Pido disculpas de antemano a Lady Dragon, la creadora de Zelha, y a Argesh Marek, la creadora de Chloe, si les molesta su aparición en esta historia. Yo amo a Zelha y a Chloe y ambos personajes me inspiraron a hacer lo que hago. Si los lectores quieren buscar dichas historias, están aquí, en f.f: Lux Aeterna: an amazon´s diary, y The Killer In Me. Aclaro que en ningún momento la trama del universo en que Marah, Aimee y Eva viven se cruza con los de Zelha y Chloe de manera oficial. Lo hago como homenaje, realmente.
Perséfone X: Vas a ver que a Aioria y Kanon les pasa de todo, porque sitio en que esté Marah, sitio donde hay diversión. Muchas gracias por leerme!
Tsuki Girasol: Muchas gracias por tu apoyo y tus reviews bella. Eres muy amable. Gracias por querer a Marah, siendo tan fastidiosita como es, jajaja. A mí en lo personal no me molestan las marysues, siempre y cuando sean buenas marysues, es decir, OC con carácter. Y eso es lo que he tratado de hacer con Marah.
Pásense por Crossroads, de The Ninja Sheep, aquí, en FF. Son las historias de Aimeé y Eva, las amigas de Marah, y es MARAVILLOSO.
Advertencia. Este capítulo tiene contenido adulto. Lo inspiraron "how we became fire" de la banda Moonspell y "our hearts condemn us" del músico Jozef Van Wissem, parte de la banda sonora de la película "Only lovers left alive"
Sin más preámbulos,
XII
HOW WE BECAME FIRE
-Quizá esta sea la última noche en que podamos vernos.-dije, derrotada, sentada sobre la cama de Kanon y con las rodillas recogidas contra el pecho, el pelo esparcido sobre mi espalda y el colchón. Tenía muchas ganas de llorar pero ya había llorado mucho y me parecía que iba a deshidratarme. Además ya me había mostrado demasiado débil y necesitada ante Kanon y eso nunca es buena idea. Él estaba de pie ante la ventana, con los brazos cruzados, la cabeza algo gacha y los ojos cerrados, y aunque parecía completamente en calma, yo lo conocía lo suficiente para saber que la perspectiva de encarar al Patriarca y que lo amonestaran lo tenía algo nervioso. Sus hombros estaban más encuadrados de lo normal, la posición que tomaba antes de emprender el ataque, o esperarlo. En apariencia relajada, pero lista.
-Es posible que me expulsen del Santuario. Debí mencionarte eso antes. Athena nos prohibió terminantemente este tipo de relaciones con nuestras alumnas o las alumnas de otros mientras fueran aún aprendices.
La mandíbula medio se me desencajó de la cara. Lo miré, estupefacta. El me observó, parpadeó, y volteó su rostro hacia fuera, donde la Luna iluminaba el precipicio que se abría bajo nosotros hasta Tauro.
-¿Por qué?-tartamudeé después de un rato. Él no me miró al responderme.
-Por las mismas razones que esgrimió Aioria hace un rato. Considera que es injusto porque ustedes están en un nivel inferior, y eso las hace vulnerables a manipulación, mientras sean aprendices. Una vez tengan armadura, ya son adultas según la ley del Santuario, y libres de hacer con sus vidas lo que les plazca. Ya no están sujetas a un kyrios, o tutor, que es responsable por absolutamente todo lo que les suceda durante el entrenamiento.
Entendí muchas cosas de golpe. Como la histeria de mi maestro porque Kanon me había lastimado. Había empezado a tomarse en serio su papel de tutor y protector de mi persona. Después de dos años de escasamente hablarme, claro. Y de permitir que me enviaran al desierto. Me sentí una idiota. ¡Y yo disculpándome, con lágrimas en los ojos! Aioria ni corto ni perezoso tenía toda la intención de hacer expulsar a Kanon del Santuario.
Y como siempre, todo era mi culpa. Me tomé la cabeza con las manos y enterré la cara entre las rodillas, casi hiperventilando. Era demasiado. Todavía el corazón me saltaba del susto de lo que había sucedido en Leo y flashes de las imágenes que había visto en aquel trance me asaltaban a ratos. Sentí a Kanon salir de la habitación, y luego regresar, y el sonido de un líquido contra un vidrio. Levanté la cara. Estaba ante mí con un vaso pequeñito y largo lleno con un líquido transparente. En la otra mano llevaba una botella de vidrio sin marcar y otra copita.
-Toma, lo necesitas. Debes relajarte para poder estar en condiciones de responder adecuadamente a las preguntas que te hagan mañana, no hecha un manojo de nervios.-me dijo. Recibí la copita. La olisqueé. Un vaho tremendo a alcohol y dulce emanaba de ella.
-¿Qué es?-dije, aturullada, pues no había pensado en esa parte del asunto. De mí dependería que a Kanon no lo expulsaran. Eso hizo que todas mis entrañas se revolcaran de pánico. Después de mi desastroso día en Leo, lo que necesitaba era alcohol y un rato de conversación con la persona que más quería en el mundo, y que al parecer, mejor me entendía. Quizá tenía razón y relajarme era lo que necesitaba.
-Ouzo. Aguardiente de uva.-contestó, sirviéndose en su vaso, que llenó casi hasta el tope. Lo alzó en mi dirección.-Eis Ygeia, Marah. Por nosotros.
Lo levanté también, para brindar con él, y me tragué el horroroso fuego líquido, combustible de avión, destapa caños dulce, que me acababa de dar. Otras cuatro de esas y estaba segura de que quedaría K.O. El licor me quemó el estómago. Recordé con horror que no había comido nada.
-¿Qué debo decir mañana?-le pregunté. Él se sirvió otra copita, e indolente, se la echó al coleto sin siquiera hacer un gesto. Supe de inmediato que el ouzo para él, era agua. Me sirvió otra y me la entregó. Me la tomé sin dudar un instante. Quizá el licor me ayudaría a dormir bien y olvidarme por un rato de todo mi desagradable día. Le puse la copita en señal de que quería otro. Me lo sirvió, y me lo tomé. Seguían doliéndome las nalgas, por cierto. El me miró y sonrió.
-Easy, girl. You´re going to get real wasted-me dijo, quitándome la copa, y me besó seductoramente en los labios. Ambos sabíamos a ouzo. Algo dentro de mi vientre se removió y tuve que apretar los muslos el uno contra el otro para acallarlo. Se separó de mí y me acarició el pelo. Hice un gesto de desagrado.
-I solemnly vow to teach you some proper english. I certainly do not fancy you babbling around like an american.-le espeté, medio en serio, medio en broma.
-Don´t be cross, wee lass.-me dijo, fingiendo un acento escocés terrible que hizo que se me escapara una carcajada. Nunca podía estar enojada con él por mucho tiempo, siempre encontraba la forma de hacerme reír. Sentí una punzada de dolor sólo de pensar en la posibilidad de que por mi culpa, tuviera que irse. Decidí cambiar de tema y elegí uno muy malo, debido a mi precaria sobriedad. Siempre me había intrigado un tema del que él y yo jamás habíamos hablado. Cabo Sounión. Y su regencia del reino submarino como Dragón del Mar.
