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¡No sean malos! ¿Dónde están mis reviews y favs?
Sin más preámbulos, hoy les entrego
XVIII
THE FINAL COUNTDOWN
Yo era él. Y ella era una mujer hermosa, alta, de largo cabello negro, piel bronceada, senos grandes de pezones oscuros y cintura muy, muy estrecha. Olía engañosamente dulce, sus ojos color violeta tenían cierta cualidad exótica. Sus largos pendientes dorados rozaban sus hombros cuando se movía.
Vi sus manos, las manos de él, las manos que yo tan bien conocía, con los dedos hundidos en la carne bronceada de ella. Lo vi, haciéndole cosas que jamás me había hecho a mí, tomándola con mucha fuerza, con una lujuria sucia y sin remordimientos. Lo curioso es que ella lo disfrutaba muchísimo, su bello rostro, tan diferente al mío, deshecho por el éxtasis.
Entendí por qué. Simplemente, porqué había sucedido. Esa mujer era algo que yo jamás podría ser. No tenía cicatrices, no tenía defectos, no era una niña. Era perfecta y seductora. Sentí envidia, una rabia atroz y además, una humedad extraña entre mis muslos. No sabía que entre una mujer y un hombre pudieran pasar cosas así. Mi propia excitación ante lo que estaba viendo me hizo sonrojar de ira y humillación. Mi cosmo, que había intentado mantener al mínimo, se descontroló.
Kanon se movió y abrió los ojos. Los ví centelleando en la oscuridad. Me tomó con brusquedad la muñeca de la mano que había posado levemente sobre su hombro (para poder ver ese recuerdo) y susurró con rabia.
-¿Qué estabas haciendo? ¿Qué pretendes?
Le transmití vía cosmo el recuerdo que acababa de extraer de él. Me observó con los ojos vacíos, vidriosos, como si estuviera a punto de llorar, no sabía si de ira o de culpa. Se sentó en la cama y me soltó la mano como si le hubiera quemado, como si necesitara huir de mí.
-¿Cómo hiciste eso?-me preguntó, con una nota de rabia en la voz. El colmo. Que él precisamente se enojara porque vi lo que había hecho, con quién y además, todos los pormenores del muy lascivo cómo.
-¿Qué importa?-le espeté, con una risa quebrada y lágrimas en las mejillas. La verdad yo tampoco sabía cómo. Me había levantado tras tener una pesadilla terrible con lo que yo pensaba era el dios Apolo y había sentido la necesidad de venir a Géminis y hacer eso. Ya sabía qué tenía que hacer sin saberlo. Fue instintivo. No quería pensar en ello. Tenía en mi cabeza grabadas a fuego esas imágenes y no podía siquiera elaborar bien lo que estaba pensando.
-Importa. No conozco a mucha gente que pueda hacer eso.-me dijo, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo. Desviándome del tema. No le contesté nada. Ya había visto lo que quería ver, ya sabía más de lo que hubiera querido nunca saber. Me dí la vuelta y me dispuse a irme. Lo escuché levantarse.- ¿Por qué lo hiciste?
-Quería saber por qué. Ya lo supe, ya puedo irme.-le contesté.-Necesitaba saber…por qué.
Había vuelto a esa horrible depresión insomne en que había estado por la época de mi cumpleaños, agravada sin duda por mi estado convaleciente. No podía evadirme entrenando hasta el desmayo como en esa ocasión, y estaba obsesionada más allá de la cordura y la sanidad con la mujer que me había quitado lo que era mío, obsesionada por saber más.
-¿Encontraste las respuestas que necesitabas?-inquirió con una voz peligrosamente suave. Me volví de nuevo, para encararlo.
-Si.-le sonreí, maníaca, a punto de desmoronarme.-Fue muy ilustrativo. Qué bueno que lo hayas disfrutado. Ella parecía estárselo pasando en grande. Era muy hermosa. Algo con lo que yo nunca podré competir.
Me arrepentí de decirlo mientras lo estaba diciendo, pero ya era demasiado tarde. Kanon me miró con tristeza, viéndome temblar de la cabeza a los pies, pálida, ojerosa, más flaca que nunca.
Di dos pasos para salir de su habitación y de Géminis, pero no pude. Caí de rodillas al suelo, apoyando las palmas de las manos en el piso, y sollocé tan fuerte que me dieron náuseas, vencida por el dolor y la histeria. Mi cosmo volvió a descontrolarse. Kanon se apresuró a levantarme del suelo y llevarme con él a la cama, apretándome contra su pecho, murmurando y acallando mis sollozos, yo me resistí todo lo que pude, pero yo ya no tenía ni el veinte porciento de la fuerza que tenía antes.
-¡Shhh!¡Calla! Vas a despertar a Saga y a Dora-me advirtió.- ¿Quieres que te vean así?
