Marde State; Gracias por dejarme reviews! Weee! Yay! Me alegra que te hayan gustado los nuevos capítulos. Marah definitivamente es Marah, y Kanon, bueno, Kanon. A veces me preocupa que esté haciéndolo demasiado diferente a como es en la serie, lo mismo que todos los demás, pero es un riesgo que se corre si uno mete a un OC femenino que resulta ser la protagonista del fic, jojo. ¡Sigue leyendo, por favor!
Amatizta: Eso es así, punto final. Me encantó esa palabra que usaste, "atrabancada"; jamás la había escuchado, en mi país a la gente como Marah le decimos "atravesados", por imprudentes, locos y faltos de sentido común antes de abrir la boca. Esperemos que con el paso del tiempo mejore ese problemita. ¡Gracias por tu review!
Tsuki Girasol: Gracias por tu review!, qué bueno que te acordaste de mí y te pasaste por aquí : ´) Espero que te guste este nuevo capítulo.
Perséfone X: Efectivamente, quise que se notara que Marah tuvo una educación diferente, en cierto modo. Que existan diferencias culturales reflejadas en la manera de actuar y asumir las cosas. Aparte de que Marah fué criada, primero, por un abuelo loco que la adoraba, y luego, en Medio Oriente, estuvo siempre mimada y con todo al alcance. Su incapacidad de lidiar con asuntos complejos de manera equilibrada es consecuencia directa de esa crianza y educación. Gracias por hacerme notar que sí se nota! :P
Brozz Ren: Gracias por tu fav y follow a esta historia. Sigue leyendo, por favor.
Sin más, les presento (un muy, muy largo capítulo)
XIV
KATA TON DAIMONIA EAYTOY.
-Te comportas como un adolescente. ¿Qué es todo esto, de arruinar tus cosas por algo tan estúpido como un malentendido con una chiquilla? Menos que un adolescente, te comportas como un niño haciendo una escena. ¡Qué vergüenza! Definitivamente esa mocosa es mala influencia, se te han pegado sus pataletas.
-Tuvo las pelotas de escupirme al rostro, en público, tras haber perdido el control y casi matar a la aprendiz de Aldebarán. Y no sólo es eso. El Patriarca ya me comunicó que debido a mi transgresión he perdido el derecho a participar de las Asambleas y tener voz y voto durante tiempo indefinido, así que tú nos representarás a los dos. Vuelvo a ser un proscrito, al parecer.
Saga lo miró, boquiabierto y progresivamente encolerizado, masajeándose las sienes con los dedos. Su hermano, sentado en lo que quedaba de la banquita del escritorio, también se las masajeaba, tratando de recuperarse de la rabieta que había tenido, y de que su corazón volviera al ritmo normal. En condiciones regulares no se habría enojado tanto por nimiedades como esas, aunque le molestaban, no eran razones para perder el control, pero ella…
Le costaba admitir que su rabia venía de un profundo dolor. Le dolía que hubiera desconfiado de él. Le dolía que lo hubiera insultado, en público. Le dolía que lo hubiera llevado de nuevo a ese lugar horrible de sospecha, odio, y venganza y retribución.
Le dolía que hubiera llegado a pensar que su interés en ella, su fijación irracional en ella, fueran sólo un medio para alcanzar un fin, y traicionarla. Y a Athena, de nuevo. Ambos tenían claro que no era un santo, pero su corazón estaba limpio, se había arrepentido, había luchado, y había pagado el precio por toda una vida de pecados.
Excepto en lo que a Marah concernía. Gran parte de su ira, de su tristeza, del deseo ardiente de darle lo que le habían quitado, de lo mucho que ella lo conmovía, hasta lo más hondo de su ser, venía de una culpa tremenda. Con un escalofrío que no sabía si era de agonía o de rabia, la recordó, rechinando los dientes, observándolo con más odio del que su frágil cuerpo era capaz de contener, diciendo que iba a matarlo, sus ojos turquesa, límpidos como el Egeo, llenos de lágrimas, la sangre escurriéndose por entre las rendijas que dejaban sus pequeños puños, apretados hasta hacerse sangre. Las ojeras en su rostro, su desconexión con el mundo, su evidente dolor y horror infinitos. Había vuelto a sentir explosiones de cosmo, que sabía eran de ella, en las noches. Las pesadillas habían regresado.
Ahora Marah volvía a estar por su cuenta, y sintió algo de preocupación. Pero con Aioria estaría bien, de eso no cabía duda. Quizá eso era lo mejor. Y él también volvería a estar por su cuenta, en su mundo habitado por deseos insatisfechos, fantasmas, rudeza, frío y ansias infinitas de redención. Un mundo que habitaba con Saga, lo cual a ninguno de los dos les producía consuelo. Aunque su hermano mayor parecía tolerarlo mejor que él. O quizá llevaba su pena muy adentro, y de maneras más secretas, que él mismo.
-No podría explicártelo de manera que lo entiendas, Saga.-al fin dijo, mirando al techo de mármol. Miró a su hermano, que estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Un gesto tan parecido al suyo. Ojos verdes iguales a los suyos lo miraron.
-Aunque me lo he negado mucho a mí mismo, más por incredulidad (porque no me parece que la chica sea gran cosa) y porque no es mi asunto, te comprendo, hermano, o al menos logro hacerme a una idea. Sin embargo ya sabes lo que opino, y te lo dije desde el principio.-empezó Saga. Kanon suspiró, porque sabía a lo que su gemelo se refería. Cuando eran muy niños, si uno se raspaba la rodilla, el otro sentía el ardor. Habían dejado de sentirlo durante los años en que se odiaron, pero aquella cualidad de su vínculo sanguíneo había vuelto durante su tiempo de convivencia reciente de manera tenue y vaga. Sin que Kanon se lo dijera, Saga había sentido, más que conocido de manera racional, que aquella muchacha febril e imprudente era algo más que un pasatiempo momentáneo para Kanon. Y no le había gustado. Porque ambos sabían lo que habían hecho, lo que habían causado. Ella y su familia habían sido víctimas, como tantísimas otras, de sus actos, de las ansias de poder de los dos, de su terrible ruptura. Y nunca podrían repararlo.
-El mensaje que me enviaron a dar ha sido entregado, Santos Saga y Kanon de Géminis-dijo la voz de Dora, desde el marco de la puerta. Ambos la observaron. Parecía sin duda muy contrariada, pero con ellos.-El Santo de Leo envía a su vez un mensaje de viva voz: que acompañará a su alumna a pasar por Géminis cuantas veces sea necesario, y que responde por ella.
Los gemelos se miraron entre ellos. Ninguno de los dos esperaba nada menos de Aioria. Kanon había decidido que limitaría el paso de la aprendiz de Leo por la Tercera Casa, a menos de que estuviera acompañada de su maestro, para evitar cualquier altercado que pudiera ponerla en peligro. Se lo había hecho llegar con Dora de manera escrita, para que quedara más evidencia que una simple comunicación telepática. Había amenazado de muerte a un Santo de Oro, era lo menos que podía hacer, sin poner a Marah en evidencia ante el Patriarca y la Orden y causar su expulsión del Santuario. Era una falta gravísima. Aioria lo comprendía, había estado con ella cuando había pronunciado esas palabras.
La vestal se adelantó hacia Kanon, llevando un paquete mediano envuelto en tela. Tenía lágrimas de rabia en los ojos, cosa inusual en ella, pues jamás era de mostrar sus sentimientos abiertamente. Hizo ademán de entregárselo, y Kanon lo recibió, estupefacto.
-La aprendiz de Leo se lo envía, con una carta, Santo de Géminis. Con su permiso, me retiro a seguir con mis deberes.
Dora no esperó a que le dieran aprobación para irse. Se dio la vuelta, caminando tan rápido que las campanitas doradas de su cinto se movieron como locas, llenando la estancia con sus tañidos y el frufrú enojado de su túnica de seda amarilla. Saga y Kanon rodaron los ojos de manera idéntica y al unísono.