-Y…¿qué tal era, Kanon? Me refiero a la prisión de Cabo Sounión.-pregunté, con la voz razonablemente distorsionada. La expresión en la cara de dicha persona cambió y comprendí que no debí preguntar eso.-disculpa, habibi. No tienes que contestar.
Kanon miró hacia afuera, hacia la luna. Cerró los ojos un momento.
-Era…húmedo, todo el tiempo. En ocasiones creí que iba a morir de infecciones en la piel. Olor a algas y pescados podridos durante la marea baja. Luchar para no ahogarme durante las mareas altas y las tormentas. Me sentía tan desgraciado que nunca comprendí que el que mis heridas sanaran rápidamente y siempre tuviera fuerzas para seguir luchando, venían del cosmo de Athena. Al salir de allí sólo quería cumplir mi propósito, adueñarme del poder de Poseidón y hacerle la guerra a Athena. Ser un dios. Eso quería.
Me levanté de la cama y me acerqué a él. Me serví otro trago de ouzo. Me lo embutí como pude, mientras me quemaba la garganta, y abracé a mi gemelo del mal.
-¿Todavía…te sientes culpable?-murmuré contra su pecho. Kanon besó mi coronilla.
-Sí. A veces. En otras ocasiones siento que estaba haciendo lo correcto. No sabes lo terrible que era aquello, Marah. Las privaciones. El ansia de poder. Éramos apenas niños cuando llegamos al Santuario y no conocíamos otra vida. Yo quería más que eso. Aún quiero más que eso.
-¿A qué te refieres con "eso"?-pregunté. Kanon se alejó un poco de mí para poder mirarme a los ojos, con expresión de que era muy obvio. Me besó. Fue un beso distinto, electrizante. Por momentos amenazaba con hacerme perder el poco equilibrio que me quedaba. En medio de la bruma alcohólica, simplemente me dejaba llevar.
-A esto, pequeña.-susurró, en una pausa, contra mi boca.-A no sólo ser un guerrero, un defensor.-se bajó del marco de la ventana, acompasando cada palabra con otro beso.-a tener una vida.
Estaba muy, muy ebria. No me dí cuenta a dónde fueron a parar los vasitos, ni cuando Kanon me depositó en la cama y se recostó sobre mí, aplastándome con su peso, inmovilizándome. Los besos eran gotas de lava en mi cara, cuello y pecho. Empezó a deslizar su lengua sobre mi piel, a mordisquearme. Su pelo olía a humo de leña y me cosquilleaba en la cara. No tenía idea de que mis manos se habían metido bajo su camisa y acariciaban su espalda, por voluntad propia. Se sentó en la cama a mi lado. Luego se puso de pie y se recostó contra uno de los lados del ventanal. Me quedé allí, con una sensación terrible de que algo había iniciado pero al parecer, no iba a terminar. Volví a sentirme atemorizada por el hecho de que tuviera que irse, de que lo expulsaran.
-En serio, Kanon. ¿Qué debo decir mañana?
-La verdad, muñeca. Eso es lo que debes decir. Que fui un loco sádico que te golpeó, te rompió huesos y te hizo sangrar, empleó contra ti ataques a los que otros no han sobrevivido, y calculadora, fría y manipuladoramente te sedujo, aprovechándose de la obvia atracción que sentías por él.
Al principio lo dijo como si estuviera bromeando. Luego me dí cuenta que así era como él lo veía.
Y que se sentía culpable. Sumamente culpable. Me cubrí la boca con los dedos y lo miré con los ojos aguados. El dolor en su voz me pilló por sorpresa.
-Esa es la verdad, ¿no?-me preguntó, su rostro extremadamente serio, una máscara, imposible saber lo que pensaba o sentía. Me desconcertó la expresividad de su voz contrastando con el hieratismo de su expresión. Me puse en pie, tomé la botella del alfeizar de la ventana, y me mandé un trago largo, sin respirar. No pude evitar arrugar el rostro al bajarla, y limpiarme los labios con los nudillos. Kanon me miraba, aún serio.
-Si.-le contesté, poniendo la botella sobre el marco de la ventana. Así había pasado, y era cierto. Todo. Pero yo simplemente no podía controlar lo que sentía por él. Una voz gritaba en la parte de atrás de mi cerebro, tratando de convencerme de que era mi oportunidad de alejarlo de mí, y por un instante, me llené de rabia. Sí, se había aprovechado, todo el tiempo. Dudé un momento, antes de estampar mi mano contra su rostro con todas mis fuerzas, alzándome de puntillas, porque no alcanzaba. Él pudo detenerme, claro, pero no quiso. Me dolió la palma de la mano, su rostro se volteó por la fuerza del golpe, su cabello se movió un poco, casi mágicamente en cámara lenta. Al voltearse para verme, me dí cuenta que le había rasguñado un poco el pómulo con las uñas y que le sangraba el labio. Se me aguaron los ojos. Me alcé de puntillas de nuevo, le eché los brazos al cuello y le besé los rasguños y el labio partido, sintiéndome horrible. Pensé cómo se debió sentir él al golpearme durante los entrenamientos.-Si, Kanon, y no. Nada entre nosotros es simple.
Él rodeó mi cintura con sus brazos y me alzó del suelo para estar rostro a rostro. Mis empeines tocaron sus pantorrillas un poco más debajo de sus rodillas. Podía aplastarme si quería. Podía desaparecerme en una miríada de átomos, si le daba la gana. Me besó, la sangre y el ouzo mezclándose, traté de ser gentil con sus labios ahora partidos.
-No, nada entre nosotros lo es. En eso tienes razón, Gatáki. ¿Me perdonarás algún día?
-Sólo si prometes no lastimarme ni mentirme de nuevo jamás.-susurré, mirándolo a los ojos, muy seria.
-Nunca. No te lastimaré ni te mentiré de nuevo.
Era un juramento. Lo selló con un beso casto y me depositó en el piso, que se movió mucho bajo mis pies. Con cara de resignación, volvió a cargarme y me depositó sobre la cama. Se sentó a mi lado y me limpió la mejilla con el dedo.
-Hollín.-dijo, cuando lo miré interrogante. Me sonrojé. Claro, todavía estaba llena de mugre de cuando estaba limpiando Leo.-Deberías tomar un baño caliente y comer algo. Así te relajarás y te levantarás bien para mañana.
Asentí con la cabeza y me ayudó a llegar al baño porque estaba muy temblorosa. Me dejó en la puerta, y respetuosamente, se retiró. Me quedé parpadeando incrédula, esperando un estallido de su habitual exuberancia coqueta, pero no lo hubo. Entré en el baño, cerré la puerta, me desnudé mientras ponía a correr el agua caliente en la tina, y luego me lancé a ella torpemente, sin duda el licor me había atontado. Olvidé recogerme el pelo, y se mojó. Me lo subí a lo alto de la cabeza y lo sujeté ahí precariamente con la liga con la que me recogía la trenza. Apoyé la nuca en el borde de la tina excavada en el suelo tras ponerle aceites al agua, me froté la cara, los brazos, las piernas, con una esponja, y luego me quedé ahí, medio flotando en el agua caliente. Temí dormirme y tener otro episodio. Ya tenía miedo de adormecerme y perder el control. Justo cuando estaba a punto de quedarme dormida, tras cerrar los ojos un momento, la puerta del baño se abrió. Asumiendo en mi duermevela que era Dora, me volteé para verla.
