¡Holi! He vuelto con un nuevo capítulo. Mis saludos, agradecimientos y apapachos a:

Tsuki Girasol, Alir 101, The Awesome Potato Zempie, Lidia, Kari, y Marde State.

Sin más, les presento:

XI

ARES IN OUR EYES

"We burn like lions with Ares in their eyes

But it is only in songs that I envy the winds.

O let them scatter my heart among the ruins".

Ares in Their Eyes- Elend.

Volví a Leo en la noche, tras entrenar todo el día con June y sus alumnas. Eva y Aimeé no aparecieron por ningún lado. Temblaba de miedo de sólo pensar en la reacción de Aioria. Mi estómago gruñía de hambre, pues desde el desayuno del día anterior no comía, para nada ayudando a mejorar mi estado de ánimo. Por órdenes de Aioria no tenía permitido saltarme ninguna comida y el menú había sido cuidadosamente elegido entre él y Agnés para evitar que volviera a tener anemia o enfermarme: de hecho comía seis veces al día, pequeñas porciones de proteína y vegetales, carbohidratos mínimos. Cuando entrenábamos fuera de Leo Agnés ponía en una cesta mis porciones. Y estaba dando resultados. Me veía menos pálida y con una delgadez más fibrosa que por desnutrición. Aunque mis senos y mis caderas al parecer se habían ido para siempre. No que tuviera mucho, para empezar, pero era desconcertante saber que tienes 17 años pero pareces de 13, y ver todos los días niñas de 13 que parecen mujeres de 20. Como las alumnas de June, por ejemplo. Una de ellas, Yanni, tenía doce años pero ya era de mi misma altura. Suspiré hondo tratando de dirigir mis pensamientos hacia la injusticia del destino que había hecho de mí una cosita diminuta y delgaducha, en vez de hacia lo que iba a pasarme en Leo.

Me encaminé hacia la Calzada Zodiacal. Mu de Aries estaba sentado en las escalinatas, cubierto por su gran clámide de lana roja bordada del Tíbet. Al llegar a él le hice una reverencia con la cabeza.

-Buenas noches, maestro Mu. ¿Me permite pasar por su Casa?-le dije, recordé con pánico que no me había limpiado y algunos Santos eran muy quisquillosos con ello. Uno de ellos era Mu de Aries. Tenía raspones, estaba sudada y llena de tierra. Le llenaría su templo, seguramente recién limpio ritualmente, de miasma, suciedad física que se convertiría en impureza espiritual. Me miró de arriba abajo recordándome con los ojos que no estaba en condiciones de pasar por los Templos del Zodiaco. Luego miró a Kiki y éste se desvaneció, para volver a aparecer con una palangana con agua y un paño. A pesar de que llegaría aún más tarde a Leo, y que varias veces había pasado por Aries aún más sucia, si cabía, sabía que debía lavarme, o no pasaría jamás. Y de alguna manera sentí que Mu sabía que llegaba tarde y quería retrasarme aún más. Y evitar que Aioria me viera sucia de entrenar, como era mi plan, para que creyera mi historia. Con un suspiro de resignación, tomé el paño de las manos de Kiki, lo mojé en el agua y me limpié el rostro, el cuello, los brazos, los codos, las rodillas, me senté fuera de la escalinata con la palangana, me quité las botas y las medias y me lavé los pies, secándomelos con el área del trapo que estaba seco. Volvi a ponerme las botas y finalmente me lavé las manos a consciencia.

-Se lo agradezco mucho, Maestro Mu. Gracias, Kiki. ¿Ahora si puedo pasar?-pregunté, dándole a Kiki la palangana, el trapo me lo quedaría para lavarlo yo misma y luego devolvérselos. El Santo de Aries, que normalmente nunca había sido muy amistoso conmigo, asintió con la cabeza y sonrió, apreciando mi gesto de obediencia.

-Claro, Marah. Puedes pasar. Ten cuidado.-me dijo, haciéndome un gesto con la cara en la última frase que me dio a entender que Aioria estaba tan furioso conmigo que hasta él se había enterado, y que mi suposición sobre su intención de retrasarme era correcta, aunque no pude distinguir si lo hizo para advertirme, o para que en Leo,por el retraso, Aioria se pusiera aún más histérico. Tragué saliva y respiré hondo. Miré a Kiki, que me guiñó descaradamente un ojo, y me adentré en Aries. Tenía la esperanza de que en Géminis estuviera Kanon, pero no, no estaba. Muy típico de él, dejarme absolutamente sola en semejante situación. Caminé arrastrando los pies por la oscura Cáncer, cuya doncella vestal al parecer no existía o no se dejaba ver jamás, aunque siempre la Casa estuviera limpia, y subí con el corazón dándome saltos a través de las costillas hasta Leo. Todavía el portón estaba abierto. Respiré hondo antes de entrar y me sequé las manos, que me sudaban, en el chal que siempre llevaba amarrado a la cintura. Recompuse mi rostro y tomé la decisión de actuar como normalmente haría para evitar sospechas. Y después de todo un dia por fuera, entrenando y sin comer, la Marah normal querría tomar un baño, comer y dormir. Leo estaba tan silenciosa que espantaba más que Cáncer.

Entré directamente al baño, me dí una ducha rápida, volé a mi cuarto, me vestí con una pijama de pantalón y blusa, remangándome hasta los codos para que los raspones fueran visibles, y fui de puntillas a la cocina.

Donde Agnés y Aioria me esperaban sentados a la mesa con cara de estar en un funeral. Mi rostro se arrugó sin que pudiera evitarlo en un gesto de pánico horrorizado. Iba a ser mi funeral. Tiré de los músculos de mi cara para forzar una sonrisa.

-¿Dónde estabas?-me espetó Aioria con una voz forzadamente calma. Agnés tamborileaba con sus uñas sobre la madera de la mesa, con la línea de los labios tan recta que se veía casi antinatural.

-Entrenando, Didaskalé. ¿Pasó algo? ¿Por qué las caras largas?-pregunté con voz animada y despreocupada, entrando a paso casi saltarín, como normalmente entraba a la cocina cuando esperaba una buena comida después de un largo día de entrenamiento.

-No estuviste entrenando conmigo, tu maestro, eso es obvio.-dijo Aioria. Saqué un pan recién horneado de debajo de la tela blanca que cubría la cesta donde Agnés ponía el pan a que se enfriara, le quité un mendrugo con los dedos y me lo llevé a la boca, masticándolo, esperando que no se notara que se me había quedado espantosamente seca.

