porque ya empezaban a oler a chamuscado. Incluso después de que la emisión de cosmo pasara, de alguna manera los átomos involucrados seguían moviéndose aceleradamente y separándose unos de otros, combustionando, quemándose. De adentro hacia afuera. Aioria tenía razón, era muy peligroso y debía manejar lo básico primero.
-¿Qué te pasa, Marah?-preguntó mi maestro, preocupado.- ¿Te lastimaste con tu técnica? ¿Qué te duele?
-No, no fue eso, Maestro. No se preocupe.-le dije, comenzando a palidecer y a sentir náuseas. Aioria me miró varios segundos como intentando recordar algo. Luego chasqueó los dedos, con una expresión de triunfo.
-¡Claro, eso es! Ve a pedirle un té a Agnés, Marah. Tienes el resto de la tarde libre, pero aquí dentro, en Leo. No creas que no me he dado cuenta.
Le hice una reverencia a Aioria con la cabeza, suspirando de alivio por poderme quedar recostada toda la tarde para aliviar mis cólicos, y a la vez conteniendo el aliento debido a que se había dado cuenta de que me escapaba de Leo cada que podía. Y sonrojada, porque Aioria sabía cuándo eran mis periodos casi con más exactitud de lo que yo lo sabía. Me fui a la cocina con las piernas temblorosas por el dolor y el nerviosismo, casi corriendo. Apenas llegué tomé las pequeñas tijeras de plata que colgaban del cinturón utilitario de Agnés, escondidas entre los pliegues de su túnica, y me corté a toda prisa las vendas, que seguían humeando. Tenía los brazos rojos bajo ellas y con ampollas llenas de líquido en algunos lugares. Hice un gesto-puchero de horror y rabia. Agnés me miraba divertida, para más inri me tomó ambos brazos con las manos, calientes de estar cocinando, y me apretó los antebrazos con la palma abierta.
-Esto te pasa por desobediente, niñita.-me dijo, sonriendo casi sádica mientras yo me contenía para no aullar de ardor y alejarme. Mi cuerpo se tensó de dolor y ella inmediatamente me soltó.
-Agnés, dice Aioria que si puedes darme una taza de té de canela.- le dije, meramente transmitiéndole la orden de mi maestro, sin pedirle el favor. Ella inmediatamente captó mi rabia, a pesar de que la había enmascarado lo mejor que podía. Y sonrió.
Puso una tetera con varias ramas de canela y una pizca de un polvo grisáceo y verdoso que supuse era algo para el dolor, que sacó de una bolsita de cuero que llevaba también adherida al cinturón lleno de tiritas que colgaban de su cintura. Supuse que era algo para el dolor. Cuando el agua hirvió, la sirvió en una taza, le adicionó una cucharadita de miel, y reservó el resto en otra, que tapó con un paño.
-Holgazana- me espetó Agnés entregándome la taza de agua de canela tibia con miel-lo hace porque considera injusto entrenarte durante tus tiempos débiles. Ahh, pero antes las amazonas tenían otro temple, y yo insisto en que Aioria es demasiado blando contigo. Claro, para compensar por sus errores pasados.
Alcé una ceja por toda respuesta. Agnés estaba hecha de piedra, cardos espinosos, ácido y veneno de escorpión, además de nitroglicerina, así que sabiamente decidí que sería una bobada mía contestarle cualquier cosa. Las amazonas de antes, tipo Shaina, se habían convencido en algún punto del camino que para ser respetadas debían ser más brutales y crueles que los santos de Athena, además de burdas y otras cosas que no me agradaban. Marin también compartía algunas de esas características con Shaina, ya que la conocía un poco mejor gracias a su relación con Aioria, me daba cuenta que era despiadada y exigente cuando debía serlo, y gracias a eso precisamente era que Athena estaba a salvo –Seiya, el Asesino de Dioses, fue alumno suyo-, pero de un temperamento más suave, tímido y tierno en cuanto lo que a Aioria concernía. Era muy dulce verlos observarse con ternura y amor infinitos, solo tocándose las manos, rozándose las puntas de la nariz.