-¿Qué es?-preguntó Saga. Kanon abrió la tela, amarrada con premura, y encontró un rollo de pergamino atado con una cinta marrón que reconoció como una que había visto en el cabello de ella, y bajo el pergamino…lo tomó con la mano derecha, incrédulo, por una punta. La larga trenza castaña se desenrolló conforme la levantaba, brillante, espesa, rápidamente calculó cuanto se había cortado para que en su mano, estuviera casi su cabellera entera. La dejó a un lado. Tomó el pergamino, lo desamarró y leyó. La caligrafía de Marah, en inglés, era estilizada, bonita. Sin embargo, era del tipo de escritura que uno no asociaría inmediatamente a una mujer, y menos a una mujer joven, era alta, estrecha y puntiaguda.
Kanon,
I am sorry. I am at loss of words to state how much it weighs over my soul to have made such a big mistake, such an atrocious fault. I should have spoken to you first, without racing to foolish conclusions, without racing to believe you a traitor to me and Athena and the murderer of my family. I deeply regret that you have taken a public humillitation from my part, and so I try with this gesture, to get even. You can tell the world I have been tamed by you, if you´d like to do so. It will always belong to you, my pride.
And my soul with it. My heartfelt apologies, to you, whom I´ve treated so apallingly.
Marah.
El geminiano menor leyó la carta varias veces, sin comprender muy bien lo que quería decirle. Hasta que lo captó. No solamente era el cabello, que era únicamente un símbolo visible. Lo único de su apariencia que él supiera, le agradaba a ella. Una de las cosas de ella que más le gustaba a él, también. Era su orgullo lo que realmente le entregaba, lo que sometía a su poder. Lo que, ella le había contado, la había mantenido con vida tantas veces, lo que hacía que se levantase día tras día. Ponía su vida en sus manos, su honor, ese fragmento indefinible de la autoestima propia que podía ser tan fácilmente desgarrado, puesto por el piso, y tan terriblemente difícil era de recuperar. Cerró los ojos un momento para asimilarlo todo. De verdad, la pequeña lo sentía muchísimo. Casi podía percibir el dolor con el que había realizado aquel acto.
-Que dramática. ¿Eso es su cabello, verdad?-preguntó Saga, con su don para convertir cualquier momento en algo anticlimático con unas pocas palabras. Kanon abrió los ojos, de todos modos aún sintiendo aquella mezcla de rabia y dolor agridulce. Eso no haría que la perdonara. Pero le dolía.
-Habla el hombre que se lanzó contra la Niké y que me encerró en Cabo Sounión por decir una verdad incómoda.-le espetó Kanon, medio en broma, medio en serio. Saga sonrió, en aceptación muda. Los gemelos también compartían una vena débil por los actos monumentales. Quizá eso era lo que atraía a Kanon de Marah.
-¿Qué harás con el cabello? ¿Te mandarás a hacer una peluca? ¿Se lo pondrás a la estatua de Athena en el templo del Patriarca? ¿Lo pondrás sobre una placa conmemorativa y lo exhibirás en el Hall de Géminis? Olvídate de pedirle a Mu que se lo ponga como penacho a la armadura, eso sí que no.-preguntó Saga. Kanon se rió, un aleteo maravilloso de risa que le alivió un poco. Sabía que su hermano estaba haciendo el papel de listillo bufón para mejorarle el ánimo. En un destello de memoria, recordó que cada vez que, de muy pequeño, Kanon se lastimaba o se sentía triste, Saga tomaba aquella misma actitud para hacerle olvidar el dolor y compartir unas risas juntos. Tenía que admitirlo. De ellos dos, Saga siempre había sido el hermano mayor. El que consolaba, el fuerte.
-No, la quemaré en cuanto tenga oportunidad.-contestó. Saga alzó los hombros y ambas manos, como queriendo decir "tu problema, no el mío". Luego se salió de su habitación con las manos en los bolsillos.
Enrolló la trenza de Marah alrededor de su mano derecha, y se la llevó a la nariz. Olía a ella, a su perfume conspicuo, floral, como a lirios o algo así, y tal vez alguna especia o resina de ámbar, miel, cosas doradas y nobles, y puras, como ella. Demasiado serio, casi funerario. Tenía la seriedad del olor de una mujer de más edad, del que su habitación había quedado impregnado también. Sintiendo cómo su resolución de quemarla se desvanecía, decidió guardarla en el armario, que como estaba empotrado en la pared, se había salvado de su furia. Suspiró de manera audible. Miró a su alrededor. Tendría que arreglar aquel desastre. Ir a Kamalákion, o a Rodorio, a comprar muebles nuevos. Qué incómodo.
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Shion, Patriarca del Santuario, observaba la figura delgada de Marah aprendiz de Leo mientras se aproximaba a su trono. Peplo blanco de mangas hasta los codos, muñequeras de cuero. Pañoleta negra rodeando su cintura, pantalones, botas de caña media y tacón cuadrado. En su rostro había una expresión velada de tristeza profunda, sus ojos, habitualmente brillantes, estaban opacos. Aunque intentaba esconderlo, era demasiado notable. Hubo algo que al principio no vió, que pasó por alto, y que con un pequeño sobresalto, notó, como todas aquellas cosas que se obvian cuando en primer momento no se registran como reales. Su cabello. Se lo había cortado, al parecer, a tijeretazos, aunque ella lo había intentado arreglar. Todos esos signos no le dieron buena espina. El conocimiento de lo que se cernía sobre ella debió haberla conmocionado muchísimo. ¿O era otra cosa?
-Te veo afectada, hija.-comentó, con voz suave. Marah no respondió, aunque seguía mirándolo, ausente, desde su posición, con una rodilla en tierra. Su ropa, aunque sencilla, estaba impecablemente limpia. Siempre le había llamado la atención eso de Marah, desde que por primera vez había pisado el Santuario, hacía ya casi tres años, vestida con un decoro impropio de una joven de su edad y de su chispa, con ropas musulmanas de colores oscuros. Siempre, a pesar de la situación, conservaba un sentido de la dignidad personal que se evidenciaba en sus maneras, en su vocabulario y en su apariencia física. Por lo cual, cuando quería convertirse en una molestia, lo lograba con suma facilidad. Decidió que tal vez una audiencia formal no era lo mejor en aquel momento. No conseguiría nada de ella en ese estado.-Ponte en pie, Marah, vamos a dar un pequeño paseo. Es un espléndido día.
-Sí, Su Santidad.- contestó ella, obedeciendo. Él mismo también se puso de pie y la guio hacia la misma puerta que conducía al Jardín de Athena. Caminaron en silencio unos minutos, lo pasaron de largo, un guardia les abrió una reja a una indicación de Shion y salieron a un bellísimo acantilado que mostraba casi toda la extensión del Santuario de Athena desde un ángulo en que Marah jamás lo había visto. El Camino de las Doce Casas podía verse casi sin interrupción. Meridia. El Coliseo. Los comedores. Las villas. Los baños. Incluso el bosque de la Fuente de Athena. Así que éste era el lugar desde donde los vigilaba a todos, pensó Marah, casi sonriendo.
-Te llamé, Marah, porque necesito saber cómo te encuentras. El día que nuestra Señora decidió hacerte saber tu historia completa, abandonaste corriendo el salón y al parecer, estuviste bastante…impresionada, por no decir…histérica, según lo que me contó Dohko.
Marah se tomó un tiempo para responder. En su interior, comentarle al Patriarca el error que había cometido con Kanon de Géminis, se sentía como lo que podía mejorar su estado de ánimo, contarle a alguien, alguien que pudiera decirle que no era una estúpida, pero ella sabía que lo había sido. Además, negarlo podría tener consecuencias peligrosas. Era importante que supiera que casi se había vuelto loca de dolor y de rabia al enterarse de toda la verdad.
-Así es, Señor. Estaba muy afectada. Era demasiada información junta y necesité un buen tiempo para poder procesarla y comprenderla en su totalidad. También para comprender el silencio con respecto a ella. Tenía derecho a conocerla desde el principio, desde que llegué aquí hace dos años y medio, pero ahora ya entiendo que por mis características personales se decidió que lo mejor era que no lo supiera en aquel momento. Y le doy la razón, Su Santidad, si disculpa mi atrevimiento. Si me lo hubieran dicho en aquel entonces, habría pensado seriamente en entregarme a Apolo. Tal vez simplemente lo habría hecho, tentada por una promesa vana de poder y reconocimiento sin esfuerzo.