-Estuve entrenando con June y sus alumnas desde muy temprano hoy.-dije, tras tragar el pedacito con algo de dificultad.-si lo deseas puedes preguntarle. Antes de eso entrené yo sola en Cabo Sounión.

-¿Y pasaste la noche en Leo?-me espetó Agnés, el horror hizo que me atragantara. Disimulé lo mejor que pude. Niega, niégalo todo, niégalo hasta la muerte, eso me había dicho Kanon. Sonreí y luego incluso me atreví a reírme.

-¡Pues claro!-le contesté-ustedes saben lo mucho que me gusta dormir, sólo que como ayer me dormí tan temprano, hoy me levanté muy temprano, antes del amanecer, y me fui a entrenar para compensar.

Me odié a mí misma por la mentira inmensa que acababa de salir de mis labios, me sentí sucia y horrible, pero seguí sonriendo. Batí las pestañas de manera encantadora y puse mi mejor cara para convencerlos. La cara que podía derretir a las vestales agrias de la cocina de los Santos, la cara con que manejaba a mi padrino musulmán saudí con eficacia. Sabía de antemano que con la vestal de Leo no funcionaría, Aioria era parcial ante mi gesto de niñita desvalida. Pero esta vez no. Me desesperé un poco y la voz me salió una octava más aguda de lo que quería.

-Ay, por favor, no estén enojados conmigo, ¿sí? Sólo lo hice por tratar de ser disciplinada.

Agnés y Aioria se miraron, al parecer confirmando algo. Agnés se puso en pie, destapó unas cazuela de barro con sopa de cebolla y pedazos de carne flotando, que aún estaba tibia, y la puso en la mesa, en el sitio que estaba vacío, haciéndome un gesto con la cabeza para que comiera. Me senté, tomando una servilleta de tela del cajoncito de madera donde se guardaban y me la puse sobre las rodillas. Agnés le sirvió con un cucharón a Aioria primero en su plato, luego a ella, y luego a mí, y tras agradecer a la diosa Hestia por el fuego que nos permitía cocinar los alimentos, a Démeter por los frutos de la tierra y a Athena por el día de trabajo y aprendizaje, los tres, con la cabeza gacha y tomándonos las manos, las de Agnés y Aioria casi quebrándome los dedos, empezamos a comer. Fue una cena silenciosa y tensa. Cuando finalizamos, lavé los platos de todos y los sequé. Agnés y Aioria me dejaron sola y suspiré, sin poder creer mi buena suerte. ¡No me iban a regañar! Pensé que debía disculparme ante Aioria por entrenar sin su permiso ni su presencia, así la ilusión sería más completa. Seguía odiándome terriblemente a mí misma, por mentirosa y manipuladora. Me encaminé hacia su habitación y toqué la puerta con los nudillos. Esperé unos horribles segundos.

Abrió sin su camisa puesta, a todas luces preparándose para dormir. Bajé los ojos y me sonrojé genuinamente. Aioria era algo más bajo que Saga y Kanon (que de no estar tan bien entrenados serían más bien enclenques, sus estructuras óseas eran más finas, no tanto como la de Afrodita, Mu o Shaka), pero mucho más compacto, musculoso, incluso los rasgos de su cara eran más bruscos, su mandíbula y nariz más prominente y poderosa, sin quitarle armonía a su rostro, de verdad mi maestro era muy guapo. Afortunada Marin.

-Didaskalé, vengo a pedirle disculpas.-le dije, haciéndole una reverencia.-entiendo que cometí una falta al no pedir sus indicaciones, su presencia o su aceptación para entrenar el día de hoy. Lo siento mucho, no volverá a suceder.

Aioria suspiró. Me levanté de mi reverencia.

-Estás castigada, Marah. Nada de salir de Leo sin mi permiso y mi presencia hasta nuevo aviso.

Mi cara se congestionó de ira, me puse roja dos segundos, y luego me calmé a las malas.

-Está bien, Maestro.-le dije, haciéndole una reverencia de nuevo.-acepto la disciplina que tenga a bien imponerme. Que tenga una buena noche.

Al levantarme de mi reverencia, Aioria sonrió con una mezcla de pesar, sarcasmo y rabia, y me cerró la puerta en la cara.

No se había terminado.

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Los días siguientes fueron una pesadilla. Y decir eso de Leo era decir algo. Jamás me maltrató, porque no es el estilo de Aioria, es demasiado noble como para permitirse a sí mismo dejar que sus sentimientos lo desviasen de su misión como maestro, quizá sólo si le faltaba grandemente al respeto emplearía la violencia. Pero su silencio, su abierta y franca rabia y desconfianza, el encierro, y las palabras envenenadas de Agnés me estaban volviendo loca. Casi prefería volver al desierto, al menos allí estaba sola. Medio muerta, pero sola.

Me di cuenta de que me había aferrado muchísimo a Aioria y que lo quería con mi alma entera. Que era mi guía, que le hubiera confiado mi vida. Que si alguien intentaba hacerle daño, mataría o moriría por él. Y eso también era parte de mi fastidio. Me estaba odiando demasiado a mí misma por mentirle y traicionar su confianza. Entre él y Agnés se turnaban para preguntarme en cualquier momento con la intención de pillarme desprevenida a dónde iba cuando me desaparecía de Leo. Con su insistencia, comprendía que se hacían una idea, y que eso les preocupaba en grado sumo. Lo cual frenaba mi impulso de vomitar mi corazón en las manos de Aioria y contarle que por las madrugadas, cuando iba a mi cuarto y me encontraba llorando, era de pavor porque no sabía cómo manejar las cosas avasalladoras que sentía por Kanon de Géminis, o por pesadillas relacionadas con él, en que me dejaba. O simplemente porque era incapaz de dormir sin tener sueños raros y sentía desesperación si no estaban sus brazos y su pecho para calmarme.

Eran las seis de la tarde y el sol se estaba yendo. Después del entrenamiento diario, que había sido extenuante, Aioria me había ordenado lavar toda la casa de Leo con agua y jabón. Y me encontraba arrodillada sobre el suelo de mármol, con un cepillo grande en la mano, un cubo de agua enjabonada sucia y un delantal puesto, que no tenía sentido porque estaba ya toda mojada de agua entre grisácea y amarillenta. Hacía ya dos semanas que no lograba ver a Kanon en privado. Y él se había alejado casi completamente de mí.