No, no era Dora. Era Kanon, con un peplo blanco y corto en las manos. Me apreté contra la pared de la tina y me tapé todo lo que pude con los brazos, pensando que desde donde él estaba, por el ángulo, no podría verme el cuerpo, sólo la cabeza. No me miró.
-Te traía esto, linda. Quería regalártelo luego, pero recordé que lo único que tienes para cambiarte es la ropa sucia que traías puesta. Estuve tocando la puerta y me preocupé cuando no respondiste. Aquí te lo dejo.-puso la prenda sobre una percha. Por una extraña locura de la cual me arrepentiría después, y con la cara roja, murmuré, "quédate, por favor" lo suficientemente alto para que él escuchara. Con el rostro inexpresivo, cerró la puerta tras él, dejándonos a ambos encerrados en el baño. Se acercó a donde yo estaba, y empezó a quitarse la ropa. Volteé el rostro, con las mejillas a punto de estallarme, y cerré los ojos. Sentí un pequeño chapoteo.
Kanon estaba desnudo justo al lado contrario de donde yo me hallaba. Dos metros de agua caliente nos separaban. Me hundí en ella hasta la nariz.
-Mirarme no te matará, Marah.-dijo después de un rato en que casi me ahogué un par de veces, aún con la cara metida en el agua caliente y los ojos fuertemente cerrados. Abrí un ojo. Luego el otro. Estaba sentado en uno de los escaños en que uno podía acomodarse bajo el agua, y su torso casi completo sobresalía.-Ven aquí, no muerdo.
-No, tú allá y yo aquí.-le dije, tratando de calmar a mi corazón que amenazaba con salirse de mi pecho. Él sonrió de medio lado, reconociendo la derrota. Aproveché descaradamente mi oportunidad de comérmelo con los ojos. Todos los músculos y la piel y las cicatrices, el cabello, la cara. Todo allí, tan cercano, tan sensual.
-Bien, sólo quería darte un masaje. No me mires mientras me baño, por favor.-explicó y pidió, devolviéndome el chuzón con maestría. Entrecerré los ojos. Me volteé y le di la espalda y seguí con lo mío. Me recosté con los brazos sobre el borde de la tina y me quedé allí con los ojos cerrados. Y me dormí, al parecer. Lo próximo que supe era que estaba recostada de espaldas sobre algo suave, húmedo y tibio, con un brazo que no era mío, musculoso y moreno, sosteniéndome por el abdomen, para que no me hundiera en el agua. Estaba recostada sobre el pecho de Kanon, y él a su vez estaba con la espalda contra el borde de la tina. Con su otra mano, y de manera delicada, sacaba agua de la tina para derramármela en el rostro y lavármelo, como si yo fuera un bebé. Volví a tensarme y un pánico atroz me recorrió de pies a cabeza. Él me apretó contra sí con algo de fuerza, mientras yo luchaba para zafarme de su abrazo.-No, shhh, quédate…Quédate conmigo, Marah. ¿Por qué me tienes tanto miedo? ¿Por qué le temes tanto a la intimidad física? No te lastimaré, de hecho, será placentero…
-No es el dolor a lo que le temo, sabes que nunca me he acobardado ante eso.-murmuré, hiperventilando, con los ojos cerrados.-Me da miedo dejar de ser…tu sabes…, me da miedo lo que pase después. Además hay algo, no lo sé, no me gusta que me toquen…Es como si…No lo sé, sólo me da terror, como si…Pudiera perder algo muy valioso y debiera defenderlo a toda costa…
-¿Alguien te ha agredido, ha intentado…?-preguntó él con voz suave. La mano con la que estaba acariciándome el rostro, pasó a acariciarme el hombro y la clavícula.
-Algol de Perseus era muy invasivo.-le comenté. Había cosas que pasaron en el desierto de las cuales yo no tenía mucha claridad, porque había quedado inconsciente. Pero yo me negaba a creerlo. Aioria lo habría matado, y Perseus de verdad le tenía bastante miedo/respeto al León.-Pero es más que todo las costumbres del lugar en que crecí y como me criaron…
-¿Qué te sucedió?-preguntó, lógicamente, inquiriendo por las largas y anchas cicatrices que plagaban el lado izquierdo de mi cuerpo. Mi pecho, mi hombro, el largo del brazo hasta un poco más abajo del codo, las costillas, el abdomen y la parte superior de mi muslo. Era un milagro que mi rostro y cuello estuvieran intactos, y que yo siguiera viva. Obviamente ya las había visto, ya había visto todo mi cuerpo. ¡Tanto que me había esforzado por esconderlo! Me sentí tan increíblemente avergonzada, tan humillada y pequeña y horrible…
Kanon tomó mi rostro con su mano con delicadeza por la barbilla y ahogó mis sollozos con sus labios, calmó mi terror con la solidez entera de su cuerpo de largos miembros tallados en mármol. Acarició las cicatrices. Las besó. Me tomó en brazos y salimos del agua, porque ya estaba enfriándose. Me sentó en un pequeño escabel de mármol y me envolvió en toallas de lino, luego se envolvió él la cintura, ocultando su excitada desnudez de mi vista. No pude evitar mirarlo y volver a sentir pánico. Me cargó como a un bebé, como si fuera un pequeño fardo, y ya en su habitación me dejó sobre la cama y cerró la puerta con seguro. Me quitó las toallas, mientras yo lo observaba como si estuviera fuera de mi misma, fuera de mi cuerpo, y aquello le estuviera sucediendo a otra persona. No podía creérmelo.
Se arrodilló ante mí. Tomó mi rostro con ambas manos y me besó. Fue un beso distinto, extraño. Estaba lleno de dulzura y de ansia, de dolor, de anhelo. De miedo. Y de fuego, de ebriedad, de rabia, de deseo. Cuando por fin le eché los brazos al cuello, se separó de mí.
-¿Comprendes que estás a punto de involucrarte en esto más allá del punto de no retorno?-preguntó. Asentí con la cabeza. Me tapé los pechos con los brazos.
-¿Comprendes tú que estás a punto de complicar mucho más tu situación actual en el Santuario?-le devolví la pregunta. Él asintió con la cabeza, mirándome como si quisiera comerme, con un ansia lobuna tatuada en el rostro. Me quitó la goma del pelo y con delicadeza y lentitud me deshizo la larga trenza, peinándome el pelo con los dedos y luego con su propio peine de carey. A cada pasada, lenta y cuidadosamente estudiada, escalofríos me recorrían. Me quitó el cabello de la espalda una vez estuvo completamente desenredado, apartándolo hacia mi pecho, y acarició mi espalda con las yemas de sus dedos, muy despacio. Me tendió boca abajo en la cama, me apresuré a taparme las nalgas con una de las toallas. Él la dejo allí, y me masajeó con un aceite. Se aseguró de masajearme los hombros, los brazos, la cadera, los muslos, las pantorrillas, sacando toda la tensión de mi cuerpo. Me quitó la toalla.
