Marde State: Me alegra que encuentres a Marah creíble, es decir, y en general, que sientas que este AU tiene sentido. A mi misma a veces se me hace muy loco, pero hago el esfuerzo de creérmelo y escribir sobre él. Yo tambien quisiera que tiraran el orgullo a la caneca con más facilidad, pero Marah es Marah y Kanon es Kanon...creo. Gracias por leer!

Amatizta: Muchas gracias, me alegra que te haya gustado y que también el entrenamiento de Marin te haya dejado con la lengua afuera. Pues si, Marah quedó colgando de un hilito, esperemos a ver que sucede :D

Brozz Ren: Vas a ver que con el paso del tiempo, me volveré aún más y más mala 3:) Aquí tienes un nuevo capi. ¡Gracias por leer!

Tsuki Girasol: Es que Marah la cagó (como decimos en mi país) terriblemente. Eso fué mala idea, antes se salvó por los pelitos de que a ella también la amonestaran. A veces me molesta la falta de disciplina para con ella, pero es que ya le han hecho pasar ratos terribles. Te agradezco por hacerme notar que Kanon quedó como quería, malvadito a veces cuando le da la gana, y que aprecias los detalles que le pongo con cariño a estos mamotretos de capítulos. ¡Muchas gracias por leer!

Persefone X: Un saludo para ti! Si, ya era hora de que Marah tuviera un pedacito de felicidad, que luego quedo reducido a... Meh. Sigue leyendo n.n

Gracias a todos quienes dieron fav y follow a esta historia! De verdad, lo aprecio muchisimo. Me alegra el dia cada que veo un review o una alerta.

Les recuerdo que Chloe de Cáncer es propiedad de su autora, Argesh Marek, y perteneciente al universo de The Killer in Me. Yo solo la tomo prestada porque sinceramente, DeathMask me parece un personaje inmanejable, y ella es mi héroa por lograr hacer un fic sobre él tan...genial.

Sin más preámbulos, y con la banda Tiamat de fondo, hoy les presento:

XVI

THIRST SNAKE

-Despierta, niñita estúpida.- una patada atroz en el abdomen me sacó el aire y efectivamente, me despertó. Abrí los ojos en pánico y me acurruqué contra la piedra fría de la cueva. Una bofetada terminó de quitarme el poco sueño que me quedaba.- ¿Qué esperas?, levántate. Quiero mi desayuno ahora.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Aioria se había ido hacía un mes y no volvería hasta dentro de otro mes, para acompañarme un par de semanas. Algol de Perseus, el hombre que más odiaba y más temía en la vida, volvió a cruzarme la cara con una bofetada que me dejó los oídos zumbando y dejó caer a mis pies una serpiente muerta. Yo no sabía cocinar. Mucho menos con fuego de verdad. Y no había qué comer. Me arreglé el hijab lo mejor que pude y me ajusté la máscara, que se había corrido debido a los golpes. Empecé a sollozar.

-Cocínala.-ordenó.

-¡NO SÉ COMO!-chillé, con ira. Algol me dio un puñetazo en el estómago que me dobló de dolor.

-Pues entonces mira y aprende. Bestia inútil.

Se acuclilló y del bolsillo de su pantalón sacó una navaja. Con ella le cortó la cabeza a la serpiente, luego la tomó por la cola y dejó que la sangre cayera en su boca. Me dieron náuseas y tuve que volver la cabeza. Luego ví que le quitaba la piel y las vísceras y luego cortaba en trozos los largos músculos de la serpiente. Pinchó varios en un palito y los puso al fuego. Repitió el procedimiento con otro palito. La cueva se llenó del maravilloso olor a carne asada. Cuando estuvieron listos me tendió uno de los pinchos de serpiente.

-Come. Aprovecha, puede ser tu única comida en días. Los escorpiones también son buenos para comer si les quitas el aguijón y los pones al fuego.

Al decir "escorpiones", me miró con un brillito en los ojos que no supe identificar y me hizo estremecer de susto. Tomé el pincho casi llorando de asco ante la perspectiva de comer cosas tan horrendas como escorpiones o serpientes pero mi estómago rugía de hambre. Me fui a sentar en un rincón de la cueva, dándole la espalda a Algol. Me quité la máscara. Miré el pincho un largo rato, llorando, e intenté hacer caso omiso a las náuseas. Tenía muchísima hambre. Así que le dí un primer mordisco tentativo. No sabía mal pero tampoco bien. Servía para comer. Cuando terminé volví a ponerme la máscara.