Por poco tumbo el cubo del agua cuando sentí su cosmo resonar en las inmediaciones de Leo. Estaba avisando que iba a pasar por el Templo. Aioria ni corto ni perezoso, salió de su habitación y lo esperó, disimulando con que estaba vigilándome, pero yo supe que sólo quería evitar que hablásemos en privado, lo cual me dio una pista fatal acerca de por qué me tenía encerrada. Sospechaba de nosotros. Me puse pálida pero seguí fregoteando el piso. Kanon pasó a mi lado sin mirarme, con los ojos cerrados y la barbilla estirada, con la actitud que Saga tomaba hacia mí, la de que él era un caballero dorado y yo una pobre aprendiz, y me pregunté si no me había equivocado de Cosmo. Pero no, era Kanon. Hubo una mirada compartida de un par de segundos, en que me observó con preocupación mientras se me aguaban los ojos. Hizo un gesto rápido con la cara con el que me quiso decir "¡disimula!", y dirigí mis ojos al suelo para evitar que Aioria viera que estaba a punto de llorar. Me limpié los ojos con el dorso del brazo que estaba seco y lo miré.

Kanon se paró, evitando pisar los charcos en el suelo. Evaluó con ojo crítico la casa.

-Aún te queda un rincón sucio allí, niña.-dijo, delante de Aioria, señalando una columna a mi derecha. Yo seguí no su dedo, sino el recorrido imperceptible de sus ojos. Vi un papelito diminuto caer al suelo justo al lado contrario del que había señalado. El Gran Gato lo observaba, furioso, tan furioso que al parecer no había notado la burda táctica de distracción de mi gemelo del mal. Tomé el cubo del agua con jabón, me moví un par de metros, volví a arrodillarme, tomé el papelito y lo metí en mi bolsillo. Luego me apresuré a tallar la columna que me había señalado Kanon.

-No le des órdenes a mi alumna, Géminis.-gruñó el Gran Gato, con la cara enrojecida. Me puse a temblar. Era la primera vez que lo veía perder la compostura con otro Santo. Kanon sonrió, cínico, y vi cómo le señalaba, con un gesto de su cara, que yo estaba efectivamente cumpliendo sus órdenes de limpiar el pedacito sucio imaginario en la columna. Quise huir lejos cuando vi la cara de Aioria mientras miraba a Kanon saliendo del templo, ambos, sin dignarse a mirarme. El geminiano iba escaleras zodiacales arriba, y me pregunté cuál era su destino final. Tal vez si sólo pudiera escabullirme, correr y pillarle antes de que llegara a Virgo... Tomé el balde y el cepillo y empecé a retroceder, de puntillas. El Gran Gato, sin voltearse, me ladró:

-¿A dónde demonios crees que vas, Marah?

-Eh…Este…A limpiar los leones de la entrada, Maestro.-dije, con la voz temblorosa. Aioria volteó de golpe, con los ojos cerrados, alzó su mano derecha y puso sus dedos índice y medio en alto. Oh no. Salté justo antes de que el Lightning Bolt me partiera limpiamente por la mitad. Asustadísima, pues Aioria jamás me había atacado con rabia, sólo cuando entrenábamos, y furiosa, sin medir las consecuencias, le lancé el cepillo, y luego el cubo del agua mugrosa llena de jabón. El cepillo no le acertó, con un rápido movimiento desvió el cubo de su camino, pero el agua negra y parduzca llena de polvo, arena y jabón lo empapó de pies a cabeza. Se quitó con el dorso de la mano el jabón de los ojos.

Los músculos de su cuello sobresalían, al igual que las venas en su frente. Estaba furioso. Furiosísimo.

-Si te atrapo, te va a doler.- masculló el Gran Gato. Todos mis músculos se tensionaron de pavor.

-Lo siento, maestro, discúlpeme.-empecé a decir, sinceramente avergonzada, mientras me reía, con nervios histéricos. Grité cuando otro Lightning Bolt me rozó el pie derecho y abrió un cráter en el mármol. Me dí la vuelta, encendí mi Cosmo y comencé a correr como si el diablo fuera a llevarme. Aioria venía detrás de mí, gritando improperios y lanzándome ataques que pasaban a mi alrededor por centímetros. Escuché las carcajadas de Chloe de Cáncer cuando vió que Aioria estaba empapado de agua con jabón y que estaba furioso y que yo iba pálida, espantada más allá del raciocinio y corriendo por mi vida. En Géminis, Saga no ayudó para nada cuando empezó a gritar "¿Quieres que ponga el laberinto, Aioria? ¡Castígala, Aioria, dale duro, que se lo merece!". En Tauro, Aldebarán me miro ceñudo, supuse que ahora sí le prohibiría a Aimeé hablar conmigo. Al parecer a Aioria le estaba costando trabajo alcanzarme, y eso me hizo sentir muy satisfecha. Venía corriendo, a toda velocidad, y miré hacia atrás un momento para comprobar en dónde estaba mi maestro…y…

PAF.

Un sonido aturdidor, como el de un gong enorme, acompañó el impacto de mi cuerpo contra una barrera invisible en la entrada trasera del Templo de Aries. Mu me miraba impasible desde detrás de su cristal de cosmo, mientras yo caía y caía, contra las piedras del patio de atrás del templo. En el momento en que creí que me iba a romper todos los huesos, alguien me tomó en el aire y luego, como si yo fuera un costal de papas, me lanzó sobre su hombro de tal modo que yo quedé colgando boca abajo. Estaba lleno de jabón y agua. Aioria. Por todos los dioses.

-Gracias, Mu. Por poner el Crystal Wall.-dijo, recuperando el aliento.

-No hay porqué, Aioria. Si no lo hubiera hecho, jamás la habrías atrapado.-comentó Mu de Aries, con la voz risueña. Me sonrojé. ¿Era mi impresión, o le había hecho un cumplido a mi maestro acerca de mi velocidad?

-Así es. Mi pequeña Gatáki cada día se hace más rápida y fuerte, y también más grosera. –se rió Aioria, inesperadamente de buen humor. Sentí que elevaba su cosmo de nuevo. Y entonces, un corrientazo espantoso se apoderó de mi cuerpo, al tiempo que una palmada resonaba en mi consciencia, una palmada en mi trasero. Grité de ira y de dolor. Mu de Aries comenzó a reírse por lo bajo.

-PUT ME DOWN NOW, AIORIA. YEN´AAL DEEK OMMACK! ¡You vlaca, PUT ME DOWN!

