XV
PRAYERS FOR RAIN.
Había dado vueltas, toda la noche, incapaz de dormir. El calor era insoportable. A pesar de que toda mi vida había vivido en lugares calurosos, esto alcanzaba cotas insospechadas. Agnés, que creía en los augurios como un viejo soldado y pensaba que todo lo que sucedía eran señales, se la pasaba desgranando rosarios de cuentas azules entre sus dedos, pidiendo la clemencia de los dioses y colgando cosas hechas de bolitas de vidrio en los rincones de Leo, incluso en las muñecas de Aioria y las mías, para alejar el mal de ojo: evidentemente pensaba que aquel calor desacostumbrado provenía de algún influjo maligno. Ciertamente a Aioria le preocupaba. A mí, no mucho. Me preocupaba más que cada entrenamiento bajo ese sol atroz me dejaba molida y con la piel achicharrada. Ya se estaba terminando agosto, se suponía que el verano estaba terminando, y nada que ese calor se iba.
Las sábanas se pegaban a mi cuerpo por el sudor. Sólo al intentar moverme para levantarme y abrir las ventanas, sentí el terrible dolor que me invadió todos los músculos, hasta muchos que ni sabía que tenía, en especial en los hombros y los brazos. Al levantarme de la cama mi columna traqueó de manera espeluznante. Moviéndome despacio para evitar el dolor, me acerqué a la ventana y la abrí. No había brisa. Achacosa, como una ancianita, me acerqué a mi mesita de noche y me serví un vaso de agua de la jarra de cerámica. Lo tomé y lo escupí casi entero porque el agua estaba tibia y babosa. Suspiré resignada a lo inevitable y empecé a estirarme y casi a gritar cuando mis huesos empezaron a ponerse en el lugar correcto. Definitivamente Aioria había tomado en serio mi petición de convertirme en una Santa de Athena o matarme en el intento.
Abandoné mi habitación, crucé de puntillas el Hall y entré en la cocina. Me abastecí de agua, pan, aceitunas, uvas pasas y un par de tiras de carne seca y tras abrir con una mano sosteniendo precariamente con la otra el fruto de mi robo, me escabullí por el inmenso portón frontal de Leo hacia las escaleras que llevaban a Cáncer. Me senté allí, en el pórtico de Leo, a comer y a disfrutar de la poca brisa y de la inmensa luna de agosto que brillaba en el cielo llena de presagios.
-Mañana tendrás que ir al mercado para reponer eso, ¿sabes?-dijo la voz de Aioria detrás de mí. Prácticamente salté y me aferré a una de las columnas, mientras esperaba a que mi sangre volviera a subir desde mis piernas hacia mi cerebro. Me había dado un susto de muerte.
-Ni que comiera tanto, maestro.-le contesté todavía algo alterada. Me bajé de la columna y me volví a sentar en el suelo. Aioria se quedó de pie, a mi lado, contemplando la inmensa luna que lo bañaba todo en una luz amarillenta. Seguramente él tampoco podía dormir. Aioria no era de quejarse nunca de nada, pero tenía el pelo echado para atrás, estaba sin camisa, con un pantalón hasta las rodillas, y con el torso cubierto de sudor. Se estaba muriendo de bochorno, igual que yo. Que estuviera allí quería decir que no era capaz de dormir.
-De todos modos, tendrás que ir al mercado. Ten. Hoy me entregaron esto, es para ti.
Me entregó tres sobres sellados. Cuando miré los nombres salté de felicidad. Uno era de Mohammed. Otro, de Samira. Y otro, de Beder, Amin y Amina. Mi familia adoptiva de Arabia Saudita. Por fin me habían respondido. Aioria se sentó a mi lado mientras destapaba los sobres y comenzaba a leer, comiéndose las aceitunas y las uvas pasas sin que yo me diera cuenta.
Mohammed me hablaba de su trabajo, me daba fuerzas para seguir en el camino que había elegido con honor y de la fuerza del compromiso al que había llegado con mi abuelo para criarme y ayudarme. Sentí una punzada de angustia cuando leí algunas asuras del Corán que había extraído para mí y me conminaba a no olvidar la fé en que me había educado. Hafsa me había llamado el día que llegué a su casa, porque así se llamaba una de las esposas del profeta reconocida por su inteligencia, buena memoria, elegancia y fiereza. Hafsa, leona, en árabe.
Samira me hablaba de la casa, de las amistades en común, los matrimonios, los chismes. De cómo me extrañaba y de que ya no parecía yo al escribir. Que jamás habría creído que la mimada que siempre había sido ahora fuera una mujer centrada y disciplinada y que los Santos de Athena debían darle la receta. Me estremecí pensando en Amina o en Amin siendo entrenados como los niños del Santuario. Sin duda no se lo deseaba a nadie. Me escribía sobre cómo me extrañaba. Yo también la extrañaba a ella, a la única madre que había conocido.
Los niños me escribían sobre la escuela. Beder, el mayor, que ahora tendría once años, siempre había sido muy callado, parco, y que imaginaba que cuando fuera mayorcito sería el tipo de hombre que arrasaría con los corazones femeninos, sólo me dedicó unas cuantas y pulcras líneas de caligrafía árabe en las que me decía que me extrañaba y que volviera pronto. Amín y Amina, los mellizos, que tendrían unos cinco años, escribían ambos con letras tambaleantes e inmensas sus aventuras en la escuela, que volviera pronto y me adjuntaron un dibujo en que una muñeca de palitos con cara y manos redondas, de ojos azules y pelo castaño, jugaba con dos muñequitos idénticos de pelo y ojos negros y uno más grande que representaba a Beder. Casi llorando, le mostré el dibujo a Aioria, que lo miró enternecido.
-No sabes el tesoro que es tener a alguien afuera.- me dijo.-en especial a alguien que te quiere tanto. La mayoría de nosotros nunca conoció eso.
Miré sintiéndome culpable los dibujos y las cartas y me mordí el labio, intentando que aquella pregunta no saliera de mi boca. Quise golpearme la cabeza contra el piso cuando me di cuenta que la pregunta se había salido sola.
-¿Nunca conociste a tus padres, Aioria? ¿A nadie de tu familia?
Aioria me sonrió, melancólico. Luego miró hacia la luna.
-No, a nadie, excepto a Aioros. Él lo fue todo. Mi padre, mi madre. Mi hermano. Cada día que pasa lo extraño aún más. Pero aquí te tengo a ti, que eres como una hermana pequeña y fastidiosa… a Marin- se sonrojó profusamente, fue la primera vez que ví a Aioria sonrojarse y me pareció increíblemente tierno-, a Aldebarán, a Milo, a Mu. A todos. Y a Athena. ¿Qué más podría pedir? Hablando de tener a alguien… ¿has vuelto a hablar con el idiota de Kanon?