Shion miró sorprendido a Marah. Sin duda había crecido intelectual y emocionalmente también durante su estancia en el desierto y el Santuario. Había tenido razón con respecto a ella, y oírlo en sus propias palabras, era a la vez chocante y tranquilizador.
-¿Y ahora, pequeña? ¿Qué piensas hacer ahora, que lo sabes todo, que conoces toda la historia?-inquirió, curioso. Marah volteó a verlo y le sonrió brevemente, pero fue una sonrisa ausente que lo preocupó. Luego ella volvió a observar el horizonte.
-Quedarme aquí, naturalmente, Su Santidad. Y proseguir con mi entrenamiento. No deseo nada más que proteger y servir a Athena. Retribuir sus cuidados para conmigo. Es la razón de mi existencia.
Lo dijo con total sinceridad, con total entrega, a pesar de la monotonía en su voz. Shion llevaba demasiado tiempo en aquel lugar y habían sucedido demasiadas cosas como para saberlo. Se sintió entusiasmado, porque sus decisiones habían tenido excelentes resultados. Con costos para todos, pero lo importante era que ella deseaba servir a Athena. Durante un breve instante se sintió culpable, como si la chiquilla fuera un peón en un juego en el cual no tuviera elección alguna. Luego desechó aquel sentimiento. Para defender a Athena debía hacerlo; si Apolo, o cualquier otro, la obtenían, era probable que todos corrieran peligro. Aquella niña que normalmente no constituía ninguna amenaza seria, siendo el Envase de la Pitia, era un instrumento mortal. El conocimiento claro del futuro, el presente y el pasado era algo que nadie, ni dios ni mortal, debía tener.
Además, Athena deseaba protegerla. Le había manifestado en varias ocasiones que consideraba el colmo de la injusticia aquella terrible maldición que la acechaba, los trances, las visiones tormentosas, la muerte temprana a la vuelta de cualquier esquina. La Diosa quería que la niña pudiera vivir su propia existencia, bajo sus propios términos. Elegir su propio camino. Al encontrarla, la habían puesto bajo la tutela de Aioria porque efectivamente las estrellas lo habían determinado a la hora de su nacimiento, pero eventualmente la decisión era suya. De Marah. Y al parecer ya había tomado una.
Se sintió aliviado y ligeramente alegre. La niña en verdad tenía un alma noble. Observó como el viento movía los mechones disparejos de su pelo y cómo el sol iluminaba su rostro, todavía el de una adolescente. Sin duda se había cortado el pelo ella misma, pero, ¿por qué? ¿Como un símbolo de dedicación, tal vez? ¿De luto? Lo tranquilizaba infinitamente saber que ella no quería buscar a Apolo, no quería ese destino para ella. Deseaba seguir sirviendo a la de Ojos Grises.
-Admiro tu lealtad, Marah. Pero sería excelente que vivas, no sólo que existas. Ése es el deseo de Nuestra Señora para con sus defensores. –dijo Shion poniéndole a la joven una mano en el hombro. La joven retrocedió respetuosamente un paso, poniendo la mano derecha sobre su pecho izquierdo e inclinando su cabeza y tronco ante él con una gracia que encontró un poco fuera de lugar en alguien tan joven. Le recordaba muchísimo a Aioria cuando era niño. Y a Aioros.
-Me honra con sus palabras, Su Santidad. ¿Desea darme alguna orden?-preguntó, aun inclinada, con los ojos cerrados. Shion puso su mano sobre su cabeza y le revolcó paternalmente el pelo. Ella abrió los ojos, sorprendida, y se enderezó.
-Vive, Marah. Puedes irte.
Marah volvió a inclinarse ante él. Sus grandes ojos color turquesa estaban algo brillantes, húmedos, cuando se levantó de la reverencia.
-Se lo agradezco, Gran Patriarca.
En cuanto la joven, guiada por los guardias, transpuso las verjas que la llevarían hacia el Salón Patriarcal y posteriormente, a la Escalinata Zodiacal, Shion llamó a una de las doncellas y le susurró quedamente una orden. La muchacha asintió y desapareció tras una puerta del área privada del Templo Patriarcal.
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-Su Santidad me envía con una orden, señorita Aprendiz de Leo.
Abrí los ojos. Después de mi reunión con Shion, que me dejó más preguntas que respuestas, había ido directa a Leo a dormir, pues lo necesitaba. El golpe que me había dado Kanon me dolía, tanto en el pecho como en la espalda, y me sentía ligeramente mal. Me faltaba el aire. Una muchacha que al parecer era una de las doncellas del salón del Patriarca, que se diferenciaban de las demás doncellas de los templos debido a los bordados azules en los bordes de su túnica, tiraba de la manga de mi camisa respetuosamente. Me senté en el borde de mi cama y la miré. Las campanitas de su cinturón eran de color plateado. Una vestal de rango intermedio. Como Eva.
-¿Qué podría ser?-dije, aburrida. La muchacha sonrió como disculpándose y sacó unas tijeras y un peine de los bolsillos interiores de su túnica. Me sonrojé hasta las raíces del pelo. Claro. Él debió notarlo. No supe si interpretarlo como un favor, una especie de "ponte bien, te queremos", o "te ves horrenda, niña, arréglate, por el amor de la Diosa". Suspiré de resignación y asentí con la cabeza, levantándome de la cama y sentándome en la silla del escritorio, junto a la ventana, donde había luz.
-Adelante.-dije. Igual no podía quedar peor de lo que estaba, ¿no?
Cuando la doncella terminó, parecía muy satisfecha de sí misma. Me miré al espejo. Jamás había tenido el pelo tan corto, pero me gustaba. Era asimétrico, con un flequillo en diagonal cortado hacia el lado derecho. La parte más larga me rozaba las clavículas. La más corta me rozaba la nuca en el inicio de la columna vertebral. Yo también estaba satisfecha. Me gustó. Le dí las gracias a la joven y le pedí que le agradeciera al Patriarca de mi parte.
Luego pensé que sería infernal tratar de recogerme el cabello. No me había quedado suficientemente largo para eso. Algo haría, después, cuando creciera un poco.
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Ya había pasado un mes desde mi pelea con Kanon, y cada día percibía con más claridad la gravedad de lo que había hecho. Ir al comedor, al Coliseo, a los baños, incluso a otros Templos de la Calzada Zodiacal se había vuelto insoportable. Yo trataba de vivir con la cabeza en alto, pero sinceramente era muy difícil. Eso de que hasta los guardias te miraran mal era para romperse el cráneo contra las piedras. Y lo más difícil de digerir era que no sabía si había sido debido a mi pérdida de control/escupitajoinsulto a Kanon, o porque ya todo el mundo sabía que él y yo nos habíamos acostado.
Probablemente todo se sabía ya. En el Santuario no había secretos. Yo evitaba todo lo posible deambular fuera de Leo, porque no quería enfrentarme a las miradas y los comentarios. En una ocasión, incluso, escuché a una amazona diciéndole a un caballero, susurrando, que "si esa creía que eran tontos y no la iban a reconocer aún habiéndose cortado el pelo". Tampoco quería encontrarme a Algol de Perseus a solas, o estando rodeada de gente que yo sabía, no iba a apoyarme en caso de peligro. Las pocas veces que lo había visto, me había mirado con un odio que podría matarme, incluso sentí su desagradable cosmo encrespándose de rabia.
Pero sobre todo porque era una tortura enfrentarme a los demás Santos. Y es que al parecer, todos estaban enojados conmigo, excepto Aioria, Dohko, Aimeé y Eva. Y tal vez el Patriarca pero con él era muy complicado saber qué tan bien le caías.
Para pasar por Géminis era necesaria la presencia de Aioria. Kanon se limitaba a cerrar el laberinto sobre mí. Saga hacía lo mismo, pero se dedicaba a perseguirme y lanzarme comentarios maliciosos y preguntas incómodas. Aldebarán me miraba como si fuera un bicho indigno de habitar el Santuario de Athena. Al parecer Chloe de Cáncer había decidido llanamente ignorar mi existencia. Normalmente, Mu de Aries jamás había sido muy amistoso, pero ahora hasta le prohibía a Kiki hablarme y se enojaba por cosas sin sentido, como que "estaba haciendo mucho ruido" al pasar por su Casa. Hacia arriba la cosa no mejoraba. Shaka de Virgo parecía sumamente ofendido conmigo, y su rostro impasible me seguía, como si me mirara, desde que entraba hasta que salía de su Templo. Milo de Escorpio ahora sí me miraba de arriba abajo y hasta me había propuesto que saliera con él, huí antes de que tuviera tiempo de decirme a dónde. Shura y Camus, bueno, ni hablar.