Soplé la taza antes de tomar el primer sorbo y tras saborear el té, le agradecí y me llevé la taza a mi cuarto. Pensé en cómo yo había sido educada por las mujeres que me rodeaban tanto en El Cairo como en Meddinah para obtener las cosas que quería de otras maneras, más sutiles, zalameras y astutas. Una parte de mí se sentía asqueada, aterrada, por ello. Esa misma parte de mí admiraba a Agnés, a Shaina y a Marin y Eva y todas las mujeres que tomaban lo que querían y vivían sin sentir temor a ser tachadas de poco femeninas por ejercer el poder que tenían. La otra pensaba que debía dejar de lado esa definición tradicional de feminidad y sobre todo, la que vivir durante mi infancia y adolescencia en países de mayoría musulmana me había metido a las malas en la cabeza. No éramos débiles, ni cosas preciosas a ser guardadas. Ni de nuestra castidad dependía el honor y la fortuna de nadie.
Aunque no tenía muchas esperanzas. Aún en el Santuario de una diosa como Athena, que a través de las eras había demostrado ser perfectamente apta para la guerra, la estrategia y las labores típicamente femeninas como el tejido también y que por lo tanto las cuestiones sobre qué género está destinado a qué cosa no eran fijas, había santos, y santas, y vestales, aún convencidos de que ese orden de cosas, mujeres a la casa, hombres a la batalla, amazonas a la renuncia de su feminidad, era la forma de hacerlo todo bien y natural.
Yo no quería dejar mi femineidad. Y menos ahora que estaba Kanon, para recordarme que yo era una mujer joven, una aprendiz de santo, de guerrera, de amazona, y aun así dispuesta a sentir y vivir. Y disfrutar de las cosas bonitas. Y quedarme acostada en cama toda una tarde para aliviar mi dolor de cólico menstrual si quería, y porque sí.
Me tomé el agua de canela y fue lo suficientemente buena para quitarme el espasmo. Debía irme, debía llegar a Géminis antes de que el Patriarca llamara a Kanon y le soltara todo el rollo. Armé con sábanas y trapos una muñeca que haría las veces de una Marah recostada y muriendo de cólico sobre la cama, la tapé con un cobertor, y salí por la ventana. Me tomó un buen rato y algunos saltos poder treparme al techo de Leo, bajarme por el frontis agarrada con manos y piernas a una de las columnas, y echar a correr como alma que llevaba el diablo por la Escalinata Zodiacal hacia Géminis, todo eso sin usar ni una sola pizca de cosmo, para que ni Aioria ni Agnés se dieran cuenta.
Al llegar a la Tercera Casa, me sorprendió el potente olor de la mezcla de hierbas, resinas y especias que Dora utilizaba como incienso para purificar el templo. Lavanda, menta, limón, anis estrella, incienso y ámbar. El Laberinto de Luz y Sombra estaba desactivado, y en el centro del Hall, sobre su pedestal de mármol, estaba ensamblada Géminis. Dora, con la cabeza cubierta por el velo, llevaba en las manos un incensario de cadena que balanceaba suavemente de modo que el humo tocara a la armadura, cuya cosmoenergía propia estaba encendida y resonaba. Había visto varias veces a Agnés llevar a cabo esa misma operación con Leo, e incluso había visto a Mei, la vestal de Libra, hacerlo también. Pero siempre me asombraba comprobar que las armaduras eran seres vivos y poderosos, que tenían hasta cierto punto, su propia voluntad.
Decidí no perturbar a Dora pero estuve segura de que había percibido mi presencia. Me aventuré al ala izquierda de la Casa buscando a Kanon, y me llevé un chasco. Toqué varias veces con los nudillos en la puerta de Kanon y no obtuve respuesta alguna. El pánico me embargó al pensar que quizá ya estuviera de camino al Templo del Patriarca. Ahora ya no podía volver a Leo, al menos hasta que anocheciera. Lo único que se me ocurrió fue entrar a la habitación que usé durante mi tiempo en Géminis y me recosté en el camastro, quedándome dormida casi inmediatamente.