Ahora fue mi turno de sonrojarme.
-No, al menos no desde hace dos semanas y sólo me saludó.-refunfuñé, molesta. Aioria se rió, divertido.-El día de tu cumpleaños.
Recordé con algo de risa el cumpleaños de Aioria, una semana después del mío. Había sido una locura, una parranda que por obra de Milo de Escorpio, había molestado hasta a Shaka de Virgo en su Casa. Mucha gente había asistido, incluidos los cinco Santos de Bronce. Y duró hasta el amanecer. Aún me sorprendía toda la gente que apreciaba a mi maestro. Yo le había regalado un kit de afeitado nuevo, con su respectiva brocha, recipiente, navaja y tira de cuero para afilarla, todo en una cajita de madera de sándalo. A él no le gustaba dejarse barba, a pesar de que yo opinaba que se le vería increíble, y se lo había dicho varias veces. Marin me miró con gesto de aprobación cuando Aioria desenvolvió mi regalo, y supe entonces porqué se rasuraba con tanto esmero: para ella. Suspiré, melancólica. Envidiaba un poco el amor a prueba de balas que se tenían el Águila y el León.
-A veces eres tan torpe, Marah. Si perdonó a Saga por haberlo encerrado, no creo que a ti no te perdone haberte confundido y haberle insultado…Si le pides perdón. ¿Lo has intentado?
Quise pegarle a Aioria. Me enfadé. Ya le había pedido perdón mil veces y de todas las maneras posibles, ¡hasta me había cortado el pelo! Kanon era un hombre increíblemente orgulloso, jamás me perdonaría. Decidí cambiar ese escabroso tema de conversación.
-Mira quien habla.-le contesté, afilándome.- el que se demoró años para decirle a Marin que la amaba.
-¡Hey, así no se vale!-se defendió mi maestro, lanzándome pasitas a la cara. Yo le tiré más pasas. Así iniciamos una guerra de comida que culminó cuando le lancé el vaso entero de agua a la cara. Hizo amague de levantarse, muy serio, y retrocedí, recordando con dolor cómo me había dejado el trasero chamuscado a punta de palmadas la última vez que había hecho algo así. Me despeinó el pelo bastante bruscamente. Empezamos a reírnos. El calor se estaba volviendo casi insoportable y creo que él agradeció que le hubiera tirado el agua encima.
-¿Por qué será que no llueve?-me pregunté en voz alta.
Aioria se levantó del suelo y se sacudió el polvo de la ropa. Volvió a revolcarme el pelo.
-Todo sucede cuándo y cómo debe, pequeñaja. Disfrutemos del calor, luego nos ocuparemos del invierno.-me contestó él misteriosamente.-Me voy a dormir, la lista de las compras y el dinero están sobre la mesa de la cocina. Agnés dice que quiere…
-Que quiere su harina temprano para el pan.-terminé yo, un poco cansina.-Y que sea de la tienda de Hermolao en Kamalákion.
Aioria sonrió. Los dioses prohibieran que trajera las compras de las tiendas inadecuadas. Agnés era una mujer de ideas fijas. Como mi maestro, y como yo. A veces me preguntaba cuál era la utilidad de tener una vestal del mismo signo del caballero. ¿Sería para evitar que se fijaran románticamente en el otro? Mi maestro se fue, y yo me quedé allí, entre un reguero de pasitas y olivas que tendría que limpiar.
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No dormí mucho, pero ya estaba acostumbrada a funcionar en estado de deprivación de sueño. En algunas ocasiones mi estado de duermevela permanente hacía de mi aburrida rutina existencial un lugar mágico. Al amanecer me había dirigido a Kamalákion, viendo como el sol iluminaba paulatinamente todo, como si tocara las cosas con su luz y éstas explotaran en chispas, como si el mundo volviera a la vida chisporroteando de alegría. Me reí a ratos durante el camino, pensando qué tan mal debía estar, que la luz me producía aquel estado de euforia. Como si fuera cualquier adicta vagando drogada por las calles.
Lo maravilloso de los pueblitos alrededor del Santuario era que pasaba desapercibida. Sus habitantes ya estaban en plena actividad, cuando llegué. Hice mis compras con relativa tranquilidad. Aunque los aldeanos no tenían una clara idea de quién era yo, sabían que era una aprendiz del Santuario, o tal vez una amazona. Y me sonreían, me regalaban cosas, una bolsita de pasas, una flor, un tarro de sal. Me llamaban "Despoína", es decir, "Señora", con un respeto que se me hacía extraño después de la campaña de desprecio en contra mía que se había instaurado en el Santuario.
Tenía casi todo lo de la lista, excepto un cordero que tendría que llevar hasta Leo. Aún me debatía cómo era mejor, si vivo, o muerto, o muerto y despresado. Me dirigía hacia Athene por un camino más bien solitario, rodeado de grandes cipreses. Tuve la impresión de que era observada, los vellos de la nuca se me erizaron, incluso, pero volteé en varias ocasiones y nunca había nadie detrás de mí. Cuando estaba a punto de llegar a Athene, donde iba a comprar el cordero, que decidí que llevaría muerto y desangrado a Leo, al fin mi acosador se reveló a sí mismo.
-Salaam aleikum.-dijo una voz masculina, áspera. Cerré los ojos con fastidio infinito. Suspiré. Esto sería para problemas. Me di la vuelta. Allí estaba, sin su armadura, afortunadamente. Pelo de un rubio sucio, alto, más bien tirando a delgado. Ojos azules como lagos salados y muertos. Me observaba con rabia, con asco, pero también de arriba abajo, con deseo. Entrecerré los ojos con desprecio y me estiré, digna, alzando la barbilla.
-Que la paz sea contigo también, Algol. Cada uno por su lado. Adiós.-le dije con dureza. Apreté con fuerza las asas de las bolsas de mimbre en las que llevaba las compras y apreté el paso. Sentí una ráfaga de aire a mi lado, y dos segundos después, Algol estaba ante mí, impidiéndome el paso.
-¿A qué deidad debemos el milagro de verte fuera del Santuario a solas, Marah? Creí que te habían confinado en Leo…como debe ser. Alguien como tú debe estar encerrado y vigilado a cada momento.-se regodeó con voz fingidamente dulce.