Hasta Marin y June me ignoraban completamente cuando me veían. Y si sus alumnas me saludaban, la santa de Camaleón parecían enojarse. Juntarse conmigo era mala idea, estaba mal visto.
La oveja negra. Yo siempre había hecho lo que me daba la gana, estaba acostumbrada a cierta...repulsa a mi comportamiento; pero a fin de cuentas, siempre me salía con la mía, es decir, cumplía mis caprichos, contando con el amor de quienes me rodeaban. Pero esto, esto era terrible. Era ser una paria.
Era muy doloroso. Por ello, me había sumergido totalmente en el entrenamiento. Para mí no había descanso. Evitaba incluso dormir para no soñar, evitaba cualquier momento de quietud que me proporcionara tiempo de pensar en Kanon y volver a sentir la agonía. Porque era agonía lo que me agobiaba cuando volvía a mi mente, que me dejaba incapaz de razonar, de pensar. Me incapacitaba de llanto y una tristeza tan profunda que me quitaba hasta las fuerzas para vivir.
Y eso había tenido un efecto secundario. Aunque existiendo en automático, había progresado muchísimo. Por ello, el plan de entrenamiento de Aioria se había convertido en algo verdaderamente intenso. Había empezado aquella fase, tan temida por todos los aprendices de Santo de todos los tiempos, en la que debías obtener la habilidad de la cual se preciaban todos los defensores de Athena: una vez atacas a un Santo con una técnica, ya no le encontrarás desprevenido, porque sabrá exactamente de qué se trata. Y aquello demandaba ingentes cantidades de estudio teórico (lo cual agradecía, porque no tenía que salir de Leo). Física, electromagnetismo, conducción del calor y del frío, anatomía, morfología nerviosa y cerebral, técnicas de pelea de distintas artes marciales, con la ayuda del maestro Dohko, quien dominaba fluidamente una gran variedad de artes orientales; occidente lo aportaba Aioria con lecciones de pankration, pugilismo clásico y para mi sorpresa, Krav Magá israelí.
En mi horario, ahora, había cosas que incluso mi maestro no dominaba. Yo ya había aprendido algo de manejo dimensional –al menos como salvar mi trasero si me mandaban a otro plano- con Kanon, pero él y Saga estaban descartados de momento debido a su afición a encerrarme días enteros en Géminis. Así que Gran Gato en su omnisapiencia había decidido que yo debía aprender también a manipular cosas vivas, por el momento plantas –decía él, así aprendería a a usar mi cosmoenergía para sanar mis propias heridas y las de los demás-, y con su venia iba una vez a la semana al último templo de la Calzada a bombardear a preguntas a Afrodita de Piscis. Pero aparte de eso, ya había acudido, en un par de ocasiones, por su invitación e iniciativa, a tomar el té con él.
La primera vez, su invitación me había dejado lela. Yo estaba casi absolutamente segura de que ese gran honor no se lo había otorgado a nadie, jamás, durante su estancia en el Santuario de Athena. Era un hombre increíblemente solitario.
Se notaba que Afrodita no disfrutaba en lo absoluto de la enseñanza, pues no me enseñaba nada a menos que yo directamente le hiciera preguntas, y aún así, al parecer reflexionaba largo rato qué información darme. En la inmensa mayoría de los casos, sus respuestas no eran más largas que una sola oración críptica, que tenía que devanarme los sesos para entender y poder aplicar en mi aprendizaje, si es que les encontraba sentido. Otra cosa eran los ratos que compartía con él sin hablar. No era exactamente amigable, ni cómodo, pero era extrañamente agradable, porque Piscis era un lugar muy hermoso. Y el omnipresente olor a rosas era relajante. Y su compañía tampoco me disgustaba. A diferencia del resto del Santuario, el parecía no juzgarme, no tener una mala opinión sobre mí. Sólo curiosidad.
Me miraba sin empacho, sin vergüenza. Pero no de la manera en que un hombre mira a una mujer, era algo que en ocasiones me hacía reír, como si estuviera pensando qué color combinaría mejor con las cortinas. Evaluándome. Como si quisiera determinar qué clase de persona era yo.
-¿Por qué rosas, maestro?- le había preguntado una vez, mientras tijera en mano, le ayudaba a podar los brotes resecos que aún estaban pegados a las columnas. Habíamos tomado el té primero, una mezcla de jazmín, té verde y miel que me había gustado mucho. Se notaba que era de muy buena calidad…como todo lo que rodeaba al Santo de Piscis. Era un derrochador. ¿De dónde sacaba el dinero para trajes de lino finísimo confeccionados a medida, zapatos hechos a mano, relojes de oro, té traído de Sri Lanka? ¿Acaso a los Santos les pagaban? Tenía que preguntárselo a Aioria.
Afrodita, con su rostro fascinantemente andrógino sonriente, pero sin mirarme, contestó:
-Porque son hermosas, niña. Son perfectas. Me gusta rodearme de cosas perfectas, y lamentablemente, sólo lo que puedo cultivar resulta sin mácula.
-¿Tal vez por eso, es que prefiere rodearse de flores en vez de gente?-le pregunté, sin mala intención. Esta vez, si me miró. Se lo pensó un tiempo antes de responderme, casi se mordió los labios y al parpadear, sus largas pestañas batieron de manera femenina contra sus mejillas. Era fascinante y repelente al mismo tiempo. Era como ver una puesta en escena, algo que sabías que no era real, que allá en el fondo, cosas oscuras, peligrosas y feas acechaban, bajo la apariencia prístina y sumamente cuidada de su exterior.
-Exactamente. La inmensa mayoría de humanos…y la debilidad humana, me resultan tan repugnantes…
No pude evitar reírme. Si él supiera cómo me veía sin ropa, lo débil que era…Imaginé su cara arrugándose en una mueca de horror parecida a El Grito De Edvard Munch. De hecho empecé a reírme sola. Pero era una risa extraña, que tuve que parar a las malas para evitar que se convirtiera en sollozos.
Afrodita estaba mirándome con esos ojos fríos, helados, sus cuidadosamente perfiladas cejas combadas en una expresión de sarcástica preocupación.
-¿Qué es tan gracioso, niña?-preguntó, súbitamente serio. Me asusté un poco.
-Nada, Santo Afrodita. Sólo me preguntaba por qué me ha invitado a tomar el té, y por qué soporta mi compañía cuando vengo a preguntarle cosas. Sólo es eso.
Se le escapó una risita delicada que me heló la sangre.
-Podría podarte un poco…Eso me intriga…Pero creo que las plantas que crecen salvajes se estropean cuando intentas convertirlas en adornos de jardín.
Yo no le veía ni pies ni cabeza a esa respuesta. Luego recordé uno de los mitos de Afrodita, una diosa que al parecer admiraba tanto como para elegir su nombre –porque seguramente sus padres no le habían puesto así de a posta- tenía que ver con un héroe del que la diosa estaba enamorada, y moría, o estaba en problemas, y ella al correr a rescatarlo se había pinchado los pies con un arbusto de rosas blancas, que se habían teñido de rojo. Tal vez de ahí vendría su fijación con las rosas y la diosa y la belleza. Como estaba tan distraída, metí el dedo de la mano izquierda entre una hoja de la tijera y la otra y evidentemente, me corté. Maldije en voz alta e inmediatamente solté las tijeras y maldije para mis adentros mientras me llevaba el dedo a la boca. El sabor metálico y salado de la sangre me invadió mientras Afrodita me miraba impasible, como esperando a que algo sucediera.
-Lo siento, maestro. Me corté.- dije, con el dedo aún metido en la boca y el ceño fruncido.
-Si, niña, eso he visto. Qué curioso.- Se me acercó, literalmente me sacó el dedo de la boca, lo acercó a su cara y lo olió, luego con uno de sus dedos (largos y femeninos), quitó una gotita de sangre que aún salía del corte y la llevó a su boca. Me sonrojé y el dedo sangró un poco más. Pareció que la saboreara, buscando algo.-Qué buena suerte tienes.
