Muchas gracias a Brozz Ren, Tsuki Girasol, Kari y Marde State por sus reviews. Disculpen por favor la tardanza. El trabajo me drena la existencia.

XVII

PARÁLYSI

Sentía, de vez en cuando, los pitidos muy lejanos de los aparatos que monitoreaban mi corazón y el silbido del oxígeno artificial llenando mis pulmones. También escuchaba el aporreo insistente de la lluvia contra la ventana, los rayos y los truenos.

Y susurros quedos. De los doctores, enfermeras, Kanon, Aioria. Pero todo era tan confuso que era incapaz de distinguir la realidad de las pesadillas terribles y los sueños vívidos que tenía. Y de los que era incapaz de despertar, sospechaba, por obra de Kanon o de los medicamentos que me ponían, o de ambas cosas.

En ocasiones soñaba que estaba en el desierto, visiones tranquilas de dunas iluminadas por una luna llena que casi llenaba el cielo con su luz, las estrellas de la Via Láctea entera cubriendo toda la bóveda celeste en distintas tonalidades, como una nebulosa. De mis pasos surgían florecitas blancas de la arena estéril, y veía a una mujer de largos cabellos castaños, envuelta en sedas azules y cargada de joyería de plata al estilo beduino, que bailaba con un sable en sus manos, rodeada de toda una tribu de beduinos que parecían adorarla, como si fuera más que una simple humana.

Su ojos grises se quedaban fijos en los míos y la silueta de la estatua inmensa de Athena en el Santuario se transponía con la de la mujer.

Otras veces, tenía pesadillas hórridas en las que caminaba por parajes desolados, huesos humanos astillándose bajo mis pies descalzos, haciéndome daño, mientras yo huía de un terror sin nombre y sin forma que me acechaba, tragándose la oscuridad, pues era luz naranjada calcinante que provenía de todas y a la vez, de ninguna parte, y todo lo que tocaba estallaba en llamas y se convertía en cenizas. En otras ocasiones, enormes serpientes de escamas irisadas me mordían, y el veneno era agonía pura, fuego líquido, y los cadáveres de sus víctimas anteriores me sonreían en aquellas oscuras y profundas cavernas donde me las encontraba.

A veces, sólo a veces, me veía a mí misma, niña, sentada en las piernas de mi padre en nuestra casa en Londres. Veía a una figura vestida de blanco, mi madre, cargándome y llenándome de besos el rostro de mejillas gorditas y sonrosadas. Mi abuelo se reía mientras yo bailaba y daba vueltas hasta caerme al suelo alfombrado en nuestra casa de El Cairo.

Y también veía a Kanon, besándome bajo nuestro cedro en el Santuario, las hojas del árbol extendiéndose casi hasta el infinito, escudándonos de la luz del sol, y él olía a sándalo y sal y su largo pelo me cosquilleaba en las mejillas, sus brazos cubriendo mi espalda, su mano en mi nuca, sus dedos enredados en las raíces de mi cabello.

Mis párpados se movieron un poco, intenté abrir los ojos, pero no pude. Me pesaba mucho todo.

-¿Ha vuelto a despertar?-la voz de Aioria sonaba rasposa, como si estuviera enfermo, o como si hubiera gritado hasta quedarse ronco.

-Lo ha intentado mucho, pero los doctores la mantienen sedada. Dicen que debemos esperar hasta que su cerebro se desinflame. El bastardo le dio muchos golpes en el cráneo y temen secuelas. Les llama la atención que la dosis de los medicamentos que deben usar para mantenerla inconsciente es increíblemente alta.-contestó la voz de Kanon. El pitido que sonaba al unísono con mi corazón se aceleró. –Está despertando. Voy a llamar a la enfermera…

-No, déjala. Creo que si está tratando de despertar desde hace semanas es porque ya está preparada para hacerlo. Si algo sucede, la dormimos de nuevo.-protestó Aioria. Empecé a luchar para no decepcionarlo, tenía que verlos a los dos. Al parecer tenía una costra pegada entre los párpados, y sentí algo de asco. Pues claro, llevaba dormida semanas, tenía que tener unas inmensas lagañas. Fruncí el ceño. La luz me deslumbró, parpadeé un par de veces. Dirigí la mirada, con los ojos llorosos, a los dos hombres que estaban sentados en sillas de plástico al lado de mi camilla.

Kanon tenía unas ojeras inmensas y se veía pálido y delgado. Aioria no tenía mejor aspecto. De inmediato noté que no podía voltear la cabeza para verlos pero pensé que quizá se debía a que estaba muy sedada aún.

-Marah.-susurró mi maestro, inclinándose sobre mi para darme un beso en la frente.

Que no sentí en lo absoluto. Con un estallido de pánico que se reflejó en los pitidos del monitor, reanudé el hilo de pensamiento que se había quedado sin analizar antes quedarme dormida.

No podía moverme y casi no podía sentir. Empecé a gritar histérica, alaridos animales que no tenían forma ni sentido ni fondo porque no conseguía que mi boca articulara frases completas. Kanon intentó calmarme susurrando. No lo logró. Aioria intentó calmarme también. Tampoco lo logró.

Se dieron cuenta de que algo iba tremendamente mal cuando Kanon me agarró en brazos por el torso para estrecharme contra su pecho, mis brazos, espalda y cuello moviéndose sin ningún gobierno por mi parte, sin que mi cuerpo se tensara, ni mis músculos respondieran de ninguna manera. Se miraron a los ojos, ambos palideciendo de pánico. Su reacción terminó de descontrolarme. Como seguía llorando y dando alaridos, Kanon solucionó la situación poniendo su dedo índice en mi frente y produciéndome un desmayo instantáneo con lo que yo sospechaba era una versión suave del Satán Imperial.

