Quiero agradecer especialmente a micxela por darle follow+fav a esta historia. Además, a Kari, Lidia y Tsuki Girasol por su apoyo y sus reviews. Gracias a ustedes vuelvo a tener ánimos para seguir escribiendo. Kari, me alegra terriblemente que a pesar de los cambios, te siga gustando, y que de hecho, te guste más que la versión anterior. Gracias por tu fidelidad y por seguirme a mí, y a Marah, durante todos estos años.

Por favor, sigan también a The Ninja Sheep, autora de Crossroads, la historia cruzada de Aimeé y Eva, las amigas de la loquilla sobre la que escribo.

Sin más preámbulos, queridos seguidores, les presento

XIII

MISTAKEN

-¿Se fue? Le ordené específicamente que no se fuera sin antes hablar conmigo.-suspiró con algo de impaciencia Saori, la encarnación de la diosa Athena. Una vestal cubierta con un velo le ofreció una taza de té en leche de una bandeja de plata, que la diosa tomó y sopló un poco antes de beber.

-Mi Señora, ¿está el té demasiado caliente?-preguntó la vestal, muy joven, con toda la actitud de alguien que desea que la tierra se lo trague. La diosa le tomó la mano y le sonrió.

-No, Koré. No te preocupes. Así está perfecto, muchas gracias. Puedes retirarte.-le respondió Saori. La muchacha le hizo una reverencia profunda y abandonó el salón moviéndose lo más rápido que podía sin parecer descortés. Seguramente Irene o Alexandria se darían cuenta. Preparó mentalmente las palmas de sus manos para los azotes con la vara de cáñamo que las vestales mayores cargaban para disciplinar a las aprendices de vestal.

Athena se quedó algo preocupada mirando a la joven. A veces le parecía que el protocolo del Santuario aún seguía siendo muy estricto, a pesar de todos sus esfuerzos por modernizarlo, pero comprendía que para quienes habían vivido toda su vida y por generaciones en el Santuario, ese orden era necesario. Después de todo, se trataba de una orden religiosa y militar de miles de años de antiguedad. Había tradiciones que era irrespetuoso cambiar, incluso siendo ella la diosa a la que adoraban y protegían. Volvió a la realidad con la respuesta de Shion, su Patriarca.

-A mí me sigue pareciendo que no era el momento para revelárselo, Su Sabiduría. Lo podemos deducir de su actitud, desobedeciendo una orden directa suya.

El Patriarca se veía enfurruñado. Saori lo comprendía. Pero también la comprendía a ella. Se sentaron, ambos, sobre unos divanes en una salita del área privada de las dependencias de Saori. Entre ellos, había una mesita de madera que otra vestal llenó de pastelitos, cacerolas pequeñas con huevos, tocino y pan, platos con fruta y vasos de jugo de naranja. Era la hora del desayuno.

-Es demasiada información y debemos darle tiempo a asimilarlo. Quizá no nos perdone por ocultárselo y decida abandonarnos. Fue un riesgo que tomamos tratando de evitar otros. Siempre hay un precio que pagar por cada una de nuestras acciones. ¿Aioria ya lo sabe?-respondió e inquirió Saori, con gestos delicados partiendo una mandarina ya pelada en gajos. Comenzó a comer sin muchas ceremonias. Un poquito de fruta, un poquito de huevos o de pan, con excelentes modales, sin embargo, como correspondía a su educación. Shion admitía que su diosa era una mujer muy fina. Pensó en la chiquilla, Marah. También, según sabía, ella había sido educada así. Pero Saori, como correspondía a su estatus, carecía completamente de impulsividad. Era una negociante extremadamente hábil, casi fría y calculadora, podría decirse, si su corazón no fuera tan grande y no fuera tan proclive a actos de autosacrificio, y nunca buscara el beneficio propio, a no ser que dicho beneficio redundara en el bienestar de muchas otras personas. La muchacha, sin embargo, parecía haber sido domada a la fuerza, dispuesta a mostrar su carácter impulsivo, salvaje, explosivo y dramático a la menor oportunidad. Malcriada. Seguía siendo una niñita malcriada. Sin embargo, se sintió algo triste. Esa misma chispa la convertía en un ser luminoso, puro. En eso se parecía a Aioria. Y se preguntó si esta revelación causaría que aquella llama se apagara.

-Una gran parte, lo esencial. Consideré prudente dejar que el resto se lo cuente ella misma, si lo desea. Su pasado ahora le pertenece a ella sola y será ella quien administre lo que revela sobre él. Aioria Se mostró muy enojado, como es comprensible. Pero tomó una actitud conveniente a la situación en lo que respecta al futuro de la chica. Entiende ahora que ella, en realidad, no nos pertenece. Y no opondrá resistencia a las órdenes que se le den con respecto a su formación. Necesitamos darle todas las armas que pueda utilizar para defenderse de semejante amenaza. Aunque podría usarlas contra nosotros.

-Sólo podemos esperar a que se recupere emocionalmente un poco, y estar disponibles para cuando nos busque, y lo hará, para comunicarnos su decisión y su opinión. –suspiró Athena, zanjando el asunto-¿Has probado estos panecitos? Están buenísimos.

Las vestales que esperaban tras la cortina se miraron unas a otras con expresión de alivio. No eran los panes que siempre horneaban a mano, habían decidido probar una receta nueva. Una vestal de cabello castaño, ojos color avellana, alta y muy bonita, que no llevaba velo, se rió de la actitud de las otras jóvenes, como si se hubiera evitado una catástrofe nuclear por lo de los panes: ni siquiera estaban prestando atención a todo lo demás que estaban diciendo, que era de verdad importante.

-¿Por qué te burlas de nosotras, Eva?-preguntó una de ellas, murmurando, bastante airada. La susodicha se tapó la boca con la mano.

-Por nada. Estaré con Irene, guapas, suerte con vuestros inventos culinarios.-se despidió, guiñándoles el ojo. Abandonó la estancia tomando con las manos las campanitas que le colgaban del cinto para que no sonaran. Tenía que encontrar a Marah lo antes posible.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

-Aioria.-llamó Dohko cuando el Santo de Leo pasó por Libra. Mei, la vestal, se quedó quieta, con una bandeja con varios frasquitos de sales y unguentos y una palangana pequeña y una toalla en las manos, mirándolos a ambos. –Marah llegó aquí antes que tú. Está en la habitación de los aprendices.

-Debo llevármela a Leo. ¿Ella está bien?-preguntó Aioria preocupado. Vió los elementos en la bandeja de Mei, y no le gustó en absoluto la situación. El rostro de Dohko negó tristemente con la cabeza.

