XIX

DAMOCLES.

Faltaban dos días para el gran día. Y no había dormido absolutamente nada.

Aioria y Dohko en su omnisapiencia habían decidido que, ya que yo era incapaz de pelear con mi cuerpo, debía hacerlo con mi cosmoenergía, y para eso, debían ponerme en estado de sobrevivencia. Definitivamente habían aprendido de la leccioncita de Kanon, con quien, por cierto, me rehusaba a hablar. Aunque me había buscado ya un par de veces y en ocasiones sentía pequeñas explosiones de su cosmo desde Leo. Definitivamente estaba de mal humor. Y yo también. Lo cual nunca era una buena combinación.

Yo no lo entendía para nada, su conducta era muy errática y extraña, y yo normalmente era una drama queen, lo último que necesitaba en estos momentos era a un drama king para terminar de "mejorar" las cosas.

El nerviosismo de Agnés del día en que nos había comunicado las "buenas nuevas", se había disipado como un gas tóxico por todo el Santuario. En la mañana, al bajar corriendo y con el cosmo encendido hacia la Fuente de Athena, había escuchado ruidos de arcadas detrás de una columna. Cauta, me asomé. Era Aimeé, de pie pero doblada sobre sí misma, aferrada con una mano a la columna y la otra intentando sostenerse el largo cabello rubio para no ensuciarlo. Me acerqué y ella me observó con ojos desorbitados de susto y sonrojada a manchas de vergüenza, pensando tal vez que era Aldebarán o algún desconocido. Una vez se dio cuenta que era yo, volvió a vomitar.

Le sostuve el pelo y ella me miró un momento, agradecida, con la piel alrededor de los ojos inflamada de llanto. Otra arcada la atacó y siguió con su labor de devolver el contenido de su estómago. Ojeé por encima, sin querer meterme mucho en su privacidad, y me sentí preocupada porque su vómito era pura bilis y agua. Su estómago no era capaz de recibir comida. Le acaricié la espalda para intentar calmarla un poco. Tenía la ropa mojada, pegajosa. Aimeé también estaba desde hacía días metida en Tauro entrenando sin parar, como yo. Pude sentir su corazón desbocado bajo mi mano.

-Shhh, habebti. Calm down. We will survive this.- le dije, para intentar calmarla un poco. Estaba en un ataque de pánico en toda su extensión. Aimeé se limpió la boca con el dorso de la mano y se enderezó. Un par de lágrimas se escurrieron por sus mejillas.

-¿What if we don´t?-me contestó, con la voz temblorosa por la angustia. Mis ojos también se llenaron de lágrimas. Era la primera vez que la veía así de mal, de nerviosa. Yo también estaba así de nerviosa pero procuraba no quebrarme. Si me quebraba sería el final de todo. La abracé. Así nos encontró Aldebarán, aferradas la una a la otra temblando, intentando no salir corriendo y huir del Santuario. Nos puso a cada una una de sus manos en el hombro y lo miramos. Su cara tenía una expresión de intensa preocupación. Aimeé lo miró con desconsuelo y me soltó. Aldebarán, como si fuera un papá inmenso, tomó la mano de Aimeé y se la llevó de nuevo al Templo de Tauro, como si ella fuera una niña pequeña que no quisiera tomar un baño.

-¡Lo haremos, Bully!- le grité, cuando reaccioné.- ¡Lo lograremos!

Ella paró. Volteó a mirarme y sonrió. Yo también sonreí. Luego siguió su camino, y yo el mío.

Yo seguía nerviosa, tan nerviosa que tenía las manos heladas y me temblaban y ya no podía concentrarme. No había podido comer ni tomar líquidos debido al entrenamiento en un largo rato y ya lo estaba resintiendo. Era patético sentirse tan débil y saber que en menos de un día todo estaría decidido, que todo por lo cual habías luchado durante años estaría perdido, o ganado, pero que no dependía de ti porque otra persona te había dañado en el peor momento.

Necesitaba ir a un lugar donde pudiera calmarme. Había tenido una discusión de miedo con Aioria y como sucedía normalmente entre él y yo, habíamos llegado a las manos, y de nuevo nos había quedado clarísimo a mí y a él que mis oponentes en las Pruebas, a no ser que yo contara con una suerte increíble, iban a asesinarme. Necesitaba sentarme un rato en algún lugar callado y con luz solar en donde nadie me interrumpiera.

Y eso iba a ser una hazaña. El Santuario hervía de actividad. Todos estaban por ahí, entrenando, corriendo de un lado a otro, nerviosos. En mi cabeza me imaginaba al Patriarca y a Athena riéndose hasta las lágrimas de vernos a todos así. Al final, tras un rato de caminata, decidí que me sentaría bajo un gran cedro. Me tomó un rato darme cuenta de que inconscientemente había ido hasta el árbol bajo el que Kanon y yo nos habíamos dado el primer beso. Quise golpearme en la cara por ser tan tonta. No necesitaba pensar en él justo ahora.

Encendí mi cosmoenergía. Estuve un rato así, meditando bajo el sol, sintiéndome un poco peor con cada minuto que pasaba.