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Volví a despertar en el Santuario varios días después, luego de un sinfín de exámenes médicos que habían determinado que mi columna vertebral, mi médula espinal, mi cerebro y mi sistema nervioso funcionaban perfectamente.

Sin embargo al parecer yo no podía controlar mi cuerpo. Había perdido mi cosmo y mi dominio sobre mí misma. Así que me llevaron al Santuario hecha un guiñapo, para consultar con el único hombre que podía dar luz sobre lo que me estaba sucediendo: Shaka de Virgo.

Me llevaron Kanon y Aioria a su templo, envuelta en mantas para que no me mojara bajo la insistente lluvia que no parecía querer parar. Fuimos recibidos por la densa y casi tóxica nube de incienso que siempre llenaba la atmósfera de Virgo. Al parecer ya estaba informado de nuestra visita. La vestal de Virgo, a quien nunca había visto antes, nos guió a una habitación en la parte trasera del templo en donde ya había preparado un lecho alto. Tenía pelo negro y piel oscura, seguramente era hindú; su túnica de vestal era un sari de color naranja con el que se cubría incluso hasta la cabeza, sin joyas ni adornos de ninguna clase, ni siquiera el cinturón de campanitas y accesorios utilitarios que llevaban las demás vestales. Se movía sin hacer ruido, su mirada siempre dirigida al suelo, era delgada, un ser etéreo. Sin duda Shaka debía haberla escogido personalmente con la intención de que su presencia en el sexto templo no interrumpiera de ninguna manera su meditación.

Kanon me depositó sobre la camilla, y entre él y Aioria me quitaron las sábanas que me envolvían, dejándome vestida sólo con un corto quitón de lino amarillento. Unos segundos después el Santo de Virgo entró a la habitación, vestido también con un sari blanco drapeado sobre el hombro izquierdo, cubriendo en parte su torso desnudo. Era increíblemente delgado, fibroso, parecía no tener casi grasa entre la piel y el músculo. Hizo un par de reverencias con la cabeza a los dos Caballeros de Oro presentes, que le respondieron, sin enunciar palabra. Yo me pregunté para qué le respondían la reverencia, si tenía los ojos cerrados y no podía verlos.

Luego recordé que Shaka era capaz de sentir los movimientos de quienes le rodeaban.

-Al parecer, por fin te has quedado quieta, niña.-me espetó sin compasión alguna, haciendo que un par de lágrimas de ira se escaparan de mis ojos. Aioria me observó frunciendo el ceño, con un brillito en la mirada que me dijo que me daría una tunda por no controlar mis sentimientos delante de otro Santo, especialmente avergonzándolo delante de Shaka. Un fogonazo de rabia contra mi maestro se apoderó de mi estómago, queriendo ser capaz de comunicarme telepáticamente para gritarle un par de cosas. Kanon permaneció con el rostro impasible, pero sus dedos limpiaron con rapidez las lágrimas de mis sienes, gesto que no pasó inadvertido para Shaka, que chasqueó la lengua.

-Lo hacen demasiado obvio, ¿saben? Hay trazas del cosmo del otro por doquier en sus propias cosmoenergías-comentó, distraído, sus largos dedos, más bien huesudos, me tomaron la muñeca derecha, apretándola en un ángulo que debía ser doloroso. No sentí nada.- ¿No te parece triste entregar tus derechos como ciudadano de nuestra pequeña polis por unos cuantos ratos de placer, Géminis?

-No. Sus sesiones eran extremadamente aburridas.-contestó Kanon, con una actitud blaseé que encontré fascinante. Yo sabía, sin embargo, en mi interior, que perder su derecho al voto y a hablar en público como Santo de Oro le molestaba muchísimo. Todo por mi culpa. Kanon sonrió.-Además estar con mi pequeña tiene beneficios agregados, por ejemplo, el sexo es increíble.

Todo mi cuerpo se sonrojó. Aioria se tapó la cara con una mano, ambos compartíamos el sentimiento de querer irnos por siempre jamás a Timbuctú, esconder la cabeza en la tierra por el resto de la eternidad. Y Kanon tan campante. Descubrí que podía apretar los dientes y los párpados con mucha fuerza.

Shaka entendió el mensaje y no volvió a hacer comentarios sobre mi relación con Kanon. Encendió su cosmo, una ola expansiva casi divina en poder que hizo que los dos caballeros de oro presentes apretaran los músculos de los brazos y el pecho para resistirla. Y Shaka me tocó el centro de la frente con el pulgar.

Mi cosmo llameó, expulsado de mi cuerpo con toda su potencia habitual. Vi a mi maestro y a Kanon suspirando de alivio. Y yo también suspiré. Shaka prosiguió su exploración de mi cuerpo con las yemas de sus dedos, profundamente concentrado, aun con su cosmo encendido, el mío llameando. Quise reírme un poco al ver cómo Kanon metía sus dedos en el campo de mi cosmoenergía y jugueteaba con ella, como si fuera un líquido gaseoso o una llama muy densa, hasta que uno de los rayitos de energía que siempre chasqueaban en mi cosmo le electrocutó los dedos. Retiró la mano agitándola y haciendo un gesto de dolor con la cara, luego se sopló los dedos. Aioria lo observó con cara de "te está bien empleado", y yo también, nuestro pequeño intercambio hostil inadvertido para el Santo de Virgo, que estaba prácticamente encorvado sobre mí. Me tocó el pecho, el abdomen e incluso los muslos, no supe si a propósito para hacer enojar a Kanon, a quien se le brotó una vena de la frente. También presionó mis puntos estrellados, correspondientes a la constelación de Leo, sin resultado alguno.