Soltó mi mano. Atravesó el Hall de Piscis, que tenía una abertura en el techo convenientemente dispuesta para dejar pasar toda la luz del sol, y luego de un rato volvió con una curita para mi dedo. Lo consideré muy amable.
-¿Por qué dice que tengo suerte?-pregunté. Él sonrió malévolamente. Me asustó el cambio en su rostro hasta los tuétanos de mis huesos. Entre él y Deathmask de Cáncer se disputaban el primer lugar en mi top de santos perturbados.
-Porque mis rosas son venenosas. No tienes ni rastro de la toxina en tu sangre.
Tratando de no parecer muy obvia, me alejé un par de pasos del arbusto.
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-Aioria, de verdad, ¿para qué estamos haciendo esto, si Athena no nos deja usar armas?
Llevaba un rato intentando con todo mi empeño mover alrededor de mi cuerpo un set de nunchucks de madera y hierro, rápido y sin golpearme a mí misma, imitando los movimientos de mi maestro.
Dohko estaba sentado en una roca, cercano a nosotros. Dejó escapar una carcajada cuando me golpeé con el borde de uno de los chacos en la cabeza. Enrojecí de vergüenza. Mi propio pelo se me había metido en un ojo, lo cual me había desconcentrado, y por eso me había golpeado. Soplé con la boca verticalmente para quitarme el cabello de la frente, lo que no funcionó, porque estaba mojado por el sudor. Lo de cortármelo así no había sido buena idea y para mis adentros maldije a la vestal por haber elegido ese corte precisamente. No era para nada útil.
-Porque es posible, que si aspiras a los ropajes de Leo, algún día debas usarlos, con el permiso del Viejo Maestro aquí presente. El truco, Marah, está en practicar hasta que el cuerpo lo memorice. Cambiaremos de arma, ya veo que los nunchucks no son lo tuyo.
-Nada es lo mío, maestro. Ya intentamos con la espada, el arco, la jabalina, la lanza…-protesté, enumerando con los dedos cada una de las armas que habíamos sacado de la armería de los Santos en la mañana, y mirando hacia arriba mientras hacía memoria- el Guan Dao, un Jian, florete europeo, un xifos, un kopis…
-Dale un Labrys, Aioria. O el Shamsir, de una buena vez.-sugirió Dohko.-son las últimas que quedan.
Mi maestro lo miró, ceñudo. El shamsir, como Dohko lo llamaba, era una larga cimitarra árabe. El labris, una inmensa hacha griega de doble filo. Yo no sería capaz ni de levantarla del suelo. Aioria se había negado a darme la cimitarra, a pesar de que se la había pedido dando saltitos y todo, porque desde siempre me habían gustado mucho. Mi padrino, como correspondía a su estatus en la sociedad saudí, tenía una, y yo se la mendigaba para jugar de niña. Cuando no lo conseguía, me metía en su despacho en las madrugadas y jugaba con ella. Aioria me hizo un gesto con la cara señalando la cimitarra que descansaba sobre un paño rojo sobre el suelo. La tomé, sintiendo su peso ligerísimo. Sonreí. Quizá con esta no me fuera tan mal. Incluso alguna vez, Ahmed, uno de los trabajadores viejos de la gran casa a las afueras de Meddina, usando bastones, palos curvos que él mismo había cepillado, me había enseñado algunos golpes y pasos para usarla: y yo, jugando con Beder, el hijo mayor de mis padrinos, los había practicado mucho. Usando palos, claro, pero siguiendo las instrucciones de Ahmed. Había sido una de las pocas excepciones a mi normalmente muy sedentaria vida.
Saqué el arma de la vaina, observando deleitada el brillo del filo contra el sol naranjado del poniente. La hoja se curvaba mucho, era casi una media luna. Tomé posición de guardia inmediatamente. A mi maestro le brillaron los ojos. Tomó él una katana del paño, la sacó de su vaina y tomó posición también.
-¡Yallah, Mudarris!-lo incité a que me atacara. Él vino hacia mí, deflecté el golpe con un movimiento de mi muñeca. El filo casi curvo del arma actuó como esperaba, haciendo que la punta de la katana, debido al superior peso y fuerza de Aioria, sacara chispas contra una piedra sobre el suelo. Pasó varias veces. Aioria parecía no comprender por qué siempre sucedía, a pesar de que atacaba desde distintos ángulos. Se quedó quieto, esperando a que yo lo atacara. Cambié de mano la cimitarra, a la izquierda, y lancé un tajo horizontal que él paró con la katana. Con el filo interior. Puse la cimitarra plana, la deslicé sobre el filo de la katana hacia él y la cambié de mano. El lado del filo de mi shamsir paró justo al lado de su garganta. Sonreí, en victoria. Me alejé de él, y también sonrió. Aunque luego pareció confundido.
-¿No me habías dicho que no habías practicado ningún deporte antes, cuando empezamos tu entrenamiento hace dos años?-preguntó en tono de reclamo.
-Si tomas en cuenta que lo aprendí de un anciano, usando cimitarras de madera, y mi compañero era un niño de seis años…-empecé a explicarme.-pues no es gran cosa, sólo un juego…
-Pues te dio resultado, Mao.- dijo Dohko, desde su roca. Mao, me había dicho alguna vez, era Gato en chino. Muy conveniente. ¿Así de mucho era mi parecido a un gato, que en griego, finés, y chino, ese era mi sobrenombre, o sólo era por ser aprendiz de Leo? Recordé que yo a Aioria le decía Mégas Gatos, Gran Gato, en mi fuero interno. Dohko se bajó de un salto ágil de la roca-Me voy, muchachos. Tengo hambre.
Aioria y yo le hicimos una reverencia al Viejo Maestro y lo vimos alejarse a paso ligero. Luego nos miramos.
-Vamos a casa, Marah. El maestro tiene razón, es hora de descansar.-dijo el Gran Gato, metiendo la katana en su vaina. Yo metí el shamsir en la suya, y envolvimos las armas en el gran paño rojo en que las habíamos traído hasta un descampado algo alejado dentro de los terrenos del Santuario. Las palmas me sudaban de nervios. Afortunadamente ya estaba un poco tarde y todo el mundo estaría volviendo a sus cabañas o Casas para descansar.
Caminamos un largo trecho hasta las Armerías de los Santos, celosamente custodiadas por guardias bajo cadenas, candados y llave, y llenamos unos formularios para confirmar que habíamos entregado todas y cada una de las armas que habíamos pedido prestadas en la mañana en perfecto estado. Luego fuimos a Leo.
-Cuéntame bien lo del shamsir. ¿Es cierto que un anciano te enseñó lo que sabes?-me preguntó Aioria, seguramente para distraerme. Él sabía lo nerviosa que me ponía cuando andaba por ahí, así estuviera con él. Tenía que reconocer que a pesar de todo lo malo que había hecho, mi maestro no se avergonzaba de mí. Estaba siempre ahí, a mi lado. Apoyándome. Algo que le agradecería por el resto de mi existencia.
-Si, maestro. Un empleado de la casa de campo de mis padrinos, a las afueras de Meddina. Cuando llegué a Arabia Saudita pasé varios años en esa casa, con mi madrina, y los niños, pues Baba trabajaba muchísimo. Además pensaban que me haría mejor tener espacios abiertos y jardines y fuentes para mejorarme. Desde niña he sido tendiente a la melancolía. Mi padrino tenía una cimitarra hermosísima, con incrustaciones de oro y piedras preciosas en la empuñadura y grabados en árabe en la hoja. En las madrugadas jugaba con ella, cuando nadie me veía. Ahmed, así se llamaba el empleado, me encontró una noche. En vez de decirle a mi madrina, decidió que era buena idea darme algo con qué entretenerme…
Mientras le relataba, iba recordándolo todo. Los primeros años de profunda tristeza, los gritos, el mal humor. Tras la muerte de mi abuelo, les dí batalla a mis pobres padrinos, que desesperados, decidieron llevarme a la casa de campo, quizá el cambio de aire me ayudaría a calmarme y a la vez, interesarme en otras actividades. Al principio me la pasaba todos los días echada por ahí en cualquier rincón, mirando al infinito, pensando, estallando ante la menor provocación. Hasta que el anciano Ahmed me dio espadas de madera para jugar. Concentré en esos juegos toda mi agresión. Toda mi tristeza, mi rabia. Justo como ahora.