-Lo siento, Aioria. Está bastante mal. ¿Qué le sucedió? Venía de los templos de arriba, y estaba bastante lejos de Libra, pero escuchamos sus gritos y sentí su cosmo. No paraba, estaba histérica. Enloquecida. Tuve que ponerla a dormir, ¿entiendes?

Mientras Dohko relataba, Aioria palideció y se llevó una mano al rostro, primero para cubrirse los ojos, y que bajó lentamente en señal de desazón.

-Si, Anciano Maestro. Comprendo. Lo siento mucho, pero no puedo contarle lo que sucedió. Sólo agradecerle por su ayuda y hospitalidad y llevármela. –se excusó y agradeció Aioria, haciéndole una breve reverencia. La cara de Dohko seguía expresando pesar. Ambos hombres se encaminaron hacia la habitación donde Marah, bastante pálida y más desmayada que dormida, estaba sobre una cama. Dohko la envolvió en las sábanas y Aioria la cargó. Mei le entregó entonces una bolsa con los documentos que Marah llevaba. Los tres salieron de la habitación.

-Tiene que ver con sus trances, ¿verdad? Cuando estuvo aquí, pocas noches dormía sin gritar. Es muy duro verla tratar de salir de la pesadez que le dejan al día siguiente. Ella lo intenta con todas sus fuerzas, pero se le nota. Sin embargo es dura, tu muchacha. Le he tomado aprecio.-comentó Dohko. Aioria asintió. Las pesadillas de Marah, en ocasiones eran tan espantosas, que les destrozaban a él y a Agnés los nervios a mitad de la noche, y se pasaba el día siguiente como deambulando bajo su sombra, como si la luz del sol se escondiera tras nubes de tormenta, y entrenarla en ese estado, aunque ella se esforzaba, era muy difícil. Había mejorado mucho, sin embargo, antes de que el idiota de Kanon volviera a descompensarla. Sin duda, no lo amonestarían, porque al parecer todas las reglas del Santuario no aplicaban en lo que a Marah concernía. Y eso en ocasiones, con su manía de ser justo, lo molestaba muchísimo. Teniendo en cuenta la nueva información que había obtenido, comprendía que ella era un caso especial. Pero no terminaba de aceptarlo.

-De nuevo, le agradezco mucho, Anciano Maestro. Puede estar seguro de que recurriré a usted en caso de ser necesario.

Aioria, con su alumna en los brazos, desmadejada, abandonó Libra en pos de Leo. Afortunadamente estaban cerca, y no muchas personas (a excepción de Shaka de Virgo, quien era demasiado discreto) la verían en ese estado lamentable. Se preguntó qué tan alto habría gritado la muchacha, como para que el maestro de Libra la escuchara. A veces pensaba que su estabilidad emocional no era la ideal para ser una Santa de Athena, lloraba mucho y hacía muchas escenas. Y luego lo sorprendía con grandes avances en sus habilidades y su cosmo. Lo que El Patriarca brevemente le había contado lo había dejado estupefacto y ahora entendía por qué, de dónde venía la profunda tristeza y los miedos de Marah y las imágenes que sin duda la atormentaban en sueños. Sintió dolor por la manera en como la había tratado cuando recién se conocieron. Esa actitud de niña mimada insoportable, sin duda, había sido la única manera que había encontrado para protegerse a sí misma del horror. Qué ciego había sido. Qué mediocre como maestro. Su única excusa era que no lo sabía todo, y aún así, le sorprendía que Shion, sabiéndolo, hubiera consentido en enviarla sola al desierto, donde arriesgaba su vida y su integridad y la exponía a Apolo. O al cualquiera que quisiera tomarla para su propio beneficio. No lo comprendía. Antes, sí.

Dohko y Mei se quedaron en el umbral un rato, viéndolos partir, todavía preocupados de que Marah despertara antes de llegar a Leo, donde Agnés podría darle algo para dormir más efectivo y más duradero. Sin duda estaba sufriendo mucho.

Al llegar a la Quinta Casa, Agnés hizo unas cuantas preguntas de manera metódica y profesional sobre la razón del desmayo de Marah, y preparó una bebida que estuvo lista para el momento en que la joven estuvo medianamente consciente. Los murmullos y sollozos siguieron, cosas que no entendían en árabe, intercaladas con llamados a su abuelo, en inglés. Luego se quedó callada y quieta, mirando al techo, sin llorar siquiera, perfectamente inmóvil. Agnés le hizo beber el tónico preparado muy despacio, con paciencia, hasta terminarlo todo. Entonces se durmió, y el color volvió un poco a sus mejillas.

Ambos, Santo y Vestal, salieron de la habitación, cerrando la puerta, tras asegurarse de no dejar nada que pudiera iniciar un fuego de nuevo en ella. Todavía las paredes estaban ennegrecidas y de emergencia, habían conseguido un colchón y sábanas nuevas en Kamalákion. La madera de la cama tenía marcas largas y rasgadas, como rayos, así de fuerte había sido la manifestación de cosmo de Marah. Y les preocupaba que volviera a suceder.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Luché, no sé por cuanto tiempo, contra la pesadez que impedía que abriera los párpados. Tenía la garganta seca, los labios muy resecos, algo cuarteados. Mi cuerpo se sentía torpe, pesado, falto de fuerza. Recordé que me habían dado algo de beber, Agnés, despacio. Algo que sabía horrible, opio, adormidera, brugmansia, no lo sabía. Cosas fuertes, sin duda. Al menos estaba calmada. El techo tenía lameduras negras, al igual que las paredes, la cama. Me volteé para no ver cosas que me pudieran recordar otras que me sacaran de aquella dulce, dulce y extraña calima de cordura. Aioria estaba sentado, totalmente dormido, en una silla al lado de mi cama, sobre su regazo, abierto boca abajo, el diario de mi abuelo. Al parecer se había quedado vigilándome.

Si había tenido que leerlo, quería decir que no lo había sabido todo desde el principio. Decidí que no iba a enojarme con Aioria. De hecho, decidí que no volvería a enojarme en lo absoluto. Había sido suficiente. No más drama queen. No, nunca más. Me senté en la cama, e inmediatamente sentí ardor, un dolorcito en mi bajo vientre, una punzada literal que me recordó todo lo que había hecho, y con quién, y lo que había perdido, a pesar de todas mis advertencias internas y presentimientos. Mi honor se había quedado, hecho manchitas de sangre, en la cama de ése.