Alcé una ceja. Algol y su estúpida cháchara sobre el lugar de las mujeres.
-¿A qué te refieres con alguien como yo?-le pregunté, batiendo las pestañas y sonriéndole amenazadoramente. Al Santo de Perseus se le escapó una risita vitriólica.
-A una zorra tonta e inútil como tú. Deberías convertirte en vestal, o mejor, en mi vestal, ya que estamos en confianza…Así dejarías de manchar el honor del Santo de Leo.
Mi sonrisa se ensanchó. Los mismos insultos y argumentos de siempre. Pobre. Patético. ¿No podía ocurrírsele nada mejor? Al decir "mi vestal" había hecho un par de gestos obscenos con las manos que me confirmaron que en primer lugar, pensaba que las vestales eran aún las hieródulas de los caballeros de oro y del Patriarca, lo cual era el colmo del descaro, tal vez había sido así en los tiempos de Saga como Patriarca, pero ahora, no era el caso; en segundo lugar, que yo a sus ojos seguía siendo poco menos que un ser humano. Era una mujer, y en su cabecita eso implicaba ser un animal, una bestia de montar, una incubadora.
Y que quería, precisamente, domarme como a un animal, montarme como a una bestia y posiblemente dejarme encerrada en algún lugar criándole a sus bestezuelas. Me estremecí de asco ante aquél pensamiento. No entendía cómo era tan amigo de Shaina pero podía referirse a mí de esa manera. A ella la respetaba, obedecía sus órdenes, ¡la admiraba, incluso! ¿Por qué yo era diferente?
-Porque a ella nunca la ha visto como a una mujer. Es una amazona total y completa, una guerrera, una compañera de armas desprovista de sexo o género; además, Shaina siempre ha sido una cómplice de ese sistemita-dijo la vocecita dentro de mí, con aire de sabionda.-A ti te vió la cara desde el inicio, supo lo torpe y mimada que eras, lo irremediablemente frágil y femenina a pesar de tus ínfulas de agresividad. Por eso es que insiste, no soporta que algo que considera tan por debajo de él se le resista.
Tuve que aplaudir la sagacidad de mi vocecita interna. Era una explicación perfectamente plausible para su actitud, de desprecio y ansia posesiva a la vez. Me repugnó.
Algol chasqueó los dedos ante mi cara. Me había quedado lela, ida, perdida en mi análisis. Parpadeé un par de veces y volví a la realidad, ofuscada; me alejé dos pasos en lateral de él: no me vería retroceder de nuevo jamás. Y por supuesto no quería tenerlo a centímetros de mí. Entre más lejos, mejor.
-Y por cosas como esas es que yo digo que estarías mejor lavando mis calzoncillos, o los de cualquiera, en realidad. Las que son como tú solo sirven para poco más que limpiar y parir. Qué falta de seso. Yo ya lo sabía, claro, pero aún me sorprende lo estúpida que puedes llegar a ser.-masculló él, divertido. Lo miré de arriba a abajo y fingí una sonrisa dulce que lo desconcertó un poco.
Cuando encendí mi cosmo, se asustó. Lo pude ver en su cara, que se contorsionó como si estuviera viendo al mismísimo Shaitán. Solté las bolsas de la compra y extendí mi mano hacia él, envuelta en cosmo, miles de partículas de energía se arremolinaban alrededor de ella, chisporroteando, el aire se llenó de sonidos de electricidad.
-¿Decías, Algol?-lo provoqué. El también encendió su cosmo. Me tocó mi turno de asustarme. En un santiamén, sus manos habían agarrado mi cuello, y sus ojos brillaban con una luz extraña, verdosa, que se elevaba de ellos como si fueran llamas.
-Que los santos de oro te hayan enseñado un par de trucos a cambio de sexo no es nada. Muy típico de una perra como tú. Qué lástima que nunca me hayas pagado por lo que te enseñé…-me espetó el, con su rostro a unos milímetros del mío, sentía su aliento en mi cara.
-Suéltame, y puede que salgas de aquí entero. Si insistes en molestarme créeme que mi pago por tus enseñanzas no va a ser una experiencia placentera para ti.-lo amenacé. Él se limitó a reírse y apretó aún más fuerte, su cosmo elevándose tanto que supe que me atacaría.
Si el Patriarca se enteraba de que nos habíamos peleado, y por fuera del Santuario, estaríamos en gravísimos problemas. Pero a mi no me importaba.
Cuando estaba alzando mi dedo índice derecho, dispuesta a cortar a Algol en cuadritos con el Lightning Bolt, otro cosmo, muchísimo más poderoso, se anunció. El Santo de Perseus inmediatamente me soltó y suspiré aliviada, casi con los ojos encharcados.
Kanon.
Apareció, tras hacerse visible. Quizá ya nos había estado siguiendo, y no nos habíamos dado cuenta, esperando el momento indicado para hacernos saber que estaba allí. Era un truquito que siempre le funcionaba.
-Marah.-dijo con voz perentoria. Empujé a Algol, aprovechando su momento de distracción, y de inmediato me puse detrás de Kanon. Él nos miró de hito en hito y apagó su cosmo. Rata cobarde. El mío y el del geminiano seguían encendidos. Estiró su brazo izquierdo horizontalmente, en actitud de protección hacia mí. Nuestras cosmoenergías hicieron la cosa más extraña. Ambas luces, la de él dorada, la mía amarilla tenue y con chispas azules, se juntaron, se lamieron, ardieron al unísono, sincronizadas. Algol al parecer no se había dado cuenta del fenómeno.
-¡Santo de Géminis!-exclamó aturullado en un primer momento. Luego recobró el dominio de sí y de su lengua viperina.-Qué curioso, encontrarnos tan lejos del Santuario. Me parece no haberlo visto desde hace tiempo en las Asambleas, ¿no es cierto?-preguntó, venenoso.
No sabía de qué hablaba. Los músculos de la espalda de Kanon se tensaron casi imperceptiblemente. Al mismo tiempo, le soltó una risita desdeñosa.
-Debe ocuparse de sus asuntos, Perseus. No de los míos. No son de su incumbencia.-le espetó con suficiente gracia como para hacerme derretir por él en admiración muda de su infinita elegancia. Algol pareció contrariado.
-Lo mismo podría decirle a usted, Santo de Géminis. Estaba justo ocupándome de uno de mis asuntos cuando usted llegó. Convendrá conmigo en que estas golfitas que Athena les dio por aprendices deben recibir la disciplina que merecen para que no dejen a toda la Orden en ridículo.