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-Aioria se quejó. Está muy enojado.-dijo Shion, sonriendo. A Kanon se le escapó una sonrisita. Estaba de pie ante el Patriarca, con los brazos cruzados. El lemuriano hizo un gesto con ambas manos que le indicó al santo de Géminis que podía tomar asiento en una de las sillas de caoba de patas finas ante el escritorio. Kanon se sentó, algo tieso, apoyando los brazos sobre los reposabrazos. La expresión corporal de Shion era completamente opuesta, repantigado cómodamente sobre su silla.-Es lógico, sin embargo. Si su caso fuera un caso normal habrías cometido un abuso que requeriría de mí una amonestación para ti. Seguiste mis órdenes, aunque debes reconocer que se te fue la mano.
El Patriarca no lo había recibido en la Sala de Audiencias, sino en un salón adjunto, más pequeño y privado, más acogedor. Era el despacho de Shion. Ante ellos estaba una mesa-escritorio de caoba llena de papeles. Shion estaba sentado a ella, tras él, grandes libreros repletos de libros encuadernados en cuero y cilindros que contenían pergaminos antiguos. Junto a la ventana que tenía vitrales en azul y blanco, había una vasija de arcilla naranja con altorrelieves en negro que mostraban a Perseo montado sobre Pegaso. En esa vasija había un único lirio blanquísimo que parecía cultivado por Afrodita, así de perfecto era. La flor inmediatamente le recordó a Marah, y dentro de él, todos los pensamientos y sentimientos de las últimas semanas se arremolinaron con una mezcla de culpa y excitación en su estómago. Suspiró antes de contestar, pensando en las palabras adecuadas. Si había algo por lo que podría ser severamente amonestado sería el haberse involucrado sentimentalmente con la niña. Más con esa niña, precisamente. Athena estaba decidida a protegerla y esconderla a toda costa. Y parte de esa protección era convertirla en alguien fuerte y proporcionarle armas que le ayudaran a sobrevivir. Y también supo que Su Santidad sabía que había comprado lirios en la plaza de mercado de Atenas y se los había llevado a la chica tras meterse en su cuarto para vigilarla por la noche. Y casi se estremeció. Los ojos del Patriarca estaban fijos sobre él, en más de un sentido.
-Sí, Su Santidad. Hice lo que me ordenó. La chica manifiesta un talento decente para la percepción extrasensorial. La presioné hasta sus límites para fortalecerla en todos los ámbitos. No intento justificarme, el problema es que los límites de la muchacha están más allá de lo que me imaginé. Es mentalmente bastante dura, pero físicamente es más bien frágil. No es una buena guerrera para el combate cuerpo a cuerpo, y su cosmo manifiesta bloqueos, es inmaduro-explicó Kanon. La expresión de Shion se endureció, pareció de repente preocupado.
-Y eso es lo que Nuestra Señora Athena desea que la chica fortalezca. Su cuerpo y su cosmo. Ya nos encargamos de su mente en estos últimos dos años.-explicó el Patriarca, pensativo. Kanon se apresuró a soltar una idea que venía atormentándolo desde que la había visto en el Santuario y supo quién era ella.
-Su Santidad, ¿No sería más fácil, más adecuado, que tanto su Maestro como ella misma lo supieran todo? En cualquier momento, quizá pronto, puede que sea reclamada.
-He ponderado largamente sobre este asunto, Kanon. Y siento que no es conveniente que ninguno de los dos lo sepa, lo más importante es que ella no lo sepa hasta que no dudemos en absoluto de su lealtad para con Nuestra Diosa y nuestra causa. Y si Aioria lo supiera, sería imposible mantener el secreto. No dudo de su idoneidad o su lealtad, pero su sentido de justicia puede jugarnos en contra. No sentiría justo que su alumna desconociera esa información, y se la daría. Así que te prohíbo terminantemente que le digas cualquier cosa que le haga siquiera sospechar.
Kanon se puso en pie, y le hizo una reverencia, ocultando sus sentimientos al respecto. Él tampoco pensaba que fuera adecuado contárselo. Primero, porque no deseaba en absoluto herirla, que sufriera, lo cual sería inevitable. Y segundo, porque sabía que si ella lo supiera, tal vez se iría del Santuario. Y no quería que se alejara de él. Con una sonrisita interna, se dio cuenta de lo mucho que disfrutaba de la compañía de la muchacha. Y de sus abrazos perfumados y suaves. Y de sus besos torpes e inocentes. Y de sentirse querido, por primera vez en tanto tiempo. Era una sensación muy bella el saberse el primer amor de una chica como esa, tan paradójicamente pura y apasionada al mismo tiempo. Además de esa necesidad irracional de protegerla y hacerla feliz que tenía. Todo el tiempo. Al alzar la cabeza, Shion lo miraba con una sonrisita que hizo que todo su cuerpo se tensara como un alambre. Algo sabía. O lo percibía. Rayos. Tenía que ser más cuidadoso, menos obvio.