Alguien me dio palmaditas en la cabeza y abrí los ojos al tiempo que de un salto, alcanzaba una rama altísima del árbol y me sostenía de ella, perdiendo los estribos debido al sustazo. ¿Cómo podía alguien acercárseme tanto sin que lo notara? Por un momento pensé que había sido Aioria, que me había seguido para ajustar cuentas conmigo y volverme a dejar las nalgas chamuscadas. Pero no. No era mi maestro. Claro, había sido el Santo de la Esperanza himself, porque así tenía que ser todo en mi vida, doloroso. Luego noté que estaba muy alto como para bajarme del árbol y no sabía ni siquiera cómo había llegado hasta allí. Empecé a gimotear. Seiya notó mi predicamento y se reía, doblado en el suelo, con los ojos llenos de lágrimas.

-Espera a que me baje, burro con alas.- lo amenacé, sosteniéndome precariamente de una ramita muy muy delgada que empezaba a agrietarse.

-¡Jajajaaja! ¡Ven kitty kitty kitty! Ahhh, el gatito no puede bajarse del árbol, ¿llamo a los bomberos?- se burló Seiya alejándose del árbol, debido a que la rama estaba a punto de romperse.

-¡VEN AQUÍ, PELMAZO, TE VOY A DESOLLAR!- grité, con la cara roja de rabia y esfuerzo, moviéndome. Normalmente Seiya no conseguía sacarme de casillas, pero esta vez lo había logrado. Allí estaba, seguro y en el suelo, sacándome impunemente la lengua. Me quedé quieta. Miré hacia arriba. La rama estaba a punto de romperse. Y al final, como en cámara lenta, cedió bajo mi peso.

CRACK.

Alguien me sostuvo en sus brazos antes de que golpeara el suelo, con un golpe sordo que sentí hasta en los huesos. Lo primero que noté fue su olor. Sándalo, sal y humo de leña. Abrí un ojo. Por todos los dioses del averno, era Kanon. Seiya aún seguía riéndose. Maldita sea.

-Exafanízetai, ftero̱tós gáidaros. –siseó Kanon, mirándolo y expeliendo un aura de peligro que hasta a mí me asustó. Me puso en el suelo. Seiya dejó de reírse, me sacó la lengua y se la sacó a él. Kanon alzó una ceja, divertido. Seiya nos miró, al parecer sumando uno más uno, sonrió y puso pies en polvorosa. Desgraciado. En cuanto tuviera oportunidad, le haría pagar por sus burlas…y por dejarme a solas con Kanon.

-¿Qué haces aquí?-le pregunté, sacudiendo con mis manos algunas astillas y hojas que se me habían quedado pegadas de la ropa, evitando mirarlo.

-Te seguí.-me contestó, sin un ápice de vergüenza. Señaló la rama que había caído al suelo- Siempre que sales sola, te metes en problemas. Quería hablar contigo. Me has estado evitando desde el día en que te ataqué con el Satán Imperial. ¿Te hice daño?

Lo miré. Yo también quería hablar con él pero no había encontrado el valor para hacerlo. Sabía a qué se refería con "daño". Entre nosotros, el dolor físico y las heridas nunca habían sido un tema de conversación profunda. Nos curábamos mutuamente y ya estaba. El daño era emocional. Dolor en el alma.

-Si, Kanon. Me hiciste daño. Hay algunas cosas con las que no permitiré jamás que nadie juegue.-le contesté, con toda sinceridad. Él sonrió con algo de crueldad.

-Tienes mucho material con el cual jugar, princesa. Mucho dolor sin procesar, muchos recuerdos atroces en esa cabecita. Debes aprender a controlarte o tus enemigos te controlarán. Mi Satán Imperial es fuerte y milagrosamente te lo quitaste de encima, de una forma muy rudimentaria, pero lo hiciste. Sin embargo no sé qué harías contra un Satán Imperial mío real, o un contrincante de la talla de digamos…Ikki de Fénix, o Saga.

Alcé una ceja. ¿Quién carajos se creía para andar revolcando mis "recuerdos atroces" y mi "dolor sin procesar" en mi "cabecita de princesa"? ¡Idiota! Respiré para calmarme, ya me había agarrado de las greñas con Aioria hacía un rato, no me convenía liarme con otro santo dorado el mismo día.

-Afortunadamente para mí, no encontraré rivales de la talla de Ikki de Fénix o Saga de Géminis, esas cosas sólo pasan estadísticamente muy pocas veces y no creo tener tan mala suerte.-le contesté, con altivez y cierta burla. El volvió a sonreír.-Además, ¿Cómo así que un satán imperial tuyo real? ¿Es que acaso tus experimentos conmigo han sido de mentiritas?

-Eres el ser humano con peor suerte que conozco, Marah Goldsmith. Pero espero que los dioses estén de tu parte. Y sí, todo este tiempo, he estado jugando. Contigo nunca he peleado en serio. Te habría convertido en polvo con sólo extender un dedo.-me dijo, aún más burlón que yo. Tuve que reconocérselo. Ese era un golpe muy bajo. Me reí a carcajadas de su lanzamiento de ácido a mis sentimientos y mi ego.

Me senté, con la espalda recostada contra el tronco del árbol. El me siguió y se sentó a mi lado. Dejé que entrelazará los dedos de su mano con los míos. Era un gesto muy suyo y muy dulce, muy parco, pero diciente.