Perdí todo el control que me quedaba. Empecé a gritar improperios en árabe, inglés, griego, en lo que se me ocurriera. Aioria dio la vuelta y comenzó el penoso ascenso hasta Leo caminando, conmigo sobre su hombro. Y aún seguían las palmadas-electrochoque. Ni siquiera me dí cuenta si nos estaban mirando o qué estaba sucediendo. Me debatía, dándole puñetazos en los riñones a Aioria, cada vez que me palmeaba el trasero, y le gritaba insultos cada vez más coloridos y en un volumen más alto. Al fin me soltó en Leo, y caí al suelo mientras me retorcía de ardor. Debía tenerlas nalgas en carne viva. Podría jurar que olía a chamuscado. Aioria me había proporcionado la zurra más bestial de mi vida. Y en público. Y él sabía que lo que me había hecho me dolía muchísimo más en el orgullo que en el cuerpo. Jamás se lo perdonaría. Nunca. Mi terror de toda la mañana se había convertido en una rabia ciega.

-Te dije que te iba a doler si te agarraba. Jamás vuelvas a irrespetarme. –me dijo riéndose. Mi ira se desbordó. Encendí mi cosmo y pensé en causarle un dolor punzante. Alcé mi mano derecha y de mi dedo índice se desprendió una bola de luz amarilla que dejó una línea en el suelo, justo a sus pies. La cara de Aioria cambió. Hasta yo me sorprendí. Acababa de hacer por primera vez el Lightning Bolt en un acceso de ira virulento. Además, acaba de atacar a mi maestro con rabia, con irrespeto, sin estar entrenando. Eso bien podía costarme la salida del Santuario. Pero no me importaba, de hecho, si me echaban, mucho mejor.- ¿Así que estamos de ánimos para pelear? Vamos, ¿qué esperas?

No esperé nada. Me lancé sobre Aioria como una leona sobre un ñu. Lo tomé por los hombros, me lancé de espaldas hacia atrás y puse mi pie derecho en su estómago, impulsándolo por el aire. Retomó el equilibrio en pleno vuelo y cayó sin apenas hacer ruido sobre ambos pies. Ahora él era el león lanzándose sobre el ñu. Aioria se reía y yo estaba furiosa. La fuerza de sus agarres y sus llaves era imbatible.

Una hora y media hora después, cuando Kanon volvió a pasar por el Templo de Leo, Aioria y yo estábamos enzarzados aún en un combate a muerte de pankration del sucio, con palmadas y pellizcos eléctricos, enredados en el suelo de tal forma que no se sabía de quién era cuál miembro. Yo estaba roja y me dolía todo. Aioria me tenía sujeta contra el piso con sus piernas en mi cabeza y mi torso, y mis brazos doblados dolorosamente hacia atrás, mientras yo tenía enredadas ambas piernas alrededor de su nuca y hacía toda la presión que podía para ahogarlo.

-¡Ríndete o te partiré ambos brazos!- gimió Aioria desesperado. Kanon se había recostado contra una columna, observando.

-¡Jamás! ¡Puedes partirme toda en pedazos pero no me rendiré nunca!-mascullé. Grité cuando Aioria me dobló aún más los brazos, tenía los ojos llenos de lágrimas de ira.- ¡Nunca!

Aioria encendió su cosmo. Yo encendí el mío. No podía creer lo que estaba sucediendo. Iba a matarme. A matarme en serio. Delante de Kanon. Aumenté la fuerza de mi agarre en su cuello, él la suya sobre mis brazos.

-Suficiente.-ordenó una voz perentoria en nuestras cabezas. Jamás la había escuchado. Era femenina y masculina, dulce y profunda, poderosa. –No puedo concentrarme en mis meditaciones con sus rugidos. Me gustaría que cesaran. Sus estados de ánimo perturban la paz de mi cosmo, a pesar de la distancia; ¿podrían calmarse, o retirarse a las afueras del Santuario y molestar a otros? Gracias.

Kanon sonrió de medio lado durante dos segundos, al parecer satisfecho de sí mismo. Aioria, renuente, me soltó. Yo lo solté, él se puso en pie, y yo también, ambos jadeábamos y sudábamos. Jamás habíamos tenido una pelea así. El parecía tranquilo, calmo. Yo estaba deshaciéndome de rabia. Mi gemelo del mal intentó aproximarse a mí con intención consoladora. Yo le lancé una mirada asesina. El retrocedió, comprendiendo. Mi maestro nos miraba de hito en hito. Su rostro se encendió de rabia. Antes de que pudiera abrir la boca, la voz de Shaka de Virgo nos habló de nuevo.

-Creéme que no me complace retirar de tu presencia a tu alumna, y menos a mi templo, pero debo hacerlo por órdenes del Patriarca.

Gran Gato cerró los ojos, como pidiendo paciencia a los dioses. Yo tardé unos segundos en comprender qué estaba pasando. ¿Por órdenes del Patriarca debía ir al Templo de Virgo? ¿Por qué?, la pregunta más importante era, sin embargo, ¿para qué? Luché con todas mis fuerzas contra mis ganas de llorar. Aioria parecía a punto de echarse a gritar, temblaba de rabia.

-Estoy harto.-dijo, con la voz llena de desprecio, el mismo tono que usaba cuando recién nos conocimos y mi bienestar ni mi vida le importaban-Harto. Es mi límite. No me hago responsable de esta niñata más tiempo. Estoy harto de que todos metan la mano en lo que se supone es mi responsabilidad.

Miró significativamente a Kanon. La línea de la mandíbula del geminiano se tensó, como si se estuviera mordiendo durísimo la lengua para evitar contestarle. Luego hizo un gesto con la cabeza, mirándome. Se me salieron las lágrimas y abandoné corriendo a toda prisa el Templo de Leo en dirección a Virgo. Alcancé a escuchar a Kanon y Aioria gritándose. Corrí más rápido. Sabía que me esperaba cuando volviera a Leo.

Antes de entrar al templo de Virgo, traté de serenarme un poco y me limpié la cara. Olía a incienso. No era un olor reconfortante. Era de esos olores que no te permitirían comer, ni dormir. Sólo pensar. Me adentré en la nube de aquel intoxicante incienso. El cosmo de Shaka de Virgo era inmenso, increíble. De él había oído que era el ser humano que estaba más cercano a la divinidad. Ahí estaba, en el Hall del templo, sentado en posición de flor de loto, envuelto en una sencilla túnica anaranjada y blanca. En sus manos tenía un enorme rosario. Tenía los ojos cerrados. Dioses. ¿Acaso la belleza era un prerrequisito para ser un Santo de Oro? Todos los malditos eran hermosos. Su cosmo palpitaba con la lentitud de los latidos de la Tierra.

-Didaskalé.-dije, en voz alta, haciéndole una reverencia. Sólo mencionar el nombre con el que me dirigía a Aioria hizo que de nuevo me brotaran lágrimas a los ojos. Al mirarlo, sus párpados cerrados revolotearon un poco, tenía una pequeña expresión en su rostro, como si tuviera ante él a un niñito haciendo una pataleta y le produjera algo de desdén. Unas arruguitas en la frente y en la nariz.