El Santo de Virgo pareció llegar a una conclusión. Durante unos segundos se paseó por la habitación, lejos de nosotros tres, un brazo cruzado sobre el pecho, el codo del otro brazo apoyado sobre él, la mano en la barbilla, pensativo. Al final volvió con nosotros.

-Todos los meridianos energéticos de su cuerpo, del pecho hacia abajo, están bloqueados. En cierto modo el ataque de Algol de Perseus, que involucra la inmovilización de átomos y partículas, llegó a ella, de un modo muy difuso, por supuesto, entre el rayo que le cayó y su propio ataque rebotándole. Su cuerpo no estaba preparado para recibir una cantidad tal de cosmoenergía.- dictaminó. Me sorprendió muchísimo que sólo con tocarme pudiera haber obtenido toda esa información.

-¿Quieres decir que se quitó el sentido del tacto accidentalmente?-preguntó Kanon, confuso. Shaka meneó la cabeza.

-Podríamos expresarlo así, pero no exactamente. Sin embargo sí, su sentido del tacto está totalmente ausente. No hay un daño nervioso real permanente así que podrá volver a moverse, siempre y cuando pueda volver a reconectarse con su cuerpo, y eso llevará tiempo y esfuerzo. Si es que lo logra. Tiene que aprender a encender su cosmo sin sentir su cuerpo, y hasta donde sé, esta chica es incapaz de separar la carne del espíritu.

Aioria me envolvió de nuevo en las sábanas como si yo fuera un bebé, y me puso como un saco de papas sobre su hombro, tras agradecerle a Shaka por su ayuda, para volver a Leo acompañados de Kanon. Ví en su rostro cuando me puso en la cama una expresión brutal de decepción. Yo también estaba así de decepcionada. Así que no había nada de qué hablar.

Kanon y Aioria me dejaron a solas, en la oscuridad. Los escuché hablar afuera, con Agnés. Mi pecho empezó a moverse solo por la intensidad de mis sollozos. No me importó que me escucharan desde afuera. Nadie acudió a consolarme.

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Yo podía parpadear, respirar, deglutir y decir unas pocas frases por mi propia cuenta. A eso se reducía lo que podía hacer con mi cuerpo. Con el paso de los días pude volver a sentir el frío y el calor y el dolor, pero me llegaban muy lejanos, como a través de una tela gruesa.

La vida se convirtió en una sucesión interminable de cosas que la gente tenía que hacer por mí. De ver la luz moverse en el cuarto produciendo sombras y anunciando la hora. De silencio. De vergüenza. Kanon y Aioria se turnaban para bañarme y alimentarme, y aunque apreciaba increíblemente su ayuda, lloraba de vergüenza y de tristeza de verme reducida a esa situación, de rabia por ser absolutamente incapaz de controlar mi cosmo ni mi cuerpo.

Me hundí en una desesperación muda, me convertí en una gran muñeca de trapo…que ni siquiera era bella. Aimeé vino un día a visitarme, tratar de animarme, leerme un poco. Apenas sus ojos añiles se posaron en mi rostro, un espasmo de horror se apoderó de su cara durante unos segundos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Con estoicismo nórdico, se tragó lo que fuera que estaba sintiendo y volvió a sonreír. La admiré por su fortaleza. Luego me sentí tremendamente mal.

Estaba haciendo ese esfuerzo para no quebrarse delante de mí y hacerme saber cuán mal me veía. A veces notaba la mirada de Kanon quedarse unos segundos más en mi rostro, su cara inexpresiva. Aioria evitaba mirarme todo lo que podía. Como yo no podía moverme, ni tocarme, no sabía que tanto me había dañado, pero yo suponía que estaba derretida, chamuscada y deforme.

La voz de Aimeé sonaba triste mientras me leía de una copia de Las Mil y Una Noches que no sabía de dónde había sacado y sospechaba que la había extraído de la biblioteca de Acuario sin permiso de Camus, lo cual me impresionó. Arriesgarse a la ira de la paleta de ácido clorhídrico por robar uno de sus preciosos libros no era cualquier cosa. Yo insistía en mirar el techo, inexpresiva. Aimeé se hartó de mi actitud y cerró el libro de un tortazo.

-No me trates como si no existiera, Marah-dijo, sobándose las sienes con los dedos.

-¡La…q—que nn-no existe, soy…yo!-le dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para hablar. Sentí mis mejillas enrojecerse por el esfuerzo. Vivir en ese estado era igual a ser prácticamente nada.

-La única que puede sacarte de ese lío eres tú, si dejas de lloriquear y comportarte así. ¿Dónde está la Marah que pelea, la que lucha hasta las últimas consecuencias? No conozco a esta persona que se refugia en su miseria, ¡y has estado así desde hace meses!-me espetó, poniéndose en pie, su pelo increíblemente rubio ondeando tras ella, el borde de su túnica de algodón blanco abandonando mi campo de visión. Suspiré, mis ojos llenándose de lágrimas de frustración.

Afrodita de Piscis entró en la habitación unos minutos después de que Aimeé se fuera, sin tocar la puerta ni anunciarse. No portaba su armadura, sino un conjunto de camisa y pantalón de lino blanco que yo juraría era de diseñador. Llevaba una simple rosa blanca en la mano. Una vez posó los ojos en mí, se llevó el dorso de la mano a la boca en actitud dramática, sus pupilas dilatadas de horror. Se acercó a mí y dejó la rosa en la mesa de noche. Sus manos se contrayeron espasmódicamente un par de veces como si tuviera tics. Quitó sus ojos de mi rostro y apartó con sus dedos un mechón de pelo de mi cara con algo que pensé que era cariño mezclado con rabia.