-Has hecho tu trabajo, la vigilaste mientras estuvo en el hospital, la entrenaste, pero no te encariñes mucho con ella-empezó Shion, sin dejar de sonreír ladinamente.- La chica no volverá a estar bajo tu tutela. Pienso dejarla bajo la tutela de su kyrios, que es naturalmente Aioria, y dejar a su albedrío su formación, haciéndole sugerencias. Es la orden que recibí de Nuestra Señora. Puedes retirarte, Kanon. Nuestra Señora y yo te agradecemos por tus esfuerzos con la muchacha.
El Santo de Géminis se inclinó ante el Patriarca, dio tres pasos hacia atrás y abandonó el despacho. Shion miró al lirio que se mecía un poco al viento junto a la ventana, en el jarrón, y pensó que pronto debía empezar la siguiente fase del fortalecimiento de la chica. Afrodita de Piscis ya estaba informado y esperaba órdenes. Y en esta ocasión debía ser menos obvio que con Kanon, o Aioria podría echarlo todo a perder.
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-Marah.-murmuró la voz de Kanon junto a mi oído, en la total oscuridad. Gruñí dolorida y me encogí en el camastro. Mi dolor de vientre era intenso.-Ven, linda, arriba. Nos vamos a mi cuarto.
Me levantó en sus brazos y me llevó a su habitación, depositándome en su cama. Era muy blanda y las sábanas olían a él. Me acurruqué semiconsciente.
-¿Dónde estabas?-pregunté, arropándome. Kanon me quitó las sábanas, me desamarró las botas y me las quitó, también los protectores de los brazos y el arnés que me sostenía las hombreras. Y volvió a arroparme. Luego se sentó en el borde de la cama. Me levanté atontada y le ayudé a desamarrarse las vendas de los brazos y a quitarse el cinturón de cuero. Él se quitó las botas. Se agarró los bordes de la camisa y se la quitó por la cabeza. Permaneció un rato sentado, la luz de la luna, dándome la espalda. Poderosos músculos perfectamente esculpidos que quise recorrer con mis manos, pero me contuve, nerviosa. A él le gustaba quitarse la ropa para entrenar, y cuando hacía mucho calor. Pero era la primera vez que se quitaba la camisa para dormir conmigo. No supe cómo interpretarlo, o si había algo que interpretar.
-Con el Patriarca.-me dijo, sin mirarme. Todo el sueño se me quitó de golpe y tragué saliva, con pánico.- Aioria se quejó, lo sé. Pero no te preocupes. No estoy enojado. Ni con él, ni contigo. Es apenas lógico. Tampoco me amonestaron.
Suspiré de alivio. Me corrí hacia el otro lado de la cama para darle espacio. Debía volver a Leo, pero el dolor era tal que sabía que me costaría caminar adecuadamente. Claro que no había necesidad alguna de hacérselo saber a Kanon. Él se acostó a mi lado, y me arrastró contra él. Me tensé inmediatamente. Estaba desnudo de la cintura para arriba. Y su piel estaba caliente y fragante. Me dieron escalofríos y me sonrojé.
-Qué tensa estás, Marah. Mírame.-me susurró. Le obedecí, volteándome para encararlo. Eso me causó más dolor.- ¿Quieres tomar un baño?