-¡No me importa!-chillé, frenética.- ¡DÉJAME IR!
Sus brazos se apretaron más contra mi cuerpo.
-Entonces debo usar el Satán Imperial contra ti.-susurró.-Tienes que calmarte o te calmaré a la fuerza.
-Haz lo que tengas que hacer, no me importa.-sollocé contra su pecho, dándole golpes que jamás podrían dañarlo-¡Te odio! ¡Te odio! ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué? ¿Fué porque yo no soy así de bonita? ¿Porque no sé nada de cómo complacer a un hombre?
Con "esto" me refería a enamorarme, atraerme, tomarme y luego comportarse así. A todo. Y él lo sabía. Me miró a los ojos profundamente consternado.
Me tomó el rostro con ambas manos y me besó rudamente. Era la primera vez que me besaba en un largo tiempo y me fundí en él aunque me dolían los labios.
Todo pasó muy rápido. Me quitó el delgado camisón viejo con el que me había venido descalza desde Leo. Su boca se apoderó de mis pechos y los mordió hasta dejar marca. Sus dedos se deslizaron dentro de mi ropa interior. Pronto estábamos haciendo lo que había visto en sus recuerdos. Cosas que no me atrevía ni a nombrar. Me penetraba con demasiada brusquedad.
Y era doloroso. Mi cuerpo no soportaba su peso, mis rodillas flaqueaban ante sus embestidas. Sus dedos estaban aferrados a las raíces de mi pelo con demasiada fuerza. Se retiró de mí, me tomó por la cintura y me puso boca arriba en la cama. Se acostó sobre mí y volvió a besarme, esta vez con dulzura. Me penetró de nuevo, mi cuerpo ya estaba preparado para recibirlo y sentí un intenso placer.
-Esa mujer no significa nada. Y tú lo eres todo para mí. Todo. No soporto verte así-jadeó, arqueado contra mi cuerpo, su cabello asfixiándome. Empecé a sollozar de nuevo, no le creía. Volvió a retirarse de mí y me dio pequeños besos en el rostro, el cuello, las clavículas, acariciándome con sus grandes manos. Aprecié el contraste entre sus recuerdos y este presente. No me estaba agarrando, me acariciaba con ternura.-Eres preciosa, eres dulce, delicada, no me canso de mirarte, de olerte, de tocarte, todo en ti es suave y fino, estás hecha para mí, eres mi muñeca de porcelana…-volvió a penetrarme, muy despacio, torturándome, centímetro a centímetro de placer, dolor y humedad.-eres mía…¡Mía!
Su ritmo se convirtió en algo frenético, y mi cuerpo respondió como mejor pudo, adelantándose a sus embestidas y encontrándose con el suyo. Murmuré muchas cosas sin sentido, lo agarré por el pelo y lo mordí. Me enseñó cosas, cómo moverme, qué hacer, cómo tocarlo y dónde.
Lo que ví en los recuerdos de Kanon se convirtió en una insignificancia, comparado con la pasión que vivimos esa noche. La mañana siguiente, al despertar, estaba abrazada a él como si fuera lo único que se interponía entre la locura y yo, entre la muerte y la vida.
Y así era. Kanon de Géminis era todo en mi existencia.
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Me encontraba dando vueltas cojeando cual animal enjaulado dentro de mi habitación en Leo mientras Aioria estaba en una reunión nocturna con todos los demás del Santuario, a la que yo no pude ir precisamente por mi estado cuasi convaleciente. Así que leí. Comí. Di vueltas. Estiré mis casi inexistentes músculos. Volví a dar vueltas. Me bañé y me peiné el pelo. Volví a dar vueltas. Después de esperarlo ansiosa varias horas, me rendí, pues Aioria no volvió, de hecho ninguno de los caballeros dorados, y muchos de plata y bronce y aprendices y demás pasaron por el Templo comentando cosas emocionados. Los oía desde el área privada pero no tenía la suficiente energía como para levantarme y preguntarles qué sucedía.
Decidí que lo más sabio era dormir. Cuando ya estaba casi dormida, deliciosamente acurrucada en mi colchón y a punto de entregarme a los brazos amorosos de Morfeo, algo en la oscuridad se me lanzó encima con la fuerza de un cohete. Dos cosas, para ser más exacta, que me dieron el susto más bestial de mi existencia. Di un alarido y repartí patadas (débiles) hasta que ambos bultos, quejándose, terminaron en el suelo enredados entre mis sábanas.
-¡Auch, Marah, por Athena, somos nosotras!-dijo la voz de Aimeé.