-Lo siento.-murmuró. No lo miré. Yo sabía que se refería a usar mi dolor contra mí tras haber jurado no lastimarme de nuevo jamás. Asentí con la cabeza. Suspiró audiblemente. Entre nosotros nunca habían sido necesarias muchas palabras.

-¿Tienes miedo?- preguntó. Mi mano empezó a sudar en la suya.

-No.- le contesté, con sinceridad.-No tengo miedo. No tengo miedo al combate en sí, sino a lo que vendrá después. Pelear no me asusta. Perder sí.

Lo miré. Él ya me estaba mirando desde hacía un rato, sus ojos verdes parecían demasiado límpidos, demasiado inexpresivos. Oh no. Esa expresión en un Santo de Oro nunca auguraba nada bueno.

-Podrías quedarte aquí. Muchos se quedan aquí tras las Pruebas, así no ganen una armadura. Algunos lo intentan una vez más. Para todos nosotros el Santuario fue nuestro hogar desde la niñez y es muy rara la ocasión en que alguno busca suerte por fuera. Además no creo que Nuestra Señora te deje marchar. Estás en peligro.

Parecía estar hablándose a sí mismo, convenciéndose de que yo no me iría tras perder en las Pruebas. Él estaba convencido de que perdería. Me retraje sobre mí misma y solté su mano. Este hombre, que me había entrenado, estaba seguro de mi derrota y tratando de convencerse a sí mismo que me tendría cerca, sin importar mi opinión o mis sentimientos al respecto. Sentí una súbita punzada de rabia mezclada con ternura. Tremendo imbécil, cómo lo amaba.

Pero tenía que tomar medidas. Yo en cierto modo estaba mentalmente preparada para la derrota. Y para irme. Y debía empezar a cortar lazos si quería sobrevivir allá afuera.

Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad, de todas las cosas que había pensado en los últimos días. Kanon era peligroso para mi bienestar físico y ía demasiado de él. Iba a terminar perdiendo la cordura completamente a su lado. Suspiré. Me puse en pie y luego me arrodillé entre sus piernas abiertas, mirándolo, para sentarme en seiza. Lo que tenía que decirle, tenía que hacerlo mirándolo a los ojos.

No pude evitar que mi mirada se aguara y que la voz se me quebrara. Dolía demasiado. Él pareció sorprendido. Quizá tal vez pensó que me quebraría ante él y lloraría de pavor ante la perspectiva de perder un combate que decidiría muchas cosas.

Pero esto iba mucho más allá.

-Kanon, independientemente de lo que pase en las Pruebas, de si me quedo o me voy, creo que lo mejor para mí y para ti es que lo que sea que tenemos, termine. Te agradezco infinitamente todo lo que has hecho por mí, las enseñanzas que he recibido de tu parte, los cuidados, el amor. Pero lo complicas todo, lo haces todo muy difícil. Hay cosas de ti que no comprendo y que me asustan, cosas de ti que no son sanas para mí. Y desde que llegué a tu vida no he hecho más que complicártela y ponerte en una posición demasiado compleja. Sé que te molesta muchísimo ya no ser parte de la Asamblea de los Santos. Y sé que es por mi culpa.

Kanon me observó sin mostrar emoción alguna. Una sonrisa torcida se adueñó de su rostro. Cerró los ojos y agachó un poco la cabeza. Luego volvió a abrirlos. Se puso de pie y me dejó allí, sentada sobre mis rodillas.

-Entiendo. –dijo, con una espantosa serenidad.-Mi única recomendación para ti, con respecto a las Pruebas, es que no te fíes de la aparente debilidad o fortaleza de un oponente. Busca sus puntos débiles, sé una tabula rasa, no te dejes provocar, y recuerda: kanéna éleos.

-Sí.-le contesté, un par de lágrimas que el ya no podía ver rodándome por las mejillas.-Sin piedad.

Se fue, caminando muy despacio. Yo me quedé allí, donde todo había empezado, con una sensación muy molesta de vacío en el pecho y un nudo atroz en la garganta. El viento movió las hojas del cedro. Suspiré de nuevo, convenciéndome de que era mejor así. Me puse también en pie, andando a tumbos, cegada por las lágrimas. Sentí una mano en mi hombro. Esta vez no me asusté.

Era Seiya. Me dio un pañuelo y lo tomé con ansias para secarme las mejillas y los ojos. Le di un sopapo en la cabeza. Nos había estado observando, el muy metiche. Él se quejó con un sonoro auch y me reí, causando que otro par de lágrimas se me salieran. Volví a secármelas.

-¿Mejor?-preguntó. Suspiré. No estaría nunca mejor de nuevo, pero tenía cosas importantes qué hacer. Negué con la cabeza. Seiya lo entendió.-Vamos, Miss Manners. Aioria me pidió que te llevara a Leo.

Y tras decir esas fatídicas palabras, se inclinó, me tomó por las rodillas, me lanzó como un saco de patatas sobre su hombro y el mundo se volvió un borrón.