La frialdad seguía apoderada de mí. Debía dejar de pensar en eso. Para siempre. Olvidar. Que nadie lo supiera. Probablemente me echarían del Santuario si alguien se enteraba, no lo sabía bien. Pero pensaba dejarlo en el olvido. Atrás. De hecho, ya lo había olvidado, que alguna vez había sentido cosas cálidas y dulces por él. Esa relación, en lo que a mi concernía, se había acabado ya, y en lo que a él respectaba, ojalá hecho cenizas, para mayor placer mío. Ahora me hacía a una idea de lo que debió haber sentido Aioria durante todos esos años en que convivió con el asesino de su hermano, Shura de Capricornio, como compañero de orden. Lo que no comprendía, era porqué me habían ocultado esa información durante tanto tiempo. Quizá para protegerme de mí misma, quizá habían pensado que en cuanto supiera que estaba destinada, sin esfuerzo alguno, a ser La Pitia, mi ego firmaría mi sentencia de muerte y buscaría a Apolo a cualquier precio para entregarme.

Pero no. Les demostraría a todos que se equivocaban con respecto a mí. Le sería leal a Athena. Le sería leal a Aioria. Me sería leal a mí misma, a mi madre y padre, que murieron protegiéndome. A mi abuelo, que dedicó su vida a buscar protección para nosotras. Me probaría a mí misma que iba a aprender a controlarme, a ser disciplinada, que no cometería locuras, errores o me dejaría llevar por mis sentimientos.

Me levanté sigilosamente. No me importó que Aioria pudiera verme, total, ya no había nada qué esconder, nada que cuidar. Me quité la ropa con la que había ido a ver al Patriarca y me puse ropajes para entrenar, más gastados, me trencé el pelo y me ajusté los protectores de las rodillas, los brazos y la hombrera. Luego me vendé los nudillos, me froté los tobillos con alcanfor y luego me puse las botas.

Me senté en el borde de la cama y lo observé un rato. Tenía ojeras, seguramente se había pasado la noche en vela. Pobre hombre. Él sólo había querido protegerme. Y yo tantos disgustos que le había dado.

Aioria abrió los ojos de golpe. Se asustó un poco, al parecer, cuando me vió, me miró con aprehensión palpable.

-Marah… ¿estás bien?... ¿quieres que pidamos una audiencia con Athena?

Lo miré, en silencio. Parecía absolutamente preocupado por mí. Sonreí, una sonrisa carente de toda alegría. Él palideció.

-¿Marah?... ¿Marah?...Háblame, por favor. Estás asustándome.

Parpadeé un par de veces mientras ponía en orden mis ideas. Me costaba hablar a pesar de que podía pensar claramente.

-No, no estoy bien, pero eso no importa. Quiero pedirte algo, maestro. –dije, con toda la tranquilidad que podía.

-Lo que necesites, pequeña.-se apresuró a decir Aioria, poniéndose en pie y dejando el diario de Alexander Harker en una mesita.-Siento haber leído ese documento, pero el Patriarca se negó a darme más detalles y quería saber qué estaba sucediendo. Lo siento mucho, por tu familia, por todo.

Confirmé mis sospechas. De ahora en adelante confiaría sin pestañear en el Santo de Leo. Me miró a los ojos. Supe que ese "todo" tenía que ver con el hecho de que estaba maldita por un dios y eso explicaba muchas cosas. Y que la única forma de liberarme de esa maldición era prácticamente morir en vida. Se veía triste de verdad. Como si me apreciara en serio y deplorara absolutamente todas las desgracias que habían sucedido en mi atípica y rocambolesca vida. Qué inoportuno. No quería su lástima. No quería tratamiento "especial", no quería ojos conmiserativos sobre mí. Sólo quería una cosa. Una, y nada más.

-No te preocupes, Aioria. Así me ahorraste una conversación muy desagradable. Necesito que me entrenes. Necesito ganar una armadura. No me importa si me matas en el proceso. Necesito ser parte de la Orden. Como sea.

Aioria me miró con cara de ansiedad y tomó mi mano derecha, comprendiendo.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Aimeé y yo nos encontrábamos enzarzadas en una violenta pelea de entrenamiento en el Coliseo, bajo la atenta mirada de Aldebarán, Aioria, Marin, June, Milo de Escorpio, y bueno, el perro y el gato, hasta Algol, que nunca iba a ver semejantes espectáculos, estaba allí, viendo a los aprendices pelear como todos los sábados en la mañana.

La finlandesa me estaba dando una paliza. Era demasiado fuerte. Casi parecía imposible que de alguien tan delgado, esbelto y elegante emanara tanta fuerza física. Y yo estaba muy distraída como para responder adecuadamente. Me conectó un puñetazo en la mandíbula que me hizo preguntarme si no me había tirado los dientes inferiores al suelo. Atontada por el dolor, moví la cabeza horizontalmente varias veces, mientras mi vista se estabilizaba lo suficiente para seguir. No podíamos usar cosmo. Y sin cosmo, Aimeé sin dudas me llevaba las de ganar. Con cosmo también, y me reí internamente. La taurina era una rival de temer, una guerrera poderosa, aunque en su apariencia externa no lo demostrara demasiado. Tenía la pinta de una modelo nórdica. Ella había entrenado por años en Siberia y su poderío físico rivalizaba con el de varios caballeros de plata, según había visto yo ya. Además, por el amor de Athena, era Aldebarán de Tauro el maestro de la chica. Tenía uno que ser muy duro para soportarlo. No me extrañaría nada que ganara una armadura prontamente. Y yo tenía que ponerme las pilas si quería hacerlo también. Esquivé por los pelos una patada al rostro. Fui vagamente consciente de que estaba supremamente distraída.

Tenía un asunto pendiente con Kanon de Géminis, y él estaba allí, en las gradas, observándolo todo atentamente. Hacía una semana que no le hablaba. Aunque él había intentado buscarme, yo me había desentendido de sus llamados.

Aimeé se había dado cuenta ya, naturalmente, de que yo no estaba poniendo ni pizca de atención en la pelea, así que intentaba provocarme para que me enojara y la atacara de vuelta, buscándome el rostro. Percibí la mirada de Aioria y decidí que pondría esfuerzo. Empecé a esquivar sus golpes.

-¡No puedes huir eternamente, Marah!-gritó Aioria.- ¡Ataca!