-Joder. Pero qué genio tienes, chiquilla, ¡si sólo te estábamos gastando una bromita!-se quejó Eva, también desde el suelo. Me levanté temblorosa de la cama y prendí la lámpara de aceite del escritorio. Me reí a carcajadas. Aimeé tenía la sábana enredada por encima de la cabeza dándole la apariencia de estar disfrazada de fantasma. Eva estaba derrengada, con la mitad del cuerpo aun en mi cama y la otra en el piso. Las ayudé a levantarse aún riéndome y les pedí disculpas. Se sentaron en mi cama. Las miré un poco extrañada. Bajo los petos, las hombreras, las muñequeras y cinturones de metal y cuero, llevaban quitones blancos que les llegaban hasta las rodillas. Estaban vestidas con el traje de las amazonas para un evento oficial
-A que nó adivinas qué pasó. Fue increíble.-dijo Aimeé.-Todos lloraban.
Miré a Aimeé con una ceja alzada. Eva daba saltitos. Las miré de hito en hito. ¿Qué podría ser tan increíble, como para ponerlas tan contentas sobre el dolor ajeno?
-¿Se murió Shaina?-dije, con los ojitos brillantes de emoción.
Aimeé y Eva se miraron.
-No.-contestó Eva.
-Lo siento mucho, Marah, ese sueño no se te cumplirá nunca. Shaina es todo lo arpía que ustedes quieran pero ya saben lo que dicen, hierba mala nunca muere.-la voz de Aioria nos hizo dar un respingo a las tres. Lo miré. Tenía su brazo alrededor de un hombre que nunca había visto, y que se le parecía muchísimo. Muchísimo. Reparé en que mi maestro aún tenía los ojos aguados y rastros de lágrimas en la cara. El hombre me sonrió, con una sonrisa hermosa, beatífica. Yo le sonreí de vuelta y se sonrojó. De inmediato fui consciente de que yo estaba en pijama y estaba ante un Santo de Oro cuya armadura tenía alas y me sonrojé también.-Te presento a mi hermano, Marah. Aioros de Sagitario. Aioros, ellas son nuestras aprendices.
Me puse pálida y creo que me mareé. Aioros. ¿AIOROS? Con razón todo el mundo estaba llorando de felicidad. ¡Lo habían traído de regreso!
-Todavía no me acostumbro a que no lleven máscara.-dijo el Santo de Sagitario, recién revivido, sin atreverse a mirarnos a la cara. –Han cambiado muchas cosas desde que…bueno…
Me levanté de la cama, seguida de Aimeé y Eva. Miré a Eva. Tenía una expresión tan intensa de felicidad que creí que iba a empezar a saltar por todas partes. Por fin podría empezar en serio su entrenamiento, después de esperar literalmente por años, quizá más de una década. Le hice una reverencia con la cabeza a Aioros.
-Santo Aioros de Sagitario, presento mis respetos. Mi nombre es Marah. Me alegra muchísimo que esté de nuevo entre nosotros. Soy la alumna de su hermano.
-Sí, él ya me dijo que tenía un pequeño problemita gatuno invadiendo su casa. Gracias, Marah.-me contestó Aioros risueño. Casi se me estalla la cara de risa. Supe de dónde venía la propensión de Aioria a las bromas.
-Maitre Aioros, mi nombre es Aimeé. Soy la aprendiz del santo Aldebarán.- se presentó la taurina.
-Y yo soy Eva. Espero poder ser su aprendiz.-murmuró Eva con la voz algo quebrada. La miré de nuevo. Tenía los ojos aguados. Aioros le sonrió y le tomó la mano con las dos suyas.
-No te pongas tan feliz, país.-le dijo Aioros a Eva.-Aioria no se convirtió en Santo de Oro precisamente porque yo fuera muy bueno y dulce con él. Hubo que empujarlo mucho, claro.
Aioria le dio un sopapo (esos suyos tan característicos) a Aioros en la parte de atrás de la cabeza. Aioros le respondió con otro idéntico. Aimeé, Eva y yo nos miramos.
-Más respeto, sabandija, que aquí el mayor soy yo.
A Aioria se le salieron las lágrimas. A Aioros también. Se dieron un abrazo.
Eva, Aimeé y yo parpadeábamos confusas y algo enternecidas. Aioros y Aioria se separaron.
-Bueno chicas, nos vamos. Hay fiesta en Cáncer.-Aioria se rió cuando me vió dirigirme hacia mi armario muerta de felicidad para buscar algo para cambiarme.-Para los santos de la Orden. Lo siento niñas, ustedes no están invitadas.
Y diciendo esas fatídicas palabras los hermanos abandonaron la habitación y nos dejaron con los crespos hechos. Me senté en la cama abatida. Eva se fue un rato. Aimeé y yo nos quedamos conversando, mientras ella me contaba cómo había sido todo, los Santos arrodillados ante Athena, el discurso del Patriarca y luego Aioros saliendo de una cámara lateral y tomando posesión de la Armadura de Sagitario y luego su lugar en la Orden. Cómo Saga, Kanon, Shion, Dohko, Nuestra Señora y Aioria lloraron cuando un inmensamente arrepentido Shura de Capricornio cayó de rodillas ante Aioros suplicando perdón y éste se arrodilló junto a él y le abrazó murmurando que ya todo estaba perdonado.