Y así como vino, se fue, cerrando la puerta tras de sí. Y desde su visita me negué, a los gritos a que cualquier persona entrara en mi habitación. Pasaron dos días, hasta que el mismísimo Kanon, harto de mi pataleta, entró a mi cuarto, ignorando mis alaridos de rabia, me sacó de mi lecho asqueroso y me llevó al baño de Leo, cerrando la puerta detrás de sí con seguro. Procedió a ponerme en el piso y desvestirse. Se quitó la camisa, las botas y el pantalón, dejándose los boxers.

Había olvidado lo absolutamente hermoso que era Kanon de Géminis. Dejé de gritar para concentrarme en admirarlo.

-Así me gusta.-dijo, recogiéndose el cabello en una coleta, haciendo que los músculos de su pecho y sus antebrazos se realzaran, el caminito de vello dorado y grueso que empezaba en su ombligo perdiéndose de manera sugestiva bajo el elástico de su ropa interior. Cerré los ojos. Sólo ver a Kanon sin ropa me hacía desconcentrar de mi miseria y no quería eso. Necesitaba hundirme en ella para no sentir nada más. –Mírame, Marah. Necesito que me mires.

Le obedecí. Se había puesto de rodillas a mi lado, y con delicadeza, me estaba retirando el camisón y la ropa interior. Luego me tomó en brazos y entró conmigo a la terma. Lo supe porque lo ví, pero no porque pudiera sentir el agua. Se sentó conmigo en su regazo en las escaleras que llevaban del borde de la bañera al fondo, justo al lado de uno de los leones de cuyos hocicos caía el agua a la terma. Me lavó concienzudamente, como todos los días, pero hoy era diferente. Había algo en la forma en como me movía, acercándome a su cuerpo cada que podía, en cómo me miraba.

Me estaba seduciendo y lo encontré asqueroso. ¿Cómo podía pensar en eso, sabiendo que yo estaba horrenda y reducida a un guiñapo? ¿Cómo siquiera encontraba dentro de sí algún rescoldo de pasión por mí, que era poco más que nada? Incluso me sentí violada. El podría obtener placer de mí, pero yo no obtendría ninguno. Era un sacrificio que estaba dispuesta a hacer por él, porque lo amaba locamente, pero me hería su egoísmo. Cerré los ojos con fuerza y lloré.

-No, no te estoy tocando para eso. Sea maldito por los dioses si alguna vez te fuerzo. –me dijo. Su voz sonaba muy cerca. Al abrir los ojos, me di cuenta de que había pegado su frente a la mía.-Quiero que vuelvas a sensibilizarte, despacio, a reencontrar tu cuerpo y tu cosmo. Una vez te quité tu sentido de la vista, ¿lo recuerdas? Y activaste tu Sexto Sentido. Este impase es sólo otra prueba para ti. Quiero que te concentres en tu respiración. Sé que no puedes sentirlo, pero quiero que imagines, que visualices que todo tu cuerpo se llena de la luz de tu cosmoenergía. Puedes tomarlo a tu favor…Ya que no sientes tu cuerpo, tu cosmo ya no tiene barreras físicas para manifestarse…

Le hice caso. Cerré los ojos y visualicé una luz intensa llenándome. Intenté recordar qué se sentía al encender mi cosmo, un hormigueo, como si me estuviera pasando corriente eléctrica por el cuerpo suavemente hasta que se volvía tan intenso que debía salir de mí. Acompasé el ritmo de mi respiración a los latidos de mi corazón, que me retumbaban en los oídos. Me sostuvo un muy largo rato así, mientras susurraba en mis oídos palabras en griego antiguo que medio entendí, tan concentrada estaba. Invocaba a la fuerza de la leona que me habita, él, quien había sido el Dragón del Mar y ahora uno de los portadores de Géminis.

Vi a una joven muy delgada, de ojos azul turquesa resplandecientes de furia asesina, su rostro hermoso contraído en una mueca de fiereza que contrastaba con su estructura ósea delicada. El larguísimo pelo castaño y rizado ondeaba por su propia voluntad en el aire, como si se encontrara bajo el agua. Estaba muy golpeada, con el dorso de la mano envuelta en vendas sucias se limpió la nariz, que le sangraba. Su cosmo, una luz amarillenta surcada de ramificaciones eléctricas azules, iluminaba varios metros a la redonda de Géminis, y su potencia levantaba pequeñas piedrecitas del suelo que levitaban atrapadas. La joven caminó adelantándose, inexorable, una fuerza monstruosa de la naturaleza contenida a duras penas en aquel cuerpo pequeñito cuya ropa estaba rota en muchos lugares y sucia de una sustancia parecida al alquitrán. La ví alzar los brazos y gritar, formando un circulo en el aire, y sentí un miedo atroz y visceral cuando una bola de energía tan caliente como el sol se aproximó volando hacia a mí a una velocidad de vértigo. La potencia del impacto fue desgarradora, bestial, mi cuerpo entero se sentía calcinado. Me choqué contra una columna y luego caí al suelo, y sentí una mezcla de alegría y miedo. Miedo de morir, y alegría de saber que al fin había logrado que se defendiera.

Me di cuenta de que Kanon estaba enviando, con su cosmo, un recuerdo a mi cabeza. Así había sido su perspectiva de aquella ocasión en que había usado el Solar Storm tras volver de la Dimensión del Triángulo Dorado sola. Y en ese momento me dí cuenta de lo poderosa que era. Sentí que Kanon había sentido miedo. ¡Miedo de mí! Era una revelación increíble.