Hice lo que Aioria me pedía, con todo el dolor del mundo. Ataqué a Aimeé. Entre una cosa y otra, se me olvidó dónde estaba, qué estaba haciendo y con quién, y de hecho, entré en una nube de inconsciencia consciente en la que mi cuerpo actuaba a su libre albedrío mientras mi mente estaba en blanco. O eso creo, porque no recuerdo exactamente qué sucedió después de cierto punto, en que Aimeé no podía ni ver qué le estaba pasando o de dónde venían los puños, aunque no le hicieran mucho daño. Me faltaba fuerza. Estaba desconcertada. El mundo empezó a ralentizarse, los gritos de Aldebarán se escuchaban como bajo el agua. Cuando volví a caer en la realidad, mi mano izquierda estaba alrededor del cuello de Aimeé, mi brazo en alto, casi ahorcándola, y mi puño derecho se había estrellado contra su abdomen superior con toda mi fuerza, al parecer, pues me dolían los nudillos. Las puntas de los pies de ella escasamente tocaban el suelo, y al parecer, hacía un rato que había dejado de responder y de moverse. Alguien tomó mis brazos por detrás. La vi caer de rodillas lentamente ante mí, tosiendo sangre y sosteniéndose el cuello y el abdomen, mirándome con una mezcla de miedo y confusión, sus ojos de color añil oscuro llenos de preguntas, desconcierto y dolor.

Me quedé quieta. El mundo volvió a la velocidad normal. Kanon susurraba imperiosamente en mi oído. El Coliseo estaba en silencio sepulcral. Miré a Kanon, cuyos ojos estaban aterradoramente fijos en la figura de Aimeé, aún tosiendo sangre, arrodillada en el suelo. Luché para liberarme de él, debía abrazar a Aimeé, debía decirle que lo sentía, que me perdonara. El tacto de los dedos de Kanon en mis brazos me quemaba, quería asesinarlo. Quería que me soltara.

-Marah, ¿Qué te pasa? ¡Es sólo un entrenamiento, cálmate!-dijo mi maestro, acercándose a nosotros. Me debatí. Kanon apretó mis brazos y siguió susurrándome palabras de calma en una retahíla ininterrumpida. Me volteé y le escupí al rostro. El geminiano me dejó ir, incrédulo, apresurándose a limpiar la saliva de su cara con el dorso de su mano. Sus ojos verdes me escrutaron como si yo fuera una desconocida. Escuché susurros de indignación en el público. Aioria tomó el relevo pues yo había aprovechado para lanzarme sobre Aimeé y explicarle que estaba distraída, que estaba mal, que me estaba muriendo.

Ella extendió hacia mí la palma de su mano derecha, y se defendió de lo que creyó era otro ataque, usando cosmo: una fuerza poderosa que ni siquiera ví venir, me lanzó varios metros hacia atrás, hacia Aioria, quien aprovechó para tomarme de nuevo por los brazos.

-Suéltame, ¡suéltame, Aioria!¡Aimeé¡ ¿Aimeé? ¿Estás bien? ¡Lo siento! ¡Lo siento!-grité, mientras Gran Gato me sacaba a rastras del Coliseo y Aldebarán tomaba a su alumna en brazos. Capté la mirada de Aimée, tras el brazo inmenso de Aldebarán, y un breve gesto de su mano, "hablamos luego". Por todos los dioses.

Ahora también me había tirado mi amistad con Aimeé. Y había humillado públicamente a Kanon de Géminis. Definitivamente yo nunca hacía nada bien.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Aioria me zarandeaba con saña tras las gradas del Coliseo, tratando de liberarme del estupor. De entre las sombras, Kanon de Géminis salió pálido y horrorizado, y prácticamente empujó a Aioria para liberarme de su agarre. Me abrazó y aspiró el olor de mi cabello con evidente anhelo. Noté con horror que estábamos en el mismo sitio detrás de las gradas en que varios meses antes, Kanon me había tomado el pulso y limpiado sangre de mi rostro por primera vez. Nuestro primer contacto.

Mi alma se estrujó a sí misma de dolor y de ía que controlarme. Como fuera. Apreté los puños hasta enterrarme las uñas en las palmas. Hasta sentir la sangre bajándome por los nudillos. Lo aparté de mí con fuerza, con las palmas de ambas manos, sin empujarlo con brusquedad, pero con total determinación. Él se apartó de mí, mis manos manchadas como prueba en su camisa.

Miré fijamente a Kanon. A nuestro lado, Aioria, que había leído el diario de mi abuelo y sabía que las marinas de Poseidón habían asesinado a mis padres y por poco a mí, se puso en tensión totalmente, esperando que yo tal vez, reventara e intentara matar a Kanon. Lo cual lógicamente quería hacer. Me dieron arcadas y se me llenaron los ojos de lágrimas.

-¿Te obligaron a dejar de hablarme y tener contacto conmigo?-me espetó con desdén, como si se lo estuviera diciendo a una niña que tuviera que pedirle permiso a sus padres para vivir.

-Aléjate de mí, hijo de puta.-murmuré entre dientes, temblando de ira, olvidando criada en dónde e hija y nieta de quién era. Me importaba un comino mi educación y modales. Sólo quería hacerle daño, todo el que pudiera. -Jamás te perdonaré. Jamás perdonaré lo que me hiciste. Si vuelves a hablarme o a acercarte a mí, así muera en el proceso, te mataré.

Su cara cambió. Se dio cuenta de que el asunto iba más allá, mucho más allá, de una simple prohibición, la cual, como él bien sabía, me habría pasado por la galleta si me hubiera dado la gana. No, esto, esta vez, era en serio. Era algo personal.

-¿De qué estás hablando, Marah? ¿Qué fue lo que te hice? ¿Por qué estás tan furiosa conmigo?-dijo él, desconcertado, asustado. Casi dolido.

-You know far too well what I am talking about, you disgusting swine. No te hagas el imbécil, que lo sabes muy bien. Por eso empezaste a perseguirme desde que llegué al Santuario. Lo querías, ¡y lo obtuviste! Confié en ti, pero nunca más, NUNCA. Deberían expulsarte del Santuario. No te has arrepentido, no eres bueno, mentiroso, ¡MENTIROSO!

Aioria se interpuso entre Kanon y yo, dándole la espalda a Kanon, luego de que yo lo abofeteara con todas mis fuerzas. Kanon se tocó la cara en el sitio golpeado con una mano, mirando al piso, su rostro aterradoramente vacío. Un silencio espantoso se apoderó de los tres, mientras yo respiraba agitada. Al final me miró a los ojos, furioso como jamás lo había visto, una cólera fría y despiadada. Sonrió, y por primera vez, su sonrisa me produjo pavor.