Tras lo que parecieron segundos después, me encontré de frente con un Aioria casi histérico que me entró de un tirón a Leo. Miré a Seiya acusadoramente, con ira de la mala, y él me guiñó un ojo como despedida.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

-Aioria, necesito a la niña. Deben parar de entrenar ya.-dijo Agnés con su voz más autoritaria. Mi maestro y yo nos separamos jadeando, o más bien él se quitó, y yo me arrastré en el suelo, donde habíamos estado luchando pankration. Me levanté con mucha dificultad, sintiéndome descoyuntada en todas las articulaciones. Agnés, con impaciencia, vino y terminó de ponerme en pie jalándome de la ropa.-Ven aquí, muchachita, te tienes que bañar y poner la túnica…

-¿Para qué, Agnés? Yo quiero irme a dormir.-protesté sin mucho ánimo. Ya se estaba haciendo de noche y esperaba siquiera echar una cabezada de un par de horas, o me enloquecería.

Agnés me dio un golpetazo en la cabeza por mi impertinencia que me dejó viendo estrellitas. Daba palmadas más fuertes que las de Aioria. Juré que me iba a salir un chichón. Dejé de resistirme y fui con ella hasta la terma de Leo, donde me encerró con una túnica tipo quitón como las que había visto a Aimeé y a Eva vistiendo el día en que habían revivido a Aioros. Me bañé a consciencia y me vestí. Al salir, ella ya estaba esperando afuera, con mi hombrera, mi peto, mis muñequeras y mis rodilleras. Me las puso sin mucha consideración, apretando las correas tal vez algo más de lo necesario y murmurando con desdén cosas que sonaban como "demasiado flaca" "palillo" "van a matarla" y "Aioria irresponsable". Empecé a temer que las Pruebas empezaran en ese momento. Agnés me trenzó como pudo los flequillos para quitarlos de mi rostro. Me acarició las mejillas brevemente cuando terminó. Ahora sí pensé que iba a morir.

-Debes ir al Coliseo, Marah. Las amazonas tienen hoy su rito privado de purificación antes de las Pruebas.

Suspiré de alivio.

-Regresa temprano, Marah. Debes dormir.-susurró Agnés. Asentí con la cabeza y me fui de Leo antes de que Aioria recordara que iba perdiendo en el pankration y decidiera rematarme contra el suelo por milésima vez ese día.

En Tauro, me encontré con Aimeé, que también iba saliendo, con cara de no tener idea de a dónde iba, en dónde estaba o el porqué de la existencia, también vestida con el quitón y las hombreras. Juntas fuimos al Coliseo, donde nos encontramos a una pequeña multitud de Amazonas reunidas, ninguna portaba armaduras, ni siquiera Marin o Shaina. Todas estaban vestidas con quitones. Algunas portaban antorchas. Había muchas amazonas pequeñas allí también. Vimos a Eva al otro lado de la multitud, ondeando el brazo para llamar nuestra atención. Fuimos hasta ella.

-¿Qué está sucediendo, Eva? ¿Por qué no entramos aún al Coliseo?-preguntó Aimeé, algo nerviosa. Eva le guiñó el ojo.

-Este es sólo el punto de reunión. Vamos a dar un paseo hasta un sitio secreto. Luego habrá un ritual.

-¿Vas a participar en las Pruebas?-pregunté. No se veía nerviosa, como nosotras, y me pareció admirable que no estuviera muriéndose de susto como Aimeé y yo. Eva negó con la cabeza, sin sonreír.

-Aioros y yo tuvimos unas cuantas luchitas de entrenamiento y decidió que no era prudente que yo me presentara en esta ocasión.-contó, en voz baja y con un rictus en los labios que nos dijo a Aimeé y a mí que estaba furiosa por la desconfianza de su nuevo maestro. Qué montón de problemas en el paraíso teníamos todas. De hecho, razoné con algo de rabia, si alguien tenia derecho a participar en estas pruebas era Eva, que había entrenado por años con Albiore de Cefeo, o con quien tuvieran a bien endilgarle para hacerla pasar trabajos.

Era muy injusto. La cara se me congestionó de rabia y me puse roja.

-¿Marah, estás bien?-preguntó Aimeé. Ultimamente sondeaba mis sentimientos con demasiada atención para ponerse a cubierto y a salvo antes de que me descontrolara. Su muestra velada de aprensión hacia a mí hizo que se me deslizara un cubito de hielo por la garganta. Toda mi rabia se fue, reemplazada por vergüenza y arrepentimiento.

-Si, Bully. Todo bien.-le contesté. Las amazonas se pusieron en marcha, guiadas por varias vestales que sostenían antorchas. Todas guardamos silencio e iniciamos una caminata en la oscuridad hacia un sitio al que yo personalmente nunca había ido, a las afueras del Santuario, en una inmensa garganta entre las montañas precedida por un desfiladero de pánico.

Había un bosque de cedros. Muchos, muchos cedros. Y un inmenso claro rodeado de grandes monolitos que parecían mucho más viejos que el mismo Santuario. El claro estaba iluminado en intervalos por largas antorchas clavadas al suelo y hogueras diseminadas. Había mesas llenas de hierbas y sacos de lo que reconocí como incienso, instrumentos musicales y grandes tinajas de barro. Varias vestales mayores tomaron los pífanos y los tambores y comenzaron a tocar, mientras las vestales que nos acompañaban nos hacían formar en filas, como en un ejército.