-¡Auch!-se quejó Kanon. Lo miré. Las chispas de mi cosmoenergía, al contacto con el agua, lo estaban electrocutando. Mi cosmo surgía de mí en ondas, tan brillante como siempre, aunque no podía sentir mucho ni mover nada de mi cuerpo. Lágrimas de felicidad se escaparon de mis ojos. Kanon se salió conmigo del agua aún quejándose por las chispas. Apagué mi cosmo y volví a encenderlo a voluntad.-Si, sí, es un gran avance, pero por el amor de Athena, ¿podrías dejar de hacer eso? Si hay algo que me fastidia es la electricidad, desde que Saga me obligó a meter los dedos en un enchufe cuando éramos niños.

Me reí, contenta. Al menos ya podía encender y apagar mi cosmo. Pero seguía sin sentir y sin poder moverme y me deprimí un poco ante la titánica tarea que me esperaba.

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Pasaban los días y yo seguía hundiéndome más y más en mi hueco personal ante mi inhabilidad para volver a dominar mi cuerpo. Una tarde Aioria llegó con una joven de cabello castaño oscuro, piel blanquísima y ojos color avellana vestida con una túnica de vestal de Templo que no podía ocultar con su corte recto y simple las pronunciadas curvas de la muchacha. Rodé los ojos aburridísima. No, no Eva, por favor. Esa mujer era hermosa y perfecta, la última persona en la tierra que quería que me viera así. Además, no sabía si podía confiar en ella.

-No seas grosera, muchachita.-me dijo Aioria.-Eva va a ayudarte con tus músculos hoy. Pórtate bien.

-¿Por qué no Kanon? Él siempre lo hace.- les contesté mentalmente a ambos. Esa operación era delicada y muy íntima, masajearme el cuerpo con aceites para que mis músculos no se terminaran de atrofiar y mis articulaciones siguieran flexibles.

-Porque él también tiene que descansar, niñita desconsiderada. Se la ha pasado casi un mes atendiéndote día y noche.-me contestó Aioria con fingida acritud.- Toda tuya, Eva. Cuidado, que muerde.

Aioria abandonó la habitación. Eva se acercó a mí, sonriendo. En las manos llevaba un delantal y una jarrita de aceite. La jarrita la puso en la mesa de noche y se puso el delantal.

-Bueno, señorita. Hora del estirón- dijo risueña. Se acercó a la cama y sin siquiera pedir permiso, me quitó las sábanas y las lanzó lejos. Luego procedió con mi ropa. Me sonrojé intensamente. A ella no parecía importarle que una persona paralizada estaba desnuda delante de ella e indefensa para taparse. Me acomodó semisentada en la cama (dioses qué fuerza tenía para moverme como muñeca de trapo) y empezó su labor. Primero los dedos de ambas manos, flexionándolos y contrayéndolos, con sus manos embebidas de aceite. Las articulaciones de las muñecas. Los codos y los hombros. Luego me movió un poco, para tener acceso al cuello. Me movió la cabeza de un lado a otro. Luego me puso boca abajo y me arqueó la espalda poniendo su rodilla sobre mi coxis y sus manos bajo mis axilas. No hizo absolutamente ningún comentario sobre mis cicatrices y se lo agradecí. Luego prosiguió con las piernas, las rodillas, los tobillos y los dedos de los pies.

Al terminar me envolvió en la sábana y me sacó cargada de la habitación para llevarme al baño. Era muy alta. Mucho más alta que yo, al menos, que rondaba el metro con sesenta y cinco y era más bien tirando a pequeña y delgada. Me descargó en el piso del baño y puso a correr el agua de la bañera hasta llenarla a la mitad. Luego me puso dentro y me bañó. Seguro así se sentía ser un bebé y no me gustaba para nada que alguien que acababa de conocer lo hiciera. Me lavó el pelo, que afortunadamente seguía bien corto, y me quitó el exceso de aceite de oliva del cuerpo. Al terminar me sacó de la tina, me envolvió en toallas de lino y me llevó a mi habitación. Allí, me sentó en una silla mientras cambiaba las sábanas de la cama, sacaba ropa limpia de mi armario y después, me vistió. Todo sin dejar de hablar del Santuario, de Aimeé, de Aldebarán, de Albiore de Cefeo; me contó que originalmente su maestro debió haber sido Aioros de Sagitario pero él andaba feliz por los Campos Elíseos así que a ella le habían asignado tareas aquí y allá y que tenía veintidós años y aún no había iniciado un entrenamiento propiamente dicho. Yo le conté someramente mi vida, que había nacido en Londres pero me habían criado entre Egipto y Arabia Saudita, que no tenía ni idea que este destino era para mí, que Aioria y Algol de Perseus prácticamente me habían sacado a rastras de mi casa y que los había odiado mucho tiempo por ello. Eva se reía a carcajadas. Era un espíritu alegre y dicharachero, la persona más fresca que había conocido en el Santuario.

-Yo creo que lo que tú tienes es mimos, Marah. Por lo que me han contado eres poderosa, para ser tan mínima y tan flaca. Así que deberías poder salir de este problema.- me dijo. Suspiré. Ojalá fuera así de fácil. Alguien tocó la puerta. Aimeé entró y no se sorprendió de ver a Eva tratando de meter mis brazos y mi cabeza, que parecían de goma, por entre las mangas y el cuello de un camisón. Volví a sonrojarme.