Casi pude imaginarme la ceja de Kanon subiendo sobre su frente. Algol estaba en serios problemas.
Me había llamado "golfita" frente al hombre que me había desvirgado y que sabía en realidad cuánto me esforzaba por ser digna de un lugar en la Orden. El geminiano aumentó peligrosamente el nivel de la emisión de su cosmoenergía, sus puños se apretaron tanto que escuché sus huesos crujiendo. Pobre idiota, si creía que podía insultarme delante de él y salirse con la suya.
-Pues en eso se equivoca, Santo de Perseus. La aprendiz de Leo es asunto mío, no suyo.- contestó Kanon con evidente dominio y autoridad. Observé los ojos de Algol notar lo que sucedía con nuestras cosmoenergías y su rostro se congestionó de ira, su piel enrojeciendo, las venas sobresaliendo. Casi vi la conclusión formarse en su cerebro.
-¡Puta, mil veces puta! ¡Yo sabía, lo sabía!-me gritó, en árabe. Luego abandonó el lugar casi como si se hubiera desvanecido en el aire.
-Ese imbécil me las va a pagar. ¿Estás bien?-me preguntó sin voltearse, bajando el brazo y apagando su cosmo simultáneamente. Yo apagué el mío también. Luché conmigo misma un par de segundos, porque quería decirle que no, y saltar llorando a sus brazos, de indignación, de rabia, de odio. Y de agradecimiento por su intervención.
Yo había mejorado mucho, pero conocía de primera mano el nivel de Perseus y sinceramente dudaba salir viva de un enfrentamiento en serio, a muerte, con él. Temblaba un poco. Además no había superado del todo las palizas que me había dado en el desierto. El miedo que le tenía era irracional, visceral, un líquido frío que me corría por las venas, paralizándome. No tenía sentido, yo había sobrevivido a las palizas del geminiano, había logrado moverme entre dimensiones y muchas otras cosas, pero a él, a mi Kanon, no le temía.
Como no contestaba, se volvió para mirarme. Me tomó por los hombros. Lo mire con los ojos hechos agua. "La aprendiz de Leo es mi asunto". Todavía me consideraba algo suyo, por lo menos. Un asunto del que se hacía cargo. Sus ojos verdes me escrutaron con preocupación. Intuí que había escuchado la conversación que tuve con Algol.
No tuve que decir nada. Mis lágrimas de rabia, odio, desprecio, por Algol y lo que acababa de pasar, y añoranza infinita y profunda por el hombre que tenía frente a mí, ligeramente inclinado y mirándome a los ojos fueron suficiente respuesta. Me tapé el rostro con las manos y sollocé. Lloré de vergüenza, de que Kanon hubiera presenciado aquello. Que hubiera escuchado como Algol me insultaba. Lloré de miedo de pensar que Kanon sintiera que aquello podía llegar a ser cierto, que mi honor tenía máculas.
Kanon seguía sosteniendo mis hombros, pero entre nosotros había un abismo que ninguno de nosotros iba a saltar hacia el otro. Yo no me atrevía, de puro terror de que me rechazara. Sería más de lo que podría soportar. El estaba allí, a sólo unos centímetros de mí, y yo no me atrevía a abrazarlo. A él, al hombre con el que había hecho cosas que no era capaz ni de confesarme a mí misma. Qué rápido se esfumaba la confianza, la intimidad. Por alguna razón nuestros cosmos seguían reaccionando al otro, pero desde luego ya nosotros no estábamos juntos. Después de un rato, murmuró con voz queda:
-Componte, Marah. Tienes deberes qué cumplir, actividades para hacer, cosas para aprender y traseros qué patear.
Me quitó las manos de los hombros, me dio la espalda y se fue, caminando rápido, con sus zancadas largas y características, despreocupadas, elegantes. No me dijo una palabra más, no hubo muestras de cariño, de soporte o de aliento más allá de aquella frase casi burlona y sus palmas sobre mis brazos. Sólo eso.
Me sequé la cara con el borde de las mangas, recogí las bolsas de la compra y proseguí a lo mío. Resignada, pensé en el cordero que habría de llevar, muerto y sobre los hombros, hasta Leo, bajo ese sol de infierno.
Proseguir, después de todo, era lo único que podía hacer con mi vida, ya que él no volvería jamás a ella.
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-Vamos, Marah-san. Despierta.
-¿Marin?-pregunté, bostezando, tratando de desenrollarme de la cobija para poder verla. Al fin lo logré. Estaba de pie al lado de mi cama, muy seria.
-Aioria quiere que entrenes hoy conmigo. Rápido, levántate y vístete. Te espero afuera.
Preguntándome qué rayos estaría planeando Gran Gato, me puse de pie y me cambié rápidamente. Hice una parada técnica en el baño antes de salir. Me lavé la cara y me miré al espejo. Dentro de tres meses se llevarían a cabo las pruebas por Armadura y yo cada vez me sentía más nerviosa. Las enormes ojeras que tenía lo atestiguaban. No lograba dormir de pura ansiedad. Aioria estaba tomándose su habitual té verde sentado a la mesa de la cocina. Tomé un pedazo de pan del mesón y me lo embutí en la boca. Mientras tanto, Aioria se había levantado para servirme una taza de té. Tras masticarlo un poco, le arrebaté la taza a Aioria y me tomé unos cuantos sorbos. Luego se la devolví. Aioria me miró, divertido.
-Prepárate. Será intenso.- dijo. Asentí medio dormida aún. Abandoné la cocina y me uní a la Santa de Águila en el Hall.
Aún no había amanecido del todo. Seguí a Marin fuera del Templo de Leo. Bajamos las escaleras y proseguimos nuestro camino hacia los terrenos de las Amazonas. Allí, cerca de la cabaña de June, estaba ella, con sus alumnas, que me saludaron y prosiguieron con su entrenamiento. En su cabaña, Marin tomó un ánfora de barro llena de agua de su pequeña cocina y dos vasos. Seguimos caminando durante un buen trecho. Estábamos en un sitio al que no había ido nunca. Estaba lleno de pesas, discos, balas y martillos para lanzar, barras para hacer ejercicios, columnas derruídas y que adivinaba que en cuanto estuviera el sol en alto sería infernal. No había ni un árbol en kilómetros. Con razón Marin había llevado su propia agua. Clever girl.
Suspiré en cuanto ví el bloque de mármol con una especie de barras de hierro que sobresalían de él haciendo las veces de mancuernas, o como entendí después, cargaderas para llevarlo a la espalda.