-Lo siento, estás muy amoratada. Si te toco, sólo contribuiré a que los moretones se hagan aún más grandes. Además tienes quemaduras. Ahora entiendo cómo se sintió Aioria. Un poco. Tengo rabia. Esto es demasiado humillante. ¿Quieres que vaya por algo de hielo?
Volteé a mirarlo, aún acostada boca abajo. Estaba sentado a mi lado. Me volteé, aún tapándome los pechos. Recorrió mis cicatrices con los ojos, una mirada que aunque expresaba algo de lástima, parecía también apreciar y querer grabar cada detalle.
-Algo me pasó en el desierto. Recuerdo a un animal, un león, aunque no tiene mucho sentido, estaba tan adentro de él que ni siquiera los beduinos tenían rutas por allí. Yo estaba buscando comida…y al parecer, el animal también estaba en lo mismo. Recuerdo haberle golpeado con una piedra en la cabeza hasta matarlo. Luego perdí el sentido. Desperté momentáneamente en una cabaña, y luego en un hospital de Mecca, en Arabia. Me dijeron que habían tenido que ponerme muchos antibióticos y sangre, y que tenía mucha suerte, pues mis órganos internos se habían salido. A veces tengo recuerdos que llegan espontáneamente sobre eso, arrastrarme sobre la arena caliente y saber que iba a morir. Aioria hizo lo que pudo para curarme con su cosmo, pero estas heridas cerraron así. ¿Son horribles, verdad?-le conté de un tirón, temiendo su respuesta con tanta fuerza que estaba temblando. Él sonrió.
-Si, son horribles, pero te hacen hermosa. Somos guerreros, Marah, estamos cubiertos de cicatrices. Es el precio que pagamos con orgullo por las lecciones aprendidas. Eres hermosa y no tienes una idea clara de lo mucho que te deseo.-me susurró, con la voz espesa ya por la lujuria, una voz que nunca había escuchado en un hombre. Se inclinó sobre mí y yo me acerqué a él, besándolo con urgencia, con ganas, con abandono de mí misma. Sus gemidos contra mi boca, profundos y roncos, al estrechar mi cuerpo contra el suyo, hicieron que a la vez, yo gimiera, perdida en aquella vorágine de calor y suave furia. No estaba pensando. No quería pensar. Me olvidé de las consecuencias, de las advertencias, del miedo, y en mi cabeza sólo estábamos Kanon y yo, y el tremor espléndido de conocer en toda su extensión el significado de la palabra "avidez".
Aunque hizo lo que pudo para excitarme hasta el borde de la locura, y aclimatar mi cuerpo a su presencia, hubo dolor y sangre. Y lágrimas de miedo en mis mejillas, que él lamió y besó mientras susurraba que me amaba por primera vez, cesando en su ímpetu, hiperventilando de deseo contenido sobre mí, todo su cuerpo estremecido, sudor perlando su hermosa piel, su olor debajo de la mía, dentro de mí, en mi boca, mientras yo sollozaba quedamente, sintiendo aún el ardor de mi himen roto palpitando, intentando acomodarse a la intrusión de su miembro, que parecía quemarme, romperme y llenarme completamente, todo al mismo tiempo. Su mano había temblado al tocar el sitio de la unión entre nuestros cuerpos para comprobar de dónde venía aquella humedad excesiva, que resultó ser mi sangre, y la observó contrito, como si no pudiera creer lo que habíamos hecho, y me observó largamente, con una pátina acuosa sobre los ojos y mordiéndose los labios, pensando en algo qué decir. En cierto modo, él también parecía dolorido, arrepentido, culpable, todo ello sumándose a su evidente pasión. Como si estuviera cometiendo un crimen contra algo sacrosanto y a la vez, el saberse criminal lo excitara hasta los límites de su autocontrol, que duró hasta que volvió a besarme. Iniciamos una danza que me llevó de la agonía al éxtasis, y durante el largo tiempo que compartimos en la unión, me quedó claro, aunque no quería pensar en ello porque me llenaba de ácido de puros celos, que yo no era su primera mujer, obviamente. Él sabía muy bien lo que estaba haciendo, cómo moverse, cómo y dónde tocar para torturarme con el mayor placer que hubiera creído posible, hasta que mis miedos, aprensiones, crianza y modales se evaporaron junto a mi cordura. Ahí fue cuando nuestros cosmos se encendieron y se mezclaron, hubo sangre bajo mis uñas al hundirse en su espalda, y en mi lengua, por morder sus labios, y nuestros cuerpos palpitaron al unísono.
Lo hicimos varias veces, hasta que el cansancio me venció y me desplomé sobre su pecho, cubriéndome con las sábanas húmedas. Kanon me apretó contra sí como si quisiera partirme los huesos, jamás dejarme ir, fusionarme contra su cuerpo. Luché contra el sueño con todas mis fuerzas, pero era más grande que yo, más grande que la vida misma. Me dormí escuchando el latido de su corazón, acompasado con el mío.
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Abrí los ojos estando aún oscuro, tras haber tenido pesadillas difusas de las cuales, extrañamente, recordaba pocas cosas. Kanon seguía profundamente dormido y abrazándome tan fuerte que temía que al moverme, lo despertaría. Posesivo. Su lenguaje corporal me decía que efectivamente, yo era suya. Intenté moverme, debía ir a Leo para ver al Patriarca. Él se despertó, como si hacía dos segundos no estuviera profundamente dormido, sólo fingiéndolo. Completamente alerta.
-Buenos días, mi Esfinge. –saludó, besándome. Sentí como su virilidad volvía a la vida contra mi muslo. A pesar del dolor, inmediatamente me humedecí. Como me había enseñado la noche anterior, me senté sobre su abdomen y con mis manos, lo guié hacia mi interior. Fue horrible. Estaba increíblemente estragada e hinchada. Aun así, estaba húmeda, y me causó placer. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. Me mordí los labios para evitar gritar y llamar la atención sobre nosotros una vez comencé a moverme. Kanon me tomó por la cadera, con fuerza, con ambas manos, empujándome contra él, causándome un dolor agudísimo. Tuve que cerrar los ojos, mientras intentaba con todas mi voluntad no gritar. Un par de lágrimas se escaparon de mis párpados fuertemente cerrados. Kanon me tomó con delicadeza y me puso bajo sí, moviéndose despacio, besándome y acariciándome. Se dio cuenta de que me estaba haciendo daño, pero no podía parar. Y la verdad, yo tampoco. El espasmo me sacudió primero a mí, y luego a él. Se quedó allí, sobre mí, aplastándome un poco. Una brisa dulce entraba por la ventana abierta, trayendo olor salobre y de hogueras, el olor de una mañana en el Santuario, mezclándose con el olor de nuestros cuerpos, y a sexo. Era bastante fuerte, animal, un olor que me perturbaba y me reconfortaba.