-Kitty, he estado hablando con varias personas.- me dijo Aimeé, viniendo inmediatamente a ayudar a Eva a terminar de embutirme dentro de mi ropa.– Supe por ejemplo que Ikki de Fénix una vez se dejó quitar sus cinco sentidos de Shaka de Virgo y luego los recuperó por sí mismo, aumentando su cosmo.

-Me da miedo.-contesté.- ¿Qué tal que los pierda todos?

-Tonterías.-contestó Aimeé.- La Marah que yo conozco no le tiene miedo a nada. Inténtalo. Pierdes más comportándote como un tallo de apio depresivo.

Tras vestirme y conversar un rato, se fueron. Y reflexioné largo y tendido sobre no tenerle miedo a nada, contrastado con la imposibilidad de hacer cualquier cosa. Y eso me deprimió mucho más. Me dormí convencida de que sería un tallo de apio el resto de mi vida.

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-Abre la boca, Marah. Sé que puedes abrir la boca y masticar.- Kanon tenía la cuchara, llena de sopa caliente, contra mi firmemente cerrada boca. Yo estaba pensando seriamente en dejarme morir de inaninición. No tenía ni idea cómo devolverme el sentido del tacto y probablemente eso no sucedería jamás, y ser un vegetal de por vida no me fascinaba como perspectiva a futuro. –No me hagas obligarte.

-¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas obligarme? –le dije, de cosmo a cosmo. Era la primera vez que intencionalmente me comunicaba con alguien así. Fue más fácil de lo que pensaba. Quizá porque me estaba muriendo de rabia y de tristeza. Kanon me miró un poco asombrado. Con su otra mano me apretó la nariz para impedir el paso del aire, y así tendría que abrir la boca. Estuve al menos dos minutos negándome a ceder, hasta que mi pecho empezó a moverse solo, buscando aire. Abrí la boca y él raudo y veloz puso la cuchara dentro. Me rendí. Si me quería dar de comer, bueno. Esa noche intentaría tragarme la lengua. Había leído que aquél era el método de suicidio preferido entre cierta etnia africana esclavizada durante la travesía en el atlántico.

-Escucho todo lo que piensas, Marah.-me dijo Kanon, dándome un susto de muerte. Puso otra cucharada de sopa de pollo (su especialidad) en mi boca. –Debes aprender a cerrar y a abrir la comunicación. Y no, no te vas a matar. No voy a dejarte hacerlo.

-¿Cómo cierro la comunicación?-le pregunté, mirándolo a los ojos. Kanon sonrió, avieso. Sentí la las leve chispa de su cosmoenergía encendiéndose. Una imagen se tomó por asalto mi cabeza, una imagen de nosotros dos, desde su perspectiva, de aquella noche. Me sonrojé intensamente.

-Se pueden hacer cosas muy interesantes con esta habilidad, pequeña.-dijo su voz en mi cabeza mientras me daba otra cucharada.-Inténtalo.

Cerré los ojos y pensé en Kanon, en la primera vez que lo había visto. Sin camisa, sudando. Con vendas envueltas en sus brazos y manos. Pantalón y botas. Entrenando dentro de Géminis. Intenté transmitirle aquella sensación de timidez, respeto y atracción que yo había sentido en aquel momento. Escuché a Kanon dejar la sopa y la cuchara a un lado. Puso su frente sobre la mía y me envió otra imagen. Me ví a mi misma dormida, tapada hasta el pecho con sábanas de hospital, mis manos yaciendo blancas sobre las cobijas, repletas de morados y de pinchazos de agujas. Mi rostro era iluminado suavemente por el sol. Ví las manos de Kanon acariciando tiernamente mi mejilla. Sentí lo que sentía él, culpa, atracción, ternura. Y el olor a lirios que lo inundaba todo.

-Disculpen.-dijo la voz aflautada de Afrodita de Piscis.-No quería interrumpir.

Las sensaciones y las imágenes se apagaron súbitamente. Sentí algo retrayéndose en el interior de mi cerebro y también sentí como si algo que rodeara a Kanon se retrajera dentro de él. Así que eso era "cerrar la comunicación". Bravo, Afrodita. Qué oportuno. Kanon lo miró. Yo también. Traía una bolsita en las manos. Afrodita lucía su armadura siempre que salía del Templo de Piscis. Y me pareció extraño verlo en sus ropas de civil, de corte impecable, diría que de diseñador, una camisa blanca de manga larga y un pantalón de paño beige.

-¿Qué te trae tan lejos de tus rosas, Piscis?-preguntó Kanon fulminándolo con la mirada. Lo miré, incrédula. ¿Estaba celoso?

-Nada que te incumba,…Géminis.- contestó Afrodita, deliberadamente dudando antes de enunciar el título de Kanon, título que compartía con su hermano Saga. Esto estaba poniéndose bueno.-Asuntos entre la aprendiz de Leo y yo.

-Bien. Entonces los dejo a solas.-dijo Kanon sarcástico, levantándose. El tazón de la sopa seguía humeando sobre la mesita de noche. Cerró la puerta detrás de él con deliberada grosería. Afrodita se rió con una risita que me pareció femenina, extraña. Me miró. Cerré los ojos para no ver su cara de asco al mirarme.

-Mírame. Siempre me pareciste muy hermosa, niña.-dijo. Abrí los ojos impactada.-Y a mí siempre me han gustado las cosas bellas. Me ha gustado rodearme de lo que es hermoso. Mis rosas son hermosas e imbatibles. Siempre me has parecido de ánimo imbatible. Y además fuiste amable conmigo. En este lugar no muchas personas me son amables. Quiero ayudarte a que seas hermosa de nuevo. No puedo dejar que algo en lo que he trabajado tanto se estropee así.