-Quiero que lo levantes, lo pongas sobre tu espalda y realices una serie de ejercicios que te indicaré. –dijo Marin. La miré como si estuviera loca. El bloque pesaba, creía yo, una media tonelada. Intenté levantarlo del suelo. Lógicamente no pude. Respiré profundo, hice mis conexiones con el cielo y la tierra y me preparé para encender mi Cosmo. Tomé las barras de nuevo. Logré levantarlo unos cuantos centímetros, sudando, con todos los músculos del cuerpo quejándose por el esfuerzo sobrehumano. Recordé a Aimeé levantando piedras inmensas del suelo sin siquiera sudar y la envidié infinitamente. El bloque se me resbaló de las manos y se cayó, ocasionando un estruendo.
-Doscientas flexiones de pecho, Marah. Ya. Cada vez que lo dejes caer, te castigaré.
Suspiré de nuevo. Me acosté boca abajo en el suelo e inicié las flexiones.
-Más rápido, Marah. No tengo todo el día.
Encendí mi cosmo. Era la única manera de hacer doscientas flexiones de pecho rápido. De la nada, Marin sacó una rama, o un látigo, no pude saber exactamente qué era; pero sentí un ardor terrible en mi espalda. Más rápido. Más rápido. Terminé casi muerta las flexiones y me puse de pie. Sin esperar a que ella me dijera que tomara el cubo de mármol, lo tomé del suelo, aún con mi cosmo encendido. Pesaba, pero ya no tanto. Podía soportarlo. Apreté los dientes y con mucho esfuerzo, pasé mis brazos por entre las asas y lo puse sobre mi espalda. Sólo de pensar el dolor de mis músculos al día siguiente sentía ganas de llorar. No podría apagar mi cosmo mientras tuviera aquel mamotreto en la espalda. Mi columna se quebraría como una astillita de madera verde.
Ya entendía qué quería Aioria y porqué le había endilgado la tarea a Marin. En mis entrenamientos con él nunca había logrado tener mi cosmoenergía encendida y al máximo durante mucho tiempo, ya fuera porque me desmayaba, se apagaba o simplemente le hacía ojitos para que terminara el ejercicio. Marin no caería con mis "ojitos"; era otra amazona, lo cual sin duda sabría que me impulsaría a no dejar mi ego caer, y probablemente habría más amazonas observando. No le pidió a Kanon que lo hiciera por él porque bueno, Kanon era del todo inmune a mis ojitos y a pesar de que ya me hablaba, parecía determinado a no perdonarme ni dejarme entrar en su vida de nuevo, y así las cosas, yo suponía que era absolutamente capaz de lastimarme de gravedad (teniendo en cuenta que ya me había roto costillas y dedos cuando estábamos "bien"). Y los otros santos de la Calzada zodiacal seguían ignorándome olímpicamente.
Me pasé el resto de la mañana sudando, crepitando. Sentadillas. Carreras. Subir y bajar escaleras. Colgarme de barras y hacer el consabido y repetitivo "sube y baja" de varias formas, me preguntaba cómo a estas alturas yo no tenía cuerpo de fisicoculturista. Y había tenido razón en cuanto al calor. Me estaba asando. El sol resplandecía contra las piedras y la arena, creando una calima que flotaba a un medio metro del suelo y que se convertía en tortura cuando había que hacer flexiones de pecho. A las diez Marin determinó que era buen momento para tomar agua, pero no pude quitarme mi "maleta" de mármol ni descansar mucho tiempo. De hecho ví con horror cómo me sonreía mostrándome más piedras, lo cual evidentemente quería decir que debía cargarlas también, repitiendo el ejercicio que había visto a Aldebarán y Aimeé hacer una vez. Levanté la primera del suelo, caminé unos metros y la descargué. Y así sucesivamente.
Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta qué estaba haciendo y en donde estaba. Seguía cargando las piedras que Marin me pedía que cargara, y llevaba en los brazos un peñón que por mucho excedía la tonelada. En cuanto volví en mí, la piedra se hizo infinitamente pesada y la dejé caer, con un estruendo que resonó alborotando a los pájaros que estaban posados en los árboles deshojados y secos. ¿Árboles? Ya no estábamos en el sitio de entrenamiento de las amazonas, entonces. Miré a mi alrededor, parpadeando, tratando de salir de aquella confusión, de una especie de despersonalización que en muy contadas ocasiones me había sucedido. Estábamos cerca a la Fuente de Athena. El sol había quemado todas las pequeñas hierbas del lugar, estaba secando los árboles, debido al verano. Mi piel ardía intensamente, no sabía si debido a la larga explosión de Cosmo o a que me había quemado por el sol, probablemente ambas cosas. Me moría de sed. Allí estaba Marin, sonriente. Y Seiya, sentado sobre el peñón que yo llevaba en los brazos segundos antes. Así que supuse con sorna que lo que más me había pesado no era la piedra sino su cabezota. Y también estaba Aioria que sonreía de oreja a oreja. Hice amague de apagar mi cosmo porque un cansancio sin límites me invadió.
-No hagas eso, Miss Manners.- dijo Seiya, saltando de la roca para caer justo frente a mí.-Déjate quemar.
-Estoy cansada.-murmuré. Noté como todo mi pelo estaba pegado a mi cara y mi cuello por el sudor.
-Escucha a Seiya, Marah.-dijo Aioria, acercándose a mí.-Sigue, no apagues tu cosmo.
-No, no quiero. Quiero descansar.-dije, como si fuera una niña pequeña, haciendo pucheros.
-Bueno, entonces no hay otro remedio. Seiya, quiero que pelees con Marah.- la voz de Aioria se oía distorsionada, lejana.
-¿Qué?-saltó Seiya, incómodo.-Jamás golpearía a una mujer. Menos a una mujer cansada.
-Es una orden, Seiya.-dijo Marin dándole un sopapo a Seiya en la cabeza. Me produjo una sonrisa estúpida en la cara ver el puchero de Seiya al recibir el golpe de su maestra.-Además es sólo entrenamiento.