Algol desapareció el resto del día. Me dio instrucciones para realizar ejercicios, pero él no iba a estar, así que lo ignoré olímpicamente y me dediqué a dormir para tratar de evadirme del calor y del horror. Cuando regresó, me pateó y golpeó de nuevo, hasta que sangré, por no obedecerle. Detrás de la máscara, sonreí con masoquismo. Quizá podría provocarlo hasta que me matara y todo se acabaría. Y como si lo hubiera planeado incluso antes de encontrarme dormida de nuevo, abrió un tarro de lata sobre mi cabeza, lleno de escorpiones vivos.

Inmensos escorpiones negros.

Presa del pánico, manoteé, grité, me levanté, brinqué, pisoteé, logrando sólo enfurecerlos. Algol se reía a carcajadas, sosteniéndose el estómago, sentado en el piso, con crueldad. Sentí dolores espantosos por todas partes. Me habían picado y me iba a morir, pensé, enloquecida de pánico. Los sentía andar dentro de mi ropa, e imaginé que lo que deseaba era que me la quitara. Luchando contra mi impulso de supervivencia, me quedé quieta. El dolor era tan intenso que estaba a punto de desmayarme, y sentía aún aguijonazos. Me senté sollozando, con los músculos agarrotados ya por el veneno, contra un muro. Algol seguía riéndose.

Me aferré con todas mis fuerzas a la consciencia. No debía desmayarme, no debía darle ese gusto, esa oportunidad. Mi respiración empezó a tornarse estertorosa.

-Aioria te matará, gusano.-murmuré con la lengua pesada. Algol se rió un poco más fuerte.

-Le diré que no te encontré y que moriste intentando cruzar el desierto para escapar. –me contestó. Al parecer ya lo había planeado todo fríamente.

-Tu grandioso plan tiene fallas importantes. No pienso morir.-le contesté a mi vez, con la lengua ya trabada y con dificultades para respirar. El veneno me estaba afectando a una velocidad de vértigo. Las punzadas en las picaduras eran tremendas, agudísimas.

-Qué extraño.-Algol paró de reír.-Con tantas picaduras ya deberías estar inconsciente.

-Se necesita más que esto para hacerme daño, maldito enfermo.-lo insulté. Me reí un poco, incluso. Su cara se puso roja, congestionada.

-Pronto. Pronto suplicarás por mi ayuda. Suplicarás por tu vida y sabrás quién en realidad es tu señor y benefactor.

Me reí a carcajadas, atragantándome con mi propia saliva. Temblaba incontrolablemente.

-¿Tú, señor mío, benefactor? ¡Jajajaja! El viento del desierto te derritió el cerebro. Deliras.

-Quien delira eres tú. Esos que te acaban de picar se llaman Androctonus Crassicauda. Son letales.

-Pffff, letal tu abuela en silla de ruedas, Algol. Déjame dormir en paz.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano me puse en pie, afortunadamente la máscara no dejaba ver que estaba llorando y haciendo gestos de dolor. Di un par de pasos lo más elegantemente que pude y cerré la cortina que separaba mi área de la cueva de la suya. Me quité la máscara y me toqué la cara, que sentía adormecida, tenía también adormecidas las puntas de los dedos. Inmediatamente noté que la temperatura de mi cuerpo estaba más alta de lo normal. Fiebre, claro. A toda velocidad pensé como iba a salir de esa.

Si Algol me había dicho la verdad, dentro de un par de horas, como máximo, estaría tiesa y helada. Mis hombros convulsionaban debido a mis sollozos y mis temblores, tanto que me castañeteaban los dientes por el escalofrío y el pánico.

Aioria me había mostrado varias hojas y cómo hacer un antídoto con ellas lo suficientemente fuerte que me ayudara a aguantar hasta que pudiera conseguir ayuda médica. Pero no iba a darle el gusto a Algol de que me viera salir por ayuda. Así que volví a sentarme, y esperé.