-Siéntate, por favor. Cierra los ojos y enciende tu cosmoenergía.-dijo de nuevo su voz en mi cabeza. Obedecí. Me senté frente a él y encendí mi cosmo. Al sentarme me dolió el trasero y un fogonazo de ira al recordar el castigo de Aioria perturbó la paz de mi aura. Cerré los ojos e intenté calmarme. Respirar e ir hacia lo más profundo de mí, como me había enseñado Dohko. Pero era muy difícil. Calmarme era muy difícil. Encendí mi cosmoenergía, que fluctuaba desordenada, reflejando lo caótico de mi interior, pensamientos y sentimientos sin control ni orden.

-Te preguntarás porqué estás aquí. Su Santidad me ha ordenado darte unas nociones básicas de autocontrol, ¿me sigues, niña?-su voz de nuevo habló en mi cabeza. El hecho de no poder comunicarme con él de la misma manera y tener que usar mi voz real era un indicio claro de que esto no iba a ser una lección agradable ni fácil. Suspiré. Hizo un ruidito con la lengua que me indicó que en Virgo mostrar de cualquier forma mi desconsuelo estaba prohibido. Si, iba a ser maravilloso.

-Si, maestro.-le dije.

Todo el dia, y la noche, me la pasé sentada en flor de loto delante de Shaka, hasta que se me entumecieron las piernas y me pregunté con sinceridad si ese hombre comía o iba al baño alguna vez. Cada que me movía, así intentara hacerlo de la manera más silenciosa posible, su rostro me seguía, como si me estuviera viendo a través de sus párpados cerrados. Después de un rato comprendí que la razón de aquel ejercicio era simplemente lograr que me estuviera quieta, cosa que normalmente me era imposible. A no ser que estuviera realmente concentrada en algo que me gustara, como leer o escribir. Y mi mente divagaba muchísimo, pues tenía que cerrar los ojos y encontrar la fuerza para mantener mi cosmoenergía encendida y estable. Todavía tendía a apagarse. Funcionaba mejor cuando una emoción potente en mí la impulsaba a salir, y a arrasar con todo, en caso de que estuviera realizando un ataque.

Yo no tenía problema con ello. Pero todos, desde Dohko hasta Kanon, me habían regañado por ese hecho. Un verdadero guerrero no deja que su poder esté sujeto a sus emociones. Pueden hacerle perder la concentración.

Shaka encendió su cosmoenergía, que me golpeó como una ola, me hizo doblarme sobre mí misma para resistir la fuerza de su empuje. Era como estar bajo el agua, y al mismo tiempo, rodeada de luz. Sólo había sentido alguna vez una cosmoenergía tan poderosa, y había sido en presencia de Athena. Pero la de Ella evidentemente era divina, palpitaba con una vibración sagrada imposible de confundir con algo emitido por ser humano alguno. Mi cosmo reaccionó y se volvió a encender, sentí vergüenza ante la pequeña llama agitada por el viento que era yo ante el estallido de la estrella que tenía delante de mí.

-Creo que tu maestro y tutores previos han sido suficientemente claros contigo en cuanto a la necesidad de que te mantengas emocionalmente estable durante el entrenamiento y el combate, ¿no es así? No me detendré mucho en ese punto. En este breve tiempo y esta sencilla prueba, he comprendido algunas cosas, que puede que ni siquiera tú misma entiendas. Mi deber es darte las pistas, el tuyo es seguirlas y darles solución-dijo al fin, en mi cabeza, tras un rato de que su cosmo y el mío estuviesen encendidos, el mío, totalmente ahogado en el suyo y aun así lejos de tocarse mutuamente, de mezclarse de cualquier forma. Prosiguió, enviando sus palabras a mi mente, conjuntamente con impresiones de cómo él me veía a mí, que me asustaron, pues aun no me acostumbraba al uso del sexto sentido, la telepatía y demás fenómenos sobrenaturales que los Santos de Athena al parecer tenían tan dentro de la piel como el dormir o el respirar.

-He notado que tienes una habilidad un poco desarrollada en cuanto a lo que puedes percibir. Supongo que la tienes desde la infancia, parece innato. Pero la percepción no sirve de nada si no aprendes a estar en calma perfecta para actuar en consecuencia, ser un espejo de agua sin ondas que perturben lo que en él se refleja. Para ello necesitas disciplina, autocontrol. Disolución del Ego.

¡Ja! Pensé yo, sin poder evitar que una risita de incredulidad se me saliera. ¿Diluirse, mi ego? Si era lo más grande que conocía. Incluso sentí algo de rabia. Mi ego era parte de mí, lo que yo era. ¿Cómo deshacerme del orgullo que hacía que me mantuviera en pie cada día, que me impedía derrumbarme, podía servirme para sobrevivir?

-¿Por qué crees que estás tan enojada?- me preguntó Shaka de Virgo, con su voz real. Pensé un largo rato antes de responder. ¿Por qué perdía el control con tanta facilidad? ¿Por qué no pensaba antes de actuar? Si bien era cierto que mis mayores logros en el Santuario eran fruto de la rabia ciega, también lo habían sido mis mayores vergüenzas. Era un arma de doble filo. Y tal vez la cuestión ahora no se trataba de sobrevivir. Ya eso había pasado. O no lo sabía. En verdad no sabía nada.

-No lo sé, Maestro. No sé por qué pierdo el control tan fácilmente. –respondí, con toda la sinceridad que podía.

-¿Qué hacen las bestias salvajes cuando se asustan, Marah?-inquirió Shaka, con voz suave. Ah. Claro. Bestia salvaje. Capté el símil inmediatamente. Casi me produjo risa. Detrás de todos mis finamente cuidados modales, maneras y vocabulario, educación y hobbies cultos, habitaba una fiera irracional y peligrosa, para sí misma y para otros. Y Shaka, el hombre con los ojos sempiternamente cerrados, lo había visto aún más claro que yo misma. Y quizá todos los que me conocían. No entendí, sin embargo, qué tenía que ver esa pregunta tan extraña conmigo y mi falta de autocontrol. Recordé al león de montaña que casi me había matado. Cuando logré golpearlo con una piedra afilada en la cabeza, el animal se enfureció, porque estaba asustado. Eso era.

-Se enojan, Maestro.- contesté, comprendiendo a dónde quería llegar.