Sacudí la cabeza, no debía pensar en eso. Aioria se me había quedado mirando preocupado. Tenía los ojos aguados de nuevo, ¡maldición! ¿Por qué no se terminaba, este horror, esa fragilidad, el estar todo el tiempo con el corazón atorado en la garganta y las lágrimas listas para salir a la menor provocación?
¿Por qué simplemente no me desmayaba, o me dormía para siempre, para no sentir eso? Pero no, no podía ser así de sencillo. Tenía que sentirlo, tenía que estar ahí, presente, con ello dentro de mí. Dejar de percibir era un alivio que no merecía. La inconsciencia sólo sobreviene cuando el cuerpo está saturado de dolor.
Y yo no lo estaba, no estaba llena de nada. En mi interior sólo latía el vacío, en vez de un corazón.
-¿Qué pasó con ellos?-preguntó Aioria con suavidad, para darme algo de qué hablar y sacarme del mutismo. Me sequé las lágrimas.- ¿Con el anciano y el niño con el que aprendiste?
-Nada, siguen vivos y bien. Hoy va a hacer una bonita noche, ¿no?-contesté cambiando de tema súbitamente. Sonreí, una sonrisa falsa y estúpida. -¿Vamos a Leo, si? Me muero de hambre…
Aioria suspiró. Le molestaba que cuando me ponía así, rápidamente deflectaba sus preguntas. En todo este mes no había hablado de mí misma con él, no lo había buscado para nada, excepto para el entrenamiento. De hecho casi ni había hablado con Aimeé, o con Eva, porque ellas también estaban en lo suyo, ocupadas en su entrenamiento. Seguimos caminando mientras el cielo se ponía, progresivamente, cada vez más negro sobre nosotros. Las estrellas comenzaron a aparecer, casi una a una, como si alguien las estuviera encendiendo.
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-Así que te has dedicado a Athena.-dijo una voz masculina, en la oscuridad. Al parecer un foco de luz cenital sólo me iluminaba a mi, porque podía ver mi cuerpo, pero no mas allá. Yo vestía una túnica de seda con bordados azules, como las de las doncellas del Patriarca
-Si.-contesté, desafiante.-Es la razón de mi existencia.
A unos metros de mí, otra luz proveniente de la nada iluminó una vasija de arcilla roja, decorada con dibujos amarillos que reproducían a una serpiente iluminada por el sol. La vasija tenía una tapa y un sello. En el sello, de papel, estaba escrito en koiné antiguo ATHENA. Escuché una musical risa masculina. Un rasgueo de arpa.
-Ven a mí, Marah, y no sólo serás una de tantos. Serás mis ojos y mi boca. Cumple con la promesa que tus ancestras han cumplido, cumple tu servicio conmigo. Paga la deuda que tu familia me debe. Entrégate.
-¿Y si no lo hago, qué?-contesté. Ya sabía de quién era esa voz. Esa risa. Empecé a temblar.
-Te mataré.-contestó la voz.
-Puede hacerlo, Lord Apolo.-contesté. -Su deuda era con la familia de mi madre, no conmigo. No tengo por qué pagarla y además he dedicado mi vida a Athena.
La luz del sol, dorada y cálida, lo iluminó todo. Alcé la mirada y me encontré con el rostro del dios envuelto en luz, su túnica blanca y amarilla. Su resplandor cegador. Sus manos inmensas me tomaron por el cuello, quemándome. Era como si el sol mismo se hubiera enredado en mi cuello. Grité y me debatí, y la quemazón se convirtió en una sensación fría, lisa, seca, de algo pesado y grande. El sol se había convertido en una inmensa serpiente pitón enredada sobre mis hombros. Su cara a centímetros de la mía, su lengua bífida azotándome la cara…
Me senté derecha, gimiendo en voz alta, frenética, quitándome con las manos algo que aún sentía en el cuello. Me fui calmando de a poco, hiperventilando primero y luego forzándome a mí misma a respirar normalmente. Me había quedado dormida, no sabía ni cómo, sobre los libros de física que había estado estudiando. Aioria abrió la puerta del cuarto, vestido con su pantalón de pijama y sin camisa. Agnés también vino, con su camisón de dormir y el pelo suelto, más largo de lo que yo creía que era, llevando en las manos un pequeño candelabro con una vela encendida.
-Siento mucho haberlos despertado, por favor, vuelvan a dormir.-les dije, con la voz quebrada.-estoy bien.
-No, no estás bien, Marah. Alguien que está bien no grita así.-me espetó Agnés, enojada de lo asustada que estaba.
Me quité el pelo de la cara, empapada de sudor. Me volteé en el banquito. Me temblaban mucho las piernas y las manos, pero aún así me levanté y me senté en la cama. Las cortinas se habían quedado abiertas. La luna en cuarto creciente me indicó que sólo habían pasado, quizá, unas dos horas desde que me había dormido, y ya casi amanecería.
-No, por favor. Estén tranquilos, se los suplico, vuelvan a dormir. Estaré bien.
Mi maestro y la vestal de Leo se miraron, comunicándose algo de cosmo a cosmo. Rodé los ojos, odiaba cuando no me incluían en la conversación. Parecieron llegar a un acuerdo.
-Mañana tienes todo el día libre, Marah.-sentenció Aioria. Mi cara se descompuso de terror.
-¡No, no! ¡Por favor! ¡No! Necesito estar ocupada, haré lo que sea…, Ocúpame en algo, Aioria, Agnés, por favor, pero no me dejen así…-rogué a la desesperada. Agnés suspiró.
-Mañana no harás nada relacionado a tu entrenamiento, no leerás, no estudiarás, no harás siquiera los ejercicios básicos diarios. Lo que tú necesitas es descansar un poco.-me espetó Aioria. Me enojé, él no podía obligarme.
-¿Ah, sí? ¿Cómo evitarán que lo haga?
Aioria y Agnés me sonrieron amenazadoramente. Yo sabía que podían obligarme. Mi maestro podía tocar mis puntos estrellados y dejarme inconsciente todo el día; Agnés podía fácilmente deslizar algún polvo en mi bebida y dejarme k.o quién sabe cuánto tiempo. Me tomé la cabeza con las manos con exasperación.
-Fine, you win.-gruñí, casi mostrándoles los dientes, muy enojada. Luego señalé con suma descortesía hacia la puerta- Out of my room. Now.
-Me lo agradecerás después, pais. –suspiró Aioria con algo de impaciencia. Él y la vestal se fueron, cerrando la puerta tras de ellos.
Perfecto. Tendría todo un día para pensar en esa horrible pesadilla y todas las cosas espantosas que me rondaban en la cabeza, acechándome, esperando a que bajara la guardia. Me tiré en la cama boca arriba. Con un nudo en la garganta, sentí la ausencia de Kanon en mi vida más que nunca. Necesitaba un abrazo suyo y sentir de nuevo su olor como necesitaba el aire para respirar.
Me sentía patética, enojada conmigo misma por mi debilidad y mi estupidez, y en cierta forma, en el fondo de mí, sabía que me lo merecía. Había cierto regodeo masoquista en mi tristeza, la vocecita en mi interior, que era la voz de la prudencia y que yo asociaba por alguna razón a Aimeé, se reía diciéndome "te lo dije", y "te lo mereces".
"Me lo merezco, me merezco todo esto que me está pasando, por estúpida. No puedo seguir negándolo." Pensé, apesadumbrada. Una vez una lágrima salió, todas se salieron. No podía parar, y tampoco quería. Como tantas otras veces, lloré hasta dormirme, repitiéndome a mí misma, "me lo merezco", e "idiota", una y otra vez.
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-Venga, ¡arriba!-la voz de Eva se sentía muy lejos. Moví la cabeza para sacudirme los sueños en que Kanon de Géminis me decía que me odiaba y me dejaba sola, encerrada en Cabo Sounion, ahogándome en agua salada.-Ugh, chica, tienes los ojos hechos un desastre…
Me tapé la cara con la almohada. Ella me la quitó, y me jaló de los tirantes de mi camiseta, para sentarme. Me dejé hacer, como si no tuviera huesos ni fuerza. Parpadeé un par de veces ante la brillante luz. Luego la observé.
