¡Sorpresa!
-¿Qué es eso?- dijo Mara muy curiosa.
-Es el sello de la discoteca de ayer.
-A ver –le enseñé mejor el sello, el símbolo era un triángulo, formado por tres líneas que no se unían en un punto.
-Tal y como me lo habías contado, no parece de esas discotecas que a la salida te ponen un sello. Parecía muy exclusiva.
-Si, a mí también me lo pareció, pero la verdad es que está genial.
-¿Cómo se llama? A lo mejor me paso por ella un día.
-Pues… ahora que lo dices, no me acuerdo, creo que ni siquiera vi el nombre. Pero estaba en el centro. Es un edificio bastante grande, al lado de una plaza.
-Bueno, pues cuando lo sepas me avisas. Y dime, ¿Qué tal lo pasaste? –preguntó curiosa, obviamente no se refería a la cena.
-Pues… -noté, a pesar de que hacía frío, que me había puesto colorada-. Estuvo bien –Me miró sin convencerla de aquella respuesta-. Vale, no me mires así estuvo muy bien, realmente bien.
-Vamos se te ve muy relajada, te dio un buen revolcón –Asentí. Pero siendo sincera con ella levante dos de dos de la mano-. Ole, eso sí que te hacía falta –dijo aplaudiendo como una loca-. ¿y qué?
-¿Qué de qué? –no entendía.
-¿Sientes algo por él?
-No, bueno es decir. No lo sé. Es todo demasiado rápido. Yo… yo no estoy preparada para una relación. Se ha portado muy bien conmigo desde que nos pusieron de compañeros, y la verdad es que trabajando sabe lo que hace, pero no creo que esté preparada para una relación seria en este momento. Ahora mismo prefiero disfrutar un poco.
-Bueno, eso también me parece bien –miró el reloj, le dio un sorbo al café y se levantó, comenzamos a caminar por la calle en dirección al trabajo-. Pero según lo que me has dicho, él estará esperando una respuesta.
Tras aquella conversación nos separamos, ella se fue al depósito, y yo directamente a la comisaria junto con la perra.
Aún era pronto pero había llegado, aunque no la Capitana Beckett, a la que necesitaba en ese momento. Loba se quedó en su cama, mientras que yo me puse a teclear en el ordenador buscando alguna conexión entre las víctimas. Las dos armas que se usaron en los asesinatos tenían que ver con los templarios, por lo que algo tenían que tener en común cada una de las personas. Pero no encontraba nada. En ese momento, aunque no me había dado por vencida me acordé de la secretaría del señor James, aún no la había llamado y ella podría ayudarnos a encontrarle. Tecleé el número que el portero me había facilitado, pero saltaba el contestador directamente. Lo volví a intentar, pero volvió a salir de nuevo.
-Maldita sea –colgué con fuerza el teléfono.
-Menuda trabajadora estás hecha –un café apareció a mi lado, tan humeante como siempre. Le miré y él sonrió-. Tienes mejor cara, ¿te ha pasado algo interesante? –preguntó deseando saber.
-Es posible –dije cogiendo el café. Él se sentó en la silla que había al lado- Escucha, en cuanto a lo de ayer, estuvo genial, de verdad que si –sonreí-. LA cena estuvo deliciosa, la discoteca, y la compañía, y lo de después también.
-Por qué me da que ahora va un pero.
-Pero, ahora no estoy lista para una relación. Aún tengo muchas cosas que arreglar y no me siento con fuerzas para eso.
-Vale, vale, lo entiendo, pero que sepas que no me voy a dar por vencido -se levantó, pero se quedó mirándome.
-Estoy segura de que lo harás -. Los dos sonreímos y nos pusimos a trabajar.
Volvíamos a estar en un callejón sin salida. No teníamos huellas, ni nada que nos relacionara a las víctimas, y a única persona que podía ayudarnos había desaparecido. Tras hacer unas llamadas pusimos una orden de búsqueda para Ana Petter. Podía estar en peligro o ser otra sospechosa.
Busqué todo lo que se me ocurrió de Ana Petter. Sus cuentas bancarias, algún contrato de trabajo, numero de la seguridad social, pero nada, parece que ha desaparecido.