-¡Remuévanse todas las protecciones, pasen ordenadamente al frente y déjenlas en el suelo!-ordenó una vestal que había visto en varias ocasiones en el Templo del Patriarca. Se veía mucho mayor que Agnés. Suspiré y empecé a luchar con las correas de mi hombrera, mi pectoral, mis grebas, mis muñequeras y rodilleras, que la vestal de Leo había apretado tan fuerte. Cuando fue mi turno las deposité en la pila donde ya estaban todas las protecciones de las demás amazonas.

Cuando todas terminamos, nos empezamos a mirar unas a otras con recelo. ¿Qué pasaría ahora? La música se estaba volviendo muy insistente, el tambor resonaba demasiado fuerte. Una vestal empezó a lanzar a manotadas incienso y hierbas sobre un inmenso atanor lleno de carbones calientes, creando una densa nube de aire perfumado que se combinó con el olor de la hierba y de los árboles. La luna creciente brillaba sobre todas nosotras.

Busqué a Aimeé, que estaba tres puestos hacia atrás y dos filas al lado de donde yo estaba. Se veía algo nerviosa. Eva tenia cara de aburrimiento infinito. Volví a mirar al frente y me encontré con que June, Marin, Shaina y las demás amazonas de su rango y época se estaban desvistiendo.

Quise huir. Huir muy rápido y muy lejos. Nadie me dijo que me había apuntado para rituales sáficos nudistas a la luz de la luna en un santuario griego cuando Aioria y Algol me habían ido a buscar a mi casa en Arabia Saudita hacía tres años. Se me llenaron los ojos de lágrimas de pánico. Volví a buscar a mis amigas con la mirada, mientras muchas otras amazonas más jóvenes se reunían aterradas ante la perspectiva, otras se quitaban la ropa sin más y las más pequeñas daban pequeños grititos de felicidad y se deshacían de los quitones, que les estorbaban.

Aimeé tenía la misma expresión que yo y se tapaba los pechos con los brazos, los ojos desorbitados de horror. Eva ya se había desnudado sin prestarle mucha atención al asunto, doblado su túnica y la estaba poniendo sobre una mesa. Luego vino hacia nosotras, que inconscientemente nos habíamos juntado una vez se deshicieron las filas.

-Venga, entre más se tarden en quitarse los trapos más las van a mirar, porque serán las únicas vestidas entre un montón de mujeres en pelota picada. Caray, como si aquí nadie hubiera visto nunca un par de tetas.-nos urgió, rodando los ojos con fastidio. Cómo la detesté en ese momento, ella era perfecta, no había absolutamente nada en su cuerpo de lo cual debiera sentirse mínimamente avergonzada. Excepto, claro, grandes moretones, que por lo que ví rápidamente, eran un rasgo común entre todas las amazonas, un lazo que nos unía, las evidencias de nuestra condición de guerreras.

Aimeé suspiró y se quitó la túnica. Vi rápidamente que yo me estaba quedando de última y era mala idea. Así que cerrando los ojos con fuerza, también me quité la ropa, la doble y la puse sobre una mesa. Apenas me volví, noté que un par de niñas se me quedaron mirando. Varias amazonas comenzaron a cuchichear y mirarme…pero no parecían asustadas o asqueadas, sino profundamente interesadas.

Observé en sus cuerpos grandes cicatrices. Sonreían mostrándose unas a otras las marcas y los moretones, relatando cómo se los habían hecho.

De repente me vi asediada por amazonas, preguntándome sin empacho de dónde habían salido esas cicatrices horribles y qué historia alucinante las acompañaba. Me sonrojé muchísimo.

-Me las hizo un león.-murmuré, atropellada. Vi caras de sorpresa y escuché varios "ooohhh" y "aaahhh".

-Así que de ahí es que salieron esas marcas.-me dijo Eva, aprovechando la confusión para acercarse de nuevo a nosotras y guiñándome un ojo.-pensé que te habían echado agua caliente por andar maullando en los tejados…

-¡Como gata en celo!-chilló Aimeé muerta de risa, dirigí un manotazo en su dirección que ella esquivó con agilidad, olvidando momentáneamente su verguenza por estar desnuda. En ese momento nos llamaron al orden golpeando el tambor, ordenándonos volver a las filas, lo cual hicimos rápidamente, empezaba a hacer frío y teníamos que estar moviéndonos constantemente para calentarnos. Nos dieron las instrucciones a seguir. Cada una debía ir a donde estaban las vestales, donde le volcarían un jarro con agua encima y le golpearían con ramas previamente purificadas en el incienso y aún humeantes.

Una vez estuvimos todas ritualmente limpias (es decir, mojadas, con mucho frío, golpeadas con ramitas filosas y calientes, y apestando a incienso), la música cesó. El cosmo de Athena resonó por todo el claro, como una onda expansiva, pero esta vez era distinto. No era el cosmo amoroso de Saori Kido. Era una energía poderosa, combativa, guerrera. Todas nuestras cosmoenergías se levantaron al unísono, respondiendo al llamado.

Y ante nosotros, de entre los árboles, sola, surgió una muy desnuda y muy brillante Atenea, envuelta en el fuego divino de su cosmo.