Tenía un vestido veraniego de algodón color verde oliva puesto, y llevaba en bandolera un bolsito de cuero. Parecía una chica normal, una turista. Cuando se agachó sobre la mesita de noche para empapar una toalla de agua de la jarra para lavarme la cara, noté que anudados a su cuello estaban los tirantes de un vestido de baño. Eva me lavó bruscamente el rostro, luego me dejó la toalla fría sobre los ojos mientras escuchaba cómo sacaba cosas de mi armario.
-Joder, Marah, ¿no tienes vestidos de baño? ¿O vestidos frescos? Todo lo que veo son pantalones y camisas de manga larga y…¡ah! ¡Qué bonito! ¿Por qué nunca te he visto éste puesto?
Me quité la toallita de los ojos para ver a qué se refería. ¡Maldita sea! Eva había encontrado el vestido que Kanon me había regalado. Yo lo había metido en lo más hondo del clóset y me había olvidado por completo de él. Lo dejó sobre la silla del escritorio y me agarró por un brazo para llevarme al baño. De camino, nos cruzamos con Aioria, a quien observé con algo de rabia. Seguramente él había tramado aquella encerrona.
Tras bañarme, me vestí, poniéndome el vestido que me había regalado él, y que aún tenía trazas de su aroma. Me quedaba perfecto. Era un peplo de mangas hasta los codos, largo hasta debajo de las rodillas, primorosamente bordado en hilo blanco, de un material fresco, que no supe si era algodón o lino. Me puse unas sandalias, resignada, y la seguí muy alicaída hasta Tauro, donde Aimeé se unió a nosotras. No lo entendía. Era miércoles. Nunca nos habrían dado permiso para salir, y menos vestidas como chicas normales, a mitad de semana. La taurina tenía un vestido azul largo hasta los tobillos, muy vaporoso, un sombrero de paja y unos lentes de sol.
Aimeé no me habló. Se limitó a mirar con expresión de dolor mis ojos aún hinchados, y me tomó de la mano. Así, con un el brazo derecho de Eva alrededor de mi espalda, y la mano izquierda de Aimeé tomando mi derecha, abandonamos el Santuario, dirigiéndonos hacia las playas cercanas al Santuario, alejándonos de Cabo Sounión, y cada vez más adentrándonos hacia lo que yo pensaba, era el camino hacia Atenas.
Al final llegamos a un sitio que ni por error seria usado como lugar de entrenamiento por gente del Santuario, pues estábamos muy lejos, y había, cómo no, turistas. Quise reírme histéricamente. Habían decidido traerme a darme un baño delante de otras personas. Quise golpearlas. Igual yo no me metería al agua.
Me senté en la arena, sobre una gran sábana, bajo la sombrilla que Aimeé había traido. Eva fue la primera en tirar a la sábana su vestido y correr a zambullirse en la clarísima agua del Egeo, con el entusiasmo de una niña pequeña. El sol caía a pique sobre nosotras, Aimeé y yo, refugiadas bajo la sombrilla.
Era un día hermoso. Una oportunidad de oro. Pero yo no lograba disfrutarlo. Me sudaban las manos de ansiedad, como si tuviera algo de vida o muerte pendiente y estuviera atrasándolo.
-¿Marah?-La voz de Aimeé vino de muy lejos.- ¿podrías ponerme crema en la espalda por favor? Lo haría yo, pero no alcanzo.
Se había quitado el vestido. Su bañador era de color negro y de una pieza, mucho más conservador que el de Eva, rojo magenta, de dos piezas. Tomé de las manos de la finlandesa un potecito de bloqueador y procedí a untárselo en la espalda y parte superior de los brazos, sin pensar mucho. Luego ella misma se lo terminó de aplicar en el resto del cuerpo. Debía ser muy cuidadosa con su piel, que era demasiado blanca. Eva, chorreando agua por todos lados, vino a que le pusiéramos crema también. Mirándome con maldad, Aimeé dejó la cara de Eva como si fuera la de un mimo. Empecé a reírme. Aimeé también. Eva nos preguntaba qué era tan gracioso, haciendo caras que acentuaban aún más el parecido.
Nos tiró arena a las dos a la cara, que nos entró en la boca, mientras estábamos en plena carcajada. Nos pusimos en pie y la perseguimos hasta el agua, donde Aimeé y ella se zambulleron para seguir su pelea lanzándose agua en vez de arena. Me quedé con el agua hasta los tobillos, mirándolas, sobre mi cabeza el sombrero de Aimeé. Fui vagamente consciente de la forma en que los turistas miraban a mis amigas: eran muy hermosas. Aimeé era más alta y de miembros más largos y gráciles. Eva tenía cada curva donde debía estar. Sentí algo de envidia. ¿Qué se sentiría, ser así de bella? me pregunté. Volví bajo la sombrilla. Había traído un libro, no estaba haciendo trampa. No era estudio, era literatura. No supe cuándo me dormí. Sólo supe cuándo desperté. En el agua, con toda la ropa mojada, y Eva y Aimeé al parecer estaban a punto de tener un derrame cerebral de risa. Salí del agua, sin fuerzas ni siquiera para enojarme. Caminé hacia la orilla alicaída, me limpié los pies y me puse las sandalias, dispuesta a iniciar el camino de vuelta hacia el Santuario sola y empapada.
-¿A dónde vas?-gritó Eva, desconcertada.
-A casa. Quiero ponerme ropa seca.-le espeté, sin mirarla, y seguí caminando.
-Marah, ¡espera!-gritó a su vez Aimeé por sobre el sonido de las olas. No tenía caso, no quería quedarme allí, aunque apreciaba sus buenas intenciones. Tras un rato de caminata, al final me alcanzaron, medio vestidas y con arena en todas partes.
-¿Estás enojada con nosotras?-preguntó Eva. La miré. Ella parecía ansiosa.
-No.-y lo dije en serio, no estaba enojada. No sentía nada, de hecho. Sólo quería irme a casa.-No estoy enojada con ustedes.
La taurina y la sagitariana se miraron preocupadas. Era una expresión compartida que interpreté como "Oh no, es peor de lo que pensamos". Les dí la espalda de nuevo, resuelta a ignorarlas hasta que me dejaran en paz.
-¡Pelea! ¿Por qué no peleas, quién eres? La Marah que yo conozco nos habría arrancado la piel a tiras a las dos por haberla lanzado al agua con ropa puesta.-me espetó Aimeé. Me lo hubiera esperado de Eva, pero nunca, jamás, de la comedida, callada y prudente nórdica. Me volteé y esperé a que llegaran cerca a donde yo estaba. La rubia me observaba con verdadera rabia, como si estuviera desesperada.
-Estoy cansada de pelear. Estoy cansada de sentir. Ya no quiero sentir nada más. Quiero ir a casa. Lo siento mucho, agradezco su amabilidad y sus buenas intenciones al traerme aquí.
Y sin más, me alejé de ellas, que se quedaron allí, de pie. No volví la mirada una sola vez atrás y no supe a dónde se dirigieron después. Por mi parte, regresé lo más sigilosamente que pude a Leo. Lo bueno es que estaba haciendo tanto calor que cuando llegué al Santuario desde aquella playa, mi ropa y mi pelo ya estaban secos. Me introduje en la Quinta Casa con sigilo hasta el patio de ropas de la parte interna del Templo y me escondí detrás de una columna y unas vasijas inmensas de barro que contenían agua lluvia. Me hice un ovillito en el suelo y volví a dormirme, confortada por el familiar olor de aquel patio y la sombra bajo la que estaba, además del sonidito que hacía el gran árbol de buganvilla de flores anaranjadas que se retorcía sobre el frontón del techo. Si, esa sería una maravillosa idea. Dormir aquél día espantoso completo, hasta que se acabara. Ya me las vería luego con el cansancio y el hormigueo por la deprivación de sueño en los siguientes días; no me importaba.
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Abrí los ojos asustada. Pensé que alguien me había tocado la cara. Ya se había hecho de noche. Entonces me di cuenta que había un hombre alto observándome. Parpadeé para aclarar mi vista. Kanon de Géminis estaba de pie, recostado contra la misma columna y con los brazos cruzados sobre el pecho, a unos cincuenta centímetros de mí. Casi se me sale el corazón del pecho.