Me quité la ropa. Casi todas las picaduras estaban en sitios que no podía acceder, como mi pecho y mis muslos. De aquellas picaduras que estaban en los brazos, succioné sangre y veneno con mi boca hasta que se me entumeció la lengua. Luego vomité varias veces, contenido bilioso y amargo. Agradecí que no tuviera comida real qué devolver. Mi corazón latía muy rápido y fuerte, tenía taquicardia. Volví a vestirme tras ponerme mentol en todas las picaduras para al menos sentir algo de frescor.

Casi delirante, escuché por fin sus ronquidos.

Volví a ponerme la máscara y el velo. Me levanté, tomé una antorcha, un pellejo en donde guardar las hojas y un cuchillo. Y me aventuré al desierto en plena madrugada, la visión oscureciéndoseme cada que daba tres pasos. Me repetí incansablemente que no iba a morir, no allí en ese lugar, que no moriría jamás a manos de alguien tan despreciable. Llegué con la primera luz del sol al promontorio rocoso que se erizaba en el horizonte desde donde estaban las cuevas de Ad Dana. Después de esta montaña se extendía el desierto Rub al Jali en todo su esplendor. Agradecí el frío brutal de la noche, pues me entumeció los miembros y el dolor disminuyó.

Estuve todo el día y gran parte de la noche subiendo la montaña donde Aioria me había mostrado las hojas en caso de necesidad, por escarpados y peligrosos pasos, desfalleciendo de dolor, malestar, de miedo y de cansancio. Las manos, los codos y las rodillas me sangraban. La máscara y el hijab me torturaban con calor. Caí inconsciente un par de veces pero volví a levantarme. Al fin logré recolectar las cuatro clases distintas de pequeñas plantas secas y amarillentas. Guardé la gran parte de ellas en el pellejo, pero saqué algunas que, con los dedos ya totalmente engarrotados por la toxina, desmenucé como pude y me llevé a la boca, masticándolos sin saliva, secos, los filos de las hojitas me hicieron daño en la lengua y saboreé mi propia sangre. No me importó.

Hubo un ligero alivio. Lloré de desesperación y miedo pensando cómo bajaría. Ya mis piernas casi no respondían y sentía las manos demasiado tiesas. Despacio, muy despacio, deshice el camino que había seguido al subir y me tomó casi otro día bajar de la montaña. Mientras tanto, seguí masticando las hojitas y vomitando hiel a cada cierto tiempo, lo cual interpreté como un esfuerzo de mi cuerpo para deshacerse del veneno; también estaba sudando tanto que tenía la ropa visiblemente mojada.

Cuando por fin mis pies tocaron el suelo plano, prácticamente me desmayé, sintiendo la lengua inmensa, reseca y pesada dentro de la boca pues no había tomado agua desde hacía dos días. Todo el cuerpo me dolía. Y allí estaba él. Con una cantimplora en la mano.

-¿La quieres? Ven por ella.-dijo, tentándome. Intenté levantarme de la arena ardiente pero no pude.-Si no te levantas a la cuenta de cinco la dejaré caer toda. Cinco….cuatro…

No podía levantarme. Era imposible. Empecé a sollozar.

Tres….Dos…..Uno…

Cerré los ojos y me abandoné al llanto cuando escuché el sonido del agua derramándose y a Algol reír con crueldad.

-Si no quieres morir tendrás que buscar tu propia agua.

Estaba tan furiosa. Cerca de mí, escabulléndose bajo unas rocas, pasó una serpiente. Era pequeña. Podría matarla a mordiscos. Me levanté con todos mis músculos quejándose de dolor y mi mente atontada por la sed, la fiebre y el veneno de escorpión. Tomé una piedra del suelo y esperé. Cuando pasó junto a mí, la dejé caer justo sobre ella, aplastándole la cabeza. Perfecto. Le dí la espalda a Algol y tomé el cadáver de la serpiente del suelo. Me quité la máscara y dejé que su sangre cayera en mi boca. Estaba tibia, salada y asquerosa pero era un líquido. Lloré de rabia y también saqué la lengua para lamer mis propias lágrimas. Tuve arcadas pero las contuve. Prácticamente exprimí a la serpiente en mi boca. Saqué más hojitas de mi pellejo y las mastiqué, el calor de la sangre de la serpiente disolviéndolas mucho mejor que mi inexistente saliva, proporcionándome un intenso alivio al dolor, el engarrotamiento y la taquicardia.