-La fuente de tu enojo es tu miedo. La fuente del enojo de Aioria es su miedo y el tuyo. El miedo es saludable cuando te ayuda a identificar situaciones de riesgo, sin embargo, el tuyo y el de él, no lo es. Debes dejar de temer y empezar a confiar en tus capacidades. Debes empezar a desarrollar tus capacidades sin servirte de la ira. Un guerrero que sólo se sirve de la ira como motor es fácilmente manipulable, fácilmente derrotado. Se quema con su propio fuego. Es mejor ser como el agua, Marah, que persevera gota a gota hasta horadar las rocas; como el aire, que no se apega a nada y corre libre. O la luz del sol, si lo estimas más conveniente. Aunque no la veamos, sigue brillando intensa y eternamente. Siempre he considerado que tu sexo es inconstante y cíclico por naturaleza, poco apto para la vida del guerrero y el asceta, pero los griegos han personificado a la Sabiduría en una mujer, Athena. La Sophia eterna, constante, celestial, desprendida de su Ego y de sí, en la interminable labor de proteger a la humanidad. Y a esa fuerza servimos. A esa emanación sempiterna de la Gran Voluntad que sólo nos guía de nuevo hacia la Fuente del Todo a través del sacrificio. Debes deshacerte de tu Ego, para convertirte en un conducto útil del Cosmo.

-No puedo. Nunca podría. Es lo que me ha mantenido en pie y con vida.-le contesté. Él sonrió con infinita paciencia, casi como si me tuviera misericordia. Alzó su brazo y con su dedo índice, sin tocarme y sin ver, señaló el centro de mi frente, donde debía estar el centro energético del Tercer Ojo. Y su cosmo me atravesó como si fuera una bala, la luz regándose por todos mis nervios y mis venas y llenando todo mi cuerpo. En mi visión, una Marah ciega, con las pupilas totalmente blancas y vacías, que me daba miedo, se aferraba a una columna, a la cual daba círculos. El mármol de la columna estaba gastado donde mi otra yo lo había rozado, y el techo del templo se venía sobre ella. Esa imagen que se repetía una y otra vez. Mi miedo ante mí. Empecé a llorar, gritarle, e intenté alejarla de la columna, pero ella era inamovible, estaba hecha de piedra, y seguía abrazando con ambos brazos la columna, y moviéndose en círculos alrededor de ella. Caí de rodillas, cubriéndome los ojos con las manos. El templo desapareció y muchísimos Buddas me miraban desde todas direcciones. Y luego, Shaka, de pie, tras un destello de luz dorada.

-Eso que acabas de ver no lo puse en tu cabeza. Es la imagen de tu miedo. Es lo que te molesta. Te aferras demasiado. Tanto que estás a punto de derrumbarlo todo y perderlo todo. Los seres humanos se aferran a la construcción que hacen de sí mismos, sus necesidades y deseos, a sus miedos, porque temen. Tienen temor del infinito, de lo desconocido, de levantar el velo de la ilusión y trascender. La rabia y el temor son sólo facetas del Ego. Y deshacerse de los deseos, que traen el temor, el miedo, el dolor y la rabia, que te atan, te vuelven lenta, inconstante, un instrumento poco fiable para el Cosmos. Deseas mucho, Marah.

-Tengo mucho miedo de fallar. –murmuré, muy triste, comprendiendo sin embargo lo que él quería decirme. Mis deseos desesperados de estar con Kanon y ser poderosa me estaban pasando factura, además de mis miedos y traumas infantiles, mi aferramiento a las personas que se habían ido, dejándome rota y sola. Pero eso era parte de mí. Y debía aprender a recordar sin dolor ni rencor.

Abrí los ojos y volvía a estar sentada en flor de loto, con Shaka en la misma posición ante mí, en el Templo de Virgo. Sentí la cara húmeda de lágrimas y me apresuré a limpiármelas. Si había alguien en el mundo de quien me sentía avergonzada de que me viera lagrimear, ese era Shaka de Virgo.

-El miedo a fallar se cura perseverando, Marah. Puede tomarte meses o años, pero si perseveras, lograrás. La paciencia es un árbol de amargas raíces y dulces frutos. Lo importante, para ti, ahora, me temo, no es la meta, sino el camino. Ahora ve con tu maestro. Le debes una disculpa.

-Le agradezco su tiempo y sus enseñanzas, Santo de Virgo.-le dije, haciéndole una profunda y sentida reverencia

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Cuando volví a Leo, al parecer Gran Gato se había encerrado en su habitación, y aunque toqué discretamente con los nudillos, no me abrió. Me llevé un chasco porque venía decidida a pedirle disculpas y mentalmente preparada para ello. No lo culpaba. Si yo fuera él, tampoco querría verme. Para mi inmensa fortuna, Agnés también estaba fuera de la vista. Me dirigí de puntillas hacia mi habitación, ignorando la cocina. Sabía, por disciplina, que debía comer, pero no tenía hambre.

Me fui a mi cuarto y me tendí en la cama con cuidado. Seguía doliéndome intensamente el trasero. Me di cuenta que aún tenía puesto el delantal sucio y lleno de jabón que había usado en la mañana, pero ya seco, y recordé que me había metido en el bolsillo el papelito que me había lanzado Kanon. Lo saqué. Se había mojado un poco y emborronado la tinta, de lo que se podía distinguir al desdoblarlo, decía "Necesito verte, 1 am. Fuente de Athena." Yo también necesitaba desesperadamente verlo, pero no creía que fuera conveniente. Si me tocaba elegir entre Aioria y Kanon no sabía a cuál de los dos lo haría, si a mi maestro y amigo o al hombre del que estaba enamorada. Y necesitaba pensar muchas cosas. Así que decidí quedarme en casa. Casa, Leo era mi hogar, para mí. Quizá si sabía a quién elegiría, y no quería tener que enfrentarme a ese pensamiento en ese momento. Además, probablemente, después de su pelea con Aioria, Kanon estaría encerrado en su cuarto comiéndose su propio hígado de pura rabia.

Me dí la vuelta en la cama, y al hacerlo, quedé de frente al portarretrato plateado que contenía la foto de mi abuelo, conmigo en brazos, y tras nosotros, el Partenón. En esa foto, yo tenía un lirio tras la oreja izquierda y sonreía, con los ojos algo hinchados tras haber llorado de susto. Estaba aún muy pequeña. Para ese entonces, ya mis padres habían muerto, y mi abuela, la madre de mi madre, también.