-Ha cerrado sus cuentas, es como si hubiera desaparecido.
-¿sospechosa? –preguntó Josh.
-No lo sé, no lo creo. El cada ver lo encontramos en un segundo piso y la víctima vivía en un tercer piso y según los informes del médico y las radiografías es verdad que esa mujer está paralítica –dije mientras señalaba las fracturas.
-Si, además en la grabación se ve a alguien trepando por el edificio, esto es imposible para una mujer paralítica.
-No sé, tendremos que encontrarla. Es posible que haya algo de ella en las grabaciones del portal del psicólogo.
-Bien, se las pediré.
Cuando él volvió a su mesa, apareció la capitana hablando con otros dos detectives. Pero se despidió de ellos antes de entrar a su despacho. Me levanté de la silla y llegué hasta ella antes de que entrara.
-Capitana, ¿puedo hablar con usted? –ella me dejó entrar en su despacho. Se sentó en su silla yo frente a ella.
-Dime, ¿Cómo va el caso?
-Aún tenemos una pista que seguir, pero tenemos que hacer mucho más, hemos puesto una orden de búsqueda para Ana Petter, la secretaria del psicólogo que desapareció cuando encontramos a la primera víctima. Creemos que ella puede saber algo.
-¿Sospechosa?
-Podría serlo, pero sabiendo que el asesino, según las heridas de la primera víctima, mide 1.80, es imposible que ella haya podido hacerlo. Perro puede estar ocultando al verdadero asesino, o puede estar en peligro. Ha vaciado todas sus cuentas, y a excepción de sus radiografías y el informe médico todo de ella desapareció, como si no existiera.
-bien, mantenerme informada.
-SI Capitana.
-¿Algo más?
-Sí, verá estas navidades no pude ir a casa, y parece que mi madre está bastante preocupada por mí. Me preguntaba si podía coger unos días para visitarla. Seguiré trabajando desde allí. Creo que me vendrá bien salir de este aire –se quedó pensativa.
-Sí, creo que te vendrá bien. No es la primera vez que tras un poco de aire las cosas las tenías más claras. Es jueves, cógete lo que queda de día y vuelve el lunes.
-Gracias capitana.
Salí del despacho, hable con Josh y todo quedó aclarado. Me ocuparía de la búsqueda de la secretaria mientras estuviera allí. Antes de marcharme, él empezó a llamar a los medios de comunicación y otros servicios para empezar la búsqueda de esa mujer.
Loba y yo nos marchamos, llegamos a casa. Llamé a mi madre para que supiera que iba esa misma tarde.
Preparé lo necesario, la maleta, las cosas de la perra, cama, comida, cuencos. Nos subimos al coche puse música y nos preparamos para 4 horas de carretera hasta llegar al pueblo donde me crie.
Jueves por la noche, el paisaje se había vuelto oscuro desde hacía tiempo. Pero ya estábamos llegando. Se veían luces al final de la carretera, el pueblo ya estaba a la vista. Loba lo sabía, acababa de despertarse y estaba deseando llegar, la bajé la ventanilla y sacó la cabeza y la lengua por fuera.
Era un pueblo al final de un camino, pequeño, pero bastante acogedor. LA casa de mi madre salía de uno de los caminos.
-Bien, ya hemos llegado –había luces, mamá estaba despierta. La puerta de la casa se abrió de par en par, una silueta salió y se paró en el porche. Abrí la puerta del coche y Loba salió corriendo hacia la silueta. Se elevó a dos patas contenta de estar allí. Cogí la maleta del maletero, cerré el coche y me acerqué a casa.
Aquella silueta se hizo visible cuando estuvimos cara a cara. Una mujer de 50 años, tenía el pelo suelto y cortito, apenas le llegaba por los hombros. Vestia pantalón y una sudadera, y a juzgar por el delantal, y por como olía la casa, estaba haciendo la comida.
-Hola mamá – Ella no dijo nada y me abrazó muy fuerte.
-Ya estás en casa –me dijo al oído.
-Te dije que vendría.
Las tres pasamos, directas a la cocina. Sacó unas cervezas y mientras ella terminaba de cocinar comenzamos a contarnos las cosas que nos habían pasado.