Eran efectivas, ese crédito tenía que dárselo a Aioria. Pero no le diría nunca que sus enseñanzas me habían salvado la vida. La idea era fastidiarlo lo más que pudiera, a él y a todos.

Me limpié las mejillas ensangrentadas con el dorso de la mano y volví a ponerme la máscara. Me acerqué a Perseus y le estrellé bruscamente contra el pecho lo que quedaba del bichejo. Alcé la barbilla y usé mi voz más demandante, chillona y fastidiosa.

-Toma. Hazme el desayuno. Y apresúrate a buscar agua para poder terminar de beberme el antídoto, bestia inútil.

La expresión de incredulidad en la cara de Algol había valido la pena. Incluso la paliza que me dio después por "tratarlo mal", según él. Nunca le conté a Aioria lo que había sucedido, pero no fue la única vez que Algol me hizo daño a propósito.

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¡Marah!

El Santo de Leo se levantó como impulsado por un resorte de su cama. No había sentido a su alumna entrar de nuevo a la Casa, y se imaginó que se habría escapado para buscar a Kanon y no le prestó mucha atención, así que se hundió en el sueño. Pero entonces sintió el cosmo de su alumna aumentar…y aumentar…y aumentar…y explotar con la potencia de una bomba, y luego casi desaparecer. Sin preocuparse siquiera por ponerse una camisa o zapatos, salió corriendo del Templo de Leo, pasó corriendo por Cáncer, pasó corriendo por Géminis, en Tauro se encontró a Aimeé, la alumna de Aldebarán, casi llorando de angustia, pues también había sentido el cosmo de su amiga estallar y desvanecerse.

-Seguro fue Algol, Algol de Perseus, no se lo había dicho, pero…Lo escuché diciendo que iba a hacerle daño si se la encontraba sola. Pensé que no lo haría, ¿cómo podría hacerlo, siendo un santo de Athena?- chilló Aimeé aferrada del brazo de Aioria, casi histérica.-Quiero ir y verla, por favor, maestro Aioria, por favor. Saber que está bien.

-No, quédate aquí, Aimeé. Es una orden.

Aimeé hizo una cara que le dijo a Aioria claramente que estaba conteniéndose para no gritar con todas sus fuerzas, pero obedeció. Así que Aioria prosiguió su camino. En Aries, Mu también estaba despierto y expectante. A lo lejos vieron a alguien que parecía Kanon de Géminis traer en brazos a una figura femenina inconsciente. Aioria y Mu fueron hacia él, pero nada los habría preparado para observar sin preocuparse el estado en que venía Marah, quemada, cortada, golpeada, pálida y sangrante.

-¿Quién?-preguntó Aioria apretando los puños. Mu tomó el pulso de Marah de una de sus muñecas.

-Algol de Perseus. –contestó Kanon sin apartar la vista del rostro de la joven.

-Hay que hacer algo. Ya. La estamos perdiendo.-dijo Mu, soltando la mano de Marah. Los tres hombres, huyendo del torrencial aguacero, se introdujeron rápidamente en el Templo de Aries, donde Mu los guió hacia una habitación vacía en el área privada. Kanon la descargó suavemente en el camastro mientras Aioria encendía un candil de aceite. El rostro de Marah estaba mortalmente pálido.

-Mi niña, ¿por qué te metes en tantos problemas?-murmuró Aioria, apesadumbrado, quitándole el pelo empapado de sangre y agua de la cara. Kiki abrió la puerta de la habitación, acompañado de Chloe de Cáncer.

-¿Por qué me mandaste a llamar a esta hora, Mu?-espetó Chloe, con los brazos cruzados, muy fastidiada. Sus ojos verdes chispeaban con mal humor. La habían sacado de la cama cuando al fin había logrado dormirse, y no pensaba perdonarlo tan pronto. Luego sus ojos verdes vagaron por los rostros crispados de pánico de Aioria y de Kanon, y posteriormente, se fijaron en la figura maltrecha que yacía en la cama entre la vida y la muerte. Parpadeó un par de veces, sus largas pestañas negrísimas haciendo sombras contra sus mejillas moteadas de pecas. Soltó algunas maldiciones en francés.