-Señoritas, ¿de verdad creyeron que no íbamos a festejar tamaño acontecimiento?-dijo la voz de Eva desde la puerta. Aimeé y yo la miramos. Traía en las manos dos botellas de ouzo. Oh no. Ouzo. Mi perdición embotellada particular. Sonreí con una sonrisa maléfica.
-¿De dónde sacaste eso?-ronroneé mientras se acercaba, como si fuera una visión celestial.
-Gente que me debe favores.-contestó Eva.-Y no, no diré quiénes ni qué favores. Beban, señoritas.
Eva abrió las botellas. Vi a Aimeé retraerse sobre sí misma como cuando estaba a punto de soltarme una reprimenda pero no se atrevía.
-Suéltalo, Bully.-dije, tomando casi con ansia el primer y larguísimo trago de licor que me quemó todo por dentro.
-Marah, te estás recuperando, sabes que Aioria se enojará mucho, además recuerda el lío en que nos metimos la primera vez que nos emborrachamos, además Aldebarán me matará, además probablemente mañana tú iniciarás entrenamiento, Eva, no podemos hacer esto.
Eva y yo nos miramos. De inmediato ella se puso detrás de Aimeé y la sostuvo mientras yo le tapaba la nariz para obligarla a abrir la boca y le derramaba dentro lo que pareció media botella de ouzo de una sola vez mientras Aimeé se resistía con toda sus fuerzas. Luego la soltamos.
-¿Mejor?-pregunté yo. Aimeé se limpió la boca con el dorso de la mano y me observó, con la mirada ligeramente desenfocada. Casi me arrebató la botella de nuevo y se la empinó.
-Mucho mejor. –dijo risueña.
…
-WE´RE LEAVING TOGETHER, BUT STILL IS FAREWELL!-cantó Aimeé dando alaridos. Eva estaba acostada en el piso. Aimeé sentada en mi cama y yo de pie, bailando.
-AND MAYBE WILL COME BAACK TO EAAAAARTH WHO CAN TELL? I GUESS THERE´S NO ONE TO BLAAAME WE´RE LEAVING GROUND!- grité yo, cantando tambien, pasándole a Aimeé la botella de ouzo. Estábamos ebrias perdidas.
-WILL THINGS EVER BEEE THE SAME AGAIN?! –gritó Eva. Nos miramos.
-¡IT´S THE FINAL COUNTDOWN! TURURURUUUUUU RURURURURURUUU!
Las tres nos levantamos y empezamos a mover nuestras cabezas hacia arriba y abajo al ritmo de la canción imaginaria. Perdí el equilibrio y me caí al suelo. Estaba tan ebria que ni sentí el golpe. Eva y Aimeé también se sentaron, muertas de risa. Las dos botellas se acabaron. No supe en qué momento nos quedamos dormidas.
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-Marah, ¡Marah! ¡Despierta! Te he dicho esto tantas veces que parece que siempre estuvieras dormida. ¡Despierta!
Mi cabeza. Por todos los dioses. Me iba a morir. Abrí los ojos y me encontré de frente con Agnés, la vestal del templo de Leo, de cuclillas ante mí y con cara de pánico.
-Tienen que levantarse y comer. Chiquillas borrachas. Es el colmo. –Se levantó ayudándome a ponerme de pie. Todo me daba vueltas.-Rápido, antes de que sus maestros se despierten, por lo que más quieran, deben comer. Hay sopa en la cocina.
A la mención de la palabra sopa, mi estómago se revolvió horrorosamente. Corrí y tomé el cubo de basura de la habitación y descargué el contenido de mi estómago, que parecía ser puro ouzo, en él. Empecé a sentirme un poco mejor. Con el ruido de la vomitona, Aimeé y Eva se levantaron, Aimeé literalmente de color verde. Le pasé el cubo y también al parecer devolvió hasta el vodka que se tomaron sus ancestros. Eva se limitó a recogerse el –larguísimo- cabello con movimientos algo mecánicos. Parecía estar bien, sólo algo mareada. Me pregunté qué tanto tendría que beber uno en su vida para zamparse dos botellas de ouzo y levantarse sólo desorientado. Agnés parecía a punto de tener un ataque de nervios. Jamás la había visto así. Tomó un trapo y comenzó a golpearnos con él, prácticamente arreándonos hasta la cocina, donde nos sirvió tres tazones de un caldo de carne absolutamente cargado. Aimeé nisiquiera pestañeó para tomárselo. Yo tuve que hacer uso de mi estoicismo y me lo tomé con toda la calma del mundo para evitar que se devolviera por donde entró. Eva, sin muchas ceremonias, se lo empacó cucharada tras cucharada. Tough girl. Mientras tanto Agnés se había encargado del desastre que habíamos dejado en nuestra habitación. Aimeé, todavía haciendo "s" al caminar, se despidió de nosotras y se dirigió a Tauro. Eva se fue a Sagitario y yo me quedé allí, en la cocina de Leo. Recordé el consejo del maestro Dohko y encendí mi cosmo un rato, lo suficiente como para quemar el alcohol de mi torrente sanguíneo. No funcionó del todo. Aún seguía sintiéndome pésimo.