-Hacía mucho que no te veía. Has cambiado mucho, te has vuelto una mujer.
-Han pasado 3 años mamá, hace mucho más tiempo que soy mujer.
-Pero te has vuelto mucho más fuerte desde… -al notar mi cara, mamá se calló-, perdona, pensé que…
-Tranquila mamá, ya lo he superado. O al menos en eso estoy jaja –reí para evitar que se preocupara más.
Hablamos durante varias horas, cenamos y al final nos marchamos a la cama. Entré a mi antigua habitación. Todo estaba tal y como lo dejé. Pero apenas la recordaba. Dejé la maleta en la cama. Saqué la cama de Loba y la puse en el suelo, al lado de mi cama. Saqué las demás cosas, mi ropa, y las cosas de baño y las dejé en su sitio. Preferí no mirar mucho alrededor de aquella habitación, pues el pequeño moisés que había allí hacia sacar demasiados recuerdos a la luz.
Me tumbé a la cama, pero no podía dormir. La 1, las 2; una vuelta, otra vuelta. Nada que no podía dormir. Y como hacía años; cuando no podía dormir, bajé a la cocina, en silencio, seguida por la perra. Busqué por la cocina, encontré la taza, pero me faltaba lo más importante.
-¿Dónde está? –dije abriendo todos los armarios pero sin suerte.
-Está en el armario encima de las tazas –dijo una voz dormida mientras encendía la luz.
-Me has pillado
-Sí, creo que si –se acercó al armario, alargó la mano y sacó un bote de cacao para hacer chocolate –trae, te lo prepararé.
-No hace falta mamá, ya puedo yo, estarás cansada., Intente quitarle la taza, pero no me dejó.
-Ha pasado tiempo, pero aún me acuerdo como te gustaba –me senté en la silla y la dejé a ella. Tras eso nos sentamos de nuevo. Me miró, me dio la taza y me cogió de la mano-. Cuando te marchaste… pensé en quitarla, pero no podía. Así que empecé a pasar noches allí. Unas noches las pasaba bien, otras no –bebí de la taza, temblando, con lágrimas asomando por mis ojos.
Ninguna dijo nada más, simplemente nos abrazamos. Al final del día, o más bien el principio, dormimos en la misma cama. Abrazadas.
Por la mañana, salí a caminar con Loba. Tras aquella noche no tenía muchas ganas de correr, y hacía más frío que en la ciudad. Caminaba por las calles de la ciudad, recordando los momentos que pasé de niña. La tienda de helados, los columpios, el parque donde fui tan traviesa. El colegio. Todo. En el parque, loba disfrutaba jugando con la poca nieve que quedaba. En el bosque había un camino rodeado de árboles. Mientras Loba corría de un lado para otro yo caminaba recordando mi juventud y no tan joven. Solo 12 años atrás. El camino llevaba a un pequeño granero ahora bastante abandonado. No había tractor ni gallinas ni nada. Ahora solo era un granero más. Loba no parecía querer irse, entró en el granero.
-¡Loba! –grité corriendo tras ella. Entré en su busca- Oye ¿Dónde estás? –la escuché escarbar. Me acerqué a ella. Estaba detrás de un montón de paja- ¿Qué haces? –Entonces sacó el morro de dentro de la tierra y me miró sonriendo mientras movía el rabo de un lado a otro. Me acerqué al agujero. Dentro de él vi dos cosas: un colgante y una pequeña caja. Cogí lo primero -. Y yo que pensaba que lo había perdido –dije sonriendo.
-Woof –ladró, sacándome de mi ensimismamiento.
Cogí la caja que la perra había cogido con la boca. Me la entregó sin rechistar. Era un tipo de caja muy concreto, de esos que solo quieres que te lo entregue cierta persona.
-Woff! –volvió a ladrar la perra. Volvió a escarbar un poco más hasta que una nota apareció en el agujero. Quité el exceso de tierra que tenía aún y la cogí.
Hola mi amor:
Hoy es un día especial. Tranquila, sé que no es tu cumpleaños, ni nuestro aniversario, pero es especial.