Se sentó un poco, y me miró, entre provocador y preocupado, una mezcla que hizo que una ola de calor interno me recorriera de la cabeza a los pies y toda la sangre que me quedaba en el cuerpo se me subiera hasta las orejas. Lo consideré a toda velocidad por un segundo y tras sonreír con pesar, negué con la cabeza. Aunque me habría gustado, lo último que quería era dejar el baño de Géminis convertido en la escena de un crimen. Además, no tenía otra compresa con la cual cambiarme. Y bueno, no iba a dejar jamás que me viera desnuda, y mucho menos, sangrando. Él se puso en pie tras hacer un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza, y se fue, supuse que a bañarse. Cuando regresó, una media hora después, (yo había dado una cabezada, sospeché en mi duermevela del polvo grisáceo que Agnés le había puesto a mi agua de canela) estaba envuelto en una toalla de lino de la cintura para abajo y el cabello le goteaba, pegado de su cráneo y su espalda hacia atrás. Se veía muy guapo, muy provocador, si esa era una palabra apta para definirlo. Era la masculinidad en su idea más salvaje y a la vez refinada hecha carne. El sueño volvió a quitárseme cuando me di cuenta de que estaba completamente desnudo bajo la toalla. Aparté la vista y miré las sábanas de la cama. Él se sentó sobre uno de los banquitos de su escritorio y buscó algo sobre él.
-¿Podrías hacerme el favor de peinarme, Marah?-preguntó, con algo que pensé que era dulzura mezclada con una orden terminante. Me levanté como un resorte de la cama, aun con la vista fija en el piso, ignorando mi cólico, y me acerqué a él. Tomé de su mano fría un peine de carey de cerdas finas y comencé a desenredarle el largo cabello desde las puntas para no hacerle daño con los nudos. De su pelo goteaba el agua aún tibia, el olor de los aceites que lo hacían suave me hacía suspirar. No había aroma más maravilloso que el olor a hombre recién bañado, especialmente si ese hombre es Kanon, pensé. Terminé de peinarlo después de un largo rato, hasta que ya el agua en su cabello se enfrió y me pareció que el vello dorado de sus brazos estaba erizado de frío. Me sentí un poco avergonzada. Me demoré mucho, casi la misma cantidad de tiempo que demoraba peinándome a mí misma, excepto que con él había sido más fácil por la textura lisa de su cabello. Mi pelo era ondulado, pero no se notaba mucho porque la mayoría del tiempo lo llevaba en una trenza.
-No habías peinado a nadie nunca antes, ¿verdad?-preguntó Kanon con una levísima nota de molestia en la voz.
-No.- le contesté retrocediendo y poniendo la peinilla de carey sobre el escritorio.-De hecho, antes de venir al Santuario tenía a una mujer que me peinaba, me vestía, hacía la henna de mis manos y pies, mis uñas y otras cosas.
Kanon se volteó a mirarme, de arriba abajo, y pareció que me contempló bajo otra luz.
-Te dejo para que te puedas vestir.-anuncié. Él se puso de pie y me encaró, su abdomen marcadísimo tenía, bajo el ombligo, una formación de músculos en "v" que se perdía en la toalla blanca. Sentí un dolorcito chistoso en la parte de atrás de mi cabeza que me anunció que si no dejaba de mirarlo, me sangraría la nariz. Kanon puso las manos sobre su toalla en ademán de quitársela.
-No tienes que irte, Gatáki.-propuso ronroneante, con una sonrisita de lado y una de sus cejas alzada. Me tapé los ojos, giré sobre mis talones y abandoné la habitación mientras escuchaba a mis espaldas sus carcajadas. Estuve un rato acostada en la habitación que había ocupado durante mi estancia como alumna de Kanon en Géminis, reflexionando sobre la propensión del gemelo menor a hacerme proposiciones indecentes cada que podía. Y de lo mucho que me perturbaba. No lograba sentirme cómoda ante ello.
Aún no confiaba en él completamente. Algo en mí, muy dentro, se negaba a creer que me dijera la verdad. Simplemente era demasiado bueno para ser cierto.
Después de un rato apareció en la puerta llevando dos tazas de barro cuyo contenido humeaba. Ya vestido, afortunadamente. Con unos pantalones anchos. Y nada más. Me contuve terriblemente para no rodar los ojos con desespero. Yo estaba absolutamente segura de que le divertía muchísimo provocarme para ver mi reacción. "Me gustaba intentar quebrarte", recordé esa frase y me tensé completamente. ¿Qué tal que toda su supuesta atracción por mí fuera sólo una estratagema para quebrantarme total y completamente?