-Agnés, mujer, ¿qué pasa?- le pregunté en mi patética excusa de griego apenas entró de nuevo a la cocina. La miré. Agnés casi nunca hablaba, generalmente era "invisible", parecía no hacer ruido, no respirar, no hablar, sólo hacía su trabajo y desaparecía casi misteriosamente. Yo le ponía unos treinta años pero podían ser más, con las mujeres griegas era muy difícil saber qué edad tenían en realidad. Así que ese cambio en su actitud me parecía de lo más alarmante.
-¿Qué pasa? ¿QUÉ PASA?- me devolvió la pregunta con sarcasmo histérico.-pasa, muchachita irresponsable, que las Pruebas para las Armaduras han sido adelantadas. Son este viernes.
Casi sufro un derrame cerebral. Si mal no estaba, hoy era lunes. Cuatro días. Agnés vino hacia mí y empezó a darme palmadas en la cabeza. Así nos encontró Aioria, con cara de tener una resaca tremenda.
-¿Qué pasó? ¿Ahora qué hizo?-preguntó desconcertado. Gracias, Aioria, por el voto de confianza "¿ahora qué hizo?", como si yo hiciera cosas malas todo el tiempo. Bufé.
-¡Esta. Muchachita. Tonta. Se. Emborrachó. anoche. con sus .amiguitas. Y LAS PRUEBAS SON ESTE VIERNES!-gritó Agnés acompasando cada palabra con una nueva palmada en mi pobre humanidad agobiada y doliente. Aioria escupió la cucharada de caldo de carne que se había acabado de introducir en la boca.
-¿QUÉ?-gritó mi maestro.- ¿Qué las Pruebas serán este viernes?..y …y…¿Cómo lo sabes? Yo no tenía idea. ¡Pero si debían ser en otras tres semanas!
Agnés dejó de golpearme y lo miró, dándose cuenta que él también estaba en plena resaca y por lo tanto no tenía autoridad moral para recriminarme nada. Suspiró sin duda pidiéndoles paciencia a los dioses.
-Me lo dijo una de las doncellas del Salón del Patriarca.-contestó ella.-Más les vale ponerse bien pronto. Y entrenar.
Aioria me miró. Yo lo miré, en pánico, con los ojos aguados. Si Agnés lo había sabido de las doncellas del Patriarca, era cierto. Muy cierto. Aioria, que estaba sentado a mi lado en la mesa, puso su mano sobre mi cabeza y me despeinó para tranquilizarme mientras con su otra mano apuraba el contenido de su plato.
-No hacemos nada con preocuparnos, Gatáki. Lo que tenga que ser, será. Además estamos en muy mala condición como para entrenar ya. Entrenaremos en serio mañana y descansaremos hoy. Tengo muchas cosas que contarle a mi hermano…Cuando despierte.
-Ahí están pintados, par de irresponsables-refunfuñó Agnés furiosa por lo bajo, mientras nos daba la espalda moviendo trastes en el fregadero. Aioria y yo nos miramos, sonriendo con complicidad. Me sorprendía que Aioria no estuviera furioso también conmigo por haberme emborrachado. Supongo que la resurrección de su hermano tenía que ver en ello. Y me gustaba infinitamente este nuevo Aioria risueño. Pero luego recordé las Pruebas y mis entrañas volvieron a hacerse nudos.
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Aioria, Dohko y Kanon daban vueltas a mi alrededor, casi muy evidentemente diciéndose cosas de cosmo a cosmo pero sin incluirme (muy groseramente en mi opinión) en la conversación. Nos encontrábamos en el Hall de Leo. Después de pelear, o intentar pelear, con Aioria durante un rato y que los tres nos diéramos perfecta cuenta del terrible deterioro que había dejado en mi cuerpo la pelea con Algol y mi subsecuente caída en coma y pérdida del sentido del tacto.
Era del todo imposible que me recuperara, al menos a tiempo para las Pruebas. Así que Aioria, renuente, había llamado a Kanon y a Dohko para que entre los tres se decidiera qué podía hacer yo o como solucionar la situación.