-¿Qué quieren que haga?-preguntó, acercándose a la cama. Aioria le tomó el brazo.

-Por favor, sálvala. No dejes que se acerque al otro lado.-pidió el León con un ligero temblor en la voz. Chloe suspiró. Los ojos de Kanon estaban fijos, aterrados, en Marah, cuya respiración se elevaba en gorgoritos de sangre de su boca. La Santa de Cáncer tomó una decisión rápida.

-Todos fuera. Ya.-dijo Chloe. Aioria y Mu salieron de la habitación. Kanon se quedó.-Tú también, azulejo.

-Déjame quedarme, Chloe.-suplicó Kanon.-Puedo ayudarte en lo que necesites…

-No me subestimes, jumeau mauvais. Puedo sola. Retírate, no te va a gustar lo que verás si te quedas.

Kanon se resistió un poco pero también se retiró de la habitación cerrando la puerta tras él. Los tres hombres y Kiki se recostaron contra las paredes cercanas a la puerta de la habitación, quitándose con las manos el agua de la cara y el pecho.

-Si yo hubiera intervenido esto no habría pasado. Pensé que ella lo tenía bajo control pero los ataques de ambos se estrellaron y rebotaron. Además le cayó un rayo. Fue algo muy extraño-murmuró Kanon a nadie en particular. Aioria miró al techo, tenso. Se dio cuenta de que la chiquilla, probablemente, había estado intentando prepararse para el entrenamiento, usando su cosmo y sintonizándolo con la tormenta eléctrica que se preparaba para desatarse.

-El "si yo hubiera" es inútil. ¿Bajo control? Mírala. Está deshecha. Qué lástima que esto tendrá que ser juzgado por el Patriarca. Si por mí fuera, lo mataría. Mataría a ese bastardo. Desde hace tiempo ya había notado que algo pasaba, ella lo odiaba. Y Marah es demasiado altiva como para odiar a alguien con tanto encono. Al parecer la alumna de Aldebarán lo escuchó diciendo que iba a hacerle daño a Marah si se la encontraba sola, pero no dijo nada.-soltó Aioria, enojado. Varios relámpagos iluminaron la Casa.

-Tú no sabes hasta qué punto Marah es capaz de soportar. Es una sobreviviente.- le espetó Kanon a Aioria, molesto. El rostro y el pecho del santo de Leo enrojecieron de ira.

-Claro, tú sí lo sabes, porque también te dedicaste a hacerla pedazos. No creas que te lo he perdonado. Ella sí, y está loca por haberlo hecho.-saltó Aioria. Mu puso una de sus manos en su hombro. Y la otra en el hombro de Kanon para tratar de calmarlos.

-Lo único que podemos hacer por el momento es tratar de que ella se recupere, Aioria. El Patriarca juzgará. Por cierto, no siento el cosmo de Algol.

Los tres hombres se miraron, casi sonriendo. Entonces se distrajeron al sentir el cosmo de Chloe de Cáncer encenderse al compás del estallido de un relámpago que iluminó de azul todo el recinto de Aries, acompañado poco tiempo después de un gran trueno. Y luego sintieron el cosmo de Marah resurgir. Unos segundos después, Chloe abrió la puerta.

-Toda suya, señores. –dijo. Parecía algo agotada. Mu y Kanon entraron a la habitación.

-¿Tuviste que traerla del Otro Lado, verdad?-preguntó Aioria. Chloe asintió.

-No estuvo mucho tiempo allí, no te preocupes. No había cruzado el río siquiera. El que sí estaba allí era Algol de Perseus…Creo que tendré que ir a buscarlo también…

Aioria sonrió tenso y le agradeció a Chloe su ayuda. Luego se adentró en la habitación.

Mientras tanto, Mu había apretado rápidamente varios puntos en el pecho, cuello y piernas de Marah y las hemorragias cesaron. Kanon se sentó en el borde del camastro, cerca a su cabeza, y encendió su cosmoenergía para intentar mantenerla tibia, porque Marah estaba poniéndose más fría con cada minuto que pasaba. Aioria también encendió su cosmo y empezó con los ojos cerrados a palpar suavemente su pecho y su abdomen para saber qué huesos y órganos podrían estar dañados. Luego palpó su cabeza y su cuello y por último sus brazos y sus piernas. Cuando abrió los ojos su expresión era sombría y triste.