Hoy, hace ya 7 años pasé la mejor noche de mi vida. Después de aquella, solo vinieron mejores, a tu lado, y ahora que vamos a tener un hijo quiero que sepas que te cuidaré hasta que inspire por última vez.
Ven esta noche, ven a nuestro sitio.
Con amor
David
Las lágrimas empezaron a caer lentamente. Era su carta, su letra. Después de tanto tiempo, algo suyo. Me senté en aquellos montones de paja. Repasé el pasado, me daba miedo, pero al estar allí, algo me hacía estar alegre, contenta.
-¿Qué haces? ¿A dónde me llevas? –pregunté mirando a mi alrededor. La luna brillaba y era primavera.
-Deja de preguntar, ya lo veras, es una sorpresa –dijo un chico de unos 20 años que iba por delante de mí. Tirando de mi sonriendo jovialmente.
Los árboles comenzaron a dejar un claro en aquel pequeño bosque. Salimos del camino hasta que tuvimos ante nuestros ojos un gran granero iluminado por miles de velas. Estas formaban un camino gasta la puerta principal.
-¿Qué es todo esto? –miré de un lado a otro. Las luces de las velas dejaban ven un camino de pétalos de rosa blanca. Se colocó detrás de mí. Me abrazó con dulzura besándome en la mejilla.
-Quería que fuera especial.
Empezamos a besarnos. Entramos en el granero y él me dirigió hasta unos montículos de paja sobre los que había colocadas unas mantas con delicadeza me tumbó sobre ellas. Y él se colocó sobre mí. Me besaba me acariciaba. Sabía cuál era su propósito, era mi primera vez, y no deseaba estar en otro lado. Sus manos danzaron por mi cuerpo, me acariciaba y me quitaba suavemente la ropa. Yo no me quedaba atrás y hacía lo mismo.
Los dos desnudos sintiendo por primera vez nuestros cuerpos. Costó al principio, pero comenzamos a sentirnos como nunca. Éramos jóvenes, pero sabía que ese era el lugar donde quería estar siempre
-¡Woof, Woof! –ladró Loba. Ya estaba en la puerta.
-Sí, sí, ya voy- Salí del granero. En mi bolsillo estaba la nota, y aquella cajita sin abrir.
Era tarde, llevaba más de 3 horas en la calle con la Loba. Cogí unos pasteles en la pastelería que más me gustaba cuando era pequeña y regresé a casa.
Solté la correa de Loba y esta salió corriendo y entró a casa. Yo entre tras ella.
-¡SORPRESA! –gritaron. Me asusté, no me esperaba nada.
-¡FELIZ CUMPLEAÑOS! –gritaron de nuevo.
- ¿Pero qué? ¿Qué es esto? Mamá –ella estaba la primera, delante de muchísimas personas.
-¡Feliz cumpleaños cariño! –dijo muy contenta dándome un gran beso en la mejilla.
Todas las personas que estaban allí eran mi familia, mis tíos, mis primos; casi hermanos, los hijos de estos, los cuales corrieron hacía la perra, que empezó a jugar con todos ellos sin rechistar.
Era mi 27 cumpleaños, y no me acordaba, había estado tan metida en el trabajo que no me había dado cuenta.
Durante varias horas estuvimos todos riendo y me contaban todas las cosas que habían hecho durante estos tres años. Todo lo de sus hijos, y sus mujeres y maridos, los cuales me cayeron muy bien en cuanto los conocí. Mis primos mayores al verme se comportaron como cuando teníamos 12 años, me chinchaban y me hacían de rabiar, pero los años sin dormir por sus hijos les habían pasado factura. Aunque habían madurado bastante.
Cuando llegó la tarde los niños empezaron a dormirse por el cansancio y no solo ellos. Loba se quedó dormida junto a ellos, proporcionándoles una almohada en la que apoyarse.
Por la noche todos se marcharon. Ayudé a mi madre a recoger la casa y la cocina.
-¿Estas bien cariño? –preguntó ella-. ¿Cariño?
-¿Qué? –me sacó de mis pensamientos.
-¿Estás bien? Parece que estás en otra.
-Estoy bien –sonreí.