Afrodita se había sentado en el sitio donde momentos antes estaba sentado Kanon. De la bolsita sacó un tarrito de vidrio verde oscuro con tapa. La abrió. Un devastador olor a rosas inundó la habitación. Untó sus dedos índice y medio en la sustancia que contenía el tarrito y sin siquiera pedirme permiso o aprobación, empezó a embadurnarme el menjurje en la cara, el cuello y los brazos. No sentí directamente nada sobre la piel, pero un intenso mareo me tomó por sorpresa.

-¿Qué es eso?- le pregunté mentalmente. Afrodita sonrió, sin cesar de ponerme aquella crema. En mi mente, a través de su cosmo, ví una sucesión de imágenes de él recolectando cierto tipo de rosas de su jardín, macerándolas, mezclándolas con otros ingredientes y con algo de su cosmoenergía. No sabía que Afrodita tuviera habilidades para la herbolaria. Pero ahora todo tenía sentido, su conocimiento sobre las plantas y los venenos le debía servir para ese hobby no muy conocido por el resto de los habitantes del Santuario. -¿Qué me hará esto?

-Eliminará las cicatrices.-dijo él.-No habrá ni rastro de ellas.

Empezó a ponerme la crema sobre las cicatrices de mi brazo derecho que había dejado el león de montaña. En un microsegundo, me debatí entre dejar que simplemente las borrara, o quedarme con aquel recordatorio permanente de mi propia fuerza y voluntad para sobrevivir. Decidí lo segundo y se lo comuniqué lo más amablemente que pude. Él me miró extrañado. Luego asintió, comprendiendo.

-Mmmm..uchas…Gracias.-le dije, verbalmente, con un esfuerzo inmenso. Él asintió.

-No hay de qué, niña. Te espero para tomar el té cualquier día, de nuevo. Y ven sola, que no es para nada cómodo tener de invitados a tu hermano mayor o a tu novio celoso en mi Templo.

Puso el tarrito en mi mesita de noche, al lado de la sopa, que aún despedía algo de vapor. Se levantó y abrió la puerta de mi habitación. No había terminado de salir del todo cuando Kanon entró empujándole el hombro al pasar. Quise reírme pero no fui capaz así que un sonido indeterminado salió de mi boca. En el acto Kanon retrocedió tapándose la nariz.

-Puaj, Afrodita. ¿Por qué insistes en marear a la gente con ese olor?

Afrodita se rió y siguió su camino sin prestarle cinco de atención. Kanon me miró atónito. Se acercó a mí y empezó a palpar mi cara, incrédulo.

-Marah….Tu rostro…Ya no está quemado ni cicatrizado.-dijo, sin aún podérselo creer.

-Afrodita de Piscis nos hizo un favor a ambos-le dije mentalmente.-Ya no estoy fea y tú tampoco tendrás que tener una …(vacilé al pensar la palabra, Kanon y yo, ¿qué éramos?) novia espantosa.

-Increíble. Hasta Afrodita de Piscis. El colmo. El colmo.- masculló Kanon furioso. Volví a reírme. Yo sabía que Afrodita no estaba interesado en mí en ese sentido. Ni yo en él. Y Algol, bueno, Algol estaba loco. Tenía en realidad problemas y su válvula de escape, era yo. Por cierto…

-¿Qué pasó con Algol?- le pregunté. La expresión de Kanon se ensombreció.

Al parecer, Algol había sido traído de nuevo a la vida, igual que yo, por Chloe de Cáncer, y estuvo un tiempo recuperándose. Luego había sido encerrado en un calabozo y posteriormente enjuiciado por el Patriarca y los Doce Caballeros de Oro en una asamblea en la que hasta Aimeé había atestiguado. Y de la cual yo, por cierto, había salido muy mal parada. Algol me había acusado públicamente de intentar seducirlo y al él negarse, según él, le había planteado pelea diciendo que yo iba a pregonar que había intentado violarme si no accedía y él sólo estaba defendiendo su honor de caballero. Tras un rato de reflexión y consultarlo con Nuestra Señora, el Patriarca había despojado a Algol de su armadura y lo había expulsado del Santuario. Tras mi furia inicial, esa noticia me tranquilizó, incluso, me alegró. No podía ser de otra forma en el Santuario de la Diosa de la Justicia.

Así que los ropajes de Perseus estaban disponibles para las próximas Pruebas y Algol había desaparecido de nuestras vidas para siempre. Kanon mencionó algo acerca de una paliza y también mencionó a Aioria pero no quise ahondar en detalles. Probablemente apenas habían tenido oportunidad al saberlo fuera del Santuario y de la Orden lo habían perseguido y…bueno. Sentí lástima por él. Pero luego recordé sus insultos y lo que me había dicho de Kanon y una cólera fría me inundó.

-Kanon. Algol dijo que te había visto con otras. ¿Eso es cierto?

Kanon se quedó tieso, con la cuchara en el aire ante mí.

-Qué hijo de puta.-murmuró. Mi corazón se encogió.- ¿Cómo lo supo?

Se lo preguntó sin poder contenerse. No podía siquiera pensar, estaba en blanco, hecha pedazos. El geminiano me observó, contrito.

-Una noche fui a Atenas, me emborraché y tuve sexo con una mujer. No tiene sentido negártelo. Estaba furioso contigo por haber desconfiado de mí y haberme humillado delante de todo el Santuario. Quería probarme a mí mismo que lo que siento por ti no es importante. No es consuelo, pero aparte del placer, en realidad fue un acto vacío, lo que pasó con ella.

Sentí una tristeza tan devastadora, tan profunda, y algo que no había conocido en toda su intensidad: celos. Horribles, me quemaban como el ácido. Me dieron náuseas. Cerré los ojos para que no me viera llorando, aunque percibí las lágrimas ardiéndome en las mejillas. Empecé a sollozar.