-Enciende tu cosmoenergía hasta que la sientas en el tope de tus fuerzas, Marah.-dijo Aioria. Le obedecí. Me abandoné al sentimiento de intenso escalofrío que me producía encender mi cosmo. Empecé a sudar. Cerré los ojos. Subió más. Y más. Y más. Y aún más. Lo único bueno que me había dejado aquella experiencia era que ya sabía que podía llegar al Séptimo sentido (estando al borde de la muerte, claro), pero que podía hacerlo, que mi cuerpo era capaz de soportar toda esa emisión de cosmo sin fallar. Volver a usar mi sentido del tacto había requerido de mí esa proeza. Luego de eso, el volver a acostumbrarme a usar mi cuerpo había sido durísimo. Había perdido gran parte de la masa muscular, de mi rapidez y mi fuerza, además de mi flexibilidad, y lo peor era que no podía entrenarme duramente para alcanzarlas de nuevo, debido a que de verdad estaba muy frágil. Así que básicamente era de nuevo un saco de patatas, así como al inicio de mi entrenamiento.
Abrí los ojos. Dohko, Aioria y Kanon me miraban con esa expresión "inexpresiva" que no auguraba nunca nada bueno de un Santo de Oro. Fallaban miserablemente en lo que a inteligencia emocional se trataba, intentaban ser enigmáticos pero no, no. No lo lograban.
-¿Esto es todo a lo que llegas?-preguntó Kanon, desconcertado, con cierto sarcasmo que sólo él y yo podríamos notar.
-No, claro que no.- le contesté, haciendo fuerza, a punto de desmayarme.-Apenas estoy calentando.
-Qué bueno.-murmuró Aioria, clueless.-Ya me estaba asustando.
Gemí de dolor al aumentar un poco más la potencia de mi cosmoenergía. Los tres se miraron casi con desesperación. Kanon me miró, suspiró y pareció tomar una determinación.
-No hay otra manera. Aioria, Dohko, les voy a pedir que se retiren, y que pase lo que pase, no intervengan.-dijo Kanon. Oh no. El sabía. El me conocía mejor que nadie. Yo también lo conocía mejor que nadie y sabía lo que iba a suceder. Aioria lo entendió al vuelo y miró a Dohko.
-No, todavía no. ¡Lightning plasma!-gritó mi maestro, atacándome. Grité. Gracias a mi cosmoenergía insuflando poder a mi cuerpo, pude moverme lo suficientemente rápido para evitar el plasma relámpago de Aioria.
-¡Rozan sho ryu ha!-gritó Dohko, atacándome también. Se me erizó todo el vello del cuerpo de puro pánico, sólo al sentir la potencia de su cosmoenergía. El maestro jamás me había atacado en serio. Elevé aún más mi cosmo y no tuve tiempo de esquivar el ataque, así que puse mis manos frente a mí tratando de pararlo. Cuando el dragón de Rozán tocó mis manos creí que las había volado en mil pedazos. El dolor era increíble. Eso me asustó y encendí aún más mi cosmo para alejar ese ataque de mí.
-¡GALAXIAN EXPLOSION!
Iba a morir. Iba a morir. Vi el ataque de Kanon dirigirse hacia mí casi en cámara lenta. Luego me dí cuenta de que si lo había visto, podría hacer algo para evitar mi muerte segura, pues estaba a mitad de camino entre el ataque de Dohko y el de Kanon. Cerré los ojos. Esos ataques se demoraban una eternidad en llegar. ¿Qué pasaría si podía absorber aquellos ataques y devolverlos?
No tuve tiempo de pensar. El Galaxian Explosion llegó y me golpeó con toda la potencia de los ataques que desintegraban estrellas. Grité. Perdí la consciencia unos segundos. Luego me golpeé contra una de las columnas de Leo y sentí el golpe contra el piso.
-Levántate y pelea. Si no te levantas no eres digna de ser una santa de Athena.-me urgió Aioria. Luché para ponerme de pie. Volvía a tener cortes que sangraban. Me limpié la boca con el dorso de la mano derecha y temblando, me tuve que agarrar de la columna contra la que recién me había golpeado para poder estabilizarme.
-Muy bien. Apenas estamos calentando.-Kanon me devolvió el sarcasmo con brutalidad. Encendí mi cosmo en un ataque de ira. No alcancé a ponerme bien en pié. Aioria me atacó y me golpeó con los puños llenos de cosmo en el estómago, mandándome a volar lejos.
-¡Mal, Marah, Mal! No debes dejarte llevar de la ira, ¡nunca!-me regañó Aioria. Quise sacarle los ojos pero respiré un par de veces y traté de calmarme. Estaba de nuevo tirada en el piso del Hall de Leo.
Volví a ponerme de pie.
-Ataca, niña, ¡ataca!-me dijo Dohko.-tu oponente en las Pruebas no tendrá piedad de ti. Te matará si no te defiendes.