Nos arrodillamos, inclinando la cabeza. Y la música inició de nuevo. La Diosa caminó entre nosotros, haciendo que nos pusiéramos de pie, tocándonos la cabeza o los hombros. La luz que todas irradiábamos era tan brillante que tenía que entrecerrar los ojos. Era un arcoíris de luces y energías, que rugían con distintos caracteres e intensidades. Una vez Athena llegó a la parte del claro donde estaban las vestales, estas pusieron ante ella una serie de cajas de madera grandes, que la diosa abrió, tocando su contenido e imbuyéndolo de su cosmoenergía.

Túnicas blancas nuevas cuyos hilos rezumaban la pureza de la energía de nuestra Diosa.

Y que ella misma puso en las manos de cada una, con una sonrisa y una palabra de aliento.

Cuando llegó mi turno no lo pude evitar. Ya estaba llorando. La diosa quitó una lágrima de mi mejilla con la punta de sus dedos y puso en mis manos mi túnica, que vestí inmediatamente, sintiéndome más amada y bendecida que en mucho tiempo en mi existencia. Era un verdadero honor.

Una vez estuvimos todas vestidas, la vestal mayor del Templo del Patriarca, sacó de un arcón de madera tallado un vestido que todas vimos al mismo tiempo, era finísimo. Nos instruyeron para que nos ubicaramos en círculos concéntricos alrededor de la vestal que sostenía el vestido y dirigiéramos nuestra cosmoenergía hacia la amazona que teníamos delante, que estaríamos tocando en el hombro, hasta un pequeño anillo de cuatro amazonas, que estarían tocando el vestido. Así, quedaría imbuído de la energía de todas nosotras. Cuando estuvo hecho, la tela brillaba blanquísima, y la diosa, sin dudar, se lo puso. Ahora compartíamos un vínculo, Ella nos protegía y nosotras a Ella, literal y figurativamente.

El incienso no dejaba de perfumar el aire. Luego de esa parte del ritual, las vestales nos mostraron unos símbolos y sus significados, que deberíamos pintar con nuestros dedos y una tinta ritual de índigo sobre nuestras compañeras. Todas debíamos recibir un símbolo y todas debíamos dar un símbolo.

Aimeé, Eva y yo nos pintamos lunas y letras en los antebrazos que significaban "Protección", "Invencibilidad," "Coraje", afirmando así nuestro vínculo como hermanas de armas, más que amigas o simples compañeras de destino. Noté que sólo Marin, de entre todas las amazonas, se acercó a pintar un símbolo sobre Shaina. Y ella le devolvió el favor, pero ninguna otra amazona, joven ni mayor, se acercó a Ofiuco para compartir nada con ella. Por alguna razón me pareció triste, que ni siquiera en un evento como este, que estaba pensado para crear y fortificar lazos entre mujeres guerreras y servidoras de una Diosa, Shaina pudiera dejar su fachada, su máscara agresiva, y ser simplemente una más de las sirvientes devotas de Ella.

Tras esta primera parte del ritual, Athena se retiró del claro, acompañada de varias vestales, y la festividad inició. Comida y bebida fueron servidas y compartidas, y además hubo carreras, luchas y baile.

Pero yo estaba molida. Y recordaba la advertencia de Agnés. Necesitaba volver temprano a Leo y dormir un poco. Aimeé compartía mi predicamento. Eva deseaba quedarse pero la arrastramos con nosotras al Santuario, iniciando la larga y tortuosa caminata saliendo del bosque, atravesando el desfiladero de la montaña, volviendo al Santuario y hasta los Templos del Zodiaco.

Sólo cuando caí boca abajo, medio muerta de cansancio, sobre mi cama en Leo, fue que noté que ni Aimeé, ni Eva, ni yo, habíamos traído de vuelta las protecciones.

Nuestros maestros iban a matarnos. Habíamos perdido el equipo para pelear antes de unas Pruebas por Armaduras.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Aioria había tenido un ataque de ira en la mañana cuando se había enterado de que ya no tenía pectoral, hombrera ni rodilleras, con consecuencias muy divertidas para mí pero poco interesantes para Agnés. La había despachado a rugidos a buscar a Camille, la vestal de Tauro, e ir a comprar protecciones para Aimeé y para mí en los pueblos cercanos al Santuario de urgencia.

A mí, había vuelto a ponerme sobre su rodilla y darme una zurra en las nalgas con palmadas con alto voltaje. A esas alturas ya estaba tan llena de pánico que todo me daba risa, así que cada golpe de Aioria fue respondido con una risotada histérica de mi parte.

No me había dado tanta risa en el resto del día, pues me había hecho entrenar como loca y me había dejado sin comer ni beber.

Estaba en el Hall de Leo, con los ojos vendados, sentada en flor de loto y con mi cosmoenergía encendida. Aioria se paseaba hecho una fiera alrededor de mí, increpándome y lanzándome un ocasional ataque que debía esquivar. Intentaba no explotar. Ya sólo quedaba una noche entre mi destino y yo. Todo me daba vueltas. Definitivamente ya estaba en survival mode. Mi piel hormigueaba. Estaba "despersonalizándome", perdiendo la consciencia de la realidad, lo cual nunca era bueno.