Sabía que mi abuela era griega, de un poblado humilde a las afueras de Delfos. Abuelo me había contado brevemente que se habían conocido, cuando él era joven, durante una excavación arqueológica. Y que ella había muerto poco después de tener a Mamá por una enfermedad relacionada con el parto. No sabía si tenía aún familiares vivos en Grecia, quizá no. Si los tuviera, los conocería, y además, habríamos pasado más tiempo en el país. Toda mi infancia en realidad, la pasamos mi abuelo y yo, yendo y viniendo entre El Cairo y Alejandría. Sonreí al recordarlo, el familiar calor de Egipto, los olores de las calles perfumadas, la amable brisa marina en Alejandría soplando por las ventanas, la arena colándose por todos lados en El Cairo, y el ocasional frío de Londres. Mi hogar, en vez de una construcción, había sido él, mi abuelo, y cuando lo había perdido, lo había perdido todo. Su muerte aún hacía que se me cerrara la garganta y procuraba no pensar mucho en él. Recordé el horrible sueño que había tenido en Géminis, en que lo había visto vivo y a mi lado, y me había hablado; y luego se había quemado. Estaba orgulloso de mí, eso me había dicho, pero, ¿sería cierto? No sabía si los muertos podían volver a visitar a los vivos en sueños.

Me pregunte, dada mi reciente visión en Virgo, si mis sueños no estaban tratando de decirme algo. Siempre eran más bien inquietantes, tenía pesadillas constantemente y me desgastaban mucho emocionalmente, pero esa había sido especialmente fea. Respiré hondo y me quité el delantal. Un extraño sopor se había apoderado de mí, no podía combatirlo. Tuve un pequeño momento de susto cuando mi cosmoenergía se alzó sola, no con una gran emanación, sólo una neblina a pocos centímetros de mi piel, que me cosquilleaba cuando los pequeños rayitos de electricidad de la que estaba compuesta chisporroteaban al tocarse unos con los otros. Mis ojos se cerraron y me abandoné a un estado de duermevela en que aún podía pensar, pero no podía controlar mi cuerpo ni levantarme de la cama. Tuve un destello de memoria, una imagen que no sabía de donde venía, tres mujeres hilando un tapete inmenso, el sonido de una tijera. En el tapete había dibujos, diseños, personas. La imagen no se iba. La imagen lo era todo. Intenté sacudirme y con horror comprobé que no podía mover mi cuerpo ni abandonar la visión, no sabía si estaba consciente o inconsciente, no sabía dónde estaba mi cuerpo ni lo sentía, ¿qué me estaba pasando? Un torrente de visiones nuevas me invadió, rápido como un río imparable, me ahogaba en ella, ante mis ojos ví mis manos llenas de sangre en algún lugar oscuro sólo iluminado por las luces de la ciudad que entraban a través de una gran ventana, mis pies descalzos sobre una gran escalera de madera, luego, en un recinto que parecía estar hecho de arena tostada, vi a un hombre cuya presencia no parecía ser humana, era ominosa, enorme. No veía su rostro, pero su cabello rojo flameaba. Luché para deshacerme de la visión. Creí estar loca. Llamé a Athena por todos sus nombres. La visión no se iba. Ahí seguía él, acercándose a mí, yo yacía en el piso inerme y su cosmoenergía, más poderosa de lo que jamás había sentido, me envolvía y me quemaba. Quería irme. La visión cambió. Vino mi madre, tan parecida a mí, y me tomó en brazos. Luego me dí cuenta que no era mi madre. Era yo misma, pero todo en mí había cambiado. Era algo vacío. Un receptáculo. Las pupilas de los ojos de mi otra yo estaban vacías, blancas. El agarre de mi otra yo sobre mí se hizo insoportable, la mujer de mi visión en Virgo había soltado la columna y ahora se aferraba a mí, igual de inamovible que antes. Grité y me debatí.

-¡Marah, MARAH! ¡DESPIERTA!-la voz de Aioria sonaba como si yo estuviera bajo el agua, muy, muy lejos. Luego otras voces se le unieron. La voz de Kanon. Kanon. Debía volver para poder verlo. Abrí los ojos. Ante mí, el techo se veía mucho más cerca de lo normal, de hecho, a pocos centímetros, podría tocarlo si estiraba el brazo.

Asustada, comprendí que levitaba a varios metros del suelo, rodeada de mi propia cosmoenergía, salida de control. Y abajo, sentí el calor abrasador de las llamas. Al mirar hacia el suelo, ví la cama, el nochero, el escritorio, todo encendido. Empecé a caer. Kanon me atrapó antes de que me golpeara y me sacó en brazos del cuarto. Aturdida, vi que Aldebarán y Aioria intentaban controlar el incendio, antes de doblar el marco de la puerta.

Lloraba, histérica, repitiendo unas palabras que no sabía que significaban, aunque sabía que era griego antiguo. En cuanto comprendí que estaba hablando, y que no sabía qué estaba diciendo, paré de hacerlo, aunque seguí llorando. Kanon se sentó conmigo aún en sus brazos en el inicio de la escalera que lleva de Cáncer a Leo. Me limpió las lágrimas de la cara con su mano, mientras con la otra mano acariciaba mi espalda en círculos para que me calmara. Lo abracé con todas mis fuerzas.

-¿Qué me pasó, Kanon? ¿Qué estaba diciendo?-pregunté hipando, con la voz quebrada, me dio tos debido al humo que había inhalado, me ardía la piel y me dolía terriblemente la cabeza. Tal vez la meditación y Shaka manoseando mi tercer ojo era lo que había desatado semejante ataque. No me pasaba algo así desde Libra. Y nunca tan espantoso. Mire a Kanon, interrogante, con los ojos aguados y mis puños tomando la tela de su camisa. El cedió, sabía que no lo dejaría en paz hasta que me lo contase.

-Aldebarán y yo sentimos tu cosmo desbordarse como jamás lo había hecho. Como tuviste un enfrentamiento con Aioria, pensamos que tal vez habían vuelto a pelearse, que estabas en problemas, y vinimos a ver qué estaba pasando. Encontramos a Aioria intentando traspasar una barrera de cosmo alrededor tuyo, generada por ti. Levitabas, inconsciente. Gritabas. La explosión de tu cosmo había derramado la lámpara de aceite de tu escritorio y le prendió fuego, a eso, a tu cama y tu escritorio. Te llamamos hasta que volviste con nosotros.-explicó Kanon en voz baja. En su cara había una expresión de preocupación intensa, me miraba como si me viera por primera vez en su vida, él fuera un doctor inexperimentado, y yo estuviera gravemente enferma.

-Kanon, dime, por favor, ¿qué estaba gritando?-inquirí. Quería saberlo con todas mis fuerzas.