Encendí mi cosmo e inicié la secuencia de actos que me permitiría lanzar contra ellos el Solar Storm. Los tres sonrieron.
Lo lancé. Kanon, que ya lo había recibido en dos ocasiones anteriores, sabía cómo evitarlo. Esquivó mi ataque y en cinco milisegundos, me encontré con sus dos manos alrededor de mi cuello, su sonrisa de maniaco a dos centímetros de mi nariz y mis pies a medio metro del suelo. Empecé a ahogarme.
-Váyanse.-murmuró.-Sólo yo sé cómo sacar lo peor de Marah. Váyanse ahora.
Volteé mis ojos todo lo que pude para mirar a Aioria, que tenía la cara congestionada de ira. Dohko lo sostenía por los hombros a duras penas con sus brazos. Murmuré también a Aioria que se fuera. Al final lo grité.
-¡Vete, Aioria! ¡Váyase, Maestro Dohko! ¡ Pase lo que pase, no intervengan!
Kanon me miró. Lo miré. Como si yo fuera una muñeca de trapo, me acercó más a su cuerpo brevemente y me dio un casto beso en los labios. Un "lo siento" adelantado. Tragué saliva. Puso su frente contra la mía y encendió su cosmo.
-Satán Imperial.-murmuró. Me hundí en la inconsciencia.
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Algol de Perseus me perseguía de nuevo por sobre la arena caliente del desierto, con sus puños listos para golpearme. Mi abuelo yacía muerto sobre su sillón en la biblioteca de la casa de El Cairo, con la mandíbula desencajada y los ojos abiertos de horror. Las Marinas de Poseidón golpeaban sin piedad a mi padre, exigiéndole que les dijera dónde estábamos mi madre y yo, escondidas y llorando. Las marinas nos encontraban. La tomaban a ella del pelo. A mí, uno de ellos me cogía en brazos y me llevaba lejos de ella. Mi madre, como poseía su propia cosmoenergía, haciendo un último acto de sacrificio, hizo uso de todo su poder como una bomba para hacer que las columnas colapsaran y el techo de mármol matara a todos los que se encontraran dentro del templo. El guerrero corrió conmigo en brazos, yo llamando angustiada a mis padres. Un muro también colapsó sobre nosotros. El hombre murió. Pero yo estuve tres días junto a su cadáver pestilente, antes de que me sacaran de allí, casi muerta.
Empecé a llorar incontrolablemente. Encendí mi cosmoenergía. No, eso no. Con eso no iba a meterse. Eso tenía que respetarlo. La visión comenzó a volverse etérea, dos escenarios se superponían ante mis ojos, mis recuerdos y mi presente, con mis dedos alrededor de los fuertes brazos de Kanon de Géminis, intentando alejarlos, quitar su presión de mi cuello. El cosmo de Kanon aumentó y la visión volvió a estabilizarse. Ahora él se encontraba frente a mí, en el Hall de Géminis, golpeándome sin misericordia, pateándome una y otra y otra vez. La ira no era suficiente para vencerlo. La ira me consumía y no era capaz de levantarme del suelo debido al dolor y a la marea bestial de sentimientos que me inundaba.
Una voz femenina, que no identifiqué, murmuró "Control" en mi cabeza.
Control, pensé. De nuevo me hundí en las sombras. Kanon y yo estábamos en un valle desolado iluminado por un sol negro, el horizonte lleno de cráneos humanos y cuerpos en descomposición. Me golpeó hasta lanzarme al suelo mientras yo me quedaba impávida de horror ante su ira. ¿Este era el hombre que hacía unas semanas me había amado hasta el delirio?
Grité enloquecida de dolor cuando Kanon pisó con saña mi brazo izquierdo, partiéndolo limpiamente por la mitad. Iba a morir. Me iba a morir. Kanon iba a matarme.
-Si no te controlas a ti misma, todos habrán muerto en vano.-dijo la voz femenina desconocida en mi cabeza, de nuevo. No era como el cosmo de una persona…era…casi como si fuera una cosa. Era impersonal, atemporal, no tenía latido.
Grité. Encendí mi cosmo de nuevo aunque todo mi cuerpo parecía a punto de fundirse en una agonía espesa e interminable, como de lava ardiendo dentro y sobre mí. Empecé a sentir el jalón que pronosticaba una temporada dentro de la dimensión del Triángulo Dorado. Ah no. Eso sí que no. Jamás. Grité de nuevo, esta vez no de rabia, ni de dolor, ni de miedo. Grité reuniendo todo mi coraje, grité reuniendo todas mis fuerzas, grité hasta desgarrarme la garganta, hasta que ví de nuevo a Kanon ante mí en la realidad, con sus manos todavía ahorcándome. Le di un golpe en la cabeza que lo lanzó volando al otro extremo de la habitación. Sorprendida por mi propia fuerza y juntando toda mi energía, me lancé hacia él, dispuesta a rematarlo, a dar el golpe de gracia. Vi las pequeñas partículas de luz danzando en el aire del atardecer. Fue algo casi mágico. Cerré los ojos y las atraje hacia mí, atraje toda la luz hacia mí cuerpo, hacia un único punto concentrado en mis puños, un punto de luz que se convertiría en miles de fragmentos en cuanto tocara a mi oponente y lo destrozarían desde adentro.