-Ya veo. Tú viniste a mí por tu propia voluntad. Si no te importa lavar nuestra ropa sucia ante tu maestro, a mí tampoco. Tú, con toda tu cháchara sobre la pureza, al final resultaste ceder demasiado rápido. Lamento haberme relacionado contigo. No eres más que una niñita engreída, imprudente, estúpida, débil y fácil. Hazle un favor a tu maestro y abandona este lugar de una buena vez, así dejarás de deshonrarlo-dijo, con voz glacial. Vi en el rostro de Aioria una conmoción bestial cuando escuchó el insulto hacia mí de los labios de Kanon. Me quedé fría, pegada al suelo, a punto de desmayarme. Pensé que Aioria iba a matarlo. Pensé que yo iba a matarlo. Yo no estaba hablando de eso. Probablemente ni recordaba lo que había hecho pero estaba demasiado indignada como para sacarlo de su error. Lo vi irse, mientras Aioria me halaba en la dirección contraria, hacia la Escalinata Zodiacal.

En cuanto llegamos a la Casa de Leo, cerró la puerta de mi cuarto y me hizo sentarme en la cama. Volvió a sentarse en la silla de mi escritorio, pero la acercó lo suficiente para poder hablar conmigo casi en susurros.

-Deduzco de la amable conversación que acabas de tener y que sin duda deploro haber presenciado, que tuviste relaciones sexuales con él, ¿no es así?

Me sonrojé violentamente. Su cara estaba contraída de angustia. Mis ojos se llenaron de lágrimas. No tenía caso negarlo. Tal vez Aioria me golpearía, o me llevaría con el Patriarca, o lo que fuera, pero ya no soportaba esa carga de dolor en mi corazón.

-Si, Aioria. Si. Y me arrepiento. No debí haber cedido. Esto es muy grave. Creo que lo mejor sería irme del Santuario.-contesté, a la desesperada.-Me he deshonrado, y a ti, ya no soy digna de ser tu alumna, ni de ser una amazona de Athena.

Aioria dudó un rato, antes de contestarme. Se levantó y buscó mi botiquín en mi mesita de noche y sacó un rollo de vendas. Tomó mis manos entre las suyas y empezó a limpiar mis palmas, que sangraban debido a que me había enterrado las uñas al cerrar los puños con fuerza durante mi enfrentamiento con Kanon.

-Si, pequeña. Es grave, pero no por lo que estás pensando. La pureza de tu alma y de tu cosmo no se mide por eso. Tu intención fue pura, porque lo amabas, y eso es lo importante, Marah. Es igual de pura cuando te entregas a la causa de la Diosa en el entrenamiento, al máximo, como te he visto hacerlo. Te traicionarías a ti misma si te vas, y a Ella. No si te quedas. Traicionarías mi confianza y mis expectativas contigo si te vas. No si te quedas.

-Pero, ¿y el honor? ¿Y todo eso de la virginidad de la Diosa, y la ley de la Máscara?-dije, compungida y triste. Aioria sonrió, como recordando algo para sí. Imaginé que tenía que ver con Marin.

-Marah, pártenos, en griego, no alude a la virginidad entendida como el concepto de una mujer que nunca ha sido tocada. Pártenos es una joven que no está atada a ningún hombre y no depende de él para defenderse ni para estar completa. Athena es pártenos porque ella sólo se tiene y requiere de sí misma. Así, la diosa Ártemis también es pártenos. ¿Necesitas a Kanon de Géminis para estar completa?

Lo pensé duramente antes de contestar, porque tenía el corazón roto.

-Lah, Mudarris. No lo necesito.

-Bien. Si la virginidad del cuerpo le fuera exigida a los guerreros de Athena, en ese caso Milo de Escorpio no podría ser un Santo, por ejemplo. La Ley de la Máscara estaba pensada para despojar a las guerreras de Athena de su femineidad, de aquello que pudiera poner en desventaja a sus rivales, después de todo, Athena es la diosa de la Guerra Justa. Ahora, quien viera el rostro desnudo de una amazona en combate estaría en serios problemas, pues ella debía elegir entre amarlo o matarlo. Y piensa, que se le permitían ambas opciones. Una amazona podía elegir voluntariamente mostrar su rostro a un hombre como signo de su amor, como hiciste tú. Podía matarlo si ese hombre la insultaba quebrando su máscara en público. Lo que pasó entre tú y él, de por sí, no es malo, ni grave. Lo grave es que es posible que si otras personas se enteran, lo usen contra ti para humillarte y desestabilizarte. Es posible que él mismo lo haga también.

-Aioria, yo exactamente no le mostré mi rostro o mi cabello voluntariamente, fue un accidente. Se lo dije así a Shion para salvar el trasero de Kanon. Soy una idiota.

Mi maestro pareció aturdido durante dos segundos. Luego sólo dijo "Oh" y se quedó callado.

En mi mente me enfrenté a la aterradora posibilidad de ser llamada puta, zorra y fácil frente a todo el Santuario. Quise recoger mis cosas e irme. Entonces recordé que le había escupido en la cara a un Santo de Oro. Bueno, al menos yo había hecho el primer movimiento. Y no, no me iría. No les daría la satisfacción. Me ganaría mi lugar en la Orden, defendería a Athena con mi vida. Para ello estaba aquí. Lo demás no importaba.

-Me quedo, maestro. No sé cómo haré para enfrentar todo esto, pero me quedo.-murmuré. Aioria me revolcó el pelo con ademán paternal.

-Muy bien, eso era lo que quería escuchar. ¿Vamos a ver a Aimeé, para que te disculpes?-propuso Aioria, levantándose de la silla. Yo también me puse en pie.

-Por favor.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

-Santo Aldebarán de Tauro, pido formalmente disculpas por mi desconcentración en el entrenamiento de hoy y por el daño que causé en su alumna, Aimeé.

Estaba haciéndole una profunda reverencia a Aldebarán, que me observaba circunspecto, con los brazos cruzados. Mi trenza se movió y cayó hacia adelante, una larga y espesa mata de pelo castaño claro que casi me llegaba a las rodillas. Me pareció curioso que eso me distrajera en aquel momento, pues Aldebarán parecía dispuesto a partirme en pedacitos.

-Que no vuelva a suceder, Marah aprendiz de Leo. Que tus problemas personales no se mezclen con tu desempeño como alumna de Aioria. –dijo al fin, con su voz atronadora. Me enderecé.

-Si, señor. No volverá a suceder –puse cara de gato pidiendo atún-¿Puedo ver a Aimeé?

Aldebarán suspiró pidiendo paciencia a Athena.