-Vale, por cierto, han traído esto para ti –me entregó un paquete.
Leí la nota, era de Mara. Dentro de ella tenía un par de entradas de concierto para el sábado en dos semanas. Llevábamos hablando de ese concierto mucho tiempo. Pero ninguna encontraba las entradas.
Recogimos toda la casa hasta dejarla como nueva. Era muy tarde y ese día si estaba cansada. Llegué a la habitación. Me senté en la cama. Pero en la cómoda de enfrente había un par de muñecos, todos ellos con la letra B. Cogí uno de ellos. Era un osito leyendo un libro. Lo agarré fuerte y me tumbé en la cama. Era un peluche nuevo, nadie lo había tocado desde que lo colocó mamá ahí. Pero olía a él. De alguna manera. Me quedé plácidamente dormida.
Al día siguiente me levanté con más energías. Dejé que loba saliera a jardín y yo me senté en el porche con el portátil. Era sábado y tenía que hacer mi parte del trabajo, encontrar a Ana Petter. Tecleé el teclado del ordenador y mantuve mi teléfono al lado.
Me metí en las cuentas de Ana Petter, pero todas vacías, no había nada fuera de lo común, no solía gastarse mucho dinero, lo justo para las compras y poco más. no salía al cine ni de copas. Lo cual era algo normal dado por hecho que iba en silla de ruedas, pero siendo tan joven me extrañaba mucho.
Los resultados médicos indicaban una dirección. Hablé con Josh y le entregué la información que tenía. Me llamaría en cuanto supiera algo de aquella dirección. Me puse en contacto con su médico, pero no me dijo nada que no supiéramos ya. La parálisis había sido por un accidente de tráfico, estuvo casi un año de rehabilitación después de la operación. Consiguió poder mover el tronco superior, pero el inferior estaba demasiado dañado y los músculos se debilitaron demasiado para poder usarse de nuevo.
Tras unas horas trabajando mi madre se levantó.
-Buenos días –dijo saliendo con un par de cafés en la mano.
-Buenos días mama –dije yo mientras ella me tendía uno de los cafés.
-Tan trabajadora como siempre.
-Bueno, estoy demasiado metida en este caso.
-Sí, puedo entender por qué –dijo dando un sorbo al café.
-¿por qué?
- Te pareces mucho a mí, si algo se te mete entre ceja y ceja nadie puede quitarte la idea hasta llegar al final.
Las dos nos echamos a reír. El teléfono sonó. Era Josh. No había nada en esa dirección. La ropa, las cosas personales, todo había desaparecido, incluso ella y la silla de ruedas.
-Hola señora Williams –saludó el cartero desde la calle.
-Buenos días Jordán –mi madre se acercó y cogió las cartas. Se despidieron. Mientras volvía, mi madre iba mirando las cartas-. Ten, tienes una para ti.
-¿Para mí? –pregunté extrañada.
-Sí, aún te llegan cartas, pero la mayoría son publicidad y las tiro. Toma, esta es para ti. A lo mejor algún amigo aún no sabe que te has mudado.
-A lo mejor es Mara, sabe que estoy aquí y la ha enviado.
En el sobre solo estaba la dirección de envío, y tampoco había sello alguno.
Lo abrí. No decía nada.
- Que raro –miré el papel por todos los ángulos, pero no había nada escrito, en el sobre tampoco había nada –será una broma.
Dejé el sobre sobre la mesa y seguí trabajando junto con Josh al otro lado del teléfono. La pista no condujo a nada. La cámara tampoco estaba muy nítida y no se pudo ver a nadie. Volvíamos a estar en un callejón sin salida.
Loba se despertó de su segunda siesta. Se sentó bajo mis piernas y me obligó a acariciarla mientras yo leía el último informe del médico de la sospechosa.
-¡Hola! –saludó una niña pequeña que entraba corriendo desde la calle. Loba la vio y salió corriendo, por el camino movió la cola, golpeó la mesa y tiró el café sobre el ratón y sobre el papel que me habían enviado.
-Loba… - cogí un par de servilletas y lo limpié –Hola –saludé con la mano a mi primo, que acababa de soltar a su segunda hija para que jugara con la perra.