-Nada, Marah. Sólo gritabas incoherencias. Nada.-contestó él, con el tono de voz con el que se trata de calmar a un niño para que vuelva a dormir. Cuando abrí la boca, con las mejillas rojas de rabia, porque odiaba que me escondieran cosas, para protestar, me besó en los labios para acallarme, y lo permití. Las lágrimas se colaron en ese beso. Sentí una enorme decepción. Algo muy grave estaba sucediendo. Fui vagamente consciente de que el brazo izquierdo de Kanon sostenía mi cuerpo contra el suyo, la palma de su mano abierta contra mi espalda, y que su mano derecha acunaba mi mejilla, su pulgar sobre mi rostro. Las semanas de no verlo me pasaron factura y se me olvidó que cualquiera podía vernos, a él también. Su lengua se introdujo en mi boca, profundizando el sabor salado de mis lágrimas, lo cual me arrancó un sollozo que el ahogó apretándome más contra su cuerpo, contra su rostro. Murmuró contra mis labios y me besó en la frente-Mientras yo esté cerca, Marah, no te pasará nada. Te lo prometo.

Dos lágrimas se me escaparon de los ojos, se me arrugó la cara en una mueca de dolor y miedo. Me miró, con una mezcla de desesperación, preocupación y deseo, y volvió a besarme con rabiosa intensidad. No sé por qué pensaba que eso me calmaba. No lo hacía, sólo me distraía momentáneamente. Pero qué distracción. Mi corazón latía con fuerza y me entregué a sus manos, sus brazos y sus labios con la intención de olvidarlo todo. Moderó su ímpetu y me acarició, me mimó, casi. Una pequeña chispa de alegría renació en mí. Me extrañaba tanto como yo a él, y enterré mis dedos en su cabello.

Una tos nos interrumpió. Aldebarán y Aioria nos miraban, asombradísimos. Sobre todo Aioria. Parecía que le hubieran dado un mazazo en la cabeza. Luego pareció comprenderlo todo, llegar a la fatal conclusión de que todo lo que sospechaba, lo que creía que estaba pasando, era cierto. Un rictus en sus labios me indicó que tendría aún más problemas, y mi corazón se fue a mis piernas, mis venas se congelaron de horror, creí que me daba un infarto de susto. Aldebarán pasó por nuestro lado sin ni siquiera mirarnos. Fue horrible. Sentí muchísima vergüenza. No me dejaría volver a hablar con Aimeé, seguro.

-¿Desde cuándo?-preguntó Gran Gato, conteniéndose. Kanon se puso en pie, aun cargándome. Me tapé el rostro con las manos. No podía verlo, por primera vez en mi vida, estaba tan avergonzada que no era capaz literalmente de mirar al rostro a alguien.

-Desde hace más o menos un mes, Aioria.-contestó Kanon.-Quería pedirte disculpas por las ocasiones en que la lastimé mientras entrenaba conmigo en Géminis. Quiero asegurarte que mis intenciones con ella son nobles. Mi interés es sincero.

-Esto es más que "interés", Géminis. Mucho más, ¡debería darte vergüenza! Marah es una niña. ¡UNA NIÑA! Una aprendiz, ni siquiera es adulta según las leyes del Santuario…Eres un cerdo sádico y miserable, hacerle tanto daño y luego aprovecharte de su fragilidad emocional…

-Pero tú y Marin…-empecé a decir yo. Él me interrumpió, colérico.

-¡Pero Marin y yo, nada! Mi relación con ella inició en serio cuando ya ambos teníamos armadura, éramos guerreros experimentados, y recibimos la bendición de Athena y del Patriarca. Somos adultos responsables y no estoy de acuerdo con esto, no lo autorizo y mañana te llevaré a ti a una audiencia con el Patriarca, Marah, porque estás bajo mi tutela. No tengo ganas de discutir más este asunto. Entrégamela, Kanon.

-No, no quiero.-me rebelé, con la voz quebrada, y apreté mi abrazo contra el cuello de Kanon.-por favor, Aioria, necesito estar con él.

-Fuera de mi vista y de mi templo, los dos. –dijo Aioria de un tirón, gruñéndonos con rabia, pero cediendo. No sabía qué era tener un hermano mayor, pero seguro así debía sentirse. Kanon me descargó en el suelo.

-Discúlpame porfavor, Aioria. Perdóname por todo.- le dije, con lágrimas en los ojos de nuevo. Me sentía tremendamente mal con él. Gran Gato suspiró. Tenía una expresión realmente dolorida en el rostro, como si lo hubiera traicionado. Y de hecho, sí, había traicionado su confianza más allá de todo lo que había hecho antes. Esto era grave, y no sabía si mi relación con él sobreviviría a esta situación, a esta revelación, a mi relación con Kanon. Los necesitaba, a ambos. Necesitaba la seguridad del hogar que Aioria me brindaba en Leo, la disciplina, la calidez, las enseñanzas, la posibilidad del honor. Pero también necesitaba el fuego, la emoción, la pasión, y la seguridad personal que Kanon me hacía sentir, que nada en el mundo podría tocarme si él estaba cerca.

-No creo que pueda perdonarte que me hayas ocultado algo tan serio. Debes aprender a confiar en mí, Marah. Quizá habría podido ayudarte, no dejar que las cosas llegaran tan lejos. Pero ahora ya no hay nada que hacer, y créeme que entiendo que sobre el corazón no hay quien mande, pero somos un ejército, y tenemos normas y reglas y rangos. Y él ha incumplido las normativas y se ha aprovechado de su rango y merece el juicio y el castigo y espero que lo comprendas y no me odies, Marah. Es la justicia de Athena.

Miró a Kanon, como si estuviera resignado, y le hizo un gesto con la cabeza. Me temblaron tanto las rodillas que no fui capaz de sostenerme más en pie de puro pánico, y me aferré de su ropa. Él volvió a cargarme y me dejé llevar hacia Géminis con el alma rota.

Al parecer, yo ya había decidido a quién necesitaba más. Pensé en las lecciones de Shaka y me di cuenta de que yo era un caso perdido. Siempre iría allí donde mis deseos me dictaran, y nunca a ningún otro lugar. Mi instintos, mi supervivencia. Nunca podría deshacerme de mi ego y nunca podría ser una asceta, una santa. Mientras Kanon me llevaba, ambos en silencio, pensé por primera vez en que tal vez, yo no era material para guerrera de Athena.

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-Yen ´aal deek ommack: eres un idiota (árabe)

-Vlaca: estúpido (griego)

-Pankration: antiguo deporte griego, mejor conocido como lucha grecorromana.

Buenas buenas queridos lectores. Vuelvo a dejarles cinco centavitos de felicidad. Espero que les guste. Muchas gracias por su asiduidad y sus reviews!