-Claro, Marah. Está en su cuarto...Si es que ella quiere verte.

Me adentré en el área privada del Templo de Tauro, mientras Aioria y Aldebarán se quedaban conversando. Divisé la puerta de la habitación de Aimeé, tras la salida de Camille, la vestal de Tauro, que llevaba vendas sucias en una palangana de cobre e iba con cara de enojo. Afortunadamente no me vio, pues me escondí tras una columna, o apuesto a que la habría emprendido conmigo a sopapos, así como esperaba que Agnés lo hiciera cuando se enterara de lo que había hecho. Me limpié el sudor frío de las manos en la cinta de tela que colgaba de mi cintura y toqué con los nudillos la puerta tres veces.

-Pasa.-dijo la voz de Aimeé. Bien. Estaba consciente.

Entré. Ella estaba semiacostada en su cama, bastante pálida, cubierta con una sábana hasta el pecho y aún vestida con la ropa con la que estaba entrenando. Me miró con ira y luego volteó el rostro hacia la pared, para no verme.

-Bully…-empecé.

-No me digas Bully.-gruñó, enfadada.

-Aimeé. Lo siento muchísimo. Discúlpame, por favor.-dije, sentándome en el borde de su cama. Aimeé seguía mirando tercamente a la pared. Me sonrojé y se me llenaron los ojos de lágrimas.-Lo siento, de verdad. Estaba muy distraída. Kanon estaba ahí, y no sé qué me pasó, en mi mente lo estaba golpeando, pero en realidad, te estaba haciendo daño a ti.

Bully por fin me miró. En su cara, de pómulos altos, nariz fina, labios delgados y ojos índigo, habían algunos verdugones y cortaduras producto de mis puñetazos. Tenía su pelo escandalosamente liso, de un color rubio glacial, salido de la trenza y despeinado. Se me retorcieron las tripas de pura culpa. Observó mis nudillos destrozados de darle golpes a las paredes. Mis ojeras. Mi delgadez. Me miró y vió a través de mí. Además ella me conocía lo suficiente para saber que yo sólo me disculpaba cuando de verdad había hecho algo mal.

-¿Qué pasó con Kanon?-preguntó, casi espetando, todavía enojada. Miré a las sábanas, no quería verla a los ojos mientras se lo decía.

-Me enteré de que Kanon mató a mis padres, cuando era una Marina de Poseidón. Él ni se acuerda, que es lo peor. Cuánta gente como nosotros habrá matado... Me enteré de que Apolo maldijo a mi abuela materna porque no quiso ser su sacerdotisa y yo cargo con esa maldición. Me enteré de que todos lo sabían, menos yo. Además mandé todo al demonio y me acosté con Kanon y lo insulté en público y probablemente a esta hora todo el Santuario sabe lo que hice. Bully, creo que me voy a morir.

La mano de Aimeé tomó las mías, el mismo gesto que había tenido Aioria conmigo. Luego se sentó totalmente y me abrazó. La abracé de vuelta e hizo un mohín, supuse que debido a que la había lastimado.

-Lo siento mucho, Kitty. Con respecto a lo de Apolo, ¿No puede la Diosa hacer algo?

-No lo sé, en realidad.-contesté en voz muy bajita, con dolor.- Lo único que sé es que Ella me ofrece Su protección y aprendizaje que puede convertirse en armas para defenderme a mí misma. Lo cual me parece estúpido. ¿Cómo voy a defenderme yo de un dios? Pero no sé qué pueda hacer Ella para sacarme esto de encima. La única forma, según los diarios de mi abuelo, para que la maldición se vaya, es que yo tome el lugar de mi abuela como sacerdotisa de Apolo. Y no quiero. Por primera vez en mi vida no deseo un lugar de poder. Aioria estaría muy orgulloso de mí si me escuchara, supongo.

Bully me estrechó un poco más. Luego se alejó un poco. Y noté que tomaba impulso. Siempre que hacía eso, es que estaba a punto de decirme algo que creía que no me iba a gustar.

-No puedes decir que no te lo advertí, sobre Kanon, Marah.-casi murmuró. Tuve que cerrar los ojos y tragar con fuerza para no ponerme a gritar. Kanon sin duda sería por siempre una mácula en mi vida. Una cicatriz más, la más grande. Una vez cerrara, claro. Aún era una herida abierta. Aimeé tomó mi mano comprendiendo con su siempre suave habilidad para estar ahí y confortar sin ser demasiado opresiva o intrusiva. Era algo que me gustaba mucho de ella. Un apretón de manos o un abrazo breve y una mirada le eran suficientes para expresarlo todo sin decir demasiadas palabras.- Sin embargo, no te preocupes, aunque no lo conozco para nada, no creo que sea de esos de ir ventilando sus cosas en público. Isaak dice que siempre fue muy reservado.

Abrí los ojos, consternada. ¿Aimeé conocía a alguien que conocía a Kanon?

-¿Isaak? ¿Cuál Isaak? ¡Hay algo que no me estás contando, Bully!-casi reclamé, indignada. Yo le soltaba a ella todos mis rollos, ¡y ella me ocultaba cosas! Si así eran mis amigas…, pensé desconsolada. La taurina se aturulló monumentalmente. Ella, que casi nunca se sonrojaba a pesar de ser tan blanca como un vaso de leche ambulante, se retrajo sobre sí misma, abrazándose con ambos brazos el torso, y miró a las sábanas, avergonzada. Sus mejillas pálidas se tiñeron de un discreto rosa…en los sitios en que no estaba raspada o tenía verdugones por mis golpes. De nuevo me sentí muy culpable.

-Este…Isaac de Kraken, marina de Poseidón, verás, es que… Emm…Bueno. Emm. A veces…hablamos.

-Ya.- dije con una risita, Así que la siempre muy callada y prudente Aimeé tenía un amiguito de otro ejército. Alcé una ceja. De repente, el calor corporal de Aimeé se había disparado. Su rostro estaba del color de un tomate maduro. Parecía que dentro de ella estallaban fuegos artificiales. Hasta donde yo estaba sentada lo percibía.

-Pero no te preocupes, él no tuvo nada que ver con lo que le pasó a tus papás, Marah. Él es de la misma edad de Hyoga de Cisne, de hecho los entrenaron Camus y Crystal al mismo tiempo.-dijo ella a la carrera, malinterpretando mi actitud. Los engranajes en mi cerebro empezaron a hacer click cuando ella dijo que Hyoga e Isaac eran de la misma edad. A veces la había visto hablando con el Caballero del Cisne, cuando estaba de visita y por alguna razón coincidíamos los tres en algún lado. Aimeé era un poco mayor que yo, casi dos años, para ser exacta. Y ellos debían ser mayores que ella. Pero no demasiado. El ruso era de la camada de caballeros de Bronce que habían sacrificado todo por Saori Kido, al principio.