Mamá salió y entre las dos ayudamos al primo a meter las cosas en casa. Él su mujer se quedarían a comer, así que metí el portátil y todo dentro de casa. Dejé el portátil en la mesa al lado de la chimenea, que estaba encendida.
Comimos los 6 juntos, 7 si contamos a Loba, la cual iba picoteando de la mano de las niñas. El teléfono me sonó.
-Perdonad –me levanté de la mesa y me dirigí al salón. El móvil sonaba como un loco -¿Número privado? –lo cogí, pero colgaron. Volvió a llamar, lo cogí, pero volvió a colgar.
Tiré el móvil al sofá, cabreada. Y volvió a sonar.
-¿Estás de broma o qué? –grité al teléfono. Pero volvieron a colgar. Entonces, lo vi. Estaba sobre la mesa, yo lo había dejado -¿Qué es esto? –lo vi, de todos los ángulos posibles. Pero solo ponía una cosa. 154 av. Asasins -¿Qué significa esto? –Algunas letras empezaron a aparecer más abajo.
Tras leer todo aquello me excusé de mi mamá y mi primo y salí. Dejé allí a Loba y marché. Llegué a la avenida principal, desde ella salían muchas calles, en una de ellas había una cafetería. Me senté en la mesa del final a la izquierda. En ella, como decía la carta, había un símbolo marcado. Me senté.
-¿Buenas tardes, desea algo? –dijo una camarera que se acercó.
-Una tarta red velvet y un café con nata y una rama de canela, la cuenta, y… un vaso de agua por favor –dije, tal y como venía en la carta.
-Muy bien, ahora mismo se lo traigo señorita –dijo la camarera apuntando la comanda.
-Esto es ridículo, ¿por qué he hecho caso a esa estúpida carta? –pensé. Me quedé allí, esperando a que me trajeran las cosas, no sabía si era una broma de cumpleaños o algún gracioso que se quería reír de mí. Como era de esperar, en la mesa pude ver mi nombre y el de David grabados en la mesa. Los habían intentado borrar, pero ahí estaban imborrables. Mientras esperaba deslicé el dedo por aquellos nombres. Una y otra vez, pensaba en todas las veces que pasamos allí, en esa mesa. Durante horas; risas, llantos, malas notas; con lluvia, con sol. Desde que éramos niños.
-Aquí está tu pedido –la camarera llegó dejó todo el pedido y se marchó.
No sabía qué, simplemente me decía eso. Así que empecé a comer lentamente esperando que alguien me dijera algo, o viniera. Pero nada. Ya estaba todo terminado, y había pasado una hora. Pero nada.
- Eso me pasa por fiarme –dije mientras dejaba el dinero y me levantaba. Ya cerca de la puerta.
-Perdona, creo que se te ha caído esto –dijo la camarera que me había atendido.
-Creo que no –dije al ver unas llaves que no me sonaban.
-Creo que sí. Parece que son unas llaves de taquilla y llevan su nombre –dijo.
-¿Mi nombre?
-Catherine Williams –leyó-. ¿Es su nombre no? –las cogí para verlas.
-Sí, pero no son mías –dije observándolas de arriba abajo, es verdad que tenían mi nombre, pero nunca las había visto-. Nunca las había visto –las ir a entregárselas la chica había desaparecido, y no me había dado cuenta.
La busqué, pero no la encontraba, ya no estaba. Pregunté por ella a las demás camareras, pero a ninguna le sonaba, es como si hubiera desaparecido.
Salí de la cafetería con la llave, "biblioteca A", ponía en la llave. Antes de volver a casa, entré a la biblioteca. Al final de esta hay taquillas, para poder dejar los libros que no uses, o si has traído comida; está prohibido. Todas las taquillas contenían un número, no una Letra como la que yo tenía.
-Esto es una tontería –me marché y volví a casa. Los primos ya se habían marchado y Loba descansaba a gusto.
Sin entender nada volví a hacer la maleta para volver al día siguiente. Cené pensando en todo lo que había pasado. Pero no le di explicación alguna. Al día siguiente por la tarde, me marché. Prometiendo a mi madre que la llamaría todos los días y que volvería lo antes posible.