Al levantarse, se quedó mirando las sábanas. Yo también las miré. En varios puntos tenían manchones pequeños, gotitas, ya carmesíes de sangre seca. Yo me tapé el cuerpo con una sábana que no estaba tan sucia, mis mejillas arrebolándose. Obviamente no podía ocultarle mi cuerpo, pero me sentí desnuda ante su fija mirada a las pruebas que había dejado mi virginidad rota. Se sentó en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y los pies sobre el suelo, con expresión pensativa.
-Dime de nuevo porqué hicimos esto.-me espetó, como si yo tuviera la culpa. Como si yo fuera la responsable. Me sentí tan increíblemente herida que tuve que luchar por largos segundos contra mí misma para no gritarle, golpearlo y huir de Géminis. Si iba a comportarse como un mocoso, la madura tendría que ser yo. Respiré hondo antes de contestarle.
-No sé tú, Kanon. Pero yo, en mi caso, lo hice porque te amo.-murmuré con una voz bajita y débil, sin mirarlo para no llorar y que mi voz no se quebrara.
-Y yo a ti. Soy un imbécil. Merezco que me echen del Santuario. El daño que te he hecho…todo este tiempo, ¡y ahora esto! Mientras estás cerca no puedo confiar en mí mismo, y veo que tampoco puedo confiar en tu buen juicio. Antes sí, la que ponías el autocontrol era tú…-empezó a decir, se le notaba que estaba tremendamente molesto consigo mismo y conmigo. Me moví despacio sobre la cama, porque de verdad me ardía, y lo abracé por la espalda. Él me tomó, con sábana y todo, y me puso de lado sobre su regazo, acariciando mi rostro, con la mirada perdida en el infinito. –Eres una niña y he cometido un crimen.
-¿Me amas?-le pregunté. Él me besó en la frente.
-Sí, te amo.-admitió, mirándome a los ojos. Yo sonreí.
-Entonces no cometiste ningún crimen. Estas cosas pasan entre la gente que se ama, ¿no?
-No lo entiendes, Marah. No podrías entenderlo…
-Claro que no lo entiendo, no comprendo esta actitud tuya de culparte por algo que ambos hicimos conscientemente, créeme que sería la primera en autoflagelarme y tachar de pecado, de haram, esta experiencia, pero ha sido lo más hermoso que me ha pasado. ¿Estás comportándote como un idiota para que te echen del Santuario y así poder alejarte de mí, una vez obtenido el trofeo?-le dije, con brutal franqueza. Pareció estremecerse de repugnancia ante mi última pregunta.
-¡Claro que no!-me contestó airado.-Mi intención es permanecer junto a ti el tiempo que podamos. Que queramos. Escúchame bien, te protegeré con mi vida, te ayudaré con todo lo que me pidas. Te amaré…
-Basta. Calla. Quédate conmigo, es todo. Sólo eso te pido. No me dejes sola. Y déjame ir, tengo que pensar cómo evitaré que Shion te deje a ti el trasero en carne viva por tocar a una amazona niñata.
Kanon sonrió, una sonrisa preciosa que iluminó todo su rostro, como un sol despejando un cielo nublado, y me besó. Fui una tontuela feliz en sus brazos. Me puso en el suelo e intenté caminar, pero las rodillas me fallaban bastante. Volvió a levantarme, hecha un guiñapo, y me llevó al baño.
-Vamos a bañarte, Moromou. Estamos hechos un desastre.
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Abandoné Géminis con la misma ropa que tenía el día anterior, para no levantar sospechas, y me llevé el peplo nuevo que Kanon me había regalado envuelto en un trozo de tela vieja. Como aún caminaba gracioso, Kanon tuvo el descaro de reírse un poco de mí. Lo miré extremadamente feo, queriéndole decir que eso era todo su culpa, y se rió aún más alto. En Cáncer, Chloe me miró con expresión de estar sumando uno más uno, se rió y luego me dejó allí sola, en el oscuro Hall de la cuarta Casa. Tenía un cigarrillo en la mano y unas profundas ojeras violáceas. ¿Acaso esa mujer jamás dormía? Al llegar a Leo intenté empujar el inmenso portón frontal pero me dí cuenta de que estaba sellado a cal y canto. Suspiré e hice mala cara. Toqué con los nudillos suavemente tres veces. Volví a tocar, un poco más fuerte. Tras diez angustiosos minutos de espera, Aioria me abrió ya vestido.
-Hola, maestro. Buenos días.-dije, tímidamente, haciéndole una reverencia.
-Entra, Marah. Espero que te bañes y vistas rápidamente. Tenemos audiencia con el Patriarca a primera hora.- contestó, muy preocupado y al parecer, ya no enojado conmigo. Más aliviada, entré al templo y me fui derechita al baño. No se había dado cuenta de que ya me había lavado en Géminis, pero volví a hacerlo, a consciencia, incluso el pelo, mientras evaluaba los destrozos (varios moretones y marcas de dedos de Kanon, los consabidos moretones de la zurra que me había dado Aioria, y bueno, en ese lugar, esperaba algún día desinflamarme), y me puse mi mejor ropa, una camisa negra sin mangas, un pantalón beige, mis botas negras y me até el pelo en una larga trenza. Decidí que no era buena idea ponerme el peplo que me había regalado Kanon. La idea era verme como una guerrera, una mujer seria. Y el peplo era demasiado hermoso, fino y delicado para eso. Cuando salí de mi habitación, Gran Gato ya me estaba esperando afuera. Iniciamos en silencio el tortuoso recorrido hacia el último templo de la Calzada. Estaba jodidamente nerviosa. Asociaba la seriedad y el silencio de mi maestro con que estuviera pensando que Kanon y yo habíamos pasado la noche juntos. Pasamos por Virgo. Shaka ya se encontraba meditando y nos permitió el paso. En Libra el Anciano Maestro me miró con preocupación y orgullo, una mezcla rarísima. Los ronquidos atronadores de Milo nos recibieron en Escorpio, así que ni nos molestamos en despertarlo. En Sagitario, noté el rictus en los labios de Aioria. Debía extrañarlo muchísimo. Añadí un poco más de culpa al gran salón en mi cerebro etiquetado como "sentimientos hacia Aioria", que estaba casi lleno de eso, de culpa. En Capricornio, la joven que había visto en alguna ocasión con Saga de Géminis se adelantó hacia nosotros llevando una katana japonesa en las manos. Al parecer estaba entrenando con ella. Tenía los ojos de un increíble color dorado y un larguísimo y liso cabello castaño oscuro que a la luz, sin embargo, daba visos dorados. Era alta, fuerte, atlética. Su cara, muy bonita.
-Hola, Zelha. –dijo Aioria.-te presento a mi alumna, Marah.