-No te preocupes, Bully, no estaba pensando en eso. ¿Estás bien? ¿Te hice mucho daño?

-Já.-se rió ella despectivamente, en broma.- Tomaría más que unos simples golpes para hacerme daño, Marah aprendiz de Leo. Estoy bien, sólo con un poco de cólico. Por tu culpa no voy a poder comer sólidos en tres días. Y bueno, mi garganta y cuello…voy a tener que cuidarlos bien de ahora en adelante.

Puse cara de puchero. Las comisuras de mi boca se curvaron diría yo que cómicamente hacia abajo, porque Aimeé sonrió, como si fuera a echarse a reír. Pero el dolor en su abdomen no la dejó.

-Lo siento muchísimo, Bully. No volverá a suceder.

-Meehh, relájate. Puedo quedarme en cama mañana y pasado mañana, lo cual es una bendición.-dijo, guiñándome un ojo.-Aquí entre nos, Aldebarán me tiene en régimen…

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Después de un rato, en que Aimeé me contó en detalle cómo había conocido a Isaac de Kraken y que al parecer, se gustaban pero no eran capaces de expresárselo mutuamente, Aioria me llamó –telepáticamente, dándome un susto de muerte, pues no solíamos comunicarnos así- para que volviera al Templo de Leo y me cambiara de ropa. Había sido convocada de nuevo ante el Patriarca. Me puse muy nerviosa, más problemas a la vista. Subiendo hacia Géminis me topé con Saga en la entrada principal, muy serio. Parecía que estaba esperándome.

-No sé qué le hiciste a mi hermano, mocosa.-me espetó-pero está como un demente, rompiendo y tirando cosas en su cuarto. No te dejaré pasar por esta Casa hasta que hables con él y arreglen sus asuntos.

Lo miré como si fuera una cucaracha. Con una súbita bocanada de fuego soplándome en la cara, al parecer, recordé que el hombre había prácticamente secuestrado a mis padres, y a mí, en una islita en medio del Egeo y no les había proporcionado protección. Y por eso habían sido fácilmente encontrados. Por eso habían muerto. Si bien sabía que se había arrepentido de todas sus acciones, pues bien, yo no perdonaba tan fácilmente.

-¿Qué le hace pensar, Santo de Géminis, que soy yo la causa de los desequilibrios de…él, evíteme tener que decir el nombre. Tiene bastante en qué pensar, igual que usted. Muchas cosas por las cuales atormentarse.

Saga entrecerró los ojos, mirándome con fastidio. Alcé la barbilla.

-Así que, ¿ya lo sabes todo, no? Me preguntaba cuándo iban a decírtelo. Con mayor razón deben hablar.

-No voy a hablar con tu hermano, Saga.-era la primera vez que lo tuteaba, poniendo un énfasis desagradable en "tu hermano". Saga abrió mucho los ojos, sorprendido.- De verdad, prefiero vagar por el Laberinto eternamente a compartir siquiera el mismo espacio con él de nuevo.

Saga encendió su cosmo. Traté de no retroceder, pero estaba más allá del espanto. Nunca había sentido algo así. Una fuerza poderosísima, como la de Kanon, pero un paso más allá. Si el desgraciado era un abismo marino sin fondo, su hermano era la infinidad del vacío del espacio. Me tomó del brazo con una fuerza irresistible y me llevó arrastrada hacia el interior del Templo. Abrió la puerta del cuarto de Kanon y me lanzó dentro. Luego la cerró con llave y podía apostarlo todo a que se había quedado de pie contra ella para evitarme la salida. Volteé y lo que ví me sacudió completamente.

Kanon estaba sentado en el piso, en un rincón de su habitación, con la cabeza gacha y respirando tan fuerte que podía escucharlo hasta el otro extremo, el relleno de su colchón desperdigado por todas partes. Las tablas de su diván rotas, como la cabecera, los largueros y el pie de la misma, partidos en pedazos; de su gran escritorio de caoba sólo quedaban fragmentos, libros deshojados llenaban el piso. Las paredes estaban llenas de agujeros. Me fijé en los puños de Kanon. Le sangraban los nudillos. Eso, hijo de perra. Pensé. Sufre.

Levantó la mirada. Encendió su Cosmo. No huí. No demostré que sentía miedo.

-¿Por qué?-preguntó. Era tan descarado que en sus ojos había dolor, como si de verdad estuviera sufriendo. Yo sabía que solo era su ego el que estaba lastimado. Pero tenía un ego grande. Como el mío. Debía sacarlo de su error, no quería matarlo con todas las fibras de mi ser solamente porque se hubiera aprovechado de mí, sino también por todo lo demás. Dí varias zancadas y me puse en cuclillas frente a él, para que nuestros ojos quedaran a la misma altura. Tenía el ánimo amenazador. Era la primera vez que entre nosotros, yo era el cazador, y él, la presa. Quería que supiera que así me costara la existencia, me lo llevaría conmigo al infierno. El fijó su mirada desconsolada en la mía. Si lloraba iba a golpearlo, iba a golpearlo tan fuerte que me quebraría las manos contra su rostro. No podía ser tan cínico.

-Tú mataste a mis padres, Kanon, ¿lo recuerdas?-le contesté, con la voz cargada de veneno y rabia- Por eso. Por eso y porque sabías quién era yo, porque quisiste ganarte mi confianza, porque seguramente estabas planeando llevarme ante Apolo, para que me convirtieran en un vaso vacío, ganarte su confianza y traicionar al Santuario. Te odio. Te odio. No sé como todos aún creen que no volverás a traicionar a Athena. Me arrepiento de todo lo que hice contigo, de todo lo que te dí de mi misma. De haberte amado alguna vez.

Parpadeó un par de veces, sorprendido por la cantidad de ácido que me salía de todas partes, ácido que amenazaba con ahogarlo. Y sonrió. Un gemido de horror se salió de mí. Kanon empezó a reír histéricamente. Me puse en pie y retrocedí, temiendo que me matara en un acceso de ira.