-Por favor, no llores. Quiero que sepas que te he seguido amando y que lamento herirte de esta forma. A veces me pregunto si es bueno para ti que estemos juntos. Tenemos edades muy distintas y tal vez yo no sea la persona adecuada para ser tu primer amor. Pude haberme alejado de ti antes de que pasara todo, y lo intenté, créeme. Pero tomé esa decisión y te arrastré a mi lado, te tomé para mí. Sabes bien que no suelo hablar mucho de mis sentimientos, pero debes creerme, representas algo de mí que creí que había perdido. A tu lado volví a sentirme inocente, puro, bienintencionado. Parte de algo importante. Tu protector, tu guardián, tu maestro. Te amo y jamás te dejaré sola, a menos que tu desees que me vaya.

Lo miré. Kanon parecía a punto de llorar, hasta su voz se había quebrado. Un grito se me estranguló en la garganta. Dirigí mis ojos a otro lado para no verlo y con la voz más helada que pude articular, le dije:

-Por favor retírate de mi habitación.

-Cuando haya terminado de darte la sopa, me iré.-me contestó, resuelto, dispuesto a tratar mi dolor como si se tratara de la pataleta de una niñita. Me consumió la ira. Mi cosmo se encendió solo y el plato con la sopa que descansaba sobre mi mesa de noche, por arte de magia se lanzó solo contra la puerta, convirtiéndose en añicos y derramando su contenido por toda la habitación. Mientras yo asimilaba qué era lo que había sucedido, Kanon se puso en pie, recogió los trozos del plato, abrió la puerta y se fue.

Yo había usado por primera vez en mi vida la telequinesis. Y Kanon me había dicho cosas que jamás se habían pronunciado entre nosotros y yo lo había tratado como basura a pesar de que había estado a mi lado casi un mes, día y noche, ocupándose de mí.

Suspiré. Definitivamente para la bobada no existe ninguna pomada.

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La noche llegó y que me quedé sola, rumiando mis inseguridades. Estaba en un punto de mi vida en que sólo la fé podría salvarme. Aunque no sabía exactamente fé en quién o qué.

Tal vez Athena podría ayudarme.

Encendí mi cosmoenergía y recordé fragmentos de uno de los himnos homéricos a Athena. Empecé a cantarlo en mi interior, en mi cabeza. A llenar mi cosmoenergía de mi canto a Athena, de mi devoción, de mis ganas de vivir, de moverme, de servirla y protegerla y de luchar hombro a hombro con las personas maravillosas que había conocido en el Santuario. Aimeé, Eva.

Suspiré y pensé que tenían razón. Que debía intentarlo. Pensé también en lo que me había dicho Afrodita de Piscis, que siempre le había parecido imbatible. Pensé en la cara de decepción de Aioria y en todos los cuidados que Kanon me había proporcionado sin esperar absolutamente nada a cambio y con tanta delicadeza y ternura. Se los debía y me lo debía a mí misma.

-Comienzo cantando sobre Pallas Athena, la gloriosa diosa, de ojos brillantes,

inventiva, de corazón indomable, virgen pura, salvadora de ciudades,

valiente, Tritogeneia. Salve a ti, hija de Zeus que portas la égida. Salve.

Me hundí dentro de mí misma, con los ojos cerrados, con el canto a Athena sonando en mi cabeza como un mantra. Empecé a pensar en cada parte de mi cuerpo por separado, en volver a sentir y a moverme. Alguien abrió la puerta de mi habitación e intenté no desconcentrarme.

-¿Qué haces?-dijo Aioria.- ¡Estás muy débil, puedes matarte!

Lo ignoré. Empecé a pensar en cómo mi entrenamiento con Dohko me había enseñado a dominar mi cuerpo, a ser más flexible. Cómo Aioria me había enseñado a ser más rápida. Y cómo Kanon me había enseñado a sentirme a mí misma y a él. Noté que cada vez más podía notar la brisa, la sensación que producía la cosmoenergía desbordada que llenaba mi habitación al salir de mi cuerpo, la ropa sobre mí, las sábanas. Si podía sentir podía moverme. Moví los dedos de mis manos y de mis pies y se me llenaron los ojos de lágrimas. Abrí los ojos. Me incorporé, muy despacio, tambaleante, en la cama. Me volteé y posé las plantas de los pies en el frío piso de mármol. Aioria me observaba orgulloso y con los ojos desorbitados. Me apoyé con las manos en el borde de mi cama y me puse despacio en pie. Di un paso tambaleante. Luego otro. Y otro más. Me tropecé y Aioria me sostuvo, como quien sostiene a un bebé que da sus primeros pasos. Yo lloraba de felicidad y Aioria tenía los ojos aguados.

Ya podía moverme y quedaban dos meses para las Pruebas. Podría hacerlo.

Podría. Gracias a Ellos. Gracias a Ella.

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CHICOS CHICOS CHICOS.

No olvidéis pasaros por Crossroads, tampoco por The Killer in Me y Lux Aeterna, an Amazon´s diary. Aunque los dos últimos no mencionan ni a Aimeé, Marah y Eva, fueron los increíbles trabajos que nos inspiraron a Bully y a mi a hacer nuestras propias historias (ojalá sus autoras no nos maten :S )

Parálysi significa parálisis, en griego. Y si, la oración de Marah es parte del himno homérico a Athena #28.

Muchas gracias por su lealtad!

Se despide, su servidora,

Lara Harker.

¿Alguna vez has sentido tu Cosmo?