-Al fin despertaste, niña.-dijo. Me sonrojé profusamente y me apresuré a limpiarme las comisuras de la boca con el dorso de la mano, por si tenía baba, y a alisarme un poco el cabello alborotado con las manos antes de sentarme. No me lo había lavado con agua dulce después de aquel chapuzón en el mar y seguro la sal lo había puesto horrible. Kanon me miró de arriba a abajo, desde su alta posición. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Porqué estaba hablándome? Aquello no me olía para nada bien. ¿Sería una pesadilla más? Decidí que lo mejor que podía hacer era abandonar el lugar, poner distancia entre él y yo.
-Disculpe.-contesté, poniéndome en pie y haciéndole una ligera reverencia con la cabeza. Antes de que pudiera darme la vuelta, me tomó del brazo, casi haciéndome daño.
-¿Recuerdas que te dije que jamás debías huir?-murmuró. En sus ojos había rabia.
-Sí, lo recuerdo. –dije, tratando inútilmente de soltarme de su agarre. Respiré hondo y lo encaré. Encendí mi cosmo súbita y agresivamente-¿Qué desea de mí, Santo Kanon de Géminis?
Kanon sonrió avieso, con esas sonrisas duras y sensuales que él era tan fanático de exhibir cuando quería intimidar o devastar. Le respondí sonriendo con tenacidad. Dos bestias mostrándose los dientes. Soltó mi brazo y se dio la vuelta, dio tres pasos…y antes de que pudiera controlarme, como siempre, hablé.
-Por favor, no te vayas.-dije, con la voz más clara que pude.-Necesitamos hablar.
Me habló sin voltearse. Noté que estaba algo más delgado que de costumbre. Debía estar pasándola muy mal. Yo conocía lo difícil que era para él calmarse una vez se enojaba, y este ultimo mes debió haber sido para él una montaña rusa de enojo en enojo. O eso pensaba yo.
-Siempre que me pides que me quede, pasan cosas de las cuales quizá nos podamos arrepentir.-se dio la vuelta, sin embargo, y se acercó de nuevo a mí; no lo suficiente, sin embargo, como para que pudiera lanzarme a sus brazos. Asentí, comprendiendo.
-Será breve, Kanon. Lo siento mucho. Ya lo sabes. Perdí el control y sé que…lo que…Ya sabes, pasó, jamás pasará de nuevo entre nosotros. No me lo merezco, de todos modos.-me disculpé, aturullada.-No me arrepiento de lo que vivimos, a pesar de que te lo expresé así. Estaba muy mal…Sólo me arrepiento de no haber hablado contigo primero, antes de extraer conclusiones apresuradas.
Kanon cerró los ojos, su rostro convertido en una máscara, mientras le hablaba. Me observó de nuevo, cuidadosamente, sus ojos verdes más fríos que nunca. Su expresión cambió por unos instantes. Se apesadumbró, se volvió humana, real. El rostro que yo conocía. No el del guerrero, no el de Dragón del Mar o Kanon de Géminis. El suyo. El mío. El del hombre que alguna vez me había amado y al que yo había herido de muerte.
-Siento haberte insultado, y golpeado, Marah. En mi caso, lamento no habértelo contado todo desde el principio, no haber tenido el valor para hacerlo. Temía que te alejaras de mí; e igual sucedió. A veces las cosas que más evitamos terminan cobrándonos esa indiferencia. Por cierto, feliz cumpleaños.
Sacó de su bolsillo un paquetito pequeño mal envuelto y me lo lanzó. Lo atrapé al vuelo. Había olvidado completamente que hoy era mi cumpleaños número dieciocho. Ahora todo tenía sentido, el día libre que me había otorgado Aioria y el paseo malogrado con las chicas a la playa. Sus maestros les habían dado permiso, y yo me había portado fatal, como siempre. Añadí más culpa al peso que me aplastaba el pecho ya.
-Se lo agradezco mucho, Santo Kanon.-contesté, sin saber cómo interpretar la situación. El solo cerró los ojos y sonrió con esa sonrisa de medio lado que yo adoraba y odiaba.
-No es gran cosa, niña. Lo había comprado cuando compré el peplo, esperando darte hoy ambas cosas. –me miró, y sonrió, aunque volvía a ser la sonrisa dura y cruel que era su máscara-Por cierto, el pelo corto te sienta bien.
Me dio la espalda y entró al Hall de Leo por la pequeña puerta lateral. Olía a carne asada. Abrí el paquetito. Allí, primorosamente elaborados, estaban unos aretes y un collar de oro con pequeñas piedras de ágate naranja incrustadas. Debió haberle costado un ojo de la cara. Sonreí con pesar por lo que le había hecho. Y seguía sin saber como interpretarlo todo.
Al entrar al Hall de Leo, Aimeé y Eva me tomaron de la mano y me llevaron casi arrastrada y con los ojos tapados a la cocina, donde estaban Marin, Aioria, June, Kiki y sorpresivamente, Kanon, sentados alrededor de la mesa. Allí, una botella de vino, un pastel con una velita y en el mesón de la cocina, reposaban varias bandejas de carne recién asada y verduras cortadas. Me habían hecho una pequeña fiesta. Sonreí con los ojos aguados de inmensa gratitud. Noté como Aioria miraba a Kanon como advirtiéndole algo, así que supuse que él lo había invitado. A Aioria ya le había contado cómo me había equivocado con él y lo que había sucedido.
-¡Feliz cumpleaños!-dijeron todos al unísono.
-Se los agradezco muchísimo a todos. Muchas gracias. No merezco todo esto.
-Claro que sí, Marah-san, no seas tonta.-dijo Marin. June y Aimeé asintieron.-Además el de la idea fue Aioria.
-Muchas gracias, Gran Gato.-dije. La sonrisa de Aioria se desvaneció con suma rapidez. Kanon lo miró, con la cara congestionada de risa.
-¿Gran Gato? ¡Jajajajajaja!-se burló Kanon.
-No te burles que para ti también hay, Ex Foca Marina.-dije yo. Fue el turno de Aioria para reírse. Kanon me miró con rabia y risa.
-¡EX FOCA!-casi gritó June, con los ojos aguados de risa. Marin, muy a su estilo, se reía tapándose la boca. Aimeé le daba pequeños puños a la mesa con una mano mientras que con la otra intentaba que sus carcajadas no se oyeran demasiado. Eva estaba derrengada sobre su silla, riéndose a carcajada limpia. Kiki daba vueltas en el suelo, carcajeando a todo pulmón.
-Bueno, bueno. Ya. Que la muchacha pida un deseo.-dijo Kanon para salir del apuro. Todos intentaron hacer silencio. Kiki seguía riéndose.
Miré la llamita de la vela. Deseé con todas mis fuerzas que Kanon me perdonara, que Athena me acogiera dentro de la Orden y que Apolo me dejara en paz. Soplé y la llamita se esfumó. Aunque luego pensé que esas cosas no eran tan importantes, después de todo, ahí estaban todos ellos, expresándome su apoyo. Su alegría de que siguiera viva un año más.
Kanon, que estaba sentado a mi lado, tomó mi mano izquierda y entrelazó sus dedos con los míos.
Bueno, al menos uno de los deseos parecía que iba a cumplirse.
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Traducción de la carta de Marah:
Kanon,
Lo siento. Me faltan las palabras para expresar lo mucho que pesa sobre mi alma el haber cometido tan grande error, tan atroz falta. Debí haberte hablado primero, sin apresurarme a conclusiones estúpidas, sin apresurarme a creerte un traidor para conmigo y para con Athena, y el asesino de mi familia. Lamento profundamente que hayas tenido que soportar una humillación pública de mi parte, así que trato, con este gesto, de quedar a mano contigo. Puedes decirle al mundo que me has domado, si lo deseas. Mi orgullo siempre te pertenecerá.
Y mi alma con él. Mis sinceras disculpas, para ti, a quien he tratado de manera tan espantosa.
Marah.
-Kata ton daimonia eaytoy:(griego) no literal, "cada uno con sus demonios". Aunque puede interpretarse de muchas formas.