Suspiré. Me puse en posición de combate y cerré los ojos unos segundos. Aumenté la potencia con la que ardía mi cosmo. El cosmo de Seiya prácticamente se incendió ante mí. Abrí los ojos. En potencia e inmensidad era como los cosmos de los Caballeros Dorados, pero era más cálido, casi alegre, así como él. Bajo el sol del atardecer, ambas energías, azul, amarilla y eléctrica la mía, blanca y plateada la de él, se movían y resplandecían como si fueran seres vivos independientes de quienes las generábamos. El mundo empezó a ralentizarse de nuevo. Me lancé hacia él con los puños preparados. Él desviaba o paraba mis ataques. Yo desviaba o paraba los suyos. Aioria se sumó a la lucha, atacándome de improviso. Ahora ya eran dos para luchar en contra. Empecé a asustarme. El cansancio desapareció. Mi cosmo salió de mí con una potencia que jamás había percibido, que pensé que jamás lograría. Vi a Aioria abriendo la boca y estirando su puño. Sabía qué pasaría. Unas milésimas de segundo después, ví que Seiya hacía exactamente casi lo mismo. El mundo se paró.
-¡LIGHTNING PLASMA!-grité, pero el sonido llegó distorsionado a mis oídos. Me movía infinitamente rápido, el cuerpo me dolía del sólo roce con el aire, por entre los destellos de los ataques de Aioria y Seiya. Uno de ellos, no supe si el de Aioria o el de Seiya, impactó contra mi maleta de mármol y la hizo añicos. El mundo volvió a la velocidad normal. Seiya se tapaba la nariz, que le sangraba, con una mano, mirándome sonriente. Aioria se acercó, infinitamente orgulloso, y me levantó del suelo para estrecharme en un abrazo que casi me parte las costillas. Cuando me soltó, me derrumbé en el piso, hiperventilando. Marin aplaudía.
-Bravo, Miss Manners.-la voz de Seiya precedió a su cara, que flotaba junto a la de Marin y la de Aioria recortada contra el cielo.
-Lograste superarte hoy, Marah. En velocidad, fuerza y uso del cosmo. Muy bien.-dijo Aioria, moviéndose y distorsionándose extrañamente. Me reí. Parecía que los tres bailaran el hula en círculos a mi lado.
-Dejen de moverse…Saben que en cuanto me levante los golpearé. A los tres. Duro.-dije, sonriendo. Cerré los ojos y me dejé ir.
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Aioria se inclinó, y con la ayuda de Seiya, tomó a Marah en sus brazos, para cargarla contra su pecho, de modo que la cabeza de ella se recostara sobre su hombro y sus muslos se abrieran contra su torso. Marin le quitó a la joven con los dedos unos mechones de pelo sudado que tenía pegados al rostro, cuyas mejillas, casi infantiles, estaban enrojecidas y febriles, quemadas por el sol.
-Va mejorando, Aioria. Soportó el entrenamiento de hoy sin desmayarse hasta ahora.-le comentó Marin. Seiya la miró, ligeramente indignado.
-¡Pobre Neko-chan!-murmuró el Pegaso.-Si fuiste con ella igual de dura que fuiste conmigo, Sensei.
Marin lo miró alzando una ceja. Sus ojos azules chispeaban.
-¿Con que pobre, eh? ¿Crees que fui muy dura contigo, Seiya?-le preguntó la amazona del Águila, en un tono que a Aioria y a Seiya se les antojó peligroso. El Santo de Leo sabía cómo se las gastaba el mal humor de su novia en cuanto a su alumno se trataba, así que se alejó un poco para darles espacio, aún con Marah cargada, sus brazos y piernas moviéndose al compás de los pasos de Aioria. Tras de sí podía oír los regaños de Marin, sus palmadas en la humanidad de Seiya, y los quejidos de éste. Sonrió. Ese par jamás iba a cambiar.
Al final Seiya y Marin dejaron de pelear y siguieron al Santo de Leo, que les llevaba una ventaja. Marin lo alcanzó primero.
-Aioria, hay algo que me preocupa…-le dijo de Cosmo a Cosmo, mientras Seiya se divertía moviendo de un lado a otro la muñeca inerte del brazo de Marah.-Ella se pierde. Nunca había visto algo como eso. Durante un rato me pareció que estaba demasiado concentrada en el entrenamiento, pero luego lo entendí…Era como si estuviera actuando en automático. Incluso sus ojos perdieron el brillo. Es muy peligroso. Puede morir o matar en ese estado.
-Lo sé, yo también lo he visto. El Viejo Maestro también me lo mencionó. Esperaba que con su mejora en el uso del cosmo y en su físico esa característica se desvaneciera, pero…Es complicado. No sé si deba contártelo, Marin, o siquiera hablar de ello. –le respondió Aioria, por la misma vía. La amazona suspiró audiblemente.
Seiya se fijó en las largas y negras pestañas de Marah, que le rozaban las mejillas, la nariz respingada, la pequeña boca en forma de corazón, los rizos castaños y cortos que le rodeaban la cara, que tenía así, dormida, una expresión dulce y casi infantil, muy distinta de su habitual cara de "no me mires, y ni me toques"; se fijó también en la delgadez de sus dedos y su muñeca, que sostenía en su mano. Cubierta aún por vendas, cuero y metal, se veía pequeña en la suya. Un pensamiento que no pudo parar se formó en su cabeza y salió por su boca sin que lo procesara.
-¿Ustedes están seguros de que ella nació para amazona? Sólo mírenla, tiene cara…como de…, no sé…muñeca. Como si no estuviera hecha para luchar, ¿me explico? Más bien tiene pinta como de sacerdotisa o algo así-expresó pensativo el Pegaso. Aioria lo miró aterrado, ¿cómo podría saber él eso? Se suponía que era una pieza de información secreta que hasta donde él sabía, sólo conocían unas cuantas personas. A Marin no se le escapó la reacción de Aioria.
-Aioria, ¿acaso ella?...-preguntó Marin telepáticamente. Aioria la observó por el rabillo del ojo y tomó una decisión.
-Apolo.-contestó él por el mismo medio.-No hace falta decir que eso no debe saberlo nadie. Athena no desea entregarla.
Marin permaneció sosegada en el exterior, luchando contra la tentación de llevarse la mano a la boca y emitir un grito ahogado. Menuda sorpresa. Su novio llevaba en brazos a la Pitia de Delfos. Ahora todo tenía sentido. Pobre pequeña, aquello sería su fin, una muerte en vida. Su semblante se ensombreció, llena su cabeza de presagios. El dios Sol no tardaría en reclamar lo que era suyo, y Athena, el Santuario, posiblemente el mundo entero, pagarían las consecuencias. Observó a la niña que dormitaba inocente contra el pecho de Aioria y sintió dolor. Primero Seiya, su pequeño, sus compañeros de Bronce. Ella misma, Aioria, Aioros, todos, su propio hermano, Touma. Desde tan niños, con sus destinos marcados a fuego en la frente. Nunca nada era justo en aquellos jueguecitos morbosos que los dioses llamaban Guerras Santas.