-¿Está muy mal, Aioria?-preguntó Mu.

-Vivirá.-contestó él. Cerró los ojos y dejó sus manos posadas y su cosmoenergía dorada ardiendo durante un tiempo que pareció larguísimo sobre el abdomen de Marah, sanando como mejor pudo sus órganos internos rotos. Luego procedió con su cabeza y su cara, reconstruyendo los huesos y los tejidos. Luego con sus brazos y sus piernas. Los tres santos permanecieron en silencio durante mucho, mucho tiempo, Aioria y Kanon con sus cosmoenergías encendidas. El color volvió un poco al rostro de Marah, que ya se veía menos magullado. Afuera, la tormenta amainó.

Aioria y Kanon apagaron sus cosmoenergías. Aioria tomó con delicadeza a Marah y la envolvió en las sábanas mojadas y ensangrentadas del camastro. Luego la cargó.

-Creo que debo aprovechar para llevármela al Templo de Leo. Antes de que vuelva a llover. Te agradezco muchísimo, Mu.

-Fue con todo el gusto, Aioria. Kanon. –dijo el santo de Aries, sinceramente aliviado. Kanon aún seguía tenso. Mientras salían del cuarto, notaron la ausencia de Chloe de Cáncer.

-¿A dónde fue Chloe, Kiki?-preguntó Kanon. Kiki sonrió y se pasó una mano por el pelo, guiñándoles a todos descaradamente un ojo.

-Fue a buscar a Algol de Perseus. Dijo que dejarlo muerto era evitarle sufrimiento y que así la sacaría demasiado barata.

Todos sonrieron. Algol pagaría y Marah se recuperaría. Kanon y Aioria emprendieron el camino hacia el Templo de Leo. En Tauro, Aimeé todavía seguía pegada al techo, y cuando vió la sangre que empapaba las sábanas en las que Marah estaba envuelta pensó lo peor y salió corriendo hacia ellos con la cara desencajada de pánico.

-Va a ponerse bien, Aimeé, no te preocupes. Luego nos contarás en detalle qué escuchaste a Algol de Perseus decir. Es importante.-dijo Aioria.

-Claro.-contestó Aimeé, aliviada.- ¿Seguro se pondrá bien? Toda esa sangre…

-Sí, claro que sí. –le dijo Kanon.- Ve a dormir, niña. Luego puedes ir a visitarla en Leo.

Aimeé asintió. Kanon y Aioria siguieron hacia Leo envueltos en una tensa calma. En el horizonte despuntaba el amanecer.

En Géminis, Saga y Dora salieron a verlos cuando pasaron por allí. La vestal se tapó el rostro con ambas manos, horrorizada. Saga se adelantó y miró a su gemelo a los ojos, le tomó el hombro, y luego miró a Marah, envuelta en las sábanas ensangrentadas en los brazos de Aioria.

-¿Quién?-preguntó, con una expresión de furia contenida. La chica no le importaba en lo más minimo, pero la expresión dolorida en el rostro de su hermano, sí.

-Perseus.-respondió Kanon.-Chloe de Cáncer se está ocupando de él, están en Cabo Sounión.

Saga, sin decir una palabra, salió de Géminis en dirección a Aries. Dora se atrevió a mirar a través de sus dedos. Una corriente de aire movió el área de la sábana que tapaba el rostro de la muchacha en los brazos de Aioria. Sus rasgos estaban desfigurados por la hinchazón y las quemaduras. La vestal, con las manos temblorosas y lágrimas surcándole las mejillas, volvió a taparla. Miró duramente a Kanon a los ojos, y con una expresión de fría cólera contenida, que inmediatamente lo hizo sonrojar de vergüenza por unos segundos. Era un reclamo silencioso que resonó con estridencia por toda Géminis: "tú la dejaste pasar, la dejaste sola, y estas son las consecuencias".

La vestal también se retiró. Aioria y Kanon siguieron su camino, cada uno mascullando internamente sus sentimientos de culpa. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos para que Dora no los oyera, Aioria suspiró.

-No quiero ni imaginarme lo que hará Agnés cuando la vea. Me matará.-se quejó el león. Kanon le dirigió una mirada lúgubre.

-Y a mí.