Zelha se adelantó. Me pareció ver en ella la misma cadencia y poderío de un león, un tigre. Estreché su mano y sonreí aunque me sentía un poco intimidada. Desde algún lugar entre las columnas, Shura de Capricornio salió saltando como una cabra y atacó a Zelha aprovechando su momento de distracción. La ví reaccionar en milisegundos para parar la estocada de la katana de su contrincante. Aioria y yo nos miramos a los ojos, ligeramente divertidos, y abandonamos el templo mientras aún escuchábamos el clang clang de metal contra metal. En Acuario, nadie salió a recibirnos, y en Piscis, Afrodita se encontraba podando y regando sus magníficas rosas. En todo el templo había rosales, enredados entre las columnas. Mirar a Afrodita de Piscis era aún desconcertante para mí. Nunca había visto a un hombre con rasgos tan femeninos, tan andrógino, y aún así tan musculoso y tan aparentemente frío y despiadado. Volvió a observarme de manera extraña. Era evidente que Aioria y él no se caían para nada bien, por la manera en como se saludaban, como robots mecánicos. Cada día notaba más la falta de inteligencia emocional de los caballeros de oro. Eran niños grandotes con inmensos poderes, lo cual los hacía muchísimo más peligrosos.
Con cada paso que dábamos para acercarnos al Salón del Patriarca, más nerviosa me sentía. Al llegar al final de la escalera miré hacia abajo y vi el amanecer en el Oriente desde lo alto, el cielo absolutamente despejado y sólo las líneas del horizonte cuajadas de nubes. Los olivos se agitaron con el viento matutino y suspiré intentando tranquilizarme. Allí el Cosmo de Athena se sentía con mucha más intensidad, era casi como un olor reconfortante.
Los guardias nos abrieron las puertas del Salón Patriarcal. Avanzamos, Aioria delante de mí, hasta la presencia de Shion de Aries. Sentado en su trono, no estaba vestido con ropas ceremoniales, sino con una sencilla túnica blanca de mangas largas con ribetes azules. Aioria se arrodilló en una sola rodilla y yo lo imité.
-Pónganse de pie, por favor, Aioria y Marah. ¿Cuál es el asunto que querías discutir conmigo, Aioria?-dijo Shion con su voz atemporal. Una muchacha joven se acercó llevando una bandeja con uvas y una jarra y un vaso de cerámica, que dejó en una mesita junto a él, sirvió agua de la jarra en el vaso y luego se retiró inclinando la cabeza. Aioria y yo nos pusimos de pie.
-Gran Patriarca, me gustaría hablar con usted a solas primero.-dijo Aioria, mirándome. Luego miré a Shion, que observaba a Aioria con cara de extrañeza.
-Retírate, Marah, por favor. Volveremos a llamarte. –dijo Shion. Incliné la cabeza, y salí lo más rápidamente que pude del salón sin siquiera mirar a Aioria. Las puertas se sellaron a cal y canto detrás de mí.
Me senté sobre una roca. Los guardias me miraban, intrigados. Una parte irracional e inmadura de mí asoció, no sé porqué, sus insistentes miradas con el hecho de que Kanon y yo, bueno, habíamos estado juntos, como si pudieran saberlo ya. Respiré despacio varias veces para evitar el molesto sonrojo. Yo luchaba con todas mis fuerzas para conservarme serena y no salir corriendo a pegar la oreja al portón y escuchar lo que Aioria y el Patriarca estaban diciendo. Odiaba que me trataran como a una niña.
Después de un rato, un guardia aprendiz que aún no tendría quince años, vino, tocó mi hombro y me informó que era requerida de nuevo en la presencia del Patriarca. Me puse en pie con los muslos igual de firmes que las patas de un ciervo recién nacido y entré al salón. Primero miré a Aioria, cuya cara no manifestaba ninguna emoción. Me asusté muchísimo.
-Bien, Marah, Aioria me informa que existe una relación de pareja entre tú y Kanon de Géminis, ¿Es así?-preguntó de manera casual, como si no fuera la gran cosa.
-Sí, eso es cierto. Quiero aclarar que fui yo quien lo inició todo, antes incluso de que Kanon de Géminis me tuviera bajo su tutela. Si pueden recordarlo, durante los primeros meses de mi estadía en el Santuario, llevé la máscara, me apegué a la Ley de las Amazonas. Y Kanon fue el primer hombre que me vió sin ella. Luego decidí desecharla.
-Entiendo.-dijo Shion, con una risita. Miró a Aioria, que tenía la mandíbula supremamente apretada, casi como si se estuviera masticando las muelas. -¿El Santo de Géminis toma responsabilidad por su parte en esta…violación de las reglas?
-Sí, señor. Sólo espero que las consecuencias de nuestros actos no sean graves, preferiría irme yo del Santuario a que él perdiera su posición como Santo de Géminis.
-Eso no será necesario.-dijo una voz femenina, joven y suave. Aioria cayó de rodillas, cuando una joven envuelta en un sencillo vestido blanco, piel blanquísima y cabello violeta, liso, tan largo que le rozaba las rodillas, abrió la cortina tras la cual había estado escuchando toda la audiencia.
Cuando Aioria ponía esa cara en blanco sabía que algo muy grave pasaba. Luego miré a Shion. Él también tenía cara de estar a punto de hacer algo que no habría querido nunca hacer. Y a su lado, de pie, estaba Saori Kido. Si ella estaba aquí, el asunto era realmente grave.
Yo también caí de rodillas al suelo. Era la primera vez que la veía, en persona. Sus ojos verdes me miraron, sin poder disimular una expresión de preocupación intensa. Mi corazón se paró un rato, o dejé de respirar, no lo sé. Mi cabeza se inclinó por voluntad propia.
Athena.
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-Por favor déjennos a solas, Shion, Aioria. Se los agradecería mucho.-dijo Ella. Para ser una diosa de la guerra, tenía una voz sorprendentemente suave. Se acercó a mí y me tomó por los hombros, con la intención de que me levantara de mi reverencia. Me puse en pie. Vi a Shion y a Aioria desaparecer juntos por una cortina, Aioria mirando al Patriarca con una inmensa expresión de "¿qué diablos pasa aquí?" en el rostro. -¿Me acompañarás a regar mis plantas, Marah? Es el momento apropiado.
-Si, Su Gracia. Es un gran honor.-le contesté, aturullada, y la seguí a través de pasillos de piedra y mármol y ventanales de vidrio de colores, y grandes balcones con arcos. Bajamos unas escaleras de piedra en forma de caracol y tras unas grandes verjas de hierro forjado custodiadas por guardias, accedimos a un bello huerto lleno de arbolitos de olivos y de arbustos de diversas clases de flores que yo no conocía, la gran mayoría de ellas, blancas o de colores muy claros. Donde yo pensaba que era la mitad del huerto, había un pozo de piedra con una inmensa asa de hierro forjado de la cual pendía un cubo de metal colgado de una larga soga. Me apresuré a bajar la cubeta hacia el fondo del pozo y a subir el agua, que Ella vertió luego en una regadera. Empezó metódicamente a regar las plantas, a todas y cada una, y tocarlas un poco, murmurando algo. Las flores parecían moverse de alegría cada vez que las tocaba. Era increíble. Su sola presencia lo llenaba todo de una inmensa calma.
-Marah, ¿por qué crees que tu abuelo sabía tanto de nosotros, del Santuario, incluso de los hijos de Lemuria? No es común.-me preguntó con dulzura, mientras aún regaba sus plantas. No supe qué contestar. Nunca había pensado en eso. Simplemente daba por hecho que lo sabía, y ya.- Sabía de nosotros porque dedicó los últimos años de su vida a buscarnos.