-No podemos confiarnos de tu cuerpo, Marah.-me dijo Aioria.-está débil y maltrecho aún, no puedes pelear físicamente. Tenemos que apostarle todo a tu cosmo.

-Aioria, si no como ni duermo, no lograré nada mañana. Lo que no hicimos en tres años no lo haremos en una noche.-protesté yo. Aioria vino y me quitó la venda de los ojos.

-Tienes razón. Ve, báñate, come y duerme. Esperemos que los dioses te ayuden.

-¡Ja! ¿A mí?- me burlé, poniéndome en pie y temblando un poco.-Estoy maldita por uno de ellos, ¿recuerdas?

-Vete antes de que decida amarrarte a un pararrayos.-gruñó mi maestro mientras se recostaba contra una columna. No me hice de rogar y abandoné el Hall de Leo corriendo. No era bueno jugar con el Gran Gato cuando estaba de mal humor. Le tomé la palabra y fui a bañarme primero. La tinta azul de los trazos de Eva y Aimeé seguía sobre la piel de mis antebrazos como un tatuaje: me pregunté si alguna vez se iría. Luego de vestirme ataqué la cocina. Mientras tenía la boca llena de pan, en una mano un trozo de carne y en la otra un trozo de queso, llegó a mi mente la voz cósmica de Afrodita de Piscis.

-Me debes una conversación.-dijo. Agradecí con todas mis fuerzas que no pudiera verme, embutiéndome todo lo que encontraba. Creo que no le parecería elegante. Tragué y sonreí. Sí, eso era lo que necesitaba. Salir un rato de la atmósfera asfixiante de Leo.

No pedí permiso. Estaba enojada con Aioria por volver a humillarme pegándome en el trasero como si yo tuviera cinco años. Nada mejor que volarme a tomar el té con su más despreciado compañero de armas, Afrodita de Piscis, y desobedecer abiertamente sus órdenes de irme a descansar, para arreglar cuentas.

Un largo rato después, me encontraba en Piscis, rodeada de arbustos de rosas blancas y rojas. En mi mano, una taza de delicioso Earl Grey con canela y cardamomo. Delante de mí, sentado en una pequeña mesa de madera, estaba Afrodita, tomando pequeños sorbos de su taza de vez en cuando. Desde donde estábamos, un jardín en el área privada de Piscis, se podía ver a lo lejos el Salón del Patriarca y parte de la estatua de Athena.

-Hasta hace poco no entendí por qué me caes bien, niña.-dijo como saludo. Lo miré, de hito en hito. ¿Yo le caía bien a Afrodita?, pensé, él me observó muy serio. -¿Por qué la cara de incredulidad? Soy humano, niña, tengo derecho a tener personas que me caen bien…y que me caen mal. Como te iba diciendo, pienso que me caes bien debido a que estás tan sedienta de victoria y de gloria como yo.

He´s struck a nerve. ¿Cómo podía este hombre conocerme tanto? Dejé la taza sobre la mesa para evitar que me repiqueteara sobre el plato, debido a que me temblaron las manos. Afrodita se rió con su risa femenina, deleitado.

-Los santos hacemos labores de inteligencia, ¿sabías? Así nos enteramos de las debilidades y fortalezas de los discípulos ajenos.- dijo, dándome una respuesta a mi pregunta no formulada. Me dio un poco de rabia.

-Aioria jamás me ha hablado de las debilidades de los alumnos de otros, ni de sus fortalezas.-le dije yo, mirándome las uñas de la mano derecha. Luego lo miré. También había puesto su taza sobre la mesa. Puso ambos codos sobre ella y entrelazó los dedos de sus manos, para luego apoyar el mentón sobre ellos y mirarme fijamente. Sonrió, avieso.

-Eso es porque Aioria siempre juega según las reglas. No es tonto ni débil en lo absoluto, por supuesto, pero su falta de creatividad me aburre. Tú no me aburres. Tienes claro lo que quieres, y lo que quieres es la belleza, la victoria, el poder. No eres un coeur simple, no, en absoluto. Y estás dispuesta a sacrificarlo todo por lo que quieres, ¿o me equivoco?

Cerré los ojos. Volví a tomar mi taza y le dí un sorbito antes de mirarlo. Tenía razón en todo, esa era mi esencia, contra lo que había estado luchando desde que empezó mi entrenamiento con Aioria. Ya había entendido de manera dolorosa que el poder no era igual al honor, pero oh, qué tentación maravillosa era el poder, sobre todo ahora que me encontraba tan débil. Para Kanon también el poder había sido una tentación. Comprendí de golpe muchas cosas. Abrí los ojos.

-No, no se equivoca, maestro.-le contesté. Sentí como si una mano me estrujara el pecho al pensar en Kanon. Estuve segura de que Afrodita notó mi desconsuelo.- Estoy dispuesta a sacrificarlo todo por lo que quiero.

Afrodita estiró una de sus manos hasta donde yo estaba y tomó uno de los mechones de mi pelo. Lo movió entre sus dedos índice y pulgar, algo disgustado. Luego retiró la mano y volvió a la posición en la que estaba antes.