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Más tarde ese mismo día, ya de noche, me había levantado gimiendo de dolor en mi cama en Leo. No podía moverme sin que todo mi cuerpo se quejara. Sentía bultos en lugares en donde antes no los tenía, y me crujían sospechosamente los huesos. Un rato después vino la vestal de Leo, con varios elementos en una bandeja que sospeché que me causarían dolor en los siguientes minutos. Y no me equivoqué.
-¡Ahhhh! ¡Agnés! ¿Qué haces? ¡Didaskalé, auxilio!-grité, dando alaridos, cada vez que Agnés, con las mangas de su túnica recogidas y un delantal puesto, me sobaba los músculos de las piernas de manera descendente, apretando tanto que pensé que me dejarían morados. Lo que me estaba echando en la piel me ardía, olía mucho a alcanfor y además estaba caliente.
-Evitando que te quedes "engatillada", niña. Tienes todos los músculos del cuerpo hechos nudos.-me espetó y sin mucha compasión estiró mi gemelo derecho. Apreté la cabeza contra la almohada y le di puños a la cama, rechinando los dientes.-Esto es lo que te ganas por entrenar sin calentar.
-¡Yo sí calenté!-protesté a voz en cuello-¡Sólo que Marin me puso a cargar peñascos!
Aioria asomó la cabeza por la puerta, con las cejas enarcadas de tal manera que supe que estaba aguantándose la risa.
-No te queda más remedio que aguantar, Marah.-dijo, para luego dirigirse a la vestal.-Sin piedad, Agnés, la quiero suavecita para mañana. Se esperan tormentas eléctricas.
-¿To…tormentas eléctricas?-tartamudeé de susto. Alguna vez Aioria ya me había hablado de ese detalle, de ponerme como pararrayos en algún entrenamiento para, según él, "hacerme llegar al séptimo sentido"; en ese momento lo tomé a broma, parar un rayo con el cuerpo era una cosa imposible. Y luego pensé que en el Santuario todo el mundo hacía cosas imposibles. Tragué saliva con miedo.
-Oh si. Tormentas eléctricas. Verás que va a ser muy divertido. Te ayudará a alcanzar el Séptimo Sentido, de eso no me cabe duda.-me comunicó, exultante. Sentí náuseas de pánico, que fueron interrumpidas por las manos rudas pero profesionales de Agnés, que había pasado a molerme la espalda y los brazos con sus masajes.
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Tenía que salir de Leo o me iba a enloquecer. Ya había pasado de la media noche, pero, sinceramente, necesitaba ir a Cabo Sounión. No sabía exactamente a qué, pero tenía que ir. O a cualquier otro lugar que no fuera un templo de la Calzada Zodiacal. Había tenido sueños de nuevo, en los que grandes trozos de mármol caían sobre Aioria, sobre Aimee, Eva, sobre Kanon, matándolos a todos, y yo me quedaba en medio, ilesa, pero completamente sola por siempre. Estaba haciendo tanto calor que estaba dispuesta a rogarles a los dioses por una lloviznita. Además quería poder llorar a gusto donde no me escucharan ni se preocuparan por mí ni me hicieran caras de lástima. Era muy incómodo tener que embotellar todos mis sentimientos, y la frialdad de Kanon me estaba haciendo daño, prefería su ira, al menos así me demostraba…algo…
En Cáncer Chloe estaba despierta y me dio el susto de mi vida, sin embargo me dejó pasar casi muerta de risa. En Géminis el Laberinto se disolvió a mi paso así que pensé que uno de los dos gemelos malvados estaba despierto y me había dejado pasar sin hablarme, lo cual agradecí. En Tauro los ronquidos de Aldebarán resonaban. Una atormentada por el calor Aimeé me miró con desconsuelo desde el piso del Hall de Tauro, en donde se había acostado buscando la frialdad de las piedras.
-¿A dónde vas?-susurró, sin moverse.
-¿Quieres acompañarme? Voy a Cabo Sounión.-le contesté. Ella me miró con sorna, su rubio pelo desparramado sobre el piso. Tenía una pequeña blusa blanca puesta, y un short de jean que jamás le había visto, seguramente tenía muchísimo calor. Aimeé y yo eramos parecidas en eso de que nos gustaba que no nos vieran mucho el cuerpo.
-Estás loca, Marah. Ni muerta me muevo, con este calor del demonio.- me contestó, y luego empezó a maldecir en finlandés y en francés a toda prisa. Retrocedí rápidamente y me esfumé de Tauro antes de que Aimeé decidiera emprenderla conmigo por su alergia al calor. En Aries nadie me molestó.
Caminé y caminé como un zombie hasta llegar a Cabo Sounión. El oleaje estaba altísimo. El aire se sentía pesado, cargado, como si fuera a llover, olía a ozono, a aquel olor indescriptible que se alza del suelo poco antes de llover torrencialmente. Ese olor me agradaba.
Tras desahogarme sin muchos aspavientos, sentada sobre una roca, se me quitaron las ganas de llorar. Decidí encender mi cosmo y meditar. Meditar durante mucho tiempo tratando de incrementar con cada respiración y cada latido la potencia de mi cosmo. Si no iba a tener a Kanon, al menos me haría digna de un lugar en el ejército de Athena, de una armadura, y dejaría a Algol y todos quienes desconfiaban de mí que nunca habían tenido la razón.
Luego pensé que era una locura, que nunca lograría alcanzar el séptimo sentido y que Kanon jamás me perdonaría, y que, además, era demasiado débil y tonta. El viento empezó a soplar con mucha más fuerza.
-¿Qué haces aquí, Hafsa? ¿Esperando a tu amante?
Maldita sea. Algol. Abrí los ojos pero mantuve mi cosmo encendido.
-No. Estoy meditando. Aléjate de aquí si no quieres que te patee el trasero, Perseus. Porque ahora sí puedo.- le contesté con toda la rabia que pude. Mi cosmo se estremeció, aumentando en potencia, alimentado por mi ira.
-Puta.-susurró él con veneno en la voz, y aunque fue un susurro, se escuchó perfectamente y diría que a kilómetros, por encima de sonido de las olas.
-Qué falto de recursos, Perseus. Como si eso me insultara.-le contesté, intentando parecer calmada y centrada. Eso pareció irritarlo más.
-Claro, a las putas nunca les enoja que les digan que lo son. Es más, ¿me prestarías tus servicios, zorra? Ya que Kanon de Géminis está usando los de otras, seguro estás necesitada de verga.