¿Por qué los buscaba, Mi Señora? Es decir, ¿Por qué quería contactarse con el Santuario?- le pregunté. Ella me miró, tal vez evaluando cómo era mejor decir lo que debía decir.
-Quería la ayuda del Santuario, para protegerlas a ti y a tu madre, Marah. Creo que convendrás conmigo en que hay muchas cosas de ti misma que no sabes o que te causan desasosiego. Yo misma me enfrenté a esa situación en el pasado y comprendo perfectamente la sensación de frustración que genera.-empezó a explicar Ella. Dejó la regadera en el suelo y comenzamos a caminar hasta un inmenso árbol de buganvilla que extendía sus ramas cuajadas de flores de color rosa por encima de los arcos de piedra que hacían de base para las pérgolas de flores y plantas del huerto. Bajo el árbol había una banquita de mármol: seguramente el lugar preferido por la Diosa para pasar sus ratos libres. Se sentó y me conminó a sentarme a su lado.
-Protegernos… ¿de qué, mi señora? No comprendo.-dije, aturullada. Toda la situación era irreal. Estaba hablando con la encarnación de una diosa sobre mi abuelo.
-Vienes de una estirpe muy especial, Marah. Tu abuela estaba destinada a ser la última Pitia de Delfos. ¿Sabes de lo que te hablo, verdad?-prosiguió Athena con su explicación.
-Si, su Gracia, Delfos, el antiguo oráculo, la Pitia era su sacerdotisa, ¿no? Pero sigo sin comprender…-le respondí, no entendía qué tenia que ver eso conmigo o con lo que estaba pasando.
-Como te iba diciendo, tu abuela, Marah, fue la última sacerdotisa destinada a ser la Pitia de Delfos. El dios Apolo siempre ha escogido a una joven de la misma familia para esa labor. Pero ella escapó, y el dios al parecer lanzó una maldición contra ella y sus descendientes. Tu madre, y tú. Ahora tú eres la última descendiente viva de esa familia. Y Apolo y sus súbditos desean fervientemente tenerte en su poder. Tu abuelo, desde hace muchos años, decidió buscar la protección del Santuario. Lastimosamente, su pedido de ayuda llegó a nosotros cuando aún el Santuario era controlado por el Patriarca Arlés. Y aunque se les brindó protección, a ti, tu madre y tu padre, en uno de mis templos en la isla de Keros, se les mantuvo casi en prisión y se les brindó escasa, por no decir nula, protección, lo cual deploro terriblemente. La intención de Saga, al parecer, era tenerles como salvaguarda, en caso de que tuviera que usarlos para sobornar a Apolo o a cualquier otro que quisiera apoderarse de ustedes.
Me quedé sin sangre en el cerebro, atontada. No era capaz de asimilar lo que me estaba diciendo. No lo creía. No podía ser cierto. Osea que mis padres no habían muerto en ninguna excavación. Recordaba el templo, y a otras personas…Temblando, recordé el techo de mármol derrumbándose sobre nosotros…Athena tomó una de mis manos, acariciando el dorso de la misma con su otra mano. Tan , tan cálidas, reconfortantes.
-Debimos haberte dicho todo esto desde que llegaste a nosotros, hace ya más de dos años, pero debido a tus particularidades personales se decidió que se te daría entrenamiento y formación antes de darte esta información. Queríamos evitar que cometieras una locura y te entregaras a Apolo, negándonos la oportunidad de protegerte, como debimos haber hecho desde el principio. –siguió narrando Ella. Una vestal se aproximó portando una bandeja de plata con varios sobres de papel carta que ya se veían algo amarillentos y una libreta encuadernada en cuero castaño. Athena tomó los documentos y me los entregó, sus manos suavísimas envolviendo las mías. –Es hora de que tengas estos documentos. Pertenecieron a tu abuelo, Alexander Harker. Nos los legó en su testamento. Léelos, revísalos, por favor. Si tienes alguna pregunta, estaré en mis habitaciones. Los guardias te dejarán pasar. Sólo te pido que no nos juzgues con demasiada dureza. Muchas cosas sucedieron, creo que tú tienes la suficiente información para comprenderlo.
Asentí con la cabeza. Suspiré antes de preguntar lo que me carcomía.
-¿Por qué han decidido revelarme esto ahora?-inquirí. Ella sonrió con pesar.
-Tanto al Patriarca como a mí, por diversos medios, nos ha llegado información concerniente a tu tendencia al trance y las visiones. Además, nosotros también tenemos nuestro propio oráculo, Star Hill. Y Shion ha recibido claramente de los astros el mensaje de que Apolo está resurgiendo, se está moviendo. Te busca. Influye en ti, te contacta cuando estás más vulnerable. Estás en peligro. Y debes tenerlo muy claro, para que nos ayudes a protegerte. ¿Lo entiendes, Marah?
Con una punzada de horror, capté lo que quería decirme. Yo era una muchachita tozuda y difícil que les estaba poniendo de cabeza la misión que se habían autoimpuesto: mantenerme a salvo. Pues, desde mi perspectiva, no era que precisamente me estuvieran protegiendo, con ese entrenamiento brutal al que me habían sometido. Pero sin duda eso me había dado disciplina, resistencia, capacidades más allá de mi imaginación.
Sí me estaban protegiendo: me estaban dando armas para protegerme a mí misma.
-Sí, Su Gracia. Entiendo. Le agradezco muchísimo. No sé qué más puedo decir.-le respondí. Ella me acarició la mejilla y se levantó del banco.
-No es necesario decir nada más, Marah. Te espero. No te vayas tras haber leído sin haber hablado conmigo, o con Shion. Es una orden.
Athena se retiró, llevándose consigo el cosmo reconfortante que me había mantenido cuerda. Abrí los sobres a punto de tener un infarto. Eran comunicaciones del año 1976. Calculé rápidamente, que era cuando mi madre estaba esperándome. Las respuestas que El Santuario había emitido a las súplicas desesperadas de mi abuelo, negándose a ayudarlo. Hasta la última, del año 1981, en que al fin, bajo el sello del Patriarca, estaba la información de a dónde debían dirigirse. La isla de Keros, parte de las islas Kofounisia, todo en griego. Abrí el librito, reconocí la caligrafía estilizada y primorosa de mi abuelo, que parecía increíble en un hombre tan anciano. La primera entrada era de junio de 1949.
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Después de una hora y media de lectura, cerré el librito hiperventilando, con la sensación de que toda mi sangre se había ido de mi cuerpo, e intentando no gritar ni salir corriendo. Era más extraño y peor de lo que había imaginado y no comprendía como nadie nunca me lo había dicho. Mis sentimientos predominantes eran la incredulidad y la ira. Un sentimiento inmenso de injusticia.