¿Pero cómo haría para saberlo? Si se lo decía probablemente se enojaría viéndose pillado, o se indignaría tanto conmigo que dejaría de hablarme. Recibí de sus manos la taza, que contenía al parecer agua de hibisco. Suspiré de alivio, porque anhelaba algo tibio de nuevo. Fuimos a su habitación y nos tomamos la tisana para entrar en calor porque hacía algo de frío y estaba lloviendo. Me metí en su cama bajo las cobijas. Él se acostó también y se cobijó, yo me quedé prudentemente alejada. Harto, me haló hacia él por los brazos hasta que tuve mi cabeza posada sobre su pecho.
-Relájate, koúkla. Entiendo. Pero entiéndeme también a mí. Me gusta tocarte. Necesito tocarte. Me tranquiliza. Me hace sentir bienvenido. Déjame acariciarte.
-Del país de donde vengo, en donde crecí, el estar a solas contigo y que me veas sin estar cubierta son crímenes punibles.-le dije, para explicarme un poco, para que me comprendiera.
-Ya no estás en Arabia Saudita.-susurró él, acariciando mi cabeza con suavidad.
-No, no lo estoy. Pero estamos en el Santuario de una diosa virgen donde hasta hace poco ver el rostro de una amazona sin su consentimiento te hacía susceptible de ser asesinado. Me confunde.-le espeté. Él sonrió, sorprendido por mi súbito enojo. Ladino, como si estuviera saboreando algo muy genial antes de soltarlo.
-No hay ningún afán, linda. No hay obligaciones, ni vínculos, ni deberes. La pasamos bien juntos. Es todo. No debes sentirte presionada. Estamos conociéndonos.
Se me hizo un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. Me había apuñalado y retorcido con sevicia el cuchillo en el pecho. Me contuve con todas mis fuerzas para no empezar a sollozar con el alma rota. Me volteé para darle la espalda y me recosté en la otra almohada, lejos de su contacto, evidentemente furiosa. Kanon posó una de sus manos en mi cintura y acarició desde mi hombro y luego hasta la curva de mi cadera. Me encogí, conteniendo la respiración. Mi cuerpo empezó a moverse involuntariamente por el llanto que ya se me había desbordado.
-¿Estás llorando?-preguntó él, apretándome el hombro, con voz fingidamente preocupada y casi divertida. Lo odié. Quise golpearlo.
-Si.-le contesté con la voz quebrada.
-¿Por qué?-siguió, como si no tuviera idea alguna de la puñalada que me había dado. Me obligué a preguntarme a mí misma porqué. Si, ¿por qué lloraba? ¿Porque de la cultura y el lugar de donde venía eso de "sólo conocerse" no funcionaba? ¿Porque siempre había esperado que el primer hombre al que yo amase en mi vida, me amara también locamente?¿Porque dudaba de absolutamente todas sus intenciones y sus palabras pero una parte de mí quería entregarse y confiar ciegamente en él? Tal vez el dolor de vientre, la sensibilidad emocional que me desconectaba los cables de lo racional cuando me llegaba la visita mensual de la maldición y todo el estrés del día también jugaban una parte importante en mi desconsolado llanto.
Como no le contestaba, y seguía llorando, Kanon me soltó. Era la primera vez que me hería emocionalmente de manera profunda e intencional y de su reacción dependería muchísimo. Pero en ese momento lo único que me importaba era mi rabia y mi tristeza. Después de un rato, me abrazó, en cucharita, y con la palma de su mano me quitó el pelo mojado por las lágrimas de la cara y me besó la mejilla hinchada y enrojecida de llorar.
-Ya, moromou. No sigas llorando, me rompes el corazón.
-¿Corazón, tú?-chillé lívida de ira, con los dientes apretados.- ¡Pero si tú no tienes!
Craso error. La mano convertida en hierro del caballero de Géminis me tomó por la mandíbula, abarcando media cara hasta mi nariz, amenazando con partírmela.
-Poseidón atravesó mi corazón con su lanza, y desde ese entonces funciona mal, al igual que mi cosmoenergía, que en ese lugar tiene un punto débil. Las heridas hechas por los dioses jamás se curan, en especial las hechas por ciertas armas.-masculló enojadísimo, apretándome contra su cuerpo.-pero ten por seguro, Marah Goldsmith, que no te miento al decirte que lo que queda de él, bien te podría pertenecer a ti, si no fueras tan insoportable.