Si Algol lo sabía, a estas alturas todo el Santuario lo sabía.. Pero eso de que Kanon estaba usando los servicios de otras… ¿a qué se referiría? Definitivamente lo había logrado. Me enfurecí. Quizá no con él. Quizá sí. Otras. ¿cuántas? Y él lo había notado, lo veía en su rostro, en su sonrisa triunfante.
-Tú el servicio que necesitas es que te callen la boca, Algol. A ver si aprendes a dejar de ser tan hijo de perra.-dije, poniéndome en pie y saltando de la roca, en posición ofensiva. Antes de que tuviera tiempo para pensar qué estaba sucediendo, me lancé con los puños preparados hacia él y le apliqué un Lightning plasma que me supo a gloria. Hasta que se levantó del suelo limpiándose un hilillo de sangre de la comisura de la boca y convocó a su armadura, sonriendo.
Iba a matarme y lo supe en aquel momento. Antes de que pudiera reaccionar, pues sabía qué podía hacer con su armadura, cerré los ojos y me cubrí la cara con las manos. Sentí un doloroso jalón en mi cuero cabelludo y luego el ardor de mi espalda mientras me arrastraba del pelo por la arena y las piedras, murmurando algo sobre que me había cortado el pelo sin su permiso y que ahora era la impura puta de Kanon de Géminis y que iba a matarme por ello. No podía hacer nada más excepto evitar mirarlo para no morir convertida en piedra. Me golpeó inmisericordemente. Me pateó hasta que sentí las costillas quebrarse, o eso me pareció. Me lanzó contra las piedras. Caí y me levantó muchas veces, hasta que empecé a salir de mi cuerpo, a dejarlo, como cuando estaba entrenando con Marin. Sabía que debía hacer algo, conscientemente. Encendí mi cosmo al máximo, con los ojos aún cerrados. Y milésimas de segundo antes de que cayera sobre mí con su patada Rhas al Ghul Gorgoneio, envié contra él un Lightning Boltde proporciones bíblicas, o al menos eso sentí. Los ataques rebotaron uno contra otro y mi relámpago de voltaje me golpeó con toda la fuerza aumentada por el choque contra el ataque de Algol.
Algo muy confuso sucedió después. Al parecer, del cielo, convocado o atraído por mi ataque, un gran relámpago cayó. Cerca de mí.
Fue espantoso. El dolor más terrible que he sentido en toda mi vida, en todo mi cuerpo, todas mis partículas gritaban de dolor. Duré una eternidad en caer al suelo. Luego no supe nada más.
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Una lluvia torrencial se había desatado en Cabo Sounión. Kanon de Géminis, que había levantado el Laberinto para dejar pasar a Marah, corrió hacia el Cabo tras sentir las explosiones de cosmo de Marah y, posteriormente, las de Algol de Perseus. Llegó a tiempo para verlos prepararse para sus ataques más devastadores. Decidió no intervenir, pensando que era el derecho inalienable de la pequeña darle una paliza al Santo de Perseus por sus insultos, aunque una parte de él quería molerlo a puñetazos y enviarlo a alguna dimensión de donde jamás pudiera regresar y se pudriera en vida por el resto de la eternidad; se acercó a ellos, que yacían separados a muchos metros de distancia de su posición inicial. Se asustó cuando el rayo, retumbando casi al unísono con el Relámpago de Voltaje de Marah, se precipitó desde el cielo hasta un punto a menos de un metro de donde su pequeña estaba.
Lo que le pasara a Algol le tenía sin cuidado. Se acercó a ella.
Marah estaba irreconocible. Su rostro, lleno de morados y empezando a hincharse en las cejas y mejillas, yacía en un charco de su propia sangre producido por las múltiples heridas que su propio ataque le había producido en el cuerpo, cortándola. Tenía partes de la piel quemadas, ennegrecidas. Tenía la ropa quemada y desgarrada también, colgando casi en jirones de su pequeña figura. Su cabello, tristemente corto, se mecía un poco con el viento y empezaba a pegarse a su cara por momentos por el agua y la sangre. Perseus pagaría por ello. Marah parecía a punto de morir.
Se le aguaron los ojos de rabia y de dolor, por ella. Por su Marah. Pero tenía que actuar rápido. Lo más delicadamente que pudo la tomó en los brazos y la levantó. Un hondo gemido de dolor salió de su garganta, luego gritó. Abrió un poco los ojos.
-Estás muy mal herida, pequeña. Quédate quieta.-le dijo, intentando tranquilizarla, y además tranquilizarse a sí mismo. Su corazón latía desbocado de pánico dentro de su pecho. Era demasiado frágil. Se preguntaba cómo había sobrevivido a eso, y si moriría pronto.-Te llevaré a donde puedan curarte.
Marah volvió a gritar de dolor. Empezó a llorar. La sangre de la muchacha le empapaba los brazos y la camisa, deslavada por la torrencial lluvia.
-Per…dóname…Kanon.-murmuró, haciendo un inmenso esfuerzo.-Por….favor…-gimió y cerró los ojos, su cuello estirándose hacia atrás. Kanon la estrechó contra sí, en pánico, temiendo que estuviera agonizando, lo que le causó a la muchacha otro alarido de dolor, y que abriera los ojos.
-No me dejes, Kanon. No me dejes morir. Te amo.-murmuró con esfuerzo, aferrándose a la camisa del Santo de Oro con sus últimas fuerzas. Empezó a toser sangre.
-Shhh, Marah. Calla. No te dejaré morir, no te dejaré…Yo…también te amo…
Kanon observó con creciente pánico el rostro magullado de Marah, hinchado, morado, quemado, desfigurado, casi irreconocible. Ella sonrió y alzo la mano, que antes se había aferrado a su ropa, intentando tocarle la mejilla. Su pulgar limpió una lágrima que Kanon no se había dado cuenta que le rodaba por el rostro, ¿o era agua? No lo sabía. Estaba diluviando a cántaros.
-Llueve.-murmuró. Cerró los ojos. El brazo cayó inerte sobre ella. Aun así la sonrisa no se desvaneció de su rostro.
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He vuelto, CON MÁS DRAMA PARA USTEDES! Muajajajajajaja!
Gracias a todos por sus reviews, no saben lo inmensamente feliz que me hacen cuando leo su feedback, comentarios y sugerencias. No olviden pasarse por Crossroads, el diario de Aimeé, de la autora The Ninja Sheep. :D
s/10196935/1/Crossroads
¡Gracias por su lealtad y por seguirme leyendo!,
Lara Harker.