Photon burst. Así lo llamaba Aioria. Una parte de su ataque más poderoso y peligroso. Pero mi ataque no funcionaba del todo como el Photon Burst. Era más bien la energía del Sol redirigida.
Kanon yacía en el suelo, esperándome con los ojos muy abiertos. Me quedé quietísima. Respirando agitada. Aún con la bola de luz de mis puños encendida, quemándome.
-¿A qué esperas? ¡Hazlo!-dijo él. Parecía satisfecho y a la vez horrorizado, asqueado de sí mismo, contento y en pánico.-¡Mátame! Me lo merezco.
-No puedo.-contesté. Temblaba. Si no expulsaba el ataque, yo moriría.
-¡HAZLO, HAZLO!-gritó, urgiéndome con rabia.-¡HAZLO!
-¡NO!-grité también. Desesperada, hice lo que me pareció más prudente. Dirigí el ataque que aún se movía en mis puños hacia un muro, que prácticamente desapareció convertido en polvo. Caí de rodillas ante Kanon, que se levantó, sumamente molesto. Aioria y Dohko volvieron a entrar al Templo. Empecé a sollozar, y me limpié las lágrimas con el dorso de las manos. Apenas mis manos tocaron mi rostro aullé de dolor, pues estaban ardiendo, literalmente despidiendo humo.
-Nunca serás una santa de Athena, Marah.-escupió Kanon, furioso, poniéndose en pie.-No puedes controlarte pero tampoco eres capaz de matar. Kanéna Éleos, niña, sin piedad.
Sollocé con más fuerza. Gracias al Satán Imperial de Kanon había recordado algo que estaba hundido en lo más profundo de mi mente y estaba aterida, desconcentrada, sin fuerza. Lo maldije para mis adentros.
Dohko me levantó del suelo. Aioria observó a Kanon irse con los puños apretados. Agnés sacó su cabeza por entre el quicio de la puerta de la cocina y gritó.
-¡YO NO LIMPIARÉ TODO ESTE DESASTRE!
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Volvía a estar en mi lugar favorito de la tierra para llorar: el baño de Leo. Hundida en el agua caliente hasta las orejas, sollozaba, mi cuerpo quejándose de dolor y mi mente aterida de angustia. ¿Qué clase de loco sicópata demente era Kanon? ¿Cómo podía hacerme una cosa así después de todo lo que habíamos hecho, de todo lo que me había dicho? Le temía, de nuevo. Muchísimo. Y lo amaba también, ¿qué haría? Estar con él me mataría, ¡pero estar sin él también!
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que hubieran otras Pruebas? Definitivamente no estaba lista. Me harían puré, me mandarían a Arabia Saudita en un cajón. ¿Era una armadura algo por lo que valiera la pena matar? Recordé todo lo que había vivido en el Santuario, lo bueno y lo malo. Dos coros se enfrentaban en mi cabeza, unas voces contestándome frenéticamente "si, ¡si!", otras, negando lúgubremente. Me tapé la cara con las manos. Alguien abrió la puerta. Ni siquiera me tomé la molestia de mirar.
-Quiero preguntarte si deseas presentarte en las Pruebas.-dijo la voz de Aioria. Me quité las manos de la cara y lo miré. Estaba junto a la puerta, mirando fijamente al suelo. Parecía nervioso. Suspiré.
-Si, Aioria. Si quiero, a pesar de todo.-dije, pensando que había firmado mi sentencia de muerte. Quizá eso quería, que me mataran y acabar con aquella vida de dolor y sacrificio. Tal vez esperaba un milagro. Quizá solo quería cumplir el deber y si no salía bien, dar por terminada la labor y volver a mi casa para rehacer mi existencia y obliterar de ella al Santuario de Athena. Y a Kanon. Si, aquella me parecía una perspectiva lógica de las cosas. Aioria me miró, incrédulo.-Si, voy a presentarme. No sé si falle, pero lo haré. Te lo debo y me lo debo.
Mi maestro me observó inflando el pecho. Caminó varios pasos y tomó una gran toalla de la percha. Salí del agua tapándome con los brazos lo mejor que podía, y Aioria me envolvió en la toalla como un padre envuelve a su hija. Me palmeó un par de veces los hombros tras secarme el pelo con la tela.
-Muy bien, Marah. Entonces que empiece la cuenta regresiva.