Me volteé para encararlo y mirar con los ojos como platos la cicatriz vertical que Kanon tenía en el centro de su pecho, ligeramente hacia la izquierda. Extendí mis dedos temblorosos hacia ella y lo toqué, tapándome la boca con la otra mano. Llevaba el suficiente tiempo en el Santuario y siendo entrenada como para saber que la información que acababa de soltarme era importantísima, de suma gravedad, algo que no debía saber absolutamente nadie. Él tomó mi mano blanca con la suya morena y callosa, enorme, y la apretó contra su pecho. Su corazón latía muy fuerte. Recordé la brecha energética que había visto en su cosmo en ese mismo punto el día en que me dio sinestesia de tanto usar mi sexto sentido. Recordé que también había visto la cosmoenergía de Saga y carecía de dicho vórtice.
-¿Mío?-sólo pude atinar a preguntar, enternecida hasta un límite poco sano, ahora tenía ganas de llorar de ternura. Su corazón roto, latiendo bajo la carne de su pecho, hacia la palma de mi mano. Su mano libre buscó el hueco entre mis pechos, por sobre el esternón. Mi corazón latió enloquecido con su contacto. Cerré los ojos, apretándolos, y respiré hondo. Con mi mano libre tomé la mano que él tenía sobre mi pecho
-Tuyo. Mío.-susurró él, al decir "tuyo" apretando mi mano sobre su corazón, y al decir "mío" apretando su mano sobre mi pecho, y me besó en los labios. Respondí a ese beso con dolor, con ternura, con todo lo que se me desbordaba por él. Paulatinamente el beso se fue llenando de una urgencia desconocida y ardorosa que me asustó. Me separé con delicadeza.- ¿Qué pasa?
Volvía a estar algo enfurruñado. Sonreí a mi pesar. Iba a tener que decírselo. Además era la excusa perfecta.
-Estoy enferma, Kanon. La maldición mensual.-murmuré con la cara roja como un tomate, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
-¡Con razón!-dijo, riéndose aliviado, y me abrazó de nuevo fuertemente, poniéndome sobre su pecho y aferrándome a sí.-Eso explica muchas cosas. Descansa, moromou.
Siguió acariciándome hasta que me relajé completamente. Acaricié su rostro con mi mano y luego su cuello, no me atreví a tocarlo más. Me besó en la frente y luego en los labios, dulcemente, y me acarició el cabello hasta que volví a quedarme profundamente dormida en sus brazos.
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Un sol canicular se coló por las ventanas abiertas quemándome los ojos como si se tratara de un láser. Gruñí y me tapé la cara con un brazo, dándome la vuelta para darle la espalda a la luz, y me topé con la forma dormida de Kanon de Géminis, boca abajo sobre su almohada, su pelo desparramado sobre el colchón y su espalda. No era la primera vez que dormíamos juntos, de hecho, era algo que solíamos hacer con frecuencia debido a que nos quedábamos hasta altas horas de la madrugada hablando, leyendo, incluso le estaba enseñando algunas palabras en árabe. Pero siempre me levantaba una o dos horas después, antes de que saliera el sol, y me iba corriendo a Leo a fingir que había disfrutado de una reparadora noche entera de sueño. Kanon tenía una expresión muy calma cuando dormía.
Me sonrojé, ese sentimiento cálido y dulce en la boca de mi estómago atenazándome por completo. Dormíamos juntos y nos gustaba. A mi, porque raramente tenía pesadillas estando en sus brazos, y él, bueno, no lo sabía. Supuse que le gustaba la compañía. Nos sentíamos en paz. Con delicadeza, aparté el pelo ya seco de su espalda y con mis uñas, muy suavemente, comencé a trazar líneas y círculos para que le dieran escalofríos. Se movió un poco y se volteó, con los ojos verdes aún velados por el sueño. Parpadeó un par de veces. Bostezó, mostrándome sus perfectos dientes blancos. Me acarició la mejilla con su gran mano.
-Kaliméra, Gatáki.
-Sabaa Al´Kair, habibi. – le contesté, sonrojándome. Habibi, querido mío, mi amado. El alzó una de sus cejas.
-Sé qué es Sabaa Al´Kair, pero, ¿qué es habibi?-preguntó. Me puse rojísima y cerré los ojos apretando los párpados.