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Agnés se rehusó a salir de la cocina, pero desde la habitación de Marah podían escucharla rezongar y maldecir en voz alta. Al fin depositaron a Marah en su cama.

-Bueno, supongo que el entrenamiento de hoy se cancelará. Hasta nuevo aviso.-suspiró Aioria, compungido. –Y le había ido tan bien ayer…

-Yo me quedaré con ella, Aioria. Te esforzaste mucho curándola y te lo agradezco. Todo esto es culpa mía.-dijo Kanon con expresión derrotada, sentándose en la silla en la que solía sentarse Aioria cuando hablaba en privado con Marah.

-No me lo agradezcas, Kanon, haría lo que fuera por ella. Es mi alumna. Y…si…y no. Con respecto a si es tu culpa. No te tortures mucho. Lo importante es que no la dejes sola, como en estos últimos meses. Le ha costado mucho aceptar lo que sucedió con su familia y se siente tremendamente culpable por el error que cometió contigo. Además eso de saberse maldito por un dios no es cualquier cosa.

Kanon asintió. Aioria se acercó a su alumna y le acarició la frente. Luego salió de la habitación. El santo de Géminis se levantó de la silla, tomó la jarra de agua y una jofaina y buscó en el armario de Marah un trapo limpio con qué lavarla. La desnudó y suavemente, con el trapo húmedo, le quitó toda la suciedad y la sangre del cuerpo. En un momento de doloroso escalofrío, se imaginó que así debía sentirse preparar a alguien para la tumba. Luego tomó un camisón limpio del armario y la vistió. Se quitó la ropa mojada y se acostó a su lado, encendiendo su cosmo, para no dejar que ella se enfriara, y se tapó a sí mismo y a ella con cobijas limpias.

Se quedaría a su lado día y noche hasta que se mejorara.

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Abrí los ojos. El cuerpo me pesaba muchísimo. Todo era borroso y confuso.

-Moromou, quédate quieta. Aquí estoy.

-¿Kanon?- dije, con la lengua pesada. Empecé a llorar.- ¿Estoy muerta?

-Shhhh. No, no estás muerta, mi pequeña. –dijo la voz de Kanon. Empezó a hacerse más nítido ante mí, sus ojos resplandecientes de felicidad. Intenté llevar mi mano hacia él para tocar su rostro pero me fue imposible.

-No…puedo…moverme…-dije. Empecé a sentir pánico. Kanon apartó el pelo empapado de sudor de mi frente. Lo miré bien. Estaba ojeroso y algo demacrado. Me tomó en sus brazos y me sentó un poco en la cama. Me quitó la máscara de oxígeno que tenia puesta en la cara y luego me acercó un vaso con agua y me ayudó a tomarlo despacio, mitigando la intensa sed que sentía.- ¿Cuánto tiempo… llevo dormida?

-Dos semanas.-contestó él. Noté entonces que en mi brazo derecho había pegada una intravenosa que colgaba de un poste junto a mi cama, además de distintos artilugios que pitaban conforme al ritmo de mi corazón. Estaba en una habitación de hospital. Afuera llovía a cántaros, contribuyendo a mi sensación de confusión.

-Algol. Algol me hizo esto. ¿Qué pasó con él? Yo…lo ví…Lo ví…Cruzaba un río y luego…Chloe…Vino Chloe y me tomó de la mano. No tiene sentido…Fué un sueño. ¿Qué pasó?

-Shhhh, vuelve a dormir.-Kanon me acomodó de nuevo en la cama, encendió su cosmo y me tocó la frente con su pulgar derecho, y una deliciosa sensación de sopor me invadió. Me besó en los labios y sonreí como una tonta. Lo amaba.

Antes de hundirme en la inconsciencia sentí una breve sensación de pánico, como cuando uno se salta un escalón. Sentí que me faltaba algo pero no pude identificar qué y cuando quise intentar pensar en ello, ya estaba dormida.

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Muchas gracias a todosssssssss por sus reviews!

Gracias por seguir leyé buenitos y pásense por Crossroads, el diario de Aimeé, y déjenle amor ;)

Nota #3: Thirst Snake es una canción de la increíble banda TIAMAT. Y lo del principio son recuerdos de Marah durante su entrenamiento en el desierto con Algol.