-Te prefería con el pelo largo, ¿sabes? Te veías más imponente. Aunque el kohl negro en los ojos es un acierto, siempre quise decírtelo. Al principio no me gustaba eso de que las amazonas andaran sin máscara, pero ahora mi opinión ha cambiado. La belleza es un arma poderosa, en especial cuando se sabe cómo usarla.

Parpadeé algo incrédula. ¿Cómo había pasado de algo tan trascendental a absoluta small talk? Acabé mi taza de té. Algo me vino a la cabeza. La expresión de las amazonas cuando vieron mis cicatrices, la expresión de Kanon cuando peleábamos. La expresión de Algol cuando me miraba.

-Entiendo que para usted la belleza está más ligada con el asombro que con deleitarse. El asombro que causa pavor, incluso. No entiendo qué quiere decirme, ¿debo usar mi aspecto como un arma? Pero, ¿cómo, cuál? No encuentro poder alguno en cómo me veo...No sé qué debo hacer...

Afrodita me miró. Empezó a reírse, con esa risita que empezaba a detestar. Femenina y aguda. Tuvo que dejar su taza de té en la mesa. Esperé un rato hasta que el ataque de risa se apagó.

-Tu aspecto ya es un arma. El cómo te presentas al mundo dice mucho de ti, es un lenguaje que puede leerse. Tu no quieres causar pavor, quieres causar admiración, respeto...Sé que debajo de esa apariencia prístina se esconden horrores y oscuridad...Y en eso, querida, nos parecemos más de lo que tú crees...Lo que quiero decirte es que no importa qué suceda mañana, qué oponente se te ponga en frente. Hay momentos en los que la máscara debe dejarse caer...No temas ser cruel, no temas responder a esos impulsos que están en ti. No debes dudar. Si quieres lograr la victoria debes estar dispuesta a dejarlo todo. Debes permitir que ese horror que brota de tu alma se apodere de tí y te dé toda la ira y el odio que necesitas para acabar con quien se oponga a tus deseos. Debes hacer uso de todo lo que tienes. ¿Estás dispuesta?

Recordé las palabras de Kanon. "Tienes mucho material con el cual jugar, princesa. Mucho dolor sin procesar, muchos recuerdos atroces en esa cabecita. Debes aprender a controlarte o tus enemigos te controlarán".

Afrodita de Piscis estaba dándome la clave para aprovechar todos mis traumas, mi rabia, mi odio, mi verguenza, mis frustraciones, mi tristeza, mi soledad, como una potente arma para deshacerme con presteza de mis enemigos. Controlarlos en vez de dejarme controlar por ellos. Proyectar en ellos todos mis sentimientos negativos y simplemente purificarme usando chivos expiatorios. Qué bonito. Era perfecto y lo amé.

Pero dudé antes de contestarle. ¿De verdad mataría a otra persona por una armadura? Antes de que lograra articular palabra, Afrodita habló.

-Eso pensé, niña. No me decepciones.

Y con eso dio por terminada nuestra breve conversación. Se levantó de la mesa y me señaló con cortesía la salida. Le hice una breve reverencia y le agradecí por el té.

Volví a Leo con la cabeza hecha un nudo. En el camino pensé en Kanon y en Afrodita. Ambos habían hecho parte de la historia oscura y fea reciente del Santuario. Ambos también se habían arrepentido, supuestamente. Pero eran personas muy complejas, cuya oscuridad estaba siempre allí, latente. Kanon quería más que la vida del soldado, quería el poder. Afrodita quería más que el simple servicio, quería la gloria. En eso me parecía a los dos. ¿Eso quería decir que estaba mal encaminada, que no merecía ser una santa de Athena? Pero…ellos eran Santos de Athena, aún así. Yo quería proteger a Athena, ser su sirviente, seguir siendo parte de una hermandad de guerreras, las caras sonrientes de Aimeé y Eva en mi cabeza…Pero también quería más. Mucho más. Me quité la ropa, me puse la pijama y me acosté.

Miré la oscuridad del cuarto, con los ojos sumamente abiertos. Recordé el mito de Damocles, quien había querido saber qué se sentía ser rico y poderoso, y como enseñanza, había recibido el cenar manjares con una espada colgando sobre su cabeza de una delgada crin de caballo.

El poder era peligroso y eso había intentado enseñármelo Aioria. Peligroso por lo que podías llegar a hacer con él y peligroso por lo que podrías llegar a hacer por él.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Habebti: querida (árabe)

Exafanízetai, ftero̱tós gáidaros: Desaparécete, burro con alas (griego)

coeur simple:Corazón sencillo. (Francés) es una expresión que se refiere a una persona sin grandes aspiraciones.

Gracias a Shadir, por sus reviews en cada capítulo, breves y sustanciosos. Me alegra que me sigas leyendo. A Kyokai1218, mi nuevo lector, espero que la historia te siga gustando. Gracias a Kari, Geminisnocris y Liluz de Géminis por dejarme jugar con sus pobres corazones muajaja. Les agradezco infinitamente su lealtad y que me sigan apoyando y escribiendo. Gracias sobretodo a BullyAKA/The Ninja Sheep/ por su apoyo incondicional, sean buenos y pásense por Crossroads y Saint Seiya Drabbles, pues allí estan las historias de Aimeé y Eva.

Próximo capítulo, ¡Las Pruebas!

¿Alguna vez has sentido tu Cosmo?