El diario relataba como mi abuelo había conocido en Delfos, durante una excavación arqueológica, a Zora Chrysafés, una hermosa joven. La chica, con el tiempo, le confesó que su familia seguía el culto de Apolo y que en cada generación entregaban una joven al dios para que se convirtiera en la Pitia. Y en esa generación, la elegida había sido ella. Y Zora Chrysafés se negaba a pasar el resto de su vida enajenada, sirviendo sólo como la boca del Dios. Porque la Pitia perdía toda su personalidad, servía sólo como puente y oráculo, y a pesar de que podría ver el destino, el pasado y el futuro, no tendría voluntad para escapar a su visión. Era una vida terrible.
Pero era considerada un inmenso honor. La relación entre Zora y mi abuelo se hizo más fuerte y escaparon de Grecia. Se fueron a vivir a Londres y se casaron. Durante muchos años vivieron en paz y tranquilidad, hasta que Zora dio a luz a mi madre y sus visiones le indicaron que la niña había sido maldecida por Apolo, y que dicha maldición sólo se levantaría hasta que una descendiente mujer de aquella rama de la familia se convirtiera en la Pitia. Las mujeres de la familia Harker-Chrysafés morirían jóvenes. Y serían un objeto codiciado, ¿quién no querría tener en su poder a quien podía proporcionar información crucial sobre el futuro, el pasado y el presente? Mi abuela había muerto casi tras nacer mi madre, y mi madre murió, no en una excavación arqueológica, como siempre había creído yo, sino en un ataque de varios hombres envueltos en armaduras al templo donde mi padre, mi madre y yo nos encontrábamos, y cuyo templo nos cayó encima. Ciertamente, yo tenía en mi memoria el muy vago recuerdo de un hombre tomándome en brazos, vestido con "ropas brillantes, duras y raras". Mi corazón saltó de ira, pensando que habían sido, tal vez, enviados por el mismo Saga, pero luego mi abuelo explicaba que tras estudiar los símbolos que estaban en dichas armaduras brevemente (pues luego habían desaparecido), había llegado a la conclusión de que se trataba de sirvientes del dios Poseidón.
Abuelo se culpaba terriblemente de la muerte de mis padres. Había previsto que tal vez el único lugar en la tierra en que yo estaría segura sería en el Santuario, confiando en que Athena volvería a reinar sobre él, pues por sus propios medios y tras indagar un poco en los pueblos cercanos al Santuario, había comprendido que hubo un cambio brusco de administración y que los aldeanos le tenían terror al nuevo Patriarca y a su nuevo régimen y que se rumoraba que Athena no había sido vista en una sola ocasión desde su renacimiento. Había pruebas de sus comunicaciones con Mitsumasa Kido, el abuelo de Saori, que en algún momento había financiado sus estudios sobre El Santuario y los Hijos de Lemuria. Dado que el mismo Mitsumasa había muerto, y que su nieta Saori era aún una niña, decidió buscar ayuda en los amigos cercanos de mis padres. Me escondió en el último lugar del mundo en que alguien buscando a la nieta de la Pitia pensaría. En Meddina, Arabia Saudita, con una familia musulmana. Y si los Santos de Athena o la Fundación Graude me encontraban antes de que cumpliera la mayoría de edad, otorgaba a ellos mi custodia y patria potestad.
Yo le pertenecía a Apolo, porque mi abuela no había querido afrontar su destino. Yo había nacido debido a eso. Y aun así, también había nacido bajo la enseña del León. También pertenecía aquí. Yo pertenecía aquí. No perdería mi personalidad y mi voluntad para servirle de reporte del clima a nadie, nisiquiera a un dios.
Eso explicaba mis visiones, mis sueños. Que hubiera soñado con los rostros de Aioria y Algol mucho tiempo antes de haberlos visto por primera vez. Que hubiera visto la estatua de Athena tantas veces. Que hubiera visto a las Moiras tejiendo. Yo podía acceder a ese tejido y ver cómo estaba hecho, en qué lugares la trama se engrosaba, cuál hilo se cortaba. Claro que no a voluntad. Sólo podría cuando yo ya no fuera yo, sino un cántaro vacío, obnubilada y cegada por las visiones. Tomé el libro y me levanté de la silla, y salí caminando atontada del huerto, ignorando la orden directa de Athena, atravesé corriendo el Salón Patriarcal, y bajé corriendo las escaleras de la Calzada Zodiacal. Quería ir con Kanon para contarle todo, para refugiarme en él, para que me asegurara que todo estaría bien.
Mientras pasaba por Sagitario, recordé las extrañas actitudes de Kanon. Primero había querido que me fuera del Santuario. Luego, que me quedara junto a él. Las preguntas que me había hecho. Que supiera cuáles eran mis flores favoritas. Que me hubiera visitado en el hospital. Que me hubiera dicho que me amaba. Me paré en seco en el tramo entre Sagitario y Libra y grité. Grité y me senté en las escaleras mesándome los cabellos, sin importarme que me vieran o escucharan. Estaba más allá de la razón y de la histeria.
El templo donde mis padres y yo nos habíamos escondido había sido atacado por guerreros de Poseidón. Kanon había sido uno de ellos. Kanon había engañado a Poseidón. Y también me había engañado a mí. No se había regenerado, no era una buena persona. Sin duda tenía planes para conmigo. Por eso me había engañado. Y yo, estúpida de mí, había caído, había creído que alguien como él podía amarme. Kanon había matado a mis padres, y casi me había matado a mí, estaba segura de ello. ¡Y yo me había…acostado con él! ¡Lo amaba! ¡Se lo había entregado todo! Empecé a gritar. Sonidos que nunca habría reconocido como humanos salían de mi garganta. Un hombre, que reconocí después como Dohko, se apresuró a levantarme del suelo de piedra y a llevarme dentro de Libra. Yo seguía sin querer calmarme. Sollozaba sin control, histérica, enterrándome las uñas en los hombros, abrazándome a mi misma. El Anciano Maestro tocó dos puntos, uno en mi pecho y uno en mi cuello, rápidamente. Antes de que todo se pusiera negro, con la angustia y el odio haciendo un agujero en mi alma, recordé a Kanon diciéndome que me amaba y que nunca jamás me lastimaría de nuevo. Perdí la consciencia.
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Easy, girl. You´re going to get real wasted: (inglés) Suave, chica. Te vas a emborrachar de verdad.
I solemnly vow to teach you some proper english. I certainly do not fancy you babbling around like an american:(inglés) Juro solemnemente enseñarte inglés decente. Ciertamente no me gusta que andes por ahí balbuceando como un americano.
Don´t be cross, wee lass: (inglés) No te enojes, pequeña joven.
Ouzo: tipo de licor griego hecho de uvas y anís.
Haram: (árabe) Prohibido, pecado.
Moromou: (griego) amor mío, trato cariñoso.
Keros: parte de las islas Kofounisia, de las Cíclades, en Grecia. Este islote no es accesible al público debido a que posee gran cantidad de ruinas y excavaciones arqueológicas
Buenas noches a todos, queridos lectores! Gracias por sus amables reviews y favs, me dan ganas de continuar con esta historia. Espero que no esté yéndome mucho por las ramas, igual ustedes lo saben todo de los caballeros de Athena, pero nada de mi querida Marah, y por eso les cuento su historia. Espero estar compensando su fidelidad y que les gusten mis delirios guajiros.
Gracias por todo, su fiel servidora,
Lara Harker.