-No, Marah. No hice tal cosa. Si bien es cierto que tuve en mis manos el poderío sobre Atlantis, no sólo yo tenía autoridad. Quien mandó a buscar a tus padres lo hizo para buscar la Vasija que contenía la esencia de Poseidón a través de tu madre, o de ti. María, la suma sacerdotisa de Atlantis, fue quien dio la orden. Y fue un accidente, lo que pasó. Los guerreros encargados de la misión debían llevarlas a ustedes dos vivas a Atlantis. También es cierto que quise ganarme tu confianza, porque quería protegerte. Quería contarte lo que yo sabía, pero el Patriarca me lo impidió. ¿Pero sabes, niñita? Yo también deploro amargamente haberme involucrado contigo. No eres más que una muchachita estúpida.

Vi restos de lágrimas brillar en sus mejillas. Me senté en el suelo, consternada. Estaba equivocada. Lo había entendido todo mal. Kanon no me había traicionado. Me acerqué a él, sonrojada de vergüenza. Lo había herido y lo había humillado más profundamente que tal vez nadie en toda su vida. Le había causado un daño irreparable. A él, a quien yo amaba con toda mi alma, quien me amaba, al parecer, también. Lo había tirado todo al vacío, ahora sí. Por todos los dioses, ¿qué había hecho? Entré en pánico.

-Perdóname…¡por favor, Kanon! Déjame explicarte…

-No, vete. Vete de aquí. Me insultaste frente al Santuario, niña. Desconfiaste de mí. Vete.

-No, escúchame, por favor…-rogué. Kanon encendió su cosmo y de un golpe, me lanzó volando contra la puerta, que se hizo añicos contra mi espalda. Caí al piso casi sin sentido, y sin aire, acompañada de una miríada de fragmentos de madera. Saga se paró a mi lado. Haciendo un gesto de dolor, me volteé para tratar de incorporarme, apoyándome en los codos.

-¡Sácala de aquí!-vociferó Kanon desde el interior de su habitación. Saga me miró con desdén y encendió su cosmo.

-Con gusto, hermano. ¡Another Dimension!-extendió sus brazos hacia mí, en un ataque que pensé que me enviaría a una dimensión en la que, sin duda, me convertiría en pedazos; y me lo merecía. Cuando abrí los ojos estaba fuera de Géminis, sin un rasguño.

Me levanté rengueando. Tuve un momento de duda. Pensé en regresar corriendo a la habitación de Kanon y rogarle y llorar hasta que me escuchara, entendiera y perdonara.

La parte de mí que me había conservado con vida, mi orgullo, alzó mi barbilla, estiró mi columna, quitó de mi pelo y ropa los fragmentos de madera, e hizo que caminara derechita hasta Leo sin volver la mirada ni una sola vez atrás.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Estaba metida hasta la nariz en la bañera. Me escocían los ojos y aún hipaba. Desde que estaba en el Santuario de Athena había llorado más que en toda mi vida junta. Debia salir de allí, pues se me estaba haciendo tarde para ir ante el Patriarca, aunque tenía los ojos increíblemente inflamados. Salí del agua y me solté el cabello, que había conservado seco atado en lo alto de mi cabeza. Tomé unas tijeras del armario y me acerqué al espejo. Puse la punta de las tijeras sobre la arteria carótida en mi garganta, y pensé cuán fácil sería matarme así. En cinco minutos ya no estaría, pero era un remedio estúpido y desesperado a mi situación. Tenía que enfrentar lo que había hecho. Con un suspiro de resignación, abrí las tijeras, que sisearon malignamente, como una risa ante mi estupidez, cuando corté de tajo todo mi cabello a la altura de los hombros.

Kanon había aspirado el olor de mi cabello esa mañana. Y yo lo había humillado en público. Nunca me había cortado el pelo, jamás, desde que era una niña. Era la parte de mí que más me gustaba. Y a él también. Jugueteaba con mi cabello cada que podía. Le llamaba la atención.

Me sentí tremendamente aliviada, aunque me veía terrible en el espejo.

Terminé de emparejar mi pelo, barrí con las manos los pelitos que habían caído al suelo, me envolví en una toalla y salí del baño, con la trenza en la mano, envuelta en un trozo de tela.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Aioria me observó boquiabierto cuando salí, ya vestida, de mi habitación, y él me esperaba en el Hall de Leo. Junto a él, estaban Marin de Águila y Dora, la doncella vestal de Géminis, a quien me extrañó muchísimo ver allí porque casi nunca salía del templo que tenía a su cargo.

-Buenas tardes, Marin de Águila. Dora, qué bueno verte-saludé, con cortesía, pero con evidente desánimo. Marin también estaba de una pieza ante mi cambio de look. Miré a Aioria para evadir sus ojos inquisitivos. Dora parecía a punto de llorar. - Creo que es mejor que suba ante el Patriarca a solas, maestro.

-Claro, pais. Es mejor que subas sola. –respondió Aioria, mirándome aún con las cejas casi juntas de pura preocupación.

-Dora, ¿Puedo pedirte un favor?-pregunté. Dora, con un poco de aprehensión, me miró, asintiendo. Se acercó a mí.

-Por favor entréguele esto al Santo Kanon de Géminis.-dije, tratando de que Aioria ni Marin me escucharan, tendiéndole a la vestal la trenza envuelta en tela.-y dígale por favor lo siguiente, que sé que nada de lo que yo haga podrá resarcirme, pero que si él soportó una humillación, yo también lo haré. Dile que le entrego mi melena y que puede mostrársela al mundo si quiere. Si no desea escucharla, dentro del paquete hay una carta. ¿Podría, por favor?

Dora asintió extrañada, y tras mirarme con algo de compasión, fijándose en la hinchazón de mis ojos y mi pelo mal cortado, salió en dirección hacia los templos inferiores. Me despedí de Aioria y de Marin, sintiendo en mi cuello ese feo frío y la cabeza muchísimo más ligera que en muchos años. Nunca había entendido porqué en muchas culturas la gente se cortaba el cabello como símbolo de arrepentimiento o de vergüenza. Ahora ya lo hacía.

Jamás había estado tan equivocada. Nunca había cometido errores tan grandes. Había empezado con mal pie mi nuevo sendero hacia la Orden Ateniense.

Y estaba preparada para las consecuencias, cualesquiera fueran.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

You know far too well what I am talking about, you disgusting swine.: (inglés) Sabes demasiado bien de lo que estoy hablando, cerdo asqueroso.

Lah, Mudarris:(Arabe) No, Maestro.

A Shadir, Blueblu, Blackmoon y Kari, gracias por sus reviews!

Queridos lectores muchas muchas muchas gracias por su lealtad!¡Se les quiere! Por favor sigan comentando. Me hacen muy feliz.

Espero que les guste este capítulo, ustedes ya saben, yo y mis delirios, mis delirios y yo.