-Es una palabra cariñosa.-le contesté, tapándome la cara con las manos.
-¿Ah, sí?-inquirió su voz, con una nota divertida y de ternura en ella. Murmuró, acercándose a mi rostro y dándome un beso en la coronilla.- ¿qué significa literalmente?
Negué con la cabeza, aún tapándome la cara con las manos.
-Querido. Amado.-susurré entre mis dedos. Kanon bruscamente me quitó las manos de la cara y me besó rudamente en los labios, introduciendo su lengua, reclamando mi cuerpo con sus manos desde las mejillas hasta las caderas, poniendo mi cuerpo sobre el suyo, y luego el suyo sobre el mío. Estaba extasiada, perdida en aquella ola de magma que se llevaba mi cordura, deleitada por todas las sensaciones nuevas que aquel acercamiento fuerte y profundo entre nosotros me causaba, acariciándolo también como podía.
El reloj de Meridia empezó a sonar. Y conté ocho tañidos. Eran las ocho de la mañana. En pánico, aparté a Kanon de mí de una patada, o más bien me caí de la cama tras intentar patearlo, hiperventilando de miedo. Me senté, hecha una maraña de pelo suelto y largo, ropa y sábanas. Luché unos segundos para desenredarme, tomé mis botas del piso, me las puse y medio las amarré, luego tomé mi hombrera y me la puse del lado equivocado, tuve que quitármela y arreglarlo, el pelo no tenía remedio, no alcanzaría a trenzar una mata de cabello rizado que me llegaba hasta las rodillas. Me cogí una coleta apresuradamente con una cinta, temblando de pánico. Kanon me observaba entre divertido y molesto.
-¿Qué te pasa?-me preguntó, sentándose en la cama, con las piernas hacia afuera y los pies descalzos sobre el frio mármol.-Parece que te fueran a ejecutar.
-¡Aioria me matará!-le espeté fuera de mí-¡Son las ocho de la mañana y siempre me va a buscar a mi cuarto apenas sale el sol para empezar a entrenar! ¡Por Allah! ¿Qué voy a hacer?
Kanon empezó a reírse, y yo a pasearme como fiera enjaulada por su habitación preguntándome a mí misma frenética que iba a hacer, cómo iba a evitar la ira de Aioria y el desastre que se nos venía encima a Kanon y a mí, en una jerigonza de griego, inglés y árabe. Nadie en el Santuario podía saber lo que pasaba entre nosotros. No nos habíamos acostado, pero nadie nos creería que dormíamos juntos sin que nada pasara. Los ojos se me llenaron de lágrimas de pánico, de rabia y de vergüenza. Los brazos de Kanon me tomaron fuertemente por la cintura y me apretaron contra sí, quedando mi espalda contra su abdomen.
-Shhhhh. Primero debes calmarte. Si te vas así no podrás mentir adecuadamente. Te delatarás a ti misma.-me susurró él al oído. Los latidos de mi corazón se dispararon. Respiré hondo varias veces hasta sentir que se normalizaban un poco, mientras él seguía sosteniéndome.- ¿qué es lo que le dirás?
-No lo sé.-dije a punto de volver a estallar de pánico.
-Irás a entrenar, todo el día, para que te vean. Y volverás en la noche a Leo, ¿entendido? Si va a buscarte y pregunta dónde estabas repite hasta el cansancio que estuviste entrenando, no importa cuántas veces, sigue repitiéndolo con convicción, sin dudar, sin enojarte. Báñate y pídele a Dora lo que necesites para estar cómoda, luego iremos afuera y te llevaré a otro lugar en el Santuario.
Cerré los ojos con fuerza. Kanon era muy bueno mintiendo y la duda volvió a atenazarme. Pero me aferré a la solución que me brindaba. Era lo único que se interponía entre la ira de Aioria y yo. Él volvió a apretarme contra sí, como si quisiera que nos fundiéramos. Me ahogué en el latido de su corazón contra mi espalda; esperaba que de verdad él sintiera la necesidad, así como yo la sentía hasta mi alma, de ahogarse en el mío.
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Gatáki: (griego) gatita.
Moromou: (griego) amor mío, forma cariñosa de llamar a alguien.
Sabaa´al Kair: (árabe) Buenos días.
Koúkla: (griego) muñeca.
